DESENCANTOS
Saturday April 28th 2007, 6:41 am
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guich1.jpgEL CAPITÁN NEMO Y LOS HAMPONES DE WASHINGTON

 

Por: José Güich Rodríguez

Hace poco me reencontré con el capitán Nemo gracias a una atractiva edición de Veinte mil leguas de viaje submarino publicada en España por Abraxas. El entrañable personaje, héroe romántico por excelencia, había quedado en el depósito de los recuerdos, desde donde volvía en escenas que solemos evocar con melancolía (pocas) o con reproches y autoflagelaciones (más abundantes).

Al releer la novela, considerada la mejor de las más de ochenta publicadas en vida por Jules Verne -abogado y corredor de bolsa que terminó optando sabiamente por la literatura-, no dejaron de conmoverme la actualidad y fuerza de muchas imágenes. El libro salió a luz en 1870 y, de inmediato, se convirtió en el icono perfecto de la poética verniana (sí, poética, así les pese a aquellos que todavía niegan la relevancia de estas narraciones para la historia de la literatura). Lo cierto es que Verne, increíblemente, sigue capturando las mentes de cada generación, que lo reclama  suyo y descifra, en esas historias de viajes y hazañas titánicas,  sus propias angustias, sueños y temores.  El hecho de que la mayor parte de invenciones prodigiosas descritas en sus obras fueran superadas por la realidad hace bastante tiempo no es óbice para el intenso disfrute.

Las librerías ofrecen, en pleno 2007, una amplia gama de formatos para acceder a este universo, donde habitarán para siempre seres como Héctor Servadac, Phileas Fogg, Ned Land, Miguel Strogoff o Robur el Conquistador (alter ego aéreo del capitán). Pero las palmas siempre se las llevará Nemo, atormentado y misterioso capitán de la no menos inquietante embarcación bautizada como “Nautilus”.

¿Quién es realmente Nemo? La pregunta atosiga a lectores de todas las épocas, y también al profesor Aronnax, el inesperado huésped-prisionero del “Nautilus”. Encarnación del cientificismo del siglo XIX, Aronnax será el interlocutor más capacitado para entender la compleja y ambivalente personalidad de quien gobierna la nave. No obstante, el capitán siempre se las ingeniará para mantener una distancia prudencial y cortés entre él y sus “invitados”, ansiosos por abandonar la extraordinaria máquina, y al mismo tiempo, cautivados por el despliegue tecnológico del que hace gala en forma permanente, avasalladora.

Erudito y hombre de acción, Nemo es responsable del diseño del navío, que se convierte en una proyección de su sombría naturaleza. El submarino vaga libremente por los mares de la Tierra. Es apátrida: no procede de ninguna parte específica; carece de bandera, excepto la que corresponde a la independencia y la autonomía. Por boca del propio capitán, sabemos de sus orígenes nobles; es hijo de un rajá de la India. Se declara enemigo de los países imperiales, como Inglaterra, a la que culpa de todas sus desgracias, y cuyos barcos hunde o castiga en cuanto se le presenta la oportunidad. Ese país, expoliador y colonialista por excelencia, ha provocado la ruina de su familia y de su tierra natal. Es, a fin de cuentas, un anarquista, un maravilloso renegado que deambula a sus anchas por un mundo desconocido, inexplorado y peligroso: el mar, su verdadera patria.

Todos los productos que se consumen en el “Nautilus” han sido extraídos de las aguas; nada se desperdicia, y se toma solamente lo necesario para el bienestar decoroso de la tripulación, de la que no sabemos en realidad mucho, salvo por las escenas en que esos hombres leales -al parecer de varias nacionalidades, pero que han renunciado a ellas para adoptar la del “Nautilus”- apoyan a Nemo a lo largo de las incontables peripecias que se suceden en la novela. Las potencias, siempre estúpidas y necias, han ordenado la inmediata aniquilación de lo que suponen un animal gigantesco, especie no catalogada por los especialistas.

Lo que llama la atención del personaje es su carácter multifacético: posee una cultura humanística; es también científico, músico, magnate que desprecia el dinero (cuenta con una fuente casi inagotable en el fondo del océano), filántropo (apoya económicamente a poblaciones sojuzgadas por los imperialismos de la época) y estratego. Puede pasar de hombre de mundo, apacible y sofisticado, a feroz aniquilador de especies a las que considera despreciables. En ese sentido, es impresionante el episodio en que combate contra los calamares gigantes, o la carnicería demencial que perpetra contra un grupo de cetáceos depredadores. De guardián del orden natural pasa a terrible destructor de fauna que no le resulta simpática. Ese aspecto tenebroso lo engrandece.

En varios pasajes, tenemos la sensación de que Verne habla de nuestro propio tiempo; solo han cambiado los nombres y el balance de poder. ¿Qué pensaría el capitán si por alguna fuerza ignota apareciera en nuestra realidad? Inglaterra, la nación expansionista del siglo XIX, ha sido reemplazada por Estados Unidos, el país más contaminante del planeta, que se niega a firmar tratados internacionales que puedan evitar la catástrofe climática que ya toca nuestras puertas. Debemos asumir que el rebelde Nemo atacaría sin piedad cualquier barco que pusiera en peligro el mundo transparente y puro que ha reivindicado como propio a lo largo de tantos viajes. Se transformaría en un furibundo ambientalista, armado hasta los dientes, dispuesto a hacerle la guerra -en solitario- a la potencia dominante.

Bush y los otros hampones que ocupan hoy la Casa Blanca lo declararían enemigo de la libertad, de la democracia (que patéticamente permite que hasta un imbécil fundamentalista sea líder) y de los negocios asquerosos con que llenan sus bolsillos, repletos de sangre. Ahí campean las pingües utilidades dejadas por la industria de las armas. La ocupación de Irak es un buen ejemplo de la infamia.

