Nº21
revista de literatura
 
Siguenos en:
 
 
 
Contacto Quiénes Somos Colaboraciones Legal Enlaces Buscador Primer Hablador
 
 
 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Artículos
 

Nostalgia de permanencia: Un análisis del deseo en La piedra alada de José Watanabe

 

Introducción

Hasta el día de hoy, son pocos los estudios críticos que se han llevado a cabo sobre la obra de José Watanabe, la cual tiene la particularidad de combinar elementos tanto de la tradición poética japonesa (en especial, del haiku(1)) y de la poesía narrativa, de cultivo abundante durante la década del 70, como de su propia experiencia vital cuando niño en el pueblo de Laredo, escenario que motivó su preferencia por representar paisajes naturales(2). Esto se da a pesar de que su poesía se encuentre ampliamente difundida y su nombre sea uno de los más reconocidos por los asiduos y los no tan asiduos lectores de poesía peruana contemporánea. Así mismo, entre la bibliografía existente, no hay texto alguno que interpele al sujeto poético por medio de teorías psicoanalíticas. Este estudio intenta aportar, por medio de algunas herramientas teóricas recogidas de dicha disciplina (del psicoanálisis lacaniano para ser más exactos), luces sobre uno de los tópicos más usuales en la obra del autor: la actitud del hombre frente al paso del tiempo, tópico que tiene su origen en la percepción que el poeta tiene de su cuerpo, del tiempo y del lenguaje.

Es importante resaltar que el transcurrir del tiempo constituye, como para tantos otros poetas en el pasado, un problema de importancia vital para el autor(3) (“El guardián del hielo”, escrito pocos años antes, es una prueba de ello(4)). En La piedra alada, el poemario del cual voy a analizar algunos poemas, esta situación se encuentra representada por la metáfora del río y la piedra, que no son sino dos formas de simbolizar lo impermanente y lo permanente respectivamente. La piedra posee una consistencia de la que carecen el resto de elementos que la rodean, sobre todo los seres vivos. Es por ello que se convierte en objeto de deseo para el poeta.

No obstante, el deseo ya se encuentra instalado en él, pues se trata de un sujeto atravesado por el lenguaje. Esto quiere decir que va a querer siempre escapar del universo simbólico en medio del cual se encuentra inmerso, pero sin éxito. De esta manera, el “objeto” por el cual cualquier sujeto siente fascinación representará, a la vez, más que eso: significará la salida (fallida) del universo simbólico, el objeto a lacaniano, que constituirá la manifestación de lo real en él. Y decimos fallida, porque dicho objeto no será otra cosa que un símbolo más: el símbolo de la ausencia. Como bien señala Lacan, el objeto a “vale como símbolo de la falta, es decir, del falo, no en tanto tal, sino en tanto hace falta” (Lacan: 110). A su vez, Sean Homer, en su texto introductorio a la obra de Lacan, nos brinda algunas luces más con respecto a este concepto:

“The object a is not, therefore, an object we have lost, because then we would be able to find it and satisfy our desire, It is rather the constant sense we have, as subjects, that something is lacking or missing from our lives” (Homer: 87).

En los poemas analizados, vamos a poder apreciar que el sujeto se va a encontrar en una búsqueda constante por alcanzar dicho objeto, movimiento que Zizek (que emplea la paradoja de Zenón para ello(5)) define de la siguiente manera: “El objeto causa está siempre perdido; todo lo que podemos hacer es dar vueltas alrededor de él” (Zizek, 2000: 19). Y lo que impulsa este dar vueltas, en términos lacanianos, es el deseo. Por ello, se debe prestar especial importancia a la relación que existe entre el sujeto y la piedra, pues será el deseo de aquel el que haga de esta un elemento tan particular dentro de la primera parte de la obra.

Hay que mencionar, además, la importancia del lenguaje en el proceso de desengaño del sujeto, pues aquel constituye la herramienta mediante la cual este intentará conseguir su objetivo. Habíamos dicho que el universo simbólico del sujeto, el lenguaje, se encuentra constituido por símbolos. Seamos más precisos. En la teoría saussuriana, el signo lingüístico, el símbolo al que hacemos referencia, está compuesto por significado y significante, los que, a su vez, son el concepto y la imagen sonora del signo respectivamente, mas en la teoría lacaniana, el significado no existe y solo existen significantes que se remiten unos a otros ad infinitum. De esta manera, el sujeto jamás podrá dar con el significado y el signo jamás estará completo, lo que constituirá una razón más para el fracaso de la empresa del sujeto en los poemas.

Esta va a ser la dirección que va a seguir el análisis de los seis poemas escogidos de la primera parte del poemario antes mencionado. Hemos escogido la primera parte, pues, en ella, el contraste entre la piedra, como símbolo de la permanencia, y el resto de elementos impermanentes que circundan al sujeto se encuentra mejor articulada. Es importante, además, percatarse de los “descubrimientos(6)” que experimenta el poeta con respecto a la naturaleza de la piedra, los mismas que, debido a su diversidad, han determinado que analice los poemas en tres capítulos. En ellos, se explicará con mayor detalle la información aquí presentada.

