Los Disidentes uno por uno (tercera parte)
Monday June 11th 2007, 8:45 am
Filed under: Hablablog,Reseñas

disidgrupo3.jpgPor: Francisco Ángeles

Quise poner el parche en la introducción a los cinco “disidentes” del lunes pasado, pero no me ligó: las medallitas volvieron a despertar la atención (y la discrepancia) de algunos lectores. La situación parece inevitable, así que voy a seguir la corriente y darle a las medallas más importancia de la que para mí tenían hasta ahora. Como tampoco se trata de maquillar el mal menor ni del embellecimiento por contraste, esta semana la medalla de plata queda vacante (aunque sea el segundo mejor, el texto que obtiene bronce puede darse por bien servido con esa distinción). Y no habrá dos menciones sino tres, ya que creo que ninguno de los cuentos sin medalla justifica su ascenso al podio.

Finalmente, dos precisiones. Primero, a riesgo de ser redundante, debo decir que la valoración es exclusivamente en base al texto publicado en Disidentes, no del libro de donde fue tomado, y mucho menos por el conjunto de la obra (en el caso de los que tienen más de una publicación). Segundo, las tres menciones de esta semana no son de ninguna manera de similar calidad. Si a alguien le interesan las comparaciones, implícitamente las reseñas dirán algo al respecto. Eso por ahora. El próximo lunes ya veremos.

ezioneyra.jpgMEDALLA DE ORO
LA CONSTRUCCIÓN
EZIO NEYRA MAGAGNA

Con dos novelas muy distintas entre sí, había bastante material para elegir. Y la elección ha sido la mejor: creo que el texto de Neyra que recoge Disidentes contiene las mejores páginas de todas las que el autor ha publicado hasta ahora. Puesto que hace más de un año escribí una reseña a Habrá que hacer algo mientras tanto (linkeada abajo), creo que no tengo mucho que añadir al respecto. Sin embargo, quiero señalar que al releer ese fragmento he confirmado lo que escribo al final de la reseña mencionada: esas páginas permiten suponer que en el futuro Neyra entregará obras más logradas de las que ha publicado hasta el momento. Y, ya que puedo extenderme en el capítulo llamado “La construcción”, voy a referirme a algunos aspectos en los que en la anterior oportunidad no pude detenerme.

Creo que no fui muy preciso al explicar cómo Neyra consigue hacer creíble la absurda historia que narra (absurdo coherente con la alegoría que plantea la novela). Este capítulo, el mejor de los cuatro que componen Habrá que hacer algo mientras tanto, permite descubrir que el tono con que está narrada la historia es el que consigue dotar de fuerza y persuasión a la novela. El narrador de “La construcción” es frío, distante, desapasionado. Esto, que a simple vista puede sonar a defecto, es una virtud. Funciona muy bien porque lleva al nivel del lenguaje el escepticismo de los personajes y porque el estilo que utiliza el narrador constantemente manifiesta una posición crítica respecto de su propia tarea (construir una embarcación que sirva para escapar).  El narrador explica y describe, pero no en esa línea que utiliza el ambiente para acumular páginas que nada aportan al desarrollo de la historia. Neyra no necesita esos desgastados ases bajo de la manga (que no tienen nada de ases y menos están bajo la manga). Las descripciones que utiliza son mucho más útiles e incluso necesarias, ya que construyen una perspectiva y afirman una posición sobre las actividades que realiza, sin las cuales el libro no sería el mismo.

En el tránsito que separa Habrá que hacer algo mientras tanto de Todas mis muertes, Neyra asumió el riesgo de reinventarse como escritor. El saldo fue uno de los posibles y no el mejor. Por ello, es mejor quedarse con ese primer libro y tomarlo como punto de partida para sembrar expectativas que, a pesar del tropezón de Todas mis muertes, siguen siendo enteramente justificadas.

Sobre Habrá que hacer algo mientras tanto: Luis Aguirre, Francisco Ángeles.

Sobre Todas mis muertes: Javier Ágreda, Edwin Chávez.

johann page.jpgMEDALLA DE BRONCE
LOS PUERTOS EXTREMOS
JOHANN PAGE

El cuento de Page narra dos historias que, en distintos lugares y momentos,  corren paralelas en capítulos intercalados. Aunque inicialmente no parecen tener mayor conexión entre sí, es obvio que en algún momento encontraremos el punto de contacto. Así que es cuestión de seguir leyendo para ver cómo-cuándo-dónde-por qué el autor imbricará las historias para que, apoyadas mutuamente, ambas adquieran un nuevo sentido que justifique la utilización de ese recurso.

