“Apumayta”, por Ulises San Juan


Apumayta


Por Ulises San Juan


Escena 1. Cusco, 1976.

Estoy terminando la escuela secundaria en la GUE Inca Garcilaso de la Vega. Hay un muchacho que es muy distinto al resto de nosotros. Su apellido es Apumayta y soy el único que le cae bien en la clase. A mí me parece un tipo interesante. Los demás estudiantes lo ignoran o lo desprecian. Dicen que anda con hippies. La única norma obligatoria de nuestro colegio es vestirse con el uniforme único que consiste en una chompa con cuello v y pantalones plomos más una camisa blanca. Apumayta lo lleva pero le ha hecho algunas modificaciones. El pantalón tiene las botas exageradamente campanas, lleva zapatos de plataforma y la camisa tiene el cuello bien largo. Cuando hace calor se quita el suéter, lleva adentro un chalequito de Pisaq, un collar con amuletos y huayruros. Su piel es cetrina, su pelo es rizado y medianamente largo con el que hace una cola de caballo. Nuestro colegio no es tan estricto como el de Ciencias. Los auxiliares permiten algunas libertades en el vestir y en corte de pelo. Apumayta es conocido porque falta mucho al colegio.


Fiesta de Santurintuky, Cusco (2012).

Imagen: El Heraldo de Cusco


Apumayta es un tipo inteligente y desinhibido. Me pide prestado los cuadernos para igualarse. Los otros compañeros tienen mejores apuntes y están más al día pero no tiene acceso a ellos. Nos llevamos bien porque ambos detestamos el colegio, pero tenemos una actitud diferente frente a él. Nunca me explica porqué no le gusta atender a clases. Para mí la mayoría de los cursos me parecen aburridos. Los jóvenes profesores que forman parte del maoísta Sindicato Único de Maestros, que comparten su tiempo entre la enseñanza y sus estudios de derecho o ingeniería en la universidad, improvisan sus clases, sin talento, todo el tiempo. La verdad que yo preferiría leer libros, los suplementos culturales y revistas de actualidad en mi casa o la biblioteca municipal. Los únicos cursos que me gustan son química, física y religión. Me agrada química porque el profesor Montesinos es colega de mi madre, que también es maestra de química en la Gran Unidad Escolar de mujeres y se esmera en preparar sus clases porque teme que yo haga malos comentarios sobre ellas. Me encanta la ciencia que estudia las propiedades de la materia y la energía porque me ayuda a entender varias inquietudes. El profesor de física estudia ingeniería eléctrica en la universidad. Tengo la impresión que nos repite las clases que le enseñan y nos da ejercicios que él no puede resolver. Me hacen sentir vivo los retos mentales y junto a otros estudiantes a veces solucionamos los problemas que seguramente le dan sus catedráticos. No me felicita, pero me mira de reojo cuando doy la respuesta a los ejercicios más difíciles de la tarea. Lo que no sabe es que algunos los resolví con la ayuda de mi tía Esther que es profesora de física en el mismo colegio donde enseña mi mamá. Disfruto el curso de religión porque el cura Galdo nos enseña la teoría de la evolución y clases de biología que enfatizan los temas de fertilidad y fecundación. Me doy cuenta que las lecciones del sacerdote jesuita tienen dos propósitos. El primero es que practiquemos la abstinencia hasta completar nuestros estudios en la universidad. El segundo es darnos explicaciones científicas para demostrarnos que tienen fisuras y contradicciones. Luego introduce el tema de Dios diciéndonos que está por encima de todo conocimiento posible. Sus clases son un incentivo para leer y debatir. Yo intervengo mucho en su clase. Soy uno de los pocos afortunados que tiene una colección sobre ciencia de la revista Life que se ha convertido en mi fuente de información para discutirle. El cura Galdo me cae bien. Yo lo conocía antes de que fuera mi profesor. Vive en mi barrio y es muy cortés con todos sus vecinos. Reside a dos cuadras de mi casa. Varias veces cuando corro, a las 7 de la mañana, para comprar pan huaro caliente en los kioskos cercanos a la universidad, me ha causado sorpresa ver salir a jóvenes de su morada a esa hora del día. Solo una vez vi a un estudiante de quinto de secundaria de mi colegio.

Varios de mis compañeros de clase le tienen animadversión. Especulan que enseña estos temas científicos con otro propósito. Dicen que las lecciones de biología relacionadas a la fertilidad y fecundación son un pretexto para seducir a sus preferidos. Yo no entiendo bien la correlación. No me interesa la presunta homosexualidad del cura. Claramente, yo no soy uno de sus preferidos. Se fastidia cuando lo contradigo en clase.

Volviendo a Apumayta, a él le encanta también la clase de religión. Nunca falta el único día en el que el cura Galdo enseña por dos horas consecutivas su curso. Apumayta sazona sus intervenciones con puntos de vista del budismo Zen, habla de Hare Krisna y a él por primera vez lo escuché hablar de Herbert Marcuse. Luego que salimos de las clases de religión le pregunto de dónde saca la información y le pido intercambiar documentos. No le pido libros prestados porque en mi país se considera un tonto al que presta libros y más tonto al que los devuelve. El siempre se va por la tangente para no darme sus fuentes de información. La única vez que me dio algo escrito fueron panfletos de los Hare Krisna, pero no me llaman la atención. Los puedo conseguir fácilmente en las calles. Los Hare Krisna son muy activos en sus campañas de reclutamiento. Te persiguen para convencerte. Lo primero que te entregan son sus volantes. Lo que me interesa es saber más sobre el budismo Zen y Marcuse.

Otro curso al que Apumayta no falta mucho es el de lengua extranjera. Tiene un inglés básico, aprendido en conversaciones con sus amigos gringos, que lo maneja muy bien. Es mejor que el de nuestro maestro de aula. Él es muy divertido en este curso. Cuando no sabe una palabra de la lengua anglosajona la transforma buscando una parecida en castellano. Por ejemplo dice: “¿Uat do you chay?” en vez de decir, What do you say? “Bacines man” en vez de business man. Sus ocurrencias me hacen reír. Quiero saber más de él pero es escurridizo y reservado con su vida personal.

