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Coyuntura Entrevista Miscelánea

Entrevista a Simón Ergas

Entre independientes, ningún catálogo se parece a otro

Por Eliana Del Campo y Sebastian Uribe

¿Cómo se aprende a hacer libros cuando nadie enseña a hacerlos? Simón Ergas (Santiago, 1983) salió de la universidad con una licenciatura en Letras, el deseo de trabajar cerca de la literatura y ninguna idea de cómo se fabrica un libro. De ese desconcierto nació La Pollera, primero como una revista cultural digital que pagaba a sus columnistas con pizzas y después como una de las editoriales independientes más reconocibles de Chile, con un catálogo que combina rescates patrimoniales —inéditos de Juan Emar, la obra secreta de José Edwards, el Poema de Chile de Gabriela Mistral— con apuestas por las nuevas voces de la narrativa chilena. Hoy es magíster en Edición, editor del sello y productor general de La Furia del Libro.

Pero Simón también es también escritor. Publicó De una rara belleza (autoedición, 2011; La Pollera, 2016), biografía novelada de su abuelo, un judío macedonio que huyó de la ocupación nazi; Tierra de aves acuáticas (Oxímoron, 2016), mención honrosa del Premio de Narrativa Francisco Coloane; y Delitos de poca envergadura (La Pollera, 2017), cuarenta relatos breves ilustrados por Rafael Edwards que ganaron el Premio a la Edición de la Cámara Chilena del Libro. Conversamos con él durante su paso por Arequipa, en octubre del 2025, sobre las cajas de manuscritos que duermen en los clósets de los herederos, el concurso de cuentos de terror que le abrió la puerta a la narrativa contemporánea, y lo que significa equivocarse muchísimo cuando el error es la mejor escuela disponible.

Bienvenido al Perú y a Arequipa. ¿Es tu primera vez por acá?

Muchas gracias por esta conversación. Yo vine al Perú muchas veces. En 2006 estuve un mes en la selva, en Iquitos, viví más adentro.

¿Con la familia?

No, explorando la selva, conociendo las bondades. En realidad teníamos un proyecto bien ingenuo con unos amigos: ese año los Rolling Stones hicieron un concierto en Copacabana[1] y nosotros queríamos subir de Chile a Iquitos, cruzar el Amazonas, bajar por Brasil y llegar al concierto. Por supuesto que salimos, y cuando llevábamos ya un mes de viaje ocurrió el concierto; ese día yo justo estaba cruzando la frontera de Perú y Brasil en el Amazonas. Estaba lejísimos, pero como crucé lo vi por la tele, en la televisión brasileña. La mitad de mis amigos no siguieron, se quedaron en Iquitos, encantados, porque hay mucho que hacer. Y bueno, se nos acabó el tiempo. Es una larga historia, pero estuve mucho tiempo en el Perú esa vez. Y a Arequipa había venido en 2003.

Queremos comenzar explorando tu faceta como editor. ¿Cómo surge La Pollera? ¿Qué es lo que no había en el panorama editorial y que ustedes dijeron: nosotros lo vamos a hacer?

El primer impulso fue que se nos acabó la universidad, éramos escritores y queríamos trabajar cerca de la literatura. En esa época no había editoriales como hay ahora, no había aún posgrados de edición, y uno salía de una licenciatura en Letras sin saber cómo se hace un libro, sin saber que se pueden hacer libros. Armamos una revista cultural digital, que se llamó La Pollera, el 2007. Eso funcionó unos cuatro años, hasta que tratamos de profesionalizarla; incluso tuvimos un banner de una pizzería que nos pagaba en pizzas.

Los primeros pagos eran en pizzas, entonces

Y yo les pagaba en pizza a los columnistas [risas]. Y ahí, siguiendo el cómo era trabajar cerca de la literatura, nos encontramos con las obras completas de un autor fantasma chileno: famoso, pero fantasma, es decir, alguien de quien se sabía que había escrito mucho pero que nunca había publicado. Encontramos una caja en un clóset llena de sus papeles y con eso nos ganamos un fondo público para publicar las obras completas, que fueron tres libros.

Fue muy extraño, porque si bien las editoriales más chicas partimos como jugando, como un hobby un poco, ese primer año tuvimos sueldo gracias a ese fondo, y trabajamos, y metimos al equipo a un diseñador, y pudimos equivocarnos muchísimo, que fue lo que más nos enseñó. Y así partió. Después de ese proyecto dijimos: ¿qué hacemos ahora?

¿Quién era el autor fantasma?

José Edwards[2].

Ah, José Edwards. No sé por qué pensé en Juan Emar.

No, Juan Emar[3] vino después. Fue nuestro segundo proyecto.

¿Y dónde encontraron la caja? Perdón, es que es una anécdota muy curiosa.

La caja estaba en la casa de un hijo suyo. Es que todas estas cosas se conservan así. Es muy extraño. Después publicamos un inédito de Juan Emar que también estaba en una caja, en el clóset del presidente de la fundación. Digamos que son fundaciones jurídicas, que no tienen una sede, porque solo cuidan los derechos de autor. Entonces el presidente tenía una caja con los manuscritos en su casa, humedeciéndose. Eran papeles del año treinta. Le sacabas un clip y se empezaban a desintegrar.

Claro, porque antes guardaban sus manuscritos así, y ahora es un PDF que puede encontrarse por ahí.

O uno se imagina una bóveda, ¿no? Hay autores más modernos, como Carlos Droguett. ¿Lo conocen? Hay un fondo en una universidad en Francia, la Universidad de Poitiers, que se llama Fondo Carlos Droguett. Ahí están guardados sus papeles, catalogados y súper bien. Pero con estos autores más viejos no pasa eso.

Justo esta mañana te mostraba este libro de Constanza Gutiérrez, Incompetentes. Hay una historia, porque ese fue el primer libro que alguna vez me llamaron a presentar en una feria. Me acuerdo de cuando ella llegó con sus libros de La Pollera, y para mí recién sonaba el sello. ¿Cómo surgieron esas ganas de publicar también nuevas voces, autores actuales? ¿Cómo partió ese proyecto?

¿Cómo dejamos a los muertos? Que no los dejamos, pero claro, partimos con eso, y era como nuestra guía, y era lo que el público esperaba.

Porque, por lo general, ocurre el caso inverso: las editoriales comienzan con la apuesta del autor novel y luego pasan al rescate de archivos.

Claro. Bueno, llevábamos algunos rescates patrimoniales, después nos metimos con Gabriela Mistral de quien también encontrábamos unas joyas que no estaban publicadas. Y ya después de tres o cuatro proyectos dijimos: bueno, parece que esto es una editorial, estamos haciendo algo. Había ocurrido ya la primera Furia del Libro[4] en la que estuvimos, habíamos conocido otras editoriales y habíamos aprendido un poco de la industria. Entonces dijimos: quizás podemos seguir en esto, quizás podemos hacerlo nuestro trabajo.

Al hacernos conscientes de eso, también te pones a pensar en tu rol como editor, como publicador. No podemos hacernos los tontos: vivimos ahora, acá, no en el pasado. Entonces dijimos: trabajemos con autores vivos. ¿Pero quién? Bueno, estaba mi libro, que había salido antes, pero no.

¿De una rara belleza?

De hecho, la primera edición de ese libro salió antes que todo el resto de La Pollera. Salió sin código de barras, sin lomo, sin contratapa. Era una edición familiar. Ese ejemplar que tienes ahí es es la segunda edición, de 2016, creo. La otra es de 2011, antes de todo lo demás. Y bueno, entonces hicimos un concurso. Un concurso literario que consistía en escribir cuentos de terror en torno a la ley 20.000[5], que estaba muy de moda en esa época: la ley de persecución de los fumadores de marihuana. Era un concurso muy específico. Lo que apostábamos era que fumar marihuana era inofensivo y que la ley lo criminalizaba, y entonces hacía que la gente viviera un terror, pero no hacía que la gente dejara de fumar. Ese era el llamado del concurso.

Nos lo tomamos muy en serio: hicimos ilustraciones, conseguimos auspiciadores, conseguimos un jurado bien bueno, estaba Alejandro Zambra y había un diputado muy famoso porque era abogado a favor de la marihuana. Fue muy divertido. Y ese concurso lo ganó Constanza Gutiérrez. Publicamos un libro con los diez mejores relatos y ella estaba ahí. Así la contactamos y nos conocimos. Y después de publicar ese libro nos dice que tenía una novela[6]. Ahí trabajamos con ella. Fue la primera vez que editábamos a un autor vivo. Peleábamos. Y nada, nos fue súper bien. Súper bien.

De hecho, cuando empezamos a diseñarlo no teníamos colección de narrativa, y se le ocurrió a ella ocupar el cuadro de un pintor. Ese pintor es mi primo, entonces fue muy fácil gestionarlo para el de Incompetentes. Amigo mío, hermano mío. De hecho, en el de De una rara belleza la portada también es de él, pero esa ya es una ilustración digital. De ahí en adelante, ahora tenemos más de veinte libros de narrativa y son todos cuadros de pintores. Lo inventó Constanza en el primero. Así que así fue. Y fue medio accidental, pero bueno. Y ahí, cuando ella llegó, ya teníamos distribuidor, entonces ya sabíamos un poco más del tema de prensa. Así que se distribuyó, y ella tuvomucha audiencia.

Entonces ya tenían el archivo histórico y la narrativa de autores contemporáneos. Por último, queríamos consultarte por el catálogo de poesía, porque tienen a Anne Carson, que la tradujeron, pero también hemos visto libros de Rosamel del Valle y Eunice Odio.

Pero nunca nos tiramos a abrir una línea de poesía, porque en la editorial yo soy narrador y se nos hacía difícil editar poesía sin estar seguros de saber hacerlo. Y además, sin conocer los circuitos de difusión. Entonces no abrimos línea de poesía: esos libros los sacamos en la línea de rescate patrimonial. Está Rosamel del Valle, de quien de hecho publicamos su narrativa, que no se conocía. Y lo de Eunice Odio y Lezama Lima viene en esta línea más de rescate patrimonial, y es una colección curada por Vicente Undurraga, que es un editor genial de poesía. Es un personaje que sabe.

Con respecto a las colaboraciones que se dan entre editoriales, ¿cómo percibes el ambiente en Chile? Porque la Furia del Libro es una iniciativa que nosotros, desde otro país, vemos como un modelo de red que se apoya y que le hace un contrapeso a la hegemonía de las transnacionales en el mercado editorial. ¿Cómo sientes que es el clima entre las independientes chilenas? ¿Hay colaboración? ¿Hay una sana competencia?

¿Cómo no? Entre independientes, ningún catálogo se parece a otro. Todo es muy particular y es muy difícil competir. Entonces terminamos colaborando. Al final, la fundación de la Furia fue compartir público entre todos: yo traigo diez, tú traes diez, tú traes diez, y empiezan a aportar a los otros mesones. La Furia yo siento que es muy colaborativa. De hecho, cuando la conocí eso me fascinó, porque entré a hacer libros sin saber que iba a tener que vender libros. Y de repente veo a un montón de personas tratando de hacer lo mismo sin saber cómo hacerlo, y juntándose para poder hacerlo mejor. Ahí yo empecé a perseguir al organizador de la Furia para que me dijera cómo. Así me metí.

Ahora también abren espacio a independientes de otros países para que formen parte de esa red, y eso ha diversificado. Nosotros, como lectores, vemos la diversidad de publicaciones que hay en Chile a raíz de este clima tan benéfico. Es un modelo bonito que esperamos se contagie un poco más acá.

Es muy raro lo que pasa con la Furia. La Primavera del Libro es otra feria, es la del gremio de editores. Está ocurriendo ahora; de hecho me van a odiar un poco porque me vine y no voy a ver nada. La Furia grande ocurre en invierno y la Furia chica en verano. La Furia chica es la de siempre, pero se quedó pequeño el espacio y abrimos la fecha de invierno en la Estación Mapocho, para que ahí ya quepa todo el mundo. Y si viene más gente, se pueden acercar más personas a ver.

Como autor, hemos leído Delitos de poca envergadura. ¿Cómo nace esa idea loca de hacer un libro de microhistorias ilustrado?

Fue idea del ilustrador. A él se le ocurrió.

¿Tenías las historias ya escritas? ¿Te dio una consigna, un precepto de hagamos esta línea? Porque normalmente alguien escribe y después busca un ilustrador, pero en este caso ¿cómo se generó?

Fue un trabajo muy sinérgico entre los dos. Yo empecé a ejercitar: hice algunos relatos buscando el tono, buscando la voz, se los mandaba, él los ilustraba, me los devolvía, después yo los borraba, escribía de nuevo. Fuimos así como pimponeando hasta encontrar el estilo, el estilo de los dos, porque igual se retroalimentan las ilustraciones con los relatos. Entonces, cuando encontramos eso, ya nos liberamos y empezamos a trabajar, a juntarnos a tomar café y a reírnos de los temas que se nos ocurrían.

A mí me divirtió mucho, como te contaba antes de empezar, que sea tan misceláneo: algunos cuentos son muy crueles, otros más jocosos, como el del partido de fútbol. Fue un poco como ver los videoclips de 31 Minutos, el de “Señora devuélvame la pelota”. Hay unos parecidos.

Sí, eso era como una especie de hambre que yo tuve al escribir esto, porque son cuarenta relatos breves, todos con la misma consigna, y la dificultad está en la variedad. No solo temática, sino de género: hay unos distópicos también. Entonces traté de agarrarme de todo.

Fue un ejercicio medio de Oulipo, ¿no? A mí me da curiosidad porque me acuerdo de que Constanza Gutiérrez contaba que, cuando nació Pelusa Baby, ella también se dijo: voy a escribir veinte historias y esa va a ser mi consigna.