Las dos historias que forman “Los puertos extremos” son de distinta calidad. La primera retrata un entorno familiar en la que el abuso (más que el uso) del lenguaje destroza los mejores intentos de buscar qué es exactamente lo que el autor quiso hacer. Podríamos citar numerosos ejemplos de frases que, por desgastadas, terminan siendo vacías (tipo “permaneció inmóvil observando la profundidad de la penumbra”). A cada momento se describe cómo está parado o sentado tal o cual, cómo es el paisaje que mira a través de la ventana, qué lejano recuerdo (irrelevante para la historia) viene a su mente. Lo que más se acerca a una anécdota (la pérdida de una vieja  cantimplora que cae en un pozo) es bastante simple y no tiene mayor atractivo. Y la tensión que se anuncia entre algunos personajes apenas llega a ser trazos que nunca se sabe hacia dónde están dirigidos.

La segunda historia es mucho mejor. Aunque no escapa del todo de la tentación de la “frase bonita”, el relato avanza bastante bien, y consigue salvar al cuento de lo que, en la línea de la otra historia, hubiera sido un descalabro aparatoso. A grandes rasgos, esto es lo que ocurre: un prisionero de guerra sorprende a su custodio, le quita el arma y después huye buscando su salvación. El soldado tiene una cantimplora, que se adivina como la misma que cayó al pozo en la otra historia. Un objeto como vestigio de la guerra, una idea tan atractiva como segura (ya ha sido muchas veces utilizada). No es la memoria sino un objeto, un objeto oculto o perdido (la cantimplora que cae al pozo y algún día volverá a salir), el que sobrevivirá como testimonio. Inevitable pensar en el que debe ser el último ejemplo hollywoodense de ese tópico. Las cartas de Cartas desde Iwo Jima están enterradas, no son visibles, de la misma manera en que el terror de la guerra no es visible para la gente que vive décadas después de ocurrida. Sin embargo, las cartas están ahí, en algún momento saldrán a la luz, y a través de ellas se reconstruirá las historias íntimas, las no registradas por la historiografía, de la guerra. La presencia física de esos objetos sirve para reforzar la idea de “vestigio”, del resto que no se ha extinguido. El objeto (las cartas, la cantimplora) como símbolo de que, por muy antiguo que sea, el trauma de la guerra no ha desaparecido.

En el cuento de Page, la traumática experiencia de quien se entiende fue el abuelo de la primera historia, sobrevive en la cantimplora. Y acierta en elegir para el relato de la guerra la variante que más se acerca a mostrar el terror que ésta produce en el ser humano. Page no escribe sobre la guerra en un nivel macro, no presenta a altos mandos militares discutiendo estrategias (lo que, intuyo, tal vez no es muy distinto de las reuniones del  directorio de una empresa). Por el contrario, el horror de la guerra queda muy bien escenificado en el escape de un prisionero anónimo, en el terror ante la posibilidad de ser nuevamente capturado. Lo que se narra es el lado menos racional del ser humano, activado en plena guerra, en su lucha por sobrevivir.

Al leer algunos párrafos de esta segunda historia de “Los puertos extremos” recordé las páginas de  Soldados de Salamina en las que el falangista Rafael Sánchez Mazas se oculta en el bosque esperando el momento de su salvación. Narrada muchos años después y a manera de reconstrucción, al igual que la película de Eastwood, en Soldados de Salamina no hay cartas ni cantimplora, sino un testimonio. Pero el objeto, en este caso una persona, parece ser necesario para la reconstrucción. Por ello, el escritor que investiga la historia busca encontrar al anónimo soldado enemigo que le salvó la vida a Sánchez Mazas, y de esa manera comprobar que un hombre bondadoso sobrevive en un mundo en el que ninguna certeza parece mantenerse en pie. El escritor que investiga sabe que, si encuentra a ese soldado, será capaz de darle un nuevo sentido a su propia y arruinada vida.

Ese modelo de historias paralelas que, con variantes estructurales, también utiliza Soldados de Salamina (otra coincidencia), no es retomado por Page. “Los puertos extremos” no consigue volver necesaria la asociación entre una historia y otra. El cuento ha sido bien trazado, pero deja la sensación de ser mero artificio. El final, en el que se pretende esclarecer el punto de contacto entre las historias, no pasa de ser un débil intento por justificar a la fuerza la relación. Y aunque el cuento no deja de ser fallido, las páginas en que describe el escape del soldado fugitivo son suficientes para recomendar su lectura.  

