Los disidentes uno por uno (segunda parte)
Monday June 04th 2007, 6:41 am
Filed under: Hablablog, Reseñas

Eiffel.jpgPor: Francisco Ángeles

Tres o cuatro amigos me habían advertido que éste podía ser el grupo más parejo (”a ver cómo los vas a ordenar”, me dijo uno). Esos comentarios quizá olvidaban que el discutible asunto de poner medallas es anecdótico y accesorio (sólo era para darle un poco de color al asunto). Pero como ya empecé la semana pasada, me veo obligado a seguir adelante con mi medallero personal. En mi favor, debo decir que tampoco es para arañarse tanto: es lo mismo que ponerle estrellitas a las películas o hacer recuentos de “lo mejor del año”.

El problema no son las medallas en sí mismas, sino que su presencia puede distorsionar la manera en que son recibidas las reseñas. Tengo varios amigos y conocidos entre los antologados, y en la última semana me he dado cuenta de que les importa muy poco lo que escriba sobre sus textos, pero sí muestran interés por saber si les tocará alguna medallita o sólo una modesta mención. Supongo que esa vanidad de la que ninguno escapa despierta el espíritu de competencia. Como encargado de las reseñas, me gustaría que no se le diera a las medallas más valor del que realmente tienen, y espero que si en estas líneas hay algo que pueda despertar interés sean las reseñas y no el orden en que, con la mayor honestidad posible, he colocado a los escritores.

Finalmente, ya que eso parece importarle tanto a los escritores comentados, debo aclarar que las dos “menciones” de cada grupo no son de distinta jerarquía (no hay una “primera” y una “segunda”). Siempre irán en orden alfabético. Dicho esto, aquí los cinco de la semana: 

garciafalcon.jpgMEDALLA DE ORO
LA TIERRA MÁS LEJANA
MARCO GARCÍA FALCÓN

Muy bien recibido por la crítica cuando publicó su primer libro, Paris personal, García Falcón presenta en Disidentes uno de los relatos de su ópera prima. Puesto que el saldo es decididamente favorable, empecemos por los reparos.

La anécdota es sencilla: el narrador viaja a Paris buscando recuperar los pasos de su hermana menor, Vera, quien ha muerto en esa ciudad tiempo atrás. En el esquema que sigue el autor para desarrollar la historia, todo es previsible e incluso estereotipado: la hermana era una muchacha extraña (de chica jugaba en el jardín con amigos imaginarios), se encerraba a leer, escribía poesía, no se adaptaba a la sociedad (es talentosa, pero inútil). Tal como corresponde, Vera decide viajar a Paris a realizar sus sueños artísticos. Y, claro, al final se suicida. Sí, pues, suena conocido.

Pregunta fija: ¿entonces por qué “La tierra más lejana” es un cuento bastante bueno? En primer lugar, señalaré la razón que considero menos importante. García Falcón tiene un estilo que a grandes rasgos sigue el mismo modelo que utiliza la mayoría de los narradores antologados: un estilo cuidado, “bonito”, con imágenes, en algunos casos hasta musical. La ventaja de García Falcón es que ejecuta ese estilo con mayor soltura, y que tiene el buen gusto de casi nunca caer en excesos estilísticos que cortan la fluidez de la lectura.

Sin embargo, el mérito que considero más valioso, talento antes que oficio, es que el autor sabe contagiar al lector de una atmósfera espiritual que penetra en la piel y perturba, a pesar de que lo narrado no sea otra cosa que una suma de lugares comunes. A riesgo de sonar demasiado “impresionista”, utilizaré la palabra adecuada: lo que García Falcón tiene es un feeling arrollador que deja al lector inmóvil y con el libro abierto una vez concluida la lectura. Lo que García Falcón tiene (repito las palabras para enfatizar) es ese nervio que difícilmente se puede conseguir a base de esfuerzo y voluntad, esa marca de fábrica con la que, creo, uno nace o no nace (lo demás, en mayor o menor medida, se puede aprender).

Cuando el autor publicó Paris personal, creo que nadie hubiera esperado que pasen cinco largos años sin que llegara a nuestras manos su segunda entrega. A nombre propio, diré que me gustaría leer algo nuevo de García Falcón (a quien no conozco y sobre el que no tengo ninguna noticia). Con mayor oficio que en su libro debut, oficio que le permita deshacerse para siempre de los lugares comunes, los logros pueden resultar insospechados.  

