DISCROMÃA de Sandro Aguilar
El pasado 21 de junio, en LibrerÃas Crisol del Óvalo Gutiérrez, se realizó la presentación del libro DiscromÃa, del escritor y fotógrafo Sandro Aguilar. Inaugurando una nueva sección en la bitácora de El Hablador, compartimos con ustedes los textos leÃdos por los presentadores esa noche: Augusto Effio y José Donayre Hoefken.
Datos de la presentación:
Lugar: Crisol del Óvalo Gutiérrez
Participaron: Augusto Effio Ordoñez, José Donayre Hoefken, Sandro Aguilar y César Daniel Rodriguez.
Datos del libro:
DiscromÃa
Sandro Aguilar.
Editorial [sic]-libros, 2006.
96 pp.
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AUGUSTO EFFIO ORDÓÑEZ
No es gratuito que alguien haya anotado ya el sÃmil entre la elaboración de un cuento (el relato corto quiero decir) y la composición de una fotografÃa, en contraposición de la cercanÃa existente entre la novela y el registro omnÃvoro de una cámara de video o de cine. En ambos casos —en un cuento o una foto— adquiere una importancia especial y definitoria lo sugerido, lo silenciado, lo que escapa a los contornos de la imagen seleccionada. Si convenimos en que esto que acabo de decir es cierto, qué se puede decir cuando llega a nuestras manos el libro de “relatos†(o las prosas, menos prosas y más apátridas, como se menciona en el prólogo), las prosas, decÃa, escritas por un fotógrafo (o viceversa).
Para intentar definir las sensaciones que ha dejado en mà la lectura de las distintas secciones de DiscromÃa, deberé partir por señalar que estoy totalmente de acuerdo con la frase que se le imputa al cinéfilo GarcÃa Márquez: “El cine es como la vida misma pero sin los momentos aburridosâ€. Y esta frase viene a cuento porque yo sospecho que la prosa de Sandro obra de igual modo que el cine en función de la vida, pero a nivel literario, es decir, evidencia quizá que a los relatos y cuentos tradicionales les sobran muchas palabras, personajes, acciones, les sobran, en resumen, aburrimientos. Después de todo, lo que existe detrás de un escritor (o deberÃa existir) es una mirada particular, distinta a la del resto del mundo, una vocación irresistible de ver el reverso de las cosas, de alimentarse de lo que los demás desechamos preocupados como estamos por vivir. Es eso lo que en buena cuenta define el oficio de la escritura: la mirada, peldaño que muy pocos alcanzan y partir del cual se puede acceder a los altos de la trama, a las habitaciones de la construcción de personajes, al mirador de la fabricación de atmósferas. Y entonces, cómo no ser concluyentes al respecto, si a Aguilar lo define la manera que tiene de acercarse al mundo con una óptica singular, era inevitable que tomara la cámara para convertirse en fotógrafo, era inevitable que DiscromÃa cayera en mis manos, tarde o temprano.
Sospecho también —y el autor de este libro tendrá ocasión de advertir mis metidas de pata— que a grandes rasgos un fotógrafo tiene dos alternativas de trabajo: convertirse en el afortunado que captura instantes únicos e irrepetibles (con lo cual su labor estarÃa emparentada un poco con la de los cazadores de ángeles, y de hecho lo está) y aquel otro que dispone de la naturaleza, de los objetos y de las personas a su antojo para construir la imagen que previamente ha preparado ya en su clarividencia. En mi lectura de DiscromÃa he hallado entonces ambas opciones trasladadas a la prosa: relatos donde el autor parece más bien un testigo de privilegio, quiere y se siente cómodo al asomar su curiosidad al universo justo en el instante donde un ángel ha decidido quitarse las alas (pienso en una de mis prosas favoritas del libro, la que recoge el monólogo entrecortado de un vigilante que se explica y redime a sà mismo); o estos otros relatos, donde el narrador ha dispuesto sobre el papel objetos, recuerdos y obsesiones para componer una “historiaâ€, que a la vez es reflexión, que a la vez es imagen y nuevamente historia (pienso en este caso en otro de mis relatos favoritos: el monomaniaco seguimiento de de una terramoza que cubre la ruta Lima-Huancayo, y donde un inocuo y vacÃo juego de bingo “…prostituye las últimas virtudes†de los viajeros).
En fin, y detrás del ejercicio de estas opciones está por sobre todo la mirada de Sandro, la mirada que, como dije, hace por los relatos tradicionales lo que el cine por la vida, y en ese afán de privilegiar lo que merece ser contado, de separar la paja del trigo, encontramos a una viejÃsima conocida: la poesÃa. Porque si algo es congénito a cada una de las prosas que componen el libro, es ese soplo poético, natural y cotidiano (tan distante de la arrogancia y la majaderÃa de algunos junta/versos) que reviste cada frase, que articula cada idea, que libera cada imagen. Como cuando se dice: “Me dedico a mirar los tres árboles gemelos que están sobre una pared amarilla. A los escolares que caminan en lÃnea como un enorme ciempiés gris†o “Asumido sobre una cama, toda mi reinserción con el mundo exterior ha sido despiadadamente ajena: no he estado ni conmigo†o, este otro tramo que se me hace excepcional: “Hurga entre sus cabellos hasta formar una delgada mecha que frota contra dos dedos, se desconcentra del trabajo que les da y a mà me parece llegar tan completo el siseo que se desprende de ellos por cada fibra que friccionan contra la otra, como un arrullo árido que las va puliendo del roce de sus partÃculas y me la va embelleciendo a costa de la desintegraciónâ€.
Siendo estos los elementos con los que Sandro ha elaborado DiscromÃa, se entiende que no es extraña ni caprichosa la brevedad del libro: es el reino que reclaman como propios el cuento, la poesÃa y, porque no, la fotografÃa misma. Pero como todo acto de magia, detrás de esta brevedad, de las 2, 3 o 5 páginas de cada prosa, de las 94 del libro entero, hay un engaño clamoroso y gratificante; porque pronto, cuando reparemos en la nostalgia y la calidez que nos obligará a regresar al libro, nos daremos cuenta que ya no son 2 las páginas de la prosa que nos ha dejado una astilla en el alma y el entendimiento, que se han convertido en 6 u 8 o 10 por efecto de la necesidad de la relectura, y asÃ, las 94 se multiplicarán y llegarán a ser cientos, quizá miles, la brevedad convertida en infinito, por obra y gracia del prestidigitador Aguilar.
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JOSÉ DONAYRE HOEFKEN
Al igual que la fotografÃa –y otras artes que se valen de la imagen en un sentido amplio–, la literatura se erige sobre el mágico misterio de la captura de la realidad. Es inevitable no pensar en esto o pasar por alto dicho asunto al leer el conjunto de prosas de Sandro Aguilar, que ha llamado DiscromÃa –esto, muy al margen de que el autor sea fotógrafo–, pues el hecho de fotografiar y la conceptuación de lo fotográfico están presentes como una bruma, en algunos casos patente y en otros latente, en la atmósfera de cada texto de este libro, tanto en su dimensión de elemento discursivo como en su aspecto de motivo de composición de un cuadro o sucesión de cuadros.
Como aparece en muchas enciclopedias y diccionarios, la palabra “fotografÃa†procede del griego φως (phos; “luzâ€) y γÏαφίς (grafis; “diseñarâ€, “escribirâ€). La combinación de phos y grafis significa “diseñar o escribir con la luzâ€. AsÃ, en el contexto de Aguilar como individuo que deja su cámara fotográfica de lado, sin olvidar los principios de la luz ni los secretos de su opuesta-complementaria –la oscuridad–, las palabras “mirarâ€, “observar†y “advertir†suelen ser las acciones más relevantes de DiscromÃa, vocablo que nos lleva al plano de la percepción del color. Incluso podemos hablar de “vislumbrarâ€, “entrever†y “hurgarâ€. Y, sin exageraciones, hasta de “proyectarâ€, “prever†y “alucinarâ€. Y en un grado sumo, trascendente y, por qué no, divino, “contemplarâ€. Estos verbos no son gratuitos en la obra literaria de Aguilar, cumplen una función de relación ante el objeto en una lÃnea de tiempo, que no niega lo dinámico. Nada más errado que pensar que la fotografÃa es esencialmente estática, quiescente o carente de movimiento. Los buenos fotógrafos capturan el movimiento en un gesto, por ejemplo, y transmiten la intensidad de éste al observador, involucrándolo en un momento dado de la historia. Pero el ejercicio de Aguilar resulta más riesgoso: es transmitir todo un quehacer por medio de la palabra, sin hacer un solo clic, es decir, escribiendo con tinta de luz sobre un papel, enfocando y desenfocando a los sendos sujetos de sus historias.
En muchos sentidos, DiscromÃa es una invitación constante a quien abre el libro con el fin de leerlo de un tirón, o sea, en orden –y en poco tiempo–. Invita, por ejemplo, a leer sin etiquetas diecinueve textos que involucran al lector con un registro poco usual en la narrativa peruana, sin que esto tenga como correlato un afán iconoclasta por tumbar la tradición y “las buenas costumbres literariasâ€. Tampoco se trata de un “cierra filas†rÃgido. No, Aguilar no es un subversivo que pone bombas y luego esconde la mano, y después, desde su guarida, reivindica el delito. Su propuesta es contundente, pero, sobre todo, coherente y sin artimañas. Su propuesta se nos presenta modularmente, aunque este concepto atente contra los principios de conjunto orgánico y unidad que implica todo libro, en el que cada parte cumple un propósito nada accesorio, sino que, todo lo contrario, dialoga con los otros componentes, en un ir y venir enriquecedor. Por otra parte, tras una lectura atenta, es tan sólo un prejuicio, una presunción apurada. Porque una cosa es lo que parece, y otra, lo que en realidad es. Y en este juego de detenerse para observar, rescatar y transmitir, Aguilar sabe muy bien lo que hace, o sea, conoce y emplea con acierto los secretos de su oficio, tanto para contar y describir hasta el detalle como para reflexionar, opinar y ensayar a propósito de una realidad huidiza.
DiscromÃa invita también a que el lector tome un lápiz y haga anotaciones al margen –costumbre, para algunos, poco civilizada y hasta abominable–, pero más que esto, nos exige titular cada texto. Me explico: el libro carece de Ãndice por la sencilla razón de que el autor no ha titulado los textos, lo que genera cierto desamparo maquinado por Aguilar. El lector, si lo considera pertinente como es mi caso, debe buscar cada comienzo y contarlo para saber la cantidad de textos que ofrece el libro. En el caso de esta sobria y cuidada edición de [sic], la orientación gráfica hacia abajo de los comienzos de los textos deja un vacÃo de poco más de un tercio de página. Esto, más que una invitación, es un llamado a garrapatear dicho espacio en “blanco†marfileño. Para mà fue más que necesario tratar de dar tÃtulo a cada texto; el espacio en blanco era la peligrosa atracción que ejerce el fondo de un abismo, la mirada de la cobra, el guiño de la barracuda, el pestañeo del dragón. Estaba obligado, espero que me entiendan.
