Vida, pasión y muerte de mi primer libro
Wednesday May 30th 2007, 4:10 am
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libro-soria.jpgLa anécdota fue narrada durante la extensa charla de café que siguió a la repartición de ejemplares de Disidentes que hizo Gabriel Ruiz-Ortega la semana pasada. La contó el escritor Daniel Soria, autor de Tres heridas nocturnas (1999) y uno de los incluidos en la antología. Después de escucharla, le propuse a Daniel que la escribiera para publicarla en este blog. Nuestro columnista invitado cumplió rápidamente con el encargo y nos cuenta aquí la trágica vida que tuvo su primer libro.   

Por: Daniel Soria

Un poco tarde me percaté de que lo mejor que hacía en la vida era escribir. Y me digo esto al margen de que lo haga bien o no. Para algunos sí, sin duda, y puede que para otros no, también sin duda. Pero antes de llegar a ese convencimiento escribía sin más, con el ánimo de estar haciendo algo para lo que me creía dotado. Un buen día tuve un número determinado de cuentos que sometidos a una prudente poda podían convertirse en libro. Y así fue.

En el periódico en el que trabajaba me debían un dinero que con seguridad nunca me pagarían, pero la empresa tenía su imprenta, además de su propia infraestructura y personal para el trabajo de preprensa. Luego de una conversación fugaz con el director del periódico, nos pusimos de acuerdo en que parte de lo que me debían me sería pagado imprimiendo mi libro, que para entonces solo existía como documento de word en la 386 que la empresa me había dado también a modo de pago o amortización. Yo quería quinientos ejemplares. Desear más me parecía estar apuntando a best seller. Sin embargo, cuando me entregó el presupuesto, el director había hecho un estimado por mil ejemplares. Le dije que era demasiado, pero terminó de convencerme cuando me dijo que la diferencia entre quinientos y mil la hacían solamente cien dólares. “Y de repente los vendes”, me dijo. Cuando lo escuché me pareció que solo faltaba añadir a su frase, después de la coma, el afectuoso “hermanito”. Sea, me dije, y entré al ruedo.

Recuerdo aún cuando me dieron los mil volúmenes (treinta y dos paquetes de treinta ejemplares, y uno de cuarenta). Al ver el espacio que ocupaban, me amilané. A primera vista eran demasiados libros, pero la suerte ya estaba echada.

Recuerdo con mucho cariño la presentación. Amigos y parientes aceptaron mi invitación y creo que la pasaron bien. Me ocupé de que a nadie le faltara siempre un vaso de whisky y su copa de tinto para las señoras. Ese día vendí de un tirón más de treinta ejemplares, un auténtico y desaforado récord a la luz de lo que vendría después.

Excepto una reseña de un crítico literario que admiro hasta hoy, cuyo contenido alcanzaba para sentir que la empresa de publicar no había sido vana, y otra brevísima reseña que salió por ahí que hasta ahora recuerdo por su velada mala leche disfrazada de humor, mi libro, el único y primogénito, no tuvo la menor repercusión. De no mediar la generosidad del crítico que menciono, hubiese sido como si el libro no hubiera existido.

En total, para hablar de ventas, creo que no llegué, ni de lejos, al centenar de libros. Más bien a algunos buenos amigos les di su paquetón de treinta ejemplares para que los hicieran circular entre sus conocidos. Dejé algunos en unas pocas librerías, pero lo vendido también fue exiguo. Hasta ahora guardo agradecimiento por esos desconocidos que se atrevieron a comprarme un ejemplar asistidos apenas por la información que podía darles la contraportada.

Entre idas y vueltas, absorbido por el azar, la rutina y de pronto lo imprevisible, fui viviendo mi vida acompañado de mi libro. Entonces me parecía que por mucho que los regalara nunca se acabarían. Hasta que me llamaron de un programa de televisión, casi dos años después de haberlo publicado. El productor me dijo que el conductor del programa, dedicado a la literatura, me había leído y le interesaba entrevistarme.

Quiso la fortuna que estuviera con mis más queridos amigos las horas previas al encuentro. Tomamos unas cuantas cervezas, pero no produjeron en mí el efecto que esperaba, de modo que tomé veinte miligramos de diacepam. El buen diacepam nunca me ha fallado, y tampoco en aquella ocasión. Llegué puntualmente al lugar donde se grabaría acompañado de mis fieles compañeros. El local barranquino estaba tomado por una barahúnda de técnicos, cables, cámaras y luces. Me guarecí en un rincón con mis camaradas hasta que llegó el conductor. Lo miré lo más intensamente que pude para saludarlo, pero él paseó una mirada fugaz por donde yo estaba sin reconocerme. Todavía no he dicho que soy un poco paranoico, de modo que interpreté ese acto del peor modo posible. Me dije que, claro, a nadie se le ocurre entrevistar a un autor para hablar de un libro que ha publicado dos años antes. De otro lado, por ahí me había caído mi palo en relación con el cuento más largo, o novela corta, según como se mire, y se me consideraba ya un hijo bastardo de Kerouac, al que no había leído, así como también veían mi novelita como una triste muestra de aprendizaje de realismo sucio, lo que en mi caso, eso entendí, ya parecía realismo cochino. Junté ambos cabos, el del tiempo pasado desde la publicación y de la crítica adversa, mezclé la información en mi cabeza y me dije que me habían llevado hasta allí para tenderme una celada y decirme algo así como “que un chibolo hable de sus excesos y todo eso, vaya y pase, pero al borde de los treinta salir con estas cosas, por favor, Daniel”.

Cuando el conductor me dijo: “Disculpa, Daniel, que empiece con un exabrupto”, solo atiné a decirme “empezó Cristo a padecer”. Pero pasó exactamente lo contrario. Luego del “exabrupto”, de signo absolutamente positivo, fui sorprendido por la actitud del conductor, que tuvo para mi primer esfuerzo literario las más amables y generosas palabras. Mi agradecimiento dura hasta hoy.

Los amigos que me acompañaron, luego de la entrevista me dijeron que ahora sí tendría más suerte en las ventas, pero no fue así. Las cosas siguieron más o menos igual, pero peor. Los libros que todavía me quedaban, es decir, los que no se compraron, ni regalaron, ni distribuyeron con entusiasmo mis amigos, andaban, como animados por vida propia, dando vueltas por la casa. Anduvieron bajo la cama, visitaron el cuarto de la azotea, reposaron un tiempo en la sala y supieron también de la estrechez del rincón chino, un reducido y extraño espacio que, a modo de apéndice, tiene mi sala, que llamamos chino porque está decorado con tres acuarelas chinas que heredé de mi suegra.

Aunque no todo fue decepción. No faltaron los lectores a los que les gustó, a quienes llegó el libro porque se los regalé o sabe dios de qué indirecto modo, pero el hecho es que mi modesta colección de relatos fue haciéndose sitio de esa forma en el mundo. Pero no era suficiente, al menos no para mi vanidad. Debo decir que en esos años ansiaba el reconocimiento. Y esta confesión puede parecer banal si consideramos que todos quieren reconocimiento, desde el panadero hasta el ingeniero, pero en el caso de los escritores esa demanda puede volverse mórbida.

De este modo empecé a mirar a mi primer hijo literario con ojos demasiado severos. Errores que cometí en su edición que antes pasaba por alto empezaba a verlos como horrores imperdonables. Para empeorar la cosa, le regalé un ejemplar a un buen amigo que, con la mejor intención, me lo devolvió corregido. Le cambié ese ejemplar por otro y le agradecí el gesto, y con ánimo malsano conté los errores: su número era superior al de las páginas del volumen.

Como el hombre harto de su esposa, en la que empieza a ver como defectos lo que antes consideraba como detalles adorables, quería deshacerme del libro. Por momentos me decía que podía seguir arrimándoles paquetes a mis amigos para que continuaran diseminándolo por la ciudad, pero me sublevaba la idea de verlo por las calles del centro de Lima a un sol el ejemplar. Si bien había llegado a detestar por momentos a mi creación, no estaba dispuesto a tolerar que otros la maltrataran.

Una mañana de euforia, me levanté con la idea de acabar con los dilemas y sentimientos encontrados que me provocaba el libro. Llegué al trabajo, avancé lo más rápido que pude en las obligaciones del día y le dije al chofer de la chamba que necesitaba sus servicios por una hora. Aceptó. Fuimos a mi casa, di una última mirada a lo que quedaba de mi aventura literaria, separé un paquete de treinta libros y metí el resto, más de quinientos ejemplares, en una gran maleta. Bajé con mi carga en una mano y con dos botellas de dos litros vacías en la otra. Pasamos por un grifo, compré cuatro litros de gasolina y nos fuimos para la Costa Verde.

