Reseña a “Infiernos mínimos” de Jorge Valenzuela


Infiernos mínimos


Por Óscar Gallegos


La maldad es fértil. Mueve el mundo, construye ciudades o crea libros hermosos. En el arte, es una fuente inagotable de inspiración. Pozo infinito en el que nos vemos. ¿Hasta qué punto la maldad tiene que ver con la raíz misma de la vida? ¿Por qué las mejores historias tienen que ver con la tragedia, la fatalidad o la muerte? El escritor Jorge Valenzuela explora estas múltiples manifestaciones del mal en su reciente libro de cuentos Infiernos mínimos (Lima, 2014),  pero no del lado metafísico o trascendental, sino de aquel que nos rodea día a día –en nuestro hogar, en el trabajo, en el cine, en un libro o quizá en un beso– y que puede convertir nuestro mundo cotidiano, en un pequeño infierno.

Los que hemos seguido la trayectoria de Valenzuela (heredero de Poe, Kafka, Ribeyro u Onetti) sabemos que estos temas son constantes en su producción cuentística, y que contribuyen a esa “coherencia narrativa” que la crítica ha destacado en su obra; es decir, esa configuración de un “mundo del desencanto”. De este modo, creemos que Infiernos mínimos sigue ampliando esa cartografía de la infelicidad y frustración de sus personajes. Sin embargo, creemos también que en esta nueva obra, a diferencia de las anteriores, el autor afina aún más el poder sugestivo de la ironía y la elipsis, dos estrategias discursivas que están vinculadas con la narrativa breve y brevísima. No es una coincidencia, pues, que en este libro aparezcan dos microrrelatos. Esto es, Valenzuela sigue depurando un estilo que siempre ha sido sobrio y potente a la vez, pero ahora suma a esto una capacidad mayor de síntesis. Un lenguaje donde la carga simbólica y los espacios de lo no dicho exigen una mayor complicidad del lector.

En efecto, desde el título observamos una actitud irónica que enmarca la visión general de los cuentos. Como sabemos, todo título, como elemento paratextual, cumple fundamentalmente dos funciones. Por un lado, intratextualmente, nombra el contenido de una obra y; por otro,  intertextualmente, comunica con el mundo.  En este sentido, todo título genera expectativas en el lector hacia aquello que este alude o promete. Así, es inevitable que la imagen occidental y tradicional del infierno, como un lugar de horror y sufrimiento fuera de este mundo, aparezca cuando leemos esta palabra. Pero lejos de esa arquitectura dantesca de una ciudad de muchos círculos donde se paga el pecado terrenal, vemos que en esta obra el autor intenta “domesticar” el infierno, porque no pretende relatar acerca de un más allá, sino de un más acá. En otras palabras, la infiernización de la vida cotidiana está aquí y ahora: sin grandes viajes metafísicos, sin grandes héroes ni ambientes sobrenaturales; este es simplemente prosaico, mínimo; pero igual es un infierno.

Luego de observar esta primera alusión irónica que se desprende del título, nos preguntamos si es posible definir la ironía. En tanto, es cierto que este concepto de la ironía, que ha sufrido múltiples interpretaciones a lo largo de la historia, es uno de los más movedizos y esquivos. En la retórica clásica era considerado solo uno más de los recursos estilísticos. Pero con el advenimiento del Romanticismo y de la literatura moderna, la ironía llegó a ser uno de los tropos que más caracteriza a una tendencia de la literatura contemporánea. Por ejemplo, para Stefano Arduini, la ironía está dentro del campo retórico de la antítesis y, junto con otras figuras como la paradoja, expresa la contradicción que define al hombre. Esta importancia se debe a que recién, en los últimos años, se ha entendido su complejidad y profundidad en el campo del análisis del discurso. Es decir, más allá de una simple interpretación semántica (la relación del enunciado y su referente), ahora se la estudia en el campo pragmático (situación comunicativa). De ahí que, siguiendo a Lauro Zavala, el análisis de la ironía supone la consideración de una simultaneidad de agentes: hablante, enunciado y escucha. En el caso de la ironía narrativa hablamos de autor, texto y lectura. Entonces, no existe ironía si no se establece, como dice Wayne Booth en su famosa Retórica de la ironía, cierta complicidad, una “afinidad de espíritu” entre el emisor y el receptor.

Entonces, observemos brevemente los seis relatos de este libro. En el primero, “El reencuentro”, observamos una historia de dos adolescentes que se reúnen para ir al cine después de tiempo. Ellas están libres, por fin, de las responsabilidades y del control paterno, para disfrutar de un día solas y sin que nadie las moleste. Sin embargo, este “reencuentro” se convierte en una pesadilla, por la presencia misteriosa de una mujer que rapta a una de las menores. “Perros” es un microcuento que expone un ambiente sórdido, donde un hombre obeso solitario y sin fe, se confunde con sus tres perros, a quienes les prepara la comida en una olla mugrienta. “El enemigo insólito” es un relato metaficcional, donde el protagonista, ávido lector de cuentos policiales, narra su propio e inminente asesinato, ofreciéndonos pistas de este crimen: “Mi muerte está hecha de palabras”. En “Juntos” vemos un matrimonio que, a pesar del gran esfuerzo que hacen por salvar su relación,  inevitablemente se rompe. “El beso” es un microrrelato que narra una inminente pelea entre hermanas por una herencia, pero, al final, una de ellas sonríe y le da un beso a su supuesta enemiga. Por último, “La corbata” relata la historia de un ejecutivo que odia las corbatas y que, al quedar en bancarrota, tiene que compartir  su departamento con una bella joven de la cual se enamora; pero, esta luego recibe la visita de un joven, que al parecer es su enamorado, quien lleva puesta una espléndida corbata, la cual al final regalará al protagonista. Uno de los mejores relatos en la obra de Valenzuela.

Ahora bien, en todos estos relatos predomina ese tono documental pero introspectivo que caracteriza las historias del autor. Es decir, si bien es cierto existe una mirada que ahonda en los rasgos psicológicos de los personajes, no se pierde esa relación objetiva con los aspectos sociales, ese realismo crítico que intenta diagnosticar nuestra crisis moral; no obstante, los otros registros que también encontramos, como la metaficción, el cuento policial y de misterio o las exploraciones en las microestructuras narrativas.

