DESENCANTOS
Friday March 16th 2007, 6:03 am
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columnistas61.jpg  TRES VERSIONES DEL INTELECTUAL AUTORITARIO

Por: José Güich Rodríguez

      I

 Estuve rumiando varios días acerca de lo insoportable -sin alusiones desgastadas a Kundera-. Descubrí, y con esto no fundo la quintaesencia, que soy incapaz de soportar a Martha Hildebrandt. Hay varias razones, más allá de su rostro en permanente estado de avinagramiento, y esa destreza para apabullar con tecnicismos lingüísticos a sus víctimas. Detesto a la Hildebrandt por su autoritarismo de barraca militar. Hace unos meses, demostró hasta dónde era capaz de llegar su intolerancia paquidérmica: en el Congreso, una parlamentaria quechua-hablante materna pidió la palabra, y lo hizo en la vieja y bella lengua andina. La Hildebrandt intervino, no para ahondar en las cuestiones planteadas o enriquecer el debate, sino para enrostrarle al Pleno que ahí solo debía hablarse el castellano. El tono y los modales fueron, como siempre, muy de ella: un Hitler del idioma y con faldas; un Pol Pot de los gerundios que se descalza, aburrida, en medio de las sesiones, como si estuviera en su sala o en su jardín de florilegios latinos. Horrendo espectáculo, al que deberíamos añadir sus bostezos de fiera dispuesta a hundir  colmillos en el primer incauto.  La única representante en quien eso se vería natural y hasta atractivo es la adolescente Luciana León, a quien ningún congresista viejo -libidinoso y fetichista-, criticaría por andar desprovista de zapatos y en puntas de pie por todo el hemiciclo, cual nínfula nabokoviana. Y volviendo a la Hildebrandt, pienso que oculta alguna suerte de piloto automático: cualquier discordancia o anacoluto o error de normativa, ahí está ella, con el cuchillo de su verbo en ristre, saliendo de los brazos de Morfeo, porque es sabido que se despacha largas siestas mientras los patricios discuten. Su capacidad para el ninguneo va de la mano con su apetito por toda forma de despotismo. Y ahora se consagra con ese desgraciado proyecto de ley para acabar de un plumazo con la educación gratuita en las universidades públicas. ¿En qué país vive esta mujer, dioses? ¿Sabrá que una empobrecida clase media ha recalado en ese sistema porque las universidades privadas son inalcanzables para un estrato pulverizado por los gobiernos corruptos, especialmente por el que presidió su maestro y guía Fujimori? Patético final de una mujer que salió de las canteras académicas, y que ahora no diferencia entre un hemiciclo y una chacra.

      
II

Mi segunda elección fue Aldo Mariátegui, el director de Correo. Es fácil detestarlo, pero confieso que sus extravagancias de niño malcriado me hacen reír en ocasiones. Valgan verdades, ni siquiera estoy seguro acerca de si debo llamarlo “intelectual”, a pesar de que a veces me asombra comprobar que ha leído a don Luis de Góngora. El pobre Aldo es nieto de J.C.M. Vaya estigma: sus amigotes de la extrema derecha deben de haberlo cubierto con las más espantosas bromas al respecto. ¿Habrá maldecido alguna vez su destino? Quizás es la infortunada víctima de un espantoso trauma. Solo así se explican las incontables barrabasadas que profiere a los cuatro vientos. Pero aún no he dicho exactamente por qué soy incapaz de soportarlo, tanto como a sus compinches neoliberales, inflados de pedantería, arrogancia, anteojeras, necedad y un egocentrismo del tamaño del cerro San Cristóbal. Y eso, para ser honesto,  es en cierto modo llevadero, pues varias personas que conozco de vista en el mundillo cultural responden también a esos patrones. Ahora llego al punto del problema: abomino de la demencia disfrazada de cordura y de sentido común. Los únicos locos que aprecio y venero son aquellos que lo declaran sin tapujos -no importa si hablan solos, dirigen el tránsito o caminan mugrientos y sin ropa por la calle-.  Estos iracundos de raigambre ochentera -los Ghersi, los Espá, los Tafur-, se autoendilgan la condición de herederos de la gran tradición del liberalismo europeo. Pamplinas. Su fe en el mercado y su rechazo a la participación social del Estado es la misma que profesaría un vendedor de hamburguesas o de celulares, o el dueño de una cadena de supermercados. En sus rabietas fundamentalistas, Mariátegui (éste y no el abuelo), y los  geniecillos nacidos con Beltrán en La Prensa, venden  extracto de culebra: “todo lo resuelve el mercado”. Sus amos, qué duda cabe, ya no son las transnacionales, sino los demonios en legión que se agitan en el interior de sus cuerpos de mutantes. Solamente así se entiende su destreza para escupir esos largos y fatigosos cuentos sobre la libertad económica, mezclados con altas dosis de autosuficiencia y racismo (muy bien disimulado). Es gracioso contemplarlos mientras buscan “caviar” hasta debajo de la cama, suspendiendo a lo mejor una placentera faena (caballeros, eso nunca se hace) y en el mejor momento de la noche. Es sabido que ciertas formas de locura permiten enhebrar relatos saturados de una asombrosa racionalidad. Eso me consuela: detrás de las “sólidas verdades” de estos mercachifles late un estado paranoico. Al final, un loco es un loco, aquí o en Shangai; pero definitivamente en nuestros predios nadie puede tragarse el cuento de Aldito y su pandilla: “si el neoliberalismo no funciona, es porque no se aplica en cantidades suficientes”.  

              III

Mi tercera elección fue más reñida. Me desplacé entre el respeto por una obra literaria importante y mi resistencia al autoritarismo. Resolví la cuestión ladinamente: puedo soportar a Mario Vargas Llosa cuando habla de literatura con brillantez y pasión (aunque sus lamentables juicios sobre Arguedas sean engendros ideológicos, catástrofes de laboratorio). Tolero y aprecio al Vargas Llosa que defiende la libertad de pensamiento a rajatabla (porque ese apartado también es zona intangible de mi credo personal, depurado de liturgias y dogmas hipócritas). Hasta puedo admitir que su discurso antiprogresista de hoy es consecuencia de una violenta conversión del pasado. Fue marxista-ateo-sartreano-revolucionario desde adolescente hasta 1969; luego, defensor de Popper y de las democracias occidentales (un Perú convertido en Suiza). Soy masoquista, qué duda cabe: incluso, admito que podría sufrir sin problemas sus extrañas digresiones sobre los obstáculos que, a su juicio, plantean las diversidades étnico-culturales para su soñado mundo de prosperidad, donde el pensamiento liberal, como varita mágica, resuelve todas las necesidades insatisfechas del hombre. Aún puedo leer algunas de los despropósitos que escribió sobre José María en La utopía arcaica sin sublevarme. En ese libro, reveló sinceramente su incapacidad para entender el complejo y hermoso universo del gran escritor apurimeño, igual que cuando presidió esa nefasta comisión investigadora sobre las terribles muertes de Uchuraccay. Tampoco caigo en el juego de sus oligofrénicos enemigos locales, léase fujimoristas que apenas saben deletrear su nombre, o izquierdistas sectarios que se alegran de que haya señores que se hacen los suecos, y no le otorgan el merecido Nobel. Soporto en menor grado exquisiteces como “MVLL es empleado de la CIA”, que su fanatismo de converso, seguro hasta la exasperación de que la historia ya culminó. Diré la verdad. Admiro su vocación flamígera por la creación, territorio en donde ha dado mil batallas exitosas. Y es por ese respeto y tolerancia -a pesar de sus absolutistas ideas sobre las diferencias culturales- que declaro, con firmeza, lo siguiente: no soporto  al Vargas Llosa que menosprecia a la gloriosa ciencia ficción. Los fantasmas de Verne, Wells, Asimov y Serling han de estar furibundos en la dimensión desconocida. Eso es imperdonable, don Mario. ¿Es que nunca soñó con una humanidad que se eleva sobre su tétrica naturaleza y logra sobrevivir al presente? ¿Nunca se conmovió con “El niño feo”(Asimov) o “El centinela” (Clarke)?  ¿Nunca se extasió con The Twilight Zone? ¿Jamás quiso decirle al capitán Nemo que daría su vida por acompañarlo en aquel viaje inolvidable? Ese autoritarismo intelectual está a la altura de su gran talento literario. En nombre de todos los miembros de este culto laico, libre de homilías y de curas mañosos, protesto enérgicamente (vea que hasta podemos perdonar las idioteces de su retoño Álvaro, que ahora relanza ese insufrible Manual contra los progres). Sé que usted recapacitará y algún día,  dentro de unos años, podremos leer su primera incursión en la fantasía: Lituma en las lunas de Júpiter. Vaya que lo disfrutaremos con intensidad y dejaremos los desencantos a un lado.
 