Pero, por otro lado, también estoy convencido de que buena parte de la población mundial (los países famélicos y arrasados por el salvaje neoliberalismo) aclamaría por unanimidad a ese escurridizo y mal llamado “terrorista” submarino, cuya cabeza tiene un precio. Los jóvenes, desde Vancouver hasta Johannesburgo, usarían camisetas con el rostro de Nemo, o con una efigie del maravilloso y vengador “Nautilus”. Alguien, dispuesto a agriarnos la celebración ficticia, sostendría que Nemo, con sus arsenales del siglo XIX, jamás sería rival para los aplastantes armamentos de última generación con  que cuenta ese gobierno criminal. Consideremos la licencia: Verne no puso límites a su imaginación; eso bastaría para equilibrar la balanza. Además, su ventaja competitiva serían los incontables refugios y pasajes submarinos de los que ni siquiera Cousteau tuvo la más peregrina idea. Fantasía, 2; Realidad, 0. Así se zanja la cuestión.

En un planeta amenazado por uno de los peligros más horrendos de su historia, Nemo tendría bastante trabajo. Es probable que extendiera su guerra sin cuartel hasta tierra firme; pulverizaría sin miramientos cualquier fábrica o planta que atente contra los ecosistemas y la calidad de vida de los pobladores. Yanacocha tendría que cuidarse de su furia, así como todos los gobernantes lacayos que permitieron o facilitaron concesiones mineras sin ninguna preocupación por el futuro. ¿Cuántos Nemos y Nautilus se requerirían para paliar los daños, muchos de los cuales ya parecen irreversibles? A falta de una escuadra, uno debería ser suficiente para que la conciencia planetaria estalle y boicotee en ordenado bloque los intereses de ese Estado-Policía arrogante y de sus socios, que inició su vida bajo principios elevadísimos, y hoy no es más que una grotesca caricatura de lo que soñaron sus padres fundadores (casi todos latifundistas y dueños de esclavos…nadie es perfecto). Soñar no cuesta nada, dicen los antiguos.

Hoy, ese mismo país, que afortunadamente cuenta aún con voces disidentes y honestas, es el principal gestor de una posible extinción de la vida en todas sus formas. La batalla apenas comienza. Despidamos a Nemo una vez más. Él continuará navegando por los mares de la mente; llevará a cabo fatigosos inventarios de todas las especies que descubre en las profundidades insondables, a medida que su jornada transcurre, eternizada en las páginas de un libro excepcional. Pulverizará las embarcaciones que se atrevan a enfrentarlo. Será libre hasta la saciedad, utilizando los recursos con prudencia y respeto, lo mismo que la tecnología. Y nosotros, los indigentes mortales, nos prepararemos para lo que viene con un nudo en la garganta. Por si acaso, atisbaremos la bahía que va desde Chorrillos hasta La Punta. Quizá los dioses nos sean finalmente propicios y Nemo, por fin, emerja para guiarnos en la durísima lucha por la supervivencia. Capitán, estaré a sus órdenes de inmediato. Pero no se demore mucho, por favor, porque podría ser muy tarde y no habría quien lo reciba como usted y su tripulación lo merecen, en medio de aplausos, gritos de júbilo y bandas de música que celebran la vida como el verdadero, el único milagro. 



Habitó entre nosotros
Thursday April 26th 2007, 11:19 pm
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watanabe.jpgPor: Jack Martínez

José Watanabe no se ha ido. Sus poemas lo han inmortalizado.

Watanabe persiste, porque en nuestra literatura es un referente. Porque los jóvenes adquieren sus poemarios, porque los leen y les son devotos.

Watanabe ha ido contra la corriente de las ideas profesadas de quienes afirman que la poesía se ha de resignar a sobrevivir en pequeños circuitos.

Watanabe fue contra eso y más, porque se erigió como un fenómeno. Porque su poesía han trascendido fronteras. El mundo.

José Watanabe vive en sus versos de apariencia simple, pero de sabiduría desbordante. En sus palabras, una a una escogidas, una a una tarjadas. En la flora y la fauna que alojó con tinta en sus páginas. En la dinámica de la naturaleza que permanece en sus poemas, porque esta ha sido plasmada en su esencia, con la sensibilidad particular de un hombre que instruyó su infancia oyendo los haiku que traducía su padre.

“Basho describía el salto de la rana en el estanque antiguo y yo no sabía que estaba hablando de nuestra condición: un efímero ruido de agua interrumpiendo un gran silencio. Lo que sí entendía era que en los haiku hablaba un hombre parco de actitud, y conciso y coloquial de lenguaje (que hoy sé celebrado). Yo entendía esas características primarias del haiku porque, de algún modo afín y diverso, estaban en mi casa y más allá: en la gente de mi pueblo, austeros descendientes de los trabajadores enganchados del azúcar”.

Un hombre parco de actitud el que imaginaba como autor de los haikus, seguramente no muy distante del hombre tímido y discreto que él también fue después. Quizá por ello no quiso propalar la verdadera gravedad de su enfermedad. Quizá por ello su partida sorprende y duele, duele mucho.



García Miranda saca las garras
Thursday April 26th 2007, 12:42 am
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carlos garcia miranda1.jpgEl profesor sanmarquino Carlos García Miranda envió hoy en la mañana un “alturado” comentario al texto “Yushimito de vuelta al barrio (o San Marcos forever)” que publiqué en este blog dos días atrás. Lo dejo aquí porque considero oportuno que se lea su afectuoso ”descargo”.

Escribe García Miranda:

“Sólo unas aclaraciones al autor del libelo arriba colgado. Primero, la mesa de narradores donde participaron Selenco, Tola, Prochazca, Galarza, Iván Thays -no ese Iván Slocovich que menciona el despistado “escribidor”-, y el que suscribe este post, fue en la sede de la Cámara del Libro, en Jesús María, y no en la librería Minotauro. Segundo, el que hablaba de “sistemática marginación” -de los sanmarquinos a los de La Católica- fue Iván Thays. Dijo que nosotros, “Selenco y yo”, complotábamos contra él y no sé qué más despistes, producto de una cierta “paranoia” que en ese momento padecía Iván, y que, con los años, me parece ha superado. Tercero, entiendo que en esos años el autor nunca haya sabido ni “en pelea de perros” de nosotros, nada menos puedo esperar de un tipo que, al parecer, en ese momento tenía como único referente literario a la revista Somos, igual que cualquier vieja pituca que se respete. Y cuarto, veo que ni su estancia en las aulas sanmarquinas ha logrado que supere sus complejos con respeto a la Decana -no es el primero ni será el último. Lástima por sus años desperdiciados: entró a San Marcos acomplejado, y sale acomplejado. Hay tipos a los que le cae a pelo el dicho popular que dice: “El que nace hijo de puta muere hijo de puta”. Nunca cambian”. (Fin del comentario).

