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La anécdota fue narrada durante la extensa charla de café que siguió a la repartición de ejemplares de Disidentes que hizo Gabriel Ruiz-Ortega la semana pasada. La contó el escritor Daniel Soria, autor de Tres heridas nocturnas (1999) y uno de los incluidos en la antologÃa. Después de escucharla, le propuse a Daniel que la escribiera para publicarla en este blog. Nuestro columnista invitado cumplió rápidamente con el encargo y nos cuenta aquà la trágica vida que tuvo su primer libro.  Â
Por: Daniel Soria
Un poco tarde me percaté de que lo mejor que hacÃa en la vida era escribir. Y me digo esto al margen de que lo haga bien o no. Para algunos sÃ, sin duda, y puede que para otros no, también sin duda. Pero antes de llegar a ese convencimiento escribÃa sin más, con el ánimo de estar haciendo algo para lo que me creÃa dotado. Un buen dÃa tuve un número determinado de cuentos que sometidos a una prudente poda podÃan convertirse en libro. Y asà fue.
En el periódico en el que trabajaba me debÃan un dinero que con seguridad nunca me pagarÃan, pero la empresa tenÃa su imprenta, además de su propia infraestructura y personal para el trabajo de preprensa. Luego de una conversación fugaz con el director del periódico, nos pusimos de acuerdo en que parte de lo que me debÃan me serÃa pagado imprimiendo mi libro, que para entonces solo existÃa como documento de word en la 386 que la empresa me habÃa dado también a modo de pago o amortización. Yo querÃa quinientos ejemplares. Desear más me parecÃa estar apuntando a best seller. Sin embargo, cuando me entregó el presupuesto, el director habÃa hecho un estimado por mil ejemplares. Le dije que era demasiado, pero terminó de convencerme cuando me dijo que la diferencia entre quinientos y mil la hacÃan solamente cien dólares. “Y de repente los vendes”, me dijo. Cuando lo escuché me pareció que solo faltaba añadir a su frase, después de la coma, el afectuoso “hermanito”. Sea, me dije, y entré al ruedo.
Recuerdo aún cuando me dieron los mil volúmenes (treinta y dos paquetes de treinta ejemplares, y uno de cuarenta). Al ver el espacio que ocupaban, me amilané. A primera vista eran demasiados libros, pero la suerte ya estaba echada.
Recuerdo con mucho cariño la presentación. Amigos y parientes aceptaron mi invitación y creo que la pasaron bien. Me ocupé de que a nadie le faltara siempre un vaso de whisky y su copa de tinto para las señoras. Ese dÃa vendà de un tirón más de treinta ejemplares, un auténtico y desaforado récord a la luz de lo que vendrÃa después.
Excepto una reseña de un crÃtico literario que admiro hasta hoy, cuyo contenido alcanzaba para sentir que la empresa de publicar no habÃa sido vana, y otra brevÃsima reseña que salió por ahà que hasta ahora recuerdo por su velada mala leche disfrazada de humor, mi libro, el único y primogénito, no tuvo la menor repercusión. De no mediar la generosidad del crÃtico que menciono, hubiese sido como si el libro no hubiera existido.
En total, para hablar de ventas, creo que no llegué, ni de lejos, al centenar de libros. Más bien a algunos buenos amigos les di su paquetón de treinta ejemplares para que los hicieran circular entre sus conocidos. Dejé algunos en unas pocas librerÃas, pero lo vendido también fue exiguo. Hasta ahora guardo agradecimiento por esos desconocidos que se atrevieron a comprarme un ejemplar asistidos apenas por la información que podÃa darles la contraportada.
Entre idas y vueltas, absorbido por el azar, la rutina y de pronto lo imprevisible, fui viviendo mi vida acompañado de mi libro. Entonces me parecÃa que por mucho que los regalara nunca se acabarÃan. Hasta que me llamaron de un programa de televisión, casi dos años después de haberlo publicado. El productor me dijo que el conductor del programa, dedicado a la literatura, me habÃa leÃdo y le interesaba entrevistarme.
