Gabriel García Márquez (1927-2014)
Thursday April 17th 2014, 5:59 pm
Filed under: Noticias,Publicaciones

“Danzaré sobre vuestros inmundos

cadáveres”

Hace unos días, se había propalado la noticia de los problemas respiratorios de Gabriel García Márquez. Lamentablemente, esta vez se confirma lo que sus lectores temían desde hace algún tiempo. Gabo ha fallecido, pero no nos deja en la orfandad, por el contrario, nos deja un legado literario extraordinario, potente y audaz, que, estamos bastante seguros, se impondrá a los avatares del tiempo y la soledad.

Algunos diarios comenzaron a rendirle merecidos homenajes a este extraordinario escritor:

El País

Informador

Página/12



Desde los Buenos Aires
Monday April 14th 2014, 3:38 pm
Filed under: Columnas

Antes de empezar



Por Carlos Germán Amézaga



No recuerdo cuándo fue la primera vez que fui al cine. Lo que sí recuerdo, y eso no puedo olvidar pues lo tengo anotado, es la primera película que vi en el año 1970. Fue La Batalla de Inglaterra, la historia de los valientes pilotos de la RAF que impidieron la invasión de Alemania a Gran Bretaña, durante la Segunda Guerra Mundial, protagonizada por Michael Caine, Trevor Howard y Laurence Olivier.

He dicho que lo tengo anotado porque, precisamente desde ese año, he venido apuntando todas las películas que he ido a ver al cine. No cuentan aquellas que he visto en la televisión, en vídeo o, más recientemente, en DVD o Netflix. Únicamente cuentan las que he visto en las salas oscuras.

En 1970, tenía 12 años y, con toda seguridad, ya había ido al cine, pero solo tengo muy vagos recuerdos. Debo haber ido la primera vez con mis padres para ver alguna de Charly Chaplin. A mi padre no le gustaba mucho el cine. Para ser exacto, no es de los que iban seguido, pero le encantaba Chaplin. Lo había visto desde que era niño. Si no fue una de Chaplin, entonces debió ser alguna de Cantinflas, otro de sus ídolos.

Viví durante los primeros años de mi vida en Pueblo Libre, también conocido como Magdalena Vieja, famoso por su iglesia de María Magdalena y porque allí tuvo su casa el Libertador Simón Bolívar, muy cerca del viejo bar Queirolo. De aquella época, no puedo decir con seguridad o exactitud cuál fue la primera o las primeras películas que vi durante mi niñez, pero casi puedo afirmar las salas en las que debo haberlas visto. Sí, me refiero a los cines de mi barrio, por ejemplo el Idolo, el Florida (llamado también Floripulga por los sufridos concurrentes), el Gardel, el Broadway o el Brasil.


De estos cines, solo uno era de los llamados “de estreno”: el Idolo. Los demás, aquellos que cambiaban de película todos los días y donde también pasaban algunas antiguas, pasadas de moda o después de haber terminado su ciclo de estreno en las principales salas de la ciudad, eran denominados cines “de barrio”. En los “de estreno”, las películas duraban por lo menos una semana y, dependiendo de su éxito, podían quedarse por dos o más, de acuerdo con las preferencias del público. 

Las diferencias entre los cines “de estreno” y los “de barrio” eran notables. Los primeros contaban con una platea con butacas relativamente nuevas y bien cuidadas, y con un segundo nivel llamado mezzanine, cuyas localidades, por lo general, eran más caras que las de la platea. Los cines “de barrio”, en su mayoría, eran viejos. Quizás algunos de ellos habían sido de estreno en sus primeros años, pero el tiempo y la incuria los había vuelto inaptos para la presentación de las mejores películas. En ellos, además de la platea, existía la platea alta en un segundo nivel y, en muchos casos, hasta un tercer nivel, llamado cazuela, como en los teatros.

A los cines “de barrio”, se iba con los amigos para divertirse. Muchas veces, no importaba la película que dieran, sino estar allí y meter bulla, gritar, fastidiar a los vecinos de abajo y lanzar papeles o cosas peores a los que tenían la mala suerte de haber escogido la platea en vez de refugiarse en lo más alto de la cazuela. Los “de estreno”, en cambio, imponían un mejor comportamiento y, en su momento, eran los adecuados para asistir acompañados por nuestros familiares cuando nos invitaban a ver alguna de las películas de moda o, cada vez que se presentara la ocasión, por las chicas del barrio. Por cierto, más de un romance surgió entre la propicia oscuridad de las salas de nuestros cines, como siempre ha ocurrido y seguirá ocurriendo.

Si hacemos un recorrido por los lugares donde quedaban aquellos cines de mi antiguo barrio, veremos que el Idolo ya no existe, que ha sido reemplazado por un edificio de apartamentos en el Parque Amoretti. La esquina del Florida, en la avenida Vivanco, hoy está ocupada por un moderno edificio. Del Brasil no quedan rastros, ha sido absorbido por las casas de alrededor en la avenida del mismo nombre. El Gardel se convirtió en un casino. El único que pudo sobrevivir un poco más fue el Broadway, pero más le hubiera valido pasar a mejor vida, pues estuvo dedicado a las películas Triple X. Incluso, fue clausurado varias veces por permitir el ingreso de menores de edad a esas funciones. Solo de ver su aspecto exterior daba lástima. Hoy en día, no sé qué será de él. En resumen, de todos aquellos cines, ya no queda nada o, lo que solo es menos malo, queda casi nada.


