Crónicas neoyorquinas
Monday May 06th 2013, 9:22 am
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Columnas
Preludio
Por Pedro Moreno
Después de trabajar por seis años en una corporación de manufactura, un día le informé al director ejecutivo que renunciaría en un mes. El buen hombre se sorprendió, y luego de acomodarse en su asiento, me preguntó el motivo. Le dije que necesitaba un descanso y que planeaba mudarme a Nueva York por un tiempo. El director sonrió y supuso que le bromeaba. Me dijo que viajaría a Londres para participar en un simposio, y que hablaríamos del asunto muy pronto. Cuando regresó de su viaje, el director imaginó que yo había olvidado “esa idea disparatada de renunciar”. Con el transcurso de las semanas, percibió la seriedad de mi decisión y comenzó a impacientarse. ¿Qué le sucede a ese muchacho?, ¿va a renunciar a su puesto con tanta ligereza?, ¡lo habíamos entrenado para largo plazo!, le comentó a los miembros del directorio. Ese mes recibí la visita de los jefes de distintas áreas preguntando si en verdad renunciaba.
La corporación poseía una inmensa planta de producción en Washington D.C. cuyo personal constaba de ochocientos empleados, además de otras dos fábricas menores en los estados de California y Carolina del Norte, en donde laboraban quinientos empleados más. Empecé a trabajar en aquella corporación como peón de fábrica, para luego convertirme en obrero, puesto en el cual realicé una extrema labor física. No exageraría al decir que en muchas ocasiones me sentí como una bestia de carga. Y figurativamente lo era, pues el trabajo era físico, nada intelectual. Yo, al igual que mis colegas de área, sólo recibíamos órdenes y nuestra opinión no valía nada. Eran jornadas de ocho horas en las cuales nos sometían a intensas tareas, levantando pesadas cajas y piezas de maquinaria, en una atmósfera ruidosa que siempre olía a grasa y aceite. Diariamente, sentí que ingresaba al gimnasio de un cuartel, en donde nos forzaban a levantar varias pesas y barras, y aquel que se rehusaba era despedido en un santiamén. En los tres primeros años, debí ausentarme unas cuantas veces, aquejado por un crónico dolor de espalda.
Sin precisar cómo, a partir del tercer año, ascendí de posición. Me asignaron como jefe de equipo, y seis meses después ascendí al rango de supervisor. Honestamente, no creo que mi ascenso en la empresa se haya debido a algún mérito propio. Al contrario, mi ascenso se debió a lo opuesto: la falta de mérito. Me convertí en un “empleado responsable”, es decir, me convertí en un adocenado, una marioneta que se movía bajo el capricho despótico de mis superiores. Permití que me impusieran unos horarios prolongados y unas altísimas cuotas de producción. Aprendí a decir “Sí, señor” a todo, a explotar a mi equipo, a exigirles duras tareas, y lo más grave de todo, aprendí a disciplinar a los obreros ineficientes. Con la claridad otorgada por el tiempo, ahora comprendo que me dejé lavar el cerebro. Memoricé y repetí el slogan predilecto de la gerencia: “Lo importante es la producción y las ganancias, señor, lo demás puede esperar”.
Siempre pensé que aquel lema que dicta que “vivimos en un mundo gobernado por los salvajes y agresivos” era un vacío cliché, una excusa urdida por los mediocres para justificar su desidia o fracaso. Pero después acabé por desengañarme. Descubrí que en ocasiones aquel cliché era una verdad profunda. Una realidad que viví primero como empleado, al ser maltratado verbalmente por mis superiores, y luego como supervisor, al manipular a los empleados de mi área. Bajo la presión de la gerencia, llegué a perder la brújula y atravesé un proceso de deshumanización que se agudizó con el poder que me otorgaron. En algún momento, debí perder mi humanidad, ya que pronto mis superiores me integraron a su círculo, a sus conferencias y paseos por la fábrica. Al año siguiente, me asignaron a una cómoda oficina, con ordenador y fax incluidos.
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A partir de entonces, comencé a cuestionar mi rol en esa corporación. Cada persona posee un mecanismo de autoengaño, una creación de falsedades que nos forzamos a creer para alcanzar una conciliación interior. Esta realidad alterna fue el sendero que por desgracia emprendí. Aunque el puesto de supervisor tenía cierto grado de jerarquía, yo no gozaba de ningún privilegio. Era una posición intermedia, que servía de mediadora entre la directiva y los empleados. Mi única función era recibir órdenes y ponerlas en efecto con el personal a mi cargo. Debo confesar que fuí muy drástico con el equipo, y en ocasiones me excedí; pero me justificaba con la excusa que la eficiencia del departamento era un precio justo a pagar, para luego obtener algunas concesiones que beneficiarían a los empleados, pues en aquella planta había muchas cosas por arreglar. Además de la atmósfera impura, me fastidiaba que los empleados laboraran con herramientas arcaicas que mermaban su seguridad y triplicaban su esfuerzo. Por ello, propuse en varias reuniones que la adquisición de dispositivos electrónicos facilitaría el trabajo y mejoraría la seguridad de la fábrica. Sugerí que debíamos innovar las computadoras y el software, pues ambos retardaban los procesos y agotaban a los empleados. Además, el sistema de ventilación, calefacción y aire acondicionado eran inadecuados, y causaban problemas de salud en el personal. El directorio acordó que “estudiaría el caso, evaluaría las propuestas y emitiría una decisión pronto”, una frase que en verdad significaba que “el asunto importaba un rábano y era mejor no volver a tocarlo”. La directiva usaba un lenguaje abstracto, cargado de tecnicismos, en el cual jamás se hablaba la verdad directa, sino que te daban pistas para que uno la intuyera. Demás está decir que fue complicado acoplarme a tales tecnicismos y a veces debí fingir que los comprendía. Pero desde un principio entendí que mis propuestas habían sido descartadas. Con mi terquedad innata, insistí en varias ocasiones hasta que, meses después, luego de una reunión, un colega me aconsejó que “por mi bien” no persistiera más.
Era el otoño del 2008 ya se rumoreaba que se avecinaba una larga recesión que afectaría la producción de las compañías manufactureras. Vaya, pensé yo, buscando aligerar mi cargo de conciencia, será por eso que rechazaron mis peticiones. Habíamos comenzado una etapa difícil y era prudente mantener una austeridad en los gastos. Pero mi sosiego duró muy poco, al percatarme que la manía adquisitoria de la gerencia prevaleció. Me refiero a que los directivos hicieron lo mismo de siempre: seguir comprando softwares, laptops, impresoras, pantallas, dispositivos, escritorios, lámparas, sofás y demás accesorios para adornar sus oficinas. Y lo hicieron sin mesura y con tezón, utilizando las tarjetas de crédito que la compañía les otorgó, y exhibiendo claramente el mayor defecto que se atribuye a la gente que vive en una sociedad de consumo: la manía de comprar, más por hábito que por necesidad. En una sociedad afluente como esta, el individuo vive expuesto a un aluvión propagandístico de productos, en donde avisos comerciales lo acosan por doquier (televisión, radio, internet, periódicos, letreros callejeros, etc) y donde no hay forma de evadir la “propaganda”. Esta eficiente propaganda, a veces tan artificiosa como la literatura, exagera e idealiza las cualidades de simples productos, provocando el efecto esperado en la mente del consumidor: aquellos objetos superfluos se vuelven esenciales. El marketing es tan sofisticado e intenso que ejerce una influencia tiránica en el ciudadano, en su manera de pensar y en la escala de valores de la sociedad. Por ello, en los Estados Unidos, el acto de comprar ha adquirido una gran autoridad y, más que una necesidad, se ha convertido en un rasgo de identidad cultural. Por lo demás, el producto ha perdido su básica condición de uso para pasar a ser también una señal representativa de estatus, ideología, modernidad y cultura. Dicha concatenación de factores ha hecho que este país sea el prototipo perfecto de una sociedad materialista, en donde se promueven y festejan las “falsas necesidades”, desencadenando un hábito de consumo irresponsable y desmesurado en la población. Aquella manía consumidora de la gerencia no era rara, sino una sólida costumbre de los norteamericanos. Y ante mis ojos de limeño era increíble presenciar cómo se deshacían de sofás, que apenas habían comprado el año anterior, para adquirir otros más lujosos. Y cómo, en el curso de dos años, el contenedor de reciclaje de la compañía se llenaba de productos prácticamente nuevos. La verdad es que me afectó ver cómo la directiva despilfarró su dinero en vanidades, en vez de invertir en cambios que facilitarían nuestra infraestructura y la condición del empleado. Pero lo que yo ignoraba entonces era que éste era el regular modus operandi de la compañía: en donde el egoísmo es rentable y la solidaridad conduce a la bancarrota, un importante aspecto del sistema corporativo, del cual profundizaré después. Ahora, cualquiera podría pensar que la directiva quedó satisfecha con sus lujos. Como era de esperarse, esto no fue así. Los técnicos de mantenimiento visitaban las oficinas de la directiva con frecuencia, para retocar la pintura de las paredes y efectuar más innovaciones. Y mientras esto ocurría, los empleados de nuestro departamento trabajaban en el mismo taller de la Edad de Piedra.
(Por otra parte, sería bastante hipócrita de mi parte negar que yo quedé libre de la influencia consumista. Desde que me ascendieron de puesto, empecé a despilfarrar mi dinero en ropa, películas y libros. Nada era suficiente, siempre quería comprar más y más, imaginando tontamente que los objetos podrían otorgarme felicidad y, luego, vanidad de vanidades, que la felicidad se podía expandir con la adquisición. Juventud, divino tesoro. Al final, quedé más insatisfecho que antes, con ropa que rara vez usé, películas que nunca pude ver y libros que jamás leí).

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Cuando me ascendieron al puesto de supervisor, me di cuenta de ciertos detalles inquietantes. Al visitar cualquier megatienda, el consumidor podía hallar nuestro “humilde” producto rodeado de otros fabricados por la competencia. Eran alrededor de ocho distintas marcas o competidores que ofrecían el mismo producto. Es decir, el consumidor tenía la libertad de elegir la marca que mejor le convenga. Al menos eso era lo que yo pensaba cada vez que visitaba megatiendas como Walmart, Walgreens o Best Buy. Pero al poco tiempo de iniciar mis tareas de supervisor, y con el acceso libre al archivo de documentos, descubrí la verdad: todas las marcas que competían con nuestro producto tenían el mismo propietario: la corporación en donde trabajaba. Todas esas marcas competidoras, con sellos y logos variados, eran sólo un engaño, una pantalla para guardar las formas. Los derechos primordiales del consumidor, como conocer la información del fabricante, disponer de múltiples opciones y poseer la libertad de elegir el mejor producto, habían desaparecido hace mucho. La mayoría de estadounidenses solo podía comprar el producto elegido por nuestra directiva. El consumidor no tenía opciones.
¿Acaso no existían otras marcas diferentes? No, nuestra área de distribución acaparaba la mayoría de los Estados, dejando de lado las zonas donde la demanda era irrelevante. En términos simples, la corporación saboreaba el banquete y dejaba que los microempresarios recogieran las sobras o migajas. Ahora imaginemos a un empresario idealista con el capital suficiente para ofrecer un producto superior al nuestro. Para irrumpir en nuestro mercado, este empresario tenía una estrategia planeada: derrotar primero a las firmas débiles para luego ganar estabilidad en el medio. Este era el método a seguir en un sistema justo, en donde debían existir reglas de competición democráticas, en el cual no se cometieran abusos ni acuerdos sucios. Al ingresar al terreno de batalla, este empresario se dio con la sorpresa de que las supuestas firmas débiles eran realmente un camuflaje del mismo mastodonte. El empresario había caído en una emboscada. Al arremeter contra la primera firma, todas las demás se le vinieron encima y lo hicieron pedazos. El Estado, cuya función era intervenir ante aquel atropello, se quedó de brazos cruzados y le echó la bendición al muerto. Según un colega mío, el proceso que acabo de referir había ocurrido más de dos veces en los últimos diez años. El último empresario idealista decidió retirarse tras previo acuerdo económico con nuestro director ejecutivo. Lo lamentable del asunto no fue el pobre empresario, sino que su producto, además de barato, era bastante superior al nuestro. Aquel producto habría beneficiado económicamente a los millones de consumidores de este país. Pero, claro está, los ciudadanos no tienen voto en estos acuerdos. Cuando aparecían dilemas de esta índole, el lema de la directiva siempre fue “privatizar las ganancias y delegar los costos.” En otras palabras, que los clientes sufran las consecuencias mientras nosotros gozamos los beneficios. Pero, ¿qué pasaría si los consumidores descubrieran estos acuerdos en perjuicio suyo? Protestas, boicoteos, indignación, pérdidas para la empresa. Por eso mismo, estas verdades no podían ventilarse a los cuatro vientos. Cuando hay dinero de por medio, tanto la justicia como los derechos del consumidor representan un enorme obstáculo para las corporaciones. En el modus operandi corporativo, las ganancias se logran por medio de la sumisión del consumidor. Aquella sumisión se obtiene por dos métodos. El primer método es la eliminación inmediata de las compañías que más beneficiarían al consumidor. El segundo método es la difusión de propaganda masiva, para persuadir al consumidor que la corporación es la mejor guardiana de sus intereses cuando, en realidad, es todo lo contrario. En resumen, mientras más desinformado se mantenga al consumidor, más ganancias se obtendrán. Por lo tanto, uno de los objetivos primordiales de las corporaciones es mantener al consumidor en estado de ignorancia. Es por ello que se invierten millones de dólares en propaganda, pues aquella, a través de sus efectos multicolores, música, sonrisas y sonantes eslogans, logran distraer al consumidor y transformarlo en un zombi, un ser pasivo a quien no le interesa descubrir la triste realidad ni mucho menos exigir lo justo.
El sistema que acabo de describir es comúnmente llamado “crony capitalism” o capitalismo de “pandilla”. Dicho término es usado para describir la sólida alianza existente entre las entidades gubernamentales y la élite empresarial. El gobierno federal de los Estados Unidos y las empresas de mayor afluencia conforman una especie de asociación basada en favores mutuos. Las corporaciones y gigantes empresariales invierten altas sumas en las campañas publicitarias de los candidatos políticos a diversas bancadas, senadores, miembros de la cámara representativa, gobernadores estatales, alcaldes, etc. Cuando dichos candidatos son oficialmente nominados, retribuyen los favores recibidos promoviendo proyectos de ley que favorecen únicamente a las corporaciones. Sus razones son convincentes y hasta altruistas: el Estado tiene la obligación ética de fomentar un régimen de “desarrollo económico” para las industrias, pues ellas son fuentes de inversión, hegemonía, desarrollo, tecnología, estabilidad, y son también creadoras de empleos. Desde entonces, el Estado se encargó de mimar a la jerarquía empresarial con estímulos económicos como subsidios, becas, organizaciones de apoyo, tarifas proteccionistas, leyes comerciales, préstamos sin intereses y, sobre todo, reducir o eximir sus tarifas tributarias. El dinero requerido para estos estímulos debía ser producido, claro está, por la población. El impuesto pagado por la ciudadanía constituyó la “varita mágica” que se encargó de agigantar a las corporaciones. Así, mientras la población era oprimida con alzas tributarias, las corporaciones adquirieron mayor poder.
Estas corrientes se originaron a principios del siglo pasado. Un siglo después, mucha agua ha corrido bajo el puente. Ávidas de mayores ganancias, las corporaciones automatizaron sus fábricas y despidieron a millones de empleados y, luego, en busca de mayores ingresos, persistieron con su régimen de cierre de fábricas y despidos masivos para así exportar los puestos de trabajo al extranjero. Después, bajo la retórica de la globalización, se expandieron a mercados foráneos y arruinaron a varios empresarios extranjeros. Con el afán de reducir gastos, rechazaron también las regulaciones de emisión de gases tóxicos. Además, el consenso corporativo no desperdicia su dinero en factores tan “irrelevantes” como el ecosistema, el calentamiento global, el medio ambiente y la salud de los niños (más aún si son del extranjero). A pesar de las severas críticas, siguieron contaminando el ambiente, tanto en los Estados Unidos (MagCorp, Utah) como en el extranjero (Doe Run, La Oroya). A medida que sus tentáculos de poder se extendían, los agravios al ciudadano continuaron. En la década de los ochenta, por ejemplo, Ronald Reagan determinó que la asistencia económica a los pobres era excesiva y se encargó de recortarla. Sin embargo, no mencionó los estímulos en el rango de los billones que se obsequiaban a las corporaciones transnacionales. Durante los años noventa, Hillary Clinton se aventuró a proponer una magnífica reforma de seguro médico gratuito, pero inmediatamente las corporaciones (de seguro y farmacéuticas) presionaron y lograron anular sus propuestas.
En algún momento, aquella política altruista de “desarrollo económico” se degeneró en corrupción e injusticia. Pero, ¿cuándo exactamente?
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Los historiadores de la economía sostienen que aquella degeneración en las corporaciones se originó a partir de 1900 hasta 1930, período en el cual los propietarios de las corporaciones fueron transfiriendo gradualmente su poder hacia sus subordinados: los administradores o gerentes. A partir de entonces acaeció la “revolución gerencial”, en la cual los administradores tomaron las riendas en los aspectos primordiales. Es interesante analizar la dinámica de esta nueva estructura. Desde que los gerentes asumieron el timón, la eficiencia, poderío y riqueza de las corporaciones se multiplicó. Al parecer, la perspectiva neutral de la gerencia traía muchas ventajas: una visión más clara, flexibilidad en la toma de decisiones y una tenacidad en sus métodos de expansión, es decir, cualidades que los dueños carecían desde un principio. Bajo la batuta de la gerencia, las corporaciones alcanzaron entonces un status más alto, se emanciparon de las influencias bancarias y comenzaron a ejercer el “lobbyism” que, en lenguaje simple, denota la virtual compra de senadores y demás políticos cuya influencia era indispensable para expandir su hegemonía. Esto marcó el inicio de la pandilla capitalista. Ambos procesos, la sistemática disección entre los dueños y la gerencia, junto a la alianza creciente entre la gerencia y la clase política, fueron los que desencadenaron efectos nocivos. A medida que las corporaciones se agigantaron en simultáneo con el número de propietarios, el poder se concentró en manos de la gerencia, dejando a los accionistas sin influencia alguna. Ahora el panorama se ha deteriorado al extremo de que la gerencia o directiva toma decisiones que van en contra de los intereses de los accionistas y de la población entera. Muy pronto, los gerentes instauraron mecanismos cuyo objetivo era que los beneficios de la organización se concentraron en su bando. No es extraño entonces que los salarios anuales de los gerentes o CEO (Chief Executive Officer) se muevan en el promedio de 200 mil dólares anuales, una cifra ínfima comparada con el dinero que reciben aparte, por medio de bonos, incentivos económicos, contratos, venta de favores exclusivos, etc. Esto ha provocado, naturalmente, incontables casos de corrupción y despilfarros que, frecuentemente, se publican en los medios de comunicación.
En un mundo tan antiguo, como el nuestro, esta aventura apocalíptica no es novedosa. Dos siglos atrás, Adam Smith, en La riqueza de las naciones, advertía sobre el peligro latente en el distanciamiento entre los propietarios y la gerencia. Esta ruptura desbalancearía el equilibrio de poderes para dar origen a una tiranía gerencial, con el agregado de que los gerentes no podrían administrar las finanzas, sabiamente, por la simple razón de que aquel dinero “no les pertenecía a ellos”. Adam Smith también refirió que el exceso de poder corrompería a la gerencia, la cual se vería envuelta en tratos deshonestos, negligencia administrativa y derroches de dinero. Doscientos veintitrés años atrás, analizando los malabares de la British East India Company, el economista inglés supo que esta corrupción era inevitable. No hay nada nuevo bajo el sol, excepto que ahora todo se efectúa por medio de transacciones bancarias, videoconferencias, e-mails y mensajes de texto. Lo terrible del asunto es que esta élite corrompida, con la compra de la clase política y las demás estructuras de poder, ha establecido un sistema inmoral como el “sistema oficial” de los Estados Unidos. La promulgación de leyes proteccionistas, el amparo de la constitución, el consentimiento tácito de los políticos y el adoctrinamiento popular han hecho que este sistema nauseabundo establezca sólidas raíces. Si ciertas leyes permiten tamaño favoritismo, entonces dichas leyes son ineficientes por naturaleza. Además, son fisuras que brindan acceso a la corrupción, la cual siempre tiende a expandirse. Toda nación, cuyos mecanismos legales presentan fisuras de esta clase, tiene que sufrir las consecuencias. Una de las más graves es la desigualdad social: actualmente el 20% de la población es dueña de casi el 90% de las riquezas nacionales, mientras el 80% por ciento de estadounidenses tiene que disputarse el minúsculo 10% de la riqueza restante. En lo que concierne a sueldos, el patrón es el mismo: en el 2010, el 1% de la población se llevó el 93% por ciento de los aumentos salariales, mientras que el 99% por ciento debió repartirse el 9% restante. Lo lamentable es que muchos analistas sostienen que ambos patrones de desigualdad de riqueza y salarios siguen expandiéndose.

