Archive for March, 2007

DESENCANTOS

 

BARRICADAS EN EL FUNDO PANDO

 

 

Por José Güich Rodrí­guez

 

Leí­ con beneplácito la columna “En voz alta” que publica la periodista Claudia Cisneros los viernes en el diario La República. Aplausos para Claudia: tí­tulo provocador -”Las cojudeces de Cipriani”-, inteligencia, flamí­gera pluma y, especialmente, datos de mujer de prensa treja y segura colocados sobre la mesa, a la vista, sin maniobras sucias a las que cierto clero conspirador nos tiene acostumbrados. En fin, todos los elementos para agitar un flanco algo descuidado por las huestes libertarias, y que debe ser reforzado de inmediato. Me permito esta licencia: dialogar amicalmente con el excelente texto de Claudia y, de paso, colocarme los distintivos de eterno maquí. Apuntalaré así­ la convicción de que es necesaria una Resistencia articulada que expulse para siempre a los demonios del oscurantismo. Por estos dí­as, la PUCP, mi alma mater, cumple nueve décadas de una vida de logros y contribuciones a la sociedad; es, qué duda cabe, parte í­ntima de la historia del paí­s. Y esto coincide con una nueva amenaza: otra vez, los sectores más cavernarios pretenden controlarla. Solo puedo decir, emocionado: ¡No pasarán…!

Una pesadilla no precisamente aeroacondicionada comienza a adquirir corporeidad: las fuerzas reaccionarias del Opus Dei proclaman la Guerra Santa. Ante la venia del gobierno aprista, acomodaticio y ambivalente, atacan las instalaciones de la Católica, en el fundo Pando, San Miguel, Lima, Perú… Es un asalto ya anunciado. Las hordas bárbaras portan estandartes con la torva faz de su fundador, Escrivá de Balaguer -hace un tiempo vergonzosamente canonizado por el Vaticano, gracias a la poderosa influencia de la tenebrosa secta-.

Cipriani, digní­simo representante y lí­der local de la facción, esgrime la efigie del siniestro colaborador de Franco. Todos saben que el infame Escrivá despachaba en una oficina al lado de la que ocupaba el ignorante sátrapa, responsable de una guerra fratricida entre 1936 y 1939. El arzobispo limense vomita palabras inmundas contra la libertad de opinión, los derechos humanos, la democracia, la Comisión de la Verdad, el clima, los gatos en celo y contra todo aquel disidente que se haya atrevido a decir “no” a la máxima sandez: reclamar la administración de ese santuario del conocimiento sin cortapisas que siempre fue la PUCP.

La esperpéntica cruzada contra los que se niegan a aceptar ese tétrico monopolio de la moral y de las buenas costumbres parece anunciar un triunfo de los secuaces de cuello duro -con cara de Rafael Rey-, y las respetables matronas -parecidas a Martha Chávez- transformadas, por encantamiento satánico, en aguerridas defensoras de la fe. Los rosarios se convierten en hondas y El camino (hórrido manual del fundador de la secta), clonado hasta la saciedad, cambia su naturaleza y es ahora una batería de proyectiles, como los que las bestias franquistas lanzaron, en la heroica defensa de Madrid, contra los republicanos.

¿Habrá esperanza para quienes ahora se encuentran detrás de las rejas de la Av. Universitaria s/n, parapetados en barricadas que cuentan solo con la reflexión y la actitud del contestatario como única artillerí­a? La situación es dramática. Pero aún queda algún resabio de espí­ritu burlón y lúdico. Los estudiantes, docentes, trabajadores y egresados, que se baten por sostener la plaza hasta las últimas consecuencias, están disfrazados de Cipriani.

La pesadilla, felizmente, ya se disipa: ahora parece un edificante sueño, con algunos ribetes de erotismo. El enemigo se ha detenido; está anclado en la vereda de acceso al campus. Han quedado paralizados: ¿cómo dispararle a su lí­der, aunque se trate de una festiva máscara? El conductor de la manada grita, blasfema, defeca y micciona sobre sus tropas inmóviles. Sobreviene el suspenso: si venciera la turba del cardenal rabioso, protector de asesinos, ¿qué libros serían los primeros en precipitarse a las piras, semejantes a las perpetradas, explí­cita o implícitamente, por nazis, estalinistas, pinochetistas, militarotes argentinos y maoístas? ¿Primero los descarnados y hermosos versos de Blanca Varela? ¿Después arrasarí­an con las valiosas obras de Tito Flores Galindo? ¿Perdonarí­an al maestro José Antonio del Busto, solo porque fue católico practicante -olvidando los esbirros que él sí­ respetó las libertades universitarias-? ¿Henry Miller tendrá al fin su castigo por haber reivindicado al sexo y al soma como otra manera -quizá la más plena- de experimentar la trascendencia? ¿Todos los rebeldes del universo conocido irían a las hogueras de la sinrazón? Pregunta mayúscula que no será, por la gracia de los dioses, respondida ahora.

Las hordas de Cipriani no tienen la oportunidad de vulnerar el entrañable campus. Los estudiantes de Teatro y Artes Plásticas, conservando las máscaras, se despojan de sus vestiduras y quedan expuestos a la vista de sus enemigos tal como vinieron al mundo. Las muchachas han pintado, sobre sus delicadí­simos vientres y etéreos senos, la cara del Atila con sotana que sigue convulsionando de rabia en la puerta, ante la inacción de sus tropas. Los espumarajos que sus fauces destilan cambian de color; las asquerosas palabras que profiere hacen que un camionero palurdo de la Panamericana Sur parezca un lord que toma té y masitas a las 5 p.m., en el Club Nacional.

Las bellas ninfas se apartan para dar paso a los muchachos que, en gesto de desaire rabelesiano, ejecutan una danza de exorcismo. Al final de las complejas maniobras, los alegres pero firmes partisanos giran, se inclinan noventa grados y muestran sus reverendos glúteos a los caní­bales del espí­ritu que permanecen, alelados, en la puerta. También ahí­, en los traseros desafiantes, está perfilada la cara de Cipriani. A partir de ese momento, se produce una dispersión de la jaurí­a, una hecatombe entre los atacantes, que ahora son perseguidos, no por los defensores, sino por los fantasmas que su malhadado Escrivá engendró, aliado con el Crapulí­simo Franco -cuyo nombre siempre será maldecido religiosamente por los hombres y mujeres que no creen en dogmas esclavizantes-. El cardenal cómplice de dictaduras también huye, expectorado para siempre. Carnaval completo. Libaciones a los dioses y música hasta el amanecer. Lectura de poemas. Final feliz

Lo narrado es, como el inteligente lector se habrá dado cuenta, una modesta ficción. Es uno de tantos mundos posibles. Los nombres y hechos son tan solo una mera coincidencia. Lo que debe quedar muy claro es que la peste de la ortodoxia y la intolerancia está ahí­, oculta, aguardando cualquier descuido para invadir y corromper; destazar y quemar; violar y desgarrar. Ya lo habí­a dicho el inmortal Camus (quien, de ganar el Opus Dei, habrí­a ido directamente a las parrillas sin pasar por la Aduana o Migraciones). Dejemos las guerras mentales por hoy. Retornemos a la cruda, exasperante realidad. Alerta, defensores.

*Quiero agradecer a todos los amigos, antiguos y nuevos, que tuvieron la gentileza de saludar el inicio de esta columna y aportar con caballerosidad al debate, siempre abierto. Un abrazo especial para Gustavo Faverón y Daniel Salas, hoy en los Estados Unidos, y que desde esos lares contribuyen con rigor y talento al juego libre de ideas y al disenso crítico. Sus comentarios son estimulantes, y solo me comprometen a proseguir mi batalla contra el desencanto.

 

 

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LOBO DOMÉSTICO

 

DOS PLAGIOS

 

 

Por Leonardo Aguirre

 

Puede ser una perogrullada, pero no encuentro mejor manera de traducir mi entusiasmo. Sí­ntoma inequívoco de la calidad de un libro: apenas cierro la tapa, no puedo hacer otra cosa que correr a la computadora y tratar (vanamente) de escribir algo (vagamente) parecido. Es natural: lo primero que uno intenta es hacer un plagio. Sin embargo, para bien o para mal, el inconsciente termina por inmiscuirse y el cuarto o quinto borrador siempre es auténtico, propio, singular. Escribir es casi como tunear un auto. Mejor dicho, como lavar dinero. No hay otra forma de aprender a escribir: levantarse sobre los hombros de un gigante. Me ocurrió muchas veces, claro está, pero ahora me parece pertinente -ya veremos por qué- invocar esa pequeña joyita de Ribeyro titulada “Explicaciones a un cabo de servicio”. Pero debo decir que cuando lo leí­ no tení­a computadora y no me quedó más remedio que bosquejar un nuevo cuento, con lápiz, en los márgenes del libro. El resultado, como dije, es enteramente diferente y el homenaje, o robo, nadie podría verificarlo si no fuera por esta confesión: titulé mi conchudez como “Un blackbird en el Honey Pie” y la incluí­ en el único libro que publiqué a la fecha (es mi columna, así que me perdonarán el auto-bombo). Sin embargo, el núcleo puede ser aún reconocible: dos viejos compañeros de colegio que inventan, en una charla de sobremesa, cierto negocio tan lucrativo como impracticable (ahora que lo pienso, también dejé translucir mi devoción por “Sólo para fumadores”, pero eso es harina de otro costal).