Sin embargo, como hemos apuntado al inicio, creemos que lo más destacado aquí es la presencia simultánea de la ironía, como un operador de sentido que recorre todo la obra. Pero también observamos que ella está imbricada con la elipsis y ambas se potencian. Esto porque toda ironía implica también una ruptura de la continuidad, una fragmentación del discurso, dejando así vacíos, silencios, que son propios de la estrategia elíptica. En efecto, siguiendo a Wayne Booth, podemos encontrar dos grandes tipos de ironía: las estables y las inestables. La primera, la encontramos en el contexto de la obra, esto es, está referida a la intención comunicativa del autor implícito que el lector recupera, pero dentro del campo semántico del texto. En cambio, la segunda escapa muchas veces a las intenciones del propio autor, y requiere de una competencia  sociocultural y de una perspicacia interpretativa del lector para reconstruirla.

En este primer nivel de ironía estable, encontramos relatos como “El reencuentro”, “El enemigo insólito”, “Juntos” y “La corbata”. Porque estos muestran cierta evidencia de la carga irónica que conlleva sus títulos; es decir, simplemente dan a entender algo distinto a lo que dicen: en el primero, el esperado reencuentro de amigas se convierte en una pesadilla; en el segundo, la misma búsqueda de salvar su matrimonio es la causa de su separación, y en el último, este objeto, que era tan odiado por el protagonista, termina siendo una prenda “apreciada”. En otro nivel, es decir, el de una ironía inestable, encontramos justamente a los dos microrrelatos: “Perros” y “El beso”. Aquí solo vamos a lanzar algunas interrogantes al respecto, ya que esta dimensión de la ironía se presta a múltiples interpretaciones. En el primero, nos preguntamos, ¿qué nos quiere decir esta historia del cocinero que ha perdido la fe en las palabras y en el otro, justamente en el contexto del boom gastronómico peruano, donde abunda el discurso feliz sobre el éxito? En el segundo, ¿este beso de Judas no es un símbolo para expresar las relaciones de hipocresía y cinismo que dominan las relaciones interpersonales de nuestra época?



De este modo, nos atrevemos a decir que la ironía en Infiernos mínimos es el principio estructurador que le confiere esta visión crítica, distante y escéptica del mundo. Pero detrás de ella, potenciándola, está la elipsis; en tanto, lo más importante en este libro es quizá lo que no se dice. Y, si bien es cierto existen relatos que son algo previsibles, como “Juntos” o “El enemigo insólito”, vale la pena ingresar a estos pequeños cuadros de horror, donde la maldad, el fracaso o la muerte adquieren distintas máscaras cotidianas. Finalmente, ¿no es irónico que un autor –uno de los más representativos de la Generación del 80, cuya época está siendo  narrada por una serie de novelas sobre la violencia política– publique, a contracorriente, una obra tan breve que, incluso, tiende hacia el silencio?


Jorge Valenzuela

Infiernos mínimos

Lima: Campo Letrado, 2014.



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“El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince



Por Lenin Pantoja Torres


“Lo que se escribe con sangre no se puede borrar” (p. 272), escribió alguna vez un poeta colombiano y, sin darse cuenta, sintetizó el contenido total de El olvido que seremos, la excelente novela de Héctor Abad Faciolince. Probablemente uno de los temas que más literatura ha generado es la relación padre-hijo. Pero, probablemente también, esta literatura se enfoca sobre todo en relaciones fragmentadas, acciones terribles y resistencias perniciosas, múltiples aspectos que solo intensifican, agravan o empeoran el vínculo afectivo entre padres e hijos. Contrario a esta variante, Héctor Abad Faciolince celebra, en clave novelística, la excelente relación que siempre sostuvo con su padre hasta el último instante de su vida, un momento doloroso no solo por la certidumbre de la muerte, sino por la forma que ese terrible suceso tomó. Se trata del hijo que se resiste al olvido, que se enfrenta al paso del tiempo a través de la escritura, que quiere perennizar la imagen de Héctor Abad Gómez, no solo la imagen de una persona amada, sino toda la dimensión afectiva que ese hombre representaba en un hogar cuya perfección desbordaba las fronteras físicas de su casa.

Esta novela reconstruye el modo particular en que ejercía la medicina Héctor Abad Gómez, una actividad que concebía no enclaustrada entre pulcras paredes blancas, pisos muy limpios y hombres más preocupados en la teoría de un oficio que comprendieron mal, sino como el conjunto de acciones no solo para enfrentar el mal en su representación física, sino para prevenirlo en el momento en que se origina, en el instante en que se planta la semilla que germinará todo el desastre. Sí, la medicina no solo se debe ejercer en un hospital, pensaba Héctor Abad, sino en los barrios más pobres, en el ambiente donde la pobreza de la gente permite la polución de todos los males. Hay que combatir las enfermedades con campañas de Salud Pública, ensuciándose las manos reparando las averiadas alcantarillas e instalando conexiones de agua potable que garanticen la pureza de la misma. Fue, precisamente, esa concepción del problema lo que llevó a Héctor Abad padre a encontrar el origen de los problemas de Colombia en la violencia que se desenvolvía en las calles, donde el más fuerte, el que poseía los medios, desaparecía toda aquella presencia que condenara la suya o que molestara o disuadiera sus proyectos. ¿Cómo enfrentar la maldad que encarnaba la violencia con los métodos inofensivos de un hombre librepensador, transparente y, en muchas ocasiones, ingenuamente confrontacional?, era una de las preguntas que no solo rondaba la mente del narrador, sino de su propio padre. Su decisión final, nada más cercana a la voluntad de un hombre de buena fe, lo llevó a la muerte.



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“La muerte del padre” de Karl Ove Knausgard


Apuntes sobre La muerte del padre

de Karl Ove Knausgard



Por Lenin Pantoja Torres


¿Qué es más arriesgado? ¿Un libro que ficcionaliza una historia que despierta el interés del lector por la naturaleza de la temática y el impacto real de los hechos o un libro que retrata acontecimientos cotidianos, miserias personales que solo son importantes para quien las vivió? De entrada, un texto que arriesga en el intento de universalizar lo cotidiano me parece más respetable. La muerte del padre de Karl Ove Knausgard es una referencia inmediata de lo que acabo de decir, pero no solo por esto, sino también por la honestidad y la valentía para narrar lo que se vio, lo que se vivió y lo que se sintió, en clave novelística, sin importar las consecuencias domésticas que podría generar.

