LOBO DOMÉSTICO
Thursday March 29th 2007, 12:47 am
Filed under: Columnas,Hablablog

 

DOS PLAGIOS

 

 

Por Leonardo Aguirre

 

Puede ser una perogrullada, pero no encuentro mejor manera de traducir mi entusiasmo. Sí­ntoma inequívoco de la calidad de un libro: apenas cierro la tapa, no puedo hacer otra cosa que correr a la computadora y tratar (vanamente) de escribir algo (vagamente) parecido. Es natural: lo primero que uno intenta es hacer un plagio. Sin embargo, para bien o para mal, el inconsciente termina por inmiscuirse y el cuarto o quinto borrador siempre es auténtico, propio, singular. Escribir es casi como tunear un auto. Mejor dicho, como lavar dinero. No hay otra forma de aprender a escribir: levantarse sobre los hombros de un gigante. Me ocurrió muchas veces, claro está, pero ahora me parece pertinente -ya veremos por qué- invocar esa pequeña joyita de Ribeyro titulada “Explicaciones a un cabo de servicio”. Pero debo decir que cuando lo leí­ no tení­a computadora y no me quedó más remedio que bosquejar un nuevo cuento, con lápiz, en los márgenes del libro. El resultado, como dije, es enteramente diferente y el homenaje, o robo, nadie podría verificarlo si no fuera por esta confesión: titulé mi conchudez como “Un blackbird en el Honey Pie” y la incluí­ en el único libro que publiqué a la fecha (es mi columna, así que me perdonarán el auto-bombo). Sin embargo, el núcleo puede ser aún reconocible: dos viejos compañeros de colegio que inventan, en una charla de sobremesa, cierto negocio tan lucrativo como impracticable (ahora que lo pienso, también dejé translucir mi devoción por “Sólo para fumadores”, pero eso es harina de otro costal).

Pues bien, aquí­ quiero recordar una epifaní­a del mismo cuño. El libro ya se publicó en el 98, en inglés, y la versión castellana de Emecé data del año siguiente, pero Las puertas del Edén, libro de cuentos del guionista, director y productor Ethan Coen, recién apareció en mi escritorio hace tres días (digo “apareció” porque un amigo lo dejó olvidado). Y entonces me ocurrió lo mismo que con Ribeyro. Ni bien terminé de leer el relato “¿Alguna vez estuviste en Electric Ladyland?” -el tí­tulo procede de la canción “Have you ever been (to Electric Ladyland)” de Jimi Hendrix-, me senté en la computadora (ahora la tengo) y comencé a pergeñar el consabido homenaje, robo, plagio o como quieran llamarlo.

La primera lí­nea de “¿Alguna vez…?” es incitante y urticante: “No sé. No lo sé. Un enfermo de mierda. Un enfermo y retorcido hijo de puta, eso es obvio”. Y la mención del cuento de Ribeyro también es oportuna porque la técnica se me antoja similar. En ambos casos, todo el relato consiste en un largo diálogo entre el protagonista sin nombre y un oficial de policí­a; pero nunca leemos, sólo deducimos, los parlamentos del segundo. Algo así como un diálogo partido o un monólogo tramposo.

El personaje de Coen es un exitoso manager de cantantes y grupos de rock. Y ese “enfermo y retorcido hijo de puta” se convierte, a pedido del oficial, en una lista enorme de los posibles responsables de cierto delito en perjuicio del manager. No diré cuál es ese delito porque el autor prefiría revelarlo en los párrafos finales. Bastará con decir que tuvo lugar en la mansión del protagonista y que, como en las películas escritas por Ethan (me fí­o de los créditos, pero ya se sabe que el binomio “hermanos Coen” es casi indivisible), resulta igualmente prosaico y grotesco. Los enemigos del afectado son legión -se entiende que alcanzó la cumbre pisando cabezas- y el policía rellena la libreta con nombres o apodos de viejos amigos, ejecutivos del rubro, los propios cantantes representados (o explotados), un par de vacilones y, cómo no, también la ex esposa. El manager no confía en nadie. Ni siquiera en su mascota (ya verán que el animalito también es importante). Incluso, la única persona que parecí­a estar libre de sospecha -la empleada chicana llamada Costanza- motiva estas palabras: “Una mujer adorable. Ahora bien, ella sí­ me gusta. Una persona verdadera, hecha y derecha, no como estos. Permí­tame decirle, agente, esa es la única persona que no tiene que poner en la lista. Le digo eso. Aunque quién sabe. Quizá bien abajo en la lista. Quién sabe. Quién sabe qué piensa esa gente”.