PS. Casi cedo a la tentación de servirme del nombre de Vera para lanzar una de esas hipótesis que a veces son tan divertidas (y a menudo injustificadas) al diseccionar un texto. Dejo la pelota dando bote: el nombre de la suicida es el mismo de la que quizá sea la más conocida esposa de un célebre escritor. En vista de que la familia de los personajes es polaca (no está tan lejos), la metáfora oculta, aunque cursilona, sería que Vera murió soltera sólo en apariencia (en realidad estaba casada con la literatura, personificada por Nabokov). En ese caso, sólo faltó que, de niña, Vera jugara a capturar mariposas y no a hablar con amigos imaginarios. Si el autor hubiera dejado esa señal, me lanzaba con todo a la búsqueda de más relaciones. Será para la próxima.

iparraguirre.jpgMEDALLA DE PLATA
EL INVENTARIO DE LAS NAVES
ALEXIS IPARRAGUIRRE

No es poco lo que se puede decir a favor del cuento de Alexis Iparraguirre (en realidad, es tanto como lo que se puede decir en contra). Destaquemos en primer lugar, y no es poca cosa, que de todos los textos comentados hasta ahora, el de Iparraguirre es quizá el que más se ha arriesgado en la construcción de un universo propio. Ahí está su mérito, pero también su perdición.

Desde las primeras líneas, “El inventario de las naves” recrea un universo contaminado por una atmósfera de destrucción. En una época que se adivina como un futuro no muy lejano (recurso que, bien manejado, siempre le agrega cierta sensación perturbadora a un relato), el autor presenta la inminencia del colapso en dos situaciones paralelas: un extraño caso que debe resolver el comisario Dovidjenko (brutales asesinatos colectivos que incluyen cercenamiento de cuerpos), y feroces cambios climáticos a los que, de acuerdo a lo anunciado por los reportes, se sumará un huracán que amenaza devastar un mundo de por sí en decadencia (el catalizador externo que termina por hacer estallar la frágiles estructuras internas). La relación entre uno y otro hecho no es explícita, pero queda acertadamente sugerida. Más que pensar en el clima como metáfora de la violencia y degradación del mundo en que habitan los personajes, sería conveniente retomar la idea de corporización que Zizek aplica al interpretar Los pájaros (y en ese caso, el clima y el huracán son efectivamente reales).

Aunque el recurso no es en absoluto novedoso (Hollywood lo ha explotado en películas de diverso calibre), el relato gana interés conforme avanzan las investigaciones: todo indica que el serial killer ejecuta su proceso de aniquilamiento siguiendo una interpretación personal del Segundo Canto de La Ilíada. De manera que analizando detenidamente ese Canto, se puede anticipar los próximos movimientos del asesino. La idea no deja de ser atractiva: la única verdad, todas las posibles respuestas al pasado y al futuro, están en la literatura (muy bien representada por el texto homérico).

Hasta aquí todo muy bien. Pero hacia la segunda mitad del relato, el logrado universo que Iparraguirre ha puesto en marcha busca convertirse en una alegoría que nunca llega a cuajar. La presencia de un Borges a manera de un típico dios omnipotente resulta muy frágil (el final, homenaje a “Las ruinas circulares”,  pretende ser coherente con esa idea, pero sólo consigue aumentar la sensación de que en algún momento la narración desvarió). 
 
A favor de Iparraguirre se puede decir que, como proyecto narrativo, el relato es  complejo y ambicioso, y que tranquilamente aceptaría bastante más de lo expresado en estas pocas líneas. Pero esa misma complejidad es la que enfatiza la sensación de no haber logrado redondear adecuadamente los méritos alcanzados en las primeras páginas. Es como si el autor, sabiendo el material que tenía en las manos, se hubiese esforzado en llevar esa complejidad al extremo, por momentos gratuitamente, en busca de un tour de force rotundo, y en ese camino perdió de vista la funcionalidad del relato.

Finalmente, diremos que la lectura de “El inventario de las naves” permite iniciar una discusión que puede resultar interesante: ¿llegar a entender lo que el autor quiso decir necesariamente mejora la valoración de una obra? ¿Qué pasa si esa ideología no explícita apenas es una opinión sin mayor brillo ni desarrollo? Dejo las preguntas ahí y paso al siguiente texto. 

