Nº24
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Lujuria y muerte de Bernardo de Monteagudo. Dos hechos en la tradición «María Abascal» de Ricardo Palma


1. Introducción

«María Abascal» es una tradición de Ricardo Palma cuya historia transcurre dentro de los períodos de Independencia y Emancipación. Su línea histórica corresponde exclusivamente a la vida de este personaje femenino. Empieza con la llegada del virrey Abascal en 1806 y culmina a finales del siglo XIX después de la guerra con Chile, específicamente en 1898. A esta tradición también se le cataloga como una de las que aborda las relaciones sentimentales de los libertadores con mujeres que vivieron dentro del territorio peruano(1). A partir de esta catalogación, el rol de María Abascal se puede comparar con el de otros personajes femeninos de Palma, quienes adquieren cierta celebridad dentro la historia peruana como participantes verdaderas de la Independencia, aunque el caso específico de María Abascal no termina siendo tan célebre ni tan verdadero por los diversos motivos que mencionaré en este análisis.

Si bien Palma toma los referentes históricos para recrear estas aventuras sentimentales en tono de ficción, algunos pasajes o momentos no encajan del todo en el sentido estricto de lo ficticio, pues nuestro tradicionalista recurre a la anécdota real a través de una serie de referencias. Recurre, sobre todo, al testimonio en primera persona solo para contar cómo llegó a conocer en distintos momentos de su vida a estas mujeres que se hicieron conocidas dentro del imaginario popular limeño y peruano por haber sido amantes de los protagonistas de nuestra Independencia.

El caso de María Abascal es bastante particular, pues ella se convierte en amante no precisamente de un libertador sino de uno de los miembros de estas expediciones. Me refiero al ministro Bernardo de Monteagudo. Si bien, él no ostenta un grado de libertador, no se puede negar que su participación fue crucial en el éxito de este proyecto. Lo mismo ocurrió después en el proceso emancipatorio de Simón Bolívar. Dos razones suficientes para ser designado por ambos libertadores, cada uno en su periodo de liderazgo en la reciente República del Perú, para que ocupe un alto cargo en la dirección de la nueva nación, sobre todo por su perfil intelectual (Altuna, 2002). Es dentro de este cargo cuando se convierte en un personaje controversial en el inicio de la vida política republicana, lo que trajo consigo un sinnúmero de opositores y enemigos que estuvieron en contra de sus ideas y determinaciones. Se sumó su comportamiento amoral y lascivo que terminó descalificándolo para seguir ocupando el alto cargo asignado.

Todos estos referentes históricos sirven para que Palma los coloque como sustento dentro de esta tradición donde también priman otros elementos sociales, raciales y hasta de género. Con ello, su carácter ficticio queda totalmente reducido a través de las referencias reales e históricas con los que sus personajes luego pasan a formar parte del imaginario popular.

El objetivo de este análisis es contrastar los hechos históricos con lo que menciona Palma en su tradición, que, si bien podrían parecer parte de una creación ficticia, corresponden propiamente a hechos reales que sirven de base para concretar una recreación de lo sucedido. Esta recreación se realiza a partir de la vida del personaje de María Abascal a modo de biografía. Ella, al igual que otros personajes femeninos como Rosa Campusano y Manuela Sáenz, logra cierta notoriedad a partir de su relación sentimental con uno de los protagonistas de la Independencia del Perú.

2. Una lujuria exagerada

En la tradición «María Abascal», el personaje principal es una mujer que se convierte en la amante del ministro Bernardo de Monteagudo. Ella es apenas una moza de quince años que corresponde a las intenciones e impulsos de quien ya había sido nombrado ministro de Guerra y de Relaciones Exteriores en el protectorado de don José de San Martín días después de haberse declarado la Independencia del Perú. Para ese momento, ya no parecía importar que Monteagudo se haya creado la fama de mujeriego y de amante insaciable, pues la nueva patria había convertido a los miembros de la expedición libertadora en unas celebridades de quienes resultaba bueno congraciarse, además de lograr cierta cercanía. Así lo comenta nuestro principal tradicionista (Palma, 1968, p. 956):

La misa de nueve, en Monserrate, se convirtió en romería para los galanteadores argentinos. Todos se volvieron devotos cumplidores del precepto dominical, empezando por el ministro don Bernardo Monteagudo, cuya neurosis erótica (tan magistralmente descrita por el doctor Ramos Mejía en su delicioso libro Neurosis célebres) llegó al colmo cuando conoció a María Abascal. Es claro que, desde los primeros momentos, él y ella se dirigieron con los ojos más trasmisiones que dos centrales telegráficas.

