La buena crítica empieza con la autocrítica. En no tomarse demasiado en serio, cosa que mis compatriotas nunca practican. Si escuchas declaraciones de intelectuales, hay solemnidad por todas partes. Todo lo ven como una gran estructura inamovible y nada lo es; todo cambia, todo se mueve

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ññ

Entrevista con José B. Adolph
por Giancarlo Stagnaro
 
 

Conversar con el escritor José Adolph es y será siempre un placer cercado por la complicidad. Detrás de cada comentario subido de tono se esconde aquel pedazo de realidad que creíamos conocer firmemente, pero que se nos revela huidizo y sutil. Por ello, aunque Adolph nos insiste en que lo mejor sería que comentáramos sus libros, de cierto modo su prosa se complementa disimulada y acertadamente con la frescura de sus palabras

______________________________________________________


¿A qué cree que se deba que lo soliciten tanto en los medios últimamente?

Porque la gente prefiere entrevistarme a mí sobre mí antes que sobre mis libros, lo cual me molesta profundamente. Porque lo interesante no soy yo. En cualquier caso, sería lo que escribo. Creo también que la gente se divierte mucho con mis declaraciones, generalmente provocativas, insolentes, jodidas. Como cuando Caretas hizo una encuesta "¿Cuál fue su reacción al asesinato de Kennedy?", y todo el mundo, al muy estilo peruano, con gran solemnidad contestaba: (imitando la voz de Toledo) "Fue un golpe duro para la democracia occidental...". Todo tipo de cosas así, tan profundas, ¿no? Pero como decía María Elena Walsh: "No es lo mismo ser profundo que haberse venido abajo". Entonces yo, que odio la solemnidad -la principal enemiga de la seriedad-, contesté: "¡Uy, chucha, mataron a Kennedy!". Y me dicen: ¿puedo ponerlo así? Claro, ponlo así, ésa fue mi reacción. Por eso soy tan popular entre ciertos periodistas amigos. Saben que siempre voy a decir algo inconveniente. ¿Qué cosa inconveniente quieres que diga ahora? (risas)

¿Qué opina de la ciencia ficción latinoamericana?

Hay excelentes autores a nivel latinoamericano. Me acuerdo mucho de una argentina, Nelly Kaplan, que después se fue a París e hizo cine allá. Hay un cuento suyo, muy divertido, de ciencia ficción, sobre una mujer que consigue un robot sexual, masculino y que nos deja chiquitos a todos. En Chile está Hugo Correa. Y así hay varios por ahí. En Cuba se ha hecho mucha ciencia ficción.

¿Y por qué cree que en Cuba haya arraigado tanto?

Cuba siempre ha sido un país muy diferente al resto de América Latina, incluso antes de Fidel Castro. Por ejemplo, el único país latinoamericano donde se permitía la pornografía. No sé si estaba prohibida por la ley, pero en todo caso nadie le daba bola a ésta. Entonces la gente hacía pornografía, por escrito, en todas formas. Y ha seguido siendo diferente, con más razón por el gobierno que tienen. Ahora bien, también hay otro argumento, y es que había muy buena ciencia ficción soviética. Servía mucho para evadir la censura, porque claro, oficialmente no toca temas políticos, no jode a los censores.

Lo cual es un error porque la ciencia ficción es justamente política...

Desde luego, es el más profundo análisis de lo actual. Los hombrecitos marcianos son pendejos terráqueos, colonizadores, en realidad. "Voy a escribir sobre Marte, porque entonces no me meto en problemas con el gobierno". Eso puede pasar.

¿Pero a uno no lo podían acusar de violar las reglas del realismo socialista?

Eso nunca fue tan fuerte en Cuba, ¿eh? Inclusive, al comienzo las revoluciones son muy libertarias. Recuerdo los primeros años —ustedes todavía no habían nacido— en el 59, 60, 61: había una explosión de creatividad en todas las artes y también literatura, nadie se metía con ellos. Me acuerdo que los afiches cubanos eran una maravilla, tan buenos como los polacos. En fin, eso fue cediendo cada vez más a la rigidez estalinista, hasta el famoso caso Padilla, que provocó la ruptura de Vargas Llosa, por ejemplo. Las revoluciones tienen también esa tendencia a empezar muy bien y a terminar muy mal, ¿no? Por lo menos en esos terrenos.

