Nº 19
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Discordante: Anotaciones sobre Horrores cotidianos y Distorsiones de David Roas

 
1. Lo cómico-fantástico

Dice Rosenkratz en su Estética de lo feo: “Finalmente, el artista que produce lo cómico no puede dejar a un lado lo feo”; sin embargo para el filósofo alemán la comicidad se concibe únicamente con la superación de la fealdad: “Todo lo cómico incluye en sí un momento negativo con respecto al puro y simple ideal, pero esa negación queda reducida a apariencia, a nada. El ideal positivo se reconoce en lo cómico en tanto y en cuanto sus manifestaciones negativas se evaporen”. Pero cuando hablamos de lo cómico en relación a lo grotesco y a lo fantástico, tal como sucede en Horrores cotidianos, dicha negatividad nunca es exorcizada: la comicidad mantiene su halo rebelde y lo feo vuelve a aparecer ante nosotros, ya no violentamente sino mediante juegos, elipsis, sugerencias que relativizan nuestras seguridades y causan un efecto alarmante.

En la obra de Roas esta función desestabilizadora, distorsionara de lo cómico se traduce en lo fantástico, lo grotesco y lo absurdo. Lo feo mantiene su negatividad mediante la risa, la que en Horrores cotidianos tiene un leit motiv especial: somos una gran parodia, seres excesivamente risibles. En este sentido no resultaría apropiado hablar ya de un sublime terrorífico sino de un sublime cómico: hoy en día lo verdaderamente inmenso y terrible es nuestra pequeñez y mediocridad. En esto consiste la vigencia actual del “humor cruel” del que nos hablaba Jean Paul hace más de dos siglos.

Lo fantástico, lo cómico, lo absurdo y lo grotesco conforman entonces ese genio maligno que tanto perturbaba a Descartes; constituyen ahora,  en manos de Roas, una caricatura del hombre. Y es que la caricatura acentúa la tragedia del hombre, lo devela frágil al trastocar la belleza, arrojándolo a lo inseguro, a sus canteras más humanas, desprovisto de agradables ficciones, recetas salvadoras. Hemos construido instrumentos que nos alejan de todo desasosiego, compramos complacencia, sabemos que consumir libros de autoayuda equivale a una posmoderna forma de ahuyentar licántropos. Comprar la tranquilidad es negar lo más humano del hombre, por esencia somos seres arrojados a la angustia y no hay protección que valga frente a la desesperación o locura. Por esto incluso un ser tan racional como Abulio Soteles en “Un hombre de principios” muere “devorado por sus axiomas”.

Para Roas todavía lo siniestro sigue filtrándose, erosiona la coraza de la actual tecnocracia y llega a nosotros como abalorios, en pequeñas dosis. Lo fantástico ha adaptado estrategias que le permiten volver a sembrar inquietudes; claro, luce nuevo look y es probable que a primera vista parezca inerme, nada macabro ni dolorosa lobreguez, atrás han quedado las truculencias del vestido y el maquillaje, ha aprendido a renovarse mediante nuevas formas de insurrección, entre ellas, por ejemplo, la comicidad-grotesca frente al mundo y la parodia de sí mismo.

Roas nos recuerda que no hay mayor amenaza para la sociedad que alguien que no se tome en serio, esto es: no someterse a una sola identidad, pasarse por alto la formalidad del “yo”, rechazar la madurez de manual civil.  Un ejemplo de esta ruptura lo encontramos en  el paroxismo de las obsesiones absurdas de Narciso y Carlitos Jinglebells que cobran valor y coherencia en “La gruta del placer” y “Blanca navidad”, respectivamente.

Lo ominoso ya no es un fantasma sino una vieja vecina como en “Descensus ad ínferos”. No se trata aquí de un chasco sino del reconocimiento de que nuestras otrora grandes tragedias son ahora supremas ridiculeces: el hombre de hoy se halla desposeído de todo honor y gloria. En esta línea téngase en cuenta el diseño de un bestiario peculiar en Roas, animales que son símbolos de la humanidad: indecisos y cobardes como “El condicional”, insoportables y débiles como “El hipocondrio”.

