Reseña a “Trampa para jóvenes escritores” de Daniel Aparco
Monday June 30th 2014, 6:55 pm
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La típica novela de un iniciado



Por Edwin Angulo



Ambientada en una atmósfera cosmopolita, pero ajena, y desarrollada por una serie de personajes construidos y perfilados de manera disímil, aunque familiarizados por la extrañeza y el desencanto, Trampa para jóvenes escritores (2012) de Daniel Aparco es una buena muestra de lo que encontramos habitualmente en nuestra narrativa: una reunión de elementos que en sí mismos resultan atractivos, pero que, también como suele ocurrir, no deriva en una buena novela.

Trampa para jóvenes escritores de Daniel Aparco es la típica novela centrada en la figura del aprendiz de escritor. Típica porque su personaje cumple los requisitos del arquetipo latinoamericano: exiliado en Europa, con una vida anclada en un malditismo anacrónico, desesperado por empaparse del ambiente letrado y culto de Occidente. El objetivo que lo guía es igualmente arquetípica: escribir una obra mayor. Esa es, en líneas generales, la historia de Gabriel, un joven peruano cuyo tránsito por el primer mundo representa su mejor aprendizaje. Conocerá, por ejemplo, una serie de personajes marcados, igual que él, por la obstinación en el desencanto y en la búsqueda de lo imposible. Pero no es lo único que los une. Encontramos también esa ligazón tan cliché (tan cortazariana) que es el arte. Personajes artistas caracterizados por una insistente inclinación a la soledad, la confusión, la inadaptabilidad y algunos rasgos más que no hacen más que alimentar el lugar común.




Un segundo aspecto deficiente es la construcción del texto. La novela de Aparco adopta la forma del diario íntimo y, por consiguiente, la voz que conduce el relato es la del protagonista, Gabriel. Una estructura que tratará de jugar con cierta complejidad alterando la linealidad del tiempo en el paso de un capítulo a otro, sospechamos que con el afán de darle una mayor densidad a la historia. La novela parece prometer algo más que las peripecias del protagonista, porque por momentos se sumerge en reflexiones del tipo «humano»: pequeñas verdades sobre el ámbito doméstico y cotidiano. Sin embargo, nada de esto se continúa. El texto desde el inicio fija su punto de atención: la formación literaria del exiliado y en ese camino, se desgasta con rapidez. Varios pasajes de la novela requieren de un acto de sacrificio, más que de placer, para ser leídos. El exceso de puntos comunes, consecuencia en gran medida del tópico elegido como central en la construcción de la historia, es un problema que el autor debe superar para explotar aquello que constituye su mayor mérito al momento de narrar: el extraviarse en lo anecdótico y en la reflexión.

Por otro lado, es evidente la inclinación del narrador por construir una prosa que algunos han tenido a bien llamar «poética». Sin embargo, es más una intención que un logro y puede asumirse como un lugar común más, porque cae en los excesos habituales en los que cae cualquier primerizo, como por ejemplo, el abuso de eufemismos que empalagan y agotan la lectura. No deja de ser curioso que lo mejor de la novela sean aquellos pasajes en los que la historia parece dejar de lado la vida insustancial de su personaje y se pierda en detalles, reflexiones, recuerdos borrosos, momentos en los que incluso el estilo se vuelve eficaz porque se ajusta a lo que se narra y deja de ser un fin en sí mismo.

Un último aspecto a tener en cuenta en el examen de Trampa para jóvenes escritores es la dimensión metatextual. El final de la novela trata de situarse en esta esfera, aunque tampoco esto constituye un logro, es decir, algo bien trabajado. La razón es sencilla: un texto de esta naturaleza generalmente exige cierta maestría en la construcción de la diégesis, cualidad que el autor aún no posee o que, en todo caso, aún no demuestra.



Para no lindar con la mezquindad, debemos conceder que el libro de Aparco contiene algunos elementos que conducidos adecuadamente, podrían concluir en la consolidación de una prosa interesante en alguna próxima entrega. De hecho, el mayor mérito de la novela –y posible punto fuerte de una hipotética próxima entrega– radica en perderse en lo contingente, en la exploración de las emociones conducidas por lo accidental e intrascendente. Por supuesto, cabe preguntarse hasta qué punto este es un acto conciente del autor. El mismo personaje propone entre sus tantas reflexiones, la necesidad de entender un relato como la exploración de lo emocional antes que una suma de acciones o una experimentación de la forma. A pesar de la lucidez del personaje, el autor parece no hacer mayor caso y su ejercicio es una negación de esta propuesta.

En líneas generales, Trampa para jóvenes escritores es, para decirlo de algún modo, una historia como muchas que, justamente por eso, corre el riesgo de perderse en la multitud de historias que últimamente proliferan. Sin embargo, antes de considerar su condición de prescindible, resulta interesante su lectura porque, más allá de sus aciertos (accidentales o no) y errores, da testimonio de una búsqueda que tal vez encuentre un mejor fin en el futuro.


Daniel Aparco

Trampa para jóvenes escritores

Paracaídas editores, Lima, 2012, 306 pp.