DiscromÃa invita también a que el lector tome un lápiz y haga anotaciones al margen –costumbre, para algunos, poco civilizada y hasta abominable–, pero más que esto, nos exige titular cada texto. Me explico: el libro carece de Ãndice por la sencilla razón de que el autor no ha titulado los textos, lo que genera cierto desamparo maquinado por Aguilar. El lector, si lo considera pertinente como es mi caso, debe buscar cada comienzo y contarlo para saber la cantidad de textos que ofrece el libro. En el caso de esta sobria y cuidada edición de [sic], la orientación gráfica hacia abajo de los comienzos de los textos deja un vacÃo de poco más de un tercio de página. Esto, más que una invitación, es un llamado a garrapatear dicho espacio en “blanco†marfileño. Para mà fue más que necesario tratar de dar tÃtulo a cada texto; el espacio en blanco era la peligrosa atracción que ejerce el fondo de un abismo, la mirada de la cobra, el guiño de la barracuda, el pestañeo del dragón. Estaba obligado, espero que me entiendan.Sin temor a equivocarme, creo saber que no existe, en el ámbito de la creación literaria, una teorÃa del tÃtulo con todas las de la ley. Un tÃtulo es –imagino, especulo, supongo– una etiqueta sugestiva y seductora que sugiere o insinúa el tema o asunto del texto. El tÃtulo es importante, pero no sustancial. Es, de hecho, asunto de especialistas en marketing, para enganchar un segmento del mercado. Titular es lo normal; no hacerlo es bastante sospechoso, pues estamos ante la elocuencia del silencio, la epifanÃa o apocalipsis del discurso sin identidad explÃcita. Además, nadie instruye a un escritor en el arte de poner tÃtulos, por lo que resulta difÃcil que alguien lo aprenda, como un niño aprende, por ejemplo, a dejar los pañales o amarrar sus zapatos. Por tanto, publicar un libro con un tÃtulo escueto y aplicado casi arbitrariamente, que aglutina un conjunto de textos carentes de tÃtulo es, aparte de osado, una suerte de irreverencia lúdica. En otras palabras, entre un pecado venial y una trasgresión que exalta la ética de la eficiencia.
El atrevimiento es grande, sin duda, pero es una invitación casi dicha literalmente y entrelÃneas que no puedo rehusar. Éstos son, para mÃ, los diecinueve tÃtulos de DiscromÃa, muy al estilo de las mejores obras existencialistas: 1) El problema, 2) La gente, 3) Bogotá, 4) El guardián, 5) Los amigos, 6) La separación, 7) La amiga, 8) El gato, 9) El enyesado I, 10) La terramoza, 11) El viejo o el jardÃn zen, 12) El guardia de seguridad, 13) El enyesado II, 14) La visita, 15) La cantante, 16) El loco o mi otro yo, 17) La prostituta, 18) El pez, y 19) La araña.
A partir de esto, resulta más sencillo hablar de la estructura de DiscromÃa. El décimo texto (“La terramozaâ€), el central, es el primer texto relativamente extenso que encuentra el lector. En éste, la función de la mirada es crucial para tejer un entramado que culmina en un tocamiento-delirio y concluye con un remate extraordinario que nos devuelve a la realidad, tras haber paseado por los senderos del deseo, el goce y la sorpresa, durante un viaje interprovincial. La experiencia erótica y su fruición –tan sólo un roce largamente detallado con un preámbulo sinuosamente intelectual– es prácticamente una experiencia mÃstica. Experiencia casi más allá del mundo fÃsico que recuerda a la atracción erótica entre un sacerdote budista y una cortesana relatada en el cuento “El sacerdote y su amor†por el japonés Yukio Mishima.
Desde este centro o foco, podemos advertir que tanto la primera parte como la segunda presentan un equilibrio temático. Incluso dos cuentos comparten un mismo personaje –o son quizá dos personajes distintos que tienen en común llevar una bota de yeso–, o sea, los protagonistas del noveno y decimotercero. Además, en la primera parte se relata una cruenta relación entre un gato y su amo, y en la segunda, el insidioso vÃnculo entre un sujeto y una araña cautiva. Asimismo, el sexto relato –un fluido y divertido monólogo de un guardián que trabaja en Lima–, y el duodécimo –un muy bien llevado relato que relaciona a un narrador-personaje-fotógrafo con el guardia de seguridad de una sala de museo–.
DiscromÃa es un libro raro que ejerce en el lector una fascinación ante lo extraño, lo insólito y lo poco frecuente, no obstante que se ofrece con la espontaneidad y frescura de lo cotidiano. Aguilar ha escrito un libro tan raro como la tara a la que se alude en sus páginas iniciales; tan raro como los hilos que mueven a los personajes hacia remates muy bien logrados –extraordinarios desenfoques, en la mayorÃa de casos, que nos brindan una muy particular perspectiva de la realidad–. Y tan raro como las sentencias que salpican dosificadamente los relatos –frases inteligentes, agudas, reveladoras–, para brindar al lector un firmamento urdido con gran destreza y sentido estético. Una invitación a la que no nos podemos negar como inspirados observadores de esta especial exposición de textos escritos con dionisÃaca luz.
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LOS DISIDENTES: GRUPO FINAL, PALABRAS FINALES
Por: Francisco Ãngeles
Escribir veinte reseñas en veintidós dÃas ha sido una tarea complicada por varias razones. El principal obstáculo fue el peligro de la repetición (cualquiera que haya escrito reseñas continuamente lo debe saber mejor que yo). Con los “disidentes” esa dificultad se vio potenciada ya que todos los escritores comparten el paÃs de origen y un rango de edad que no abarca más de quince años. En consecuencia, varios de ellos tienen similar experiencia vital, las mismas lecturas e influencias y, en algunos casos, las mismas virtudes (y también defectos).
A pesar de que no hubiera sido difÃcil formar parejas o trÃos de cuentos que me producÃan la misma respuesta, he intentado que ninguna reseña suene demasiado parecida a cualquiera de las otras diecinueve. Veinte reseñas en tan poco tiempo permite explorar nuevos terrenos si uno no quiere parecer siempre el mismo. Espero no haber desaprovechado el reto. Y aquà les dejo el medallero final.
MEDALLA DE ORO
SELTZ
CARLOS YUSHIMITO
Estimado Yushimé: ya sé que en un par de dÃas, cuando cuelgue en este blog las lÃneas que ahora estoy escribiendo, vas a meterme una llamada o vas a escribir un mail, ofendido tú, reclamándome por lo que desde afuera puede parecer un paleteo entre “habladores”. Pero hace tiempo, cuando publicaste Las islas, te lo dije: “Seltz” está fuera de lote. Asà que esto no tiene nada que ver con la amistad, pero sà mucho con la justicia: al cuento que presentas en Disidentes no hay nada que reprocharle.
SÃ, ya sé, esta reseña no te causará gracia. Piña pues, yo no escribo para la tribuna. Qué quieres que haga, no tengo por dónde maletearte. En “Seltz” todos los detalles, incluso los que aparentemente no cumplen una función decisiva para la historia, se unen y encajan a la perfección. Puede que esto no sea muy visible en la superficie, pero crea un fondo que se manifiesta en la sensación de que todos los elementos están en su lugar.Â
Algo sobre la historia: Toninho, el protagonista de “Seltz”, trabaja en una sucursal de una cadena de tiendas de electrodomésticos, en la que todos los televisores encendidos proyectan simultáneamente Discovery Channel. Toninho observa con especial atención las descripciones de la vida animal, y aprende que los lobos agachan la cabeza al admitir su derrota ante a uno de sus congéneres. Cuando eso ocurre, la lucha se da por terminada. La lección es simple pero efectiva: se necesita pelear dentro del clan para respetar las jerarquÃas, pero no llegar a matarse (los enemigos siempre estarán fuera). Y Toninho es también un animal, en más de un sentido. Es un animal en cuanto ser inferior frente a su admirado Bautista, hijo del millonario propietario de la cadena de tiendas y dandy sin parangón en todo RÃo de Janeiro. Y también porque esa animalidad manifiesta en el sometimiento al amo se materializa en su trabajo: Toninho se disfraza de cocodrilo y baila para los niños en las afueras del local para atraer a sus padres, clientes en potencia, a la tienda.
A Toninho se le presenta la oportunidad de deshacerse de ese lado animal que no parece satisfacerlo. Y por ello recurre a una traición que lo revindique. A su manera, el protagonista busca reestablecer su lado humano ganándole a su amo una partida en el terreno que más domina (las mujeres). Sabe lo que le espera, pero está dispuesto a dar batalla.
“Seltz” es un cuento sobre la reivindicación del ser humano (y contiene más de una metáfora sobre la que no me voy a extender). Pero no sólo funciona porque todas las piezas son necesarias y se complementan, sino también porque, con mayor eficacia que en cualquier otro cuento de Las islas, el lenguaje ha conseguido trasladar al plano sonoro el espÃritu exótico y sensual de Brasil. Por ello, en “Seltz” todos los elementos (la anécdota, los personajes, las circunstancias aparentemente decorativas e incluso el lenguaje) conforman una maquinaria narrativa sin fisuras que permite ir de un extremo a otro sin respiro. Â
No voy a decir más. Y si alguien piensa que estas flores son sólo porque jugamos en el mismo equipo, no es mi culpa. Sorry, chino. Cada palabra que utilice, por muy bien puesta o muy sincera que sea, jugará en mi contra. El que no me cree, que lo lea. Yo cierro el pico. Y ahà te dejo la de oro, para que patalees un rato.
Sobre Las islas: Ezio Neyra, La Vaca Profana.
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MEDALLA DE PLATA
EUCARIS
DANIEL SORIA
Si habÃa un tapadito, un golpe a la cátedra, una sorpresa en esta antologÃa, ése es Daniel Soria. Nunca lo habÃa leÃdo y lo único que habÃa escuchado de él, hace ya mucho tiempo y por boca de un amigo común, no eran elogios sobre su calidad de escritor, sino por su talento para preparar el mejor pisco sour de Lima. Nuestro amigo no es precisamente un intelectual, asà que al descubrir que me interesaban los libros, no tardó en contarme que tenÃa un pata al que también le gustaba la literatura, como quien te dice que conoce otro con tu misma enfermedad para que no te sientas tan mal o como quien comprueba con sorpresa que hay más de uno que la sufre. Y asà me enteré de que Daniel Soria existÃa, que habÃa publicado un libro del que nunca habÃa escuchado y, por supuesto, de su pisco sour.
Mucho después de esa remota información, casi simultáneamente probé el famoso pisco sour, leà su cuento y comprobé que el autor tiene la misma habilidad con las palabras, los personajes y la tensión narrativa que con el quebranta, el jarabe de goma, la clara de huevo y el limón. Pero sobre todo con el amargo de angostura: Soria no sólo conoce la receta, sino que sabe colocarle con acierto el toque personal, el dash que corona la faena.
La historia de “Eucaris” va de un extremo a otro con una decisión incontenible. El tono puede ser similar al del realismo sucio versión nacional, pero con una variante que lo enriquece: el protagonista ya no está en plena efervescencia malditona; ya creció, ya maduró, ha conseguido un buen trabajo, se ha plantado. Este cambio de perspectiva permite que el cuento no sea un relato sobre las aventuras de un adolescente sino una reflexión sobre el pasado. El protagonista se mira al espejo y observa en su aspecto fÃsico la factura que dejaron los excesos de su no tan lejana juventud. Y en ese envejecimiento prematuro queda corporizada la vigencia de ese pasado que nunca se ha ido del todo, que siempre será una amenaza.