Fue un libro bien bonito de hacer. Se agotó. Es un libro que no creo que reimprimamos, porque es carísimo: por el color, por el grosor del papel. Pero también estuvo bueno porque lo trabajé muy de cerca con mi socio, que ya no es editor, ahora es encargado de marketing y distribución, pero hasta ese momento era un gran editor. También él me editó el primero, el de De una rara belleza. Lo trabajamos muy de cerca, y eso yo creo que jugó a favor: ser autor y editor y trabajar adentro del equipo de edición. Hicimos un libro súper unitario, un proyecto muy cerrado. Y por eso se ganó el Premio a la Edición[7], precisamente.

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Libros del autor:

De una rara belleza

La Pollera Ediciones, 2016. 60 pp.

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Tierra de aves acuáticas

Editorial Oxímoron, 2016. 312 pp.

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Delitos de poca envergadura

La Pollera Ediciones, 2017. 180 pp.

La oficina del agua

Alquimia, 2021. 195 pp.

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[1] El concierto gratuito de los Rolling Stones en la playa de Copacabana, dentro de la gira A Bigger Bang, fue el 18 de febrero de 2006 y reunió a cerca de un millón y medio de personas.

[2] José Edwards (1914-1980) fue un narrador chileno que escribió toda su vida sin publicar una sola línea. La Pollera editó su obra completa en tres volúmenes a partir de los papeles que se conservaban en casa de uno de sus hijos.

[3] Seudónimo de Álvaro Yáñez Bianchi (1893-1964), autor de Umbral, novela de varios miles de páginas que su autor nunca vio publicada.

[4] Feria de editoriales independientes fundada en Santiago en 2009, de la que Ergas es productor general. Tiene dos ediciones al año: la de verano, en el Centro Cultural Gabriela Mistral, y la de invierno, en la Estación Mapocho, la antigua terminal ferroviaria convertida en centro cultural.

[5] La ley chilena de drogas, vigente desde 2005. Los diez relatos ganadores de aquel concurso se reunieron en el volumen 20.000: diez relatos espeluznantes (La Pollera, 2013).

[6] Incompetentes, publicada por La Pollera el 2014.

[7] El Premio a la Edición de la Cámara Chilena del Libro 2017, en categoría ficción. Delitos de poca envergadura fue además finalista del Premio Municipal de Literatura de Santiago 2018 en la categoría edición.

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Entrevista a Mario Bellatin

La tarea del escritor, más que ser creativo, es ser un gran observador

Por Sebastian Uribe

Con más de ochenta libros publicados, traducidos a su vez a más de una veintena de idiomas, Mario Bellatin sigue creando nuevos proyectos con la energía de un autor debutante. Su obra irrumpió y refrescó la escena literaria latinoamericana durante los años noventa con títulos como Efecto invernadero o Canon perpetuo y desde ese momento no ha dejado de fascinar a lectores de todo el mundo con textos que hurgan en los pliegues de la realidad y pasan inadvertidos entre el cúmulo de información con el que nos atosigamos a diario.

Esta conversación se dio en Lima diciembre del 2023, pero podría haberse dado ayer o realizarse mañana, porque las respuestas, como su obra, escapan del cerco de la primicia y siguen alumbrando problemáticas de la literatura y el mundo en general que invitan a la discusión y reflexión. Este mes de septiembre volvió a Perú a participar del 17º Festival de Poesía Chepén Chepén y presentar dos nuevas ediciones de La escuela del dolor humano de Sechuán y Salón de belleza,  publicadas por Animal de Invierno y Personaje Secundario, quien también tiene en su catálogo Diwan Bellatin  y La matanza.

Mario Bellatin – ©Graciela Iturbide

Mario, quería comenzar citando una frase de El palacio, el primero de los dos libros de Diwan Bellatin: “Hay muchas formas de morir; vivir escondido es una de ellas”. Escribir es una forma de esconderse, de enmascararse. ¿Cómo se relaciona eso con la aparición de la denominada Legión. conformada por escritores, editores, agentes, críticos, traductores, periodistas?

Legión es el demonio, que son cien, dos mil dentro. Uno al que le preguntas ¿cómo te llamas? Y no se llama Satanás, se llama Legión, porque son decenas. Toda la armada.

El término viene de alguna manera del libro sagrado. Pero ¿qué es lo que hace un libro sagrado? Es presentarse como si no tuviera un autor, como si fuera escrito por Dios, en el caso, por ejemplo, del Corán.

Por eso me interesa tanto el Corán. No porque sea musulmán, sino porque es un libro que no está traducido. Un tipo de escritura antigua que el hombre no ha intervenido, no ha traducido, no ha modificado, sino que está tal cual, porque apareció así en la Historia, tal cual como le fue dictado a Mahoma, y hasta ahora se mantiene igual: nadie lo puede tocar, nadie puede traducirlo. Incluso, para que funcione de alguna manera como ritual, como rezo, como canto, hay que leerlo o hay que escucharlo en árabe, porque es fondo y forma.

Y sí, hay traducciones, pero las traducciones son solamente referenciales, para saber lo que sucedió en el momento de enfrentarse al Corán. Entonces a mí me parece fascinante este libro, que es fondo y forma al mismo tiempo, que no se puede separar. Y de alguna manera eso es lo que yo intento: que mi escritura, incluso cuando no tenga un sentido evidente —que al final lo tiene, ojalá—, sea congruente con la forma, sea como un objeto, como si la escritura adquiriera una tercera dimensión y tuviera ya un carácter de objeto. No como un libro objeto, sino como un objeto: la escritura como un objeto en sí misma, que se defina en sí misma.

Y por eso la idea es que el escrito del autor esté escondido dentro de sus propias palabras. Pero muchas veces, para esconderse, uno se hace evidente. Por eso hay muchos elementos repetitivos, o muchos elementos que alguien, si me conoce, podría referir a acciones autobiográficas o a cosas que han sucedido. Eso no tiene ninguna importancia. Incluso, a veces de manera consciente, ya cuando hago la edición final, trato de hacer pasar la mentira por la verdad. Digo: ah, esta cosa que es mentira. Aunque no sé si es mentira; qué cosa es mentira, habría que discutirlo.

Pero esto que el lector va a decir, porque me conoce: ah, es él. Y justamente ahí no estoy. Y eso me permite meter una serie de elementos que sí son, pero que son tan increíbles o tan fuera de orden que parecen producto de una cosa imaginativa.

Y porque yo estoy contra —como diría Susan Sontag en Contra la interpretación— yo estoy contra la creación. Contra esa creación romántica. Contra esa idea de que voy a crear algo. No soy muy creativo. Se le ha dado mucho peso a eso: el temor de la página en blanco, el tener algo nuevo que decir. Eso para mí no es muy interesante. No creo que sea lo principal. Al contrario: es quedarse callado.

Algo que me parece muy curioso en la presentación de las nuevas ediciones, tanto de Salón de belleza como de Diwan Bellatin, es que comienzas con la palabra verdadera ubicada en un presente perpetuo. Quería preguntarte cómo fue la experiencia de intervenir estos textos para las nuevas ediciones. ¿Cómo es crear nuevos libros con otros sentidos a partir de los mismos textos, o que en apariencia son los mismos, pero cambian de sentido al ordenarlos y jugar con la forma?

Justamente lo que decía hace un rato: que quiero que la forma y el fondo estén unidos y que cada libro, de manera más franca, más veraz, forme parte de una pieza, de algo más grande. Entonces, lo que yo creo que estoy creando —nunca estoy seguro, pero es lo que intento— sería lo más cercano a un Lego. Cada libro, volverlo una pieza de Lego. Ya has visto las piezas de Lego, que están construidas para poder ser engarzadas con otras piezas y para poder formar una estructura más grande.

Entonces, en estas modificaciones, tanto del Salón de belleza[1] como de los Diwan, se realizan por dos motivos. Uno, para hacerlo pieza: una pieza que pueda insertarse en otra pieza. En este caso, por ejemplo, en este diwan, los dos textos se volvieron piezas con una escritura igual, muy rigurosamente igual, con esto de mayúsculas, comas, etcétera. Tratando de que se haga con la menor cantidad de recursos literarios posibles. O sea, como simplificar al máximo: ya la mayúscula es una retórica, las comas son retórica, los adjetivos son retórica. Se trata de quedarme con lo mínimo para poder forzar algo y, de alguna manera, en ese proceso construir algo que no construiría otro autor porque es un poco lo que a mí me interesa cuando me acerco a un creador que tiene una forma única de entender el mundo. Un creador tanto de literatura como de cine, como de teatro, construye el mundo que conozco desde una perspectiva que para mí es totalmente inusitada, pero al mismo tiempo reconocible. Y también  siento que la tarea del escritor, más que ser creativo, es ser un gran observador. Es ser un gran observador y empezar a mirar los pliegues que se dan en la realidad, que para muchos pasan inadvertidos.

Por eso me sirvió mucho una época en que me dediqué bastante a la fotografía. Mi interés era cómo el instante va cambiando, algo de lo que en la vida cotidiana no nos damos cuenta. Pero cuando uno tiene una cámara, en medio segundo ya pasó todo. Si no captas ese instante, ya es otra cosa; ya te moviste dos milímetros y ya es otra cosa. Y eso hay que pasarlo a este otro espacio, a esa otra visión, para poder observar que la verdadera creación ya está dada, pero no hay nadie que la vea. Entonces es una cosa como estar pendiente de dónde están esos pliegues.

Sería un trabajo ocioso, pero si tuviera doscientos años de vida estaría más aburrido que ahora. Podría, por ejemplo —ese sería otro paso, después de hacer ese gran libro infinito que pretendo hacer—, ir desglosando cada elemento del Diwan y del Salón de belleza, y hacer el correlato de dónde viene cada cosa. Porque no son gratuitos. O sea, ese “kafkafarabeuf” existe y te puedo decir qué pasó, quién es. Hay elementos que aparecen, de los niños muertos, de los escritores, todo eso que aparece como una cosa emblemática, simbólica: no, tienen un correlato en la realidad.

Y ahora estoy volviendo a eso con otro Diwan, porque apareció otro Diwan en México, con Sexto Piso, que salió de ese mismo Salón de belleza, más un libro que aquí apareció yno sé si circuló mucho: Carta sobre los ciegos para uso de los que pueden ver[2], que son los hermanos ciegos y sordos. Esos hermanos existen, esos hermanos yo los tengo ahí en Facebook. Y también ese señor de los Perros héroes. Por eso están las fotos, que yo las hice pasar como instalaciones, como que yo había construido esas fotos, pero no, es la verdad.

Te pongo esos libros como ejemplo de cómo, donde aparentemente mi imaginación llegó a extremos, no es nada de eso. Creo que ya conté esto de Perros héroes[3]: cómo un cuadripléjico, por medio de la garganta, entrena perros para matar. Y sale con fotos, para que me crean, del personaje, que aparte de los perros tenía águilas en el baño, era una cosa impresionante. Pero si tú lees eso, si ves las fotos, crees que yo estoy enfermizamente creativo inventándome realidades que no existen. Y digo: eso no tiene importancia para el lector. Yo lo que quiero es que alguien empiece y termine el libro y saque alguna conclusión, o que no le guste, o que le guste, o que se sienta identificado. Pero yo tengo mi propia historia personal de todos estos libros.

Ya en el extremo, aquí no pude escapar a la tentación de poner las fotos, porque este libro se escribió ––y esas fotos fueron tomadas–– cuando recién aparecía la cámara digital, en los años 2000. La cámara digital era como un juego cuando apareció, y yo tuve una suerte increíble: Hewlett-Packard hizo un proyecto con cien artistas del mundo y les regaló un equipo completo de un megapíxel. De pronto, una cámara gigante de un megapíxel; que me llegara ese regalo era una cosa rarísima, porque nadie tenía esas cámaras.

Pero lo que quería decir realmente era que, antes de la aparición de la fotografía digital, la fotografía analógica —salvo excepciones, como esa famosa foto de Stalin en la que iban desapareciendo sus compinches de la foto porque z los iba matando— era como la última instancia de la verdad. Es verdad porque yo vi la foto. Y curiosamente, en estos veinte años, es al revés: es mentira porque vi la foto. Con los filtros, con lo que pasa en las aplicaciones, en esas aplicaciones de citas donde todo el mundo sale de una manera y de pronto llega a la cita y no es así En ese tiempo, no existía. En ese tiempo la foto era como el último sello. Podía no creerse en la escritura, podía creerse en la subjetividad de la escritura, pero eso no: es cierto, yo vi la foto. Entonces era como una verdad absoluta. Y yo no pude con la tentación: puse esas fotos, pero hice el doble juego, porque dije que eran instalaciones, como que yo las había inventado.

Y también en ese libro de los ciegos y sordos ahora estoy poniendo el apellido, en esto que estoy regresando a ese universo, pero en el libro original no podía poner el apellido que tienen en la vida real, porque parecía que yo ya estaba llevando las cosas al extremo: se apellidan Nieblas. O sea, imagínense. Dos hermanos ciegos, nacen ciegos los dos, y hay un mundo para los ciegos: van a la escuela de ciegos, ya saben caminar, tocan música. Y de pronto, como Dios es bien bueno, dice: ah, ya se han acomodado de alguna manera al mundo de los ciegos, pues ahorita les voy a mandar la segunda parte, la sordera. Entonces ahora son ciegos y sordos. Y son inteligentísimos. Yo me encuentro frente a eso, de verdad. Y aparte se apellidan Nieblas. ¿Cómo se pueden apellidar Nieblas?

Por eso, no sé si han leído ese libro, está ese profesor horrible que supuestamente soy yo, ese profesor fracasado que les ha dicho que, si hacen un cuento con su apellido, sería mala literatura. Que era lo que me sucedía a mí: ¿cómo le voy a poner a esos personajes Nieblas? Es como incorrecto. Y claro, yo estaba diciendo la verdad. Eso pasó en el norte de México, y luego me encontré con la noticia, que también está en Google. O sea, es verdad. En realidad yo soy un cronista. Todo esto que aparece como una pesadilla, como producto de una imaginación desbordada, es realidad.