Asu mare! ¿Acomplejado? ¿Hijo de puta? Tranquilo, Carlos, no está bien que un profesor pierda los papeles de esa manera. ¿Qué fue lo que te marcó tanta pica?

Obviamente no voy a responder a esos insultos. Pero sí voy a hacer un par de aclaraciones. En primer lugar, eso de lectores de Somos=viejas pitucas me da la razón en los prejuicios tan fuertemente atados a la mentalidad sanmarquina.

En segundo lugar, la mesa de la que hablé sí fue en Minotauro. Y sí estuvo “ese” Iván Slocovich, y no Thays ni Prochazka. Supongo que hubo otra en la Cámara del Libro, de la que nunca me enteré, y quizá por eso CGM se ha confundido, o prefiere confundirla y olvidar la de Minotauro.

Creo que no hay nada más que decir.  Sólo hago votos al altísimo (algo aprendí de Tomás de Aquisi) para que Carlos recupere la paz interior.

(En la foto: alterado profesor Carlos García Miranda).



LOBO DOMÉSTICO
Wednesday April 25th 2007, 4:30 am
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aguirre1.jpgNunca perseguí la gloria

 

Por: Leonardo Aguirre

Wilson Dormani publicó a mediados del 2001 un volumen de cuentos del que casi nadie ha tenido noticia: Trece relatos bronco-espasmódicos. Él mismo sufragó el tiraje de trescientos ejemplares y, como es lógico, inventó el nombre de la editorial: Ediciones Doble U.  Él también diseñó la chirriante carátula: en primer plano, un pulpo regordete y velludo que emerge de un pantano rojo; al fondo, una pequeña iglesia coronando una montaña. Tanto la imagen como la tipografía de cómic me hicieron recordar, de inmediato, una revista de ciencia-ficción de los años cincuenta. 

Pues bien, el caso es que Wilson Dormani tiene 28 años, estudia en la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la San Marcos, y por lo menos cuatro de sus Trece relatos merecen que le dedique la columna de hoy. Redondeando: es joven, es sanmarquino y no escribe mal. Si la circulación de Trece relatos bronco-espasmódicos no hubiera sido tan restringida (y si la edición no fuera tan artesanal), estoy seguro de que hoy sería un caserito de las mesas de narradores jóvenes que se organizan con tanta frecuencia.

Ya lo dijo Ángeles en el post anterior: hará diez días, él y yo sostuvimos por el MSN una larga conversación sobre la aparente escasez de narradores sanmarquinos éditos menores de treinta y cinco (subrayo lo de aparente; para eso están los comments: para que me desasnen). Sin embargo, entonces no tenía fresco el nombre de Wilson Dormani. Recién el último sábado, mientras negociaba unas baratijas con un cachinero del mercado de Surquillo, volví a tropezar con el pulpo velludo del pantano sangriento. Digo “volví” porque fui uno de los pocos que leyó ese librito apenas salió publicado.

Entre el 99 y el 2002, en calidad de “colaborador”, escribí algunas crónicas y reseñas para El Dominical del diario El Comercio. Cierta vez, en la Sala de Redacción, esperando la llegada del jefe, me puse a examinar los títulos de una pequeña vitrina que los redactores del suplemento habían bautizado como “La biblioteca del espanto”. Dicha vitrina contenía todos aquellos libros -en su mayoría, poemarios- que llegaban por montones a la redacción y que nunca serían reseñados en las páginas de El Dominical. Nadie tenía tiempo para leerlos de cabo a rabo y, quizá injustamente, su ubicación en La Biblioteca del Espanto respondía, sobre todo, al descuido de la edición y la nula celebridad de sus autores.

Y en el caso de los Trece relatos bronco-espasmódicos de Wilson Dormani, la cosa pintaba todavía peor: además de la portada mostrenca, la solapa exhibía, en lugar del rostro, la fotografía de un inhalador celeste sobre un fondo negro; y luego, en vez de la opinión de un notable adornando la contra, Dormani prefirió colocar un extracto del Vademécum describiendo las propiedades del Ventolín. Primero fue el título el que me motivó a coger ese librito; el resto de extravagancias me animó a revisar el índice y apurar las primeras páginas. A la semana siguiente, cuando busqué ese volumen con el fin de terminar la lectura, éste había desaparecido misteriosamente (escuché el rumor de que cierto redactor, de no sé qué sección, se recurseaba vendiendo esos libros en Amazonas, pero ésa ya es harina de otro costal, o de otra columna).

Todavía no estoy en condiciones de hacer una reseña sesuda de los Trece relatos bronco-espasmódicos, pero puedo anotar que la inventiva de Dormani resulta infrecuente en nuestra tradición. Forzando las cosas, quizá encontremos algo de Clemente Palma. Pero es más fácil buscar ancestros fuera de nuestro canon: Saki, Dahl, Boris Vian, incluso Lovecraft. Para usar categorías simples, podría decirse que estos relatos oscilan entre el gótico, la fanta-ciencia y la ficción histórica. Entre otras premisas delirantes, el libro de Dormani habla de humanoides gigantescos sobreviviendo en la selva virgen de Madre de Dios (Pelos y señales), descendientes de templarios intentando reconstituir la orden en el sub-suelo de Lima cuadrada (Espalda con espalda), un ventrílocuo que se hace pasar por exorcista (La danza del vientre), un coleccionista de fetos deformes (Mala hierba), un vino alucinógeno que tiene diez mil años de añejo (Bouquet), y una misión diplomática incaica recorriendo el Japón a lomo de sachavaca (Eclipse).

El mismo sábado me puse en contacto con el autor. En la última página del volumen apolillado que compré en Surquillo encontré una dirección electrónica. Dormani me respondió la mañana del domingo y decidimos encontrarnos el lunes para tomar un café. Fue él quien eligió la oscura cafetería de la Facultad de Química: un sótano que huele a baño y donde sólo sirven café de lata. Hablamos cerca de dos horas, con toda confianza y a ritmo de inhalaciones: yo con mi cigarro, él con su Ventolín. Lo que sigue es un extracto de aquella entrevista informal. (Y la próxima columna, si lo autoriza Dormani, será la reseña de sus Trece relatos bronco-espasmódicos).

