DESENCANTOS
Friday May 25th 2007, 6:38 pm
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guich2.jpgEL OLVIDADO PILOTO DE ENEAS

 

Por: José Güich Rodríguez

Con toda justicia, el mundo celebra en estos días la cuarta década de Cien años de soledad, la novela de  Gabriel García Márquez que marcaría el punto culminante del fenómeno conocido como el “boom de la literatura latinoamericana”, inventado en términos publicitarios por Carlos Barral y el crítico Rodríguez Monegal. Al margen de los hábiles cálculos de la industria emergente de esa época, existen varias obras que, por auténtica calidad, podrían reclamar tranquilamente un sitial al lado de la esplendorosa saga macondina. La mayor parte de ellas fue publicada entre 1962 y 1970. Resultaría ocioso un inventario al respecto, pues ya es de largo conocimiento público qué textos pertenecen a ese Panteón por los siglos de los siglos.

Es inobjetable, por otro lado, que los gustos han cambiado, y eso afecta la sólida posición de libros otrora inamovibles en el canon. Hoy, por ejemplo, está de moda desvirtuar las bondades de Rayuela que, al ser publicada en 1963, devino un icono de las nuevas praxis narrativas. Permítanme el disenso: fue, es y será una proeza genial la de don Julio, pero su erudición y cosmopolitismo la convirtieron, lamentablemente, en un libro del cual todos hablaban pero muy pocos leían -o leían demasiado en serio, cuando la intención de Cortázar no era ni ser solemne ni crear un culto religioso para críticos ansiosos de perennizarse-. El público promedio nunca la celebró como debía, puesto que el Gran Cronopio proponía modelos de recepción inexistentes o incomprensibles para una masa de lectores que aún quería ver la palabra “Fin” muy bien señalada en la última página. Además, los metatextos  que proliferaron durante años ahuyentaban hasta al más valiente excursionista.

En el anodino presente, los jóvenes ya no juegan a Oliveira y a la Maga ni sueñan con ir a París para asistir al funeral de un paraguas inservible, observar gatos, escuchar a Bird o hacer el amor toda la noche en un hotelito de mala muerte, mientras la ciudad es sacudida por la lluvia. Respecto a si este gran divertimento cortazariano ha envejecido, quedan, sin duda, muchas páginas por escribirse. La muerte de Artemio Cruz (1962), por su parte, se mantiene vigorosa, aunque La región más transparente (1958) ha incrementado sus bonos, pese a su estructura más compleja y radical. Estas novelas del mexicano Carlos Fuentes -añado el relato Aura (1962)- configuran, en mi opinión, lo más logrado de su autor, quien después se dedicó a reelaborar una y otra vez los temas y obsesiones de su brillante producción inicial. Y en cuanto a Vargas Llosa, es casi una perogrullada colocar La casa verde o Conversación en la Catedral como las novelas acompañantes de Cien años de soledad en cuanto a la culminación de un proceso modernizador al interior de la literatura latinoamericana, que se sacudía de la dependencia intelectual, y fundaba usos y lenguajes de extraordinario vuelo estético.
He mencionado los destinos de las cuatro figuras de mayor repercusión mediática; uno de ellos, Cortázar, falleció en 1984; los otros tres no pueden dar hoy un paso o formular una declaración sin que se produzca el alboroto de la prensa especializada y éste exceda los límites de páginas, siempre marginales. Se habla de un acercamiento entre GGM y MVLL, propiciado por amigos comunes. Carlos Fuentes mantiene su inquebrantable amistad con el colombiano, mientras está distanciado del peruano por cuestiones ideológicas, ya que nuestro crédito es un fanático converso al liberalismo, al tiempo que sus viejos amigos de juergas barcelonesas aún se proclaman izquierdistas, defienden tenazmente a Cuba y son recibidos por Fidel. Cosas de escritores, dirían las viejas consejas (o “líos de blancos”, según el pueblo llano, apenas preocupado por sobrevivir, ajeno por completo al universo de los libros).

Como rastreador de aniversarios insólitos, quisiera destacar otro acontecimiento literario, que probablemente pasará desapercibido. No afectará la rotación del planeta ni le quitará el sueño a algún mortal. En 2007 se recuerdan -al menos, yo lo hago ahora- los treinta años de la publicación de la novela Palinuro de México, de Fernando del Paso (1935). Esta obra maestra del escritor nacido en el DF -también autor de José Trigo (1966) y de la extraordinaria Noticias del Imperio (1987)- también ha sido víctima de un extraño destino, semejante al de Rayuela: es mil veces citada, pero cuenta con lectoría bastante exigua, si la comparamos con los seguidores de la familia Buendía y de su tropical genealogía.

