JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, LA LITERATURA Y EL SEXO VIRTUAL
Wednesday April 18th 2007, 5:22 am
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juan ramon jimenz.jpgPor: Francisco Ángeles

Alguna vez Juan Ramón Jiménez remató una entrevista con las siguientes palabras: “siento el más profundo desprecio por la vida”. La contundencia de la frase explica todos los años que el escritor pasó hundido en terribles depresiones que incluso lo llevaron a pasar largas temporadas de reposo en sanatorios. Con ese perfil, era la víctima precisa para caer en la célebre broma que le jugó un grupo de escritores peruanos, entre los que estaban José Gálvez, Carlos Rodríguez y Edgar Saavedra, quienes le escribieron cartas simulando ser una tal Georgina Hübner, limeña de veinte años, admiradora de su obra.

Los escritores peruanos buscaban obtener cartas y libros autografiados del español, pero no sólo consiguieron eso, sino que además despertaron en Juan Ramón un extraño amor a la distancia por su admiradora desconocida. Para hacerla breve, diremos que después de un tiempo de correspondencia, Jiménez quiso asegurarse de que no estaba perdiendo el tiempo, así que al verse flechado por la mujer de las cartas, le pidió a Georgina que le mande su fotografía. Los peruanos pusieron manos a la obra de inmediato y le enviaron una foto de la prima de Carlos Rodríguez, la más rica de todas las mujeres que conocían. Y cuando tuvo la foto en su poder, Jiménez terminó de enamorarse.

No me extenderé en los pormenores ni en el desenlace de la historia, que además son bastante conocidos. A cambio, y para entrar al tema, prefiero imaginar a Jiménez con la fotografía de la falsa Georgina en las manos. La pregunta es: ¿qué hizo Juan Ramón con la foto de la supuesta fan enamorada? ¿La contempló largamente? Seguro que sí. ¿Se animó a besarla? De cajón. ¿La apretujó contra su pecho? Of course. ¿Hizo algo más? Pues yo creo que sí.

Siguiente pregunta: ¿cómo sería esa historia en esta época? Obviamente, sería exactamente igual a la que deben sufrir los millones de ilusos que se enamoran de alguien que han contactado en el chat. El personaje que uno construye mentalmente a partir de lo que lee en una página de chat surge de un proceso muy similar al que uno hace de un personaje literario, a quien tampoco puede ver (y, sin embargo, puede imaginar).

Siempre me llamó la atención que la muchachada leyera una novela para mí tan detestable como Rayuela con una emoción que se acercaba al fanatismo. ¿Por qué les gustaba tanto ese libro edulcorado e insoportable? Estoy seguro de que La Maga tiene mucho que ver con esa pasión. Pero esto quedará más claro con otro ejemplo, quizá más evidente y paradigmático, y también de carne gaucha (como le gusta al pueblo peruano). Me refiero a la célebre Alejandra Olmos, protagonista de una de las novelas del insólitamente admirado (por algunos) Ernesto Sábato.

El aura enigmática que rodea la figura de Alejandra es también la actualización de la femme fatale, esquiva y espectral, que tantas pasiones despertaba en los seguidores de la novela negra. La única manera de explicar el arrastre de Sobre héroes y tumbas entre los adolescentes es que todos quieren su Alejandra. Y la quieren, igual que Jiménez, igual que los que pululan en el chat buscando amor, justamente porque saben que nunca la van a tener en la realidad.

Cualquiera que en una noche de insomnio se haya metido al chat sabe que, con un poco paciencia y cumpliendo las fórmulas establecidas, no es demasiado difícil encontrar alguna solitaria que rápidamente atraca pasar al MSN y sin mayor trámite enciende su webcam, se desviste y no para hasta que ya no es necesario continuar. Lo interesante es que uno sabe que esas mujeres desinhibidas que reclaman con urgencia la presencia física del anónimo escondido tras palabras (sin prender su cámara), en persona serían unas mansas palomas que huirían a la menor insinuación. La lejanía física que desata las pasiones contenidas de las mujeres del chat es la metáfora de la lejanía “espiritual”, por llamarla de alguna manera, con que la chibolada cae rendida a los pies de la inasible Alejandra Olmos.

La literatura es invencible cuando se trata de mostrar mujeres de ese tipo, ya que, a diferencia del cine, ni siquiera las podemos ver. Son como la  mujer de las cartas de Jiménez. ¿Para qué acercarlas? Mejor seguir soñando, mejor mantenerlas a distancia, en la nebulosa, donde serán muy superiores a lo que son en la realidad. Jiménez es una prueba: se le acabó el juego cuando quiso pactar con ella una cita personal, y los peruanos se vieron obligados a declararla enferma y luego muerta. Game over.

Tentaré algunas conclusiones. En primer lugar, el sexo virtual no debe ser jamás reemplazo del sexo real (lo que sería patético), sino el reemplazo de, por ejemplo, leer blogs literarios: escribirle a la angustiada que se toquetea en la pantalla como quien deja un par de chiquitas en Puerto El Hueco antes de irse a dormir. Muy aconsejable para aquellos que no les liga ni una y descargan su frustración en las letrinas virtuales.

La segunda y evidente conclusión es que Juan Ramón Jiménez era candidato fijo a pulular por el chat en busca de un amor ideal (e irreal). Si la tecnología hubiera avanzado un siglo más rápido, o él nacido uno después, con seguridad que no ganaba el Premio Nobel de Literatura. ¿Literatura?, hubiera dicho el español con un gesto de desdén, mientras tecleaba su nick en latinchat y preparaba su floro con la misma diligencia con la que escribió sus versos (los que escribió justamente porque no había internet). Y esto me lleva a pensar en cuántos poetas se habrán desgastado chamullando a desconocidas por chat en vez de terminar un poemario; en cuántas novelas o libros de cuentos se ha dejado de escribir por perder el tiempo en el MSN hablando estupideces. Pero no hay problema, sigan chateando con confianza.  Siempre queda un consuelo que no tiene pierde: de esa manera nos aseguramos al menos un lector. 

La tercera conclusión se desprende de la anterior. Y es que el chat, en su variante busco-sexo-virtual, es un reemplazo de la literatura. No sólo porque el tiempo utilizado para hablar virtualmente reemplaza al que podría destinarse a escribir una obra, sino porque facilita e inmediatiza el deseo ferviente de conseguir un lector atento. Un único lector, el lector ideal, para quien escribimos el texto, allí, al alcance de la mano. Y además comentará tu eficacia o ineficacia narrativa de inmediato. No con palabras, sino con movimientos. La crítica literaria en la cantidad de prendas que se quita y las posturas que adopta la desconocida en la pantalla ante cada línea que escribimos. Nunca más preciso el “poder de persuasión” del que hablaba Vargas Llosa como una de los requisitos de la buena literatura.

La cuarta y última conclusión es que hay que desconfiar de los libros en los que aparece una mujer que nos resulta atractiva (relean Sobre héroes y tumbas, ya con cierta edad, y a ver qué me dicen). Si nos gustó un libro con esa característica, muy probablemente se debe a que el magnetismo que el personaje  ejerce sobre nosotros no respondía a una buena construcción literaria, sino a que era la descripción más o menos exacta de la mujer que queríamos tener en la vida real. Y cuando ese modelo de mujer deje de interesarnos, el libro nos dejará de gustar. Así que no hay que buscar una Alejandra en la vida real. O, por lo menos, no hay que suponer que un libro es bueno porque la encontramos allí como personaje. 