Reseña a “Gallinas de madera” de Mario Bellatin
Monday June 16th 2014, 3:11 pm
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Una instantánea multiplicidad



Por Gabriela Javier


Mario Bellatin (México, 1960) ha publicado recientemente Gallinas de madera (Sexto Piso, 2013), libro que reúne dos inquietantes textos en los que toma como ‘excusa’ para la escritura a dos importantes escritores del siglo XX: el checo Bohumil Hrabal (Moravia, 1914 – Praga, 1997), autor de Una soledad demasiado ruidosa (1977); y Alain Robbe-Grillet (Brest, 1920 – Caen, 2008), francés autor de El mirón (1955) y principal impulsor del nouveau roman. Para quienes conocemos su propuesta, esta publicación no hace más que confirmar lo importante de su voz en la literatura latinoamericana. Poseedor de un lenguaje propio, al que ha logrado controlar, Bellatin nos desafía constantemente. Y Gallinas de madera no es la excepción.



El texto que abre el libro es «En las playas de Montauk las moscas suelen crecer más de la cuenta» y en él, a través de breves párrafos o simples oraciones, el narrador guía al lector a través de un delirante fluir causado por el uso de ácido lisérgico en la ciudad de Berlín. Lo que parece en un inicio ser un relato acerca de los últimos momentos del escritor checo –cuya muerte, al caer del quinto piso de la institución de reposo en donde vivía, aún trasunta entre el accidente y el suicidio–, se convierte progresivamente, desde la posición del narrador, sentado en una banca de la Alexanderplatz, en una visión deformada de la realidad en la que aparecen moscas gigantescas, aves de rapiña y es traído a su memoria –una y otra vez– Hrabal, de quien conversaba con su terapeuta, una “Especialista en Literaturas de Aves Románticas”, dato que cobra sentido cuando su reflexión se centra en Gallinas de madera –texto que presuntamente habría dejado inconcluso el escritor checo–, en el que unas aves de rapiña son dueñas de un esclavo. Este hecho, nuevamente, sirve como excusa para incidir, subrepticiamente, en la relación amo/esclavo que nos remite también a la relación entre escritor/escritura. Un texto de experimentación, como el narrador de este relato se describe: «Alguien (…) para quien la experiencia de probar ácido lisérgico no tiene otro sentido que el de describir luego la experiencia» (2013: 53).

Como es usual en los escritos de Mario Bellatin, no estamos frente a una narración estructurada de modo tradicional, no se nos cuenta “una historia”. Mediante repeticiones que obligan al lector a ir en círculos y una composición fragmentaria -consecuente con la percepción condicionada por la ingesta de la sustancia alucinógena- esta primera parte se convierte en una reflexión sobre la escritura misma en la voz de un narrador que se desdobla y es uno mismo a la vez.

El lector no habituado a las “reglas de juego” del autor, sin duda quedará desconcertado ante la experiencia de lectura que la obra de Bellatin nos impone, obligándonos a adecuar la mirada a esa aparente ilegibilidad. Una lectura que puede volverse tediosa para quien no esté dispuesto a cerrar el pacto con el autor.

Además de lo que se puede leer, Gallinas de madera oculta significantes al más ávido lector. En el segundo texto, «En el ropero del señor Bernard falta el traje que más detesta», Robbe-Grillet -con quien Bellatin tuvo un encuentro antes que el francés muriera- es el señor Bernard, miembro del Movimiento Literario Sumamente Innovador, en una clara alusión al nouveau roman. En el relato, Bellatin-personaje aborda su contacto con el autor y toca con ironía cuestiones sobre lo literario, la pretendida veracidad de las biografías y la escritura. En contraste con la primera parte, en esta la estructuración se torna acumulativa, mediante una escritura “corrida” -no encontramos un solo punto y aparte- y envolvente, dejando lo fragmentario, pero aun así, sin llegar a ser identificable como un relato tradicional. La lectura de esta segunda parte representa un desafío mayor que «En las playas de Montauk las moscas suelen crecer más de la cuenta», por su complejidad y por su carácter metaliterario, que abunda en referencias difíciles de identificar hasta para los lectores más experimentados. Sin embargo ambas, en forma y fondo, determinan el balance justo de Gallinas de madera.



El texto que nos ocupó esta vez fuerza al lector a estar siempre al inicio o al final de la narración, siempre al límite, siempre incómodo. Elíptico, es difícil de desentrañar por completo el vínculo que une las “caras” del libro. Una escritura que no busca representar sino presentar, siempre abrumadora, una realidad imaginaria. La escritura de Mario Bellatin es una y contiene una multiplicidad de universos a la vez. Y es en ese instante que nos detenemos en su lectura que la multiplicidad se unifica para diluirse, fragmentarse, una y otra vez.


Mario Bellatin

Gallinas de madera

México D.F., Sexto Piso, 2013.





Reseña a “La trama invisible” de Christian Briceño
Wednesday June 04th 2014, 11:36 am
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La trama invisible: un camino de formas



Por David Villena


A veces vertedero de reflexiones, a veces cuaderno de notas, a veces epistolario y hasta diario de confesiones, La trama invisible de Cristhian Briceño (Paracaídas Editores, 2013) nos confronta directamente con la idea de género. De una franqueza reflexiva que rompe (o que a veces asienta) mitos y prejuicios, el libro de Briceño resulta ser una nueva apuesta dentro de las formas híbridas tradicionales, en tanto que no es el registro lírico el motor que articula todo el volumen, sino más bien lo es la libertad misma de la voz que va cambiando conforme pasan las páginas. Así, todas estas formas, siempre enmarcadas en la ficción, constituyen un viaje literario que no se repite, sino que más bien muta a lo largo de todo el recorrido. Son setenta y siete poemas, numerados todos en romanos, a los que sería mejor llamar composiciones, en vista de que no todos aceptan aquel rótulo, y a los que sería conveniente agrupar según cada propuesta.