Del Paso ya era un autor prestigioso, gracias a José Trigo, cuando se produjo, en octubre de 1968, la tristemente célebre matanza de Tlatelolco. El gobierno mexicano  asesinó a trescientos estudiantes en la llamada Plaza de las Tres Culturas. Eran los días previos a las Olimpiadas.  Los jóvenes, indignados con la corrupción política y por el uso cínico y manipulador de los Juegos, en un país  castigado por la pobreza, tomaron las calles. Todo un movimiento literario se gestó a partir de esos lamentables sucesos, que aún es evocado como símbolo de la represión y el autoritarismo de gobiernos despreciables con fachada de democracia.

Según las palabras del propio novelista (a quien tuve el gusto de conocer en Buenos Aires, en octubre de 1993), la elaboración de Palinuro de México se inició el mismo año de la tragedia. Como muchos intelectuales y escritores mexicanos, el episodio de Tlatelolco se convertiría en una pesadilla que solo fue exorcizada a través de los fastos de la creación. Le tomó siete años a Del Paso culminar el insólito proyecto, en el que se ensamblan múltiples temas de índole literaria, artística, histórica y científica, además de las inacabables referencias a la publicidad, a la que el autor le dedicó por catorce años hasta que partió, en viaje tardío, a Londres y luego  a París, para trabajar, primero, en Radio Francia Internacional y, luego, en la UNESCO. Con los años, desempeñaría el cargo de Embajador de su país en ese organismo internacional.

 Las deudas con Joyce y Rabelais son más que evidentes, pero hay una larga lista de autores, entre ellos Swift, Sterne, Bierce y Pérez Galdós, que son magistralmente parodiados a los largo de los veintitrés capítulos. La novela incluye una reelaboración de la Comedia del Arte, en la que los protagonistas (los entrañables Palinuro, Estefanía, Walter, Fabricio y otros) encarnan, merced a continuos desdoblamientos, a Arlequín, Colombina y Pantalone. La pieza, “Palinuro en la escalera o el arte de la comedia”, se convierte en una delirante y surrealista representación de los horrendos sucesos de 1968, tema que con variaciones es desarrollado a lo largo de las casi ochocientas páginas del libro. Probablemente esas dimensiones hiperbólicas, así como las exigencias discursivas, hayan sido el inconveniente para la plena aceptación de la novela como uno de los hitos máximos de la literatura hispanoamericana. De algún modo, cierra el ciclo de las obras totalizadoras que pretenden ampliar los horizontes y naturaleza de la escritura.

Don Fernando, ser humano sencillo y amable como pocos, también me confió, en esa charla de cuarenta y cinco minutos, que el tamaño descomunal de la novela había impedido su inmediata publicación, una vez obtenido el premio convocado por la Editorial Novaro en 1975. La empresa editora, famosa por sus series de historietas, en un acto de cobardía, no se atrevió a lanzar semejante desafío a los convencionalismos y a los clisés, aunque se aseguró de entregar el premio, tal como estaba estipulado en las bases. Solo en 1977, este Palinuro azteca, alter ego del piloto de la nave de Eneas (que en el poema de Virgilio no puede distinguir el día de la noche, y es sacrificado por nativos luego de caer al océano), vio la luz de la fama eterna. A partir de entonces, la novela se ha convertido en un mito, cuyos lectores forman una verdadera cofradía (reminiscencia de aquella fabulosa hermandad que en la novela organiza una desopilante batalla de ventosidades).

Sus camaleónicos personajes son una referencia  para  iniciados. Y el vocablo no es gratuito: es un libro  mistérico, de sometimiento a los fuegos mágicos de la literatura y de su capacidad para engendrar universos sostenidos únicamente por el poder liberador de la palabra. Puede resultar apabullante para un receptor no habituado a los experimentos radicales, tanto en el plano estructural como en el estrictamente lingüístico, o en el de la información pormenorizada y enciclopédica sobre multitud de conocimientos -muchos de ellos expresados con un guiño cómplice en relación a su utilidad, a su valor real en un mundo cada vez más hostil al saber por el saber mismo-. 