LOBO DOMÉSTICO
Wednesday March 14th 2007, 4:43 am
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columnistas71.jpgUn sombrero y un bastón

Por: Leonardo Aguirre

García Márquez dijo alguna vez que el cuento que siempre quiso escribir, y no pudo, es la canción Pedro Navaja de Rubén Blades (y este devolvió el piropo musicalizando el volumen Ojos de perro azul). Pues bien, semanas atrás, en el pub Mochileros de Barranco, en un conversatorio de narradores jóvenes auspiciado por Matalamanga (y reseñado con saña por cierto colaborador de este blog), me atreví a decir algo semejante. Desde el fondo del auditorio, una voz preguntó, textualmente, “qué leen los escritores de la nueva generación” (alguna vez hablaremos sobre estas cursivas), y Johnny Pacheco, en vez de una bibliografía, recordé películas y series de televisión antes de rematar el exabrupto parafraseando al Nobel: “quiero escribir un cuento tan genial como un episodio de Doctor House”. Lo del colocho, presumo, es una más de sus boutades (como aquella de abolir la ortografía), pero lo mío es casi una promesa.

La tercera temporada de House M.D. se estrena esta semana en Universal Channel, pero pueden comprar las dos primeras en Polvos Azules. El inglés Hugh Laurie, dos veces ganador del Golden Globe por dicho papel -y autor de dos novelas que nadie ha leído-, interpreta al doctor Gregory House: un nefrólogo que lidera el departamento de diagnóstico del ficticio Hospital Universitario Princeton-Plainsboro de New Jersey. Nunca se afeita, se niega a usar bata, maneja una moto, compensa la cojera con un bastón y engulle un analgésico llamado Vicodín cada cinco minutos.

Sobre todo, tiene una boca grande (y pútrida) como un buzón. Tan sabio como agrio y tan sagaz como salaz. Dice un versículo de la Biblia que de la abundancia del corazón habla la boca. Pero House -especialista en desplantes y no transplantes- se zurra en Dios y tiene una papa en lugar de corazón. (Creo que quizá por eso me enganché con esta serie: aquellos que me leen, y no me conocen, suelen endilgarme un diagnóstico equivalente.)

A grandes rasgos, diremos que House atiende los casos perdidos. Y no por filántropo ni mucho menos, sino porque siempre necesita una oportunidad para superar a sus colegas (y supurar en sus caras incrédulas). La directora del hospital, Lisa Cuddy (igualita a la conductora de Misky Takiy), recurre a él cuando el resto de su planilla tiró la toalla.

Según Cuddy, el cliente siempre tiene la razón. Según House, todos los pacientes mienten. De hecho, nunca el primer veredicto -orientado, en gran parte, por las declaraciones del enfermo- resulta atinado. Por lo general, ocurre que un dato prosaico omitido al principio se convierte en una variable imprescindible para resolver la ecuación. Cierta vez, el padre de un moribundo mencionó al desgaire la muerte reciente de su mascota, y House, conjeturando un virus alojado en el animalito, mandó desenterrar al gato y le hizo una autopsia.

Desgraciadamente para él, House no trabaja solo. Lo asisten -lo sufren- tres doctores muy jóvenes y muy masocos: la inmunóloga Cameron, el internista Chase y el neurólogo Foreman. Sin embargo, ese trío es un mal necesario. Son sus ojos y oídos. Porque, salvo contadas excepciones, House evita tener contacto alguno con sus pacientes (a menos que se trate de un gato muerto). Resuelve los casos en un pizarrón de acuerdo a las observaciones de sus tres chacales y sólo se mueve de su oficina para ir al baño. Mientras Cameron, Chase y Foreman hacen el trabajo sucio (eso incluye allanar el depa del enfermo en busca de nuevos indicios), él prefiere ver Hospital general o hacer malabares con su bastón.

Y es que House ve a todos sus pacientes (es un decir: hace lo posible para no verlos) como simples problemas intelectuales. Le importa un pito la vida privada del enfermo si no guarda relación con el diagnóstico. Sólo escucha las palabras que encajan en el puzzle. Quiere ser estrictamente objetivo y la única manera de serlo es eliminando al sujeto de la oración (por eso yo evito conocer a quienes debo reseñar). Una vez le espetó a una paciente casi desahuciada: “¿prefiere un médico que le coja la mano mientras se muere o uno que la ignore mientras mejora?” Salvar la vida del enfermo le importa menos que resolver el acertijo y demostrar que tenía razón (“parece que tus opiniones no dan buenos resultados; te aconsejo que uses las mías”). El paciente no es más que un conjunto de pistas y el propio cuerpo es la escena del crimen. Naturalmente, la enfermedad es el criminal.

Las metáforas detectivescas no son caprichosas. Además de la estructura que imita la rigidez del relato policial canónico, el creador y eventual guionista, David Shore, ha confesado que usó la receta de Sherlock Holmes para dotar a su personaje de una capacidad de deducción monstruosa, casi sobrenatural (ya entiendo por qué Borges adscribía los avatares de Dupin al género fantástico). Quizá resulte oportuno recordar las primeras líneas del relato “The adventure of blue carbuncle”, donde un simple sombrero le permite a Holmes sentenciar que su dueño, a quien no ha visto jamás, es alcohólico y acaba de ser abandonado por su mujer. Lo dicho: House no tiene que acercarse al paciente para diagnosticarlo. Le basta con agitar su bastón mágico mientras contempla la pizarra garabateada por sus chacales.

Por lo demás, los préstamos de Conan Doyle -quien prescribió tantas recetas como escribió relatos- son más que evidentes (y no hablemos de las deudas de Sir Arthur con su viejo profesor de medicina, Joseph Bell, inventor de la técnica “al ojo nomás”). Holmes tocaba el violín y House toca el piano; si Holmes era adicto a la cocaína y la morfina, House es adicto al Vicodín (“dije que soy un adicto, no dije que tuviera un problema”); ambos son misóginos y viven en el 221 B de Baker Street; y, por si fuera poco, el doctor de Princeton-Plainsboro también tiene su Watson: el oncólogo Wilson (ojo con la fonética), el único que esquiva los golpes de su sempiterno malhumor -motivado por esa dolencia en la rodilla que el Vicodín no puede calmar- y replica sus sarcasmos con similar ingenio.

Si todavía no han visto la serie, alucinen un Denegri políticamente incorrecto, veinte años menos, ojos azules, y sin corbata (aunque no me lo imagino en moto). Por ejemplo, cierta vez le anunció a un paciente, sin asco, que albergaba un tumor de doce kilos: “alégrese, es el récord de este hospital”. Y en otro episodio, luego de saber que un senador negro se postularía a la presidencia, cuestionó así sus pretensiones: “no va a ganar, no le llaman La Casa Blanca por la pintura de sus paredes”.