¿Eres consciente de que tus cuentos no son muy amables con el lector?
Define amable.
Quiero decir que la lectura es un poco difícil, escarpada… no das respiros…
De eso se trata, pues, hermano. Eso es lo que dice el título.
No todos somos asmáticos como tú.
Pero hay una buena cantidad. Tres de cada diez limeños usan inhalador, ¿sabias eso? Creo que sí hay público para esos cuentos (risas).
¿Por qué no pusiste tu foto en la solapa?
Muy simple: quiero que sean mis cuentos los que llamen la atención de los lectores, no mi caramelo. Creo que la existencia del autor es un asunto irrelevante, aleatorio, inatinente….
Bellatín dice algo parecido…
Lo dice, pero no lo practica. No sé si es conciente o no, pero en su caso, la figura del autor es demasiado fuerte, demasiado imponente… es un personaje muy… cómo te explico… muy peculiar, muy llamativo… su túnica, su garfio, sus perros, su nueva religión… no sé si me dejo entender. Pero lo que dice es cierto, al margen de que lo haya logrado o no: sólo importa la obra, no el autor.
¿Importa el asma del autor?
Es un motivo como cualquier otro. Un pretexto estético. Eso también es aleatorio. Ya que hablamos de eso, si yo tuviera el problema de Bellatín, seguro que también mi literatura también estaría llena de amputaciones, hombres inmóviles, esas cosas… no sé si me dejo entender…
En tu caso, el asma se traduce de manera más estilística que temática…
Es posible. Y eso también pasa con el estilo de Bellatín. Cómo te explico… una prosa contenida, ascética, que no quiere brillar… es otro procedimiento para eliminar al autor de la ecuación.
Yo diría que tu prosa sí es llamativa…
Entonces fracasé (risas). Pero, bueno, ésa es tu opinión. Mi intención es alejarme lo máximo posible de un estilo típicamente literario. Y por eso me acerco al telegrama, pues. O, si prefieres, intento exagerar el estilo periodístico. Es más: ahora mismo estoy trabajando con el lenguaje del Messenger y los celulares… eso me interesa mucho: que se note cierto descuido, desorden, desaliño… no sé si me dejo entender. 
Yo pensé que eso tenía que ver sólo con el asma.
Sí y no. Siempre escribí con ese estilo tipo telegrama. Tipo ametralladora. Me sale natural. Y también leo de la misma forma: no puedo pasar una página sin usar el inhalador… ¿cómo?… tú lo has dicho: instintivamente, escribo como leo. Pero luego convertí ese instinto en un método, casi una poética… no sé si me dejo entender.
Volviendo a la solapa, veo que no sólo evitas tu foto sino que tu perfil se reduce a dos líneas.
Para qué más. Como te repito, no quiero que se fijen en el autor sino en la obra. Y esos detalles que he puesto tampoco dicen nada: nombre, edad, carrera, universidad… es más: hasta me sentí tentado a poner mi número de DNI… un poco para acentuar ese asunto de la despersonalización.
Y por qué no firmaste con seudónimo.
También lo pensé. Pero no pude inventar un buen nombre… cómo te explico… un nombre que al mismo tiempo fuera original y no llamara la atención. Muy difícil. Me tiré una semana pensando en un nombre y al final me cansé de pensar.
El resultado tampoco es muy efectivo que digamos. Por ejemplo, yo nunca he escuchado ese apellido… Dormani… ¿es italiano?
No. Según dice mi abuelo, es una deformación de un apellido inglés. No recuerdo bien: Dahrman, Dahlman, Darkman (risas)… algo así. Un tipo que vino a trabajar como obrero en la construcción de un ferrocarril y… bueno, no importa. Pero igual me gusta el apellido resultante… suena a Mamani… no sé si me dejo entender.
¿Te sientes orgulloso de ser sanmarquino?
Para nada. Qué cojudez. El hecho de que estudie en esta universidad es un accidente. Es más: el hecho de que estudie Farmacia es un accidente.
¿Querías estudiar literatura?
Quería estudiar Arqueología pero… cómo te explico… pasa que me enamoré perdidamente de una flaca que estaba postulando a Farmacia y… bueno, pues, tú entiendes, ¿no? Era muy joven y muy estúpido (risas).
Y qué pasó con la flaca.
Murió.
Cómo así…
Le diagnosticaron un cáncer al páncreas. Ese cáncer es particularmente veloz, violento, fulminante. Olvídate, hermano: entre el diagnóstico y el cajón hay sólo tres meses.
¿Has escrito sobre eso?
Nunca. Para escribir sobre alguien tan cercano, primero tendría que pedirle permiso. Y, bueno, a menos que me consiga un médium, no tengo cómo avisarle (risas)…
Qué haces además de estudiar Farmacia y escribir cuentos.
Ésta es mi rutina: toda la mañana me la paso trabajando en la farmacia de mi viejo, en las tardes vengo a San Marcos y en las noches escribo.
¿Vas a poner tu propia botica cuando termines la carrera?
No. Voy a poner una farmacia, no una botica. No es lo mismo, por si acaso. Quien atiende una farmacia es un farmacéutico, quien atiende una botica es cualquier cojudo. No se necesita un título: cualquier imbécil con capital puede poner una botica.
¿No has pensado estudiar literatura como segunda carrera?
Qué estás insinuando… ¿qué debo matricularme en la facultad de literatura para que me enseñen a escribir? Por favor…
Entonces piensas vivir de la farmacia…
Tú lo has dicho. La farmacia me va a mantener. La literatura no. La literatura no es un negocio, eso lo tengo muy claro. Y mejor así: si sólo dependiera de lo que escribo para vivir… olvídate, pues, hermano… y eso también, por otro lado, condicionaría lo que escribo…
De qué manera.