Sobre El inventario de las naves: Luis Aguirre, Luis Hernán Castañeda,  Daniel Salvo.

pedro llosa.jpgMEDALLA DE BRONCE
BUSCANDO A FORSTER
PEDRO LLOSA

Primera virtud: el autor no es ningún gil. En uno de los diálogos, el narrador le dice a Eric Huiman, el héroe de la historia, que le recuerda a López, el tesonero morenaje a quien Ribeyro dio vida en “Alienación”. De esa manera, Llosa le quita a los ojos cizañeros la posibilidad de señalar una copia (y, como la filiación es evidente, ese gesto basta para convertirlo en un homenaje).

No encuentro elementos que me permitan hablar de “Buscando a Forster” como una parodia del cuento de Ribeyro. Podría ser una reelaboración libre que respeta las líneas esenciales de “Alienación”. Si López quería viajar a Estados Unidos, Eric Huiman, el protagonista de “Buscando a Forster”, sueña con vivir en Inglaterra. Un poco más ambicioso que el zambo López, el “trigueño Huiman” no se conforma con llegar a las islas británicas, sino que aspira a convertirse en estudiante de Cambridge. Si López utiliza la guerra para asegurarse un porvenir en suelo norteamericano (se ofrece como voluntario para ir a Corea), Huiman es menos belicoso pero igual de arriesgado: seduce a una inglesa impresentable que a sus treinta años sigue siendo virgen (se aplica la frase del tío Facundo Cabral: “con esa cara no era ninguna virtud”). Uno y otro personaje, el de Ribeyro y el de Llosa, llegan a vivir en su país añorado. Uno y otro, también, a pesar de ese aparente éxito terminan fracasando.

Mas allá de la anécdota, los dos cuentos también coinciden en ser narrados por un amigo del personaje principal (colectivo en el caso de Ribeyro), quien tiempo después va haciendo un registro de la historia de su esforzado compinche. En los dos cuentos las informaciones sobre los protagonistas son imprecisas, llegan de segunda mano o son completadas por la imaginación.

Por otro lado, las coincidencias formales son muy visibles (citemos una frase típicamente ribeyrana: “Edward Morgan Foster había sido un individuo que pasó por los claustros y las calles de Cambridge con mucha trascendencia y poca rebelión”). La prosa de Llosa, bien elaborada, le debe mucho sobre todo al Ribeyro del volumen Silvio en El Rosedal (y no sólo porque ahí está incluido “Alienación”). Como su modelo, Llosa consigue que el humor cumpla una función dentro de la secuencia de los acontecimientos, y no sea un simple chiste prescindible.

Un nuevo punto de contacto: cierta debilidad por la sentencia, utilizada a menudo por Ribeyro, sobre todo en sus diarios y en Prosas apátridas. En ese mismo camino, Llosa también pretende universalizar una situación particular y no cae tan lejos del aforismo: “desarrolló una dependencia imperceptible, un cariño que está en los gestos más inocuos y que mantiene juntos a los matrimonios viejos”.

Eric Huiman fracasa, pero no a la manera en que lo hacen los típicos héroes de Ribeyro (por ejemplo, los de “Una aventura nocturna” o “Espumante en el sótano”), quienes después de haber creído que al fin la buena estrella parece iluminarlos y ha llegado el instante en que todo está a punto de cambiar, vuelven a su triste realidad. Llosa le da un giro existencialista al típico fracaso ribeyrano. Es cierto que la ilusión del éxito se mantiene, pero no como una circunstancia definitiva sino como el cumplimiento de los pasos previos en el tránsito hacia el objetivo final. En el cuento de Llosa todo termina de acuerdo a lo planificado. Después de numerosas peripecias, Huiman consigue todo lo que quiere. Pero una vez logrado, el pobre Eric no sabe de qué sirvió o qué sentido tiene.

“Buscando a Forster” es un buen cuento, un cuento clásico, quizá demasiado clásico, pero como ha sido bien diseñado y está narrado con acierto y gracia, difícilmente puede decepcionar al lector. Menos aún a la fiel hinchada de Julio Ramón. 

Sobre Protocolo Rorschach: Juan Carlos Bondy, Niki Tito, Roberto Limo.

MENCIONES

augusto effio.jpgLA ÚLTIMA ENTREGA DE JESÚS CAMARENA
AUGUSTO EFFIO

Más de una persona me ha hablado muy bien de Lecciones de origami, el primer libro de Augusto Effio. Y al comentar el cuento elegido para Disidentes, alguien me dijo que no es de los más destacados del conjunto. Veamos qué pasa.