 

El fracaso del lenguaje

En esta primera sección del poemario, llamada también “La piedra alada”, el sujeto nos presenta la impermanencia de los objetos que componen la naturaleza y de él mismo. Es así que, en respuesta a aquella, simboliza su deseo de escapar a ella en un objeto que imagina lo salvará: la piedra, símbolo de lo permanente, la cual le permitiría huir de la cadena de cambios en la que se encuentra inmerso y que lo conduce, como fin último, hacia la muerte.

Dos poemas donde podemos apreciar este deseo de permanencia son “La piedra del río” y “Las piedras de mi hermano Valentín”. Empecemos analizando este último. En él, es posible apreciar cómo el sujeto no acepta pasivamente la muerte, sino que intenta subsanarla a través de la creación de un significante que le otorgue permanencia, es decir, del lenguaje. Así, Valentín pasa a ocupar el lugar de su hermano Juan:

Nuevas recién llegas de Pingyin
me informan que mi hermano vive todavía.
Tu Fu

Después que Juan murió abrazando
             su atormentado vientre,
tú eres nuestro hermano mayor. Necesitamos
un hermano mayor
por cuestiones de responsabilidades
                           de la memoria.

Sé que tú durarás más que nosotros
porque en nuestro pueblo
sólo el río
             que te da aire fresco y camarones
va rápido. La vida
transcurre como una lenta ceremonia
                           y el tiempo es más mesurado.

Como podemos ver, el poema empieza con un sujeto afirmando dicha substitución. De esta forma, la muerte es negada al momento de ser subsanada. Revisemos los primeros versos: “Después que Juan murió abrazando / su atormentado vientre, / tú eres nuestro hermano mayor. Necesitamos / un hermano mayor” (1-3). En ellos, se enfatiza el carácter de necesidad que tiene la presencia del hermano mayor. Valentín pasa a ocupar el lugar de Juan. El hermano mayor no es, así, un sujeto, es una categoría, de manera que no muere, sino que es reemplazado. Constituye, antes que un ser humano limitado por la muerte, un rol simbólico que perdura en el tiempo.

En la siguiente estrofa, aparece la enfermedad como un elemento desestabilizador y como una amenaza de muerte. Se convierte, de esta manera, en el acontecimiento que introduce la necesidad en forma de permanencia en el sujeto del poema:

Cuídate. No bebas demasiado
cuando mis mentirosas palabras
aparecen en los periódicos. Cuídate, sigue
buscando esas piedras calientes
tan benéficas para tu panadizo de próstata.

Felizmente nuestro pueblo sólo tiene piedras y barro.
Me olvidaba:… y sol que calienta las piedras
donde te sientas para aliviar tu punzante dolor.

Sin embargo, el sujeto desconfía del lenguaje y recomienda a su hermano, repetidas veces, que se cuide: la primera de ellas, contra sus propias “mentirosas palabras” (15), y, la segunda, y en desmedro de las mismas, continuando la búsqueda de las piedras “tan benéficas para tu panadizo de próstata(7)” (18), con lo cual el lenguaje queda descalificado como la solución de aquellos problemas más inmediatos en el ser humano, en este caso, la enfermedad del hermano, mientras que la piedra adquiere un carácter renovador para el sujeto. Así, la palabra, al encontrarse sólo dentro del ámbito de lo simbólico, no puede brindar una solución a los problemas reales del hermano. Es por ello que el consejo del sujeto es no atenerse a las palabras, sino buscar soluciones tangibles a sus problemas corporales. Nos encontramos, entonces, frente a un primer fracaso del lenguaje, con lo que queda remarcada, nuevamente, la distancia que existe entre el orden simbólico y el mundo real.

Hacia el final del poema, el sujeto, consciente de la situación, ríe de manera irreverente al imaginar a su hermano salvado por una piedra que posee una función sagrada (preservar la vida) equiparando dicha potestad a la del fuego de Pentecostés:

Ay, hermano, perdona esta risa irreverente,
                                 pero imagino
que cuando te vas
queda sobre las piedras
una lengüita de fuego de Pentecostés.
(La piedra alada, 20)

Recordemos que el fuego de Pentecostés fue dado por Jesús a sus discípulos cuando les dio la potestad de perdonar o no de sus pecados a los hombres: “Dicho esto, sopló sobre ellos: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes ustedes perdonen, quedarán perdonados, y a quienes no libren de sus pecados, queden atados»” (Jn 20, 22-23). En dicho caso, el perdón era el acceso al Reino de los Cielos, lugar donde el hombre podría gozar de la vida eterna. Por su parte, la piedra, para el sujeto, es dueña de la misma facultad: su misión es decidir si da a los hombres (en este caso, a Valentín) el pase o no hacia la vida, si alivia o no su “punzante dolor” (21). Recordemos que la poética de Watanabe es una poética de la vida como un proceso físico: “La vida es física” (23) señala en su poema “La cura”, ubicado en su tercer libro de poemas, Historia natural.

