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EL DERECHO DE MORIR (Y UN HOMENAJE A LOS SUICIDAS)
Por: José Rosas Ribeyro
A Armando Robles Godoy,
quien supo hablar de la vida y de la muerte
Hay un solo problema filosófico realmente serio: el suicidio.
Juzgar que la vida vale o no vale ser vivida
es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.
Albert Camus
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Sin la idea del suicidio hace tiempo que me hubiera matado.
E. M. Cioran
Hace unas semanas, buscando en cajones un viejo poema mío que se publicó en la revista Ínsula de Madrid y que desde entonces estaba traspapelado, me di con unos textos de cuando yo tenía catorce o quince años. Los releí y constaté una vez más que yo adolescente no tenía el talento ni la precocidad de Rimbaud. Pero lo que más me llamó la atención no fue eso, sino que en uno de esos textos en particular yo reivindicaba ya el derecho de morir e imaginaba de alguna manera instituciones como Exit y Dignitas, asociaciones suizas que procuran ayuda a quien quiera ponerle punto final a su vida. En aquella época ni la una ni la otra existía, ya que la fundación de la primera data de 1982 y la segunda cumplió doce años en mayo de 2010. ¿Qué decía yo en ese texto adolescente? He aquí, pues, algunos fragmentos:
“Para evitar el suicidio hay que ponerse todos los días la camisa, el pantalón, los zapatos y una gran sonrisa entre los dientes. Vestirse diariamente con palabras y sacar a relucir nuestra voz diciendo siempre las mismas estupideces. Todo esto porque no existe una ley de protección del suicidio. ¡Deben construirse grandes establecimientos dotados con los últimos adelantos de las ciencias! En ellos deben proponerse desde el viejo y tradicional harakiri hasta los suaves barbitúricos y los dulces gases letales pasando por el eficaz Folidol y el vulgar veneno para ratas. (…) ¡Déjennos suicidarnos!, ¡déjennos lanzarnos a los barrancos!, ¡déjennos tomar toda clase de venenos!, ¡déjennos dormir plácidamente sobre los rieles!, ¡déjennos ahogarnos en el mar sin camisa, pantalón ni zapatos! (…) Exigimos pues esta reivindicación: la promulgación de la ley de protección del suicidio o si no tendremos que seguir poniéndonos la camisa, el pantalón, los zapatos y una gran sonrisa entre los dientes, para evitar el suicidio.”
Lo que son las coincidencias: por esos mismos días estaba yo leyendo Le droit à la mort. Suicide, mode d’emploi. Ses lecteurs et ses juges (Editions Imho, París, 2010) libro del escritor anarquista francés Claude Guillon, cuyo título en castellano podría ser: El derecho a la muerte. Suicidio, manual de uso. Sus lectores y sus jueces. Sobre él volveré dentro de un momento porque por ahora quiero destacar que a esta coincidencia, ya bastante extraña, se añadió luego otra. Una noche, navegando por el infinito océano de Internet, me di, no sé bien cómo, con una entrevista a Armando Robles Godoy, donde este destacado cineasta y escritor peruano aborda con coraje y lucidez el tema de la muerte.
“La muerte se ha convertido en una especie de fenómeno terminal y no es así. La muerte es lo más importante que ocurre en la vida, del mismo modo que la vida es lo más importante que ocurre para la muerte, pues sin uno no existiría el otro”, decía Robles Godoy en el video grabado por la Asociación Peruana de Ateos antes de precisar: “¿Cómo morir y cuándo morir? Si yo tengo el derecho de vivir -y jurídicamente lo tengo- también reclamo el derecho de morir.” Cuando leí estas frases extremadamente lúcidas del autor de La muralla verde éste tenía 87 años y calculaba que aún podía vivir unos tres, cuatro o, con optimismo, cinco años más, pero desde ya se preparaba para decidir él en completa libertad el término de su existencia. Lamentablemente, un accidente se interpuso en este camino hecho de lucidez y dignidad y se cobró la vida del que fuera el mejor de los cineastas del Perú y un combatiente terco e infatigable por el arte cinematográfico y la cultura en general. La última vez que estuve en Lima, hace ya como cuatro años, pasé con él un par de horas conversando en su departamento de Miraflores, y ese largo diálogo lo grabé. Sin embargo, como no abordamos entonces el tema de la muerte no descubrí sino hasta hace unas semanas que yo compartía con Robles Godoy las mismas convicciones sobre el derecho de morir.