Sobre Los puertos extremos: Leonardo Aguirre, Aldo Incio.

 

MENCIONES

moretti.jpgUN PARÉNTESIS DE ALEGRÍA
ANTONIO MORETTI

La semana pasada, al comentar el cuento de Pedro Llosa, se mencionó que una de las situaciones típicas en los cuentos de Ribeyro ocurría cuando el protagonista estaba seguro de haber alcanzado un instante de gloria en medio de su vida gris. “Un paréntesis de alegría”, ya desde su explicativo título, sigue esa línea.

Aunque el personaje principal, a quien se llama El Inefable, no tiene características propias (“Cuando joven fue un soñador… Deseaba ser escritor y vivir en una buhardilla parisina con aromas de mujer europea”), se inscribe con facilidad en la serie de burócratas, marginales o  consumidos por el tedio y la rutina de una vida sin brillo que caracteriza a los personajes de Ribeyro. El Inefable ha fracasado como poeta y ha trabajado como profesor por un cuarto de siglo (lo que siente como un desperdicio). Es un solitario que, en plena madurez, conoce a una chiquilla de diecisiete años que le hace despertar la ilusión de vivir un amor adolescente.

El cuento es sencillo y no muestra mayor pretensión en ningún nivel: la anécdota ha sido mil veces contada, el lenguaje es simple y directo, los personajes no están más desarrollados de lo necesario para la trama (aunque hubiera sido adecuado darle un poco más de consistencia a la musa adolescente). Ni siquiera busca ser sorpresivo en el final. Así que debemos destacar que el autor haya descartado darle “nivel” a su relato con un lenguaje altisonante. Moretti parece haber sido consciente de que su cuento no era de antología (aunque esté incluido en una) y la hace fácil y en pocas páginas (seis y media, el texto más breve de Disidentes). Por ello, el cuento nunca aburre y no presenta errores groseros (más allá de una frase que, por lo excesivamente común, debió ser tachada con plumón: “Lolita, pensó de inmediato” El Inefable al conocer a la chibola de sus sueños).

“Un paréntesis de alegría” se narra con perfil bajo y consigue ser un cuento limpio y honesto con su escasa ambición. Pero si esa honestidad de no hacer pasar gato por liebre es un acierto, no quita que sea finalmente gato lo que nos han ofrecido. No encontramos ninguna voz ni perspectiva personal, ningún intento de darle un giro a los tópicos ya explotados por nuestra tradición realista (no en su versión totalizadora, sino en la barrial). Nada que lo diferencie de lo ya leído muchas veces. Es cierto que en su propia estructura y desarrollo, el cuento manifiesta que no pretende ir más allá de donde efectivamente va. Pero de un cuento incluido en una antología esperamos algo más. 

susane noltenius.jpgTSUNAMI
SUSANNE NOLTENIUS

A una dama ni con el pétalo de una rosa, diría “Galán antiguo” Stagnaro. Pues bien, Noltenius es la primera mujer “disidente” que me toca reseñar, y sirva la frase inicial para afirmar algo con lo que muchos podrán estar en desacuerdo: no puedo olvidar que una mujer escribió este cuento. Y tampoco podría: el que, al menos en apariencia, es el tema principal de “Tsunami”, el temor a que el marido se vaya con una mujer más joven o más bonita, ya es tema recurrente en nuestra tradición (el caso extremo podría ser la poco feliz colección de relatos Atado de nervios de Giovanna Pollarolo).

Si en la mayoría de ficciones de temática amorosa escritas por narradores peruanos en los últimos años  el eje del relato  es la imposibilidad de acceder a la mujer que se desea, en las ficciones que escriben las mujeres los personajes femeninos ya tienen a su lado a la persona que aman, pero tienen miedo de perderlo (alguien debería analizar con detenimiento esa diferencia). Para el hombre, es un reto (que normalmente no se alcanza); para la mujer, una amenaza (que casi siempre llega a cumplirse). De manera distinta, hombres y mujeres fracasan por igual. Será que es muy difícil escribir un final feliz sin caer en la cursilería, o que quienes no fracasan en la realidad jamás perderían su tiempo escribiendo al respecto (o, simplemente, escribiendo). 