El miedo mortal que siente el sujeto queda puesto en evidencia, además, en el epígrafe de Tu Fu que encabeza el poema: “Nuevas recién llegadas de Pingyin / me informan que mi hermano vive todavía”, donde el todavía enfatiza las dificultades que tiene el mismo para subsistir. Y si la identidad del hermano al que se refiere Tu Fu es equiparada a la de Valentín, podemos hacernos una idea del temor del sujeto y de la solución que imagina para el mismo: la evasión de la muerte a través de la substitución del significante para alcanzar la permanencia. El hermano mayor debe subsistir por “cuestiones de responsabilidades de la memoria” (5-6), es decir, que es este el encargado de velar, de estar atento y recordar, a los demás miembros de la familia, de preservar la unidad y el orden en el pequeño grupo social, razones por las que el estado de su salud genera tal angustia en el sujeto. Por dicha causa es que el hermano mayor siempre deberá durar más que los demás hermanos. Así, la categoría de hermano mayor constituye un significante vacío que debe ser llenado para cumplir la doble función que le corresponde: preservar el orden social y, a la vez, invisibilizar a la muerte. No obstante, la piedra, desde un inicio, contamina dicho significado, pues el sujeto está conminado a ser dueño de las características de aquella. Entonces, diríamos que el significado varía pero que, dicho significante, posee forma de piedra.

Del mismo modo, en el poema “La piedra del río” somos testigos de cómo el sujeto vuelve a desear la permanencia a través de un significante para escapar a la muerte. Veamos el poema:

Donde el río se remansaba para los muchachos
se elevaba una piedra.
No le viste ninguna otra forma:
                   sólo era piedra grande y anodina.

Cuando salíamos del agua turbia
trepábamos en ella como lagartijas. Sucedía entonces
algo extraño:
         el barro seco en nuestra piel
acercaba todo nuestro cuerpo al paisaje:
                   el paisaje era de barro.

En ese momento
la piedra no era impermeable ni dura:
         era el lomo de una gran madre
que acechaba camarones en el río. Ay, poeta,
otra vez la tentación
              de una inútil metáfora. La piedra
era piedra
y así se bastaba. No era madre. Y sé que ahora
asume su responsabilidad: nos guarda
en su impenetrable intimidad.

Mi madre, en cambio, ha muerto
                  y está desatendida de nosotros.
(La piedra alada, 13)

Aquí podemos ver cómo, en el poema, el sujeto, en un primer momento, le adjudica el rótulo de madre a un objeto con las cualidades de lo permanente, la piedra, y deja desatendida a su madre verdadera: “Mi madre, en cambio, ha muerto / y está desatendida de nosotros” (21-22). Sin embargo, en este caso, el proceso es inverso, ya que la piedra es la que adquiere las propiedades del ser vivo. Así, ya no es ni “impermeable, ni dura” (12), sino que se convierte en el “lomo de una gran madre” (13). De esta forma, el sujeto elabora una metáfora: la madre es como la piedra, pues le brinda seguridad en medio de un mundo inestable, que es como el río. No obstante, el sujeto descubre la inutilidad de la metáfora, pues mientras que la piedra se mantiene en el río, su madre yace muerte, víctima del tiempo. Así es como el sujeto representa el fracaso del lenguaje en el poema.

Asimismo, la aparición de la piedra en medio del río hace que surja, en el sujeto, una conciencia de lo impermanente en contraposición a lo permanente. Lo impermanente solo se define por la aparición de lo permanente. Esto último constituye, para el sujeto, aquella carencia propia de su constitución como ser vivo (que nace y muere), carencia que lo perturba y que lo lleva a querer asimilar dicha condición a través de la metáfora. El deseo se coloca sobre la permanencia y se intenta alcanzar la misma a través del lenguaje. Sin embargo, la piedra trasciende cualquier envoltura simbólica, quebranta al leguaje al ser una representación de lo real. Hay, nuevamente, un intento por sustituir a un ser impermanente (en este caso la madre), por medio de un significante vacío, para evitar la confrontación con la muerte. Tenemos, entonces, que la madre, al ser impermanente, no genera la fascinación que sí genera la piedra al ser permanente.

Un último poema donde podemos apreciar este conflicto es en “La piedra alada”. En este, el sujeto acusa al viento de intentar hacer impermanente a la piedra, que es permanente. En primer lugar, vemos como el sujeto poético se apropia de una experiencia nuevamente a través de la observación. Esta experiencia consiste en el tránsito –desde un ámbito impermanente hacia un ámbito más cercano a lo permanente– de un pelícano, que se traslada del mar (líquido), hacia el desierto (sólido) y, en él, busca a una piedra (aun más sólido):

El pelícano herido, se alejó del mar
              y vino a morir
sobre esta breve piedra del desierto.
Buscó,
durante algunos días, una dignidad
para su postura final:
acabó como el bello movimiento congelado
                         de una danza.

Su carne todavía agónica
empezó a ser devorada por prolijas alimañas, y sus
        huesos
blancos y leves
resbalaron y se dispersaron en la arena.
                            Extrañamente
en el lomo de la piedra persistió una de sus alas,
sus gelatinosos tendones se secaron
y se adhirieron
a la piedra
        como si fuera un cuerpo.