Hay muchas páginas en internet dedicadas al inventario de su mordacidad. De hecho, es mucho mejor escuchar a House que leerme a mí (sobre todo ahora que soy doméstico). Así que me pongo a escribir ese cuento que prometí en Mochileros y les pico el diente con este diálogo (la libérrima traducción es mía):

Paciente: Últimamente he sentido mis articulaciones muy flojas y me siento un poco débil. Tal vez me excedí con el footing… he estado corriendo casi diez millas por día y… sin embargo, parece que no bajo de peso.
Dr. House: Levante los brazos.
(ella lo hace)
Dr. House
: Tiene un parásito.
Paciente: ¿Como la tenia o algo así?
Dr. House: Recuéstese y levántese el polo.
(ella lo hace y se queda con los brazos arriba)
Dr. House
: Baje los brazos.
Paciente: ¿Puede hacer algo con ese parásito?
Dr. House: Sólo durante el primer mes. Después de eso, es ilegal… bueno, excepto en un par de estados.
Paciente: ¿Ilegal?
Dr. House: No se preocupe. Muchas mujeres aprenden a encariñarse con estos parásitos. Les ponen un nombre, los visten con ropa muy pequeña, los llevan a jugar con otros parásitos…
Paciente: No entiendo, ¿jugar con otros parásitos?
Dr. House: (mostrando, por fin, el ultrasonido) Mire, hasta tiene sus ojos…



ENTREVISTA A CLAUDIO CORDERO – DIRECTOR DE GODARD!
Sunday March 11th 2007, 1:14 am
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claudio cordero.jpg“El crítico de cine no puede ser un perdonavidas”

Por: Francisco Angeles

En mayo de 2001 tres afiladas plumas remecieron el medio cinematográfico nacional. Los jóvenes críticos Claudio Cordero, Sebastián Pimentel y José Tsang lanzaron el primer número de la revista de cine godard! y de inmediato causaron una polémica inusual. Tenían el propósito de escribir sobre el cine que les gustaba, pero también lo hicieron sin tapujos sobre el cine peruano de esos años y la complacencia de la crítica con cintas que ellos juzgaban definitivamente malas. 

Casi seis años después, con Cordero y Pimentel como directores, y ya convertida  en un referente imprescindible dentro de la crítica de cine en el Perú, la revista acaba de publicar su undécimo número. Conversamos con Claudio Cordero sobre el pasado y el presente de godard!, la actualidad del cine peruano y la situación de la crítica cinematográfica en el país.     

Godard! empieza con una línea bastante combativa. Parecía que querían derribar ciertas idas establecidas sobre el cine peruano. ¿Ésa fue la principal motivación para iniciar el proyecto?

No, no partió de una voluntad o deseo de derribar a nadie. Sebastián (Pimentel) y yo veníamos publicando críticas en el diario Cambio por casi dos años y leíamos bastante a los críticos peruanos que sacaban la revista La Gran Ilusión, que nos gustaba mucho. Ahí estaban Ricardo Bedoya, José Carlos Huayhuaca, Alberto Servat, Isaac León Frías, que eran los críticos establecidos y los que yo leía desde niño en Caretas o El Comercio. Nosotros teníamos la colección completa de La Gran Ilusión, pero la revista cada vez nos fue gustando menos, y con el tiempo ya no nos despertaba la misma pasión que antes.

¿Qué hizo que esa revista les dejara de gustar?

Ellos tenían un panteón de grandes directores y era como si fuera de ellos no hubiera nada más. Creo que por ahí empezaron las discrepancias. A fines del 99, vimos que en sus listas de lo mejor del año no estaba Rushmore de Wes Anderson, que a nosotros nos pareció formidable. Bedoya puso The matrix, que a nosotros nunca nos despertó ningún interés. Nos pareció alucinante que un crítico del prestigio de Bedoya ponga The matrix por encima de películas que nos parecían obras de arte, como Ojos bien cerrados de Kubrick, a la que ni siquiera mencionó. Eso fue formando una insatisfacción.

Entonces ustedes aparecieron más como respuesta a la crítica que a la mala calidad del cine peruano…

Los dos aspectos coincidían en un punto. Cuando estrenaban las películas peruanas, que eran pésimas, salían las críticas y nunca decían la verdad. Señalaban que se caían al final, pero lo cierto es que el problema de películas desastrosas como Coraje o No se lo digas a nadie, era de fondo, de raíz. Eran películas malas, falsas, pseudointelectuales, pseudorealistas. Nos tocó el peor momento del cine peruano: Lombardi en su decadencia, Degregori con Ciudad de M, Durand con Coraje, su peor película. Sebastián y yo ya compartíamos una idea de lo que queríamos hacer. Y luego se sumó José Tsang, a quien conocí en la Universidad de Lima y parecía caído del cielo, ya que compartía nuestro mismo lenguaje. Él también leía las críticas sobre cine peruano y se mataba de risa.

¿Cómo explicas esa benevolencia  de la crítica con las películas peruanas?

No hay que ser Mandrake para darse cuenta que estos críticos y cineastas no son grupos separados. No quiero decir que son una mafia, no son los Corleone, no digo que vayan juntos para todos lados, pero definitivamente se han formado bajo el mismo techo, que es la revista Hablemos de cine, donde estuvieron Huayhuaca, Tamayo, León, Bedoya. Y después ese techo se cambió por el de la Universidad de Lima, donde veías a los mismos personajes. Entonces ocurrió algo muy perjudicial para el cine peruano, que fueron críticas favorables a películas malas. Y así El bien esquivo terminó convertida en mejor película que Bailando en la oscuridad, lo que es surrealista.  

Recuerdo que Ricardo Bedoya dijo que no respetaba a la gente de godard!…

Bedoya es el más fuerte del grupo y el más capaz, aunque a veces ha perdido su capacidad cuando habla del cine peruano. Cuando dice cosas como ésa, yo creo que está en su personaje…

¿Cuál es su personaje?

El de enemigo de godard! Reconocemos sus dotes como crítico, su capacidad y experiencia, pero eso no significa que no podamos estar en desacuerdo con él. No es un intocable. Y además es uno de nuestros lectores más fieles. Está al tanto de lo que hacemos, nos lee con lupa, y eso nos alegra mucho. Lamentablemente cuando habla de nosotros en público es para desprestigiarnos y decir que no sabemos nada de cine.

Volviendo al número inicial, un aspecto polémico fue el nombre que eligieron para la revista. ¿Fue una jugada marketera?

No, porque nosotros no sabemos nada de marketing (risas). Teníamos en mente ponerle el nombre de un director. Y cuando salió el nombre Godard nos sonó muy bien. No es que estuviéramos obsesionados con él, incluso habíamos visto más películas de Truffaut que de Godard. Pero Godard representaba la actitud de la Nueva Ola. Podía ser antipático, incluso medio contracultural, y nosotros nos identificábamos con eso.

¿Por dónde circuló ese primer número?

En universidades y algunas librerías. Pero poco tiempo, porque apenas había salido de imprenta y ya casi se habían agotado los números. Para nosotros fue sorprendente el impacto que tuvo.

Justamente aquí tengo el número uno de la revista. Quiero leer el inicio de la reseña, firmada por godard!, que le hicieron a Tinta roja

(Risas) A ver…

Ahí va: “Ningún premio en La Habana o San Sebastián va a aplacar nuestra ira ante el ultimo bodrio perpetrado por Francisco Lombardi, a quien aún no le perdonamos sus dos anteriores incursiones fílmicas, No se lo digas a nadie y Pantaleón y las visitadoras“. Y el remate de la reseña, dirigida a los críticos, es contundente: “y no nos vengan ahora con eso de que la película se malogra al final. ¡No abusen de la buena fe de la gente!”

(Risas).

A lo que iba… Ahora a la revista la veo muy interesante, muy bien hecha, pero mucho más conservadora, más inofensiva. ¿Qué ha pasado con ese ímpetu inicial?