Porque si voy al Uruguay, que es un país que me encanta, así cerrado en sí mismo, con gente muy genial, ahí está ese problema de la Colonia Etchepare, que lo puedes googlear. Te puedo dar los datos ahorita en tu teléfono: ahí te vas a encontrar con los hermanos Nieblas, porque además el libro continúa en la realidad; como tienen Facebook, yo sigo viendo esa voz del personaje. En ese libro sigue hablando el personaje, pero en el Facebook, y son como fragmentos que podrían entrar en el libro, dentro de esta ficción extrema.

La colonia  Etchepare, el manicomio es como aquí el Larco Herrera, pero está alrededor de una floresta y es un sitio donde la gente arroja a los perros que no quiere. Son jaurías de perros salvajes que de cuando en cuando atacan a los pacientes, los matan y se los comen. Uno diría: bueno, pero resuelvan el problema. Y no, no se puede, porque hay asociaciones proanimales cada vez más poderosas —los perros a veces tienen botitas, anteojos para el sol, está esa humanización de los animales—, y cada vez que quieren resolver ese asunto vienen las brigadas de defensa animal. Y no hay asociación pro locos. Ya lo dijo Foucault acerca de las naves de los locos que en la Edad Media iban navegando por los ríos-. Pues ahora también es lo mismo. No ha cambiado. El tiempo no cambia.

Cuando veo lo de Palestina, lo que está pasando, ese genocidio, está en la Biblia. Es lo mismo: Moisés, los egipcios. Solemos pensar que hay un avance lineal, así como puede ser en la ciencia, como que el auto es el último modelo. Pero no, es una cosa cíclica. Y de ahí la idea del diwan, que es una forma muy antigua, un género muy antiguo, anterior a la modernidad, anterior a que se dividieran los géneros de manera occidental: poesía, ensayo, filosofía. Pero no son textos del pasado. Los solemos leer por la religión —porque la religión es lo peor que puede haber, que de alguna manera hace que esos textos empiecen a tener un dogma y entonces ya todo se echa a perder—, y solemos pensarlos como manuales de buen comportamiento, cosas de la antigüedad. No: es presente. Estamos en la Biblia, estamos en el Antiguo Testamento, estamos en el Corán, estamos en la Torá. Estamos viviendo tal cual.

Incluso Netanyahu hizo alusiones al Antiguo Testamento. Claro que son esas barbaridades que vemos cuando leemos sobre todo el Antiguo Testamento. ¿Cómo mató al esposo? Le clavó una estaca en la sien. Pues sí, pero eso lo vemos ahorita, alrededor de todas las muertes que hay ahora, todo el genocidio que hay, más allá del palestino: el genocidio en que estamos envueltos todos. O sea, no es una cosa mexicana o peruana: Los Ángeles, San Francisco, Canadá, Bolivia, el Perú, México, los kurdos.

Entonces yo tengo como un deseo de romper un poco esa idea de que los que sufrimos somos los únicos, de que los que sufrimos somos nosotros. Romper esa barrera del escritor latinoamericano. Porque yo no me siento muy identificado, salvo excepciones, con la mayor parte de los autores de Latinoamérica; pero sí me siento identificado con un escritor kurdo, con un escritor palestino. No tengo nada que ver con una serie de autores con los que no tenemos para nada una misma concepción del mundo. O sea, primero, yo no me siento identificado con nadie, empezando por ahí: yo me siento identificado con la propia escritura. Pero si ya se trata de identificarme con otro, de formar parte de algo más grande, sí podría ser un mapa, pero que no tiene que ser necesariamente geográfico.

¿Podría ser Lina Meruane, por ejemplo?

Sí, Lina; Diamela Eltit. Sí, ahí sí encuentro relaciones. Autores como Sergio Pitol. Pero con la gran mayoría de autores no tengo absolutamente nada que ver, y no porque hayamos nacido en un mismo país o pertenezcamos a una misma región. Y eso trae a veces muchas consecuencias, esa idea de esa carga del escritor latinoamericano. En otra entrevista hablé de la academia europea de hace treinta años, y siento que actualmente hay una influencia de la academia norteamericana. Me acuerdo de cuando iba a Estados Unidos hace veinte, veinticinco años, y tenían residencias de escritores, y yo decía: menos mal que nosotros nos salvamos de la obligatoriedad de escribir sobre nuestra etnia. Los negros escribiendo sobre los negros, las lesbianas sobre las lesbianas… Yo decía: qué raro, si justamente la literatura es un arte, es el arte de la libertad.

Yo, por ejemplo, cuando escribí Salón de belleza, no tuve que tener sida; en cambio, en Estados Unidos, en esa época, sí. O sea, si yo tengo que validarme como persona, tengo que tener VIH para poder escribir del VIH, o tengo que tener covid para escribir de la peste, o tengo que ser negro, tengo que ser latino. Y el único que en ese tiempo tenía derecho a escribir lo que le daba la gana —hasta hace treinta años— era el hombre blanco. Era una cosa bastante machista. Y el hombre blanco sí escribía lo que quisiera: Hemingway, Faulkner. Pero las minorías tenían que escribir obligatoriamente. Yo estaba en la residencia, tenía un amigo y le decía: oye, ¿pero por qué no escribes de un gay de Manhattan? No, cabrón, pero yo tengo que escribir de negros, de mi abuela, de África. Y el gay, de gais.

Y eso está empezando a cundir por acá. Y es aburrido. Hay un dicho mexicano que me gusta mucho, subido de tono, seguro aquí porque está fuera de contexto: “que cada quien haga de su culo un papalote”. Dicho en México suena más suave: cada quien haga lo que quiera. Pero yo, como lector, un libro que está resuelto en la portada, donde hay buenos y malos y ya sabemos quién es el bueno y quién es el malo… Eso también sucedió aquí ¿no? con ciertos indigenismos baratos  donde de antemano sabes que el patrón es malo, que el originario es la víctima. ¿Sabes? Así como que, ¿para qué leerlo?, si ya el problema está resuelto. Es un esquema.

Como lector, noto que mucho de lo que comentas está muy cerca de la poesía. Bueno, no de la poesía en sí como género, sino del gesto de los poetas de transformar el lenguaje. Como Vallejo en Trilce: tengo estas palabras, creo nuevas a partir de otras y les doy otro sentido. Creo que eso es lo que propones.

Ah, no, gracias, es un honor que me haces. Sí, yo quisiera acercarme a la poesía, que es un arte que admiro mucho, y jamás me atrevería a hacer un poema, por respeto. Pero de alguna manera trato, sin hacer un poema, de acercarme a lo que puede acercarse un poeta. Y por eso también publico con editoriales independientes, que de alguna manera tienen una flexibilidad y una actitud abierta frente a esos cambios. Me imagino a Vallejo yendo a una transnacional con Trilce, y un corrector de estilo tratando de corregirlo: pero eso no va a vender, el mercado. Fíjate, Vallejo: “¿Qué se llama cuanto heriza nos?”. ¿Qué es eso? Y otro le contesta: “Lo mismo que padece”. O “¡Y el burro peruano en el Perú” ya se sabe que es del Perú, que es peruano. ¿Entiendes? Usted, cómo avisa a los compañeros con be… Ponlo con uve, con be grande, con be chica.

Y ahí está el gesto también de la publicación, porque Trilce sale en el taller de la Penitenciaría de Lima: son presos los que imprimen ese libro, que es como un canto a la libertad y a la libertad de escribir, a la esperanza.

Sí, yo pensaba… pero cada quien que haga lo que sea con su papalote. De pronto, por buscar libertad no me voy a convertir en un dictador: esto no se hace, que cada quien haga lo que quiera. Es como lo que fue de alguna manera cierta poesía en el siglo XX. Yo siento que la narrativa en el siglo XXI sería como ese modelo: pequeñas editoriales, solo para un grupo de escritores. Esa masificación que se busca me parece que no tiene mucho sentido. Porque tal vez hace veinte, treinta, cuarenta años, cuando no había otros medios para expresarse, la única verdad era la oficial: la del gobierno, la de los grupos de poder que tenían la prensa, y el murmullo social.

Entonces, de alguna manera, el escritor, el que escribía sobre eso, era como una tercera vía. Pienso en Manuel Scorza, a quien llegué a conocer antes de que se muriera, justo en el año 80, me acuerdo, que se dio la casualidad de que estaba en Ayacucho, antes de que se desatara todo lo que se desató en Ayacucho. Me sorprendió mucho Ayacucho, que era —no sé ahora cómo estará— totalmente quechua. O sea, solamente se hablaba castellano en la Plaza de Armas; dos cuadras más y ya todo era quechua. Y hubo un congreso, en el 80, me acuerdo, y estaba Scorza, poco antes de que se muriera.Y tenía un discurso muy lúcido. Y pues sí, en ese tiempo no había otra forma de que se supiera lo que pasó en Rancas, de que se supiera lo que pasaba con las mineras, que es lo mismo que ahora. No ha cambiado. Cambian las caras. Y también los tiempos, esos tiempos que yo siento que muchos creen que son una modernización que va hacia adelante, son circulares.

Por ejemplo, el hecho de que el presidente [Pedro] Castillo esté encerrado en un cuarto y que no lo dejen hablar me hace acordar a El conde de Montecristo. Porque a ese señor lo agarraron de un auto, lo metieron a un cuarto y ya está. Pero hasta un asesino en serie tiene derecho a un juicio. Porque él no ha podido hablar. ¿Qué ha dicho? Nada, no puede. Está encerrado. Uno pensaría: ah, esas eran cosas del pasado, cuando uno habla de la Inquisición, o de El conde de Montecristo. No, no, eso es ahora. Ah, sí, antes los egipcios tenían esclavos. No, no, eso es ahora. No se avanza: se retrocede.

Y yo no veo que se anuncie algo para que ese señor tenga un juicio, al menos, que cuente. Porque creo que vino solamente una vez una comisión, que tuvo mil problemas: la comisión de la CIDH que fue a hablar con él, y está encerrado en un cuarto y no lo dejaron hablar. Me parece una práctica bastante poco democrática. Rarísima. No entiendo. Como tampoco entiendo cómo pueden destruir a todo un pueblo en Palestina y nadie hace nada tampoco. Firmamos cartas, yo me pongo una manta palestina, pero eso es un chiste. No sé cuántos niños muertos, y siguen. Y no hay quien lo pare. Y eso parecería que ya como humanidad lo hemos superado, que ya estamos en una instancia más civilizada. Mentira, mentira.

Quería consultarte por Un kafkafarabeuf, aludiendo también lo que comentabas hace un rato sobre los elementos materiales y virtuales que forman parte del proceso de escritura. ¿Hay alguno en particular que hayas descubierto recientemente y que prefieras? ¿Has jugado con la inteligencia artificial?

Sí, he jugado un poco. Pero yo creo que el miedo es que muchos recurran a la inteligencia artificial, y yo siento que ese miedo surge porque lo que se está haciendo es como si estuviera hecho por inteligencia artificial. Yo siento que la gran mayoría de cosas que se publican, o que salen en el cine, el noventa por ciento diría yo, parecieran estar hechas así. O sea, como que la inteligencia artificial detectó esa tendencia de narrativa. Que es lo que hablábamos hace un rato: los libros resueltos en la portada, los libros políticamente correctos. Porque hay una parte de la inteligencia artificial que me encanta, que es la disculpa que pide.

Las veces que me he enfrascado en discusiones con la inteligencia artificial han sido cuando yo ya sé; pero si yo no sé, te dice cualquier cosa. Yo estuve —ya me aburrí, pero cuando recién apareció, y aparte apareció en el teléfono— queriendo ver cómo era lo inmaterial, porque me interesa mucho eso, que no es religioso: eso que nos une, que es inmanente, que sí existe, por el cual te enamoras de alguien, por el cual eres amigo de alguien, o te cae mal alguien, y que no puedes explicar. Lo inexplicable.

Entonces yo quería saber cómo una serie de pensadores a lo largo de la historia —filósofos, psicólogos— se han referido a lo mismo de diferentes formas. Claro, pero yo ya lo sabía; entonces, para mí, la inteligencia artificial me ayudaba a darme más datos de lo que yo ya sabía. Esta cosa de lo inmanente, por ejemplo, con el tiempo, en el siglo XX: Lacan lo llama “lo real” —aparte, irónicamente, lo llama lo real; lo real para Lacan es lo que no se puede entender, porque está lo real, lo simbólico, pero lo real es lo que escapa a lo lógico—. Wittgenstein lo dice como que es el límite, que es el lenguaje: no puedo entender lo que está más allá del lenguaje; el límite de mi mundo es el lenguaje. Las mónadas de Leibniz. Spinoza, cuando habla de lo que pasa en el vacío. Heráclito. A lo largo de toda la historia sí se ha reconocido eso que no se puede procesar de una manera intelectual.

Entonces, claro, se equivocaba mil veces, pero como yo ya sabía, tenía ciertos datos: estudié filosofía y siempre me han interesado, sobre todo, los sistemas filosóficos. Lo que me interesa de los sistemas filosóficos es poder crear verdades a partir de la verosimilitud, sobre todo los presocráticos. Todo es agua; pero lo construyen de tal manera que tú dices: guau, sí, es obvio, todo es movimiento. Y los sofistas, que te muestran una verdad y un supuesto, y las dos son lo suficientemente… Y eso creo que es la literatura: esas realidades que se sustentan en sí mismas, pero no para escapar de la realidad, sino para llegar a la realidad de una manera más profunda. No quedarse en lo anecdótico, en el accidente, en esa cosa de te voy a contar cómo me fue en el colegio. Ya sé que te fue mal en el colegio, ya sé que te bullearon, porque todo el mundo la ha pasado mal: la ha pasado mal el primero de la clase, el último de la clase, el más inteligente, el que pegaba, el que era golpeado, la más guapa, la más fea. Todos la han pasado mal. Entonces yo no quiero volver a saber lo que ya sé. Me gustaría algo que vaya contra la corriente, pero es que eso siempre se ha hecho en literatura. No sé por qué ahora todos quieren hacer cosas políticamente correctas. Yo ya sé quiénes son los buenos y quiénes son los malos: para eso no tengo que leer un libro.