Mientras el abismo que divide a los ricos y pobres aumenta, el partido Republicano respalda mayores subsidios y reducción tributaria para las corporaciones y la élite adinerada. Estos aseguran que las riquezas del 1% de la población favorecerán al 99% restante, y que una nación capitalista alcanzará tal nivel de desarrollo que, a pesar de la amplia desigualdad, los pobres estadounidenses tendrán una mejor calidad de vida comparada con los pobres de los demás países. Dicha doctrina, llamada “trickle down economics”, fue aplicada exitosamente por Ronald Reagan y, según las estadísticas, favoreció al sistema económico. Pero uno de los efectos fue que el abismo de desigualdad se acentuó. Esta doctrina, adornada con retórica oficial, fue en realidad una propuesta clasista que excluyó por entero la fundamental igualdad entre todos los ciudadanos y oficializó el conformismo y la sumisión de la población. Una doctrina egoísta que podría parafrasearse así: la población debe permitir que la élite siga enriqueciéndose, pues tarde o temprano los residuos caerán en manos del pueblo, y esas migajas los harán superiores a los demás pobres del mundo. La desigualdad ha proliferado en el transcurso de los años y ahora el director ejecutivo de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein, puede ganar 68 millones de dólares al año mientras que una madre soltera debe trabajar medio tiempo para recibir una mísera pensión de asistencia. La pasividad del gobierno se debe a que, sea éste demócrata o republicano, incompetente como Bush o “progresista” como Obama, la que dirige la función es la sempiterna oligarquía corporativa: la firma Goldman Sachs, por ejemplo, donó un millón de dólares a la campaña presidencial de Barack Obama, concesión que, naturalmente, el actual presidente debió retribuir de alguna forma. Si el gobierno persiste en su política favoritista, llegaremos a una etapa en que las riquezas de la minoría serán acompañadas por la privación absoluta de la mayoría. Todo señala que lo que Karl Marx escribió en El Capital se está cumpliendo: “La acumulación de riqueza en un bando ocasiona, simultáneamente, la acumulación de miseria, cansancio, explotación, ignorancia, brutalidad y degradación mental en el bando opuesto”.
Algunos críticos se han preguntado: ¿cómo es posible que la población haya soportado tantas vejaciones?, ¿no habíamos alcanzado ya un punto crítico en el cual se debía originar un proceso de restauración? Karl Marx propuso, en su momento, que la historia era inevitable y que tarde o temprano la clase pobre y subyugada se sublevaría en contra de sus opresores. Antonio Gramsci, por su parte, señaló que aquella sublevación no sucedería debido a que la élite dominaba las estructuras de poder de los organismos educativos, culturales, mediáticos y de autoridad policial, logrando así adoctrinar a la población, extinguir su espíritu crítico y de protesta, además de desviar su percepción hacia problemáticas superfluas y que no atentaban contra los intereses de la élite. En otras palabras, la pandilla capitalista ha construido una “realidad artificial” en donde los ciudadanos son víctimas de la misma fantasía homogénea: creen ser parte importante de la sociedad cuando en realidad su influencia es inexistente. Algunos críticos afirman que aquella teoría propuesta por Gramsci es una realidad en los Estados Unidos. Valgan verdades, aquella poderosa realidad artificial ha perdido brío. Según las encuestas actuales, la mayoría de la población opina que este país es manejado por una élite egoísta, y este descontento general ha originado las diversas protestas ocurridas en los últimos años. Sin embargo, las movidas y acuerdos del “crony” capitalismo siguen latentes. La “pandilla” capitalista mantiene un círculo cerrado en el cual los estímulos económicos persisten (solo en el mismo bando, por supuesto), donde los empresarios idealistas no reciben incentivos ni licencias de comercio y, más bien, son excluidos y acusados de violar leyes o patentes que el Estado solo aplica por conveniencia, cuando los intereses corporativos son amenazados. Como ya señalé, esta pandilla se ha encargado de que los mejores productos sean excluidos del medio, instalando un monopolio en donde tanto la competencia justa como la innovación han sido eliminadas de raíz, para que así sus costosos y deficientes productos prevalezcan: la entronización de lo mediocre.
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En los Estados Unidos, además del prejuicio racial, abunda el prejuicio social contra los pobres. Aunque dicho prejuicio es universal, en este país presenta una faceta especial debido a la creencia popular del American Dream o Sueño Americano. Como todos saben, la creencia del Sueño Americano se ha esparcido por todo el orbe, afirmando que este es el país de las oportunidades. Esta creencia es promovida por los estadounidenses, pues, además de su arrogancia patriótica, sugiere que otras naciones carecen de la clase de oportunidades ofrecidas en este país. Por tanto, su discurso destila un halo de superioridad y ha cumplido un rol propagandístico y de dominación, provocando sentimientos tanto de desprecio como de admiración alrededor. Es indudable la enorme influencia psicológica generada por esta creencia, considerando la cantidad de ciudadanos de todo el mundo que han inmigrado a este país. Como ya señalé en mi columna anterior, esta creencia del Sueño Americano no resiste el menor análisis. El criterio para definir las oportunidades ofrecidas por un país reside en la flexibilidad del ciudadano en escalar clases sociales. Comúnmente llamada “flexibilidad social”, aquella examina las ventajas del sistema en proveer las oportunidades de trabajo y ahorro, así como la facilidad de progresar y acumular una riqueza. Las estadísticas sugieren que, en las dos últimas décadas, esta flexibilidad está en descenso. El panorama se ha congelado sobre todo para la clase media, quienes deben hacer sacrificios para no descender en la escala. Si uno observa la profunda desigualdad social existente, este análisis de “flexibilidad” está de sobra. Ambos factores guardan una profunda relación. Si la sociedad se está polarizando entre los dos únicos bandos de la afluencia y la pobreza, es debido a esta creciente rigidez, ya que los estímulos y las oportunidades fluyen solo en el bando afluente. Debido a ello, la clase media a veces pasa peripecias para cubrir sus gastos básicos. Ahorrar es mucho más complicado, a menos que uno se resigne a vivir en austeridad. Es evidente que la flexibilidad se ha perdido, las oportunidades se han reducido y la mayoría trabaja horas extras solo para mantenerse en el mismo estrato. Por lo tanto, aquel discurso del Sueño Americano, un paraíso de igualdad social y en donde cualquiera puede acumular una riqueza o ser millonario, es una fantasía ridícula. En el peor de los casos, es una burla para los 17 millones de niños pobres que viven en este país. Es cierto que existen casos de pobres que han alcanzado la riqueza, pero estos son rarísimos y las probabilidades matemáticas nos devuelven a la realidad.
El discurso del Sueño Americano ha sido una referencia perpetua de los presidentes, quienes aún lo mencionan a pesar de que este ha pasado a ser un mito. Su utilidad es inmensa, por cierto, pues es un poderoso instrumento para subyugar, un mecanismo psicológico que le repite al individuo que, en el “paraíso de los Estados Unidos”, la razón de sus fracasos reside generalmente en el ciudadano y muy rara vez en el Estado. Aquella retórica dominante tiene largos antecedentes, como cuando J.F. Kennedy repetía “No te preguntes cómo tu nación te puede ayudar, sino como tú puedes ayudar a tu nación”, o cuando el presidente Obama afirma que “El Sueño Americano es más poderoso que nuestras diferencias y yo soy prueba de ello”. Ambos discursos definen como prioridad al país y su estructura, dejando al pueblo en segundo lugar.
Actualmente, los países nórdicos, como Suecia, Noruega o Dinamarca, presentan una mejor organización social que se solidariza con los más indefensos. Sin embargo, estos países no caen en la ridiculez norteamericana de propalar huachaferías como “El Sueño Sueco” o “El Paraíso Danés”. Esta arrogancia solo le pertenece a los Estados Unidos y ha servido, en el pasado, como uno de los tantos dispositivos de acceso para que los productos y la cultura estadounidense invadan el orbe. Es decir, los halagos a la primera potencia mundial, junto con su producción manufacturera, musical, televisiva y cinematográfica, forman parte del “imperialismo cultural” que muchos críticos indican como causante de la homogenización cultural o la “McDonaldización” del mundo.
La creencia del Sueño Americano origina patrones de opinión y estereotipos que prevalecen en esta población pues “si en los Estados Unidos todos tienen fabulosas oportunidades, entonces los pobres no las han aprovechado”. Esta tendencia por culpar a los pobres por sus desgracias se profundiza debido al individualismo cultural de este nación, en donde prima el individuo y el culto del yo. Este factor cultural instiga que las culpas y reproches se concentren en el individuo, en lugar de culpar también a las circunstancias, la sociedad, el sistema educativo, las influencias culturales, la recesión, la opresión social, el racismo, etc., que también poseen amplia influencia. En líneas generales, el individualismo es beneficioso, pero un efecto contraproducente es que la opinión acerca de los pobres en los Estados Unidos sea severa y, en ciertos casos, inhumana. Como si la ciudad brechtiana de Mahagonny se volviera realidad, en los Estados Unidos, los pobres también deben pagar el crimen de su condición. La opinión general es que la mayoría de pobres son haraganes, irresponsables, desadaptados, conformistas, o mantenidos que viven del gobierno. Aquel prejuicio social es generalizado y no guarda mayor relación con el racismo, pues aquí los pobres de raza blanca son llamados peyorativamente white trash (basura blanca), y aquellos adjetivos son usados por gente de su misma raza.
Lo que más se le reprocha a los pobres es que reciben ayuda del gobierno: cheques o cupones que les permiten subsistir. Esta asistencia permite que el desprecio contra los pobres se refuerce, ya que los fondos provienen únicamente de los impuestos pagados por la población. “Los pobres viven de nosotros, los contribuyentes, y el gobierno es culpable por patronizar tanta indulgencia” es la opinión generalizada. Dicen que la Opinión es como una reina que gobierna al mundo; pero toda reina está siempre cegada por el halago popular. Aunque es innegable que muchos pobres abusan de la ayuda gubernamental, también es cierto que muchos otros realmente la necesitan y, sin embargo, estos son víctimas de la misma reprobación. Este prejuicio no hace más que humillar a la gente pobre, en vez de brindarles una mano solidaria o un mínimo interés por escuchar sus quejas. Desafortunadamente, en esta nación “moderna”, la compasión y solidaridad no pueden predominar, porque el clasismo, los prejuicios y la hostilidad todavía existen. Pero lo más irónico del asunto es que la ayuda total proporcionada a los pobres palidece al compararse con la ayuda que el gobierno le concede a las corporaciones (casi 100 billones de dólares anuales). Los impuestos pagados por la población enriquecen más a las corporaciones que, desde la década del sesenta, no han hecho más que reducir empleos y eliminar reformas de justicia social. Sin embargo, como para demostrar que en este mundo no gobierna la razón, la población no enfoca su hostilidad contra los verdaderos causantes del caos, las corporaciones, sino que desfoga su frustración con las peores víctimas del sistema: los pobres.
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you are a piece of furniture in a repair shop..
all there is of you is your body
and the “you” is withdrawn
The Cocktail party
T.S.Eliot
En mi último año en la corporación, atravesé un cambio radical. Desde que rechazaron mis propuestas en la directiva, me abandoné a mi apatía. Me engañé a mí mismo imponiéndome una realidad alterna. Al comprender que a los directivos les importaba un rábano los empleados, asumí una actitud bastante misantrópica. Justifiqué mi fracaso con la excusa cínica de que las cosas siempre fueron así, que nada puede ni debe cambiar, y que la opresión era un mal necesario para mejorar la producción: las excusas del fracasado, cuyo derrotismo mental es una ola infecciosa que se expande por doquier.
Este rechazo gerencial hacia el equipo y el departamento fue siempre la norma. Por lo demás, el hecho de que los empleados no hayan protestado es algo común. Este espíritu servil es producto de la adoctrinación del empleado, a través del “reglamento de la empresa” que se divulga constantemente. Tales reglamentos se combinan con la disciplina impuesta por los supervisores y las charlas en donde éstos inculcan la obediencia, disciplina y “responsabilidad.” Es allí donde yace la raíz del problema: los supervisores nunca admiten cuanta crueldad, injusticia y egoísmo se pueden encubrir bajo el disfraz de la “responsabilidad”. Estas imposiciones se refuerzan con los lemas “en nuestra corporación todos somos una familia”, “nosotros debemos todo a la corporación”, y también con premios como “el empleado del mes”, con los cuales se idealiza a los trabajadores que más se han dejado pisotear por la gerencia. Estas tácticas fueron diseñadas para reforzar el “pensamiento homogéneo” del personal y extinguir por completo el pensamiento independiente. Es útil para ellos eliminar las diferencias ideológicas, pues gracias a esta tiranía el personal se convierte en una “granja orwelliana”, fácil de guiar y castigar. Esta clase de “opresión industrial” posee largos antecedentes. A lo largo de los siglos, esta autoridad se ha ido desenvolviendo y disfrazando de acuerdo al contexto histórico y social. Los historiadores sostienen que en la Revolución Industrial los gerentes se enfocaron en solidificar su autoridad, pues ellos sabían que su poder era muy endeble a menos que “legitimaran su autoridad como un derecho” y, a la vez, “imponiendo la obediencia y sumisión como un deber sagrado del empleado”. Este conflicto ideológico se libraba diariamente en las fábricas, en donde se exhortaba a los empleados a sacrificarse por el bien común, pues el éxito de la empresa significaba también la bonanza del personal. En el Reino Unido, por ejemplo, la corriente ideológica con respecto al trato hacia los pobres se volvió drástica. Prevenidos por la reciente Revolución Francesa, la actitud frente a los pobres cambió desde una originaria compasión hasta evolucionar en un trato despótico, con el argumento de que la mayoría de pobres eran haraganes y, por ende, el Estado no debía brindarles ayuda alguna. La única manera de motivarlos a trabajar era dejar que los pobres se murieran de hambre. El temor a la muerte los obligaría a abandonar la mendicidad y asumir una vida laboriosa. Las iglesias y escuelas evangélicas también se aunaron a este patrón autoritario predicando a los pobres las virtudes de “la sumisión, la humildad y la obediencia”, con las cuales alcanzarían la gracia divina. Otros empresarios reconocieron el importante factor de la pobreza como un requisito primordial para dominar al pueblo y dejarlos sin alternativas. Los gerentes se encargaron de que los salarios a los obreros sean miserables, y se preocuparon por mantenerlos así, pues un incremento salarial otorgaría una mayor independencia a los obreros y provocaría efectos contraproducentes. En este contexto, el poder de la gerencia era ilimitado, como ilimitada también fue su crueldad, la cual imponía el miedo a los empleados amenazándolos con despidos y sometiéndolos a labores que atentaban contra su integridad física. Los niños y mujeres, claro está, fueron los más perjudicados.
Olvidé mencionar que, en los años anteriores, algunos supervisores comentaban sobre “mi excesiva docilidad” con el equipo. Estos supervisores bordeaban los cuarenta años de edad y atribuían mi docilidad a mi falta de experiencia. Por entonces acababa de cumplir 29 años y, al presenciar la dinámica de cuartel a mi alrededor, me aferré a las virtudes del diálogo y la persuasión. Al no poder innovar la infraestructura del departamento, sentí que en cierta forma le había fallado al equipo. Por eso, traté de mantener un ambiente justo, distribuyendo equitativamente el trabajo entre todos. Sabía que el oficio de obrero era muy duro, y por eso traté de ayudar al equipo cuanto pude. Era un caso peculiar en la fábrica pues, a diferencia de los demás supervisores, yo era el único que “metía las manos en el barro”, además de realizar el papeleo en la oficina, llamadas telefónicas, correspondencia de e-mails, y las detestables reuniones con la directiva. Recuerdo que, en una de esas reuniones, una colega de otra área me dijo: “Tú no deberías ayudar a tu equipo, porque aligeras su responsabilidad. Deja que ellos lo hagan todo. Así se volverán más eficientes”. Aquella colega era una veterana en la fábrica y una preferida de la directiva. Lógicamente, el comportamiento de los otros supervisores era similar: amable con sus colegas, pero severos con sus equipos. En medio de esa crisis personal, comprendí todo: uno debía ser egoísta, severo e inflexible. Ese era el método ideal para ascender en la corporación. Dentro del límite permisible, uno debía oprimir al personal con mayores tareas, presionarlos para que sean más eficientes. Con este método se conocía la resistencia física del personal o hasta qué punto se los podría explotar. Aplicando esta presión en el personal indicado, un empleado podría hacer el doble o hasta el triple de trabajo, y de esta forma se podrían ahorrar costos. A través de la explotación, se podían obtener más ganancia, ahorro y eficiencia. Por lo tanto, era una bobería ser solidario con el empleado. La fábrica era un campo de batalla y yo me había alineado en el ejército equivocado. Algunos enigmas se resolvieron: comprendí el porqué la directiva rehusó mis propuestas de innovación, y por qué, cuando me empeciné en proponerlas, mis demás colegas me observaban con condescendencia, con la expresión con que se califica a un imbécil. Para triunfar en la corporación, uno debía ser un egoísta, porque el egoísmo es rentable, y la solidaridad es un obstáculo para la producción ya que conduce a la bancarrota. Fue entonces cuando decidí imitar a mis colegas: rehusé mover un dedo y delegué todo el trabajo al equipo. Cuando mis colegas notaron mi cambio de actitud, me felicitaron y, al parecer, movieron sus hilos de poder para que yo accediera a los beneficios que ellos recibían secretamente. Fue en ese último año que cada fin de mes un sobre de manila aparecía en el buzón de mi oficina. Este incluía tickets para funciones de cine, partidos de fútbol americano y de básquet, entradas al parque de diversiones, bonos, cupones, descuentos a buffets, y demás concesiones que, entendí, se me habían negado por mi solidaridad con los empleados. Así me pasé los últimos meses, invitando a mis primos y amigos a restaurantes y a eventos deportivos. Recuerdo que una amiga se dio el gusto de invitar a su numerosa familia al parque de atracciones “Kings Dominion”. El costo total de las entradas era quinientos dólares, pero todos ingresamos gratis con los tickets que la compañía me obsequió.