Veamos cómo aborda el tema el cuento aquí comentado: Mariela está a punto de cumplir cuarenta años, tiene dos hijos chicos, está casada con Carlos y se va a pasar una temporada a la playa con los niños (el marido se queda en casa). En ese nuevo universo marino, la protagonista establece relaciones con otras mujeres de su misma edad, algunas de las cuales ya eran previamente sus amigas. La más cercana es Inés. Y luego conoce a Susana, amiga de Inés, quien hace honor al título del cuento, ya que aparece en escena realmente como un tsunami ante el cual Mariela se siente opacada (si no destruida).

La difícil relación con Susana, que se intuye viene acompañada de un ligero sentimiento de inferioridad, evidencia el tema de fondo del cuento: la mujer que al acercarse a los temidos cuarenta (temido no sólo por las mujeres, basta recordar El pozo de Onetti) siente que se va perdiendo a sí misma. La crisis existencial que afronta Mariela al darse cuenta de que ya no es la de antes se centra especialmente en el deterioro del cuerpo (de ahí las diversas menciones al aspecto físico, como las nalgas caídas, y la comparación con Inés, quien “todavía no se tiñe el pelo”). A esa creciente sensación de pérdida, la protagonista incluye el exagerado temor de que uno de sus hijos se le pierda (quiere tenerlos siempre a la vista), y también el celo adolescente de que su mejor amiga se consiga otra que la desplace (Inés y Susana). Y a esos temores que amenazan destruir las bases en que descansa su identidad, Mariela le suma uno que aparece como el mayor: que el marido la deje.

El tsunami que se anuncia en los reportes televisivos y en los periódicos vendría a ser la representación de la suma de amenazas en que se siente atrapada. Mariela ha perdido su antiguo aspecto físico y con ello su seguridad, ya no confía en sí misma como ser socialmente aceptable (o apetecible). Por ello, todo se vuelve sospechoso, todo se puede derrumbar (Carlos la puede abandonar).

Más allá de un desarrollo coherente con el planteamiento de la historia, la mayor virtud del cuento es la capacidad de sugerencia que Noltenius consigue al describir las relaciones sociales que Mariela establece en esos días de playa. Casi siempre estas relaciones presentan una tensión que no es del todo explícita. Todo queda en suspenso, siempre hay una amenaza no necesariamente justificada (por ejemplo, Mariela ve a una mujer en la playa y de inmediato piensa que a Carlos podría gustarle).

Pero si la lección de la sugerencia es bien utilizada a lo largo del relato, no ha sido del todo bien asimilada en el inicio. Las primeras páginas, las más flojas del cuento, tienen serias dificultades para alzar vuelo. La historia, lejos de despegar rápidamente, queda estancada entre frases que hubiera sido conveniente eliminar, sobre todo símiles que afianzan la escasa fluidez del relato: “las relaciones se vuelven intermitentes como una línea punteada” (por superficial) o “hijos de diferentes edades circulan alrededor de cada una, dibujando órbitas, como satélites” (por obvio).

A pesar de las virtudes, “Tsunami” no es un cuento bien logrado porque por momentos cae en un discutible facilismo al elegir las circunstancias que representarán el resquebrajamiento de su mundo interno. Por ejemplo, la ambigua y escueta relación con un hombre que conoce mientras acompaña a sus hijos a clases de natación. La relación nunca llega a consumarse (ni siquiera acepta tomar un café con él), pero cuando conversa con Inés al respecto, su aparentemente liberal amiga opina que en esas pocas y breves conversaciones “ya hay una infidelidad”. Esta visión excesivamente cucufatona va de la mano con una representación de la mujer que no deja de tener visos de machismo. No sólo por la concepción del relato, que coloca al esposo en el lugar central de lo que se teme que pueda quedar devastado, sino porque ella misma se sitúa intelectualmente en una posición desfavorable respecto de él. Un ejemplo: cuando su esposo le explica a un grupo de amigos las previsiones que deben tomar ante la posibilidad de que el tsunami llegue a las costas, “Mariela no entiende bien a qué se refiere Carlos, pero igual piensa que ha dicho algo inteligente y lo admira por eso”.

Puesto que la escritora ha demostrado haber aprendido muy bien la lección de la sugerencia, incluso en el innecesario episodio con el hombre de la piscina, quizá debió aplicarla también en la principal metáfora de la historia. El tsunami nunca llega, lo que podría interpretarse como que Mariela, después de tantas dudas, finalmente siente que sigue teniendo todo bajo control. Pero si el tsunami nunca hubiera sido mencionado fuera del título, o si se hubiera mencionado menos explícitamente, se habría enriquecido la sensación de próximo desastre que acompaña a Mariela (y con ella al lector) a lo largo del relato.