Noto que Apumayta está faltando demasiado al colegio. Las clases se hacen más aburridas al fin de año escolar. Maestros y alumnos piensan en sus últimas evaluaciones de sus carreras universitarias y en los exámenes de admisión a las escuelas de oficiales y a la universidad. También hablan sobre los regalos de navidad que les gustaría recibir. Yo no sé realmente qué estudiar. Me gustan las ciencias y las letras. A mí lo que me encanta de las fiestas de fin de año es el Santurantikuy, que tiene lugar el 24 de diciembre. De esta feria me gusta ver las novedades que exhiben y venden los artesanos y ese ambiente de confraternidad que se crea en la plaza de armas del Cusco. Se junta gente del campo y la ciudad.

Extraño el humor de Apumayta. El viernes decido escaparme del colegio para leer a Edgard Allan Poe. Encontré sus obras completas en el ICPNA. Luego de sacar el libro me doy una vuelta por la plaza de armas. Entre un grupo de hippies reconozco a Apumayta. Él se da cuenta de mi presencia y se aleja del grupo en mi dirección. Agarra la mano a una muchacha rubia más alta y mayor que él. Tiene ojos azules y un pelo largo que le llega a la cintura. Es muy delgada.

–¡Hola Zea! –me saluda.

–Que tal, Apumayta –le respondo.

–Te presento a Kristine.

–Buenos días, Zea –me dice Kristine con un acento que no es del alemán, francés o inglés.

–Hola, Kristine. ¿No reconozco tu acento? ¿De dónde eres?

–Soy de Dinamarca, Zea.

–No le digas Zea –interviene Apumayta.

–Disculpa, wayki. ¿Cómo te llamas?

–Me llamo Luis, y tú.

–Mi nombre es Julián.

–En el colegio sólo nos conocemos por el apellido –le explico a Kristine que nos mira confundida.

–Vas a perder el año escolar –le digo a Julián.

–Ya lo sé. Pero tengo cosas más importantes que hacer. ¡Toca! –me dirige la mano hacia el vientre de Kristine. Recién me doy cuenta que está embarazada.

–Vamos a tener un hijo, Luis. Antes de cumplir seis meses de embarazo queremos conocer Bolivia y Argentina y luego nos vamos a Dinamarca. Estas últimas semanas he estado trabajando duro para el viaje a Buenos Aires. En Argentina hay bastante chamba. Allí voy a ahorrar para pagar los pasajes a Copenhague. ¡Qué buena suerte que nos encontramos! En unas horas nos vamos en San Cristóbal a Juliaca. En esa ciudad haremos nuestras conexiones primero hacia La Paz y luego a Buenos Aires. Te quería encontrar para dejarte este libro sobre el que me habías preguntado. Me lo regaló un amigo, pero a mí no me gusta leer.

Me entrega un ejemplar raído del One Dimensional Man de Herbert Marcuse, paperback, impresa en 1966, Boston, Estados Unidos. Le agradezco. Ojeo el libro. Está subrayado y con anotaciones en inglés en los márgenes. En la primera hoja leo Paul Jones junto al signo de la paz y un dibujito de una hoja de cannabis sativa.

–Muchas gracias –le vuelvo a decir.

–Y tú, ¿qué planes tienes después de terminar el colegio? –me pregunta Julián.

–Me voy a Lima para estudiar en la universidad. Mi padre ya está viviendo allí. El resto de la familia se muda en enero. Ya no aguanto el colegio. Todos son unas huevas tristes. Todos hablan sobre el mismo asunto. Los chancones quieren irse con becas a la Unión Soviética o ingresar a las escuelas de oficiales en Lima. La mayoría quiere ingresar a la universidad para estudiar contabilidad, derecho e ingenierías. Con nadie se puede conversar de otros temas. Y tú, ¿qué quieres estudiar?

–Tal vez ingrese a las escuelas de Química o Antropología. Realmente me gustaría hacer cine, pero mi familia no tiene plata.

–¿Qué piensas hacer en Copenhague?

–Lo único que me interesa es estar junto a Kristine y mi hijo –dice Julián mientras acaricia a su mujer. Kristine dice que no se necesita ir a la universidad para conseguir un buen trabajo en Dinamarca. Ella es el mejor ejemplo. Su empleo de peinadora le permite ahorrar y viajar de vacaciones a diferentes lugares del mundo.

Interrumpo la conversación cuando veo que se acerca un guardia civil. La policía captura a los estudiantes que llevan uniforme circulando en horas de clase por la calle.

–Me tengo que ir, Julián. Mucho gusto de conocerte Kristine, buena suerte para los dos.

–Buena suerte, waykichay –me dice, dándome un abrazo. Vente a Dinamarca también. Allá vas a tener chamba y casa.

–Algún día estaré por allí –le contesto.

Me alejo, pensando, cómo un muchacho de quince o dieciséis años va a poder viajar sin la autorización de sus padres al extranjero. También me pregunto cómo lo voy a encontrar si no hemos intercambiado direcciones. Quiero volver para pedírsela y darle la mía. Me amilano, el guardia civil sigue rondando por la plaza. Además, Julián me da la espalda y vuelve al grupo abrazando a Kristine.


Escena. Ciudad de México, 1992.

El aeropuerto Benito Juárez de Ciudad de México está repleto. No se puede caminar rápido. Choco con maletas y bultos de mexicanos que retornan de los Estados Unidos. ¿Cuándo se le ocurrirá construir uno nuevo al gobierno de  Salinas de Gortari? Estoy esperando que salgan mi esposa e hijo. Según su itinerario, deberían haber llegado ya en el vuelo Phoenix-Ciudad de México de USAir. Los funcionarios de inmigración mexicanos son peores que los estadounidenses. Hacen demasiadas preguntas y revisan con lupa varias veces los pasaportes peruanos. Temen que se infiltre Sendero Luminoso en un México lleno de tensiones que se neoliberaliza. Miro a desconocidos felices, cargados de paquetes y enormes maletas, que salen luego de pasar el control migratorio y de haber pagado mordidas en la aduana. Temo que en el tumulto se pierda mi familia. Se abre la puerta corrediza por millonésima vez. Sale un nuevo grupo de viajeros, entre ellos, reconozco a Apumayta cargando en el hombro un bolso repleto de artesanía tailandesa que sobresale. Está acompañado de una robusta mujer rubia, de unos cuarenta años, falda negra, botas militares, corte punk y un anillo que le atraviesa la nariz. El viajero es idéntico al Apumayta que vi por última vez hace 15 años en la Plaza de Armas del Cusco.

–¡Apumayta! –grito, por si acaso. No me acuerdo su primer nombre que escuché solo una vez. Se me acerca y me saluda.

–¿Cómo estás, waykichay? Tú eres Zea, el garcilasiano, ¿no?