Hacer algo tan sencillo como encontrar un lugar para hacer una pira y quemar papel, con lo simple que suena, no fue sencillo. Dos veces tratamos de parar pero nos lo impidieron serenos del distrito, hasta que llegamos a un lugar sin vigilancia, con unos indigentes como únicos testigos. Formé una pirámide con los ejemplares, rocié la gasolina y, antes de echarle fuego, vi que uno que otro indigente se aproximaba con una curiosidad que amenazaba con convertirse en acto. Encendí una cerilla y les dije que se apartaran, que estaba por quemar libros de brujería. Se retiraron de inmediato y uno de ellos regresó, alentado por un candor que me hizo decir “oh, sancta simplicitas”, con media botella de querosene.

Tuvo que pasar buen tiempo para que pensara otra vez en el episodio y lo viera con ojos menos benévolos. Lo que al principio me pudo haber parecido un gesto romántico fue cobrando con el tiempo su auténtica dimensión: un hecho desmesurado y estúpidamente egoísta.

No sé si el libro fue valioso, pero los lectores que me regalaron su cálido afecto luego de leerlo no merecían que así les pagara su fe en mi trabajo. Sé que una serie de factores me condujeron a la quema ritual que a veces lamento, desde mis manías domésticas que hicieron que los numerosos libros se rebajaran a la condición de cachivaches hasta una vanidad a la que creía tener derecho; pero igual a veces un triste pesar lastra mi corazón.

Después de todo, el libro ya no me pertenecía; todo el esfuerzo invertido en él había hecho que lo allí escrito, apenas salido de la imprenta, aún con la tinta fresca, cambiara de algún modo de dueño y fuera también a pertenecer a los lectores, esos mil hipotéticos lectores que nunca tuve pero que quizá a la larga iba a tener. Eso solo podía decirlo el tiempo, tiempo que yo cancelé en un acto flamígero que veo cada vez menos cómo símbolo y cada vez más como barbarie.



LOS DISIDENTES UNO POR UNO: EL GRUPO DE LA MUERTE
Monday May 28th 2007, 8:08 am
Filed under: Hablablog,Reseñas

brasil_alemania1.jpgPor: Francisco Ángeles

Imaginemos que en un mundial de fútbol no se respetan las cabezas de serie y toca enfrentarse en primera vuelta a Brasil, Italia, Alemania y Argentina (y de yapa, Perú). Exactamente lo mismo ocurrió con este primer grupo de Disidentes. Como sólo voy a referirme a los cuentos publicados en la antología, he dejado enlaces a reseñas sobre los libros de los escritores aquí comentados. Están todas las que pude encontrar, sin discriminación de ningún tipo. Como comprobará quien se tome el trabajo de leerlas (o releerlas), es interesante apreciar las diferencias ente los críticos (tan interesante como leer esas reseñas tiempo después, ya con otra perspectiva). Dicho esto, les presento el podio de la semana.
 

lh castalñda.jpgMEDALLA DE ORO
POETA CEDRUS
LUIS HERNÁN CASTAÑEDA

 Si los aficionados a la hípica cada año buscamos entre los potrillos aquél que parece reunir las condiciones para convertirse en el nuevo Santorín, desde hace una década este humilde lector tenía la esperanza de encontrar entre las decenas de títulos publicados los primeros destellos que permitiesen vislumbrar un futuro gran escritor peruano. Empecé a leer Casa de Islandia a fines de 2004 y la alerta roja se encendió desde las primeras páginas. Luego la luz comenzó a parpadear: los dos primeros cuentos no eran del todo convincentes. Y así, mientras avanzaba la lectura, alternaba el entusiasmo más exacerbado con uno menos vigoroso.  Pero todo se terminó cuando llegué al fragmento sobre el Poeta Cedrus, el texto elegido para Disidentes. En ese momento cualquier duda se disipó.

El fragmento es extraordinario y puede ser leído como una metáfora de la relación entre el escritor y el crítico (tema sobre el que reflexiona toda la novela), como una sutil ironía hacia aquellos “geniecillos dominicales” de los que hablaba Ribeyro (cuyo paradigma podría ser el inolvidable Joe Gould de Joseph Mitchell), pero también como una defensa del trabajo del escritor que lucha por conseguir una obra sólida a través de la tenacidad y el esfuerzo. Y, si leen con atención, comprobarán que las diferencias sociales y económicas entre los dos personajes abre posibilidades sobre las que nadie ha escrito (o no me enteré).

Estas escasas líneas no son el espacio adecuado para realizar un análisis profundo ni una interpretación de las distintas lecturas que permite el fragmento. Tampoco voy a insistir en la calidad de la prosa, aspecto en el que todos los críticos han coincidido (aunque eso les haya hecho olvidar que detrás del luminoso aspecto formal hay bastante carne). A cambio, dejo una muestra que basta y sobra para ilustrar los méritos ya señalados por la crítica:

“Una noche tormentosa  en la que Elsinor acogió una fuerte nevada, tras un parto sin dolor que la historia médica suele asociar con el nacimiento de los seres excepcionales, bajo la sonrisa ingenua de sus padres que no podían adivinar el tormento que les esperaba, vino al mundo un niño de largas piernas y brazos largos, tan largos que parecían unos tentáculos, anormalmente grandes para sus nueve meses de gestación, que lucía una imposible cabellera de frondosos bucles negros que caían por su espalda como las ramas de algún árbol. Apenas escupido por el útero de su madre, empezó a bramar “¡A escribir! ¡A escribir! ¡A escribir!…”

¿De dónde sacaba este patita las palabras exactas con esa insólita naturalidad? ¿Cómo era posible en un escritor que apenas pasaba los veinte años? El Poeta Cedrus es el punto más alto de Casa de Islandia, el mejor texto de Disidentes y algunas de los páginas más brillantes de la nueva narrativa peruana. Mis más sincera y afectuosa envidia para el autor.

Sobre Casa de Islandia: Javier Ágreda, Iván Thays, Leonardo Aguirre, Francisco Izquierdo.

Sobre Hotel Europa: Javier Ágreda, Luis Aguirre.

 

daniel alarcon.jpgMEDALLA DE PLATA
EL PRESIDENTE LINCOLN HA MUERTO
DANIEL ALARCÓN

No llegué a leer el primer libro de cuentos de Daniel Alarcón ni en la versión original ni en ninguna de sus dos traducciones. Había comprado Selección Peruana y en ella encontré “Ciudad de payasos”, cuento que me dejó una sensación  confusa. Los elogios podían ser completamente justificados, pero había algo que no terminaba de convencerme: Alarcón desplegaba su talento de una manera para mi gusto demasiado tradicional. Tenía la sensación de que conocer los datos extraliterarios del autor (haber escrito en inglés, inicialmente para un publico norteamericano) contaminaba la lectura, y que por ello aceptábamos sin reparos ciertas descripciones que abusaban del “color local”, descripciones que no hubiéramos aprobado con facilidad de escribirlas un limeño que vive en nuestra capital.  

Pensaba en “Ciudad de payasos” como el cuento estrella que un pata con mucho talento escribió para un taller. Aplicaba muy bien la técnica, pero le falta riesgo. Pero ahora en Disidentes (supongo que también en algunos cuentos de su primer libro) me encuentro con un Alarcón que me gusta mucho más. El cuento parte de una situación carveriana (una pareja que acaba de perder el empleo, con serios problemas en la relación, busca su nuevo lugar en el mundo con una botella de whisky en la mano). En ese estado de desequilibrio y confusión, la pareja, compuesta por dos hombres, tiene una conversación que permite leer la historia como una reflexión sobre el pasado y la manera cómo éste siempre reaparece para condicionar el porvenir. Alarcón deja de lado las descripciones y opta por una prosa más funcional, y por un final abierto en el deja a su protagonista de pie en una carretera, con el pasado en sus espaldas y todas las posibilidades latentes.

La metáfora: si “Ciudad de payasos” miraba hacia el pasado en más de un sentido (la búsqueda del narrador y la estética del autor), este cuento inédito queda, como su protagonista, con la mirada puesta en el futuro. A esperar con expectativa la edición española de Lost City Radio. 

