El pasado 21 de junio, en LibrerÃas Crisol del Óvalo Gutiérrez, se realizó la presentación del libro DiscromÃa, del escritor y fotógrafo Sandro Aguilar. Inaugurando una nueva sección en la bitácora de El Hablador, compartimos con ustedes los textos leÃdos por los presentadores esa noche: Augusto Effio y José Donayre Hoefken.
Datos de la presentación:
Lugar: Crisol del Óvalo Gutiérrez
Participaron: Augusto Effio Ordoñez, José Donayre Hoefken, Sandro Aguilar y César Daniel Rodriguez.
Datos del libro:
DiscromÃa
Sandro Aguilar.
Editorial [sic]-libros, 2006.
96 pp.
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AUGUSTO EFFIO ORDÓÑEZ
No es gratuito que alguien haya anotado ya el sÃmil entre la elaboración de un cuento (el relato corto quiero decir) y la composición de una fotografÃa, en contraposición de la cercanÃa existente entre la novela y el registro omnÃvoro de una cámara de video o de cine. En ambos casos —en un cuento o una foto— adquiere una importancia especial y definitoria lo sugerido, lo silenciado, lo que escapa a los contornos de la imagen seleccionada. Si convenimos en que esto que acabo de decir es cierto, qué se puede decir cuando llega a nuestras manos el libro de “relatos†(o las prosas, menos prosas y más apátridas, como se menciona en el prólogo), las prosas, decÃa, escritas por un fotógrafo (o viceversa).
Para intentar definir las sensaciones que ha dejado en mà la lectura de las distintas secciones de DiscromÃa, deberé partir por señalar que estoy totalmente de acuerdo con la frase que se le imputa al cinéfilo GarcÃa Márquez: “El cine es como la vida misma pero sin los momentos aburridosâ€. Y esta frase viene a cuento porque yo sospecho que la prosa de Sandro obra de igual modo que el cine en función de la vida, pero a nivel literario, es decir, evidencia quizá que a los relatos y cuentos tradicionales les sobran muchas palabras, personajes, acciones, les sobran, en resumen, aburrimientos. Después de todo, lo que existe detrás de un escritor (o deberÃa existir) es una mirada particular, distinta a la del resto del mundo, una vocación irresistible de ver el reverso de las cosas, de alimentarse de lo que los demás desechamos preocupados como estamos por vivir. Es eso lo que en buena cuenta define el oficio de la escritura: la mirada, peldaño que muy pocos alcanzan y partir del cual se puede acceder a los altos de la trama, a las habitaciones de la construcción de personajes, al mirador de la fabricación de atmósferas. Y entonces, cómo no ser concluyentes al respecto, si a Aguilar lo define la manera que tiene de acercarse al mundo con una óptica singular, era inevitable que tomara la cámara para convertirse en fotógrafo, era inevitable que DiscromÃa cayera en mis manos, tarde o temprano.
Sospecho también —y el autor de este libro tendrá ocasión de advertir mis metidas de pata— que a grandes rasgos un fotógrafo tiene dos alternativas de trabajo: convertirse en el afortunado que captura instantes únicos e irrepetibles (con lo cual su labor estarÃa emparentada un poco con la de los cazadores de ángeles, y de hecho lo está) y aquel otro que dispone de la naturaleza, de los objetos y de las personas a su antojo para construir la imagen que previamente ha preparado ya en su clarividencia. En mi lectura de DiscromÃa he hallado entonces ambas opciones trasladadas a la prosa: relatos donde el autor parece más bien un testigo de privilegio, quiere y se siente cómodo al asomar su curiosidad al universo justo en el instante donde un ángel ha decidido quitarse las alas (pienso en una de mis prosas favoritas del libro, la que recoge el monólogo entrecortado de un vigilante que se explica y redime a sà mismo); o estos otros relatos, donde el narrador ha dispuesto sobre el papel objetos, recuerdos y obsesiones para componer una “historiaâ€, que a la vez es reflexión, que a la vez es imagen y nuevamente historia (pienso en este caso en otro de mis relatos favoritos: el monomaniaco seguimiento de de una terramoza que cubre la ruta Lima-Huancayo, y donde un inocuo y vacÃo juego de bingo “…prostituye las últimas virtudes†de los viajeros).