Ricardo Palma cita el estudio realizado por el médico argentino José María Ramos Mejía (1915 [1878]) sobre la personalidad del político oriundo de Tucumán solo para dar sustento a su tradición. En este estudio citado, se le diagnostica a Monteagudo una histeria que deriva en un inevitable comportamiento lascivo, el mismo que se convierte en un complemento tácito dentro de la intención creativa y anecdótica de Palma. Incluso hasta lo diagnosticado por Ramos Mejía podría considerarse como punto de inicio o coincidencia en el idilio desarrollado entre ambos personajes dentro de la tradición (Ramos Mejía, 1915, p. 344)(2):

En Lima y en Buenos Aires durante las grandes funciones de iglesia de los “días patrios”, esperaba que las naves de los templos estuvieran cuajadas de esas hermosas mujeres que masturbaban su imaginación, para entrar pavoneándose, acariciado por las nubes de incienso que, mezcladas al olor de las mil flores que perfumaban el ambiente, y al efluvio de aquellos senos trémulos que tanto prometían a su tenebrosa impureza, estimulaban sus sentidos conmoviendo con caricias lascivas hasta la más humilde fibra de su carne. Entraba siempre solo, como para llamar sobre sí, exclusivamente, todas las miradas de las mujeres en cuyos corazones cálidos creía tener un influjo formidable. Caminaba con paso teatral, lento, mesurado, como para que el análisis de su cuerpo y de sus ropas irreprochables se hiciera completo, y el ojo ávido, de sus supuestas admiradoras se satisfaciera (sic) hasta el colmo en aquellas exposiciones y en aquellos paseos de sátiro ebrio.

En otro de los pasajes del estudio de Ramos Mejía se puede deducir el resultado de este encuentro ocurrido en medio de una escenografía eclesiástica limeña, pues todo indicaba que la religión no era un óbice para despertar cualquier instinto de ambas partes. A fin de cuentas, eran nuevos tiempos, era el momento de la libertad, era el momento de la nueva patria. Esta deducción clínica bien podría completar las elipsis narrativas de Palma, o, quizás, dar mayor detalle de la interioridad psíquica de este político una vez que conoce a una mujer, como podría ser el caso de María Abascal. De esta manera se justifica luego su cortejo con atenciones y regalos que solo él podía otorgar en su condición de héroe, sobre todo al tener la certeza de conseguir la atención de la bella doncella precisamente por ser considerado un hombre aguerrido (p. 349):

En presencia de una mujer, temblaba toda su carne, como sorprendida por una suave descarga eléctrica; y su sensibilidad exquisita sufría una especie de “acomodación”, como si la preparara para recibir el choque de la emoción voluptuosa que iba por grados iluminando su fisonomía, y que tanto hacía brillar sus ojos húmedos e inquietos. Entonces brotaban de sus labios las expresiones más apasionadas; su palabra se hacía flexible, fácil y untuosa, y a medida que cierto fluido misterioso empezaba a correr por sus nervios, acariciando los sentidos y agitando su pecho, entraban en erección las facultades animales; su feroz lubricidad despertaba a “la bestia” adormecida, poniendo en juego todo el entrañamiento irresistible que la exaltación del sentido genésico excita en los individuos de su temperamento bravío.

Todas estas actitudes y comportamientos exagerados, propio de su «neurosis», derivan a muchas más deducciones clínicas para Ramos Mejía. Por eso complementa su diagnóstico en un capítulo adicional (capítulo VI de su libro) que lleva por título «La conducta instable de Monteagudo». En este capítulo se le llega de describir de la siguiente manera (pp. 364-365):

El tercer rasgo característico de su fisonomía moral, y que complementa definitivamente el cuadro de su estado enfermizo, eran sus disposiciones eróticas, sus hábitos viciosos y el ardor excesivo de su sensualismo intemperante y sediento. […] Monteagudo era lascivo por su temperamento y por su enfermedad; y esta aberración de los sentimientos genésicos, asimilable a su neurosis y perfectamente compatible con una alta inteligencia, constituye por lo general uno de los caracteres más acentuados del neurosismo (sic) histérico. Puede ser la única, o la más vigorosa y elocuente manifestación de la histeria libidinosa, que en tales casos oprime y atrofia en el hombre, y hasta en la mujer más púdica.