La idea de anotar las películas que veía surgió de algo en especial. Resulta que, como el personaje de Unamuno, yo tenía una tía Tula. Esta tía fue siempre una gran aficionada al cine. En su juventud, por lo menos una vez a la semana, asistía a las funciones de los cines cercanos o del centro de la ciudad. Gracias a ella y su debilidad por ciertos artistas, conocí nombres como Cary Grant, Humphrey Bogart, Tony Curtis. Por supuesto, mención aparte merece su favorito, Frank Sinatra, quien brillaba entre tantas estrellas del celuloide de los años 40 y 50.

La tía Tula, no sé por qué razón, apuntaba en una libreta todas las películas que iba a ver al cine. En esas épocas, la televisión todavía no existía o era muy incipiente y no se pasaban películas como ahora. El ejemplo de ella, me llevó a hacer lo mismo, primero como una diversión y después como algo mucho más serio, cuando noté que el cine era algo que realmente me gustaba y, a veces, incluso apasionaba. Le debo a ella el haber iniciado esta, digamos, obsesión por anotar mis aventuras cinematográficas y también por haberme iniciado en el amor y respeto al séptimo arte

Durante cuarenta años, y un poco más, he venido cumpliendo con el rito de anotar cada una de las películas que me ha sido dado el placer o la desgracia de ver. Mis anotaciones se limitan, eso sí, al nombre de la película, el cine en que la vi, la calificación de MB, B, R y M, de acuerdo con mis sensaciones al término de la misma. Hice lo propio con la fecha y ciudad a partir de los años 80.

Esta es la primera entrega, a modo de trailer, de una serie de artículos que pretenden ir mostrando un panorama del cine de las tres décadas finales del siglo XX y los inicios del XXI. Es verdad que no he visto ni la tercera parte de lo que hubiera podido o debido ver, pero sin duda he logrado hacerlo con muchas de las que pueden ser consideradas como lo mejor del cine mundial de esas épocas, películas que, por lo demás, han dejado una huella imborrable en cientos, miles o millones de espectadores alrededor del mundo. Precisamente por eso, por recordar una parte de nuestras vidas y por sintetizar un instante de nuestras existencias, intentaré rescatarlas del lugar donde hayan quedado, muy probablemente, olvidadas.




Reseña a “Obsesión” de Alina Gadea
Tuesday April 08th 2014, 12:10 am
Filed under: Reseñas

Liberación y contagio


Por Leonardo Cárdenas


Alina Gadea es una narradora limeña que ha obtenido el premio Copé de Bronce en 2006 por el cuento “La casa muerta” y publicado la novela Otra vida para Doris Kaplan (2009). Escribe también poesía (léase A veinte centímetros del suelo) y es una escritora que no se debe ignorar. Obsesión (Ediciones Altazor, 2012), su última entrega, es una novela compacta y lineal: un libro que se debe leer en poco tiempo. Es una novela que gusta, que está bien escrita, que incomoda pero no sacude ni remece: la novela cumple con las expectativas sin rebasarlas. No es extraordinaria, es buena.

En Obsesión, Gadea narra la historia de dos personajes: Yvonne y Marcelo. Ella es escritora y él, psiquiatra. En los lugares en los que transcurre (un consultorio, cafés, parques, habitaciones de hotel y sus propias casas), no sucede mucho. La novela avanza gracias a los razonamientos contradictorios que los personajes tienen, a los que asistimos gracias a una voz narrativa que lo sabe todo.

Yvonne conoce a Marcelo antes de iniciada la novela: él la atiende porque ella vive apegada al sufrimiento. En el momento en que ella se libera de esa dependencia, comienza a sentir deseo por Marcelo. Él está casado, pero su vida es una rutina y la idea de una aventura, cómo no, lo seduce y lo aterra. Hasta aquí, no encontramos nada nuevo, hay muchas historias así. ¿Qué hace a Obsesión diferente?

Sobre todo, la forma en que los personajes alternan sus roles. La alternancia psicológica de los personajes es original y hace que el interés por la historia se mantenga. Esto es, básicamente, lo que hace al texto recomendable: un manejo hábil del fenómeno (usadísimo, es cierto, pero si es lo que mueve la novela es porque no se trata de la repetición de un esquema) de ‘sanchificación’ o ‘quijotización’ (o ambas, si se quiere).

Hasta un poco más allá de la mitad de la novela, Yvonne es una mujer con pesadillas y tormentos que crecen gracias al vacío que la constituye: el miedo a estar sola. Esta mujer no es capaz de entenderse como una individualidad única y su realización como ser humano, a pesar de su carrera de escritora más o menos exitosa (reconocida, al menos, por algunos lectores), más tiene que ver con la felicidad que le proporciona la compañía, es decir, el amor. Yvonne sola no es nada feliz: en los momentos en los que sufre la soledad, el vacío la abruma y empiezan las pesadillas en las que aparece un monstruo con la voracidad necesaria para herir una piedra y hacerla sangrar.

Luego de ser abandonada por un indeciso Marcelo, Yvonne conoce a Diego y el afecto juvenil del fotógrafo refresca su vida. Marcelo, caprichosamente, quiere volver con Yvonne luego de varias semanas ausente para encontrarse en un hotel y tener sexo (lo excitaba mucho la forma en la que Yvonne se mostraba inerte bajo su cuerpo en los últimos encuentros), pero ella lo ha cambiado por Diego. El rechazo de Yvonne genera en Marcelo un contagio de la depresión y el sinsentido de su ex paciente. Sin embargo, el vacío que constituye al psiquiatra es el sinsentido de la vida perfecta.