Sin embargo, no creo que haya sido realmente feliz. Cada mañana, rumbo al trabajo, sentía que asistía a un infierno. Los principios morales que me inculcaron de pequeño se desvanecían al momento en que ponía un pie en esa fábrica. Sentí que allí todo empleado perdía su humanidad, tanto como opresor o como oprimido, y que todos éramos víctimas del sistema industrial. Mis remordimientos reflotaban cada vez que veía a varios empleados sudar la gota gorda, mientras yo malgastaba mi tiempo en internet, en esa holgazanería y egoísmo que la directiva me había impuesto. En retrospectiva, me atrevería a decir que atravesé un proceso de “alienación” o deshumanización. Karl Marx alguna vez refirió que durante el proceso de producción el empleado se distanciaba de su propósito existencial, pues el trabajo no era parte de su naturaleza, no desarrollaba sus facultades más íntimas y, en el mismo proceso, no se reafirmaba, sino mas bien se negaba a sí mismo. En mi caso, esta deshumanización me convirtió también en un opresor en aquel sistema de explotación donde el único beneficiado sería el producto, el objeto. Era una degradación general: una fábrica en donde todo esfuerzo era para provecho exclusivo del producto y no del personal. También me convencí de que mi ascenso en la jerarquía significó también un descenso en mi humanidad. Un descenso en picada al ocuparme únicamente en realizar mis escasas funciones, y olvidarme del equipo y el departamento. Detalle curioso: al contagiarme de la mediocridad de los demás supervisores, las bonificaciones aumentaron. Por un instante creí que el mundo era regido bajo leyes inversas, pues mientras más mediocre, haragán y complaciente me volví, recibí más dádivas y gratitud por parte de la directiva. Aunque los halagos persistían, yo jamás les creí nada. Conocía bien su destreza en el sucio arte de la hipocresía y, también, su desmedido amor por el dinero. Por ello, recibir halagos de gente así demostraba qué tan bajo había caído. Mi cargo de conciencia se profundizó con el correr de los meses. Un día iba releyendo La Metamorfosis de Kafka, el fragmento en el que Gregorio Samsa, convertido en un enorme insecto, intentaba levantarse de su lecho. De pronto, me di con este párrafo: “Gregorio sólo necesitó escuchar el primer saludo del visitante y ya sabía quién era, el apoderado en persona. ¿Por qué había sido condenado Gregorio a prestar sus servicios en una empresa en la que al más mínimo descuido se concebía inmediatamente la mayor sospecha? ¿Es que todos los empleados, sin excepción, eran unos bribones? ¿Es que no había entre ellos un hombre leal a quien, simplemente porque no hubiese aprovechado para el almacén un par de horas de la mañana, se lo comiesen los remordimientos y francamente no estuviese en condiciones de abandonar la cama?”
Una pregunta me agobió: “¿Desde cuándo me traicioné a mí mismo y me convertí metafóricamente en un insecto? ¿No era el mismo sistema corporativo el que degradaba a todos los empleados en general? Aquella tarde me atreví a abandonar mi realidad alterna. Al desbaratar el espejismo, abrí finalmente los ojos: la realidad es siempre más terrible de lo que uno se imagina. Una semana después visité la oficina del director ejecutivo para informarle que renunciaba.
Durante ese mes, la compañía andaba en celebraciones, pues acababa de fusionarse con la corporación de Hewlett-Packard HP. En mi último día de trabajo, sostuve una larga charla con el director ejecutivo. En un largo soliloquio, este me indicó que era una idiotez renunciar a mi trabajo, pues tenía una carrera asegurada en la compañía. Yo había trabajado muy duro para obtener esa posición. Tenía que reconsiderar mi decisión, pues no me permitiría retornar a la corporación. “Hay muchos empleados que quieren ocupar tu cargo”, me dijo. Le agradecí su interés pero le indiqué que mi decisión era final. El mes siguiente doné todos los muebles de mi apartamento, y mi celular no paró de sonar. Mi familia y amigos se habían enterado de mi renuncia y exigían una explicación. Mis padres en Perú fueron los más conmocionados, y me dijeron que había cometido un gran error, y que prácticamente había arrojado mi futuro por la borda. En una soleada mañana, empaqué mis pertenencias y, a pesar del desconcierto y la amargura de mis padres, me mudé a Nueva York. Era el día 2 de Abril del 2010.
UNA POSTAL GRISÁCEA
Monday April 01st 2013, 8:09 am
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Reseñas
Por Danilo Raá
Tras haber publicado el libro de relatos Tres historias nocturnas (1999) y haber formado parte de las antologías Estática doméstica. Tres generaciones de cuentistas peruanos (editada por la UNAM en 2005) y Disidentes. Muestra de la nueva narrativa peruana (2007), el escritor limeño Daniel Soria, graduado en Lingüística y Literatura por la PUCP, ha publicado Monólogo en blancohumo, su primera novela. Con ella, su intención parece muy clara: cristalizar el ejercicio de la memoria, realizar un pequeño viaje à la recherche du temps perdu con el afán de autoexplicarse. El resultado, sin embargo, es, cuando menos, desigual.
Como cabe imaginar, Monólogo en blancohumo es una novela guiada por una nostalgia de base. Es cierto, vemos (y vemos de forma muy vívida) cómo se ciernen sobre las vidas de sus personajes la soledad, la decepción y el fracaso. Pero todo eso lo vemos tamizado por la figura omnipresente del pasado, de aquello que fue o, mejor dicho, de aquello que iba a ser y terminó no siendo. Daniel Soria, en este libro, ha tratado de ser, por sobre todas las cosas, humano, pero no ha podido evitar caer en excesos y lugares comunes.
¿Cuál es la trama de la novela de Soria? Son dos los relatos que presenta; relatos que, primero a tientas y luego ya decididamente, se entrelazan e integran. El primero de ellos es el relato del insomne, que constituye una larga evocación de la infancia y juventud de un personaje que, solitario, narcófilo y completamente desesperanzado, está a punto de cumplir treinta años. Esta es la historia a la que corresponde en toda ley el título “Monólogo en blancohumo”, pues se trata de eso, un largo monólogo, una decadente autoexploración que no cesa sino hasta el final de la novela. David (así se llama el insomne) está tumbado en su habitación, mirando el cielo raso color blancohumo y recordando su vida entera. Quiere saber cómo se fue al diablo y, para eso, repasa cada momento promisorio, cada posible punto de quiebre, cada pequeño fracaso. A veces, esta exploración toma una apariencia colectiva, como cuando recuerda a los amigos de infancia: «Él era el único que quedaba de su promoción, erigido por sí mismo en conciencia histórica, en cronista del pasado en búsqueda perenne para hallar el hilo conductor, de Ariadna tal vez, como ya se dijo, pero colectivo, que diera sentido […] a la existencia del barrio» (p. 64). Pero estos trazos grupales solo sirven para retratar mejor al individuo. Gracias a ellos, tenemos idea del niño que fue, de las grandes expectativas que alrededor de él se formaron, del muchacho que se arruinó por ir a la caza de la experiencia, del hombre solitario que no pudo asir al amor. Todos los recuerdos que obsesionan al insomne intensifican el clima de abulia y de derrota. La atmósfera se torna, cómo no, blancohumo.
La segunda gran historia de la novela es la de Carmela, madre de David. Carmela es loretana, ha estudiado educación y viaja a Lima porque quiere progresar. Trabaja en la ciudad y vive sola, cada cierto tiempo visita el Club Loreto, donde baila y se divierte con sus paisanos. Una noche, sin embargo, se permite divertirse con Domingo, un limeño que, con la intención de cazar provincianas, visita el mismo lugar. Así empieza una desnaturalizada historia de amor que, gracias a una elipsis, de simple affair pasa a largo romance de cinco años. El resultado es un embarazo no deseado (David, el insomne) y una posterior ruptura. Domingo desaparece (no del todo, da una pensión), deja sola a Carmela, que debe enfrentar la situación sin compañía. Esta es, sin duda, la parte del libro que más desaciertos encuentra. Se trata, evidentemente, del lugar común de la mujer provinciana emprendedora, que, pese a las dificultades, sale adelante sola. El personaje de Carmela es tratado con demasiado sentimentalismo y aparece del todo idealizado. La mujer es demasiado buena, demasiado fuerte y noble como para tomarla en serio. Y así, una de las figuras centrales de la novela, un personaje que debiera ser enormemente rico, termina tomando un aspecto artificial.
Haciendo un balance de los distintos temas que aparecen en el libro, la soledad y el fracaso, representados en la figura del insomne, parecen ser los que con más efectividad se abordan. La imagen del hombre que está solo, que se ha vuelto adulto y no ha conseguido nada, que ya ni siquiera espera nada –«cada día es igual al anterior y al próximo» (p. 13)–, parece, más allá de algunas exageraciones, franca. Es esta postal grisácea uno de los mayores logros del autor.
Pasemos ahora a la forma. Hay dos técnicas que, de manera clara, privilegia Soria. La primera de ellas es la estructura de vasos comunicantes. Las dos tramas que se entrelazan en la novela se reparten equitativamente: los capítulos impares corresponden a la evocación del insomne; los pares presentan la historia de Carmela. Gracias a ello, podemos entender mejor las referencias que de sus padres y su infancia hace David. Sucede, pues, que la historia de Carmela da luces a la del insomne y no a la inversa. Tomando en cuenta el título de la novela, es evidente que la evocación es lo que más interesa a Soria. El patrón estructural se respeta casi hasta el final del libro. Solo el último capítulo, el capítulo “Diecisiete”, constituye una variante. En él se combinan ambas tramas, aparece el remate de las dos historias en un cruce que parece el mayor acierto del libro. En paralelo, Soria decide narrar el momento en que David cumple treinta años y se afeita para celebrarlo, y el momento en que Carmela, su madre, da a luz. La carga dramática de las dos escenas es sumamente intensa. Y el final, con una epifánica reflexión de David sobre la felicidad y la identificación de esta felicidad con la navaja que pasa «tan cerca del cuello», es, sin lugar a dudas, bastante fuerte. El cierre de las dos historias en contrapunto es muy efectivo y valida por completo la estructura de la novela.
La segunda técnica que presenta Monólogo en blancohumo es la del monólogo interior. David, el insomne, en los capítulos impares, rememora todo lo que ha pasado en su vida antes de cumplir los treinta años. La forma en que se presenta esta desmesurada evocación es un bloque textual que prácticamente no conoce párrafos y que, lejos de un orden discursivamente lógico, se guía por asociaciones de ideas y digresiones en general. La voz narrativa escogida no es, sin embargo, la primera persona. Toda la evocación del insomne está presentada en estilo indirecto libre. Esta decisión implica que el flujo de conciencia conserve algunos elementos organizativos (por ejemplo, la correcta puntuación), pero eso no debilita la representación. Lo que sí resulta una falencia es la falta de criterio de Soria para escoger el material a narrar. La evocación del insomne no termina de dar de forma categórica las pistas para entender el porqué de su estado actual y se pierde en la mención de una serie de detalles sin importancia. Cosas de segundo orden, como una manía referencial que nunca es significativa, agotan sin necesidad alguna al lector. Estas referencias que pueblan la novela no son siempre artísticas, sino que provienen de infinidad de campos. Soria pasa de Led Zeppelin o de Cortázar a la marca Frigidaire, el clásico Alianza-U o Radiomar Plus y su eslogan. Es esa inclusión arbitraria de elementos dispares lo que hace que la técnica falle. El monólogo interior hubiera podido servir para identificar los puntos neurálgicos de la crisis del insomne; sin embargo, se terminan desperdiciando muchos de sus recursos y todo se convierte en una indiscriminada retahíla de recuerdos y referencias.
Sobre el dominio del lenguaje que presenta Soria, hay aspectos positivos y negativos. En principio, es bueno encontrar en su prosa un adecuado manejo del ritmo. Esto sucede sobre todo en la parte del insomne, donde las frases que construyen el prolongado monólogo –frases siempre largas y llenas de incisos– se hilan con soltura, en un tono preciso para la evocación. Soria sostiene la atención del lector, llegando en ocasiones a ser envolvente. Sin embargo, un punto en contra en la implantación de este estilo es, en ocasiones, la mala elección del léxico. Hay palabras que pone Soria y que no van. A veces es rebuscado cuando debe ser espontáneo, como cuando habla de un «departamento pulquérrimo» (p. 27). A veces es procaz cuando el mismo ritmo no lo permite. Dice, por ejemplo, en un diálogo indirecto: «[…] y Camello dice que Qué tal concha, a ver si tu ‘U’ va a ganar si se le muere el equipo completo, pero Pato retruca que de eso pasó ya mucho tiempo y No sirve para nada» (p. 16). Elecciones de ese tipo tienen como consecuencia un parón en la lectura. La atmósfera se quiebra como por un chasquido.
Haciendo una sumatoria, Monólogo en blancohumo es una novela con virtudes y defectos. Las intenciones que en ella muestra Daniel Soria, sobre todo a nivel estilístico, resultan interesantes en tanto que representan un caso raro en el medio (un medio habituado a la prosa menos intrincada). Los traspiés que comete pasan principalmente por la no identificación de los excesos cometidos. Sobre este punto, no es menor el dato de que Soria funge de autor y editor del libro. Se entiende que ha faltado una segunda mirada, una mirada que asista y, con el sentido común que otorga el estar fuera, señale aquello que se salió de las manos. Con todo, la lectura de Monólogo en blancohumo deja cosas para el apunte. Su publicación podría augurar cosas mejores de y para su autor.
Daniel Soria
Monólogo en blancohumo
Lima, (edición de autor), 2011, 168 pp.
Segregación N° 1
Monday March 25th 2013, 1:25 am
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Columnas