Por su parte, el personaje María Abascal, dentro de la tradición de Ricardo Palma, ostenta equivocadamente un apellido virreinal. Ella destaca por su belleza y por el color de su piel, al que se le llega a comparar más adelante con el de una princesa austriaca. Lo curioso es que su tono de piel es distinto al de sus padres adoptivos provenientes de la costa norte del Perú. Su madre postiza era una mulata de Chiclayo que no había podido tener hijos y que era propietaria de una famosa picantería ubicada en la calle ancha de Cocharcas, en la misma ciudad de Lima. Esta picantería era muy concurrida por ofrecer la mejor chicha del norte junto a otros platos como ceviche de camarones(3) y papas amarillas con ají. Se añade la figura del padre postizo proveniente de Lambayeque que trabaja como ebanista en una empresa de muebles. La condición humilde de ambos protectores y la evidente diferencia en sus tonos de piel hizo que muchas personas, sobre todas las muchachas envidiosas, adjudicaran a la bella niña María Abascal el apelativo de «la papa con ají» o «papita con ají» (Palma, 1968, p. 955). Esta fue una de las razones por la que la familia completa llegó a mudarse a otro mejor lugar para poner a buen recaudo a la niña de la casa, libre de cualquier tentación o peligro. Sin embargo, con este mismo sobrenombre se le conocería hasta su vejez, conforme a la anécdota con la que concluye esta tradición. Aunque el verdadero origen de la niña María Abascal proviene de su estadía en una casa de expósitos donde eran dejados los niños no deseados de las familias acaudaladas, quienes entregaban a sus recién nacidos para evitar la vergüenza entre la gente de su clase. El destino de María Abascal lo depara una mujer afrodescendiente que trabajaba en estos orfelinatos amamantando a los recién nacidos. Esta mujer llega a la picantería de la pareja norteña llevando a la criatura en brazos, consume los platos que allí se cocinan y al momento de cancelar los dos reales que debía pagar, deja en préstamo a esta bebé de piel blanca que ya tenía entre nueve y diez meses de nacida. Era el 08 de setiembre de 1807, día de la celebración de la Virgen de Cocharcas. Por este motivo se le otorga el nombre de María. Se completa su identidad con el apellido virreinal, que por la deducción de las fechas resulta imposible señalarla como hija del virrey Abascal, pues este había llegado a Lima en el mes de julio del año anterior. Aun así, se le derivó su apellido a la criatura, tal como se hacía con otros huérfanos que iban a parar en estas casas de expósitos, tanto en Lima como en otras ciudades del Perú(4).

Esta diferencia racial junto a sus bellos rasgos femeninos convierte a la joven María Abascal en una mujer que se vuelve motivo de admiración, al punto de que un poeta criollo llegó a componerle una copla limeña (Palma, 1968, p. 956)(5). Esta misma belleza es la que captura al libertador Bernardo de Monteagudo, quien recurre a los servicios de una celestina para cortejar a la joven limeña con el único fin de convertirla en su amante y así saciar su inacabable lujuria.

La pasión desbordada de Monteagudo sobre María Abascal se confirma cuando en la misma tradición se comenta que el ministro del libertador ya tenía la costumbre de poseer y desechar inmediatamente a sus amantes, quienes solo duraban veinticuatro horas. Sin embargo, el idilio con María Abascal duró catorce meses, según la tradición. Pudo haber sido más tiempo si no hubiese ocurrido la crisis política desarrollada un año después de haberse declarado la Independencia del Perú. San Martín se encontraba de viaje en Guayaquil para hablar con Simón Bolívar sobre el futuro político de la nueva República. En Lima había quedado Monteagudo a cargo del nuevo gobierno como ministro de Estado, pero sus malos manejos, junto a sus actos turbios e inmorales, tanto en su vida política como personal, fue motivo suficiente para deponerlo en el cargo y exigirle el exilio. Este es el motivo del final de la relación sentimental entre Monteagudo y María Abascal, tal como indica la tradición. Aunque antes de partir, cuenta el tradicionalista, que la despedida de los amantes duró desde el inicio de la medianoche hasta las cinco de la mañana. Ese mismo día, a las seis de la tarde del 30 de julio 1822, el personaje más poderoso y temido de la administración sanmartiniana, acusado de ser causante de todos los males de la nueva nación, abandonaba el Perú a bordo de la corbeta “La limeña” con destino a la ciudad de Panamá (Mc Evoy, 1996, p. 89).

