Nº24
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La literatura peruana entre la historia oficial y el contrarrelato: visiones de la guerra interna y del país post-conflicto en 4 novelas del siglo XXI y una del siglo XX

Centralidad de lo literario en Perú e intersecciones con la guerra interna

En Perú, la literatura importa, probablemente más que en otros países – se puede decir en una constatación que es también paráfrasis de otra que figura en un informe de la CIA sobre el peso de los intelectuales en Francia (Vicente, 2017).

Allá, sin embargo, rehabilitar a un inocente bajo un régimen considerado democrático costó –entre la publicación del “J’accuse” y el reconocimiento oficial de la inexistencia de culpa del capitán Dreyfus– 8 años, además de dos sentencias de prisión contra Émile Zola, su exilio y muy posiblemente su vida misma. En cambio, en Perú, bajo un gobierno de formato dictatorial (el de Velasco), la amnistía y libertad de Héctor Chacón no tardaron más que un año desde que Manuel Scorza, en su novela Redoble por Rancas, puso de manifiesto la justeza de la lucha en la que se dio el hecho que lo había llevado a la cárcel. La literatura peruana no solo ha aportado, a lo largo de 200 años o más, perfectos retratos de la realidad social y política: ha incidido fuertemente sobre ella.

En Perú, los buenos escritores, además de notablemente numerosos proporcionalmente a la población, suelen ser también intelectuales públicos y críticos literarios(1)– es decir, dedicarse no solo a la creación literaria, sino también a la reflexión sobre ella y a la militancia de ideas.

Esa centralidad que tienen en la vida social peruana la literatura y quienes la hacen se refleja, por ejemplo, en la existencia de conjuntos musicales que eligieron llamarse José María Arguedas, Trilce o Los Heraldos Negros, tributo de un arte a otra; o equipos de fútbol llamados Real Garcilaso(2) y César Vallejo. Perú es un país letrado, aun con la paradoja actual de un índice de lectura de libros considerado bajo. La importancia de la palabra escrita en el país está reflejada incluso en elementos problemáticos como los periódicos chicha (subproducto de una cultura lectora y enlace, aunque precario, entre ella y un sector social que en otros países solo lee mensajes de WhatsApp con cada vez más emoticons) y la piratería de libros (que supone demanda por tal producto).

Habida cuenta de esos rasgos, resulta obvio e ineludible que un suceso histórico tan importante como el conflicto de los años 80-90 esté no solo retratado en libros, sino que este se encuentre inextricablemente enhebrado al quehacer literario y a la vida de sus partícipes(3).

La guerra interna se despliega incluso sobre una literatura que la precede: cuando, en 1983, Sendero Luminoso ingresa a Yanahuanca (Junín), una de sus primeras acciones es someter a juicio sumario, seguido de ejecución pública, a otro personaje de Redoble por Rancas, la hacendada y exalcaldesa Alcira Benavides Albeo de Madrid (Pepita Montenegro en la novela).

Se proyecta, además, sobre las familias de Arguedas y Gutiérrez, cuyas respectivas viuda y esposa, Sybilla Arredondo (además, organizadora de su obra) y Vilma Aguilar Fajardo (artista que se dedicó también a la escritura), se adhirieron al PCP-SL y sufrieron, por ello, consecuencias muy duras: 14 años de cárcel, en el caso de Arredondo; el asesinato, por fuerzas del Estado, primero de su hijo en la masacre del penal de El Frontón (1986), luego de ella misma en la del penal de Lurigancho (1992), en el de Aguilar.

Se integra también a la biografía y a la obra de Vargas Llosa, a quien cupo coordinar una comisión oficial destinada a investigar la masacre de periodistas en Uchuraccay (1983) y producir un escrito –ficcional sin pretender serlo– que eximió de culpa a las fuerzas estatales bajo el supuesto de que los campesinos de la zona habrían confundido a teleobjetivos con metralletas y, por ende, a los hombres de prensa que las llevaban con milicianos senderistas.

Y se mezcla con la historia de la vida y temprana muerte de escritores que desarrollaron su labor literaria en simultáneo a su participación en la guerra como miembros de SL: los poetas Edith Lagos, caída en 1982 no se sabe si en combate o tras rendirse, y José Valdivia Domínguez (Jovaldo) , asesinado y luego desaparecido por la Marina en la masacre de El Frontón sin que su cuerpo se haya ubicado hasta la fecha; casi seguramente, también el cuentista Hildebrando Pérez Huaranca , desaparecido. (La reverencia a Lagos en Ayacucho –donde el pueblo la sepultó como hija querida y sigue rindiéndole homenajes que ni la subsiguiente deriva militarista y terrorista de Sendero, ni tres atentados que perpetraron militares y paramilitares contra su tumba, ni tampoco el paso de los años, lograron enfriar – tiene más similitudes que diferencias con la que rige en círculos de Lima a otro galardonado poeta guerrillero muerto casi veinte años antes, también enfrentándose al Estado peruano y también a muy temprana edad – ella a los 19, él a los 21: Javier Heraud).

Y genera, durante su mismo despliegue y posterior repliegue, una literatura que la narra y que aporta –en general, sobre materia prima suministrada por un periodismo valiente cuyos frutos ella perenniza– el más importante registro del accionar criminal y genocida del Estado en contra de las poblaciones campesinas de origen indígena de los Andes, sin ahorrar el de las atrocidades que contra ellas cometió SL. La obra cumbre de esa vertiente es también la última obra literaria trascendental del Perú hasta la fecha: Rosa Cuchillo, de Oscar Colchado Lucio, publicada en 1997.


Peculiaridades y rol político de la CVR peruana

Es bastante lógico que quienes busquen promover o bloquear cambios políticos y sociales inviertan en construir narrativas que –aparte de toda discusión sobre qué es literatura y si la integran o no– están colmadas de selectividades, sesgos y zonas borrosas entre lo verídico y lo ficcional. Asimismo, sucesos traumáticos suelen generar, en sociedades que los viven, procesos de construcción de memoria que se vuelven decisivos para la producción de esos relatos. Tal aspecto tiene rasgos peculiares en Perú, que, como negativo de Sudáfrica, no instituye su Comisión de la Verdad y Reconciliación bajo el gobierno de un antiguo movimiento armado devenido en pilar de una institucionalidad nueva tras una transición política pactada sobre la base de un empate militar. Tampoco al cabo de una bochornosa derrota de sus FFAA ante otro país, a diferencia de Argentina(4).

Lo hace tras una inapelable derrota política del PCP-SL y del MRTA, y a poco de terminada la única guerra que sus FF.AA. pueden pretender haber ganado en 200 años(5). Guerra en la que actuaron asociadas al sistema de partidos – subordinándolo desde el 5 de abril del 1992, pero nunca suspendiendo su funcionamiento, lo que las preservó de una pérdida abrumadora de respaldo político como la que sufrieron sus homólogas argentinas en su última dictadura.

Guerra que, para colmo –y, sin embargo, de la considerable adhesión que cosechó el PCP-SL en la sociedad peruana en aquél entonces–, no se dio entre dos frentes políticos y sociales que expresaban distintas fracciones de la vida institucional, como en la España de los años 30; ni tampoco contra un determinado régimen, como las demás guerrillas latinoamericanas del siglo XX, sino contra el Estado mismo, el sistema de partidos e instituciones en su totalidad, contra todo el orden social, que SL buscaba destruir violentamente para crear desde cero otro Estado.

La CVR peruana, órgano del Estado al que SL buscó demoler con una violencia sin freno y el MRTA cambiar radicalmente, no fue ni independiente de todas las partes del conflicto, ni imparcial o equidistante entre ellas, ni siquiera plural en su composición. Se dedicó menos a investigar hechos que a reinterpretarlos(6), acercándose así –por mantenernos en un marco de referencias literarias– a un Ministerio de la Verdad que produjo historia oficial en la más estricta acepción: una doctrina de Estado que no se privó de recomendar que se enseñe en las escuelas en reemplazo de las “visiones críticas del Perú inspiradas en un empobrecido marxismo de manual” (CVR, 2003, T. 9, p. 99) a las que atribuye la elección de no pocos estudiantes por tomar armas. Doctrina construida como creación literaria: de 17.000 testimonios, la CVR seleccionó los que creyó representativos sin verificar su veracidad como se exige en la historiografía, en juicios y en el periodismo. Solo la literatura de ficción se maneja con tanta libertad.