Pablo Guevara en el Cervantes
Por Francisco Izquierdo-Quea
Llego solo y me ubico en primera fila. El auditorio termina de coparse hasta sus extremos al poco rato. A un lado, Ben Affleck, en un español perfecto, intenta seducir a una Morgana Vargas Llosa cámara en maro y dientes enormes. Al otro, de piernas cruzadas, y agitando la derecha sobre la izquierda, Mario Bellatin lee en silencio una biografía de Bernie Madoff.
Pablo ingresa y la sala bate palmas, mientras él, serísimo, se acomoda en una silla del estrado, tras una mesita. Un tipo alto y de aire marcial toma el micrófono y realiza la presentación, hablando de su trabajo como profesor, poeta y cineasta. Al terminar, le cede la palabra a Pablo, quien empieza con una anécdota sobre su vuelo Lima-París, pasando luego de un tema a otro: la lluvia y el frío de la ciudad, los cinco puntos de quiebre de la poesía peruana (Eguren, Vallejo, Westphalen, Moro y Adán) que en la actualidad serían seis o quizá siete (habla de Eielson y Watanabe, pero también de Varela, Belli y Churata), política, cine, narcoestado, ciberpolítica e intelectuales de Facebook; todo de manera similar que en sus clases magistrales. Flashes, muchas fotos y gente tomando notas. Alguien se pone de pie y pide hacer unas preguntas, dice: «Señor Guevara, ¿nos quedamos en el centro o nos vamos con la izquierda o la derecha? ¿Qué le espera al Perú?». Pablo se peina la barba con los dedos. Suspira.
«No existe el centro ni una opción política definida, salvo en el caso del fascismo. Todo ser humano tiene ideas de derecha e ideas de izquierda. Mussolini fue socialista. En Argentina intentaron cancelar una conferencia de Mariátegui por considerarlo un aprista encubierto. En el Perú, por ejemplo, hay fujimoristas, apristas, caviares, derechistas y sindicalistas con piscina que juegan en el papel de la izquierda. La prensa está comprada y la gente está harta de comerse el cuento. El final del país será trágico y no tendrá mucho que ver con el Armagedón, salvo que todos seremos exterminados como los dinosaurios. Felizmente Vallejo está enterrado acá. Habrá que ir al Montparnasse y tomar su ADN para iniciar un nuevo Perú».
El auditorio estalla en una ovación y se pone de pie para aplaudir. Hasta ahí todo bien; sin embargo, el semblante de Pablo me desconcierta: no se ha mostrado risueño en ningún momento de la noche y no para de tomar apuntes. El presentador anuncia que la conferencia ha terminado, que el poeta debe partir pronto al aeropuerto para tomar un avión rumbo a Estocolmo. ¿Estocolmo? Pablo se incorpora y sale flanqueado por cinco guardaespaldas. La gente va sobre él. Flashes, gritos. A pesar del barullo, Pablo se muestra sereno. Me mira sentado en primera fila y me reclama con las palmas abiertas y los dedos extendidos. Voy. Él les indica a los gorilas que me den permiso. Ingreso a ese pequeño círculo en donde Pablo avanza a paso lento. Nos abrazamos.
––Pablo, ¿cómo estás? ––le digo––. La rompiste con tu discurso.
––Horacio, ganó el NO. Villarán es una incapaz, pero se queda en la alcaldía y eso está bien. Solo recuerda siempre que todos son unos corruptos. La gente ya se dio cuenta. Por eso Natalia Málaga y el gordo Gastón tienen más credibilidad que esas ratas. No creas en políticos, Horacio. Nunca podrás hacer cine en el Perú. Quédate en Francia. Raúl Ruiz hizo sus películas acá. Tú también puedes hacer lo mismo. No lo olvides, todos son unos corruptos. En política es mejor ser escéptico que creyente. Si eres peruano y crees en la política estás jodido.
––¿Y cómo es eso de que te vas a Suecia, Pablo?
––El presentador es un tarado y confundió todo. Me voy a Dinamarca, con la familia de Hanne. No sé cuándo volvamos a hablar. De momento dile a la gente la verdad. Dile también que Eielson quiso ser pintor y que la poesía para él era algo de segundo rango. Pero triunfó ahí y fracasó en la pintura. Así es la vida.
Los guardaespaldas apuran la escena entre la gente. Nos volvemos a abrazar. Es el último abrazo, lo sabemos. Pablo desaparece con sus custodios, medio auditorio y todos los periodistas detrás de él. Yo me quedo ahí, con la cara llena de lágrimas y sin saber qué hacer. A un costado, y aún en primera fila, Ben Affleck le comenta a la hija de Vargas Llosa sobre su última obra maestra, Argo.
*****
Casi nunca sucede pero esa vez recordé todo.
Me levanté y me puse frente a la mesa a escribir el episodio de Pablo antes de olvidarlo. Esa fue una instrucción directa que el doctor Reneau me dio meses atrás («si recuerda algún sueño, escríbalo inmediatamente, y luego venga a contármelo») y recién esa madrugada pude ponerla en práctica.
Escribo cuatro párrafos de manera desordenada y casi frenética. Al terminar, observo a un costado de la mesa la fotocopia de un artículo de Ruiz de Rimini sobre la influencia de la música en la ciencia ficción. El texto se titula «El punk es la clave de la vida» (Bayly Renzi me diría después que la frase fue tomada, casi con seguridad, de Ray Loriga) y lleva como epígrafe una cita del Ulises: «La historia ––dijo Stephen–– es una pesadilla de la cual quiero despertar».
Preparé un té, giré el sillón y me puse a mirar a través de la ventana el amanecer. Llovía. Una hora estuve mirando el agua estallar sobre los techos de zinc de los edificios que me rodean. A las nueve tomé un ducha y luego un café con tostadas y queso. Salí y caminé hacia el metro. Ya había descampado. El día era frío, pero aún se podía andar con normalidad por la calle.
Plaza Saint-Michel. Quince metros más allá llego a Le Lutece. ¿Cuántas veces me quedé sin casa y fui a Le Lutece a mirarme la cara dentro de una taza de café? ¿Dos, tres veces? Espero a la Pichona. Desde que se mudó a una banlieu del sur, dos años atrás, ya no hablamos tan seguido. Tengo una libreta conmigo pero no sé qué escribir ni para qué escribir en ella. Saco el libro de Guido Macaya de mi bolso. Sus poemas tienen un aire incipiente. Leo uno titulado «El sabio». Subrayo la mayoría de los versos.
«No estoy triste / No / Solo estoy confundido / He estado confundido muchas veces / De muchacho no conocía nada / O casi nada / Pero eso fue antes de leer a Verástegui y a los Hora Zero / Que fue cuando me convertí / En un sabio / De muchacho no conocía casi nada / Por ejemplo / No conocía los prostíbulos / Un día le dije a mi papá / Papá / Yo nunca he ido a una de esas vainas / ¿Podemos ir a ver? / Él dijo ya tienes 29 años / Sabandija / Vamos / Y me abrazó / Y abrazados fuimos a las Cuquis / Lugar donde me encontré / Con la Tres Piernas / Una ex vendedora de libros en Miraflores / De quien me enamoré con locura / He estado confundido muchas veces / Pero los libros / Y el amor / Enseñan que nunca es tarde / Para arrepentirse».
La Pichona llegó dando saltos entre los charquitos de la vereda (la vi venir desde la parada de bus); había cambiado de peinado y abrigo, y estaba más flaca. Se sentó frente a mí. Me habló de su novio y del doctorado. Le hablé del sueño con Pablo y del doctorado. Fumó conmigo y bebió café. Ella no fuma ni bebe café, pero cuando estamos juntos lo hace. Años atrás pensaba que esa era su manera de autodestruirse. Luego asumí que solo lo hacía por acompañarme. Ella abrió una de sus agendas (la Pichona está llena de agendas), cogió una foto y me la entregó. Éramos nosotros a los dieciocho y diecisiete años, respectivamente. Estábamos en la sala de la casa de mis padres. La foto fue tomada por el Hombre Siberiano el mismo día que los presenté y que ambos se enamoraron con demencia. Contemplé durante un momento la imagen. Ella aguardó con los brazos cruzados sobre las mangas de su chompa. «Te la regalo», apuntó después. Asentí. Luego buscó algo entre sus cosas y sustrajo un libro de Siegbert Tarrasch sobre la historia del ajedrez. «Esto también», dijo.
*****
Bandeja de entrada Yahoo. Correo de Fresita.
Hola Horacio. Gracias por tus saludos. Recién puedo responder tu correo. Te escribo desde la oficina. Estoy harta, Horacio. Hoy en la mañana tuve la esperada reunión con mi jefe y todo para nada: finalmente no habrá reemplazo por la estúpida que despidieron el mes pasado y menos un aumento de sueldo en todo el año. Por un momento todo se puso muy candente, casi lloro de cólera y de impotencia porque ese huevón estaba intratable y hecho una mierda.
En la reunión estaba yo con dos patas más (mi coordinador y el otro ejecutivo) y los muy maricas, ¿acaso lo miraban a los ojos a mi jefe? Son unos cobardes. La única que piteó fui yo y lo voy a volver a hacer porque ya me tienen aburrida con tanta huevada.
En fin, ya me desfogué un poco. Lo siento. Todo tiene solución menos la muerte (no sé quién dijo eso, creo que Jesús a los ladrones).
¿Qué más te cuento? Ah, sí. ¿Recuerdas a mis amigas del trabajo? Bueno, es algo raro. Ellas están solas, no tienen pareja y para no deprimirse salen siempre, salen mucho y se acompañan a todos lados. Ahora se han vuelto supersticiosas, se leen las manos casi todos los fines de semana y preguntan si conocerán a alguien. A todas les han dicho que sí y eso las desespera más.
Mis amigas quieren casarse, tener hijos, casa y perro. Siempre me llaman para unirme a ellas, pero las evito: me cargan, no tengo tema qué hablar cuando estoy con ellas, solo las escucho y siempre me hablan de lo mismo, que necesitan a alguien, que quieren que las quieran, etcétera. A veces siento lo mismo, porque influyen en mí y me pongo triste.
Mientras mis amigas están en algún bar los fines de semana, yo estoy en casa, en cama, viendo mis películas favoritas, oyendo música, comiendo y bebiendo lo que me place y disfrutando de eso tan rico que es no hacer absolutamente nada. Cuando estoy más animada me voy a un concierto con una de mis amigas: bailamos, nos abrazamos, cantamos y saltamos; o me escapo a un restaurante bonito, o si quiero algo más audaz voy a un bar o busco algún show de música que me agrade para ir con personas muy íntimas que no sea ninguna de ellas, sino gente de la universidad o mi familia.
Mis amigas no son bonitas, son inteligentes, profesionales y agradables, son algo atractivas, pero no son bonitas, no lo son. Digo esto porque todos los que las han visto me han dicho eso, y he terminado creyéndolo. Me dicen que son feas, que se quedarán solas. En ese momento me pongo feminista y siempre las defiendo y saco sus habilidades y atractivos y las defiendo porque soy mujer y porque son mis amigas.
Mis amigas sin ser agraciadas son exigentes cuando de hombres se trata, buscan a profesionales, patas de buen cuerpo, y especialmente que tengan buen poto: creo que están obsesionadas con esa parte. Yo pensé que solo a los hombres les gustaban los potos, pero a ellas les gustan mucho y hablan del tamaño y forma en que lo deben tener y me dicen que soy una sonsa porque a mí no me interesa, que es lo mejor que hay en el cuerpo del hombre. Fresita, entiende, fuera de lo de adelante, que también es fundamental, está el poto, me dicen siempre.
En otras palabras, mis amigas quieren un pata con buen trabajo, independiente, potón, con estudios de postgrado, negocio propio y, ojo, que sea de buena familia.
Algunas veces mis amigas me dicen: «¡Amiga!». Empiezan un correo o un mensaje por blackberry, msn o whats up con la palabra «Amiga», o cuando no me ven de tiempo y me saludan usan esta palabra otra vez, y me llega y reniego por dentro y las maldigo porque me gusta mi nombre y que me llamen por él. En ese momento pienso que son tontas y que no merecen ser mis amigas; sin embargo, sonrío hipócritamente y las abrazo y también les digo «¡Amiga!».
Ayer les dije a mis amigas que no me siento tanto su amiga, que no tenemos nada en común, que soy su mal tercio, que no hay afinidad, que me perdonen por renegar de ellas pero que sepan que las quiero, que las acepto pero que no estaré disponible para las fiestas, el baile, los tragos, el raje, que no contestaré el teléfono para huevadas, pero también que nunca faltaré en los momentos serios, difíciles, en la enfermedad y en la pobreza.
A mis amigas finalmente les digo que soy su amiga.
¿Tú cómo estás? Te mando muchos besos.
*****
1.
Cinco de la tarde. Horacio ve en Youtube una entrevista a Kenji Fujimori en donde Kenji Fujimori habla de sí mismo en tercera persona. «Kenji Fujimori no tiene rabo de paja», dice Kenji Fujimori. Horacio abre otra pestaña en el Mozilla y busca en Google el mail de Ruiz de Rimini. Lo encuentra con facilidad en la web de la Universidad de Manchester. Le escribe entonces un correo declarándose admirador de sus textos críticos y obra de ciencia ficción. Enseguida, disculpándose por la confidencia, le relata en un solo párrafo el sueño que tuvo con Pablo Guevara y le pregunta por qué, a todo ello, su artículo «Star Wars y el Combate de Angamos» sostiene la hipótesis revisionista de que Pablo Guevara es el Yoda y José Adolph el Miguel Grau de la literatura peruana.
2.
Siete y treinta de la noche. Piera conduce el auto en dirección al Grand Palais. Horacio, a su lado, la escucha hablar, primero, sobre sus dietas; segundo, sobre su última crisis familiar: el padre de Piera acaba de retirarse de la SNCF y recibirá una jubilación mucho menor de la que esperaba. Hollande es una mierda, el gobierno es una mierda, maldice Piera, mientras espera el cambio de luz en uno de los semáforos de Champs-Élysées.
––¿Entonces cuánto billete al mes le van a dar a tu papá, Piera?
––Seis mil euros. El otro jueves voy a acompañarlo a reunirse con su contador. Tenemos que hacer eso antes de caer en la bancarrota.
––Plop. Yo ya quisiera recibir la quinta parte de esa plata. Con eso me conformaría.
––Eso lo dices porque eres un mediocre, Horacio. Ya te dije que si sigues pensando así nunca vas a lograr un patrimonio ni nada importante en Francia. ¿No entiendes la gravedad del asunto? Mi papá se ha pasado el día encerrado en su estudio bebiendo whisky y mi mamá no para de llorar. Con ese dinero no les alcanzará para cubrir sus gastos comunes y el de las demás propiedades.
––¿Y por qué no venden sus otras casas y se quedan tranquilos con la de París?
––Cállate, Horacio. Me desesperas. No sé por qué te cuento esto si siempre sales con tus soluciones disparatadas.
Horacio se encoje de hombros y finge mirar el tablero del carro. Sabe que si dice una frase más Piera se vería propensa a ataques de rabia, depresiones y brotes de incoherencia. Decide cambiar de tema: habla de su encuentro con la Pichona, del libro que ella le obsequió, y también del mail extraño de Fresita. Piera dice ajá, con el tono y la mirada cansada que va para Horacio como tengo una crisis familiar, Horacio, una crisis familiar REAL, y tú acá hablándome de tus amiguitas.
3.
El salón principal del Grand Palais presenta un sinnúmero de divisiones con forma de biombos de estilo vanguardista en muchos colores. Dentro de cada división hay 1) o cuadros y pinturas, 2) o instalaciones de todo tipo, o 3) una serie de performances que varían entre el teatro y el circo. Mientras Horacio asume el momento, Piera le señala a un grupo de gente y le dice vamos ahí, son los del trabajo. Los ejecutivos de France Telecom, empresa auspiciadora de la muestra, los reciben entre sonrisas y copas de champán. Uno por uno, Horacio conoce al dedillo a los colegas de Piera: cenas, cumpleaños, aniversarios de cualquier cosa le han servido para esto. Martine, enamorada del Tercer Mundo y de las «pirámides incas», busca conversaciones sobre naturaleza, deportes de aventura y otros temas que Horacio desconoce por completo. A su lado está Philippe, eurocéntrico, bretón y amante del tenis. Más allá, al teléfono, está Lionel, masón, defensor del primer gobierno de Chirac («reconozco que en el segundo cayó en algunas exageraciones, Horacio, jeje») y candidato eterno a ocupar un puesto de avanzada en la sede de Londres. Hablando con Piera, entre muecas y falsetes, están Charlotte y Pauline, gemelas y amantes de reventar medio sueldo en Lafayette y en las boutiques de Saint-Germain; idénticas en absoluto, ambas guardan un aire entre encantador y trágico (no muy lejano al de las niñas de El resplandor) que hace pensar a todos en esa famosa leyenda templaria que afirma que en París nació Dios y por ende también el Diablo.
Horacio bebe champán e intercala algunas frases con ellos, luego se escabulle al exterior buscando fumar. Al volver, observa el panorama de la muestra. Cocinas con fotos de astronautas, teteras partidas en la mitad, duchas decoradas con poemas y fotos new wave, licuadoras licuando iPhones y cables. Más allá, un juego de living (sillones y mesa) representa otra instalación, y se titula «Pensar cuesta, sentarse es gratis».
El público es variado, desde estudiantes, pasando por hipsters, hasta administradores de empresas y gente con ropa exorbitante (sin duda el auspicio de France Telecom abre otras puertas al arte, piensa Horacio). Va a la parte de los cuadros. Hay algunos con paisajes en collage, otros con imágenes calcadas de fotografías y pintadas al látex y óleo.
––Horacio, qué haces.
Es Piera. Piera y su vestido gris y sus zapatos rojos taco nueve. Horacio la observa como le ha gustado observarla siempre: hasta hacerla pestañar, hasta hacer que ella comience a dar pasitos sobre su sitio, hasta que ella diga qué muy bajito y luego qué de nuevo, muy bajito también. Entonces sucede: por primera vez en mucho tiempo Horacio siente que Piera va a decirle algo, algo como una revelación, algo como nunca debimos divorciarnos, Horacio, dejemos la farsa, intentémoslo de nuevo, algo como vámonos a Berlín, Horacio, siempre hablaste de Berlín y yo nunca quise ir a Berlín pero ahora sí estoy lista para ir allá y para que ladremos juntos en ese idioma horrible que es el alemán. Pero Piera no dice nada de eso.
––Miro la muestra. Para eso hemos venido, ¿no?
––¿Te gustan los cuadros, Horacio?
––Creo que sí. Pensé que solo en Perú había pintores que no sabían dibujar, pero veo que acá también hay muchos.
––Un pintor pinta, Horacio. No necesariamente dibuja. Recuerda a Andy Warhol.
––Nunca entendí a los seguidores de Andy Warhol. Tampoco a los de Neruda y García Márquez.
––¿Quiénes son Neruda y García Márquez?
––Unos profesores de San Marcos. ¿Nunca te hablé de ellos? Neruda enseñaba semiótica y el otro hacía el taller de poesía.
––No sé de qué hablas. En fin, voy al baño. Ya vuelvo.
––Está bien, yo iré a mirar esa instalación.
––No te hagas el estúpido, Horacio, esa es la mesa de los bocaditos.
––¿En serio?
––Chau, Horacio, me voy al baño.
4.
Piera aprovecha en retocar el rímel y las sombras sobre sus ojos, y también en acomodar la caída de su cabello sobre la espalda. Sonríe al espejo, se alisa el vestido encima de la cintura y las caderas y sale del baño. Camina sin prisa. Observa a un lado la performance de una chica que come huevos crudos y que luego los vomita. La obra, anunciada en un cartel, lleva por título «No a los transgénicos, las gallinas no tienen la culpa».
Busca con la mirada a Horacio. Lo encuentra al otro extremo de la sala, sentado junto a un grupo de gente que parece escucharlo con atención. Marcha hacia allá, lo suficiente como para que él se percate de su presencia. Así sucede, Horacio voltea y la mira algo agitado.
––Piera, siéntate, por favor ––habla él––. Estaba tratando de decirles a estos imbéciles defensores del libre mercado lo de tu padre ––y luego en voz muy alta––: Trabajó toda su vida para ellos y los de la SNCF no tuvieron compasión de él y ahora recibe una jubilación de solo seis mil euros mensuales. ¿Dónde está el respeto en este país? Estamos hablando de un anciano, maldita sea.
Los tipos mueven la cabeza en silencio, Horacio se inclina sobre el respaldar de la silla a beber más champán, y Piera inmediatamente lanza sobre él su típica mirada de Horacio, me llegas al pincho, eres un huevón. Luego le dice querido, ven un momento, ¿quieres? Él se incorpora, le dice al resto ya volvemos, y camina junto a ella tomando otro sorbo de la copa.
5.
Ambos están a un lado de la puerta principal. Ella le dice que cómo va a estar por ahí contándole a extraños de sus asuntos personales. Él le dice que quiere fumar. Ella: Horacio, pensé que luego de nuestra separación las cosas podrían ir mejor siendo amigos, pero ya veo que no. Él: Bueno pues, la próxima vez no me invites a tus cocteles y asunto arreglado. Me voy a mi casa. ¿Me llevas, no? Ella: Eres un idiota, Horacio. Él: Sí pues, soy un idiota.
Toman sus abrigos y se despiden de todos. Caminan por la avenida Eisenhower hasta el parking lateral del Grand Palais, donde hallan el auto. Al entrar y acomodarse en los asientos, Horacio cuenta un chiste de loros. Ambos ríen. Piera enciende las luces y arranca muy lento. Ya en camino, pone música en la radio.
*****
Vamos en el auto. Es un Renault Wind azul. Pasamos por el túnel del Pont de l’Alma. Tantas veces en esa ruta y jamás he logrado identificar el lugar exacto donde fue el accidente de Lady Di. Piera maneja en silencio y con rapidez. Hay música. Es una especie de ardilla haciendo el cover de un tema de Billy Joel. Luego llega la publicidad: «Radio París Disney, las canciones que amas pero con voces para bebés». Estuve a punto de decir algo, pero otra ardilla (o quizá la misma) comenzó a entonar «I like it like that», de Chris Kenner, y así hasta la siguiente publicidad.
––Horacio, odias todas las novelas de Cortázar pero irónicamente tu nombre es el mismo que el tipo de Rayuela. Qué risa, ¿no?
––Me cagaste, Piera. ¿Cómo así has pasado de Tolkien a Cortázar? Aunque, bueno, tratándose de Rayuela… En fin, ¿cuándo fue que la leíste?
––La estoy leyendo, empecé el lunes. ¿Por qué?
––Por nada. ¿Podemos cambiar de música?
––Me gusta esa radio, Horacio.
Miro a los otros carros por la ventana. Comienza a llover. Me gusta la ciudad de noche. Fuera, algunas personas abren sus paraguas. Otras corren. Viendo eso, estar ahí ––con Piera manejando a ochenta por hora y oyendo música estrafalaria–– es muy bueno.
Vagamente muchos peruanos
Monday March 11th 2013, 12:22 pm
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Columnas
El último post
“Todo tiene su final, nada dura para siempre,
tenemos que recordar que no existe eternidad”
(Héctor Lavoe)
Por Alejandro Neyra
Lo dicen los filósofos y los salseros: todo tiene su final. Hace tres años comencé una búsqueda que parece inagotable y que me ha permitido encontrar un buen par de decenas de narraciones –y no pocas películas y dibujos animados– en las que aparecen ilustres peruanos y peruanas de ficción.
Mi agradecimiento profundo a los amigos de la bitácora de El Hablador, que me dejaron espacio para estas columnas que, cuando menos a mí, me han divertido y hecho reflexionar mucho sobre lo que somos los peruanos, y sobre cómo nos ven o, como diría el maestro Tzvetan Todorov, cuál es “la mirada del otro”, hacia nosotros los peruanos.
Espero que quienes hayan leído esto se hayan entretenido tanto como yo. Deo volente, este año se editará una colección de Peruanos de ficción, con todos los peruanos y peruanas que pasaron por aquí y algunos de yapa. Hasta entonces y hasta siempre, pues de seguro siempre aparecerán vagamente muchos peruanos más.
John Grisham: Skipping Christmas (2001)
De lo que es un bestseller
Hace poco, en una reunión de amigos, alguien tuvo la idea de decir que yo era escritor, algo que siempre me causa incomodidad, pues siempre me expone a que me pregunten cosas como: 1) ¿Ah, poeta? (“no”); 2) ¿Escribes cuentos… para niños? (“no”); 3) ¿Y dónde se consiguen tus libros? (“en las librerías, normalmente, que es donde se venden los libros”); 4) ¿Y vives de eso? (“no, evidentemente no, casi nadie vive de lo que escribe”).
En cualquiera de los casos, la respuesta natural es que me digan que no, nunca habían escuchado mi nombre, y mucho menos los de mis libros, claro. Pero esta vez la pregunta fue: ¿Y eres un bestseller? Reconozco que la pregunta era capciosa. De inmediato, la duda que me asaltó fue ¿cuánto se necesita vender para que un libro llegue a ser un bestseller en el Perú? y ¿quiénes lo son? Aquí unas cifras: en 2012, Alan García fue el autor más vendido en el Perú, con Pida la Palabra y Pizarro el As de la Baraja, en el primer y tercer lugar del ránking[1]. Segunda, Inés Temple, con un libro de marketing personal: Usted S.A. Luego, bestsellers verdaderamente mundiales como E.L. James, Suzanne Collins, Jeff Kinney; y regionales como Pilar Sordo. El buen Nobel peruano araña el “top ten”. Las cifras, en cualquier caso, son irrisorias en términos globales. Bryce fue el autor más vendido en la Feria Internacional del Libro de Lima de 2012 con “alrededor” de mil libros (a escala, después de todo, con una novela que vendió casi 200 ejemplares en la Feria Ricardo Palma, por ello, quizás quien esto escribe pueda ser considerado un bestseller en términos relativos al mercado local).