Tendría que sujetarme a las reglas del mercado. Tendría que escribir para vender. Tendría que escribir para gustarle a una gran cantidad de lectores… no sé si me dejo entender. Se pierde la libertad artística, pues.
Parafraseando a Pérez-Reverte, eres un farmacéutico que accidentalmente escribe.
No me gusta ese adverbio… accidentalmente… suena muy despectivo… pero sí, es correcto.
¿No has pensado que tanto misterio sobre tu identidad puede producir el efecto contrario? Es decir, al consignar poquísimos datos sobre tu biografía y poner esa imagen del inhalador… por ejemplo, yo me sentí intrigado…
Te sentiste compelido a leer los relatos. Eso es lo que importa. Pero estoy seguro de que, en un primer momento, no te interesó saber nada sobre el autor.
Y por qué crees que te llamé.
Después de muchos años… eso me dijiste, ¿no? Además, querías escribir esa columna… eres periodista… los periodistas buscan la noticia donde no la hay… levantan cualquier cojudez… no sé si me dejo entender.
¿Tu libro es cualquier cojudez?
El autor es cualquier cojudez.
¿Te molesta que publique esta entrevista?
Sólo es un blog.
No entiendo.
No voy a llamar la atención con una entrevista publicada en un blog. No hay peligro, pues. Por eso acepté la entrevista.
Los blogs están de moda…
Pero nadie les da crédito. La gente todavía cree que el papel escrito tiene más prestigio y confiabilidad que…
Y si te hubiera dicho que la entrevista saldría en Somos, ¿hubieras aceptado?
No, pues… olvídate, hermano.
Por qué.
Por todo lo que te he venido diciendo. No estoy de acuerdo con la sobre-exposición del autor. No estoy de acuerdo con esa costumbre frívola y farandulera de convertir al autor en un personaje… una vedette, un rockero, un futbolista… lo convierten en un personaje y con eso opacan todo lo que escribe. No sé si me dejo entender. En ese caso, la obra se convierte en un accesorio, un adorno, una particularidad del personaje escritor… cómo te explico: un personaje de farándula que accidentalmente escribe (risas).
¿Has leído a tus contemporáneos?
Define contemporáneo.
Otros narradores jóvenes como tú.
¿Jóvenes como yo? Para serte honesto, no me siento muy joven… estoy al borde de la base tres… y sólo he publicado un libro… no sé si me dejo entender… pero mejor no hablemos de la edad. Eso me pone de mal humor. Además, ¿qué tiene que ver la edad del autor con la calidad del libro? ¿Si tengo veintiocho tengo más derecho a equivocarme que quien tiene sesenta? Por favor…
¿Qué piensas de los concursos, los premios…?
¿No quedó claro? ¿No te dije que me molesta la sobre-exposición?
No participas en concursos.
Lo hice una sola vez. Cuando tenía diecisiete, dieciocho años… era muy joven y muy estúpido (risas)…
No ganaste.
¿Estás diciendo que soy un perdedor?
Sólo digo que, si hubieras ganado un concurso, hoy pensarías diferente.
Pero no pasó. Si no tuviera asma, seguro que el título de mi libro sería diferente. Si no tuviera asma, mi estilo sería diferente. Pero no, pues. Olvídate, hermano: es absurdo fantasear sobre lo que pudo o no pudo haber ocurrido. Por favor, combate mis argumentos con argumentos. No importa cómo ni por qué llegué a pensar tal o cual cosa: sólo importa lo que pienso ahora. Punto.
¿Por qué escribes?
Porque lo hago bien. Aunque sólo tenga veintiocho (risas). Y tampoco creo que a los sesenta escriba mucho mejor.
¿Para qué escribes?
Ah… te me pones capcioso…
Son preguntas muy diferentes.
Para provocar un estremecimiento en el lector. Para que sienta placer en el terror… para que…
¿No quieres ser reconocido como…?
Yo no quiero ningún reconocimiento. Que el libro sea reconocido, eso sí… y eso es muy distinto de… cómo te explico… sólo quiero que el lector reconozca que estos relatos le produjeron una…
Y cómo te vas a enterar si…
Para eso está el correo electrónico, pues, hermano. He recibo algunos mensajes positivos. Bueno, nunca faltan los desadaptados que sólo escriben insultos, pero…. cómo te explico… ése también es un síntoma de que mis relatos les afectaron de algún modo.
¿Nadie ha pedido conocerte en persona?
¿Cómo tú? Sí, algunas flacas… pero las rechacé. Tengo un sexto sentido para detectar si quieren algo más que hablar de literatura. Y si sólo quieren hablar de literatura, basta con el mail, no es necesario el contacto físico. Además, no tengo problemas sentimentales… no uso el mail para esas cosas… no me valgo del libro como pretexto para… tú me entiendes, ¿no?
¿Acaso piensas esconderte toda la vida?
Haré lo posible. Por favor, tampoco es tan difícil… fuerza de voluntad… no creo que me vayan a acosar las groupies ni los paparazzis (risas).
Me has hecho acordar una canción de Serrat: nunca perseguí la gloria… ni dejar en la memoria… de los hombres mi cantar…
Ah, carajo, sabías cantar…
Soy un cantante que accidentalmente escribe (risas).
Pero sólo suscribo la primera parte. La segunda no. Ya sabes: la obra por encima del autor.
¿No quieres tener un millón de amigos?
Carajo… qué es esto: ¿la hora del lonchecito? (risas) No, pues, hermano: yo no escribo para las masas. Me conformo con un puñado de lectores inteligentes. Lectores medio masocos que disfruten de mis relatos macabros.
Los que te escriben por correo…
Tú lo has dicho. Lo único que pido es esa comunicación discreta con el lector. Que me haga saber por correo que disfrutó de mis relatos… que sintió espasmos… que fulana me diga que ya no quiere tener hijos después de leer Mala hierba (risas)… ese tipo de cosas. No sé si me dejo entender. Eso me llena. Es todo el reconocimiento que necesito por ahora.



