Crónicas neoyorquinas


What a Wonderful World


Por Pedro Moreno Vásquez

Luego de vagabundear por Central Park, retornaba a mi habitación agotadísimo. A continuación, me disponía a leer hasta pasada la medianoche. Cuando me agotaba, revisaba mi colección de películas. Luego de elegir una, la veía hasta quedarme dormido. Me adherí a esa rutina por tres semanas y media. Aunque de pronto, me preguntaba qué haría con mi futuro. No quería trabajar, es decir, no quería volver a traicionarme. No deseaba hacer nada. Solamente quería leer. Convencido, eso sí, que leer es el placer más excelso de esta vida. Esa era, pues, mi maldición: Leer y rehusarme a mover un dedo. Sólo unos cuantos afortunados se ganan la vida leyendo. Ese no era mi caso. De pronto me acosaba una ansiedad atroz. Ni la relectura de Schopenhauer ni las películas de Yasujiro Ozu me alentaron. Comencé a cuestionar el objetivo de la vida. ¿Para qué propósito vivir? ¿Para qué sacrificarse con tantos proyectos, si nuestra existencia es efímera, inestable y perecedera? Constaté que las preguntas más sensibles siempre nos catapultan al abismo. Fuí literalmente devorado por el tedio. Encarar el sinsentido de la vida es como suicidarse. En ocasiones debemos aferrarnos a cualquier ilusión, por más absurda que parezca. Toda fortaleza o madurez no se equipara al poder inasible de una ilusión. Yo cometí el desliz de ignorarla. Me imaginaba entonces adquiriendo una soga, para colgarla del techo. En esas horas lúgubres, la idea del suicidio no parecía tan descabellada. Por el contrario, me parecía un recurso legítimo, una salvación, una liberación.

De pronto, mi celular volvió a timbrar.

En esas semanas, Liliana no cesó de llamarme. En mi primera columna develé como conocí a Liliana, viajando en el tren Metropolitano. En aquella ocasión tuvimos una charla, bebiendo unos capuccinos en un café de Starbucks. La personalidad de Liliana me impresionó. Era aguda, inteligente y desplegaba un lenguaje elaborado. Había abandonado sus estudios de derecho en El Salvador y, tras una dantesca travesía por la frontera, se instaló en el barrio de Harlem. Se hospedaba temporalmente en el departamento de una amiga. Aunque su amiga no le cobraba por el hospedaje, Liliana no se hacía ilusiones. Sabía hasta que límites se podía desgastar una amistad, y pronto tendría que abonar la renta. Aquel prospecto la angustiaba, ya que ninguno de sus planes se concretó. Habían pasado tres semanas y aún no había conseguido empleo. Su esperanza se había ido desvaneciendo en cada entrevista de trabajo. Aquella vez Liliana me mostró el currículum vítae que presentó en sus entrevistas. Le sugerí que lo rehiciera de nuevo. Si su inglés era incipiente, su currículum debía compensar tal desventaja. Al verla tan desalentada, ofrecí ayudarle.


Fue así que las llamadas de Liliana disiparon mis neurosis. Días después, nos reunimos en el parque Marcus Garvey, en el norte de Manhattan. Portando mi vieja laptop, nos sentamos en una banca y rehicimos su currículum. Yo había renunciado a mi trabajo, y Liliana intentaba encontrar uno. Después de bregar en el averno corporativo, yo tenía una idea de cómo irrumpir en el mercado laboral. Le indiqué a Liliana ciertos requisitos, es decir, las cualidades para ser un buen empleado.

“¿Cómo ser un buen empleado? Liliana, tienes que demostrar capacidad y una actitud responsable. Debes trabajar con un horario flexible, y sobre todo, trabajar muy duro. Trata de mejorar la comunicación en la compañía. Crea sistemas que sean más prácticos, rápidos y menos costosos. Asume tareas que tus jefes no esperen de ti. Sorpréndelos. Por otro lado, tienes que mejorar tu currículum. Agregar alguna de tus habilidades. También deberías crear un perfil profesional en las redes. Como en LinkedIn, por ejemplo. Con eso, tendrás mejores oportunidades” le decía a Liliana, mientras tipeaba frenéticamente.”

Mientras corregía el currículum vitae, en lo profundo pensaba…

(….Monólogo interior (mundo paralelo) ¿Cómo ser un buen empleado? Primero, la ceguera, y si eso no funciona, la sumisión. La primera condición es fácil. Muchos viven ajenos a lo que sucede alrededor, hermetizados en su burbuja. Una burbuja, que es fruto del indoctrinamiento al que fuimos expuestos al nacer. Por eso hay muy poca gente lúcida. Lo cual es comprensible, ya que la lucidez es un don infernal que te aniquila lentamente. Sólo los lúcidos perciben el pavoroso valle de lágrimas en el cual vivimos. Por ello algunos terminan perdiendo la razón, en un manicomio, otros se deprimen severamente, en un sanatorio, otros se vuelven radicales, en una prisión, y los más valientes acaban bajo tierra, víctima del suicidio. Esas son las posturas que los lúcidos suscriben para soportar la vulgaridad que los rodea. Son formas de reivindicarse, de no traicionar su esencia, y no embarrarse con la convencionalidad del mundo. La segunda opción, la sumisión, es remedio de las masas. Adocenarse con la recua y ceñirse a los dictados de la autoridad. Anular tu sentido crítico para, finalmente, insertarte a la esfera moderna.

¿Y cómo? Infectándose con el virus (estamos progresando, hombre), inoculado por la cultura y reforzado por la tecnología y demás medios masivos. Reducir la percepción popular, para que ésta se enfoque en la banalidad. Pues los liberales saben que no hay nada más rentable que idiotizar a la población, (ya no a través de la ignorancia), sino a través de la sofisticación. Sí; es posible ser un ciudadano loable y a la vez carecer de toda dignidad. Enterarse del genocidio en la República Centroafricana sin que aquello nos inmute. O espectar las imágenes de palestinos sepultados bajo los escombros, para luego vivir sin la menor turbación. Ya que esta disparatada civilización fue fraguada así, para que un ciudadano sea menos perspicaz, menos sensible, menos auténtico y menos honesto que un niño de cinco años. Pues mientras más útiles seamos a esta sociedad, mas inútiles nos volvemos para incentivar un cambio.


Mientras tanto, persiste esta parodia donde la mediocridad, el egoísmo y el conformismo son las recetas para triunfar. Conformar un mundo autómata, obsesionado con el materialismo y el entretenimiento, y al diablo lo demás.  Sigamos enalteciendo este circo, que también es una prisión, llamándola sociedad: una estructura que, como diría Pessoa, corrige las cuestiones superficiales pero agrava los dilemas más fundamentales. Este mundo “globalizado”, donde cada veinte segundos alguien muere víctima de una enfermedad fácilmente curable. Esas son algunas perlas de nuestra época, la era del fundamentalismo. Y no me refiero al fundamentalismo yihadista, aquella bête noire que todos repudian. Me refiero al otro fundamentalismo que ha causado ya tantos perjuicios, el fundamentalismo del mercado, aquel Dios nefasto que todo resuelve y al que nadie puede ni debe cuestionar. Ya que esta modernidad es fruto de una secta fanática que desdeña la lección más meridiana: que no sólo de pan vive el hombre. El platónico rey filósofo agoniza en un muladar, y fue reemplazado por los reyes mercachifle. Estos bufones arraigaron un consenso que niega la esencia infinita, multifacética y maravillosa del ser humano. Pues la humanidad fue insensibilizada desde todas las perspectivas, para ser arrojada a una caverna, en donde están condenados a trabajar, formar una familia y encadenarse a una parafernalia electrónica. Una caverna monolítica en donde todos hacen, dicen, producen y consumen lo mismo. En algún punto nos desligamos de nuestro destino. Miles de años luz nos distancian ahora de éste. Aquel ser humano infinito y trascendental es ahora una sombra abyecta, un grotesco espantapájaros.