La facilidad con que la novela despierta el interés y el compromiso del lector a partir de una historia que incide en las desgracias personales del protagonista es el gancho de la lectura. De alguna manera, uno piensa que esta historia ya no es del personaje central, sino nuestra, del lector que reconfigura y recondiciona la trama al extremo de adaptarla a su propia existencia. Se trata de la historia que todos hemos vivido, se trata de sentir el nivel superior del grado de empatía que produce el texto y se trata de encontrarse en la universalidad de las miserias humanas.

Quizá la sensibilidad de un escritor lo pueda llevar a ser consciente de lo que ocurre a su alrededor, lo pueda llevar a, más que entender la realidad, distorsionarla como un intérprete que percibe lo que quiere percibir, que entiende lo que quiere entender. Precisamente, ese grado de intimidad de la novela, esa crudeza en las sensaciones y los sentimientos ante la vida que se comparte con la familia y en especial con el padre nos lleva a reflexionar sobre la certidumbre de que no se puede evitar pensar en la figura paterna, que solo nos queda enfrentarla con todo lo que tenemos. Y, finalmente, en esos momentos límite, en la certeza de la pérdida física de quien nos dio la vida, está la clave de la comprensión, de la construcción de una verdad que quizá no se ajusta con lo que sucedió, pero que nos sirve para seguir viviendo.



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“Stop Kiss” de Diana Son, dirigida por Norma Martínez.


Por Romina Gatti


Callie es una chica de gran ciudad: entiende que el trabajo es un fastidioso e indispensable medio para pagar las cuentas, salir y comer bien; mantiene una relación abierta desde hace una década y una perspectiva bastante desapegada, cool, con respecto a los vínculos amorosos;  en suma, conoce  las zonas por las que hay que moverse y las que hay que evitar si una desea vivir cómoda, tanto en la ciudad, como en el edificio, como en una misma. Una noche, conoce a Sara, quien acaba de llegar de la pequeña St. Louis guiada por paradigmas contrarios: ha elegido su trabajo motivada por un afán de servicio; ha terminado una relación larga y comprometida por no considerarla lo suficientemente auténtica; está dispuesta a incomodarse en la indagación de la ciudad y de sí misma, movida por un intenso afán de (auto)descubrimiento.

Sus diferencias se huelen a leguas, y ellas perciben con claridad la distinta tonalidad de sus aromas, sobre todo cuando se trata de su divergente relación con otra protagonista de la historia, Manhattan,  una ciudad histérica, a la vez proveedora de grandes placeres y de grandes complicaciones, como la vida misma.  Para Sara, es obvio que a Callie solo le interesa explotarle  determinados recursos –como los restaurantes de buena comida- y que, en general, la evade como en su trabajo de reportera del tráfico, su mirada protegida de cualquier agresión en la burbuja de distancias que es el helicóptero. Callie nota, por otro lado, que Sara se entrega sin reservas a sus zonas más oscuras, como lo hace en su trabajo de profesora de un colegio estatal en el Bronx. Es esperable que miradas tan opuestas generen un  conflicto, pero la cuestión es que, cuando este estalla, le da la cara el cuarto protagonista –tal vez el lead absoluto- del drama: el buen amor, ese que ha ido colándose silenciosamente en cada encuentro, en parte motivado porque Callie se ha ido dejando contagiar de la fiebre de intensidad que tiene tomada a Sara.

Claro que esta intensión de darse hasta el final implica ponerse en riesgo, riesgo que se gesta en el corazón de la ciudad ambivalente, y que toma la forma de un extraño que agrede a las mujeres -lleno de aquella dislocada mezcla de deseo y desprecio que suele acompañar a la misoginia y a la homofobia -cuando ellas comparten su primer beso, con lo que  la tierna y auténtica apuesta de estas jóvenes se ve marcada por la agresión en el instante en el que se manifiesta.  No estoy arruinándole la historia a nadie, pues el drama va intercalando desde el principio escenas de la progresión del romance con lo que sucede al ataque: las entrevistas de Callie con la policía, la dinámica con el ex-novio de Sara y con George, su ex-pareja; la temprana y repentina confrontación con un mundo que procesa el suceso como un ataque homofóbico a una pareja de lesbianas. Cómplices de la intimidad de las protagonistas, los espectadores entendemos lo insuficiente que resulta cualquier etiqueta para aprehender la complejidad y la magnitud de lo que se ha gestado y de lo que se ha perdido, sobre todo.

Salvo en la primera escena, que en la función a la que fui me resultó un poco actuada, Fiorella Pennano y Lizet Chávez construyen con finura a la naciente pareja, revelando su sutil evolución. Chávez, sobre todo, que debe alternar constantemente entre el yo superficial, desenfocado y encantador de Lizet y uno más maduro y arrebatado por el carrusel de emociones al que  la exponen el progresivo descubrimiento de su inclinación por Sara y las consecuencias del ataque. Por su parte, Montserrat Brugué retrata con deliciosa contención a la enfermera de Sara y a la testigo del caso, una mujer heterosexual que la noche del ataque -en contraste con el amor floreciente de las jóvenes- espera en el insomnio a un marido que tal vez no llegará a dormir.  Eduardo Camino, el detective Cole, nos transporta brevemente a otro universo de complejidades: el de la impartición de justicia, no exenta de agresión hacia el que acaba de ser agredido. Rómulo Assereto y Nicolás Galindo nos permiten asomarnos a un tiempo anterior en la vida de las jóvenes, a relaciones medianamente satisfactorias que resaltan, en su mediocridad, el milagro del encuentro actual.

La acción transcurre en un escenario limpio, minimalista, con una cortina que parece estar allí solo con fines prácticos, para separar espacios, hasta que es alzada y devela su intención poética: las jóvenes se besan en la oscura inmensidad iluminada con furia por fluorescentes de los siete colores, como inmenso y furioso es su sentimiento. Callie y Sara tenían derecho a terminar en amor esa noche, cortada por la agresión fanática, enferma. Todos, sea en el New York de fines del XX o en el Perú de inicios del XXI, deberíamos poder terminar en amor hasta la última noche de todas.


