SUEÑOS DE VARIAS NOCHES DE VERANO
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Por: Diego Cabrera
Tal como anticipé en mi columna anterior, la presente iba a dar cuenta de la cartelera alternativa al circuito comercial. Dado que mis trabajos -el remunerado y el crÃtico- me impidieron asistir con regularidad a las diversas muestras, eventos y ciclos ofrecidos por los cineclubes y universidades capitalinas, tuve que emprender una maratónica sesión de pelÃculas de todo tipo en mi morada. Claro que esto no hubiera sido posible sin el envidiable catálogo de mi casero del stand dieciocho de Polvos Azules; ni tampoco sin el oportunismo de algunas distribuidoras, quienes estuvieron a punto de anticipársele al reputado Ciclo del Mundo de la Ventana Indiscreta de la Universidad de Lima, y mucho menos sin la generosidad de un colega amigo de lo caleta.
Sin embargo, en medio de tan cinemática empresa, caà en cuenta de algo que se ha vuelto una constante en mi vida cinéfila: mi aptitud de lirón. No, no es que no me haya gustado la pelÃcula, ni que no la haya entendido ni que me sea indiferente; ésas jamás serán las justificaciones de un crÃtico dormilón, menos aún cuando Morfeo se presenta en medio de la proyección de un filme deslumbrante, imprescindible, trascendente (aquà son libres de agregar cualquier epÃteto que aplique al tÃtulo de “obra maestra”). Es más, algunos crÃticos se sienten ante esta situación como un Judas Escariote, un Bruto o un Puma Carranza vistiendo la blanquiazul (aunque se sabe que el máximo Ãdolo de su equipo, Teodoro Fernández, se la puso orgullosamente en más de una oportunidad). Claro que hay quienes luego de acurrucarse “descaradamente” en sus asientos salen dando brincos de la sala.
Aunque no deberÃa sentirme culpable por ello, ya que es una practica común entre mis compañeros de oficio, el quedarme dormido durante de una pelÃcula, en mi casa y en el cine, me molesta, pero no por esta extraña norma que coacciona a algunos a una vigilancia imperturbable, asà sean cien, doscientos o trescientos minutos, frente a la pantalla. Para nada. Me jode perder el tiempo, pero inintencionadamente -ya en un comentario anterior admità ser partidario del webeo madrugador voluntario.
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Lo jodido es cuando la falta de energÃas es imperceptible ante la fuerza de voluntad o simplemente las ganas de ver una buena pelÃcula, algo que puede llegar a justificar la vida del cinéfilo más fanático. Es jodido también cuando ese afán voyeurista y virtual riñe con responsabilidades verdaderas. Pero lo más jodido, lo verdaderamente jodido, es privarse de pelÃculas que valen todo el tiempo del mundo cuando no volverás a tener oportunidad de verlas -en festivales de cine, por ejemplo.
Me pasó cuando asistà como corresponsal de godard! al Festival Internacional de cine de Mar del Plata, el año pasado. TenÃa que cubrir una Sección Oficial de casi treinta pelÃculas. Las proyecciones para la prensa eran entre las nueve de la mañana y las cuatro de la tarde, de manera que podÃa aprovechar el resto del dÃa para cubrir las otras secciones. El problema es que para la cuarta o quinta proyección, después de estar más de siete u ocho horas en salas atiborradas, donde el público, al menos el de baja estatura, tenÃa que hacer malabar y medio para leer subtÃtulos ubicados en un dispositivo debajo del ecrán, es decir casi a la altura de la rodilla, me era inevitable conciliar el sueño. Lo lamentable es que justamente lo más atractivo del Festival se proyectó por las noches e incluso por las madrugadas. Recuerdo que durante la proyección de Godzila Final War, filmado en conmemoración del quincuagésimo aniversario del nacimiento del rey de los monstruos, mientras la platea se deshacÃa en aplausos y agitaba al aire sus baldes de canchita (pop corn pa los huachafos) ante la presencia del dinosaurio y sus esperpénticos secuaces, yo trataba de recobrar el sueño matutino perdido en Derecho de familia.
Lo de desparramarse onÃricamente por las butacas es una clásica en los festivales de cine, en especial en paÃses imposibilitados de hacerle frente al copamiento de pantalla norteamericano – es decir, todos menos Francia -, debido a la incomparable oferta ofrecida por su coyuntura. No deberÃa sorprendernos por lo tanto, que, a pesar de su pobre cartelera, nuestro limeñÃsimo Festival El cine también reciba somnolientos espectadores. En su última edición, los silenciosos ronquidos de un sesudo crÃtico se convirtieron en leit motiv de las funciones de prensa. Lo gracioso es que el mismo, a quien las malas lenguas le endilgaron similares aptitudes durante el penúltimo Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, transformaba sus sueños en sentenciosas crÃticas una vez terminada la pelÃcula. Como para demostrar que la lección cibernética previa al visionado estaba bien aprendida.