Sobre Guerra a la luz de las velas: Javier Ágreda, Olga Rodríguez Ulloa, Gabriel Ruiz-Ortega.

Sobre Guerra a la luz de las velas y Lost City Radio: Gustavo Faverón.
 

edwin chavez.jpgMEDALLA DE BRONCE
LOS ESCRIBAS DE AE
EDWIN CHÁVEZ

El primer libro de Edwin Chávez, 1922, no tuvo la difusión que hubiese merecido.  Tal vez podamos explicarlo por la casi simultánea aparición de Selección peruana en la misma editorial, o quizá porque el título podía ser justificado, pero no atractivo.

Más allá del escaso poder marketero del título, juzguemos la elección por el lado amable: 1922 era un nombre adecuado para un libro lleno de referencias literarias. No creo que “Los escribas de AE” sea el mejor relato de la colección (“Siameses románticos / Siameses románticos” se lleva las palmas más sonoras), pero su inclusión en Disidentes está justificada porque es el que mejor representa el espíritu ‘metaliterario’ del volumen.

La anécdota en pocas líneas: el narrador, profesor en Cornell, recibe la extraña invitación de una desconocida para volver a su pueblo natal, en Inglaterra, para participar en una conmemoración por los veinte años de la muerte del poeta Aaron Godden, con quien en su juventud el narrador había participado en un proyecto que buscaba convertir a su pueblo en un espacio intelectual y cultural. Junto a un grupo de escribas, que firmaban sus artículos utilizando nombres de célebres escritores, Godden y el narrador habían publicado una revista literaria. Veinte años después y tras muchas dudas, el narrador acepta ir a la celebración. Hasta aquí el planteamiento de la historia.

Los coqueteos con el policial surgen de inmediato, ya que hay un misterio que descubrir: ¿Quién podía ser Florence Parker, esa extraña mujer interesada en celebrar, pagando todos los costos, a un poeta mediocre? El cuento puede ser una pequeña caja de sorpresas para quienes buscan rastrear relaciones intertextuales. Y los guiños metaliterarios son coherentes, ya que Godden había sido asesinado por uno de los escribas, que firmaba como Poe. Habría que forzar la idea: el creador del género policial decide pasar a la acción y se convierte en uno de los personajes que, en sus cuentos, el famoso detective que creó identifica tras complejos razonamientos lógicos (la vida copia a la literatura, diría Borges).

Al encuentro en Inglaterra llega la mayoría de los viejos escribas (Kafka, Proust, Joyce, Virgilio, Goethe, etc). Los veinte años transcurridos han cambiado la apariencia física de los antiguos miembros de la revista, y muchos no se reconocen entre sí. No sé si es una metáfora voluntaria, pero sí puede ser un divertimento literario leer los diálogos sin pensar que son seudónimos, y reemplazando la obra por la pinta (por ejemplo, uno de los escribas, al comentar sobre el aspecto de sus viejos compañeros, dice: “El único que se mantiene es Kafka”).

Más allá de las lecturas intertextuales que permite el cuento, debemos destacar la manera en que el autor logra que el texto funcione. Es posible que le falte un poco de vida a las personajes (por momentos se sienten sólo como figuritas de papel) y que los diálogos suenen demasiado artificiales, pero el buen manejo del lenguaje que demuestra Chávez, y una estructura elegida con acierto para alternar presente y pasado, permite llevar el cuento a buen término. Y la reunión final,  algo inverosímil, puede aceptarse de buena gana dentro de una historia que ha sido planteada lejos de los parámetros realistas.

Sobre 1922: Johann Page.

MENCIONES  

aguirre1.jpgSUBLIME SORRENTO
LEONARDO AGUIRRE

En el cuento inédito que presenta en Disidentes, Leonardo Aguirre realiza una especie de compendio de todos los recursos y motivos a los que recurrió en su muy recomendable Manual para cazar plumíferos. El protagonista, que acaba de morir, según la terminología del propio Aguirre podría encajar perfectamente en la categoría de “plumífero”: un poeta que se hace llamar Sorrento en honor al chocolate de blanquirroja envoltura, se considera apátrida, cree ser genial, lleva una vida demasiado “literaria” y, por supuesto, es inédito. Y como es uno de esos tipos que creen ser muy conscientes de su papel en el mundo, lleva su personaje al límite, por lo que su violenta y espectacular muerte fue ocasionada por propia voluntad. Sorrento es un “maldito” que se suma a la estirpe de fracasados, fanfarrones y autoengañados con ínfulas de grandes escritores que Aguirre retrató en algunos de los cuentos de su primer libro.

Si en el Manual Aguirre buscaba ser experimental y salía a veces muy bien parado, “Sublime Sorrento” es la prueba de que se puede intentar ser experimental y terminar siendo costumbrista. En este caso, el retrato de la fauna literaria clandestina que pulula en bares hablando de las obras que (nunca) escribirán respeta todos los tópicos a los que se debe echar mano en ocasiones como ésta: la mención de lugares reconocibles supuestamente “bohemios”, un grupo de poetas revolucionarios comprometidos con la sociedad denominados “Los Eyaculantes” (supongo que es una metonimia y eufemismo por onanistas mentales), las “huachafitas culturosas” que caen a los recitales con el objetivo de contagiarse de la discutible aura artística de los plumíferos. Todo eso está muy bien. El problema es que toda la materia prima que Aguirre utiliza deriva más en un collage que en un relato bien logrado.

En dos o tres cuentos del Manual, Aguirre demostró tener talento suficiente para construir una obra que supere largamente lo escrito hasta ahora. Pero en este caso da la impresión de que el autor se ha quedado en el regodeo alrededor de su propia cosecha: citas a los Beatles que llegan a hastiar, guiños a cuentos del propio Manual y a su autor, chistes fáciles, el deseo de divertir y sólo divertir (y no tomar el oficio con más seriedad y pensar cómo puede aprovechar al máximo el potencial que tiene en la punta de su lapicero).

Bien sabes, Aguirre, que si presentabas un cuento como “Sandrita, Patty Boyd y Michelle ma Belle” o “Café Milton y cordero con Saki” yo mismo te colgaba la medalla, con orgullo y alegría, y además me mandaba con unos aplausos. Pero por ahora me los guardo.     

Sobre Manual para cazar plumíferos: Javier Ágreda, Alonso Alegría, Francisco Angeles, Roberto Limo.
 

jm chavez.jpgSIN COBIJO EN PALOMARES
JUAN MANUEL CHÁVEZ

Si Jimmy Santi tiene su “Chin Chin”, Juan Manuel Chávez tiene su “Sin cobijo en Palomares”. Leí ese cuento por primera vez hace unos cinco años, cuando un amigo común me lo entregó (impreso y engrapado) en el patio de Letras de San Marcos. Al año siguiente me enteré de que Chávez había obtenido el Copé de Plata. Una vez publicado el volumen de ganadores, descubrí con sorpresa que se trataba del mismo cuento. Meses después, durante un taller de narrativa en San Marcos (al que me referí hace un tiempo en este blog), Chávez presentó al final del curso “Sin cobijo en Palomares”. Poco después, Sarita Cartonera publicó el mismo cuento en una de sus ediciones con texto único. Sonríen los desamparados, su libro de cuentos, se abre, por supuesto, con “Sin cobijo en Palomares”. Y ahora en Disidentes, cuando ingenuamente  pensé que ya sería demasiado roche elegir el mismo cuento, me vuelvo a encontrar con “Sin cobijo en Palomares”.  

Cada uno tiene derecho de elegir sus propios caballitos de batalla; el problema es que Chávez no ha elegido bien. La anécdota del multipublicado cuento es sencilla: en un pueblito de provincia, una pareja de hermanos que mantiene un amor incestuoso escapan de casa, se declaran miles de promesas, soportan las burlas y agresiones del pueblo, y al final el hermano es acribillado a balazos. Eso es todo. Ya que el desarrollo de la historia es esquemático, sin matices ni profundización psicológica, el cuento podía contarse tranquilamente en tres o cuatro páginas. Pero Chávez se manda con veinte. ¿Cómo hace para extender esa anécdota embrionaria, sin desarrollo ni sutileza alguna, hasta esa excesiva cantidad de páginas? Muy simple: acumulando frases hechas, una tras otra, casi hasta la desesperación o la chacota (“De la olla llegaba el neutro aroma de la insipidez”). Sólo en la primera página hay once gerundios. En la tercera línea descubrimos el modus operandi que Chávez ejecutará con saña hasta el final del cuento: “Pero él continuó sorbiendo la sopa en silencio, guardándose cualquier comentario; engullendo legumbres y menestras con el rostro hundido en el plato, zanjando el tema con su desidia”.