Lo fantasmal es pues despojado de todo talante tipo “más allá” y se torna familiar, común denominador de la realidad textual, verbigracia “Autoridad espectral”. Y es que como acaece en “El espíritu manta” ya no funcionan los aullidos de “mala película de terror”. Ya no es un ser extraño la causa del terror sino algo tan anodino como el cobrador de “Horrores cotidianos”.

Se trata de nuevos peligros a la altura de estos tiempos tan miserables, como bien lo expone en su colección de crónicas satíricas Meditaciones de un arponero, especialmente en “Todo o nada” y “Malos tiempos para la lírica”, en esta ultima anota: “En fin, como decía el poeta, son malos tiempos para la lírica… y para el humor, para el arte, para el sexo (…) En lugar de avanzar, retrocedemos cada vez a mayor velocidad. Los talibanes de la moral acechan y toda obra (u opinión) es considerada sospechosa. O más aún, culpable”

Así las cosas, actualmente lo cotidiano nos causa más desasosiego que un trasgo malintencionado. El incordio no proviene de allá sino que nace aquí, tal el caso del bebé en “La agonía del salmón”. Este texto que abre el cuentario que comentamos se filia a la conocida frase borgeana “los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”. La reproducción sepulta: en este cuento Roas hace converger, en la figura del bebé, lo cotidiano y su alteración, que aparece sutilmente, cuando un documental científico sobre peces resulta tener un parangón en la vida humana. El hombre encuentra un reflejo sincero, fiel, en un salmón semimuerto. 

Por esto hoy en día nuestra desaparición no consiste en el despertar de dioses milenarios sino en nuestra intrascendencia natural. Esto ocurre en “Menos que cero” donde la existencia del protagonista, Jacobo, se pone en duda, carece de heroísmo y de toda acción, nadie lo recuerda. Es como un equívoco de la memoria, de la misma manera Alicia en “Y por fin despertar” es un suceso involuntario, un sueño del rey.

Baudelaire señalaba en Lo cómico y la caricatura que “las naciones verán aumentar en ellas los motivos de comicidad a medida que se acrecienta su superioridad”. En tal medida los hombres de este siglo ya no inspiran respeto, son actos fallidos, restos, borradores de un gran proyecto desfasado y, por lo tanto, risibles. Nuestra ridiculez  es la motivación primigenia de la risa. Y la risa es profundamente humana en tanto que contradicción.

Encontramos también en Roas un cariz combativo-político, por ejemplo despotrica contra el franquismo en “Los niños del Ferrol”, caricaturizando al dictador y sus secuaces, mostrándolos tan idiotas e inútiles. Para Roas los tiempos de Franco fueron estériles, inservibles, un desperdicio de semen. Lo político vuelve a estar presente en “Que tu pie izquierdo nunca sepa lo que hace tu pie derecho” donde la izquierda es un recurso momentáneo de campaña electoral, luego un voluntario olvido, un ocultamiento activo.

En esta línea para Roas no solo se ha fetichizado la mercancía sino también las ideologías. Distorsiones nos muestra un ejemplo de esto en el cuento “Usos y abusos del comunismo”, mientras que Horrores cotidianos lo hace en “Mecánica y psicoanálisis”. En ambos casos lo que Paul Ricoeur llamó “filosofías de la sospecha” son ahora inofensivas, objetos de consumo. ¿Se trata del anuncio, muy presente, de una utopía negativa?

Isotopía de este libro es la risa satánica baudelariana, léase al respecto “Talento natural” y en “¡Córtame el nudo, gordiano!”. En este último la muerte al desterritorializarse de la oscuridad  se convierte en un gran chiste. Y en tal raíz cómica, tal cual mencionáramos antes, palpita lo amenazante. Al respecto, un perfecto ejemplo lo encontramos en “Epistemología radical” donde la carcajada resulta esquiva de cualquier explicación.  