Quizá la virtud más llamativa del cuento es su capacidad para reflexionar a través de acciones y no en base a descripciones del mundo interior del personaje. Con este procedimiento el relato se dinamiza. Las circunstancias suceden una tras otra, pero son más que una simple acumulación de eventos. El relato tiene un aire de tragedia, todo lo que sucede parece inevitable. A diferencia de la tragedia clásica, en “Eucaris” el destino no es una marca de fábrica, sino la consecuencia de acciones pasadas que nunca dejarán de marcar un camino que aparece como inevitable. Por ello, la visión fatalista es exactamente igual.
Más allá de la anécdota (la madre que vive en el extranjero hace una década anuncia de pronto que va a regresar al paÃs por un par de semanas), el tema del cuento es la lucha, perdida de antemano, contra el propio pasado. Y la incapacidad de manejarlo, incluso en las situaciones que parecen más inocentes.
En la época en que vivÃa con su madre, muchas plantas adornaban la casa. El protagonista sólo se preocupó por mantener con vida un eucaris, el sÃmbolo de una época que se resistió a extinguirse. Pero el protagonista fracasa al intentar burlar su pasado. Por ello, la brutal destrucción del eucaris al final del cuento es el intento inútil de deshacerse de lo que a pesar de todo habrá de persistir. Basta mirarse al espejo, como el protagonista. Lo que alguna vez estuvo nunca se irá.
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MEDALLA DE BRONCE
PISCINA / SALVAVIDAS
CLAUDIA ULLOA
Los dos cuentos breves de Claudia Ulloa que recoge Disidentes se encuentran en un estanco separado en relación al resto de antologados. En reseñas y balances sobre la nueva narrativa peruana, se insiste en la “prosa poética” como caracterÃstica articuladora de El pez que aprendió a caminar. Creo que esa etiqueta, aunque no esté del todo equivocada, no capta lo esencial de los textos incluidos en Disidentes.
Antes que la “prosa poética”, la caracterÃstica representativa y distintiva de “Piscina” y “Salvavidas” es la mirada. A Claudia Ulloa, al menos en los dos textos de Disidentes, no parece interesarle atrapar con la historia. La escritora renuncia a los lectores que buscan peripecia, sorpresa, emoción (aunque, a su manera, igual atrapa). Lo más interesante no son los juegos de lenguaje, el ritmo de la prosa. Puede ser lo más visible, la envoltura bajo la cual surge el verdadero espÃritu de los cuentos: la forma en que el narrador observa el mundo y ofrece una perspectiva única del mismo.
De esa manera, el narrador adquiere un protagonismo intrÃnseco, ya que se antepone a lo que está narrando. Se distancia del objeto y lo reconstruye. El mundo surge a través del tamiz de su mirada, y la lectura es un descubrimiento de ese universo que, en circunstancias cotidianas (una piscina, el proceso de matrÃcula en una universidad), aparece como visto por primera vez.
“Salvavidas” y, sobre todo, “Piscina” me hicieron pensar en el Nuevo Cine Argentino. Anécdota mÃnima, personajes solitarios y sin mayor brillo, circunstancias cotidianas. No hay una gran historia que contar (los personajes nunca las vivirán). Lo interesante es lo que flota a lo largo de las páginas sin asentarse en ninguna: la posición del observador. Y ello desemboca, como no podÃa ser de otra manera, en un tono personal (en este caso, tal como se ha dicho, en una prosa poética).
Es cierto que, si nos ponemos kantianos, todo objeto siempre será inaprensible por sà mismo y sólo reconstruido a través de la mirada. Pero ya que estamos comentando un texto literario y no en una discusión filosófica, supongo que podemos aceptar que no todos los textos tienen una mirada personal. Y Ulloa la tiene en tal medida que desplaza por completo las pequeñas situaciones que son narradas. En el primer texto, la narradora utiliza la piscina como motivo para desarrollar una pequeña visión del mundo. Si algunos escritores utilizan la historia para desplegar un estilo, Ulloa lo hace para desarrollar una perspectiva. Y eso siempre será valioso. Habrá que preguntarse si, a lo largo del libro, ese atractivo se vuelve repetitivo y si, a pesar de todo, siempre será necesario echar mano a los recursos clásicos para no caer en una infinita y tediosa reiteración. O si acaso esta posición única e intransferible del observador es suficiente para sostener un texto literario de mayor extensión. En el formato pequeño va muy bien. Veremos qué pasa si la escritora se anima (tranquilamente podrÃa no hacerlo y no estarÃa mal) a ejecutar el mismo procedimiento utilizando más cantidad de páginas.
Sobre El pez que aprendió a caminar: Olga RodrÃguez, Gabriel Ruiz-Ortega.
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MENCIONES
UN BESO EN LA FRENTE
MIGUEL RUIZ EFFIO
Penúltimo texto a comentar, cuento de temática amorosa: buena oportunidad para hacer algunas relaciones con algunos reseñados previamente. En el cuento de Llosa, el amor es utilizado para irse a vivir a Inglaterra, es el mecanismo que permite alcanzar un objetivo personal; Yushimito sigue esa lÃnea, pero con un alcance mayor: no es el futuro de su protagonista sino la posibilidad de una reivindicación consigo mismo dentro de una estructura social desfavorable lo que está en juego; para Moretti el amor es el alambique que puede transformar una vida mediocre en una plácida existencia; para Noltenius, el cimiento que garantiza la estructura de su identidad.
De una u otra manera, y en mayor o menor grado, todos esos protagonistas se sirven del amor para un objetivo que lo trasciende, lo utilizan como un medio para consolidar o alterar la relación con ellos mismos. En “Un beso en la frente”, Ruiz Effio ofrece una perspectiva más romántica que todas las anteriores: el amor autotélico, la necesidad de la persona amada sin que ello cambie en absoluto la visión que su protagonista tiene de sà mismo. Un amor ideal que se mantiene exactamente igual después del matrimonio (eso sà está un poco raro). Por otro lado, es interesante que la historia se haya planteado a contracorriente de nuestra tradición. Se invierten los roles: el hombre es el que ha perdido a la mujer y tiene la esperanza de recuperarla. PodrÃamos decir que es un relato masculino narrado desde un perspectiva femenina.
En las primeras lÃneas del cuento nos enteramos de que Rosa, la mujer del protagonista, lo ha abandonado por otro. Con esa información, todo lo que viene en adelante es soportable (y también disfrutable). El narrador le escribe una carta a la mujer, una carta que nunca le entregará. En ella recuerda cómo la conoció y la hace aparecer como una mujer idealizada que podrÃa pasar tranquilamente como la chica que nunca le dio bola (su ausencia permite esa idealización). Si Ruiz Effio hubiera planteado el cuento asÃ, éste se caÃa muy rápido. Pero saber que la mujer ha sido su esposa le agrega un valor adicional a su dolor, lo hace más real. Y su reclamo deja de ser el lloriqueo adolescente por la chica que nos rechazó, y se convierte en una necesidad (la mujer y la recuperación del pasado juntos). Por todo ello, el cuento no sólo funciona, sino que incluso puede emocionar. La voz del narrador llega nÃtida, sincera, se siente auténtica (desprestigiado adjetivo en la critica literaria, pero alguna vez habÃa que usarlo).
La manera en que está narrada la historia hace que podamos disfrutar de algunas lÃneas que, por separado, no son precisamente inspiradas: “Y me fui acostumbrando a su ausencia, al vacÃo que no pude llenar porque no encontré nunca a nadie más que calzara a su medida, que tuviera sus manos, que me nombrara como lo hacÃan sus labios”. Créanme, esas lÃneas no aptas para diabéticos, una vez insertadas en el texto, dentro del tono emocional con que transcurre el cuento, funcionan muy bien.
Lo que sà entorpece el relato es la intromisión del narrador cuando pretende generalizar a partir de su experiencia (”el amor es asÃ: nos lleva a actos extremos, algunas veces ridÃculos, otras veces desesperados”). O sea, bacán que sufras (el narrador, digo, no el autor), que tire la primera piedra el que no alguna vez, pero de ahà a pegarla de filósofo del amor ya como que no cuadra. Y el otro reparo es el final, sobre el que no diré nada, pero que no es difÃcil intuir. Ahà el autor se decidió por la fácil (lo mismo debió hacer su personaje en lugar de chillar por Rosita) y entibió lo que hasta entonces iba bastante bien. Con todo, el cuento se disfruta. Preparen los pañuelos, que a un lector recorrido no es fácil conmoverlo. Pero a este pata por momentos sà le liga.   Â
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LAS FLORALIAS
CHRISTOPHER VAN GINHOVEN
Regresar al punto de partida: la vieja clave. Hace tres semanas comenzamos las reseñas con una analogÃa futbolÃstica. Ahora que llego a la última es conveniente retomarla. Al dÃa siguiente de un partido, al calificar a los jugadores del uno al diez, los periodistas deportivos utilizan la frase “sin puntaje” para los jugadores que han saltado a la cancha cuando el segundo tiempo ya estaba avanzado. No es que hayan jugado bien o mal, simplemente que no tuvieron el espacio suficiente para demostrar lo que podÃan o no podÃan hacer dentro del campo. Exactamente lo mismo ocurre con el texto de Van Ginhoven en Disidentes (un fragmento de La evasión, novela que no he leÃdo).Â
¿Qué iba a decir sobre “Las floralias”? Pensé que podÃa salir del paso aplicando una vieja regla utilizada sobre todo con los poemas: cuando no entiendas nada, léelo como si fuera una metáfora de la vida o una metáfora del mismo ejercicio literario (algo saldrá). Pero descarté ese procedimiento. El texto es un fragmento de novela, no podÃa ponerme hermenéutico intentado descubrir en él lo que tal vez se contradecÃa o evidenciaba en el resto de la novela. También pensé leerlo como cuento. Pero en ese caso el saldo no hubiera sido muy favorable, y no tenÃa por qué serlo, ya que el texto no fue escrito para ser leÃdo de manera independiente.
Es cierto que no es el único fragmento de novela incluido en Disidentes, pero me parece que los otros dos soportan mejor una lectura fuera de contexto (o tal vez por sà haber leÃdo Casa de Islandia y Habrá que hacer algo mientras tanto me quedó esa impresión). Sin el resto de la novela me faltan datos, me resulta imposible entender a cabalidad ese episodio. Más que un fragmento, serÃa adecuado llamar una “muestra” a “Las floralias”. Sola no se defiende, no funciona. Y eso no necesariamente es una falla del texto, sino de su separación de la novela en el que está incluido.Â
Creo que lo más sensato es describir brevemente el fragmento. Diré con cautela, ya que en cierto sentido estoy avanzando a ciegas, que “Las floralias” parece estar compuesto por dos monólogos, realizados por dos personas distintas (o acaso una sola) a las que el público confunde entre sÃ. El ambiente descrito es exótico, se mencionan jaguares y se intuye una espesa vegetación. En la exuberancia de ese ambiente, se desarrolla un show (puede ser un circo). El tema parece ser el de la identidad (aunque quizá aquà ya esté utilizando alguna formulita). El discurso homodiegético con el que la totalidad del fragmento está compuesto consigue desarrollar una voz. Pero la historia que esa voz narra es confusa (supongo que no lo será, al menos no en ese nivel, leyendo todo el libro). No sé hacia dónde va, ni siquiera sé si ese fragmento está al inicio o al final de la novela.