Sobre Crisis respiratoria: La Vaca Profana, José Miguel Herbozo. 

roncagliolo.jpgHOSPITAL
SANTIAGO RONCAGLIOLO

Sobre Santiago Roncagliolo es posible encontrar muchas reseñas en distintos medios de varios países. Así que pensé que ésta podía ser una buena oportunidad para dejar de lado sus dos novelas más difundidas y comentadas, y escribir sobre un cuento que se mantiene a la sombra de las obras más conocidas. Ésa era la idea, pero después de leer el cuento, voy a hacer exactamente lo contrario de lo que pensaba. Si tenía previsto leer y escribir sobre “Hospital” como si no existieran Pudor y, sobre todo, Abril rojo, terminaré escribiendo sobre algo que incluso va un poco más allá de sus libros: la manera en que son recibidos, el lugar desde el que los juzgamos. Así que esta reseña servirá para hacer algunas preguntas (más que para ofrecer respuestas) al respecto.

Estas líneas pueden ser las más discutibles y las más fáciles de desbaratar de todas las que escriba a lo largo de las veinte reseñas a Disidentes. Así que daré una de esas opiniones que yo mismo destruiría rápidamente si la escuchara en boca de otro, pero que en la intimidad, dejando de lado los años de estudio en la carrera académica de literatura y la ruma de textos teóricos, admitiría que no es en absoluto descabellada. La idea es la siguiente: tengo la impresión de que a los peruanos nos cuenta leer a Roncagliolo (o a Daniel Alarcón, el otro joven narrador más exitoso) de la misma manera en que leemos a otros escritores de la misma generación. Obviamente, no espero que abordemos el texto en estado virginal, lo que además de imposible sería inútil. Cada uno tiene sus propios y necesarios parámetros al momento de enfrentarse a un texto (unos más refinados y válidos que otros, por supuesto). Así que no me refiero a esa esquema mental preexistente al abrir un libro cualquiera, sino a la manera en que manejamos los datos extratextuales, la envoltura en la que un libro de, por ejemplo, Roncagliolo, llega a nuestras manos.

Para no hablar por nadie más que por mí mismo, diré que por mucho esfuerzo que haga, y por mucho que sepa que las circunstancias son accesorias y el texto es lo importante, me será imposible leer Abril rojo de la misma manera en que lo leería si el autor fuera un desconocido y yo hubiese comprado el libro en un remate de a luca. En esa misma línea, no sé a cuántas personas les hubiera gustado Abril rojo si ésta aparecía clandestinamente en una edición de autor. En el caso de Roncagliolo (quizá también en el de Alarcón), creo que las circunstancias extraliterarias pueden jugar en su contra: la valla ha sido colocado previamente a una altura bastante alta, las expectativas son mayores, quizá esperamos demasiado. Y todo esto en base la información previa, antes de abrir el libro.

No es lo ideal, pero creo que es lo que sucede. Leí Pudor hace un par de años y no estoy tan seguro que de la mala opinión que me quedó hubiera sido la misma si el libro hubiese sido escrito por el desconocido amigo de un amigo. Aunque el análisis de un crítico puede mantenerse inalterable, el sesgo de la lectura y la valoración de un lector común puede sufrir alguna alteración. Si el escritor publicaba en una editorial desconocida y nadie le daba bola, probablemente hubiese rescatado las virtudes (porque las tiene) de una novela como Pudor. Pero si el mismo texto aparece internacionalmente en Alfaguara pierde el beneficio de la duda (la vecina que nos parece un cuero siempre será más fea que la top model que decimos que sólo está en algo).

En sentido opuesto, la envoltura mediática y editorial también puede jugar a favor de los autores, sobre todo con los lectores menos expertos. El haber ganado un premio de prestigio puede llevar a leer un libro mediocre en su totalidad o con mas atención (hay que seguir porque “algo debe tener”). Y, en el caso extremo, un lector de un libro por año puede terminar pensando que simplemente no lo entendió.