–Sí, soy el mismo con muchas más canas y varios kilos encima.

–Sí, pues. Pero no seas cruel contigo mismo. Salvo las canas se te ve casi igual. Sigues flaco como en el colegio. Te presentó a Brigitte. Este es Zea. Discúlpame, wayki. ¿Cuál es tu nombre? El mío es Julián.

–Me llamo Luis. Mucho gusto, Brigitte.

–Encantada, me saluda con su acento francés.

Julián mira su reloj y comenta:

–Tenemos 30 minutos para platicar. Nuestro camión parte a Oaxaca en tres cuartos de hora.

–Mi mujer y mi hijo deben salir en media hora también. ¿Qué es de Kristine? –le pregunto.

–¿La conociste? –replica contrariado.

–Sí, me la presentaste el día que te ibas con ella a Buenos Aires.

–Ah, ya me acuerdo. Nada funcionó en ese viaje. Logramos llegar a Buenos Aires por tierra. Yo no pude viajar en avión a Copenhague. Necesitaba pasaporte y una autorización de mis padres. Era menor de edad. La quise convencer para que se quedara y volver al Perú y conseguir mis papeles. Pero nada que ver. Ella de todas maneras quería dar a luz en su país. Tomó su avión y me dejó con un poco de plata y su dirección. Yo tuve que abandonar la Argentina por la guerra sucia entre montoneros y las fuerzas armadas de Videla. La policía y el ejército chequeaban papeles en cada esquina. Yo como estaba indocumentado temía ser capturado. Había historias de gente sin papeles que eran desaparecidos, igual que los presos políticos. Los tiraban de helicópteros en altamar. Volví asustado al Cuzco. Como me había escapado de la casa y no había terminado el colegio, me botaron a la calle mis padres. Repetí el quinto de secundaria en la nocturna. Trabajé tres años haciendo artesanía y tocando música en las peñas folklóricas para ahorrar. Apenas saqué la libreta electoral, solicité mi pasaporte y me fui del país. Corría el riesgo de ser reclutado para ser llevado a la zona roja de Ayacucho. Mi mayor temor era ser torturado y degollado por los terrucos. Dejé Perú como refugiado. Era la época que Francia daba asilo político. Anduve por Europa a los veinte años tocando quena en un grupo folklórico y continué haciendo artesanía, siempre con la idea de ahorrar y viajar a Copenhague. En mi estadía de París me enamoré de Brigitte, que cantaba en una banda punk. La conocí en las presentaciones que hacíamos en la placita de la Pigalle. Su grupo y el mío nos turnábamos para tocar. Nos arrenjuntamos y vivíamos en Montmartre, cerca a la estación de metro Abesses. Nunca llegué a Dinamarca. Kristine me escribió una sola vez a la casa de mis padres en Cuzco con una foto de nuestro hijo. Su nombre completo es Julián Apumayta Jensen. Cuando tenga lana voy a viajar a Dinamarca para conocerlo. Ya debe tener 15 años. Quizás hasta me ha hecho abuelo –bromeó.

Julián miró de reojo el reloj del aeropuerto y continuó su relato.

–Dos hechos afectaron la nueva vida que empecé con Brigitte. Lamentablemente pasó de moda el punk. Después de la muerte de Sid Vicious poca gente veía la banda de Brigitte. Además, empezaron a pulular los grupos andinos en París. Con la invasión de ecuatorianos que tocaban san juanitos y vendían artesanía barata mi negocio quebró. Hacíamos poquísimo dinero. No podíamos vivir comiendo sopa de cebollas, pan baguette y jamón todos los días. Así que decidimos establecernos en México con Brigitte hace diez años. Buscamos un lugar equidistante con vuelos directos a Francia y Perú. ¿Y tú, qué haces aquí?

Le explique que tenía una investigación en marcha cerca a Tlaxcala. Pero que pronto retornaba a los Estados Unidos, donde había sacado un doctorado en Antropología en la Universidad de Michigan, Ann Arbor, y trabajaba desde hace un año en la Universidad de Tulane.

–Bueno cuate, me tengo que ir. Nos puede dejar el camión. Ahora sí te doy mi dirección. Visítame cuando puedas.

Yo también le di mi tarjeta. Me despedí de él y de Brigitte. Se alejaron. Tuve un deja vu. Vi la misma silueta de Julián con su cola de caballo, de hace quince años, cuando me dio la espalda en la plaza del Cuzco. La única diferencia en el cuadro era la punk Brigitte. Si hubiesen estado hasta ahora juntos con Kristine, tendría ella el mismo cuerpo de Brigitte. Brigitte es realmente voluminosa en comparación a la Kristine que yo conocí ¿Estará Kristine envejecida, aburrida, recordando las aventuras de su juventud en Perú con Julián? Ella debería pasar de los cuarenta años. Julián y Brigitte desaparecieron en el gentío del atiborrado Benito Juárez. ¿Estarán casados, tendrán hijos? Leí la tarjeta que me acababa de entregar. La tienda de artesanías estaba ubicada en el zócalo de Oaxaca. Era el mismo establecimiento comercial que yo conocía. En mis viajes a Oaxaca siempre me sorprendía encontrar una tienda en la plaza de armas con artesanías de África y Asia llamada “Le Exotique”. Nunca me iba a imaginar que los dueños eran Julián y su nueva mujer. Mis pensamientos fueron interrumpidos por la frase “¡Lucho, Lucho, mi amor!”, pronunciada por la cálida voz de mi esposa, y el “¡Daddy, Daddy!”, de mi hijo Tomás. Nos abrazamos y besamos. Hacía dos meses que no nos veíamos. Dejamos el aeropuerto en el Land Rover y tomamos la 150D en dirección a Tlaxcala.



Apumayta

Por Ulises San Juan

Escena 1. Cusco, 1976.

Estoy terminando la escuela secundaria en la GUE Inca Garcilaso de la Vega. Hay un muchacho que es muy distinto al resto de nosotros. Su apellido es Apumayta y soy el único que le cae bien en la clase. A mí me parece un tipo interesante. Los demás estudiantes lo ignoran o lo desprecian. Dicen que anda con hippies. La única norma obligatoria de nuestro colegio es vestirse con el uniforme único que consiste en una chompa con cuello v y pantalones plomos más una camisa blanca. Apumayta lo lleva pero le ha hecho algunas modificaciones. El pantalón tiene las botas exageradamente campanas, lleva zapatos de plataforma y la camisa tiene el cuello bien largo. Cuando hace calor se quita el suéter, lleva adentro un chalequito de Pisaq, un collar con amuletos y huayruros. Su piel es cetrina, su pelo es rizado y medianamente largo con el que hace una cola de caballo. Nuestro colegio no es tan estricto como el de Ciencias. Los auxiliares permiten algunas libertades en el vestir y en corte de pelo. Apumayta es conocido porque falta mucho al colegio.