YUSHIMITO DE VUELTA AL BARRIO (O SAN MARCOS FOREVER)
Monday April 23rd 2007, 1:41 am
Filed under: Hablablog

yushimito.jpgPor: Francisco Ángeles

No, esto no es una columna ni un artículo. No, no me quiero meter por los palos y ganarme mi espacio junto a quienes algún comentarista bautizó como “los cuatro fantásticos”. Lo que sigue es simplemente una nota informativa, un modesto cherry aderezado con un par de recuerdos. Y es también una comprobación: aunque uno haga todo lo posible, siempre algún resabio sanmarquino terminará filtrándose. Así que este cherry con aderezo está sobre todo dirigido a gente de la ridículamente llamada “decana” (aunque, como se verá más adelante, eso puede ser más o menos lo mismo que hablarle al viento).

Vayamos al grano: el grupo cultural Nudo de Voces ha organizado el II Encuentro de Escritores y Editores Sanmarquinos. La gente de El Hablador participará por partida doble. El miércoles en la Casa Mariátegui se realizará un conversatorio sobre revistas y allí estará (para variar) gente de Ajos & Zafiros, Ginebra Magnolia, Lhymen y El Hablador. El representante de nuestra revista no podrá ser, tal como estaba programado, Giancarlo Stagnaro, ya que el hombre, estrenando nueva chapa, parte esta noche hacia la generosa capital chilena, según él a un encuentro de “peruanistas”. En su lugar estará Francisco Izquierdo.

Y el viernes, Carlos Yushimito, quien hace años no pisa la “decana”, compartirá la mesa de “narradores últimos” con Max Palacios, Abraham Prudencio y Moisés Sánchez Franco, a las cinco de la tarde en el Auditorio de Letras. Punto final al cherry y vamos a los comentarios.

No quiero tirarle barro a los organizadores del evento (ni siquiera los conozco), puesto que explican que sus jornadas tienen el objetivo de “contribuir a la conservación del prestigio y la tradición de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos como institución productora de cultura en el país”. Así que vale el esfuerzo y saludo la buena voluntad. Pero no puedo dejar de decir que hace rato que me aburrí de la endogamia sanmarquina cuando se trata de organizar eventos como éste. Ya me cansé de ver siempre uno de Ajos & Zafiros, uno de Ginebra Magnolia, uno de El Hablador. Y supongo que el grueso de estudiantes también. Y el caso es más dramático cuando se organiza mesas de narradores jóvenes. Los mismos de siempre, algunos inéditos, algunos ni siquiera jóvenes, pero siempre los mismos. Todos sanmarquinos, por supuesto. ¿A nadie se le ocurre que el mundo no se acaba más allá de la avenida Venezuela?

Recuerdo que hace ya casi diez años hubo un conversatorio de narradores jóvenes en la recordada librería Minotauro. La entrada consistía en dejar un libro que iría a parar a alguna biblioteca de un pueblito de Abancay o algo por el estilo. Fui con mi par de ejemplares Goñi preuniversitarios (Física y Química), los dejé en la entrada y pasé. En la mesa estaba Rocío Silva Santisteban como moderadora, y como ponentes Sergio Galarza, Iván Slocovich, Raúl Tola (cuando todavía la pegaba de bad boy) y un par de sanmarquinos: Carlos García Miranda y Selenco Vega (que, dicho sea de paso, acaba de ganar el Copé). Que me disculpen los dos últimos, pero en esa época nunca había pisado San Marcos y no los conocía ni en pelea de perros. Así que hasta ahora no sé cuál de los dos fue el que se despachó a su antojo contra la “sistemática marginación” que le aplicaba la gente de la Universidad Católica, quienes nunca los tomaban en cuenta para sus encuentros literarios. En medio de los dardos lanzados, Carlos (o Selenco) agradeció a Minotauro por haber conseguido juntarlos en una mesa. Creo que los dos enseñaron Teoría Literaria en San Marcos, así que es interesante observar la curiosa construcción del “otro”, del no sanmarquino, que realizó Selenco (o Carlos), ya que en esa mesa los demás escritores procedían de la Universidad de Lima y no de la Católica. Pero en la cabeza del acalorado ponente, era la misma vaina. Y la “marginación” de la que se quejaba, era exactamente igual en sentido opuesto.

Tiempo después, y ya matriculado en San Marcos, me aburrí de ver siempre a la misma gente, los mismos cacharros de toda la vida en las mesas literarias (ésa de las revistas, sin exagerar, se habrá repetido unas veinte veces en los últimos años). Hace unos días conversaba con uno de los columnistas de esta bitácora y le decía que sería chévere organizar una mesa de narradores jóvenes en San Marcos. Pero llevar escritores de otras universidades y un par de sanmarquinos para que la gente se sienta representada. Uno, de cajón, sería Carlos Yushimito. A ver, me decía el lobito doméstico, ¿qué otros sanmarquinos han publicado? Difícil pregunta si uno quiere mencionar gente que no pase los treinta (o que no los pase con roche). Bueno, le dije, Stagnaro hace como doscientos años, y un patita que se llama Abraham Prudencio. Que yo sepa, no hay más. No puede ser, decía el doméstico, tiene que haber otros. No, compadre, no hay más.

Bueno, en realidad sí hay uno más. Y me sorprende su ausencia en la mesa del viernes. ¿No lo han invitado? ¿O será que después de la maleteada que Francisco Izquierdo le aplicó en el último número de El Hablador ya no quiere sentarse al lado de un miembro de nuestra revista? Me refiero, por supuesto, a Juan Manuel Chávez, la única persona a la que he escuchado referirse a Vargas Llosa como “Mario”, y quien durante un buen tiempo fue el conductor del programa de radio “La Divina Comedia” (según él, tenía más oyentes que Damián y el Toyo).

Aquí mi recuerdo sanmarquino: a Chávez, con quien nunca he intercambiado más que un par de saludos en toda mi vida, lo conocí en un taller de narrativa en San Marcos hace cuatro años. Un curso electivo para llevarte los créditos fácil dirigido por los escritores Jorge Valenzuela y Antonio Gálvez Ronceros, en el que también estaba matriculado, con thaysiana cabellera y quince kilos menos, Francisco Izquierdo, a quien tampoco conocía. Así que ahí los tres nos sentábamos formando un triángulo (Chávez en el primer asiento de la izquierda, Izquierdo en el primero de la derecha y este pechito al centro, en la última carpeta). Uno contra los otros dos, los vértices del triángulo se detestaban, ya que era evidente que cada uno (hay que reconocerlo) se computaba el único que movía su pelota en los terrenos literarios. Los otros quince o veinte que iban a relojear al Taller no contaban. Éramos Juan Manuel, mi tocayo y quien les escribe. Pero mientras Izquierdo y yo nos trenzábamos en acaloradas discusiones, esforzándonos en dejar clarito que éramos el bravo de la clase, el buen Juan Manuel, cancherazo, llegaba hablando de su programa de radio, de su Copé de Plata y se dedicaba a hojear El Bocón mientras la chibolada comentaba los textos.