Liliana, desde la perspectiva de un propietario, los trabajadores sólo somos unas marionetas. Ante todo entiende que, a pesar de los elogios del empleador, sólo somos eso: unos títeres desechables. Sin embargo, esto no debe desmoralizarte. Para sobrevivir, debes asumir el papel con resignación, hipocresía y sin amargura. En otras palabras, debes modernizarte. Que siga la farsa, entonces. Es necesario que entiendas esto: vivimos en un mercado laboral. Mercado. ¿Entiendes? El sistema nos ha convertido en mercancía. Todos fuimos transformados a un equivalente numérico. Ante los ojos del economista, sólo somos eso: un producto en el escaparate. Y también tenemos un precio. Un precio que siempre debe reducirse, pues las leyes del mercado así lo exigen. Un empresario jamás adquirirá un producto sin antes conocer su utilidad. Por eso, para hallar un empleo, debes seguirles el juego. La promoción, la difusión, el marketing. Aunque suene superficial y exhibicionista, tu éxito dependerá de la imagen que proyectes. Recuerda que la mercancía que no se promociona es descartada. Debes promocionarte, entonces. Veo que no has escrito tus cualidades en tu currículum vítae. Tenemos que añadir algo. Tú dirás, ¿acaso un currículum plasma lo profundo de tu experiencia, tu conocimiento o tu esencia? Y yo diré, claro que no. Es un documento hueco, pero muy respetado por nuestra hueca sociedad. Sería bueno también que crearas un perfil profesional en las redes. Esos detalles son útiles. ¿Alguna vez has oído hablar de LinkedIn? Actualmente, es el escaparate por antonomasia. El website predilecto de los empresarios en busca de productos, o mejor dicho, empleados. Vale, la función debe continuar. El circo también se expandió en toda la web…….)

Supuse que el currículum que le hice a Liliana no sirvió de mucho. Pero me equivoqué. Poco después, Liliana había recibido cuatro e-mails y dos llamadas para concertar una entrevista. Una noche, Liliana me llamó en estado eufórico. La habían contratado como secretaria, en una oficina de seguros, en el Bronx.

Semanas después, a modo de agradecimiento, Liliana me invitó a cenar en un restaurante. Mientras un mozo ghanés nos servía un vino, Liliana me contó que su jefe había quedado anonadado con su diligencia. Inclusive, éste tenía planeado inscribirla en un curso de inglés. Con su primer sueldo, Liliana había podido pagar su renta, y además, enviar dinero a su familia. El entusiasmo de Liliana era contagioso. Admirar su sonrisa franca fue lo mejor que me ocurrió en semanas. Al despedirse, me abrazó efusivamente y me dijo: Gracias, Pedro.

¿Qué habría pasado si le habría dicho a Liliana lo que pensaba? Probablemente se habría horrorizado con mi cinismo. Pero, gracias a mi silencio, Liliana parecía muy contenta. Me reconfortó mucho verla así. Es increíble las maravillas que uno consigue ocultando lo que siente. Es como si la sociedad fue diseñada exclusivamente para que uno se niegue a sí mismo.

Una sofisticada caja de engranajes.

Qué maravilloso mundo moderno.

Días después, caminando por Madison Square Garden, divisé a un mendigo que sostenía un enorme cartel. Aquel decía: “Necesito dinero para comprar cervezas, marihuana y prostituta. Oye, por lo menos te estoy siendo sincero.”


Posted in Columnas, Crónicas | Leave a comment

Entrevista a Carlos Fonseca


“En el siglo XXI ya no podemos creer en genios,

pero sí en Don Quijotes”


El joven autor latinoamericano acaba de publicar Coronel Lágrimas (Anagrama), su primera novela.


Foto: Claire Newman Williams


Por Jack Martínez Arias


Carlos Fonseca tiene veintiocho años. Nació en Costa Rica, pasó parte de su infancia y  adolescencia en Puerto Rico y fue a la universidad en los Estados Unidos. Se doctoró en literatura latinoamericana (Princeton) y ahora vive en Londres. Tal vez por ese recorrido vital, tal vez no, Carlos Fonseca se atrevió a construir un personaje que quiere “escribir la historia universal en clave íntima”. Tan genial como delirante, este personaje es un anciano que lleva algunos años desconectado del mundo, viviendo en algún punto de los Pirineos y emprendiendo una tarea monumental: narrar su vida en relación con los eventos históricos más determinantes del siglo XX (o viceversa): la Revolución de Octubre rusa, la Guerra Civil de España, Mayo del 68… Pero esa escritura no es convencional, es—como reza la contratapa—una narración que reduce la historia política mundial “a unas cuantas citas, a unas cuantas imágenes, a unos cuantos instantes”. Lo que quiere el coronel, el protagonista, es “cifrar la historia”. Esto último no sorprende cuando nos enteramos que dicho personaje, en su juventud, fue un notable matemático (en la novela, Fonseca hace una recreación libre de la vida del matemático francés Alexander Grothendieck).

Carlos Fonseca, quien también quiso ser matemático alguna vez (se interesó por la lógica matemática, luego por la filosofía y terminó siguiendo a la literatura), debuta así en las letras hispanoamericanas. Y lo hace a lo grande. Coronel Lágrimas (Anagrama) se ha publicado con una de las casas editoriales más importantes de nuestro idioma. Fonseca confiesa que esto significa un gran paso en el despegue de su carrera. También dice que se formó como lector siguiendo el catálogo de la editorial española. Bolaño, Vila-Matas, Piglia, son solo algunos de los nombres que menciona cuando le pregunto al respecto. Fue Ricardo Piglia, precisamente, con quien se topó en la Universidad de Princeton. Según cuenta Jorge Herralde, mítico editor de Anagrama, el escritor argentino, al conocer el trabajo de Carlos Fonseca consideró que se trataba de “su alumno más brillante”. El alumno responde que al llegar a la universidad no se imaginaba lo que iba a aprender del maestro (así se refiere Fonseca a Piglia) y tampoco fue consciente de la influencia de éste cuando concebía Coronel Lágrimas. “Mientras escribía la novela sentía que estaba escribiendo algo muy distinto a lo que escribe Ricardo Piglia. Y, sin embargo, recientemente, cuando tuve que releer la novela para corregir erratas, me encontré con su huella muy presente, aunque cifrada y tal vez un poco secreta. Fue una experiencia muy bonita. Nunca sabemos cómo nos influencia el maestro. No hace falta decir que lo aprecio muchísimo. Profesores como él, muy pocos, por no decir, ninguno”.