Quiso la fortuna que estuviera con mis más queridos amigos las horas previas al encuentro. Tomamos unas cuantas cervezas, pero no produjeron en mà el efecto que esperaba, de modo que tomé veinte miligramos de diacepam. El buen diacepam nunca me ha fallado, y tampoco en aquella ocasión. Llegué puntualmente al lugar donde se grabarÃa acompañado de mis fieles compañeros. El local barranquino estaba tomado por una barahúnda de técnicos, cables, cámaras y luces. Me guarecà en un rincón con mis camaradas hasta que llegó el conductor. Lo miré lo más intensamente que pude para saludarlo, pero él paseó una mirada fugaz por donde yo estaba sin reconocerme. TodavÃa no he dicho que soy un poco paranoico, de modo que interpreté ese acto del peor modo posible. Me dije que, claro, a nadie se le ocurre entrevistar a un autor para hablar de un libro que ha publicado dos años antes. De otro lado, por ahà me habÃa caÃdo mi palo en relación con el cuento más largo, o novela corta, según como se mire, y se me consideraba ya un hijo bastardo de Kerouac, al que no habÃa leÃdo, asà como también veÃan mi novelita como una triste muestra de aprendizaje de realismo sucio, lo que en mi caso, eso entendÃ, ya parecÃa realismo cochino. Junté ambos cabos, el del tiempo pasado desde la publicación y de la crÃtica adversa, mezclé la información en mi cabeza y me dije que me habÃan llevado hasta allà para tenderme una celada y decirme algo asà como “que un chibolo hable de sus excesos y todo eso, vaya y pase, pero al borde de los treinta salir con estas cosas, por favor, Daniel”.
Cuando el conductor me dijo: “Disculpa, Daniel, que empiece con un exabrupto”, solo atiné a decirme “empezó Cristo a padecer”. Pero pasó exactamente lo contrario. Luego del “exabrupto”, de signo absolutamente positivo, fui sorprendido por la actitud del conductor, que tuvo para mi primer esfuerzo literario las más amables y generosas palabras. Mi agradecimiento dura hasta hoy.
Los amigos que me acompañaron, luego de la entrevista me dijeron que ahora sà tendrÃa más suerte en las ventas, pero no fue asÃ. Las cosas siguieron más o menos igual, pero peor. Los libros que todavÃa me quedaban, es decir, los que no se compraron, ni regalaron, ni distribuyeron con entusiasmo mis amigos, andaban, como animados por vida propia, dando vueltas por la casa. Anduvieron bajo la cama, visitaron el cuarto de la azotea, reposaron un tiempo en la sala y supieron también de la estrechez del rincón chino, un reducido y extraño espacio que, a modo de apéndice, tiene mi sala, que llamamos chino porque está decorado con tres acuarelas chinas que heredé de mi suegra.
Aunque no todo fue decepción. No faltaron los lectores a los que les gustó, a quienes llegó el libro porque se los regalé o sabe dios de qué indirecto modo, pero el hecho es que mi modesta colección de relatos fue haciéndose sitio de esa forma en el mundo. Pero no era suficiente, al menos no para mi vanidad. Debo decir que en esos años ansiaba el reconocimiento. Y esta confesión puede parecer banal si consideramos que todos quieren reconocimiento, desde el panadero hasta el ingeniero, pero en el caso de los escritores esa demanda puede volverse mórbida.
De este modo empecé a mirar a mi primer hijo literario con ojos demasiado severos. Errores que cometà en su edición que antes pasaba por alto empezaba a verlos como horrores imperdonables. Para empeorar la cosa, le regalé un ejemplar a un buen amigo que, con la mejor intención, me lo devolvió corregido. Le cambié ese ejemplar por otro y le agradecà el gesto, y con ánimo malsano conté los errores: su número era superior al de las páginas del volumen.
Como el hombre harto de su esposa, en la que empieza a ver como defectos lo que antes consideraba como detalles adorables, querÃa deshacerme del libro. Por momentos me decÃa que podÃa seguir arrimándoles paquetes a mis amigos para que continuaran diseminándolo por la ciudad, pero me sublevaba la idea de verlo por las calles del centro de Lima a un sol el ejemplar. Si bien habÃa llegado a detestar por momentos a mi creación, no estaba dispuesto a tolerar que otros la maltrataran.