La enumeración de hipotéticos agresores sirve de pretexto para el esbozo de personajes secundarios tan peculiares que cada uno podrí­a provocar un relato independiente. Por ejemplo, recuerdo a un cantante que sorpresivamente se convirtió al islamismo y cambió de nombre. Pero, claro, el protagonista lo recuerda con mucha más gracia: “Quiero decir, yo conozco el proceso mental de Kenny. Después de que salió Traveler él tení­a toda la plata del mundo, y todas las conchas del mundo, sabe, más conchas que Jesús. Y los apóstoles. Y entonces él piensa, hey, un momento, conchas a la carta y aun así yo no soy absoluta, positiva y perfectamente feliz, carajo; ¿qué mierda esta pasando? ¿Dónde hay que anotarse para esa mierda de la felicidad total? Y si uno no es muy brillante -y, créame, agente, Kenny Ramen es un gran tipo pero ningún Einstein- entonces uno empieza a prestarles atención a estos retardados de mierda que venden entradas para la felicidad absoluta-positiva-perfecta y lo que mierda sea. Y pum, inmediatamente después uno está sentado en un paí­s miserable donde no lo dejan beber alcohol y las chicas huelen a papas fritas caseras”.

Sobre todo, mientras raja de colegas y falsos amigos, el agredido revela (se define a sí­ mismo definiendo a los otros) el accidentado periplo profesional que lo convirtió en un “pelotudo ejecutivo trajeado”, muy cí­nico y muy alpinchista, que quizá se despacha con el policía porque ya no le queda ningún amigo con quien hablar. Cuanto más éxito tienes, más solo estás: no hay mucho campo en la punta de la pirámide. Sin embargo, hay que ver como Ethan se las arregla para ponerle ají­ a la ensalada de hierbas amargas (ojo que, páginas atrás, hay un cuento sobre judí­os). Digamos que el raje es bastante piadoso. 

Es sorprendente -envidiable, plagiable- la habilidad de Coen para crear un personaje sólido y próximo (en última instancia, el lector tiene la impresión de estar conversando directamente con él), sin valerse de descripción alguna y a punta de exprimir el recurso del diálogo “unívoco”. En una entrevista, Ethan confesó lo siguiente: “A veces soy impaciente y me comprometo poco con lo que leo. Suelo saltar de un bloque de acción a otro. Con frecuencia me aburren los pasajes descriptivos y reflexivos en un texto”. Compromiso: tal es el mayor acierto de Coen. Si no logras comprometerte con este cuento desde el pitazo inicial, estás hecho -como dice la salsa- de metal, de madera o de cartón. 

Hay que decirlo con todas sus letras: “¿Alguna vez estuviste en Electric Ladyland?” es un cuento genial. Pero no es la única joya de la corona. Las Puertas del Edén incluye otras piezas notables como “Destino”, “Héctor Berlioz, investigador privado”, “Los muchachos”, “Una fiebre en la sangre” (otra apertura audaz: “Él estaba tratando de arrancarme la oreja de un mordisco”) y, por supuesto, el cuento que da nombre al volumen. Bueno, también hay chauchilla: “Un cuento del tío Marty y Johnnie Ga-Botz”. Aquí­ no hay espacio para exaltar las virtudes de cada relato, pero bastará decir que el volumen cumple con las expectativas del que ya ha visto películas brillantes escritas por Ethan (v.g.: O brother, where art thou?, The man who wasno´t there, Intolerable cruelty o Fargo). De hecho, Las puertas del Edén reproduce en el papel las peculiaridades de la filmografí­a Coen: sangre a chorros, tramas absurdas pero calculadas al milí­metro, anécdotas nimias que disparan consecuencias graves, trivialidades en primer plano, parlamentos antológicos, personajes de cartoon (pero no de cartón), y, sobre todo, un humor muy eficaz, a ratos físico y a ratos lingüístico. Y es lógico que eso suceda pues el autor ha confesado que escribió estos cuentos entre rodaje y rodaje.