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Crónicas neoyorquinas


What a Wonderful World


Por Pedro Moreno Vásquez

Luego de vagabundear por Central Park, retornaba a mi habitación agotadísimo. A continuación, me disponía a leer hasta pasada la medianoche. Cuando me agotaba, revisaba mi colección de películas. Luego de elegir una, la veía hasta quedarme dormido. Me adherí a esa rutina por tres semanas y media. Aunque de pronto, me preguntaba qué haría con mi futuro. No quería trabajar, es decir, no quería volver a traicionarme. No deseaba hacer nada. Solamente quería leer. Convencido, eso sí, que leer es el placer más excelso de esta vida. Esa era, pues, mi maldición: Leer y rehusarme a mover un dedo. Sólo unos cuantos afortunados se ganan la vida leyendo. Ese no era mi caso. De pronto me acosaba una ansiedad atroz. Ni la relectura de Schopenhauer ni las películas de Yasujiro Ozu me alentaron. Comencé a cuestionar el objetivo de la vida. ¿Para qué propósito vivir? ¿Para qué sacrificarse con tantos proyectos, si nuestra existencia es efímera, inestable y perecedera? Constaté que las preguntas más sensibles siempre nos catapultan al abismo. Fuí literalmente devorado por el tedio. Encarar el sinsentido de la vida es como suicidarse. En ocasiones debemos aferrarnos a cualquier ilusión, por más absurda que parezca. Toda fortaleza o madurez no se equipara al poder inasible de una ilusión. Yo cometí el desliz de ignorarla. Me imaginaba entonces adquiriendo una soga, para colgarla del techo. En esas horas lúgubres, la idea del suicidio no parecía tan descabellada. Por el contrario, me parecía un recurso legítimo, una salvación, una liberación.

De pronto, mi celular volvió a timbrar.

En esas semanas, Liliana no cesó de llamarme. En mi primera columna develé como conocí a Liliana, viajando en el tren Metropolitano. En aquella ocasión tuvimos una charla, bebiendo unos capuccinos en un café de Starbucks. La personalidad de Liliana me impresionó. Era aguda, inteligente y desplegaba un lenguaje elaborado. Había abandonado sus estudios de derecho en El Salvador y, tras una dantesca travesía por la frontera, se instaló en el barrio de Harlem. Se hospedaba temporalmente en el departamento de una amiga. Aunque su amiga no le cobraba por el hospedaje, Liliana no se hacía ilusiones. Sabía hasta que límites se podía desgastar una amistad, y pronto tendría que abonar la renta. Aquel prospecto la angustiaba, ya que ninguno de sus planes se concretó. Habían pasado tres semanas y aún no había conseguido empleo. Su esperanza se había ido desvaneciendo en cada entrevista de trabajo. Aquella vez Liliana me mostró el currículum vítae que presentó en sus entrevistas. Le sugerí que lo rehiciera de nuevo. Si su inglés era incipiente, su currículum debía compensar tal desventaja. Al verla tan desalentada, ofrecí ayudarle.


Fue así que las llamadas de Liliana disiparon mis neurosis. Días después, nos reunimos en el parque Marcus Garvey, en el norte de Manhattan. Portando mi vieja laptop, nos sentamos en una banca y rehicimos su currículum. Yo había renunciado a mi trabajo, y Liliana intentaba encontrar uno. Después de bregar en el averno corporativo, yo tenía una idea de cómo irrumpir en el mercado laboral. Le indiqué a Liliana ciertos requisitos, es decir, las cualidades para ser un buen empleado.

“¿Cómo ser un buen empleado? Liliana, tienes que demostrar capacidad y una actitud responsable. Debes trabajar con un horario flexible, y sobre todo, trabajar muy duro. Trata de mejorar la comunicación en la compañía. Crea sistemas que sean más prácticos, rápidos y menos costosos. Asume tareas que tus jefes no esperen de ti. Sorpréndelos. Por otro lado, tienes que mejorar tu currículum. Agregar alguna de tus habilidades. También deberías crear un perfil profesional en las redes. Como en LinkedIn, por ejemplo. Con eso, tendrás mejores oportunidades” le decía a Liliana, mientras tipeaba frenéticamente.”

Mientras corregía el currículum vitae, en lo profundo pensaba…

(….Monólogo interior (mundo paralelo) ¿Cómo ser un buen empleado? Primero, la ceguera, y si eso no funciona, la sumisión. La primera condición es fácil. Muchos viven ajenos a lo que sucede alrededor, hermetizados en su burbuja. Una burbuja, que es fruto del indoctrinamiento al que fuimos expuestos al nacer. Por eso hay muy poca gente lúcida. Lo cual es comprensible, ya que la lucidez es un don infernal que te aniquila lentamente. Sólo los lúcidos perciben el pavoroso valle de lágrimas en el cual vivimos. Por ello algunos terminan perdiendo la razón, en un manicomio, otros se deprimen severamente, en un sanatorio, otros se vuelven radicales, en una prisión, y los más valientes acaban bajo tierra, víctima del suicidio. Esas son las posturas que los lúcidos suscriben para soportar la vulgaridad que los rodea. Son formas de reivindicarse, de no traicionar su esencia, y no embarrarse con la convencionalidad del mundo. La segunda opción, la sumisión, es remedio de las masas. Adocenarse con la recua y ceñirse a los dictados de la autoridad. Anular tu sentido crítico para, finalmente, insertarte a la esfera moderna.

¿Y cómo? Infectándose con el virus (estamos progresando, hombre), inoculado por la cultura y reforzado por la tecnología y demás medios masivos. Reducir la percepción popular, para que ésta se enfoque en la banalidad. Pues los liberales saben que no hay nada más rentable que idiotizar a la población, (ya no a través de la ignorancia), sino a través de la sofisticación. Sí; es posible ser un ciudadano loable y a la vez carecer de toda dignidad. Enterarse del genocidio en la República Centroafricana sin que aquello nos inmute. O espectar las imágenes de palestinos sepultados bajo los escombros, para luego vivir sin la menor turbación. Ya que esta disparatada civilización fue fraguada así, para que un ciudadano sea menos perspicaz, menos sensible, menos auténtico y menos honesto que un niño de cinco años. Pues mientras más útiles seamos a esta sociedad, mas inútiles nos volvemos para incentivar un cambio.