Las preguntas que por ahora no me animo a responder: ¿la crítica juzga los libros independientemente de las circunstancias que rodean su publicación? Si no lo hace, ¿está cometiendo un error? ¿O se justificaría que la reseña tome en cuenta el prejuicio a favor que puede tener un libro galardonado? Podría ser que sí. Es evidente que un lector no especializado puede asumir que el prestigio de un premio lo convierte de inmediato en un buen libro, y por ello no estaría del todo errado tratar al libro con mayor severidad. Así que la última pregunta es: ¿es válido que la crítica no olvide las expectativas del público al escribir una reseña? 

Finalmente, vamos al texto que motivó la digresión anterior. Hace buen tiempo, y esto es sólo un intuición, que me parece que quizá no haya otro narrador joven en el Perú capaz de contar historias con la facilidad con que lo hace Roncagliolo (aunque eso, por supuesto, no lo hace mejor escritor que los demás). Creo que si uno lleva a tomar unas chelas a Roncagliolo y a otros escritores jóvenes, ninguno podría sacar de ahí una historia con la rapidez con que lo haría Roncagliolo, aunque en la noche no haya ocurrido nada especial. Uno lo lee y parece fácil (y tengo la sospecha que sí le resulta muy fácil. En todo caso el talento sería uno semejante: lo disimula mucho mejor que los demás). El problema es que ese talento para narrar historias permite la aparición de un cuento como “Hospital”. Un tipo sin mucho talento se sienta a teclear y no le sale nada. Roncagliolo teclea y sale “Hospital”. Por ello, el cuento no es malo, pero es de una tibieza decepcionante. Uno de esos relatos que permiten llegar hasta el final sin tirar el libro al otro lado de la habitación, pero que una vez terminados dejan la sensación de que nada ha cambiado, que no han añadido absolutamente nada a nuestra experiencia de lectores.  Uno de eso cuentos cumplidores, fácilmente olvidables.

En “Hospital” el narrador es un joven que viaja a Sao Paulo con su padre para acompañarlo en una operación al corazón, en la misma época en que se juega la Copa América. No sucede gran cosa durante el viaje, y si el relato tiene algún interés se debe al oficio que demuestra el escritor. Un par de pinceladas le bastan para transformar a sus personajes en seres medio excéntricos, todos con una peculiaridad que los distingue (se adivina que más en la mirada del narrador que en la realidad): el encargado de la cafetería, un mitad paraguayo que le enseña frases en guaraní, es evangélico y le habla de la salvación;  los pacientes de la clínica son todos “viejos verdes juergueros y bonachones” que andan “metiéndole mano” todo el día a las enfermeras, quienes, para no quedarse atrás en su colorida descripción, son siempre “gordas y malhumoradas”; un obeso psicólogo que trabaja en un manicomio le invita unas cervezas mientras ven un partido de fútbol. Pero los encuentros del narrador con esos personajes no cambia en absoluto su perspectiva ni su relación con el nuevo entorno que lo acoge. Por ello, ese catálogo de pintorescos personajes se siente menos como una descripción auténtica del mundo representado, y parece más el intento del narrador de presentarse a sí mismo como un sujeto  acostumbrado a relacionarse con seres que no parecen muy “normales”. Es como si los otros personajes existieran sólo para que él los conozca.

Brasil golea a Perú en el Maracaná la tarde en que el padre es operado, y en la aplastante victoria auriverde queda simbolizado el fracaso de los dos peruanos en tierras paulistas. Pero tengo una analogía que me gusta más: el fracaso de la selección es el mismo fracaso de un relato que cae goleado frente al facilismo con que, en este cuento, el autor ha desaprovechado su indiscutible talento.  

Sobre Pudor: Gustavo Faverón, Javier Ágreda, Leonardo Aguirre, Omar Guerrero.

Sobre Abril rojo: Javier Ágreda, Iván Thays, Jack Martínez.

* El próximo lunes, los cinco últimos: Miguel Ruiz Effio, Daniel Soria, Claudia Ulloa, Christopher van Ginhoven, Carlos Yushimito.