Coronel Lágrimas

Así nació la novela de Fonseca, bajo la influencia de autores fundamentales y sobreponiéndose a otra novela, a una que el autor venía trabajando previamente. Porque uno no siempre escribe lo que planea sino lo que necesita. Fonseca, escritor que se describe como metódico, iba fabricando otra historia, “una más larga y melancólica, más visceral, hasta que de repente me cansé y decidí escribir esta novela (Coronel Lágrimas), más juguetona, más alegre en cierto modo. Fue raro, escribí la novela como en un golpe de alegría, así que la escritura fue espontánea y muy aleatoria. Tal vez esta dinámica al momento de escribir se pueda ver en la fragmentación de las partes o en los juegos. Eso es algo raro, repito, usualmente no escribo así ni tan rápido. Coronel Lágrimas me tomó nueve meses”. Por supuesto, como siempre pasa con la literatura, no existe una relación directa entre un breve o largo proceso de escritura y la calidad del producto final. La novela de Fonseca, en ese sentido, fue escrita de un tirón y al mismo tiempo ha llegado a ser tan compleja como profunda, coherente e inteligente. Así, al abrir el volumen, el lector se encuentra con anécdotas curiosas del personaje y, al mismo tiempo, respira la atmósfera de contextos históricos trascendentales del siglo XX. La novela de Fonseca nos confronta con un sabio ermitaño, el coronel, el mismo que se propone hacer la “gran historia” con “hechos mínimos”. Ese transformar la manera en la que se transmite la información, dice Fonseca, tiene que ver con “nuestra época de sobresaturación informática.” El autor compara, entonces, la forma en la que aparece la información histórica en el libro con la manera en que nosotros, hoy en día, accedemos a la información a través del internet. “El que entra en Wikipedia sabe muy bien el placer que nos puede dar brincar de un artículo a otro. Es nuestro enciclopedismo moderno. Creo que la novela intenta narrar ese paso casi imposible, hoy día, de la pura información a la experiencia. ¿Cómo llegar de la información a la experiencia, del capricho informático a la experiencia vivida? La historia aparece entonces en dos formas, como mero dato informático y como experiencia. El coronel es, pues, el que intenta juntar las dos estructuras, la vida cotidiana y la vida histórica. Al fin de cuentas, la novela narra algo muy sencillo: un día en la vida de un anciano”. Y entrar al libro de Carlos Fonseca es, de alguna manera, entrar en esa dinámica parecida a la del internet, pues entre las narraciones nos encontramos con fragmentos que, a modo de datos tomados de Wikipedia, irrumpen en la historia. Le digo a Carlos que esa estructura se asemeja también a la de los hipervínculos que nos permiten saltar de un espacio a otro en la red, de una información a otra hasta el infinito. Le gusta la idea. “Es verdad que todos los fragmentos que aparecen como datos, tienen algo de esa estructura del hipervínculo. Del dato caprichoso y fortuito. Quería, ahora me doy cuenta, hacer una especie de crítica de esa especie de decadentismo informático actual, en donde a veces consumimos información desenfrenadamente sin ver hacia donde nos lleva. El coronel es un personaje, a veces siento, que tiene mucho de esos personajes decadentistas de las novelas de fin de siglo XIX. Creo que la apuesta política de la novela iba por hacer una crítica de este consumo indiscriminado de información.” Porque Carlos Fonseca considera que la información producida por la red está cada vez más separada de la experiencia: “Con ironía, nos rodeamos de datos y de esa forma nos apartamos de la experiencia. Narrar es una forma de juntar estos dos polos opuestos. Retomar la experiencia ya no simplemente peleándose con la información sino a través de ella”.


Historia universal, latinoamericana, íntima (o viceversa)

Leer Coronel Lágrimas me hace pensar en algunos testimonios latinoamericanos en un único sentido: libros como Biografía de un cimarrón (Barnet 1966) relacionan o alternan el relato de la vida del protagonista con la “vida” de la nación o de la región que éstos representan. Es decir, insertan la historia personal en una historia más amplia. Tras este comentario, Carlos Fonseca añade que, para el caso de su novela, el ámbito más amplio no sería ya el nacional, sino el global. El marco contextual es la Historia oficial construida por la Europa del siglo XX: la revolución de Octubre, la Guerra Civil Española, el Mayo del 68… Una Historia en la que, sin embargo, Latinoamérica no parece relevante. “En esa historia faltaba, sin embargo, un punto fundamental. Para mí, el más importante: América Latina. Fue ahí que imaginé ese segundo protagonista que poco a poco gana relevancia. La contraparte latina del Coronel: Maximiliano. Una suerte de hombre común que interrumpe y desvía la conciencia del protagonista y lo fuerza a pensar en otras geografías. En ese sentido, esta novela es una especie de inversión del paradigma de los testimonios. Acá se trata de desviar la Historia oficial hacia América Latina, se trata de incomodar a Europa.” Y a mí me parece que esta idea puede llevarse un poco más allá hasta sugerir que Coronel Lágrimas no solo inserta América Latina en la Historia oficial sino que, en una dirección diferente, también se incorporan ambas historias (la global y la regional) en la íntima, en la del coronel. Es decir, de forma inversa a la del testimonio, aquí no se trata de incorporar la vida íntima del testigo en la historia global, sino que la dirección es contraria, se trata de incorporar la gran historia global en la historia íntima del personaje. “Me parece muy sugerente esa idea de llevar la historia oficial hacia el plano de lo íntimo. Es tal vez esa tensión entre lo público y lo privado, entre la historia y lo íntimo, lo que produce, creo yo, cierto tono tragicómico a través de la novela. El coronel habrá atravesado la historia oficial, pero igual le toca ir al baño, recordar a las mujeres que amó, bailar un poco… Los placeres menores. Algo tiene la novela de esa foto en la que Borges aparece riéndose con un plato plástico en la cabeza. El erudito también tiene intimidad y ahí también hay comedia.” Fonseca menciona a Borges y traer al genio argentino a la conversación es inevitable. Más aún si en Coronel Lágrimas se puede encontrar a un protagonista que, como Borges en sus cuentos, apunta anécdotas históricas que son difíciles de falsear sin consultar las enciclopedias, pues el lector generalmente no está en la capacidad de afirmar, negar o contrastar estos datos. “Siempre sentí, mientras escribía la novela, que el coronel era una especie de Borges de fin de siglo XX. Sentía que Borges se había convertido en una especie de emblema para el enciclopedismo caprichoso en el que vivimos. Así que la novela es cierto ajuste de cuentas con esa enorme figura ambivalente que es Borges. El que negó la vida por los libros. Por otra parte, el otro referente que tenía era Bouvard y Pecuchet, ese gran libro póstumo de Flaubert en donde dos ancianos se dedican, con mucho humor, a experimentar con el conocimiento universal. Borges, creo, fue un gran lector de esa novela”.



