Por: Mario Granda
En el conversatorio convocado por la Editorial Matalamanga el jueves pasado, en la que participaron como invitados los escritores Augusto Effio, Johan Page, Edwin Chávez, Leonardo Aguirre, Carlos Yushimito y Ezio Neyra, se ventiló la posibilidad de pensar en los escritores que han publicado en la década del 2000 como una generación. Se referían, sobre todo, a los autores jóvenes que han publicado en esta década y ya tienen uno o dos libros. La pregunta surge automáticamente: ¿por qué pensar en una generación? ¿Por qué pensar ya?
Al parecer, esta inquietud parece surgir de una necesidad de reconocimiento. Esto es, de una primera lectura de lo que se ha escrito en estos años, y, por lo tanto, de una posible descripción del paisaje literario actual. Hablar de una generación implicaría establecer cierto parecido entre las obras, cierto lazo histórico o estético que las pudiera agrupar y presentarlas a un público como algo conocido.
La mayoría estuvo de acuerdo con la idea de que los autores de ahora ya no están tan preocupados con el tema de la violencia de los años ochenta, que, en realidad, pertenece más a las generaciones anteriores, sobre todo a los escritores de los noventa. Este tema ya es pasado y no existe, por lo tanto, una situación de carácter histórico que la marque, como sí ocurrió con las anteriores. Los escritores de ahora, al parecer de Chávez, se definen mejor a partir de un aspecto de la forma, como se refleja en su formalismo o el esteticismo. Yushimito también reconoció este rasgo, pero también dijo que la evasión, caracterizada sobre todo en la literatura fantástica, no siempre implica un alejamiento de la realidad sino más bien otro tipo de referencia, muchas veces más intuitiva que la del realismo. Hubiera sido más interesante escuchar otras opiniones al respecto, pero la mesa tocó otros temas. Solo después, primero hacia la mitad y luego casi al final de la charla, Chávez presentó otras hipótesis. Tal vez podríamos llamar a esta generación la Generación del Messenger (o del Blog, como añadió Aguirre), a diferencia de la de los noventa, que, citó a Santiago Rocangliolo, podía ser la generación de la cocaína. El otro distintivo sería que la literatura de los de la generación del 2000 sería la de la falta de “feeling” o sentimiento, ya que sus textos son fríos, poco comprometidos con las personas y las cosas, solitarios. Esta última idea tal vez fue la más interesante, aunque, como las otras propuestas, faltó ejemplificarlas.
Pero lo que más llamó la atención se produjo cuando, al parecer, no se habían encontrado más rasgos comunes para hablar de una generación y el tema de la generación persistió. En otras palabras, ya no interesaba hablar de una generación en sí sino de por sí, y la pregunta cambió de ¿Se puede hablar de una generación en el 2000? a ¿Formamos nosotros una generación? Si bien la mayoría dijo que no se podía hablar de generación todavía también se dijo que los autores de ahora forman un interesante grupo que vale la pena considerar. Y no se trata de cinco o diez escritores sino de veinte o veinticinco, algo que antes no se hubiera podido imaginar. Si para la próxima década se recuerdan quince de estos escritores, según dijo Aguirre, es suficiente.
Reitero que resulta curioso que se hable de una generación -sin insistir en los rasgos que la defina- porque, primero, creo que no es trabajo de los escritores hacerlo. Si tanto hablamos de incentivar la literatura, ¿por qué crear ya una categoría? En el Perú la costumbre es conocida: autor joven más década es igual a generación. Una vez más caemos en el vicio. Se trata de autores jóvenes, con grandes expectativas, prometedores, ¿por qué encerrarlos? La generación recién se vislumbra, pero ya se asume. Está claro que en este país solo lo que tiene el velo académico tiene valor artístico (una generación, por ejemplo), pero resulta mucho más increíble que hasta los mismos escritores se lo invistan. Y si en realidad se quiere hablar de una generación, la generación no está hecha tanto de los mejores escritores sobrevivientes (¿quedaremos diez, quedaremos cinco?) sino de todos sus elementos, “buenos” y “malos”, ya que una definición como esta es de rasgo histórico y no estético. Al estudiar la generación del 50 debemos leer a los “buenos” y a los “malos” escritores porque nos acercamos a una generación y no observamos el gusto. Además, se trata de estudiar, no de leer, gozar o vivir la literatura, el arte (en este sentido, todos los que han publicado en el 2000 pueden sentirse aliviados, ya que ya han ingresado a la historia). Pero todos, también, serán leídos a partir de un gusto y a partir de allí quién sabe cuál será el aire que tomarán. En este aire no están ya los nombres, las inquietudes personales, las generaciones sino aquello que queda, tal vez la verdad. “Un buen verso pierde su género”, decía Víctor Hugo. Un buen autor pierde su generación, ya que esta no es lo más importante. Generación es academia.