Francisco. Tus críticas pueden ser discutibles. No voy entrar a ese terreno. Lo que deseo es felicitarte por haberlas hecho. Los libros salen y salen y no son criticados. Salvo Agreda en La República, Gonzáles Vigil, en el Comercio y Olga Rodriguez en Correo, los libros salen y no pasan de una reseña, sin interpretación. Los tres críticos mencionados, sobre todo los dos primeros, no se les niega su sapiencia, pero los tres son muy sesgados y tendenciosos cuando critican a autores que no les place socialmente, o estéticamente. Entonces en el Perú hay escritores sin crítica. O buenos escritores en manos de críticos prejuiciosos. Los grandes críticos académicos no arriesgan con los autores en ejercicio, gente como Marcel Velazques, Vich, Ubilluz, y los de San Marcos: Valenzuela, Bedoya, Huamán, Cozman, etc. no arriesgan con la literatura contemporánea. Se mantienen en el terreno de lo canónico. Que tú te atrevás a hacerlo es muy meritorio en este medio donde corren balas y no palabras, insultos y no ideas. Otra vez en esta serie te van a insultar, yo te felicito, sigue haciéndolo. Y seguro que los mediocres van a comentar que este commnet lo has escrito tú mismo. Fuerza Francisco.

Comment by Marcos 06.11.07 @ 12:40 pm

Estoy de acuerdo con casi todo, menos con la mención de Page… sinceramente hubo dos que no pude terminar de leer en disidentes: Page y Juan Manuel Chavez. No tengo nada contra ninguno, pero sus cuentos son claro ejemplo de circunloquio y adjetivos mal usados. Lo de Roncagliolo es verdad 100% Quizá Noltenius mereció el bronce, es un cuento si no sólido, al menos coherente y bien estructurado. Mejor que Page sin duda. Y sigo pensando como dije alguna vez que Moretti tiene raza de narrador, algo bolañesco si quieres. Que sea breve no dice nada en contra.

Comment by choclito sin banda 06.11.07 @ 3:29 pm

Coincido con Marcos. Más allá del veredicto, muchos de los disidentes nunca antes habían merecido una reseña y aquí la tienen, con foto y todo, y en un blog que tiene una gran lectoría. Eso y la chambita de bucear en la web para buscar reseñas viejas cuando es el caso me parece muy destacable. Aquí hay un buen corpus que será, con los años, un punto de partida para que otros hagan investigaciones, si quieren, más académicas.

Comment by Elio Tubino 06.11.07 @ 4:43 pm

Grupo flojo, sin duda. De todas formas yo también quiero felicitarte por las reseñas. Mira, yo he leído varios de los libros escritos por estos autores y la verdad creo que ya era hora de analizarlos seriamente aunque sea a partir de un cuento. En ese sentido, te sugeriría que, después del cuarto grupo, hagas un balance general: redondearias tu esfuerzo. Es más, te pediría que pienses en trabajar algún día un artículo ya no sobre los cuentos, sino sobre los libros en general de estos autores (y otros que al parecer faltan). Por lo que has escrito hasta ahora, veo que conoces bien esos textos y que agudeza crítica no te va a faltar. Felitaciones.

Comment by Beatriz Cordero 06.11.07 @ 5:15 pm

Grupo faltoso te ha tocado Angeles, pero al menos como para hacer una sopa de piedra. Sorprendente la mención a Ezio. Ahora la cuestión va a ser verte en la última tanda que te falta.

Comment by Bravo del Llauca 06.11.07 @ 8:10 pm

este torneo va a tener cuartos de final, semifinal y final, o se queda con las medallas que ya diste? Supongo, Ángeles, que harás una evaluación como concluyendo la cosa… eso al menos es lo que esperamos los que te hemos leído desde la primera evaluación.

Comment by choclito sin banda 06.11.07 @ 10:59 pm

Hola
Gracias a todos por los comentarios. Un artículo sobre esta nueva “generación” definitivamente sería muy interesante. Y creo que hay algunos críticos capacitados para hacerlo. Yo, por el momento, paso. A cambio, para la próxima semana voy a tratar de enlazar todos los balances que encuentre sobre narrativa última. Agradecería mucho si algún lector se pasa algunos datos.

Saludos.

Comment by Francisco Angeles 06.11.07 @ 11:38 pm

La vaca profana también arriesga interpretación, querido Marcos. Y conviene preguntarle a Ängeles si leería igual a Iparraguirre si este no hubiera ganado el Premio Nacional Pucp en que seguro toda la generación narrativa de Ángeles participó,

Comment by toro celoso 06.12.07 @ 2:33 am

Ah, la vaca profana tambien habla sobre Ezio

Comment by toro celoso 06.12.07 @ 2:38 am

Yo tampoco le daría el tercer lugar a Page. Su cuento es un circunloquio exasperante, un “desvarío laborioso y empobrecedor” -para usar las palabras de Borges- para decirnos algo tan simple, tan manido. Se nota que no ha aprendido una de lecciones fundamentales de Cortazar: la funcionalidad… Y habría que decirle también que no “arrisga” nada en su cuento, como parece creer por el texto que precede a su relato. Imitar mal a Cortázar no es ningún riesgo.