La pregunta del millón
El chat le hubiera permitido a Juan Ramón Jiménez tener encuentros virtuales que alivien su depresión, aunque al precio de renunciar a parte (o a toda) su obra literaria. Y quizá ahora nadie lo recordaría, pero el viejo se hubiera muerto más feliz (con mayor precisión, más satisfecho). La literatura o la vida, la vieja pregunta. Hay que ser muy valiente, o muy imbécil, para elegir la literatura. Pero ése es otro tema.  



Calderón Fajardo sobre Roberto Bolaño
Monday April 16th 2007, 4:28 am
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bolaño.jpgCarlos Calderón Fajardo ha publicado un ensayo sobre Nocturno de Chile en la recientemente aparecida revista Nudos, publicada en Burdeos bajo la dirección de Ricardo Sumalavia. Presentamos a continuación una versión abreviada de dicho ensayo, que reemplazará, sólo por esta semana, su columna “El hombre que mira el mar”.  A cambio, alguno de los integrantes de El Hablador publicará una columna este miércoles. Y en dos semanas, Calderón Fajardo volverá con su espacio habitual.

Los interesados en leer el ensayo completo, y el resto de la revista Nudos, pueden escribir al e-mail nudos2006@gmail.com   

 

La verdad oculta tras la literatura. Roberto Bolaño: Nocturno de Chile

 

Por: Carlos Calderón Fajardo

Como se puede comprobar, son dos los temas a los que he intentado acercarme en mis artículos anteriores. Son sólo reflexiones como autor, no como un estudioso. Y estos han sido: la relación verdad-mentira en la literatura, y la posibilidad de hablar de un realismo-fantástico. En este artículo voy hablar de una novela que podría ser ejemplar en cuanto a lo que me considero es un ejemplo excepcional de lo que entiendo como realismo-fantástico: Nocturno de Chile.

Sin duda alguna, Roberto Bolaño es quizás el escritor más original surgido en los últimos veinte años en lengua española. Sin embargo, curiosamente, a pesar de que obras suyas son muy conocidas y leídas (Los detectives salvajes, Putas asesinas, La literatura nazi en América o 2066), según mi parecer, la mejor de las novelas de Bolaño, Nocturno de Chile, en la que alcanza una perfección estética insuperable, es prácticamente desconocida. Es una obra maestra de la literatura universal. Es muy extraño que cuando se revisa el google, no se encuentra referencias a esta joya de la literatura. Preferiría que lean este pequeño ensayo, o mejor que eso: lean la novela para que deduzcan el por qué de este ocultamiento.

Luego de leer el inicio de esta novela, que comienza con la frase: “Ahora me muero, pero tengo muchas cosas que decir todavía”, pensé que se trataba de una obra que estaba siendo escrita por alguien que sabe que va a morir muy pronto. La novela se publica en el 2000 y Bolaño muere en el 2003. No es el primer caso de una  novela escrita en estas condiciones. Y las novelas de un moribundo son de una extraordinaria intensidad; novelas que, por lo general, expresan una profunda meditación, una especie de balance final de la vida del escritor. Antes de morir uno quiere decir la verdad. De inmediato se me vino a la mente la novela de Harold Brodkey Esta salvaje oscuridad. La novela lleva un subtítulo entre paréntesis que nos advierte de frente el contenido de la obra: “La historia de mi muerte”. Pero aunque en el título de la novela de Brodkey está la palabra “oscuridad” y en la de Bolaño “nocturno”, y las dos aluden a la muerte, ambas novelas se centran en preocupaciones diferentes. La de Brodkey es la crónica de un hombre que se está muriendo. Brodkey escribe: “Y así fue como terminó mi vida y comenzó mi morir”. En la novela de Bolaño “el nocturno” es el de Chile.

En la primera página de Nocturno en Chile hay dos frases claves para entender que está buscando decirnos Bolaño. “Ese joven envejecido es el culpable…rebuscaré en el rincón de los recuerdos aquellos actos que me justifican y que por lo tanto desdicen las infamias que el joven envejecido ha esparcido en mi descrédito en una sola noche relampagueante”. Hay que llegar al final de la novela para saber que el joven envejecido es el propio Bolaño. Entonces, de esa manera, nos permitirnos afirmar que desde la primera página Bolaño empieza un conjunto de juegos literarios, empezando por el juego de los dobles enunciado que “el joven envejecido” de Nocturno en Chile  es el propio Bolaño ante el lecho de muerte enfrentándose a si mismo, a través de su alter ego: Sebastián Urrutia Lacroix.

Nocturno de Chile es una novela corta, de 150 páginas. El autor nos lo propone en único epígrafe del libro: “Quítese la peluca”, una frase tomada de Chesterton. Es decir, hay que ser consciente de una peluca que existe sobre una cabeza calva, que la peluca es un disfraz que oculta el verdadero rostro de una persona. La literatura, para Bolaño, es como peluca tras las que se esconde un hombre inmoral con respecto a su sociedad. Todas las novelas de denuncia social con toda su estridencia se ven opacadas por esta pequeña novela que denuncia con más intensidad y poder expresivo, con más eficacia, porque en lugar de recurrir al documento mimético echa mano a los instrumentos que son puramente literarios, y así tenemos una novela conformada por historias ficticias, que es un largo relato de toques fantásticos combinados con la realidad, y jugando en la forma de espejos reflexiona sobre la relación literatura y sociedad. Bajo la superficie de la novela, debajo de la peluca, en realidad es de otra cosa de lo que se trata. Pero para entender este juego hay que ponerse del lado de la literatura: es decir de lo fantástico, de la parodia, de la sátira, la ironía, la epifanía, hasta del fraseo poético para entender que, a través de un extraordinario juego de metáforas, se está haciendo referencia a cosas muy concretas. En este juego entre realidad y ficción, Nocturno de Chile alcanza casi, se podría decir, la perfección estética. Su prosa, a diferencia de otras de sus novelas en la que es una prosa realista y funcional, en Nocturno de Chile es brillante, la prosa de un gran artífice del lenguaje.  La novela es la suma de todo eso y más. Es una obra de crítica feroz, pero a la vez una novela en la que la ficción, la fantasía sirven para iluminar la realidad. Juego, goce estético, y grandes verdades de vida, concluyen con una extraordinaria reflexión moral, la verdad oculta debajo de la peluca, en donde lo estético y lo ético confluyen, como ocurre en el gran arte. Esto es lo logrado por la pluma de un autor que agoniza. Eso es Nocturno de Chile, novela río -por el hecho que en sus 150 páginas no hay un solo punto aparte-. Como si el escritor hubiera querido que la leyesen de un tirón en la que al final hay una moraleja y un desenlace absolutamente imprevisto como en un cuento, desenlace en el que se sustancia el mensaje de la novela.

Nocturno de Chile es una historia hecha de otras historias encapsuladas (también un procedimiento usado por Cervantes). El narrador de una historia alude a un personaje y a partir de este personaje se abre otra historia en donde se alude a otro personaje que abre la historia. Cada una de estas historias que se escenifican en espacios geográficos repartidos por todo el mundo. De Chile y México, Colombia, pasa por el puerto del Callao en el Perú;  Italia, Francia, Hungría, España, etc. La maestría de Bolaño permite que estas historias que se  van encabalgando trenzadas formen la “peluca” que está sobre la cabeza de la verdadera historia. 