Apumayta es un tipo inteligente y desinhibido. Me pide prestado los cuadernos para igualarse. Los otros compañeros tienen mejores apuntes y están más al día pero no tiene acceso a ellos. Nos llevamos bien porque ambos detestamos el colegio, pero tenemos una actitud diferente frente a él. Nunca me explica porqué no le gusta atender a clases. Para mí la mayoría de los cursos me parecen aburridos. Los jóvenes profesores que forman parte del maoísta Sindicato Único de Maestros, que comparten su tiempo entre la enseñanza y sus estudios de derecho o ingeniería en la universidad, improvisan sus clases, sin talento, todo el tiempo. La verdad que yo preferiría leer libros, los suplementos culturales y revistas de actualidad en mi casa o la biblioteca municipal. Los únicos cursos que me gustan son química, física y religión. Me agrada química porque el profesor Montesinos es colega de mi madre, que también es maestra de química en la Gran Unidad Escolar de mujeres y se esmera en preparar sus clases porque teme que yo haga malos comentarios sobre ellas. Me encanta la ciencia que estudia las propiedades de la materia y la energía porque me ayuda a entender varias inquietudes. El profesor de física estudia ingeniería eléctrica en la universidad. Tengo la impresión que nos repite las clases que le enseñan y nos da ejercicios que él no puede resolver. Me hacen sentir vivo los retos mentales y junto a otros estudiantes a veces solucionamos los problemas que seguramente le dan sus catedráticos. No me felicita, pero me mira de reojo cuando doy la respuesta a los ejercicios más difíciles de la tarea. Lo que no sabe es que algunos los resolví con la ayuda de mi tía Esther que es profesora de física en el mismo colegio donde enseña mi mamá. Disfruto el curso de religión porque el cura Galdo nos enseña la teoría de la evolución y clases de biología que enfatizan los temas de fertilidad y fecundación. Me doy cuenta que las lecciones del sacerdote jesuita tienen dos propósitos. El primero es que practiquemos la abstinencia hasta completar nuestros estudios en la universidad. El segundo es darnos explicaciones científicas para demostrarnos que tienen fisuras y contradicciones. Luego introduce el tema de Dios diciéndonos que está por encima de todo conocimiento posible. Sus clases son un incentivo para leer y debatir. Yo intervengo mucho en su clase. Soy uno de los pocos afortunados que tiene una colección sobre ciencia de la revista Life que se ha convertido en mi fuente de información para discutirle. El cura Galdo me cae bien. Yo lo conocía antes de que fuera mi profesor. Vive en mi barrio y es muy cortés con todos sus vecinos. Reside a dos cuadras de mi casa. Varias veces cuando corro, a las 7 de la mañana, para comprar pan huaro caliente en los kioskos cercanos a la universidad, me ha causado sorpresa ver salir a jóvenes de su morada a esa hora del día. Solo una vez vi a un estudiante de quinto de secundaria de mi colegio.

Varios de mis compañeros de clase le tienen animadversión. Especulan que enseña estos temas científicos con otro propósito. Dicen que las lecciones de biología relacionadas a la fertilidad y fecundación son un pretexto para seducir a sus preferidos. Yo no entiendo bien la correlación. No me interesa la presunta homosexualidad del cura. Claramente, yo no soy uno de sus preferidos. Se fastidia cuando lo contradigo en clase.

Volviendo a Apumayta, a él le encanta también la clase de religión. Nunca falta el único día en el que el cura Galdo enseña por dos horas consecutivas su curso. Apumayta sazona sus intervenciones con puntos de vista del budismo Zen, habla de Hare Krisna y a él por primera vez lo escuché hablar de Herbert Marcuse. Luego que salimos de las clases de religión le pregunto de dónde saca la información y le pido intercambiar documentos. No le pido libros prestados porque en mi país se considera un tonto al que presta libros y más tonto al que los devuelve. El siempre se va por la tangente para no darme sus fuentes de información. La única vez que me dio algo escrito fueron panfletos de los Hare Krisna, pero no me llaman la atención. Los puedo conseguir fácilmente en las calles. Los Hare Krisna son muy activos en sus campañas de reclutamiento. Te persiguen para convencerte. Lo primero que te entregan son sus volantes. Lo que me interesa es saber más sobre el budismo Zen y Marcuse.

Otro curso al que Apumayta no falta mucho es el de lengua extranjera. Tiene un inglés básico, aprendido en conversaciones con sus amigos gringos, que lo maneja muy bien. Es mejor que el de nuestro maestro de aula. Él es muy divertido en este curso. Cuando no sabe una palabra de la lengua anglosajona la transforma buscando una parecida en castellano. Por ejemplo dice: “¿Uat do you chay?” en vez de decir, What do you say? “Bacines man” en vez de business man. Sus ocurrencias me hacen reír. Quiero saber más de él pero es escurridizo y reservado con su vida personal.

Noto que Apumayta está faltando demasiado al colegio. Las clases se hacen más aburridas al fin de año escolar. Maestros y alumnos piensan en sus últimas evaluaciones de sus carreras universitarias y en los exámenes de admisión a las escuelas de oficiales y a la universidad. También hablan sobre los regalos de navidad que les gustaría recibir. Yo no sé realmente qué estudiar. Me gustan las ciencias y las letras. A mí lo que me encanta de las fiestas de fin de año es el Santurantikuy, que tiene lugar el 24 de diciembre. De esta feria me gusta ver las novedades que exhiben y venden los artesanos y ese ambiente de confraternidad que se crea en la plaza de armas del Cusco. Se junta gente del campo y la ciudad.

Extraño el humor de Apumayta. El viernes decido escaparme del colegio para leer a Edgard Allan Poe. Encontré sus obras completas en el ICPNA. Luego de sacar el libro me doy una vuelta por la plaza de armas. Entre un grupo de hippies reconozco a Apumayta. Él se da cuenta de mi presencia y se aleja del grupo en mi dirección. Agarra la mano a una muchacha rubia más alta y mayor que él. Tiene ojos azules y un pelo largo que le llega a la cintura. Es muy delgada.