Uno de los aspectos más interesantes de Diwan Bellatin es la lectura de tu propia obra, cómo todo está fluyendo y concatenándose de manera poco horizontal, lo veo yo. Quería preguntarte qué es lo que más destacas de tu modo de leer actual respecto del que tenías cuando publicaste, hace más de dos décadas, tus primeros libros.

Creo que lo explicaba en la respuesta anterior. Siempre me han interesado los creadores que crean un universo que es otro. Y, lamentablemente, las escuelas, las universidades, los programas de escritura creativa están pensando en otras instancias: están pensando en un lector, en un mercado, que es muy absurdo. Entonces se busca estandarizar, cuando lo que yo siento que hay que hacer es exotizar, por decirlo así: sacar de lo que estás esperando. O sea, lo inesperado, el milagro laico.

Todo está hecho para que no exista. Un poco lo que se ha dado con el cine peruano. ¿Cómo se llama ese director que murió, lamentablemente, porque se mueren siempre los mejores?

Catacora[4].

Catacora. Todo estaba dado para que no se hiciera esa película. Todo: una cosa, no sé qué, todas las circunstancias. Y de repente aparece esa cosa y dices: ¿de dónde salió? Y eso es lo que me interesa. No me interesa otra película que me va a contar. Ya estoy harto. De México, vas a ver: de los narcos, y del norte. Ya, basta. Pero yo entiendo por qué sucede eso: porque hay etiquetas, todo el tiempo, en la literatura.

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Libros del autor:

Salón de belleza

Personaje secundario[5], 2026. 64 pp.

La escuela del dolor humano de Sechuan

Animal de Invierno, 2026. 80 pp.

La matanza

Personaje Secundario, 2025. 120 pp.

Diwan Bellatin

Personaje Secundario, 2023. 60 pp.

Autor: Bellatin, Mario

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[1] Sobre la nueva edición aparecida este año, dice Cayre Alfaro, su editor en Personaje Secundario: “Mario Bellatin vuelve a su archivo para el montaje de la edición remasterizada de Salón de belleza. La edición incorpora por primera vez los manuscritos iniciales como glitches que interrumpen una nueva versión del texto que prescinde de todo signo salvo del punto seguido, convirtiendo la fragmentariedad de las versiones anteriores en el continuum de un solo párrafo. Después de una pandemia, y frente a nuevas formas de violencia, precariedad y exclusión, el libro regresa transformado a otro presente. Como los peces dentro de los acuarios, Salón de belleza se resiste a permanecer inmóvil: una escritura que, incluso con la muerte rondando, continúa en movimiento”.

[2] Publicada por Alfaguara en 2017.

[3] Publicada por Matalamanga el 2006.

[4] Óscar Catacora (1987-2021), director de cine y guionista peruano, quien falleció a los 34 años. Destacó por las películas Wiñaypacha (2017), Yana-Wara (2023) y Los indomables (2024)

[5] Esta nueva edición aparece tres años después de la realizada por Animal de Invierno e incluye los manuscritos iniciales de la novela y la portada está diseñada a partir de un fotograma de Salón de belleza, película dirigida por Nathalia Acevedo estrenada en el Festival de Venecia en septiembre del 2026.

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Coyuntura Entrevista Miscelánea Reflexión

Entrevista a Tamara Tenenbaum

Hay un alivio en saber que uno no es especial

Por Eliana Del Campo

¿Qué le queda al amor cuando se le retira la excusa de ser un asunto privado? Tamara Tenenbaum (Buenos Aires, 1989) lleva años respondiendo esa pregunta desde la filosofía, el periodismo y la ficción. Licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, donde enseña, y docente de escritura en la Universidad Nacional de las Artes, es autora del poemario Reconocimiento de terreno, del libro de relatos Nadie vive tan cerca de nadie —Premio Ficciones 2018 del Ministerio de Cultura argentino— y de la novela Todas nuestras maldiciones se cumplieron. Su primer ensayo, El fin del amor. Amar y follar en el siglo XXI, se convirtió en un éxito y fue adaptado a la televisión.

El punto de partida de esta conversación es Un millón de cuartos propios. Ensayo para un tiempo ajeno (Paidós, 2025), el libro con el que ganó la primera edición del Premio Paidós, entre doscientos siete originales llegados de dieciocho países, y que nació del encargo de traducir Un cuarto propio, de Virginia Woolf. Conversamos con ella, durante su paso por la Feria Internacional del Libro de Lima 2025, sobre las éticas amorosas que los feminismos están construyendo hoy, sobre el alivio de descubrir que uno no es especial, sobre las tradwives y la “manosfera” como fantasías publicitarias de una vida fácil, y sobre el ridículo como el arma más eficaz contra las masculinidades reaccionarias. Tenenbaum piensa el feminismo como una perspectiva, como un lente que nos ayuda a mirar la subjetividad y cómo esta se crea en el mundo que habitamos.

Tamara Tenenbaum – ©Eugenia Kais

Deseo empezar por El fin del amor. En ese libro sugieres que el amor romántico funciona como una forma de rebelión femenina históricamente aceptada, pero individual y no colectiva. ¿Crees que los movimientos feministas actuales están logrando articular una versión colectiva y política del amor como resistencia, o más bien seguimos mayormente en la dimensión personal e individualista del deseo?

Yo creo que el amor y el deseo siempre son cuestiones individuales y personales; siempre tienen una parte que se trata de eso. Y después, por supuesto, tienen, como todo en la vida, una parte que se trata de vivir en sociedad y tratar de construir éticamente junto a otras personas. Creo que no hay forma de anular la dimensión personal y caprichosa del asunto, pero sí hay la posibilidad de pensar una ética. Así como durante años hubo una ética de la monogamia, de cómo funcionaba en el siglo XX, hoy hay otras éticas circulando de cómo debería funcionar una relación monogámica. Y en ese sentido creo que sí, los feminismos están contribuyendo a construir esas éticas.

También propones en El fin del amor que el verdadero desafío feminista no pasa solamente por liberar a las mujeres del mito del amor romántico, sino por revelar los vínculos profundos entre amor, economía y política. En tu experiencia personal, y también de escritura, ¿cuáles han sido las resistencias más grandes —sociales o internas— al tratar de romper la ilusión de que el amor puede existir fuera de las estructuras económicas y políticas?

Yo creo que la resistencia siempre tiene que ver con pensar los vínculos entre lo privado y lo público. A todos nos cuesta pensar que los aspectos de nuestra vida que consideramos más caros, más queridos, más cercanos, muchas veces no son tan especiales, muchas veces son parte de algo más grande. Y en ese sentido creo que esa es la resistencia: todo el mundo quiere pensar que es especial. Y a la vez hay un alivio en saber que uno no es especial. Hay un alivio también en saber que las cosas que nos pasan le pasan a mucha más gente.

Analizas también cómo el amor romántico no es solamente una experiencia personal, sino un fenómeno político atravesado por estructuras de poder y control. Releyendo el libro, noté que hablabas de la narrativa de los años cuarenta y cincuenta, de toda una mitología construida alrededor de eso. En ese contexto, ¿cómo ves la relación entre la crisis contemporánea de las masculinidades, la nostalgia por el orden tradicional —las tradwives, el fenómeno “Roro”, ese tipo de contenido— y el auge de movimientos políticos de extrema derecha que apelan directamente al resentimiento masculino contra la emancipación femenina?

Yo creo que hay un intento de ofrecerles a los varones una fantasía de poder y de omnipotencia que no deja de ser una fantasía. O sea, lo que ofrece por ejemplo Roro es una fantasía. Ella es una muchacha que gana muchísimo dinero; si no entiendo mal, vendía otro tipo de contenido antes de vender lo que vende ahora. O sea, vende una cosa una semana y vende otra cosa otra semana. Todo lo que venden los influencers es una fantasía.

En cualquier caso, la pregunta es por qué hay tanta gente demandando esa fantasía. Y yo creo que es una fantasía de una vida fácil, tanto para los hombres como para las mujeres. A las mujeres les ofrece que, como no trabajan, todo es muy fácil; y a los hombres les ofrece que ganan un muy buen salario y que todas las mujeres mueren por ellos. Son todas fantasías. La vida de nadie fue nunca así: la vida de las mujeres que trabajaban en sus casas sin salir, en los años cincuenta, cuando no había ni siquiera lavarropas, era muy difícil. Y la vida de los hombres era fácil tal vez en algunos sentidos y difícil en otros, pero hoy definitivamente no es probable que la mayoría de los hombres sea un hombre rico al que lo persigan las mujeres.

Entonces son todas fantasías, como las que siempre ofrece la publicidad. Lo interesante quizás es que ahora esas fantasías se relacionan de alguna manera con alguna idea de pasado. En ese sentido, vivimos una época muy nostálgica.

¿De qué manera crees que el feminismo puede enfrentar narrativas políticas que instrumentalizan las frustraciones amorosas y sexuales de los hombres para movilizar apoyo hacia posturas conservadoras, o abiertamente fascistas?

Yo creo que el feminismo, por un lado, lo que tiene que hacer es insistir en criticar y también, de alguna manera, no tomar muy en serio ese tipo de fantasías masculinas. Creo que el humor y el ridículo son estrategias muy claras para encarar fantasías que son ridículas. Realmente, frente a gente que hace circular fotos de Milei caracterizado como un superhéroe, no hay nada que hacer más que reírse. Y me parece que en eso hay que insistir: en no tomárselo muy en serio, pero no porque no sea una amenaza seria, sino porque realmente el ridículo es evidente y el humor es un arma en ese sentido.

Deseo hablar sobre Un millón de cuartos propios. Virginia Woolf afirmó que, para escribir literatura, una mujer necesitaba dos cosas: dinero y un cuarto propio. En tu libro sugieres que hoy, más que nunca, eso parece aplicarse no solamente a las mujeres, sino a todas las personas que intentan sostener proyectos creativos o intelectuales; es el tema de la precariedad. ¿De qué forma esta ampliación del problema, más allá del género, puede nutrir o quizás debilitar el discurso feminista contemporáneo?

Yo pienso que debilitar, seguro que no. Cuando pienso en lo que debería estar haciendo el discurso feminista contemporáneo, en general pienso que el acento no tiene por qué estar puesto solamente en las mujeres, en lo que se entiende por mujeres heterosexuales. Por supuesto que hay un montón de problemas que son muy específicos de las mujeres heterosexuales en general: tienen que ver con la repartición de las tareas del hogar o con la repartición de las tareas familiares, y esos son problemas muy específicos. Pero creo que el feminismo hoy debería ser un lente para pensar la relación entre lo público y lo privado, mucho más allá de las mujeres como sujeto, y que las fuentes del feminismo y los conceptos del feminismo pueden usarse para todo eso. Y un poco eso es lo que quise hacer: mostrar que el feminismo es un lente para pensar eso para cualquier subjetividad, y no solo para las mujeres.

Uno de los aspectos más interesantes del ensayo son las analogías que haces con contextos antiguos: citas a Virginia Woolf, la Biblia, la Odisea, el Talmud, y eso te sirve para iluminar la comprensión del presente. ¿En qué medida piensas que la tradición, a menudo criticada por su potencial conservador, puede paradójicamente ofrecer herramientas radicales para interpretar las crisis políticas y culturales actuales?

Yo creo que la tradición ofrece otras formas discursivas, y eso, en un momento tan plano discursivamente hablando, ya es un montón. En un momento en que se habla tanto de contenido porque a nadie le importa cómo viaja ese contenido, volver a los clásicos, en los que había mucho más que contenido, es muy nutritivo. Y por otro lado creo que las fantasías conservadoras en general no vienen del conocimiento de la tradición: vienen de la ignorancia, vienen de la proyección de fantasías sobre la ignorancia. Si uno no sabe nada, uno puede imaginar cualquier cosa sobre el pasado, y en general tanto la evidencia histórica como las fuentes literarias nos muestran versiones más reales y más honestas de cómo era el pasado. En ese sentido creo que el conocimiento de fuentes más anticuadas, digamos, desarticula las fantasías sobre el pasado.

Exploras cómo Virginia Woolf funciona como oráculo e inspiración, especialmente en un contexto donde dedicarse al arte o al pensamiento se percibe casi como un lujo. ¿Cómo dialoga esa noción con la precariedad contemporánea específica de las escrituras jóvenes latinoamericanas? ¿Cómo crees que se puede sostener el proyecto feminista de Un cuarto propio, que parece cada vez más precario?

Yo creo que la precariedad latinoamericana no afecta sobre todo a las escritoras; de hecho, afecta sobre todo al resto del mundo. Y pienso que Virginia Woolf tuvo la ambición de preguntarse por toda esa gente: no por las latinoamericanas en específico, pero sí por gente más desaventajada que ella. Y en ese sentido pienso que el acento en lo material que hace Virginia Woolf sigue siendo muy importante.

Cuando todavía la gente se pregunta… bueno, ya nadie se pregunta por qué no hay escritoras mujeres, o por qué hay menos, o por qué ganan menos premios, porque eso ya no pasa: sobre todo en América Latina, el boom de las escritoras es muy grande. Pero digamos que sí se pregunta la gente por qué no hay escritoras de ciertos sectores, y siempre hay que contestar por las condiciones materiales. No hay diferencias de talento ni entre razas ni entre clases sociales: hay diferentes posibilidades. Y lo único que importa sobre la literatura de mujeres es que haya más mujeres escribiendo, no pensar la esencia femenina o cosas por ese estilo. Creo que en ese sentido el texto de Virginia Woolf sigue siendo importante.

Finalmente, ¿Hay alguna película o algún disco que te haya sorprendido últimamente que quieras recomendar a nuestras y nuestros lectores?