Pues bien, aquí­ quiero recordar una epifaní­a del mismo cuño. El libro ya se publicó en el 98, en inglés, y la versión castellana de Emecé data del año siguiente, pero Las puertas del Edén, libro de cuentos del guionista, director y productor Ethan Coen, recién apareció en mi escritorio hace tres días (digo “apareció” porque un amigo lo dejó olvidado). Y entonces me ocurrió lo mismo que con Ribeyro. Ni bien terminé de leer el relato “¿Alguna vez estuviste en Electric Ladyland?” -el tí­tulo procede de la canción “Have you ever been (to Electric Ladyland)” de Jimi Hendrix-, me senté en la computadora (ahora la tengo) y comencé a pergeñar el consabido homenaje, robo, plagio o como quieran llamarlo.

La primera lí­nea de “¿Alguna vez…?” es incitante y urticante: “No sé. No lo sé. Un enfermo de mierda. Un enfermo y retorcido hijo de puta, eso es obvio”. Y la mención del cuento de Ribeyro también es oportuna porque la técnica se me antoja similar. En ambos casos, todo el relato consiste en un largo diálogo entre el protagonista sin nombre y un oficial de policí­a; pero nunca leemos, sólo deducimos, los parlamentos del segundo. Algo así como un diálogo partido o un monólogo tramposo.

El personaje de Coen es un exitoso manager de cantantes y grupos de rock. Y ese “enfermo y retorcido hijo de puta” se convierte, a pedido del oficial, en una lista enorme de los posibles responsables de cierto delito en perjuicio del manager. No diré cuál es ese delito porque el autor prefiría revelarlo en los párrafos finales. Bastará con decir que tuvo lugar en la mansión del protagonista y que, como en las películas escritas por Ethan (me fí­o de los créditos, pero ya se sabe que el binomio “hermanos Coen” es casi indivisible), resulta igualmente prosaico y grotesco. Los enemigos del afectado son legión -se entiende que alcanzó la cumbre pisando cabezas- y el policía rellena la libreta con nombres o apodos de viejos amigos, ejecutivos del rubro, los propios cantantes representados (o explotados), un par de vacilones y, cómo no, también la ex esposa. El manager no confía en nadie. Ni siquiera en su mascota (ya verán que el animalito también es importante). Incluso, la única persona que parecí­a estar libre de sospecha -la empleada chicana llamada Costanza- motiva estas palabras: “Una mujer adorable. Ahora bien, ella sí­ me gusta. Una persona verdadera, hecha y derecha, no como estos. Permí­tame decirle, agente, esa es la única persona que no tiene que poner en la lista. Le digo eso. Aunque quién sabe. Quizá bien abajo en la lista. Quién sabe. Quién sabe qué piensa esa gente”.

La enumeración de hipotéticos agresores sirve de pretexto para el esbozo de personajes secundarios tan peculiares que cada uno podrí­a provocar un relato independiente. Por ejemplo, recuerdo a un cantante que sorpresivamente se convirtió al islamismo y cambió de nombre. Pero, claro, el protagonista lo recuerda con mucha más gracia: “Quiero decir, yo conozco el proceso mental de Kenny. Después de que salió Traveler él tení­a toda la plata del mundo, y todas las conchas del mundo, sabe, más conchas que Jesús. Y los apóstoles. Y entonces él piensa, hey, un momento, conchas a la carta y aun así yo no soy absoluta, positiva y perfectamente feliz, carajo; ¿qué mierda esta pasando? ¿Dónde hay que anotarse para esa mierda de la felicidad total? Y si uno no es muy brillante -y, créame, agente, Kenny Ramen es un gran tipo pero ningún Einstein- entonces uno empieza a prestarles atención a estos retardados de mierda que venden entradas para la felicidad absoluta-positiva-perfecta y lo que mierda sea. Y pum, inmediatamente después uno está sentado en un paí­s miserable donde no lo dejan beber alcohol y las chicas huelen a papas fritas caseras”.

Sobre todo, mientras raja de colegas y falsos amigos, el agredido revela (se define a sí­ mismo definiendo a los otros) el accidentado periplo profesional que lo convirtió en un “pelotudo ejecutivo trajeado”, muy cí­nico y muy alpinchista, que quizá se despacha con el policía porque ya no le queda ningún amigo con quien hablar. Cuanto más éxito tienes, más solo estás: no hay mucho campo en la punta de la pirámide. Sin embargo, hay que ver como Ethan se las arregla para ponerle ají­ a la ensalada de hierbas amargas (ojo que, páginas atrás, hay un cuento sobre judí­os). Digamos que el raje es bastante piadoso. 

Es sorprendente -envidiable, plagiable- la habilidad de Coen para crear un personaje sólido y próximo (en última instancia, el lector tiene la impresión de estar conversando directamente con él), sin valerse de descripción alguna y a punta de exprimir el recurso del diálogo “unívoco”. En una entrevista, Ethan confesó lo siguiente: “A veces soy impaciente y me comprometo poco con lo que leo. Suelo saltar de un bloque de acción a otro. Con frecuencia me aburren los pasajes descriptivos y reflexivos en un texto”. Compromiso: tal es el mayor acierto de Coen. Si no logras comprometerte con este cuento desde el pitazo inicial, estás hecho -como dice la salsa- de metal, de madera o de cartón. 

Hay que decirlo con todas sus letras: “¿Alguna vez estuviste en Electric Ladyland?” es un cuento genial. Pero no es la única joya de la corona. Las Puertas del Edén incluye otras piezas notables como “Destino”, “Héctor Berlioz, investigador privado”, “Los muchachos”, “Una fiebre en la sangre” (otra apertura audaz: “Él estaba tratando de arrancarme la oreja de un mordisco”) y, por supuesto, el cuento que da nombre al volumen. Bueno, también hay chauchilla: “Un cuento del tío Marty y Johnnie Ga-Botz”. Aquí­ no hay espacio para exaltar las virtudes de cada relato, pero bastará decir que el volumen cumple con las expectativas del que ya ha visto películas brillantes escritas por Ethan (v.g.: O brother, where art thou?, The man who wasno´t there, Intolerable cruelty o Fargo). De hecho, Las puertas del Edén reproduce en el papel las peculiaridades de la filmografí­a Coen: sangre a chorros, tramas absurdas pero calculadas al milí­metro, anécdotas nimias que disparan consecuencias graves, trivialidades en primer plano, parlamentos antológicos, personajes de cartoon (pero no de cartón), y, sobre todo, un humor muy eficaz, a ratos físico y a ratos lingüístico. Y es lógico que eso suceda pues el autor ha confesado que escribió estos cuentos entre rodaje y rodaje.

Si bien es cierto que Ethan Coen (Minneapolis, 1957) debuta con este libro en la parcela de la ficción literaria, está claro que tampoco es un “simple” guionista en busca de prestigio intelectual. Ni falta que le hace: sus pelí­culas son celebradas, en igual medida, por el gran público y la crítica snob. Más bien, podrí­a decirse que quien escribió -solo por poner un ejemplo- ese collage de géneros disí­miles (en palabras del blogger José Luis Hurtado, “eleva el estatus de grasiento frito a la categorí­a de manjar”), ese museo de tiernos esperpentos, esa origi­nalísima re-versión de La Odisea que es O brother, where art thou?; quien ya ganó el Oscar a mejor guion por otro lote como Fargo; quien se graduó en Princeton con una tesis sobre Wittgenstein; quien publicó cuentos en Playboy y Vanity Fair… con esos antecedentes, digo, tampoco resulta extraño que el hermano menor del célebre dueto sobrepase la mera transcripción de libretos inconclusos. Ethan no se detiene en los gags y las peripecias intrigantes; acomete también afortunados experimentos formales y una prosa milimétrica (no digo “económica” porque, habitualmente, se trata de un eufemismo para adornar la carencia de nervio; este, definitivamente, no es el caso).

Escribí­ más arriba que “¿Alguna vez…?” me impulsó, en el acto, a escribir un cuento (acaso) equivalente. Lo estoy haciendo. La receta es simple: conchudamente copiaré la técnica del diálogo uní­voco y, en lugar de un manager, mi protagonista será un crítico literario. Suena paradójico, pero el robo es honesto (dicho de otro modo: impulsa mis pulsiones). Porque mis detractores también son legión (cada dí­a, en la blogósfera, mi lista crece como la del tombo) y ya hubo quien, como se sabe, merecía una denuncia policial. Naturalmente, es muy probable que, conforme avance el proceso de escritura, la impronta de Ethan se vaya esfumando. Y, por otro lado, también es probable que no consiga repetir el prodigio de este nuevo santo de mi panteón (a la diestra de Julio Ramón y a centí­metros de David Shore). Ya que (aún) no hago prodigios, me conformo con hacer proselitismo.