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¿Por qué un hombre no tendría el derecho, sin dar explicación alguna,
de renunciar a una vida que él no pidió?
Henry de Montherlant
En Francia prácticamente ya no existe la censura en cuanto a la publicación de libros. A veces el editor de alguna obra sobre tal o cual persona ligada al poder político sufre presiones y si no sabe resistir a ellas el libro que planea publicar puede quedar condenado a seguir siendo inédito. Esto ocurrió, por ejemplo, hace unos años cuando el abominable presidente Sarkozy utilizó sus influencias para impedir que se publicara una obra sobre su ex mujer Cecilia. No obstante, muchos otros libros del mismo cariz han sido publicados después pese a los ataques de mal genio y las pataletas de la caricatura de Napoleón III, El Pequeño, que ocupa actualmente el palacio del Elíseo. Otro ejemplo, esta vez en el terreno de la literatura: las asociaciones de protección de la infancia, de padres católicos y otras por el estilo en las que se reúnen los mojigatos galos, quisieron impedir la difusión de una novela, editada por Gallimard, narrada desde la perspectiva de un violador de niños. Los jueces, sin embargo, no ordenaron el retiro de la obra de las librerías, sólo decidieron que ésta estuviera en las mesas de novedades ¡envuelta en celofán! En este caso los jueces dieron muestras de humor, pero no siempre es así.
Todo esto viene a cuento porque en verdad prácticamente el único libro absolutamente prohibido en Francia en estos últimos veinte años, por una decisión judicial, es uno que se titula Suicide, mode d’emploi. Histoire, technique, actualité (Suicidio, manual de uso. Historia, técnica, actualidad), escrito por el ya citado Claude Guillon al alimón con Yves Le Bonniec y editado por las Ediciones Alain Moreau en 1982. Yo en el momento de su salida lo tuve entre las manos y lo juzgué sumamente interesante pero no lo compré porque mi economía de ese entonces era más magra que la de ahora y no pensé nunca tampoco que un día no tan lejano sería retirado definitivamente de la venta. Hoy en París, sin embargo, en alguna librería de viejo se lo puede conseguir por lo bajo a más de 100 euros, como si fuera el mismísimo Mein Kampf de Hitler, libro prohibido desde después de la Segunda Guerra Mundial pero que algunos libreros venden clandestinamente.
Lo paradójico de esta historia es que Suicide mode d’emploi fue comprado por más de cien mil personas durante los nueve años en que pudo circular antes de la prohibición definitiva en 1995. Para alcanzar este objetivo se movilizaron sin cansancio diferentes asociaciones religiosas, las cuales finalmente lograron su fin pese a la oposición de diversos intelectuales (Félix Guattari, Simone de Beauvoir, Christine Rochefort, entre los 208 firmantes de un manifiesto) y del Pen Club de Francia, cuyo presidente en 1982 le escribió al ministro de justicia lo siguiente: “Toda censura directa o indirecta (…) es inaceptable. El Estado no tiene ninguna calificación para imponer ese tipo de sanciones ni un conformismo social del tipo que sea ya que se trata de la vida íntima y privada de las personas.”
¿Qué hay en ese libro que se considera tan peligroso como para prohibirlo? Todo depende, como se verá, de quién lo lea. O sea que sucede con él lo mismo que ocurre prácticamente con cualquier libro y, sobre todo, con los que son feroz literatura, en definitiva los más peligrosos de todos. Un señor de 66 años y depresivo, que compró Suicide mode d’emploi y lo leyó de cabo a rabo, le escribió después a sus autores: “Desde que está en mi biblioteca ya no tengo ganas de morir. Me siento más tranquilo desde que sé que poseo la fórmula que me ayudará a salir del infierno si éste se vuelve intolerable.” Por el contrario, los detractores del libro, quienes se oponen a una moral laica de la muerte y a la asunción plena del libre arbitrio, acusaron a los autores y al editor de ser responsables de decenas de suicidios y se empeñaron no sólo en lograr la prohibición del libro sino en condenar a sus responsables como cómplices de asesinato. Y eso en un país cuyo Estado se proclama ajeno a cualquier religión y donde suicidarse no es un delito. En Francia ya no se considera el suicidio como “un homicidio de sí mismo” y, sin embargo, abordar el tema desde el punto de vista histórico y sociológico y dar algunos consejos para procurarse una muerte lo menos dolorosa y desagradable posible, fue condenado por los tribunales. De seguro los jueces franceses habrían condenado también a Armando Robles Godoy por decir públicamente: “yo busco en este momento el placer de morir. O sea, no solamente aceptar la muerte como un fin, no. El placer de morir es uno de los grandes placeres que uno busca.” No obstante, pese a la liberticida legislación vigente en Francia, un sondeo de 2003 mostró que un 86% de los ciudadanos de ese país quiere tener la libertad de morir cuando lo deseen. Hoy el porcentaje debe de ser aún mayor pese a los alegatos histéricos de los voceros de las iglesias monoteístas.