Si bien es cierto que Ethan Coen (Minneapolis, 1957) debuta con este libro en la parcela de la ficción literaria, está claro que tampoco es un “simple” guionista en busca de prestigio intelectual. Ni falta que le hace: sus pelí­culas son celebradas, en igual medida, por el gran público y la crítica snob. Más bien, podrí­a decirse que quien escribió -solo por poner un ejemplo- ese collage de géneros disí­miles (en palabras del blogger José Luis Hurtado, “eleva el estatus de grasiento frito a la categorí­a de manjar”), ese museo de tiernos esperpentos, esa origi­nalísima re-versión de La Odisea que es O brother, where art thou?; quien ya ganó el Oscar a mejor guion por otro lote como Fargo; quien se graduó en Princeton con una tesis sobre Wittgenstein; quien publicó cuentos en Playboy y Vanity Fair… con esos antecedentes, digo, tampoco resulta extraño que el hermano menor del célebre dueto sobrepase la mera transcripción de libretos inconclusos. Ethan no se detiene en los gags y las peripecias intrigantes; acomete también afortunados experimentos formales y una prosa milimétrica (no digo “económica” porque, habitualmente, se trata de un eufemismo para adornar la carencia de nervio; este, definitivamente, no es el caso).

Escribí­ más arriba que “¿Alguna vez…?” me impulsó, en el acto, a escribir un cuento (acaso) equivalente. Lo estoy haciendo. La receta es simple: conchudamente copiaré la técnica del diálogo uní­voco y, en lugar de un manager, mi protagonista será un crítico literario. Suena paradójico, pero el robo es honesto (dicho de otro modo: impulsa mis pulsiones). Porque mis detractores también son legión (cada dí­a, en la blogósfera, mi lista crece como la del tombo) y ya hubo quien, como se sabe, merecía una denuncia policial. Naturalmente, es muy probable que, conforme avance el proceso de escritura, la impronta de Ethan se vaya esfumando. Y, por otro lado, también es probable que no consiga repetir el prodigio de este nuevo santo de mi panteón (a la diestra de Julio Ramón y a centí­metros de David Shore). Ya que (aún) no hago prodigios, me conformo con hacer proselitismo.

 

 




intentando copiar al maestro es que se llega a la perfección vista y apreciada por cada uno, bajo criterios universales de lo que es una gran obra…pero lo importante es desligarse, claro que muchas veces se consigue por la cualidad innata de querer ser únicos….a veces se logra otras no, por cierto de los hnos Coen vi recientemente “Adaptation” una gran muestra de esa virtud literaria de Ethan y su hno (¿?)…espero ver el resultado del ejercicio del plagio, si es que algo queda de esos borradores…

saludos

Comment by Beatriz 03.29.07 @ 3:47 am

Recuerdo bien Un blackbird en el Honey Pie y no le encuentro ninguna similitud con Explicaciones a un cabo de servicio. Sin embargo, hay en el cuento de Aguirre una escena típicamente ribeyrana: el protagonista, un fracasado sin un mango en el bolsillo (la tipología no es coincidencia), va recogiendo las colillas de pucho que encuentra en el suelo para fumárselas. No estoy completamente seguro, pero creo que Ribeyro en La tentación del fracaso describe una escena exactamente igual a ésa, donde es el mismo Ribeyro quien husmea las veredas buscando restos de cigarrillos.

En todo caso, lo interesante es que el protagonista de Un blackbird pasa por tres momentos exactamente iguales a los que caracterizan a los personajes paradigmáticos de Ribeyro: un primer momento donde la existencia es gris (“expulsado del festín de la vida”); un segundo momento, donde la suerte parece revertirse a favor y se vislumbra un destello de plenitud; y un tercer momento, donde se descubre la falsedad de ese momento de plenitud y todo vuelve a la normalidad. Cuentos como Espumante en el sótano, De color modesto y, sobre todo, Una aventura nocturna (cuyo protagonista, Arístides, condensa lo esencial de todos los protagonistas de Ribeyro) siguen este esquema que Aguirre retoma en Un blackbird en el Honey Pye. No es casual que al final del cuento, el próspero negocio le sea arrebatado de las manos al protagonista y su vida vuelva a la mediocridad de siempre. Y entonces, como Ribeyro tras sentir que sepulta su vida en los pasillos de France Press, el personaje vuelve a la escritura.

