SERÉ BREVE


EL ÁRBOL DEL BIEN Y DEL MAL



Por Willy del Pozo


Al unir sus labios, la lengua de Eva se convirtió en una serpiente que atravesó la garganta de Adán, hasta extirparle la manzana de un solo cuajo.




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SERÉ BREVE


MALDITO REFLEJO



Por Carlos Enrique Saldivar


No me da miedo el ser que me observa desde el espejo. Al contrario, me cae simpático. Pero él me odia, lo sé. Lo noto por la forma en que me muestra esos cuchillos.

Hoy intentó hacerme daño, los cortes en mi pecho son dolorosos. La próxima vez apuntaré a la yugular.



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Reseña a “Profecía” de Sandro Veronesi


Amor de familia


Por Rómulo Torre Toro


Siempre resulta complicado escribir sobre un padre. Porque un padre en la vida de un hijo, ya lo decía Fresán, es como una incómoda nota al pie, un apunte marginal que se convierte en central. Y porque en el fondo, hacerlo es hablar sobre uno mismo. Sandro Veronesi (Florencia, 1959) ha publicado un libro que trata de padres excesivos, padres enfermos y padres ausentes. Pero que básicamente, trata sobre los hijos que los sufren.



Un primer aspecto a resaltar es que los relatos de Profecía (Anagrama, 2014) pueden leerse como las variaciones de un mismo tema: la anormalidad de las relaciones familiares. No se trata aquí de familias colapsadas o de simples rupturas entre sus miembros. Se trata de familias cuya vida cotidiana está basada en la perturbación y cuyos miembros están siempre al límite de algo, siempre dispuestos a caer al abismo. La ausencia de comunicación y la inevitabilidad de la muerte son los elementos contextuales que terminan de encuadrar los dramas que viven. No obstante, esta unidad temática no se traduce en una monótona repetición. Por el contrario, una de las grandes virtudes del libro de Veronesi es que sabe encontrar tensiones originales y distintas en cada situación que narra, y, algo más difícil, sabe mantenerlas.

Los miembros de estas familias tienen rasgos distintivos. Los padres pretenden lo imposible: recomponer su existencia y la de sus hijos por cualquier medio. Sus actos los suponen impulsados por el amor, por la preocupación que les causa la condición del otro. Intentan convencerlos de la conveniencia de sus decisiones y de la inutilidad de cualquier oposición. Un buen ejemplo es el relato «Lo que ha sido será», que narra la historia de un padre autoritario que está convencido de la debilidad de carácter de su hijo. Esa convicción lo conduce a buscarle “un amigo del alma”, alguien con una conducta intachable que le sirva de ejemplo. No importa la opinión del muchacho, poco a poco se ve obligado a entablar amistad con Giacomo, el hijo de un empleado a las órdenes de su padre, con quien nada lo une. Por el contrario, solo le provoca rechazo: “no me gustaba, y sobre todo desconfiaba de él como de todo lo que me venía impuesto por mi padre” (pg. 55).

Los hijos, por su parte, parecen resignarse a soportar el absurdo de la convivencia y la indoblegable voluntad del progenitor. Pero esa resignación no los convierte en mártires, en simples receptores de la violencia –física o moral– de la que son víctimas. Los hijos están dispuestos a construir el sentido de sus vidas por sus propios medios, a equivocarse, soportar el reproche de la autoridad paterna y continuar. En cierta forma, los anima el resentimiento. Y de ese resentimiento se desprende su voluntad por aprender en qué consiste eso que se suele llamar vida. Aprender, entre otras cosas, que es un largo proceso de demolición y que la madurez no es otra cosa que aceptar los errores ajenos, por más terribles que sean, como una forma de amor. Quizá la única forma posible de amor. En ese sentido, el relato que da título al conjunto es significativo: «Profecía» se centra en la desgarradora agonía del padre de Alessandro Veronesi, protagonista del relato. Víctima de un cáncer en fase terminal, lo único que busca es una muerte sin dolor ni sufrimiento. Por esa razón, le pide a su hijo que haga una promesa: cuando el dolor se vuelva insoportable, deberá aumentar la dosis de químicos hasta matarlo. La responsabilidad que Alessandro Veronesi, el ficticio, asume terminará por sumergirlo en el caos más desconcertante.