Marcelo tiene una familia que aparece retratada en la sección de sociales de los diarios más caros de la ciudad. Tiene una esposa hermosa que le habla de sus visitas diarias al spa y unos hijos a los que solo se nombra pero jamás aparecen. Como era de esperarse, él está cansado de este tipo de vida perfecta: su esposa parece una muñeca que solo se preocupa en verse bien y asistir a reuniones a las que van otras personas con igual hipocresía. A esta mujer le hace el amor sin amor y con bastante costumbre. La época contemporánea es una época de contratos, horarios y rutina. Obsesión sabe desenmascarar bien esa ‘perfección’, pero ese desenmascaramiento es algo que casi cualquier película o novela hace en estos días. Original, en cambio, resulta la descripción de un rasgo único en Marcelo, de lejos el personaje mejor construido: el placer que le produjo, hace mucho tiempo, la inserción de sus dedos enguantados en las entrañas de un cadáver durante su vida universitaria. Esa memoria sórdida sostiene al personaje hasta el final y hace que se quede con nosotros. En sus momentos más bajos, Marcelo recuerda esa escena y actúa como un animal, dejando de lado toda la “sofisticación” que su vida perfecta le exige. Por supuesto, la voz que narra esta historia elige, con bastante tino, centrar el protagonismo en este atormentado personaje hacia el final de la novela. Marcelo cae más hondo que Yvonne y la transformación se completa: Yvonne encuentra su nueva vida y Marcelo se encuentra de cerca a la muerte. Se cumple así la alternancia.

Esta no es la mejor novela que Alina Gadea puede escribir. La autora muestra potencial para contar este tipo de historias sin cansar al lector. Sin embargo, Obsesión aún muestra elementos deficientes, como el personaje de Carola, la esposa de Marcelo, que se siente, a lo largo de la historia, como una presencia sin vida, un recurso narrativo antes que un personaje integral que podría existir, porque es parte del tópico de la mujer adinerada que vive de las páginas de sociales y solo sabe hablar de sus días en el gimnasio, de cuál vestido le queda bien o a quién vio en el supermercado. Su personalidad es plana a pesar de ser un elemento importante que gravita alrededor de Marcelo. Si la elección de un tópico para representar a Carola se hizo para ridiculizar la vida “perfecta” de la que hablábamos líneas arriba, creemos que fue una elección desacertada por el tono de la novela, que no es satírica en ninguna parte y no necesita de figurillas típicas para subsistir ni avanzar como historia.

Finalmente, creemos conveniente revisar la novela y no perder el rastro de Alina Gadea, que parece dispuesta a seguir escribiendo fuera de las grandes épicas, sumergida más bien en el terror que produce la quietud asesina de la costumbre, llena de una felicidad que nos perturba y se convierte en una pesadilla como la de Marcelo: “Volvió a su cama y se durmió. De un momento a otro, una losa enorme lo cubría. Logró incorporarse y los vio: Carola, los niños y él se abrazaban en el descanso de la escalera. Juntos. Nunca se separarían. Despertó asustado” (p. 48).

Alina Gadea

Obsesión

Lima, Ediciones Altazor, 2012, 92 pp.




Reseña a “Tsunami” de Ezio Neyra
Wednesday April 02nd 2014, 10:52 pm
Filed under: Reseñas

Un desastre inofensivo



Por Danilo Raá


Seis años tuvieron que pasar para que Ezio Neyra (Lima, 1980) publicara su tercera novela. Habrá que hacer algo mientras tanto (2005) y Todas mis muertes (2006) vinieron sucedidas por un silencio editorial que solo la aparición de Tsunami (Borrador-J. C. Sáez, 2012) pudo interrumpir. Temas como el desamor, la nostalgia y la familia motivan este, su último libro. Y, lamentablemente, fuera de algunas imágenes logradas, lo que más salta a la vista es su carácter disparejo.


Tsunami cuenta fundamentalmente dos historias, o, para ser más preciso, dos momentos de una misma historia que se distancian y después se funden gracias al uso de vasos comunicantes. En ambas líneas narrativas, el protagonista y narrador es Leandro, un joven limeño de familia acomodada que, principalmente a causa del desamor, pasa por un proceso de aprendizaje emocional. El primer momento de la historia aborda la relación de Leandro con Julia. Todo empieza con un breve viaje a Buenos Aires que emprenden él y su madre. Por intermedio de un amigo, Leandro conoce a Julia, una argentina cinco años mayor que él con quien se acuesta casi de inmediato. La química entre ambos, implícita e inusual, hace que la relación se prolongue: primero él vuelve a Buenos Aires para visitarla, luego ella viene a Lima a quedarse en casa de él. Las cosas se complican cuando ella lo convence de mudarse juntos, pues la madre de Leandro es enemiga de la relación. Viene aquí propiamente el tiempo de la miseria. Se mudan a un penoso departamento barranquino que, según Julia, está infestado de fantasmas. La relación se deteriora rápidamente, sobre todo por la falta de dinero y las excentricidades de Julia. Poco después Leandro empieza una relación clandestina con Talía, una chica de su universidad, novia de un amigo suyo. Y finalmente, en cierre telenovelesco, Julia le dice que está embarazada, cosa que, impúdicamente, precipita el fin de la relación. Este primer momento está marcado por la oralidad: Leandro, entre vasos de cerveza, le cuenta la historia a un interlocutor incógnito que solo al final se revela como Matías, su primo hermano y compañero de infancia.