No puedo decir nada contra el texto, pero sà algo contra su selección. Si Van Ginhoven no tenÃa ningún cuento para la antologÃa, hubiera sido conveniente elegir un fragmento capaz de valerse por sà mismo con mayor fortuna. Asà que, con las disculpas del caso, “Las floralias” aparece como “mención” sólo para mantener el formato. Lo más justo serÃa hacer como los periodistas deportivos y sentenciar: sin puntaje. Â
Sobre La evasión: Leonardo Aguirre
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PALABRAS FINALES
El objetivo de crear un blog para la revista El Hablador fue abrir un espacio de discusión sobre asuntos estrictamente literarios. Al iniciar este proyecto, pensaba que lo adecuado era permitir que la gente opine con libertad siempre que no insulte ni difame. Lamentablemente, en ese proceso algo se salió de las manos.
Si una de las razones que justificaba la apertura de un blog para una revista con más de tres años en la web era la participación de los lectores, y ésta por lo general ha sido incapaz de trascender la chacota, no se ha cumplido con el objetivo trazado al iniciar este proyecto. Y esta criatura de la que en algún momento estuve muy orgulloso me terminó por defraudar (un psicólogo dirÃa que los padres siempre tienen algo de culpa).
De una u otra manera, creo que este blog (sobre todo su sección de comentarios) ya tiene un estilo.No voy a ser yo quien rompa con lo que hasta ahora he permitido. Pero tampoco me parece honesto mantenerme en un espacio que no se ajusta a mis expectativas. Por ello, hace varias semanas decidà retirarme de este blog, decisión que demoré en poner en marcha porque me pareció apropiado (e incluso necesario) comentar esa buena selección de escritores jóvenes reunidos en la antologÃa Disidentes. Creo que en algún momento, si varios de los antologados consolidan lo hasta ahora anunciado, ese libro puede llegar a ser un documento muy valioso para nuestra arqueologÃa literaria.Â
Quiero reiterar mi agradecimiento a Carlos Calderón Fajardo, Leonardo Aguirre, Pepe Güich y Diego Cabrera por el compromiso adquirido con esta bitácora y por dar lo mejor de sà en beneficio de la misma. Con excepción de Pepe, a quien me une una amistad de más de diez años, a los otros columnistas no los habÃa visto más de tres veces en toda mi vida, y ahora tengo la satisfacción de considerarlos mis amigos. Detrás de cada una de esas columnas que algunos de ustedes han criticado (o simplemente ignorado) hay una historia de largos mails o intercambio de ideas por MSN, e incluso alguna amanecida discutiendo cómo mejorar el texto.
Por otro lado, no quiero dejar el blog sin antes disculparme con todos aquellos que pudieron haberse sentido agredidos por un artÃculo publicado aquà hace un par de meses, en el que precipitadamente utilicé uno o dos calificativos que nunca debà utilizar. Más allá de las ideas expuestas en dicho artÃculo, nunca tuve la intención de propiciar un pequeño escándalo y mucho menos de ofender a nadie. Los numerosos comentarios recibidos en esa oportunidad (los bien y los mal intencionados, los respetuosos y los insultantes, los sesenta que fueron publicados y los treinta que no) me sirvieron para darme cuenta de que, en algunos aspectos muy puntuales, habÃa adelantado opinión sin estar convenientemente informado.
Por último, mi agradecimiento para quienes intentaron iniciar en este blog una discusión seria y para los que se habituaron a leerlo sin animarse a participar. A partir de ahora, éste queda en manos del equipo de El Hablador y durante la semana debe informarse aquà quién o quiénes se harán cargo de la bitácora y la permanencia o no de los columnistas. Conmigo será hasta una mejor oportunidad.
“EN EL FúTBOL Y CON LAS MUJERES HAY MUCHA PASIóN Y POCA TéCNICA”
Friday June 15th 2007, 10:35 pm
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Entrevistas
Por: Francisco Ãngeles
El escritor, periodista y guionista Said Chamie (Bogotá, 1978) acaba de publicar en Colombia El Manual del Delantero, un libro que con un estilo hilarante vincula el juego en el campo de fútbol con el arte de seducir a una mujer, con el objetivo de convertir al lector en un certero definidor en las dos canchas.
Chamie estuvo de paso por Lima y aprovechamos la ocasión para conversar brevemente con él sobre este libro. Esperamos que, tal como está previsto, El Manual del Delantero llegue pronto a librerÃas limeñas y se convierta en lectura de cabecera para los que no gozan de buena fortuna en esos terrenos. Más de un integrante de El Hablador alista su resaltador mientras espera el ejemplar que ha encargado con urgencia. Mientras tanto, hable usted, maestro.
¿Cómo nace la idea de escribir este libro?
VeÃa a un amigo entrar a la cancha, hacer piques, parar el balón, cambiar de ritmo y buscar el gol, y siempre que lo veÃa pensaba: esto es precisamente lo que no debe hacer un buen delantero (risas). Como amante del fútbol, sé lo que debe hacer un buen delantero. Asà que empecé a escribir el libro y en el camino me di cuenta de que los secretos en la cancha eran los mismos que sirven para cortejar a una mujer. Empiezo hablando de una situación en el campo de fútbol y después la complemento con una similar en el oficio de las artes amatorias. Intento mostrar las semejanzas entre el delantero y el cortejador.
¿Eres un jugador metido a escritor?
Jugadores somos todos los que nos gusta el fútbol y las mujeres. Pero yo soy sobre todo un escritor. No escribà este libro como un futbolista que pretendÃa enseñar sino como un escritor que conoce de fútbol y lo ha practicado por muchos años. Este año publicaré mi primera novela, y este Manual es para mà un ejercicio literario, aunque no se ajuste a ningún género canónico.
¿Has analizado a los jugadores fuera de la cancha tanto como a los delanteros? ¿Qué nivel crees que tiene la mayorÃa al seducir a una mujer?
Definitivamente veo que hay mucha pasión y mucho interés, pero poca técnica (risas). Mi libro es un manual de sabidurÃa callejera que pretende mostrar nuevas opciones basándose en situaciones reales de la vida cotidiana.
Para haber escrito un libro como éste, supongo que estarás acostumbrado a ganar por goleada…
(Piensa antes de responder) Las experiencias que cuento no son propias, sino un compendio de situaciones que he observado o escuchado, y dentro de mi oficio de escritor las pongo a disposición de los que tienen muchos deseos, pero carecen de técnica.
En algún momento escribes que parte de los secretos del fútbol se toman del “llanto y la melancolÃa peruanas”. ¿A qué te refieres?
A que las últimas selecciones peruanas han fracasado, y sin embargo mantienen la esperanza añorando equipos de hace más de treinta años. Y eso lo entendemos los colombianos, que tampoco hemos ido a los últimos mundiales y seguimos recordando el cinco a cero a Argentina.
Finalmente, ¿las técnicas de tu Manual terminan cuando la mujer accede a los requerimientos o también incluyes leyes para el momento de acercarse al arco?
La mujer es como el balón, hay que consentirla, mimarla, tratarla bien y saber qué hacer con ella. El objetivo final es meter el gol.
PRÓLOGO DEL MANUAL DEL DELANTERO
Este compendio de sabidurÃa callejera no pretende cosa distinta a ser tu nueva Biblia. En él encontrarás desde consejos para la sexualidad, implÃcitos en el juego de la pelota, hasta pasos a seguir para ser el mejor de los delanteros de tu cuadra, potrero, barriada o estadio de fútbol.
Aprenderás riendo con los secretos del deporte rey. Te convertirás en un ducho para el engaño, la mentira avanzada que tantas veces nos ha sacado de apuros en nuestra vida cotidiana; dominarás pueblos, confundirás rivales; saldrás preparado para convertirte en el mejor amigo del réferi y el Ãdolo de las barras. Y lo más importante, reconocerás el sentido que compromete este juego, y recordarás con nostalgia aquellos dÃas en los que jugabas, sin importar dónde, a meter una pelota en un hueco teniendo como únicos compinches diez amigos y un solo corazón que respira fútbol.Â
¡Porque señoras y señores, jovenzuelos y crÃos, vejetes y párvulos, las enseñanzas que se aprenden en una cancha son dignas merecedoras de llamarse cábalas para un mejor vivir! ¡El deporte rey es la vida misma en un cuadrante de pasto y rayas, qué mejor que saber jugando!
(En la foto: el autor chequeando el material en los alrededores del Museo de Arte de Lima. “No pasa nada”, alcanzó a decir antes de posar para la cámara).Â
EL HOMBRE QUE MIRA EL MAR
EL RECONOCIMIENTO DEL OTRO PARA SER UNO MISMO
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Por: Carlos Calderón Fajardo
En un reciente evento académico, la filósofa Soledad Escalante nos hablaba de la problemática del reconocimiento entre personas y grupos que permite el desarrollo de la identidad. Este es un problema fundamental no sólo dentro del campo de la filosofÃa, la teologÃa y la ética, sino también de la sociologÃa, la polÃtica, la literatura y la vida cotidiana en todas sus manifestaciones. El tema ha adquirido gran importancia por encontrarse relacionado al de la exclusión y al de las diferencias entre las personas. En la vida cotidiana la gente lucha por el reconocimiento, lucha por ser aceptada tal como es.
Hace un tiempo, Gonzalo Portocarrero escribió en su blog que los literatos sufrimos de la “enfermedad del reconocimiento”. Aunque esto es relativamente cierto, Portocarrero lo decÃa en tono peyorativo. Si hubiese leÃdo el capÃtulo IV de la FenomenologÃa del EspÃritu de Hegel tal vez otra hubiese sido su opinión. La idea básica de Hegel es que para las personas el reconocimiento de los otros es necesario, porque no basta verse a sà mismo. El reconocimiento del otro es fundamental. No hay que confundir entonces la desesperada búsqueda de fama con la normal necesidad de reconocimiento de alguien que necesita saber que hace bien su trabajo y que es reconocido por ese hecho. Sobre todo cuando hay pocos reconocimientos de otro tipo: económicos, sociales (un literato es mal visto socialmente hasta por su propia familia). Pero el tema del reconocimiento va mucho más allá. Uno reconoce al otro y esto está vinculado a una construcción de una identidad de clase, de cultura, de edad, de familia, de religión, de valores. Pero sólo cuando el reconocimiento de un yo se produce como un nosotros, es cuando se realiza el paso del individuo a formar parte de una comunidad. Pero si según Hegel el yo tiene que darse como un nosotros, esto no es fácil en un mundo que ha intensificado las diferencias. Pero lo más importante es el tipo de reconocimiento. Sólo hay verdadero reconocimiento cuando el individuo se coloca en el lugar del otro para constituir el nosotros.
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La extraordinaria idea comprendida dentro de esta reflexión, que también está en filósofos como Levinas, es que no es posible construir nuestra propia identidad sin el reconocimiento de la identidad del otro. Como dice Levinas, no hay posibilidad de humanidad “sin ver la cara del otro”.