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Si el suicidio no es un crimen, tanto la prudencia como el valor
nos obligan a desembarazarnos de la existencia
cuando ésta se convierte en una carga.
David Hume
“Si el derecho de vivir es, como parece reconocerlo la Corte Europea, la fuente de todos los otros derechos, podemos deducir entonces, siguiendo al filósofo Hans Jonas, que “correcta y totalmente comprendido este derecho incluye también el derecho de morir”. (…) El derecho de cada uno a poner término a su propia existencia no es un nuevo “derecho de la persona enferma” sino una libertad constitutiva del ser humano…” escribe Claude Guillon situándose en una posición más radical que la que sostienen organismos como la ADMD (Asociación por el Derecho de Morir Dignamente), que circunscribe el derecho al suicidio dentro de un marco regido por la institución médica y actúa en los diferentes terrenos del poder político para obtener la modificación de la ley francesa. La ADMD, creada en 1980, tiene hoy unos 48000 adherentes en toda Francia y un prestigio obtenido, entre otras cosas, a través de la adhesión a su causa de personalidades del mundo intelectual, artístico y político. En su comité de padrinos figuran filósofos mediáticos como André Comte-Sponville y Michel Onfray, escritores conocidos como Michel del Castillo, Hélène Cixous, Dominique Fernandez y Viviane Forrester, científicos e investigadores prestigiosos como Etienne-Emile Baulieu, Boris Cyrulnik y Hubert Reeves y políticos destacados como Michel Rocard y Laurent Fabius (ambos ex primer ministros), Noel Mamère (diputado ecologista) y Bertrand Delanoë (alcalde de París).
Yo, les confieso de pasada, soy miembro activo de la asociación desde el 11 de agosto de 2010, aunque mi posición personal ante el derecho de morir se acerca más a la de los libertarios como Claude Guillon que a la de los institucionales de la ADMD. ¿Por qué me he inscrito entonces? Porque formar parte de la asociación en cierta manera me protege de la locura médica por conservar la vida cueste lo que cueste y me permite suscribir un documento que dice:
“Si como resultado de una enfermedad incurable, y sea cual fuera la causa de ésta, o de un accidente grave que acarrea le degradación irreversible de mis funciones, me encuentro impedido de expresar mi voluntad, pido:
1) Que no se realicen ni se prosigan los actos de prevención, investigación o cura que tengan como único efecto la prolongación artificial de mi vida.
2) Que se traten de manera eficaz mis dolores incluso si esto produce como efecto secundario la abreviación de mi vida.
3) Que si no existe ninguna esperanza de retorno a una vida consciente y autónoma se me procure una muerte rápida y agradable”.
Guy de Maupassant dijo más o menos lo mismo en el siglo XIX en uno de sus cuentos, “L’Endormeuse”, al referirse a una asociación por la muerte voluntaria, “una especie de club en el que se mata limpia y agradablemente a la gente que desea morir”. Y luego, desde la posición del candidato al suicidio, el autor de Bel-Ami añade “¡Permítannos por lo menos una muerte agradable! Miren, somos numerosos y tenemos derecho a hablar en estos días de libertad, de independencia filosófica y de sufragio popular. A quienes renuncian a la vida háganles el favor de una muerte que no sea para nada repugnante ni horrible.”