Comment by Francisco Angeles 03.29.07 @ 3:51 am

sorry, beatriz, pero “adaptation” fue dirigida por spike jonze y escrita por charlie kaufman, adaptando justamente un libro de susan orlean. no hay nada de coen ahí

Comment by potrillo 03.29.07 @ 5:54 am

Muy bueno el artículo de Leo, que demuestra una vez más que está a leguas de muchos de aquellos que alguna vez intentaron sepultarlo. El comentario de Angeles oportuno; aunque yo, como lector, pienso que esos cuentos de Ribeyro que menciona, con los años pierden fuerza, tal vez por el mismo hecho de contar con un personaje paradigmático (pienso en Arístides, en el profesor suplente, en el empleado que se emborracha con su jefe, etc). Por eso para mí fue todo un descubrimiento ese conjunto de cuentos cruceños, donde sobresale esa maravilla titulada Los otros o ese otro cuentazo titulado Mariposas y cornetas. Esos cuentos, junto con la La tentación del fracaso y las Prosas apátridas, le garantizarán su permanencia, creo yo.

Comment by che copete 03.29.07 @ 2:01 pm

El cuento que menciona Che Copete, en el que un empleado se emborracha con su jefe, sigue exactamente el mismo recorrido de los que mencioné en mi comentario anterior. Y en cuanto a que han perdido fuerza, nunca dije que esos cuentos son los mejores de JRR, pero me parece que los protagonistas de Una aventura nocturna o Espumanente en el sótano son los típicos (anti)héroes ribeyranos, los que consiguen captar lo “esencial” de su obra (si existe algo que pueda llamarse así).

Discrepo de Che Copete sobre los cuentos cruceños. Si hubiera que elegir, para mí el mejor Ribeyro es el del volumen Silvio en El Rosedal, pero no por el cuento epónimo, sino por joyas como Tristes querellas. Con ese libro me quedó la sensación de que por fin Ribeyro dejaba atrás las ataduras que lo condenaban a asumir el papel del escritor víctima del mundo (una vida difícil de migrante pobre, etc., lo que dejaba su marca en los textos). Es decir, el típico torturado del romanticismo llevado a los años cincuenta en Paris (y que lamentablemente se sigue actualizando en los pasillos de literatura en la Lima del siglo XXI).

Y en cuanto a la Tentación del fracaso, soy uno de los muchos que lo tuvo como libro de cabecera en la adolescencia. De esa manera es imposible no tenerle un cariño especial. Y, por último, y sé que esto es discutible, estoy convencido de que a los peruanos nos resulta complicado leer “objetivamente” a Ribeyro. No por chauvinismo ni por tenerlo como un símbolo mayor de nuestra literatura, sino por algo más difícil de quitarse de encima: la gran mayoría de lectores peruanos hemos leído a Ribeyro a una edad temprana y sin demasiada formación literaria previa. En cierto sentido, y al menos por un tiempo, los cuentos de Ribeyro nos han servido como modelo, han configurado una manera de leer. Y eso no es fácil de quitar. Tengo la sensación de que, en mayor o menor medida, cualquier relectura posterior de Ribeyro estará contaminada por esa impresión inicial.

Comment by Francisco Angeles 03.29.07 @ 4:15 pm

creo que, sin querer queriendo, aguirre está como que sugiriendo una toma de posición estética o algo de eso. vamos, equiparar a un director de cine y al creador de una serie de tv con el mismísimo ribeyro? no digo que la literatura sea superior al cine o la tele, pero ese “panteón” de leonardo me deja como que medio preocupado…

Comment by raúl t. 03.29.07 @ 4:58 pm

Por favor, ya olvídense de Ribeyro. El hombre tiene sus méritos, pero es obvio que pasará a la historia como un falso profeta de la literatura peruana. No vengamos a debatir sobre ese comodín y mejor aboquémonos en el texto de Leo, propiamente, quien con esta columna ha demostrado que vuelve con fuerza, igual que el Atlético Chalaco, que pronto sube a Primera.

Comment by Bravo del Llauca 03.29.07 @ 5:20 pm

Fíjate que yo nunca percibí en Ribeyro esa imagen del escritor romántico y torturado. A diferencia de tantos escritores que tienen que inventarse penas, Ribeyro tuvo una concreta, la enfermedad. Pero a pesar de ésta, nunca se dejó arrastrar por la queja de mal gusto. Recuerdo una página de La tentación del fracaso, donde cuenta que su madre, cansada de oír sus quejas, lo obliga a callarse con una frase lapidaria que no recuerdo con exactitud. Probablemente Ribeyro, al escribir, siempre recordó ese consejo de su madre y a pesar del dolor de una enfermedad tan grave como la suya, prefirió mantener la discreción, la elegancia que caracteriza su diario.

De acuerdo contigo en lo de Tristes querellas de la vieja quinta. Sumo un par: El polvo del saber y Por las azoteas. Silvio en el rosedal, es también un cuento extraordinario.

