Nº 19
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Hacia la forma política de Mario Vargas Llosa

 

Estamos ya casi a punto de cumplir un año de la noticia que nos anunció a Mario Vargas Llosa como Premio Nobel de Literatura, y es posible que en cualquiera de estos días de octubre –si no antes de que se publique este artículo— se sepa el nombre del nuevo ganador. Pero antes de detenernos en la importancia de lo que esto ha significado para el autor y todos sus compatriotas, me gustaría comentar un tema que salió a la luz durante los meses de las elecciones y que tanta relación tiene el autor de La casa verde: el papel del intelectual en la política. Como se recuerda, la última votación presidencial tuvo como ingrediente la activa participación del escritor; pero, por otro lado, fue también el blanco de críticas tanto moderadas como extremas que, a nuestro parecer, nos dicen mucho sobre la idea que se tiene sobre el papel de la política en la vida pública.

Es cierto que la posición de Vargas Llosa podría calificarse como condicionada, pues su apoyo a Ollanta Humala contra Keiko Fujimori se debió a su conocida resistencia a la herencia de la dictadura. Pero su apuesta a esta candidatura fue un poco más que eso, y las columnas que escribió en los días previos a la votación dan suficiente cuenta de ello. Lo que sigue, en cambio, es un deseo de indagar en lo que quedó suspendido alrededor de su papel en todo el entramado político. Tal vez Vargas Llosa trajo consigo muchos elementos extraños –excandidato, Premio Nobel, escritor de libros– que lo volvieron no digerible para participar en nuestra timorata vida política. Pero es precisamente por ello que su caso se hace tan interesante.

Intelectuales y técnicos

Una de las personalidades que el equipo de Keiko Fujimori incluyó en su plan de gobierno fue la de Hernando de Soto. El gran líder espiritual de los empresarios emergentes vino desde lejos para hablar de la realidad peruana. O sea, la realidad fujimorista: la miseria y pueblos jóvenes que se resolverán por obra y gracia de los panetones, canastas familiares y títulos de propiedad regalados que en el futuro cambiará la realidad económica del país.

Pero el principal papel para el cual fue traído De Soto fue darle el peso intelectual a la posición que defendía y encarar la supuesta contradicción en la que estaba incurriendo el escritor al apoyar al candidato nacionalista: ¿De qué forma un liberal confeso podía apoyar a un candidato que tiene el programa de gobierno de Chávez, además de promover el aislacionismo y atacar el libre mercado? Pregunta que, en el contexto en el que se insertaba, no solo buscaba llamar la atención sobre el regreso del escritor a las izquierdas sino, además, a un candidato que se podía volver en dictador. Sin embargo, la estrategia no resultó. Pues si Vargas Llosa se opuso siempre a los gobiernos de izquierda, no ha sido porque pertenezcan a esa ideología sino porque, por años, los gobiernos latinoamericanos de este carácter se convirtieron en gobiernos intolerantes, verticales y extremistas; no obstante, esto no quita que pueda haber gobiernos de izquierda de índole inequívocamente democrática. Y en cuanto a las dictaduras, es obvio que estas no solo pertenecen a los gobiernos socialistas sino también a los de derecha. Una vez realizada la segunda vuelta y aceptada su derrota, De Soto procuró mantener el debate como un intelectual y no como un técnico, pues pasar por un mero experto en economía que señala los pro y contras de las decisiones financieras de un país no parecía muy atractivo. En su última intervención en el debate, insistió en que “intelectualmente tenía absoluta razón” porque estaba seguro de que “la bonanza que estaba llegando al Perú de los países del norte iba a ir desapareciendo”. Una razón, pues, absolutamente técnica. La carta intelectual del partido fujimorista no había resultado; y eso que Hernando de Soto había sido casi uno de los pocos peruanos renombrados en suscribirse a esta agrupación.

Lo que es cierto, sin embargo, es que la figura de los intelectuales se vio reforzada como no lo había sido desde hace veinte años en la campaña de Vargas Llosa por el Fredemo. En aquellos años, los partidos políticos (ah, sí, tradicionales) aún manejaban la figura del letrado, e incluso el Apra, desmejorado y todo, mantenía vivas y presentes las figuras de Luis Alberto Sánchez y Armando Villanueva. Pero en la campaña de Ollanta su presencia volvió, y mientras los fujimoristas reclutaban a deportistas y artistas de farándula, el partido nacionalista recibió la adhesión de escritores, economistas, sociólogos, arqueólogos y cuanta agrupación académica hubiera. Y algo más. Tampoco se trataba del intelectualismo elitista, que aún jalaba a Vargas Llosa de los ochenta, sino una opción más democrática: antiguas figuras de la izquierda se hicieron espacio con escritores que nunca se habían acercado a la política; los jóvenes, que por mucho tiempo se dividieron entre la apatía y el cinismo, compartieron calles con adultos y mayores, y muchos de los temas que se ventilaron para la campaña contra Keiko fueron de discriminación y abuso de autoridades. 

Para el equipo de fujimoristas todo esto era como hablar en otro idioma. ¿Podían los intelectuales afrontar el Perú? Veinte años de tecnócratas liberales les daban la razón de que había que “proteger el modelo”. Como si este modelo no hubiera entrado en crisis –y todavía lo está— hace ya varios años, cuando, precisamente, lo que faltaba era darle un espíritu más social y menos empresarial.