Durante varios días
el viento marino
batió inútilmente el ala, batió sin entender
que podemos imaginar un ave, la más bella,
                     pero no hacerla volar.
(La piedra alada, 16)

Así, a los ojos del poeta, nos encontramos frente a un pelícano que bien podría haber muerto en medio del mar, pero que decide hacerlo sobre la piedra para que, en esta, perviva una imagen digna del mismo a través del tiempo. Nos encontramos, por tanto, frente a un ser vivo más en la búsqueda de la permanencia. Sin embargo, pretender una postura final es pretender un imposible, ya que todo en el mundo físico está en flujo, por lo que el cuerpo del pelícano termina descomponiéndose. Esta descomposición, así mismo, sucede por niveles; primero se desintegra lo menos sólido y, posteriormente, lo más sólido, como podemos ver en los siguientes versos: “Su carne todavía agónica / empezó a ser devorada por prolijas alimañas, y sus / huesos / blancos y leves / resbalaron y se dispersaron en la arena” (9-14). Sin embargo, el ala persiste en el lomo de la piedra, se hace permanente y pierde aquellas propiedades que le pertenecían al formar parte de un ser vivo: la capacidad de volar. Así, el ala se seca, signo que la distancia de la vida –vinculada al agua y a lo húmedo– y se adhiere a la piedra, como buscando un nuevo cuerpo del cual formar parte.

No obstante, la clave del poema está al final del mismo, cuando el poeta humaniza al viento marino y le otorga la capacidad de elaborar imágenes, en este caso, un ave formada tanto por la piedra como por lo que queda del ala del pelícano. Al hacerlo, entonces, el viento, a los ojos del poeta, ha hecho de dicho fenómeno un signo lingüístico. La conclusión del poema constituye, por tanto, un distanciamiento entre el ámbito del símbolo y el de la realidad: “podemos imaginar un ave, la más bella, / pero no hacerla volar” (23-24), versos en los que podemos apreciar que es solo a través del pensamiento y de la combinación de signos, en el mismo, que se puede ver realizado el deseo del sujeto mas no en el mundo físico, con lo que las posibilidades del símbolo aparecen disminuidas. De esta manera, el carácter inútil de la imaginación y de su principal herramienta, el lenguaje, permiten la aparición del objeto a:

“La emergencia del lenguaje abre un agujero en la realidad, y este agujero cambia el eje de nuestra mirada. El lenguaje duplica la ‘realidad’, en ella misma y el vacío de la Cosa que sólo puede ser llenado por una mirada anamorfótica desde el costado” (Zizek, 2000: 31).

El fracaso del lenguaje constituye, por lo tanto, una prueba de las limitaciones del sujeto, ya que aquel sólo le permite paliar sus limitaciones en el mundo físico. A su vez, la piedra alada es un hecho físico que conlleva al sentimiento de impotencia por no poder devolver a la vida al ala sólo mediante el uso de su imaginación. La piedra alada, así, le permite al sujeto descubrir los límites de su imaginación y del lenguaje; límites que provocarán en él su posterior desconfianza frente a las posibilidades del mismo(8). Entonces, es la propia concepción del sujeto de que existe una realidad más allá del lenguaje la que lo lleva a construir un vacío entre el mundo físico y el orden simbólico y es, desde este vacío, que se manifiesta el deseo de permanencia como una necesidad perturbadora.

Nos hallamos, entonces, frente a  un sujeto que, presintiendo la falacia de una posible solución en el ámbito del lenguaje, en la simbolización de la permanencia a través de la piedra, insta a la búsqueda de una solución en un ámbito más tangible: el de la experiencia física. Tengamos presente, aquí, que, en la concepción del poeta, la palabra yace ubicada dentro del ámbito simbólico manteniendo una distancia con la realidad que quiere representar(9). Vale la pena recordar la opinión que, con respecto a la poesía, Watanabe tenía. Él afirma su incapacidad de transmitir una experiencia a cabalidad por medio de las herramientas del lenguaje:

“Hay muchas definiciones de poesía. Para mí es una percepción muy fugaz. Algo que veo nítido y contundente, pero de modo muy breve. Cuando deseo trasladar esa visión, esa verdad –que tampoco sé definir– a un poema y ofrecérsela al lector, viene una gran dificultad. El lenguaje es limitado. Entonces, siento que todos los poemas que uno hace siempre son aproximaciones, acercamientos, intentos de transmitir esa verdad” (Pajares: 16).

Finalmente, recordemos que –siguiendo a Lacan– el mundo del lenguaje es un mundo vacío, donde el deseo es inherente al sujeto, y se manifiesta cuando este busca, en el lenguaje, aquello que está más allá del mismo: lo real. Así, nos encontramos frente a un sujeto que desconfía de las posibilidades del lenguaje para solucionar su necesidad más primordial en los poemas: la permanencia, cuya carencia determina en el sujeto la muerte física. Esta no solo atenta contra él, sino contra aquellos individuos cuya existencia le resulta más reconfortante: los miembros de su familia, razones estas por las que el sujeto termina optando por soluciones que implican el manejo de los elementos de la naturaleza, por encima de aquellas que implican el manejo de los artilugios del lenguaje.