1. Lo primero a destacar de todo el conjunto es, sin dudas, el carácter marcadamente reflexivo que salta a la vista desde las primeras páginas. La inmersión en las ideas y el ejercicio argumentativo hacen que un buen número de composiciones se vuelvan elementos cruciales para el desarrollo de las demás formas. Una buena muestra de esto lo conforman los escritos XII, XIX-XXII, XXXV, LVI y LVII. En estos textos la reflexión constituye el eje central del discurso. Desde el escrito XIX hasta el XXII, por ejemplo, se leen cuatro disertaciones sobre la belleza en las que la primera persona, dirigiéndose siempre a un tú, trata de explicar, mediante ejemplos y argumentos, la naturaleza de lo estético: «¿Para qué necesitamos la belleza sino para no sentirla cuando está fuera de nuestro alcance? Y solo eres tú frente a la belleza, (…) no te atreves a tomarla, pues no hay de donde: no es un bate de béisbol, no es la cintura de Afrodita, no un algo». Todo este fluir de reflexiones supone una suerte de poética en la que el narrador personaje vuelca su forma de concebir no solo la idea del arte, sino también de la vida misma, y así, nos vamos haciendo una idea más clara de lo que hay detrás de esa voz que nos acompaña a lo largo de toda la lectura.

2. Al mismo nivel de las reflexiones, se encuentran también las formas en las que la primera persona adopta cierto tono confesional, que se caracteriza sobre todo por disertar acerca de sus lecturas, la cultura y demás intereses. Salvo algunos casos en donde hay un exceso de información que podría llegar a abrumarnos –y que a la sazón constituye el único punto bajo del libro–, estos textos nos revelan también parte de la identidad –ficticia, por supuesto– de aquella voz que hace del lector un confidente suyo. Tal es el caso de los textos IX, XLIV, LX y LXXI. En el escrito número XLIV, sorprende, por ejemplo, la naturalidad con que la primera persona da cuenta de lo vano de su cotidianeidad: «Me aburría demasiado en cierta época, tanto como para creerme/ un genio. Escribía poemas al estilo de Jack Spicer y leí algunos/ libros de Kant. Nunca lo entendí».

3. Otro aspecto a rescatar del libro –y quizá sea esta una de las cosas que más llama la atención– es la inserción de relatos y cuentos. Al margen de que el número de estos textos sea menor si los comparamos con el resto de formas, su repercusión dentro de todo el conjunto es bastante notable. Hablamos específicamente de los escritos V, XXVII, XXXIV, XXXVI, XXXIX, XLII, LXII y LXVII. De no ser por estos pequeños relatos, el libro estaría más cerca de aquellas formas híbridas que se insertan sin mayor dificultad dentro del registro lírico. Esta es, precisamente, una de las razones por las que decíamos más arriba que el libro de Briceño nos confronta directamente con la idea de género. Y, de algún modo, lo hace para bien. De este grupo de textos, uno de los que más destaca es el número XXXIV. Aquí la primera persona se concentra en un evento específico: una conversación telefónica que el narrador personaje sostiene con su padre cuando ambos viajan en un bus de regreso a Lima. Lo curioso de todo esto es que los dos protagonistas viajan en asientos separados, «casi de extremo a extremo». El evento en apariencia es vano, y hasta recuerda a cierta tendencia de algunos relatos contemporáneos, pero al final la historia cobra sentido, gracias a que en la última parte el autor le otorga peso a lo que es verdaderamente importante, en este caso, la figura del padre.

4. Aunque resulta polémico hablar a estas alturas de formas líricas puras, valdría la pena hacer aquí la distinción entre poemas propiamente dichos y composiciones en general. Todo esto en vista de que, en porcentaje, no son los «poemas propiamente dichos» los que abundan en el libro. Visualmente se les puede reconocer porque están dispuestos en verso, como en el poema XXV –sin duda uno de los mejores de todo el volumen–:


«Un galeote no es atlético como Charlton Heston en Ben-Hur/ (…) Un galeote es su propio dentista./ Un galeote es su propio psicoanalista./ Un galeote es su propio jardín, fuente y pajarito./ Un galeote es su propio dios./ (…) Los galeotes nunca dan la mano, a menos que vayan a/ tomarles el pulso./ La muerte de un galeote repercute en una sola cosa del/ universo: la velocidad de la embarcación a la que sirve».



Sin embargo, hay otros tantos que prescinden del formato clásico, y que en cambio presentan otras tendencias, como la de no respetar los signos de puntuación (caso del poema l: «madeimoselle vosotros golpecillos en mi frente que me/ alborotan como a una gallina demasiados animales ¿no creen?/ sería bueno empezar un bestiario primer espécimen a catalogar/ la mujer la describiré grandes melones delanteros y traseros ojos/ del color de una pera inhabitada»).

Pero al margen de si respetan o no los signos, o de si están dispuestos o no en verso, una de las cosas más valiosas de estos textos (dejando de lado el aspecto formal) es que nos muestran una voz totalmente libre, que no teme reforzar –y asentar– sus propios prejuicios, como lo confirma el poema LXXIV:


«¿Quién no ha alucinado con la belleza del amor (sin privarnos un día de buen sexo), con casarse y tener hijos (hijos blancos) y vivir en una casa (con piscina en forma de riñón) y tener siquiera un perro (de raza pura)?».


Christian Briceño

La trama invisible

Lima, Paracaídas Editores, 2013. 101 pp.