En fin, y detrás del ejercicio de estas opciones está por sobre todo la mirada de Sandro, la mirada que, como dije, hace por los relatos tradicionales lo que el cine por la vida, y en ese afán de privilegiar lo que merece ser contado, de separar la paja del trigo, encontramos a una viejÃsima conocida: la poesÃa. Porque si algo es congénito a cada una de las prosas que componen el libro, es ese soplo poético, natural y cotidiano (tan distante de la arrogancia y la majaderÃa de algunos junta/versos) que reviste cada frase, que articula cada idea, que libera cada imagen. Como cuando se dice: “Me dedico a mirar los tres árboles gemelos que están sobre una pared amarilla. A los escolares que caminan en lÃnea como un enorme ciempiés gris†o “Asumido sobre una cama, toda mi reinserción con el mundo exterior ha sido despiadadamente ajena: no he estado ni conmigo†o, este otro tramo que se me hace excepcional: “Hurga entre sus cabellos hasta formar una delgada mecha que frota contra dos dedos, se desconcentra del trabajo que les da y a mà me parece llegar tan completo el siseo que se desprende de ellos por cada fibra que friccionan contra la otra, como un arrullo árido que las va puliendo del roce de sus partÃculas y me la va embelleciendo a costa de la desintegraciónâ€.
Siendo estos los elementos con los que Sandro ha elaborado DiscromÃa, se entiende que no es extraña ni caprichosa la brevedad del libro: es el reino que reclaman como propios el cuento, la poesÃa y, porque no, la fotografÃa misma. Pero como todo acto de magia, detrás de esta brevedad, de las 2, 3 o 5 páginas de cada prosa, de las 94 del libro entero, hay un engaño clamoroso y gratificante; porque pronto, cuando reparemos en la nostalgia y la calidez que nos obligará a regresar al libro, nos daremos cuenta que ya no son 2 las páginas de la prosa que nos ha dejado una astilla en el alma y el entendimiento, que se han convertido en 6 u 8 o 10 por efecto de la necesidad de la relectura, y asÃ, las 94 se multiplicarán y llegarán a ser cientos, quizá miles, la brevedad convertida en infinito, por obra y gracia del prestidigitador Aguilar.
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JOSÉ DONAYRE HOEFKEN
Al igual que la fotografÃa –y otras artes que se valen de la imagen en un sentido amplio–, la literatura se erige sobre el mágico misterio de la captura de la realidad. Es inevitable no pensar en esto o pasar por alto dicho asunto al leer el conjunto de prosas de Sandro Aguilar, que ha llamado DiscromÃa –esto, muy al margen de que el autor sea fotógrafo–, pues el hecho de fotografiar y la conceptuación de lo fotográfico están presentes como una bruma, en algunos casos patente y en otros latente, en la atmósfera de cada texto de este libro, tanto en su dimensión de elemento discursivo como en su aspecto de motivo de composición de un cuadro o sucesión de cuadros.
Como aparece en muchas enciclopedias y diccionarios, la palabra “fotografÃa†procede del griego φως (phos; “luzâ€) y γÏαφίς (grafis; “diseñarâ€, “escribirâ€). La combinación de phos y grafis significa “diseñar o escribir con la luzâ€. AsÃ, en el contexto de Aguilar como individuo que deja su cámara fotográfica de lado, sin olvidar los principios de la luz ni los secretos de su opuesta-complementaria –la oscuridad–, las palabras “mirarâ€, “observar†y “advertir†suelen ser las acciones más relevantes de DiscromÃa, vocablo que nos lleva al plano de la percepción del color. Incluso podemos hablar de “vislumbrarâ€, “entrever†y “hurgarâ€. Y, sin exageraciones, hasta de “proyectarâ€, “prever†y “alucinarâ€. Y en un grado sumo, trascendente y, por qué no, divino, “contemplarâ€. Estos verbos no son gratuitos en la obra literaria de Aguilar, cumplen una función de relación ante el objeto en una lÃnea de tiempo, que no niega lo dinámico. Nada más errado que pensar que la fotografÃa es esencialmente estática, quiescente o carente de movimiento. Los buenos fotógrafos capturan el movimiento en un gesto, por ejemplo, y transmiten la intensidad de éste al observador, involucrándolo en un momento dado de la historia. Pero el ejercicio de Aguilar resulta más riesgoso: es transmitir todo un quehacer por medio de la palabra, sin hacer un solo clic, es decir, escribiendo con tinta de luz sobre un papel, enfocando y desenfocando a los sendos sujetos de sus historias.