Ya que estamos es un blog literario, podrÃamos poner como ejemplo que es imposible construir una identidad literaria costeña, urbana, occidental y cosmopolita, sin el reconocimiento de otra identidad que sustenta una literatura andina, rural, tradicional no cosmopolita. Esta idea ya la encontramos en nuestros grandes pensadores clásicos, en Gonzáles Prada, en Mariátegui, en Basadre, en VÃctor Andrés Belaunde, en Arguedas, etc. Pero estaba centrada en el reconocimiento de lo andino para la reivindicación del indÃgena, considerado como factor esencial de nuestra nacionalidad. Pero estas posiciones pasaban por reconocer que existÃa una gran injusticia en nuestro paÃs, la del relegamiento y explotación del indio (Gonzáles Prada, Mariátegui) o que somos mestizos (Arguedas). La evolución de esta idea ha dado un paso adelante. La originalidad de la idea hoy planteada es que para ser nosotros mismos, es imprescindible el reconocimiento del que no somos, no sólo para hacer justicia con el otro sino para hacer justicia con nosotros mismos, independientemente de si somos mestizos o no. Justamente en el reconocimiento del que es totalmente distinto a nosotros radica la posibilidad de reconocernos a nosotros mismos.
Dicho gruesamente, y volviendo a este malhadado pero significativo debate entre costeños y andinos, que no es nuevo sino secular: hispanistas versus indigenistas, puros contra sociales, limeños contra provincianos, el problema siempre ha sido el mismo: el no reconocimiento de lo andino por lo costeño. Antes el problema era parte de la discusión intelectual, no habÃa necesidad que la sangre llegue al rÃo. Pero hoy han cambiado las circunstancias históricas y sociales, y es inaceptable el no reconocimiento de una parte del Perú por una minorÃa, ya que ese otro Perú se ha ganado el reconocimiento a fuerza de mucho sufrimiento y trabajo. El Perú de hoy ya no es el de hace veinte años y como continúa el no reconocimiento el debate ya no puede darse como una conversación entre caballeros. Es explicable (no justificable ni enriquecedor) que la respuesta al menosprecio haya sido el vituperio, porque no hay que olvidar que están muy frescos los infaustos hechos de una guerra civil, que de alguna manera son parte de este problema. Este debate es parte de la literatura sobre la violencia en el paÃs.
Retrotrayendo el problema planteado por Hegel, de que no podemos ser “yo” sin ser “nosotros”, no podemos como peruanos adquirir una real identidad como “costeños” sin aceptarnos “andinos”. Esto parece imposible, y es difÃcil que ocurra en el corto plazo, pero si no sucede no seremos nunca un paÃs integrado, digno, justo y democrático. La democracia no sólo se limita votar cada cierto tiempo o a la libertad de expresión. La democracia es la igualdad de posibilidades para todos y el reconocimiento de que todos somos iguales, con los mismos deberes, pero también con los mismos derechos. No vivimos en la democracia griega donde un grupo de nobles atenienses tenÃa el derecho a tomar la palabra en el ágora. Pretendemos vivir en una democracia moderna donde todos tengamos el derecho a que nuestra palabra sea reconocida.
El verdadero reconocimiento del otro (no del otro semejante, sino del que es diferente) es más complejo que simplemente decir que yo, por ejemplo, como escritor “costeño”, reconozco el valor y la calidad literaria del escritor andino, etc. La originalidad del paso adelante es mucho más que eso. Implica que este reconocimiento para ser válido supone ponerse en el lugar de lo que no soy, en ser parte del otro. Para ser “costeño” me es indispensable ser “andino”, del mismo modo que para ser realmente masculino debo reconocer mi parte femenina, para ser realmente rico (en el mejor sentido de la palabra) debo comprender lo que significa ser pobre. Y en esta comprensión “sentirme” pobre es hacer de la pobreza MI problema.
Estas ideas son las verdaderamente revolucionarias en un mundo signado por la exclusión, la marginación, la pobreza. Son válidas para los seres humanos en general, pero en la actualidad han adquirido ribetes dramáticos porque justamente los hechos que están ocurriendo demuestran lo contrario al reconocimiento. Sarcozi gana las elecciones en Francia con una plataforma polÃtica cuyo punto central es el no reconocimiento del otro. La comunidad europea es un mito, porque en cada paÃs hay fuertes resistencias para el reconocimiento del otro, y en una realidad de ese tipo no se puede establecer una Constitución Europea. Los conflictos entre árabes y judÃos no se solucionan por falta del reconocimiento del uno por el otro. En los Estados Unidos, nación creada por inmigrantes, se busca convencer a los inmigrantes antiguos que para lograr una identidad realmente norteamericana hay que fomentar una polÃtica de no reconocimiento de los nuevos inmigrantes, sobre todo hispanos.
El Perú es un paÃs fracturado, donde nunca llegaremos a sustentar una identidad personal sin el reconocimiento del otro, y mucho menos construir una identidad colectiva. El padre Gustavo Gutiérrez, también en un evento reciente, nos decÃa que sin el reconocimiento del otro, pero no de cualquier otro sino sin el reconocimiento del pobre, no se podÃa hablar de un cristianismo auténtico. Pero basta ir a cualquier iglesia de Lima para percatarse de que en el templo los ricos se sientan adelante y los pobres atrás. Y que hay iglesias para ricos e iglesias para pobres. No se puede rezar en el templo anunciando que después del amor a Dios está el amor al prójimo, y cinco minutos después, fuera del templo, estamos odiando y discriminando al prójimo y, peor aún, al más débil. No soy sacerdote, pero supongo que ésa es una grave ofensa a Dios. Los católicos no pueden traicionar tantos las ideas fundamentales del catolicismo, sin pagar la factura, que los católicos pobres, que son la mayorÃa en América Latina, se conviertan en pentecostales y a otros grupos evangélicos donde no se da ese tipo de práctica religiosa. Para que esto no ocurra, para que los templos no se queden vacÃos, los católicos ricos deben reconocer como iguales a los católicos pobres. Hay que propiciar que se mezclen todos los fieles dentro de la iglesia y no ocupar zonas distintas. Y si somos realistas, en el Perú de hoy alguien con cara de pobre puede tener, y lo tiene, mucho más dinero que un hombre que con cara de rico que en realidad es pobre. Las inconsistencias de status son muy peligrosas. La relegación de gente que no se le merecÃa fue, quizás, el caldo de cultivo de donde salieron los dirigentes de los grupos que se alzaron en armas.
Soledad Escalante, al reflexionar en esta necesidad de reconocimiento del otro, se apoya en Hegel y fundamenta sus ideas a partir de la dialéctica de la auto-conciencia. Hegel sostiene que “la autoconciencia sólo se alcanza al reconocer la autoconciencia del otro”. La propia autoconciencia sólo es posible a través de la autoconciencia del otro. En esto se basa la dialéctica del reconocimiento. Y hace posible el diálogo intersubjetivo. Nos preguntamos: ¿es esto posible? O estarÃamos en un mundo hegeliano, idealista, cuando en la realidad la autoconciencia, la identidad personal se la está buscando en la negación del otro. Por ejemplo, en los Estados Unidos de Bush o en la Francia de Sarcozi, en el conflicto entre palestinos e israelÃes, en la negación constante del que es diferente a nosotros como la forma esencial de ser nosotros mismos. Por ejemplo, para ser un escritor al estilo de Vargas Llosa tengo que negar a Arguedas, para ser un escritor en la ruta trazada por Arguedas debo negar a todo lo que se parezca a un tipo de escritor como Vargas Llosa. No sólo hay una negación, sino violencia en esta negación; la violencia que se traduce en la práctica en la forma de silenciamiento del otro, o en el vituperio contra el otro. Entonces desaparece el debate, el derecho a la diversidad, y el engrandecimiento de una literatura justamente por su diversidad. Un mundo de ideas que deberÃa enriquecerse por el reconocimiento del otro da paso a todo lo contrario: a la lucha fratricida, a los insultos y las mil formas sutiles de negar al otro, como forma de autoafirmar soberbia o de manifestar resentimiento.
Estos fenómenos rebasan obviamente lo literario. Está en la polÃtica, en las elecciones para presidente de la República, en el conjunto de nuestras actividades cotidianas, en las formas como se expresa nuestra subjetividad, en las distintas sensibilidades en conflicto. Finalmente en la imposibilidad de crear nación, y de hacerla viable. Si no se lucha por el reconocimiento, entonces las vÃas de la paz se agotarán. Los inmigrantes hispanos le harán la vida imposible a Bush; los inmigrantes de origen africano o los musulmanes le harán la vida imposible a la Francia de Sarcozi y, por desgracia, a los franceses que no votaron por Sarcozi. Y en América Latina los pobres le harán la vida imposible a los ricos propiciando invasiones, asesinato de autoridades, delincuencia generalizada. Y en el Perú no se podrá vivir en paz nunca porque los pobres le harán la vida imposible a los ricos por la sencilla razón de que los ricos no se cansaron nunca de hacerle la vida imposible a los pobres. Hasta que un dÃa todas estas formas de violencia estallarán. No se necesita ser profeta para predecirlo. Cuando eso suceda se habrá agotado el camino de la paz y estará reabierto el camino de la guerra. Fracasado el camino del reconocimiento del otro, quedará abierta como posibilidad la total negación del otro, es decir el aniquilamiento del prójimo por el que no ha sido reconocido como prójimo.
¿Esto se puede evitar? La pregunta es en quién reposa la tarea de lograr en nuestra colectividad el reconocimiento del otro. ¿Es una actitud de todos en relación a todos? ¿De cada uno en relación al otro? Esto último probablemente no se va a producir por la naturaleza misma de los animales, a los que pertenece el ser humano, que sólo tienden a reconocer a sus semejantes. Todo el que no es igual a uno, representa peligro y mecanismos de defensa. Salvo quizás en la relación entre el hombre y el perro. Pero eso implica que unos vivan como hombres y otros como perros. Como fieles acompañantes del hombre. Es difÃcil imaginar una rebelión de los perros contra el hombre, pero una rebelión del hombre contra el hombre está implicada en los actos de todos los hombres, y de los hombres unidos en colectividades cuando se niega el reconocimiento. Si la lucha del reconocimiento del otro no depende de las personas individuales, no basta que un rico reconozca a un pobre como igual, mientras que miles de ricos no necesitan reconocer como semejante a millones de pobres para poseer identidad y conseguir reconocerse entre semejantes. En otro ejemplo: ¿de qué sirve que un hombre reconozca a una mujer como igual, cuando millones no lo hacen? ¿De qué sirve que unos cuantos blancos reconozcan que son iguales a los que no son blancos, si la mayorÃa de los blancos necesitan considerar a los no blancos como inferiores para autoafirmarse? ¿De qué sirve que un escritor costeño y cosmopolita reconozca como propio a un escritor andino si decenas de otros escritores “costeños” no reconocen a su pares “andinos” como parte de un todo? Lo que motiva como respuesta la reacción de decenas de escritores “andinos” que terminan rechazando tajantemente a los escritores “costeños”. Rechazo que reconvierte en odio. Y odio en violencia. Por ahora es verbal.
¿Es superable esta situación? ¿O no hay que remediarla, sino profundizar el odio? Esa es una cuestión fundamentalmente ideológica: o se cree en la paz o se cree en la guerra. Si se está por el lado de la paz -no al rechazo del otro, sà al reconocimiento del que es diferente-, ¿en manos de quién está la solución al problema? ¿En manos del Estado? ¿En la de los medios de comunicación? ¿En la responsabilidad social de intelectuales con altos niveles de autoconciencia?