Palabras y silencios

Se suele comparar el fujimorismo con el fascismo. Dictadura, fervor irracional por el líder, adhesión absoluta y sin miramientos hacia un tipo de gobierno son las características de este tipo de gobiernos que manejan su política muy claramente (sobre todo para aquellos adherentes radicales). Pero también hay otra definición, comentada por Roland Barthes, de mucho interés para nuestro caso: que el fascismo es obligar a decir. Lo que permite que la naranja funcione como una máquina pero que tenga problemas con el mundo exterior.

Precisamente, lo que siempre ha caracterizado a este grupo es lo rígido y reiterativo de su discurso, al punto de que cualquier desviación del dictum fujimorista puede tener graves consecuencias. Jorge Trelles y Rafael Rey, dos políticos de polendas, fracasaron en su intento de desviar las preguntas que iban al centro de los puntos débiles del pasado. En su intento de crear lenguaje –y, con ello, de crear un suelo más sólido para defenderse de los ataques—, se dieron cuenta de que esto era imposible: los dos voceros se quedaron literalmente sin voz. La rigurosa sintaxis de su partido se los tragó.

Mientras tanto, el candidato Humala dejó de lado el libreto que le enseñaba a conocer el terreno de la política y cada vez comenzó a hablar con más soltura. Sonrisas y palabras, respondió a cuanta entrevista se presentó, y en el debate presidencial exasperó a su contrincante: “Hablemos las cosas claras, comandante Humala”; “No trate de confundir a la población, comandante Humala”. Sí, Humala estaba hablando claro, muy claro. Pero para el fujimorismo la claridad es la de la definitiva diferencia entre el blanco y el negro. ¿Equipos de centro y no de extrema izquierda? ¿Mestizajes ideológicos? ¿Cambios en el plan de gobierno? Una oferta dialogante –cuya naturaleza es cambiante, por dialéctica— es un matiz lleno de colores que no pueden tolerar.

Literatura y política

Poco antes de la segunda vuelta, Carlos Reyna, en su columna del diario La República, dijo que una victoria de Keiko Fujimori significaría la derrota póstuma de la Marcha de los Cuatro Suyos. Podríamos agregar que también hubiera sido el olvido casi inmediato del discurso de Vargas Llosa cuando recibió el Premio Nobel, donde hizo hincapié en lo pernicioso que son las dictaduras para los pueblos (y no solo eso: también los fanatismos y los nacionalismos a ultranza) y donde subrayó la importancia del escritor como la persona que echa a volar la imaginación y, de paso, revela la realidad:

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.(1).

Reflexiones como estas nos hacen recordar que hay muchas formas más de participar en política, y que una de ellas es la de ser escritor. ¿Agitar la imaginación y enriquecer la conciencia no es acaso una forma de luchar contra las dictaduras? Es seguro que cuando Vargas Llosa intervino en las elecciones tenía en cuenta las palabras que él había pronunciado poco antes.

Creo en la necesidad de volver a revisar la serie de acontecimientos que sucedieron en el año que acaba de pasar porque resumen muy bien las virtudes y las debilidades de nuestra cultura política, y lo sucedido con Vargas Llosa es un claro ejemplo de ello. El aclamado escritor de finales del 2010 fue satanizado en menos de medio año, y, sin embargo, su participación en las elecciones fue de suma importancia. El escritor que al recibir el Nobel dijo “Soy el Perú” fue luego cuestionado sobre su nacionalidad y, no obstante, fue el que ayudó a tratar de buscar un diálogo entre dos partes que, luego de la primera vuelta, se volvieron casi irreconciliables. Curiosamente, muchos de sus enemigos le pidieron que por favor “solo se ocupe de la literatura”, sin saber que política y literatura están íntimamente vinculadas, y sin tener en cuenta tampoco que lo que hace el escritor es crear lenguaje: crear palabras para imaginar otras realidades, otras formas políticas, y no aceptar la que, de modo muy conformista, nos entrega la historia. En un debate de hace años, Vargas Llosa reclama la importancia que tiene discutir y dialogar sobre las distintas formas políticas que puede tener un país (y no solo la derecha fascista y la izquierda dictatorial):

Discutamos, pues, sobre las formas políticas. A muchos mortales les parecerá una pérdida de tiempo. Pero nosotros, escritores, sabemos que la forma determina el contenido de la literatura. Las formas son los medios en el orden político. Discutir civilizadamente sobre los medios es, ya, una manera de civilizarlos y de contribuir al progreso de nuestras tierras. Porque los medios políticos requieren en América Latina una reforma tan profunda como la economía y el orden social para que salgamos de veras del subdesarrollo(2).

Aprender a manejar los matices no es fácil. El éxito de esta ocasión se debe a que actuó en política como un escritor y no como un político –lo que alguna vez quiso ser y, felizmente, no resultó—. A poco tiempo del nombramiento del nuevo Nobel –y fin del reinado anual de nuestro escritor— tal vez sea ocasión de comenzar con las verdaderas celebraciones, pues el vértigo electoral olvidó aquello para lo que realmente se lo ganó: aplausos y pleno reconocimiento.

____________
1 Vargas Llosa, Mario. Elogio de la lectura y la ficción (versión PDF). Fundación Nobel 2010, pp. 2-3.
2 Vargas Llosa, Mario. Entre tocayos. Diario El País, 15 de Junio de 1984.
 
 
© Mario Granda, 2011
 
Mario Granda Rangel: (Londres, Inglaterra).Profesor de lenguaje y literatura en las universidades San Ignacio de Loyola y Antonio Ruiz de Montoya. Coordinador de Conferencias del Centro Cultural Inca Garcilaso de la Cancillería.
 
 
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