3. Un asesinato no esclarecido

Bernardo de Monteagudo regresa al Perú en 1824. Llega a pedido de Simón Bolívar para que intervenga en la conformación y administración de la nueva República. Bolívar estaba seguro de que tarde o temprano terminaría venciendo a los españoles en el plano militar. Mientras tanto, era necesario reformular una nueva política vitalicia, no solo en Perú sino también en el resto de los países liberados dentro del continente. Monteagudo, tan igual como apoyó las ideas monárquicas de San Martín (Hampe Martínez, 2010), también fue partícipe de la idea de una unión continental o liga de estados republicanos confederados (Monteagudo, 1824; Altuna, 2002, p. 12). Estas posturas enardecieron una vez más a sus opositores, sobre todo a su principal enemigo político: José Faustino Sánchez Carrión.

Según comenta la tradición, en la nueva estadía de Monteagudo en Lima, María Abascal busca un encuentro con él, pero es rechazada por el político tucumano al enterarse que ella ya se había hecho de otro amante de quien no se brinda mayores detalles. Con esta noticia se da a notar una vez más la megalomanía y la neurosis del político argentino, quien no soportaba haber sido suplantado. Por eso decide buscar otras amantes, muchas de ellas casadas y comprometidas o de vida fácil. Lo hacía con el único fin de seguir complaciendo su necesidad lasciva que otra vez era objeto de murmullos y sobresaltos vergonzosos en la pacata sociedad limeña. Una de estas nuevas amantes sería una mujer llamada Juana Salguero (O´Donell, 1998).

A las ocho de la noche del 28 de enero de 1825, el coronel Bernardo de Monteagudo se dirigía a la casa de “su amiga” Juana Salguero cuando fue interceptado por dos desconocidos que inicialmente le pidieron la hora. El punto exacto de este encuentro inesperado para Monteagudo se dio en lo que hoy se conoce como la calle Belén del Centro de Lima, prolongación del jirón de la Unión. Al lograr detener y distraer al político con este inocente embuste, uno de los desconocidos lo tomó de los brazos mientras que el otro le clavó un puñal en el corazón. La calle estaba oscura, por lo que fue fácil para que los delincuentes huyeran. Minutos después el cuerpo fue recogido y llevado a la iglesia de San Juan de Dios muy cerca del lugar del crimen. En la tradición se cuenta que a este mismo lugar llegaría María Abascal atropellando a la guardia. Ella lloraba y gritaba como loca al enterarse de la muerte de su primer amante, y al parecer único hombre con el que alcanzó la verdadera pasión (Palma, 1968, p. 957).

Según las investigaciones del crimen (Ramos Núñez, 2019), el hombre que clavó el puñal a Bernardo de Monteagudo fue un sujeto de tez morena de diecinueve años llamado Candelario Espinoza. Su cómplice se llamaba Ramón Moreira. Ambos eran de condición humilde. Todo indicaba que se trataba de un intento de robo que derivó en el asesinato del político argentino. Aunque al final se descubrió que una vez que la víctima cayó herida nunca se le despojó de su reloj ni de los anillos que llevaba puestos. Tampoco se le arrebató ningún otro objeto de valor. Simón Bolívar, quien también acudió al recinto donde reposaba el cadáver, juró vengar la muerte de quien fue uno de sus hombres de mayor confianza.