 

El goce de las limitaciones

Sin embargo, en los poemas “Las mariscadoras” y “El fósil”, la actitud del sujeto, con respecto a la piedra, cambia. En estos poemas, el sujeto acepta su condición impermanente, con lo que la figura de la piedra deja de constituirse como el objeto de deseo del sujeto. Ello debido a que la perspectiva desde la cual es observada la piedra cambia, todo lo cual corrobora la teoría de Lacan, la cual sostiene que el deseo es una pulsión sin solución que cambia de significantes de modo inacabable. Así, el nuevo objeto a, que toma la forma del insoluble deseo, se pierde fuera de los poemas, ya que estos sólo alcanzan a simbolizar la pérdida del deseo de permanencia y la aceptación de su condición por parte del sujeto. Es decir que, siguiendo los lineamientos de la teoría de Lacan, el sujeto no dejaría de desear, sino que colocaría su deseo en un objeto nuevo inubicable en el ámbito de ambos poemas y ya no relacionado a la búsqueda de la permanencia.

En el primer poema, “Las mariscadoras”, el sujeto es testigo –nuevamente– del encuentro entre lo permanente y lo impermanente, aunque sus resoluciones –en relación a dicho conflicto– serán distintas. Veamos el poema:

Al amanecer
una decena de muchachas, como en un mito,
                   entran algunos palmos en el mar tranquilo.

Visten un traje negro
                                     y buscan
entre las piedras
los cangrejos y las conchas que ha dejado la marea alta.

          Una roca oscura se confunde con ellas. Sólo asoma
hierática,
con el agua baja. Si respirara el aire salino de las
muchachas reiría con ellas
          que se lanzan cangrejos y comen almejas crudas.
Las muchachas ignoran que esa alegría vibrátil
       es su victoriosa debilidad.
                      Cuando la marea suba
huirán del avance de las aguas, la roca no.
Ella será la hermana severa
que increíblemente pasa la noche bajo el agua.
                      Mañana
volverá a emerger con la cabellera de rizadas algas
y el triste orgullo de no deberle nada a nadie.
(La piedra alada, 24)

Primero, presenciamos el encuentro entre dos de los elementos impermanentes que componen el poema: las mariscadoras y el mar. Vemos, entonces, como las mariscadoras entran al mar en busca de su alimento, “los cangrejos y las conchas que ha dejado la marea alta” (7). Así, somos testigos del ciclo alimenticio, ya que, las mariscadoras, como seres vivos que son, requieren del uso que puedan hacer de estrategias alimenticias, siendo, determinados momentos, más útiles para la consecución de sus alimentos. En medio de dicho proceso, las mariscadoras entran en contacto con una “roca oscura que se confunde con ellas” (8) y que constituye el elemento permanente en el poema. La presencia solemne de la piedra, “hierática” (9), es contrastada con la actitud jovial de las mariscadoras que juegan con los moluscos que han recogido y, dicha actitud, es atribuida a su incapacidad de respirar, cualidad que, si bien la dota de mayor independencia, le priva del goce que sienten las mariscadoras, goce que es enfatizado por el sujeto cuando afirma de ellas que: “esa alegría vibrátil / es su victoriosa debilidad” (13-14). Así, la vida –para las mariscadoras– es tanto una limitación como una posibilidad: es una limitación en la medida en que su fin irremediable es la muerte, mas es una posibilidad en tanto les permite disfrutar de la alegría, es decir, gozar.

Asimismo, la roca no le debe su subsistencia a ninguno de los elementos con los cuales las mariscadoras deben de interactuar, ya sean el mar o el aire. No se debe a ciclos y su fuerza es tal que, mientras las mariscadoras abandonan la playa con la subida de la marea, ella permanece sin que su vida corra peligro alguno, pues carece de tal. De esta forma, la roca aparentemente triunfa sobre la vida al poseer una independencia comparativa con los seres vivos y, en este caso, con las mariscadoras. Sin embargo, es en esa dependencia donde las mariscadoras experimentan la alegría de interactuar con otros seres impermanentes y de compartir los mismos ámbitos de subsistencia con ellos. Zizek afirma al respecto que:

“Desde el punto de vista de la ‘sabiduría’, la ruptura no valió la pena; en última instancia siempre nos encontramos en la misma posición de la que tratamos de escapar, razón por la cual, en lugar de correr tras lo imposible, debemos aprender a consentir nuestra suerte común y a encontrar placer en las trivialidades de la vida cotidiana” (Zizek, 2000: 24).

Su supuesta debilidad, entonces, queda potenciada al contar con la posibilidad del goce, de la felicidad; invirtiéndose entonces el peso valorativo pues, el carácter permanente de la roca, pierde fuerza frente a la felicidad efímera de las muchachas, como afirma el sujeto hacia el final del poema, en la imagen de la piedra emergiendo del mar durante la marea alta “con la cabellera de rizadas algas / y el triste orgullo de no deberle nada a nadie” (20-21). Aparece así, en el poema, una oposición entre los binomios permanencia/tristeza e impermanencia/alegría, situación frente a la cual el sujeto opta por una existencia fugaz donde es posible participar del goce antes que por una existencia perenne carente del mismo.