Sí, estoy escuchando mucho el último disco de Natalia Lafourcade, que se llama Cancionera. Es muy bello. La mayoría de las composiciones son de ella, lo cual me sorprendió, porque parecían canciones tradicionales y la mayoría eran trabajos suyos. Y a la vez está grabado con ese mismo método con el que ella graba en los últimos años, que es en una sola toma, de una manera bastante artesanal, y entonces se escucha como el sonido vivo y a la vez se escuchan desajustes, y eso es muy bonito. Es una forma mucho menos electrónica y mecánica de grabar que la de otros discos. Además de que las composiciones son muy lindas, creo que ella está haciendo una carrera increíble y cada vez me sorprende más. Así que ese es el disco que tengo en loop en este momento.

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Libros de la autora:

El fin del amor. Amar y follar en el siglo XXI

Seix Barral, 2021. 312 pp.

Un millón de cuartos propios. Ensayo para un tiempo ajeno

Paidós, 2025. 256 pp.

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Coyuntura Entrevista Reflexión

Entrevista a Benjamin Moser

Los que somos de Clarice no somos lectores, sino adoradores

Por Sebastian Uribe

Benjamin Moser (Houston, 1976) es escritor, editor y traductor. Ha sido columnista en Harper’s Magazine y The New York Times Book Review, y ha colaborado con The New Yorker y The New York Review of Books. Es el biógrafo de dos escritoras que marcaron el siglo XX: a Clarice Lispector le dedicó Por qué este mundo (Siruela, 2017), finalista del National Book Critics Circle Award, además de traducir su obra completa al inglés, labor por la que Brasil le concedió su primer Premio Estatal de Diplomacia Cultural. Y sobre Susan Sontag escribió Sontag. Vida y obra (Anagrama, 2020), que le valió el Premio Pulitzer de Biografía. En 2023 publicó en The New Yorker la entrevista perdida de Lispector, grabada en 1976 para el Museu da Imagem e do Som de Río de Janeiro.

Conversamos con él en la Feria Internacional del Libro de Lima 2024, durante su primer regreso al Perú después de veintiséis años, y compartimos esta entrevista ahora que Anagrama publica El mundo del revés, el libro sobre los maestros neerlandeses de la pintura. En esta charla, Moser cuenta cómo un curso de chino abandonado a las tres semanas lo llevó al portugués y de ahí a Lispector, a quien dedica sus días desde hace más de veinticinco años. También explica por qué quienes la leen conforman una iglesia, con una variedad de seguidores. Distingue entre la escritora que le rehízo el corazón y la que le rehízo la cabeza; y reflexiona sobre cómo ser biógrafo es una suerte de embajador de una persona que ya no existe más.

Foto: Philippe Quaisse

Deseo empezar esta entrevista hablando de Clarice Lispector y Susan Sontag, figuras clave en tu obra. ¿Podrías hablarnos de alguna influencia mutua que hayas descubierto entre ellas, alguna conexión que las haga dialogar entre sí como personajes o como escritoras?

Bueno, las dos son mujeres, las dos son escritoras, las dos son judías, las dos son, bueno, más o menos de la misma época, pero las diferencias son más grandes que las semejanzas, creo. Clarice era realmente una artista, una creadora. Susan era más una persona que miraba a la cultura, a la política, a la filosofía, y la biografía de Clarice se llama ¿Por qué este mundo?, pero es un título que habría podido dar a la de Sontag también. Pero ¿Por qué este mundo? es una pregunta que uno puede responder de muchas maneras, y las dos tuvieron respuestas muy distintas. Pero yo creo que lo que las une tal vez sea la relación del lenguaje, de la palabra. ¿Cómo la palabra forma y deforma el mundo y a las personas? Las respuestas son muy diferentes, pero para mí es fascinante porque las puedo comparar.

¿Cómo fue tu primer acercamiento a Clarice?  

Hablo español porque pasé mucho tiempo aquí.  Hablaba francés, que es más o menos la misma cosa que el español, pero luego me interesó Asia. En los años 90, Asia era el futuro, era todo lo que se tenía que hacer. Entonces, en la universidad decidí estudiar chino para complicarme la vida todavía más. Pasé como dos semanas, tres semanas tal vez, en el curso de chino, y me dije: por favor, no me voy a matar aprendiendo este idioma para que me termine costando diez años leer el periódico. Benjamin, no te tortures.

Entonces estudié portugués, que para quien habla español y francés, es el más fácil de los idiomas. Pero yo no sabía nada. No tenía nada que ver con Brasil, con Portugal, no  los conocía. Y es fascinante cuando uno conoce Latinoamérica del lado hispano y descubre este otro, tan vinculado, pero a la vez  tan distinto y tan interesante, tan rico. Yo caí como loco por Brasil, me encantó. Y la que más me llamó la atención fue esa escritora de la que nunca había oído ni el nombre, pero fue un amor a primera vista. Y me dediqué a escribir ese libro muy jovencito. Yo tenía como 24 años cuando empecé con este libro, porque tenía un afán de tornarla más conocida. Hasta en el Perú no es muy leída, ¿no? Hay alguna gente que la conoce.

Es una escritora casi de culto, sí.

Pues eso. Y yo tenía ese afán de ponerla en el lugar que se merece, ¿no? Entre los grandes escritores modernos. Entonces es una casualidad total. Si yo hubiera sido mejor en chino, no estaría aquí.

En particular, deseo profundizar en esta conexión que tienes con Clarice. El año pasado se publicó en The New Yorker esa entrevista perdida[1] a la que llegaste a través del periodista brasileño Júlio Lerner. ¿Puedes contarnos sobre esta experiencia?

Dicha experiencia ha sido una de las mejores cosas de mi vida. Porque yo me encontré con esa mujer muerta allá, de la que no conocía nada. Y a veces es como una pasión amorosa. Hay pasiones amorosas buenas y malas. No puedes destruirte la vida con una pasión errada, ¿no? Entonces yo llevo más de 25 años trabajando diariamente todavía. Hoy en día sigo trabajando por ella.

A veces ves cómo se desarrolla un nombre, ¿no? Una obra que la hemos traducido toda, toda la obra al inglés. Y del inglés  se pasa al coreano, se pasa al turco, se pasa al polaco. Y todo eso hemos hecho y acompañado. Ahora en Estados Unidos y en muchos otros países se ha vuelto una cosa que todavía tal vez sea de culto. Pero en el mismo Brasil era una escritora de culto también. Y con los años iba creciendo su fama y su iglesia. Porque los que somos de Clarice no somos lectores, sino adoradores. Somos una iglesia. Es una religión porque es algo que nos da tanto… Tanta riqueza, ¿no? Que no es una escritora más que nos gusta, sino que te enaltece la vida bastante.

Eso ha sido un placer enorme. Y descubrir cosas. Porque cuando uno se lanza a esas cosas, van llegando más cosas, ¿no? Y como yo soy el biógrafo, el traductor y todo eso, que he hecho todo eso por ella, esas cosas me llegan muchas veces a mí. Esa entrevista la hemos publicado en inglés con el audio en portugués que se conocía un poco por algunos especialistas, pero nunca había llegado a ese nivel de la gloria que es una revista como esa, ¿no? Y fue una de las cosas más leídas del año en la revista.

Sí. Aquí tengo a mis amigos lispectorianos y mi enamorada también es muy fan de Clarice. Cuando se publicó, fue compartida por todas las redes sociales.

Entonces la iglesia se va ampliando cada vez más. Y uno lo siente, es una alegría porque muchas veces nosotros hacemos trabajos que no tienen repercusión. Puedes escribir una cosa muy buena, para ti muy buena, pero no le afecta a nadie. Pero a veces a uno le toca la lotería, y para mí  esa era Clarice, un  amor correspondido.

 Encuentro una frase en tu libro sobre Sontag en la que afirmas que para ella “escribir se convertiría en sinónimo de escapar”. ¿Cómo percibes ello al dedicarte a investigar y escribir sobre las vidas de otras personas?

Algo que he descubierto y que no me imaginaba antes… es decir, ahora lo digo que soy biógrafo, pero yo inicialmente tenía un rechazo a la palabra porque cuando escribes puedes decir: él es poeta, él es periodista, él es no sé qué. Entonces te ponen una estampilla en la cara y si tú eres periodista y quieres escribir poesía, te dicen: no, pero tú eres periodista… Es el mercado editorial que te impone una identidad que no es la tuya, que uno no se considera no más una cosa, sino un escritor.

Pero yo creo que contando las vidas de las personas, yo tengo mucha política escondida, enterrada, pero una filosofía de cosas que si fuera puramente filosofía, sería un poco aburrido. Porque cuando uno lee esas cosas, por ejemplo, cuando uno ve la diferencia de la palabra, de la metáfora y la persona, es una cosa un poco teórica, pero cuando uno la encuentra en la vida de una persona , puedes entender cómo se ha llegado a eso ¿Por qué Susan Sontag estaba dividida entre su cuerpo y su mente? Bueno, es una cosa un poco teórica, pero cuando uno ve lo sísmico en ello ––por eso que utilizo esa metáfora–– es un sismo entre lo que se es en la cabeza y lo que se es en la piel, en los huesos.

Por eso yo creo que las biografías te dan el derecho de hacer que las personas vean la realidad que llega a algo que puede parecer abstracto. Por eso pongo muchísimas cosas filosóficas, históricas, culturales, en una vida de alma y corazón. Yo creo que la biografía te permite hacer eso de una forma bastante diferente de otras formas de escribir.

Nos has contado sobre tu conexión con Clarice y ahora quiero preguntarte por la biografía de Sontag. ¿Hubo algún momento específico en el que sentiste una conexión personal con ella?

Sí, yo estaba en el Brasil, que era una cosa de predilección para mí, como te he contado, y que con los años se convirtió en una cosa de trabajo. Yo iba a Brasil para trabajar, pero un día que tuve libre pensé: estoy listo con Clarice Lispector. He hecho todo, así que ahora voy a la playa, al museo,a aprovechar un poco la ciudad.

Y ese mismo día me llegó una invitación para escribir la biografía de Susan Sontag, que era la persona más emblemática, tal vez, de la cultura americana de su tiempo. Bueno, yo sabía que lo iba a hacer porque no hay cómo decir no a esa invitación. Pero yo no la conocía mucho. Era una escritora que yo conocía de las cosas que uno que estudia letras sabe, alguien que se lee en la universidad, los ensayos famosos, algunos libros que son colecciones de ensayos. Los había leído, pero de chico, de estudiante. Una obra de una majestad, de un tamaño intimidante. Uno se da cuenta de que no son solamente unos ensayos, sino toda una vida.

Además, ella es difícil de leer. Es una persona que si tú me dijeras: Benjamin, tienes una hora aquí en la piscina, léete un libro. Susan Sontag no es el libro que voy a escoger, ¿entiendes? Es algo que te exige bastante dedicación y concentración. Tú no puedes ser tonto mientras lees a Susan Sontag. Tú tienes que ser el chico más inteligente que tienes dentro de ti, ¿no? No puedes ser perezoso. Entonces, es un esfuerzo que uno tiene que hacer para llegar al nivel de ella y para llegar a entender lo que está diciendo ella.

Es algo como hacer gimnasia,  Es como cuando has comido mucho para Navidad, estás gordo, entonces el primero de enero vas al gimnasio para ponerte en forma. Ella es algo que mentalmente me ha puesto en forma. Y yo me sentía con las semanas, con los meses más fuerte, más inteligente, más agudo, más penetrante. Porque lo que te da ella es una manera de ver detrás de lo que tú piensas. Porque todo el mundo piensa lo mismo, básicamenteY todos los lugares comunes que tú tienes, ella los explota, pero hay que darle tiempo.

Entonces, al final de ese camino llegas a ser distinto. No eres la misma persona que entró en ese laberinto. Eso me ha fascinado. Clarice es alguien más de las entrañas, alguien que te rehace el corazón. Y Susan te rehace la cabeza de una forma que es un poco peligrosa también, porque nada de lo que tú pensabas, nada, era cierto, ¿no? Ambas tienen una fuerza desestabilizadora.

Yo creo que los mejores libros te cambian la cabeza. Los libros indiferentes que te dejan igual, finalmente los olvidas. No te dejan una huella.

Me gusta bastante esa forma en que te impacta lo que lees al momento de escribir.

Es algo distinto porque después tú tienes una cabeza ajena, una cabeza que no tenías hace seis meses. Y con esa cabeza nueva la tienes que describir para los que van entrando en el laberinto. Yo quiero que sea comprensible. El peligro de Susan Sontag es que leerla te hace más inteligente que los demás. Entonces, hay muchos seguidores sontagianos que empiezan a reír del mundo y a explicar todo a los pobres imbéciles alrededor. Eso no era lo que yo quería. Yo quería invitar a las personas a llegar conmigo por este laberinto,  no rechazarlas.  Es lo que pasa muchas veces con cosas intelectuales que son un código de un grupito exclusivo que desea mantenerlo así. Yo quiero invitar a más gente a tener las mismas experiencias que tuve yo con esta persona.

¿Y cuántos años te tomaron ambos libros?

Bueno, el de Clarice lo escribí en cinco años. Pero como ella casi no era traducida al inglés, fueron veinte años más. Entonces, mientras estaba escribiendo el libro de Sontag, estaba traduciendo a Clarice. Susan Sontag me tomó ocho años, creo. Pero se publicó como cuatro semanas antes de la pandemia del COVID, hacia finales de 2019. Es por ello que la historia póstuma de Susan Sontag ha sido más larga, tal vez. Porque no he hecho las cosas que uno suele hacer con las presentaciones, las ferias y todo eso. Todavía estoy trabajando por ella.

Y a nivel de escritura, ¿cómo ha sido desconectarte? O sea, una vez que el libro fue entregado, ¿cómo es este proceso? Cuando ya no estás investigando pero la idea sigue rondando

Sí, es el peligro que tienen las biografías. La otra noche en Lima, me dijo un señor en una fiesta: ah, yo conocí a Susan Sontag. Bueno, eso me pasa como diariamente, ¿sabes? Porque tú eres un poco el embajador o el representante de una persona que ya no existe. Entonces, la gente te confía historias.