Es cierto que su informe ha recibido furibundos e incesantes ataques de una derecha recalcitrante conformada por militares en retiro y civiles allegados. Pero tal dato no contradice los señalamientos anteriores: se enmarca en disputas y arreglos internos del propio Estado.

Era imposible que la CVR dejara de reconocer hechos notorios. Negarlos u omitirlos hubiese conllevado la renuncia a la credibilidad necesaria a la eficacia de su labor. Admitirlos generó un roce con oficiales que no aceptan menos que medallas por su rol en ellos y con sectores políticos y económicos que les son afines (a los oficiales y a los hechos en cuestión).

Reconocida así, aún en dimensión acotada y a modo de control de daños la responsabilidad del Estado por tales crímenes, delimitarla al interior del mismo Estado, cargándola a las FFAA como instituciones y a algunos de sus miembros posibilitó exentar de ella a autoridades políticas(7) y judiciales. Ningún oficial (ni siquiera Telmo Hurtado por el caso Accomarca) ha recibido condena de cumplimiento efectivo, ni mayormente condena alguna, pero la CVR contribuyó, por esa vía, para poner en caja –aún sin recortarle mucho las prerrogativas sociales– a un poder militar cuya hipertrofia iniciada en los 80 el recién terminado régimen fujimontesinista había extremado.

Pero si las piezas se movieron así al interior del Estado, el sesgo de la CVR en favor de ello (ergo, también de sus FFAA) ante los grupos insurgentes y las poblaciones que los comisionados alegan haber puesto en el centro de su preocupación se nota a simple vista. Como no son habituales las críticas al informe desde perspectivas que no sean las de la derecha dura(8), corresponde transcribir y comentar algunos pasajes en los que se basan las presentes observaciones: “los organismos de apoyo a la acción terrorista de grupos nacionalistas que actúan en Europa occidental no pueden ser considerados organismos de la sociedad civil sino meramente integrantes de una estructura criminal”. (CVR, 2003, T. 3, p. 206).

Al empezar la CVR sus trabajos, Sinn Fein cogobernaba, como lo sigue haciendo hoy día, Irlanda del Norte, donde, como en la República de Irlanda, puede disputar elecciones, publicar periódicos y organizar mítines hace decenios. A la fecha de la publicación del informe, Batasuna recién había sido proscripto en España, no así en Francia, que jamás lo hizo. Esos países no consideran a tales partidos “meramente integrantes de una estructura criminal” de IRA y ETA. Al revés: la absorción de los grupos armados por la vida civil (y a veces militar, como en Sudáfrica con la incorporación de los miembros del MK, brazo armado del CNA, a las Fuerzas Armadas) fue un objetivo central de todo proceso de paz llevado a efecto en el mundo. En Perú, la CVR ha contribuido para volverla un tabú que, cada tanto, resulta en la prisión por terrorismo de quienes intentan proceder la inscripción electoral de un partido prosenderista (el Movadef): “No es posible —en buena fe— exigirle al Estado defender los derechos de las personas y, al mismo tiempo, considerar que ese Estado debe ser destruido violentamente”. (ídem)

Dada la universalidad inherente a los derechos humanos, no podía importar a un órgano con el rol teórico de la CVR si quien denuncia violaciones reales a ellos y plantea que se los respete lo hace en buena fe o no. Por su turno, la noción misma de derechos humanos nació de la destrucción violenta del Estado en las revoluciones estadounidense y francesa, que originaron las primeras declaraciones en la materia. Tal dato y su obvio conocimiento por los comisionados y por sus asesores ponen de manifiesto la mala fe, pero de ellos, en el plan intelectual y político.

… intensificaron sus ataques contra la Marina de Guerra buscando que ésta también les responda con un «genocidio». (...) El gobierno de García recibió una situación crítica en los penales que se agravó luego de que el 4 de octubre de 1985 un amotinamiento de reclusos acusados por terrorismo en el penal de Lurigancho fuese sofocado por la Guardia Republicana en un violento incidente. Murieron treinta internos (...). En los meses siguientes, continuaron los problemas en los penales con la insistencia de los reclusos senderistas en pedir garantías para su vida. En junio de 1986 elevaron recursos de amparo frente a la amenaza a su seguridad y el dirigente senderista Antonio Díaz Martínez, poco antes de comenzar su interrogatorio en el Quinto Tribunal Correccional, denunció «el nuevo plan genocida que prepara el gobierno en todo el país, para aplicarlo contra los reclusos de las diferentes cárceles». En otras palabras, los senderistas buscaban con sus acciones «inducir al genocidio» al gobierno aprista y al, mismo tiempo, lo denunciaban por prepararlo (Idem, T. 3, pp. 42-43).

La CVR atribuye a SL responsabilidad por una acción que mató a más de un centenar de sus miembros, decidida entre las cúpulas civiles y militares del Estado. Le endilga haber inducido a la Marina y al Gobierno a masacrarlos. Trata el manejo de un instrumento estrictamente legal, previsto en el Pacto de San José, como es el recurso de amparo(9), como parte de una maquinación de suicidio colectivo por mano ajena, e identifica “la insistencia de los reclusos senderistas en pedir garantías para su vida”(10) como causa de “problemas en los penales” y parte de una provocación para forzar al Estado a darles muerte. Finalmente, según la explicación metodológica de la p. 103 del Tomo 6 del informe, “la CVR considerará como masacres (...) ejecuciones múltiples de cinco o más víctimas”; pero trata como “incidente” la ejecución de 30 internos de un establecimiento del Estado.

[El periodista César] Hildebrandt también había denunciado que (...) presiones militares hacia el canal 2 (...) provocaron el cierre de su programa Encuentro el 4 de marzo de 1986. Declaró que el veto a un reportaje de Ricardo Uceda sobre el autosecuestro del comandante Álvaro Artaza (a) Camión, treta para escapar a la justicia, lo obligó a tomar esa decisión. (...). Una semana después, Ampuero tuvo que procesar una disidencia, la de su jefe de edición y reportero Rodolfo Pereyra, que denunció el veto de su reportaje Desaparecidos (…). Pereyra, discutiéndole por teléfono, retrucó (...) que directivos del canal 9 habían mostrado el reportaje a miembros del Comando Conjunto que lo habían vetado. La subversión seguía causando estragos en las relaciones de los militares con el periodismo independiente. (CVR, 2003, T. 6, p. 350)

En otra penosa operación retórica, la CVR atribuye a “la subversión” responsabilidad por las consecuencias de decisiones de censura a la prensa pactadas entre altos mandos de las FFAA y de los canales de televisión. Decisiones que ni siquiera tenían por finalidad restar repercusión a acciones de los grupos insurgentes, sino encubrir crímenes de oficiales. SL y el MRTA cometieron suficientes actos repudiables como para que no se comprenda el endilgarle los de otros, salvo que el objetivo sea soslayar o encubrir responsabilidades de estos.

– La escolarización era vista como la clásica forma de ascenso social y las barreras halla-das en este proceso de ascenso generaban resentimiento, sobre todo en el grupo social del cholo ascendente, un grupo alejado de su pasado pero no siempre aceptado en sus nuevos espacios. Así, el PCP Patria Roja dibuja una gran imagen de la frustración de numerosos insatisfechos de este sector social” (Idem, t. 3, p. 374) – Un factor clave que determinó que el discurso del PCP-SL pudiera ser comunicado y comprendido, especialmente en la sociedad rural peruana, ha sido el carácter particular del discurso maoísta. La entrada de éste en los sectores rurales está emparentada con las particulares características del Partido Comunista Chino: organización provinciana y aislada en cuyo seno la formación ideológica era mínima por la ausencia de textos en chino y el masivo analfabetismo imperante; incluso el líder, Mao, carecía de roce cosmopolita y nivel intelectual, no leía otros idiomas aparte del chino(11) (Idem, p. 379). – dado su carácter contestatario, revolucionario y radical, el SUTEP ha sido usualmente considerado como un organismo subversivo. Si a esto se añade su incapacidad para haber zanjado directamente con grupos como el PCP-SL, se comprende por qué se le ha conferido la calidad de peligroso, más aún si se toma en cuenta que sus integrantes son provincianos y étnicamente considerados cholos. (Idem, p. 382).