La escritura como acto obsesivo

El Coronel reúne una serie de características que a primera vista parecen muy particulares. Es un anciano, es ermitaño y matemático, tiene síntomas de locura, delirios. Me pregunto si Carlos Fonseca considera que hay una relación directa entre esas características y la obsesión por la escritura. El autor responde que para él el gran protagonista de la novela moderna es el obsesivo y cita a Don Quijote, Moby Dick, Bouvard y Pecuchet, Absalom, Absalom! “Dedicarse a escribir una novela requiere aislarse, obsesionarse con la trama y con cierto estilo. Creo que eso se refleja en la picaresca del coronel. Sin embargo, no quería caer en la trampa del relato de genio tan usual hoy día. El coronel habrá sido un gran genio, pero intenté alejarme del retrato del genio acechado por su locura. No se trata de una mera tragedia, sino de algo que juega con la farsa. En el siglo XXI ya no podemos creer en genios, pero sí en Don Quijotes”. Carlos Fonseca, en ese sentido, construye un obsesivo contemporáneo. Y para hacerlo, emplea una serie de técnicas que convierten al lector en espectador. No por casualidad el inicio de la novela es el siguiente: “Al coronel hay que mirarlo muy de cerca. Acercarse hasta el punto de la molestia, hasta verlo pestañear en cámara lenta con ese rostro juvenil pero cansado que ahora vuelve a arrojar sobre la página” (13). La novela tiene una fuerte carga visual y Carlos Fonseca me explica por qué: “Fíjate, la novela surge de una manera extraña. Un día me levanto y escribo el primer párrafo: en donde ese efecto visual de close-up que mencionas está muy presente. A partir de ahí me dije: bueno, ya tengo una suerte de retrato del protagonista, ahora me toca escribir su historia. Lo visual, la idea del retrato, del esbozo, estuvo muy presente a través de toda la escritura. A veces sentía que se trataba de hacer un retrato de un mismo hombre desde todas las perspectivas posibles, algo parecido a lo que hicieron los cubistas en la pintura. Es tal vez una de las cosas que me gustan más de la novela, ese efecto de caleidoscopio”. Fonseca describe así su forma de narrar, usando la misma palabra que Ricardo Piglia usó para elogiarla: “La ópera prima de Fonseca tiene la forma de un caleidoscopio verbal intrigante e inolvidable”. Creo que no hay mejor forma de describir, en una línea, la naturaleza de Coronel Lágrimas. Y para terminar le pregunto a Carlos Fonseca, tras su debut literario, cómo se inscribiría él y cómo inscribiría su obra en el panorama latinoamericano contemporáneo. “Me parece que se están escribiendo cosas buenísimas. En el Perú, por ejemplo, he leído escritores que admiro mucho, como Francisco Ángeles o Jennifer Thorndike. Ahora mismo tengo muchas ganas de leer también tu novela, Bajo la sombra, de la que he recibido excelentes comentarios. Entonces, lo que veo es que muchos escritores de nuestra generación, la de los escritores nacidos en los ochenta—como Diego Zúñiga, Valeria Luiselli, Luis Othoniel, Diego Azurdia o Laia Jufresa—están interesados en pensar cómo narrar más allá de eso que se ha llamado las ficciones del yo, o la auto-ficción. Es algo que interesa mucho: el regreso de la figura del narrador. Pero personalmente, no sé muy bien hacia dónde va la cosa”. Terminamos la conversación refiriéndonos a otra novela que Carlos Fonseca ya viene trabajando. Confiesa sentir algo de presión con respecto a lo que publicará en el futuro y con respecto a la recepción de Coronel Lágrimas. Pero confía en estar avanzando por el camino correcto: “Tengo la suerte de que ya estaba escribiendo otra novela antes de comenzar Coronel Lágrimas, por lo cual ya tengo una base bastante formada para la escritura. La otra novela es un proyecto distinto, más extenso y menos barroco. Más metido en contar una historia. Pero igual, con los mismos personajes obsesivos, las mismas cartografías globales, pero estaba narrada desde una América Latina alucinada”.



Posted in Debate, Entrevistas, Noticias, Presentaciones | Tagged , , , | Leave a comment

Reseña a “Almanaque” de Christian Solano


La vida puede ser breve


Por Leonardo Cárdenas


Tal como en el mundo existen la verdad y la mentira, existen, en literatura, el artificio y la vida. Un lector joven suele interesarse por el artificio, el recurso técnico que lo sorprende y sin duda lo lleva a pensar: “este autor es muy ingenioso”. Algunos lectores crecen, aumentan lecturas y buscan a los maestros del ingenio. Otros lectores crecen, aumentan lecturas y, en algún momento, descubren que el recurso técnico, aquel malabarismo que desafiaba su ingenio, ha perdido importancia. Un lector así sonríe frente a los ilusionistas y los entiende, pero al final los olvida. Su memoria ha sido, en cambio, poblada por escenas mínimas, tal vez sencillas, con un esplendor magro que sin embargo ha conseguido deslumbrarlo. En ellas hay algo más allá de la técnica. Algo terrible o conmovedor, algo a partir de lo cual un hombre entendería a otro hombre en cualquier lugar y momento. Esa es la vida.



La fábrica de microrrelatos, estas últimas décadas, nos ha brindado algunos nombres capaces de sorprendernos con algún truco sacado del sombrero. Es casi una regla que el microrrelato tenga que seguir esa senda poco memorable del ingenio. Es por eso que, muchas veces, me he acercado a los libros del género con cierta desconfianza y los he cerrado a las pocas páginas convencido de que no había algo ahí que me hablara (por supuesto, también he disfrutado con la lectura y creación de aquellos universos mínimos). No desmerezco a los lectores del género, quienes saben mucho más de él —y, probablemente, también de literatura— que yo.

Hablemos de Christian Solano. Este escritor limeño, graduado en Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Perú y miembro de antologías como Circo de pulgas (editada por Rony Vázquez, en Perú) y Ballenas en hormigueros (editada por Ojo de pez, en México), publicó en 2014 su primer libro, Almanaque, un conjunto de microrrelatos editado por Micrópolis, sello dedicado al género breve.

Almanaque está dividido en doce partes, como un almanaque. Cada una de las partes tiene una pequeña cantidad de microrrelatos que, la mayoría de veces, comparten una temática clara. En conjunto, el libro puede ser descrito como una miscelánea y la variedad es uno de sus puntos fuertes. Es verdad que muchos de los relatos sorprenden por el ingenio de los juegos de palabras y los finales sorpresivos. Es también cierto, como dice la contratapa de la edición de Micrópolis, que Christian Solano no comete el más imperdonable de los errores de un narrador de cuentos: la falta de tino en la elección de las palabras precisas, algo crucial en un género donde la elipsis y la participación del lector deben funcionar como un reloj.

Otra verdad: hay cuentos que podrían haberse trabajado más o incluso haberse suprimido. Los lugares comunes son un problema que deforma la literatura. Hay que tener verdaderas agallas para intentar decir algo nuevo sobre temas que la mayoría de autores ha transitado ya. Trabajar una imagen nueva, capaz de perturbar, en tan poco espacio, no es una tarea fácil para un escritor que ha leído mucho. Tampoco es una tarea fácil para el lector aceptar el reto de creerla. La falta de esfuerzo lleva al lugar común, un espacio que debe ser exorcizado por todo escritor y que también se vislumbra, en el caso de Solano, al momento de imitar “formas de hablar”, pues, salvo en el logrado “Noticia de último minuto”, cae en coloquialismos incómodos, cuando su mayor virtud es la neutralidad, en algunos casos, o el sarcasmo.

Tampoco puedo pasar por alto la cursilería en el tratamiento del tema amoroso. Hay muchas frases que podrían ser efectivas en una conquista amatoria, pero que quedan mal cuando se ven impresas en una publicación literaria. No se puede leer “… sólo necesito decirlo para ser feliz y quiero que tú también lo seas” (“Misterio sin resolver”, p. 48) sin evocar un catálogo innumerable de películas y libros que han parafraseado la misma idea hasta el cansancio. Lo mismo sucede con algunos pasajes de la quinta parte, “Estudios generales”, aunque no sean tan evidentes.

Lo mejor del libro es un grupo de cuentos, desperdigados en varias de las secciones, que realmente actúan como mecanismos que mueven algo en el lector. Esto gracias, no hay duda, a las lecturas que lo han nutrido: en algunos casos Kafka y en otros  Cortázar y Borges —aunque a nuestro autor le va mejor por la senda del primero—. Gracias también, claro, a la poética del autor, que no limita su escritura únicamente a los juegos e intenta comunicar algo vital como quien lanza a otro una cosa que le quema las manos. Es el caso de una historia tan tierna como la de “Recuerdos”, misma que, a su vez, podría representar una forma de la crueldad. Es precisamente esa ambigüedad la que le permite erigirse como uno de los mejores momentos del libro. Pero es la sétima parte, dedicada a cuentos que tienen que ver con el ambiente familiar, la que presenta mayores aciertos. Aunque todavía cuenta con algunos relatos prescindibles, estos quedan opacados por textos como “Cuando duermen”, “Enfermedad” o “Enseñanza materna”, cuyo encanto radica en que no pretenden nada, no atacan al lector con una intención (o la ocultan bien, en todo caso). Son cuentos que muestran sin buscar demostrar y esa sinceridad juega a su favor.