Reseña a “Racionalidades en conflicto” de Edith Pérez Orozco
Tuesday May 27th 2014, 11:33 pm
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Racionalidades en conflicto



Por Edwin Angulo


De entre toda la producción narrativa peruana de las últimas dos décadas, pocas (acaso ninguna) han motivado tanto la atención y el debate entre la crítica literaria especializada y periodística como Rosa Cuchillo, del narrador ancashino Óscar Colchado Lucio. Obra desde ya imprescindible, que ha menos de veinte años de haber sido publicada cuenta con una importante cantidad de artículos, ensayos, reseñas e incluso tesis. Es dentro de esto último que encontramos Racionalidades en conflicto. Cosmovisión andina (y violencia política) en Rosa Cuchillo de Oscar Colchado (Pakarina ediciones, 2011) de Edith Pérez; una densa investigación que le valió el grado de Licenciada en la especialidad de Literatura por la Universidad Nacional Federico Villarreal, en la que hoy se desempeña como catedrática.

Racionalidades en conflicto…, no obstante su origen, no parece obedecer a la publicación directa de su primer formato. Divido, pues, en cuatro capítulos, la mayoría de estos bien podrían tener una naturaleza autónoma, sin que esto, por supuesto, perjudique su correspondencia interdependiente como suma de partes. Así, en el primer capítulo, “Lecturas en torno a Rosa Cuchillo”, aunque bien podemos notar su naturaleza inicial de estado de la cuestión, nos encontramos con una ordenada elaboración que en ningún momento deja de ser crítica; ya sea al momento de evaluar su ubicación dentro de la narrativa peruana actual (¿Regionalismo? ¿Neoindigenismo? ¿Novela histórica o nueva novela histórica? ¿Narrativa andina?) y/o refutar o concordar con las distintas evaluaciones de contenido emitidos por la crítica (violencia política, mito andino, ideologías propuestas y colonialidad, y poscolonialidad).



El segundo capítulo, “Racionalidad mítica y mitos contemporáneos”, nos revela la naturaleza interdisciplinaria del trabajo. Para esto, la autora partirá de los planteamientos de Raymond Williams, entendiendo la producción literaria “como un acto ético y estético” (p. 79)  en función de su naturaleza privilegiada dentro de las manifestaciones culturales humanas; esto en cuanto “la cultura es una mediación de la sociedad; sus prácticas y productos culturales (entre ellos, la literatura) son mediaciones de esta. [Siendo que] Dicha mediación no se produce como un proyecto agregado, sino como medio de la proyección, encubrimiento e interpretación de dicho referente (la sociedad)” (pp. 78 -79).

En cuanto a la racionalidad mítica, definida esta como parte estructural del pensamiento, Pérez nos indica que se encontraría presente no solo en algunas sociedades, sino en todas; aunque en diferentes grados. De esta forma, “en el caso de Occidente, la creencia casi a nivel de fe ciega en las ventajas del progreso ha[bría] marcado el desarrollo de la modernidad” (p. 83), quedando, así, supeditada al “mito del progreso”; de la que el capitalismo y el comunismo participarían por igual, enmarcándolos dentro del mismo contexto o desarrollo cultural (que la autora desarrollará luego a partir de los planteamientos de Yuri Lotman; particularmente, de su categoría de semiosfera).

En cuanto al tercer capítulo, “Archivos conceptuales de la memoria andina quechua”, cabe destacar el inmenso trabajo epistémico/conceptual que, sin lugar a dudas, establece un marco de referencia obligatorio para futuras investigaciones sobre literatura andina. Pérez, pues, no deja cabos sueltos al momento de definir y puntualizar cada uno de los términos en los que sostendrá los principales planteamientos de su investigación; de allí que, por ejemplo, opte por hablar de “conceptos” y no de “categorías” al referirse al marco epistémico andino, pues:

El término “categoría” implica la referencia a un conocimiento epistémico ya organizado y sancionado como científico; definición que se incluye dentro de la comunidad científica occidental, que se plantea como universal (…). Así, preferimos hablar de conceptos, pues dicho término explica mejor la naturaleza de la memoria oral andina quechua, que posee una dinámica basada en la racionalidad mítica (p. 98).

De tal forma, lo enunciado como “archivos conceptuales de la memoria andina quechua” deberá ser entendido como:

Un depósito, (sic) almacén que reserva, registra, conserva información, proveniente tanto de soportes orales como escritos. Esta memoria representa la creencia, la ideología propia de la práctica sociocultural andina quechua y es parte de la racionalidad mítica; reproduce el pasado, refuerza la identidad, codifica una misma discursividad, asegurando la reproducción de dicho grupo sociocultural, proporcionando determinados parámetros y significantes que le permiten seguir interpretando y actuando; estableciéndose históricamente el estado de memorización que va a continuar desarrollándose y recreándose más allá del texto en el que quedó fijo (p. 99).

Establecido esto, luego pasa a definir lo que se entendería por: 1) mito del eterno retorno, 2) milenarismo y mesianismo, 3) utopía, 4) Pachacuti e Inkarrí, 5) mito andino, 6) cosmovisión quechua, y 7) personajes míticos populares andinos. Siendo en los dos últimos donde, además, elaborará un detallado mapeo de los habitantes del universo mágico-religioso andino, en función de su pertenencia al espacio cósmico en el que habitan: Hanan Pacha, Kay Pacha y Ukhu Pacha; así como sus relaciones con el runa u hombre andino.