Una mañana de euforia, me levanté con la idea de acabar con los dilemas y sentimientos encontrados que me provocaba el libro. Llegué al trabajo, avancé lo más rápido que pude en las obligaciones del dÃa y le dije al chofer de la chamba que necesitaba sus servicios por una hora. Aceptó. Fuimos a mi casa, di una última mirada a lo que quedaba de mi aventura literaria, separé un paquete de treinta libros y metà el resto, más de quinientos ejemplares, en una gran maleta. Bajé con mi carga en una mano y con dos botellas de dos litros vacÃas en la otra. Pasamos por un grifo, compré cuatro litros de gasolina y nos fuimos para la Costa Verde.
Hacer algo tan sencillo como encontrar un lugar para hacer una pira y quemar papel, con lo simple que suena, no fue sencillo. Dos veces tratamos de parar pero nos lo impidieron serenos del distrito, hasta que llegamos a un lugar sin vigilancia, con unos indigentes como únicos testigos. Formé una pirámide con los ejemplares, rocié la gasolina y, antes de echarle fuego, vi que uno que otro indigente se aproximaba con una curiosidad que amenazaba con convertirse en acto. Encendà una cerilla y les dije que se apartaran, que estaba por quemar libros de brujerÃa. Se retiraron de inmediato y uno de ellos regresó, alentado por un candor que me hizo decir “oh, sancta simplicitas”, con media botella de querosene.
Tuvo que pasar buen tiempo para que pensara otra vez en el episodio y lo viera con ojos menos benévolos. Lo que al principio me pudo haber parecido un gesto romántico fue cobrando con el tiempo su auténtica dimensión: un hecho desmesurado y estúpidamente egoÃsta.
No sé si el libro fue valioso, pero los lectores que me regalaron su cálido afecto luego de leerlo no merecÃan que asà les pagara su fe en mi trabajo. Sé que una serie de factores me condujeron a la quema ritual que a veces lamento, desde mis manÃas domésticas que hicieron que los numerosos libros se rebajaran a la condición de cachivaches hasta una vanidad a la que creÃa tener derecho; pero igual a veces un triste pesar lastra mi corazón.
Después de todo, el libro ya no me pertenecÃa; todo el esfuerzo invertido en él habÃa hecho que lo allà escrito, apenas salido de la imprenta, aún con la tinta fresca, cambiara de algún modo de dueño y fuera también a pertenecer a los lectores, esos mil hipotéticos lectores que nunca tuve pero que quizá a la larga iba a tener. Eso solo podÃa decirlo el tiempo, tiempo que yo cancelé en un acto flamÃgero que veo cada vez menos cómo sÃmbolo y cada vez más como barbarie.
4 Comments so far
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¿El autor del post tiene algo que ver con esos que se hacÃan llamar “los patafÃscos” y que por un tiempo hicieron su show en San Marcos quemando libros? Que hable ahora o que calle para siempre.
Comment by Richie Cunningham 05.30.07 @ 8:23 pmYo guardo hasta ahora mi ejemplar. Salud!
Comment by Armando 05.31.07 @ 5:58 pmtambién hay un ejemplar en la biblioteca central de la puc
Comment by elvis crespo 06.01.07 @ 3:38 pmLa desgracia de ser escritor en el Perú no es privilegio de los jóvenes. Salvo algunos escritores ya consagrados, los demás tienen que pagar sus libros con su propio peculio. Es muy trabajoso escribir un libro, luego publicarlo, después nadie te comenta. Y cuando te comentan lo hace a veces despectivamente alguien que no ha escrito un cuento o un poema en su vida. Y si has publicado multiplica el drama por diez, pero un verdadero escritor no se rinde. Te voy a dar una lista de escritores que siguen escribiendo después de muchos años: Winston Orrillo, Maynor Freire,Carlos Thorne, Marcos Yaury, Omar Aramayo, Jorge Eslava, Renato Sandoval, Ricardo Silva Santisteban, Cesar Toro Montalvo, Jorge Valenzuela, etc. Fuerza muchacho, todos los que te nombrado y cien más son felices haciendo lo que hacen y no lo cambiarÃan por otra cosa.
Comment by Anonymus 06.03.07 @ 8:18 pmLeave a comment
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