Es otra revista. Han pasado seis años. Esa reseña que leíste me parece buenísima, pero ahora hacer algo así sería forzado, no saldría con la misma espontaneidad de esa época. Llegamos en el peor momento del cine peruano. Ahora estamos en otra contexto y yo tengo más fe en el cine peruano, pero no por Lombardi, que está haciendo Mariposa negra, sino porque han aparecido películas loables como Madeinusa y Chicha tu madre.

¿Crees que en ésa época Lombardi era el gran paradigma y ahora ya no lo es?

Sí, y creo que hemos puesto nuestro granito de arena en eso. Y no creo que hayamos sido injustos con él. Ha hecho películas malísimas como Tinta roja o No se lo digas a nadie, pero también reconocemos algunas buenas, como Bajo la  piel. Nunca hemos descalificado todas su películas. Con la misma sinceridad con que decimos que Ojos que no ven y Mariposa negra son películas desastrosas,  bochornosas, también decimos que algunas otras son valiosas. Lombardi ha contribuido a la evolución del cine peruano, pero de ahí a decir que es nuestro gran cineasta, el faro, el referente, hay una gran distancia.

Ustedes eligieron a La muralla verde como la mejor película peruana de la historia. ¿Sería Robles Godoy el gran faro que para ustedes no es Lombardi?

Más que el Robles Godoy cineasta, sería el Robles Godoy artista, que no traicionó su visión incluso en sus peores obras. Además, tiene películas de las que deberíamos hablar más seguido, pero han sido borradas de la cultura peruana y nunca valoradas en su justa dimensión. Películas como La muralla verde, En la selva no hay estrellas y Espejismo no han sido vistas por lo menos por dos generaciones, y eso ha ocurrido porque ningún critico las ha destacado en ningún lado. Una de las cosas que más me enorgullece de godard! es haberle hecho un homenaje a Robles Godoy. A partir de allí, La muralla verde fue descubierta en Argentina y programada en el Festival Internacional de Cine de Buenos Aires.

En un artículo para la revista chilena Mabuse escribiste, sobre la irreverencia de la etapa inicial de godard!, que “en esa época éramos jóvenes y no teníamos nada que perder”. Ahora, Sebastián Pimentel tiene un espacio en Somos, tú también tuviste uno en El Comercio. ¿Eso quiere decir que ahora sí tienen algo que perder?

No, no me refería a una cuestión individual. Hablaba en general, a ser jóvenes y  expresar las ideas. Yo ahora quiero ver a los jóvenes hacer algo así. Que digan lo que sienten y lo que piensan, que sean más desobedientes frente a las voces oficiales y autorizadas.

¿O será que ahora ustedes son parte de las voces oficiales?

 Lo dudo mucho. Nosotros seguimos luchando para que la revista sobreviva. Nadie nos ha regalado nada. Seguimos estando un poco al margen. Por ejemplo, nunca nos han invitado a ser jurado en el Festival de la Católica, donde se ha turnado todo el mundo…

Pero en líneas generales, ¿no sientes la revista mucho más conservadora?

No lo creo. Lo que pasa es que, fuera de lo que ya dijimos en esa época, no hay nada nuevo que decir sobre el cine peruano y la crítica peruana. Pero sí hay algo que me parece mucho más provocador, que es ir contra el gusto elitista del crítico que sólo admira el cine de autor europeo, las de Bresson o Tarkovski, que por supuesto que a mí también me gustan. Los críticos están muy  desconectados de lo lectores. Hay revistas que no sé a quién se dirigen. Nosotros también queremos tener una vocación pedagógica, formar un público cinéfilo. Hay quejas de por qué no llegan películas de autor asiáticas o europeas, y la respuesta es muy simple: no hay un gran público para ellas. Y me parece provocador hablar de cine  comercial. Así que todavía nos salimos de los esquemas. Escribimos sobre Erice, Lodge Kerrigan, Haneke, y a su lado le damos un espacio al cine comercial, porque también forma parte de nuestras vidas….

Y son las películas que la mayoría ve…

Claro que sí, y no hay por que negarlo. Existe el prejuicio de que Hollywood es malo, pero las peores películas que yo he visto son latinoamericanas. Y también hay europeas que son un mamarracho…

Es cierto que hay un prejuicio contra Hollywood, pero de alguna manera se lo ha ganado…

 Sí, porque produce mucha basura. Pero también hay películas valiosas, como En busca de la felicidad, que está en cartelera y es digna de verse, pero los críticos le han puesto una estrella. Nosotros queremos llegar a un público más amplio sin sacrificar nuestra identidad. Hacemos la revista que queremos hacer, la que nos place, eso no ha cambiado. En cierto sentido es una revista comercial, pero también es exigente. Y  el nombre se ha convertido en una especie de requisito. O sea, si la lees, por lo menos entérate quién es Jean Luc Godard. Así que también lo veo como una contribución a la cultura. Queremos sensibilizar a la gente acerca de lo que el cine tiene que ofrecer como experiencia estética. Lo que más satisfacción nos da es que las personas se interesen por películas a partir de leer godard! 

¿Qué condiciones, aptitudes o capacidades consideras que debe tener una persona para ser un buen critico de cine?

Creo que haber visto mucho cine, por lo menos las películas fundamentales, y también escribir bien, redactar con estilo, porque el critico no es un notario ni un forense. Debe ser creativo. No tiene que maquillar ni embellecer nada, pero sí saber conectarse con la película. Aprecio una crítica cuando se siente que el crítico se ha conectado espiritualmente con la película, se ha metido en la propuesta.

Partiendo del afán pedagógico que señalaste, me gustaría que indicaras qué características debe tener una película para que la consideres una obra maestra…

Es una pregunta complicada. Yo recuerdo muy emocionalmente las películas. Cuando uno ve una obra maestra la reconoce de inmediato. Las grandes películas muestran cosas que no habías visto antes. Ver El arca rusa o Mulholland drive es casi como ver el cine por primera vez. El montaje, el sonido, las actuaciones, todo te maravilla. La primera impresión siempre es intuitiva. Después sabes que tienes que volver a esa película y siempre descubres cosas nuevas, vas llegando a otros niveles. Esas son las mejores, las que puedes verlas una y otra vez.

Han aparecido muchas óperas primas últimamente. Madeinusa, por ejemplo, ha despertado mucha polémica. Incluso se ha discutido sobre ella fuera del ámbito de la crítica cinematográfica…

Eso me parece buenísimo. Que una película peruana sea discutida y polémica es muy saludable. Yo creo que es un síntoma de que algo ha pasado, ha tocado algún nervio o ha molestado a alguien, no necesariamente a los críticos, sino a algunos intelectuales o bienpensantes, y eso me parece muy bien. Lo que pasa es que el cine peruano está demasiado alejado de nuestras vidas. Los directores no dicen nada sobre nosotros, sobre nuestra realidad. Ciudad de M, por ejemplo, era una ciudad artificial, salía Christian Meier con el pelo verde (risas). Pero lo gracioso es que hay gente que cree que nosotros exigimos que salgan de aquí Tarkovskis o Coppolas. Dicen “la gente de godard! sólo quiere genios”. Y eso no es así, pero sí pedimos películas con cierto nivel. Hay películas iraníes muy buenas que se han hecho con menos presupuesto que Doble juego.

¿Y entonces cómo explicas la aparición de una película como Doble juego?

Hay cineastas que hacen cine porque es su chamba, ganan plata con eso. Así como un zapatero hace zapatos, Degregori o Durand son directores y tienen que hacer películas…

¿Quieres decir que no sienten el compromiso de hacer una buena película?

No creo que quieran hacerlas mal a propósito, pero no les sale bien… será que les  falta talento o que no tienen nada que decir. Y también creo que les falta autocrítica.

Siempre se habla mucho de directores, pero casi nunca de guionistas.  ¿Crees que parte del problema viene también por una deficiencia en ese aspecto?