En muchos sentidos, DiscromÃa es una invitación constante a quien abre el libro con el fin de leerlo de un tirón, o sea, en orden –y en poco tiempo–. Invita, por ejemplo, a leer sin etiquetas diecinueve textos que involucran al lector con un registro poco usual en la narrativa peruana, sin que esto tenga como correlato un afán iconoclasta por tumbar la tradición y “las buenas costumbres literariasâ€. Tampoco se trata de un “cierra filas†rÃgido. No, Aguilar no es un subversivo que pone bombas y luego esconde la mano, y después, desde su guarida, reivindica el delito. Su propuesta es contundente, pero, sobre todo, coherente y sin artimañas. Su propuesta se nos presenta modularmente, aunque este concepto atente contra los principios de conjunto orgánico y unidad que implica todo libro, en el que cada parte cumple un propósito nada accesorio, sino que, todo lo contrario, dialoga con los otros componentes, en un ir y venir enriquecedor. Por otra parte, tras una lectura atenta, es tan sólo un prejuicio, una presunción apurada. Porque una cosa es lo que parece, y otra, lo que en realidad es. Y en este juego de detenerse para observar, rescatar y transmitir, Aguilar sabe muy bien lo que hace, o sea, conoce y emplea con acierto los secretos de su oficio, tanto para contar y describir hasta el detalle como para reflexionar, opinar y ensayar a propósito de una realidad huidiza.
DiscromÃa invita también a que el lector tome un lápiz y haga anotaciones al margen –costumbre, para algunos, poco civilizada y hasta abominable–, pero más que esto, nos exige titular cada texto. Me explico: el libro carece de Ãndice por la sencilla razón de que el autor no ha titulado los textos, lo que genera cierto desamparo maquinado por Aguilar. El lector, si lo considera pertinente como es mi caso, debe buscar cada comienzo y contarlo para saber la cantidad de textos que ofrece el libro. En el caso de esta sobria y cuidada edición de [sic], la orientación gráfica hacia abajo de los comienzos de los textos deja un vacÃo de poco más de un tercio de página. Esto, más que una invitación, es un llamado a garrapatear dicho espacio en “blanco†marfileño. Para mà fue más que necesario tratar de dar tÃtulo a cada texto; el espacio en blanco era la peligrosa atracción que ejerce el fondo de un abismo, la mirada de la cobra, el guiño de la barracuda, el pestañeo del dragón. Estaba obligado, espero que me entiendan.