En este mundo familiar, la pérdida de la inocencia es vista como la señal de haber aprendido a conducirse por el mundo. Es también la condición para convivir. Como si no fuera posible hacerse adulto y compartir la vida con otra persona por otra vía que no sea el cálculo, o sea, saber qué movimientos resultan convenientes, cuáles aseguran el éxito y cuáles evitan el dolor. Ese es otro de los méritos de Veronesi: encuentra en un tópico bastante manoseado, la familia, una mirada particular, un rasgo personal que lo identifica y lo diferencia de otros autores que han trabajado sobre este mismo tema. Y va más allá, porque estos relatos, en su conjunto, permiten iniciar un serio cuestionamiento de las relaciones afectivas en todas sus formas. Así se explica el gran interés que despierta.

Algunos podrían incluir el libro de Veronesi dentro del corpus de la autoficción. Si bien, los relatos se mueven en esa zona, el límite no queda del todo claro y mucho menos en qué momento el autor desplaza la ficción hacia el terreno de la confesión y la autobiografía.  Más allá de la inclusión de su apellido en el primero relato, no hay mayores elementos textuales ni paratextuales que nos inclinen a insertarlo en esa literatura. Sin embargo, el juego está propuesto. La ambigüedad en la que se mueven estos relatos constituye una invitación a la especulación y, por qué no, es un factor que facilita la identificación de los lectores con las historias narradas y con los personajes que intervienen en ellas.



En definitiva, Veronesi consigue articular un libro muy recomendable. Esta reiterada exploración por el espacio familiar e íntimo nos enfrenta a una extraña economía del resentimiento, que constituye la lógica fundamental de los vínculos afectivos y de parentesco. Un resentimiento que nos define en la misma medida que marca la pauta de nuestro aprendizaje. Profecía es, en líneas generales, la visión alterada y descarnada de nuestra cotidianeidad. Esa que parece tan segura y firme, pero que esconde en todo momento sus renuncias, su constante envilecimiento.


Profecía

Sandro Veronesi

Barcelona. Anagrama, 2014, 80 páginas.



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SERÉ BREVE


INCOMPRENDIDA



Por Jomar Cristóbal Barsallo


—No hay forma. Tú jamás cambiarás por mí. Me dejarás, como siempre, después del baile, y harás caer tu zapato izquierdo. Ya tengo 24 tacones tuyos-, le expresó mirando el reloj de la catedral y, finalmente, siendo casi a la medianoche, le soltó la mano.

—Es que no me comprendes. Yo no soy Cenicienta.




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SERÉ BREVE


EL INEFABLE



Por Maritza Iriarte


Aquel ser diminuto que golpeaba la lente desde el otro lado permanece allí, introduciéndose de a pocos por los bordes y comisuras. Colonizando realidades no visibles, capturando sueños, sembrando pesadillas, imponiendo un Dios en un mundo inexistente y temporal como él.




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SERÉ BREVE


ALÍ BABÁ



Por Carlos Germán Amézaga


Desde pequeño soñó con tener grandes riquezas. No pudo estudiar y se dedicó a trabajar muy mal pagado. Un día, descansando en el campo, distinguió un grupo de hombres penetrando a una cueva escondida entre las rocas. Los siguió y descubrió un inmenso tesoro escondido. Huyó de allí y cuando los hombres se fueron, regresó y se llevó parte del tesoro. Invirtió bien lo robado, fundó un partido político y muchos hombres que había visto entrar a la cueva lo siguieron sin saber la verdad. Cuando llegó al poder siguió acrecentando su fortuna. La historia —luego— lo exculpó.




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SERÉ BREVE


APUNTES PARA

UNA NOVELA KAFKIANA



Por Dennis Arias Chávez


Mi hermana creía ser un paraguas y en las noches de lluvia negra su figura alámbrica se perdía entre la bruma. Al principio nos reíamos de su locura y con el tiempo fuimos asimilando la idea. Un día, mi padre decidió acompañarla. A fuerza de sustos y de reclamos, aceptamos cuando nos dijo que él también era un paraguas. Su tenacidad para abrir las manos a manera de varillaje nos sorprendía. Y una noche, cuando la lluvia arreciaba, nos dijeron al unísono que habían decidido cambiar de dueños. Y eso sí fue serio, porque, luego de tres meses de haber desaguado el  clima, nadie se atreve aún a abrir el baúl donde guardamos los paraguas.




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