Entonces, yo no creo que puedas desvincularte. Tampoco lo quiero, porque son personas que son como familia. Es como mi abuela muerta, por ejemplo. Y me da una alegría cuando alguien te pregunta: ah, me acuerdo de tu abuela, que cuando era niña la conocí. Vivimos en la misma calle o algo así. Es algo familiar. Pero con el tiempo imagino que se irá quedando menos. Pero tal vez no, porque Clarice son 20 años y todavía me escriben e-mails y en Instagram me escriben diariamente. Pues no sé.

Ambas comparten, además, que como son figuras míticas hay muchas versiones sobre el mismo hecho.

Claro.

Hay algo que escribes sobre lo que ellas pensaban o en lo que creían. Por ejemplo, me gustó mucho cuando Sontag habla de su relación con los judíos. Como algunos decían: no, ella siempre lo practicó. Pero otra persona decía: no, no estaba muy alejada. Me parece fascinante cómo lo muestras. ¿Cómo fue tu proceso de decisión sobre qué poner en el libro o qué versiones mantener?

Es interesante cómo estamos hablando de las dos biografías, porque la primera era la obra de un chico de veinte y pocos años. Y yo no quería ofender a la gente, pero tampoco sabía -me imagino que en el Perú es igual que en Brasil-  que, al hablar de las figuras consagradas de la cultura nacional, uno se debe andar con mucho cuidado. Yo no sabía qué cosas ofenden a la persona. Quizá piensas en sexo, pero el sexo no ofende a nadie, es interesante. Lo que toca son cosas que uno no espera.

Entonces, en la segunda biografía me dije: bueno, las opiniones son distintas. Como soy norteamericano, sabía exactamente dónde están los campos minados, porque es algo que uno conoce en su propia cultura. En Brasil no lo sabía, entonces yo por ignorancia escribía cosas que ofendían a la gente. Entonces en la segunda biografía, me daba más libertad, pero también sabía lo que sabe un estadounidense. Por ejemplo, si tú eres peruano y escribes una biografía de César Vallejo, tú sabes que te estás poniendo una soga al cuello y que hay 80 mil especialistas, que hay el primo que a nadie le gusta, que hay la hermana difícil, todo eso se sabe. Pero si tú, si tú eres de Corea y escribes sobre César Vallejo,  tienes más libertad.

Entonces yo tenía y no tenía esa libertad, porque en tu propia cultura tú sabes exactamente quién te va a escribir un email, quién te va a cancelar. Pero no puedes agradar a todo el mundo, es imposible. Cuando me di cuenta de eso, me sentí más libre, no intentaba más, porque sabía que alguien se va a ofender, así que lo escribía con tranquilidad y fue más fácil.

Has escrito sobre dos figuras tan emblemáticas. ¿Hay algún otro personaje que te gustaría biografiar en el futuro?

Bueno, algo que me encanta es investigar. El próximo libro que publicaré, que saldrá en Anagrama el año que viene[2], es biográfico, pero es sobre artistas holandeses, una biografía en grupo de la Edad de Oro holandesa, pero también sobre mi experiencia. Porque yo me fui a vivir a Holanda cuando era bastante joven y me quedé en ese país. Es una meditación sobre mi proceso de ser extranjero en otro país, la experiencia de ser inmigrante.

Y otro libro es una biografía grupal sobre los judíos que se opusieron y se oponen al sionismo[3]. Que es algo que mucha gente no sabe que existe. Judíos que se oponen al Estado de Israel, como yo. Una manera también de enseñar una cuestión no solo política, en este caso, sino también religiosa, pero por las vidas de las personas. Yo creo que llegando a la vida, por la vida de una persona, se entienden mejor las ideas que motivan nuestras vidas.

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Libros del autor

Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector

Siruela, 2017. 496 pp.

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Sontag. Vida y obra

Anagrama, 2020. 832 pp.

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El mundo del revés. Encuentros con los maestros neerlandeses

Anagrama, 2025. 496 pp.

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[1] “A Lost Interview with Clarice Lispector”, The New Yorker, 13 de febrero de 2023. Moser tradujo y publicó allí la conversación más extensa que dio Lispector, grabada en octubre de 1976 para el Museu da Imagem e do Som de Río de Janeiro por Marina Colasanti, Affonso Romano de Sant’Anna y João Salgueiro, catorce meses antes de su muerte. https://www.newyorker.com/culture/the-new-yorker-interview/a-lost-interview-with-clarice-lispector

[2] El mundo del revés. Encuentros con los maestros neerlandeses (Anagrama, 2025), con traducción de Albert Fuentes.

[3] Anti-Zionism. A Jewish History (Doubleday, 2026)

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Entrevista a Ramiro Sanchiz

La música está en todo lo que escribo

Por Sebastian Uribe

Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978) es una de las voces más eclécticas de la narrativa latinoamericana contemporánea. Escritor, ensayista y traductor, se ha desempeñado también como librero, profesor, redactor y periodista cultural. Es autor de una obra muy prolífica en la que destacan títulos como La historia de la ciencia ficción uruguaya(2013), Las imitaciones (2016), Verde (2016), David Bowie, posthumanismo sónico (2020), La anomalía 17 (2023) y Krautrock (2023).

Aprovechamos su paso por Lima para participar en el Coloquio de Filosofía POP “Filosofía en la pantalla. Narrativas audiovisuales y formación de imaginarios culturales”, organizado por la Pontificia Universidad Católica del Perú, para conversar con él acerca de libros como Caída libre (2017), La expansión del universo (2018) y Un pianista de provincias (2022), y a partir de ello explorar distintos temas, como su relación con el Uruguay, la música, Felisberto Hernández, el weird y la evolución de su “macronovela”, el Proyecto Stahl.

Foto: Víctor Raggio

En Caída libre abres con un epígrafe que dice “Manchester me creó amargado y resentido” para contarnos en la página siguiente que viviste la peor fase de la crisis económica de inicios de siglo, el 2002 específicamente, en el Uruguay y a los veintitrés años. En retrospectiva, ¿cómo percibes que te impactó ese evento en el largo plazo? ¿Percibes algo de ello en tus ficciones?

Bueno, en ese momento (julio de 2002) yo todavía vivía en la casa de mis padres; me dedicaba especialmente a la música y, si bien seguía escribiendo, mi vida giraba en torno a las preocupaciones de los músicos de un sector alternativo o marginal (como era en el contexto del rock uruguayo la música que tocaba junto a mis compañeros de banda). Daba clases de guitarra y me las arreglaba relativamente bien: tenía cierta sensación de que podía ver la construcción de un futuro (más allá de lo que pudiera pasar con mi banda también seguía pensándome como un escritor en proyecto). Esto no se vio afectado del todo por la crisis, al menos no en cuanto a la economía; sin embargo, esta posición de relativo privilegio contrastaba muchísimo con el destino de mis amigos y amigas de ese momento y, por supuesto, con lo que podía sentir en cuanto a los afectos a nivel colectivo.

El Uruguay siempre tuvo (o al menos esa es la construcción de identidad en que hemos creído colectivamente) una suerte de melancolía o sensación de parálisis, de escasez de energías y flujos culturales, de que en muchas iniciativas siempre remamos a contracorriente; con la crisis del 2002, evidentemente, eso se agudizó y esa melancolía, parálisis y escasez se convirtieron en el despliegue de una derrota que, para colmo, se sentía como un déjà vu. Si algún crítico dijo en su momento que Esperando a Godot es una obra donde no pasa nada dos veces, el Uruguay nunca estuvo más cerca de ser un país beckettiano que durante esos años.

También cuentas en dicho libro que tuviste una banda de muy joven —Space Glitter— y has publicado, además del mencionado, otros títulos dedicados a una canción de Alfredo Zitarrosa y a la figura de David Bowie. ¿Cómo es la influencia de la música en tu proceso creativo?

La frase rimbombante sería que no hay para mí vida sin música; si se tratara de ir un poco más al detalle o la precisión, diría que siempre hay música en mi vida, que la música está en todo lo que escribo. Esto quizá tenga un origen doble: primero que nada, por supuesto, mi entusiasmo y amor por la música, que seguramente se lo debo a mi madre y los discos de The Beatles que escuchaba conmigo cuando yo tenía cuatro años (podría añadir haber crecido en el Barrio Sur de Montevideo, impregnado de la ritmáquina afrouruguaya del candombe, y luego de haberme mudado al barrio Atahualpa, al que se adhieren los ecos más tristes del romanticismo tardío, de Debussy, de Satie; y, todavía más, de mi adolescencia en un contexto de clase media anglófila en el que la historia del rock, desde Elvis hasta Nirvana, era considerada el texto sagrado y las vísceras en las que debíamos leer nuestro destino); y, segundo, mi devoción un poco más tardía por escritores de la tradición simbolista francesa y, todavía más, sus herederos del alto modernismo, Proust, Joyce, Eliot, para saltar después hacia Raymond Queneau y Georges Perec, con sus procesos, sus variaciones, sus pautas de desarrollo narrativo y estilístico tan algorítmicas como intuitivas, tan maquínicas como orgánicas.

El futuro es una idea, una entidad, que atraviesa muchos de tus libros, desde su ausencia, su interrupción, hasta todas las posibilidades que se pueden desprender de ella y que son inevitables a veces, jugando incluso con lo ucrónico. ¿Cómo percibes que ha sido la evolución de ese tiempo por ocurrir para Federico Stahl y en tu obra en general?

Es curioso, porque si bien considero haber sido forjado en la fragua de la contracultura cienciaficcionera (o la ciencia ficción contracultural) uruguaya, nunca pude escribir cuentos o novelas de un futuro lejano (como el de los libros de Asimov o Herbert o Le Guin que tanto me entusiasmaban a los dieciséis años) sino que, quizá dando por sentada esa cancelación uruguaya del futuro, siempre me salió más naturalmente escribir ucronía o relatos de mundos paralelos; en lugar de mirar adelante, digámoslo así, miré hacia un costado.

Después, ya a mis treinta y tantos años, la lectura de Fisher y la relectura de Ballard y Lovecraft me hicieron caer en la pregunta por la producción cultural de la idea de futuro y de los futuros específicos, y creo que eso terminó por resignificar ese interés que tuve siempre por la ucronía; más adelante, al pensar en términos del weird posthumanista, el futuro empezó a convertirse en el lugar no humano por excelencia: el lugar de una xenopoética, el lugar de la disonancia cognitiva, el lugar de la mutación.

Fechas el 6 de noviembre de 2004, día de tu cumpleaños número veintiséis, como el origen del proyecto enciclopédico de Federico Stahl, al que denominas, al final de Los acontecimientos, una «macronovela». ¿Cómo ha ido evolucionando dicha empresa desde su origen, hace veintidós años? ¿Cuáles son los cambios más significativos que le han ocurrido en los últimos años?

Me atrae especialmente la idea de un tipo de juego cuyas reglas van cambiando; un juego cuyos resultados (si se tratara de un juego de rol, por ejemplo, la historia que va desenvolviéndose a partir de las guías del master) inciden sobre las reglas y las modifican. Para mí, el Proyecto Stahl funciona de esa manera: lo que escribo retroalimenta el proceso y lo modifica, poniendo nuevos énfasis en ciertas prácticas, en ciertos temas. Así, de un momento ante todo realista (mis primeras novelas, muy centradas en mi experiencia con la música), de un «retorno» a la ciencia ficción basado en la ucronía (2008-2014, supongo), de un interés por el weird y el posthumanismo (2016 en adelante), de la búsqueda de lugares más experimentales (la teoría ficción, por ejemplo, en mis libros Guitarra negra, de 2019, y Ejercicios de dactilografía, de 2022), ahora estoy indagando en una estética necromodernista, que reanima (como el doctor Frankenstein los pedazos con los que creó su criatura) los fragmentos de la tradición modernista y vanguardista.

Pensar en estos términos de géneros y estilos hace que ponga énfasis en distintas prácticas: la variación del tema de una novela a otra pautando cambios de género, por ejemplo (como pasa entre mi novela Verde, de horror lovecraftiano, y La expansión del universo, una novela realista: ambas cuentan esencialmente la misma historia, o ambas plantean historias muy distintas cuyos cambios dependen de una misma premisa llevada a otro género narrativo), o el uso de estructuras musicales (la forma sonata en mi reciente La colisión), o la producción de textos modulares que ensamblan un todo no lineal (que sería mi manera más reciente de ver al proyecto completo).

En una entrevista para Coolt comentaste que, a partir de la traducción de un par de títulos de Nick Land, diste con una manera de escribir que alimentó algunas zonas de tu escritura. ¿Podrías contarnos más sobre ello? ¿Cuáles fueron los principales desafíos de dicha traducción?

Land es un autor controversial al extremo, un provocador radical. Yo resueno especialmente con su filosofía de los años noventa y con sus reflexiones posteriores sobre el horror, y no comparto en lo más mínimo su giro político, su entusiasmo por la neorreacción y su idea de la «ilustración oscura» (lo cual no necesariamente lo hago desde una crítica desde el humanismo y el progresismo ingenuo, sino que intento hacerlo desde las bases del propio pensamiento landiano); pero más allá de esto, Land es un escritor: alguien que se ha movido en la zona intersticial entre la poesía, el ensayo y la ficción.

Ese lugar inestable produce un estilo igualmente inestable, que retoma tanto al Burroughs de la Trilogía Nova como al Joyce de Finnegans Wake y a Deleuze y Guattari en Mil mesetas. Todo esto puede pensarse como un conjunto de virus que se replicaron en mi escritura y la hicieron mutar, para bien (me entusiasma, me provoca, me suscita a seguir indagando) y para mal (mis libros no necesariamente se llevan bien con ciertos editores o ciertas pautas o circuitos del sistema literario).

En un pasaje de Un pianista de provincias, Federico Stahl se dice a sí mismo que la vida errante debía ser mejor que su sedentarismo solitario en casa. Esta idea de evasión de un destino magro, ¿qué tan factible es en nuestros días? ¿Internet y las redes funcionan como escape o son otra expresión de esa sensación de enclaustramiento y desazón?