–¡Hola Zea! –me saluda.

–Que tal, Apumayta –le respondo.

–Te presento a Kristine.

–Buenos días, Zea –me dice Kristine con un acento que no es del alemán, francés o inglés.

–Hola, Kristine. ¿No reconozco tu acento? ¿De dónde eres?

–Soy de Dinamarca, Zea.

–No le digas Zea –interviene Apumayta.

–Disculpa, wayki. ¿Cómo te llamas?

–Me llamo Luis, y tú.

–Mi nombre es Julián.

–En el colegio sólo nos conocemos por el apellido –le explico a Kristine que nos mira confundida.

–Vas a perder el año escolar –le digo a Julián.

–Ya lo sé. Pero tengo cosas más importantes que hacer. ¡Toca! –me dirige la mano hacia el vientre de Kristine. Recién me doy cuenta que está embarazada.

–Vamos a tener un hijo, Luis. Antes de cumplir seis meses de embarazo queremos conocer Bolivia y Argentina y luego nos vamos a Dinamarca. Estas últimas semanas he estado trabajando duro para el viaje a Buenos Aires. En Argentina hay bastante chamba. Allí voy a ahorrar para pagar los pasajes a Copenhague. ¡Qué buena suerte que nos encontramos! En unas horas nos vamos en San Cristóbal a Juliaca. En esa ciudad haremos nuestras conexiones primero hacia La Paz y luego a Buenos Aires. Te quería encontrar para dejarte este libro sobre el que me habías preguntado. Me lo regaló un amigo, pero a mí no me gusta leer.

Me entrega un ejemplar raído del One Dimensional Man de Herbert Marcuse, paperback, impresa en 1966, Boston, Estados Unidos. Le agradezco. Ojeo el libro. Está subrayado y con anotaciones en inglés en los márgenes. En la primera hoja leo Paul Jones junto al signo de la paz y un dibujito de una hoja de cannabis sativa.

–Muchas gracias –le vuelvo a decir.

–Y tú, ¿qué planes tienes después de terminar el colegio? –me pregunta Julián.

–Me voy a Lima para estudiar en la universidad. Mi padre ya está viviendo allí. El resto de la familia se muda en enero. Ya no aguanto el colegio. Todos son unas huevas tristes. Todos hablan sobre el mismo asunto. Los chancones quieren irse con becas a la Unión Soviética o ingresar a las escuelas de oficiales en Lima. La mayoría quiere ingresar a la universidad para estudiar contabilidad, derecho e ingenierías. Con nadie se puede conversar de otros temas. Y tú, ¿qué quieres estudiar?

–Tal vez ingrese a las escuelas de Química o Antropología. Realmente me gustaría hacer cine, pero mi familia no tiene plata.

–¿Qué piensas hacer en Copenhague?

–Lo único que me interesa es estar junto a Kristine y mi hijo –dice Julián mientras acaricia a su mujer. Kristine dice que no se necesita ir a la universidad para conseguir un buen trabajo en Dinamarca. Ella es el mejor ejemplo. Su empleo de peinadora le permite ahorrar y viajar de vacaciones a diferentes lugares del mundo.

Interrumpo la conversación cuando veo que se acerca un guardia civil. La policía captura a los estudiantes que llevan uniforme circulando en horas de clase por la calle.

–Me tengo que ir, Julián. Mucho gusto de conocerte Kristine, buena suerte para los dos.

–Buena suerte, waykichay –me dice, dándome un abrazo. Vente a Dinamarca también. Allá vas a tener chamba y casa.

–Algún día estaré por allí –le contesto.

Me alejo, pensando, cómo un muchacho de quince o dieciséis años va a poder viajar sin la autorización de sus padres al extranjero. También me pregunto cómo lo voy a encontrar si no hemos intercambiado direcciones. Quiero volver para pedírsela y darle la mía. Me amilano, el guardia civil sigue rondando por la plaza. Además, Julián me da la espalda y vuelve al grupo abrazando a Kristine.

Escena. Ciudad de México, 1992.

El aeropuerto Benito Juárez de Ciudad de México está repleto. No se puede caminar rápido. Choco con maletas y bultos de mexicanos que retornan de los Estados Unidos. ¿Cuándo se le ocurrirá construir uno nuevo al gobierno de Salinas de Gortari? Estoy esperando que salgan mi esposa e hijo. Según su itinerario, deberían haber llegado ya en el vuelo Phoenix-Ciudad de México de USAir. Los funcionarios de inmigración mexicanos son peores que los estadounidenses. Hacen demasiadas preguntas y revisan con lupa varias veces los pasaportes peruanos. Temen que se infiltre Sendero Luminoso en un México lleno de tensiones que se neoliberaliza. Miro a desconocidos felices, cargados de paquetes y enormes maletas, que salen luego de pasar el control migratorio y de haber pagado mordidas en la aduana. Temo que en el tumulto se pierda mi familia. Se abre la puerta corrediza por millonésima vez. Sale un nuevo grupo de viajeros, entre ellos, reconozco a Apumayta cargando en el hombro un bolso repleto de artesanía tailandesa que sobresale. Está acompañado de una robusta mujer rubia, de unos cuarenta años, falda negra, botas militares, corte punk y un anillo que le atraviesa la nariz. El viajero es idéntico al Apumayta que vi por última vez hace 15 años en la Plaza de Armas del Cusco.

–¡Apumayta! –grito, por si acaso. No me acuerdo su primer nombre que escuché solo una vez. Se me acerca y me saluda.

–¿Cómo estás, waykichay? Tú eres Zea, el garcilasiano, ¿no?

–Sí, soy el mismo con muchas más canas y varios kilos encima.

–Sí, pues. Pero no seas cruel contigo mismo. Salvo las canas se te ve casi igual. Sigues flaco como en el colegio. Te presentó a Brigitte. Este es Zea. Discúlpame, wayki. ¿Cuál es tu nombre? El mío es Julián.

–Me llamo Luis. Mucho gusto, Brigitte.

–Encantada, me saluda con su acento francés.

Julián mira su reloj y comenta:

–Tenemos 30 minutos para platicar. Nuestro camión parte a Oaxaca en tres cuartos de hora.

–Mi mujer y mi hijo deben salir en media hora también. ¿Qué es de Kristine? –le pregunto.

–¿La conociste? –replica contrariado.

–Sí, me la presentaste el día que te ibas con ella a Buenos Aires.