Finalmente, el cuarto capítulo, “Racionalidad mítica y racionalidad lógico-científica en Rosa Cuchillo”, corresponderá a la aplicación del marco teórico expuesto en los capítulos segundo y tercero. Para Pérez, la novela evidenciaría (tal y como lo señala en la introducción del texto) “un intento por comprender, interpretar y explicar los hechos de violencia (terrorismo, violencia política, acciones militares, lucha por el Estado) desde la cosmovisión andina, empleando para ello la racionalidad mítica de sus personajes” (p. 23). Es decir, la novela no deberá ser entendida desde el conflicto armado en sí mismo –algo que, más bien, se le reprocha a la crítica académica-, sino a través de las actualizaciones y resemantizaciones que la racionalidad de sus personajes ejercen sobre él, siendo, en este caso, los concordantes a los valores de la cultura andina. De allí que el análisis de la novela se realice, básicamente, a través de los dos personajes principales: Liborio y Rosa Cuchillo. Complementándose, no obstante, con los otros dos narradores que intervienen en la diégesis: Mariano Ochante y los Infantes de Marina.



Así, la estrategia de Pérez consistirá en evidenciar los conflictos que establecen los intentos –frustrados todos- de comunicación entre la semiosfera cultural runa y la occidental (capitalista y comunista). En el caso de Liborio, estos emergerán como consecuencia de las dudas y confrontaciones que experimentará al interior de las huestes de Sendero Luminoso, en el que, finalmente, descubrirá otro proyecto de opresión de los mistis. Mientras que en el caso de Rosa Cuchillo, emergerán producto de la incomunicación y el desconocimiento de las dimensiones mágico religiosas cristianas occidentales –y lo que representan- y de la dinámica “memoria, olvido y reconocimiento”.

Como anotación final, cabría reflexionar sobre lo importante y significativo que es el notar que la investigación en nuestro país –a pesar del escaso apoyo institucional- no cesa, que el trabajo intelectual, consciente y crítico sabe hacerse camino. Racionalidades en conflicto… trata sobre diversos aspectos que aún nos duelen y no son difíciles de asimilar y, más allá de lo que pueda tener de culminante, trasciende por abrir un debate teórico e interpretativo alrededor del adecuado entendimiento de nuestra historia; un tema eternamente pendiente en nosotros que, felizmente, parece estar cada vez más presente.


Edith Pérez Orozco

Racionalidades en conflicto.

Cosmovisión andina (y violencia política)

en Rosa Cuchillo de Óscar Colchado Lucio

Lima: Pakarina Ediciones, 2011. 270 pp.





Presentación de “Austin, Texas 1979″ de Francisco Ángeles
Thursday May 22nd 2014, 10:38 am
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Presentación de Austin, Texas 1979,

la nueva novela de FRANCISCO ÁNGELES


DÍA: Jueves 22 de mayo

HORA: 7:45 pm.

LUGAR: Restaurante Patagonía

DIRECCIÓN: Calle Bolívar N° 164 – Miraflores


COMENTARISTAS:

Carlos Calderón Fajardo

José Güich Rodríguez

Leonardo Aguirre






Reseña a “La muerte es una sombra” de Stuart Flores
Monday May 19th 2014, 4:15 pm
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Las sombras de una voz



Por Carlos Zambrano Pérez


El periodista y escritor Stuart Flores (Huancayo, 1986) ha publicado La muerte es una sombra (Matalamanga, 2013), una pieza compuesta por trece relatos, un libro que si bien deja una muy aceptable impresión en el lector, contiene algunos elementos a observar.

Un primer aspecto que llama la atención parte no tanto del contenido del libro, aunque termina, sí, por llevarnos a él. Se trata de la propuesta que se lee en la contratapa, en donde se advierte de personajes que, a través de su particularidad, alcanzan un carácter universal. En efecto, al revisar en líneas generales el conjunto, el lector puede verificar una tendencia a una sencilla construcción de los títulos, en su mayoría reducidos a un artículo sumado a un sustantivo o a lo más a un adjetivo. Encontramos, así, relatos como “La cacería”, “Refugio”, “La palabra” o “Autógrafo”, y de igual manera títulos como “La bella dama”, “El tiempo ajeno” o “La noche turca”, en donde se entrevé la tendencia a recuperar una tradición minimalista ya desde la presentación del relato, y cuyo centro es lo cotidiano, una poética de los pequeños espacios, afín a la propuesta por el escritor ruso Anton Chéjov. La simpleza de sus títulos, en este sentido, es locuaz en cuanto al modo en que Flores aprehende la realidad para verterla en un relato. El cuento apunta hacia lo universal porque lo universal está en lo cotidiano, pareciera decirnos. Existe, pues, una coherencia entre este desdeño por títulos ampulosos, efectistas, y la finalidad que el conjunto propone.





Así, pues, el libro de Flores alcanza sus topes de calidad, precisamente, en los relatos que abordan los espacios más anodinos, en donde el narrador logra profundizar en situaciones en apariencia triviales y de más corto alcance. Claro ejemplo de ello son los cuentos “La guerra según Octavio”, que narra en seis páginas la partida y retorno de un muchacho que, harto de una guerra que no le deja ver televisión, parte para solucionarla, o “Duérmete, niño”, relato centrado en el incierto sueño de un recién nacido y las curiosas circunstancias a su alrededor. “El tiempo ajeno” desarrolla la historia de una mujer que pide una receta misteriosa, a base de una planta, a fin de poner punto final a una angustiante rutina conyugal. “Nueva vida de pareja” aborda la historia de un hombre que, buscando ser escritor, acepta hacerse cargo de todas las tareas domésticas en el hogar de su nueva mujer, cayendo poco a poco en una sumisa degradación a la que terminará por resignarse. De esta manera, Flores es capaz, sin grandes hazañas imaginativas ni giros inesperados, de concentrar nuestra atención gracias a una mirada aguda, en donde la escritura se vuelve, en vez de un ejercicio de expansión y acumulación, uno de profundidad.