En el caso de Lombardi, su alianza con Giovanna Pollarolo ha sido fatal. Con Augusto Cabada, que es mucho más competente, le iba mejor. La fiesta del chivo, por ejemplo, no llega a ser un desastre por el guión de Cabada. Muchos directores han escrito los guiones para sus películas, pero en algunos casos les recomendaría que lo dejen en manos de gente más experimentada. Pero finalmente lo que más pesa es la dirección. Con un mal guión puedes hacer algo, pero un buen guión no sirve de nada con un mal director.

En una presentación de godard!, un integrante de la revista se preguntaba por qué no podían surgir aquí películas como las del Nuevo Cine Argentino, que están hechas con bajo presupuesto. El crítico Emilio Bustamante dijo que la respuesta era muy fácil: no hay industria cinematográfica, no hay apoyo del estado, no hay una tradición, no hay escuelas de cine. ¿Es por eso que el cine peruano es tan malo?

Creo que el asunto es complejo. Esas malas condiciones pueden existir, pero lo que me fastidia es que por ello se les perdone la vida a las películas peruanas. Me parece una actitud bastante derrotista. Por ejemplo, Mañana te cuento puede haber surgido bajo esas malas condiciones, pero eso no quita que sea una mala película, y eso hay que decirlo. El crítico no puede ser un perdonavidas. La película puede ser peruana o china o de donde sea, y si es mala el crítico está en la obligación de decirlo porque es un líder de opinión y porque no hay que engañar a la gente.

(Foto tomada de la página arteperu)   



Los medios de Baudrillard
Thursday March 08th 2007, 11:06 pm
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braudillard.jpg Por: Giancarlo Stagnaro

Desde Francia nos llega la noticia del fallecimiento del pensador y sociólogo francés Jean Baudrillard (1929-2007). Junto con el deconstruccionista Jacques Derrida, Baudrillard puede ser considerado como uno de los grandes desmontadores del proyecto moderno iniciado por la Ilustración y sus sucedáneos.

Contemporáneo de Mayo del 68, Baudrillard también fue testigo del desmoronamiento de las utopías modernas. Quizás se deba a ello su estilo enrevesado y de abierto escepticismo frente a toda posibilidad de cambio. Sin embargo, aunque puede sonar paradójico, Baudrillard no renunció a la crítica.

Continuando la línea iniciada por el situacionista Guy Debord para denunciar la “sociedad del espectáculo” producida por el capitalismo tardío, Baudrillard postuló las nociones de simulación y simulacro, que formulan realidades virtuales difundidas a gran escala por los medios de comunicación. Lo que llamó como “hiperrealidad”, en realidad, es una macroestructura de la falsificación: públicos consumistas en busca compulsiva de la perfección corporal, el no paso del tiempo y la objetivación del saber.

La posmodernidad es la época del simulacro. La lógica cultural sólo busca venderlos a los hombres, quienes se muestran incapaces de construir lazos sociales duraderos. Éstos han sido sustituidos por las marquesinas de los avisos publicitarios o los gritos esperpénticos de la caja boba.

El marcado nihilismo de Baudrillard, que puede confundirse con una sonrisa grotesca frente a la decadencia contemporánea, en cierto modo es visible en la obra de Michel Houellebecq, el también polémico novelista francés. Sería interesante explorar en los lazos que unen y separan a ambos, ya que curiosamente los une el afán provocativo y cuestionador.

Más allá de estar o no de acuerdo con la postura de Baudrillard, lo cierto es que toda una generación de pensadores franceses, la generación posestructuralista, nos viene dejando en años recientes. Quizás sea momento de plantear una serie de relecturas –como ya viene sucediendo con Michel Foucault, Paul Ricouer y Roland Barthes– para afrontar con la mayor dosis de reflexión –e ironía– posible los desafíos sociales, políticos e intelectuales del nuevo siglo.



EL HABLADOR: SE VIENEN LOS REFUERZOS
Wednesday March 07th 2007, 6:58 am
Filed under: Hablablog,Publicaciones
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Por: Francisco Angeles

La idea surgió mucho tiempo atrás: si El Hablador era un revista electrónica, estaba desperdiciando una de las posibilidades que el soporte virtual le permitía: el diálogo permanente e inmediato con los lectores. Y abrir un blog parecía la alternativa más viable para conseguirlo. Tras largos meses de discusión e interminables mails entre los integrantes de la revista, el asunto se resolvió en una votación en la que un par de inesperados votos a favor terminaron definiendo la apertura de este blog. Casi de inmediato se decidió también que no serí­amos nosotros los únicos en actualizar el blog, sino que debí­amos contar con un equipo de columnistas que escriba regularmente aquí­. 

Así­ que un nuevo debate se instaló: ¿quiénes serían nuestros columnistas? No hubo menos discusiones que la primera vez. Un nombre polémico que provocó más de una histeria y jalada de mechas al interior de la revista; una musa televisiva con la que todos soñaban, no precisamente por sus atributos intelectuales (eso no significa que no los tenga) a la que nunca conseguí­ ubicar; dos posibles columnistas (hombre y mujer, dentro y fuera del Perú, respectivamente) que no aceptaron el encargo y se excusaron más o menos con los mismos argumentos. Y finalmente decidimos empezar esta nueva etapa del blog con las cuatro personas que ahora les presentamos. Cada uno de ellos escribirá una columna quincenal.

La reunión para que nuestros columnistas se conocieran (y para la foto de ley) fue el lunes a las cinco de la tarde. Tras media hora de conversación, los nuevos colaboradores posaron para el lente del voluminoso y lúbrico fotógrafo Martí­n Félix, quien los hizo caminar a lo Reservoir dogs mientras su cámara los registraba paso a paso.  

Debemos aclarar que cada columnista es independiente y el único responsable de su propio texto. Por otro lado, esperamos que éste sea sólo el primer grupo y que en el futuro nuevos colaboradores puedan sumarse al equipo. 

Aquí están, estos son (en estricto orden alfabético):

columnistas7.jpgLeonardo Aguirre
Ha publicado el libro de cuentos Manual para cazar plumíferos (2005). Escribió crónicas y reseñas para el suplemento “El Dominical” del diario El Comercio, una columna semanal para el diario La República y una recordada sección de reseñas en la página Agenciaperu.
 
Aguirre decidió ponerle a su columna “Lobo doméstico”. Consultado al respecto, se puso serio, sorbió su café, y dijo lacónicamente: “El nombre lo explica todo. Ya no quiero chocar con el medio cultural limeño. No me voy a fijar mucho en lo local”. La columna de Aguirre abrirá esta nueva etapa del blog el próximo miércoles, y estará allí­ el mismo día cada dos semanas.

columnistas9.jpgDiego Cabrera
Coeditor de la revista de cine Godard! y codirector del blog de cine de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (El fisgón). Es colaborador permanente de la revista virtual chilena Mabuse. Actualmente integra el Comité Directivo de la Asociación Nacional de Prensa Cinematográfica (APRECI).

La columna de Cabrera se llamará “La Papaya Mecánica” y estará colgada aquí­ cada dos viernes. “Estuve pensando también en ponerle El Infiltrado a mi columna”, dijo, “ya que aquí­ ustedes son escritores, y yo soy más de cine. Pero finalmente decidí­ ponerle un nombre más irónico, aunque la columna no necesariamente va a ser siempre cachacienta. De vez en cuando habrá seriedad”.

columnistas8.jpgCarlos Calderón Fajardo 
Autor de una extensa producción narrativa en la que destaca el libro de cuentos El que pestañea muere (1980) y las novelas La conciencia del lí­mite último (1990) y La segunda visita de William Burroughs (2006), Calderón Fajardo ha ganado numerosos premios literarios y ha sido finalista de la última edición del Premio Internacional Tusquets de Novela. Su último libro, la colección de relatos Historias de verdugos, apareció el último diciembre.