Es cómica la frase sobre las dotes intelectuales de uno de los estadistas más importantes del siglo XX y sobre el organismo político que, bajo su liderazgo, moldeó el mundo del XXI sacando a China de la condición de botín colonial para volverla potencia planetaria. Menos graciosas son las despectivas alusiones a “provincianos” (palabra que refiere a chinos y a peruanos no limeños en una asimilación de estos a aquellos que señala a la “formación ideológica mínima” y al “masivo analfabetismo” como rasgos comunes). Estos son los pasajes más rampantemente racistas en un texto colmado de prejuicios hacia la gran mayoría de los peruanos y dos civilizaciones milenarias y complejas. A quienes “son provincianos y étnicamente considerados cholos”, la CVR asigna el rol preferencial de víctimas inermes. Si buscan salir de ello desafiando con armas al Estado y sus FFAA, o aún (como ronderos) a SL, la CVR los traspasa a la categoría de violadores de derechos humanos. Si se organizan políticamente sin armas y fuera de dicho conflicto, la CVR trata su origen étnico y regional como razón válida para creerlos peligrosos. Si buscan ascender y perfeccionarse mediante el estudio y no se conforman con seguir siendo discriminados, los tilda de resentidos.

Al mezclar distorsiones como las analizadas a un reconocimiento lo más limitado posible de crímenes de Estado notorios, la CVR produjo un limited hangout(12) con la conclusión central de no haber sido el Estado el principal violador de derechos humanos, sino el PCP-SL; sin embargo, de la admisión, en el mismo informe, de que estos no son oponibles a entes no estatales(13) (más allá de lo conceptual, vale señalar que por vesánica que haya sido su metodología bélica, tal grupo, aun expresándose de manera muy abierta y hasta jactanciosa sobre ella, nunca se propuso matar a 60 personas siempre que eso le permitiera eliminar, por estimación estadística, a tres colaboradores del enemigo. Esa era la doctrina del Estado, enunciada en 1983 por el ministro Luis Cisneros Vizquerra(14)).

Del siglo XX al XXI: Rosa Cuchillo y dos o tres novelas de resignación

La visión plasmada en el informe de marras y en su representación física (el Lugar de la Memoria, Tolerancia e Inclusión Social) se hace presente en la producción novelesca del siglo XXI, en movimiento inverso a lo sucedido desde fines del XIX, cuando Aves sin Nido, de Clorinda Matto de Turner, inaugura lo que, a lo largo del XX, se volvería una tradición en Perú con Vallejo, Ciro Alegría, Arguedas, Julio Ramón Ribeyro, Vargas Llosa, Scorza, Nicomedes Santa Cruz y otros más: la suplantación de relatos oficiales por contrarrelatos literarios – más importantes que los manuales marxistas en la conformación de la “idea crítica del Perú”(15) que la CVR (2003, t. 3, p. 378) ubica en la raíz de la adhesión de miles de estudiantes y maestros al PCP-SL y al MRTA.

Potenciada, quizás, por su calidad literaria, la aceptación de las visiones del conflicto y del Perú presentes en Rosa Cuchillo era, en 1996, lo suficiente grande como para que una universidad de fuerte tradición aprista, la Federico Villareal, lo distinguiera con su Premio Nacional de Novela, a pesar de su absoluta no-condescendencia hacia el Estado peruano, sus presidentes y partidos, todos claramente identificados en sus páginas, Alan García y el Apra entre ellos. Tras la publicación del informe de la CVR, esa visión pierde espacio.

Si en Rosa Cuchillo se narran atrocidades de las fuerzas del Estado y de Sendero, dejando libre el lector para que forme su convicción, la estructura de La sangre de la aurora, de Claudia Salazar Jiménez, está construida para equiparar a todos los hombres o como etapa hacia dicha equiparación, mientras Alonso Cueto, en La hora azul, hace pender la balanza en favor del sistema y de las FFAA. Pero esta, si bien no despreciable, dista de ser la diferencia más importante entre la primera novela y las otras dos (ambas de buena hechura estética y narrativa, especialmente la de Cueto, que tiene un exquisito manejo de todo recurso literario. Pero si una obra se propone histórica y social, corresponde evaluarla desde tal perspectiva).

Rosa Cuchillo, como nota Quiroz (2009), es una novela utópica: apunta a un futuro con una nueva y mejor sociedad por la que vale la pena, incorporando ahora la perspectiva de análisis que Ubilluz (2021) desarrolló sobre otros libros, sacrificarse y a otros. No reprocha al PCP-SL haberse alzado en armas contra el Estado, sino haberlas vuelto contra campesinos que no hacían daño a nadie y solo querían vivir su cultura. No condena la idea misma de revolución: plantea una “de los naturales” en palabras de Liborio. Mediante ese personaje, Colchado actualiza para las décadas de 1980 y 1990 al arguediano Rendón Willka de Todas las sangres. Hasta la relación que plantean con el PCP-SL (Liborio) y con los “obreros políticos” comunistas y/o apristas (Rendón) es igual: aprender de ellos en materia de organización, luchar contra el enemigo común (el sistema de poder que rige en Perú), actuar sobre una base de coincidencias entre el programa propio y los de esos partidos, sin renunciar a construir un proyecto de sociedad propio, no idéntico a los que presentan ellos.

En la utopía de Liborio caben mistis contrarios al actual sistema, como demuestran su enamoramiento por Angicha y sus intentos de convencerla y a otros senderistas a replantear la revolución bajo la perspectiva autóctona. Liborio argumenta subrayando, por ejemplo, el carácter comunal de la producción campesina en los Andes, y la culminación de su esfuerzo se da cuando Angicha asimila la división del tiempo en cinco edades descritas por Guaman Poma a la de los cinco modos de producción que identificó Marx. Antes, Mallga, primera senderista a quien Liborio empieza a convencer, plantea ordenar al país “a la manera de los incas” (p. 165) al comandante Marcelino, quien le contesta con la cercanía de resultados entre tal idea y la Nueva Democracia maoísta. El logro pedagógico y político de Liborio consiste en traducir nociones andinas a la mentalidad marxista, haciéndolas asequibles a los senderistas mistis en movimiento dialéctico reverso y complementario a la transposición de conceptos marxistas a la mentalidad local que Mao llevó a efecto en China y SL intentó en Perú con un éxito que, por su dogmatismo, fue solo parcial.

Personajes de origen andino, rural e indígena son, en Rosa Cuchillo, agentes de los sucesos narrados y portadores de utopías. Son también, en estado de indefensión, víctimas de actos brutales narrados con honestidad y exactitud. Empero, esa última condición no empaña la anterior.

En La hora azul y La sangre de la aurora, la condición de víctimas –asociada en el primer caso a cierta viveza que no la rebasa– los define. No alcanzan a ser otra cosa. Víctimas de un conflicto presentado, al igual que sus partícipes, como de origen externo a su contexto – lo que es falso: muchos senderistas y ronderos eran gente de esas mismas comunidades, pero a los primeros se los muestra como extraterrestres y los segundos brillan por su ausencia. En efecto, las rondas ponen en problemas toda narrativa justificadora del accionar estatal, porque contradicen la imagen de “buenos salvajes” atribuida a las comunidades campesinas atacadas por Sendero y la idea de que necesitasen un despliegue de infantería con todos los daños que conllevó.