Esas secciones de la novela fueron escritas durante la pandemia de covid, cuando por mucho tiempo sentí una suerte de cancelación de posibilidades o reformateo de potencialidades, de giro efectivo en el curso de los acontecimientos (y un giro imprevisto, incontrolable, vinculado a un virus) que me llevaba a preguntarme por lo que pudo haber sido, por los futuros que estaban siendo cancelados en vivo, por decirlo de alguna manera.

Por otro lado, el escape es lo que define lo real: real es aquello de lo que inevitablemente hemos de escapar; la internet y otras tecnologías solo modulan esa posibilidad cultural (posiblemente de los miembros de la familia Homo, ya desde los neandertales o quizá en poblaciones todavía anteriores) de codificar simbólicamente lo posible, lo especulativo, la ficción.

La maraña de plástico que es central en Un pianista de provincias me recordó mucho al cerco de Redoble por Rancas, de Manuel Scorza, pero también al aire tóxico de Mugre rosa, de Fernanda Trías: entidades mortales que parecen haber crecido exponencialmente de un momento a otro y cuya victoria sobre los humanos parece inevitable. ¿Cómo surgió esta entidad tan feroz? ¿Qué tan catastróficos ves los próximos años, entre el daño causado por el propio ser humano y los embates de la naturaleza vistos en los últimos meses?

La maraña surgió por una reflexión sobre la historia del plástico. Tenía pensado escribir un libro que se titulara Historia natural del plástico y que comenzara con los depósitos del carbonífero, los hidrocarburos atrapados en la corteza terrestre, ese pliegue entre lo natural y lo geológico (eso que Benjamin Bratton llama lo planetario), luego el petróleo extraído y su activación y aceleración de la industria, hasta la petroquímica, los plásticos y nuestra vida afectada y configurada por ellos. Imaginé que si una forma de vida pudiera metabolizar el plástico lograría una ventaja evolutiva en relación a todas las demás, para las que el plástico es incluso tóxico; esa ventaja redundaría en una multiplicación o proliferación, pero también me interesaba que esa entidad proliferante se hiciera eco de esa problematización de los límites entre lo orgánico y lo geológico, entre lo natural y lo artificial.

La novela deja un enigma, sin embargo: ¿por qué se detuvo la proliferación de maraña? ¿Qué mecanismos sirvieron de regulación espontánea a esa multiplicación? El mundo de la novela, de hecho, no está consumido por la maraña, sino que esta se dispone en zonas, en las que los humanos despliegan nuevas subjetividades del mismo modo que el nosotros presente es producido por tecnologías derivadas de los hidrocarburos, sean los celulares y las computadoras, los televisores, la intervención del plástico en la industria de la salud, etcétera.

El título y el oficio mismo de Federico Stahl en esta novela evocan la figura de Felisberto Hernández, sobre quien has escrito en diversas ocasiones. ¿Qué tanto sigue irradiando su obra en la tuya? ¿Califica como weird también?

Sin duda. Si bien la novela no bebe directamente de un anecdotario felisbertiano (hay apenas cuatro alusiones muy disimuladas), la apropiación de Felisberto como un escritor del weird, o el proto-weird, o el weird retroetiquetado me parece fascinante, y sigue suscitándome escrituras. El eje Felisberto-Levrero-Marosa me parece lo más interesante de la literatura uruguaya del siglo XX (junto a Onetti, por supuesto, aunque transite por otros caminos, o también a la hermosa obra poética de Amanda Berenguer).

Emilio Scarone es uno de tus personajes más extravagantes e hilarantes, cuya mención en La expansión del universo sirve para parodiar el mundo editorial de la ciencia ficción rioplatense. ¿Se ha sofisticado respecto a décadas anteriores? ¿Cuáles son aquellas marcas que lo hacen único respecto al de otras latitudes?

Emilio está más o menos basado en un personaje real, que —hasta donde sé, porque no hablamos desde hace al menos diez años y tengo entendido que está muy ofendido conmigo— sigue anclado en los noventa. Creo que a buena parte del fandom —y no solo en el Uruguay— lamentablemente le pasa lo mismo. Escritores que solo leen ciencia ficción, que sostienen una relación de suspicacia, fascinación y desconocimiento de lo que perciben como el mainstream que los margina, etcétera. Hace unos años pensé que esa actitud de viejo escritor noventero estaba superada, pero lamentablemente no es así.

Citas dos obras latinoamericanas recientes como buenas representantes de lo weird: Materiales para una pesadilla (2021), del argentino Juan Mattio, y Parásitos perfectos, del colombiano Luis Carlos Barragán. ¿Qué puntos en común y qué diferencias encuentras entre ambos títulos? ¿Cómo ubicarías tu obra en relación con ellos?

El gusano y Parásitos perfectos, de Luis Carlos, son paradigmáticas de una ciencia ficción que se apropia de la tradición del weird tanto en su variante literaria (desde Lovecraft o el old weird hasta el new weird de China Miéville, Jeff VanderMeer y Paolo Bacigalupi, pasando por M. John Harrison) como desde el pensamiento, en particular las ideas de Mark Fisher. Materiales… y la más reciente La nación de los sueños diurnos comportan una lectura del modelo desplegado por Barragán y una orientación hacia formas más experimentales en lo formal, en particular la teoría-ficción.

Yo siento que mi novela Verde, publicada en 2016 y escrita en 2015, podría pensarse como una suerte de precursor inconsciente o intuitivo de esto (del mismo modo que parte de la obra de Alberto Chimal y Jorge Baradit, más Nefando, de Mónica Ojeda, y buena parte de la obra de Giovanna Rivero); más cerca del presente, esta cosa intuitiva se volvió en mí un poco más programática, pero ahora siento que necesito mudarme del territorio del weird, o al menos del weird en tanto narrativa sobre asuntos *weird*, para pasar a objetos literarios que sean *weird* en sí mismos: libros que uno no sabe cómo usar, cómo generan significado. En esa línea he estado pensando en la noción que mencioné en una pregunta anterior de «necromodernismo» como reactivación o reanimación de una serie de tradiciones y modos de escritura que van desde Joyce hasta Antonio Moresco, y de lo que el australiano-checo Louis Armand podría considerarse el autor paradigmático. Algo de esto veo en la obra más reciente de Mattio, y también en la diversidad estilística de Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores, de Roberto Chuit Roganovich, y ahí está, en mi opinión, lo más interesante de la escritura contemporánea.

¿Nos podrías recomendar un disco o una película que te haya gustado recientemente?

Sí: el segundo disco de Angine de Poitrine; Alien Metal, de King Gizzard and the Lizard Wizard; y también Inferno, de Boards of Canada; el Eraserhead de Xiu Xiu; Nine Inch Noize, el fabuloso disco de remixes en vivo de Nine Inch Nails; más discos que vengo escuchando muchísimo desde hace dos años, como Absolute Elsewhere, de Blood Incantation, y Goldstar, de Imperial Triumphant.

En cuanto al cine, no he explorado mucho últimamente, sino que me he dedicado más bien a revisitar favoritas de la última década, como Mandy, de Panos Cosmatos, o la tercera temporada de Twin Peaks.

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Libros del autor:

Caída libre

Estuario Editora, 2017. 120 pp.

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La expansión del universo

Literatura Random House, 2018. 176 pp.

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Un pianista de provincias

Random House, 2022. 288 pp.

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Entrevista a Ray Loriga

Cada vez hay menos literatura y más libros

Por Sebastian Uribe y Alessandro Campos

En toda conversación sobre narrativa española contemporánea uno de los nombres ineludibles es el de Ray Loriga (Madrid, 1967), una de las apariciones más fulgurantes de la escena literaria de los años noventa que ha sabido reinventarse y mantenerse vigente título a título. Novelista, guionista y director de cine, es autor de novelas como Lo peor de todo (1992), Héroes (1993), Caídos del cielo (1995), Tokio ya no nos quiere (1999), Trífero (2000 y 2014), El hombre que inventó Manhattan (2004), Ya sólo habla de amor (2008), El bebedor de lágrimas (2011), Za Za, emperador de Ibiza (2014), Rendición (2017; Premio Alfaguara de novela), Sábado, domingo (2019), Cualquier verano es un final (2023) y Tim (2025); y de los libros de relatos Días extraños (1994), Días aún más extraños (2007) y Los oficiales y El destino de Cordelia (2009). Traducido a quince idiomas, tiene una de las obras mejor valoradas por la crítica nacional e internacional. Como guionista de cine ha colaborado, entre otros, con Pedro Almodóvar y Carlos Saura.

Fue uno de los invitados de la Feria Internacional del Libro 2025, por lo que en esta entrevista hablamos de Tim , su novela más reciente, pero también sobre los límites y alcances de la memoria, su relación con Kafka y Felisberto Hernández, el desvío de las fórmulas narrativas y las recompensas del oficio literario.  También conversamos sobre libros suyos más antiguos como Trífero o Caídos del cielo y sobre su conexión con Bryce Echenique, el reconocido autor peruano fallecido a inicios del presente año.

Ray Loriga – ©Diego Lafuente

Leímos que estabas en un proceso de mudanza. ¿Te vas de Madrid a Trujillo?

Sí, al Trujillo de España[1] [risas]. La verdad es que las últimas tres novelas las escribí allí; había encontrado un lugar para escribir que me rendía más el tiempo. La vida en un pueblo pequeño es mucho más agradable, ya a mi edad; salir de Madrid me apetecía. Tomé la decisión, junto con mi mujer, de irnos a vivir allí definitivamente. Estoy muy contento: es un pueblecito precioso, histórico, pequeño pero monumental, con todo lo que representa históricamente. Me ha agradado mucho.

Revisando tus novelas notábamos que Lo peor de todo comienza con una imagen muy potente: un chico que le arroja a otro un artefacto explosivo como respuesta al acoso que sufría. En cambio, en Cualquier verano es un final y en Rendición hay imágenes más de resistencia, de sosiego; ya no hay una respuesta tan violenta, sino algo más calmado, más reflexivo. ¿Hubo un cambio de sensibilidad?

No diría un cambio, sino una evolución natural. Cuando eras pequeño en el colegio —que es un poco de lo que hablaba esa primera novela, el adolescente— a veces no tienes más herramientas que la violencia para defenderte de la violencia; es una especie de legítima defensa. Con la edad y el aprendizaje encuentras maneras más efectivas de defenderte que esa primera respuesta violenta, idéntica a la violencia que se ejerce contra ti. Probablemente mi forma de autodefensa se ha ido volviendo más racional, más intelectual, que física.

En Trífero y en Tim hay un tema en común: en Tim, un trabajo con la memoria; en Trífero, un personaje del que no se entiende muy bien quién es ¿Al momento de escribir la memoria llega a ser una trampa o una herramienta?

Es un tema que me interesa; esa es mi pregunta clave: la memoria, ¿nos conforma o nos limita? ¿Nos hace o nos encarcela? Uno es, hasta cierto punto, lo que le han dicho que es, y luego lo que va haciendo y lo que va recordando de lo sucedido. Me parece que, según se avanza en la vida, uno va formando una especie de celda alrededor de la identidad; en cambio, considero que cualquier mente pensante es lo que proponga a continuación sobre sí misma: todavía quedan espacios por andar y por descubrir. Darse por limitado simplemente por lo sucedido o lo recordado me parece irritante.

He escrito mucho sobre eso; en Tokio ya no nos quiere todo es una construcción sobre el tema de la memoria: la memoria personal, la memoria colectiva, la memoria de una sociedad. Hasta qué punto existe, por ejemplo, un carácter peruano basado en la memoria de lo que hemos aprendido de nuestros ancestros, y hasta qué punto eso nos limita, tanto al individuo como a la sociedad; y qué expectativas hay fuera de lo ya hecho, de lo aprendido, de lo heredado, de la memoria de otros, la memoria histórica. Es un tema que me parece muy interesante en contraposición con el tema fundamental de la libertad, el libre albedrío: hasta qué punto uno tiene posibilidad de escapar de todas estas trampas con una propuesta nueva.

En Ya sólo habla de amor hay un personaje que, en un tono un poco jocoso, dice que Kafka era para él como una condena. Siento que esa presencia ha estado ahí, en Rendición y también en tus primeras novelas: esa idea de la celda y el anhelo de libertad. ¿Cómo es hoy tu relación con Kafka?

Kafka es uno de los escritores que llamaría pivotales en mi formación como escritor, desde el inicio. Llegué a viajar a Praga peregrinando detrás de él: encontré la pensión donde pasó sus últimos años, seguí sus pasos de alguna manera, visité su tumba para presentarle mis respetos, pero también, ingenuamente, para ver si se me pegaba algo. Desde luego que no se te pega nada por ponerte encima de su tumba, pero leyéndolo y releyéndolo sigue siendo uno de mis escritores clave. Como puede serlo Samuel Beckett, como puede serlo Virginia Woolf, como puede serlo Elizabeth Bishop, como puede serlo Patricia Highsmith. Hay muchos escritores, pero hay algunos que, aparte de entusiasmarte por cómo escriben, sientes que podrías caminar no muy lejos de ellos, aunque sea por otros caminos, los que a cada uno le corresponden. Probablemente sea una ilusión vana, pero sigo intentándolo.

Hablando de referencias, recordamos tu prólogo a la Narrativa reunida de Felisberto Hernández[2], del que hablaste también con mucho entusiasmo. Y tu última novela, Tim,  conecta con Las Hortensias, por así decirlo, en esta pregunta de qué es lo que hace humanos a los sistemas —que es la pregunta de siempre—, pero también en cómo se entrevén las tecnologías que van surgiendo.