Aunque este sea un primer libro y presente algunos errores típicos de una ópera prima, se puede decir que el autor ha publicado estos relatos con plena consciencia de su capacidad literaria. Gracias a aquel grupo de buenos cuentos, el volumen no parece, pues, hecho con el afán de ganar una publicación más para la hoja de vida, sino con el orden que dicta una vocación, un oficio. Christian Solano es un escritor con errores, incluso con errores notorios, pero tiene oficio, esa cualidad que permite a un autor madurar con el tiempo para, finalmente, encontrarse.

Christian Solano

Almanaque

Lima: Micrópolis, 2014, 114 páginas.


Aunque este sea un primer libro y presente algunos errores típicos de una ópera prima, se puede decir que el autor ha publicado estos relatos con plena consciencia de su capacidad literaria. Gracias a aquel grupo de buenos cuentos, el volumen no parece, pues, hecho con el afán de ganar una publicación más para la hoja de vida, sino con el orden que dicta una vocación, un oficio. Christian Solano es un escritor con errores, incluso con errores notorios, pero tiene oficio, esa cualidad que permite a un autor madurar con el tiempo para, finalmente, encontrarse.
Posted in Reseñas | Leave a comment

Reseña a “El bosque de tu nombre” de Karina Pacheco Medrano

Novelando las heridas


Por Jhonny J. Pacheco


¿Cómo narrar la historia del llanto de un país? ¿Cómo concatenar los hechos violentos, las escenas desgarradoras sin caer en la descomposición de la palabra, la desestructuración de la trama? ¿Cómo organizar recuerdos luctuosos tratando de suturar las heridas, los traumas de sangre, por causa de la guerra intestina? Tal vez se pueda plasmar, aunque con cierto reparo, la verdad visceral en conjunción con la memoria ultrajada y el autoritarismo mediante la ficción, tal y como sucede en El bosque de tu nombre.



La novela de Karina Pacheco Medrano relata la travesía vivencial de Ariel, un médico que intenta reconstruir la vida azarosa de su padre, León Cordado, en Guatemala. A partir del hallazgo de un cuaderno, en el que este último había realizado apuntes sobre los acontecimientos funestos sucedidos en su país natal desde el Golpe de Estado en 1954, el narrador principia la reminiscencia y evocación de una mujer llamada Coralia del Río, víctima de estos incidentes traumáticos de la nación centroamericana.

Mediante el relato de Ariel, nos acercamos a escenas transgresoras, aunque cotidianas en nuestra idiosincrasia latinoamericana: un caudillismo militar galopante y dictatorial; una autocracia depositaria de una corrupción animal e hiperbólica; grupos armados revolucionarios que solo buscan la obtención del gobierno para ellos mismos; conjuntos paramilitares que se burlan de la ley ajusticiando con sus propias manos y medios; miles de desaparecidos sin un descanso eterno y alguna reivindicación por parte de los organismos estatales; violación a diestra y siniestra de los Derechos Humanos, etc. Por ello, lo acontecido y descrito en tierras guatemaltecas bien podría ser la crónica de nuestro continente, mellado por la sevicia y el envilecimiento del poder.

Cuando uno comienza a leer el libro de Pacheco Medrano, el «bosque» anunciado en el título no es gratuito, ya que nos adelanta el camino enmarañado que el lector deberá atravesar y en el que la espesura de las contradicciones y los extensos páramos de olvido, prodigan una historia llena de vacíos y pasajes oscuros. Y donde la verdad se vislumbra como un iceberg a medida que descubrimos la vida de los personajes y escuchamos su testimonio. Así, el trauma reprimido se refluye a través de la sutura hecha por la amnesia estatal con el fin de cubrir la ruptura de la armonía social que generó la violencia interna

A través de cada página se busca un nombre: Coralia del Río. La imagen de esta mujer se impregna y agazapa entre los acontecimientos históricos guatemaltecos descritos en detalle por Ariel. La vida de ella se registra en el proceso de la imposición de la autocracia, donde ella se vuelve víctima de un hombre obsesivo: Jorge Lester, hijo de un senador de Guatemala y simpatizante de ideas nazis como es Estuardo Lester. El amor no correspondido por aquella fémina a este hombre desatará una serie de sucesos en la que el amor, la venganza y la política se entremezclan con la tortura, la desaparición y el recuerdo de Coralia por parte de León —el testigo directo pero narrador diferido— que dejará constancia de la existencia de esta enigmática dama. El retrato fantasmal creado por el padre de Ariel cobra corporeidad cuando se traslada la narración desde las hojas del cuaderno hacia los testimonios de primera mano de los historiadores y partícipes directos de la guerra interna, Carlos Fonseca y Abilio Arangüena, la Miss Guatemala Rogelia Cruz, y la hija de Coralia: Eleonora Itzel Waltz del Río. Con ello, se logra cuadros sociales muy plásticos que quedan retenidos en la retina del lector: el martirio y asesinato de Rogelia, así como el secuestro de Estuardo Lester y posterior muerte junto con sus secuaces (Masa y el Chino) en un galpón interior. Debido a ello, la novela alcanza un suspense electrizante donde el lector ha quedado atrapado en la búsqueda de la verdad sobre la muerte de Coralia.

Ahora, si bien el texto supera a muchas tramas que ficcionalizan el conflicto armado interno o dictadura de un país, el libro no logra una costura narrativa acertada a lo largo de sus páginas, pues la historia —por extensos momentos— vulnera el pacto ficcional impuesto. Por ello, el lector, al principio de las cien primeras páginas, atraviesa y tiene que surcar una digresión histórica que, como un catálogo, no solo contextualizan los sucesos que se relatarán, sino que inhiben la fluidez de la prosa. Incluso esta enumeración de hechos hace parecer que estamos frente a una crónica periodística o al informe de la Comisión de la Verdad de dicho país, titulado Guatemala: memoria del silencio. Es decir, el narrador no logra conjugar de manera armoniosa la Historia y la Literatura con el objetivo de sincretizar la memoria y la reconciliación de ese país. Sin embargo, superado este obstáculo, el lector navega por la cresta argumental en el que la intriga sobre Coralia y León Cordado se deja atisbar en medio de datos concretos y recuerdos nebulosos.

Asimismo, los personajes presentados no tienen el conflicto psicológico necesario para afrontar estos avatares políticos y cruentos. El protagonista no tiene la caracterización suficiente para trascender en la materia narrativa, inclusive queda relegado por los otros actuantes, acciones y datos de la novela. Ni siquiera la figura expectante de Coralia se perenniza en la fábula del texto, ya que busca sostener su peripecia existencial mediante el relato de los acontecimientos y vida de los demás actores. Así, el asesinato de ella no logra tener lo ribetes necesarios y trascendentes como lo ameritaba su vida, pues su muerte se desdibuja a través de las palabras y las descripciones de un narrador, de vez en cuando, desorientado en la fábula.



Por último, la vida de León no termina de compactarse pese a que inicia y termina la novela. Cuando el lector se inserta en las peripecias de él y su encuentro con la inglesa Mirian —la madre de Ariel—, lamentablemente los sucesos relatados se quedan fragmentados y nunca son retomados, debido a la mención reiterada del dato histórico del conflicto en Guatemala. Tampoco el final se concatena exitosamente, pues luego de atravesar un relato de sangre, suplicio y lágrimas, se vuelve a los apuntes del cuaderno de León donde, al parecer, el final no logra causar la reflexión realizada por el narrador.

De este modo, El bosque de tu nombre de la autora cusqueña Karina Pacheco Medrano es un libro que camina a tientas entre la novela íntima de un país y un libro informativo de historia, en el que el lector, de igual forma, termina conociendo aun más de nuestra accidentada cultura latinoamericana; evidenciando de que lo sucedido en Guatemala tiene la misma raíz y desenlace que los otros países de la región.