 

 

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Carta Abierta de la Cámara Peruana del Libro

 

Con el propósito de difundir las preocupaciones en torno al destino de la Ley del Libro, recibida hace unos años con tanta emoción y expectativa, reproducimos la carta abierta de la Cámara Peruana del libro publicada el dí­a de ayer en diversos medios impresos. Alentamos la discusión de cualquiera de sus puntos y agradecemos a Liliana Minaya, administradora de la misma institución, quien gentilmente nos autorizó la divulgación del texto (Mario Granda).

 

Señor Presidente de la República, Dr. Alan García Pérez
Señora Presidenta del Congreso de la República, Dra. Mercedes Cabanillas
Señor Presidente del Consejo de Ministros, Dr. Jorge del Castillo

 

1. La Ley de Democratización del Libro y de Fomento de la Lectura, Ley N° 28086, del año 2003, fue promulgada con los objetivos de crear conciencia pública del valor del libro, incentivar la creatividad de los autores peruanos, fomentar el hábito de la lectura, desarrollar la industria editorial nacional y promover el sistema nacional de bibliotecas, entre otros.

 

Los objetivos de la Ley del Libro no están siendo cabalmente cumplidos, debido a:

a. Los autores nacionales están siendo afectados económicamente al habérseles suspendido la exoneración del pago del Impuesto a la Renta a sus regalí­as por derecho de autor. Solicitamos la prórroga de este beneficio de exoneración.

b. Las universidades, colegios profesionales y organismos no gubernamentales, al no estar comprendidos dentro del ámbito de la ley, han sido discriminados de los beneficios de la misma. Solicitamos la incorporación de estas entidades a los beneficios de la Ley del Libro.

c. Los beneficios de reintegro tributario y crédito por reinversión son excluyentes y marginatorios, puesto que impiden el acceso de las pequeñas editoriales y autores independientes a los beneficios de la ley. Solicitamos la eliminación del monto mí­nimo para acceder a estos beneficios.

d. Las instituciones encargadas de proporcionar y/o devolver beneficios tributarios, Biblioteca Nacional y SUNAT, han establecido procedimientos complejos y no cumplen los plazos correspondientes para la tramitación de la devolución del IGV. Solicitamos la exoneración directa del IGV en la producción editorial. Mientras tanto, se solicita la inmediata agilización de los trámites y el cumplimiento de los plazos y de los principios de la Ley del Libro.

e. El Sistema Nacional de Bibliotecas no se ha fortalecido, impidiendo la promoción de la lectura en la población peruana. Solicitamos que el Gobierno destine los fondos necesarios para fortalecer este sistema.

f. El Ministerio de Economía y Finanzas no otorga el beneficio tributario de los aranceles preferenciales a los bienes para uso de la industria editorial, que dispone la Ley del Libro. Solicitamos que el MEF respete lo establecido por la ley.

g. El Gobierno, hasta la fecha, no ha diseñado ni aplicado un sistema organizado de lucha contra la piraterí­a del libro. Solicitamos que las entidades gubernamentales correspondientes intervengan en forma más decidida para superar este problema.

h. La Biblioteca Nacional no ha cumplido con crear el FONDOLIBRO destinado a la financiación y difusión del libro y productos editoriales. Asimismo, la Corporación Financiera de Desarrollo no ha creado el Fondo de Promoción COFIDELIBRO. Solicitamos que estos organismos sean creados en forma inmediata y cumplan sus objetivos.

i. Las actividades de PROMOLIBRO son insuficientes, todavía, para promover en forma dinámica el desarrollo de la industria editorial nacional al no cumplir con todas las funciones asignadas por la Ley. Solicitamos el cumplimiento de las funciones asignadas a esta entidad en el campo de la industria editorial.

 

2. Expresamos nuestra preocupación por la norma del Ministerio de Educación para el año 2007 que prohí­be que los padres de familia de las instituciones educativas del Estado adquieran textos escolares. El derecho de la lectura y la libertad de seleccionar textos es un legítimo derecho del profesor y del padre de familia, que no puede ser recortado. El actual rol editor de textos escolares, que el Ministerio de Educación está realizando desde la década del 90, está afectando el desarrollo de la industria editorial del país.

 

 

CAMARA PERUANA DEL LIBRO
Lima, 14 de marzo del 2007

 

 

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LA PAPAYA MECÁNICA

 

Yo también quiero (tentar) un Oscar

 

 

Por Diego Cabrera

 

Nunca he sido partidario del Oscar y, gracias a sus traductores locales, menos del que se transmite en el Perú. Lo que sucedió durante la última entrega parecí­a una broma más cruel que Mario Velásquez emulando a Montesinos en Mariposa negra: El laberinto del fauno de pronto se convirtió en “El laberinto del Pan”, bromato incluido, cortesí­a de una desubicada “traductora profesional”.

Los señores de Frecuencia Latina deberí­an ser más cuidadosos al momento de elegir quién le pondrá la voz a la fastuosa ceremonia. Dicen los entendidos que cada veintipico de febrero o primera semana de marzo, el conocimiento y la espontaneidad de Pepe Ludmir se extrañan más que nunca. Lástima que por esos años la palabra Oscar solo me remitiese al tí­o de mi primo y no al tí­o de una bibliotecaria de la Academia de Hollywood. Mi afición por el cine es relativamente reciente, mientras que mi indiferencia por El Oscar pareciera ser patrióticamente eterna e insoportablemente crí­tica. Tengo que admitir que a medida que la fiebre provocada por la estatuilla dorada va en ascenso empiezo a sentirme el crí­tico más hipócrita del mundo, el más ignorante y el más despreocupado. Y es que a mí El Oscar no me quita el sueño, sino que me lo da. Y mientras más expectativas me genera, más rápidamente quedo rendido.

Me pasa desde que lo comencé a seguir con culposa devoción, allá por el 2001, y este 2007 no fue la excepción. Mis expectativas eran mí­nimas, pero me hubiera gustado ver más situaciones fuera del libreto, como la del otrora genial Martin Scorsese recibiendo de manos de sus amigos Lucas, Spielberg y Coppola el Oscar a Mejor Director, el mismo que le fuera negado injustamente en varias oportunidades; el loable y emotivo discurso de Ennio Morricone; y a Ellen “DeGenerate” en sus dos momentos memorables, uno al lado de Clint Eastwood, e inmortalizado por Spielberg, y otro con un guion de por medio y protagonizado por el buen Marty.

Justamente, hablando de libretos, antes, durante y después de la ceremonia, el crítico local también tiene un papel que desempeñar y que comienza oficialmente el dí­a de las nominaciones. Para estar al dí­a con la fiesta más grande del cine, es necesario conocer a los invitados. Solo despertándose alrededor de las ocho de la mañana y gracias a la televisión por suscripción, se podrá confirmar las sospechas que semanas atrás habí­an comenzado a circular tibiamente en las funciones de prensa, o en algún otro epicentro crí­tico. Luego, se empezará a tejer conjeturas que se reproducirán como gremlins (a pesar de que siempre irrumpa alguna voz autorizada para postular candidatos ficticios, sobre todo en Plus TV). Finalmente, tras algunas semanas de bisbiseos, llega la noche en la que se conocerán los usualmente obvios ganadores. Es ese dí­a cuando el papel se vuelve más exigente que nunca.

Este año fue casi inhumano. Sentados tres horas y media frente al televisor, soportando estoicamente los alaridos, musicalizados y discursivos, de Jennifer Hudson, juegos de sombras casi tan aburridas como El bien esquivo, deliberaciones paradójicas como la de Infiltrados y un sin fin de torturas que sumadas a una traducción desapasionada, a destiempo y desinformada merecen poco menos que una expiación crí­tica.

Debo aclarar que mis discrepancias con la premiación norteamericana poco tienen que ver con las que suelen sostener otros cinéfilos, que se basan sobre todo en un snobismo normativo del tipo independiente vs. hollywoodense, irrepetible vs. serial, elitista vs. masivo, serio vs. ligero, espiritual vs. mundano, vanguardista vs. anacrónico, etc. Mis diferencias tienen que ver con cuestiones formales, estilísticas y, sobre todo, ideológicas, más aún luego del cinismo demostrado por la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas tras la última ceremonia.

Nada más falso que decir que la edición del mes pasado puede ser considerada como la más pluricultural de todas. Si bien es cierto que hubo una gran presencia latina entre los nominados, una vez concluida la ceremonia podemos decir que la misma no fue, y probablemente nunca llegará a ser, determinante. La Academia de Hollywood es incapaz de mirar más allá de lo que les conviene, por ello la máxima distinción que nos corresponde en su empresa es una suerte de “empleado del mes”. Por ello, solo son capaces de nominar a directores que recrean la Latinoamérica actual desde su lado más complaciente, exótico, y miserabilista (Salles, Meirelles, el primer Cuarón, y, sobre todo, Gonzáles Iñárritu). Es una sentencia que nos condena a roles secundarios, a veces no correspondidos con el talento, pero siempre oportunos para un tercermundista.

