Cuando Wolfgang Feist escuchó la propuesta de su amigo y colega Bo Adamson pensó que se había vuelto completamente loco. Era el año 1988 y esta primera conversación, entre estos dos investigadores universitarios, sentó las bases de lo que hoy se conoce como el “estándar Passivhaus”.
Esta “locura” de Bo Adamson no era otra cosa que una colaboración conjunta para realizar investigaciones sobre requerimientos que, ya a mediados de los años 80, se empezaban a emplear de manera empírica en Suecia y Dinamarca, dos países que tienen que soportar climas fríos casi todo el año y que, por lo tanto, consumen enormes cantidades de energía en calefacción.
Dicho de otra manera: mientras que en un país del Mediterráneo (España, por ejemplo) se pagaba una factura mensual de electricidad de $20, en Suecia podría llegar a los $100 tranquilamente. Era evidente que la situación geográfica, literalmente, les estaba pasando factura. Para comprobar la validez del concepto, en 1990, Wolfgang y Bo construyeron un conjunto de cuatro viviendas en la fría ciudad de Darmstadt, al sureste de Alemania, donde se logró documentar un impresionante ahorro de calefacción del 90% en relación a los estándares de la época.
Esto marcó el punto de inicio de una serie de investigaciones que terminaron en nuevos complejos de viviendas, hasta que finalmente, en el año 1996, decidieron formalizar estos esfuerzos en la creación de un centro de investigación. Había nacido el Instituto Passivhaus.
El origen del problema
Ahora bien, viendo el enorme ahorro en energía que las viviendas podían conseguir con estos modelos, no está de más preguntarnos: ¿era la motivación de Bo y Wolfgang puramente económica?
Veamos hacia atrás. En 1859, John Tyndall descubrió que las moléculas de carbono (Co2) y el metano tienen la capacidad de bloquear la radiación infrarroja, fenómeno que posteriormente se conocería como “gases de efecto invernadero”. 37 años más tarde, en 1896, otro sueco Svante Arrhenius determinó que la tierra tiene una capacidad natural de absorción de Co2, pero que una concentración doble de este gas podría provocar un aumento en la temperatura media de 5°. Él fue el primero en detectar que la actividad humana podría ser el responsable de esa potencial doble concentración. En 1955, Gilbert Plass concluyó que existe una concentración adicional de Co2 en la atmósfera que impide que éste escape hacia el espacio, provocando un sobrecalentamiento del planeta.
Durante esos años, se pensó que los océanos eran grandes sumideros de estos gases de efecto invernadero, por lo menos ese era el argumento de los detractores de estas investigaciones. No pasó mucho tiempo hasta que se determinó que solo un tercio del Co2 antropogénico (ese que producimos los humanos) puede ser retenido por los océanos. Para 1988, las evidencias de que la actividad humana estaba sobrecalentando el planeta, desbordaban.
Hoy en día, ya se tiene certeza de que la actividad humana es responsable de ese sobrecalentado adicional que postuló hace mas de un siglo Svante Arrhenius y también se conoce cuáles son las actividades que contribuyen más a ese sobrecalentamiento. Si los vemos por sectores, tenemos al sector del transporte que aporta el 28% del total de las emisiones de Co2 y el sector de la edificación que aporta otro 36% adicional. Solo entre los dos ya tenemos más del 60% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero que están sobrecalentando el planeta.
Pero vayamos un paso más allá, veamos en detalle por ejemplo el sector de la edificación. Dentro de este sector observamos que existen dos tipos de emisiones de carbono que son distintos: el “carbono incorporado”, relacionado al transporte del material y su ciclo de vida y el “carbono operacional”, que está constituido por las emisiones de Co2 durante la propia vida útil de la edificación. Esto quiere decir el consumo de electricidad que requiere esa edificación para poder funcionar, pero más particularmente el que se destina para su calefacción y su refrigeración.
La propuesta inicial de Wolfgang y Bo estaba destinada a reducir las emisiones del carbono operacional de una vivienda, por lo que su motivación se podría englobar dentro de un potencial aspecto económico, pero en realidad estaba destinada a la optimización de la arquitectura desde la concepción de la edificación y las prestaciones energéticas.