Como dicen los marxistas, la teorÃa no es nada sin la praxis. Hay que distinguir entre lo que un hombre dice y lo que hace. Lo real está en la praxis, no en la teorÃa. En lo que hacemos, no en lo que decimos. Esto es válido para los que se dicen liberales y para los que se autoproclaman socialistas. Como dice la Biblia: “Por sus frutos los reconoceréis”. O en Juan 12,24: “Para dar fruto hay que saber morir a sà mismo”.
Los Disidentes uno por uno (tercera parte)
Por: Francisco Ãngeles
Quise poner el parche en la introducción a los cinco “disidentes” del lunes pasado, pero no me ligó: las medallitas volvieron a despertar la atención (y la discrepancia) de algunos lectores. La situación parece inevitable, asà que voy a seguir la corriente y darle a las medallas más importancia de la que para mà tenÃan hasta ahora. Como tampoco se trata de maquillar el mal menor ni del embellecimiento por contraste, esta semana la medalla de plata queda vacante (aunque sea el segundo mejor, el texto que obtiene bronce puede darse por bien servido con esa distinción). Y no habrá dos menciones sino tres, ya que creo que ninguno de los cuentos sin medalla justifica su ascenso al podio.
Finalmente, dos precisiones. Primero, a riesgo de ser redundante, debo decir que la valoración es exclusivamente en base al texto publicado en Disidentes, no del libro de donde fue tomado, y mucho menos por el conjunto de la obra (en el caso de los que tienen más de una publicación). Segundo, las tres menciones de esta semana no son de ninguna manera de similar calidad. Si a alguien le interesan las comparaciones, implÃcitamente las reseñas dirán algo al respecto. Eso por ahora. El próximo lunes ya veremos.
MEDALLA DE ORO
LA CONSTRUCCIÓN
EZIO NEYRA MAGAGNA
Con dos novelas muy distintas entre sÃ, habÃa bastante material para elegir. Y la elección ha sido la mejor: creo que el texto de Neyra que recoge Disidentes contiene las mejores páginas de todas las que el autor ha publicado hasta ahora. Puesto que hace más de un año escribà una reseña a Habrá que hacer algo mientras tanto (linkeada abajo), creo que no tengo mucho que añadir al respecto. Sin embargo, quiero señalar que al releer ese fragmento he confirmado lo que escribo al final de la reseña mencionada: esas páginas permiten suponer que en el futuro Neyra entregará obras más logradas de las que ha publicado hasta el momento. Y, ya que puedo extenderme en el capÃtulo llamado “La construcción”, voy a referirme a algunos aspectos en los que en la anterior oportunidad no pude detenerme.
Creo que no fui muy preciso al explicar cómo Neyra consigue hacer creÃble la absurda historia que narra (absurdo coherente con la alegorÃa que plantea la novela). Este capÃtulo, el mejor de los cuatro que componen Habrá que hacer algo mientras tanto, permite descubrir que el tono con que está narrada la historia es el que consigue dotar de fuerza y persuasión a la novela. El narrador de “La construcción” es frÃo, distante, desapasionado. Esto, que a simple vista puede sonar a defecto, es una virtud. Funciona muy bien porque lleva al nivel del lenguaje el escepticismo de los personajes y porque el estilo que utiliza el narrador constantemente manifiesta una posición crÃtica respecto de su propia tarea (construir una embarcación que sirva para escapar). El narrador explica y describe, pero no en esa lÃnea que utiliza el ambiente para acumular páginas que nada aportan al desarrollo de la historia. Neyra no necesita esos desgastados ases bajo de la manga (que no tienen nada de ases y menos están bajo la manga). Las descripciones que utiliza son mucho más útiles e incluso necesarias, ya que construyen una perspectiva y afirman una posición sobre las actividades que realiza, sin las cuales el libro no serÃa el mismo.
En el tránsito que separa Habrá que hacer algo mientras tanto de Todas mis muertes, Neyra asumió el riesgo de reinventarse como escritor. El saldo fue uno de los posibles y no el mejor. Por ello, es mejor quedarse con ese primer libro y tomarlo como punto de partida para sembrar expectativas que, a pesar del tropezón de Todas mis muertes, siguen siendo enteramente justificadas.
Sobre Habrá que hacer algo mientras tanto: Luis Aguirre, Francisco Ãngeles.
Sobre Todas mis muertes: Javier Ãgreda, Edwin Chávez.
MEDALLA DE BRONCE
LOS PUERTOS EXTREMOS
JOHANN PAGE
El cuento de Page narra dos historias que, en distintos lugares y momentos, corren paralelas en capÃtulos intercalados. Aunque inicialmente no parecen tener mayor conexión entre sÃ, es obvio que en algún momento encontraremos el punto de contacto. Asà que es cuestión de seguir leyendo para ver cómo-cuándo-dónde-por qué el autor imbricará las historias para que, apoyadas mutuamente, ambas adquieran un nuevo sentido que justifique la utilización de ese recurso.
Las dos historias que forman “Los puertos extremos” son de distinta calidad. La primera retrata un entorno familiar en la que el abuso (más que el uso) del lenguaje destroza los mejores intentos de buscar qué es exactamente lo que el autor quiso hacer. PodrÃamos citar numerosos ejemplos de frases que, por desgastadas, terminan siendo vacÃas (tipo “permaneció inmóvil observando la profundidad de la penumbra”). A cada momento se describe cómo está parado o sentado tal o cual, cómo es el paisaje que mira a través de la ventana, qué lejano recuerdo (irrelevante para la historia) viene a su mente. Lo que más se acerca a una anécdota (la pérdida de una vieja cantimplora que cae en un pozo) es bastante simple y no tiene mayor atractivo. Y la tensión que se anuncia entre algunos personajes apenas llega a ser trazos que nunca se sabe hacia dónde están dirigidos.
La segunda historia es mucho mejor. Aunque no escapa del todo de la tentación de la “frase bonita”, el relato avanza bastante bien, y consigue salvar al cuento de lo que, en la lÃnea de la otra historia, hubiera sido un descalabro aparatoso. A grandes rasgos, esto es lo que ocurre: un prisionero de guerra sorprende a su custodio, le quita el arma y después huye buscando su salvación. El soldado tiene una cantimplora, que se adivina como la misma que cayó al pozo en la otra historia. Un objeto como vestigio de la guerra, una idea tan atractiva como segura (ya ha sido muchas veces utilizada). No es la memoria sino un objeto, un objeto oculto o perdido (la cantimplora que cae al pozo y algún dÃa volverá a salir), el que sobrevivirá como testimonio. Inevitable pensar en el que debe ser el último ejemplo hollywoodense de ese tópico. Las cartas de Cartas desde Iwo Jima están enterradas, no son visibles, de la misma manera en que el terror de la guerra no es visible para la gente que vive décadas después de ocurrida. Sin embargo, las cartas están ahÃ, en algún momento saldrán a la luz, y a través de ellas se reconstruirá las historias Ãntimas, las no registradas por la historiografÃa, de la guerra. La presencia fÃsica de esos objetos sirve para reforzar la idea de “vestigio”, del resto que no se ha extinguido. El objeto (las cartas, la cantimplora) como sÃmbolo de que, por muy antiguo que sea, el trauma de la guerra no ha desaparecido.
En el cuento de Page, la traumática experiencia de quien se entiende fue el abuelo de la primera historia, sobrevive en la cantimplora. Y acierta en elegir para el relato de la guerra la variante que más se acerca a mostrar el terror que ésta produce en el ser humano. Page no escribe sobre la guerra en un nivel macro, no presenta a altos mandos militares discutiendo estrategias (lo que, intuyo, tal vez no es muy distinto de las reuniones del directorio de una empresa). Por el contrario, el horror de la guerra queda muy bien escenificado en el escape de un prisionero anónimo, en el terror ante la posibilidad de ser nuevamente capturado. Lo que se narra es el lado menos racional del ser humano, activado en plena guerra, en su lucha por sobrevivir.
Al leer algunos párrafos de esta segunda historia de “Los puertos extremos” recordé las páginas de Soldados de Salamina en las que el falangista Rafael Sánchez Mazas se oculta en el bosque esperando el momento de su salvación. Narrada muchos años después y a manera de reconstrucción, al igual que la pelÃcula de Eastwood, en Soldados de Salamina no hay cartas ni cantimplora, sino un testimonio. Pero el objeto, en este caso una persona, parece ser necesario para la reconstrucción. Por ello, el escritor que investiga la historia busca encontrar al anónimo soldado enemigo que le salvó la vida a Sánchez Mazas, y de esa manera comprobar que un hombre bondadoso sobrevive en un mundo en el que ninguna certeza parece mantenerse en pie. El escritor que investiga sabe que, si encuentra a ese soldado, será capaz de darle un nuevo sentido a su propia y arruinada vida.
Ese modelo de historias paralelas que, con variantes estructurales, también utiliza Soldados de Salamina (otra coincidencia), no es retomado por Page. “Los puertos extremos” no consigue volver necesaria la asociación entre una historia y otra. El cuento ha sido bien trazado, pero deja la sensación de ser mero artificio. El final, en el que se pretende esclarecer el punto de contacto entre las historias, no pasa de ser un débil intento por justificar a la fuerza la relación. Y aunque el cuento no deja de ser fallido, las páginas en que describe el escape del soldado fugitivo son suficientes para recomendar su lectura. Â
Sobre Los puertos extremos: Leonardo Aguirre, Aldo Incio.
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MENCIONES
UN PARÉNTESIS DE ALEGRÃA
ANTONIO MORETTI
La semana pasada, al comentar el cuento de Pedro Llosa, se mencionó que una de las situaciones tÃpicas en los cuentos de Ribeyro ocurrÃa cuando el protagonista estaba seguro de haber alcanzado un instante de gloria en medio de su vida gris. “Un paréntesis de alegrÃa”, ya desde su explicativo tÃtulo, sigue esa lÃnea.
Aunque el personaje principal, a quien se llama El Inefable, no tiene caracterÃsticas propias (”Cuando joven fue un soñador… Deseaba ser escritor y vivir en una buhardilla parisina con aromas de mujer europea”), se inscribe con facilidad en la serie de burócratas, marginales o consumidos por el tedio y la rutina de una vida sin brillo que caracteriza a los personajes de Ribeyro. El Inefable ha fracasado como poeta y ha trabajado como profesor por un cuarto de siglo (lo que siente como un desperdicio). Es un solitario que, en plena madurez, conoce a una chiquilla de diecisiete años que le hace despertar la ilusión de vivir un amor adolescente.
El cuento es sencillo y no muestra mayor pretensión en ningún nivel: la anécdota ha sido mil veces contada, el lenguaje es simple y directo, los personajes no están más desarrollados de lo necesario para la trama (aunque hubiera sido adecuado darle un poco más de consistencia a la musa adolescente). Ni siquiera busca ser sorpresivo en el final. Asà que debemos destacar que el autor haya descartado darle “nivel” a su relato con un lenguaje altisonante. Moretti parece haber sido consciente de que su cuento no era de antologÃa (aunque esté incluido en una) y la hace fácil y en pocas páginas (seis y media, el texto más breve de Disidentes). Por ello, el cuento nunca aburre y no presenta errores groseros (más allá de una frase que, por lo excesivamente común, debió ser tachada con plumón: “Lolita, pensó de inmediato” El Inefable al conocer a la chibola de sus sueños).