Dicha idea es –también– explicitada por el propio Watanabe, en una entrevista llevada a cabo el año 2006 por el diario Perú 21, donde el poeta afirma: “Yo soy feliz cuando escribo. Pero lo soy más cuando vivo ese momento fugaz que, en efecto, es la felicidad” (Pajares: 28). Así, esta afirmación nos permite establecer un paralelo entre la piedra y la escritura (el lenguaje), pues estos son elementos que perdurarán –a través del tiempo– más que el ser humano, pero que carecerán –por eso mismo– de lo que constituye la esencia misma de la vida, es decir, el instante feliz, que solo puede existir en relación al tiempo en que la persona no es feliz.

Regresando al poema, podemos ver un cambio de actitud en el sujeto con respecto al ámbito de lo permanente, de lo real. El sujeto ya no ansía fundirse junto a la piedra, sino que reconoce como inalcanzable la consistencia de la misma, razón por la cual esta deja de ser el objeto de su deseo. Se conforma, así, con una existencia efímera aunque posible, en vez de aspirar a una existencia perenne mas imposible. En palabras de Zizek:

“Lejos de ser un signo de locura, la barrera que separa lo real de la realidad es la condición misma de un mínimo de normalidad: la locura (psicosis) aparece cuando esta barrera se rompe, cuando lo real inunda la realidad (…) o cuando está en sí misma incluida en la realidad” (Zizek, 2000: 40).

Así, en el texto, el sujeto termina por aceptar la naturaleza humana, como propia de un ser que siempre va a contar con necesidades básicas que saciar y aceptando –con ello– al deseo como parte intrínseca de su ser. Esto, en desmedro de la existencia de la roca que no tiene necesidad alguna que saciar, pero que –por eso mismo– no tiene la posibilidad de gozar del instante, factor que es determinante en la elección que el sujeto hace por la impermanencia en el poema.

Por su parte, en el poema “El fósil”, la voz poética se posiciona dentro de una perspectiva no trabajada hasta entonces: en la piedra(10). De esta manera, el sujeto es la piedra, piedra consciente que aparece poseída por el nihilismo, descreyendo de la existencia de un sentido cierto para la vida:

La vida en ti fue un pez de 20 centímetros.
Tu remoto latido, hoy petrificado,
vive ahora en mi cuerpo
            tan inverosímil como el tuyo.

Tú ya no puedes mirarte ni mirarme, no sabes
lo extraño que es ser pez u hombre.
Somos, te digo, inverosímiles, caprichos
de una madre delirante
que cuaja infinitas e insensatas formas en el mar
            y la tierra.

El ruido alegre de los niños en el museo
que se empinan a mirar otros fósiles
interrumpe mi habitual pesimismo,
                y me enternece:
después de todo, pescadito,
                tal vez alguna razón existe.
(La piedra alada, 25)

Al principio, vemos cómo el cuerpo, que es testimonio de la existencia tanto de la vida de la piedra como del que fue pez, carece de sentido y de ello es testimonio el fósil: ambas existencias, tanto el pez impermanente –ubicado en el cuerpo de la piedra– como la piedra permanente, no tienen trascendencia: esta no será más que piedra, mientras que la vida terminará con la muerte. El poema insiste en la intrascendencia de ambos tipos de existencia, siendo así que la naturaleza “cuaja infinitas e insensatas formas en el mar / y la tierra” (9-10), donde tanto lo permanente como lo impermanente carecen de sentido.

Solo al final se descubre un posible sentido a la vida: la alegría de los niños, que no son sino la vida empezando a surgir. Así, nos encontramos frente a unos niños que desconocen la futilidad de la existencia, como también se puede apreciar en el poema “La boca” (perteneciente a la misma sección del poemario), donde el destino del niño, su inevitable muerte, es callada por parte de la piadosa formación de piedras: “La boca / como un oráculo piadoso, / trababa sus propias frases ante el niño / lo sé ahora /  y le agradezco la vida ciega” (14-18), razón que les permite a aquellos conservar la esperanza en el futuro y ser felices. Vemos, entonces, cómo el objeto convertido en sujeto –la piedra– aparece desprovisto de su carácter de objeto de deseo, pues reconoce la insuficiencia de su permanencia y se ubica al mismo nivel que el pez, “Somos, te digo, inverosímiles caprichos / de una madre delirante” (7-8). De esta forma, vemos que la voz poética se posiciona desde la piedra para decirnos que ni aun su carácter permanente constituye una solución a la existencia; es en cambio, la contemplación de los niños, y de su “ruido alegre” (11), lo que le permite atisbar algún asomo de solución, sino definitiva, factible para un sujeto impermanente.

Una esperanza que constituye el reconocimiento –del sujeto– de la carencia de la piedra, de su dimensión real. Una dimensión que implica, desde la subjetividad de un sujeto ahora ubicado en ella, un deseo insatisfecho, que es –justamente– aquello que el sujeto busca saciar cuando no se encuentra ubicado en la misma. En la insatisfacción que revela la piedra, se revela también la desconfianza del sujeto en la permanencia como el cese de todo deseo: frente al deseo de un sentido cierto, la piedra no basta. Frente a ello, las alegrías efímeras de la vida se revelan como el sentido real de la misma. La niñez representa, justamente, aquella etapa de la vida cuando las preguntas, acerca del sentido de la misma, están ausentes. Los motivos de alegría, por tanto, son más inmediatos. Es en esa alegría de los bienes inmediatos donde reside la respuesta de la piedra al deseo siempre insatisfecho. De esta manera, la piedra busca el reconocimiento de lo que es y no de lo que el sujeto le exige ser: la absoluta permanencia, con lo cual aparece mostrando sus falencias, mas también sus esperanzas.