De esta manera, a la par de lo fantástico lo cómico desmitifica las pretensiones racionales. En este sentido ya no funcionan ni los dogmas ni los heroísmos, finalmente terminamos extraviados en el atolladero de las ficciones que nos hemos inventado para tratar de hacernos la vida más fácil y cómoda, ya sea de tipo doméstico o intelectualoide. Por ello el siguiente párrafo de “Idiotez y religión” sería el mejor epitafio para la humanidad de hoy: “Pese a lo que creía, Dios no le ha salvado // Pobre gilipollas”. Pienso ahora en cómo operaría la transgresión roasiana enfocando nuestra muy patriotera máscara culinaria, imagino un título como el siguiente: Mistura: horrores y distorsiones, por David Roas.

 

2. El gris ritual de lo habitual

En estos días, estables, proactivos y asegurados (nuevo paquete de un racionalismo degenerado) ya no reaccionamos ante lo fantástico, lo coleccionamos en libros o lo volvemos películas taquilleras. Reaccionamos ante él como si estuviéramos anestesiados. Pero Horrores cotidianos y Distorsiones son libros que devuelven la sensibilidad a lo fantástico, y lo hacen mezclándolo, confundiéndolo con nuestra realidad, a nuestras pequeñas y monótonas vidas, incidiendo en lo que actualmente preocupa, descoloca, inquieta al hombre. Si lo fantástico reside en lo más humano ahora lo fantástico es gris y se encarna en seres cotidianos, tímidos, anulados, que integran una humanidad ridícula.

En tal jaez “Volver a casa” es un manifiesto del fracaso del hombre actual. La lejanía del éxito nos reduce a ser eternos e impotentes observadores de los triunfos ajenos. Es algo que se repite inminentemente: a la zaga, en retirada, el hombre muestra su estado más sincero: caído, derrotado, producto de una gran burla. En este sentido Roas nos presenta un desfile de personajes amonestados como en “Idiosincracia”, anodinos como Roberto R.R en “Regularidad”, miserables como el Ulises de “Elegido para la gloria”, derrotados y mediocres como la Emily de “Los caminos del Señor”, donde tras mostrarnos las ironías de la religión se acentúa nuestra imposibilidad ante cualquier tipo de iluminación o trascendencia, por esto como le sucede al Chico Bola no hay ni apelación ni absolución frente a la caída.

El principio de nuestra humanidad es la ignorancia, y debido a ella lo fantástico explosiona al brindar un nuevo y profundo conocimiento. “Sympathy for the devil” es un cuento que incide en este punto: ¿qué sabemos de nosotros?, ¿cuán rápido podemos cambiar echando polvo sobre lo que creíamos ser? El final del protagonista, Carlos, descubriendo que es un demonio demuestra la fragilidad de la identidad, que el límite es solo una referencia que nunca divide o marca totalmente los contornos.  Este conocimiento fantástico no se da directamente, no se aprende con un método, sino que se trasmite mediante sugerencias, elipsis, dudas, signos por descifrar, tal ocurre en “Recuento” y en “Silencio” donde la información nunca es pronunciada. Las diversas explicaciones que se generan los locutores de ambos cuentos son banales simulacros por evitar el descontrol.  

Perder el control como en “Juegos de bebe”. Sorprende la manera en que nos desplazamos de un juego a una amenaza. Se mantiene la sugerencia: a partir del monólogo ingenuo de un niño caemos en una muerte inminente. Nunca se le pronuncia, parece que se intentara mantenerla lejos, pero es inevitable, allí está como única conclusión, pero la desconocemos y seguimos creyendo que estamos en un juego, que aún hay tiempo para las caricias.  Esto hace que no haya nada seguro o puro, que lo siniestro se presente incluso en espacios cálidos y hogareños, tal es el caso de las inquietantes carcajadas en “Vinieron dentro de”.

Cada texto resulta así un golpe contra esa “tranquilidad estomagante” mencionada en “Elegido para la gloria”, cuento que nos muestra la piedad próxima a la burla en la figura del miserable y burlesco Ulises moderno: “(…) su cuerpo se negaba a producir el más mínimo músculo. La imagen nada amenazadora que componían su físico birrioso y sus gafas de culo de vaso reprimía cualquier reacción violenta en aquellos tipos patibularios”. La vida condenada a la mediocridad, bajo tal maldición este cuento se relaciona con “Volver a casa”, la heroicidad se mide en nuestra capacidad para soportar la mediocridad a la que nos vemos relegados. Nuestra tragedia es ser tan impotentes e inútiles.