Comment by Fans de Cortázar 06.12.07 @ 3:49 pm

La vaca profana arriesga interpretación??? puede ser. Tendría que decirlo alguien que haya leído uno de sus aburridazos artículos completito, hasta el punto final… habrá alguien capaz de esa hazaña??

Comment by willy cañón 06.12.07 @ 5:46 pm

La verdad que en este grupo ninguno merece medalla, a Page le dio duro Aguirre y con razón al publicar su libro de “cuentos”. Y Neyra no convence mucho, más aún si se considera que no se puede valorar una obra (cuento o novela) a partir de un fragmento de la misma. Es reducir el todo a una parte.

Comment by Anonymous 06.12.07 @ 6:13 pm

Ya que Victor Coral me acusa de ser Francisco Angeles, responderé desde mi experiencia al toro celoso: muuu, digo, quiso la casualidad que estuviera en la librería Crisol cuando habían renovado existencias, y entre otros libros (carísimos), estaba el de Iparraguirre, a diez soles. No se me pasó la idea de comprarlo, pero estaba con un pata que me debía justo 10 soles, y cobrarle era algo difícil. Así que le sugerí que me comprara el libro y listo, saldada la deuda y amistad conservada.
¿Qué decir sobre los cuentos? Pues asombrosos, por lo novedoso de la temática, por lo sugerente, por lo adictivo de la prosa. A veces no se entiende nada, pero uno igual sigue y sigue. Más aún, una vez leidos, adquieren una perspectiva de conjunto, de fix up, que los hace más cheveres.

Comment by el primo Levi 06.12.07 @ 6:22 pm

Sin ánimo de hacer eco del 100% a que alude Choclito sin banda,hay algo que “temo” en Roncagliolo: el ANUNCIO de su proxima novela,de la misma temática que la premiada Abril Rojo.Me suena a receta aplicada y consecuente falta de esa “inevitabilidad” a que se ha aludido varias veces en los blogs como virtud literaria.Quizás le sale mejor pero siento que le saldrá un poco segunda versión o sea peor o menos buena.No le deseo mal.

Comment by El tercer ojo 06.12.07 @ 8:46 pm

Que tú eres yo, que yo soy tú, primo? No haga caso a esas ofensas, maestro. Usted es el comentarista más valioso de este blog, así que siga tranquilo.

Saludos.

Comment by Francisco Angeles 06.12.07 @ 9:32 pm

¡Glup! Gracias por lo que me toca, Francisco. A propósito, ¿cuándo paso por caja?

Comment by el Primo Levi 06.12.07 @ 10:36 pm

Eso coordínalo con Galán Antiguo, primo.

Saludos.

Comment by Francisco Angeles 06.12.07 @ 10:53 pm

Gente:
atribuir los comentarios a una persona reconocible entra en la categoría de difamación y, en consecuencia, no puede ser publicado.

Así que no se me arrebate el Toro Celoso, que así que como no he aprobado su último comment, también he censurado unos seis o siete donde lo identifican con uno de los “disidentes”. Ya no pierdan más su tiempo atribuyendo comentarios a tal o cual. Eso no va.

Saludos.

Comment by Francisco Angeles 06.13.07 @ 3:36 pm

No sé que habrá escrito el toro celoso, pero si no permites desenmascarar a de prejuicios tampcos permitas opiniones prejuiciosas del tipo “Fulanito es mejor; nadie te gana” o demás atribuciones de ese tipo.

Comment by bebeto 06.13.07 @ 4:39 pm

Ah, y me parece que comentar que uno de los disidentes puede ser uno de los disidentes es una uinformación que debiste guardarte si no quieres propagar la calumnia y la difamación

Comment by bebeto 06.13.07 @ 4:40 pm

Hola, Bebeto

No sé cuáles son “fulanito es mejor” o “nadie te gana”, pero en todo caso serían opiniones (que siempre pueden ser publicadas), lo que es muy distinto de afirmar que un comentarista con seudónimo es X, Y o Z.

Por otro lado, nunca dije que uno de los disidentes está comentando como anónimo. Si Bebeto lee con atención comprobará que ése tipo de comentarios son precisamente los que fueron censurados.

Saludos.

Comment by Francisco Angeles 06.13.07 @ 5:20 pm





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