Ricardo Palma retomó la investigación de este crimen en un texto periodístico publicado modo de ensayo en 1877 y que lleva por título “Monteagudo y Sánchez Carrión”, y que causó gran revuelo no solo en Perú sino en los países aledaños, pues involucraba a Simón Bolívar en el intento de resolver este misterioso asesinato.(6) En el texto, Palma señala que existe una relación directa entre la muerte de Monteagudo y la muerte de José Faustino Sánchez Carrión, su principal enemigo político, quien pocos meses después cayó gravemente enfermo en el mes de febrero para después fallecer en una hacienda en el valle de Lurín. Ambos políticos eran personas allegadas a Bolívar. Palma asegura que Bolívar llegó a tener una entrevista personal con el asesino Candelario Espinoza, quien le confesó, después de muchas torturas, que la persona que le había pagado para matar a Bernardo de Monteagudo fue el ministro José Faustino Sánchez Carrión. Ante tal revelación, Bolívar prefirió guardar silencio. Palma deduce que este silencio se contradice con el juramento que hizo el libertador frente al cadáver de Monteagudo. De ahí la posibilidad de dar la orden de envenenar a su principal ministro en un fatal desayuno brindado por el mismo Bolívar precisamente en el mes de febrero. Tal como se ha dicho, José Faustino Sánchez Carrión cae gravemente enfermo, se aleja de la vida política, se retira de la ciudad de Lima y fallece el 2 de junio de 1825. Ante la temprana muerte del expolítico peruano, el joven médico Cayetano Heredia realizó la autopsia y diagnosticó que la causa de la muerte del exministro peruano correspondía a un mal hepático. Aun así, Palma persistió en la hipótesis de un envenenamiento como una manera de hacer justicia ante la muerte de Monteagudo. Aunque también existen otros supuestos (Varillas Montenegro, 2016), donde se atribuyen otros autores intelectuales de su crimen. Podía tratarse de los miembros de las logias republicanas, los españoles que fueron despojados de sus propiedades en el gobierno de San Martín o algún caballero humillado que deseaba recuperar la vergüenza perdida por culpa del comportamiento lascivo del político tucumano.

Ante la última hipótesis sobre “un caballero humillado que deseaba recuperar la vergüenza perdida”, todo parece indicar que la exagerada lujuria de Bernardo de Monteagudo se convirtió una vez más en protagonista y al mismo tiempo en colofón de su agitada vida como político y libertador.

4. Conclusiones

“María Abascal” forma parte de la lista de tradiciones independentistas de Ricardo Palma. Dentro de esta lista cabe resaltar las tradiciones que incluyen la presencia de las mujeres como protagonistas junto a los libertadores. Si bien muchos estudios las colocan en una posición subyugante o de personajes comparsa, es necesario mencionar que su presencia resulta vital para justificar las acciones de sus pares (Bellini, 2011; Lavallé, 2021).

Para el caso del personaje de María Abascal, se le pueden establecer muchas diferencias y también similitudes con otras mujeres de la historia independentista mencionadas por Ricardo Palma en sus tradiciones. Me refiero específicamente a Rosa Campusano y a Manuela Sáenz, e incluso a Manuelita Madroño, amantes de San Martín y Bolívar, respectivamente.

Una de las principales diferencias es el origen de María Abascal. Si bien el color de su piel es un distintivo que la coloca en una situación “privilegiada” o de mayor atención, no se puede negar que ella proviene de un orfelinato. Tampoco se puede negar que fue amamantada y regalada por una mujer afrodescendiente.(7) Su verdadera familia se deshizo de ella al enviarla a un orfelinato. Sucedió lo mismo con la mujer que le daba de lactar. Es más, es cambiada por el valor monetario de la comida que se consumía en la picantería de sus padres postizos, motivo suficiente para derivarle con mucho sarcasmo el apelativo de “papa con ají”. La connotación de este apelativo se incrementa en su juventud y adultez al convertirse en la amante de un político como Monteagudo, cuyo idilio duró más de lo que se esperaba, según Palma; pues todo parece indicar que la desbordante lujuria del libertador lograba ser saciada por la belleza de esta joven mujer.