Sí, hasta qué punto… Ahora estamos, por ejemplo, con este parámetro medio novedoso de la inteligencia artificial, y hasta qué punto no nos tendría que hacer pensar qué es lo que verdaderamente nos hace ser lo que somos. Lo que es capaz de copiar la inteligencia artificial son fórmulas, fórmulas repetidas, fórmulas ya hechas dentro de unos parámetros muy concretos; en ese sentido, sí, puede parecer que casi nos igualan. Pero, por otro lado, si uno profundiza en lo que hace al lenguaje literario tan apasionante a lo largo de los siglos, es precisamente que escapa a todas esas fórmulas; en ese sentido me parece algo todavía inalcanzable para cualquier mecanismo de lenguaje artificial.

Me interesa el tema: digamos que ante toda tecnología hay tres posibilidades. Temerla; abrazarla con pasión, lo cual también me parece un absurdo; o reflexionar sobre cómo nos hace profundizar realmente en lo que somos o deberíamos ser.

En tu narrativa hay un cuidado especial por las palabras, siempre hay una elección de imágenes casi poéticas, y has señalado antes que para ti escribir es un ejercicio de vértigo, el desafío de ser funambulista. ¿Sigue pasándote eso? ¿Sigues sintiendo esa adrenalina?

Sí, sí, totalmente. Además la busco: quiero decir que intento salir de mis propias fórmulas. Si siento que estoy repitiendo algo, un camino ya andado, intento huir de él y volver a buscar ese vértigo. No me merecería la pena pasarme las horas que me paso todos los días sentado escribiendo si no sintiera esa pulsión.

Le decía a un amigo mío, torero —no es que yo sea muy aficionado a los toros, pero era interesante hablar con él—, que decía que si dejas de temblar, dejas de torear, ya no tiene sentido; y no es temblar por miedo al toro en concreto, sino por miedo a hacerlo mal, a no hacerlo mejor, a buscar una manera nueva de hacer las cosas. Sentir ese desafío, ese temor y temblor —como decía Kierkegaard— creo que es esencial para la literatura, porque tengo la aspiración de que, si yo lo siento vivo y en peligro, el lector o la lectora también lo va a sentir latiendo. Si me refugiara en una fórmula ya hecha —si quisiera escribir Héroes 2 o Héroes 3, maquillar un poco Héroes pero que funcionase más o menos con los mismos parámetros—, me sentiría muy frustrado, y no creo que fuera capaz de seguir adelante.

Tengo la sensación de que hay un motivo constante entre tus novelas, sobre todo en las dos últimas, que es el trabajo mecanizado: en Trífero, el personaje principal, ya en la adultez, se harta de estar trabajando y tiene una explosión de rabia; y en las últimas novelas también aparecen estas rutinas, rutinas, rutinas, y en un momento algo estalla.

Es curioso, porque visto desde fuera no hay un trabajo más rutinario que la literatura: mecánicamente haces todos los días lo mismo. Te levantas a tal hora —la hora que cada uno se haya fijado, porque aquí no hay un mecanismo obligado, cada uno escribe cuando quiere y como quiere—, pero al final todos los escritores con los que he hablado o que he leído coincidimos en que hay que trabajar constantemente, sea por las mañanas, las tardes o las noches, según le guste a cada uno; es un trabajo de sentarte. Sin embargo, por dentro es todo lo contrario a una labor rutinaria, porque cada día es un reto, cada día es un desafío, cada día te enfrentas a algo distinto: un problema diferente en cada frase, en cada estructura de párrafo; estás indagando cómo solucionarlo, cómo darle el equilibrio, la forma, la musicalidad. Siempre se te presentan desafíos nuevos.

Es verdad que los trabajos de mera manutención, los que la mayoría de los seres humanos están obligados a hacer para sobrevivir o para dar de comer a su familia, son algo que, si pudiéramos evitarlo, no haríamos. En cambio, este oficio, dentro de que no es el trabajo más fácil del mundo, tiene una recompensa inigualable: es uno de esos pocos oficios, como todos los de pasión, que si te tocara mañana la lotería seguirías haciéndolo. El noventa por ciento de la gente, si le tocaran millones al azar, dejaría lo que está haciendo, porque básicamente detesta lo que hace. Es bonito tener un trabajo que harías en cualquier circunstancia: en una cárcel seguirías escribiendo igual que si fueras millonario —nunca lo serás siendo escritor—, pero si te tocara la lotería seguirías haciendo exactamente lo mismo.

El personaje de Tim me llama mucho la atención: hay pocos monólogos del personaje propiamente, pero es alguien que se reconstruye a partir de lo que vamos viendo de él a través de otros. ¿Cómo decides esa forma de narrar, habiendo pasado ya por tantos otros estilos?

Se me ocurrió que sería interesante probar algo un poco absurdo, si lo piensas: una novela coral de una sola voz. El narrador no es más que uno, pero gracias a él, o mediante él, aparecen los otros y las referencias que le dan los otros, para intentar encontrar realmente quién es él, descartando de alguna manera toda la información que le rodeaba. Eso me pareció interesante, un reto interesante.

Hay una escena que nos gustó bastante de Cualquier verano es un final: cuando el protagonista tiene una amiga que trabaja en una editorial, sobreviven, se abren camino, y luego la venden. Creo que ahí hay algo de tu relación con el mundo editorial. ¿Qué presencia sentiste tú en los años noventa, con Constantino Bértolo? Hoy es el mismo oficio editorial, pero ha habido muchos cambios. ¿Qué percibes de esos cambios?

En esa novela no era el tema principal, pero aproveché para hacer una serie de ironías sobre el desarrollo de la industria editorial en España y también en el resto del mundo. Vengo mucho a Hispanoamérica y tengo contacto con las editoriales de acá, de Colombia, de México, de Argentina, y veo que el fenómeno es bastante similar: la literatura está siendo arrinconada desde hace ya unos años, de forma progresiva, por libros que no son exactamente literatura. Las editoriales persiguen a influencers, solo mirando el número de seguidores, pensando que de ahí pueden sacar un mercado; y cuando vas a una feria del libro es cada vez más común darte cuenta de que donde hay más gente, más colas, son bloggers, son tiktokers… y no tiene nada que ver con la literatura.

En España hay un fenómeno constante de presentadores de televisión famosos, de todo pelo, de otros mundos, que enseguida quieren tener su libro, y las editoriales los llaman, se lo proponen; incluso les contratan “escritores fantasma” para que les den la idea y luego ellos firman el libro. Dentro del seno de las editoriales serias eso antes no pasaba, y ahora está pasando. Me río un poco de eso, porque cuando yo empecé, básicamente un escritor era un manuscrito: se mandaba un manuscrito a una editorial, se le echaba un vistazo y decían “nos interesa” o “no nos interesa”; todo se basaba en la escritura. He tenido la suerte de tener editores muy buenos toda mi vida, desde Bértolo, Enrique Murillo, hasta ahora, con Carolina Reoyo; afortunadamente siempre he tenido buenos editores, buenas editoras. El tema que nos ocupa es la literatura, pero veo que alrededor de eso se va diluyendo: cada vez hay menos literatura y más libros.

Hablando de esa estrategia de marketing para vender un libro: en el mundo que retratas en Trífero, cuando el profesor de física se topa finalmente con un físico de nivel altísimo que los desarma, eso hace que ambos se cuestionen de nuevo; y a él le llega esta propuesta de que lo bueno es bajar al llano lo complejo, ponerle un título, una etiqueta. ¿Cómo se te ocurrió este personaje tan particular?

Es esta habilidad particular, el limbo entre la mentira y la razón, de una u otra forma. No sé exactamente de dónde salió; probablemente de leer muchos libros de divulgación cuántica y de física. Uno se da cuenta de que hay genios de la física que no trasladan su lenguaje matemático a palabras: realmente no tienen esa necesidad en ningún sentido. Y luego hay otros, físicos también muy válidos, que se empeñan en hacer una labor de divulgación, y ahí entra ya el mecanismo del lenguaje.

No son lo mismo los libros de Stephen Hawking, que fueron best sellers y vendieron millones, que los de un científico que a lo mejor es premio Nobel —Hawking nunca lo ganó, aunque siempre estuvo cerca—; hay físicos que sí lo han ganado y que no han escrito ni una palabra de lo que hacen, porque es un lenguaje críptico que solo ellos entienden entre sí. Pero si quieres tener un éxito editorial con esto, tienes que empezar de alguna manera a fabularlo, a darle nombres pegadizos: “el Big Bang” se quedó, y la gente… claro, el Big Bang no es exactamente que el mundo explote y se cree; es una complejidad físico-matemática profundamente compleja que, si no manejamos el lenguaje matemático que ellos manejan, jamás podríamos entender. Pero le das un nombre comercial y se vende como un producto. Me interesó esa parte de narrativa y divulgación, y pensé en un personaje que no sabía nada de física pero que tenía la intuición de cómo crear ese tipo de fenómenos mediáticos.

Tenemos una curiosidad: Ya sólo habla de amor recuerda, en varios momentos, a Alfredo Bryce Echenique ¿Hay alguna relación allí?

Bueno, no sería raro que la hubiera porque soy un lector voraz de Bryce y  fue uno de mis referentes desde que empecé a escribir. En la literatura en castellano, entre los más fuertes, está Mario Vargas Llosa, por supuesto; pero me gustó mucho la diferencia de Bryce, que tenía un pulso muy europeo, en el sentido de que me resultaba muy próxima su relación tanto con los escenarios como con el lenguaje, cercana a escritores que yo admiraba en Francia, o en la literatura anglosajona o alemana. Se me hizo una literatura muy afín. He tenido la suerte de conocer a Bryce y de tener amistad con él; hemos hablado alguna vez, y en ese sentido me siento del humor de la literatura de Bryce.

¿Cuáles son tus filtros? ¿Piensas mucho en el lector a la hora de escribir?

La verdad es que no pienso en el lector, porque creo que la mejor manera de considerarlo es, como hablábamos antes, forzándote y arriesgándote en tu propia escritura. Y luego el lector ya lo encontraremos por el camino. No pienso, por ejemplo, si un libro ha funcionado muy bien, “tengo que seguir por este parámetro para no defraudar”. A menudo me pasa que hay lectores muy fanáticos de un libro y, en cambio, otro les gusta menos, les caló menos; me dicen “aquí ya me perdí un poco”, y eso resta su entusiasmo. Y hay otros que son al contrario. Como nunca sé a quién voy a poder satisfacer o defraudar, hago lo que yo intuyo que es importante para mi escritura, y luego, si me encuentro a alguien por el camino a quien le interesa, bien; y si no, qué le vamos a hacer.

No me siento, en ese sentido, responsable de tener que cuidar a una fanaticada completa. Me encanta, por supuesto, como a todos los escritores del mundo, que mi libro guste, que le interese a la mayor cantidad de gente posible, pero no me siento enseguida rehén de eso.

Releímos Caídos del cielo, y es muy gracioso que el hermano de quien se cuenta la historia trágica sea poeta, y que los policías lo miren con cierto desdén: “ah, es poeta”. Su hermano lo admira, pero la sociedad lo mira como raro por escribir poesía.

Bueno, en mi infancia leer poesía —o incluso leer libros en general— era casi visto como afeminado. Así que si te ponías a leer, entre los amigotes del colegio casi tenías que hacerlo a escondidas: “algo raro tienes, seguro que eres afeminado”, o algo así. Me crié en ese entorno. Recuerdo que, de niño o de adolescente, solo compartía lecturas y conversaciones sobre lecturas con algunas compañeras de clase, muy rara vez con chicos.

Es extraño, y lo hablamos a menudo entre escritores y editores: en el mundo de la literatura, tanto entre lectoras como editoras, pero sobre todo entre lectoras, las mujeres superan a los hombres en casi un 80-20. Lo vemos en todas las ferias, en todos los conversatorios, en todas las presentaciones: siempre hay más o menos la misma distribución, de un 75-25, a veces un 80-20, y a veces hasta un 90-10. Parece que la literatura a los hombres no les interesa especialmente; no sé bien por qué, pero parece que es así en el mundo entero.

Ya para cerrar, ¿Podrías recomendar a nuestros lectores algún disco o alguna película que hayas descubierto recientemente?

La película es una de Otto Preminger[3], Bunny Lake Is Missing (1965) muy rara, muy bonita. La protagonista es una madre cuya hija desaparece, y la policía cree que la niña nunca existió, que la madre se ha vuelto loca; nadie la ha visto nunca con ella. Entonces tratan a la mujer como si estuviera loca, cuando en realidad su hija ha desaparecido. Es muy perturbadora, pero muy interesante, aunque, como digo, no es nada reciente.

De estreno más reciente: el otro día vi una película de un director español muy interesante, Albert Serra—no es su última película, pero no la había visto—, se llama Pacifiction[4], rodada en la Polinesia Francesa, en mitad del Pacífico. Es un director del que ya había visto varias películas; me gusta lo que hace.

En cuanto a discos, ando un poco perdido de lo nuevo que sale; me he perdido un poco en el marasmo, supongo que pasa con la edad. Vuelvo más a la música que ya conozco, sigo escuchando jazz. Quizás por mis hijos he conocido algunas cosas nuevas que me han interesado, pero ando un poco perdido de referencias.

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Libros del autor:

Trífero

Alfaguara, 2014. 234 pp.

Cualquier verano es un final

Alfaguara, 2023. 248 pp.

Tim

Alfaguara, 2025. 133 pp.

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[1] Trujillo de Cáceres, en Extremadura, ciudad natal de Francisco Pizarro y origen del nombre de la ciudad peruana Trujillo, que él fundó en 1534.

[2] Felisberto Hernández, Narrativa reunida (Alfaguara, 2019) con prólogo de Ray Loriga. Reúne todos los cuentos del uruguayo, entre ellos Las Hortensias (1949), la nouvelle sobre un hombre que convive con muñecas de tamaño humano.

[3] Estrenadaen español como El rapto de Bunny Lake. Preminger la rodó en Londres, en blanco y negro, con Carol Lynley y Laurence Olivier.

[4] Pacifiction (2022), del catalán Albert Serra, protagonizada por Benoît Magimel. Su película siguiente, Tardes de soledad, es un documental sobre el torero peruano Andrés Roca Rey.