Mientras tanto, persiste esta parodia donde la mediocridad, el egoísmo y el conformismo son las recetas para triunfar. Conformar un mundo autómata, obsesionado con el materialismo y el entretenimiento, y al diablo lo demás.  Sigamos enalteciendo este circo, que también es una prisión, llamándola sociedad: una estructura que, como diría Pessoa, corrige las cuestiones superficiales pero agrava los dilemas más fundamentales. Este mundo “globalizado”, donde cada veinte segundos alguien muere víctima de una enfermedad fácilmente curable. Esas son algunas perlas de nuestra época, la era del fundamentalismo. Y no me refiero al fundamentalismo yihadista, aquella bête noire que todos repudian. Me refiero al otro fundamentalismo que ha causado ya tantos perjuicios, el fundamentalismo del mercado, aquel Dios nefasto que todo resuelve y al que nadie puede ni debe cuestionar. Ya que esta modernidad es fruto de una secta fanática que desdeña la lección más meridiana: que no sólo de pan vive el hombre. El platónico rey filósofo agoniza en un muladar, y fue reemplazado por los reyes mercachifle. Estos bufones arraigaron un consenso que niega la esencia infinita, multifacética y maravillosa del ser humano. Pues la humanidad fue insensibilizada desde todas las perspectivas, para ser arrojada a una caverna, en donde están condenados a trabajar, formar una familia y encadenarse a una parafernalia electrónica. Una caverna monolítica en donde todos hacen, dicen, producen y consumen lo mismo. En algún punto nos desligamos de nuestro destino. Miles de años luz nos distancian ahora de éste. Aquel ser humano infinito y trascendental es ahora una sombra abyecta, un grotesco espantapájaros.

Liliana, desde la perspectiva de un propietario, los trabajadores sólo somos unas marionetas. Ante todo entiende que, a pesar de los elogios del empleador, sólo somos eso: unos títeres desechables. Sin embargo, esto no debe desmoralizarte. Para sobrevivir, debes asumir el papel con resignación, hipocresía y sin amargura. En otras palabras, debes modernizarte. Que siga la farsa, entonces. Es necesario que entiendas esto: vivimos en un mercado laboral. Mercado. ¿Entiendes? El sistema nos ha convertido en mercancía. Todos fuimos transformados a un equivalente numérico. Ante los ojos del economista, sólo somos eso: un producto en el escaparate. Y también tenemos un precio. Un precio que siempre debe reducirse, pues las leyes del mercado así lo exigen. Un empresario jamás adquirirá un producto sin antes conocer su utilidad. Por eso, para hallar un empleo, debes seguirles el juego. La promoción, la difusión, el marketing. Aunque suene superficial y exhibicionista, tu éxito dependerá de la imagen que proyectes. Recuerda que la mercancía que no se promociona es descartada. Debes promocionarte, entonces. Veo que no has escrito tus cualidades en tu currículum vítae. Tenemos que añadir algo. Tú dirás, ¿acaso un currículum plasma lo profundo de tu experiencia, tu conocimiento o tu esencia? Y yo diré, claro que no. Es un documento hueco, pero muy respetado por nuestra hueca sociedad. Sería bueno también que crearas un perfil profesional en las redes. Esos detalles son útiles. ¿Alguna vez has oído hablar de LinkedIn? Actualmente, es el escaparate por antonomasia. El website predilecto de los empresarios en busca de productos, o mejor dicho, empleados. Vale, la función debe continuar. El circo también se expandió en toda la web…….)

Supuse que el currículum que le hice a Liliana no sirvió de mucho. Pero me equivoqué. Poco después, Liliana había recibido cuatro e-mails y dos llamadas para concertar una entrevista. Una noche, Liliana me llamó en estado eufórico. La habían contratado como secretaria, en una oficina de seguros, en el Bronx.

Semanas después, a modo de agradecimiento, Liliana me invitó a cenar en un restaurante. Mientras un mozo ghanés nos servía un vino, Liliana me contó que su jefe había quedado anonadado con su diligencia. Inclusive, éste tenía planeado inscribirla en un curso de inglés. Con su primer sueldo, Liliana había podido pagar su renta, y además, enviar dinero a su familia. El entusiasmo de Liliana era contagioso. Admirar su sonrisa franca fue lo mejor que me ocurrió en semanas. Al despedirse, me abrazó efusivamente y me dijo: Gracias, Pedro.

¿Qué habría pasado si le habría dicho a Liliana lo que pensaba? Probablemente se habría horrorizado con mi cinismo. Pero, gracias a mi silencio, Liliana parecía muy contenta. Me reconfortó mucho verla así. Es increíble las maravillas que uno consigue ocultando lo que siente. Es como si la sociedad fue diseñada exclusivamente para que uno se niegue a sí mismo.

Una sofisticada caja de engranajes.

Qué maravilloso mundo moderno.

Días después, caminando por Madison Square Garden, divisé a un mendigo que sostenía un enorme cartel. Aquel decía: “Necesito dinero para comprar cervezas, marihuana y prostituta. Oye, por lo menos te estoy siendo sincero.”


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Entrevista a Carlos Fonseca


“En el siglo XXI ya no podemos creer en genios,

pero sí en Don Quijotes”


El joven autor latinoamericano acaba de publicar Coronel Lágrimas (Anagrama), su primera novela.


Foto: Claire Newman Williams


Por Jack Martínez Arias


Carlos Fonseca tiene veintiocho años. Nació en Costa Rica, pasó parte de su infancia y  adolescencia en Puerto Rico y fue a la universidad en los Estados Unidos. Se doctoró en literatura latinoamericana (Princeton) y ahora vive en Londres. Tal vez por ese recorrido vital, tal vez no, Carlos Fonseca se atrevió a construir un personaje que quiere “escribir la historia universal en clave íntima”. Tan genial como delirante, este personaje es un anciano que lleva algunos años desconectado del mundo, viviendo en algún punto de los Pirineos y emprendiendo una tarea monumental: narrar su vida en relación con los eventos históricos más determinantes del siglo XX (o viceversa): la Revolución de Octubre rusa, la Guerra Civil de España, Mayo del 68… Pero esa escritura no es convencional, es—como reza la contratapa—una narración que reduce la historia política mundial “a unas cuantas citas, a unas cuantas imágenes, a unos cuantos instantes”. Lo que quiere el coronel, el protagonista, es “cifrar la historia”. Esto último no sorprende cuando nos enteramos que dicho personaje, en su juventud, fue un notable matemático (en la novela, Fonseca hace una recreación libre de la vida del matemático francés Alexander Grothendieck).