Por su parte, la segunda línea es eminentemente escrita. Ya no se trata del Leandro que habla, que cuenta entre tragos sus problemas amorosos, sino que es aquí un narrador literario que no necesita de interlocutores. Su punto de partida está situado tiempo después de la ruptura con Julia, cuando ya ha nacido y cumplido un par de años Luciana, la hija de ambos. Tras un amago de reconciliación que se frustra intempestivamente, Leandro decide seguir a Julia durante el tiempo que esta está en Lima. Pero rápidamente se da cuenta de que ella está mejor sin él y, como consecuencia, entra en desesperación. Primero se refugia en las drogas y después decide viajar. Va a visitar a su abuelo en un balneario de provincia que varios años antes fue asolado por un tsunami. Son el viaje y el ambiente familiar de ese balneario los que darán la atmósfera a esta parte de la historia. Leandro recuerda vívidamente su infancia, los tiempos dulces y amargos que pasó en ese lugar: una temprana enfermedad con tintes de realismo mágico; la Willys con que el abuelo lo llevaba a pasear por la playa; la relación con Matías, que estaba enamorado de él; el desamparo de mamá al separarse de papá; la fiesta por los noventa años del abuelo; el tsunami que acabó con el viejo caserón. Tras la serie de recuerdos, una reunión familiar supone el reencuentro de Leandro y Matías, los primos. Matías se ha casado y ya tiene una hija. Leandro está desolado por su fracaso amoroso. A la mañana siguiente, ambos van a un restaurante y Leandro le cuenta la historia de su relación con Julia. La novela termina con una clara sugerencia: la posibilidad del romance entre los dos primos hermanos.

Estos dos momentos de la vida de Leandro entran en conjunción gracias a la estructura: el uso de vasos comunicantes que toma, a la sombra del Vargas Llosa de Conversación en La Catedral, un diálogo como base de la armazón narrativa. Con pequeñas excepciones, hay un patrón regular: los capítulos pares (aunque también el primero) presentan la historia de Leandro y de Julia; los impares se centran en el viaje del protagonista. La disparidad aparece, en principio, en la extensión: el capítulo más breve ocupa media carilla y el más extenso supera las cuarenta. Esta desproporción parece explicarse por la estructura; es como si en el intento de respetar el patrón, la longitud de las historias, marcadamente dispar, hubiera obligado al autor a ciertas decisiones: aglomerar por aquí o distender por allá. De hecho, algunos pasajes terminan siendo gratuitos. El capítulo VIII, una reflexión de Leandro sobre su estado emocional tras la partida de Julia y Luciana, cae en la redundancia y bien hubiera podido omitirse; o el extenso relato de su enfermedad infantil, aún con una intensidad mayor al resto de la novela, es de una naturaleza tan ajena a la que lo rodea que termina por atomizarse como un capricho narrativo. Con todo, el mayor acierto de Tsunami parece estar en la resolución final de su arquitectura: el último capítulo, el número XV, unifica las dos líneas narrativas precedentes y otorga a la novela una apariencia de todo. El aterrizaje en la conversación de Leandro con Matías cierra de forma adecuada el artificio estructural. Y la escena final, con los primos en la costa desolada, jugueteando con los pantalones remangados en el mar, es quizá la imagen más vigorosa del libro.

La construcción de los personajes presenta, en cambio, mayores falencias. Neyra peca de superficialidad en el retrato de casi todo su elenco. Leandro, el protagonista, está compartimentado: tenemos al niño y al muchacho de los viejos días del balneario, y tenemos al hombre que fracasa en su relación con Julia. El primero, pese a estar presente en una serie de cuadros nostálgicos, rodeado de un ambiente tan cálido como propicio, no despega como personaje singular; es solo un chico. Carece de autenticidad, de vida propia. El segundo bien pudiera ser un personaje diferente. En la contratapa de la edición de Borrador, Edmundo Paz Soldán hace una afirmación: “En esta desoladora novela de Ezio Neyra el tsunami es literal y metafórico”. Y es que eso busca el libro: que el desastre se asocie con la decadencia del protagonista. Sin embargo, esa metáfora no cuaja para el lector porque la transformación de Leandro no se siente del todo. Su imagen antes del fracaso amoroso es bastante vaga y en su imagen posterior son muy torpes las rajaduras. En el capítulo II, cuando Leandro persigue a Julia, cuenta más la peripecia que el desarrollo del conflicto. Y en la conversación con Matías se extraña un peso vital. No hay una verdadera exploración del sufrimiento y el drama central de la novela no golpea.

Los personajes femeninos importantes de Tsunami, es decir, Julia y la madre de Leandro, no están realmente desarrollados, sino que fungen de móviles para las acciones del narrador. Julia es, en el primer tramo, una atractiva fuente de sexo, y después, instalada en Lima, una suma de problemas. Sus cualidades pintorescas (cree en fantasmas que la acechan y en extraños métodos para hacerse de un trabajo) terminan justificando la infidelidad de Leandro. Y es que su relación parece flotar en el aire. No sabemos qué la sostiene; nos resulta algo ligera. La madre, por su parte, es un personaje aprovechable, sobre todo por el abandono de que ha sido víctima, pero cae en una suerte de ingenuo estereotipo: es solo una señora adinerada y un tanto histérica, y su función es complicarle las cosas a Leandro. El retrato de estos personajes parece seguir la lógica de quién-entiende-a-las-mujeres sin mayor esfuerzo explorativo. En una línea similar de personajes no autónomos, tenemos a Matías, primo del protagonista. Se trata de un homosexual encubierto: está casado, tiene una hija y lleva una vida falsa. Sin embargo, su labor es estar ahí para el narrador. Sus problemas de autorrepresión, su máscara social, no importan mucho a lo largo de la novela. Lo que importa es que con su presencia, sobre todo en el pasaje final, pierde solidez la identidad sexual de Leandro.