Karina Pacheco Medrano

El bosque de tu nombre

Lima, Ceques editores, 2013


Posted in Reseñas | 1 Comment

Enrique Congrains y “Lima, hora cero”


Lima, hora cero



Por Julio Villalobos


Este año se cumplen 6 años de la última publicación de Enrique Congrains titulada 999 palabras para el planeta tierra y 61 del libro que lo mandó a la fama, el primer best seller del Perú, llamado Lima, hora cero. En este texto, el autor se inspira en una ciudad que está cambiando poco a poco, donde los migrantes del interior del país se vuelcan a la capital, creando barriadas, fundando distritos y conservando sus tradiciones, aspectos que el limeño de a pie desconocía o creía muy lejana de su realidad en aquella época.



Lima, hora cero es una lectura recomendable para aquellos que quieran conocer la construcción social y cultural de los márgenes limeños, así como el fenómeno de la migración. Existen cuatro relatos dentro del libro y el primero es “El niño de junto al cielo”. El personaje principal es Esteban, un niño que llega desde el interior del país, exactamente de Tarma, junto a su madre y la pareja de ella. Una vez en Lima, vive en el distrito del Agustino, lugar que está “junto al cielo”, pues la choza en la que habitan se encuentra en un cerro. Vive en la precariedad, en un barrio de migrantes con un nivel socioeconómico bajo. Esteban es un niño muy curioso y deseoso de conocer la ciudad. Por eso, se ve envuelto en una serie de situaciones que lo llevan a experimentar momentos de alegría y amargura. En esta vorágine que significa la vida en la ciudad, se muestran los grandes contrastes entre la inocencia e ingenuidad de un niño que acaba de llegar del campo y, por el otro lado, la malicia y la astucia capitalina representada en Pedro, un niño del Centro de Lima. El billete de diez soles que encuentra Esteban es importante en el sentido de que, por primera vez, tiene tanto dinero en sus manos y porque, además, es, de alguna manera, una entrada a la ciudad que tanto le impresiona y seduce, al extremo de exaltar sus deseos de recorrerla completamente. En ese sentido, el dinero simboliza la entrada a una urbe que es, a su vez, desconocida y atractiva, cautivadora y amenazante.

En el relato “Lima, hora cero”, existe un fragmento que grafica cómo los provincianos migrantes se sentían muy distantes de los limeños: “… Rodando, tumbo a tumbo, hemos llegado a Esperanza. Somos más de 300 entre hombres, mujeres y niños y provenimos de todos los rincones del Perú. “Los otros” son un millón… “Ellos” tienen inmensos edificios grises…”. Existe un “nosotros” y un “ellos” en la historia. Esto grafica de buena manera el espacio narrativo que se usa. Las diferencias del nivel socioeconómico de cada grupo, las facilidades y comodidades con las que cuenta cada uno quedan en evidencia. Entonces, Lima representaba la oportunidad de lujosas casas, excelente salud, buena educación, alta calidad de vida y, por el otro lado, Esperanza representaba la privación de todas estas comodidades.

En cuanto al relato “Los Palomino”, el protagonista, un provinciano que busca hacerse un camino en la capital, también enfrentándose a una serie de problemas económicos y de salud de su esposa que lo mantienen agobiado, está en busca de dinero pues tiene que operar a su pareja del riñón. En determinado momento de la historia, estrella su auto contra el de un ingeniero, lo que le causaría serios problemas. Además, debe lidiar con la preocupación que tiene por el futuro de su hija, quien no le gustaría tener una vida adulta como la de su padre, es decir, con carencias económicas. El relato parece decirnos que, en la miseria, no hay salida por ninguna parte.



“Cuatro mil pisos, mil esperanzas” nos cuenta acerca de una niña que vive, junto a sus padres, en el barrio de Matute, mostrándonos las peripecias por las cuales pasan cada uno de los familiares y los obstáculos que les muestra la ciudad para poder tener una vida digna. Desde la mirada infantil de una niña, de cierta manera, se da cuenta de la indiferencia de las personas limeñas hacia los migrantes. Es como un repentino despertar ante la situación que padecen. Existe una frase en la que la niña dice “¿y si la viejita de las gallinas, una noche, después de mucha hambre, frío, lluvia, enfermedades, se mete aquí y, despacito, nos mata a todos?”. Definitivamente, nos habla de una ciudad en la que no se puede confiar en nadie, pues viven temerosos de la persona de al lado.

De esta manera, el libro de Congrains construye la figura de los provincianos y su inserción en Lima. Eso está bastante claro. Sin embargo, también encontramos una construcción ficcional de cómo los oprimidos van encontrando un lugar en la urbe, de la forma en que se insertan en ella a través de la ocupación física e imaginaria de las periferias. Hay un feedback y una unificación vital entre los personajes marginales y los espacios marginados, lo cual está graficado en el final del relato “Lima, hora cero”, en el cual Mateo Torres, el protagonista, muere y la barriada Esperanza desaparece. Finalmente, podemos decir que la idea general que tenemos de este libro, a estos días casi un lugar común aunque paradójicamente bastante vigente, es que una ciudad como la nuestra, con todas sus peculiaridades, se ve reflejada en cada uno de estos relatos, donde sus historias son una representación literaria, y por eso mismo más real, de la penosa situación de muchos de los habitantes de este país. Como diría Salazar Bondy, se trata de “relatos tristes, porque triste es nuestro país”.



Posted in Reseñas | Tagged , , | Leave a comment

Entrevista a Marcel Velázquez Castro


“El futuro imaginado en el XIX se parece siniestramente al que hoy imagina el poder económico”


Una conversación con Marcel Velázquez Castro a propósito de la edición de Lima de aquí a cien años (1843)




Por Jack Martínez Arias



Gracias a una excelente iniciativa de Marcel Velázquez Castro, la Casa de la Literatura Peruana y Editorial San Marcos acaban de publicar la que es considerada la primera novela peruana: Lima de aquí a cien años de Julián M. del Portillo. De esta manera, el libro por entregas aparecido originalmente junto al diario El Comercio durante el año 1843, se edita por primera vez en la forma de un volumen independiente. Sorprende que Lima de aquí a cien años, además de su carácter pionero, también sea una novela de corte futurista y fantástica, convirtiéndose en la fundadora de la novelística nacional que, sin embargo, ha sido generalmente considerada de tendencia realista. En el futuro que imagina esta novela el lector se encuentra con una Lima que, hacia 1943, ya se habría convertido en un país del primer mundo, lugar clave en el comercio global, espacio sin tensiones políticas, pacífico, ordenado e iluminado. En suma, una nación que, para el autor, sería ideal.

De esta novela que imagina un futuro prometedor para la nación, de su naturaleza fundacional, de las ansias políticas que refleja, de su vigencia en la actualidad y otros temas, conversamos con el profesor de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, ensayista y crítico literario Marcel Velázquez Castro, encargado de la edición y el estudio preliminar de Lima de aquí a cien años y de otras importantes publicaciones que aparecerán como parte de la “Colección Bicentenario”*.



–¿Qué es lo que convierte a Lima de aquí a cien años (LAC) en la primera novela peruana? Más allá de que su autor “es el primer escritor peruano que asigna el nombre de novelas a sus composiciones narrativas”, ¿qué elementos o características podemos encontrar en el libro para calificarlo como un texto novelístico y no, por ejemplo, “una serie de tres cartas” tal como Basadre lo señala?