De los tres personajes que sirven de ejes a la novela de Salazar, dos están muy bien construidas en sus subjetividades: Marcela, senderista de alto rango basada en Elena Iparraguirre(16), y Melanie, periodista limeña de origen acomodado y contactos en círculos de poder. (Lástima que la autora niegue a sus lectores un encuentro entre las dos en que se enfrentaran cara a cara sus visiones de mundo.) En cambio, Modesta, la personaje campesina, es una caricatura dibujada por una mano reductora. Eso se refleja en su lenguaje: si bien el uso de diminutivos tiene arraigo en Perú (no solo en la sierra), se le ve exagerado en ella y nulo en los demás personajes. Los siervos de hacienda retratados por Arguedas no hablan en tono tan sumiso e infantil. Lo mismo pasa con el misticismo andino que ella practica, reducido en la obra a ofrendas a apus. Es grande el contraste con Rosa Cuchillo (la personaje de la obra homónima), también campesina pobre, además madre soltera, una mujer de temple fuerte, interiormente rica, que realiza un periplo por toda la simbología de creación y destrucción, sanción y redención, de esa mitología religiosa, y al final tiene revelada su dimensión divina. El feminismo de Salazar ubica a la mujer andina rural un tanto abajo de la posición que el indigenismo del siglo XX alcanzó a reconocerle. La nivela a mujeres urbanas e intelectualizadas solo cuando también estas se ven reducidas a la impotencia y violadas. Respecto a la visión sobre el varón andino rural, es notable la diferencia entre la actitud acogedora y amorosa de Liborio hacia Angicha cuando ella le cuenta que había sido violada y la del marido que dice a su esposa que le dan “asco las sobras de otros” (p. 88) en La sangre de la aurora. En La hora azul, Miriam también cuenta haber sido rechazada por un novio cuando le relató que había sido violada. Existieron las dos reacciones, es real lo que al respecto narran Cueto y Salazar: no se les cuestiona por separado cada pieza con que componen sus novelas, sino la suma y articulación de lo que han seleccionado.

Violaciones también son narradas en Rosa Cuchillo y no como algo menor. Pero en La sangre de la aurora no son un elemento más de la narrativa, sino su mismo desenlace para las tres protagonistas, el núcleo de la obra y el sostén de su tesis: hombres (victimarios) violan a mujeres (víctimas), y ese es el antagonismo más importante (la contradicción principal) que podía existir en la etapa de más animosidad interna que vivió una sociedad como la peruana.

Marcela y Modesta son violadas por militares. Melanie, por senderistas (cuando, pese al alevoso asesinato de Barbara d’Achille por SL, quienes solía atacar a periodistas eran las FFAA; y los casos de Hugo Bustíos y Jaime Ayala resultaron los más conocidos). Por si pudiera haber duda de que no difieren unos de otros los varones de distintos bandos, todas las violaciones se narran con el mismo texto. Por si alguna duda aun así llegara a quedar, una voz masculina mezcla jergas guerrilleras y militares para decir que “camarada soldado combatiente (…) sargento revolución ejército comité marina” son “todos hermanos” prontos a violar a “esas las putas las cholas las terrucas las periodistas las hijas las madres todas”. (p. 73) “Somos combatientes, pero también somos hombres”, hace decir Salazar a Felipe, jefe militar senderista en la página 67. Esa igualación abreva en el esfuerzo de la CVR por promoverla contra toda evidencia histórica, incluso la que recogió.

Que las fuerzas en conflicto –ergo, quienes formaban parte de ellas– se conducían de formas abrumadoramente disímiles en ese rubro lo muestra el dato de que “83% de los actos de violación sexual(17) son imputables al Estado y aproximadamente un 11% corresponde a los grupos subversivos (PCP-SL y el MRTA)(18)” (CVR, 2003, t. 6, p. 201). Pero “la CVR considera que los delitos de violación sexual se encuentran subregistrados, por lo que las proporciones señaladas no representan, necesariamente, lo ocurrido” (t. 8, p. 67), sin decir por qué podría ser menor el registro de delitos de insurgentes vencidos que de miembros de la institución de Estado victoriosa. No menos importantes que los números son las posturas. Se sabe que la metodología y conducta de SL se apartaron en mucho de tradiciones éticas de la izquierda armada latinoamericana, personificadas en el Che Guevara para emular a las del Estado al que combatía(19). Pero en lo que atañe a violaciones, no fue así: estuvieron penadas, y no respaldadas por dicha organización y por el MRTA.

Un declarante, reclutado por el PCP-SL desde los catorce años, cuenta sobre la tolerancia hacia los actos de violencia sexual por parte de los jefes: «[...] cuanto tú agarras a la fuerza, violación, el partido te va a matar, pero puede perdonar tres veces que hayas violado. Si violas te criticaban, por qué haces estas cosas, al partido no le gusta y segundo tenías que contar tu vida. [...]. A nosotros nos permitían violar tres veces a una mujer, pero a la cuarta vez ya no te perdonaban, te enterraban [...]»” (CVR 2003, t. 6, p. 205).
“(…) los integrantes del MRTA también fueron responsables de actos de violencia sexual. Un miembro del grupo subversivo señala que si bien estaba prohibida la violación sexual contra la población, «algunas veces les daban hasta tres oportunidades para que se reivindiquen»

Lo más que se podrá (?) reprochar respecto a ese tema a los grupos insurgentes (además del universal quis custodiet ipsos custodes? en algún caso que tuvo a un comandante por actor) es que en lugar de ejecutar siempre en la primera oportunidad a los violadores, los sometieran, en casos, a hasta tres sesiones de crítica y autocrítica para que se enmendaran. En cambio, no se tiene registro de ni un solo caso de sanción a un militar por haber violado. Ni se podría tener, una vez que: “De acuerdo al testimonio de un soldado (...) su orden era que «si encontraba una chica sospechosa más o menos de senderista o que está protegiendo a los senderistas, a los movimientos, hay que agarrarla y violarla»” (Idem, t. 8, p. 68).

La línea de acción de las FFAA no distinguía ni quería distinguir, por lo menos en los 12 o 13 primeros y más intensos años del conflicto, entre senderistas y no combatientes: trataba a estos últimos como a la población civil del enemigo o como al enemigo mismo, por lo que, hasta en los casos de violaciones que no estuvieron directamente ordenadas por los superiores, no aceptaban sancionar ni al último de sus reclutas si lo hacía en contra de una campesina. Incluso tomaban represalias contra las comunidades que llegaran a denunciarlos a la misma autoridad militar. La boca del lobo, conocida película de Francisco Lombardi, es muy ilustrativa al respecto.

No ver tal diferencia o no reconocerle importancia lleva Salazar a narrar las violaciones perpetradas por militares contra senderistas (Marcela) o no combatientes (Modesta) como algo decidido y realizado, para esparcimiento o descargo de rabia, entre soldados, a lo sumo con la autorización de un sargento y la vista gorda de un teniente, y no como lo que en verdad eran, aun cuando se dieran también esos ingredientes: metodología bélica definida por quienes podían definirla, o sea, generales y ministros. El afán de equiparar a todos los varones la hace disminuir o pasar por alto la responsabilidad de los poderosos entre estos. Al fin y al cabo, ¿qué podrían hacer los generales para frenar lo que, según ella hace decir Felipe a Marcela, es tan propio de lo masculino?

Un dato interesante es que por largo tiempo la voracidad sexual fue un rasgo asociado como negativo y peligroso a las mujeres de SL, no a los hombres. Según Kirk (1993):

Para los diarios, sólo hay dos tipos de mujer senderista: la autómata asexuada, fría como el metal de un instrumento bélico; o la diosa de lujuria, una ninfómana sedienta de sangre. Abundan los comentarios sobre su crueldad, belleza y apetito sexual. Como las historias sobre "La Chata", quien en noviembre de1990 condujo una incursión de 50 senderistas a la hacienda de un prominente líder político limeño. Testigos afirman que La Chata obligó al dueño de la hacienda, Javier Puiggrós, a arrodillarse en el suelo para el "juicio popular" (eufemismo empleado por Sendero Luminoso para referirsea una ejecución pública). Aunque los trabajadores dicen que Puiggrós los trataba bien, La Chata fue inconmovible como una roca con él. "La mala yerba", iba diciendo la senderista, "debe ser arrancada desde la raíz".
Le disparó al pecho dos veces. Según una nota periodística, La Chata se arrodilló ligeramente para propinarle el tiro de gracia en la nuca. Horas más tarde, ella misma era abaleada por la policía en la carretera. Con ella murieron otros dos hombres, a quienes la prensa sindicó como sus amantes (p. 17).