Volvamos a las disparidades. El estilo de Tsunami, por la estructura que presenta, está dividido en dos claras vertientes: la oral, presente sobre todo en la conversación de Leandro con Matías, y la escrita, dada en la narración de la estadía en casa del abuelo. Los resultados de cada una terminan siendo muy distintos. El registro escrito no presenta mayores problemas. Se trata de una prosa correcta, funcional. Destaca sobre todo el capítulo IX, en que el protagonista encuentra un fajo de fotos en casa del abuelo. Las imágenes despiertan su memoria involuntaria, magdalenas a las que rápidamente se precipita, y el relato sentimental de los pasajes que recuerda da una buena imagen de los días felices. El problema está en el trabajo de la oralidad. En la narración del viaje, esta muestra sus falencias en el uso prolongado de diálogos insulsos, que buscan construir una cotidianidad por la vía errónea. “Manejar aquí no es como manejar en Lima. Allá sí te meten el auto nomás y te llenan de bocinazos encima, los muy conchudos” (p. 145); u “Ojalá pueda comer algo porque Graciela ha estado cocinando duro, un buen ají de gallina ha hecho” (p. 150), son ejemplos de esto. Sin embargo, los tropiezos más graves están en la conversación que sostienen los dos primos. En ocasiones, Neyra cae en el error de pensar que la oralidad no es un artificio y que solo basta con registrar el habla de la gente. Por eso cae en frases como “Ya sabes que mi vieja siempre fue una pesada” (p. 9), seguidas de una vuelta a la retórica, del tipo: “Iba en busca de aventuras que nunca había tenido, de un tiempo que jamás había vivido” (p. 9). El libro abunda en muletillas orales que resultan forzadas al verse por escrito. Los personajes se desarman con la lectura de sus “sí, ah” o de sus múltiples “huevón”. Las mismas intervenciones de Matías, el interlocutor, están cargadas de ingenuidad. Dice, sobre la historia, “Parece telenovela” (p. 167), o se pregunta, sobre Julia, “¿Es que estaba loca?” (p. 189). En una novela que depende tanto de la oralidad, que basa su estructura narrativa en un gran diálogo, estos errores terminan por ser nocivos y hacen que cueste tomarse en serio el conjunto.

Así, en un recuento, tenemos que Tsunami es un libro, cuando menos, bastante descompensado. Por un lado, su estructura se cierra adecuadamente y da paso a imágenes de cierto valor literario; por otro, sus personajes no están del todo cuajados y la apuesta por la oralidad se pierde insalvablemente. En el balance final pesan más los desaciertos. Quizá si Ezio Neyra abordara con mayor destreza la exploración de la memoria en sus trabajos futuros, podría construir imágenes bien sostenidas, firmes en su vínculo con un todo narrativo. Por lo pronto, una serie de falencias evidentes hacen de Tsunami una novela chata, falta de nervio y de efectividad.


Ezio Neyra

Tsunami

Lima: Borrador Editores – J.C. Sáez Editor, 2012. 231 pp.





Bajo las sombras
Monday March 31st 2014, 3:27 pm
Filed under: Columnas,Debate

Dallas Buyers Club:

crónicas de sidario


Por Jack Martínez Arias

(jackmartinezar@gmail.com)


El libro que marcó la internacionalización y consagró a Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1955) como uno de los escritores latinoamericanos más importantes de su generación es Loco afán: crónicas de sidario (Anagrama, 2000). La mejor de las películas nominadas al último Oscar es Dallas Buyers Club, dirigida por el canadiense Jean-Marc Vallée. Junto aquí libro y película porque ambos recrean dramas humanos en torno al sufrimiento de las víctimas sorprendidas por esa novedad que era el SIDA durante la década de los ochenta. Coinciden en el periodo de tiempo representado aunque difieren en los espacios: Dallas… sitúa las acciones al norte de América (Estados Unidos); y Loco afán, al sur del continente (Chile).

Loco afán, con un enfático discurso antiimperialista, se refiere al SIDA “como una nueva forma de colonización”. Las primeras “locas” (como son llamados los personajes homosexuales en el texto) que adquirieron el mal en Chile lo hicieron —según se narra— en algún viaje a Miami o se contagiaron a causa de algún encuentro sexual con un turista americano. Para Lemebel, es claro que esa nueva forma de “colonización” que llega desde el norte ejerce su poder sobre el cuerpo, lo domina, lo posee, lo transforma y, finalmente, lo destruye. Entonces las cosas parecen claras y transparentes con respecto a la identificación del colonizador (Norteamérica). Lo que no es claro es la identificación de los objetivos de esa hipotética colonización. ¿Qué beneficios podría obtener ese colonizador a partir de la eliminación absoluta de sus colonizados (que en este caso serían las víctimas chilenas de SIDA)? En la película, por otro lado, nos encontramos con una figura inversa y más convincente: los beneficios que busca el colonizador en los cuerpos explotados es claro; mientras que lo que permanece confuso es la identificación del colonizador.

En Norteamérica, el protagonista de Dallas… sufre los estragos de la enfermedad. Su cuerpo también está cambiando dramáticamente, se está destruyendo. Pero a diferencia de los personajes de Loco afán, el protagonista de la película se resiste a la muerte. Va al hospital y le dicen que tiene treinta días de vida. Abandona el hospital y vive siete años más. Tal como lo señala Lenin Pantoja en su crítica sobre Dallas…, el drama del enfermo consiste en enfrentarse a un sistema estatal de salud que está subordinado por las industrias farmacológicas privadas y no permite que el paciente infectado adquiera productos fuera del que se ofrece a través de las recetas médicas del hospital. Esta situación adquiere relevancia cuando el protagonista descubre que los costosos fármacos que recetan los doctores no sólo son inútiles, sino que en muchos casos aceleran la muerte del paciente.