¿Y un verdadero bestseller global? Les presento a John Grisham: 250 millones de libros en el mundo. Uno de los tres escritores, junto con Tom Clancy y J.K. Rowling, que ha vendido más de dos millones (2´000 000) de copias en una primera impresión.
¿Y qué tiene que ver con el Perú y los peruanos? Su novela Skipping Christmas (2001) fue un bestseller que se hizo película, con Tim Allen, en 2004. En ella, la familia Krank casi pierde una navidad de no haber sido por la aparición de un médico peruano que salva a la familia y la hace recuperar el espíritu navideño… o algo así. Con ustedes, Grisham y la “peculiar visión” de un bestseller sobre el Perú.
Una navidad diferente
La familia Krank, Luther y Nora, deja a su linda hija de 23 años, Blair, en el aeropuerto. Es fines de noviembre y será la primera navidad que pasarán separados. Los padres están preocupados. ¿Cómo no estarlo si ella está yendo a trabajar con los Cuerpos de Paz, y su itinerario la llevará de Miami a Lima y, de ahí, tras tres días en bus, a un lugar que está ubicado en otro siglo: la selva peruana?
Ese dato anecdótico hace que los Krank se pregunten cómo sería un año sin navidad. ¡Se ahorrarían mucho dinero (exactamente US$ 6100)! No muñeco de nieve, ni árbol, ni pasteles, tampoco pavo, comida, contribuciones de caridad, tarjetas y esas cosas que la gente cree que hacen la Navidad. Luther Krank, contador, propone dejar ese gasto e invertirlo en un crucero de diez días por el Caribe, por US$ 3000. Ahorro perfecto y despreocupación. Más aún, se sienten un poco mejor cuando, en su primera carta, Blair les confirma que está viviendo con una tribu milenaria, “muy pobre de acuerdo a nuestros estándares, pero saludable y feliz”, que no sabe nada de la Navidad ni del materialismo de la “cultura” norteamericana. Quizás, después de todo, un año sin Navidad no es tan malo.
Así que los Krank, frente a la desilusión e incredulidad de sus vecinos, deciden pasar el año sin Navidad. Están felices, todo parece bien. El viaje será el mismo día de Navidad. Pero no, siempre hay un peruano para malograr cualquier plan. Se llama Enrique, es médico y es el nuevo novio de Blair. Se conocieron en los Cuerpos de Paz y es adorable. Y ahora también es el hombre de la vida de la heredera de los Krank. En un mes, han hecho ya planes de matrimonio y ella lo ha convencido de pasar una Navidad blanca –su primera– en los Estados Unidos, con la familia Krank, claro. Ella está ilusionadísima y está yendo de sorpresa a visitar a sus padres, dispuesta a enseñarle al buen Enrique la maravilla de la navidad gringa.

Los Krank, entonces, se ven obligados a dejar las vacaciones y preparar –en un día, oh my God– la Navidad para Blair y Enrique. Lo que ellos se preguntan es: ¿será oscuro?, ¿hay realmente médicos peruanos?, ¿estará bien su hija? Por suerte, en los Estados Unidos se vive la magia de la navidad, así que todos los vecinos ayudan a los Krank (crank means excéntrico, just in case) y permiten que Enrique viva una hermosa, familiar y entrañable blanca Navidad. Todo se resuelve en menos de mediodía (y cincuenta páginas). Y colorín colorado…
Ah, claro, lo curioso es que Enrique no solo es médico, también es blanco, se ha educado en Londres (¿no hay navidad blanca en el Reino Unido? Probablemente sí, pero no como en los Estados Unidos, claro…), sabe cantar villancicos, es guapo, alto y adorable. Además, está enamorado de Blair, evidentemente.
Esa es la magia de la navidad (gringa). Esa es la magia de John Grisham, quien en realidad es más famoso por novelas judiciales, con cuyos derechos de autor tiene para vivir tres vidas y media juntas, sorry Alan. Así es la vida. Así son las navidades gringas, que hasta los peruanos podemos vivir. Quizás ahora, solo ahora, se entienda lo que es un bestseller. Right?
Yapa: Mitologías del mundo, uníos
Hércules contra los Hijos del Sol (1964)
En una playa desconocida, Hércules –sí, el héroe griego- está luchando contra un gran grupo de guerreros de piel oscura y pelo largo. Un nuevo y extraño personaje (Mayta) aparece para reforzarlo en una lucha, a todas luces, desigual. Todos ellos son nada más y nada menos que los incas, los Hijos del Sol, embarcados en plena guerra civil. ¿Cómo ha llegado desde el Mediterráneo a las costas del Perú?
Ese no es un problema en las películas de Hércules o Sansón u otros famosos herederos del legendario Maciste, el héroe epónimo de las películas italianas de forzudos destructores/salvadores del mundo, que datan de la primera época dorada y silente del cine italiano -en especial “Cabiria”, superproducción de época con el guión nada más y nada menos que de Gabrielle D´Annunzio. En el cine de héroes, se mezclan mitos y guerreros clásicos de diferentes tiempos, como en las mentes de los niños que deben imaginarse egipcios, griegos, romanos y mayas, por decir algo, como seres igualmente lejanos y maravillosos.
Pero volviendo a esta extraña película, hay que decir que aquí Atahualpa es el usurpador del trono y hermano traidor de Mayta. Además, tiene la intención de sacrificar a su hija Yamara, una bella princesa inca de rasgos más bien mediterráneos, aunque eso valga poco pues lo verdaderamente importante es que en medio de luchas y danzas “incas” (con cierto aire polinesio), el fornido Hércules ayudará a Mayta a recuperar el trono y salvar a Yamara, con quien –obviamente-consumará su amor.
Si no se entendió nada, no se preocupe, la trama es lo de menos, lo que interesa es ver de lo que es capaz el imponente Mark Forest, actor y fisicoculturista norteamericano que en realidad se llama Lou Degni, pero que reconvirtió su nombre a uno más “americano” para poder actuar como Hércules en Italia (y que luego dedicó su dinero a retransformarse él mismo en cantante de ópera, aunque usted no lo crea). Estas películas italianas, de la primera mitad de los años sesenta, fueron un éxito y una salvación para la alicaída industria cinematográfica italiana, abrumada por el declive del neorrealismo y una de tantas crisis económicas a las que parecen estar acostumbrados. Y es que, en esta vida, por más fellinesca que parezca, no solo de arte vive el hombre. En todo caso, queda para la imaginación quién habría surgido fruto del amor de Hércules y Yamara. Probablemente, un fornido Cholo o Chola Power. No estaría de más que alguien piense en una versión adulta sobre el tema, quizás con Alexis Amore, Isabella Sky, Jennifer Luv o Jynx Maze en rol protagónico.
[1] De acuerdo a sus cuentas recientemente declaradas, Alan García recibió 175 mil soles por las ventas de ambos libros.
Sobre “El pez de oro” de Gamaliel Churata
Nadando hacia el canon
La recepción crítica de El pez de oro
de Gamaliel Churata

Por Brenda Acevedo
Introducción
La literatura ha sido siempre un espacio de comunión entre dos sujetos: el autor y el lector. Cada uno de ellos da de sí mismo numerosos factores que ayudan en la interpretación del discurso y en la visión que tenemos de una obra al interior del espacio social en la que se halla inscrita. El pez de oro, por ejemplo, fue una novela que apareció en 1957 en Bolivia, pero de la que poco supimos sino hasta los años 90, cuando un estudiante de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos dedicó su tesis a desenmarañar los recovecos discursivos de este inusual libro. Y es que una novela publicada en Bolivia y reeditada en Puno 30 años después tenía que naufragar en la desatención y el olvido de la crítica literaria.
En el presente ensayo buscamos realizar un acercamiento a la recepción crítica del único libro publicado por Arturo Peralta Miranda (más conocido por su profético seudónimo de Gamaliel Churata), El pez de oro, con el objetivo de indagar el proceso por el cual dicha novela ha ido insertándose en el canon académico durante las últimas décadas. Indagaremos los motivos por los cuales ha sido vencido el centralismo limeño, generándose un espacio de investigación que busca rescatar obras antes marginadas por las voces intelectuales hegemónicas.
Iniciaremos con un breve estudio de los principales aspectos, a nivel formal, estructural y temático, que han hecho de esta obra una novela calificada como “hermética”, no comprendida por la crítica tradicionalista. Posteriormente, ahondaremos en las distintas etapas de la recepción crítica, poniendo énfasis en fijar el tránsito por el cual esta obra ha ido introduciéndose en el ámbito académico limeño.
A raíz de las numerosas publicaciones en torno a El pez de oro surgidas recientemente, se hace necesaria una revisión de la recepción de esta novela desde su escritura hasta el presente. Dicha revisión puede iluminar algunos aspectos fundamentales de la obra ya que una novela es, en gran medida, el resultado de las sucesivas lecturas que hacemos de ella.

1. El pez de oro: ¿Un texto hermético o una literatura otra?
El pez de oro se publica por primera vez en Bolivia en 1957(2); asimismo, su segunda edición es peruana (Puno: Editorial CORPUNO) y data de 1987. La existencia de estas dos únicas ediciones podría responder a varios factores: la ignorancia de la crítica, el escaso desarrollo editorial peruano o, la más importante, la complejidad excesiva del texto.
No estamos ante un libro de fácil lectura, pues al factor escritural de vanguardia se aúna una visión de mundo particular: la utopía del hibridismo. Es un texto que está doblemente codificado; Thomas Bosshard, al respecto, menciona: “se trataría de un texto doblemente provocador, operando no solamente con un código vanguardista formal, sino que remite al mismo tiempo a un código cultural que se basa en la cosmovisión indígena” (2007: p. 535). Esta doble codificación ha hecho que este libro sea calificado por la crítica como un texto incomprensible. A continuación, enumeramos las características que hacen de este discurso una voz diferente, atípica e incomprendida al interior de la vanguardia:
- Posee una lengua híbrida conformada por vocablos castellanos, aymaras, quechuas y latinos.
- Mezcla diferentes géneros, como el ensayo, la poesía, el drama y la novela, entre otros.
- Su escritura es la expresión de corrientes contrapuestas (Indigenismo, Surrealismo, Expresionismo).
- Más que un discurso comunicativo, es un conjunto de imágenes estéticas basadas en la cultura indígena, por lo que resulta casi imposible establecer una relación entre la expresión y el contenido.
- No posee un argumento explícito, es sólo la mitología andina la que crea un nexo entre los capítulos.
Gamaliel Churata fue un intelectual que buscó no sólo la ruptura con la literatura precedente por medio de mecanismos estéticos; él fue más allá: exploró los límites de la palabra en busca de una literatura propia y enmarcada en sus raíces culturales. Así, postuló la existencia de una nueva lengua americana, que sería la base para la nueva literatura del continente(3). Dicha lengua tendría que contener todos los idiomas usados por el sujeto indígena: el español, el aymara y el quechua (el latín sería sólo usado para un interlocutor occidental). De este modo, lo que propuso Churata fue la instalación de una lengua híbrida que fuera capaz de producir un arte nuevo, propio de América Latina. Así, su tesis traspasó la esfera del idioma para construirse como una opción que brindaría identidad al nuevo sujeto americano: el nuevo indio(4). Todo lo que hemos visto hasta aquí ya no pertenece simplemente a una propuesta de ruptura vanguardista: esta propuesta idiomática es, también, una propuesta de identidad continental.
El segundo aspecto que hace de este libro un texto complejo es el uso de diversos géneros en su elaboración. La afirmación de una identidad múltiple e híbrida del indio se asume por medio de su escritura, por lo que estamos ante una obra “que subvierte el concepto de género, en ella encontramos hayllis, harauis, pensamientos, poemas líricos, fragmentos narrativos, historia, crítica, mitologías, ideología, etc.” (Beltrán 1998: p. 73). La obra de Churata implica la presencia de un nuevo género denominado tinkuy(5): su unidad es la unidad de contrarios en una ligazón tensiva. Podríamos decir, entonces, que si la genial obra de Martín Adán pulveriza los límites convencionales entre la estructura poética y la estructura novelista, siendo una estupenda renovación vanguardista de la novela, El pez de oro va más allá en su osadía y en su insularidad al proponer una escritura en la que la tensión, y no la coherencia, es el eje discursivo.
La mezcla de géneros era solamente uno de los aspectos de renovación de la vanguardia, otro de ellos lo fue la unión de diversas manifestaciones literarias. Se daba una articulación de la escritura moderna con “lenguajes que pertenecen a otras estéticas y corrientes literarias” (Bueno 1995: p. 40). En este sentido, la incorporación de elementos de la tradición (como el paisaje andino o el hacer del sujeto indígena) no era un “síntoma de pasatismo incompatible con el afán de la novedad” (Chueca 2009: p. 30), sino un rasgo propio de la vanguardia latinoamericana. La conjugación de diversas manifestaciones culturales fue, entonces, un rasgo propio de nuestra vanguardia que asumió Churata para expresar, una vez más, su hibridismo ontológico.
El pez de oro, y aquí ingresamos al cuarto rasgo, busca expresar, no comunicar. Una prueba de ello es el uso de las numerosas interjecciones, exclamaciones e interrogaciones a lo largo de la obra. El discurso churatiano se instala como una escritura casi hecha al azar, pero plena de vitalismo; no estamos ante una escritura subordinada a patrones analíticos ya establecidos por la escritura occidental, sino ante una escritura que se basa en la sensibilidad indígena, telúrica. Esto ocasiona una confusión en el lector, quien no logra establecer una relación entre la expresión y el contenido, ya que el libro se construye en base a imágenes estéticas: el proceso de escritura se queda en una “apreciación fragmentaria, en esporádicas impresiones de sentido y destellos de ininteligibilidad” (Huamán 1994: p. 31). Se trata de un discurso autónomo, destinado a sí mismo, no a los otros que intenta revelar y expresar la esencia del sujeto indígena, no comunicarla.