Miembro activo y madrina de la ADMD y probable lectora también de Maupassant era Mireille Jospin-Dandieu, madre del ex primer ministro francés Lionel Jospin. Esta mujer que durante gran parte de su vida ayudó a muchas mujeres a dar la vida -pues era partera-, reunió un día de 2002 a toda su familia para comunicarles que estaba decidida a morir pues no quería sufrir los estragos de la vejez que a su edad avanzada iban agravándose. Luego, puso orden en sus cosas y sin prevenir a nadie de la fecha exacta de su suicidio, ayudada por la ADMD, puso fin a sus días el 6 de diciembre de ese mismo año. Una hija suya, la escritora Noëlle Châtelet, abordó después el suicidio de su madre en la novela La dernière leçon (La última lección), donde escribe: “Me enseñaste tu muerte como me habías enseñado a comer y a escribir: corrigiéndome, repitiendo, siempre dispuesta a ayudarme, lista para darme apoyo.”
Otro caso de suicidio ocurrido en Francia en estos últimos años es el del filósofo André Gorz y su mujer Dorinne. Quien fuera amigo y colaborador de Sartre, ex director de la revista Les Temps Modernes y uno de los fundadores de la ecología política publicó en 2006 Lettre à D. Histoire d’un amour (Carta a D. Historia de un amor). En esta bellísima carta de amor y de reflexión sobre la vida, la vejez y la muerte, escribió Gorz:
“Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que sólo sacia tu cuerpo apretado contra el mío. Por la noche veo la silueta de un hombre que, en una carretera vacía y en un paisaje desierto, camina detrás de un coche fúnebre. Es a ti a quien lleva esa carroza. No quiero asistir a tu incineración; no quiero recibir un frasco con tus cenizas. Oigo la voz de Kathleen Ferrier que canta “El mundo está vacío, no quiero vivir más” y me despierto. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos.”
A fines de septiembre de 2007 André y Dorinne se suicidaron. Ambos fueron encontrados muertos en su casa de Vosnon, en el departamento de l’Aube, al noreste de Francia. Sus cuerpos estaban acostados uno al lado del otro. Sobre la puerta de calle un cartelito decía “avisen a la gendarmería”.
Otro caso que dio mucho que hablar es el del célebre escritor belga Hugo Claus. Como sabía que padecía de Alzheimer y que su salud se iría deteriorando rápida e inexorablemente con el paso del tiempo, él mismo determinó el momento de su muerte. En julio de 2006, su mujer, Veerle De Wit había enviado un mail a sus amigos, donde les contaba que la enfermedad de Claus era irreversible. La carta añadía que “pasaría de la mejor manera posible los momentos de lucidez que le quedaban, y que decidiría por sí mismo cuándo era suficiente, en el momento oportuno”.
El 19 de marzo de 2008, cuando el escritor había decidido que dicho momento había llegado, tomó una copa de champán para despedirse de su mujer y se durmió tranquilamente para siempre. Contó para ello con la ayuda de alguien, ya que la legislación belga, como la suiza, lo permite.
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Tu muerte escribió tu vida. Tu suicidio fue de una belleza escandalosa
Edouard Levé
La lista es larga. Digo: la lista de los escritores y artistas suicidas. Y en ella, no sé porqué, hay tantos que yo admiro, algunos desde la infancia, como Emilio Salgari y Jack London. Otros llegaron después a mi vida, a veces cuando ellos ya habían decidido concluir la suya: Violeta Parra, la grandísima; Stefan Zweig, en tierras brasileñas: lejos de todo lo suyo; Alfonsina Storni, como buscando caracolas en el fondo marino, y José María Arguedas, cuyo féretro acompañé con miles de personas hasta el cementerio de Lima, sin dejar de admirar ni por un segundo Los ríos profundos y El zorro de arriba y el zorro de abajo, obra esta última en la que su fin ya estaba dicho. Luego, durante mis años de militante marxista, descubrí a otros marxistas, pensadores y poetas, que supieron conciliar su compromiso revolucionario y social con el derecho íntimo, inalienable, de decidir su propia muerte. Y entre ellos personas que admiro hasta ahora, como Paul Lafargue, Vladimir Maiakovski, Seguei Esenin.
Después otros, tantos otros: el disidente Arthur Koestler, el secreto Albert Caraco (algún día escribiré algo sobre este escritor de todas partes y de ningún sitio), el visionario Guy Debord y Walter Benjamin, el hombre que admiraba los pasajes cubiertos de París y se suicidó en Port-Bou, entre Francia y España, con la única compañía de su maleta.
Y qué decir de Van Gogh, Nicolas de Staël, Mark Rothko, pintores ante los cuales me rindo, me quedo atónito. Sin olvidar (¡cómo la voy a olvidar!) a Diane Arbus, fotógrafa que adoro por sobre todas las cosas y que aparece de incógnito en un poema de mi libro Ciudad del infierno.