Pareciera que lo lÃcito para los especialistas es dormir -más bien huir- ante lo deleznable, lo insufrible, lo repudiable (aquà son libres de agregar cualquier epÃteto que sea aplicable al antónimo de “obra maestra”), pero jamás ante un Kaurismaki, un Sokurov, un Bela Tarr y mucho menos un Bergman o un Fellini.
Una de mis directores favoritos, aquellos que me sobrepasan, me dejan lelo, me obligan a retornar a sus pelÃculas una y otra vez, es Andrei Tarkovski, quien de estar vivo hubiera cumplido este cuatro de abril setenta y cinco años. Sin embargo, para mà la vigilia y el soviético no van de la mano: todas y cada una de sus pelÃculas me han deparado el más profundo sueño ante el primer visionado. Me pasó hace un par de semanas cuando intenté terminar de ver su filmografÃa con Nostalgia. Me pasó también con ese maravilloso poema visual llamado El espejo. Recuerdo que esta última pude verla por primera vez en un Taller de Cine dictado por Sebastián Pimentel en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya el año 2002. Lo curioso es que yo, el menos docto en la materia, resistà estoicamente casi sesenta minutos de una obra de arte totalmente crÃptica y ajena a mis anteriores experiencias cinematográficas, mientras que el grueso de mis compinches estaban privados desde la segunda o tercera secuencia.
Ahà mismo, pero comenzando el verano, fui testigo de similares ensoñaciones durante una de las proyecciones de la pelÃcula Oscuro, ópera prima del director francés Philippe Grandrieux, en el marco de la primera muestra “Ver o no Ver”, organizada por el comunicador Enrique Vivar en colaboración con los bloggeros de La cinefilia no es patriota (a la fecha ya han organizado tres muestras, cada una más suculenta que la otra). Ese dÃa llegaron a la pequeña sala barranquina apenas nueve personas de las cuales por lo menos cuatro eran crÃticos, incluso alguno de ellos llegó con un pequeño block de notas para “hacer su tarea”. Resulta que la cinta en cuestión le hacÃa honor al tÃtulo y con creces. No recuerdo cuál habrá sido mi itinerario aquel dÃa, pero recuerdo que intenté en algún momento no caer en la tentación, pero lo hice con prontitud. A pesar de que trataba de despertarme, cada vez que lo hacÃa la opacidad de sus imágenes confundÃan mi forzosa vigilia con una prolongación de mi sueño. Lo que sà alcancé a distinguir nÃtidamente entre parpadeos fue al alumno aplicado dejando caer su lapicero y su block, al individuo que durante las primeras escenas me taladraba a patadas la incómoda butaca donde me encontraba sentado reposando sobre su hombro, y a un par de colegas más que yacÃan inmóviles e inmutables a unos cuantos metros de distancia.
Años después del taller de Pimentel y meses después del episodio barranquino pude ver nuevamente El espejo y Oscuro, y me encontré con un par de joyitas que, junto a varias de las pelÃculas que se proyectaron en el circuito cultural este verano, son dignas de no una sino de varias columnas. Pero ése ya es otro cantar.
Se supone que el cine es de todas las artes el que ofrece más diversión y entretenimiento para quien lo ve. Yo también me he quedado jato en más de una pelÃcula buena, pero me asombra que hasta los crÃticos se meten su jatón, a pesar de la chamba que tienen al frente. ¿Es esto coherente con los que después leen sus textos? ¿Hay alguna falta de respeto de por medio?
Comment by Chocolate 2000 05.05.07 @ 2:07 amEste ha sido el mejor post de Diego Cabrera, aunque sigue adolesciendo de un terrible onanismo (será un defecto de cinéfilo?) que no puedo soportar.
La pregunta es la siguiente: Al igual que el maestro Carlos Calderon Fajardo, ¿el columnista ha terminado su labor en este blog? Inclusive ¿Aguirre y Güich continuarán?
Si el maestro Calderon Fajardo se ha retirado, señores de El hablador, deberÃan reformular la participacÃón de sus columnistas, y pensar -quizás- en la inclusión de otros.
Aires nuevos, ventiscas de otoño, y huracanes que anticipen la primavera…
Honestidad pintoresca y corrosiva caracteriza a nuestro amigo Cabrera; no veo una falta de respeto en su simpatico cinismo, por el contrario, es una consideración a sus lectores. Divertido, muy divertido.
Comment by Man of steel 05.11.07 @ 4:06 pm