Calderón Fajardo ha decidido ponerle a su columna el nombre de uno de sus libros: “El hombre que mira el mar”. Publicará en este blog cada dos miércoles. “Me interesa hacer un paralelo entre la literatura latinoamericana y la literatura mundial, y si es posible llegar a la literatura peruana”, señaló. “También pienso comentar libros de filosofí­a o sociologí­a, que normalmente nunca son comentados en ninguna parte”. 

columnistas6.jpgJosé Guich Rodrí­guez
Ha publicado los libros de relatos Año sabático (2000) y El mascarón de proa (2006). Junto a Luis Fernando Chueca y Carlos López Degregori, es coautor del libro de crítica En la comarca oscura. Lima en la poesí­a peruana 1950-2000 (2006). Ejerció el periodismo cultural en diversos medios limeños, como Caretas y La República. Actualmente se desempeña como profesar en la Universidad del Pací­fico y la Universidad de Lima, y es codirector de la revista cultural Pie de Página.

La columna de Guich se llamará “Desencantos” y estará colgada en este blog cada dos viernes. “Siempre partiré de lo cultural y de allí­ quizá desemboque tangencialmente en lo polí­tico. Me interesa tratar temas culturales con proyección sociopolí­tica”, indicó Guich .



ENTREVISTA A GUSTAVO FAVERON PATRIAU
Sunday March 04th 2007, 5:50 am
Filed under: Entrevistas

faveron.jpg“La prensa ya no es capaz de percibir la importancia de la discusión cultural”

 

Por: Francisco Ángeles

Empecemos hablando de tu época como reseñista en la revista Somos. ¿Sentías alguna responsabilidad en cuanto a que tu opinión podía levantar o enterrar una obra?
La verdad es que nunca sentí que eso fuera posible. No creo que existan críticos en el Perú con el poder de hacer eso. Si yo lo hubiese tenido, Bayly sería ahora un autor en quiebra (risas).

Quizá no en nivel de ventas, que siempre son pocas, pero sí en la manera en que se valoraba las obras reseñadas en el circuito literario…
Hay una cosa que la gente no parece recordar bien: mis reseñas fueron casi siempre sobre literatura extranjera. Somos tenía una página de crítica mía y una de Rocío Silva Santisteban, y ella solía hablar más de autores peruanos que yo. Creo que mi página sí tuvo influencia en la recepción de ciertos autores. Por ejemplo, Edmundo Paz Soldán era desconocido por completo en Lima hasta que empecé a escribir sobre él. Y ahora el Perú es como su segunda casa. No hay libro suyo que no sea reseñado en la prensa peruana.

¿Recuerdas algún escritor peruano que en esa época hayas descubierto al público?

Sí, Enrique Prochazka. De Enrique nadie escribía, era realmente un escritor marginal. Su primer libro de cuentos fue muy poco reseñado y creo que algo de su recepción crítica ahora viene de las lecturas que hice de sus cuentos en el primer momento. No es un éxito librero, pero es un escritor que nadie puede pasar por alto si hablas de nuestra narrativa reciente.

El año pasado publicaste la antología Toda la sangre. ¿Cómo sentiste en general la recepción de dicha obra?

La sentí más o menos como esperé que fuera: incómoda y polémica, difícil de aceptar incluso para algunos de los antologados. Incluso dos de ellos, Oswaldo Reynoso y Miguel Gutiérrez, hicieron observaciones públicas. A la gente le gusta entender el problema como que ambos pertenecen al grupo de los llamados ‘andinos’, pero en realidad no tiene nada que ver con asuntos étnicos y regionalistas, sino que ambos vienen del grupo Narración.

¿No les gustó que también hubiera una visión distinta de la de izquierda en la antología?

Es un asunto ideológico. Ellos son dos marxistas a la antigua, bastante esquemáticos, y además son dos personas que arrastran un conflicto personal que tiene que ver con sus pasados de izquierda radical que, en un contexto como el actual, necesita un reacomodo, lo que les está costando trabajo. Mi introducción a la antología está articulada desde una perspectiva, digamos, neomarxista, recurriendo básicamente a Eagleton y Williams. Eso, sumado a que la mayoría de los antologados son de izquierda, hace difícil de entender eso de que la antología no tuviera una visión de izquierda…

Entonces no les gustó que hubiese textos que no tienen una visión marxista…

Claro, pero eso es de un sectarismo y de un espíritu antidemocrático tremendo. Debo aclarar que ese tipo de reacción fue más de Reynoso que de Gutiérrez, quien sí reconoció la amplitud como una de las virtudes de la antología, pero se enojó con el contenido de mi prólogo. Reynoso, en cambio, parecía simplemente molesto de haber sido antologado junto con ciertos otros autores.

¿A eso del sectarismo te referías cuando dijiste en una entrevista que la antología de Mark Cox era parcializada?

 Era notablemente parcial. La antología de Cox simplemente olvida que la sociedad civil y la izquierda militante son dos entidades incomparables, que la segunda no representa completamente a la primera. Y por otro lado, la antología de Cox sí tenía un evidente prejuicio anti “criollo”. Allí sí es verdad que no había nadie que no fuera de los que suelen ser identificados como “andinos”. Mientras que Toda la sangre, curiosamente, pese a que las críticas provengan de la izquierda y de los autodenominados “andinos”, tenía una mayoría de escritores de izquierda y dos tercios de los autores eran del interior del país. Pero quiero aclarar una cosa: yo uso los términos “andino” y “criollo” casi de modo irónico. He aprendido a tomarlos con distancia para este asunto en particular, por una razón sencilla: culturalmente, todos los autobautizados “andinos” son criollos. Y a veces, al llamarse “andinos” lo que hacen es arrogarse una representación que no tienen.  

LA CARRERA ACADÉMICA, LA PRIMERA NOVELA, LA CULTURA EN LA PRENSA

Alguna vez dijiste que notas una fuerte corriente antiacadémica entre ex  estudiantes de literatura. ¿A qué crees se debe?

Creo que el medio académico peruano hace casi explicable esa reacción. Si quieres ser un investigador, un crítico y un maestro universitario de literatura en el Perú, tienes dos y acaso tres lugares donde lo podrás hacer dentro de un buen nivel, y ninguno de esos lugares te da ni tranquilidad económica, ni condiciones prácticas para la investigación. Si te preguntas cuántas personas en el Perú tienen puestos fijos de profesores de literatura en buenas universidades peruanas, es posible que los cuentes con los dedos de tus manos.

¿Todo se reduce entonces a un asunto económico? ¿O también te refieres a una mala calidad en la enseñanza de la carrera de literatura?

Es económico, pero también institucional. No existen lugares donde desarrollarte profesionalmente. La enseñanza puede fluctuar, y de hecho no es mala si la comparas con la enseñanza en otros países, pero es limitada y se restringe casi absolutamente al bachillerato. La academia peruana tiene limitaciones prácticas debidas a la falta de condiciones objetivas para el estudio y la investigación, y un ambiente tan opresivo desencanta a la gente. Es una reacción explicable acabar pensando que la academia es negativa en sí misma cuando en tu vida sólo has conocido una academia minúscula, cerrada, inactiva y limitada. Sin embargo, en el Perú siguen surgiendo críticos interesantes, como Marcel Velásquez, que demuestran que incluso en un clima opresivo se puede trabajar. Pero son excepciones; deberían ser la regla.

¿Tu partida a hacer un doctorado en Estados Unidos la tenías como objetivo desde estudiante de pregrado o surgió al enfrentarte a ese medio paupérrimo que describes?

Yo me tomé todo el año 95 de vacaciones, decidí pasarme un año leyendo y no trabajar en nada, hasta que se me agotaran los ahorros. Había sido profesor por varios años y estaba harto. Entonces, el año 96, cuando se me acabó la plata,  encontré de casualidad un trabajo en El Comercio. Parecía caído del cielo: todo mi trabajo consistía en comentar libros y películas y me pagaban sueldo de tiempo completo. Entré como redactor y un año después era subeditor de Visto & Bueno. Un año más tarde, era editor y para 1999, al tercer año, era editor de Somos. Tenía tres años de carrera como periodista y era editor de la revista más leída del país; un buen sueldo, un trabajo interesante, etc.