Otra vez, lo que me interesa señalar aquí es que mientras la colonización de los cuerpos, para el caso de Loco afán, tiene un “culpable” identificado geográfica y políticamente; para el caso de Dallas…, las coordenadas espaciales e ideológicas del “culpable” parecen volverse difusas. ¿De qué manera sucede esto? La colonización de esos cuerpos en la película se refuerza a través de fármacos que, además de ser altamente costos para los infectados, buscan experimentar con el cuerpo enfermo de éstos. Y aún cuando existen estudios que determinan la ineficacia de la droga que se está usando, la industria que vende el fármaco se encarga de borrar toda evidencia que la perjudique. Esta industria manipula datos, manipula científicos y así convence al Estado de ser la única autorizada de decretar qué productos deben formar parte del mercado y qué productos no. El colonizador, para el caso de los cuerpos enfermos de Dallas…, entonces, no está ni geográfica ni políticamente delimitado como en el caso reduccionista y ya obsoleto que propone Loco afán a inicios del 2000. En la película, la figura del colonizador es mucho más sugerente: puede estar en cualquier región geográfica, no tiene fronteras, actúa desde cualquier espacio, y se erige aún por encima de los aparatos nacionales.

Finalmente, a partir de la lectura que aquí se establece, se podría desprender una pregunta necesaria que trasciende los objetivos de esta columna (y que tal vez sea motivo de la siguiente): ¿Se puede pensar en Loco afán como en una muestra de la literatura política latinoamericana de exportación que se escribe en constante desfase temporal con respecto a su realidad: un desfase en el que se sigue pensando en reduccionistas, simplistas e inútiles dicotomías norte/sur, capitalismo/socialismo, tradición/modernidad? Y, en el ámbito más cercano, ¿cómo se situaría la narrativa política peruana con respecto a esta situación?



Segregación N° 1
Tuesday March 25th 2014, 10:02 pm
Filed under: Columnas

Jeremías Gamboa,

la FIL de Lima y el canon


Por Francisco Izquierdo-Quea


1.

No he tenido la suerte de conocer a Jeremías Gamboa. En algún instante del tiempo hemos coincidido en el mismo periódico pero nunca lo vi ni conocí. O quizá sí y nunca supe quién era. Las redacciones están llenas de ese tipo de ironías. Pocas historias interesantes. Las mejores historias, si me permiten, transcurren en los baños: gente durmiendo, gente jugando fulbito, gente cuchareándose, para, inmediatamente después, volver a las computadoras a escribir los artículos, reportajes o entrevistas que los lectores asumirán como reales al día siguiente.


2.

En las redacciones también hay leyendas. Muchas. La que más me llama la atención es esa en donde César Hildebrandt terminó llorando luego de que Zileri le rompiera en mil pedacitos uno de sus textos y que arrojara por la ventana un televisor. «El chato llorando, yo lo he visto», me dijo una vez Patita de Sillón, acaso una de las glorias vivas del diseño gráfico peruano. Tampoco he tenido la suerte de conocer a César Hildebrandt.



3.

Desgraciadamente no he leído nada de Jeremías Gamboa, pero lo encuentro cada cierto tiempo en un rebote del Facebook, entre gente que postea frases de David Fischman, tipo «Porque ser feliz es una decisión», y gente que postea frases del escritor peruano, tipo «La literatura peruana está en su mejor momento».



4.

Grafiti en uno de los muros exteriores de la Universidad Católica de Lima:

LA POESÍA PERUANA COMIENZA CON EGUREN

Y TERMINA CON GUIDO MACAYA


5.

El Facebook tiene otras cosas llamativas. Por ejemplo, hallar un grupo de intelectuales que mencionan a Steven Levitsky como si, de manera casi literal, fuera el mismísimo Karl Marx. El acercamiento al politólogo estadounidense va más o menos así: «Bueno, hay que darles gobierno a los de izquierda de vez en cuando, como para que la cosa se empareje. De lo contrario se viene la revolución y la canción criolla». Cien, doscientos likes. El mundo gira alrededor de un botón.


6.

Jeremías Gamboa viene de publicar una novela. Se llama Contarlo todo, y tiene el respaldarazo de Mario Vargas Llosa y de otra gente importante. Un apoyo que muchísimos quisieran tener consigo.

Me incluyo en ese grupo, por supuesto.

Sobre Contarlo todo, las opiniones están divididas. Programas dominicales la alaban. Lectores de a pie también. Gran parte de los otros, digamos «los especializados», le dan con palo.


7.

En febrero pasado estuve en el Salón del Libro del Perú, un evento donde se habla de textos de escritores peruanos. En mi mesa, a un lado, un sujeto se encargó de hacer leña la novela de Gamboa. Tomó varias citas para ello. Al final de su análisis hizo un paralelo entre la película Asumare y Contarlo todo, afirmando que la moraleja es la misma: «Persevera, franelea, busca tu momento, y si puedes agarrarte una blancona, hazlo. Hay que legitimarse. Ese es el éxito».



8.

Grafiti en uno de los muros exteriores de la Universidad San Marcos:

LA POESÍA PERUANA COMIENZA CON GONZÁLEZ PRADA

Y TERMINA CON GUIDO MACAYA


9.

¿Qué pasa con Gamboa, entonces? ¿Acaso lo que escribe no amerita buenos comentarios? ¿Molesta su éxito, el marketeo a su alrededor o es que realmente escribe mal?

A Roncagliolo también le dieron duro. Lo mismo con Alarcón. Lo mismo con Fernando Ampuero. Lo mismo con…

Nunca he tenido la suerte de conocer a Roncagliolo, Alarcón ni Fernando Ampuero.