El informe de la CVR reemplaza el mito misógino de la terrorista ninfómana por el mito misándrico del terrorista violador. En La Sangre de la Aurora, en efecto, no hay ninguno que no lo sea: a Melanie, la viola una columna entera. Solo Marcela se enfrenta a Felipe diciéndole que la conducción partidaria lo destituiría por ese acto, y él soberbiamente contesta con la poligamía del líder y de otro comandante, como si esto fuera equivalente a la violación y dándole a entender que esas cosas se sobrellevan entre hombres.

En total, el libro de Salazar tiene siete interacciones sexuales hombre-mujer. Cuatro son violaciones, dos tienen el signo de la rutina y sometimiento matrimoniales (Marcela y su marido; Fernanda, alter ego de Augusta La Torre, y el Líder, o sea, Guzmán) y solo en una la mujer se siente a gusto (Modesta y su marido Gaitán). No se trata de una crítica al matrimonio, sino a la relación heterosexual. Pero el vínculo lesbiano de Melanie con Daniela, si bien se presenta un tanto menos aburrido, queda lejos de parecer arrebatador (el problema con la resignación es que nunca se queda solo en lo político: lo político es personal). Marcela, a su turno, renuncia a su sexualidad para conservar la prestancia político-militar adquirida al romper su matrimonio. No se vuelve “la autómata asexuada, fría” del otro estereotipo que describe Kirk, pero canaliza enteramente su energía interior hacia el combate, análogamente a su inspiración: Teresa de Ávila, una monja.

Una vez más: qué contraste ante la sana camaradería entre sexos que rige entre los jóvenes guerrilleros en Rosa Cuchillo y con la belleza de acercamientos igualitarios o en que la mujer tiene posición incluso superior en el grupo, como entre Liborio y Angicha. Con su renuncia a la utopía (la sangre se derrama trágicamente porque algunos como Marcela creyeron e intentaron producir la aurora), Salazar pasa por alto que subir montañas entre hambre, sed y frío con los sinchis en los calcañares se vuelve soportable, porque se cree en algo trascendental, pero también por el ánimo que infunde hacerlo mirando el “trasero formidable, bien embutido en (…) pantalón vaquero” (p. 118) de la “buenamoza comandante” (idem) que encabeza la marcha (latente en ese tramo, la potencia vital necesaria al intento revolucionario se vuelve acto cuando Liborio y Angicha se ven “tendidos sobre la huaylla mullida y fresca” [p. 163] como “Taita Wiracocha, quién sabe, fertilizándola a la Pachamama” [idem]). Y si bien tal escena –como señala Quiroz (2009)– dibuja perfectamente la complementariedad entre femenino y masculino (“chacha-warmi”, en la campaña oficial de despatriarcalización e impulsión de la equidad de género en Bolívia), el presente señalamiento debe abarcar –¿cómo no? – a combatientes homosexuales (esta observación se hace ante la contraposición tramposa que asoma en La sangre de la aurora entre la sexualidad hetero y la lesbiana). Las guerrillas peruanas de los 80/90 –salidas no de un invernadero, sino de la sociedad en que actuaban– estuvieron, en eso, rezagadas; pero el Nuevo Ejército del Pueblo (NEP), homólogo filipino de SL que figura en las listas de organizaciones terroristas de Estados Unidos y de la Unión Europea, ha reconocido como legítima a la homosexualidad en 1995 y celebra bodas entre parejas del mismo sexo(20) en un país donde el Estado no reconoce tal modalidad de matrimonio (o sea, que si una pareja de hombres o de mujeres en Filipinas quiere casarse, debe acudir al NEP). Nadie hizo más por los derechos de los homosexuales en aquel país que ese grupo, como nadie hizo más por la igualdad entre hombres y mujeres en Perú que el PCP-SL. Eso no vuelve aceptable Lucanamarca ni Tarata, pero demuestra que auroras revolucionarias generan algo más que “sangre semen lágrimas”(21).

En La hora azul, a su vez, se echa mano de otras formas de distorsionar la realidad histórica que se pretende retratada. Miriam, ayacuchana, adolescente, es violada por un oficial de alto rango de la Marina, padre del protagonista Adrián Ormache. Dicho militar tenía la costumbre de secuestrar mujeres, violarlas y después entregarlas a sus comandados para que también lo hicieran –lo que, en el caso de ella, no llega a suceder porque primero él la reserva solo para su uso y enseguida ella logra huir del cuartel. En eso, es más verídico que La sangre de la aurora. Pero a Cueto se le ocurre endulzar tal situación mediante tres recursos narrativos.

Primero, una absolución dada por la misma Miriam, quien –en forma compatible con el síndrome de Estocolmo– dice a Adrián que ya no odiaba al padre de él como alguna vez, que había pasado casi a quererlo y hasta que era “delicado” (p. 236) con ella. Segundo, hacer que SL matara a los padres y hermanos de ella, quien, al huir de su cautiverio en el cuartel, se descubre sola en el mundo (o casi: la acogerán tíos y primos). Sí hubo familias victimadas por Sendero y las FFAA a la vez, pero, de nuevo, no se trata de evaluar una pieza de la narrativa aisladamente, sino como las combina el autor. Volver una víctima de delitos graves de la Marina víctima también de SL en forma que ella misma percibe como más trágica expresa una opción igual a la de la CVR por presentar a este último como el peor villano y, por ende, justificar la acción del Estado, cueste lo que cueste (la solvencia histórica de la narrativa, por ejemplo). Si tomamos en serio lo que Cueto hace oír a Adrián en Ayacucho y de la misma Miriam ya en Lima, casi se concluye que solo los senderistas mataban y la FFAA no (se describe el campo de concentración del estadio de Huanta, pero los únicos personajes con nombre e historia que narran o sufren hechos de violencia en el libro los sufren a manos de Sendero). El tercero es instalar una voluntad cariñosa de cuidado o reparación por parte del violador, que cabrá a su hijo protagonista (Adrián) concretar. En la escena final, Ormache padre le agradece por eso en la voz de Miguel, el hijo que había engendrado en Miriam.

La novela promueve un reencuentro y una reconciliación. Pero no entre, por un lado, Adrián y lo que él representa (varón rico limeño de tez clara, con estudios superiores; hijo, además, de un militar), y, por otro, Miriam y lo que simboliza ella (mujer de origen pobre y tez trigueña; serrana, trabajadora, madre soltera, desplazada por la guerra), sino entre él como faz civil y no violenta del sistema de poder que rige en Perú y su padre, ya muerto, como faz armada de ese mismo arreglo y sostén de ello y del modus vivendi del otro polo ante la amenaza de Sendero o cualquier otra. Resulta muy significativo que, enterado de crímenes del comandante Ormache, Adrián, tras el shock inicial, se reconcilia con él después de ir a Ayacucho (por una vez en la vida en lugar de Miami, lo que genera zozobra familiar) y escuchar relatos de atrocidades cometidas por senderistas.

Cueto expone con maestría que los mundos de la madre (en que vive Adrián) y del padre (en que vive su hermano Rubén, lo que establece entre ambos cierta distancia) son tan interdependientes como el Perú oficial de la clase acomodada y lo que lo sostiene: violencia, brutalidad, machismo, expresados por Rubén y por Chacho y Guayo, ex subordinados del padre que él presenta a Adrián. De ese vínculo entre tales mundos, se entera el protagonista tras la muerte de su madre, cuando el paterno, en las personas de los militares susodichos, se presenta a extorsionarlo –como antes hacía con ella– a cambio de la tranquilidad de no ver revelado lo que había hecho el comandante durante la guerra. Ese es, en verdad, el único cable suelto de una novela bien enhebrada: no se llega a entender que problema podría generar tal revelación a la familia de Adrián, si todos en su círculo de relaciones –empezando por Claudia, su esposa– no querían saber y en verdad aprobaban lo que Ormache padre había hecho. Ni la existencia de Miguel podría generar escándalo, si los padres de Adrián ya estaban separados hacía mucho. Tampoco algún reclamo importante de herencia, ya que la rama pudiente de la familia del protagonista era la materna.

Pero vale el simbolismo: la madre y lo que representa, aunque no quiera al padre y al que él simboliza, no pueden librarse de eso. Ni lo puede Adrián: aun cuando rompe el esquema extorsivo de Chacho y Guayo y pasa a dar el dinero a Miriam y Miguel, sigue haciéndose cargo (verdad que en extensión muy inferior a la de que estos serían por derecho acreedores) de los actos del padre.