Por otro lado, dado que el Oscar es un reconocimiento de la industria del cine para la industria del cine, nuestro paí­s está tan cerca de obtener una nominación como de llegar al Mundial de Fútbol. Por estas tierras no solo no cumplimos los requisitos mí­nimos para ser parte de la lista de invitados, sino que ni siquiera existimos. Un paí­s sin industria, sin un marco legal y gubernamental que la fomente, sin empresas que la respalden, sin universidades y escuelas (privadas y públicas) que formen cineastas capacitados para nutrirla, sin cultura cinematográfica, sin lideres de opinión dispuestos a informar con la verdad y no condicionados por amiguismos nocivos, y sin un público que la demande, jamás será capaz de hacer algo realmente significativo como cinematografía.

A pesar de que en los últimos años el panorama pareciera ser otro gracias a jóvenes realizadores como Josué Mendez, Claudia Llosa o Gianfranco Quatrinni, la gran mayorí­a de los demás directores no tiene una formación profesional en el exterior. Si no emprendemos un cambio estructural, nuestra cinematografí­a permanecerá en la inconstancia, la desazón, la marginalidad, la ignorancia y el anonimato. Tendremos que resignarnos, para variar, a sentir envidia sana por nuestros vecinos argentinos, colombianos, brasileros y mexicanos, quienes esperan un reconocimiento verdadero, mediáticamente fundamental, y económicamente rentable, mientras nosotros esperamos al menos una nominación sentados frente al televisor.

 

 

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EL HOMBRE QUE MIRA EL MAR

columnistas81.jpgPor: Carlos Calderón Fajardo

 

AMOS OZ, JORGE VOLPI: Muerte y renacimiento del realismo

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Siempre pensé  que para escribir un cuento o una novela tenía que contar algo que pareciéndose a la realidad fuese otra cosa. Pero siempre también fui consciente de que toda literatura, por más fantástica que fuese, se refería siempre a algún tipo de realidad. Lo que se denomina “Realismo” ha ocupado sólo una corto tiempo en la larguísima vida de la historia universal de la literatura. Alcanzó su apogeo en la novela occidental del siglo XIX. Estas novelas extraordinarias, qué duda cabe, y realistas en un sentido clásico, fueron demolidas en las primeras dos décadas del siglo XX. Un conjunto de escritores (Proust, H. James, Joyce, Kafka, V. Wolf, Celine, Musil, Broch, Faulkner) al partir de la problemática del individuo, cambiando el acento anteriormente puesto en la sociedad, revolucionaron el arte de narrar. Es decir, se metieron con la subjetividad de los personajes y esto creó lo que conocemos como la novela de la modernidad tardía.

Este camino se siguió enriqueciendo por la obra de otros escritores de todas las literaturas del mundo hasta llegar al paradero final. Al límite último. Burroughs y sobre todo Samuel Becket. En las novelas de Becket todo ya ha sido demolido, los personajes, su psicología, la reconstrucción del escenario histórico, la trama, la estructura, los sentimientos, los valores, etc. Becket escribe una novela sobre la nada y no cuenta nada. Se pensó que se había llegado al fin de la novela como género, porque simplemente la modernidad había concluido. Y la novela era la expresión emblemática de la modernidad en el terreno de lo simbólico. Luego Hitler y Stalin firmaron el acta de defunción de la modernidad, para que en el mundo se inicie una nueva era. Pero en el Perú en esos años, en los 60, aparecían los primeros signos de una sociedad “moderna”. Y nacía, con Arguedas y Vargas Llosa, la novela moderna peruana. Es decir, en el Perú la novela moderna nace en el momento en que en el mundo fenece. A diferencia de otros países de América Latina, en el Perú el realismo se hizo apabullante. Para alguien que tenía una formación literaria y de vivencias algo más amplia que la sólo limitada al marco geográfico peruano, le ocurrió que al mirar hacia donde mirase en el Perú encontraba narrativa realista. La academia (con excepción de algunos trabajos muy raros y valiosos como “Lo fantástico en el Perú” de Harry Beleván) se encargó de acallar expresiones de otro tipo de narrativa que escapase al dogma. La narración no realista fue minimizada, ninguneada, soslayada. Incluso se  pecó por delito de ocultamiento premeditado al dejar lo elementos fantásticos en algunos autores, cuya parte de su obra narrativa no era realista, como el Vallejo cuentista, o lo fantástico en la narrativa de Ribeyro. Sepultaron a Manuel Beingolea y a Clemente Palma (cuyo cadáver acaba de ser exhumado no para que lo lea el gran público sino para deleite de lectores aficionados a escritores raros.) Lo mismo hicieron en Ecuador con su narrador más importante, Pablo Palacio. Se confundía “realismo” con posiciones progresistas de izquierda, sin percatarse que había escritores realistas de izquierda, y escritores realistas de derecha. Es que todos eran realistas. Era como una enfermedad congénita. ¡Hasta yo era realista! Nadie podía librarse del realismo. El que lo hacía corría el riesgo (y lo sigue corriendo, aunque parezca mentira) de caer bajo la acusación  (stalinista) de cosmopolitismo; acusado de decadente, europeizante, agente del imperialismo; individualista, egoísta, que ignoraba la imperiosa voz de la colectividad creyéndose genio. Hasta que cayó el muro de Berlín y los realismos se vinieron abajo. Y en los 80 empezaron a aparecer algunas manifestaciones no realistas en nuestra literatura. En los 90 se abrió el abanico, y en los 2000, los narradores realistas son los menos interesantes y en mucho menor cantidad. Y en el Perú, el realismo que había funcionado como “canon perpetuo” (que es el título de una de las novelas de Bellatín) empezó a sentir que se abrían grietas por todas partes. ¿Pero desapareció la narrativa realista en el Perú? De ninguna manera. Vargas Llosa, Ribeyro, Bryce, Scorza, Miguel Gutiérrez. O Reynoso, Gregorio Martínez, Ampuero, Cueto, etc. continuaron leales al realismo. Era una cuestión de estado, un problema de importancia nacional. Los escritores no realistas sufrían de una enfermedad peligrosa y muy contagiosa que ponía en riesgo la salud del país, la identidad de los peruanos y hasta el desarrollo económico. Vargas Llosa y Miguel Gutiérrez estaban en desacuerdo hasta en la forma de toser, pero en algo estaban en la misma trinchera: la defensa a ultranza del realismo. Pero el mundo había empezado a abrirse, y se comenzó a mirar hacia fuera más que hacia adentro. Un primer descubrimiento fue dentro de la casa grande: Borges, Rulfo, García Márquez, Cortázar, Arreola, y muchos más, no eran realistas. Y cuando se miró más allá, en la década de los 90, en busca de los mejores narradores del mundo, ahí estaban Tabucchi, Bufalino, Eco, Pitol, Bolaño, Paul Auster, Murakami, Thomas Bernhard, Peter Handke, Amis, Barnes, Ishiguro, Coetzee, Vila-Matas, Javier Marías, etc. Los mejores narradores del mundo. ¿Eran realistas a la manera como entendíamos el realismo en el Perú? No, no lo eran. ¿Entonces qué eran? Porque realistas de alguna manera sí eran. A mí no se me ocurrió otra forma que recurrir a un oximoron: el realismo fantástico. Algunos se rieron de mí, dijeron que ese era un disparate (me imagino que han visto la película “El laberinto del fauno”, es un típico ejemplo de realismo fantástico) Entonces me pregunté, ¿se puede escribir una novela fantástica? Por supuesto que sí, y se han escrito muchas y desde siempre. ¡Pero siempre han sido minimizadas en su valor o soslayadas!. La novela moderna para algunos es realista o no lo es. Sólo que además de negar la existencia de novelas no realistas, no aceptan que hay muchas formas de ser realista. Pero desde hace tiempo ya que la ciencia y la misma filosofía han demostrado que todo depende desde qué ángulo se vean las cosas y cómo se defina lo que se entienda por realidad.