–Ah, ya me acuerdo. Nada funcionó en ese viaje. Logramos llegar a Buenos Aires por tierra. Yo no pude viajar en avión a Copenhague. Necesitaba pasaporte y una autorización de mis padres. Era menor de edad. La quise convencer para que se quedara y volver al Perú y conseguir mis papeles. Pero nada que ver. Ella de todas maneras quería dar a luz en su país. Tomó su avión y me dejó con un poco de plata y su dirección. Yo tuve que abandonar la Argentina por la guerra sucia entre montoneros y las fuerzas armadas de Videla. La policía y el ejército chequeaban papeles en cada esquina. Yo como estaba indocumentado temía ser capturado. Había historias de gente sin papeles que eran desaparecidos, igual que los presos políticos. Los tiraban de helicópteros en altamar. Volví asustado al Cuzco. Como me había escapado de la casa y no había terminado el colegio, me botaron a la calle mis padres. Repetí el quinto de secundaria en la nocturna. Trabajé tres años haciendo artesanía y tocando música en las peñas folklóricas para ahorrar. Apenas saqué la libreta electoral, solicité mi pasaporte y me fui del país. Corría el riesgo de ser reclutado para ser llevado a la zona roja de Ayacucho. Mi mayor temor era ser torturado y degollado por los terrucos. Dejé Perú como refugiado. Era la época que Francia daba asilo político. Anduve por Europa a los veinte años tocando quena en un grupo folklórico y continué haciendo artesanía, siempre con la idea de ahorrar y viajar a Copenhague. En mi estadía de París me enamoré de Brigitte, que cantaba en una banda punk. La conocí en las presentaciones que hacíamos en la placita de la Pigalle. Su grupo y el mío nos turnábamos para tocar. Nos arrenjuntamos y vivíamos en Montmartre, cerca a la estación de metro Abesses. Nunca llegué a Dinamarca. Kristine me escribió una sola vez a la casa de mis padres en Cuzco con una foto de nuestro hijo. Su nombre completo es Julián Apumayta Jensen. Cuando tenga lana voy a viajar a Dinamarca para conocerlo. Ya debe tener 15 años. Quizás hasta me ha hecho abuelo –bromeó.

Julián miró de reojo el reloj del aeropuerto y continuó su relato.

–Dos hechos afectaron la nueva vida que empecé con Brigitte. Lamentablemente pasó de moda el punk. Después de la muerte de Sid Vicious poca gente veía la banda de Brigitte. Además, empezaron a pulular los grupos andinos en París. Con la invasión de ecuatorianos que tocaban san juanitos y vendían artesanía barata mi negocio quebró. Hacíamos poquísimo dinero. No podíamos vivir comiendo sopa de cebollas, pan baguette y jamón todos los días. Así que decidimos establecernos en México con Brigitte hace diez años. Buscamos un lugar equidistante con vuelos directos a Francia y Perú. ¿Y tú, qué haces aquí?

Le explique que tenía una investigación en marcha cerca a Tlaxcala. Pero que pronto retornaba a los Estados Unidos, donde había sacado un doctorado en Antropología en la Universidad de Michigan, Ann Arbor, y trabajaba desde hace un año en la Universidad de Tulane.

–Bueno cuate, me tengo que ir. Nos puede dejar el camión. Ahora sí te doy mi dirección. Visítame cuando puedas.

Yo también le di mi tarjeta. Me despedí de él y de Brigitte. Se alejaron. Tuve un deja vu. Vi la misma silueta de Julián con su cola de caballo, de hace quince años, cuando me dio la espalda en la plaza del Cuzco. La única diferencia en el cuadro era la punk Brigitte. Si hubiesen estado hasta ahora juntos con Kristine, tendría ella el mismo cuerpo de Brigitte. Brigitte es realmente voluminosa en comparación a la Kristine que yo conocí ¿Estará Kristine envejecida, aburrida, recordando las aventuras de su juventud en Perú con Julián? Ella debería pasar de los cuarenta años. Julián y Brigitte desaparecieron en el gentío del atiborrado Benito Juárez. ¿Estarán casados, tendrán hijos? Leí la tarjeta que me acababa de entregar. La tienda de artesanías estaba ubicada en el zócalo de Oaxaca. Era el mismo establecimiento comercial que yo conocía. En mis viajes a Oaxaca siempre me sorprendía encontrar una tienda en la plaza de armas con artesanías de África y Asia llamada “Le Exotique”. Nunca me iba a imaginar que los dueños eran Julián y su nueva mujer. Mis pensamientos fueron interrumpidos por la frase “¡Lucho, Lucho, mi amor!”, pronunciada por la cálida voz de mi esposa, y el “¡Daddy, Daddy!”, de mi hijo Tomás. Nos abrazamos y besamos. Hacía dos meses que no nos veíamos. Dejamos el aeropuerto en el Land Rover y tomamos la 150D en dirección a Tlaxcala.

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Reseña a “Las constelaciones oscuras” de Pola Oloixarac


Las constelaciones oscuras


Por Eleonora Lo Giudice


La segunda novela de la argentina Pola Oloixarac (Buenos Aires, 1977) resulta particularmente adecuada para amantes de la ciencia y tecnología, y también para esa clase de lectores que no se tiran para atrás ante los desafíos de una prosa mayormente oscura. Oloixarac utiliza un lenguaje científico donde la informática y la botánica proveen un inmenso repertorio de metáforas: “la computadoras forman capas geológicas recientes” (151).



La obra está dividida en tres capítulos que corresponden a distintas épocas históricas (1882, 1983 y 2024) y a tres diferentes protagonistas (Niklas, Cassio y Piera). ¿Qué tienen en común estas tres partes? Todas se centran en los avances de la ciencia en el transcurso de pocos siglos y las historias que conciernen a Niklas y Cassio no terminan en sus respectivos capítulos sino que se retoman en los siguientes. Como sabemos, el XIX fue un siglo de investigaciones científicas, especialmente por parte de biólogos que recorrían el mundo para estudiar las especies. Este es el caso del botánico Niklas, quien participa de la expedición para estudiar una planta denominada Crissia Pallida. Cassio, en cambio, vive en la época del desarrollo de las computadoras y se especializa como hacker. Piera es una bióloga como Niklas, pero en 2024 la biología ha cambiado totalmente y, junto a Cassio, participa en un grupo de investigación que recolecta ejemplares de ADN humano.