Carlos Fonseca, quien también quiso ser matemático alguna vez (se interesó por la lógica matemática, luego por la filosofía y terminó siguiendo a la literatura), debuta así en las letras hispanoamericanas. Y lo hace a lo grande. Coronel Lágrimas (Anagrama) se ha publicado con una de las casas editoriales más importantes de nuestro idioma. Fonseca confiesa que esto significa un gran paso en el despegue de su carrera. También dice que se formó como lector siguiendo el catálogo de la editorial española. Bolaño, Vila-Matas, Piglia, son solo algunos de los nombres que menciona cuando le pregunto al respecto. Fue Ricardo Piglia, precisamente, con quien se topó en la Universidad de Princeton. Según cuenta Jorge Herralde, mítico editor de Anagrama, el escritor argentino, al conocer el trabajo de Carlos Fonseca consideró que se trataba de “su alumno más brillante”. El alumno responde que al llegar a la universidad no se imaginaba lo que iba a aprender del maestro (así se refiere Fonseca a Piglia) y tampoco fue consciente de la influencia de éste cuando concebía Coronel Lágrimas. “Mientras escribía la novela sentía que estaba escribiendo algo muy distinto a lo que escribe Ricardo Piglia. Y, sin embargo, recientemente, cuando tuve que releer la novela para corregir erratas, me encontré con su huella muy presente, aunque cifrada y tal vez un poco secreta. Fue una experiencia muy bonita. Nunca sabemos cómo nos influencia el maestro. No hace falta decir que lo aprecio muchísimo. Profesores como él, muy pocos, por no decir, ninguno”.


Coronel Lágrimas

Así nació la novela de Fonseca, bajo la influencia de autores fundamentales y sobreponiéndose a otra novela, a una que el autor venía trabajando previamente. Porque uno no siempre escribe lo que planea sino lo que necesita. Fonseca, escritor que se describe como metódico, iba fabricando otra historia, “una más larga y melancólica, más visceral, hasta que de repente me cansé y decidí escribir esta novela (Coronel Lágrimas), más juguetona, más alegre en cierto modo. Fue raro, escribí la novela como en un golpe de alegría, así que la escritura fue espontánea y muy aleatoria. Tal vez esta dinámica al momento de escribir se pueda ver en la fragmentación de las partes o en los juegos. Eso es algo raro, repito, usualmente no escribo así ni tan rápido. Coronel Lágrimas me tomó nueve meses”. Por supuesto, como siempre pasa con la literatura, no existe una relación directa entre un breve o largo proceso de escritura y la calidad del producto final. La novela de Fonseca, en ese sentido, fue escrita de un tirón y al mismo tiempo ha llegado a ser tan compleja como profunda, coherente e inteligente. Así, al abrir el volumen, el lector se encuentra con anécdotas curiosas del personaje y, al mismo tiempo, respira la atmósfera de contextos históricos trascendentales del siglo XX. La novela de Fonseca nos confronta con un sabio ermitaño, el coronel, el mismo que se propone hacer la “gran historia” con “hechos mínimos”. Ese transformar la manera en la que se transmite la información, dice Fonseca, tiene que ver con “nuestra época de sobresaturación informática.” El autor compara, entonces, la forma en la que aparece la información histórica en el libro con la manera en que nosotros, hoy en día, accedemos a la información a través del internet. “El que entra en Wikipedia sabe muy bien el placer que nos puede dar brincar de un artículo a otro. Es nuestro enciclopedismo moderno. Creo que la novela intenta narrar ese paso casi imposible, hoy día, de la pura información a la experiencia. ¿Cómo llegar de la información a la experiencia, del capricho informático a la experiencia vivida? La historia aparece entonces en dos formas, como mero dato informático y como experiencia. El coronel es, pues, el que intenta juntar las dos estructuras, la vida cotidiana y la vida histórica. Al fin de cuentas, la novela narra algo muy sencillo: un día en la vida de un anciano”. Y entrar al libro de Carlos Fonseca es, de alguna manera, entrar en esa dinámica parecida a la del internet, pues entre las narraciones nos encontramos con fragmentos que, a modo de datos tomados de Wikipedia, irrumpen en la historia. Le digo a Carlos que esa estructura se asemeja también a la de los hipervínculos que nos permiten saltar de un espacio a otro en la red, de una información a otra hasta el infinito. Le gusta la idea. “Es verdad que todos los fragmentos que aparecen como datos, tienen algo de esa estructura del hipervínculo. Del dato caprichoso y fortuito. Quería, ahora me doy cuenta, hacer una especie de crítica de esa especie de decadentismo informático actual, en donde a veces consumimos información desenfrenadamente sin ver hacia donde nos lleva. El coronel es un personaje, a veces siento, que tiene mucho de esos personajes decadentistas de las novelas de fin de siglo XIX. Creo que la apuesta política de la novela iba por hacer una crítica de este consumo indiscriminado de información.” Porque Carlos Fonseca considera que la información producida por la red está cada vez más separada de la experiencia: “Con ironía, nos rodeamos de datos y de esa forma nos apartamos de la experiencia. Narrar es una forma de juntar estos dos polos opuestos. Retomar la experiencia ya no simplemente peleándose con la información sino a través de ella”.


Historia universal, latinoamericana, íntima (o viceversa)