Finalmente, hallamos la ausencia de un tema global y un argumento explícito. El texto es concebido como un retablo de palabras, como una superposición de espacios cuya única coherencia está dada por el ente mítico, simbólico y omnipresente: el pez de oro. Así:
el crítico tradicionalista, anclado en esquemas foráneos, se desconcierta ante la particular geografía del libro de Churata. Intenta establecer un orden y una coherencia espacial correlativa a su concepto de tiempo y verdad; ausculta desconcertado abismos y montañas, ve sombríos en quebradas inaccesibles y se sorprende, no atina a ver senderos donde su lectura sólo ve enmarañadas aristas, contradictorios paisajes, convivencia pasmosa de sembríos y páramos baldíos (Huamán 1994: pp. 59-60).
El texto nos lleva de la mano por personajes y paisajes andinos, por reflexiones filosóficas y sociales, por mitos altiplánicos y discursos identitarios y nacionales. Aparentemente, no existiría una coherencia interna, pero sí la hay y está dada por el mito. El pez de oro es, así, no sólo un motivo literario, sino también el elemento cohesionador. Simboliza tanto el discurso tradicional andino como el magma vital que lo abarca todo; no se trata de una leyenda osificada, es un ser pleno de vitalismo cuyo significado recorre las latitudes del texto mostrándonos su esencia, que es tanto vanguardista como indigenista.
Todo lo ya mencionado hace de El pez de oro un discurso atípico, cuya insularidad deviene de numerosas estrategias usadas por su autor con un único objeto: el de elaborar una literatura distinta, una literatura otra. No se trata, entonces, de un texto “hermético”, sino de una escritura que nos impone el abandono del “colonialismo mental”. Estamos ante una “escritura deconstructiva”(6), escritura que implica una reivindicación del significante en tanto expresión lúdica. Es un texto que no se lee: se dramatiza, se oye. No es un libro, sino un “retablo de palabras” que incluye una actitud de participación por parte del lector, quien debe realizar un rito: la activación de un modo cognitivo de raíces indígenas. Rito, pero también tarea ardua iniciada por uno de los escritores más inventivos al interior de la narrativa vanguardista: Gamaliel Churata.
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Crónicas neoyorquinas
Monday February 18th 2013, 11:34 pm
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Columnas
El Mito
Por Pedro E. Moreno-Vásquez*
Me sonrió por primera vez cuando me había acomodado en un asiento del tren Metropolitano. Era de mediana estatura, tenía el cabello corto, la piel bronceada, y andaba sujetando un folio de manila. No cesó de buscar mi mirada, quizás con el propósito de abordarme. Víctima de una timidez casi patológica, decidí entonces retomar la lectura del libro que llevaba conmigo. Mientras leía, no imaginé lo que ella haría a continuación. Se incorporó de un brinco, y se acercó a examinar el mapa de la línea férrea que, vaya coincidencia, estaba a mi costado. Fue entonces cuando me abordó.
“Disculpa, ¿podrías decirme si este tren me lleva a Harlem?”
Cuando le indiqué que el tren sí llegaba hasta Harlem, ella respondió: “Muchas gracias. Perdón por interrumpirte. Este mapa es muy enrevesado. Difícil de descifrar”.
Caray, enrevesado, descifrar, pensé. ¿Hace cuánto tiempo que no escuchaba esos términos?
****
Aquel detalle fue lo que me sorprendió. Ni en Nueva York, ni en ningún otro lugar de los Estados Unidos había escuchado un español tan fluido, con palabras muy distantes del hablar coloquial. En una ciudad cosmopolita como Nueva York, la riquísima variedad del español puede desconcertar a cualquier hispanohablante. Los recién venidos se percatarían de que su definición propia del “español” es demasiado limitada y relativa. Por ejemplo, una caminata por las calles de Times Square, una manzana situada en la calle 42 en Manhattan, flanqueada por lujosos edificios y enormes pantallas de video, es una experiencia no solo instructiva para los ojos, sino también para los oídos. Cualquier latino puede extraviarse entre un tumulto de turistas que dialogan en francés, italiano, ruso, alemán y demás idiomas europeos; y sobre todo, puede escuchar versiones inéditas del castellano. Cubanos, puertorriqueños, dominicanos, salvadoreños, hondureños, mexicanos y demás hispanohablantes practican una hegemonía particular del lenguaje, con leyes gramaticales y modismos que son disímiles y hasta contradictorios. El lenguaje de cada grupo es diferenciable, no tanto por la nacionalidad, sino por la condición social de cada grupo. Un ingenuo podría suponer que dos bogotanos residentes en Nueva York hablan un castellano bastante similar, pero este no es el caso. El lenguaje de ambos puede modificarse debido al entorno en el que se desenvuelven, a las amistades que tienen, a la clase de trabajo que desempeñan, al vecindario en donde viven, a su previa educación, y demás influencias a las que viven sometidos. Casos como estos pueden hallarse por montones. Un latino, por ejemplo, puede charlar con un puertorriqueño del vecindario Upper East Side, y luego conversar con otro puertorriqueño del populoso Harlem Este, y constatar que, aunque ambos provengan de Puerto Rico, la diferencia en el lenguaje de ambos es ostensible. Y el asunto no termina aquí. El español del neoyorkino ha adquirido nuevos matices al haberse fusionado con el inglés, con el spanglish y con el castellano de otras naciones hispanohablantes. Esta hibridación genera consecuencias como la pérdida del acento, el desuso de modismos nacionales y la adopción de expresiones foráneas.

Yo había residido durante varios años en Washington D.C., y al menos tenía cierta práctica con aquellas divergencias del castellano. Pero al llegar a Nueva York, sentí que la práctica no me sirvió de mucho. Fue imposible detectar un tipo de español hegemonizado en las calles de Manhattan. Al contrario, había un poco de todo. Tampoco pude reconocer algún acento, especialmente en los latinos que habían residido aquí desde hace mucho. En el barrio de Harlem Este, es posible hallar el spanglish en ebullición, y con frecuencia se escucha a personas dialogar esporádicamente en inglés, español y spanglish durante una breve charla. Conversaciones que, para un espectador novato, suelen ser sorprendentes. Una frase en español, la siguiente en spanglish, otra en inglés, una pregunta en castellano y la respuesta en inglés, otra pregunta en spanglish y su respuesta en castellano. Algunos hablan español durante dos minutos, para luego hablar spanglish por tres minutos, a continuación saltar al inglés por otros tres y después drásticamente volver al español.
Un purista prejuicioso del lenguaje afirmaría que en Nueva York el español formal no existe. Lo cual, analizado desde una perspectiva lingüística, es una opinión bastante retrógrada, ya que no existe una definición de español “correcto”. Las instituciones que fomentan términos formales, como la Real Academia Española, son solo estructuras de poder que buscan imponer una visión limitada de corrección, restringir un lenguaje vivo y, a la vez, negar el valioso patrimonio lingüístico de las sociedades multiculturales. En una sociedad abierta como la neoyorkina, no existe un “estilo oficial” del castellano. Sin embargo, por desgracia, actitudes prejuiciosas son aún practicadas. Aún es posible observar a algún latino mofarse del “gracioso” acento del otro, ridiculizar su peculiar sintaxis o fingir confusión ante palabras fuera de su léxico. El mexicano se burla de la forma de hablar del salvadoreño, el venezolano hace lo mismo con el dominicano, etc, etc. (“Oye güey, ¿por qué los peruanos le dicen pata a sus amigos? Qué graciosos, ¿no?” “Oye vos, ¿sabés por qué los cubanos siempre tienen el pelo corto? No, ¿por qué? Porque cuando van al peluquero le dicen: Córtame el pelo chico”). Estas actitudes son resultado de la constante colisión de los lenguajes hablados en una ciudad cosmopolita donde cada grupo busca mantener una hegemonía de por sí utópica. En una sociedad multilingüe como la neoyorkina, debería existir mayor tolerancia en este aspecto. Pero éste no es el caso. Todavía se puede percibir una profunda discriminación lingüística, no solo entre hablantes de distintos idiomas, sino también entre hablantes del mismo idioma.
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Nuestro dominio del idioma puede reducirse debido a la falta de uso. Esto lo sentí al llegar a Nueva York. En Washington, abandoné varias amistades con quienes únicamente hablaba en español. No tuve ocasión de practicarlo y, por eso, perdí la fluidez. Por ello, mientras viajaba en el tren, escuchar el armonioso español de la muchacha fue muy placentero. Su trato amable desvaneció mi timidez y le ofrecí sentarse a mi lado. Se llamaba Liliana. Lucía algo desconcertada, pero no me atreví a preguntarle qué le ocurría. Por coincidencia, ambos nos bajamos del tren en la estación de la calle 125. Antes de despedirme, le ofrecí tomarnos un café en el StarBucks de la esquina. Ella aceptó. Al parecer, el café negro la animó un poco porque, minutos después, me fue develando detalles de su vida. Había venido a este país tres semanas atrás, proveniente del departamento de San Miguel, de El Salvador. Había sido una estudiante de Derecho, pero lastimosamente no pudo culminar sus estudios debido a un embarazo inesperado. Durante su gestación, la relación con su novio se fue deteriorando. No deseaba tocar el tema, pero me contó algunas cosas. Después de dar nacimiento a una niña, Liliana decidió terminar con su novio. Su tono de voz cambió al referirse a él. “Es una basura”, me dijo. Con el apoyo eventual de su madre, Liliana pudo cuidar a su niña durante los últimos cinco años. Desempeñándose como secretaria en una oficina pública, logró cubrir todos sus gastos. Pero su presupuesto se desbalanceó cuando envió a su hija a la escuela. “No sé si estas enterado, pero la educación en El Salvador es terrible”, me dijo. La currícula escolar, además de incipiente, era impartida por profesores ineficientes. La única opción que tuvo fue matricular a su niña en una escuela privada. Por desgracia, su sueldo era insuficiente para costear los estudios de su hija. Fue entonces cuando se presentó la posibilidad de venir a los Estados Unidos. Estaba aquí por su niña.

Mientras saboreaba mi café, Liliana me contó lo azaroso que fue atravesar la frontera. Había llegado a la ciudad de Nogales, México, para contactarse con los “coyotes,” individuos que se alquilaban como guías para atravesar el extenso desierto de Sonora. Me confesó que en el segundo día de travesía por el desierto se arrepintió de haber venido. El viaje fue una macabra odisea. Los mexicanos que integraban su grupo le comentaron que un promedio anual de cien personas fallecían por deshidratación en aquel desierto. Era demasiado tarde para dar marcha atrás. Las temperaturas infernales, el complicado tramo y la tensión de caer arrestado por las patrullas fronterizas convirtieron el viaje en una pesadilla. Una breve caminata bajo el candente sol podía dejarte muy extenuado. Por ello, dormían durante el día, agrupados bajo la tenue sombra de un árbol. Caída la noche, acumulaban fuerzas bebiendo abundante agua. Retomaban la marcha solo durante la madrugada, cargando gruesas ramas para ahuyentar a los zorros y coyotes que merodeaban por allí. Luego de cuatro días de sed, hambre y zozobra, cruzaron la línea fronteriza e ingresaron al estado de Arizona. La primera impresión que Liliana recibió de los Estados Unidos no fue muy favorable. Cuando llegó a Tucson, Arizona, quedó impactada por el intenso prejuicio hacia la raza latina. Las autoridades de Arizona ejercían una severa política anti-inmigrante, y varias asociaciones civiles patrullaban voluntariamente la frontera, con el fin de detener el flujo migratorio. Días después, Liliana abordó un bus con destino a Nueva York.
Al arribar al terminal de la calle 34, Liliana recorrió las calles en estado de incredulidad. Se dirigió a Harlem, al Norte de Manhattan, para encontrarse con una amiga salvadoreña que le había prometido acogerla. Su amiga habitaba un viejo edificio en Harlem Este, también denominado “El Barrio”, por su comunidad de puertorriqueños, dominicanos y mexicanos. Después de saludarla, su amiga le indicó que había perdido mucho peso. Liliana imaginó que su amiga bromeaba. Pero, apenas se mudó de prendas, se percató que la ropa le quedaba holgada.
Le dije que había sido muy valiente al cruzar la frontera. No parecía muy entusiasmada. Como mucha gente, ella imaginó que tales sacrificios eran necesarios con tal de alcanzar el preciado “sueño americano”. Allá en El Salvador, las alusiones al “sueño americano” sonaban como música para sus oídos. La idea de un país así era tentadora. Estados Unidos: la nación en donde abundaban las oportunidades para triunfar. Un país cuyo sistema conspiraba para materializar tu felicidad, en donde los objetivos parecían realizables. ¿Pero hasta qué límite era posible arriesgarse por alcanzarlo? ¿Valía la pena arriesgar tu seguridad o tu vida?
Era demasiado prematuro para darse por vencida, pero ahora su actitud era pesimista. Quizás extrañaba mucho a su hija. Ahora no le daba más vueltas al asunto. Piensa que haber venido a este país fue un error. Tres semanas de ardua búsqueda y todavía no podía hallar un empleo. Había buscado en los avisos de periódicos y revistas, había acudido a tres agencias de empleo, se había presentado en muchas empresas, había atravesado varias entrevistas de selección, pero no tuvo mucha suerte. Una quincena de entrevistas después, su confianza había quedado minada. Su primer obstáculo fue la comunicación. Un inglés moderado no era suficiente, pues apenas el interlocutor percibía un acento o una pronunciación dispar, la entrevista se arruinaba en cuestión de segundos. Imaginemos una charla en donde solo pudo decir “hello” y “work”, nada más, además de las miradas incómodas que recibiría. Ella, que siempre se enorgulleció de su pulido castellano, debía soportar la condescendencia de sus interlocutores. Su única táctica fue sonreír en demasía, pero aquello no sirvió de mucho. Quince entrevistas fallidas generan estragos. Ahora acudía a las entrevistas con un espíritu derrotista. La entrevista de hoy, por ejemplo, sólo había durado veinte segundos. Pero ella sabía que todo había sido su culpa. Uno debía de venir a este país preparado, habiendo estudiado inglés por anticipado, o trazándose metas realistas a largo plazo. En su defensa, Liliana alegó que la opción de emigrar a los Estados Unidos se presentó súbitamente. “Las mejores oportunidades aparecen cuando uno menos las espera”, me dijo. Cuando ella pensaba en el “sueño americano” no previó lo difícil que sería. Un inmigrante debía sortear abrumadoras barreras para acceder a una vida respetable. Uno tenía que adaptarse a la cultura, que abarcaba en sí el estilo de vida, las formas, leyes, opiniones y costumbres prevalecientes en este ambiente. En su caso, lo más complicado era sortear la barrera sociolingüística que, vaya ironía, en una ciudad multilingüe como la neoyorkina, también existía. Ahora no le quedaba más salida que buscar los peores empleos: de limpieza o como lavaplatos en un restaurante. Quizás éste era el país de las oportunidades, pero no para los indefensos. Y ella era uno de ellos.
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Cuando Liliana trajo a colación el “sueño americano”, le referí mi opinión sobre el tema. Aquel “sueño” es una creencia tan sólida de la sociedad norteamericana, que si alguien la ponía en tela de juicio, era descalificado al instante. Pero, desde la década pasada, algunos estudios sociológicos designaban a aquel concepto como un mito: una “construcción social o de realidad subjetiva”, totalmente disociada de la realidad actual. Un mito que, como toda creencia popular, podía acarrear tantos beneficios como males a la vez. El “sueño americano” solo se puede concretar en un sistema flexible, permisivo y humanitario, en donde hasta los más débiles, pobres y oprimidos disponen de amplias posibilidades para progresar y desarrollarse como individuos. Tras un análisis objetivo, aquel sistema ideal es sólo una fantasía popular: un mito utilizado para glorificar esta nación que actualmente atraviesa un terrible déficit fiscal, ejerce políticas tributarias a favor de la élite adinerada, cuenta con una mediocre enseñanza escolar, no otorga un seguro médico a sus ciudadanos, y presenta un altísimo índice de desigualdad social entre los países desarrollados. ¿Alguna vez el “sueño americano” fue una realidad? Sí, precisamente en las últimas décadas del siglo diecinueve. En la era de la industrialización, la sociedad norteamericana requería de abundante mano de obra y millones de europeos inmigraron a este país con la promesa de una vida digna. Las leyes que regulaban la migración eran flexibles. Con excepción de la etnia asiática, cualquier inmigrante de “raza blanca” podía naturalizarse sin importar su nacionalidad o lengua. En esa época, las oportunidades para un inmigrante sin previa educación y completa ignorancia del inglés eran múltiples. El mismo sistema o sociedad debió perder su rigidez para asimilar a los recién venidos. El trabajo en las factorías, por ejemplo, era generalmente bien remunerado. Un obrero podía ganar lo suficiente para subsistir y, además, ahorrar dinero. En estas circunstancias, con el transcurso de los años, una persona sin preparación podía escalar clases sociales, acumular una riqueza e irrumpir en la clase media. La opresión social hacia los pobres era más fácil de contrarrestar. Estas tendencias fueron aumentando hasta la década de 1920, pero luego acaeció la crisis económica o “Gran Depresión” de 1930. Desde entonces, las restricciones migratorias se intensificaron. Gradualmente, Estados Unidos dejó de ser el país de las oportunidades para los inmigrantes. A partir de la década del sesenta, con la venida de la automatización, la demanda por los obreros de factoría se redujo. Para agravar el panorama, poco después sobrevino el golpe que más afectó a los ciudadanos de clase media y baja: las compañías transnacionales exportaron los puestos de trabajo hacia otros países, en donde el costo de mano de obra era menor. Y la tendencia sigue en aumento: cuarenta millones de empleos podrían exportarse en estas dos décadas, según el economista Alan Blinder. Todo con el propósito de seguir la filosofía de la sociedad capitalista: maximizar la producción y reducir los costos. Una de las consecuencias es que el acceso de los oprimidos hacia empleos de alta remuneración es ahora limitado. Actualmente, la mayoría de inmigrantes, como Liliana, solo tienen acceso a trabajos de salario mínimo. Con un sueldo así, es muy complicado poder ahorrar. Otros no tienen más opción que tener dos empleos, es decir, trabajar de doce a dieciséis horas al día: en eso consiste el “sueño americano”. Al percibir el desaliento de Liliana, traté de animarla. Le dije que haría lo posible en ayudarla a encontrar un empleo, ya que, valgan verdades, yo también andaba en busca de uno. “Todos los inicios son duros”, le dije.
Cuando me despedí de Liliana, pensé que para los inmigrantes es mucho mejor pasarse la vida trabajando que agonizar en el desempleo. También pensé en el giro tan drástico que había ocurrido en los Estados Unidos. Hace más de un siglo esta nación recibía a los oprimidos con los brazos abiertos. Actualmente, asociaciones civiles como “The Minute Man Project” esparcen lemas hostiles y acosan a los inmigrantes a punta de fusiles en la línea fronteriza. Esta es la forma en que nos dan la bienvenida al país de las oportunidades.
(*) Pedro E. Moreno-Vásquez: Nació en Lima, Perú. Emigró a los Estados Unidos para estudiar Literatura Inglesa en Montgomery College. Actualmente vive en Nueva York, donde se dedica a leer, escribir y dictar clases como profesor voluntario.
El búho insomne
Monday February 11th 2013, 6:42 pm
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Columnas
CUBA: DE ZOMBIS Y MUDOS
Por José Rosas Ribeyro
Los festivales de cine cumplen la saludable misión de ponernos en contacto con las obras cinematográficas de la más diversas regiones del planeta; obras que si no fuera por ellos, y dado que el séptimo arte en todas parte del mundo está dominado por la industria estadounidense, no llegarían nunca a nuestros ojos y oídos. Algunos de estos festivales son especializados sea desde un punto de vista temático, sea sencillamente limitándose a indagar en una determinada área geográfica. Aquí en Francia, donde vivo hace ya mucho tiempo, hay sobre todo dos que se dedican a difundir el cine que se produce en Latinoamérica e incluso a ayudarlo en su desarrollo. Uno de ellos tiene lugar en Toulouse, cuando se anuncia la primavera en Europa, y el otro en Biarritz, en pleno otoño. Y precisamente, en septiembre del año pasado, en la bella ciudad balnearia del sudoeste de Francia, durante la 21 edición del Festival Biarritz América Latina, descubrimos dos facetas desconocidas de Cuba a través de otras tantas películas, una de ficción: Juan de los muertos, y otra documental: Habana muda. Se trata en ambos casos de obras sumamente interesantes y valiosas, aunque una es una comedia de terror con elementos gore y la otra es más bien cine directo, de ese que se va creando sin tener un guion previo, siguiendo de cerca con las cámaras los avatares de la vida misma, y que termina de construirse durante la edición.
Juan de los muertos es el segundo largometraje de ficción del guionista y realizador cubano Alejandro Brugués. Nacido por azar en Argentina hace treinta y tantos años, Brugués estudió guion en la escuela de San Antonio de los Baños, trabajó luego como guionista para diversas películas y, como él mismo dice, aprendió a dirigir dirigiendo: en 2007 realizó un primer largometraje: Personal Belongings (Efectos personales), una película que él califica de “romántica” y que habla de los amores entre un muchacho que se quiere ir de la isla y una chica que quiere quedarse. Sin embargo, ha empezado a llamar la atención recién con el segundo, Juan de los muertos, una comedia de zombis en una Habana de hoy. Una horda de zombis ávidos de carne humana siembra el terror en la capital de Cuba y el gobierno califica de inmediato a estos seres muertos-vivos de disidentes pagados por los Estados Unidos. Juan, un tipo que nunca ha hecho nada en la vida, decide entonces aprovechar este nuevo problema de la isla para ganar dinero. Con ese fin funda una compañía que, con el lema de “Matamos a sus seres queridos”, se lanza a la caza y eliminación de los zombis. Esta coproducción cubano-española renueva totalmente la comedia cubana, la cual desde hace años no es sino más de lo mismo: una adaptación perezosa y ya sin humor alguno de lo que fue la comedia popular italiana. Pero no sólo eso, Alejandro Brugués realiza con Juan de los muertos la crítica más feroz que se haya hecho hasta ahora de los enormes defectos de la revolución dirigida por los hermanos Castro. Frente a ella, la tímida crítica que se permitió, por ejemplo, Fresa y chocolate no es sino agua tibia. Ganadora de premios del público en los festivales tanto de La Habana como de Miami y nominada para los Goya españoles al lado de filmes de México, Argentina, Paraguay y España, Juan de los muertos más que aterrorizar con sus zombis, hace reír y entre carcajadas derriba diversos mitos levantados por el castrismo en el poder, y lo hace con una osadía y una fuerza extraordinarias.