Adrián tiene una ocupación gris, burocrática, basada en relaciones sociales, y se casa con una mujer (Claudia) de familia acomodada y buenos modales, idéntica a la madre de él (después intimará con Miriam, quien había sido cautiva del padre, en una doble realización edípica que forma parte de la reconciliación con este). Cuando empieza a importarse por las víctimas de su padre –todavía sin conocerlas, pero más todavía después que conoce a Miriam, aún antes de pensar en tocarla–, se genera en él una crisis que compromete su desempeño social como marido (quedando clara la inexistencia de intimidad auténtica con Claudia) y abogado (la crítica global a la obra no quita el reconocimiento a la aguda percepción que Adrián, ergo Cueto, tiene de sus clientes, es decir, de la alta burguesía limeña, y a la descripción que hace de ellos).

Que la decisión de encarar el mundo del padre haga desmoronar, por un momento, todo el esquema de vida que había construido Adrián desde el de la madre y junto a una doble de ella (Claudia) es muestra de cuan frágil es ese arreglo. Al final, sin embargo, ese mismo mundo absorbe el fruto de la violencia del padre (Miguel) y así se preserva.

Pero ¿qué pasa con quienes no lo integran? Es decir: ¿qué concibe Cueto como reparación, solución o lo que sea para las víctimas de las FFAA como Miriam, para los (literalmente) desheredados como Miguel, por no hablar de las personas con quienes trata Adrián en Ayacucho?

Concibe lo que se ve de la relación que establece Adrián con los dos. Destinarles una plata que ya se gastaba, redireccionándola del mantenimiento de delincuentes de uniforme hacia el de sus víctimas, sin tampoco dejar totalmente desatendidos a los primeros, ni mucho menos denunciarlos siquiera por extorsión o estafa, ni pensar que por delitos de sangre. Pero no reconocer ningún derecho a nadie: al gran abogado que es Adrián, y al parecer también a Cueto, jamás se les ocurre que a Miguel corresponde un tercio de la herencia del padre, si la hay, y una pensión de huérfano menor de edad (esto último, para colmo, no restaría un céntimo a Adrián ni a Rubén y hasta permitiría al primero gastar menos de su bolsillo).

Lo que sí se le ocurre al protagonista y al autor es establecer una relación basada en dinero manejado a discreción – algo a lo que Miriam inicialmente se resiste en aras de conservar una independencia económica y moral duramente conquistada con su trabajo de peluquera, pero a que al fin sucumbe. Una relación, mal que les pese a los dos, emponzoñada.

Para que Adrián pueda establecer alguna transparencia en su ámbito familiar respecto a la historia paterna, y así librarse del esqueleto en el armario –algo muy sano, en principio–, Miriam debe crear otro para su propia familia, negando falsamente que Miguel es hijo del padre de Adrián. Renunciar a la verdad y a la justicia para garantizar un futuro material al hijo en lugar de construir un futuro para el hijo con verdad y justicia es lo que parece proponer Cueto al pueblo peruano.

Futuro material un tanto inseguro: Claudia es una racista que vive de apariencias, solo pierde los buenos modales para referirse a Miriam como “una india” y se resiste todo lo que puede a la incorporación (aún en condición de inferioridad) de Miguel al ámbito familiar. Lo que podría llegar a pasar, en manos de ella, a ese niño sensible (como Arguedas), con inclinaciones artísticas (como Arguedas) y mestizo (como, anímicamente, Arguedas) en caso de ausencia de quien a medias asume un rol paterno sería terminar echado a dormir en la cocina, como Arguedas. Al fin y al cabo, hay en Perú, como en otras partes, un sector social que nunca aprendió nada.

A Cueto y Salazar, la sociedad peruana, con todos los males que bien retratan (racismo, pobreza, etc.) les parece no propiamente bien, pero bastante aceptable si se la compara a cualquier intento de revolución. Por eso, sin restar validez a la clasificación de Quiroz sobre La hora azul, sus libros no parecen propiamente distópicos, aunque sí radicalmente antiutópicos. Al igual que su inspiración (el informe de la CVR), son novelas de resignación.

Si bien Ubilluz (2021) no usa esa palabra, su análisis de La sangre de la aurora apunta hacia tal idea, y es valioso su aporte sobre la centralidad atribuida a la víctima en desmedro del héroe. Quisiera señalar, sin embargo, que lo que los distingue no es (solo) la contraposición entre lo que el cuerpo sufre y lo que puede hacer. Hay héroes desarmados. Mejor criterio de distinción es el rol activo o pasivo que asumen en los hechos que les toca vivir. Bajo ese supuesto, el héroe puede, sin dejar de serlo, ser convertido en víctima (como Liborio y Angicha, tras capturados) y la víctima puede convertirse en héroe: ejemplos máximos serían las madres y abuelas de Plaza de Mayo. Pero esto último, al día de hoy, no está permitido en Perú, como lo demuestran la cobarde demolición del mausoleo de Comas y los infames ataques al Ojo Que Llora. Lo peor de las tres novelas señaladas es no admitir tal tránsito y congelar a la víctima en esa posición.

Y después de la guerra, ¿qué?

La Revolución de Aura, de Javier Sicchar Rondinelli (2016), y Lima Este, de Giovanni Anticona (2012), son novelas sobre el Perú post-conflicto. Retratan una sociedad insoslayablemente condicionada por ese traumático pasado cercano, pero que ya no es aquella en la que la guerra tuvo lugar.

La primera de esas novelas es un retrato del deep state peruano. Como se sabe, hubo un presidente del período del conflicto que lo fue también en la etapa post-conflicto; que gobernó antes y también después del fujimorato: “El Orador”. Sicchar fusiona sus dos gobiernos en uno solo, manera inequívoca e inapelable de señalar que el Perú del siglo XXI todavía es el del siglo XX, y no precisamente en lo que este tuvo de mejor.

Mezclando la expectativa que supuso la llegada del Partido de los Coterráneos al Gobierno tras décadas de veto del poder fáctico y el clima existente al final del gobierno de “El Chato” (quien había reemplazado a “El Extranjero”), narra los arreglos subterráneos para preparar el ingreso al Palacio. En tal maquinación, juega un rol importante “El Calvo”, ex jefe de Inteligencia de la dictadura de “El Extranjero” (explicar estos apodos sería subestimar al lector peruano o enterado de las cosas del país), quien tiene tratos en las sombras desde hace años con los coterráneos, cuyo emisario inicial es Ferrer (Agustín Mantilla, que, sin embargo, parece haberse desdoblado entre tal personaje y Fidel, ministro del Interior y jefe del aparato represivo clandestino de “El Orador”, es decir, el Comando Rodrigo Franco, que después traspasó fructíferamente personal al grupo Colina(22)).

El líder de los coterráneos establece un gobierno autoritario y tiene trato, además, con un periodista de ultraderecha, Pedro Berckley, generando inconformidad entre algunos militantes de su histórico partido. Estos conforman una organización disidente (referida siempre con esa palabra, no como “terrorista”) dispuesta a enfrentarlo. En ella se puede ver, por ese origen, algo del MRTA.

El Estado en las sombras los persigue y a la vez los infiltra, coopta, negocia con algunos de ellos sin que nunca se sepa del todo en que términos y a cambio de que. Mientras tanto, periodistas, agentes clandestinos y guerrilleros se cruzan en medio a intrigas de tipo político y personal, oscilando entre el deber y la oportunidad, hasta el trágico desenlace en que no faltan ejecuciones de disidentes en las cárceles.

Esa novela en clave es la más bien acabada trama de poder en las sombras ya escrita en el Perú. Señala continuidades que no resultan cómodas al establishment y que ponen en jaque la imagen de una democracia plena transmitida a la opinión interna y externa tras la caída de Fujimori. Del intento revolucionario de los disidentes, dibuja una imagen ambivalente. Pero no lo condena in limine y, más importante, pone el foco en denunciar al poder, no a quienes lo enfrentan. Se inscribe, así, en la tradición del contrarrelato.