Un personaje fundamental de esta novela es Farewell, un crítico que marca el canon de lo bueno y lo malo en la literatura chilena; antiguo hacendado, fascista pero al mismo tiempo amigo de Neruda y que dialoga a lo largo de la novela con Urrutia Lacroix, un hombre que divaga y sueña. Chileno, Sebastián Urrutia Lacroix es el narrador de la novela. Caracterizando a Farewell el narrador de Nocturno en Chile, dice: “… que luce mancuernas de oro y un alfiler”, en donde el narrador distingue signos que no quiere interpretar pero cuyo significado no se le escapa en modo alguno (en la novela no se dice que signos son pero ya nos está induciendo a entrar en una atmósfera fantástica).

Una novela en la que la vida es una sucesión de equívocos que nos conducen a la verdad final, la única verdad. Este juego entre realidad y fantasía se alterna con descripciones de Chile. Farewell es dueño de un fundo cerca de Chillán, con una pequeña viña que no da malos vinos. A este fundo Farewell invita a pasar un fin de semana a Sebastián Urrutia Lacroix. Y en este escenario se produce una de esas historias “fantásticas” insertadas a lo largo de toda la novela. De repente, Sebastián Urrutia Lacroix ve una sombra, se trata de un hombre vestido con una chaqueta de pana y una bufanda, sobre la cabeza lleva un sombrero de ala corta echado hacia atrás “murmurando hondamente unas palabras que no podía ser dirigidas a nadie sino a la luna”. Sebastián queda como una estatua ante lo que ve. Es Neruda. Y a unos metros está Sebastián en medio de la noche, las plantas y las maderas de Chile, la oscura dignidad de la patria. Es absolutamente fantástica la aparición insólita de Neruda recitando versos a la luna, a los elementos de la tierra y a los astros. La ironía de Bolaño es punzante. Y dice Sebastián. “Allí estaba yo, con lágrimas en los ojos, un pobre clérigo perdido en las vastedades de la patria, disfrutando de las palabras de nuestro más excelso poeta” (el joven envejecido, como ya lo hemos señalado es Bolaño).

Neruda y Farewell cenando a la chilena, congrio al horno mientras Neruda recita versos de La Divina Comedia. Neruda y Farewell abrazados recitan a dúo versos de Ruben Darío. La escena no es clara. No se puede afirmar si es real o una alucinación de Sebastián Urrutia Lacroix. Farewell escuchando recitar a Neruda “mientras las nubes baudelarianas recorren una a una los despejados cielos de la patria”.

En esa época, cuenta Sebastián Urrutia Lacroix (no olvidarse que la mujer de Neruda se apellidaba Urrutia; la novela esta llena de estos guiños irónicos) empieza a trabajar en la Universidad Católica y comienza a publicar sus primeros poemas y sus primeras críticas a libros. Es en ese momento que adopta el nombre de Padre Ibache. En la novela Farewell (nombre de uno de los más célebres poemas de Neruda) y el padre Ibache se embarcan en una larga conversación erudita sobre los papas desde el año 800 hasta el siglo XV. Conversación en la que Farewell dice: “…todo se hunde, todo se lo traga el tiempo, pero a los primeros que se los traga es a los chilenos”. Y todo esto tiene que ver con el inesperado fin de la novela.

Hay una parte esencial de Nocturno de Chile y absolutamente insólita, que va a anteceder al sorprendente final. Sebastián Urrutia Lacroix va a conocer al señor Odeim, que a nombre de La Casa de estudios del Arzobispado le encomienda al cura Ibache realizar una investigación trascendental, que es la de viajar a Europa y recorrer los templos más importantes del viejo continente donde las iglesias se están destruyendo, no por efectos de la contaminación atmosférica sino por la cagarruta de las palomas. Y Sebastián Urrutia recorre ciudades de toda Europa y visita iglesia en las cuales hay sacerdotes que poseen halcones que se encargan de matar a las palomas, y la simbología no puede ser más clara: los templos son las literatura nacionales, los halcones los críticos literarios, y las palomas  los escritores.

Y en esta historia cronológica, a través de los periplos de su narrador Sebastián Urrutia Lacroix, el narrador de la novela nos dice: “Después vino el golpe de Estado, el pronunciamiento militar y bombardearon La Moneda y cuando terminó el bombardeo el presidente se suicidó y acabó todo. Entonces yo me quedé quieto, con un dedo en la página que estaba leyendo y pensé: qué paz. Me levanté y me asomé a la ventana: qué silencio”.

Luego un tal Odeim, junto a un personaje de nombre “Oído”, le encargan una tarea a Sebastián Urrutia Lacroix que debe ser mantenida en el máximo secreto. Sebastián Urrutia Lacroix es convocado a dar clases de marxismo a los miembros de la junta militar y al mismísimo Pinochet. En un determinando momento, el padre Ibache se echa a llorar desconsoladamente echándole la culpa a Odeim por haberle hecho pasar por una experiencia tan terrible. Y aquí debería haber terminado la novela: con el padre Ibache dándole clases de marxismo a Pinochet mientras los chilenos hacen su vida normal como si no pasara absolutamente nada. Pero son las últimas veinte páginas, en donde para sorpresa del lector, el narrador cuenta una historia final insertada, que es un extraordinaria genialidad de la imaginación de un narrador excepcional y que ilumina toda la novela y remata el libro de manera insuperable. Luego de un gran despliegue estético, el remate es profundamente ético y crítico como pocos libros en la literatura Latinoamericana. La última historia no es un cuento fantástico, sino un cuento de horror. Esta es la historia de María Canales, escritora, crítica literaria, que tiene un salón de tertulia, donde se reúne lo más selecto de la literatura chilena. El lector de Nocturno de Chile después de haber participado, a lo largo de a novela, de una vorágine de historias fantásticas, extraordinarias, eruditas, satíricas, paródicas, escritas en una prosa de un nivel de perfección extraordinario, se encuentra que la novela cuenta, como remate, una historia al principio algo ramplona. Pero el maestro Bolaño, nos está preparando para una gran sorpresa. Las tertulias literarias en casa de María Canales  reúne a lo más granado de la intelectualidad chilena. Allí los artistas ríen, beben, bailan, mientras afuera en las grandes avenidas despobladas de Santiago trascurre el toque de queda.  De repente ocurre un suceso imprevisto. Durante una de las fiestas en casa de María Canales uno de los invitados se pierde. Estaba muy borracho, buscaba donde vomitar. En vez de tomar el pasillo de la derecha, toma el de la izquierda. Finalmente llega a un pasillo más estrecho que todos los demás y abre una última puerta. “Encendió la luz. Sobre el catre había un hombre desnudo. Atado de las muñecas y los tobillos. Parecía dormido, una venda le cubría los ojos. Al extraviado se le pasó la borrachera y salió corriendo. Supo que el hombre que había visto estaba aún vivo porque lo oyó respirar, pese a la luz deficiente vio sus heridas, sus supuraciones, las partes maltratadas de su cuerpo.” 