Por otro lado, el uso de los adjetivos es abusivo, indiscriminado y lleno de lugares comunes (todas las puertas son “desvencijadas”). Y los diálogos no son precisamente lo más destacado. Veamos una conversación entre la calentona parejita:

“- … Podremos permanecer juntos un tiempo más.
- ¿Para qué?
- Para contemplarte en silencio, engañada por tu rostro.
- ¿Engañada?
- Me estafaste, muchachito; caí seducida por una carroza que ahora vive empeñada en convertirse en calabaza.
- Pues tú no eres ninguna princesa.
- Lo era, hermanito. Ahora soy la bruja del cuento.
- Bueno, hechicera, cumpla entonces su ofrecimiento: algo rico sobre la mesa”.

He revisado algunos cuentos de Sonríen los desamparados y debo decir que hay más de uno que pinta bastante mejor que el trajinado “Sin cobijo en Palomares”. Al menos hay otros que se dejan leer. Espero de todo corazón que Chávez realmente haya superado esa etapa tan oscura. Y que Jimmy Santi por fin deje de cantar ”Chin Chin”.

Sobre Sonríen los desamparados: Javier Ágreda. 

* Los cinco del próximo lunes: Augusto Effio, Víctor Falcón Castro, Marco García Falcón, Alexis Iparraguirre, Pedro Llosa.



DESENCANTOS
Friday May 25th 2007, 6:38 pm
Filed under: Columnas,Hablablog

guich2.jpgEL OLVIDADO PILOTO DE ENEAS

 

Por: José Güich Rodríguez

Con toda justicia, el mundo celebra en estos días la cuarta década de Cien años de soledad, la novela de  Gabriel García Márquez que marcaría el punto culminante del fenómeno conocido como el “boom de la literatura latinoamericana”, inventado en términos publicitarios por Carlos Barral y el crítico Rodríguez Monegal. Al margen de los hábiles cálculos de la industria emergente de esa época, existen varias obras que, por auténtica calidad, podrían reclamar tranquilamente un sitial al lado de la esplendorosa saga macondina. La mayor parte de ellas fue publicada entre 1962 y 1970. Resultaría ocioso un inventario al respecto, pues ya es de largo conocimiento público qué textos pertenecen a ese Panteón por los siglos de los siglos.

Es inobjetable, por otro lado, que los gustos han cambiado, y eso afecta la sólida posición de libros otrora inamovibles en el canon. Hoy, por ejemplo, está de moda desvirtuar las bondades de Rayuela que, al ser publicada en 1963, devino un icono de las nuevas praxis narrativas. Permítanme el disenso: fue, es y será una proeza genial la de don Julio, pero su erudición y cosmopolitismo la convirtieron, lamentablemente, en un libro del cual todos hablaban pero muy pocos leían -o leían demasiado en serio, cuando la intención de Cortázar no era ni ser solemne ni crear un culto religioso para críticos ansiosos de perennizarse-. El público promedio nunca la celebró como debía, puesto que el Gran Cronopio proponía modelos de recepción inexistentes o incomprensibles para una masa de lectores que aún quería ver la palabra “Fin” muy bien señalada en la última página. Además, los metatextos  que proliferaron durante años ahuyentaban hasta al más valiente excursionista.

En el anodino presente, los jóvenes ya no juegan a Oliveira y a la Maga ni sueñan con ir a París para asistir al funeral de un paraguas inservible, observar gatos, escuchar a Bird o hacer el amor toda la noche en un hotelito de mala muerte, mientras la ciudad es sacudida por la lluvia. Respecto a si este gran divertimento cortazariano ha envejecido, quedan, sin duda, muchas páginas por escribirse. La muerte de Artemio Cruz (1962), por su parte, se mantiene vigorosa, aunque La región más transparente (1958) ha incrementado sus bonos, pese a su estructura más compleja y radical. Estas novelas del mexicano Carlos Fuentes -añado el relato Aura (1962)- configuran, en mi opinión, lo más logrado de su autor, quien después se dedicó a reelaborar una y otra vez los temas y obsesiones de su brillante producción inicial. Y en cuanto a Vargas Llosa, es casi una perogrullada colocar La casa verde o Conversación en la Catedral como las novelas acompañantes de Cien años de soledad en cuanto a la culminación de un proceso modernizador al interior de la literatura latinoamericana, que se sacudía de la dependencia intelectual, y fundaba usos y lenguajes de extraordinario vuelo estético.
He mencionado los destinos de las cuatro figuras de mayor repercusión mediática; uno de ellos, Cortázar, falleció en 1984; los otros tres no pueden dar hoy un paso o formular una declaración sin que se produzca el alboroto de la prensa especializada y éste exceda los límites de páginas, siempre marginales. Se habla de un acercamiento entre GGM y MVLL, propiciado por amigos comunes. Carlos Fuentes mantiene su inquebrantable amistad con el colombiano, mientras está distanciado del peruano por cuestiones ideológicas, ya que nuestro crédito es un fanático converso al liberalismo, al tiempo que sus viejos amigos de juergas barcelonesas aún se proclaman izquierdistas, defienden tenazmente a Cuba y son recibidos por Fidel. Cosas de escritores, dirían las viejas consejas (o “líos de blancos”, según el pueblo llano, apenas preocupado por sobrevivir, ajeno por completo al universo de los libros).

Como rastreador de aniversarios insólitos, quisiera destacar otro acontecimiento literario, que probablemente pasará desapercibido. No afectará la rotación del planeta ni le quitará el sueño a algún mortal. En 2007 se recuerdan -al menos, yo lo hago ahora- los treinta años de la publicación de la novela Palinuro de México, de Fernando del Paso (1935). Esta obra maestra del escritor nacido en el DF -también autor de José Trigo (1966) y de la extraordinaria Noticias del Imperio (1987)- también ha sido víctima de un extraño destino, semejante al de Rayuela: es mil veces citada, pero cuenta con lectoría bastante exigua, si la comparamos con los seguidores de la familia Buendía y de su tropical genealogía.

Del Paso ya era un autor prestigioso, gracias a José Trigo, cuando se produjo, en octubre de 1968, la tristemente célebre matanza de Tlatelolco. El gobierno mexicano  asesinó a trescientos estudiantes en la llamada Plaza de las Tres Culturas. Eran los días previos a las Olimpiadas.  Los jóvenes, indignados con la corrupción política y por el uso cínico y manipulador de los Juegos, en un país  castigado por la pobreza, tomaron las calles. Todo un movimiento literario se gestó a partir de esos lamentables sucesos, que aún es evocado como símbolo de la represión y el autoritarismo de gobiernos despreciables con fachada de democracia.

Según las palabras del propio novelista (a quien tuve el gusto de conocer en Buenos Aires, en octubre de 1993), la elaboración de Palinuro de México se inició el mismo año de la tragedia. Como muchos intelectuales y escritores mexicanos, el episodio de Tlatelolco se convertiría en una pesadilla que solo fue exorcizada a través de los fastos de la creación. Le tomó siete años a Del Paso culminar el insólito proyecto, en el que se ensamblan múltiples temas de índole literaria, artística, histórica y científica, además de las inacabables referencias a la publicidad, a la que el autor le dedicó por catorce años hasta que partió, en viaje tardío, a Londres y luego  a París, para trabajar, primero, en Radio Francia Internacional y, luego, en la UNESCO. Con los años, desempeñaría el cargo de Embajador de su país en ese organismo internacional.

 Las deudas con Joyce y Rabelais son más que evidentes, pero hay una larga lista de autores, entre ellos Swift, Sterne, Bierce y Pérez Galdós, que son magistralmente parodiados a los largo de los veintitrés capítulos. La novela incluye una reelaboración de la Comedia del Arte, en la que los protagonistas (los entrañables Palinuro, Estefanía, Walter, Fabricio y otros) encarnan, merced a continuos desdoblamientos, a Arlequín, Colombina y Pantalone. La pieza, “Palinuro en la escalera o el arte de la comedia”, se convierte en una delirante y surrealista representación de los horrendos sucesos de 1968, tema que con variaciones es desarrollado a lo largo de las casi ochocientas páginas del libro. Probablemente esas dimensiones hiperbólicas, así como las exigencias discursivas, hayan sido el inconveniente para la plena aceptación de la novela como uno de los hitos máximos de la literatura hispanoamericana. De algún modo, cierra el ciclo de las obras totalizadoras que pretenden ampliar los horizontes y naturaleza de la escritura.