Leer Coronel Lágrimas me hace pensar en algunos testimonios latinoamericanos en un único sentido: libros como Biografía de un cimarrón (Barnet 1966) relacionan o alternan el relato de la vida del protagonista con la “vida” de la nación o de la región que éstos representan. Es decir, insertan la historia personal en una historia más amplia. Tras este comentario, Carlos Fonseca añade que, para el caso de su novela, el ámbito más amplio no sería ya el nacional, sino el global. El marco contextual es la Historia oficial construida por la Europa del siglo XX: la revolución de Octubre, la Guerra Civil Española, el Mayo del 68… Una Historia en la que, sin embargo, Latinoamérica no parece relevante. “En esa historia faltaba, sin embargo, un punto fundamental. Para mí, el más importante: América Latina. Fue ahí que imaginé ese segundo protagonista que poco a poco gana relevancia. La contraparte latina del Coronel: Maximiliano. Una suerte de hombre común que interrumpe y desvía la conciencia del protagonista y lo fuerza a pensar en otras geografías. En ese sentido, esta novela es una especie de inversión del paradigma de los testimonios. Acá se trata de desviar la Historia oficial hacia América Latina, se trata de incomodar a Europa.” Y a mí me parece que esta idea puede llevarse un poco más allá hasta sugerir que Coronel Lágrimas no solo inserta América Latina en la Historia oficial sino que, en una dirección diferente, también se incorporan ambas historias (la global y la regional) en la íntima, en la del coronel. Es decir, de forma inversa a la del testimonio, aquí no se trata de incorporar la vida íntima del testigo en la historia global, sino que la dirección es contraria, se trata de incorporar la gran historia global en la historia íntima del personaje. “Me parece muy sugerente esa idea de llevar la historia oficial hacia el plano de lo íntimo. Es tal vez esa tensión entre lo público y lo privado, entre la historia y lo íntimo, lo que produce, creo yo, cierto tono tragicómico a través de la novela. El coronel habrá atravesado la historia oficial, pero igual le toca ir al baño, recordar a las mujeres que amó, bailar un poco… Los placeres menores. Algo tiene la novela de esa foto en la que Borges aparece riéndose con un plato plástico en la cabeza. El erudito también tiene intimidad y ahí también hay comedia.” Fonseca menciona a Borges y traer al genio argentino a la conversación es inevitable. Más aún si en Coronel Lágrimas se puede encontrar a un protagonista que, como Borges en sus cuentos, apunta anécdotas históricas que son difíciles de falsear sin consultar las enciclopedias, pues el lector generalmente no está en la capacidad de afirmar, negar o contrastar estos datos. “Siempre sentí, mientras escribía la novela, que el coronel era una especie de Borges de fin de siglo XX. Sentía que Borges se había convertido en una especie de emblema para el enciclopedismo caprichoso en el que vivimos. Así que la novela es cierto ajuste de cuentas con esa enorme figura ambivalente que es Borges. El que negó la vida por los libros. Por otra parte, el otro referente que tenía era Bouvard y Pecuchet, ese gran libro póstumo de Flaubert en donde dos ancianos se dedican, con mucho humor, a experimentar con el conocimiento universal. Borges, creo, fue un gran lector de esa novela”.



La escritura como acto obsesivo

El Coronel reúne una serie de características que a primera vista parecen muy particulares. Es un anciano, es ermitaño y matemático, tiene síntomas de locura, delirios. Me pregunto si Carlos Fonseca considera que hay una relación directa entre esas características y la obsesión por la escritura. El autor responde que para él el gran protagonista de la novela moderna es el obsesivo y cita a Don Quijote, Moby Dick, Bouvard y Pecuchet, Absalom, Absalom! “Dedicarse a escribir una novela requiere aislarse, obsesionarse con la trama y con cierto estilo. Creo que eso se refleja en la picaresca del coronel. Sin embargo, no quería caer en la trampa del relato de genio tan usual hoy día. El coronel habrá sido un gran genio, pero intenté alejarme del retrato del genio acechado por su locura. No se trata de una mera tragedia, sino de algo que juega con la farsa. En el siglo XXI ya no podemos creer en genios, pero sí en Don Quijotes”. Carlos Fonseca, en ese sentido, construye un obsesivo contemporáneo. Y para hacerlo, emplea una serie de técnicas que convierten al lector en espectador. No por casualidad el inicio de la novela es el siguiente: “Al coronel hay que mirarlo muy de cerca. Acercarse hasta el punto de la molestia, hasta verlo pestañear en cámara lenta con ese rostro juvenil pero cansado que ahora vuelve a arrojar sobre la página” (13). La novela tiene una fuerte carga visual y Carlos Fonseca me explica por qué: “Fíjate, la novela surge de una manera extraña. Un día me levanto y escribo el primer párrafo: en donde ese efecto visual de close-up que mencionas está muy presente. A partir de ahí me dije: bueno, ya tengo una suerte de retrato del protagonista, ahora me toca escribir su historia. Lo visual, la idea del retrato, del esbozo, estuvo muy presente a través de toda la escritura. A veces sentía que se trataba de hacer un retrato de un mismo hombre desde todas las perspectivas posibles, algo parecido a lo que hicieron los cubistas en la pintura. Es tal vez una de las cosas que me gustan más de la novela, ese efecto de caleidoscopio”. Fonseca describe así su forma de narrar, usando la misma palabra que Ricardo Piglia usó para elogiarla: “La ópera prima de Fonseca tiene la forma de un caleidoscopio verbal intrigante e inolvidable”. Creo que no hay mejor forma de describir, en una línea, la naturaleza de Coronel Lágrimas. Y para terminar le pregunto a Carlos Fonseca, tras su debut literario, cómo se inscribiría él y cómo inscribiría su obra en el panorama latinoamericano contemporáneo. “Me parece que se están escribiendo cosas buenísimas. En el Perú, por ejemplo, he leído escritores que admiro mucho, como Francisco Ángeles o Jennifer Thorndike. Ahora mismo tengo muchas ganas de leer también tu novela, Bajo la sombra, de la que he recibido excelentes comentarios. Entonces, lo que veo es que muchos escritores de nuestra generación, la de los escritores nacidos en los ochenta—como Diego Zúñiga, Valeria Luiselli, Luis Othoniel, Diego Azurdia o Laia Jufresa—están interesados en pensar cómo narrar más allá de eso que se ha llamado las ficciones del yo, o la auto-ficción. Es algo que interesa mucho: el regreso de la figura del narrador. Pero personalmente, no sé muy bien hacia dónde va la cosa”. Terminamos la conversación refiriéndonos a otra novela que Carlos Fonseca ya viene trabajando. Confiesa sentir algo de presión con respecto a lo que publicará en el futuro y con respecto a la recepción de Coronel Lágrimas. Pero confía en estar avanzando por el camino correcto: “Tengo la suerte de que ya estaba escribiendo otra novela antes de comenzar Coronel Lágrimas, por lo cual ya tengo una base bastante formada para la escritura. La otra novela es un proyecto distinto, más extenso y menos barroco. Más metido en contar una historia. Pero igual, con los mismos personajes obsesivos, las mismas cartografías globales, pero estaba narrada desde una América Latina alucinada”.