El hombre que se había extraviado regresa a la fiesta. Pero después de la fiesta cuenta la historia de su terrible experiencia. Y luego llegó la democracia y entonces se supo que Jimmy Thompson, esposo de María Canales, era agente de la DINA y que usaba su casa como centro de interrogatorios. Allí había sido torturados muchos y muertos algunos. María Canales lo había sabido siempre. En el sótano de su casa habían matado a un funcionario español de la UNESCO; allí, Jimmy Thompson había asesinado a Cecilia Sánchez Pobrete, mientras en los pisos de arriba de la casa se conversaban los escritores sobre la literatura excelsa y la perfección literaria y afuera los chilenos respiraban el aire de Santiago que Bolaño califica como “la quinta esencia del crepúsculo.”
 
El que escribe Nocturno de Chile es el narrador que sabe que su muerte está cerca, el que necesita decir la verdad oculta tras la literatura. Nunca el Bolaño crítico lo es de manera tan feroz como en Nocturno de Chile. La novela termina con la siguiente líneas que son una figura poética (fantástica):

“Un cadáver sube desde el fondo del mar o desde el fondo de un barranco. Veo su sombra que sube. Su sombra vacilante. Su sombra que sube como si ascendiera por la colina de un planeta fosilizado. Y entonces, en la penumbra de mi enfermedad, veo un rostro feroz, su dulce rostro, y me pregunto: ¿Soy yo el joven envejecido? ¿Esto es el verdadero, el gran terror, ser yo el joven envejecido que grita sin que nadie lo escuche? Y entonces pasan a una velocidad de vértigo los rostros que admiré, los rostros que amé, odié, envidié, desprecié. Los rostros que protegí, los que ataqué, los rostros de los que me defendí, los que busqué vanamente.

Y después se desata la tormenta de mierda”.

 



ESTE LUNES: CONVERSATORIO SOBRE BLOGS
Saturday April 14th 2007, 5:22 pm
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erika almenara.jpgLa esperada mesa sobre blogs de literatura, que tantas pasiones desató en algunos comentaristas de esta bitácora, por fin se llevará a cabo este lunes a las 19.30 en el C.C. Peruano Británico.

La alineación ha sido confirmada por el D.T. Stagnaro, así que ahí estarán Iván Thays, Erika Almenara, Juan Carlos Bondy y José Donayre, mientras que el encargado de la moderación será Francisco Angeles.

Lamentamos no haber podido acoger las propuestas tribuneras que reclamaban la presencia de Max Palacios y Gabriel Ruiz-Ortega. La razón: no se permite tener más de cuatro invitados en la mesa. En el próximo ciclo de conversatorios, con seguridad se les invitará a saltar a la cancha.

Esperamos contar con la presencia de los cuatro columnistas de este blog, a quienes ya se entregó una invitación oficial que incluye unos tragos post-evento. Leonardo Aguirre ha amenazado sentarse en primera fila y meter su cuchara apenas se pase a la ronda de preguntas del público. Quedan también cordialmente invitados todos los lectores de este blog y en especial ese par de caseritos que firman como Primo Levi y Rocky Balboa. Vayan, pues.

(Erika Almenara. Foto tomada de Urbanotopía).



DESENCANTOS
Friday April 13th 2007, 5:45 am
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guich.jpgREIVINDICACIÓN DE PROCOL HARUM
      (O EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO)

 

Por: José Güich Rodríguez

Si me plantara en medio de alguna reunión -de las escasas a que asisto- para afirmar, con profunda convicción, que soy devoto de Gary, Robin, Dave, Matt y B.J. (y Keith, el poeta hermético), muchos bienpensantes me mirarían con un perfecto rostro de “y quiénes son esos”. Algunos probablemente me escanearían como se hace con las alimañas y las especies ponzoñosas. Es el desprecio que los “no asimilados” y “apocalípticos” recibimos en esta aldea. Qué se le va a hacer…

Nadie, es obvio, estaría obligado a tejer explicaciones si es que, moviéndose dentro de la corrección social o política, sostuviera que como John, Paul, George y Ringo no habrá nada sobre este planeta, hoy rumbo al desastre climático. O que Mick, Keith, Ron, Bill, Brian y Charlie  son los verdaderos dioses de esa mezcla dionisiaca y apolínea, bien sazonada con  managers y productores -astutos como hienas-, que es la industria del rock. A continuación, uno de esos cuarentones y treintones integrados, dándome la espalda en señal de desaire, entablaría una discusión banal sobre si ganó Liverpool o Londres en esa carrera por el predominio musical a fines de la dorada y lisérgica década de 1960. Y yo quedaría como uno de esos hinchas de equipos tradicionales y legendarios, pero con escasos seguidores.

Debo a los territorios virtuales -y a Galerías Brasil- conocer hoy más acerca de Procol Harum, banda de culto contemporánea de las aludidas líneas arriba, así como de otros colectivos célebres como Pink Floyd, Jethro Tull, Yes, Genesis y King Crimson. Me ahorro la lista de todos los guerreros del brit-pop nacidos para la eternidad entre el grito de los mods, el incienso, las flores, alucinógenos, las incitantes minifaldas, las chicas descalzas -o con botas de color blanco- y cabello larguísimo que infestaron las ciudades del Reino Unido entre 1966 y 1969. Tres años de farra inolvidable, de excesos barrocos en todos los ámbitos y, especialmente, de música…. sobre todo de divina y excelsa música, de un nivel jamás concebido por los siempre conservadores estándares de los adultos-aguafiestas de todos los tiempos.

En esos años, exactamente en 1966, se forjaron los Procol. Sí, así los llamamos con afecto nosotros, autocalificados como “palers”, una no muy original referencia a “A whiter shade of pale” (“Con su blanca palidez”), el maravilloso tema con que la banda se estrenó mundialmente en 1967. Esta composición es la única por que el grueso de los no iniciados recuerda al barco capitaneado por Gary Brooker (música) y Keith Reid (letras). Que un grupo de rock respondiera a esa sofisticada división del trabajo ya era un atractivo por sí mismo en aquel desenfadado y suelto de huesos “Swinging London” del período sicodélico. Con una inteligente paráfrasis del “Aria” -segundo movimiento de la famosa suite No.3 de Bach-, que combinaba el poder melódico de Brooker, los oscurísimos versos de  Reid y los teclados esplendentes de Matthew Fisher, el éxito musical y monetario estaba asegurado. Las grupies cayeron rendidas al piso, en orgasmos interminables.

El verano del amor nunca pudo ser más numinoso. Hasta los grandiosos John, George, Paul y Ringo saltaron a las esferas celestiales, ebrios con la magia del inmortal himno, considerado en 1977 como “canción del siglo” según prolija encuesta. De inmediato, los chicos de Liverpool prohijaron a los de Essex, y los incorporaron al exclusivo parnaso del  pop. Era una nueva realeza, según el agudísimo Guillermo Cabrera Infante, testigo privilegiado de esos años entrañablemente desaforados y creativos.

A esa tríada -Gary, Keith y Matt- se sumaba el muy buen guitarrista Robin Trower, y los eficientes David Knights en el bajo y B.J. Wilson en la batería (fallecido en 1992). Todo anunciaba que unos nuevos Beatles, mistéricos y poéticos, tomaban la posta por los siglos de los siglos, amén. Pero la historia juega algunas malas pasadas.