Don Fernando, ser humano sencillo y amable como pocos, también me confió, en esa charla de cuarenta y cinco minutos, que el tamaño descomunal de la novela había impedido su inmediata publicación, una vez obtenido el premio convocado por la Editorial Novaro en 1975. La empresa editora, famosa por sus series de historietas, en un acto de cobardía, no se atrevió a lanzar semejante desafío a los convencionalismos y a los clisés, aunque se aseguró de entregar el premio, tal como estaba estipulado en las bases. Solo en 1977, este Palinuro azteca, alter ego del piloto de la nave de Eneas (que en el poema de Virgilio no puede distinguir el día de la noche, y es sacrificado por nativos luego de caer al océano), vio la luz de la fama eterna. A partir de entonces, la novela se ha convertido en un mito, cuyos lectores forman una verdadera cofradía (reminiscencia de aquella fabulosa hermandad que en la novela organiza una desopilante batalla de ventosidades).

Sus camaleónicos personajes son una referencia  para  iniciados. Y el vocablo no es gratuito: es un libro  mistérico, de sometimiento a los fuegos mágicos de la literatura y de su capacidad para engendrar universos sostenidos únicamente por el poder liberador de la palabra. Puede resultar apabullante para un receptor no habituado a los experimentos radicales, tanto en el plano estructural como en el estrictamente lingüístico, o en el de la información pormenorizada y enciclopédica sobre multitud de conocimientos -muchos de ellos expresados con un guiño cómplice en relación a su utilidad, a su valor real en un mundo cada vez más hostil al saber por el saber mismo-. 

Entre esas referencias torrenciales, sobresale, sin duda, la historia de la medicina. Y a decir verdad, los hijos de Galeno, Hipócrates, Vesalio y otras figuras no quedan, en general, bien parados ante los feroces ataques del libro hacia las prácticas vejatorias en contra de la dignidad humana y la de otros animales. Experimentos que el santoral médico tiene por cumbres estelares son materia de constante denuncia y recusación, por cuanto niegan los ideales que siempre debieron nutrir a esta profesión; hoy, tales principios le ceden el terreno al marketing y a las mafias de la industria farmacéutica.

Profético en grado sumo, el texto confirma que las malas artes han prosperado. Pienso, por ejemplo, en muchos caníbales de estos lares, especialistas en reproducción humana asistida, que de verdaderos médicos tienen poco o nada.  Suelen pontificar, en simposios y congresos, acerca de la felicidad que dan a  manos llenas a parejas incapaces de procrear, cuando lo único que protegen, con sus nauseabundos manejos de óvulos fertilizados, es su propio bienestar, encarnado en las casas de playa, la costosa educación de su prole y los lujos frívolos de sus mujeres. No obstante, la lista de estafados es tan voluminosa como Palinuro de México. Y lo más sublevante de todo es que cuando estos carniceros oyen hablar de humanismo y bioética, casi efectúan el ademán de buscar un revolver (como el nazi Goebbels, cuando oía mencionar la palabra “cultura”).

Los vacíos legales, ciertamente vergonzosos para el país, deben ser resueltos, según la filosofía de estos pobres mercachifles -estarían mejor en la gerencia de un supermercado que laborando en una clínica-,  por ellos mismos y no por los “advenedizos” e “intrusos” de la sociedad civil. Una vez más, el gato funge como despensero; es decir, la perfecta metáfora para graficar la actitud no solo de tantos médicos inescrupulosos -que fingen amor a la humanidad-, sino de toda la mediocre clase dirigente que sufrimos día a día. Vamos igual que el cangrejo. Por el contrario, en países hermanos, como Chile, Argentina y Brasil, las decisiones sobre el marco jurídico en torno de tan delicados quehaceres las asumen en conjunto filósofos, médicos, abogados, sociólogos, biólogos, antropólogos etc. Es una perspectiva consensual, de avanzada, interdisciplinaria, comparada con el caciquismo de ciertos médicos peruanos, enceguecidos por la soberbia y la necedad del ignorante.

Volviendo a territorios más gratos, confieso que he sido admirador devoto de Fernando del Paso y su obra por veinte largos años. Recuerdo el día en que, por fin, después de fatigosa búsqueda, encontré Palinuro de México en una librería de Miraflores. Era la edición de Alfaguara, reimpresión de 1982. La devoré, con veneración casi religiosa, entre julio y agosto de 1986. Difundí sus grandezas entre mis amigos más queridos. Me convertí en un feligrés, en un acólito. Debo de haber resultado exasperante en algún momento, por lo que ahora me excuso. A tal grado llegó mi pasión por este libro -y otros de su autor- que recalé tres años en Buenos Aires, como becario de perfeccionamiento, para investigar sobre tan fulgurante narrativa.
 
La excentricidad me acompaña: un peruano que investiga sobre un mexicano en Argentina. Por razones azarosas y afortunadas, me enteré de una breve estancia del novelista en la capital porteña. Ni corto ni perezoso, lo llamé una noche al hotel Alvear, con la duda acerca de si me recibiría o no para una corta entrevista. Al día siguiente, muy temprano, nos encontramos en el restaurante. De esa lejana mañana sabatina, me queda el recuerdo de un hombre excepcionalmente cordial y educado, amigo íntimo de Rulfo, Paz, Fuentes, Elizondo, Arreola. A través de él, pude estrechar con la imaginación la mano de muchos de mis dioses personales.  Antes de despedirnos, me firmó el trajinado ejemplar de Palinuro de México que hoy, casi quince años después, conservo como una de mis pertenencias más preciadas. Cuando lo acompañaba al ascensor, comentó que se sentía tranquilo: era el único escritor mexicano que no mantenía pleitos con alguno de sus colegas. Otro punto a favor del artífice.



LOS DISIDENTES UNO POR UNO Y DE CINCO EN CINCO (INTRODUCCIÓN)
Thursday May 24th 2007, 3:10 pm
Filed under: Hablablog,Reseñas

disidentes1.jpgPor: Francisco Ángeles

Hace buen tiempo que venía pensando escribir un artículo, un artículo largo, con marco teórico, rigor académico y todas las de la ley, sobre la narrativa peruana de esta nueva década. No sé si se enteraron, pero esta nueva década ya no es tan nueva. Estamos en sus tres cuartas partes, así que ya va siendo hora de hacer balances y trazar las líneas centrales (si es que existe algo así) de nuestra producción reciente. Y, por supuesto, me interesaba centrarme en los narradores jóvenes que han ido apareciendo en estos últimos años. Así que fantaseaba con ese artículo, empezaba frases, se me ocurrían ideas sueltas. Pero nunca llegué a meterme del todo en el trabajo de investigación. No era poca cosa: delimitar el corpus, releer obras, buscar las que no había leído, elegir el marco y la perspectiva. Y ahora que apareció Disidentes creo que tengo mi revancha (o premio consuelo). Si Vila-Matas escribió en Bartleby y compañía que esa novela eran las notas a pie de página para un libro que no existía (y Camilo dijo que se iba a sumergir en la página en blanco “a la manera de Stephane Mallarme”), esta reseña en cuatro entregas será para mí los extractos del artículo que nunca escribiré.

Pues bien: tomaré mi ejemplar de Disidentes, reuniré a los antologados en grupos de cinco (por orden alfabético) y comentaré cada uno de los textos en sólo doscientas palabras. Y para distanciarme definitivamente de mi inexistente artículo académico, voy a tomarme la licencia, mismo Juegos Olímpicos, de otorgar medallas (oro, plata y bronce) a los más destacados de cada grupo. No será crítica literaria propiamente dicha, sino mis impresiones personales, mi experiencia de lector ante el texto específico publicado en Disidentes. Es esto una diversión literaria y mi celebración personal por la gran cantidad de narradores que vienen apareciendo con textos de calidad.

El grupo inaugural (este lunes) estará conformado por Leonardo Aguirre, Daniel Alarcón, Luis Hernán Castañeda, Edwin Chávez y Juan Manuel Chávez. Sí, pues, doméstico, es el grupo más bravo. Así es la vida, te tocó bailar con la más fea. Aunque, según cuentas, eso tampoco es tan nuevo para ti.