Y Cesare Pavese, cuyo diario, El oficio de vivir, es, creo, el segundo que leí en mi vida, aún adolescente, después del de Anne Frank. Y fue eso lo que me animó más tarde a llevar uno yo mismo. Pavese había escrito allí el 18 de agosto de 1950, ocho días antes de quitarse la vida: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más.” Pero ya en el umbral de la muerte no resistió a anotar en su cuaderno unas palabras más: “Perdono a todos y a todos pido perdón. No murmuren demasiado”.
Y cuando paseo a orillas del Sena, en este París en que vivo hace ya como treinta años, no puedo dejar de pensar en los que saltaron a sus aguas para morir, dos rumanos desarraigados como yo: Paul Celan, que escribía en alemán, y Gherasim Luca, que lo hizo en francés.
Y algunas mujeres potentes, dolorosas, desesperadas, bellísimas, paradigmas de mujeres tan contradictorias como modernas: Virginia Woolf, Silvia Plath, Marina Tsvetaeva, Alejandra Pizarnik, Sarah Kane, y la quebequesa Nelly Arcan, con tanta belleza, tanta vida y tanto talento y renunciando a la vida en plena vida en 2009.
Y todos esos escritores latinoamericanos tan distintos en la escritura y tan iguales al enfrentarse con la muerte: José Asunción Silva, Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones, Jorge Cuesta (grandísimo poeta mexicano), José Antonio Ramos Sucre, Jaime Torres Bodet, Pablo de Rokha, Reinaldo Arenas y su amigo y compinche Guillermo Rosales. Y dos poetas peruanos: Luis Hernández, a quien nunca vi en persona, y Juan Ojeda, con quien compartí almuerzos en el comedor universitario de San Marcos (“La Muerte Lenta”), noches de bohemia en bares limeños e inusitadas aventuras nocturnas.
Y hasta ahora no he nombrado a otros personajes y suicidas admirables: Jean Eustache, uno de mis cineastas favoritos, realizador de esa obra maestra absoluta que es La mamá y la puta, y Nerval y Kleist y Trakl (los poetas) y Schumann (el músico) y Deleuze (el filósofo) y Crevel (el boxeador surrealista). Y también el ahora muy famoso Sandor Marai, quien antes de darse muerte escribió, muy parco: “ha llegado el momento”.
Y olvido a tantos suicidas que cruzan la historia, como luminosos meteoritos, desde la antigüedad: Sócrates, Séneca, Sapho y… ¡Y qué sé yo!
Y esta frase, llena de humor e ingenio, pronunciada o escrita, tampoco lo sé, por Jerzy Kosinski, un escritor mediocre, creo yo, que fue en un momento sumamente celebrado y luego fue ennoblecido por su suicidio (como el antipático pero para nada mediocre Ernest Hemingway): “voy a dormir ahora un rato más largo del usual. Llamemos a ese rato Eternidad.”
Cómo no voy indignarme entonces cuando un cura anónimo, enceguecido como la mayoría de sus colegas por la peligrosa fe en las religiones monoteistas, dice repitiendo de paporreta su aprendido catecismo: “El suicidio es un pecado escandaloso, que atenta contra los derechos de Dios, supremo y único Señor de la vida y de la muerte. Es un pecado gravísimo que precipita al alma directamente al infierno.” Me indigno sí y reivindico también el derecho de irme a ese infierno tan temido con la majestuosa compañía de todos los suicidas condenados. Y hago mía una frase de la señora C. quien, tras haber visto alrededor suyo varios suicidios horrorosos y haber leído Suicidio, manual de uso le escribe a los autores: “Peleen, peleen, sigan peleando contra la ideas ciegas y las dictaduras intelectuales.”
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Ha llegado la hora de morir cuando vivir
significa más sufrimiento que dicha. Conservar nuestra vida
a costa de tormentos e incomodidades es ir contra
las propias leyes de la naturaleza.