10.

Primicia: El invitado principal de la próxima Feria del Libro de Lima será Mario Hart. Nada mal, considerando que en la de Caracas estará Maradona.


11.

La Cámara Peruana del Libro tiene una nueva junta directiva. A diferencia de su antecesora, esta vez se trata de gente intachable honorable. A pocos días de dicha renovación han aparecido los amargados de siempre, los dinamiteros de toda la vida (sic.), esos que impiden que la cultura y el país avance, a decir que esto por aquí y esto por allá. Después están los otros, los de centro, los que dicen vamos a ver qué pasa, no tiremos la piedra hasta ver cómo actúan, ji-ji-ji.

Y luego estamos los optimistas.


12.

Grafiti en uno de los muros exteriores del Cineplanet Alcázar:

FUJIMORI

PREMIO NOBEL DE LA PAZ 2014


13.

La revista Buensalvaje viene de publicar los resultados de su última encuesta, en la cual participé. Dicho cuestionario se basó en dos preguntas:

- ¿Cuáles son para usted las cinco novelas peruanas más importantes publicadas en el periodo 1990-2010?

- ¿Cuáles son para usted los cinco libros de relatos peruanos más importantes publicados en el periodo 1990-2010?

Para los decepticons, dejo en constancia mis respuestas:

Novelas:

- Los eunucos inmortales (Oswaldo Reynoso)

- La iluminación de Katzuo Nakamatsu (Augusto Higa)

- La línea en medio del cielo (Francisco Esteban Ángeles Menacho)

- Casa de Islandia (Luis Hernán Castañeda)

- No me esperen en abril (Alfredo Bryce Echenique)

Cuentos:

- Muñequita linda (Jorge Ninapayta)

- Los días tan largos (Ramón Bueno Tizón)

- Manual para cazar plumíferos (Leonardo Aguirre)

- Las islas (Carlos Ernesto Yushimito del Valle)

- Guerra a la luz de las velas (Daniel Alarcón)

En dichos resultados no fueron cinco ni diez, sino doce los títulos elegidos, tanto para cuento y novela. Lo que no se publicó fueron los porcentajes de votos que posee cada libro. O sea tenemos una encuesta sin cifras, que es más o menos decir que Kopriva le pegó a Nunes y no Nunes a Kopriva.


14.

Interesante la manera cómo a partir de esta encuesta, a cargo del periodista y poeta Alonso Rabí, se viene formando la idea del canon actual en la literatura peruana.

Ya hay un par de artículos por ahí analizando este tema trascendental. Quizá vengan más.


15.

El estilo del Grupo Colina, como el de la mayoría de grupos paramilitares, es muy simple: disparar y después preguntar.


16.

En el último episodio de Cuando los animales atacan a los magos no es Carlos Oquendo de Amat quien resucita en el cómic de Jesús Cossio sino Alberto Flores Galindo.

El maestro Tito Flores entra al Facebook a buscar intelectuales que hablen de Steven Levitsky.

Antes que nada, decide leerlos.






Miradas
Friday March 21st 2014, 12:35 pm
Filed under: Cine,Columnas

Susceptibilidad intacta


Por Lenin Pantoja Torres


“No me quiero morir”, entre lágrimas, grita Rayan (Jared Leto), en una escena impactante, que sacude las entrañas del espectador, pero no por un sentimentalismo nacido de alguna escena efectista, sino por la sinceridad de esas palabras, por la honesta carga emocional que despide el gesto de su rostro y por la sangre que cae de su boca luego de haber tosido. Esta es una de las mejores escenas de Dallas buyers club (2013), la película del director canadiense Jean-Marc Vallée. La historia es buena no solo porque evita la típica película de superación personal de un enfermo grave, sino porque muestra el drama social y legal que padecieron los primeros infectados con VIH. Vallée plantea la lucha personal, que terminará por ser colectiva, de Ron Woodroof (Matthew McConaughey) por salvar su vida o, por lo menos, extenderla mejorando la calidad de su existencia. El resultado es una historia que se aleja de un afán exhibicionista del cuerpo enfermo y se acerca al drama de un individuo que tiene que enfrentar a la sociedad y al Estado para sobrevivir.

Dallas buyers club (mal traducida como El club de los desahuciados) desarrolla la vida de Ron Woodroof desde que se le diagnostica sida. La película muestra la búsqueda de Ron por encontrar medicamentos que extiendan su vida. Precisamente, en dicha búsqueda, va a terminar ayudando a personas como él, víctimas de un gobierno que experimenta nuevos productos farmacológicos, como el AZT, para descubrir un posible medicamento que pueda combatir el sida. Claro, esto se realiza en desmedro de la salud de las personas y a favor de los bolsillos de los médicos y empresarios químicos involucrados en la difusión del fármaco. La historia no solo se centra en la desgracia de los enfermos del sida, lo cual terminaría por ser predecible y efectista. Vallée se preocupa por reconstruir todos los problemas que debe afrontar Ron para combatir su enfermedad, lo que incluye el desprecio de la sociedad hacia los homosexuales, primeros acusados de portar el VIH en los años ochenta, y la ignorancia frente a una enfermedad que comenzaba a difundirse por todos los EE.UU.