Si La Revolución de Aura diseca el Perú post-conflicto al nivel de la cima política y a la vez del subterráneo, Lima Este lo hace al nível de la calle, compartiendo con La Hora Azul un escenario: el distrito limeño de San Juan de Lurigancho, al que Anticona, con un pulso narrativo que nada debe a Cueto, dirige una mirada horizontal, y no la vertical descendiente de este.

La propuesta de Anticona, particularmente bien lograda en Lima Este, es retratar Lima profunda, conformada por la migración producida desde el interior hacia los conos de la capital en años de la guerra. Los reflejos del conflicto son parte inseparable, pero a la vez subordinada, de esa trama que se despliega –en la brillante definición de quién redactó la contraportada del libro– donde acaba Lima y empieza la capital del Perú. Se trata, entre otras cosas, del relato de un limeño apasionado por su ciudad, cuyos encantos no suelen ser obvios ni estar a la vista de quien no la conoce tan de adentro, y a la vez crítico de la situación nacional que ella refleja. Si Rosa Cuchillo es un magnum opus de la dimensión de Todas las sangres, Lima Este es un buen relato social urbano que se podría equiparar a, v.g., “Los gallinazos sin plumas” . No es, ni hace falta que sea, utópica o siquiera optimista en lo que atañe a revoluciones o aún a la humanidad: sus virtudes residen en otro lugar.

Anticona expresa una animadversión hacia Sendero Luminoso mucho más explícita que la que se advierte en los libros de Salazar y Cueto. Al mismo tiempo, les da a los miembros de esa organización en su novela voces, nombres, dramas y biografías que ellos no tienen ni en La hora azul, ni –salvo Marcela– en La sangre de la aurora. Y se permite tratar el drama que acecha a víctimas de la represión estatal hacia sus padres senderistas sin llenar la trama con relatos de atrocidades de SL. Menciona, con remisión al informe de la CVR, a muchas de ellas (p. 30), pero a modo de racconto histórico, sin obligarse y al lector a que ellas definan las vidas de los personajes.

La trama tiene lugar en el 2008, quizás el apogeo de la etapa histórica post-conflicto que la prolongada crisis política iniciada en 2016 empezó a cerrar y cuyo final la insurgencia ciudadana que hizo volver atrás la pretendida restauración oligárquica de Merino en este año de 2021 parece haber precipitado – impresión reforzada por el último acto electoral de estos 200 años.

Hurgar en la memoria profunda y sofocada del Perú –no solo de la guerra, sino de siglos de injusticia acumulada– mediante un recorrido por Lima profunda y lo que ella guarda no era una elección obvia en aquel entonces, cuando el deseo de deshacerse de recuerdos tan traumáticos iba de la mano con una cuestionable bonanza económica, impulsando una fuga hacia adelante basada en el consumo. La metáfora más perfecta de ese país del 2008 quizás sea el salón de baile al que ingresa el autor a comienzos de la historia, donde, además de la entrada, había que pagar hasta para sentarse e ir al baño, y de donde una colega de él en el curso de inglés huye avergonzada por él haberla visto en aquel local que, aún caro, tenía perfil popular y serrano.

El libro es narrado en primera persona por dos personajes. El primero es el mismo autor, que lo deja claro en cada detalle biográfico que da. El segundo es Cristóbal – a veces su doble, a veces su retrato en negativo. Entre ellos, logran establecer identificación y empatía. “Ambos tenemos piel canela, hemos estudiado en la Católica y somos hijos de provincianos” (apurimeños en el caso de Cristóbal), se lee en la p. 28. Además, se dedican a la literatura y aspiran al periodismo.

Para Cristóbal, sin embargo, esas dos posibilidades quedan truncas en razón de escollos objetivos y subjetivos. Entre los primeros, el hecho de que su padre, delatado como senderista en medio a una rencilla del mercado de La Parada, está, hace años, en la cárcel; y su madre experimenta una merma en los ingresos que envía desde EEUU. Entre los últimos, la incomprensión y contrariedad de sus abuelos, con quienes vive, a sus intereses por la lectura y la escritura, que no ven como fuente de ascensión profesional y material, sino como disipación de ingresos y de tiempo. (Acá falta verosimilitud, o, por lo menos, explicación: el tradicionalismo andino no es refractario a la lectura ni a la escritura, y aún comerciantes iletrados y hiperpragmáticos como los abuelos de Cristóbal suelen enorgullecerse de un nieto escritor o –CVR dixit– docente).

Desde ese momento, su vida va cuesta abajo. A instancias de la situación y de los abuelos, cambia el curso de Periodismo por una carrera corta no universitaria en Informática que no le gusta. Pero si en la Universidad Católica se había deparado con el rechazo racista y clasista de colegas, en el Cesca, si bien correspondía al perfil étnico y económico promedio, tampoco se sentía a gusto por tener intereses distintos. Tampoco logra identificarse con los remanentes o simpatizantes de SL a los que conoce en un evento del Movadef. Y cuando no logra identificarse con nadie, una pandilla de jóvenes delincuentes (Los Tripas) con la que cruza al azar en el centro de Lima se identifica con él y lo recluta. Los acerca, en primer término, vivir en el mismo barrio; además, el origen familiar serrano, y la suerte trágica de su padre: los del líder de la banda habían desaparecido en la guerra a manos de las FFAA. (Vale notar la contradicción entre Cristóbal al no identificarse con los miembros del Movadef por considerarlos dogmáticos, cerrados, intransigentes, pero integrarse a un grupo que ejercía la violencia no de forma estructurada y con una finalidad definida como SL, sino en forma vacía, contra cualquier transeúnte y sin siquiera pretensión de justificarla. La violencia política con componente criminal es reemplazada como atracción para no pocos jóvenes por la violencia puramente criminal. Queda un poco en el vacío el porqué en el caso de Cristóbal.) Ahí empiezan sus peripecias cada vez más violentas por Lima, entre alcohol, drogas ilícitas, delitos de sangre, reguetón y sexo pagado. Intenta mantenerse a flote aferrándose a los libros, pero, al final, sucumbe al lúmpen y acepta matar para no ser ser golpeado por la pandilla y expulsado de ella.

Hay aspectos en los que Anticona carga demasiado la tinta negra (o roja, en el sentido de la película de Lombardi, no en el político). Por muy mala suerte que se pueda llegar a tener en la vida, suena poco verosímil que Cristóbal, al recorrer Lima, solo se depare con pitucas tradicionales de la PUCP, ficheras y ex colegas de colegio devenidas nuevas ricas y esnobs que pasan a despreciar todo que tenga que ver con sus orígenes sociales y étnicos. El momento que vivía Perú impulsaba la proliferación de esos perfiles, pero si una de las expresiones de la metamorfosis de sus ex colegas (teñir el pelo de rubio para parecer algo distinto a lo que se es) resulta –más aún entre los pobres, a quienes eso parece importarles en mayor medida que renunciar a necesidades básicas– un aceptable indicador inverso de la integridad de un pueblo, Perú no anda mal, sobre todo si se lo compara a Argentina o Brasil.

Entre Cristóbal y Anticona, se da un intercambio bastante desigual, a semejanza de lo que sucede entre Adrián y Miriam en La hora azul. La diferencia es que lo decide e impone Cristóbal. El escritor deseaba ver un cadáver: nunca había visto a uno en 2008, cuando tantos peruanos reales y personajes de las demás novelas analizadas aquí ya lo eran. Como muestra de simpatía y de gratitud, Cristóbal le ofrece uno: el del delator de su padre, a quien mata sin revelar haberlo hecho. Anticona no logra verlo y Cristóbal le da a ver el suyo mismo, suicidándose (como Arguedas). Deja a Anticona la tarea de ser “una voz extraña y propia” (p. 110) mientras no llegue “el día en que nuestra gente se sacuda de la vergüenza y se atreva a escribir sobre la vida en estas zonas” (idem); y a su padre preso, una carta cuyo final, también el de la novela, condensa a la vez la reivindicación del origen y menciones a la naturaleza y a lo sobrenatural que remiten a Arguedas y Colchado y dialogan con ellos, aunque sean de estilo propio y de otro tiempo.

¿Qué le deja todavía el conflicto armado a la literatura?

A 20 años de la fecha señalada como término de la guerra interna –de la que aún quedan destellos activos en el VRAEM–, ni el país ni la literatura pueden quedar atrapados en ella. Tampoco pueden actuar como si fuera ya un capítulo enteramente cerrado de la historia.