Y entonces, ¿por qué irse?

Porque me di cuenta de que yo jamás había querido ser periodista. Yo entré a El Comercio para comentar libros y películas, y tres años más tarde estaba preparando denuncias sobre la fábrica de firmas falsas de Fujimori (risas). Así que  me di cuenta de que tenía que hacer algo para volver a la literatura. Entonces busqué una beca afuera, y renuncié al diario.

A veces la academia, específicamente la de literatura, parece estar demasiado encerrada en sí misma. ¿Cuál era para ti su atractivo?

Uno básico: yo siempre he entendido la crítica como un género literario más. Para mí, un escritor es un lector y un crítico es un lector a tiempo completo, de modo que yo veo la carrera académica como si fuera el inicio de mi carrera creativa.

¿Estás diciendo que piensas publicar ficción pronto?

De hecho, estoy terminando mi primera novela. Y también estoy corrigiendo mi tercer libro que es el primer libro de crítica que voy a publicar. Publiqué en España un libro de historia, luego en Lima la antología, y ahora he terminado mi primer libro de crítica y estoy por terminar mi primera novela.

Cuéntame algo sobre la novela.

Es una novela de misterio, pero también es una reflexión sobre la posibilidad de construir una historia nacional a partir de momentos límite, como los años de la violencia en el Perú. Pero es una novela escrita completamente en clave alegórica: no vas a ver en ella terroristas y policías, ni bombas, ni nada demasiado realista, aunque se basa en un hecho real.

El hecho real, ¿se puede decir o es top secret?

Es muy secreto, sí. De todas maneras, te puedo decir que los eventuales lectores no necesitan saber cuál fue el hecho real para disfrutar o comprender el libro.

¿Ya tienes editorial, fecha de publicación?

No, no tengo nada de eso. Estoy buscando un tiempo para terminarla, espero que a mitad de año esté revisada y lista para ser enviada a un editor. Pero por ahora no tengo eso en mente, sólo me importa encontrar exactamente el final que quiero. Y también quiero que quede claro que para mí escribir crítica y escribir ficción no son dos ejercicios muy distintos. Ahora mismo sé claramente cuál es el tema sobre el cual escribiré el libro posterior a la novela, el siguiente libro. Y sin embargo, no tengo claro si será un libro de ficción o uno de crítica.

De acuerdo, queda claro que los libros de crítica y los de ficción los ves como unidad…

Los veo demasiado cerca uno del otro.

Volvamos al tema anterior. No me quedó muy claro cuál seria el objetivo al seguir la carrera académica. Me refiero a si existe un compromiso con la cultura, con elevar el nivel intelectual de la gente…

Bueno, la crítica literaria es un ejercicio de aprendizaje, como la antropología o la filosofía. Si uno piensa que la literatura encierra sentidos atendibles, nos describe, nos explica, nos construye, entonces estudiarla es tan importante como estudiar la mente humana o la sociedad.

¿Pero no es un círculo demasiado pequeño (en comparación, no digo al universo total de la población, sino al de los lectores de ficción) quienes lo leen?

Obviamente es un público especializado. Si soy un neurocirujano y escribo estudios sobre la corteza cerebral, tampoco esperaré que me lea todo el mundo, me leerán aquellos que deban hacerlo.

Es cierto. Pero justamente por eso, ¿no está demasiado alejado del publico? ¿No es una actividad demasiado elitista?

Evidentemente es elitista. Tanto como la física termonuclear.

El punto sería cómo esos conocimientos que la crítica obtiene pueden filtrarse a un mayor número de lectores…

Para eso está la crítica de prensa. Pero el punto es el siguiente: la crítica de prensa, más divulgatoria, etc., siempre será mejor ejercida por quien mejor haya estudiado la literatura. Si yo un día quiero enterarme de cómo funciona el cerebro humano, prefiero que me lo explique un científico, no que me lo explique alguien que sea tan ajeno al tema como yo. Entonces, si quiero leer algo sencillo sobre literatura, claro y al alcance de cualquiera, que lo escriba un crítico de verdad, pero que escriba para todo el mundo.

¿Hay alguna crítica que hacer, no a la academia en sí, sino a la manera en que la ejercen algunos? Pensaba en el lenguaje a veces indescifrable de algunos académicos…

El lenguaje de los académicos puede ser difícil porque el tema es difícil o porque el académico no tiene nada que decir. Pero hay que saber distinguir esos dos casos. Hay que tener en cuenta que el lenguaje difícil no debe llevarte a descalificar las ideas. Justo en la mañana estaba viendo un documental llamado Zizek!. Zizek aparece en una escena mirando la tele, y en la tele hay una conferencia de Lacan. Zizek, como sabes, es un lacaniano fanático. Y Zizek dice, en el documental, que Lacan es un posero, que su lenguaje es difícil gratuitamente, que el estilo de Lacan es lamentable. Pero también dice que nada de eso debe hacernos olvidar que Lacan no está diciendo idioteces.

De acuerdo, es un ejemplo muy bueno. El problema es que para los no especializados no es fácil darse cuenta qué hay detrás; es decir, si hay ideas o es puro palabreo…

Claro, la academia debería ser capaz de distinguir, y no siempre puede. Pero también es verdad que la academia en todas las disciplinas genera jergas y lenguajes propios. A la literatura a veces se le quiere pedir que sea la única disciplina académica al alcance de todo el mundo, y no es así. Nadie irá nunca a pedirle a los químicos que dejen de usar palabras de catorce sílabas. Y una cosa más: yo digo desde hace tiempo que la crítica académica peruana es nuestro género más fuerte en las últimas generaciones. Es una lástima que fatalmente sea el género más marginal.

Casi no hay ni críticos “periodísticos”…

Es cierto, la prensa ya no es capaz de percibir la importancia de la discusión cultural. Y cuando digo la prensa me refiero a los empresarios y a los directores, que deberían asumir ese asunto con más responsabilidad. Yo antes pensaba que todo el problema era que había una visión paternalista de los dueños y directores de medios hacia el público lector, a quien juzgaban incapaz de interesarse en ciertos temas o incapaz de acceder a ellos. Cada vez estoy más convencido de que no es paternalismo, sino que los dueños y los directores son genuinamente ignorantes en su gran mayoría, y ven la intelectualidad y el arte como frivolidades, como cosas irrelevantes. Además, claro, de tener una visión comercial muy miope: juzgan que todas las secciones del diario deberían ser mayoritariamente atractivas. Y eso es absurdo. No se puede atraer a la misma cantidad de lectores con la página de artes plásticas que con la página de fútbol de los lunes. Los medios deberían recordar que no son sólo negocios ni únicamente sitios de expresión, sino que son también promotores de cultura y de debate.

Y eso difícilmente va a cambiar, ya que sería utópico un curso de cultura general o de refinamiento intelectual para empresarios y directores…

 En verdad, los directores pueden seguir siendo ignorantes el resto de su vida, y eso no debería afectar la inteligencia de sus medios: bastaría con que se dieran cuenta de que para dirigir las páginas de cultura se necesita especialistas, igual que con cualquier otra sección, y que le dieran a esos especialistas los medios que le dan a los demás. Nadie confía la sección de economía a un neófito en economía, pero sí se asigna la sección cultural a gente absolutamente ajena al medio cultural. Eso ya no es sólo un signo de desprecio, sino un signo de ineficacia incluso desde el punto de vista empresarial y comercial. Los medios ven las páginas culturales como relleno. En varios casos son una subsección de las secciones de espectáculos. Nadie que se valore como intelectual quiere ser el columnista de libros de una sección de espectáculos en que su columna se turnará con la de una reina de belleza que dé consejos de charm o un animador de la tele con delirios de artista.