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Reseña a “Almanaque” de Christian Solano


La vida puede ser breve


Por Leonardo Cárdenas


Tal como en el mundo existen la verdad y la mentira, existen, en literatura, el artificio y la vida. Un lector joven suele interesarse por el artificio, el recurso técnico que lo sorprende y sin duda lo lleva a pensar: “este autor es muy ingenioso”. Algunos lectores crecen, aumentan lecturas y buscan a los maestros del ingenio. Otros lectores crecen, aumentan lecturas y, en algún momento, descubren que el recurso técnico, aquel malabarismo que desafiaba su ingenio, ha perdido importancia. Un lector así sonríe frente a los ilusionistas y los entiende, pero al final los olvida. Su memoria ha sido, en cambio, poblada por escenas mínimas, tal vez sencillas, con un esplendor magro que sin embargo ha conseguido deslumbrarlo. En ellas hay algo más allá de la técnica. Algo terrible o conmovedor, algo a partir de lo cual un hombre entendería a otro hombre en cualquier lugar y momento. Esa es la vida.



La fábrica de microrrelatos, estas últimas décadas, nos ha brindado algunos nombres capaces de sorprendernos con algún truco sacado del sombrero. Es casi una regla que el microrrelato tenga que seguir esa senda poco memorable del ingenio. Es por eso que, muchas veces, me he acercado a los libros del género con cierta desconfianza y los he cerrado a las pocas páginas convencido de que no había algo ahí que me hablara (por supuesto, también he disfrutado con la lectura y creación de aquellos universos mínimos). No desmerezco a los lectores del género, quienes saben mucho más de él —y, probablemente, también de literatura— que yo.

Hablemos de Christian Solano. Este escritor limeño, graduado en Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Perú y miembro de antologías como Circo de pulgas (editada por Rony Vázquez, en Perú) y Ballenas en hormigueros (editada por Ojo de pez, en México), publicó en 2014 su primer libro, Almanaque, un conjunto de microrrelatos editado por Micrópolis, sello dedicado al género breve.

Almanaque está dividido en doce partes, como un almanaque. Cada una de las partes tiene una pequeña cantidad de microrrelatos que, la mayoría de veces, comparten una temática clara. En conjunto, el libro puede ser descrito como una miscelánea y la variedad es uno de sus puntos fuertes. Es verdad que muchos de los relatos sorprenden por el ingenio de los juegos de palabras y los finales sorpresivos. Es también cierto, como dice la contratapa de la edición de Micrópolis, que Christian Solano no comete el más imperdonable de los errores de un narrador de cuentos: la falta de tino en la elección de las palabras precisas, algo crucial en un género donde la elipsis y la participación del lector deben funcionar como un reloj.

Otra verdad: hay cuentos que podrían haberse trabajado más o incluso haberse suprimido. Los lugares comunes son un problema que deforma la literatura. Hay que tener verdaderas agallas para intentar decir algo nuevo sobre temas que la mayoría de autores ha transitado ya. Trabajar una imagen nueva, capaz de perturbar, en tan poco espacio, no es una tarea fácil para un escritor que ha leído mucho. Tampoco es una tarea fácil para el lector aceptar el reto de creerla. La falta de esfuerzo lleva al lugar común, un espacio que debe ser exorcizado por todo escritor y que también se vislumbra, en el caso de Solano, al momento de imitar “formas de hablar”, pues, salvo en el logrado “Noticia de último minuto”, cae en coloquialismos incómodos, cuando su mayor virtud es la neutralidad, en algunos casos, o el sarcasmo.

Tampoco puedo pasar por alto la cursilería en el tratamiento del tema amoroso. Hay muchas frases que podrían ser efectivas en una conquista amatoria, pero que quedan mal cuando se ven impresas en una publicación literaria. No se puede leer “… sólo necesito decirlo para ser feliz y quiero que tú también lo seas” (“Misterio sin resolver”, p. 48) sin evocar un catálogo innumerable de películas y libros que han parafraseado la misma idea hasta el cansancio. Lo mismo sucede con algunos pasajes de la quinta parte, “Estudios generales”, aunque no sean tan evidentes.

Lo mejor del libro es un grupo de cuentos, desperdigados en varias de las secciones, que realmente actúan como mecanismos que mueven algo en el lector. Esto gracias, no hay duda, a las lecturas que lo han nutrido: en algunos casos Kafka y en otros  Cortázar y Borges —aunque a nuestro autor le va mejor por la senda del primero—. Gracias también, claro, a la poética del autor, que no limita su escritura únicamente a los juegos e intenta comunicar algo vital como quien lanza a otro una cosa que le quema las manos. Es el caso de una historia tan tierna como la de “Recuerdos”, misma que, a su vez, podría representar una forma de la crueldad. Es precisamente esa ambigüedad la que le permite erigirse como uno de los mejores momentos del libro. Pero es la sétima parte, dedicada a cuentos que tienen que ver con el ambiente familiar, la que presenta mayores aciertos. Aunque todavía cuenta con algunos relatos prescindibles, estos quedan opacados por textos como “Cuando duermen”, “Enfermedad” o “Enseñanza materna”, cuyo encanto radica en que no pretenden nada, no atacan al lector con una intención (o la ocultan bien, en todo caso). Son cuentos que muestran sin buscar demostrar y esa sinceridad juega a su favor.



Aunque este sea un primer libro y presente algunos errores típicos de una ópera prima, se puede decir que el autor ha publicado estos relatos con plena consciencia de su capacidad literaria. Gracias a aquel grupo de buenos cuentos, el volumen no parece, pues, hecho con el afán de ganar una publicación más para la hoja de vida, sino con el orden que dicta una vocación, un oficio. Christian Solano es un escritor con errores, incluso con errores notorios, pero tiene oficio, esa cualidad que permite a un autor madurar con el tiempo para, finalmente, encontrarse.

Christian Solano

Almanaque

Lima: Micrópolis, 2014, 114 páginas.


Aunque este sea un primer libro y presente algunos errores típicos de una ópera prima, se puede decir que el autor ha publicado estos relatos con plena consciencia de su capacidad literaria. Gracias a aquel grupo de buenos cuentos, el volumen no parece, pues, hecho con el afán de ganar una publicación más para la hoja de vida, sino con el orden que dicta una vocación, un oficio. Christian Solano es un escritor con errores, incluso con errores notorios, pero tiene oficio, esa cualidad que permite a un autor madurar con el tiempo para, finalmente, encontrarse.
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