Llegado este punto, hay que hacer una observación ligada a dos voces o estilos que, al parecer todavía en disputa, conforman la voz del narrador. Por un lado, notamos que algunos relatos contienen términos sobre-elaborados, privilegiando en más de una oportunidad el sonido o corrección de una palabra a su aporte en el relato. Son los casos de expresiones como “comprendió las intenciones de su vástago (p.14)”, “Desechando cualquier otro intento, decidió pernoctar” (p. 15) o “Tan al borde de la cama dormita el infante” (p. 27). Se trata de términos que, si bien evitan redundancias, terminan por restar naturalidad –y poder de persuasión– a los relatos. Por otra parte, encontramos cuentos cuya propuesta es más bien contemplativa. Flores desarrolla complejos planos visuales a través de varias líneas, un recurso que, aunque en determinados momentos llega a funcionar, en otros termina por despistar al lector de la acción central o, peor aún, por llamar la atención sobre sí mismo. Así tenemos fragmentos como “Es hermosa, a pesar de que en su rostro el remordimiento y la desilusión hayan hecho un trabajo de descomposición que empieza en el alma antes de irrumpir en el exterior” (p. 29), “A estas alturas, la casa ya no tiene un tiempo definido. Tal vez se podría hablar de un presente detenido o estancado, o de un pasado emergente…” (p. 28) o “Las sombras transitan veloces y, detrás de aquel silencio expandido, intermitentes gotas de agua provenientes de un caño se estrellan contra el lavabo” (ibíd.). Al final, la impresión que queda es la de no encontrar todavía una voz que unifique el conjunto, elemento imprescindible en una voz que ha alcanzado la madurez. Hay ocasiones en las que ambas líneas de estilo parecen fundirse en un punto intermedio, como en los relatos “El tiempo ajeno”, “La guerra según Octavio” o “Nueva vida de pareja”, y entonces la narración, sin ser superflua, brilla por su transparencia y fluidez. Son, sin duda, los mejores momentos del libro.

Un aspecto final que llama la atención en La muerte es una sombra es el criterio utilizado para reunir los relatos. Mientras algunos llaman la atención por lo cotidianos, densos en la exploración de espacios íntimos, otros más bien parecen proponer historias de carácter épico, como el cuento que da título al conjunto, en donde se nos habla de una cárcel, sectas, civilizaciones antiguas y conflictos en tiempos remotos, o el caso del relato “La bella dama”, que narra la historia de un viejo que, llevando en su carreta un cadáver, confronta a un militar en un palacio. El problema de esta segunda línea es que el autor termina por dejar de lado el principal atractivo en sus mejores relatos –el buen manejo del lenguaje– para pasar a narrar una historia novedosa, creativa si se quiere, enumerando hecho tras hecho, contándonos algo en el peor sentido de la expresión. El lector, habituado ya al contrato inicial del libro, termina por desconcertarse (cuando no por decepcionarse) ante esta irregularidad que, sin embargo, es perfectamente comprensible; al pasar de una poética de lo cotidiano, en donde lo importante es agudizar en lo pequeño, lo ya conocido, a una poética de lo épico, de lo extenso, se hace más difícil otorgar intensidad a la narración. ¿Qué hace que dos líneas tan disímiles convivan en un mismo conjunto? Es la pregunta que surge y queda en el aire al terminar el libro.





Con todo, podríamos hablar de La muerte es una sombra como un aceptable primer conjunto de relatos, en el que hay una clara conciencia de lenguaje y, lo más importante, en donde se percibe la búsqueda por unificar un estilo. El talento de Flores se trasluce en la fluidez que en ocasiones alcanza su prosa, en la efectividad con que inician sus relatos, en donde bastan uno o dos fragmentos para involucrarnos en la acción o disponer de una imagen lo suficientemente consistente para dispararnos hacia toda una página. No obstante, se percibe todavía como un libro de juventud, aún carente de un sello personal y dirección tanto en lo narrado como en el modo de narrar.

Hechas las sumas y las restas, vale la pena aproximarse a este volumen y seguirle el rastro a Flores, un escritor que termina por sentar expectativas, más aún en una época en que, al parecer debido a un imperio de la novela en el mercado local, resulta atípico encontrar un libro de relatos discretamente elogiable.



Stuart Flores

La muerte es una sombra

Lima: Matalamanga, 2013. 103 pp.





Crónicas neoyorquinas
Monday May 12th 2014, 10:22 pm
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El Barrio de Malcolm (Parte 2)




Por Pedro Moreno Vásquez



Al mudarme a Nueva York, me sentía desmoralizado. Creía, como Voltaire, que la felicidad era una absurda ilusión y que sólo el sufrimiento es real. Luego de desvelarme tanto para concretar “El sueño norteamericano” descubrí que éste era realmente una pesadilla. Y es que en el sistema corporativo de los Estados Unidos casi todo es igual. Para triunfar debes transformarte en un insecto kafkiano, sufrir una mutación moral, y graduarte con un abrazo de la gerencia. Desde entonces eres un hombre admirable. El éxito consiste en dictar órdenes a seres más dignos que tu, enfocarte en explotar a tus semejantes, mientras tú y tus colegas se reparten los beneficios. Y claro, todos repetíamos el mismo cliché, “el trabajador es importante”, cuando lo realmente importante era el dinero. Cifras, tasas de producción, plusvalías, el éxito, la modernidad, la tecnología, el desarrollo. Buen trabajo, hombre, te felicito.