Lo cotidiano nos mata. Podemos alejar demonios, aprender de tratados la manera de eliminar a un vampiro, pero no podemos  protegernos de lo cotidiano, de las “excepciones”, tal  ocurre, por ejemplo, en “La conjura de los brujos” donde si bien asunto fantástico es trivializado, ridiculizado, cobra toda su fuerza en el último párrafo. Como sucede en “Duplicados” que no percibamos las nuevas y fugaces sensaciones fantásticas no quiere decir que estas no ocurran.

 Ahora, lo fantástico roasiano no nos convierte en héroes sino en “un monstruo de feria. O un payaso”. Lo fantástico para este autor ha perdido su total pathos, ahora es un producto de mass media como en “Excepciones”: “Ignacio imagina la multitud de personas que a esas horas y desde sus casas están asistiendo al espectáculo del que él es protagonista absoluto”  (146). Luego de leer este cuento queda la pregunta: ¿Qué es lo fantástico ahora?, ¿Un acontecimiento sobrenatural o un producto televisivo?, ¿qué diluye más nuestra realidad? Claro, la amenaza se ha diluido pero lo absurdo y lo grotesco ha ocupado su lugar.

Esta caída en lo más mediático cobra toda su fuerza en “Usos y abusos del comunismo”. La ideología comunista ha sido fetichizada, se ha vuelto un objeto de consumo, ha sido despojada de su otrora peligro y ahora se le encuentra como adornos que no desentonan con el snobismo, moda o buen gusto mobiliario del mundo capitalista: “Porque el Afamado Busto de Lenin se convertirá enseguida en el compañero ideal en sus vacaciones o en largos periodos de su ausencia de su domicilio. Ya nunca viajará sin él”.

De la misma manera el hombre ha trivializado lo fantástico, volviéndolo un producto más de su fetichización como una forma de perderle el terror, no obstante el hombre no deja de ser víctima: el sacrificio es sustituido por la caricaturización, mediante la cual Roas nos confirma la pequeñez e impotencia del hombre.  Esto los apreciamos en “La casa ciega” cuando el hombre opta por mantener una relación virtual con el miedo: nunca entra a la casa, pero le toma fotos y la conoce desde su ordenador, asépticamente.

En “Celebración en familia” el hogar solo cobra coherencia con la muerte, con su thanatismo. Es contradictoria la lógica del encuentro: para ver morir a uno de sus miembros. Claro, la expectativa de la muerte, concebir la muerte como una “diversión”, los lleva a asesinar al miembro que rebelándose les expresa su deseo de vivir, el que rápidamente es aplastado. No se puede desobedecer a la familia. Carne para los cerdos. Entre la ironía se perfila una tragedia. La destrucción ya no viene de Cthulu sino de nuestros parientes. Se restablece entonces una de las acepciones de lo siniestro: lo familiar.

En “Locus amoenus” sorprende la delicadeza con que se presenta lo terrible. Es normalizado dentro del texto pero retumba en la recepción.  El vaivén del clima no altera el concepto de realidad dentro del texto, lo imposible cobra coherencia, se vuelve ley. La tormenta de niños que caen muertos no sorprende al locutor, solo es un cambio raudo en medio de “la tarde deliciosa”. Sin embargo, fuera del texto esta tormenta resulta aterradora en tanto deja al lector la tarea de reconstruir esa tormenta, en el texto caen dos  pero el lector ha de cavilar en la totalidad de la escena. La incompletud del acontecimiento configura la fuerza inquietante de lo fantástico, que acontece y se consuma fuera del texto.