–Antes de LAC, algunas novelas de Pablo de Olavide se publican póstumamente   en Nueva York y, probablemente, una en París (aunque no se ha podido verificar su autoría). Esas novelas se inscriben en el modelo pedagógico neoclásico, pero son en su gran mayoría adaptaciones y variaciones de novelas inglesas del periodo, casi meros ejercicios literarios. Además, no queda constancia que dichas novelas  fueran difundidas y se leyeran en nuestro país. En ese sentido se puede afirmar que la novela de Portillo funda la tradición moderna de la novela peruana. Portillo crea un mundo ficcional verosímil con personajes inventados que se rigen por sus propias reglas que combinan el realismo y algunos elementos contrafácticos como la suspensión en el tiempo de los personajes y su proyección al futuro. Además, hay varios nudos de tensión en el relato y un desenlace, todo ello trabajado desde la mano del narrador. Es cierto que se puede discutir si Portillo logra crear plenamente una instancia ficcional distinta a la del autor real, porque al inicio de la novela hay indicios que probarían lo contrario; sin embargo, al final de LAC, la clara distinción entre Portillo y Arthur, el personaje narrador, se hace evidente. Es decir, no hay identidad entre autor real y narrador como en una carta común. Lo que Portillo elige es un modelo discursivo frecuente desde fines del XVIII, la novela epistolar.



–En ese sentido, y tomando en cuenta que la narrativa peruana ha sido generalmente identificada con una tendencia realista, ¿cómo se puede leer o qué puede significar o cómo puede cambiar nuestra perspectiva de la tradición literaria nacional el hecho de que la primera novela peruana, Lima de aquí a cien años, sea de corte futurista?

–Este rasgo futurista y algunos elementos fantásticos de LAC posibilitan la  construcción de una línea genealógica distinta de los orígenes de nuestra tradición. En nuestra novelística, y más en el siglo XIX, ha predominado el paradigma mimético verosímil y la subordinación de los ideales estéticos al carácter de denuncia político-social; LAC mantiene solo el segundo aspecto, pero nos revela que la batalla del realismo no estaba completamente ganada en los inicios. Además, LAC se inscribe en una red internacional de novelas futurísticas en el XIX latinoamericano y emplea códigos sentimentales, románticos y góticos, modelos comunes en novelas europeas. Esto prueba que el género novela atraviesa las singularidades de las fronteras nacionales y un marco de lectura solo desde lo nacional es insuficiente.


–¿Y este libro enmarcado en un contexto internacional de producción novelística de corte fantástica y futurística, puede decirnos algo del contexto social, histórico o político del momento en el que fue escrito?, ¿qué ansiedades sociales, qué deseos de la época pueden ser rastreados a través de imaginar el futuro de Lima?, ¿qué nos dice el libro acerca de los proyectos nacionales de los intelectuales de mediados del siglo XIX?

–El libro se inscribe plenamente en el denominado proyecto nacional limeño-criollo, y expresa los deseos de modernización mediante la intensificación de un conjunto de inventos tecnológicos y de comunicación que ya en su época eran conocidos. Por otro lado, se valora el trabajo industrial, el orden racional del espacio citadino y las normas de urbanidad. Se busca colocar al Perú en el centro de las relaciones comerciales e internacionales. La idea de que el Perú tiene que ser el eje del comercio internacional marítimo, la ilusión de una ciudad-puerto que comercie incesantemente con el mundo. Cualquier parecido con el presente no es ninguna casualidad.




–Ya que por un momento nos referimos al presente, pienso que un lector contemporáneo puede distinguir que a diferencia de la literatura de ciencia ficción que se escribe ahora, la historia de Lima de aquí a cien años no es apocalíptica, sino todo lo contrario. ¿Es esta una característica de las narrativas latinoamericanas u occidentales de la época? ¿El optimismo en un futuro mejor es dominante en la literatura peruana decimonónica?

–Se puede considerar esta novela como una utopía sociopolítica, pero no tiene un desenlace feliz, pues la historia personal romántica tiene un desenlace trágico. De alguna manera en la historia amorosa se socava esa sociedad idealizada y reaparecen las pulsiones de muerte y destrucción que dominaban durante el tiempo de Portillo. En general, la primera mitad del siglo XIX es una época de optimismo pues se viven nuevos desarrollos tecnológicos (ferrocarril, barco a vapor) y hay la esperanza de un futuro mejor. En las nuevas repúblicas americanas, el horizonte de la civilización tanto en su dimensión material y espiritual parecía hallarse al alcance de la mano; el lado siniestro de la modernidad no se revelaba plenamente.


–Volviendo a la época de Portillo, me llamó la atención que haya momentos en la novela en los que el autor se refiere a Lima y otros en los que se refiere a todo el Perú. Como si Lima y Perú fueran conceptos intercambiables. ¿El centralismo cultural era absoluto en aquella época o había tensiones entre la intelectualidad limeña y la regional?

–Después de la Independencia, Lima pierde poder político y militar; Trujillo, Arequipa y Cusco retan a Lima por medio de caudillos militares. Lima se consolida nuevamente como el centro político-militar después de la derrota de la Confederación (1939) y con la instalación del primer gobierno de Castilla (1845) y la bonanza económica a raíz de la exportación del guano. Portillo es un autor limeño y era muy frecuente esa identificación de lo “limeño” con lo nacional durante aquella década. No deja de ser significativo que el autor anónimo que desea burlarse de la sociedad futura imaginada por LAC denomine a su texto Cuzco de aquí a cien años. Es decir, hubo en su época otros novelistas que expresaban una perspectiva más regional, como Narciso Aréstegui, autor de la novela El padre Horán (1848), también de folletín y también publicada en El Comercio.



–Algo interesante es que en el mundo del futuro descrito en la novela, Rusia aparece como una potencia mundial e Inglaterra como un país que casi ha desaparecido. ¿A qué cree que se deba esa proyección con respecto al orden político mundial de la época?

–Portillo era un afrancesado y no parece identificarse con los valores del Imperio británico. Es muy interesante que asigne a Rusia y a China una gran importancia en el orden mundial, tanto en el comercio, como en la política. En ese aspecto, su mundo futurístico se ha convertido en realidad.


–Finalmente, la edición de esta novela tiene un gran valor de archivo. ¿Pero también podría resistir una lectura contemporánea? ¿Podemos decir que, en muchos aspectos, las ansias de mediados del XIX por una nación ordenada y sin conflictos siguen siendo parecidas a las del Perú de hoy?

–No creo que haya una sola forma de leer novelas contemporáneamente; sin duda esta es una novela exploratoria y escrita por un autor que emplea todavía sin mucha pericia algunos recursos narrativos que hoy son materia común. Sin embargo, creo que el interés de la novela no se limita a especialistas y a historiadores, pues cualquier lector podrá apreciar los problemas y las posibilidades de esta novela y conocer su historia si acepta el reto de leerla. En cuanto a las ansiedades y deseos que rigen su utopía, ellas expresan ideales modernizadores que hoy son hegemónicos en un país como el Perú: la promoción del comercio internacional, la circulación regulada de personas y mercaderías en las calles, el orden sociopolítico en pos de progreso y la prosperidad materiales. El país imaginado por Portillo se parece siniestramente al que imagina hoy el poder económico; sin embargo, LAC expresa el ideal primigenio de la modernidad con su ingenua confianza en el autoperfeccionamiento y en el progreso material económico; es sorprendente que hoy vuelva a reinar la misma ingenuidad y la ilusión economicista que solo aprecia las bondades del único sendero que imagina. Portillo no podía ver los desastres del progreso; hoy, es vergonzosa esa misma miopía en las elites económicas y en gran parte de nuestra sociedad.


*En la “Colección Bicentenario” también aparecerán los libros: Narrativa breve completa de Clorinda Matto de Turner, Aletazos del murciélago de Manuel Atanasio Fuentes y Los orígenes del cuento en el Perú (1870-1904).