DIEGO TRELLES EN RESPUESTA A RUIZ-ORTEGA
Wednesday May 23rd 2007, 9:57 pm
Filed under: Publicaciones

diegotrelles1.jpgYa que hace pocas semanas inauguramos en este blog el ejercicio del “derecho a réplica”, a pedido de Diego Trelles Paz cumplimos con postear una carta en la que responde a algunas declaraciones de Gabriel Ruiz-Ortega en la entrevista publicada hace dos días en esta bitácora.
  

Estimado Francisco Ángeles:

Le escribo porque he leído una entrevista suya al señor Gabriel Ruiz-Ortega en la cual éste me alude sin nombrarme, y me gustaría hacer algunas precisiones respecto a sus comentarios:

1. En la entrevista, este señor afirma muy suelto de huesos que soy un “narrador de tendencia izquierdista que vive como neoliberal” y que, cada vez que puedo, “me mando con un floro remanido de la exclusión, la marginación”. Debo decir que me declaro sorprendido, no sé de dónde saca este pobre hombre la absurda idea de que vivo como un neoliberal. ¿Será porque estudio en Estados Unidos? ¿Es, acaso, ésa su luminosa razón? Si es así -y no encuentro otra dado que no lo conozco ni me conoce en absoluto-, me asombra la lógica pedestre y maniqueísta de sus razonamientos, y esa ligereza de boca que, a menudo, emplea para hablar de aquello que no entiende. No es la primera vez que lo hace. De hecho, tiene la misma actitud bravucona y negligente en su blog. Quien lo lea, no sólo se dará cuenta de que Ruiz-Ortega tiene la prodigiosa facultad de escribir con los pies, sino que, además, tiene una tendencia casi natural al diagnóstico epidérmico y colegial, de una pobreza analítica y formal inusitada para alguien que quiere asumir la tarea de prologar y antologar la que autoproclama como la antología de los nuevos narradores. [Lo del "floro de la exclusión", debo suponer, es un chiste involuntario de su parte, propiciado por los nervios de la entrevista -una entrevista, por lo demás, embarazosa por la cantidad de dislates que dice].

2. Las razones por las que decliné mi participación en Disidentes (cuyo título, por cierto, tiene una cantinflesca explicación de su parte) son tres: 1) No me sentí representado ni cómodo en un proyecto dirigido por un personajito precario e improvisado que no me interesa en absoluto como escritor (tiene una novela con más faltas ortográficas que páginas), y cuyo comportamiento ha estado signado por la consigna de escalar y figurar como sea y a expensas de quien sea; una especie de lobbysta chicha y, aparentemente, mitómano (¿alguien ha podido comprobar la procedencia de Q Ediciones esa “editorial extranjera” que le pagó por publicar su novela y, según lo atestiguado por él en la Conversa de escritores organizada por Cyberayllu, le ha hecho un trato por otros dos libros más? Si uno hace una búsqueda rápida en Google se dará cuenta de que esa editorial simplemente no existe. Bien haría Ruiz-Ortega en aclarar este asunto turbio para evitar mayores suspicacias en el futuro). 2) Además de lo expuesto, no me pareció correcto aceptar la propuesta de un sujeto al que alguna vez fui introducido brevemente por una persona que respeto y admiro (el poeta Miguel Ildefonso), y que luego atacó públicamente -junto a otro señor del que ahora reniega con ironía pero del que era compadrísimo cuando fungía de crítico de Somos-, más de una vez, no sólo a Miguel, sino a otros creadores cercanos con los que tengo más de una afinidad. Las suyas no eran críticas literarias medianamente agudas sino ataques personales que, como en mi caso, buscaban desacreditarlos mediante el agravio y la burla. 

3. Finalmente, quiero decir que, como cualquier escritor o artista, tengo derecho a participar en los proyectos que me interesen y, sobre todo, en aquellos que me parezcan serios y, en mi opinión, éste no era el caso. Nunca me he negado a colaborar y, menos aún, a participar en proyectos literarios y artísticos, y de eso pueden dar fe muchos otros escritores. Si el señor Ruiz-Ortega se ha sentido ofendido porque le dije -muy amablemente, por cierto- que no, allá él, pero, por favor, guárdese esa retórica vacua para los posts de su blog y, en vez de hacer tanto ruido para promocionarse y seguir escalando como acostumbra, dedíquese a mejorar esa prosa, a revisar los diccionarios que tanta falta le hicieron en su primera novela, y a escribir, hombre, a leer, a sosegarse, que es, finalmente, lo que podrá ayudarlo a utilizar las manos la próxima vez que se aventure, esperemos con seriedad, en el oficio de la escritura.

Atte.,
Diego Trelles Paz.



EL HOMBRE QUE MIRA EL MAR
Wednesday May 23rd 2007, 5:58 am
Filed under: Columnas,Hablablog

ewestphalen.jpgCarlos Calderón Fajardo nos ha entregado una nueva colaboración para su acostumbrado día miércoles. En adelante, el escritor publicará un artículo mensual en esta bitácora. Nuestro agradecimiento, y seguramente también el de los lectores, para nuestro columnista. Bienvenido de vuelta. 

Las Moradas: 60 años de su creación

 

Por: Carlos Calderón Fajardo

Se conmemora el nacimiento o muerte de un gran escritor, se celebra un mes dedicado a las letras, pero hay acontecimientos que no deben ser olvidados. Pilares de la historia de cómo creció nuestro espíritu y a los que hay que volver siempre porque son un manantial de sabiduría, porque representan momentos fundacionales de lo mejor de nuestra inteligencia, nuestro espíritu, nuestra sensibilidad, la continuidad de nuestra inagotable creatividad, y porque fueron un gran momento de creación cultural en sí mismo. Si sólo vemos el presente, la novedad, nunca lograremos crecer con raíces fuertes.

En el Perú se viene produciendo una cultura de un nivel creativo muy alto desde mucho tiempo atrás, y lo que hacemos hoy es producto de notables esfuerzos anteriores. No podemos comprendernos a nosotros mismos, ni orientarnos con un horizonte seguro para lograr lo que pretendemos si no  regresamos a ciertos acontecimientos cruciales. La cultura es eso: volver a lo que fue importante en el pasado para expresarnos en el presente y proyectarnos al futuro.

Hace 60 años, un mes de mayo de 1947, salió a la luz el primer número de la revista Las Moradas, creada y dirigida por el poeta Emilio Adolfo Westphalen. Su primer número tuvo como miembros del Comité de Redacción a Carlos Cueto Fernandini, Jorge Eduardo Eielson, Enrique Iturriaga, Fernando Shawb y Fernando de Szyszlo, con ilustraciones de Ricardo Grau, Klee, Sérvulo, Carlos Quíspez de Asín, y viñetas de Szyslo y la contracarátula de Judith Westphalen. Cada ejemplar se vendió a tres soles, pero el contenido de la revista es de un valor incalculable.

En poesía, la revista publica un fragmento de “Aloysius Acker” y otro de “Travesía de Extramares” de Martín Adán (“¡Muerto! En cuanto miro, no veo. Sino tu nariz de hielo. ¡Qué estado perfecto!…!Como si Dios creadora de cierto!…!El no nacido, el no engendrado, muerto!…”). “Viaje hacia la noche” de César Moro (“…como un caballo esquelético, radiante, de luz crepuscular, tras el ramaje denso de árboles de angustia”). Y “Zona de Angustia” de Enrique Peña (“Toda mi vida no ha sido hasta ahora sino eso: tránsito. Y afán de ver. Y de asombrarme”).

La revista contiene artículos diversos sobre literatura, arquitectura, filosofía, etc. Reseñas memorables hechas por jóvenes escritores. Dos textos de Kart Jaspers, traducidos del alemán por Carlos Cueto Fernandini. Un ensayo del extraño, múltiple, vidente intelectual Wolfgang Paleen “El Evangelio Dialéctico”.  Un extraordinario artículo de Javier Sologuren sobre Jorge Guillen  y uno de Szyslo sobre “Picasso después de Guernica”.

Por mis intereses personales voy a detenerme en dos ensayos y una reseña de este extraordinario número inaugural de Las Moradas. El primero, de Emilio Adolfo Westphalen: “Quién habla de quemar a Kafka”, un ensayo largo en el que Westphalen  se pregunta sobre la verdad en el arte partiendo de la obra de Kafka. Dice Westphalen: “Porque por el arte sabemos lo que sabemos, y aún más, por el arte nos damos cuenta de lo que podemos ser. En la historia del hombre las obras de arte son como los hitos que van dejando para reconocerse, y para poderse por el tumulto de lo desconocido”.