Cuando Chávez presentó su cuento, le mandé un par de chiquitas desde el saque para ver si reaccionaba. Pero mis balas eran de goma: Juan Manuel volteó, sonriente, ganador, me miró con curiosidad y volvió a su Bocón. Así que Izquierdo y yo nos dimos cuenta de que el hombre era otro lote, que no iba a entrar al asunto, y que lo mejor era obviarlo y mecharnos entre los dos para ver quién era ahí el que pisaba su pelota. Cuando presenté mi texto, Izquierdo, mirándome y utilizando su típico tonito de “aquí yo doy la última palabra”, me dijo que no estaba mal, pero que le parecía que tenía demasiada influencia de Rubem Fonseca (bueno, Izquierdo siempre anda buscando la influencia de Fonseca en todo el mundo). Y cuando él presentó el suyo, decidí copiarme la estrategia de Chávez y cerré el pico. Creo que no me ligó. No tenía programa de radio ni Copé de Plata ni era el niño mimado de los profesores, así que tal vez pareció que arrugué. Izquierdo se fue feliz del Taller (fin de la historia).

Decía al inicio que dirigirme a los sanmarquinos desde este blog es una tarea inútil. Una de las mayores frustraciones de El Hablador es comprobar que no menos del 90% de estudiantes de literatura de San Marcos no sólo no han entrado, sino que nunca tuvieron idea de la existencia de, por ejemplo, Notas Moleskine (de nosotros menos, obviamente). De manera que, aunque suene paradójico, casi nadie ha leído El Hablador en San Marcos. Quiero creer que la explicación es monetaria: la gente es misia en su gran mayoría, no tienen internet en su casa y con las justas juntan su luquita diaria para chequear el mail, hablar un rato por MSN y ver un par de calatas. Como ven, hay cosas más importantes que leer blogs literarios.

Muchos creen que el universo empieza y termina en San Marcos. Y juran que están en la mejor universidad del mundo y que la Católica es un relajo y una estafa. Y asumen con orgullo la etiqueta de “sanmarquino”, como si ello configurase alguna identidad, la pertenencia a un círculo sagrado, impoluto, más allá de Dios, la frivolidad y el mercado.

Ojalá algún día se interesen, no en leer El Hablador, que a fin de cuentas es lo de menos, pero sí en enterarse de que existe un medio literario, narradores jóvenes, un circuito de debate virtual, eventos fuera del Auditorio de Letras. Pero por ahora nada de eso ocurre. ¿Culpa de quién? ¿Es desinterés o simple desconocimiento?

El viernes voy a ver a Yushimito en su vuelta al barrio. Espero que la gente colme el auditorio. Quizá aproveche la ronda de preguntas del público para mandarme mi propio cherry.   

(En la foto: el hijo pródigo).



Lunes: recital de poesía
Sunday April 22nd 2007, 5:38 am
Filed under: Publicaciones

andrea cabel.gifMañana lunes llega a su fin el ciclo de conversatorios “Más allá de la red: literatura en internet”, que organizó la revista El Hablador en el Centro Cultural Peruano Británico.

En esta oportunidad tendremos un recital a cargo de poetas que han publicado en soporte virtual. Participarán Alvaro Lasso, Josefina Jiménez, Alessandra Tenorio, Andrea Cabel, Víctor Ruiz, Giancarlo Huapaya, Diego Alonso Sánchez, Dante Ayllón, Arianna Castañeda y Vedrino Lozano.

La conducción del evento estará a cargo de Francisco Izquierdo, y la cita es como siempre a las 19.30.

(En la foto: Andrea Cabel).



LA PAPAYA MECÁNICA
Friday April 20th 2007, 7:20 am
Filed under: Columnas, Hablablog

cabrera1.jpgPESADILLAS Y UN MILAGRO VERANIEGO

 

Por: Diego Cabrera

El sol comenzó a calentar tarde. En realidad, nunca lo hizo a tiempo completo sino tímidamente. Entre los meses de diciembre y marzo, el clima en torno al mundillo cinematográfico local osciló entre la calentura política, el bochorno crítico, y una cartelera sin atractivo.

A quienes, de una u otra manera, estamos involucrados con el quehacer audiovisual peruano, el verano nos agarró calientes. Luego del denodado esfuerzo del SPIA (Sociedad Peruana de la Industria Audiovisual), APCP (Asociación de Productores Cinematográficos del Perú) y de los miembros más entusiastas de la comunidad virtual administrada por Rosita Rodríguez (Cinemaperú), la campaña “Perú en pantalla” hizo oídos sordos en el actual gobierno y concluyó en una cifra (ochocientos mil soles, menos de lo destinado en el período toledista) que no representa ni siquiera el quince por ciento de lo que por ley le corresponde al cine peruano. A pesar de la gran cobertura mediática que se le dio y de la contundencia de sus argumentos, la Ley de Cine promulgada en 1994 con la finalidad de fomentar la creación y producción de películas en nuestro país sigue siendo una quimera. Es una lástima que nuestros políticos no estén dispuestos a apoyar, a diferencia de sus pares regionales, una industria capaz de generar nuevos puestos de trabajo y de presentarnos ante el mundo más allá del exotismo. El cine también puede ser un producto bandera, de exportación y generador de identidad.

Pero no todo fue tragedia en el mes navideño, también ocurrieron milagros. Gracias a una iniciativa del Secretario General de la Federación Internacional de Prensa Cinematográfica (FIPRESCI), Klaus Heder, se puso en marcha La Asociación Peruana de Prensa Cinematográfica (APRECI). ¿Se imaginan compartiendo amistosamente en una misma sala al tandem Pimentel-Cordero y al triunvirato Bedoya- De Cárdenas-León? ¿No? Sería mucho pedir. Lo cierto es que en el marco del Festival Latinoamericano se juntaron un grupo de críticos locales que luego de un prolongado, interminable y redundante diálogo llegaron a la conclusión de que es mejor empujar juntos el mismo coche. Con el objetivo de discutir los alcances y limitaciones del oficio crítico y fomentar el consumo, y de ser posible la distribución, de películas de difícil acceso en el mercado local, la Asociación se encuentra en su etapa de formalización, con una serie de proyectos interesantes en camino.

