LA PAPAYA MECÁNICA
Friday May 04th 2007, 6:57 am
Filed under: Columnas,Hablablog

cabrera.jpgSUEÑOS DE VARIAS NOCHES DE VERANO

 

Por: Diego Cabrera

Tal como anticipé en mi columna anterior, la presente iba a dar cuenta de la cartelera alternativa al circuito comercial. Dado que mis trabajos -el remunerado y el crítico- me impidieron asistir con regularidad a las diversas muestras, eventos y ciclos ofrecidos por los cineclubes y universidades capitalinas, tuve que emprender una maratónica sesión de películas de todo tipo en mi morada. Claro que esto no hubiera sido posible sin el envidiable catálogo de mi casero del stand dieciocho de Polvos Azules; ni tampoco sin el oportunismo de algunas distribuidoras, quienes estuvieron a punto de anticipársele al reputado Ciclo del Mundo de la Ventana Indiscreta de la Universidad de Lima, y mucho menos sin la generosidad de un colega amigo de lo caleta.

Sin embargo, en medio de tan cinemática empresa, caí en cuenta de algo que se ha vuelto una constante en mi vida cinéfila: mi aptitud de lirón. No, no es que no me haya gustado la película, ni que no la haya entendido ni que me sea indiferente; ésas jamás serán las justificaciones de un crítico dormilón, menos aún cuando Morfeo se presenta en medio de la proyección de un filme deslumbrante, imprescindible, trascendente (aquí son libres de agregar cualquier epíteto que aplique al título de “obra maestra”). Es más, algunos críticos se sienten ante esta situación como un Judas Escariote, un Bruto o un Puma Carranza vistiendo la blanquiazul (aunque se sabe que el máximo ídolo de su equipo, Teodoro Fernández, se la puso orgullosamente en más de una oportunidad). Claro que hay quienes luego de acurrucarse “descaradamente” en sus asientos salen dando brincos de la sala.

Aunque no debería sentirme culpable por ello, ya que es una practica común entre mis compañeros de oficio, el quedarme dormido durante de una película, en mi casa y en el cine, me molesta, pero no por esta extraña norma que coacciona a algunos a una vigilancia imperturbable, así sean cien, doscientos o trescientos minutos, frente a la pantalla. Para nada. Me jode perder el tiempo, pero inintencionadamente -ya en un comentario anterior admití ser partidario del webeo madrugador voluntario.
 
Lo jodido es cuando la falta de energías es imperceptible ante la fuerza de voluntad o simplemente las ganas de ver una buena película, algo que puede llegar a justificar la vida del cinéfilo más fanático. Es jodido también cuando ese afán voyeurista y virtual riñe con responsabilidades verdaderas. Pero lo más jodido, lo verdaderamente jodido, es privarse de películas que valen todo el tiempo del mundo cuando no volverás a tener oportunidad de verlas -en festivales de cine, por ejemplo.

Me pasó cuando asistí como corresponsal de godard! al Festival Internacional de cine de Mar del Plata, el año pasado. Tenía que cubrir una Sección Oficial de casi treinta películas. Las proyecciones para la prensa eran entre las nueve de la mañana y las cuatro de la tarde, de manera que podía aprovechar el resto del día para cubrir las otras secciones. El problema es que para la cuarta o quinta proyección, después de estar más de siete u ocho horas en salas atiborradas, donde el público, al menos el de baja estatura, tenía que hacer malabar y medio para leer subtítulos ubicados en un dispositivo debajo del ecrán, es decir casi a la altura de la rodilla, me era inevitable conciliar el sueño. Lo lamentable es que justamente lo más atractivo del Festival se proyectó por las noches e incluso por las madrugadas. Recuerdo que durante la proyección de Godzila Final War, filmado en conmemoración del quincuagésimo aniversario del nacimiento del rey de los monstruos, mientras la platea se deshacía en aplausos y agitaba al aire sus baldes de canchita (pop corn pa los huachafos) ante la presencia del dinosaurio y sus esperpénticos secuaces, yo trataba de recobrar el sueño matutino perdido en Derecho de familia.

Lo de desparramarse oníricamente por las butacas es una clásica en los festivales de cine, en especial en países imposibilitados de hacerle frente al copamiento de pantalla norteamericano – es decir, todos menos Francia -, debido a la incomparable oferta ofrecida por su coyuntura. No debería sorprendernos por lo tanto, que, a pesar de su pobre cartelera, nuestro limeñísimo Festival El cine también reciba somnolientos espectadores. En su última edición, los silenciosos ronquidos de un sesudo crítico se convirtieron en leit motiv de las funciones de prensa. Lo gracioso es que el mismo, a quien las malas lenguas le endilgaron similares aptitudes durante el penúltimo Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, transformaba sus sueños en sentenciosas críticas una vez terminada la película. Como para demostrar que la lección cibernética previa al visionado estaba bien aprendida.