Y específicamente sobre Kafka dice, entre otras muchas cosas: “Sucede como si Kafka tejiera una tela maravillosa y deslumbrante, y cuando mayor es nuestra admiración por el trabajo cumplido, de súbito tirara de unos hilos y redujera a nada todo lo hecho. ¿Es este el límite de la desesperación? No, aunque consciente de la inutilidad, pero sonriente, Kafka nos dice: Probemos otra vez, hagamos otro tejido deslumbrante”.

Otro ensayo que llamó mi atención por la inteligencia de su análisis es el de Cueto Fernandini sobre la filosofía de Leibniz. En realidad, el ensayo es una reflexión sobre el concepto de Substancia y como lo entiende Leibniz en comparación a Aristóteles. Escribe Cueto Fernandini: “En la metafísica aristotélica las substancias contienen las partes formalmente con los cual se identificaba la sustancia con sus determinaciones esenciales. La substancia, es en sí, nada más que la suma de sus determinaciones, y ella se da ya lista en el sujeto del juicio. En Leibniz las determinaciones de la substancia han de ser inventadas o descubiertas…La posibilidad dinamiza la idea de substancia y la fuerza la actualiza”.

Y también llamó mi atención una excelente reseña de Sebastián Salazar Bondy sobre la novela de Karen Capek La guerra de las salamandras. Una novela fantástica en que las salamandras se apoderan del mundo, utilizando las más crueles artes de la guerra.

Los límites de espacio no me permiten abundar más en este primer número de la extraordinaria revista que fue Las Moradas. El mejor homenaje que se le puede rendir en el mes que se cumplen 60 años de la publicación de su primer número es reproducir su editorial. En él está dicho todo.

LAS MORADAS (Revista de artes y letras)

Cuando salimos a la aventura, a la caza de las presas espirituales pensamos que siempre habremos de volver a unas MORADAS, donde habrá amparo para lo atesorado, que habremos de llevar siempre.. Punto de reunión, para el contacto, para el cambio, para la confrontación de hallazgos, pero lugar donde toda conquista del espíritu, donde todo descubrimiento del arte y de la poesía, de la ciencia y del pensamiento, no habrá de considerarse nunca como un punto final, como un acabamiento, sino como un acicate hacia nuevas conquistas, como un despliegue de posibilidades futuras.

En esa atmósfera atravesada de pulsiones vitales, centelleante del peligro que siempre amenaza las manifestaciones desinteresadas de la vida espiritual, queremos erigir estas MORADAS. Nuestro fervor y nuestro entusiasmo esperan despertar la amplia respuesta de atención y de discusión alrededor de los problemas diversos que el destino trágico del hombre suscita en nuestra época. Sobre todo no queremos que se olvide que ese destino nos viene de un pasado remoto y que nosotros no somos más que el relevo que ha de ser transferido a quienes vengan detrás nuestro, y que es nuestro deber cuidar porque la acumulación de especulaciones teóricas y de creaciones de arte, venga a ser no una carga molesta, sino el sostén más efectivo, sino la gracia jubilosa que da sentido a la vida.

La tarea difícil y arriesgada no será llevada a bien si no contamos con la ayuda cálida de todos quienes han puesto su confianza en las expresiones libres del espíritu, de quienes creen que toda obra de creación, en el pensamiento y en el arte, solamente fructifica en un ambiente de desinterés completo por los halagos y las vanidades, adonde no llegan intransigencias dogmáticas e interferencias egoístas. A ellos nuestro llamado para apoyarnos y alentarnos.

Lima, mayo 1947.

(En la foto: el gran poeta Emilio Adolfo Westphalen).



RUIZ-ORTEGA HABLA DE DISIDENTES
Monday May 21st 2007, 4:27 am
Filed under: Entrevistas

ruiz ortega.jpgLa antología Disidentes, que reúne a veinte de los más destacados narradores peruanos jóvenes, es anunciada por Gabriel Ruiz-Ortega para esta semana. Conversamos con el encargado de la antología sobre las dificultades por las que pasó la publicación, los criterios de selección, el realismo sucio de los noventa y el buen momento de la narrativa joven en nuestro país.   

Por: Francisco Ángeles

La disidencia se entiende normalmente como un acto de rebeldía frente al discurso oficial. Sin embargo, en tu antología figuran todos los más conocidos narradores peruanos jóvenes. Así que la primera pregunta es obvia: ¿por qué “disidentes”? ¿Disidentes frente a qué?
Claro, cuando se escucha la palabra ‘disidente’ pensamos que estamos ante un grupo de revoltosos con tendencias anárquicas. Así que entiendo perfectamente que el título genere más de una pregunta. Cuando empecé a elaborar la antología, en lo último que pensé fue en el nombre, pero sí tenía claro que había que mostrar un quiebre tajante con lo escrito en narrativa joven en la década pasada que, salvo las excepciones que señalo en el prólogo, aportó poco o nada. Por ello, Disidentes yace en el espíritu de negación, en el nivel formal y de tópico, de la narrativa joven de los noventa. ¿Disidentes frente a qué? Disidentes ante la ignorancia y la pose.

En el prólogo escribes que los escritores de los noventa vinculados al realismo sucio quedaron sólo en promesas porque no sentían un verdadero compromiso con la literatura, y que su propósito central era quedar como “leyendas urbanas”…
En los noventa hubo muchísimos narradores que sólo ellos mismos saben por qué quedaron como promesas. Debo haber leído a unos cincuenta, y muchos de ellos vivían con el ánimo de quedar como protagonistas de las más desopilantes experiencias nocturnas. Eso les impedía hacer lo más difícil y básico que requiere un oficio tan arduo como el literario: leer y escribir. Por ello, esos libros han quedado en el olvido. Es imposible mantener una poética sólida a punta de experiencia de vida.

¿Crees que Bukowski, a quien te refieres en el prólogo, ha sido perjudicial para nuestra narrativa?
Bukowski ha sido perjudicial en la medida que se quiso ser Bukowski a lo bestia. O sea, apelando a lo más fácil de emular: la conducta. La persona de Bukowski te puede llevar a la admiración, lo cual es válido, pero una verdadera valoración de Bukowski tiene que descansar en el conocimiento de sus libros. Bukowski no era sólo un borrachito que escribía de sus desdichas, sino que tenía una cultura libresca realmente envidiable. A no pocos narradores de esa década les escuchaba frases como “oye, así yo también puedo escribir”, “puta, cuento mi vida y la hago”, “esto es vida, carajo”. ¿Y qué es lo que hacían? ¿Acaso escribían? No, nada de eso, solamente se juntaban para hacer una chanchita y comprarse una botellita de ron o pisco. Entre tanto trago pensaban que algo tenía que salir.

¿Crees que el realismo sucio está agotado como propuesta?
Detrás del realismo sucio hay una riquísima tradición literaria que nace con Viaje hacia el fin de la noche de Celine, cuyo respiro puede rastrearse en autores como Henry Miller, John Fante y el mismo Bukowski. Toda propuesta muere si es que no conoces la semilla en la que se forja, ya que ninguna manifestación artística nace de la nada. Ningún cambio nace apelando al más puro talento puesto que es necesario conocer qué es lo que quiebra. Lógicamente, si no se conoce la tradición en la que descansa el realismo sucio, toda clase de epígono no será más que una atarantada epifanía con un axiomático mal sabor de boca, de roncito en especial.

disidentes.jpgHablemos de la antología. ¿Cuáles fueron los criterios de selección?
Seleccioné autores que ofrecen ese quiebre temático y estructural del que hablé hace un momento, nacidos a partir de 1970,  y de cabeza, que tengan, al menos, un libro publicado. Y, lógicamente, que me guste lo que escriben.

Cuéntame cómo surge la idea de hacer la antología.
En agosto del año pasado conversaba con Harold Alva, editor de Zignos, acerca de la cantidad de narradores que estaban apareciendo. Harold me propuso hacer una antología. Y acepté  porque me pareció raro que aún no hubiese una antología de narrativa joven en esta década. Así que me puse a elaborar una lista de posibles seleccionados. Empecé con un universo de setenta y de ahí me quedé con cuarenta. Pero como cuarenta es un número exageradísimo para una antología, de ese número me quedé con la mitad…

¿Cuál fue el criterio para ir descartando hasta quedarte con los veinte de la lista definitiva?
Cuando empecé mi recuento pensé que sólo iba a llegar a treinta, pero a medida que iba recordando y revisando algunas notas, la lista fue creciendo descomunalmente. Y no tardé en notar que los trabajos que se destacaban eran aquellos que le sacaban la lengua a la pésima narrativa vivencial de los noventa. En el prólogo menciono a algunos narradores de ese gran grupo que quedaron de lado. Obviamente, no iba a mencionar a todos los cincuenta restantes.