¿Por qué cree que en el Perú la ciencia ficción no pega tanto como género?

No tengo la menor idea. Había la interpretación de un crítico de literatura latinoamericana alemán, que vivió muchos años aquí, Wolfgang Luchting. Él atribuía eso al hecho de que no hubo mucho desarrollo científico en el Perú. Un argumento discutible, ¿no creen?

Pero el Perú posee una rica tradición mitológica, en todo caso…

La verdad, no tengo una explicación muy clara de eso. Hay varios autores, pero no son, no somos cantidad ni calidad, digamos. Uno de los problemas, no sólo con la ciencia ficción, sino con toda la literatura peruana, es que somos muy flojos para investigar, para buscar datos. Explosionamos en grandes especulaciones interiores o en la psicología, o sobre la realidad social o lo que sea, pero son puras elucubraciones internas. Cuanto más inverosímil es un texto literario, más verosímiles tienen que ser sus detalles y sus informaciones. Stephen King logra hacerte tragar las cosas más intragables del mundo, inverosímiles, simplemente con ciertos detalles técnicos que son muy inteligentes de su parte. Es decir, los monstruos que salen de los desagües aparecen junto a un McDonald's y automáticamente haces la conexión de modo inconsciente. Sé que hay McDonald's, entonces, ¿por qué no puede haber un monstruo que sale del desagüe a su lado? Bueno, esa es en parte la técnica de Stephen King para hacerte tragar lo más inverosímil.

Es una cuestión de técnica, en efecto, y aquí en el Perú la técnica narrativamente se ha estancado de alguna forma. No hemos avanzado más de lo que en las décadas de 1950 y 1960 se avanzó…

Sí, eso es cierto. Para poder escribir el cuento "Armagedón en la Internet" (que luego se convirtió en una novela), me pasé las horas muertas investigando —sobre todo en Internet, que me da esa facilidad— datos verdaderos sobre sectas y religiones para poder incluirlos y burlarme de ellas en el relato. Entonces, hay ahí una cierta flojera de muchos de mis colegas en cuanto a apuntalar sus delirios con realidades, digámoslo así. Eso lo hacen muy bien en otros países. Las novelas de espionaje, por ejemplo, te meten unos datos de "yo sé más de la CIA que el jefe de la CIA". Pero eso es trabajo, pues, investigación.

Al estilo del reportero...

Exactamente. A veces un novelista debe ser un buen reportero, así de claro. Estoy leyendo una novela policíaca de Ellroy, La dalia negra, no sé si la conocen. El tipo te hace una descripción sobre cómo funcionaba la policía en el año 1946 en Hollywood. Él nació dos años después y no ha podido vivirlo. Pero tuvo que hacer una investigación: cómo era una comisaría en Los Ángeles a fines de la década de 1940. Y eso es como chamba de a pie. En cambio, el típico autor peruano, sobre todo el joven, se sienta y deja fluir sus problemas en las páginas. Él la amaba, pero la chica se iba con otro, y que no sé… ¡qué horrible, carajo! Y cuando me fumé mi 'porro' —¿o cómo se llama acá?, mi 'huiro'—, empecé a delirar. Entonces, nos traslada todos sus delirios a los pobres lectores. En esas condiciones, para ser interesante debe ser muy bueno. Pero a mí qué chucha me importa que haya delirado el pata. No, la verdad. Y para que me interese tiene que conectar conmigo de alguna manera, ¿no? Como lector.

 

Página 1 de 2

[ 1 - 2 ]

 

contacto | quiénes somos | colaboraciones | legal | libro de visitas | enlaces | © el hablador, 2003-2004 | ISSN: 1729-1763
:: Hosting provisto por Hosting Peru ::
Hosting