Entre esas referencias torrenciales, sobresale, sin duda, la historia de la medicina. Y a decir verdad, los hijos de Galeno, Hipócrates, Vesalio y otras figuras no quedan, en general, bien parados ante los feroces ataques del libro hacia las prácticas vejatorias en contra de la dignidad humana y la de otros animales. Experimentos que el santoral médico tiene por cumbres estelares son materia de constante denuncia y recusación, por cuanto niegan los ideales que siempre debieron nutrir a esta profesión; hoy, tales principios le ceden el terreno al marketing y a las mafias de la industria farmacéutica.

Profético en grado sumo, el texto confirma que las malas artes han prosperado. Pienso, por ejemplo, en muchos caníbales de estos lares, especialistas en reproducción humana asistida, que de verdaderos médicos tienen poco o nada.  Suelen pontificar, en simposios y congresos, acerca de la felicidad que dan a  manos llenas a parejas incapaces de procrear, cuando lo único que protegen, con sus nauseabundos manejos de óvulos fertilizados, es su propio bienestar, encarnado en las casas de playa, la costosa educación de su prole y los lujos frívolos de sus mujeres. No obstante, la lista de estafados es tan voluminosa como Palinuro de México. Y lo más sublevante de todo es que cuando estos carniceros oyen hablar de humanismo y bioética, casi efectúan el ademán de buscar un revolver (como el nazi Goebbels, cuando oía mencionar la palabra “cultura”).

Los vacíos legales, ciertamente vergonzosos para el país, deben ser resueltos, según la filosofía de estos pobres mercachifles -estarían mejor en la gerencia de un supermercado que laborando en una clínica-,  por ellos mismos y no por los “advenedizos” e “intrusos” de la sociedad civil. Una vez más, el gato funge como despensero; es decir, la perfecta metáfora para graficar la actitud no solo de tantos médicos inescrupulosos -que fingen amor a la humanidad-, sino de toda la mediocre clase dirigente que sufrimos día a día. Vamos igual que el cangrejo. Por el contrario, en países hermanos, como Chile, Argentina y Brasil, las decisiones sobre el marco jurídico en torno de tan delicados quehaceres las asumen en conjunto filósofos, médicos, abogados, sociólogos, biólogos, antropólogos etc. Es una perspectiva consensual, de avanzada, interdisciplinaria, comparada con el caciquismo de ciertos médicos peruanos, enceguecidos por la soberbia y la necedad del ignorante.

Volviendo a territorios más gratos, confieso que he sido admirador devoto de Fernando del Paso y su obra por veinte largos años. Recuerdo el día en que, por fin, después de fatigosa búsqueda, encontré Palinuro de México en una librería de Miraflores. Era la edición de Alfaguara, reimpresión de 1982. La devoré, con veneración casi religiosa, entre julio y agosto de 1986. Difundí sus grandezas entre mis amigos más queridos. Me convertí en un feligrés, en un acólito. Debo de haber resultado exasperante en algún momento, por lo que ahora me excuso. A tal grado llegó mi pasión por este libro -y otros de su autor- que recalé tres años en Buenos Aires, como becario de perfeccionamiento, para investigar sobre tan fulgurante narrativa.
 
La excentricidad me acompaña: un peruano que investiga sobre un mexicano en Argentina. Por razones azarosas y afortunadas, me enteré de una breve estancia del novelista en la capital porteña. Ni corto ni perezoso, lo llamé una noche al hotel Alvear, con la duda acerca de si me recibiría o no para una corta entrevista. Al día siguiente, muy temprano, nos encontramos en el restaurante. De esa lejana mañana sabatina, me queda el recuerdo de un hombre excepcionalmente cordial y educado, amigo íntimo de Rulfo, Paz, Fuentes, Elizondo, Arreola. A través de él, pude estrechar con la imaginación la mano de muchos de mis dioses personales.  Antes de despedirnos, me firmó el trajinado ejemplar de Palinuro de México que hoy, casi quince años después, conservo como una de mis pertenencias más preciadas. Cuando lo acompañaba al ascensor, comentó que se sentía tranquilo: era el único escritor mexicano que no mantenía pleitos con alguno de sus colegas. Otro punto a favor del artífice.


8 Comments so far
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Totalmente de acuerdo con el autor, pero me extraña que no incluyera a la magistral “Sobre héroes y tumbas”, de Ernesto Sabato. Aunque solo ha publicado tres novelas, el argentino merece también ese sitial.