Los tres científicos son presentados como personas solitarias, aisladas e incomprendidas por el resto del mundo. En el diario de Niklas, podemos por ejemplo leer que “jamás hay presencia de personas, de nada que pueda semejar una relación personal” (136). Piera, por su parte, parece haber perdido del todo su lado humano: “la mano de la recién llegada se eleva maquinalmente, acentúa el robot en ella” (152). Incluso el sexo se describe en términos meramente científicos, y de esa manera las mujeres quedan reducidas a agujeros que pueden ser penetrados, en lo que constituye una clara analogía con lo que ocurre en el universo teconológico. Como dice Cassio, “todo está abierto para ser franqueado y penetrado” (67). Nada permanece oculto, todo se puede hackear (penetrar) y conocer.



Si hoy las redes sociales tienen acceso a información sobre nuestros intereses, nuestras búsquedas, nuestros familiares y amigos, ¿qué pasará en 2024? La escritora argentina crea un mundo distópico en el cual los gobiernos sudamericanos vigilan a la población a través de su material genético, sin que ellos se enteren. Son una especie de nuevos hackers, pero ya no de redes sino de ADN. Así como en el siglo XIX Mary Shelley en Frankestein advertía al lector sobre la posibilidad que tenían los científicos de crear seres monstruosos, dos siglos después será otra escritora, Pola Oloixarac, quien nos hará reflexionar sobre el hecho de que apropiarse de los secretos del ADN humano, así como de los secretos de la vida de las plantas y de los animales, podría posibilitar la creación de mezclas asombrosas entre especies distintas. Porque oscuras no son sólo las constelaciones que aparecen en el título, sino sobre todo las intenciones de los seres humanos.



Las constelaciones oscuras

Pola Oloixarac

Por Eleonora Lo Giudice

La segunda novela de la argentina Pola Oloixarac (Buenos Aires, 1977) resulta particularmente adecuada para amantes de la ciencia y tecnología, y también para esa clase de lectores que no se tiran para atrás ante los desafíos de una prosa mayormente oscura. Oloixarac utiliza un lenguaje científico donde la informática y la botánica proveen un inmenso repertorio de metáforas: “la computadoras forman capas geológicas recientes” (151).

La obra está dividida en tres capítulos que corresponden a distintas épocas históricas (1882, 1983 y 2024) y a tres diferentes protagonistas (Niklas, Cassio y Piera). ¿Qué tienen en común estas tres partes? Todas se centran en los avances de la ciencia en el transcurso de pocos siglos y las historias que conciernen a Niklas y Cassio no terminan en sus respectivos capítulos sino que se retoman en los siguientes. Como sabemos, el XIX fue un siglo de investigaciones científicas, especialmente por parte de biólogos que recorrían el mundo para estudiar las especies. Este es el caso del botánico Niklas, quien participa de la expedición para estudiar una planta denominada Crissia Pallida. Cassio, en cambio, vive en la época del desarrollo de las computadoras y se especializa como hacker. Piera es una bióloga como Niklas, pero en 2024 la biología ha cambiado totalmente y, junto a Cassio, participa en un grupo de investigación que recolecta ejemplares de ADN humano.

Los tres científicos son presentados como personas solitarias, aisladas e incomprendidas por el resto del mundo. En el diario de Niklas, podemos por ejemplo leer que “jamás hay presencia de personas, de nada que pueda semejar una relación personal” (136). Piera, por su parte, parece haber perdido del todo su lado humano: “la mano de la recién llegada se eleva maquinalmente, acentúa el robot en ella” (152). Incluso el sexo se describe en términos meramente científicos, y de esa manera las mujeres quedan reducidas a agujeros que pueden ser penetrados, en lo que constituye una clara analogía con lo que ocurre en el universo teconológico. Como dice Cassio, “todo está abierto para ser franqueado y penetrado” (67). Nada permanece oculto, todo se puede hackear (penetrar) y conocer.

Si hoy las redes sociales tienen acceso a información sobre nuestros intereses, nuestras búsquedas, nuestros familiares y amigos, ¿qué pasará en 2024? La escritora argentina crea un mundo distópico en el cual los gobiernos sudamericanos vigilan a la población a través de su material genético, sin que ellos se enteren. Son una especie de nuevos hackers, pero ya no de redes sino de ADN. Así como en el siglo XIX Mary Shelley en Frankestein advertía al lector sobre la posibilidad que tenían los científicos de crear seres monstruosos, dos siglos después será otra escritora, Pola Oloixarac, quien nos hará reflexionar sobre el hecho de que apropiarse de los secretos del ADN humano, así como de los secretos de la vida de las plantas y de los animales, podría posibilitar la creación de mezclas asombrosas entre especies distintas. Porque oscuras no son sólo las constelaciones que aparecen en el título, sino sobre todo las intenciones de los seres humanos.

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Sobre “Moral” de Sergio Chejfec


La expansión de los sentidos: Moral de  Sergio Chejfec


Por Sebastián Uribe


De lunes a viernes tomo el Metropolitano para ir a trabajar. Dos veces al día, de ida y de vuelta, soy un cuerpo más en medio de la marea humana que espera la llegada del bus que lo llevará a su destino. Por lo general aprovecho para leer un libro. Alguna historia que me permita romper con la rutina. La semana pasada cargaba Moral (1990) de Sergio Chefjec. Abrí el libro y  me encontré con estas líneas: “El tren arriba y pareciera que todo sucede, que el objeto mismo de las construcciones utensilios y herramientas que integran lo que se denomina “Estación”, el sentido último de aquella escenografía aislada y particular, ignorada y casi artificial, se materializa momentáneamente”.



Subrayo esas líneas justo cuando se acerca a la estación un bus repleto, en el que apenas se podría respirar. No tenía mucha alternativa: subía en ese momento o tendría que seguir esperando un rato más. Y allí estaba, apretado, sin posibilidad de moverme más de unos pocos centímetros. Miraba los rostros a mí alrededor: cansancio, molestia, fastidio, indiferencia. No iba a recordar a ninguno de las personas que viajaban cuando bajara. Siempre es así de fugaz el contacto humano cuando uno se moviliza por la ciudad. Luego de seis estaciones, consigo un lugar para sentarme.  Sigo leyendo a Chejfec. Y de pronto su lectura transforma el viaje.