2

¿Se puede decir “Las aguas cubren el mar”? Esta es una frase extraída de una novela del escritor israelí Amos Oz: Un descanso verdadero. (Siruela, 2005) ¿Es que hay algo escondido debajo del agua que es el mar? ¿La literatura consiste en hablar sobre un mar sumergido debajo de las aguas que es la realidad? La novela de Amos Oz es una novela realista. Dos son los personajes principales: dos caracteres opuestos que personifican el destino de una nación: Israel. A través del personaje Yonatán Lifschitz se narra la vida en el kibbutz, célula esencial de la vida israelí. El otro es Azarías Gitlin, un idealista arrastrado por la diáspora, el otro lado del drama israelí: el del judío errante, que busca un lugar al cual llamarle patria. Pero la novela de Amos Oz no es una novela edificante, escrita para favorecer desde la cultura la constitución del Estado de Israel. Amos Oz ha sido acusado de traidor por muchos israelíes por ser un luchador por la paz entre judíos y palestinos. Y su novela Un descanso verdadero además de ser una novela de lo hermosamente sumergido bajo las aguas de lo que llamamos Israel, es la expresión novelada de una terrible crítica a lo que es el Estado de Israel en la actualidad. Yolek, uno de los personajes de la novela, escribe una carta en la que se lee lo siguiente:

“El verdadero culpable no es otro que Ben Gurión: él, con su obsesión cananea de que tengamos aquí toda una generación de nemrodes, gedeones y jeftés, y de que el país se llene de lobos esteparios y no de jóvenes estudiantes de religión. Adiós a Marx, Freud, Einstein, adiós a Menuhin, Jascha Heifetz, adiós a Gordon, Borochow y Berl, de ahora en adelante dadnos a Job, a Abisai ben Seruyá, a Ehud ben Guéra, a Abner Ben Ner, a los bronceados por el sol, a los ignorantes, los necios y los expertos en la guerra. ¿Y qué saldrá de todo este abracadabra? Saldrá Nabal el Karmelí, te lo digo yo, y todos los impíos como él. Tú mismo estás rodeado ahora de bandidos de ese tipo, de kulaks salvajes a los que Ben Gurión sacó de sus tierras, leones corpulentos, pandaros heroicos, granujas sin cerebro, cosacos circuncidados, jinetes beduinos de la Biblia, tártaros  de confesión mosaica. Por no mencionar a todo tipo de personas despreciables: los jóvenes indecentes, los calculadores, los relamidos, los diplomados, los que llevan traje y alfiler de plata en la corbata, los arrogantes con elegancia americana, los mundanos en versión anglosajona, no como nosotros, que éramos unos necios provincianos, unos judíos pillos y religiosos, unos soñadores y unos enamorados de las ideas. Por favor, no te enfades, es nuestra forma de hablar: te estoy escribiendo llevado por la emoción.”

¿Qué tipo de realismo es el de Amos Oz? Uno que combina la verdad histórica y la ficción. Y no se trata de un realismo edificante y sentimental. El realismo de Oz es desencantado, un realismo en busca de la verdad y no comprometido con ideología de ningún tipo sino contraventor a toda forma de ideología.

3

Hace ya más de veinte años, después de haber leído un libro del sociólogo Nelson Manrique sobre la gesta del Mariscal Cáceres, un libro escrito con prosa de gran calidad, llena de personajes extraordinarios y peripecias novelescas, terminé la lectura con la sensación de haber leído una gran novela. Le pregunté a Nelson por qué no escribía una novela, ya que tenía toda la capacidad para poder hacerlo. Él me contestó de manera contundente: “Yo no puedo mentir. Nunca he podido hacerlo.” Y ése era un precepto fundamental en nuestra novela: la novela era un mundo sustentado sobre la mentira. Nada en él era verdad, sino ficción. Sin embargo ya Truman Capote había escrito una novela de descripción pormenorizada de la verdad real: A Sangre Fría. y Peter Handke, el novelista austriaco, publicó una novela describiendo minuciosamente cada minuto de la agonía de su madre. Pero ahora con el novelista mejicano Jorge Volpi (1968) la novela se presenta como una crónica sobre la verdad histórica. La verdad es el centro de la novela. Pero la novela permite describir, ahondar, en cómo los hechos históricos se expresan, o dejan su marca, en la subjetividad de los individuos. Esto es lo que ocurre en la novela No será la tierra (Alfaguara, 2006).

La novela tiene como escenario diferentes lugares del mundo, sobre todo la Unión Soviética. No México. El que narra la novela no es mejicano, es ruso. Méjico no aparece una sola vez en una novela de 600 páginas. Es una novela sobre la historia de la humanidad en el siglo XX. La novela podría haber llevado el título: “El Ocaso de los Verdugos”. Pero también es una novela sobre los efectos catastróficos que los adelantos científicos le ocasionan a la vida de los hombres y al mundo, desde el peligro del uso de la energía atómica hasta el de los adelantos de la genética. Pero sobre todo No será la tierra es la crónica del pasó de la Unión Soviética comunista a la Rusia neo-liberal. El narrador de la novela se pregunta: ¿Qué habremos hecho para caer en este infierno o en este limbo que es Rusia? Aquí solo habitan los espectros. Si pudieses ver a Gorbachov, un leñador en traje de burócrata, o a Yeltsin, un campesino alcohólico y alcohólico, tu risa se trocaría en llanto.” (pg. 331) El narrador de la novela es un escritor que está escribiendo una novela: En busca de Kaminski.  Una novela sobre la historia del final de la Unión Soviética y la historia del triunfo del capitalismo en Rusia. Pero en la novela no se lee nada sobre esa novela, sino lo que leemos es la verdad pormenorizada de la verdad histórica que es el marco de En busca de Kaminski, la novela que el lector nunca llega a leer. La novela cuenta la verdad histórica, en el mundo y en especial en la Unión Soviética, desde los años veinte del siglo XX hasta principios del siglo XXI. La entrada de Volpi al análisis del poder en el mundo es la de un historiador documentado y feroz. Stalin es descrito como la bestia que fue, relatando con minuciosidad todos sus crímenes de lesa humanidad en la jerga que se usa para calificar sobre todo el terrorismo de estado. No será la tierra nos cuenta, nos informa sobre las atrocidades de Stalin contra la inteligencia rusa, pero la crítica se extiende a los reinventados nuevos nacionalismos rusos, a la iglesia ortodoxa rusa como una de las instituciones que más ha sojuzgado al pueblo ruso. Después de extensos capítulos, que son los de la novela de terror del stalinismo que supera cualquier novela de terror, Volpi describe la época de Gorbachov en la que miles de personas se dedican a robar las industrias estatales, las desmantelas y las venden en trozos y a eso le llaman “El proceso de privatización”. Escribe Volpi: “La acumulación inicial en una economía de mercado es de naturaleza casi animal. Siempre hay unos cuantos individuos dispuestos a enriquecerse y a aprovechar las ventajas”. El 2 de enero de 1982 Yeltsin ordena la liberación de los precios de consumo. En el lapso de unas cuantas semanas, el 99% de los ciudadanos rusos pierden sus ahorros. El pánico, el llanto, el dolor y la rabia inundan las ciudades, pueblos y aldeas. El equipo del  FMI celebra la medida como un gran acontecimiento. Lo que importa es transformar el país, o lo que queda del país, en una economía de corte liberal. ¿Y el sufrimiento de la gente? Eso no les importa. Uno de los personajes de la novela exclama: “¡Los comunistas no pudieron acabar con Rusia en setenta años y los demócratas están a punto de lograrlo en dos!”. La novela de Jorge Volpi es clara en su mensaje: la Unión Soviética se erigió para crear una vida mejor, superior a la capitalista y creó un horrible engendro llamado engendro soviético. Este engendro fue finalmente derrotado para que los rusos vivan felices y se cayó en el capitalismo de libre mercado. Chacales fueron reemplazados por lobos. ¿Qué tipo de realismo es el de la novela de  Volpi? La novela se vale de medios de la novela para contarnos la verdad de la historia. Y el novelista Volpi es capaz de crear un personaje extraordinario: Oskana Gorenko, una poeta que escribe un poemario cuyo título es No será la tierra. Oskana Gorenko vive para rendirle culto a la poeta Anna Ajmatova, es decir al alma rusa. La Ajmatova es guía y modelo de Oskana Gorenko. La Ajmatova la única que queda en pie, como última muralla frente a la barbarie, cuando todos los demás han caído. Oskana vive escribiendo aforismos, poemas canciones, relatos y fragmentos dispersos, todos dirigidos a Anniushka, a su adorada Anna Ajmatova. Volpi el documentalista, al escribir sobre Oskana, escribe sobre lo que no se puede documentar. Oskana le escribe a Anna Ajmatova para decirle: “Me considero una apátrida. Nací en una nación muerta. Me considero ciudadana de la Nada, ostento un pasaporte de ninguna parte. Tal vez yo tampoco existo, soy una ilusión o un error de cálculo, un daño colateral, una ruina. Soy un anacronismo y mi nombre es nadie.” Suscribo las palabras de Oskana como mías. Me siento como Oskana. Lo que dice Oskana sobre ella, lo podría ser yo sobre mí mismo. Pero lo escribió Volpi, que es no es la rusa Oskana, y tampoco es peruano, ¿Importa que sea mejicano?
Coda. La literatura universal, la narrativa, si consideramos cantidad de producción en el tiempo es mucho más fantástica que realista. Desde Homero hasta Cervantes, y después de Cervantes, la literatura ha sido mayor en cantidad e igual en calidad por el lado fantástico que por el realista. El realismo como lo entendemos hoy es sólo una forma de encarar la relación entre lo literario y lo real en una pequeña fracción de tiempo de la historia. Pero este tipo de realismo ha estado indesligablemente vinculado a la novela moderna. Aunque ha habido novela fantástica y muy buena siempre, Serafita de Balzac, Las almas muertas de Gogol, Dr Jeckill y Mr Hyde de Stevenson, Viajes de Gulliver de Swift, las novelas de H.G. Wellls, Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, La metamorfosis de Kafka, y muchas más sólo por citar algunas. Y, por supuesto, la obra de Julio Verne, un gran novelista francés del siglo XIX, calificado de novelista menor por el delito de ser popular, ninguneado por los mismos que menospreciaron a lo fantástico en el Perú. Sobre el cuento ya ni qué hablar. Los mejores cuentistas de la historia han sido narradores de cuentos fantásticos. Pero el realismo no debe tampoco ser menospreciado. El realismo es un fenómeno en constante mutación. Ahora asistimos a una multiplicidad de “realismos” unos más cerca de las aguas del mar y otros al mar mismo. En Travesuras de la niña mala de Vargas Llosa lo importante está debajo de la superficie de lo que se narra. En Amos Oz y en Volpi lo “real” es tan poderoso que no es necesario de la mentira para crear una novela. El pacto con el lector es distinto al que firma Vargas Llosa. Estos novelistas no pretenden contar una mentira que el lector admite que es una mentira, sino lo que se proponen son contar una novela sobre las verdades “reales” que poseen tal intensidad que son novelescas. ¿Hay mentira en este tipo de ficción? Hay dos verdades juntas: la verdad de la historia y aquella verdad que es literaria. Sartre decía en sus últimas opiniones, reformulando sus posiciones sostenidas en su teoría sobre el “escritor comprometido”. Sostenía que “la capacidad de la literatura es poner en cuestión lo real, que de allí dimana su poder, tanto de la literatura llamada realista como de la fantástica, lo mismo que de la comprometida que la de evasión” (Entrevista con Sartre. Madeleine Chapal. 1967). Y en una entrevista con Ives Buin, para la revista Clarté, en 1964, concretamente sobre el realismo, Sartre afirma lo siguiente: “Al mismo tiempo, la materialidad de la obra admite una profunda estructura de imaginariedad”  Y en la misma entrevista recalca que lo más fundamental en el arte es lo imaginario y califica a Kafka como autor realista. Lo que sí se puede decir es que la novela, sus formas realistas y las constitución de los estados nacionales son fenómenos estrechamente ligados, pertenecen a la fase del desarrollo humano conocido como la Modernidad.. Los dos hijos de la Modernidad, el liberalismo y el marxismo, el de la dictadura del proletariado y la dictadura del mercado, postulaban dos tipos de realismo: los liberales, el realismo crítico; los marxistas, el realismo social (revolucionario). Con la crisis de la Modernidad estos dos modelos entraron en crisis. La actual novela realista al estilo de Amos Oz o de Jorge Volpi, no busca contribuir a la formación de una identidad nacional ni al fortalecimiento de los estados nacionales. En un mundo ya sin certezas absolutas, sin dogmas, sin religión, con desprecio a los cultos oficiales. Cuando se abusa de la fuerza bélica desvergonzadamente asesinando a inocentes en países del Tercer Mundo para robar recursos naturales. Cuando se atenta contra la ecología y el medio ambiente, poniendo en peligro la supervivencia de la humanidad, se crea una conciencia apocalíptica. Y, por ende, una novela realista de carácter desencantado y apocalíptico como la de Volpi. Me imagino que Baudrillard murió pensando que por desgracia tenía razón.