En la lista anterior figuraban Max Palacios y Gabriel Rimachi. ¿Por qué fueron descartados?
Muy simple. Como en todo trabajo, los editores sometieron el prólogo a revisión. E indudablemente, los apreciables libros de Palacios y Rimachi guardan no pocos lazos tributarios con la temática noventera que se critica en el prólogo y que se refuerza indudablemente con los relatos. Y la decisión final de descartarlos fue exclusivamente mía. O sea, en una antología de temática policial, digamos, no puedes meter un par de cuentos de ciencia ficción.

¿La editorial en la publicaron los escritores fue tomada en cuenta para la selección?
Para nada. Es cierto que hay editoriales jóvenes que han aparecido en estos años, e indudablemente son parte de esta realidad, pero siempre lo he visto como un asunto complementario, o sea, pueda que haya nueva editoriales, pero no destacarían si los autores publicados no muestran un muy buen nivel. Hago hincapié en los autores porque son ellos lo que me interesan. Además, si la editorial hubiera ejercido alguna influencia sobre mí, no le hubiera escrito a Daniel Soria para que sea parte del proyecto.

¿Crees en la idea de “generación?
Soy un convencido de que cuando se habla de “generación” se habla de academia, pero yo no soy académico. Y creo también en la idea de “generación” en lo referido al punto de vista del escritor. Cuando se discuten estas ideas hay que delimitar bien desde qué lado se opina, si nos manejamos bien en ese lado, ten por seguro que se pueden sacar muchas cosas más que provechosas…

¿Forman los “disidentes” una nueva generación? ¿Cuáles serían los rasgos estilísticos o temáticos que vinculan a este grupo de escritores?
Sí, creo que los integrantes de Disidentes forman una nueva generación. Además, como nunca antes existe mucho entusiasmo por lo que han escrito y escriben. Y las discusiones que se dan alrededor de ellos casi siempre gira alrededor de sus propuestas, las cuales están rubricadas por el halo de la variedad temática y un claro compromiso personal en consolidar o buscar una voz propia desde sus primeras publicaciones. Eso es patente ni bien los lees. Los integrantes de Disidentes son la mejor muestra de la buena salud que goza nuestra literatura, así esto duela o fastidie a algunos. Uno de los puntos a tomar en cuenta es la polaridad de opiniones que despiertan los trabajos de estos escritores. Eso lo veo como algo sumamente positivo.

¿Hay algún escritor que hayas convocado y no aceptó participar?
Una de las intenciones que me animaron a aceptar esta antología fue hacer un trabajo que sea una muestra tajante contra esas manifestaciones aneuronadas de quienes se empecinan en crear realidades etéreas como “la mafia” y “la argolla”. Pues bien, me interesó contar con un narrador de tendencia izquierdista que vive como neoliberal, a quien no nombraré, que cada vez que puede se manda con un floro remanido de la exclusión, la marginación. Yo le escribí hablándole del proyecto, y lo que este patita me contesta es que no quería ser parte de mi antología porque “ex amigos tuyos y ahora amigos tuyos atacan a mis amigos”. Así como lo oyes, lo cual, más allá de mostrarme un paupérrimo criterio, también le quita toda autoridad moral e intelectual para hablar de la exclusión, la marginación y de criticar a ciertos intelectuales progresistas que veranean en sus casas de playa en Asia. Le escribí porque me parece un autor valioso, pero por desgracia este automarginado no cumple con una frase que me dijo Miguel Gutiérrez hace un tiempo mientras tomábamos café: “para mí, todo escritor debe tener un gran pensamiento”. En otras palabras, no hay que ser idiota. Por ejemplo: tengo un amigo, a quien aprecio, que tiene una confrontación abierta y justificada con un integrante de Disidentes. Si yo hubiera apelado a esa veta del amiguismo, simplemente no lo hubiera llamado para este proyecto. Pero yo no me manejo así, ya que este integrante de la antología es un muy buen narrador, cuyo libro me gustó muchísimo. Siempre he visto a los proyectos literarios como espacios de diálogo y enriquecimiento en el que se deja de lado toda clase de rencillas personales que no tienen nada que ver.

¿Alguno que se te haya pasado y te hubiera gustado incluir? Pensaba en Ernesto Carlín, de quien escribiste en tu blog hace poco…
En una antología siempre habrá quienes queden de lado. Falso al amanecer, esa deliciosa novela de Carlín, me hizo pensar en su momento en contar con él, pero así como por un golpe de suerte di con dicha novela, no he leído nada de él, en ficción, en estos años. Además, Falso al amanecer merece una reedición. También me hubiese gustado contar con una mujer más en Disidentes, e hice hasta lo inimaginable para ponerme en contacto con Alessia di Paolo. También lamento no contar con Jeremías Gamboa, quien no está en la antología porque aún no tiene libro publicado, pero recomiendo sus cuentos que han aparecido en algunas revistas locales. Algo que he aprendido en esta experiencia de hacer una antología es que un escritor no pierde su identidad si no es incluido en alguna, como tampoco la afianza si está en una. Suena ingenuo pero, no sé si para bien o para mal, en varias ocasiones he sido  testigo de la elaboración de antologías poéticas, y déjame decirte que es toda una guerra de egos que tienen a la poesía, como tal, en el último escalón.

En el prólogo señalas que lo único que se podría objetar a tu antología es la falta de escritores de provincia…
Sí, es cierto. Varios amigos me dijeron que la ausencia de escritores jóvenes de provincia podía traer ciertos reparos que últimamente tienen el aura de la sensibilidad. Pero tampoco soy un demagogo o un hipócrita para poner a un escritor de provincia si no me muestra en libro y propuesta una calidad apreciable. Por varias razones, el año pasado viajé con frecuencia dentro del país, y en mi estancia en ciudades como Cusco, Arequipa, Iquitos y Trujillo me di tiempo para contactarme con escritores de la zona para que me hablaran de la producción en narrativa joven, y así buscar los libros que posiblemente me interesen. Pues bien, la sorpresa fue que no había libros de jóvenes autores, pero sí revistas y plaquetas en los que publicaban sus cuentos o adelantos de novela. Hay un rollo muy malsano que se maneja alrededor de los escritores jóvenes de provincia. Es cierto que hay muy buenos, pero no es lo mismo un cuento publicado en revista que uno que es parte de un libro. El libro te ofrece la garantía, al menos en apariencia, que dicho escritor seguirá publicando. También me di cuenta que las dificultades para publicar son las mismas para un narrador joven de la capital y para uno de provincia, pero es axiomático que en Lima tienes mayores posibilidades de difusión. Y para serte franco, sí me hubiese gustado contar con algunos, pero no soy un demagogo.

La publicación de Disidentes se ha ido postergando…
En un principio iba a presentarse en la Feria del Libro Ricardo Palma, no se pudo. Luego, a fines de ese año, no se pudo. Luego, se anunció para la Feria del Libro de Trujillo, tampoco se pudo. Luego, Harold me prometió que quince días después de lo de Trujillo se tendría la antología, y ya la historia es conocida. Sin embargo, las cosas pasan por algo, ya que después de la primera postergación leí al último autor en integrarse a Disidentes: Augusto Effio Ordóñez.  No me iba a perdonar no contar con él.

En ese tránsito, el proyecto cambia de editorial…
Por boca de Harold, sabía del interés de otras editoriales en hacer una coedición, pero tampoco es nada agradable enterarte de una postergación a un día de la fecha límite. No te digo esto por una posible cólera a Harold, porque no la hay, sino porque he sido yo quien ha tenido que dar la cara en cada una de estas postergaciones. Y bueno, ya David Ballardo me estaba hablando del proyecto editorial que pensaba sacar con Walter Sanseviero. Noté un interés responsable por la antología, por eso es que Disidentes sale con Revuelta Editores.

Finalmente, ¿dónde se podrá conseguir el libro?
Estará el martes 22 de mayo en todas las librerías. David Ballardo está a cargo de ello.




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