Continuando con el tema crítico, los primeros meses del año tuvieron a algunos críticos como protagonistas (¿involuntarios?). El epicentro, como no podía ser de otra manera en estos tiempos cibernéticos, fue una bitácora virtual (la más apátrida de todas) en la que dos de los mejores críticos locales, Mario Castro Cobos y Ricardo Bedoya, dirimieron egos por todo lo alto y bajo, en un espectáculo, si no ridículo, cuando menos infantil. Un poco de criterio para uno y otro poco de correa para el otro hubieran evitado el conflicto. El asunto tenía forma epistolar y, como es costumbre por estos lares, contenido injurioso. De un lado, mal por la difusión; del otro, por el innecesario encono que derivo en vendeta y en un polémico merecido. Yo hubiera optado por la indiferencia. Es más elegante, fina, inteligente y acorde con la grandeza.

Por otro lado, la comunidad virtual fue testigo del nacimiento de una nueva estrella; de un divo no reconocido; de un dios no consagrado: Alberto Angulo Chumacero. Me tomo la libertad de presentárselo, porque estoy seguro, rigurosos lectores literarios, de que ustedes serán mejores jueces que nosotros, los adeptos cinemáticos. No pretendo incitar un linchamiento virtual comunal -de hecho, cada publicación suya lo es- sino reivindicar la figura de un cinéfilo con personalidad, psicótica para muchos, incomprendida para pocos, pero personalidad al fin.

Mucho después de estos acontecimientos virtuales, sucedió uno más bien surreal, digno del partido del pueblo. Haciendo gala de toda la prepotencia que lo caracteriza, Mauricio Mulder calificó nuestro nunca bien ponderado cine como “pacotillero”, no por motivos cualitativos sino temáticos. ¿Cómo puede ser posible que hasta ahora no se haya producido en nuestro país una película sobre la Guerra del Pacifico?, fue más o menos lo que dijo. Como era de esperarse, la reacción de la comunidad cinematográfica no se hizo esperar y, como era evidente, luego de la bulla y el revuelo causado por esas declaraciones ignorantes -en 1926 se prohibió el estreno del segundo largometraje de la cinematografía nacional, Páginas heroicas, cuyo tema era justamente La Guerra del Pacifico- no pasó nada, sólo más de lo mismo: cartas a medios, editoriales de medios, correos electrónicos masificando el tema, y un gobierno ajeno a ‘la causa’. Sin embargo, si el cine peruano muere de inanición es por culpa de quienes deberían proveerlo de alimento, y no me refiero precisamente al Estado, sino a quienes pretenden verlo robusto y sano.

En medio de toda la efervescencia política de fines de marzo, un colega afirmó que los cineastas seguirán siendo ciudadanos de segunda mientras no estén dispuestos a reclamar activamente sus derechos (y no esporádicamente, como suelen hacerlo). Yo soy aún más escéptico: pienso que si bien el cumplimiento de la ley incrementaría la producción nacional, no elevaría necesariamente su nivel. Ya en una columna anterior mencioné la necesidad de implementar escuelas y centros dedicados a la  formación cinematográfica, además de un marco legal y gubernamental apropiado, apoyo empresarial y un público demandante para tener la posibilidad de hacer algo significativo en materia de cine. Conacine es mucho menos que una panacea y el Estado es cualquier cosa menos un benefactor divino. Talento, chicos, talento y buen marketing. Nada más. 
   
Yendo a otro tema, no menos grato, quisiera terminar esta columna comentando la cartelera comercial veraniega (en la próxima, me despacharé sobre la alternativa). La cartelera 2006 se cerraba con broche de oro gracias al sorpresivo estreno de El niño, Palma de Oro en el Festival de Cannes, la película menos redonda de los hermanos Dardenne, pero una de las más atractivas que se han estrenado últimamente en nuestro país. Poco menos de un mes después, se estrenó la que hasta la fecha es la mejor película del 2007 (y de todos los años anteriores hasta llegar a La Profesora de piano, la primera cinta de Michael Haneke que pudo ser “disfrutada” por el público en general): Escondido. Ambas son dos visiones desencantadas del viejo continente y del nuevo mundo, de la inocencia marginal y de la culpa social. Ambas son -parafraseando las palabras del director y crítico francés Jean Claude Biette respecto a Saló o los 120 días de Sodoma y Noche y niebla- dos películas que debería ver todo espectador que aspire a ser ciudadano.

Un poco a las antípodas estéticas de estas dos últimas se encuentra la recientemente reestrenada y ganadora del Oscar Infiltrados. Con ella, Scorsese retorna a sus raíces pero no con el brío de antaño sino desbordado: lo pletórico en Infiltrados termina entrampando una trama que se resuelve de manera facilista y que sugiere un burdo  efectismo que no se corresponde con el genio del responsable de Buenos muchachos. 

Todas éstas, junto con la emotiva Volver, que ya estaba en nuestras salas desde mediados de febrero, fueron la única opción decente de los multicines hasta que llegó el buenote de Clint Eastwood con su díptico bélico bajo el brazo. Primero para conquistar los corazones de espectadores no tan exigentes con la historia de una mentira norteamericana, que se origina a partir de la famosa fotografía que Joe Rosenthal tomó a un grupo de soldados norteamericanos en la cima del monte Suribachi. Y luego con un cúmulo de cartas en cuyo interior reposaban verdades mucho menos artificiosas: rezagos de humanidad en medio de las situaciones más inhumanas. Merecedora del Oscar, Cartas desde Iwo Jima fue una nueva lección del maestro Eastwood.

De no ser por ellas, y por la fantástica El laberinto del fauno y algunos estrenos menores pero dignos como la alegórica Hollywoodland y la a veces entrañable En busca de la felicidad, nos hubiéramos visto obligados a decidir entre las arcadas de Babel o sustos seriales de color amarillo o de acento gringo como Regresiones de un hombre muerto, La maldición 2, Saw 3, o Dos hermanas. Claro que siempre hay quienes están dispuestos a tomarse en serio bromas alucinantes a lo Children of men, o románticos, como yo, que se dejan cautivar por los anhelos de gloria de ilustres miembros de la tercera edad (Rocky Balboa). 




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