El protagonista es un visitador médico que viaja con frecuencia al interior del país. Siempre resulta interesante acercarse a un personaje que desempeña un oficio con el que la mayoría no tiene contacto, y que tampoco suele ser recreado literariamente (por ejemplo, la extraordinaria aproximación al universo de los traductores simultáneos que hace Javier Marías en Corazón tan blanco). En este caso, y por mucho que cite de memoria nombres de productos y compare a la gente que observa con las medicinas que ofrece, el protagonista no llega a ser un personaje del todo consistente. Un visitador médico no es otra cosa que un vendedor especializado, y como cualquier profesional de la venta que quiera sobrevivir en ese campo, debería ser un tipo al que nadie va a hacer cholito. Sin embargo, a Camarena se la hacen linda. 

Cuando se habla de las cajas que debe entregar (siempre en cursivas de las que tranquilamente se pudo prescindir) muy rápido se despierta en el lector la certeza de que algo anda mal con ellas (y que ahí está la clave). Es demasiado evidente que sus viajes, su sueldo multiplicado y la bondad con que es tratado por su jefe Marino Celada (tampoco era necesario ilustrar en el apellido la jugada que le estaba haciendo) esconden algo sospechoso. Evidente para cualquiera, y para el lector antes que nadie, pero no para Camarena, quien le da muchas vueltas al asunto y tarda demasiado en descubrir que por ahí está la respuesta.
 
Vamos a la historia: Camarena ha sido enviado a entregar sus productos al pequeño pueblo de San Cristóbal, donde tiene una amante. La esposa lo espera en casa y nosotros lo seguimos, paso por paso, a lo largo del viaje. La secuencia, narrada con una prosa a veces excesivamente recargada, se vuelve repetitiva y por momentos deja la sensación de que no se sabe hacia dónde va. Sin embargo, en medio de esa acumulación de palabras, el autor va dejando sembrados los datos que le servirán para su broche de oro.

Effio ha trazado con inteligencia la estructura del cuento, y el final que se esperaba (y que temí que el autor juzgara sorpresivo) es reemplazado por una variante mucho más interesante que justifica los pasos precedentes. El relato clásico al que Effio recurre como modelo (una progresión lineal hacia el final inesperado) es utilizado abusando de situaciones anodinas que, sin ningún atractivo por sí mismas, juegan exclusivamente para el desenlace. Por ello, el cuento hubiera quedado mucho mejor si el autor hubiese conseguido dotar de algún sentido previo a esas situaciones, y no sólo las acumule para que encuentren su justificación en la última página. 

Camarena es una víctima y el cuento pretende (y en parte lo logra) que el lector también lo sea. Habrá que leer Lecciones de origami en su totalidad y comprobar si en otros relatos Effio consigue llevar a mejor puerto el oficio narrativo que, pese a los reparos, sin ninguna duda aquí demuestra. 

Sobre Lecciones de origami: Enrique Prochazka, Olga Rodríguez Ulloa, Sandro Bossio, La Vaca Profana.

victorfalcon.jpgDENTRO DE UNA TUBERÍA ROTA
VÍCTOR FALCÓN CASTRO

Dos libros de cuentos han bastado para que el autor consiga perfilar un estilo bastante llamativo. Aunque los relatos incluidos en Cómo alterar el orden de todo y Mujeres a punto de alzar vuelo siguen un esquema tradicional de cuento, el tipo de escritura que Falcón ha elegido llama la atención puesto que lleva el minimalismo a un extremo que, siendo funcional, puede llegar a resultar chocante. Ilustremos la idea con un fragmento:

“Se sienta a mi costado. Tiene unos treinta años. Huele a alcohol y sostiene un cigarro con la boca. Vemos la película, me acaricia la pierna. Me desabotona los pantalones y hace los mismos con los suyos. Comienzo a chupársela. Escucho pasos y jadeos por todos lados. Quiere que lo acompañe a su carro”.   

Los cuentos de Falcón vienen a ser una especie de versión naif del realismo sucio nacional de la década pasada. El autor retoma los tópicos de fines de los noventa (pesimismo juvenil, experiencias con drogas, la dificultad de encontrarle un sentido a la vida), pero sus personajes muestran una inocencia a veces incompatible con el universo representado.