En realidad, según los eruditos, el único e inobjetable éxito de ventas fue “A whiter shade of pale”. A continuación, Brooker y compañía lanzaron una batería de tres discos extraordinarios, impresionantes, de una calidad musical muy sobre el promedio, que no tenían nada que envidiar a los vuelos de los Fab Four: Procol Harum (1967) -la versión norteamericana incluía la canción vendedora-, Shine on brightly (1968) y A salty dog (1969). Después de este álbum conceptual de reminiscencias marinas, pieza cumbre de la historia de la música rock e injustamente excluida en los recuentos, Matthew Fisher se despidió de los amigos para enfrascarse en sus propias búsquedas. Terminó como productor, aunque siguió grabando obras en solitario. Él inventó el sonido de la banda.

También se fue David Knights,  hoy agente de músicos.  Esas partidas marcan el fin de la primera etapa del grupo, especialmente en el caso de Matt.
Los tecladistas que reemplazarían a Fisher, como Chris Copping, un antiguo compinche de Brooker y Trower en los tempranos sesentas, bajo el rótulo de The Paramounts, nunca tuvieron la versatilidad, talento y lirismo de su predecesor. Intuyo -aunque ninguna página virtual o texto panegírico de los cuadernillos que acompañan a los discos lo sugiere- que el genial tío Gary conducía a la tribu con mano de hierro, como señor feudal suelto en plaza o gamonal peruano del siglo XX. Es probable que los egos estéticos hayan colisionado, propiciando así el primer descoyuntamiento y recomposición de la pandilla.

No contaremos para esos efectos el paso efímero del baterista Bobby Harrison (ilustre apellido) y del guitarrista Ray Roger, quienes participaron de la grabación de “A whiter shade of pale” para luego formar Freedom, un efímero y hoy olvidado apéndice de los Procol. ¿Los habrá echado a gritos, golpes y puntapiés Brooker, en medio de una borrachera regada de ginebra? Sospecho que sí. No en balde  recibió el ambiguo y preocupante apelativo de “Comandante”.

Desde 1970, con el disco Home, Broker, Reid y Trower enrumban el navío por mares menos mediáticos y más esteticistas. Experimentan con todas las posibilidades del rock progresivo y sinfónico, anunciada en las primeras entregas, y lo alternan con frecuentes retornos a sus raíces rocanroleras, gospel y de rhtym and blues. Aún es posible escuchar con fruición obras como Broken barricades (1971)-marcó, su vez, la partida de Trower-, Grand Hotel (1973) y Exotic birds and fruit (1974). Parece que, como las malas lenguas murmuran, el negocio nunca fue del todo rentable, lo que aceleraría la cancelación de Procol Harum en 1977. Sin embargo, era una marca largamente establecida en el imaginario musical de su tiempo. De ahí que resulte muy extraño que en ciertos sitios web se insista en el hecho de que los discos de los Procol no generasen utilidades. Sea en los setenta o en los salvajes años neoliberales que vivimos, considero improbable que una compañía discográfica apostara  por un grupo o artista que no llenase las arcas en términos suculentos o, al menos, razonables. Para despejar la duda, habría que preguntarle a los leones de las disqueras, como EMI o Chrysalis, por qué siguieron en la brega ¿Sería Brooker el capitalista oculto? ¿O alguno de los exbeatles?

A inicios de los noventa, después de catorce años de ausencia, Brooker, Reid, Trower y Fisher volvieron por sus viejas glorias con The prodigal stranger. Y el Comandante, alentado por los comentarios de la crítica, los fans viejos que salían debajo de las piedras a la caza de autógrafos, y las nuevas generaciones en pos de su cuota de encantamiento, empezó a salir de gira. Y prosigue hasta hoy, cuando los palers se desplazan para seguir a dónde sea al tantas veces reciclado grupo (solo quedan Brooker y el poeta hermético Reid) en sus conciertos europeos. Y a eso añadiremos el dato de que las reediciones de todos los álbumes desaparecen con celeridad de las bandejas. Incluyo a las siempre oportunas y queridas Galerías Brasil, donde he conseguido, espero, versiones originales.  En 2003, lanzan The well´s on fire. Hurra por la cuentas bancarias de los Procol -al menos, de la dupla Brooker&Reid-.

Concluyo esta excursión a los predios del tiempo perdido recordando con melancolía que yo escuché por primera vez a Procol Harum en 1972, a los nueve años. A mi hermano mayor, Gustavo, le obsequiaron un disco LP editado en Argentina. Era del sello Polydor; llevaba por título “Ruidos desde la Casa del Puente”. Se trataba de una recopilación de canciones exitosas. El lado B de la antología de marras se iniciaba con “A whiter shade of Pale”, que me hechizó para siempre. Del resto, no me acuerdo. Pero sí de la chica de la portada, bellísima y angelical, que posaba con atuendo hippie junto a un inmueble que en verdad tenía la curiosa forma de un puente. Un casto amor platónico… Mucho tiempo después, me enteré, por un programa del cabe, que esa vivienda de excéntricos se localizaba en la ciudad de Mar del Plata. Algún día iré a visitarla, en una suerte de viaje sentimental -me refiero a la casa, porque la preciosa chica ha de ser ahora una atractiva señora de cincuenta y siete años, casada y quizás hasta con nietos; además, ya estoy comprometido-.  

En 1987, mi buen amigo Pedro Pérez del Solar, un paler adelantado, me prestó, en viejo formato de casete, el notable Grand Hotel. Gracias, Pedro: mi conversión fue de acción retardada. En esa época ya lejana, nos preguntábamos como locos qué significaba el nombre de la banda. Sé, por indagaciones obsesivas, que así se llamaba el gato de un amigo de Brooker. Los vocablos parecen proceder del latín, pero un tanto macarrónico. Significaría algo así como “más allá de estas cosas”. Al final, no importa si es latín deformado por la ingesta de sicotrópicos o por un capricho o desliz del dueño del felino (un sujeto poco aventajado en sus estudios de lenguas clásicas).

Si alguien se ha interesado en mis modestas líneas de homenaje, solo le recomiendo buscar estas joyas delicadas, apagar la luz, encender velas en un candelabro, o lo que les plazca -así como incienso, lo usual en las presentaciones aurorales del grupo-, e imaginar que se encuentran en Londres durante el remotísimo verano del amor de 1967, vestidos con trajes que parecen jardines ambulantes. Que se deje llevar a un largo viaje por Gary, Matthew, Robin, Dave, B.J. (y Keith, el denso poeta). Estoy seguro de que me dará la razón, porque  Procol Harum nos traslada a la velocidad de la luz más allá de todo lo conocido. Y cuarenta años después, suenan mejor que nunca.
    



Imagen y Literatura en las revistas virtuales
Thursday April 12th 2007, 5:22 pm
Filed under: Publicaciones

A pedido del público (bueno, de un anónimo que se declaraba esclavo del capitalismo y decía estar obligado a trabajar hasta las diez de la noche para no ser expectorado de la chamba), Mario Granda ha escrito una reseña sobre el segundo conversatorio del ciclo “Más allá de la Red: Literatura en internet”. Aquí se los dejo, para los lectores que no fueron (o sea, casi todos).  