Moral es un libro imposible de conseguir para cualquier lector limeño. Quizá pase lo mismo en cualquier otra ciudad: es la único novela que su autor nunca ha reeditado. Publicada en una pequeña editorial argentina en 1990, la segunda novela de Sergio Chejfec llegó a mis manos gracias al mismo autor, quien tuvo el generoso gesto de obsequiármela a su paso por la última Feria del Libro de Lima. Así que durante su lectura, proyectaba escribir sobre ella no pensando en un potencial lector que buscara de forma ardua esta novela (aunque sería grato que pudiera hacerlo), sino a uno que apostara por una literatura muy distinta, un lector que busque una voz que destaque sobre sus contemporáneos, aunque no pudiera leer este libro en específico. Leer un libro de Chejfec no es simplemente transitar por una historia entretenida, sino una intensa experiencia sensorial que termina potenciando todos nuestros sentidos. La capacidad del autor para adentrarse en los detalles de la cotidianidad es única e inimitable. Reflexionar sobre los espacios y acciones cotidianas en las que nuestra atención se diluye día a día, es una tarea de la que cualquiera podría salir frustrado. Pero si quien registra dichas acciones rutinarias es un escritor como Chejfec, el lector empieza a tomar consciencia de que ese universo aparentemente anodino en el que se mueve es en realidad fascinante. Empieza a percibir ideas. Se cuestiona. Piensa si está de acuerdo con ellas.

Un solo personaje, en este caso el poeta Samich, le basta a Chefjec para trabajar una obra donde se tocan temas como la territorialidad, la ética y la inacabable búsqueda de un artista que persigue una poética única. Prevalece la mirada sobre la realidad del protagonista, pero también es muy importante el contexto que lo rodea. Y no por un ejercicio de erudición inútil o de “lucimiento” en el uso del lenguaje (como muchos autores intentan, sin mayor fortuna, hoy en día), sino con una voluntad exploratoria que siempre se acerca a descubrimientos, revelaciones y epifanías. Samich intenta alejarse del caos urbano, como los antiguos filósofos griegos, con un afán contemplativo. Quiere alejarse mientras lidia desde su condición de “extranjero” en Buenos Aires. Ese sentimiento de no-pertenencia se manifiesta en otros campos, como en el mundillo intelectual o en la relación con sus llamados Acólitos, cuyas teorías acerca de la enigmática personalidad de Samich no hacen más que enriquecer el texto.



La literatura de Chejfec no es para aquellos que sólo quieren leer de la manera más rápida posible, como quien acumula lecturas buscando incrementar una estadística. A sus libros hay que dedicarles tiempo y, sobre todo, entrega. Porque ingresar a su mundo narrativo es como meterse a un paréntesis, hacer una pausa completa y absoluta de nuestras ocupaciones, que resulta tan necesaria en la actualidad. Dejar la acción y por un momento mirar desde una perspectiva tan genial como la de Chejfec aquellos hechos minúsculos que son parte de nuestra vida.

Por todo esto, es una grata noticia que los libros de Chejfec hayan llegado a Perú. Ya comentaré de manera más extensa sobre otros títulos más adelante. Por mi parte, seguiré tomando el Metropolitano todos los días. Pero mientras siga leyendo a Chejfec estos tránsitos serán diferentes.


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SERÉ BREVE

ÓBITO (25.05.2009)




Por Oriana Pickmann


Era el día de su entierro. El problema era que se sentía lleno de vida. Había gozo en su corazón, risa en su alma, amor en sus pupilas. Su familia y sus amigos decidieron decirle adiós. Las flores primorosas, el cajón oval, la música sutil, el café y los cigarrillos. Y él, paseando por todas las habitaciones, tratando de convencerles de que todo era un error.

—Mírenme, carajo, por estas venas corre sangre todavía.

No había caso. Era como si no existiera. Lo limpiaron, lo vistieron con el mejor de sus trajes, lo peinaron y le engominaron el bigote de gallardo coronel. Y él reclamando que no, que nunca había llevado el cabello para la derecha, que nadie le conoce en esta familia, que esos lentes son para leer, que esos zapatos siempre le causaron calambres. Daba lo mismo. Lo colocaron en el cajón como a un delicioso recién nacido.

Llegaron los dolientes, las lloronas. Se tomaron el café y se fumaron los cigarrillos. A él, ni una mirada. En su cajón, soltaba su diatriba.

Lo enterraron a las cinco de la tarde, sin lluvias, sin grandes ceremonias, vivo.



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SERÉ BREVE


MUDA


Por Manuel Terrones



Al despertar, vio su cuerpo a dos metros de distancia. Al reconocer que esa masa sanguinolenta e inerte había sido él, pensó:

«Por fin soy el hombre que siempre quise ser: yo mismo».




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SERÉ BREVE


REPASE



Por Alberto Zelada García


Cálmate. Ya todo ha pasado. No quedan más gritos ni huellas, ni siquiera los ecos de la destrucción. Las banderas flamean hinchándose de victoria y los heridos son cifras que todos empiezan a olvidar, o borrar. Por favor, no me mires así, yo sólo quiero hacer lo correcto. Soy cristiano, igual que tú. Cállate, te lo pido. No sea que tu presencia nos delate y tenga que rematarte a culatazos.



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SERÉ BREVE


ZÍNGARA



Por Sandro Bossio Suárez


Finalmente, la encontró en su tienda de adivinadora, entre tantas tiendas idénticas de la feria, y se sentó frente a ella con los ojos suplicantes. La gitana dispuso la mesa, encendió las velas, pulió la bola de cristal y lo miró directamente a los ojos:

—Mal de amores —le dijo.

—Sí —corroboró él—. Solo quiero que vuelva y que no se separe nunca de mí.

Ella asintió:

—Los astros te concederán tu deseo —le sonrió—. Volverá y nunca se separará de ti.

La mujer movía cadenciosamente unas sonajas que sonaron extrañas a sus oídos, mientras entonaba unos ensalmos extravagantes y entraba como en trance. El sintió que las lágrimas arrasaban su rostro.

—Ve tranquilo —le dijo la gitana al cabo de unos minutos, tomándole con cariño de la muñeca, recibiendo el costo de su servicio como si no le importara.

Jeremías salió de la tienda y, en cuanto lo hizo, recibió la llamada que tanto anhelaba.

—Aló, amor, soy yo. Disculpa por lo que pasó, no fue mi culpa.

—Lo sé, mi vida, lo sé. Lo bueno es que ahora estaremos juntos para siempre.

La escuchó sollozar y, emocionado, le prometió que, en efecto, jamás se separarían. Supo que así sería cuando se enteró de que el cuerpo de Cristina había desaparecido de la morgue.




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