El conflicto ofrece todavía materia prima para grandes libros: Uchuraccay, la toma de la embajada japonesa, el grupo Colina, las masacres en los penales, el asesinato de Saúl Cantoral, los farsescos y draconianos juicios contra personas que apenas (o ni) tuvieron cercanía con grupos armados y purgaron largas condenas por tan solo, v.g., actuar como médicos, como Luis William Pollo Rivera.

Deja, además, un reto al país y a la literatura: entenderse con su propia historia, levantar el tabú alrededor de la vida y obra de los escritores que fueron parte de aquellos hechos. En el caso de Jovaldo, lo empezó a hacer el cine en Voz Dinamitada, de Miguel Vargas Rosas.

Edith Lagos seguramente hace méritos para que se le reconozca un sitial en el panteón de las pocas escritoras importantes del Perú. Pero salvo en alguna prensa regional de la sierra, todo lo que se escucha o lee sobre ella son vituperios de periodistas de menor cuantía. Y hace unos años, tres escritores peruanos intentaron impedir que un crítico literario extranjero interactuara con Sybilla Arredondo, a quien uno de ellos (Thays, 2012) comparó a un jerarca nazi – apreciación que jamás hizo sobre el criminal de guerra que, hasta un año antes de ese despliegue de infantería en contra de una señora mayor con sentencia cumplida, era vicepresidente del país como premio por su rol en la masacre que puso fin a las vidas de Jovaldo y del hijastro de Gutiérrez.

La literatura peruana debe a sí misma y al país liberarse de condicionamientos respecto al conflicto armado y recuperar su autonomía ante discursos oficiales. Puede hacerlo porque siempre lo hizo respecto a todos los sucesos importantes y dolorosos de la historia peruana. Debe hacerlo porque así aportó los mejores retratos del Perú. Ella es parte de lo mejor de estos 200 años.



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1 Mario Vargas Llosa y Miguel Gutiérrez son ejemplos elocuentes de novelistas peruanos que han publicado trabajos relevantes de crítica literaria. Invirtiendo el orden de los términos, Julio Ortega, quien se ha destacado sobre todo como crítico y profesor, escribió novelas de calidad e importancia no despreciables.
2 Ahora llamado Cusco F.C., nombre simbólico si lo hay (N. del E.).
3 La CVR ubica en tono algo despectivo, al haber sindicado a Abimael Guzmán y otros altos dirigentes de Sendero Luminoso como “apasionados de la palabra escrita y subrayada” en desmedro de la comunicación audiovisual [CVR, 2003, T 3, p. 345]).
4 La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) tenía, según su mismo nombre, un mandato más restricto que los de la CVR peruana y la Truth and Reconciliation Commission (TRC) sudafricana
5 En rigor, SL no fue derrotado militarmente: preso por la Policía su líder, al poco tiempo se retiró – al parecer, por orden de él – de la batalla que había iniciado, quedando todavía una escisión activa en el valle VRAEM.
6 La casi totalidad de los hechos registrados en el informe de la CVR eran conocidos desde los 80.
7 Alan García, Agustín Mantilla, Fernando Belaunde Terry y Luis Cisneros Vizquerra, como mínimo. Si bien los dos últimos ya habían muerto cuando de los trabajos de la CVR, el señalamiento de su responsabilidad penal –la del expresidente, sobre todo– hubiese sido muy incómodo para el sistema político, empresarial y académico.
8 En verdad, son muy minoritarias. Algunas de ellas: Wiener (2012), Cox (2012) y Rendón (2019a y 2019b).
9 Lo cual –eso no figura en el informe, sino en Soto, González y Banda (1986)– fue declarado procedente por el juez sin que se pudiera cumplir su orden porque se le antepuso el asesinato en masa.
10 Insistencia que se mostró plenamente justificada a la luz de todos los hechos anteriores y posteriores.
11 Se supone que los autores del informe han querido referirse al mandarín.
12 “A 'limited hangout' is spy jargon for a favorite and frequently used gimmick of the clandestine professionals. When their veil of secrecy is shredded and they can no longer rely on a phony cover story to misinform the public, they resort to admitting--sometimes even volunteering--some of the truth while still managing to withhold the key and damaging facts in the case.” (United States Court of Appeals, Eleventh Circuit, 1983).
13 Lo cual, claro, no impide al Estado peruano aplicar sus propias leyes (cuando compatibles con los DDHH) a senderistas y emerretistas. Pero eso pertenece al marco judicial ordinario y prescinde de un órgano como la CVR.
14 Dos de las obras analizadas (Rosa Cuchillo y La sangre de la aurora) registran esa declaración.
15 En verdad, una idea crítica no del país y de sus posibilidades, sino de su modificable organización social.
16 Como Iparraguirre (camarada Miriam), Marcela (camarada Marta): perdió una hermana en un accidente en su adolescencia; era profesora; fue recrutada para SL por una amiga que era la esposa del líder máximo; rompió su matrimonio y se alejó de su hija para sumarse al partido; y ascendió internamente. En el libro, sin embargo, son personas distintas Marcela y la camarada Tres (quien, como Iparaguirre en SL, conforma junto al Líder y su esposa camarada Dos la máxima instancia de mando).
17 De mujeres. “Además, miembros de las fuerzas contrasubversivas figuran como únicos responsables de violaciones de varones” (CVR, 2003, t. 8, p. 67)
18 Y para llegar a tal proporción, la CVR ha hecho opciones metodológicas minimizadoras de los crímenes de las FFAA. “El total de casos de violación sexial (sic) reportados es de 538, de los cuales 527 corresponde a víctimas mujeres” (CVR, 2003, t. 8, p. 67). Sin embargo, en las pp. 87-88 del mismo tomo, Clemente Durán, profesor y exalcalde de Vilca (Huancavelica), informa un promedio de dos violaciones perpetradas por militares cada mes durante 11 años en ese distrito (o sea, 264), mayormente contra adolescentes de 14-15 años. De ese testimonio, se deben haber computado tres violaciones según la metodología descripta en el t. 6 p. 199, porque Durán dijo el nombre de tres víctimas. Esa distorsión conlleva otra, grave: en la p. 68, la CVR dice que “la proporción de jóvenes adolescentes violadas por el PCP-SL es mucho más alta que en el caso de los agentes de las Fuerzas Armadas”. Si el total de violaciones computadas de víctima de todas las edades que la CVR imputa a SL y MRTA sumados es 58 (11% de 527) y tomando la “mayor parte” de las víctimas de violación por militares en Vilca en su mínima expresión (mitad más una: 133), queda claro que esa conclusión es falsa en toda línea.
19 Ejemplo máximo: Lucanamarca, expedición punitiva en que, para vengar la muerte de un cuadro suyo, el PCP-SL mató a 69 personas, niños entre ellas, como las FFAA en Cayara, Accomarca, Soccos, etc. También la costumbre particularmente cobarde y deleznable que tenía SL de matar perros y exhibirlos para hacer gala de crueldad tiene correlato en algún ritual guerrero prehispánico, pero, sobre todo, se parece –si bien esto la sobrepasa en perversidad– al entrenamiento de las FFAA peruanas que impone a sus cadetes no solo matar a canes indefensos, sino también, antes de hacerlo, establecer con estos una relación de cariño y confianza, como está relatado en Rosa Cuchillo.
20 Ver Dowel (2005).
21 Verso de la revolucionaria uruguaya Idea Vilariño (1920-2009), que se toma aquí para un contexto muy distinto al que lo originó.
22 Este es el comando que, bajo los auspicios de Montesinos, finalmente operó en el régimen dictatorial de Fujimori.
 
 
©Henrique Júdice Magalhães, 2022
 
 

Henrique Júdice Magalhães (Belo Horizonte-Brasil, 1982)
Estudió derecho en la Universidad de São Paulo y cursó un posgrado habilitante para la docencia de Historia en la actual Católica de Santa Catarina (Brasil). Desde 2003, se dedica, con algunas interrupciones, al periodismo, y ha ejercido también la docencia y la abogacía. Ha realizado cursos válidos para el doctorado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (Argentina). Es traductor de libros del castellano al portugués.

 
 
 
 
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