 

Imagen y Literatura en las revistas virtuales

Por: Mario Granda

La segunda mesa del coloquio “Literatura e Internet”, organizada por la revista El Hablador en el Centro Cultural Peruano Británico, sirvió para compartir puntos de vista sobre revistas de naturaleza parecida pero con características muy distintas. Mientras que Bocanada y El Hablador están dedicadas exclusivamente a la literatura, en Lapsusweb y Aeropuerto se encuentran géneros como la crónica, la entrevista y la reseña periodística. Estas buscan a un lector interesado en temas de actualidad, mientras que las otras prefieren al lector que ofrece su tiempo para leer literatura por la pantalla y al crítico académico.

Estos rasgos, sin embargo, no hicieron que la mesa se centrara en las diferencias aquí citadas. Así como se habla tanto de la “revista académica” y de “la revista de difusión cultural”, la reunión de estos distintos proyectos representó lo que al final siempre le da a la literatura ese misterio y que significa su mezclada condición de poesía, noticia, crítica, entretenimiento, pasión o reflexión y que, a la vez o por partes, es siempre la situación de la literatura en los medios o la situación de los medios en la literatura. Esta fue una oportunidad para comprobarlo.

El primer tema que cabría resaltar de esta mesa es la discusión que se realizó sobre la presencia de las revistas virtuales en el debate literario. De todas ellas, solo Aeropuerto y El Hablador escriben reseñas y las otras dos restantes solo publican poesía. Pero mientras que El Hablador publica reseñas críticas, en el sentido de hacer un comentario de texto además de la reseña, las reseñas de Aeropuerto solo buscan hacer la difusión del libro, dijo su director, Mario Colán. Pero mientras que El Hablador solo se ocupa de los libros relacionados con la literatura, Aeropuerto tiene secciones sobre teatro y cine que no tiene El Hablador. En este aspecto, Lapsusweb tiene un carácter muy distinto. Tienen una sección de reseñas para el cine (independiente) y otra para la fotografía, pero tienen también otra que se llama “La Diva” y “El Adonis”, donde aparecen la modelo y el modelo de la semana. Como lo dice su director, Giancarlo Huapaya, el segundo interés de su revista, después de la imagen, es el sexo. A la pregunta de por qué no se incluyen reseñas literarias, dijo que no tenía a quién pedirle reseñar tantos libros como lo pedían las otras secciones mencionadas, que se renuevan cada veinte días. Pero si no se publican reseñas, sí se publican antologías de poesía (como la de Miguel Ildefonso), poesía virtual o se tiene a los poetas leyendo su propia poesía frente a la “cámara” de la internet. De la literatura al sexo, del interés del lector por leer una reseña a leer la biografía de la sexual novia de Marilyn Manson, pasando por un poema o por el simple hecho de informarse de la salida de un nuevo libro, hay un abanico de posibilidades para acercarse al placer de la lectura o de la imagen.

Así es, la imagen. Hablamos de revistas literarias, pero también hablamos de imágenes pues internet está hecho de imágenes. Lapsusweb y Aeropuerto, es obvio, tienen diseñadores de imagen que se llevan, de lejos, a Bocanada y a El Hablador. Lapsusweb se subtitula como un “collage” y ambas crean sus propias imágenes. Ambas tienen la idea, además, de atraer al lector hacia el texto a través de una imagen. Cómo puedo hacer para que lean este poema, este cuento, son las preguntas que se hacen los directores de estas revistas. Bocanada, dijo Mauro Marino, relaciona el poema con una imagen y escoge una flor, un paisaje. La respuesta de El Hablador, en cambio, fue parca. Se trata, según Francisco Izquierdo, de escoger lo que hay en google relacionado con el autor y colocarlo allí. Lo importante es el texto, mientras que las imágenes tienen un rol aparte.

Aunque aún haya opiniones contrarias a esta división entre imagen y literatura, sobre todo del lado de las revistas de procedencia literaria, el debate o la relación entre imagen y literatura ha comenzado o, en realidad, ha vuelto a surgir. Internet ha puesto el tema de nuevo sobre la mesa y esto dará mucho más. La literatura estuvo primero en la oralidad, luego en la escritura, ahora en la imagen. ¿Cuál es la imagen de la literatura? ¿Cuál es la literatura de la imagen? ¿Es la imagen el nuevo soporte de la literatura? Aún las revistas literarias prefieren los cortes simples, colores suaves para la lectura de poesía, si no el tradicional fondo blanco, nostalgia del libro. Las revistas con tendencia la imagen, por el contrario, acompañan sus textos con dibujos, trazos, imágenes. Debo suponer que esto no será solo un camino para los literatos (en su forma de poetas o críticos) sino también para los creadores de imagen. Como decía Giancarlo Huapaya, se tiene que enseñar a leer la imagen.

Finalmente, otros dos temas que enmarcaron la mesa fueron los de la financiación y la política de derechos de autor y de imagen. Como es de suponerse, ninguna de estas cuatro revistas recibe un beneficio económico y solo se sostienen por propia voluntad de sus gestores. Aún no se sabe si esto se debe al desinterés de las empresas o al  romanticismo de sus directores, pero lo cierto es que no reciben nada y el espacio que tienen en internet sale de sus bolsillos. Para estas revistas el único “pago” es que sean visitadas por sus lectores. Por otro lado, otro tema de mucho interés fue el de la forma cómo se obtienen los permisos para la publicación de textos y de imágenes. La mayoría de las revistas respondió que, en cuanto a los textos, se exige que sean inéditos y que, en caso de haber sido publicados antes en algún medio escrito es necesario pedir la autorización. Francisco Izquierdo aseguró que todos los textos de El Hablador son inéditos, incluso los de los autores que aparentemente lo han publicado todo, como Carlos Germán Belli y Raúl Mendizábal. Bocanada, por su parte, hace un riguroso examen de búsqueda por internet para comprobar la inedición. En cuanto a las imágenes, sin embargo, la experiencia es menor. Se supone que si se extrae una imagen de otra página web se tiene que colocar el nombre de la página de donde fue extraída, algo que se llama, según se ilustró, el “copy left”. Sin embargo, aún hay un gran desconocimiento en cuanto al uso de las imágenes, pues tal vez los autores de las imágenes o fotografías no se quedarán muy contentos si descubren sus imágenes en otras páginas. Por cierto, una persona del público descubrió, con mucha atención, que solo Bocanada y El Hablador tenían el código ISSN, esto es, un código que informa que los textos publicados en estas revistas se publican bajo la responsabilidad de sus directores.

Una situación como la descrita en este último párrafo no hace sino presentar una paradoja. ¿Cómo es que revistas autofinanciadas y hasta en cierto punto empíricas tienen tanta injerencia en el debate literario? Si nos fijamos bien, como dijo Francisco Izquierdo, todo está en internet. Abelardo Oquendo, Vargas Llosa, José Miguel Oviedo, la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana pueden leerse en internet, no hay necesidad de comprar sus columnas. ¿Pero cuál es la respuesta de los medios tradicionales? Ninguna. La noticia sobre esta realidad virtual es eventual en los diarios. Sin embargo, y por lo menos por el momento, internet permite un espacio exento de alucinaciones irreales y extranjeras que no es menos rico, creativo y liberador.
 