Nuestra realidad es el más allá de lo fantasmas en muchos de los cuentos de Distorsiones. Hasta qué punto no somos nosotros entes “horribles” para ellos. En este sentido el texto da una vuelta de tuerca al tópico, el final quiebra la expectativa fantástica,  demostrando lúdicamente la realidad de lo sobrenatural.  Por otra parte, nuevamente la ironía presenta una tragedia: Nuestro mundo es tan aterrador que somos monstruosos incluso para los aparecidos. 

Roas traduce lo fantástico a un lenguaje cotidiano, haciendo que nos llegue con la inquietud de siempre pero con una forma distinta que desterritorializa lo umbrío, de tal que en cuentos como “Silencio” o “Juegos de bebé” la muerte resulte tan natural, que se confunda con la vida. Esta fragilidad de los límites resalta en  “Más acá”, cuento que nos demuestra como lo fantástico siempre está cerca a nosotros, su aparición no implica un incumplimiento o negación de las reglas humanas sino una desvirtuación de las mismas. Esto se aprecia cuando el espíritu, tras el pedido del hombre joven, se niega a dar dos golpes y solo da uno. El acá es el pliegue por donde fluye lo fantástico, a través de lo cual se hace comunicable, visible.

En este sentido el poder de lo fantástico se debe a su naturaleza marginal, apátrida. Sin límite fijado se desplaza dúctil entre uno y otro espacio, cumpliendo una función primordial: enlazarlos. Esto no debe entenderse como unidad, siempre habrá fragmentación, por esto la recurrencia de los dobles en este libro: frente al espejo (“Sincronía”), en el sexo (“El precio del placer”), en los viajes en tren (“La casa ciega”), en el universo (“Duplicados”).

Lo fantástico aparece a través de los errores cotidianos, de las imperfecciones, las casualidades, tal el caso de “Excepciones” o “Tópicos”. Esto ocurre ejemplarmente en “Sincronía”, en ese desperfecto, desarreglo, retraso del reflejo en el espejo. Lo real y lo fantástico nunca coinciden, funcionan a tiempos distintos, y operando, simultáneamente, dentro de un mismo espacio: lo discordante no implica separación. Pero el hombre, eternamente apolíneo, le da la espalda y busca “lo feliz”, sin embargo, no puede evitar que el accidente fantástico ocurra, no desaparece sino que vuelve calándose por recovecos, grietas, intersticios. Estas apariciones no cobran coherencia solo con el paratexto sino que también lo hacen con la división del libro en dos secciones: “Espejismos” y “Asimetrías”, esto es, alteraciones que no inexistencias, abstracciones o evasiones. 

La normalidad nunca nos dejará en paz. En nombre de la “realidad” hemos exorcizado la imaginación. Distorsiones hace una crítica de esta situación a partir de su composición: el inicio (“Volver a casa”) y el final (“Demasiada literatura”) del libro nos enfatizan que ya no ocurre nada, que siempre volvemos a LO MISMO, a la “maldita realidad”. Esto, a primera vista, pudiera significar un triunfo de lo real, sin embargo cirugías o maquillajes realistas no pueden eliminar las imperfecciones cómico-fantásticas, las que han hallado nuevas expresiones bajo las cuales mostrarse y perturbarnos. Un rostro cotidiano no supone tranquilidad.

 

 
© Christian Elguera Olórtegui, 2011
 
Christian Alexander Elguera Olórtegui: (Tingo María, Perú - 1987). Estudió Literatura en UNMSM. Ha participado en diversos recitales de poesía, conferencias, coloquios y congresos nacionales e internacionales. Ha publicado cuentos en la revista Argonautas, prosa poética enPrima Fermata 2007 y ficción breve en la antología Los comprimidos memorables del siglo XXI. Asimismo trabajos suyos han aparecido en las revistas Asfáltica, El cuento en red,  EspéculoLetras y en los librosCarlos Eduardo Zavaleta, hombre de varios mundos y en Panel A-L. Reflexiones sobre literatura y discursos de América Latina. Actualmente es miembro del comité editorial de la revista virtual de literatura El Hablador. Se dedica a la investigación de literatura fantástica, vanguardias, literatura peruana amazónica y de la generación del 50.
 
 
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