Posted in Entrevistas, Estudios, Homenaje, Noticias, Presentaciones, Publicaciones | Tagged , , , | Leave a comment

Reseña a “Lima de aquí a cien años” de Julián M. del Portillo (1843). Edición y estudio preliminar de Marcel Velázquez Castro.



La primera novela peruana





Por Johnny Zevallos



“En la portada de Monserrate, un hermoso canal conduce con la ayuda de un pequeño buque de vapor los más grandes buques hasta delante de la ciudad, y los pequeños entran por sí solos” (45). Así imaginaba, cien años después, el antiguo barrio de Monserrate el narrador Julián Manuel del Portillo sin pensar que estaba dando inicio a la primera novela peruana. En efecto, Lima de aquí a cien años, aparecida por entregas en 1843 en las páginas del diario El Comercio, cuando el decano de la prensa nacional cumplía apenas un lustro de su fundación, constituye el primer paso de nuestra narrativa. A pesar de que es casi desconocida entre los lectores modernos, el interés que despierta esta primigenia producción discursiva viene adentrándose cada vez más en el canon literario peruano. Por ello, resulta imprescindible y encomiable la publicación en formato de libro de esta inusual novela decimonónica.





El reconocido crítico y ensayista Marcel Velázquez Castro, responsable de esta magnífica edición, divide el libro en cuatro secciones. La primera corresponde a la novela misma, es decir, Lima de aquí a cien años. La segunda se titula Cusco de aquí a cien años, que es calificada por la investigadora Giuliana Carrillo y el propio Velázquez como texto intruso, ya que tendría una relación dialógica y satírica del texto original, pero sin formar parte del mismo. La tercera está integrada por los paratextos y metatextos de la novela en mención, término que el editor emplea para agrupar las cartas y diálogos ficticios en que se comenta la recepción de la obra entre los suscriptores del diario, así como las respuestas del autor. Por último, se presenta una reproducción facsimilar de algunos fragmentos de la novela.

Lima de aquí a cien años constituye, en efecto, la primera producción novelística peruana dada la fecha de su publicación. Llama la atención, sin embargo, el hecho de que su estructura, la epistolar, coincida con las primeras representaciones del género como Pamela (1740) de Samuel Richardson, Julia o la nueva Eloísa (1761) de Jean Jacques Rousseau, Las desventuras del joven Werther (1774) de Johann Wolfgang von Goethe o Lady Susan (1794) de Jane Austen. Además, el formato de publicación corresponde al subgénero preponderante y de mayor éxito en los circuitos literarios europeos: el folletín. Hasta 1843, ya habían visto la luz gran parte de las novelas inglesas y francesas como Oliver Twist (1837-1839) de Charles Dickens, que apareciera en la revista Bentley’s Miscellany, dirigida por el propio autor; o Los misterios de París (1842-1843) de Eugène Sue en Journal des Débats. Cabe recordar que las novelas por entregas tenían como función llegar a un mayor número de lectores e insertar el modelo de nación ideal a través de construcciones ficcionales costumbristas o cuadros de costumbres.

Aunque el título de la novela pudiera referir al lector actual a un texto de ciencia ficción, Marcel Velázquez sostiene que el narrador no se desliga de los cánones urbanísticos decimonónicos y pretende, más bien, construir su prototipo de creación ficcional futurista a partir de espacios arquitectónicos europeos como hoteles franceses, ingleses o rusos, los cuales estarán regidos por el orden racional de la expansión urbana parisina y de otras capitales europeas. En su estudio preliminar, el editor añade que la presencia de Cusco como modelo de ciudad futura impide el vuelo imaginativo de Del Portillo, pues su carácter burlesco del texto original cuestiona la cohesión entre las dos primeras cartas de Lima a de aquí a cien años. Velázquez incide, también, un aspecto fundamental que enlaza a la novela en mención con otras producciones contemporáneas como “las exaltaciones románticas del amor apasionado” (25), pues se enfatizan los códigos románticos que compartirán los idilios de los personajes.

La novela fue publicada en cuatro entregas. La primera correspondió al número 1213 del diario El Comercio, con fecha viernes 30 de junio de 1843; la segunda, al número 1241 con fecha martes 1 de agosto; la tercera, al número 1242 con fecha miércoles 2 de agosto; y la cuarta, en forma de separata, en setiembre de 1843. El texto se inicia con una carta, escrita el 1 de junio de 1943, fecha que coincide con la primera entrega, que dirige Artur (alter ego de Julián Manuel del Portillo), quien reside en la capital peruana, a Carlos, habitante de la ciudad de Cusco, lejanía que los obliga a comunicarse a través de misivas. En ella se describe precisamente una Lima futura con ómnibus que transitan desde Monserrate hasta la Biblioteca Nacional. Los dos personajes despiertan de un prolongado letargo que los ha desaparecido por una centuria y descubren que el puerto del Callao ha desaparecido para dar paso al puerto de Lima. La segunda carta abarca las dos siguientes entregas en que Artur responde a la descripción de Carlos sobre la ciudad del Cusco en el futuro. Es en esta epístola que Artur confiesa a su remitente su amor por Delia, joven rusa unida por matrimonio con el príncipe Kptsips Pfdriiliorky. En la tercera y última carta, la más extensa, se describe el abandono de Delia, quien debe viajar junto a su esposo a San Petersburgo. Es interesante que dentro de esta misiva se inserte la carta que reciba Artur de su amada, a manera de caja china, en la cual esta se lamenta de tan innoble decisión. No obstante, descubrimos, también en esta misiva, el otro amor de Artur: Julia, mujer que, si bien no se le corresponde la importancia de la anterior, ha dado pie a muchos investigadores para hallar en ella un prototipo del doble o de elementos góticos. La novela termina con la muerte de Artur, quien tímidamente consigue firmar la carta antes de su deceso, y ansía reunirse en algún momento con su amada.





Cusco de aquí a cien años, texto firmado por Carlos de A. (seudónimo de Julián M. del Portillo) fue publicado en solo dos entregas. La primera corresponde al número 1216 de El Comercio, con fecha martes 4 de julio de 1843; y la segunda, al número 1244, con fecha viernes 4 de agosto. Si en la novela Lima representa el cosmopolitismo; en este, Cusco intenta simbolizar la reinstauración del Imperio Inca: “Como lo sabes, se había restablecido el Imperio de los incas, y el actual Emperador Portanqui Inca, ha realizado las maravillas de las Mil y unas noches. Una lámpara, de cien varas de diámetro, suspendida en lo alto de la pirámide, alumbra toda la ciudad, e iguala la luz del día” (123). La inserción de elementos orientales en el espacio cusqueño —sugiere Velázquez Castro— se opone a los códigos occidentales que aparecen en Lima.

Indudablemente, constituye un enorme acierto la edición de un texto fundacional en nuestra tradición literaria, hecho que debe despertar el interés por otras producciones de su autor. Es ya conocida la ingente e insoslayable labor que Marcel Velázquez Castro ha venido desarrollando a lo largo de los últimos años a través de un minucioso trabajo de analizar y rescatar creaciones ficcionales del siglo XIX e inicios del XX, por lo que este invalorable rescate literario no hace sino confirmar su excelente tarea de crítico y prolijo ensayista. Mención aparte merece, no cabe duda, el interés de la Casa de la Literatura Peruana y la Editorial San Marcos por recuperar aquellas producciones que intentaban imaginar nuestra nación a través de mundos representados, por lo que acertadamente formarán parte de su Colección Bicentenario.



Julián M. del Portillo (1843)

Lima de aquí a cien años

Edición y estudio preliminar de Marcel Velázquez Castro

Lima: Editorial San Marcos / Casa de la Literatura Peruana, 2014





Posted in Estudios, Publicaciones, Reseñas | Leave a comment