LOBO DOMÉSTICO
Wednesday April 11th 2007, 7:24 am
Filed under: Columnas,Hablablog

aguirre.jpgAutopsia de un tiburón

 

Por: Leonardo Aguirre

En mayo del año pasado, Promolibro y el diario La República organizaron un ciclo de charlas en la Estación de Desamparados con el fin de incentivar la lectura. Dado que, en ese entonces, yo firmaba una columna semanal para dicho diario, mi jefe me preguntó si podía dictar una de las conferencias. Naturalmente, acepté. Lo curioso del asunto es que, días antes de aquella charla, mi columna giró en torno a la reciente aparición de un volumen de cartas de Manuel Puig y me había atrevido a resaltar (o celebrar) el hecho de que, en la intimidad de su correspondencia, el escritor argentino se despachara largo y tendido sobre películas y actrices y que, casi nunca, incluyera referencias librescas. Eso me dio pie para sugerir que el talento literario no siempre se acompaña de la erudición (entendida en su sentido más superficial) y que un escritor, antes que un ratón de biblioteca, es poco menos que un tiburón: simplemente abre la boca y engulle cualquier cosa, digerible o no, que se cuele por sus fauces.  Por eso es el primero en acudir a los naufragios. Y, de hecho, en el estómago de algunos ejemplares han aparecido los objetos más insospechados: una cámara fotográfica, llantas, sombrillas, una placa de carro y casi toda una ferretería.

Ahora bien, lo que dije en aquella columna, creo yo, distaba mucho de ser una boutade. Es más: no era otra cosa que puro sentido común. Sin embargo, un famoso y docto blogger reaccionó, casi en el acto, con una furia que me agarró frío. Se rasgó las vestiduras por mi supuesta defensa de la “incultura” y la mención de un concepto, según él, tan “místico” como el talento. Incluso, recuerdo que el blogger pidió, sin asco, que me expectoraran del diario. Me imagino que, por lo menos, habrá sonreído cuando, a la semana siguiente, se enteró de mi participación en las charlas de Promolibro. Y seguro que no pudo aguantar la carcajada con el título de la ponencia (que, por cierto, yo no elegí): “Mi experiencia con los libros”.

Anoche, buscando un punto de partida para este post entre los viejos documentos de mi PC, encontré el archivo de la mentada ponencia. Yo también sonreí recordando la ardorosa discusión con el blogger (ardorosa para él) y, sobre todo, sonreí con satisfacción al notar que -palabras más, palabras menos- suscribo lo que escribí hace poco más de un año.

Cierta vez, en no sé cuál número de la extinta Debate, leí una entrevista que le hicieron a Ribeyro en una cebichería frente al mar de La Herradura. Entre muchas otras cosas, esbozó una novela que -ahora lo sabemos- nunca llegó a publicar. El hipotético protagonista era capaz de hurgar en su memoria usando un prosaico criterio de selección: sus zapatos. Es decir, durante toda la novela, Ribeyro lo obligaría a inventariar los distintos pares de zapatos que calzó desde que aprendió a caminar y, a través de ellos, como si se tratara de mojones, el personaje recordaría episodios significativos de su biografía.

Muchos años más tarde me topé con una idea similar en una película notable de Stephen Frears basada en la novela homónima de Nick Hornby: High Fidelity. Rob Gordon (John Cusack) regenta una tienda de vinilos en una esquina de Chicago y, en una escena fundamental de la película, decide reordenar su inmensa colección de discos de manera, digamos, sentimental: cada título dispara, instantáneamente, el recuerdo de una desventura amorosa. 

Zapatos, discos, mujeres o libros: qué más da. El tiburón se alimenta de todo. Y los “libros” que recordaré a continuación, con toda seguridad, no figuran en el canon del docto blogger. Sin embargo, como ya veremos, los considero cruciales en mi formación -o deformación- como escritor.

El primer libro que me compraron mis padres (para ser más precisos: hice un berrinche para que me lo compraran) fue nada más y menos que un vulgar Atlas de Geografía Universal editado por Bruño. Sólo tenía cuatro años y aún no sabía leer. De hecho, lo único que me interesaba del Atlas, por una extraña razón, eran los mapas. También recuerdo haber pedido como regalo de navidad un globo terráqueo. Pero me decepcioné bastante cuando el cicatero de Santa Klaus dejó al pie de mi cama un tosco globo de plástico con base de aluminio (por lo menos sirvió como pelota). Ahora que lo pienso, quizá esas elecciones descabelladas tengan que ver con cierto antepasado inglés y navegante, pero mejor no hablemos de cosas tan “místicas y gaseosas” como el ADN.

El caso es que, una vez en mis manos, el bendito Atlas de Geografía Universal se me antojó incompleto y decidí rellenar los márgenes en blanco pegando mapas recortados de la colección de Selecciones de mi abuela que, años más tarde, yo leería con fruición. Si se quiere, ahí está el origen de mi aparente superficialidad (como dice un anónimo, yo soy una Coca-cola Light mientras que mi colega de mostacho es casi un Jack Daniel’s). Y, lo más importante, creo que ése debe ser el origen de mi vocación literaria: como ningún libro era capaz de contentarme, tenía que modificarlo de algún modo. Primero con engrudo, después con tinta.

Sin embargo, también podría rastrear esa necesidad de inventar historias en aquellas tardes jugando en el patio con una variopinta colección de muñecos que solía guardar en una caja de leche Gloria: los protagonistas de Star Wars, los Transformers, sapos de jebe, He-man y compañía, robots oxidados que heredé de mis tíos, caballos, soldados, carritos, y un sinfín de cachivaches. Sabrá Dios por qué, no era capaz de marginar a ninguno (ni siquiera al gato disecado) porque todos, absolutamente todos, merecían un papel en la delirante comedia que tramaba después del almuerzo.

Cuando cumplí cinco años, mi padre, que era pastor evangélico, me regaló mi primera Biblia (ya entonces sabía leer). Y procedí con ella de la misma forma que hice con el Atlas. Tratando de imitar a mi viejo, vacié los veinte plumones Fabber-Castell (“que pintan y pintan requetebién”) subrayando a mansalva, sin detenerme a leerlos, todos los versículos posibles. Al final, cada página era prácticamente una bandera del Tawantinsuyo. Y también, cómo no, me puse a colorear los mapas en blanco y negro de las últimas páginas (el reino de David, los viajes de Pablo, el croquis del templo de Salomón) que siempre trae la versión Reina-Valera de la SBU. Incluso -suprema blasfemia- cierta vez se me ocurrió pegar un sticker de Condorito, con gorro y barba de viejito pascuero, en el centro de la tapa negra. Pero mis viejos, curiosamente, no me castigaron por el pajarraco sino por su disfraz: según me explicaron, el gordo barbudo es poco menos que la encarnación del diablo porque usurpaba el lugar de Cristo en las celebraciones navideñas (es decir, el gordo barbudo usurpando al flaco barbudo).

Pero antes de la Biblia debo recordar un libro singular que no estaba hecho de palabras sino de colores. Los evangélicos, precisamente, titulan esta herramienta didáctica como El libro sin palabras. Cada página es un color y cada color remite a una etapa del arrepentimiento (aunque, la verdad, no sé de qué tanto se puede arrepentir un niño de cinco años). Como cabe imaginarse, el negro corresponde al pecado, el rojo es la sangre de Cristo, el blanco emula la limpieza del corazón arrepentido, y el dorado -la última página- recuerda el oro con el que Dios mismo, en persona, está construyendo, hasta hoy, la “nueva Jerusalén” descrita en el Apocalipsis (dicho de otro modo, “el reino de los cielos”).