Por eso, luego de quedar asqueado con el éxito, decidí mudarme a Nueva York. Mi remordimiento era tan intenso que, al instalarme en Harlem, me enfoqué en un objetivo que (pensé) reivindicaría mi moral: convertirme en un fracasado. Me quedé desempleado, con unos escasos ahorros, y prácticamente sin nada. Espero no pecar de cinismo al decir que me enorgullecía ser un fracasado. No exagero; realmente me sentía feliz de serlo. Prefería languidecer en la holgazanería que seguir atado a esa estructura tan “moderna y eficiente” pero que interiormente era pura putrefacción. A mi juicio, era preferible vagabundear por Times Square que amonestar a un empleado exhausto. Era mejor degustar un helado en un bar de Greenwich Village, que irse de vacaciones despilfarrando las ganancias que le pertenecían con justicia al empleado. Pero tales consuelos fueron inútiles. Llevaba el alma por los suelos. Luego de admirar el discurso de “la tecnología y la modernidad” que los liberales profesan, me di de bruces con la realidad. La experiencia me inculcó que las estadísticas, el progreso y las cifras son sólo una manera astuta de distraerte. Tantos textos de macroeconomía, administración y finanzas, que hilvanan no sólo teorías complejas, sino también gráficos sofisticados. Tantas ciencias que exaltan lo superfluo y te enceguecen de lo esencial: cómo las estructuras sociales degeneran la humanidad del individuo. Tan subjetiva como parezca esta visión, eso fue lo que mi experiencia me enseñó. Evelyn Burg, profesora de la Universidad de Nueva York, me dijo una vez: Pedro, las lecciones de mil libros no serán tan valiosas como lo que nos ha enseñado la experiencia personal.

A Dina, mi arrendadora, le extrañó que yo no me preocupara en hallar empleo. En un inicio me recomendó algunos lugares en donde yo podría trabajar. No me interesó en lo absoluto. Quería leer, vagabundear y, sobre todo, conocer a la población neoyorquina. Al poco tiempo Dina entendió que yo prefería vivir al margen del sistema. Sin perder tiempo entonces, me recomendó integrarme al grupo al que ella, desde hace mucho, pertenecía: la Cultura de la pobreza. “Si vos no quieres trabajar, entonces pide ayuda del gobierno. Esta ciudad nos ofrece muchos beneficios. Vamos a exprimir a la gente del gobierno, muchacho”, me dijo. Quedé desconcertado con su proposición. Me limité a sonreirle y me retiré a mi habitación. En búsqueda de algun consuelo, pensé que la felicidad podría encontrarse en Nueva York. Pero tarde entendí que, debido a mi conflicto emocional, no podría encontrar la felicidad ni en la galaxia de Andrómeda. (Ahora entiendo que la felicidad se encuentra hasta en el mismo infierno, siempre y cuando uno se reconcilie consigo mismo.)



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Todo residente de Estados Unidos, cualquiera sea su procedencia o etnia, posee la prerrogativa de practicar su cultura sin restricciones. Pero tales prerrogativas no fueron del todo gratuitas. Estas culturas debieron pagar un precio: asimilar la ética protestante norteamericana, aquella que promueve el trabajo duro, la responsabilidad y la disciplina. Por decirlo de alguna manera, todo grupo cultural ha debido someterse a dicha ética, que es la esencia de la cultura estadounidense. Sin esta necesaria asimilación, dichas culturas no habrían subsistido. Las comunidades foráneas fueron desechando sus valores autóctonos para finalmente “norteamericanizarse.” Este es el proceso que cualquier inmigrante experimenta. Aunque se enorgullezcan de sus raíces y su cultura, su comportamiento e idiosincracia se ha vuelto norteamericana, es decir, materialista, individualista, y con una gran devoción por el dinero.  Sólo de esta forma, esta sociedad multicultural se ha cristalizado. Bajo esta postura, surge una dicotomía: ¿cuál es la cultura imperante en esta nación?, ¿los Estados Unidos es un país multicultural o es un multiculturalismo con sabor a McDonald’s?

El proceso de aculturación referido no fue sólo natural, sino también premeditado. Desde un principio, los impulsores del capitalismo procuraron sojuzgar a las demas culturas, imponiéndoles el hábito del trabajo duro, la disciplina, la responsabilidad. Los que se rehusaron fueron maltratados, y catalogados como alienados, haraganes, mantenidos, radicales, etc. Los intereses corporativos y gubernamentales se aliaron para solidificar dicho consenso: una “libertad” que fluctuaba dentro del limitado rango del capitalismo originado por la ética protestante. La libertad de pensamiento fue tolerada, pero la “excesiva” libertad fue considerada subversiva. En esa época, los Estados Unidos era un país pragmático que no malgastaba energías en contemplaciones de ética gubernamental o derechos civiles. Manos a la obra y brutalidad a la orden. Recordemos que, desde 1919, el gobierno aprisionó a aquellos “terroristas” que fomentaban un trato digno hacia las mujeres, la justicia para los pobres, las libertades civiles, la igualdad entre las razas y la solidaridad para los indígenas, es decir, a los comunistas. Estos terroristas (y su turbia ideología) fueron agentes que perjudicaban a los intereses del “capitalismo democrático.” Por esta razón, fueron apresados sin titubeos. ¿Y para qué mencionar el salvaje McCarthismo de los 50? Por profesar (y practicar) la libertad de pensamiento, un promedio de doce mil empleados fueron despedidos y centenares fueron procesados judicialmente. Por medio de intimidaciones, la libertad ideólogica fue lapidada. Y después de cultivar esmeradamente la democracia en su propio seno, el gobierno norteamericano se dedicó a promoverla por todo el orbe.