Es inevitable comparar esta relación con lo sucedido en la vida de otras mujeres como Rosa Campusano (“la protectora”) y Manuela Sáenz (“la libertadora”), cuyos apelativos no remiten al humor ni al sarcasmo tal como sí sucede con el apelativo de “papa con ají”. Esto obedece principalmente al rango que ocupaban San Martin y Bolívar, a comparación de Monteagudo, quien nunca llegó a ser considerado precisamente como un libertador. Si bien los dos primeros llegaron a tener detractores, mucha gente llegó a aceptarlos por representar precisamente la declaración de la Independencia y la posterior victoria militar y política contra los españoles con los que se sella la Emancipación. Es decir, su celebridad trascendió y se estableció en la principal historia del Perú. No sucedió lo mismo con Monteagudo. Estas mismas reacciones positivas para los libertadores se trasladaron a sus parejas sentimentales: Rosa Campusano y Manuela Sáenz. Ambas mujeres se impusieron ante las miradas y comentarios de las personas. Se les dio lugar y se les brindó la debida atención. Incluso hasta llegaron a causar cierto temor, que fue más allá del respeto que les tenían sus propias parejas, al punto de llegar a ser condecoradas en público. No importa que una haya representado en su totalidad al universo de lo femenino, como es el caso de Rosa Campusano, o en caso contrario, la imagen varonil que proyectaba Manuela Sáenz al vestir como un soldado (Palma 1968, p. 962). No sucede lo mismo con María Abascal, muy a pesar de su belleza y el color “privilegiado” de su piel. De nada valió que sus padres postizos se mudaran al otro lado de la ciudad cuando ella era tan solo una niña a la que buscaban librar de las envidias, tentaciones y demás peligros del pueblo. Tampoco sirvió de que haya sido una excelente amante que llegara a saciar la excesiva lujuria del hombre que al cortejarla le brindaba una infinidad de obsequios y otras zalamerías. Simplemente su romance no trascendió por culpa de una crisis política. Se entiende el obligatorio exilio como medio de separación. Tiempo después, con su regreso, pudo haberse retomado el idilio, pero la neurosis erótica y otros trastornos del mismo Monteagudo hicieron imposible el reencuentro, sobre todo al enterarse de los otros amantes que había llegado a tener María Abascal. Por lo menos, así se deduce en la comparación de su estudio clínico y la tradición.

Según la tradición, la muerte de Monteagudo resultó ser un hecho traumático para María Abascal, al punto que marca una diferencia con Rosa Campusano y Manuela Sáenz. Ninguna de las dos sufre el trauma del asesinato de sus amantes como le sucede a María Abascal. Las mujeres de los libertadores pudieron haber sufrido desplantes, distancias, infidelidades y hasta abandonos, pero no el dolor de una muerte causada de una manera tan violenta. No importa si la historia real justifica o condena lo sucedido con Monteagudo. Lo cierto es que con ello queda el comportamiento de una mujer que dentro de la traición termina siendo calificada como una “cortesana aristocrática, una horizontal de gran tono” (Palma, 1968, p. 957). Otra diferencia con las amantes de los libertadores es su procedencia extranjera. Rosa Campusano era de Guayaquil y Manuela Sáenz era de Quito, mientras que María Abascal no se conoce su procedencia. Solo se deduce que puede ser de Lima.

El siguiente cuadro que podría ayudar a establecer sus diferencias:

A pesar de la muerte de Monteagudo, la juventud y adultez de María Abascal transcurre rodeada de personalidades políticas o de dinero hasta que cumple los 45 años, momento que se retira de los deleites y vanidades de la vida para recluirse en la devoción. Aquí Palma recurre a un dicho popular para sintetizar con humor la vida de María Abascal: “quien pecó y rezó, empató”. Aunque su verdadero final obedece a la pobreza total a partir de una serie de hechos desafortunados como la pérdida de su dinero. Es así como ella termina hospedada en una casa de pobres que posee el arzobispado en la calle San Carlos. En su vejez, María Abascal pasa a vivir solo de limosnas.

En la estructura de esta tradición, el autor hace uso del narrador en primera persona para dar inicio y fin a la historia de María Abascal. En cada una de estas partes, el narrador recurre a otro personaje y al testimonio en primera persona para poder identificarla. Es precisamente en la última parte que la reconoce en el atrio de la iglesia San Pedro, justo a la salida de la misa. Ella se ha convertido en una anciana pobre de 92 años que aún usa una mantilla española ya fuera de toda moda (Palma, 1968, p. 958). Es el año 1898. María Abascal ha sido testigo de dos hechos importantes en el Perú: la Independencia, propio de su juventud y belleza, y la guerra con Chile, propio de su vejez y pobreza. Bajo estos dos hechos se podría decir que la vida de María Abascal es un parangón de nuestra primera República (Chiri, 2012, p. 87).