Nos encontramos, entonces, en estos poemas, con un sujeto sensato que ya no ansía bienes imposibles. Es solo cuando este sujeto entiende la futilidad de su ambición por hacerse perdurable en el tiempo que la piedra, como objeto a, desaparece y termina por diluirse; en palabras de Zizek:

“el objeto a es un objeto que sólo puede percibir una mirada ‘distorsionada’ por el deseo, un objeto que no existe para una mirada ‘objetiva’. En otras palabras, siempre, por definición el objeto a es percibido de manera distorsionada, porque fuera de esta distorsión, ‘en sí mismo’, él no existe, ya que no es nada más que la encarnación, la materialización de esta distorsión” (Zizek, 2000: 29).

El deseo por la permanencia ha cesado, pues el sujeto reconoce el fracaso de la misma para lo solución de su problema existencial: el acceso a la felicidad, que es parte de una vida formada por instantes, como lo es la del ser humano. La mirada al sesgo, entonces, es cambiada por una mirada frontal y la piedra no es vista ya como el fin de la búsqueda, sino como una manifestación más de la cambiante naturaleza, siendo el motor de este cambio, la aceptación del sujeto de su propia condición impermanente. Concluimos, por ello, afirmando que un sujeto que ya no aspira a la permanencia, sino que acepta su impermanencia, no puede ya seguir teniendo como objeto de deseo a la piedra, pues ha vislumbrado tras su aparente solidez, a la piedra real: un objeto más del mundo físico, que comparte el mismo destino que estos. Es decir, aquello que se negó a aceptar en un principio, las falencias de la piedra, su condición natural.

 

Conclusiones

De esta forma, en los poemas analizados, podemos distinguir a un sujeto cuyo deseo apunta hacia la permanencia representada en la piedra. No obstante, la permanencia no existe en el mundo físico y la piedra, como representación de la absoluta permanencia que saciaría el desear del sujeto, como objeto a, solamente será perenne o duradero en la mente del sujeto pues, en el mundo físico, sólo existe la impermanencia, el cambio. La solución, perseguida dentro del ámbito de lo simbólico a través de la unión de elementos dispares entre sí en un único símbolo, no es factible en el mundo real donde la disyunción entre ambos elementos, y lo que representan, persiste. La piedra es, así, el referente vacío de una condición que sólo existe como una necesidad del sujeto frente a la muerte: la permanencia, la cual es sólo la simbolización del deseo como una pulsión dentro de él.

Así, es solo cuando el sujeto se percata de la desmedida dimensión de este, un deseo que lo sobrepasa, que adquiere la conciencia de sus verdaderas posibilidades como ser humano. Es en la frustración del sujeto, de alcanzar la permanencia a través del lenguaje, que se refuerza su deseo por alcanzar un bienestar que sí sea posible en el ámbito físico, ámbito que el sujeto llega a reconocer como el único dotado de realidad. De esta manera, el sujeto niega la posibilidad de obtener el objeto de su deseo dentro del ámbito simbólico –es decir, por medio de la metáfora– y asume una vida efímera, pero real, al colocar a la experiencia física por encima de los deseos producidos por sus fantasías. Recordemos, aquí, que, para Lacan, el inconsciente está estructurado como lenguaje y que la fantasía sólo es posible dentro de dicho ámbito.

La sabiduría del sujeto, entonces, consistirá en reconocer la fisura inmanente a su conciencia, la presencia insoluble del deseo, mas –también– en aceptar la necesidad de desarrollar una propuesta de vida que no olvide las posibilidades de su impermanencia y que le serían imposibles si, como la piedra, no se encontrara sometida al cambio. Ellas están condensadas en una sola, su acceso al goce, a la felicidad que sólo es posible si existe su contraparte, la infelicidad. Y ambas sólo pueden suceder en el tiempo, en el cambio, en la impermanencia. Así, tanto el goce como la muerte le pertenecen al sujeto por ser naturalmente propias a su constitución, siendo la opción más sabia el aprender a convivir con ellas.

 

BIBLIOGRAFÍA

Cabrera, José; Agustín Prado y Moisés Sánchez.“Las paradojas del lenguaje: entrevista con José Watanabe”. En: Ajos y Zafiros Nº 7. Lima, 2005, pp. 69-85.

De Paz, Maribel. El ombligo en el adobe. Asedios a José Watanabe. Lima: Grupo Editorial Mesa Redonda, 2010.

Escribano, Pedro. “Siento que me regalan los poemas”. En: La República 18 de diciembre del 2006, p. 7.

Fernández Cozman, Camilo. Mito, cuerpo y modernidad en la poesía de José Watanabe. Lima: Cuerpo de la Metáfora, 2009.

Homjer, Sean. Jacques Lacan. New York: Routledge, 2005.

Lacan, Jaques. El seminario de Jacques Lacan. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Editorial Paidós SAICF, 2005 [1987].