“Un paréntesis de alegrÃa” se narra con perfil bajo y consigue ser un cuento limpio y honesto con su escasa ambición. Pero si esa honestidad de no hacer pasar gato por liebre es un acierto, no quita que sea finalmente gato lo que nos han ofrecido. No encontramos ninguna voz ni perspectiva personal, ningún intento de darle un giro a los tópicos ya explotados por nuestra tradición realista (no en su versión totalizadora, sino en la barrial). Nada que lo diferencie de lo ya leÃdo muchas veces. Es cierto que en su propia estructura y desarrollo, el cuento manifiesta que no pretende ir más allá de donde efectivamente va. Pero de un cuento incluido en una antologÃa esperamos algo más.Â
TSUNAMI
SUSANNE NOLTENIUS
A una dama ni con el pétalo de una rosa, dirÃa “Galán antiguo” Stagnaro. Pues bien, Noltenius es la primera mujer “disidente” que me toca reseñar, y sirva la frase inicial para afirmar algo con lo que muchos podrán estar en desacuerdo: no puedo olvidar que una mujer escribió este cuento. Y tampoco podrÃa: el que, al menos en apariencia, es el tema principal de “Tsunami”, el temor a que el marido se vaya con una mujer más joven o más bonita, ya es tema recurrente en nuestra tradición (el caso extremo podrÃa ser la poco feliz colección de relatos Atado de nervios de Giovanna Pollarolo).
Si en la mayorÃa de ficciones de temática amorosa escritas por narradores peruanos en los últimos años el eje del relato es la imposibilidad de acceder a la mujer que se desea, en las ficciones que escriben las mujeres los personajes femeninos ya tienen a su lado a la persona que aman, pero tienen miedo de perderlo (alguien deberÃa analizar con detenimiento esa diferencia). Para el hombre, es un reto (que normalmente no se alcanza); para la mujer, una amenaza (que casi siempre llega a cumplirse). De manera distinta, hombres y mujeres fracasan por igual. Será que es muy difÃcil escribir un final feliz sin caer en la cursilerÃa, o que quienes no fracasan en la realidad jamás perderÃan su tiempo escribiendo al respecto (o, simplemente, escribiendo).Â
Veamos cómo aborda el tema el cuento aquà comentado: Mariela está a punto de cumplir cuarenta años, tiene dos hijos chicos, está casada con Carlos y se va a pasar una temporada a la playa con los niños (el marido se queda en casa). En ese nuevo universo marino, la protagonista establece relaciones con otras mujeres de su misma edad, algunas de las cuales ya eran previamente sus amigas. La más cercana es Inés. Y luego conoce a Susana, amiga de Inés, quien hace honor al tÃtulo del cuento, ya que aparece en escena realmente como un tsunami ante el cual Mariela se siente opacada (si no destruida).
La difÃcil relación con Susana, que se intuye viene acompañada de un ligero sentimiento de inferioridad, evidencia el tema de fondo del cuento: la mujer que al acercarse a los temidos cuarenta (temido no sólo por las mujeres, basta recordar El pozo de Onetti) siente que se va perdiendo a sà misma. La crisis existencial que afronta Mariela al darse cuenta de que ya no es la de antes se centra especialmente en el deterioro del cuerpo (de ahà las diversas menciones al aspecto fÃsico, como las nalgas caÃdas, y la comparación con Inés, quien “todavÃa no se tiñe el pelo”). A esa creciente sensación de pérdida, la protagonista incluye el exagerado temor de que uno de sus hijos se le pierda (quiere tenerlos siempre a la vista), y también el celo adolescente de que su mejor amiga se consiga otra que la desplace (Inés y Susana). Y a esos temores que amenazan destruir las bases en que descansa su identidad, Mariela le suma uno que aparece como el mayor: que el marido la deje.
El tsunami que se anuncia en los reportes televisivos y en los periódicos vendrÃa a ser la representación de la suma de amenazas en que se siente atrapada. Mariela ha perdido su antiguo aspecto fÃsico y con ello su seguridad, ya no confÃa en sà misma como ser socialmente aceptable (o apetecible). Por ello, todo se vuelve sospechoso, todo se puede derrumbar (Carlos la puede abandonar).
Más allá de un desarrollo coherente con el planteamiento de la historia, la mayor virtud del cuento es la capacidad de sugerencia que Noltenius consigue al describir las relaciones sociales que Mariela establece en esos dÃas de playa. Casi siempre estas relaciones presentan una tensión que no es del todo explÃcita. Todo queda en suspenso, siempre hay una amenaza no necesariamente justificada (por ejemplo, Mariela ve a una mujer en la playa y de inmediato piensa que a Carlos podrÃa gustarle).
Pero si la lección de la sugerencia es bien utilizada a lo largo del relato, no ha sido del todo bien asimilada en el inicio. Las primeras páginas, las más flojas del cuento, tienen serias dificultades para alzar vuelo. La historia, lejos de despegar rápidamente, queda estancada entre frases que hubiera sido conveniente eliminar, sobre todo sÃmiles que afianzan la escasa fluidez del relato: “las relaciones se vuelven intermitentes como una lÃnea punteada” (por superficial) o “hijos de diferentes edades circulan alrededor de cada una, dibujando órbitas, como satélites” (por obvio).
A pesar de las virtudes, “Tsunami” no es un cuento bien logrado porque por momentos cae en un discutible facilismo al elegir las circunstancias que representarán el resquebrajamiento de su mundo interno. Por ejemplo, la ambigua y escueta relación con un hombre que conoce mientras acompaña a sus hijos a clases de natación. La relación nunca llega a consumarse (ni siquiera acepta tomar un café con él), pero cuando conversa con Inés al respecto, su aparentemente liberal amiga opina que en esas pocas y breves conversaciones “ya hay una infidelidad”. Esta visión excesivamente cucufatona va de la mano con una representación de la mujer que no deja de tener visos de machismo. No sólo por la concepción del relato, que coloca al esposo en el lugar central de lo que se teme que pueda quedar devastado, sino porque ella misma se sitúa intelectualmente en una posición desfavorable respecto de él. Un ejemplo: cuando su esposo le explica a un grupo de amigos las previsiones que deben tomar ante la posibilidad de que el tsunami llegue a las costas, “Mariela no entiende bien a qué se refiere Carlos, pero igual piensa que ha dicho algo inteligente y lo admira por eso”.
Puesto que la escritora ha demostrado haber aprendido muy bien la lección de la sugerencia, incluso en el innecesario episodio con el hombre de la piscina, quizá debió aplicarla también en la principal metáfora de la historia. El tsunami nunca llega, lo que podrÃa interpretarse como que Mariela, después de tantas dudas, finalmente siente que sigue teniendo todo bajo control. Pero si el tsunami nunca hubiera sido mencionado fuera del tÃtulo, o si se hubiera mencionado menos explÃcitamente, se habrÃa enriquecido la sensación de próximo desastre que acompaña a Mariela (y con ella al lector) a lo largo del relato.
Sobre Crisis respiratoria: La Vaca Profana, José Miguel Herbozo.Â
HOSPITAL
SANTIAGO RONCAGLIOLO
Sobre Santiago Roncagliolo es posible encontrar muchas reseñas en distintos medios de varios paÃses. Asà que pensé que ésta podÃa ser una buena oportunidad para dejar de lado sus dos novelas más difundidas y comentadas, y escribir sobre un cuento que se mantiene a la sombra de las obras más conocidas. Ésa era la idea, pero después de leer el cuento, voy a hacer exactamente lo contrario de lo que pensaba. Si tenÃa previsto leer y escribir sobre “Hospital” como si no existieran Pudor y, sobre todo, Abril rojo, terminaré escribiendo sobre algo que incluso va un poco más allá de sus libros: la manera en que son recibidos, el lugar desde el que los juzgamos. Asà que esta reseña servirá para hacer algunas preguntas (más que para ofrecer respuestas) al respecto.
Estas lÃneas pueden ser las más discutibles y las más fáciles de desbaratar de todas las que escriba a lo largo de las veinte reseñas a Disidentes. Asà que daré una de esas opiniones que yo mismo destruirÃa rápidamente si la escuchara en boca de otro, pero que en la intimidad, dejando de lado los años de estudio en la carrera académica de literatura y la ruma de textos teóricos, admitirÃa que no es en absoluto descabellada. La idea es la siguiente: tengo la impresión de que a los peruanos nos cuenta leer a Roncagliolo (o a Daniel Alarcón, el otro joven narrador más exitoso) de la misma manera en que leemos a otros escritores de la misma generación. Obviamente, no espero que abordemos el texto en estado virginal, lo que además de imposible serÃa inútil. Cada uno tiene sus propios y necesarios parámetros al momento de enfrentarse a un texto (unos más refinados y válidos que otros, por supuesto). Asà que no me refiero a esa esquema mental preexistente al abrir un libro cualquiera, sino a la manera en que manejamos los datos extratextuales, la envoltura en la que un libro de, por ejemplo, Roncagliolo, llega a nuestras manos.
Para no hablar por nadie más que por mà mismo, diré que por mucho esfuerzo que haga, y por mucho que sepa que las circunstancias son accesorias y el texto es lo importante, me será imposible leer Abril rojo de la misma manera en que lo leerÃa si el autor fuera un desconocido y yo hubiese comprado el libro en un remate de a luca. En esa misma lÃnea, no sé a cuántas personas les hubiera gustado Abril rojo si ésta aparecÃa clandestinamente en una edición de autor. En el caso de Roncagliolo (quizá también en el de Alarcón), creo que las circunstancias extraliterarias pueden jugar en su contra: la valla ha sido colocado previamente a una altura bastante alta, las expectativas son mayores, quizá esperamos demasiado. Y todo esto en base la información previa, antes de abrir el libro.
No es lo ideal, pero creo que es lo que sucede. Leà Pudor hace un par de años y no estoy tan seguro que de la mala opinión que me quedó hubiera sido la misma si el libro hubiese sido escrito por el desconocido amigo de un amigo. Aunque el análisis de un crÃtico puede mantenerse inalterable, el sesgo de la lectura y la valoración de un lector común puede sufrir alguna alteración. Si el escritor publicaba en una editorial desconocida y nadie le daba bola, probablemente hubiese rescatado las virtudes (porque las tiene) de una novela como Pudor. Pero si el mismo texto aparece internacionalmente en Alfaguara pierde el beneficio de la duda (la vecina que nos parece un cuero siempre será más fea que la top model que decimos que sólo está en algo).
En sentido opuesto, la envoltura mediática y editorial también puede jugar a favor de los autores, sobre todo con los lectores menos expertos. El haber ganado un premio de prestigio puede llevar a leer un libro mediocre en su totalidad o con mas atención (hay que seguir porque “algo debe tener”). Y, en el caso extremo, un lector de un libro por año puede terminar pensando que simplemente no lo entendió.