Sin embargo, existe un dato importante dentro de la tradición de Palma que da pie para sospechar de la verdadera existencia de María Abascal como una mujer real cuya vida parece ser el fiel reflejo de la primera República del Perú. Este dato corresponde al retrato con el que empieza la tradición, donde el autor, narrando en primera persona, asegura reconocer a la amante de Bernardo de Monteagudo a través de una pintura. En la tradición se menciona que el autor del retrato es un humilde pintor peruano conocido con el nombre de Maestro Pablito, quien, según entiende el autor, murió en 1850. Era el retratista mejor reputado en Lima (Palma, 1968, p. 954). Luego vuelve a mencionar al mismo retratista, cuyo cuadro le ha dado pie para contar la historia de la mujer retratada. En esta ocasión, el autor confiesa que él era un granuja de doce años cuando conoce en persona a María Abascal, tal como aparece pintada en el cuadro del Maestro Pablito (Palma, 1968, p. 957). Con la información de haber sido el retratista mejor reputado en Lima, se puede entender que se trata del pintor Pablo Rojas, pintor de origen mulato (de ahí su mención de “origen humilde” debido a la condición de los afrodescendientes al inicio de la República) que fue designado por el Supremo Congreso Constituyente para pintar al libertador Simón Bolívar en agradecimiento a su persona por haber consolidado la Independencia del Perú después de las victorias en las batallas de Junín y Ayacucho. La fecha que se realiza esta pintura es en 1825. Su vigencia artística llega hasta el año de 1839 (se desconoce la fecha real de su fallecimiento). Lo curioso es que el retrato a Simón Bolívar es la única obra pictórica de Rojas registrada en el patrimonio público (Ortiz Esquivel, 2013, p. 5).(8) Es decir, si existió una pintura de María Abascal realizada por el Maestro Pablito, el mejor reputado en Lima, esta ha desaparecido de cualquier registro público y en el ámbito real, pues no existe otra mención de María Abascal fuera de la tradición. Aunque puede ser que la pintura en mención sí haya existido, tal como asegura el autor de la tradición en dos ocasiones, pero ante la ausencia de otras referencias reales, más la confirmación de la existencia de una sola obra conocida del pintor Pablo Rojas, supuesto autor del retrato de María Abascal, todo parece indicar que estamos ante un caso de supuesta ficcionalidad de una mujer que no llega a ser célebre, muy a pesar de haber sido amante (¿en la ficción?) del controvertido ministro Bernardo de Monteagudo.

Para concluir, desarrollo una línea cronológica que podría servir para resaltar los hechos históricos con los que Ricardo Palma otorga verosimilitud a esta tradición. (Lo mencionado por el autor de la tradición va en paréntesis):

1806: El virrey Abascal llega a Lima en el mes de julio (según la tradición de Palma, María Abascal es regalada un 08 de setiembre del 1807, día de la Virgen de Cocharcas. Tenía entre nueve y diez meses de nacida) (Palma, 1968, p. 954).
1821: Llega San Martín con sus tropas y declara la Independencia del Perú (María Abascal ya es una muchacha de 15 años).
1822: Bernardo de Monteagudo abandona el Perú al ser destituido de su cargo.
1823: Llega Simón Bolívar a Lima.
1824: Regresa Bernardo de Monteagudo al Perú.
1825: Bernardo de Monteagudo es asesinado en una calle del centro de Lima.
1833: Nace Ricardo Palma.
1845: El autor en la tradición menciona que él era un granuja de 12 años cuando conoció en persona a María Abascal. Estaba en el ocaso de su hermosura cerca a los cuarenta años (Palma, 1968, p. 956). 1850: Muere el retratista, el maestro Pablito, quien pinta a María Abascal, tal como se menciona en la tradición (Palma, 1968, p. 954, p. 957).
1851: María Abascal se aleja de la vida de cortesana a los 45 años (Palma, 1968, p. 957).
1855: Desaparece la saya y el manto (Palma, 1968, p. 957).
1873-74: María Abascal queda en la mendicidad (Palma, 1968, p. 957).
1879: Inicio de la guerra con Chile.
1884: Fin de la guerra con Chile.
1898: Fallece María Abascal a 92 años (Palma, 1968, p. 958).
1906: Ricardo Palma publica Mis últimas tradiciones y Cachivachería correspondientes a la novena serie.
1919: Fallece Ricardo Palma.