A grandes rasgos, podemos dividir sus cuentos en dos. Un primer tipo, en el que Falcón alcanza sus mejores logros, estaría formado por relatos en los que un personaje de clase media (o media alta) se va adentrando en una realidad sórdida que no conoce. En estos cuentos, el lector va descubriendo de la mano del protagonista ese mundo oscuro en el que, a veces sin proponérselo, el personaje ha incursionado.

En el segundo tipo de cuentos, el protagonista de uno u otro modo pertenece a ese mundo sórdido. El problema es que su mirada sigue siendo la de alguien que observa algo que le resulta ajeno, y esa pureza no hace creíble su aparente familiaridad con los terrenos de degradación en los que se mueve.

“Dentro de una tubería rota”, el cuento elegido para Disidentes, pertenece a esa segunda clase de cuentos, y por ello no termina de convencer. El narrador relata sus peripecias en un cine porno, donde suele ir a pasar el rato y obtener  algunas monedas a cambio de sus servicios. La geografía del lugar es previsible: caseritos que le invitan coca, gemidos altisonantes, condones regados en el baño, e incluso estereotipos totalmente prescindibles (”Se baja el cierre y la hace crecer. Es enorme”). Más allá de su adecuación o no a la realidad, en el cuento queda la sensación de que todas esas circunstancias no son más que el decorado que sirve para darle brillo y credibilidad a la escena

En mejores páginas de su dos libros, Falcón ha demostrado que es capaz de escribir cuentos redondos, aunque se le puede reprochar que todos son muy similares entre sí: una sucesión precisa de situaciones que desemboca en un final que busca ser sorpresivo (y a veces lo consigue). Falta ahora que demuestre que puede dejar de lado la fórmula narrativa que ha venido utilizando con éxito, y empiece a practicar jugadas más arriesgadas.

Sobre Cómo alterar el orden de todo: Niki Tito.

Sobre Mujeres a punto de alzar vuelo: Imberbe muchacho.

* Los cinco del próximo lunes: Antonio Moretti, Ezio Neyra, Sussane Noltenius, Johann Page, Santiago Roncagliolo.


19 Comments so far
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Por lo que se esfuerza en justificar la medalla de plata de Iparraguirre pareciera que quisiera excusarse por no darle la de oro.

Comment by corderito 06.04.07 @ 2:02 pm

Los comentarios sobre los autores, en especial el que hace sobre Víctor Falcón, asumen como medida tu sensibilidad, Ángeles. No todos tiene la tuya (que considera a Cordero con Sachimi de Aguirre como una obra maestra). Asi que debiste escoger otro punto de referencia para no morderte la cola

Comment by lobo estepario 06.04.07 @ 2:38 pm

Pero si la crítica siempre es y debe ser subjetiva!!!
No pues, Estepario, de hecho que la sensibilidad personal es la que manda en los comentarios literarios. Más tino, por favor.

Comment by Coki Terralde 06.04.07 @ 4:34 pm

Bueno, la subjetividad manda, pero esta debe sostenerse en argumentos y criterios estéticos sólidos.

Comment by Long Halloween 06.04.07 @ 5:01 pm

No abusen de la palabra subjetiva. Aquí la sensibilidad de Ángeles es bantante objetiva: un cúmulo de experiencias personales+lecturas que lo moldean+carga biológica. ¿Eso no es cuantificable. medible, etc? Que sea difícil, no lo hace imposible. Creo que lo que pide estepario es que Ángeles se deje de adjetivos y gritos emocionados y dé argumentos que todos podamos compartir y debatir. La apelación a sus gustos y a su carga biológica no es discutible. Son los suyos y punto. Pero el sesgo de sus lecturas puede discutirse. Que esa sea la base de su jucio me parece más sensato y que, amante del fair play, diga cuáles son.

Comment by corderito 06.04.07 @ 5:14 pm

Francisco, coincido con tu valoración del texto de García Falcón, pero te faltó agregar que hay dos o tres cuentos más de muy buena factura en su libro (recuerdo uno sobre un crítico textual) y que éste, en general, gana por el conjunto. A mí me dejó una excelente impresión y yo también espero leer algo más de él. Una cosa: si fue bien recibo por la crítica, ¿por qué no linkeaste alguna reseña?