Jared Leto y Matthew McConaughey


Como se trata de una película centrada en la vida de un individuo, los demás personajes son fundamentales a partir de la relación que establecen con el protagonista. Sin embargo, Vallée no es ortodoxo en este aspecto, pues concede mucha importancia a la vida de Rayan no solo a partir del vínculo que establece con Ron, sino de acuerdo a los problemas personales (se siente un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer) y de salud (tiene sida y es un frecuente consumidor de drogas) que padece. Este técnicamente denominado actor de reparto es casi un protagonista más de la película, ya que su participación influye directamente en el desarrollo y el desenlace de la historia. Su influjo radica en el impacto que su personalidad genera en Ron. Por tal motivo, se produce algo fundamental en la película: el cambio de Ron. Sí, Ron es un personaje dinámico, pero no se trata de una evolución abusiva, burda, tonta y exagerada, sino sopesada, bien trabajada a través de momentos intermitentes dentro de la historia. Ron Woodroof es homofóbico, mujeriego y drogadicto al inicio, pero no termina amando a los homosexuales, ni despreciando a las mujeres, sino logra tolerar las inclinaciones personales de las personas a partir de valorar la personalidad y además asume una vida que privilegia el cuidado de su salud.

Matthew McConaughey


Lo predecible en una película como esta era esperar un ataque frontal a la susceptibilidad de los espectadores a través de muestras explícitas de la decadencia corporal de los protagonistas producto de los estragos de la enfermedad. Pero no, Vallée sabe que todo efectismo resta importancia a la historia y, aunque pueda sumar a intensificar el drama de los personajes, la vuelve predecible. Por ello, el camino que recorre es distinto, ya que busca intensificar el drama de los protagonistas a través de los obstáculos sociales y legales que encuentran en su camino para controlar la arremetida de una enfermedad mortal. En ese sentido, Vallée controla bien la aparición de escenas fuertes, aquellas que no tienen contemplaciones con el espectador. Todos observamos los cambios corporales de Ron Woodroof, pero notamos estas variaciones en su cuerpo mientras acompañamos de cerca su búsqueda de fármacos alternativos para combatir su enfermedad y para abastecer su pequeño negocio de medicamentos. Woodroof establece como regla que todos pueden acceder a estos productos pagando una membresía mensual de 400 dólares por derecho de admisión. De esta forma, establece una corporación para ayudarse a sí mismo y para ayudar a los que lo necesiten. La fórmula nos recuerda a La lista de Schindler donde Oskar Schindler termina salvando judíos luego de haberlos utilizado para trabajar en su fábrica de utensilios de cocina. En la película de Spielberg, todo es explícito, pero en Vallée la intención de ayudar a las personas es tenue, porosa y casi imperceptible.

Una película que demandó la preparación meticulosa de los personales, sobre todo a nivel físico, debe aprovechar lo que tiene, es decir, todos los recursos disponibles en su repertorio, pero Vallée opta por la expectativa, por mostrar solo cuando la historia exige que deba hacerlo. En esto, se diferencia a El maquinista, donde el penoso cuerpo de Christian Bale “debe” mostrarse constantemente a los espectadores. Por eso, son pocas las escenas donde vemos los cuerpos previamente trabajados de los personajes interpretados por Matthew McConaughey y Jared Leto. Lo mismo ocurre con el sufrimiento explícito producto de la enfermedad, pues son pocas las escenas donde ambos personajes lloran desconsoladamente. Precisamente, como no hay ataques lacrimógenos excesivos, dos de las mejores escenas de la película son los momentos en que McConaughey y Leto viven sus dramas personales a través del llanto. En primer lugar, vemos a Woodroof llorando en su auto, mientras va camino a México para tratar de encontrar fármacos que lo ayuden. Él siente que está solo frente a este problema, que no tiene ningún tipo de ayuda de nada ni de nadie. En segundo lugar, nos enfrentamos a la escena que aludimos al inicio de este texto: el llanto de Rayan previendo el final de su vida y manifestando una ganas agónicas de vivir. Ambas escenas están adecuadamente distanciadas temporalmente: la primera casi luego de la primera media hora y la última casi faltando media hora para que termine la película, lo cual refuerza la idea del ritmo fílmico bien distribuido y nada recargado.

Jared Leto


Cuando una película toca temas tan elevados como la vida en agonía o la cercanía de la muerte, debe afrontar la difícil situación de caer en lugares comunes. Probablemente, Vallée era consciente de esto al inicio de la filmación, pero eso no lo podemos afirmar, lo que sí podemos sostener abiertamente es que esta película es buena por el equilibrio que establece a lo largo de toda la historia. Vallée sabe que no debe abandonar las situaciones casi melodramáticas de una historia como esta. Por ello, su opción no es el escape, tampoco la eliminación ni la cancelación, sino la ralentización y el alejamiento. En una escena, Ron está llorando en su auto y, al poco tiempo, lo vemos tramando contrabandear fármacos para lograr un beneficio económico. En otra escena, Rayan aparece muy consciente de su próxima muerte, pero contrarresta su drama tratando de conservarse “bello”, lo cual resulta en una forma racional que controla el impacto emocional. Dallas buyers club alterna situaciones dramáticas fuertes con momentos cotidianos o comunes que, si cabe el término, “desdramatizan” la situación, lo que genera un equilibrio emocional que no abusa de los situaciones impactantes. Por ello, cuando Ron le dice a la doctora Eve Saks que “desearía una vida normal, con una esposa y con hijos”, no lo dice entre lágrimas, sino con resignación, con la consciencia clara de que su enfermedad le impedirá muchas cosas, pero no evitará que posea una mejor calidad de vida. Esta película no solo habla de la vida y de la muerte frente a una enfermedad mortal, sino del equilibrio, en una situación límite, que puede establecer entre ellas una especie de resignación positiva.

Dallas buyers club (2013)

Dirigida por Jean-Marc Vallée

Protagonizada por Matthew McConaughey,

Jared Leto, Jennifer Garner y Steve Zahn






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