BIBLIOGRAFÍA

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Chiri, S. (2012). El imaginario nacional en las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma, ambientadas entre 1820 y 1885. A Dissertation Submitted to the Temple University Graduate Board in a Partial Fullfillment of the Requirements for the Degree Doctor of Philosphy.

Esquivel Ortiz, O. (2013). Un lienzo de Pablo Rojas en honor a Junín y Ayacucho. Nueva corónica 1, enero, ISSN 2306-1715. Ponencia en el Quinto Congreso Nacional de Historia, 2012. 

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1 Esta tradición pertenece a la novena serie (Palma, 1968, pp. 954-958). Por su historia se le clasifica entre las tradiciones sobre «Las mujeres y los libertadores» (Chiri, 2012, pp. 72-100). Si bien, Bernardo de Monteagudo no es precisamente un libertador, sino un ministro, también entra en esta clasificación, pues este controvertido personaje perteneció a la expedición libertadora que llegó al Perú junto con don José de San Martín en 1821.
2 Este texto se encuentra dentro del capítulo V titulado «El histerismo de Monteagudo», pp. 337-351.
3 Palma escribe esta palabra de la siguiente manera: “seviche” (p. 955). Debe ser porque la preparación del “seviche de camarones” es muy distinta y mucho más elaborada del conocido plato tradicional que se consume hoy en día (Coloma Porcari, 2010, p. 60).
4 Se menciona lo mismo en el caso de la ciudad de Arequipa donde a la mayoría de los huérfanos se le colocaba el apellido Chávez de la Rosa. También se utilizaba mucho el apellido Casapía (Palma, 1968, pp. 955-956).
5 La copla que cita Palma en su tradición obedece al imaginario popular limeño. Esta dice lo siguiente: «Si yo pudiera arrancar / una estrella del cielo / te la pusiera en la frente / para verte desde lejos».
6 Este texto fue publicado en la colección dirigida por el coronel de Manuel de Odriozola: Odriozola, Manuel de, Documentos literarios del Perú colectados y arreglados por el coronel de caballería de ejército fundador de la independencia y director de la biblioteca nacional. Tomo undécimo, Lima, Imprenta del Estado, 1877: 395-414. Otra publicación ampliada se puede ver en Palma, Ricardo, Mis últimas tradiciones peruanas y cachivacherías, Barcelona, Maucci, 1906, pp. 542-598 (Ramos Núñez, 2019).
7 En ninguna parte de la tradición se menciona si esta mujer era una esclava que obedecía el mandato de sus amos o una liberta que obraba por cuenta propia.
8 Este cuadro aún existe. Se encuentra exhibido en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, ubicada frente a la Plaza Bolívar en el distrito de Pueblo Libre en Lima.
 
 
©Omar Guerrero, 2022
 
 

Omar Guerrero (Lima-Perú, 1977)
Egresado de la escuela de Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Magíster por la misma casa de estudios con mención en Estudios Culturales. Ha llevado una especialización en marketing en el Instituto Peruano de Marketing y en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, además de cursos de corrección en la Escuela de Edición de Lima y de edición de libros en la Universidad Ricardo Palma. Ha tenido a su cargo la jefatura de las principales cadenas de librerías como Crisol y Special Book Services. Ha publicado la novela Paterson City (Estruendomudo, 2010) y el libro de cuentos Literatura anónima (Colmillo Blanco, 2022). Asimismo, sus textos han aparecido en distintos medios físicos y digitales como Buensalvaje y Lectures d´Ailleurs. En la actualidad trabaja en Penguin Random House Perú, es colaborador habitual de la revista virtual El Hablador y dirige el podcast ADN Literatura

 
 
 
 
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