¿Se te ocurre alguna salida a esta situación?
Espero que espacios como los blogs, por ejemplo, se conviertan en una alternativa un poco más mayoritaria. Y hay otra cosa: ya Mirko Lauer señaló que los blogs literarios son bastante más interesantes que las secciones culturales de los diarios. El hecho de que él lo dijera en su columna de La República es un indicio de que, en algún momento, la mentalidad más creativa de los blogs pueda “contraatacar” y ganar posiciones dentro de los medios tradicionales.  

 LOS BLOGS Y LA ACTUALIDAD LITERARIA PERUANA  

Ya que mencionaste a los blogs, ¿cómo nace la idea de abrir el tuyo?

Recuerdo que Daniel Salas me animó. Me dijo que había una serie de blogs peruanos de literatura y que salvo un par, el de Iván (Thays), por ejemplo, la mayoría era bastante pobre y algunos, incluso, vergonzosos. Daniel estaba indignado porque había visto que muchos comentarios en los blogs eran hechos por personas que parecían a la claras ser estudiantes de literatura, pero solían ser comentarios racistas, homofóbicos, sexistas, clasistas, etc. Y yo le dije ¿es tan fácil abrir un blog?, y él me dijo es facilísimo, y me fue diciendo qué hacer y antes de que me diera cuenta, ya tenía un blog. Y como no tenía nada que poner, puse una reseña sobre Pudor que una revista española me había pedido y me había censurado.

Cuéntame sobre las distintas etapas del blog en lo referente a los comentarios.

Al principio no había filtros. Durante mucho tiempo la mayor parte de los insultos, casi todos, eran contra mí, y a mí me parecía que no había problema con publicarlos. Pero en algún momento comenzaron a aparecer ataques anónimos contra otras personas, entonces fue que comencé a poner filtros. Ahora simplemente leo todos los comments antes de que salgan, así que los anónimos insultantes no llegan a aparecer.

¿Por qué crees que llegan tantos insultos contra ti?

Yo creo que el anonimato promueve lo peor de la gente; hasta tal punto que es difícil saber si la gente que manda los comentarios más agresivos y violentos tiene en verdad algo contra mí. Pero es sintomático el hecho de que casi nadie me insulte con nombre y apellido, excepto un par de kamikazes de los que no vale la pena hablar.

Eso de kamikazes podría darle la razón a algunos que te señalan como autoritario. Es decir, si se meten conmigo deben ser suicidas…

No, no lo digo por eso. Digo que son kamikazes porque literalmente se hacen daño con las cosas que escriben. Más allá de mis respuestas. Por ejemplo, ahora entre los comments recibidos en este fin de semana (N.R: la entrevista fue realizada dos semanas atrás) hay dos que han llegado con firma, perfectamente identificados, de gente que me insulta y me dice “ahora insúltame”. Y lo peor es que yo no tengo la más remota idea de quiénes son esas personas y por qué quieren que las insulte…si eso no es ser kamikaze, no sé qué es.

Constantemente se dice que descalificas muy rápido a quienes debaten contigo. ¿Eres intolerante?

Puedo tener un bajo umbral de paciencia, si quieres…

En todo caso, ¿qué desborda tu poca paciencia?

Básicamente, los insultos, y sobre todo los insultos a otras personas.

¿Recuerdas alguien con quien hayas debatido en tu blog (con su nombre o con seudónimo) con quien consideras que hubo una discusión productiva?

 Por supuesto. El libro Toda la sangre surgió de una discusión en el blog.

¿Recuerdas con quién?

 Los lectores, varios lectores, muchos de ellos anónimos, fueron señalando uno a uno cuentos y novelas que trataban el tema de la violencia política. Y Ezio Neyra me contactó luego a raíz de eso. El blog le dio la idea de convertir esa discusión en una antología. Yo básicamente decía que la literatura sobre este tema comenzó casi al mismo tiempo que la guerra misma, pero algunos lectores decían que no, que era una moda reciente… Los ejemplos empezaron a surgir. Peter Elmore, por ejemplo, mencionó el cuento de Pérez Huarancca, y de hecho todo el análisis de ese cuento que aparece en mi prólogo surgió de una discusión en el blog con Peter, Daniel y algunas otras personas, incluyendo anónimos.

Hablemos un poco sobre tu otro blog, Quipu. Cuéntame cómo evalúas este proyecto en el tiempo que lleva en marcha.

Quipu para de tiempo en tiempo porque lo hago yo solo y no tengo tiempo de revisar todo lo que llega.

¿Hay algún escritor publicado en Quipu al que nadie conocía antes y del que te sientas especialmente orgulloso?

Para mí es difícil saber quiénes eran desconocidos del todo antes, porque yo no estoy metido en ese mundo en Lima. Pero lo que sí me enorgullece es que gente como Ezio Neyra, Luis Hernán Castañeda, César Gutiérrez y varios otros, que ya tienen una carrera y cierto reconocimiento, hayan enviado sus cosas a Quipu. Y que autores consagrados como Alonso Cueto hayan publicitado el blog en la prensa y comentado textos de escritores novatos. Siento que eso es un gran respaldo para los autores nuevos que aparecen allí. Les da la sensación cierta a los nuevos de que son recibidos dentro de una comunidad, una comunidad de escritores. En un medio donde la paranoia de las argollas y el rechazo, y también la marginación real, son la moneda corriente, esa apertura de algunos escritores para aparecer junto a los nuevos me parece notable.
¿Qué tan al tanto te mantienes de la actualidad literaria peruana?
 Tengo subidas y bajadas, no estoy perdido, pero no es mi interés fundamental, aunque parezca paradójico. Tengo la percepción de que hay una generación muy joven de escritores que quiere que los críticos escriban sobre sus libros antes de que ellos escriban los libros. Yo creo que es en gran parte una consecuencia de las expectativas de mercado que tienen. Por eso, los escritores jóvenes no parecen muy interesados en lo que los críticos digan sobre ellos, en entrar en un diálogo con lo dicho por la crítica (incluso si es un diálogo casi privado). Les importa que el crítico diga que el libro es bueno y reniegan si dijo que es malo. Pero no reaccionan ante el contenido de las críticas. Es como si sólo les interesara la frase que pondrán en la contratapa…

Y sería básicamente por figuración, ya que plata no van a ganar…

El arte siempre ha estado ligado al narcisismo, así que no creo que vaya por allí el rasgo fundamental. Creo que la crítica de prensa es vista como uno de los filtros que deben pasarse para que el libro sea exitoso. Eso lamentablemente hace que se olviden de que la crítica es una instancia de diálogo creativo e intelectual.

La cuestión es si acaso existe una critica a la altura para que sea adecuado entrar en diálogo…

Claro, lo que dices es cierto. Los escritores tienen todo el derecho del mundo de que sus libros no los critique un neófito o un arrogante o un bilioso que no dirá nada interesante sobre ellos.

Algo que me llama la atención es que se hable de una nueva generación (en sentido amplio), de un boom de narradores, etc… ¿No era exactamente igual en los noventa? ¿No se decía lo mismo?

Claro. Es que ahora le llaman generación a lo que antes llamaban promoción (risas).

¿Podrías comparar a la generación con la promoción? ¿Se ha elevado el nivel o es muy prematuro definirlo?

Me parece injusto comparar a estos escritores en masa. Me parece que Castañeda y Alarcón están más cerca de consolidar una obra y un universo ficcional propios, o quizá ya lo hicieron. Neyra tuvo un primer libro mejor que el segundo, y eso ha conducido a gente a hablar de que su crecimiento se ha detenido.¡Es absurdo! ¡Es su segundo libro! El primer libro de Ezio habla claramente de un talento que hay que observar y seguir.

Algo similar se dijo de Castañeda después de Hotel Europa…

Con Castañeda creo que el error es mayor, porque Hotel Europa es un libro superior al primero. Tiene baches y problemas, pero son los baches y los problemas que sólo se puede poner a sí mismo un escritor con gran talento, con gran imaginación y con una intuición importante de que quiere hacer algo propio y distinto.




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