Comment by Johnny Zevallos 05.25.07 @ 9:20 pm

Y habría que ver el rol que esas novelas de los 60s juegan luego en los 70s, sobre todo en los ámbitos de lo folletín y policial. ¿Qué tanto podría ser entonces el paradigma impuesto por libros como Rayuela o Abbadon el exterminador en la narrativa latinoamericana? Prefiero no mencionar a 100 años de soledad por representar a un círculo de escritores y escritoras refritos, la mayoría malos.

Comment by Bunbury 05.25.07 @ 11:13 pm

Dificilmente, Rayuela podrá convertirse en un objeto obsoleto. ¿La razón? Simple: su estructura es móvil, y eso la defiende del paso del tiempo.

Comment by Anonymous 05.26.07 @ 12:10 am

Algunas de estas cosas pueden parecer chocantes, pero las diré de todos modos. En mi experiencia de lector (de novelas, cuentos y ensayos), siempre he tenido la impresión de que casi todos los escritores del boom eran unos provincianos en comparación con Cortázar. Este último era un hombre impresionante, pero no solamente por sus conocimientos, sino también por su capacidad para crear poesía con cualquier cosa y en cualquier momento; como en cierto documental, donde comienza a hablar del arte pictórico que dejan los carteles desgarrados en las paredes de Paris o cuando escribe sobre las aventuras de un gato en ese libro rarísimo y maravilloso que se titula Ultimo round. A estos libros únicos y marginales donde se funden los géneros y se siente el placer de escribir más que el deber de hacerlo, retornarán, creo yo, las generaciones venideras; cuando amaine el entusiasmo generado por esas obras totales que hoy comienzan a llevar su procesión por dentro.

Comment by Lucio 05.26.07 @ 1:15 pm

Al contrario de ti,José Güich,no tuve ninguna fatigosa búsqueda de “Palinuro de México” sino que tuve la gran suerte de que me obsequiaran el libro.Yo no sabía nada del gran Fernando del Paso y de su maravillosa novela,pero la cosa fue en Venezuela por los tempranos ochenta,cuando del Paso era en Caracas un icono del boom con todas las de la ley.No olvidaré nunca la extraordinaria “cantata” de los coitos de Palinuro con Stefanía y todos los adverbios de modo (con “mente”)describiendo por completo todas las modalidades,más emocionales que físicas,en que esta pareja de enamoradísimos hicieron el amor.Sencillamente,de antología,varias veces honrada,por mi culpa, en revistas y secciones culturales de periódicos.Gran cosa esto que has hecho de poner de actualidad,mejor dicho de subrayar su imperecedera actualidad, para muchos que tal vez ni lo conocen este importantísimo libro.(Pensé al leerlo en la súper creatividad de “Tres tristes tigres”,de Cabrera Infante y en la racionalidad penetrante y artística de Musil pero esta asociación no importa y te la digo de puro bocón).Muy bueno tu trabajo y encima bien escrito.¡Salud!

Comment by Míster Hyde 05.26.07 @ 8:14 pm

Al artículo le falta más análisis hacia atrás y hacia adelante, el boom no es lo mejor de la narrativa latinoamericana del siglo XX. Más importantes son Rulfo, Borges, Carpentier, Asturias, Onetti, Sábato, Arguedas, Gimaraes Rosa, Lezama Lima. Guich debió haber relacionado a los fabricados del boom con sus ancestros, y tampoco analiza la repercusiones del boom con lo que vino después, el post boom y si el boom tiene aún ahora influencia en la narrativa actual. Ya nadie escribe como Vargas LLosa, Cortázar, Fuentes y menos como García Márquez, salvo la plagiaria de Isabel Allende, que plagia para vender.

Comment by Académico 05.27.07 @ 11:51 am

“fabricados del boom”? ése es un juicio necio y, antes que “académico”, totalmente superficial.

Comment by peatón 05.27.07 @ 5:57 pm

El artículo de Güich no es un libro ni un ensayo sobre el boom, éste no es sino un simple exordio para situar en un contexto de referencia al tema central del trabajo que es “Palinuro de México” y su autor Fernando del Paso.No proceden las objeciones de Académico,están fuera de lugar.
Y es una verdad que “Palinuro…” no está tan difundido en nuestro medio como correspondería a su alto nivel literario,es menos conocido que obras de igual o menor valor que son del conocimiento general (casi podrías decirse que a Fernando del Paso le pasa lo que a Musil,tan admirado por Cortázar).En tal sentido,encuentro muy laudable el esfuerzo de Güich y si de “guerra” se tratara,me pondría del lado de Peatón.

Comment by Míster Hyde 05.27.07 @ 7:50 pm



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