Comment by che copete 03.29.07 @ 6:44 pm

tampoco es tan raro ese panteón, ah. en “sandrita, patty boyd y michele ma belle” o “crucidrama” se ve que leonardo aguirre se inclina por una narrativa más “pop” que otra cosa; negándose, creo yo, a usar los referentes “plumiferos” de sus compañeros de generacion “metaliteratosos”

Comment by Fidel K 03.29.07 @ 8:05 pm

aquí todos están hablando de aguirre y de ribeyro, pero no se han dado cuenta que el tema del post es ethan coen, no? qué, nadie leyó ese libro?nadie vio sus películas?ya, pues, alguna opinión divergente cuando menos…

Comment by fabricio 03.30.07 @ 1:42 am

“La lengua es un sistema de citas”
Borges

Así que dejense de discusiones idiotas. No se dan cuenta que todo es copia o plagio, solo que algunos son mas directos que otros.

Comment by Rodolfo 03.30.07 @ 9:08 pm

esto publicó gabriel ruiz ortega en su blog http://www.la-fortaleza-de-la-soledad.blogspot.com:

“Conchudito. Como dije, no tengo nada personal con la dupla ES. Pero ese dizque destape lo hubiera firmado solo Manuel Eráusquin. Si uno escribe sobre plagios, quien lo hace pues debe estar libre de estos. Por ello, fastidia que Carlos M. Sotomayor firme ese dizque destape -a menos que sufra de amnesia- puesto que con toda ligereza se mete a investigar sobre un tema que indefectiblemente le salpica. ¿O no se acuerda Sotomayor cuando plagió un artículo de Leonardo Aguirre para el diario Liberación?”

Tienes que explicar bien eso, Leonardo, “por el bien del periodismo cultural”…

Comment by copy-paste 03.31.07 @ 4:24 pm

No les hagas caso, Leonardo. Ese Vitocho y otros tantos sólo quieren bajonearte gratuitamente para vengar a sus amigos, esos mediocres que con toda justicia desnudaste en tus reseñas literarias. Sigue adelante. Saludos,

M. P.

Comment by máximo palermo 04.01.07 @ 7:55 pm

¿Cuál es la “perogrullada” del comienzo que no la veo? ¿O crees que todo el mundo se sienta,después de leer un buen libro,a tratar de explotar el filón oportunista,tratando de lograr un producto agregado con materia pirateada? La “tecnología” que describes -algo lastimera y risible si se la retrata en vivo y en directo- podría también servir con un libraco cualquiera y así como vas a desmejorar la obra maestra (¿acaso crees, por ventura, que la mejorarías?) también podrías elevarle alguito su calidad mierdosa a un libro ínfimo y lograr con el pirateo de éste algo “publicable” (¿porque eso es lo quieres,no?).Te acepto tu “mode d’emploi”(tú jodes con el inglés,yo jodo con el francés)ante una buena obra sólo como batería volitiva,que bien saben Dios y el Diablo cómo cuesta a veces sentarse ante la hoja en blanco,lo cagado que es que hasta el Gabo le tiene miedo.Pero volviendo al comienzo,¿no habrás querido decir “perugrullada”,sintiendo que el Perú eres tú y los que no odias?.La perogrullada es un género literario creado por el erudito catalán Juan Perogrullo (le pasó lo que a los doctores Condom y Guillotin,igual que a Daguerre y otros)quien odiaba los haikús,y las citas latinas,griegas y persas.Fue un visionario que le tenía tirria a Nostradamus y que se las arregló para odiar “avant la lettre” (tú jodes reiterativamente con el inglés, yo jodo reiterativamente con el francés)las greguerías y hasta los sinlogismos del peruviano Sofocleto,así como también toda frase notable que existir pudiera.
Espera 40 años,Aguirre,para que escribas tu “Permiso para vivir”,que a nadie le interesa por el momento el cómo escribes sino el qué escribes.Deja la vanidad para después.Te deseo éxitos.

Comment by Juancito Trucupey 04.03.07 @ 2:02 am

Lo que yo entendí es que la perogrullada consiste en decir que un libro es bueno porque su lectura te motiva a escribir. Yo también he leído eso varias veces. Creo que el texto lo deja claro. Y, bueno, seguro que Leonardo es vanidoso, pero, ¿quién no lo es? ¿No lo eres tú, Juanito, que has escrito el comment más largo de este blog y citas en francés?

Comment by Giovanni 04.03.07 @ 6:46 am





Free counter and web stats