Comment by Teodoro 06.04.07 @ 7:37 pm

Sí, es lamentable no haber podido encontrar reseñas sobre Paris personal en internet. El libro es de 2002, y con el tiempo varias reseñas van desapareciendo de la red (por ejemplo, Luis Aguirre publicó en Correo dos o tres más de las que actualmente pueden encontrarse colgadas).

Sobre el libro de García Falcón puede encontrarse comentarios dentro de distintos balances sobre narrtiva última. Pero como no son textos dedicados a Paris personal, no los he linkeado.

Saludos.

Comment by Francisco Angeles 06.04.07 @ 7:56 pm

Víctor Falcón me parece un escritor con una prosa que deja mucho que desear y una temática muy manida, por no decir agotada que es la del realismo sucio.

Comment by Anonymous 06.04.07 @ 8:07 pm

De Pedro Llosa el reseñista dice: “Primera virtud: el autor no es ningún gil”. ¿Se puede comenzar una apreciación crítica de esa manera, Sr. Ángeles? Necesita usted llevar, urgentemente, un taller de crítica literaria… tal vez así deje de ser un reseñista tan gil.

Comment by Anonymous 06.04.07 @ 11:58 pm

jaja ésa sí que me gustó (y no es ironía).

Saludos, anónimo, sigue comentando.

Comment by Francisco Angeles 06.05.07 @ 1:16 am

¿Qué tal, Angeles, si linkeas las entrevistas a Pedro Llosa y Alexis Iparraguirre en letras.s5.com?

Comment by becario 06.05.07 @ 1:38 am

Hola Becario
Si linkeo esas entrevistas, me vería obligado a hacer lo mismo con todas las que encuentre a los demás escritores. Pero quien quiera recomedar alguna reseña, entrevista, etc. a cualquiera de los escritores comentados, puede enviar el link en esta sección.

Saludos.

Comment by Francisco Angeles 06.05.07 @ 4:37 am

Un dato. Hace un par de semanas descubrì que mi hermano estaba leyendo (cosa rara) un libro de literatura y se trataba nada menos que del libro de Garcìa Falconí en una ediciòn escolar. A mi hermano le han gustado un par de cuentos (cosa más rara aùn) y el comentario que haces me ha picado el diente…

Comment by Johua Méndez 06.05.07 @ 3:04 pm

Iparraguirre hubiera ganado la medalla de oro si fuera un “chico bueno”, de lo que salen a entrevistar a Faverón en plan de pequeño saltamontes

Comment by corderito 06.05.07 @ 5:07 pm

Sobre el cuento de Iparraguirre debo decir está bien escrito pero que no lo encuentro muy original. La estructura es calcada de “La muerte y la brújula” y el final, nada logrado, nos remite como muchos otros cuentos al ya demasiado manoseado Borges. Además hay dos cosas que no se las cree nadie: el supuesto lenguaje de Borges -este no usaría ni en pesadillas muchas de las palabras que se supone lo representan- y eso de que María Kodama aparece como una chibola drogadicta que muere asesinada.

Comment by Fans de Borges 06.06.07 @ 3:11 pm

El cuento de Iparraguire nunca identifica al asesino con Borges ni este lo admite. Por otro lado, las intrusiones del universo no borgesiano en el texto se puede entender como el “escándalo de folletín”, del cual el asesino habla en su monólogo final. El autor-asesino debe de recurrir al camouflage de su estilo a través de la cultura popular para no ser identificado con el escritor argentino porque si no sería muy fácil rastrearlo todo. Por la fidelidad al interxteto, a la Iliada de Homero y a la puesta al día del legado Borgiano, González Vigil lo llamo formidable homenaje a la muerte y la brújula. Pero a mi me late que Sospechosos COmunes tiene mucho que ver, como el mismo Iparraguirre lo dice en su entrevista en letras.s5

Comment by bebeto 06.07.07 @ 6:47 pm

chévere, pero si se necesita explicar el chiste (y encima, recurrir a gonzáles vigil), entonces el cuento es mediocre, no? o acaso se venderá el libro con un manual de instrucciones?

Comment by romario 06.08.07 @ 2:58 am

No, el chiste se explica para los que no juegan, siempre es así. Los que no saben, pierden. Vallejo lo usó: quién pueda entender que entienda.

Comment by bebeto 06.08.07 @ 5:43 pm

Otra cosa: y el tercer análisis? ¿Se les acabó el entusiasmo?

Comment by bebeto 06.08.07 @ 5:51 pm



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