DiscromÃa invita también a que el lector tome un lápiz y haga anotaciones al margen –costumbre, para algunos, poco civilizada y hasta abominable–, pero más que esto, nos exige titular cada texto. Me explico: el libro carece de Ãndice por la sencilla razón de que el autor no ha titulado los textos, lo que genera cierto desamparo maquinado por Aguilar. El lector, si lo considera pertinente como es mi caso, debe buscar cada comienzo y contarlo para saber la cantidad de textos que ofrece el libro. En el caso de esta sobria y cuidada edición de [sic], la orientación gráfica hacia abajo de los comienzos de los textos deja un vacÃo de poco más de un tercio de página. Esto, más que una invitación, es un llamado a garrapatear dicho espacio en “blanco†marfileño. Para mà fue más que necesario tratar de dar tÃtulo a cada texto; el espacio en blanco era la peligrosa atracción que ejerce el fondo de un abismo, la mirada de la cobra, el guiño de la barracuda, el pestañeo del dragón. Estaba obligado, espero que me entiendan.Sin temor a equivocarme, creo saber que no existe, en el ámbito de la creación literaria, una teorÃa del tÃtulo con todas las de la ley. Un tÃtulo es –imagino, especulo, supongo– una etiqueta sugestiva y seductora que sugiere o insinúa el tema o asunto del texto. El tÃtulo es importante, pero no sustancial. Es, de hecho, asunto de especialistas en marketing, para enganchar un segmento del mercado. Titular es lo normal; no hacerlo es bastante sospechoso, pues estamos ante la elocuencia del silencio, la epifanÃa o apocalipsis del discurso sin identidad explÃcita. Además, nadie instruye a un escritor en el arte de poner tÃtulos, por lo que resulta difÃcil que alguien lo aprenda, como un niño aprende, por ejemplo, a dejar los pañales o amarrar sus zapatos. Por tanto, publicar un libro con un tÃtulo escueto y aplicado casi arbitrariamente, que aglutina un conjunto de textos carentes de tÃtulo es, aparte de osado, una suerte de irreverencia lúdica. En otras palabras, entre un pecado venial y una trasgresión que exalta la ética de la eficiencia.
El atrevimiento es grande, sin duda, pero es una invitación casi dicha literalmente y entrelÃneas que no puedo rehusar. Éstos son, para mÃ, los diecinueve tÃtulos de DiscromÃa, muy al estilo de las mejores obras existencialistas: 1) El problema, 2) La gente, 3) Bogotá, 4) El guardián, 5) Los amigos, 6) La separación, 7) La amiga, 8) El gato, 9) El enyesado I, 10) La terramoza, 11) El viejo o el jardÃn zen, 12) El guardia de seguridad, 13) El enyesado II, 14) La visita, 15) La cantante, 16) El loco o mi otro yo, 17) La prostituta, 18) El pez, y 19) La araña.
A partir de esto, resulta más sencillo hablar de la estructura de DiscromÃa. El décimo texto (“La terramozaâ€), el central, es el primer texto relativamente extenso que encuentra el lector. En éste, la función de la mirada es crucial para tejer un entramado que culmina en un tocamiento-delirio y concluye con un remate extraordinario que nos devuelve a la realidad, tras haber paseado por los senderos del deseo, el goce y la sorpresa, durante un viaje interprovincial. La experiencia erótica y su fruición –tan sólo un roce largamente detallado con un preámbulo sinuosamente intelectual– es prácticamente una experiencia mÃstica. Experiencia casi más allá del mundo fÃsico que recuerda a la atracción erótica entre un sacerdote budista y una cortesana relatada en el cuento “El sacerdote y su amor†por el japonés Yukio Mishima.
Desde este centro o foco, podemos advertir que tanto la primera parte como la segunda presentan un equilibrio temático. Incluso dos cuentos comparten un mismo personaje –o son quizá dos personajes distintos que tienen en común llevar una bota de yeso–, o sea, los protagonistas del noveno y decimotercero. Además, en la primera parte se relata una cruenta relación entre un gato y su amo, y en la segunda, el insidioso vÃnculo entre un sujeto y una araña cautiva. Asimismo, el sexto relato –un fluido y divertido monólogo de un guardián que trabaja en Lima–, y el duodécimo –un muy bien llevado relato que relaciona a un narrador-personaje-fotógrafo con el guardia de seguridad de una sala de museo–.
DiscromÃa es un libro raro que ejerce en el lector una fascinación ante lo extraño, lo insólito y lo poco frecuente, no obstante que se ofrece con la espontaneidad y frescura de lo cotidiano. Aguilar ha escrito un libro tan raro como la tara a la que se alude en sus páginas iniciales; tan raro como los hilos que mueven a los personajes hacia remates muy bien logrados –extraordinarios desenfoques, en la mayorÃa de casos, que nos brindan una muy particular perspectiva de la realidad–. Y tan raro como las sentencias que salpican dosificadamente los relatos –frases inteligentes, agudas, reveladoras–, para brindar al lector un firmamento urdido con gran destreza y sentido estético. Una invitación a la que no nos podemos negar como inspirados observadores de esta especial exposición de textos escritos con dionisÃaca luz.
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