Muchas mesas, pocos temas
La mesa a la que nos acabamos de referir también nos da pie a hablar de otro factor importante. Hoy son frecuentes los conversatorios en los que se invita a escritores jóvenes, editores de nuevas editoriales y directores de revistas literarias para que hablen sobre su experiencia como escritores, la historia de la creación del sello editorial o las razones por las que se decidió publicar una revista o un periódico. Espacios como estos son los más adecuados para que los invitados a la mesa compartan sus puntos de vista respecto al tema que los convoca, y, sobre todo, para que los asistentes al evento conozcan las razones -o las intuiciones- por las cuales llegaron a ellas. Sin embargo, la mayoría de las veces estas oportunidades se desperdician en conversaciones vagas sobre asuntos que ya se conocen o que no es muy difícil de imaginar si nosotros también nos preguntáramos sobre ellos.
La mesa comenzó con la presentación de cada uno de los escritores, hecha por ellos mismos, y sus opiniones acerca del tema de la generación. Ya revisamos el desarrollo de esta. Pero poco después pareciera que ni los mismos invitados supieran cuál era el tema que seguía. Yushimito, que ya había intervenido, preguntó algo sobre las nuevas editoriales, y este pareció el nuevo tema. Algunos dijeron que era sobre todo beneficioso para los escritores de provincia, quienes podrían hacerse conocer de forma más rápida (Neyra); otros, en cambio, respondieron que los lectores tendrán la oportunidad de leer con más facilidad a autores jóvenes, algo que antes era imposible de imaginar (Page, Chávez).
Sin embargo, la pregunta de Yushimito no se refería al beneficio que brindaran las nuevas editoriales (Estruendomudo, Matalamanga, Solar, Sic) sino a si las facilidades que hay hoy para publicar un libro -a diferencia de hace diez o veinte años- influyen en la calidad literaria del escritor. Mientras que el escritor de antes debía preocuparse por aprovechar las pocas oportunidades de publicación, el escritor de hoy puede publicar sin mayor reparo, pregunta que nos interesa a todos, pues todos, se sobreentiende, estamos interesados en la calidad de nuestros textos. Este es un ejemplo de lo que sucede cuando los invitados no saben de antemano cuáles son los temas que se tocarán.
Un conversatorio no se desarrolla de por sí (de nuevo al de por sí) sino en función o en dirección a un tema. Hace poco, en un coloquio sobre revistas literarias, sucedió lo mismo. Aquí están los directores, estas son sus revistas, ¿y después? Los temas surgen arbitrariamente, algunos con un desarrollo feliz, otros con un triste final. El afán de los organizadores, y está bien, está en juntar en una misma mesa a diversos escritores, sea por generación, década o tipo de experiencia, pero la preocupación solo queda en eso, en agruparlos. Son nuevos, son jóvenes, pero esto no es suficiente ya que nuevo es una vieja palabra del mito juvenil. Los más perjudicados son los concurrentes, quienes han ido hasta allá para escuchar algo nuevo de algo, no solo a verlos y decir algo ya conocido (somos jóvenes) sino a decir algo de algo, algo pensado.
No planear las mesas hace también que los participantes le tengan miedo a arriesgar ideas. Si no hay ningún tema, cualquier novedad, ahora sí una novedad intuitiva, será percibida como algo que está fuera de discusión. Pero, ¿cuál es la discusión? La mesa en cuestión también presentó este síntoma, pues se tocaron temas “fuera del libreto” que luego fueron olvidados o rápidamente reprimidos.
Chávez tocó, varias veces, el tema de la tecnología. Mencionó el chat, la Internet, habló de páginas web, un joven McLuhaniano a todas luces. ¿No podría hablarse del papel de la tecnología en la literatura actual? Si la máquina de escribir cambió la forma de escribir, ¿no ha ocurrido nada con la computadora? Aguirre y Effio dijeron que incluirían algunas series de televisión como fuentes de inspiración para su obra, pero, inmediatamente, dijeron que esto “tal vez se deba a mi formación en comunicaciones”, ¡¡¡increíble!!! El velo académico ¿Acaso la literatura solo surge de los libros? ¿Y nuestra vida? ¿Por qué no también lo audiovisual? Pueden escogerse como temas autores, directores de cine, músicos, música, teatro, las ciudades, la pintura, etc. Basta que se fije el tema y los invitados lleguen medianamente preparados. Pueden invitarse a una mesa a personas de distintos ámbitos, literatura, plástica, música. El año pasado la Alianza Francesa hizo un ciclo de charlas sobre Jean Paul Sartre. Cada mes invitaron a un especialista distinto: un filósofo, un escritor, un sociólogo, un dramaturgo.
Problema: en mesas de muchos invitados es inevitable que dos o más escritores se escondan detrás del micrófono. ¿Por qué no menos invitados y mejores temas? En una época que se acusa de virtual e impersonal hay que aprovechar los espacios físicos.
Comentario: Nietzsche ya hablaba de una “ley draconiana contra los libros”, debido a la cantidad de libros innecesarios que se publicaban en su época.
Paradoja: Ezio Neyra, quien organizó la mesa y propuso el tema de la generación, dijo que esta discusión era una idiotez.
Yushimito preguntó pero no se le escuchó, Chávez propuso pero no se le siguió. Retomemos estos temas, llevémoslos a las conversaciones. Hagamos de un conversatorio un conversatorio y de un coloquio un coloquio. Hagamos de una reunión una reunión literaria y no una reunión literal.