Las preguntas que por ahora no me animo a responder: ¿la crÃtica juzga los libros independientemente de las circunstancias que rodean su publicación? Si no lo hace, ¿está cometiendo un error? ¿O se justificarÃa que la reseña tome en cuenta el prejuicio a favor que puede tener un libro galardonado? PodrÃa ser que sÃ. Es evidente que un lector no especializado puede asumir que el prestigio de un premio lo convierte de inmediato en un buen libro, y por ello no estarÃa del todo errado tratar al libro con mayor severidad. Asà que la última pregunta es: ¿es válido que la crÃtica no olvide las expectativas del público al escribir una reseña?Â
Finalmente, vamos al texto que motivó la digresión anterior. Hace buen tiempo, y esto es sólo un intuición, que me parece que quizá no haya otro narrador joven en el Perú capaz de contar historias con la facilidad con que lo hace Roncagliolo (aunque eso, por supuesto, no lo hace mejor escritor que los demás). Creo que si uno lleva a tomar unas chelas a Roncagliolo y a otros escritores jóvenes, ninguno podrÃa sacar de ahà una historia con la rapidez con que lo harÃa Roncagliolo, aunque en la noche no haya ocurrido nada especial. Uno lo lee y parece fácil (y tengo la sospecha que sà le resulta muy fácil. En todo caso el talento serÃa uno semejante: lo disimula mucho mejor que los demás). El problema es que ese talento para narrar historias permite la aparición de un cuento como “Hospital”. Un tipo sin mucho talento se sienta a teclear y no le sale nada. Roncagliolo teclea y sale “Hospital”. Por ello, el cuento no es malo, pero es de una tibieza decepcionante. Uno de esos relatos que permiten llegar hasta el final sin tirar el libro al otro lado de la habitación, pero que una vez terminados dejan la sensación de que nada ha cambiado, que no han añadido absolutamente nada a nuestra experiencia de lectores. Uno de eso cuentos cumplidores, fácilmente olvidables.
En “Hospital” el narrador es un joven que viaja a Sao Paulo con su padre para acompañarlo en una operación al corazón, en la misma época en que se juega la Copa América. No sucede gran cosa durante el viaje, y si el relato tiene algún interés se debe al oficio que demuestra el escritor. Un par de pinceladas le bastan para transformar a sus personajes en seres medio excéntricos, todos con una peculiaridad que los distingue (se adivina que más en la mirada del narrador que en la realidad): el encargado de la cafeterÃa, un mitad paraguayo que le enseña frases en guaranÃ, es evangélico y le habla de la salvación; los pacientes de la clÃnica son todos “viejos verdes juergueros y bonachones” que andan “metiéndole mano” todo el dÃa a las enfermeras, quienes, para no quedarse atrás en su colorida descripción, son siempre “gordas y malhumoradas”; un obeso psicólogo que trabaja en un manicomio le invita unas cervezas mientras ven un partido de fútbol. Pero los encuentros del narrador con esos personajes no cambia en absoluto su perspectiva ni su relación con el nuevo entorno que lo acoge. Por ello, ese catálogo de pintorescos personajes se siente menos como una descripción auténtica del mundo representado, y parece más el intento del narrador de presentarse a sà mismo como un sujeto acostumbrado a relacionarse con seres que no parecen muy “normales”. Es como si los otros personajes existieran sólo para que él los conozca.
Brasil golea a Perú en el Maracaná la tarde en que el padre es operado, y en la aplastante victoria auriverde queda simbolizado el fracaso de los dos peruanos en tierras paulistas. Pero tengo una analogÃa que me gusta más: el fracaso de la selección es el mismo fracaso de un relato que cae goleado frente al facilismo con que, en este cuento, el autor ha desaprovechado su indiscutible talento. Â
Sobre Pudor: Gustavo Faverón, Javier Ãgreda, Leonardo Aguirre, Omar Guerrero.
Sobre Abril rojo: Javier Ãgreda, Iván Thays, Jack MartÃnez.
* El próximo lunes, los cinco últimos: Miguel Ruiz Effio, Daniel Soria, Claudia Ulloa, Christopher van Ginhoven, Carlos Yushimito.
Lobo doméstico
LOS CABALLEROS NO HABLAMOS DE ESAS COSAS (PERO SÃ LAS ESCRIBIMOS)
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Por: Leonardo Aguirre
Mi primer libro, Manual para cazar plumÃferos, se cierra con una pieza titulada “Mi vida en Beatles” y subtitulada “Ticket to ride across the universe of my golden slumbers”. Honestamente, escribà ese cuento con la intención medio tramposa de tapar el sánguche y darle un barniz de coherencia y continuidad a una colección más bien heterogénea. Por eso, además de contar anécdotas verÃdicas de mi infancia y adolescencia vinculadas con la discografÃa beatle, me las arreglé para incluir el making of (también verÃdico) de cada uno de los relatos anteriores. Y sucede que, en la mayorÃa de los casos, ese making of comprometÃa la decencia de alguna mujer. Sin embargo, una está en Italia y de ninguna manera leerá ese libro. Otra está en Trujillo y, hasta donde sé, será imposible que lo consiga pues allá no se vende mi Manual. Una tercera sà vive en Lima y, aunque no puedo asegurar que haya leÃdo las pestes que dije de ella, intuyo que, por lo menos, algo le habrán chismeado: después de la presentación del Manual, me la he cruzado tres o cuatro veces en sendas fiestas y nunca aceptó bailar conmigo.
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Pero la cuarta, quizá la más perjudicada, sà que me armó un berrinche. Aunque tampoco le sirvió de mucho; como resulta evidente, una vez más escribiré sobre ella.
Sucede que un año antes del bendito libro, G. y yo tuvimos una especie de romance. Y no digo romance a secas porque se trataba de una relación extraña, hÃbrida, clandestina y culposa. Algo asà como amigos cariñosos o amigos con privilegios. Y no podÃa ser de otra manera pues G. ya estaba casi comprometida. Yo me metà por los palos sabiendo que el famoso novio estudiaba una maestrÃa en Contabilidad al otro lado del charco.
Ya escribà antes sobre un taller de narrativa informal animado por un puñado de amigos de Comunicaciones y este servidor. Y también mencioné que los mejores ejercicios de ese taller se convirtieron después en un volumen de cuentos titulado Papel cometa: 6 cuentos y 1 bonus track que publicó la propia Facultad de Comunicaciones de la PUC en el 2004, con prólogo de Abelardo Sánchez León. Pues bien, mi amiga con privilegios se encargó, precisamente, de diagramar los textos y diseñar la portada. Dado que G. era la diseñadora oficial de la facultad y yo, digamos, era el vocero del taller, resultaba natural que trabajáramos juntos. De hecho, ella acudió tres o cuatro veces a nuestras reuniones dedicadas exclusivamente a discutir la selección final. Y, lo más importante, pasé muchas noches en su casa revisando la diagramación y corrigiendo las tildes. Asà surgió el romance y asà lo conté en el relato susodicho. Con pelos y señales, con puntos y comas. Describiendo, paso a paso, el largo y tortuoso camino de las teclas al catre y de los (dos) paréntesis al punto final.
Pero el novio, intempestivamente (parece que ya se las olÃa), decidió regresar a finales del 2004, dÃas antes de la presentación de Papel cometa (el fruto el taller, el fruto de su vientre), y pasó la navidad con G. No lo soporté. Ella no sé si tal vez. El caso es que dimos por cancelada nuestra inconfesable relación la misma tarde de la presentación del volumen, en un salón del pabellón Z, mientras compartÃamos un pisco sour más frÃo que nunca. Terminamos de forma muy civilizada. Nada de besos, nada de abrazos, nadie lloró. Hubo fuego pero no quedó ni un solo punto de ceniza.
Ésa fue la última vez que la vi. Pero no fue la última vez que supe de ella. Un año más tarde, y una semana antes de presentar el Manual, G. me llamó al celular. Yo estaba tirado en el sillón, viendo un partido insulso de la premier league, y ella, según me explicaba, seguÃa trabajando en la oficina de la facultad y en ese mismo instante estaba mirando el monitor y corrigiendo un párrafo de mi libro. SÃ, mi libro. La versión final en un archivo adjunto que me envió Ezio Neyra la noche anterior.
Entonces recordé que Don Huevón le habÃa dado el password un año antes, cuando todo era felicidad entre nosotros (y cuando el otro Don memorizaba números mientras yo disfrutaba de una mayúscula ortografÃa). Aquella vez, como aún no tenÃa internet, el muy amarrete de Don Huevón se ahorraba una luca llamando a G. para que le leyera todos los correos por teléfono. Bueno, sÃ, era un huevón, pero también estaba enamorado (es lo mismo, en realidad). Y lo peor de todo es que a Don Huevón nunca se le ocurrió cambiar el password. ¿Don Huevón? Reverendo Huevón.
Asà que la doña, según parece, nunca dejó de vigilar, sistemáticamente, mi buzón. Y entonces encontró el correo de Ezio y encontró el libro y encontró “Mi vida en Beatles” y encontró un largo párrafo que versaba, con lúbrica prolijidad, sobre todas aquellas noches en su casa dizque trabajando en la corrección de Papel cometa.
Esa llamada terminó con una amenaza: “Si no borras ese párrafo, yo misma lo haré. Y mañana o pasado publicaré tu libro con ése y otros cortes, antes de la publicación de Matalamanga.”
No lo hice. Pero esa llamada me dejó sicoseado y resolvà operar algunas modificaciones destinadas a proteger la identidad de la vÃctima. Nada importante: otro color de pelo, un chaplÃn en vez de apellido, lunares y no pecas, ese tipo de cosas. No alteré la historia. No suprimà al contador. Quité las pecas, dejé los pecados. Y supuse que con esas enmiendas serÃa más que suficiente. Además, cómo no, injerté tres lÃneas de teorÃa literaria para dummies sobre la naturaleza de la ficción.
Sin embargo, la doña no se contentó con eso (Don Huevón le mandó de inmediato un adjunto con los retoques) y su segunda llamada fue una segunda amenaza: “Además del libro cortado, iré a tu presentación y te haré un escándalo. O quitas todo el párrafo o ya sabes qué.”
No lo hice. Peor aún, sin hacer un censo previo de toda la concurrencia, esa noche de la presentación del Manual me armé de valor (o conchudez) y agoté mis veinte minutos de micrófono contando, grosso modo (sin detalles gruesos), la misma anécdota de este post.
G. no se apareció. No hubo brindis con pisco sour. Nunca más volvió a timbrar mi celular. Y yo me olvidé el asunto hasta que, una mañana, meses después, mientras paseaba por Quilca, me tropecé con mi segundo libro. Mi segundo libro y yo ni me habÃa enterado. En la sección de remates de china de una librerÃa especializada en libros de computación, junto a números pasados de PC world y Mecánica popular, descubrà veinte ejemplares de un volumen de relatos escritos por Leonardo Aguirre cuya portada era negra con letras rojas. No habÃa solapa, no habÃa foto, no habÃa currÃculum. Revisé el Ãndice y, obviamente, faltaba el último relato. Como soy medio exquisito, me negué a aceptar la existencia de ese libro artesanal y mutilado y, en el acto, compré esos veinte ejemplares y otra docena más que el anciano guardaba en la trastienda.
Y luego, cómo no, apenas llegué a mi jato apliqué la técnica de mi pata Soria.Â
Homenaje a José Watanabe
El Centro de Estudiantes de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (CELIT) ha organizado un homenaje al poeta José Watanabe, que contará con la participación del Dr. Marco Martos, Presidente de la Academia Peruana de la Lengua, y del profesor y crÃtico Camilo Fernández Cozman.
La cita es mañana viernes a las 8 pm en la Municipalidad de Miraflores (avenida Larco, a la altura del parque Kennedy). El ingreso es libre. Puede encontrar más información en el blog del CELIT.