Pero, claro, siempre el infierno es más atractivo. El infierno y sus inquilinos. Demonios, fantasmas, vampiros, duendes, pishtacos, en fin: todos eran igualmente abominables según la educación evangélica. Ya por entonces, cada noche (siempre que mis viejos no estuvieran acechando), me debatía entre La hora macabra y Alfred Hitchcock presenta, aun cuando, inevitablemente, soñara después con los espantos reptando entre mis sábanas.

(Quizá me estoy adelantando, pero quiero mencionar aquí la última adquisición de mi erudita biblioteca: una selección de perfectos desconocidos hecha por el propio Hitchcock y titulada Down by the old bloodstream. Es una antología muy irregular pero la introducción del cineasta -un cuento más- bien vale la compra.) 

Esa inclinación por el sub-mundo me llevó a coger, algunos años más tarde, cierto libro de portada y título totalmente inocuos que mi viejo también subrayaba y, dos o tres veces, hasta llegó a poner en práctica: Cerdos en la sala. No recuerdo el nombre del autor pero sí recuerdo que se trataba de una suerte de manual para exorcistas novatos. Ya tenía diez años para entonces y me atreví a leerlo de cabo a rabo (con el rabo entre las patas). Sin embargo, lo único que hoy retengo de aquella urticante lectura es la razón del engañoso título: aquel pasaje bíblico donde Jesús le arrancó un centenar de demonios a un pobre vagabundo para después arrojarlos a una piara de chanchos. Por otro lado, la mención del animalito se explica también por el hecho de que la primera manifestación demoníaca es el hedor insoportable. 

Y según una teoría descocada de mi profesor de Religión, la última etapa de la posesión es la propia transformación física de la víctima. Es más, para el pastor Romero, los vampiros, hombres lobo y demás engendros de la literatura gótica no eran otra cosa que simples mortales metamorfoseados por obra y gracia de algún demonio. Y para fundamentar dicha teoría, Romero echaba mano de otro pasaje bíblico: la historia del rey babilonio llamado Nabucodonosor, a quien le crecieron las uñas y los pelos, comenzó a caminar en cuatro patas, y terminó alimentándose de hierba como un rumiante.

Acabo de recordar un cuento de Lovecraft donde se explica de otra manera ese proceso de animalización. El protagonista decide probar los poderes de la hipnosis consigo mismo y la regresión es tan efectiva que termina por abarcar la propia memoria de la especie. El cuento, justamente, se detiene en ese punto de la evolución donde se confunden los rasgos del hombre y del simio. En el último párrafo, el protagonista se avienta por la ventana con la intención de perderse en los bosques, pero su propio perro, que ya no lo reconoce, impide la fuga con un par de precisas dentelladas. Pero, claro, además de la fauna infernal, los relatos de Lovecraft abundan en verosímiles invocaciones a los seres primordiales, los mismos que mi viejo, cómo no, calificó de simples demonios. Ni modo: tuve que leer al Sumo Sacerdote Ech-pi-el prácticamente a escondidas.

Otra cosa que leí a escondidas (muchos años antes de Lovecraft, por cierto) fue un pequeño folleto de prestidigitación que mi abuela (desoyendo a mi viejo) le compró a cierto mago piojoso que se plantaba cada noche en una esquina del parque Kennedy (por aquellos años, antes de Andrade, el parque bullía de ambulantes, prostitutas y, sobre todo, ratas). Sin embargo, mi “peligroso” interés por el ocultismo y la literatura gótica caducó tan pronto como ingresé a la universidad. Entonces me incliné, más bien, por las historias detectivescas. Y esto quizá porque, en aquel entonces, recién descubrí las ligeras, pero espasmódicas, novelitas de Ian Flemming y Agatha Christie (dos ramas distintas que se encastran en Poe) que mi abuela guardaba junto a su querida colección de Selecciones.

En los primeros ciclos de la Católica, según recuerdo, la mayoría profesaba una devoción casi fundamentalista por la santa trinidad argentina: Borges, Sabato y Cortázar. Pero yo preferí llenar los baches de mi horario apurando todas las novelas posibles del belga Simenon (debe haber unas treinta en la Biblioteca Central) y los pocos libros que encontré de Chesterton (por desgracia, no más de cuatro).

(Antes de terminar, permítanme dos blasfemias. Primero, creo que Borges se equivocó basureando a Lovecraft como un vulgar imitador de Poe. Segundo, el Padre Brown es mucho más ingenioso que Auguste Dupin.)

Ya en el primer ciclo de la Facultad de Comunicaciones descubrí a Puig y aprendí de él, como dije al principio, que no sólo del canon vive un chupatintas y que todo cabe en el estómago del tiburón. Si hay talento, hasta la guía telefónica puede ser aprovechable. Si duda, estoy agradecido con el autor de La traición de Rita Hayworth porque me ayudó a mirar, escarbar y explotar mi pasado sin sentirme culpable (ojo que no me estoy deschavando ni nada parecido; sólo estoy hablando de literatura). 

Hace poco, en este blog, dije que había dedicado gran parte del año pasado a urdir una novela más o menos voluminosa. Mientras termino de escribir esta columna, reviso también el archivo de la novela y descubro en ella vestigios del rápido inventario de líneas atrás. Por ejemplo, ahí está la ciudad, si cabe, como virtual protagonista -una Lima artificial y surrealista cuyo mapa me tomé la molestia de dibujar antes de escribir la primera línea-, y por sus calles (de geometría no euclideana), entre cines abandonados convertidos en templos pentecostales, deambula una legión de engendros que nunca hubiera sido capaz de inventar sin haber leído, y temido, los manuales de exorcismo y los relatos de Lovecraft. Por supuesto, hay también un detective que, a pesar de contar con una agudeza digna del padre Brown, desconfía de la razón y recurre a la magia para resolver crímenes de estirpe casi sobrenatural. Por otro lado, si bien la atmósfera parece asfixiante, con un humor tan deudor de Chesterton como de Condorito, he logrado abrir un pequeño ducto de ventilación.

Bien vista, la novelita no es más que un sancochado (como la caja de leche Gloria o el vientre del tiburón). Y bien visto, este artículo puede ser un esbozo de su receta. Ahora bien, si el plato se queda en el diente, ése ya es otro cantar.

 



HOY: CONVERSATORIO SOBRE REVISTAS VIRTUALES
Monday April 09th 2007, 12:09 pm
Filed under: Publicaciones

Eká1.JPGHoy se llevará a cabo la segunda fecha del ciclo “Más allá de la red: Literatura en internet”. El tema es las revistas virtuales y los participantes serán: Mauro Marino (Bocanada), Mario Colán (Aeropuerto), Giancarlo Huapaya (Lapsusweb) y Francisco Izquierdo (El Hablador). El moderador será Mario Granda.

La cita es a las 7.30 p.m. en el C.C. Peruano Británico (Bellavista 531, Miraflores). El ingreso es libre.  

En la foto (al centro): Francisco Izquierdo y Mario Granda, ponente y moderador en el conversatorio de esta noche.  




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