Encuentro con Alejandro Brugués: Juan de los muertos
En Biarritz, en el casino municipal, donde se reúnen los asistentes al festival cuando no están en las salas oscuras, encontramos a Alejandro Brugués y le preguntamos de entrada como así se le ocurrió meterse con el género de zombis pero sin tomárselo demasiado en serio, es decir, en tono de comedia.
Alejandro Brugués: “Hay una cosa generacional que son las influencias que tiene uno como cineasta. Yo crecí viendo todo tipo de películas, yo crecí viendo cine de género, yo crecí viendo la Guerra de las galaxias, crecí viendo Tiburón, Indiana Jones, ese tipo de películas, entonces es otro el tipo de cine el que me interesa, es otro tipo de cine el que me influenció. Además me gusta mucho el cine de género. Y de hecho lo voy a seguir realizando porque me he divertido haciéndolo. Las películas de zombis, además, son comedias, en el fondo todas las películas de zombis son comedias, a veces con un humor muy negro, a veces más velado que otras, pero siempre son comedias. Entonces, yo lo que sí quise fue aprovecharme de esto y hacer la comedia de zombis que siempre había querido ver, desde niño”.
Le comento a Brugués que siendo Juan de los muertos una película de zombis podría creerse que se sitúa muy lejos de lo que ocurre en la Cuba de hoy, pero no, al presentar La Habana invadida por los zombis la realidad aparece y el filme termina siendo también una mirada muy crítica de la sociedad cubana actual.
Alejandro Brugués: “Es que las películas de zombis siempre han servido para tratar el tema social, siempre se ha podido utilizar el subtexto de una forma muy interesante, que es lo que hacía George Romero en los años sesenta con la guerra de Vietnam, luego en los setenta con el comunismo, y yo quise rescatar eso de Romero. Y yo me dije, yo me planteé, hacer que Juan de los muertos sea una película de zombis diferente a las películas de zombis. No podía ser una película de zombis que sucediera en Francia o en Estados Unidos, tenía que ocurrir en Cuba, y es precisamente eso, Cuba, lo que la hacía diferente. Yo quería hablar de los cubanos, de cómo reaccionamos frente a los problemas, las decisiones que tomamos. Hacer algo que fuera bien cubano y que, a la vez, fuera una buena película de zombis”.
El humor es algo que le interesa especialmente a Alejandro Brugués y lo utiliza no solo en su cine sino incluso cuando presenta su película al público. Hay algo en él de show man.
Alejandro Brugués: “Bueno, sí, a mí me gusta hablar en público, yo lo disfruto mucho. Me preparo para ello casi como si fuera un comediante para hacer un show, no sé, es un arte. Pero sí, a mí me gusta mucho el humor y de hecho es uno de mis géneros preferidos, el humor y el terror, posiblemente, así que combiné las dos cosas. Creo que en el futuro voy a hacer algunas cosas diferentes, no los voy a mezclar tanto, quiero hacer un terror-terror y una comedia-comedia, no sé, pero sí, me gusta mucho la comedia. Es que la comedia también te permite hacer crítica, entonces la comedia de zombis es como el matrimonio perfecto de dos formas de hacer crítica”.

Juan de los muertos es una película que necesitó la participación de muchísima gente y que se rodó en muchos lugares de La Habana. Una de las escenas más terribles y jocosas ocurre precisamente en plena Plaza de la Revolución, otras en el Malecón y en el barrio del Capitolio. ¿Cómo fue esa filmación? ¿La producción contó con el apoyo del ICAIC?
Alejandro Brugués: “Sí, tuvimos el apoyo del ICAIC, de lo contrario no hubiéramos podido cerrar todas esas calles. En el caso de la Plaza de la Revolución es curiosamente la única escena que no se filmó en el lugar mismo, la filmamos en otro sitio y luego añadimos en digital la plaza. Es una locación complicada, si de pronto el día que teníamos planificado hubiera algún acto o algo por el estilo íbamos a perder un día de rodaje. Era además la escena más complicada de la película, así que decidimos hacerla en otro lugar y añadirla en digital. Pero sí, para la película se cerraron muchas calles, un tramo del Malecón lo tuvimos cerrado tres días, frente al Capitolio también lo cerramos una mañana, toda esa zona, y llegamos a tener 300 zombis al mismo tiempo, lo cual es mucho”.
Una película de zombis no se puede realizar si no se cuenta con un equipo experto en maquillaje. Pese a que se trata de una historia improbable hay que conseguir cierta verosimilitud y esta depende en gran parte del maquillaje, lo cual hasta ahora es poco común en el cine cubano.
Alejandro Brugués: “Teníamos un equipo de maquillaje maravilloso que era una mezcla de mexicanos y cubanos. Los mexicanos tenían la experiencia de hacer este tipo de maquillaje de zombis. Bueno, en una película como ésta, para hacer 300 zombis en verdad lo que se necesita es un equipo de 50 maquillistas y nosotros teníamos solo siete, pero eran muy buenos. Lo que pasaba es que, para las escenas grandes, tenían a veces que estar maquillando desde la noche anterior para filmar al día siguiente. Es muy complicado. O sea hacer una película de zombis es muy divertido ¡pero es tan complicado!, la gente no se imagina lo complicado que es. Porque el maquillaje con el calor empieza a desprenderse, además, cuando tienes tantos zombis, por ejemplo, tienes que decirles a los extras que no pueden beber sino agua desde la noche anterior, porque cuando sudas y has tomado alcohol se desprende el maquillaje. Siempre entonces un actor que se toma unos traguitos es una pesadilla. Repito: hacer una película de zombis es muy complicado”.
Le pregunto a Brugués si el hecho de que el ICAIC haya dado todo su apoyo para realizar esta película tan crítica significa que el organismo oficial del cine cubano ya no tiene listas de cosas que no se pueden decir y/o mostrar. ¿Hay una apertura en el ICAIC?
Alejandro Brugués: “Yo no sé si el ICAIC se abre o no. Sé que a mí me dejaron hacer Juan de los muertos. Ahora bien, si quisiera hacer ahora Juan de los muertos no sé si podría hacerlo. O sea, hasta ahora yo considero Juan de los muertos no como una regla sino como una excepción, cuando yo vea que hay más cineastas haciendo este tipo de cine entonces ya podríamos hablar de una apertura. Como te digo, por el momento lo considero más bien una excepción. De todas formas, es verdad que tuvimos todo el apoyo del ICAIC y yo no sufrí censura de ningún tipo, el guión que escribí es el que filmé”.
Decíamos antes que esta película es una coproducción con España y, justamente, muy a menudo las estrictas condiciones impuestas por la coproducción contribuyen a que un filme sea fallido. No es el caso de Juan de los muertos que supera bien el problema y, al lado de algunos actores y técnicos españoles, nos lleva a conocer, por ejemplo, el inicio fílmico de Andros Perugorría, uno de los hijos del conocido actor cubano del mismo apellido pero de nombre Jorge
Alejandro Brugués: “Todos los jefes de departamento eran españoles. Tuvimos también varios actores españoles: está el padre Johns que es Antonio Dechent, está Camila, la hija de Juan, que es Andrea Duro, y hubo además varios actores cubanos que tienen doble nacionalidad, y fui muy afortunado por eso. El director de fotografía, el español, catalán, Carles Grussi, hizo un trabajo excelente”.
Decíamos antes que el público cubano pudo descubrir esta película en el Festival de La Habana. ¿Qué visión hay de Juan de los muertos en Cuba?
Alejandro Brugués: “Es que no sé. La gente se divierte mucho y ya, y eso es lo más importante de la película. Juan de los muertos es un acto de equilibrio: tienes que balancear la comedia, el tema social, los zombis, qué sé yo, pero sobre todo es una comedia, y si no funciona como comedia del tema social no queda nada. Y lo más bonito es, precisamente, encontrarte tanta gente que se ha reído mucho, que ha visto la película tres, cuatro, cinco veces y que se divierten siempre y se saben escenas de memoria. Eso es lo bonito. En el Festival de La Habana ganó el premio del público y después estuvo en el Festival de Miami y allí también ganó el premio del público, así que tengo la aprobación de los cubanos de los dos lados. Eso también es lo bonito de hacer este tipo de cosas: de pronto nos une, te das cuenta de que no es tanto lo que nos separa y que durante el momento que dura la película es como un puente que nos comunica a unos y otros. Eso es muy lindo, una de las cosas más lindas que me han pasado como cineasta ha sido esta experiencia: el premio del público tanto en La Habana como en Miami, y poder estar con los cubanos de los dos lados que la disfrutan igual”.

Otra cosa que sorprende es el excelente desempeño de los actores cubanos pese a que no tienen mayor experiencia en este tipo de película y el actor que encarna a Juan, el protagonista, hace verosímil su improbable trabajo de exterminador de zombis.
Alejandro Brugués: “Es Alexis Días de Villegas. Es que yo le dije a los actores: no quiero que vean esto como una película de zombis ni como una comedia, para ustedes lo que está sucediendo es una tragedia: se está derrumbando el mundo en el que han vivido todo este tiempo. Por eso, aunque todos los demás personajes son más bien cómicos, Juan es un tipo muy sobre la tierra, siempre tiene la mirada seria porque para ellos eso es una tragedia. Y eso fue lo que les dije. Así como hubo la crisis del Mariel y algunos de ustedes seguro que la vivieron, y hubo otro éxodo en 1994, que también vivieron, imagínense que los zombis es el siguiente problema que tenemos, y eso para ustedes es un drama”.
Se comentaba en los diversos lugares que Biarritz destina a su festival de cine y cultura de América Latina, que Juan de los muertos sería la primera parte de una serie de películas sobre zombis que estaría preparando Brugués. Algunos afirmaban incluso haberle oído decir eso al propio realizador. Para disipar cualquier duda o malentendido, antes de despedirnos, se lo pregunto. ¿Vas a hacer realmente una serie sobre zombis?
Alejandro Brugués: “Eso es una broma. Todo el mundo quiere saber si va a ser una serie y no es que yo no quiera, ya que me gusta mucho el mundo de Juan de los muertos, me encantan los actores, el rodaje fue muy divertido y no te puedes imaginar lo que me reí yo al filmar las escenas que hacen reír después al público. Pero por ahora no quiero hacer otra película de zombis, no quiero convertirme en el cubano que hace películas de zombis. Pero de hecho hay un chiste, hay una broma, porque es verdad que se me ha ocurrido una idea para una continuación y es que los zombis, que al final de Juan de los muertos están debajo del agua, llegan a Miami. Y como son cubanos los tienen que dejar quedarse y entonces los estadounidenses se ven obligados a llamar a Juan y su compañía para que vayan a Miami a combatirlos. De esta manera puedo llevarme mi crítica social al otro lado. Pero eso, por el momento, no es más que una broma. Una broma simpática, que me gusta porque no está mal la idea. Vamos a ver si se hace, uno nunca sabe”.