Pajares Cruzado, Gonzalo. “No soy un poeta que piensa en la trascendencia”. En: Perú 21 18 de diciembre del 2006, p. 28.

Vich, Víctor. “El materialismo Real de José Watanabe”. En: Iberoamericana X, 37, 2010, pp. 119-134.

Watanabe, José. Historia natural. Lima: Peisa, 1994.

__________. La piedra alada. Buenos Aires: Pre-Textos, 2005.

Žižek, Slavoj. El sublime objeto de la ideología. México: Siglo Veintiuno, 1989. 

__________. Mirando al sesgo. Buenos Aires: Editorial Paidós SAICF, 2000.

 

____________
1 Watanabe definía la influencia que el haiku tenía en él de la siguiente manera: “No tanto como forma, sino como espíritu, como actitud; esa actitud del hombre que contempla y que traslada la escena que ve a otros hombres. La traslada cuando intuye que hay algo que está más allá de la escena, algo de aparición súbita que lo toca y lo eleva” (Cabrera: 75). Tengamos presente esta definición para nuestra posterior argumentación y la relación que vamos a establecer entre la poesía de Watanabe y el deseo: se traslada al poema la escena que contiene algo más en ella que solo ella misma.
2 Como él mismo señala: “Yo no puedo escribir un poema sentado en una mesa, tengo que estar mirando [la naturaleza], de pronto el poema aparece” (Escribano: 7).
3 En la única biografía publicada de él hasta ahora, y frente a la pregunta por la enseñanza más importante aprendida en su vida, el poeta responde: “Que la vida es fugaz. Esa conciencia he obtenido, o sea, que casi todo lo hacemos para detener el momento” (De Paz: 49). Es importante tener en cuenta esta apreciación para una adecuada comprensión del análisis de los poemas que se presentará a continuación.
4 Como bien señala Camilo Fernández Cosman, se trata de “una recreación del tópico horaciano del carpe diem” (Fernández Cosman: 183).
5 En relación a la paradoja de Aquiles y Héctor, al que Zizek considera como el antecesor de la tortuga en la posterior versión de la misma paradoja, afirma el teórico esloveno: “el sujeto, más veloz que el objeto, se acerca a él, pero nunca lo alcanza. Se trata de la paradoja onírica del continuo acercamiento a un objeto que sin embargo mantiene una distancia constante” (Zizek, 2000: 19). Lo que Zizek pretende explicar es el destino de la persecución que emprende el sujeto en torno al objeto de su deseo: dar vueltas interminablemente alrededor del mismo, pero nunca alcanzarlo.
6 Miguel Ángel Malpartida señala que los haikus y los poemas de Watanabe  poseen elementos de similar equivalencia dentro de su estructura (elementos generales y particulares, en el primero de los casos, y presentación de elementos y tronco narrativo, en el segundo), pero que la diferencia notoria entre ambos es el “extracto de sabiduría”, la reflexión final que añade el poeta peruano a sus poemas y que, en el caso de aquellos analizados en este estudio, funcionan a manera de descubrimientos. Por otro lado, complementa lo dicho la siguiente afirmación de Watanabe con respecto al poetizar en verso libre: “Cuando ya no puedes esconderte en formas retóricas, si usas el verso libre, tienes la obligación de darle al lector una percepción distinta del mundo o desplazarlo de su punto de vista cotidiano a otro quizá más intenso” (Cabrera: 75).
7 Inflamación aguda del tejido celular que usualmente afecta a los dedos, pero que, en este caso, lo hace a la próstata.
8 Con respecto a “La piedra alada”, Watanabe había afirmado lo siguiente: “El poeta tiene una maldición: quizá nunca levante la piedra, pero al igual que Sísifo no debe dejar de intentar llegar a la cima” (Cabrera: 81). Pensamos que esta declaración nos sirve para ilustrar mejor la relación que Watanabe tenía con las palabras: el poema es ese intento por alcanzar el inasible objeto de sus fantasías.
9 Víctor Vich ha señalado respecto del poema “Jardín japonés”, también perteneciente a esta sección del poemario, mas no incluido en el análisis, que el sentido de que la piedra, en dicho poema, represente a una montaña es que “no podemos dejar de simbolizar aunque sepamos bien que esa simbolización trae inevitablemente consigo una dimensión de fracaso” (Vich: 127).
10 Con respecto a la personificación que Watanabe da a los objetos, recordemos sus palabras durante una entrevista concedida al diario La República en diciembre del 2006: “Los miro [a los objetos] pensando igual que cuando miro a una persona, a ver qué dice pues, qué expresa. Claro, no estoy en ese plan todo el tiempo, pero de pronto se expresan, dicen algo” (Escribano: 7).
 
 
©Giovanni Pizardi, 2014
 
Giovanni Pizardi (Lima-Perú). Estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha participado en recitales de poesía y actualmente se desempeña como profesor en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. 
 
 
Deje su comentario
 
Nombre:
 
 
 
El Hablador 2003-2014 © Todos los derechos reservados | ISSN: 1729-1763
           
Especial   Creación   Debate  
Artículos   Reseñas   Biblioteca  
Entrevistas   Periódico   Estudios