Michel de Montaigne
Hace un rato, al referirme al caso de Hugo Claus, no pude no pensar en mi madre. Mientras vivía en París ella también, como el escritor belga, fue atacada por el Alzheimer. Al comienzo no me di cuenta de ello. Cuando me daba una cita en alguna parte y no llegaba nunca, y luego afirmaba categóricamente que había estado ahí y a la hora convenida, yo me ponía malhumorado pues su actitud me parecía una burla, una total falta de consideración. Luego, los olvidos, el no reconocimiento de ciertas personas, se fueron agravando. Ya no podía vivir sola. Una chica peruana comenzó a ocuparse de ella cotidianamente a la hora de almorzar y le hacía compañía y la estimulaba durante algunas horas. Sin embargo, cuando esa chica no estaba, mi madre salía a la calle y se perdía, bajaba al sótano sin ser consciente de lo que hacía y se quedaba encerrada hasta que alguien pasara por ahí y la liberara de su involuntario cautiverio. Una vez dejó encendido un fuego de la cocina a gas y casi produce un incendio. La situación no podía continuar así. Felizmente, ayudado por una asistenta social a la que no me cansaré de agradecer su iniciativa, logré que mi madre pudiera ir a vivir a un departamento para personas de tercera edad. Era como una comunidad donde una decena de ancianos, con diferentes niveles de pérdida de autonomía, compartían la vida cotidiana y se acercaban a la muerte. En esa estructura mi madre pasó los últimos diez años de su vida, protegida, cuidada, mimada.
Los peores de esos diez años no fueron, sin embargo, aquellos últimos que pasó siempre acostada en su cama, cortada del mundo, de la vida, del entorno y de quienes íbamos a visitarla. Los peores momentos fueron los primeros, es decir, cuando todavía mi madre tenía estados de lucidez. En esos momentos se daba cuenta del mal del que sufría, de la desaparición de su memoria, de su no reconocimiento de la gente y de quienes la querían. Y se daba cuenta también de que el proceso de su enfermedad era irreversible. Ocurría entonces que cuando estaba lúcida la embargaba la angustia y el deseo lúcido de querer morir. Nunca podré olvidar las repetidas veces en que me dijo que quería morir, acabar de una vez por todas con semejante tortura. Mi madre, desgraciadamente, no había tenido nunca conciencia de que vivir implica siempre morir un día, razón por la cual no tenía nada preparado para enfrentar la situación en que se encontraba debido a la enfermedad. “Hijito ayúdame a morir”, me dijo varias veces, y su frase aún resuena en mí como si me golpeara en la cabeza con un mazo, porque no supe, no tuve el valor, de acceder a su demanda.
Mi madre, dado su estado, necesitaba que la ayudaran a suicidarse y eso en Francia no es legalmente posible, a diferencia de países como Bélgica, Holanda y Suiza. No obstante, pese a la prohibición, hubiera podido hacerlo pero con ello me exponía a un juicio, quizás la cárcel, la incomprensión y el castigo de mi acto. Fui cobarde, tuve miedo. Y traicioné a mi madre y traicioné al mismo tiempo mis convicciones. Mi madre siguió sufriendo y recién pudo morir “naturalmente” años después. Mi crimen no fue ayudarla a morir, hacer posible su suicidio. No. Mi crimen, fue permitir que prosiguieran sus tormentos, que perdiera toda autonomía y que su cuerpo hacia el final no fuera sino el de un cadáver “en vida”. Hoy que en estas líneas hablo sobre la muerte, sobre el derecho de morir y el suicidio, déjame pedirte mamá que me perdones por no haberte ayudado a concluir una vida que ya no era vida.
6
Al empezar este artículo hablaba yo del azar -objetivo, añado ahora- que hizo que diferentes acontecimientos y hallazgos me llevaran a escribirlo. Pues, siempre en eso del azar, resulta que encontré mientras tanto un poema de Jorge Luis Borges que puede muy bien servirme para el cierre. Forma parte de La rosa profunda y se titula “El suicida”. Es conocido que Borges no puso término a su vida por mano propia, pero si nos acercamos a los últimos años de su existencia y vemos lo ocurrido con su legado después de su muerte, quizás deberíamos considerar adecuado para su caso lo que alguna vez escribió, con humor, George Bernard Shaw: “Tenía un amigo que dudaba entre diversas formas de suicidio. Finalmente escogió el matrimonio.” He aquí el poema:
No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
Del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
Los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.
Fotos: 1) Portada de Le droit à la mort. Suicide, mode d’emploi. Ses lecteurs et ses juges. 2) Armando Robles Godoy. 3) Cesare Pavese. 4) Alejandra Pizarnik.