Encuentro con Eric Brach: Habana muda
Después de trabajar como asistente de cámara en películas de Roman Polanski y Claude Sautet, el francés Eric Brach produjo una película cubana de ficción y, después de esta experiencia, decidió realizar un documental en el que se percibiera Cuba desde el punto de vista de los sordomudos o, más precisamente, de un sordomudo apodado El Chino, su familia y su entorno. A Eric Brach lo encontramos en Biarritz, durante el festival de cine y cultura de América Latina, así que de inmediato le dejamos la palabra.
Eric Brach: “Trabajo en Cuba desde hace algunos años. Produje una película del realizador cubano Juan Carlos Cremata, que se llama Viva Cuba. Y es durante la producción de esta película que conocí a los personajes de mi Habana muda. La primera vez que fui a la isla fue hace doce años, para un festival de cine en La Habana, y allí conocí a muchos realizadores y, entre ellos, a Cremata, que había realizado un cortometraje formidable. Fue en ese momento que decidimos trabajar juntos. Durante la producción de Viva Cuba, encontré en la calle al personaje de mi documental al que llaman El Chino y que es sordomudo. Y fue así como me vino la idea de hacer una película sobre los sordomudos en Cuba. Fue algo bastante instintivo porque El Chino es alguien muy carismático y al conocerlo me dije: ¿por qué no hacer una película solo con mudos?”
Picado por la curiosidad, le pido a Eric Brach que precise cómo fue exactamente el encuentro con El Chino y el mundo de los sordomudos en La Habana.
Eric Brach: “Bueno, El Chino estaba en la calle 23 con Malecón, paseándose con unos amigos. Yo estaba con un colega estadounidense que había participado en la producción de Viva Cuba y que ya lo había visto antes. Este amigo me dijo: “ven a ver, hay un café donde solo hay mudos”. Es increíble ese mundo de los mudos -me dije- se podría hacer una película solo con mudos que se comunican entre ellos utilizando el lenguaje de signos. Pensé entonces que podía ser algo interesante y, poco a poco, la idea fue ganando lugar en mi mente. No fue algo inmediato, pero como por instinto me atraía ese universo anacrónico, ya que estamos acostumbrados a estar con gente que habla y no con mudos. Me interesaba también el tema porque creo que el mundo está organizado para los que hablan y no para los mudos.”
El universo de los sordomudos no es algo que Brach conocía de antemano, y las dificultades se manifestaron desde un comienzo, por lo complicado que era comunicarse con ellos, pues no sabía utilizar el lenguaje de signos.
Eric Brach: “No, no lo conocía y hasta ahora no lo conozco muy bien, pero igual era algo que me motivaba mucho. Pero ¿qué hacer?, ¿qué tipo de película? Entonces, durante dos a tres años, mientras producía Viva Cuba, estuve siguiendo a ese grupo de sordomudos y, poco a poco, las cosas se me fueron aclarando. Decidí primero que sería un documental, pero un documental que hablaría de la vida cotidiana en Cuba de una manera muy cinematográfica en cuanto a la manera de filmar. El guion de base, sin embargo, no era sino lo cotidiano, razón por la cual no sabía nunca lo que iba a ocurrir el lunes, el martes o el miércoles. Recurrí entonces, de inmediato, a la improvisación, la vida cotidiana de los personajes, el ambiente general de Cuba -que es bastante increíble-, y todo eso era muy atractivo, muy fascinante. Traté, pues, no de construir una historia pero sí de filmar teniendo desde ya un sentido narrativo y no solo captando momentos. En un principio empecé solo con dos personajes, Jorge y su amigo El Chino, porque ambos querían ser taxistas y querían comprarse un auto aunque no tenían siquiera licencia de conducir. Yo quise seguir ese deseo de ellos pero, finalmente, por diversas razones, eso no fue posible. Pero siguiéndolos de un lugar a otro, apareció un día otro personaje, José, el mexicano, y con él se cristalizó definitivamente lo que sería el filme. El Chino es sordo en un cien por ciento, Jorge, en cambio, su amigo, al que vemos en la azotea de su casa, tiene una capacidad auditiva de un diez por ciento y sabe leer en los labios. De una manera u otra llegamos, pues, a comunicarnos, yo con mi español mal hablado y ellos con signos y gestos. En ese momento no tenía intérprete para comunicarme con ellos, recién lo tuve cuando empecé a hacer realmente la película y durante todo el rodaje: una persona que me traducía en español lo que ellos se decían con signos. Durante tres años filmé, a veces, toda una mañana, otras veces, dos o tres horas de un día. Por supuesto no podía filmar de manera constante y continua porque los acontecimientos no se podían prever. Durante todo ese tiempo estuve en Cuba, siempre listo a filmar lo que pasara, porque de lo contrario se perdía el hilo de la historia que se estaba construyendo, sobre todo desde el momento en que llegó José, ya que todo comenzó a estar mejor estructurado y pude entrar en la intimidad de los personajes. Yo digo que, de alguna manera, eran ellos y no yo los guionistas de la historia que yo iba contando. En un momento tuve que pasar dos meses en Francia y entonces, a mi regreso a Cuba, El Chino me dijo que tenía un nuevo amigo que se había regresado a México pero que ya volvía. Fue así como el mexicano entró en la película. José habla francés y estuvo de acuerdo para que lo filmara desde su llegada al aeropuerto. Vio todo lo que había filmado antes y estuvo de acuerdo para participar plenamente en la película. Le gustó mi estilo. José conocía al Chino pero no a la mujer de este. A ella la conoció mientras hacíamos la película. En un momento los vemos a los tres reunidos y él dice que le gustaría formar una familia con ellos”.
El Chino, como muchos cubanos, sobre todo jóvenes, quisiera irse de la isla pero, mientras tanto, para sobrevivir, hace diversos trabajos y, entre ellos, se prostituye con turistas extranjeros. José, por su parte, es un intelectual mexicano que se enamora del Chino en uno de sus viajes a Cuba como turista.
Eric Brach: “El Chino es “pinguero”, como se dice en Cuba, o sea que se prostituye de vez en cuando, tanto con hombres como con mujeres, según comprendí. Pero su actividad principal era trabajar como albañil, carpintero y otras cosas por el estilo que le salen en el día a día. Ser “pinguero” es uno de los diversos trabajitos que hace, en él se ganan rápidamente 40 dólares mientras que en otros trabajos se ganan 10 dólares por mes, lo cual no es muy interesante. Pero, de todas formas, El Chino hace muchas cosas, como se ve en la película, por ejemplo, se ocupa de hacer que los cerdos copulen. Yo lo seguí en esa actividad y fue muy interesante. Le pagaban para hacer que el cerdo inseminara a la cerda y también para matar al puerco. Visualmente esto era muy interesante”.
Con la llegada de José, Eric Brach logra acercarse a la familia del Chino, que no vive en La Habana. Una familia con mujer e hijos que constituyen el mundo privado del “pinguero”.
Eric Brach: “Entrar en el seno de la familia del Chino fue algo que se produjo de manera muy natural, ya que El Chino quería que José conociera a su mujer y sus hijos. José quería conversar con ella para ver si podía casarse con él y llevárselo a México. Yo fui con ellos y filmé el encuentro, la conversación entre ellos. Que yo los filmara era también completamente normal para ellos, no les molestaba. Además, está el hecho de que yo me ocupaba de lo cotidiano. Cuando estábamos juntos, yo pagaba la comida, yo pagaba la gasolina para el auto, o sea, yo me ocupaba de la intendencia. El acuerdo que yo tenía con El Chino era: “¿bueno, y tú qué es lo que quieres?”. “Un auto americano”, me dijo él. “¿No prefieres que te dé dinero?”. “No, cómprame el auto”. Y eso fue lo que hice, además de hacer reparar el techo de su casa. De alguna manera para ellos era interesante que la filmación continuara durante treinta años (Risas). Y no les molestaba que yo filmara todo.”
Por supuesto, para captar la vida conforme va ocurriendo y entrar en la intimidad de los personajes, Brach tuvo que trabajar siempre con un equipo muy reducido y siempre en estado de alerta.
Eric Brach: “Éramos cuatro: un camarógrafo, una intérprete, un chofer y yo, que además de dirigir me ocupaba también de una cámara. Y teníamos que estar siempre listos todos para reaccionar rápidamente en cuanto ocurriera algo. Por ejemplo, si no hubiéramos estado cuando El Chino dice que tiene un nuevo boy friend, que es José, el mexicano, la película no sería lo que es. Cuando dice eso está muy inquieto y eso se le nota en el rostro. Si yo no hubiera estado ahí, ese rostro inquieto se hubiera perdido. Es imposible reconstituir a posteriori ese tipo de emociones. Además, a ellos es imposible dirigirlos, si les hubiera dicho que volvieran a hacer tal o cual cosa habrían sido incapaces de hacerlo. No te olvides que son sordomudos. Filmamos en directo pero siempre con dos cámaras para tener dos puntos de vista”.
Algo que a muchos les ha llamado poderosamente la atención es la crudeza con la que estos cubanos abordan los asuntos sexuales. La mujer del Chino, por ejemplo, le dice en un momento, con toda franqueza, que como él tiene también relaciones sexuales con el mexicano, cuando haga el amor con ella tendrá que utilizar condón. En el documental, sin embargo, le sexualidad se manifiesta solo a través de la palabra, de los signos, porque visualmente el realizador ha evitado todo sensacionalismo.
Eric Brach: “El sexo es lo íntimo y yo no iba a filmar al Chino y José en la intimidad. Tienen pudor, pero si, por ejemplo, se hubieran dado un beso ante la cámara los habría filmado. Pero yo no les dije nunca que lo hicieran. Nunca quise decirles que hicieran algo, lo que siempre quise es estar en la improvisación y, dentro de ella, organizar todo de manera cinematográfica. No iba, pues, a decirles haz esto o lo otro. Lo interesante era mostrar cómo viven, cómo se les arreglan en sus asuntos, y lo que se mostraría en la película dependía de ellos y de su propio pudor. Entre El Chino y su mujer hay, por ejemplo, una escena intimista: cuando se les ve bailar juntos y se besan y acarician”.
En este tipo de documental, en el que no existe un guion previo, nunca se sabe cómo va a terminar la historia que se narra. Estaba en el aire la idea de que El Chino se iría con José a México y desde allá enviaría dinero para su mujer y sus hijos, pero no se sabía durante la filmación si eso iba a ocurrir realmente o no.
Eric Brach: “No había que angustiarse por eso, había que estar tranquilo. Yo no sabía cómo iba a terminar eso y no sabía tampoco que un día José me llamaría desde México para decirme: “debo informarte algo importante: tengo otro novio en México”. Y así, pues, vemos que regresa a Cuba con este nuevo personaje y una amiga mexicana que lleva a su vez a su hija. La idea es que esta amiga se case con El Chino y así pueda este salir de la isla. Todos ellos se reencontraron, pues, en Cuba y yo seguí lo que ocurría, aceptando lo cotidiano conforme iba ocurriendo”.
Lo increíble de esta historia, que confirma una vez más que, a menudo, la realidad supera a la ficción, es que todos los personajes de esta Habana muda son muy singulares, tanto El Chino como José, tanto la amiga mexicana de este como su hija, que es como una muda más pues no utiliza nunca su capacidad de emitir palabras.
Eric Brach: “Sí, la amiga mexicana se viste con vestidos floreados, muy coloridos. Yo nomás le pedí que se tiñera el pelo para que estuviera bien negro y que se pintara los labios. Su hija era extraña: no hablaba casi nunca. Sí, son personajes fuera de lo común, y yo no tenía nada que añadir. El error hubiera sido decirle a ella, por ejemplo, “no vengas con tu hija”, porque la presencia de la adolescente hace la situación aún más interesante. Y así la joven estuvo en Cuba con su mamá y con José, quien estaba acompañado por su nuevo boy friend, que es también sordomudo y dirige una asociación de sordomudos en México. Si yo hubiera querido inventar todo eso no lo habría logrado. Es increíble”.
Habana muda es un documental captado directamente de la realidad, pero los espectadores lo vemos como si fuera una película de ficción.
Eric Brach: “Me gusta que digas eso. Una película que a mí me encanta es Wanda de Barbara Loden, porque es una ficción que parece la vida misma. Lo mío es lo contrario: un documental que parece una ficción. Y es justo eso lo que quería hacer. Cuando se filma a los personajes, lo interesante no es solo captar la realidad de manera pasiva sino tener un punto de vista, hay que conocer bien a los personajes, conocer sus rostros, hay que integrar muchos elementos aunque la materia prima sea lo real, la vida cotidiana. Es algo muy difícil de hacer y muy largo. También es riesgoso, porque si en un momento los personajes ya no quieren que los filmes tu película se derrumba. Lo formidable es cuando la gente acepta que los filmes y, pese a la barrera del pudor, ocurren cosas interesantes ante la cámara”.

La pregunto a Eric Brach si no le sorprendió la gran libertad que muestran tener estos cubanos en cuanto a la sexualidad. La mujer del Chino, por ejemplo, acepta sin hacerse problemas que su marido tenga relaciones sexuales con un hombre y que cobre por ello. Yo supongo que el realizador no esperaba encontrar una situación así en Cuba.
Eric Brach: “Eso puede ocurrir en cualquier lugar, no solo en Cuba. Además, en Cuba no todo el mundo es así. Pero es verdad que allá la gente se toma con más tranquilidad los asuntos sexuales, como que hay menos influencia judeocristiana. Además, creo que los 50 años de “comunismo” han hecho disminuir el sentimiento de culpa ante el sexo que hay en tantos países. Eso no quiere decir que la gente no se quiera de verdad, que no haya celos, que no haya fidelidad ni que todo el mundo sea muy liberal en las cuestiones sexuales. Finalmente, todo eso termina por parecerte normal, tan normal como estar todo el tiempo con sordomudos, seres humanos nada extraordinarios en su vida cotidiana. Lo importante son los individuos”.
Otro aspecto esencial de Habana muda es que siguiendo la vida de un grupo de sordomudos se descubre Cuba, la vida común y corriente de la gente, sus problemas cotidianos e incluso sus sueños y aspiraciones.
Eric Brach: “A través del mundo de los sordomudos se descubre Cuba, sí, y eso es muy interesante y a la vez sorprendente. Sí, porque los personajes se desplazan de un sitio a otro, hacen compras, tienen que comer, dormir, como todo el mundo en la vida cotidiana. La diferencia es que en Cuba hay todavía una poesía que debía de haber en Francia en los años 50. En La Habana todo no está completamente ordenado, clasificado. Por las calles hay gallinas, perros y gatos vagabundos e incluso cerdos, la gente juega dominó sentados en la acera. Hay una arquitectura humana además de la arquitectura urbana que es muy bella. Nuestra arquitectura urbana en Europa está muy planificada, ya casi no se la ve, no hay más poesía en la cotidianidad. En Cuba hay un encanto extraordinario que es muy interesante para quien quiere hacer películas, porque es algo muy cinematográfico”.
Aunque en el documental prácticamente no se habla de política, la situación política de Cuba aparece todo el tiempo. Por ejemplo, a través del sueño de los cubanos de irse del país, de ir a México, a Estados Unidos. Parece que todo el mundo quisiera irse.
Eric Brach: “No abordar directamente la política fue algo totalmente voluntario. El error hubiera sido hacerlo. Primero, yo no soy un político ni un ideólogo y para hablar de política hay que conocer bien el tema. Y quizás la vida cotidiana habla mejor sola. Sí, parece que casi todos los cubanos quisieran irse de la isla, tienen el fantasma de ir a ver qué ocurre fuera, del otro lado, y en parte creo que es porque no pueden hacerlo fácilmente. Ya sabes cómo es: te dicen “no abras esa puerta” y de inmediato te dan unas ganas enormes de abrirla. Y también porque piensan, con razón, que fuera de Cuba todo es más fácil. Pero ocurre que en Cuba si tienes la posibilidad de hacerte de un dinerillo por aquí o por allá, no vives tan mal, tienes bastante protección y no estás invadido por el exceso de información. El principal problema es, sin duda, que la libertad individual es muy reducida: se puede hablar de todo menos de asuntos ideológicos, no hay que abordar la política y menos la revolución, que es intocable, eso es de quienes gobiernan y estos no quieren que nadie meta la nariz dentro. Mucha gente quiere irse y sobre todo los jóvenes, eso es verdad”.
El Chino, pues, quiere irse, tentar suerte en otro lugar y por qué no en México, ya que conoce a José. Este, mientras tanto, toma a cargo al Chino y su familia y cada vez que llega a Cuba está cargado de cosas para ellos. Pero, como no es rico, esa situación no puede continuar indefinidamente.
Eric Brach: “José es un profesor de filosofía que se dedica también al teatro. No es un hombre rico y en un momento se da cuenta de que en verdad se había metido en una historia que ya no podía seguir asumiendo: no puede seguir aprovisionando de todo al Chino y su familia. En un momento le dice incluso que tiene tres trabajos para poder pagar todo eso y hacer salir al Chino de Cuba le costaría además unos tres mil dólares. Por otro lado, alguien le dice al Chino que México es un monstruo enorme y cómo va hacer para sobrevivir allí. José se da cuenta además de que si el Chino se va se destruye la familia que tiene en Cuba y él no quiere eso. Y así, en algunos planos, se les ve a todos caminando en fila india: ya en ese momento se encuentran separados, sus destinos son diferentes, cada uno está en lo suyo, ya nadie se mira, la historia entre ellos ya se terminó. A veces se dice que el cine documental muestra una realidad pero que también, en cierta forma, la transforma. Yo no creo que mi película haya contribuido a que ocurriera eso. No lo creo. Nada hubiera cambiado en esta historia si yo no la hubiera filmado. José se dio cuenta rápidamente que El Chino no estaba enamorado de él, y que ayudarlo a él y su familia es una cosa y otra muy diferente es estar sentimentalmente comprometido con alguien hasta el amor ciego. Además, había la mujer, los hijos, todo eso. Al comienzo, José no sabía que El Chino tenía una mujer e hijos pero después se da cuenta que la historia es bastante complicada. José es alguien muy humano, muy sensible, es una buena persona, no un irresponsable y cuando ve que todo eso es muy complicado trata de arreglar la salida del Chino a través del matrimonio con una amiga mexicana que lleva a Cuba. Yo decidí terminar esta historia con El Chino trabajando en el campo y dejando la sensación de que nadie, ni El Chino ni los espectadores, saben lo que pasará después. Como que todo vuelve a la incertidumbre del punto de partida”.

Tengo otras películas que ver. Biarritz y su festival dan la posibilidad de conocer el cine que se viene produciendo en Latinoamérica estando en Francia. Mi conversación con Eric Brach va a llegar, pues, a su término. Antes de despedirnos indago sobre sus actividades actuales y si Cuba, donde ha pasado tantos años, sigue siendo objeto de su interés como cineasta.
Eric Brach: “Sigo ahora con un pie en Cuba y el otro en Francia. Estoy escribiendo un guion para una película de ficción que quisiera realizar entre Cuba y Miami. Eso será una comedia, pero, al mismo tiempo, filmo en Cuba, con total libertad y solo, algo que llamo Las aventuras del cepillo. Son pequeñas historias de uno a tres minutos que pienso meter en internet. Es un documental que hago yo solo con mi cámara y esta es como un cepillo de dientes. Filmo cientos de cosas que ocurren en la vida cotidiana: una mujer que da de comer a su gato, mi vecina, y muchas cosas así, muy divertidas. No sé si me he cubanizado pero me siento muy bien allá, me acogen siempre bien, la gente es sonriente. Faltan muchas cosas en relación a Europa y también muchos problemas, pero pese a todo allá me siento a mis anchas. Cuba es un país con mucha poesía y espero que la gente no se vaya a dejar tragar por el consumo. Espero que la isla se abra al consumo para que la gente pueda ganar algo de dinero, pero que no se dejen devorar por el consumo que los rodea, en EE.UU., en México, etcétera. Pero sé que eso va a ser muy difícil porque lo que más quiere la gente allá es consumir. Creo que es un país con muchas posibilidades y mucho encanto y allí me siento muy bien aunque no hablo bien el español”.