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ENTREVISTA A DANIEL F

daniel f.jpg“Nadie puede pedirme que sea lo que no puedo ser”

 

Por: Francisco Ángeles

En 1983, Daniel F, Kimba Vilis y Leo Scoria formaron la mítica agrupación Leusemia, acaso la más importante banda de rock de nuestra historia y la principal animadora de la movida subterránea que en la década de los ochenta crecía en Lima. Tras una largo receso entre 1986 y 1995, la banda reaparece por todo lo alto con el disco A la mierda lo demás, y desde entonces no sólo mantiene su vigencia y sorprende con un disco siempre distinto del anterior, sino que sigue incrementando su ya inmensa legión de seguidores. A continuación presentamos la extensa conversación que sostuvimos con su fundador y líder.

LOS OCHENTA, EL MOVIMIENTO SUBTERRÁNEO

Empecemos hablando la época inicial de Leusemia. ¿Cómo surge la idea de formar la banda?
La idea de hacer una banda está en la mente de cualquier chibolo que le gusta la música y va a conciertos. Es normal que uno quiera emular a sus héroes. Pero en esa época era difícil, mucho más que ahora. No había ni instrumentos, y recién se empezaba a formar una movida. El rock, como dice el mismo Gerardo Manuel, dejó de funcionar en el Perú en el año 72. Se dejó de grabar y los grupos se desintegraron.

¿La larga etapa de dictadura militar fue la que impidió que hubiese una movida rockera entre los setenta y ochenta?
No lo sé. Yo estaba muy chibolo en esa época, pero recuerdo que creció  enormemente la difusión de la salsa. Por todos lados había discos de salsa y en las radios pasaban salsa, y ya no se escuchaba rock. Y por otro lado, ya se había tejido ese cliché del rockero como alguien que se disfraza para tocar, que canta en inglés y canciones de otras personas…

Las primeras bandas peruanas de rock hacían eso …
Sí, y además se asociaba al rock con lo pituco, como que sólo era para gente de cierto estrato social…

Me gustaría que recuerdes los lugares dónde tocaban y cómo sentías la recepción de la gente en esa primera época de Leusemia entre el 83 y el 86…
Desde el 80 hasta el 83 o 84 había unos sitios donde se aglutinaban una serie de bandas. Todos hacían covers y cantaban en inglés, hacían pedazos a Led Zeppelin y a los Stones. Estaba el Tommy Club Bar en el jirón Moquegua y el Cecil Club en Guzmán Blanco. Yo ya componía, así que me juntaba con alguna gente y tocábamos mis canciones, pero nunca se concretaba nada. Y cuando formamos la banda, ensayamos duro y empezamos a tocar en ese circuito. Por lo general era los domingos, porque los sábados los usaban para otra cosa. Iba muchísima gente, paraba lleno.

¿Ustedes se plantearon desde un comienzo ser un grupo subterráneo, era  parte de una ideología, o simplemente no había espacios de difusión y terminaron convertidos en subtes sin proponérselo?
En ese momento no pensábamos en eso, sólo queríamos tocar. Si alguien nos  contrataba para tocar en una radio FM, íbamos sin ningún problema…

No tenían el rollo antisistema…
No. Los rollos aparecieron recién en el 85. Antes sólo éramos un grupo de rock que tocaba.

En 1985, Leusemia saca su primer disco, con el mismo nombre de la banda. ¿Es con ese disco que comienza el rollo?
No, el rollo comienza con la gente que se empieza a sumar a nosotros. Aparece Narcosis con todo un rollo punk anarquista. A nosotros nos daba risa, porque empezaron a aparecer los chibolos que querían asustar a la sociedad poniéndose púas y lo único que provocaban era risa. Pero normal, era el momento y lo veíamos como parte de la broma. Nosotros teníamos muy buena relación con Narcosis y con las demás bandas que aparecieron, Guerrilla Urbana, Autopsia, que tenían su rollo anarquista…

Ustedes eran los menos anarquistas del circuito..
No sé si los menos anarquistas, pero sí los menos punk. Nosotros nunca tuvimos un contacto con la música punk. Nuestra máximo influencia punk era Ramones, que en realidad es rock and roll, hacían música de Beach Boys con distorsión. Desde el 81, cuando Fernando Ubiergo saca el disco Canto por ti, quedé impactado con canciones como “Yo pienso en ti”. Así que mi idea era hacer música de Ubiergo con distorsión.

Pero las canciones de Ubiergo las has grabado mucho después…
Sí, pero ya las tenía desde esa época. Yo siempre quise hacer ese tipo de música, con poesía y melodía, pero con mucha distorsión…

Es extraño que digas que Leusemia no han tenido una etapa punk, porque usualmente se identifica su primera época con ese tipo de música…
Las personas que dicen que hemos tenido una época punk nunca nos han visto en los ochenta. Nuestro primer disco no es punk para nada. Compara ese disco con la maqueta de Autopsia, y verás quién es punk. Igual pasaba con Narcosis. Nosotros ni siquiera conocíamos bien el punk. Mi información musical llegaba hasta el The Wall de Pink Floyd y el último disco de Genesis. 

Un fenómeno interesante es que mientras crece la movida subte, Sendero Luminoso va ganado posiciones. El movimiento subte y Sendero aparecen con un discurso contestatario y antisistema, por supuesto que con métodos y objetivos muy distintos. Sin embargo, en algún momento se les intentó vincular…
Más que como senderistas, en un principio quizá se nos veía como otro movimiento subversivo. Y es que nosotros éramos subversivos, pero no en el sentido de que pongamos bombas, sino que nuestro lenguaje estaba subvirtiendo valores establecidos. Recuerdo que en los conciertos se metía gente de Sendero y también de la policía, ambos camuflados. Los senderistas repartían octavillas,  hacían proselitismo y se iban. Y la policía chequeaba los lemas en las camisetas y las pancartas subtes. A veces llamaban a mi casa y me preguntaban cosas del grupo. El circuito se vio bastante invadido de eso, pero mucho más en los noventa. En los ochenta éramos vistos sólo como unos jóvenes que querían imitar a un subversivo…

Como revoltosos más que como terroristas…
Sí, y la policía se daba cuenta de que sólo éramos unos rockeros y se hacían a un lado. Yo nunca tuve muchos problemas con eso, pero sí hubo gente que se pasó para el lado de Sendero, así como otros se volvieron de extrema derecha. 