“Si la arquitectura de una casa se diseña pensando en la reducción de la demanda de calefacción en invierno y de refrigeración en verano, estaremos reduciendo las emisiones de Co2 a la atmosfera y contribuyendo a ralentizar el sobrecalentamiento del planeta”, debieron haber pensado Wolfgang y Bo.
Esta idea, que hoy se consideraría noble y audaz, en aquel lejano 1988, donde prácticamente nadie hablaba del tema, debió ser una completa y absoluta locura.
En búsqueda de una solución
A principios de los 90, mientras que Wolfgang y Bo planteaban su primera hipótesis con la construcción del conjunto de viviendas en Darmstadt, se estaban creando otros estándares de calidad ambiental en las edificaciones. Estos estándares, mejor conocidos como sellos, consisten en un programa voluntario de certificación para edificaciones que demuestren un compromiso con la sostenibilidad y un bajo impacto ambiental.
De los más de 600 sellos que existen actualmente, los más resaltantes y conocidos son LEED (Leadership in Energy and Environmental Design) en Norteamérica, que se desarrolló en 1993, y BREEAM (Building Research Establishment Environmental Assessment Method) en Reino Unido, que es considerado el más antiguo y difundido.
Estos sellos no miden necesariamente los mismos aspectos. En el caso de BREEAM se miden diez aspectos, entre las cuales tenemos temas tan variados como los materiales, los residuos, la energía o el transporte. En LEED también se miden casi los mismos aspectos, pero con la diferencia de que se agrega un sistema de puntuación de cuatro categorías: Certified (40 puntos), Silver (50 puntos), Gold (60 puntos) y Platinum (más de 80 puntos).
Podemos decir que estos dos sellos, al abarcar aspectos tan diversos como el transporte o la salud, se convierten en sellos “Generalistas”. El caso de Passivhaus es diferente ya que al enfocarse solo en la energía se convierte en un sello más “Especialista” en ese tema.
Certificar una edificación con Passivhaus no es fácil. Hay una serie de requisitos claramente establecidos que deben cumplirse previamente, como, por ejemplo, que la edificación deba ser hermética al paso del aire o que tenga un bajo consumo de energía primaria para el agua caliente sanitaria. Aunque quizás el requisito más difícil de lograr es que la demanda de calefacción y de refrigeración sea un 90% más baja que en una edificación normal, en otras palabras, que la edificación emita un 90% menos de carbono operacional al año en relación a una edificación convencional.
Esto no significa que los usuarios tengan que privarse de refrigeración o de calefacción, o que tengan que estar a oscuras sin poder prender la luz. No se trata de eso. El uso de la edificación debe ser normal y debe cubrir las necesidades cotidianas de cada usuario. El cumplimiento de esta serie de prestaciones contribuye a lograr que la edificación no pierda calor en invierno y que no se caliente en verano. De esta manera se evita que se enciendan los artefactos con mayor emisión de Co2: la calefacción convencional y el aire acondicionado.
Como dijo Tiffany Broyles Yost, asociada del grupo Arup: “Las certificaciones de construcción sostenible ayudan a cambiar la industria e impulsar la innovación al formalizar los criterios de diseño y rendimiento, para que lo que alguna vez fue innovador, se convierta en la norma”.
Passivhaus en Latinoamérica
Mientras que en el hemisferio norte hay un movimiento e interés en plantear soluciones al problema del calentamiento global, en nuestra región los avances han ido más lento, casi como si el problema no fuera con nosotros y no nos fuera a afectar. Lo que tampoco quiere decir que los profesionales del diseño en Latinoamérica no tengan conciencia ambiental o no estén preocupados por los inquietantes efectos del calentamiento global.
En los últimos años ha habido un aumento de edificios certificados que tampoco se puede ignorar. México y Brasil son los países líderes en crecimiento con algo más de 2800 edificios certificados entre los dos. Desde hace varios años también hay un aumento paulatino de certificaciones que está involucrando cada vez a más países como Chile, Argentina, Colombia y Perú. Sin embargo, este aumento significativo es aún bastante incipiente si se compara al volumen de edificios que se certifican en otras latitudes.