Pareciera que lo lícito para los especialistas es dormir -más bien huir- ante lo deleznable, lo insufrible, lo repudiable (aquí son libres de agregar cualquier epíteto que sea aplicable al antónimo de “obra maestra”), pero jamás ante un Kaurismaki, un Sokurov, un Bela Tarr y mucho menos un Bergman o un Fellini.

Una de mis directores favoritos, aquellos que me sobrepasan, me dejan lelo, me obligan a retornar a sus películas una y otra vez, es Andrei Tarkovski, quien de estar vivo hubiera cumplido este cuatro de abril setenta y cinco años. Sin embargo, para mí la vigilia y el soviético no van de la mano: todas y cada una de sus películas me han deparado el más profundo sueño ante el primer visionado. Me pasó hace un par de semanas cuando intenté terminar de ver su filmografía con Nostalgia. Me pasó también con ese maravilloso poema visual llamado El espejo. Recuerdo que esta última pude verla por primera vez en un Taller de Cine dictado por Sebastián Pimentel en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya el año 2002. Lo curioso es que yo, el menos docto en la materia, resistí estoicamente casi sesenta minutos de una obra de arte totalmente críptica y ajena a mis anteriores experiencias cinematográficas, mientras que el grueso de mis compinches estaban privados desde la segunda o tercera secuencia.

Ahí mismo, pero comenzando el verano, fui testigo de similares ensoñaciones durante una de las proyecciones de la película Oscuro, ópera prima del director francés Philippe Grandrieux, en el marco de la primera muestra “Ver o no Ver”, organizada por el comunicador Enrique Vivar en colaboración con los bloggeros de La cinefilia no es patriota (a la fecha ya han organizado tres muestras, cada una más suculenta que la otra). Ese día llegaron a la pequeña sala barranquina apenas nueve personas de las cuales por lo menos cuatro eran críticos, incluso alguno de ellos llegó con un pequeño block de notas para “hacer su tarea”. Resulta que la cinta en cuestión le hacía honor al título y con creces. No recuerdo cuál habrá sido mi itinerario aquel día, pero recuerdo que intenté en algún momento no caer en la tentación, pero lo hice con prontitud. A pesar de que trataba de despertarme, cada vez que lo hacía la opacidad de sus imágenes confundían mi forzosa vigilia con una prolongación de mi sueño. Lo que sí alcancé a distinguir nítidamente entre parpadeos fue al alumno aplicado dejando caer su lapicero y su block, al individuo que durante las primeras escenas me taladraba a patadas la incómoda butaca donde me encontraba sentado reposando sobre su hombro, y a un par de colegas más que yacían inmóviles e inmutables a unos cuantos metros de distancia.

Años después del taller de Pimentel y meses después del episodio barranquino  pude ver nuevamente El espejo y Oscuro, y me encontré con un par de joyitas que, junto a varias de las películas que se proyectaron en el circuito cultural este verano, son dignas de no una sino de varias columnas. Pero ése ya es otro cantar.




Se supone que el cine es de todas las artes el que ofrece más diversión y entretenimiento para quien lo ve. Yo también me he quedado jato en más de una película buena, pero me asombra que hasta los críticos se meten su jatón, a pesar de la chamba que tienen al frente. ¿Es esto coherente con los que después leen sus textos? ¿Hay alguna falta de respeto de por medio?

Comment by Chocolate 2000 05.05.07 @ 2:07 am

Este ha sido el mejor post de Diego Cabrera, aunque sigue adolesciendo de un terrible onanismo (será un defecto de cinéfilo?) que no puedo soportar.
La pregunta es la siguiente: Al igual que el maestro Carlos Calderon Fajardo, ¿el columnista ha terminado su labor en este blog? Inclusive ¿Aguirre y Güich continuarán?
Si el maestro Calderon Fajardo se ha retirado, señores de El hablador, deberían reformular la participacíón de sus columnistas, y pensar -quizás- en la inclusión de otros.
Aires nuevos, ventiscas de otoño, y huracanes que anticipen la primavera…

Comment by Yo muero y mato por mi daimyo 05.07.07 @ 3:05 am

Honestidad pintoresca y corrosiva caracteriza a nuestro amigo Cabrera; no veo una falta de respeto en su simpatico cinismo, por el contrario, es una consideración a sus lectores. Divertido, muy divertido.

Comment by Man of steel 05.11.07 @ 4:06 pm





Free counter and web stats