EL ROCK COMERCIAL DE LOS OCHENTA Y DE LA ACTUALIDAD

Aparte del circuito subte, en la segunda mitad de los ochenta empieza a establecerse un rock peruano “oficial”, con el apoyo de las radios y disqueras, donde estaban Río, Arena Hash, JAS y otros. ¿Cómo veías ese fenómeno de los grupos “comerciales”?
A mí me parecía saludable. Sólo que era cuestión de que los medios le dieran bola a todo tipo de propuestas musicales. No voy a pretender que le den bola sólo a los subtes. Cualquier chibolo hacía su banda y tocaba su pop imitando a Río… bacán pues, ¿no?

¿Alguna vez fuiste, aunque sea por curiosidad, a ver a Arena Hash, por ejemplo?
Jamás. Quiero mantener la salud intacta. Si iba, me salían granitos (risas)…

¿Te fastidiaba su música o también la difusión que tenían?
La industria sabe a quién darle luz verde. Tiene su filtro bien marcado y sabe quién puede pasar. Puede pasar Zen y hasta Mar de Copas, pero no MASACRE ni Leusemia…

¿Crees que eso se debe a que existe un tipo de música más pegajosa que otra, o es más un problema de imagen?
Es imagen, porque en música podemos tener hasta coincidencias. De repente a Pedro Suárez se le ocurre hacer un hardcore, igualito va a salir en radio. Aunque hable contra el presidente o contra la iglesia, igual va a ser un éxito radial. El problema es que la imagen que proyectan bandas como MASACRE o Leusemia es deplorable… mal vestidos, feos…

Bueno, pero tú tienes una imagen de rockero antisistema, marginal, y eso también puede ser muy vendedor, ¿no te parece?
Para cierta gente sí, pero no para MTV , el Grammy o los auspiciadores. Pero yo estoy contento así, no me quejo…

Y además has aparecido mucho en medios, incluso en los que podríamos llamar “establecidos”…
Sí, pero eso no quiere decir que los medios se hayan rendido a este tipo de imagen. Si a un auspiciador le das a elegir entre Zen y Leusemia, aunque nosotros vendamos más discos y llevemos más gente a los conciertos, ellos al toque se quedarán con Zen…

¿Sólo porque el pata que canta en Zen tiene mejor pinta que tú?
Sí, pero también por lo que se proyecta. O sea, con Zen proyectas un buen muchacho, alguien que respeta a la sociedad, a la iglesia, un tipo que no se mete con nadie, que no entra en líos.

Tú siempre has dicho que eres muy tranquilo, que tampoco entras en líos…
Sí, pero nadie me cree. La gente cree que soy un delincuente o un drogadicto. Que se queden con esa idea, no me afecta para nada. Cada artista sabe a dónde apunta, yo no apunto a ser bendecido por el Papa, sino a ser bendecido por mi sobrino y mis hermanos, y a que la gente me respete, que diga “este huevón nunca se vendió”.

¿Alguna vez has aceptado aparecer en un medio que no sea de tu agrado, sólo por figuración?
No, porque siempre filtro. Me han llamado de programas de televisión que no conozco, entonces los veo y no me gustan y no voy. Siempre llaman de programas concurso, como Lima Limón, pero eso no es para mí. Yo no soy un tipo que hable bien, siempre digo lisuras, así que prefiero no estar ahí.

¿Te sigues considerando un subterráneo?
Sí, claro.

¿Qué te define como subterráneo?
El circuito por donde nos movemos, nuestra posición frente a la industria, a un sistema musical castrante y alienante que pretende que la música sea sólo de un color determinado. Es también una posición frente al monopolio de las radios…

Pero Leusemia ha tenido espacio en algunas radios…
Nunca.

Yo los he escuchado varias veces en radio…
Pueden haber puesto algunas canciones, pero nunca han estado programadas, nunca en la rotación de poner una canción cada 45 minutos por una semana y ver qué pasa. Si ha sonado ha sido en algún programa especializado, que no pertenece al estamento que te ofrece un canal o una radio…

Preguntaba lo de subterráneo porque hay gente que dice “Daniel F ya fue”. Creen  que has cambiado mucho de línea y estás más concesivo…
Será gente que me conoce desde chiquito pues, gente con mucha autoridad para decir eso…

Pero no me refiero a ti como persona, sino a tu música. Por ejemplo, “El asesino de la ilusión” (1995) es una canción política en una época en que lo de Fujimori estaba todavía más o menos tibio, no salía a la luz todo lo que saltó después. Y en el 98,  cuando sale Moxon, y en el 2000, con Al final de la calle, cuando había mucho más que decir contra Fujimori ustedes estaban haciendo progresivo y canciones de amor. ¿No sientes eso como una contradicción con tu espíritu contestatario de los años anteriores?
No, para nada. El espíritu está ahí, el hecho de que no tenga el talento para hacer canciones suficientemente combativas no es culpa mía. Sería fácil decir “dictador conchetumadre” o “Bush conchetumadre” y repetir conchetumadre mil veces, pero para mí eso no es ni música ni poesía. Si voy a ser combativo tengo que ser lo suficientemente poético, como Víctor Jara o Atahualpa Yupanqui, tener melodía y armonía. Pero ese talento yo no lo tengo. Nadie me puede pedir que sea lo que no puedo ser. Yo hago mis cosas con honestidad y con todo el cariño del mundo, no me pueden pedir más. Lo que sí puedo aceptar es que mi música ha cambiado porque mi estabilidad emocional ha cambiado. Antes era un depresivo, un suicida en potencia. Ya no tengo la carga emocional negativa de antes. Sería falso escribir sobre depresiones. Ahora estoy contento pues, ¿qué quieren que haga?

Alguna vez dijiste que era muy diferente ser subterráneo aquí que serlo en Europa o Estados Unidos…
Nada que ver pues, son realidades muy distintas. Aquí una revista underground se hace con fotocopia y a mano, allá Rolling Stone es underground y sale a nivel mundial. Pero sigue con la misma ideología de los sesenta  o setenta…

¿Por qué las bandas subterráneas de aquí no han podido alcanzar un nivel de reconocimiento internacional como, por ejemplo, sí lo hicieron ANIMAL o Ataque77?
Porque aquí no existe una industria que pueda sustentar a las bandas y lanzarlas a nivel latinoamericano o mundial. Argentina es un millón de veces más fuerte…

¿Nunca pensaste ir por allá para internacionalizarte?
Yo no, pero sí se lo he propuesto a bandas más jóvenes como D’mente Común o  Ni Voz Ni Voto. En México ellos la recontraromperían, son de alta calidad…

¿Y qué opinas de una banda como Libido? ¿Te gusta?
No, para nada.

¿Y por qué has tocado con ellos?
Yo toco con cualquiera. He tocado hasta con la Camagüey.

¿Te hubiese gustado ganar una de esas lenguas de MTV que ellos se llevaron?
No, para nada. Eso no está en los planes.

¿Qué opinas de Zen o TK, que también estuvieron nominados?
MTV premia los videos, así que si tu meta es aparecer ahí, haz tu video lo mejor posible, y espera que lo fans manden sus mails. Aquí mucha gente tiene acceso a internet, y hay una cantidad de cabinas públicas muy superior a la de otros países. Por eso consiguieron las nominaciones. Toda la gente votaba por ellos en internet.

Y en el Perú esas cosas se toman como una especie de desafío nacional, como ahora eso de votar por Machu Picchu…
Sí, pero sea como sea a mí me alegra mucho que esas bandas consiguieran nominaciones.

¿Pero te parece positivo que esas bandas aparezcan como la imagen del rock peruano?
Esa vaina no me importa. A mí me importa la alegría de la gente de TK. Yo los conozco y sé que eso les alegra mucho, así que paja. Es como el Grammy, que es un premio que no entiendo, hasta ahora no sé qué cosa se premia, pero cuando Gianmarco ganó uno yo hice una fiesta en mi casa y celebré ese premio. Para mí es una cuestión de esfuerzo. Yo sé que Gianmarco se ha esforzado como mierda, y si puede recibir premios por eso, me parece paja… 

Alguna vez dijiste que te habías dado cuenta de que el rock es finalmente un gran negocio, incluso en sus fórmulas más rebeldes. Sex Pistols, por mucho rollo contestatario que tuviese, ganaba millones y salía en todo lados. Es decir, estaba muy dentro del sistema. A ti que te gusta la trova, ¿qué opinas de que Silvio Rodríguez, que estuvo aquí hace poco, fuese anunciado en grandes avisos publicitarios y haya tocado en el Jockey Plaza, que es como un estandarte peruano de lo que él dice combatir?
Yo no veo ninguna contradicción en eso que dices, tal vez porque soy músico y sé cómo funcionan las cosas. Yo no creo que Silvio Rodríguez pida tocar en el Jockey Plaza. Incluso en Chile suspendió sus presentaciones porque las entradas estaban muy caras y era evidente que todo era un negocio, y por eso prefirió no tocar. Hay muchas cosas que suceden tras bambalinas, así que hay que ser muy cauto para dar juicios. Yo podría tocar en Jockey Plaza sin ningún problema, pero nunca tocaría en Palacio de Gobierno, y tampoco para partidos políticos, que siempre nos llaman para cerrar campañas. A ese tipo de cosas nunca hemos ido, a pesar de que pagan muy bien. Yo no veo el arte separado de la política, pero sí de la política partidaria. Nosotros no nos vamos a vender nunca apoyando a un partido.
LA PIRATERÍA, LA RUTINA, ROGER WATERS

¿Compras piratería?
Claro. No quiero hacer apología de esto, pero creo que todos tienen derecho a acceder a los bienes culturales, los libros, los discos, las películas… los estudiantes de las universidades estatales tienen todo el derecho de tener un libro, y si está lejos de su alcance, tienen que copiarlos.