Y eso solo contando que los latinoamericanos nos hemos decantado principalmente por una sola certificadora, que es LEED. Otras certificadoras importantes como BREEAM o la misma Passivhaus, no han calado mucho a los ojos de los profesionales del sector en la región.
Pero si con LEED, que es la certificadora mejor posicionada en la región, el número de edificios certificados es bajo, con Passivhaus, que es una certificadora casi desconocida en la región, la diferencia es abismal y desoladora: solo tres proyectos se han certificado en toda Latinoamérica según el mapa de edificaciones certificadas alrededor del mundo.
Quizás porque el concepto de casa pasiva se lee de una manera diferente en Latinoamérica, más enfocado hacia lo natural que lo tecnológico, o quizás simplemente por desconocimiento y falta de confianza, pero los conceptos creados hace más de 30 años por Wolfgang Feist y Bo Adamson, de edificio cero carbono, nunca llegaron a nuestra región.
Las ideas del Passivhaus, enfocadas hacia el ahorro de energía a través de una envolvente arquitectónica correctamente orientada, la hermeticidad al paso del aire y la anulación de puentes térmicos en la unión de dos materiales en fachada, son ideas aún muy avanzadas, casi futuristas para los arquitectos latinoamericanos al día de hoy. Una idea que debe cambiar si se quiere formar parte de este movimiento de profesionales que toman acción frente al desafío del calentamiento global.
Hacia el estándar Passivhaus
Hace unos meses apareció un artículo en El País donde se explicaba que a raíz de la Covid-19 la demanda de casas pasivas ha aumentado. La recomendación de los expertos médicos en la pandemia era mantener las ventanas abiertas para evitar los contagios. Algo que las edificaciones Passivhaus saben hacer a la perfección sin necesidad de abrir las ventanas, ya que tienen un sistema de ventilación latente (esa que es de flujo constante e imperceptible al humano).
“Es sorprendente que lo que los virólogos recomiendan ahora sea casi exactamente lo que hemos estado diciendo durante 30 años. Siempre tuvimos en mente la salud y el bienestar de los ocupantes…”, señala Wolfgang Feist. De hecho, para el fundador de Passivhaus, hay similitudes entre la crisis sanitaria y la crisis climática. Según el presidente de la Plataforma de Edificación Passivhaus en España, Bruno Gutiérrez, el número de edificaciones certificadas se está duplicando exponencialmente cada dos años. “Muchas personas han descubierto que existen formas de construir que permiten ahorrar energía y asegurar un mayor confort interior…”.
El siguiente desafío del Passivhaus es la rehabilitación del parque inmobiliario antiguo, que es totalmente ineficiente desde el punto de vista energético. Es lo que Wolfgang Feist está investigando desde su casa en Darmstadt. Y es que sí, este investigador se mudó a su obra primeriza donde ahora vive con su esposa y su hijo. Su compañero fundador Bo Adamson se convirtió en un colaborador externo y ahora es Wolfgang el que lleva las riendas del instituto Passivhaus hasta nuestros días. Él se ha convertido en un referente del diseño eficiente alrededor del mundo.
Wolfgang Feist no es arquitecto ni ingeniero, sino físico, pero eso no le ha impedido involucrarse en un proyecto más cercano al diseño arquitectónico que a la física. Desde aquel lejano 1991 hasta nuestros días, ha sido el impulsor de más de 29,000 casas certificadas alrededor del mundo. 29,000 casas menos contaminantes que existen en nuestro planeta. Parece mucho, pero en realidad la suma es irrisoria si se compara al total existente. Hay, todavía, mucho trabajo por hacer, pero este instituto, junto a los otros existentes, nos dan luces sobre lo que puede ser la vivienda del futuro: una vivienda saludable, verde y eficiente. Lo que Wolfgang Feist llamó locura en un inicio, hoy es una realidad inspiradora.
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