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Aunque la ideología capitalista ha logrado entronizarse, hay una cultura que es un hueso duro de roer: la Cultura de la pobreza.

A poco de instalarme, comprendí que Harlem es el epicentro de dicha cultura. Al principio fue difícil entenderla, especialmente al observar a tantos jóvenes desperdiciar su potencial en tratos ilícitos y trifulcas pandilleras. Aunque Dina me corroboró que Harlem “había progresado”, en los últimos años habían acaecido diecisiete pugnas callejeras, con un penoso saldo de cuarenta seis heridos y seis muertos. La mayoría de las víctimas eran adolescentes. Esta es la faceta oscura de la Cultura de la pobreza.

Para una mayoría que subsiste inmersa en sus empleos, del hogar al trabajo y viceversa, los residentes de Harlem conforman una rara singularidad. La mayoría de ellos vive de la asistencia social y no desempeña oficio alguno. Por lo tanto, poseen un raro privilegio: tiempo para el ocio. En mis caminatas por el barrio, observé a varios vecinos apostados en los umbrales de sus edificios. Se pasan las horas sentados, dedicados a observar a la gente alrededor. Sobre todo, les sobra el tiempo para meditar. Son amigables y dispuestos a entablar una charla. Generalmente despliegan tolerancia y simpatía en sus pláticas. Pero algo que me impresionó fue la dureza con que criticaban al gobierno de este país. Confieso que no debí sorprenderme tanto. Toda cultura oprimida asume una postura crítica con respecto a la cultura dominante. Como toda masa disidente, la cultura de la pobreza posee una visión privilegiada para analizar y criticar su sociedad. Es una verdad meridiana que mientras más oprimido sea un grupo social, más acceso a “la verdad” posee, ya que, posicionado en el borde, dicho grupo goza de una perspectiva ideal para desmenuzar cada estrato de la pirámide social: los pobres, los oprimidos, los que padecen, los orates, los “ignorantes”, y también los niños, perciben la verdad fácilmente, pues viven marginados del plano social ocupado por la mayoría. Reconocen, además, las evidentes falencias de su entorno, y emiten críticas que los demás se rehúsan a reconocer.

Aquí en Harlem abunda una conciencia crítica de los Estados Unidos. Los residentes de Harlem no le perdonan nada a su país. La mayoría se refiere a éste con adjetivos peyorativos. Pareciera que todos optaron en abandonar voluntariamente la esfera social. Como me dijo George, un vecino de Harlem, ellos guardan la convicción que “integrarse al sistema sería traicionar a sus antepasados, y también a ellos mismos”, pues éste es “el mismo régimen” que los ha “mantenido marginados desde un principio”. Cualquiera advertiría que esas son excusas urdidas para no trabajar. Pero en sus diatribas también asoman las llagas psicólogicas provocadas por el racismo al que fueron expuestos. Aún así, resulta interesante atender sus críticas: ¿Cómo es posible que este país gaste billones de dolares al año en armamento? ¿Y esto sucede cuando hay tantos millones de pobres? ¿Y qué hay de nuestros veinte millones de niños pobres? (*en realidad son diecisiete) Joseph, otro vecino que bordea los cuarenta años, me dijo: “Alguna gente me observa con malos ojos; otros se ríen de mí. Pero yo también me río de ellos. Los veo salir de casa para irse a trabajar. Andan distraídos, atrapados en su rutina, y no disfrutan el día. No se detienen a admirar nada. Sólo piensan en trabajar. Parecen hipnotizados, unos zombis”.

Su discurso de protesta está empecinado en concretar la justicia social. En los varios murales de sus calles encontré las mismas demandas: una mejor educación escolar y servicios médicos. Como es evidente, tanto la educación como la atención médica que ellos reciben son deplorables.  Pero lo más interesante fue advertir una aptitud abierta hacia la crítica, una pasión por el debate, un análisis honesto de los problemas sociales, y un inconformismo con la situación actual, todos factores primordiales para desarrollar la sociedad y, mejor aún, ejercer la democracia. La crítica provee la atmósfera en donde puede subsistir una democracia; la sumisión y el conformismo sólo tienden a asfixiarla. Fue decepcionante comprobar que el barrio de Harlem es la única zona de Manhattan donde esto sucede. En los demás vecindarios, la gente vive demasiada atareada en sus ocupaciones. Lo que Joseph dijo se quedó resonando en mi mente: la mayoría parecen zombis, resignados al orden de las cosas.



Ya mencioné que la condescendencia hacia los residentes de Harlem es intensa. Cuando conversaba con Joseph, detecté las miradas cizañosas de los peatones alrededor. En este supuesto “país de la tolerancia”, rehusarse a trabajar es algo que los estadounidenses raramente toleran. Entonces me cuestioné: ¿Por qué existe tanta hostilidad hacia la comunidad de Harlem? ¿No se debe a que ésta comunidad rechaza vehementemente los mitos venerados por esta sociedad? Ciertos patrones históricos son perpetuos: la tribu siempre optará por aniquilar a los portadores de “la verdad” antes que afrontar la realidad. Este agravio silencioso no amilana la moral de Harlem. Su comunidad mantiene su lucidez, su efervescencia, y una percepción para distinguir las invisibles cadenas que los demás acarrean y son incapaces de reconocer.





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