¿Y te han invitado alguna vez a esos eventos que hace Indecopi donde una aplanadora pasa encima de los productos piratas?
Yo creo que Indecopi me invitaría, pero para pasarme la aplanadora encima a mí (risas). He visto a Raúl Romero y otros ahí saltando sobre los discos piratas, y me parece una estupidez…

¿Crees que hay una indignación real o es sólo un show?
Sí hay indignación, porque alguien está lucrando con tu talento y tu trabajo. Pero yo siempre voy al Hueco, Polvos Azules, y la policía está ahí y no pasa nada, así que yo asumo que no es delito, que es legal…

Nadie siente que comete un delito cuando compra piratería….
Está demasiado metido en nuestra sociedad. Pero si en eso sitios veo a alguien vendiendo mi disco pirata, y si ese disco va a darle un almuerzo a su hijo, que siga vendiendo. Si sirve para eso, que me pirateen todo lo que quieran.

Claro, eso con el vendedor, que es el último de la cadena, pero sí habría un problema con el que está detrás, el que los produce…
Eso, la verdad, yo no lo sé ni me interesa…

¿No te ha hecho perder plata la piratería?
Yo no siento que haya perdido plata porque la verdad no sé cómo se gana plata con los discos. A mí me pagan por hacer un disco, y después de eso no me cae un sol, venda cien discos o diez millones.

Vamos con las preguntas finales. No te voy a preguntar por qué eso de “F” porque ya todo el mundo lo sabe, pero sí me recuerda que una vez le preguntaron a Jorge González cuál era la mayor satisfacción que le habían dado Los Prisioneros y él dijo que haberse acostado con una cantidad impresionante de mujeres a las que no hubiera tenido acceso si no fuera por la banda. Ya que el hombre tampoco es muy agraciado que digamos, cabe preguntar, ¿te ha pasado lo mismo? 
(Risas) No, yo no he tenido esa gran suerte. Es cierto que se acercan muchas chicas, pero yo lo percibo como admiración, que es por las canciones, no que se me estén regalando… además, yo estoy muy tranquilo…

¿Y en la décadas pasadas?
Nada, recién en los últimos años me están dando bola (risas). Ahora sí hay una conexión emocional muy fuerte con la gente, eso se percibe en los conciertos, en la calle, y eso es lo más bacán. Pero en general sigo siendo un tipo anónimo, y me alegra que sea así. No podría concebir una vida con cámaras siguiéndome a todos lados.

¿Cómo es un día normal para ti? ¿Cuál es tu rutina?
Me despierto muy temprano, a las cinco o cinco y media ya estoy levantado. Me voy al teclado a chambear y me pongo a estructurar canciones. Cuando no tengo nada que componer veo los noticieros. Soy un tipo muy casero. Sólo salgo para los conciertos.

¿Nada de discotecas o bares?
Yo nunca he hecho vida nocturna. Nunca en mi vida he ido a un quinceañero (risas).

¿Porque no te gusta o hay un rollo contra la institucionalidad de ese tipo de celebraciones?
No, porque no me gusta. No soy un tipo muy sociable, me gusta estar en mi casa.

¿A un subterráneo como tú le hubiera gustado ganar algunos millones con su música?
Por supuesto. Aunque siempre se odia más al que tiene éxito. El que está muerto de hambre y lo botan de su casa, la gente dice “¡ah, ta bien!” (risas) Yo creo que hubiéramos ganado mucho dinero si seguíamos en la línea de A la mierda lo demás, para que la gente haga su pogo, en vez de hacer música más cerebral. 

La última: el lunes tocó aquí Roger Waters…
Puta madre, fue emocionante ver mil tipos con camisetas de Zeppelin, Floyd, qué paja ver esa gente. Y el concierto fue demasiado. Pink Floyd es el grupo de mi vida, con ellos tuve las más grandes emociones musicales de mi vida. De chibolo yo escuchaba Beatles, Stones, me gustaban, pero no me sacaban de cuadro como cuando escuché Pink Floyd. Nunca el rock se había tocado de esa manera, es alucinante. Qué bestia para tocar. Y el de Waters ha sido el concierto de mi vida. Yo había comprado mi entrada, pero no me la creía, pensaba que se podía cancelar o cualquier huevada. Y el día que llegaba Waters fui a esperarlo al aeropuerto,  había unas cien puntas, fue alucinante. Yo no me la creía, hasta que lo vi saliendo, y me dije ahí está el huevón, esto es verdad conchesumadre (risas).
 

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Calderón Fajardo sobre su participación en El Hablador

Este miércoles, Carlos Calderón Fajardo publicará su primera columna en este blog. Dicha columna venía precedida de unas “aclaraciones necesarias”  en las que el escritor explicaba las razones que lo motivaron a formar parte de este proyecto y precisaba algunas aspectos de su participación en el blog de El Hablador. Como dichas “aclaraciones” no tienen ninguna relación con el tema de la columna, y en vista que nuestro columnista cree necesario darlas a conocer, le he propuesto postearlas de manera independiente. Cumplo aquí con publicar el texto (Francisco Ángeles).

Aclaraciones necesarias

Por: Carlos Calderón Fajardo

Creo que el respeto que me merecen mis pocos lectores debe recibir una respuesta acerca de por qué he decidido escribir en un blog literario. Lo haré respondiendo escuetamente a tres preguntas:

1. ¿Por qué un tío como yo aceptó participar como columnista de jóvenes escritores? Acepté, en primer lugar, porque me invitaron los miembros de El Hablador a través de Francisco Ángeles. ¿Por qué yo y no otro? Eso lo debe responder la gente de El Hablador. En lo que a mí respecta, desde mi regreso a la literatura he querido tener una ventana de opinión sin conseguirlo. Acepté porque pienso que el periodismo cultural, de opinión, va a tener en el ciberespacio, y en corto tiempo, quizás un escenario mucho más significativo que el de la página impresa. Y quiero participar de esa aventura antes de irme de este mundo.

2. ¿Por qué acepté escribir acompañado de un grupo de jóvenes que incluye a uno de reputación algo discutible? Yo no tengo ningún problema con dicha persona. Los cuatro columnistas elegidos por El Hablador no formamos un grupo. Entre los otros tres columnistas y yo no sólo existe una diferencia de edad, sino de manera de ver la vida, de expresar sus ideas, diferencias estéticas e incluso ideológicas. Ni siquiera he conversado con ellos. Más que eso, hace años que no frecuento a gente relacionada a la literatura, salvo relaciones superficiales y muy esporádicas. Mis amigos o se han muerto, o están en el extranjero.

3. Y la tercera pregunta me la hago a mí mismo: ¿Cómo se escribe una columna literaria dentro de un blog? He pensado mucho sobre esto antes de escribir mi primer artículo. Sé lo que no quiero hacer: escribir  lo que se llama un blog basura. No me provoca escribir en un blog para difamar ni denostar a otros escritores o a quien sea. Pero hay algunos otros aspectos que me parecen fascinantes y que me animan a participar en esta experiencia. La primera es la fugacidad de lo opinado. Un posteo dura un tiempo corto y luego desaparece para siempre. ¿Se puede citar lo dicho por alguien en un blog dentro de una tesis universitaria o en un artículo académico? Creo que no. Y esa condición de transitoriedad, de pensar sin la pretensión de que quede huella para la inmortalidad es muy atractivo. En un blog con tales libertades entonces se puede manejar ciertos conceptos sin la seriedad que exige la academia, lo que me parece magnífico. Es algo que se escribe para el momento y dentro de un debate dinámico, en que sin dejar de ser serio, esta seriedad no tiene la rigidez de lo que se escribe para ser publicado. Los trabajos académicos, con todo el trabajo que exige elaborarlos, y cuya importancia no discuto, los leen sobre todo los especialistas. Un blog lo puede leer cualquiera y discutir, debatir, hasta denostar al opinante. Permite elaborar un pensamiento sin certezas absolutas, más bien repleto de interrogantes más que respuestas, a ser discutidas colectivamente con seres sin rostro que pueden estar en cualquier parte del mundo. Cómo perderme algo así.

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