EL HOMBRE QUE MIRA EL MAR
Monday July 02nd 2007, 3:35 am
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calderon fajardo.jpgUN DISCURSO REVELADOR DE AMOS OZ

Carlos Calderón Fajardo


En los últimos días, a propósito de la obtención por el novelista Amos Oz del Premio Príncipe de Asturias, se han publicado crónicas periodísticas en el Perú y en todo el mundo del lengua hispánica sobre este extraordinario escritor. Estas informaciones han sido un poco sesgadas, acentuando algunos aspectos de la vida y obra de Oz sin profundizar en la complejidad de la vida y la narrativa de este escritor y, sobre todo, de cómo su vida y sus novelas están imbricadas, íntimamente relacionadas. Por ejemplo, Juan Goytisolo declara la actitud de Amos Oz con respecto al conflicto árabe israelí. Conocida es la militancia pro árabe de Goytisolo, lo que interesa de Amos Oz al escritor español es su posición frente al conflicto entre árabes y palestinos, y no lo que se relaciona con la vida en Israel. Y de paso Goytisolo y otros, al mencionar sólo la acción política de Amos Oz, minimizan su valor como narrador.

En este sentido creo que vale la pena poner en conocimiento de los lectores peruanos el discurso que Amos Oz pronunció el 28 de agosto del año 2005 en Frankfurt, a propósito de recibir el premio Goethe, uno de los más importantes que se otorgan en Alemania a un escritor. En este discurso está expuesto lo que Oz cree sobre la condición humana y sobre los problemas del mundo actual. Amos Oz es un militante radical en la lucha por la paz y el reconocimiento del Otro. Es uno de los líderes del movimiento Peace Now y ha sido condecorado con prestigiosos premios de la paz como son el Fridenspreis (1992, Alemania), Caballero de la Cruz de Honor (1997, Francia), Premio Libertad de Expresión (2002, Noruega) y la Medalla internacional de la Tolerancia (2002, Polonia). Pero Amos Oz es también muy importante en su activismo político, a través de su producción ensayística y periodística sobre todo en relación al conflicto árabe-israelí, planteando que la solución del problema sólo es posible a partir del reconocimiento mutuo. Pero lo más trascendente en Oz no es su extraordinaria práctica política, sino su obra novelística, quizás porque en sus libros esta preocupación por el ser humano se condensa en extraordinaria novelas, en obras de ficción, de una profundidad humana y de una perfección estética difícil de igualar. Amos Oz vuelca en estas novelas sus preocupaciones filosóficas, teológicas, sociales y políticas. Su obra tiene un extraordinario espesor. Hay que señalar algunos puntos de su biografía para entender el porqué de esto.

Amos Oz nació en Jerusalem, la ciudad más sagrada del mundo, en 1939. Es decir, fue niño cuando acaeció el Holocausto. Un niño que sabe que los judíos están siendo exterminados en campos de concentración mientras juega como cualquier niño en la ciudad donde la impronta sagrada es la más poderosa de la Tierra. Luego estudia filosofía y literatura en la Universidad Hebrea de Jerusalem. Desde un inicio, filosofía y literatura van del brazo, la verdad de la ficción y la verdad filosófica. La obra de Amos Oz es una reflexión profundamente filosófica sobre el ser humano. Luego Amos Oz se va a trasladar a un kibutz donde va a vivir durante 25 años trabajando como maestro, época en que paralelamente escribe varias estupendas novelas. Es la etapa de la formación de una conciencia social, que lo convierte en un testigo lúcido de la vida en los kibutz y en un crítico acerbo de la política israelí. Luego, a finales de la década del 80, se traslada a vivir al desierto de Negev, donde continua edificando su extraordinaria obra narrativa, con ambiciones muy altas, y con un nivel de perfección estética admirable; al mismo tiempo se inicia como catedrático en literatura en la Universidad de Negev. Pero su condición de filósofo con formación académica, pensador social, militante político, maestro de escuela, profesor universitario, todas estas experiencias vitales y también sus reflexiones teológicas convergen en su actividad como narrador, como escritor de ficciones. Las crónicas periodísticas que han aparecido recientemente destacan el papel de hombre de paz de Oz o se señala el exotismo de su nacionalidad. En el mundo globalizado de hoy ya no existen escritores “exóticos”. Se ha puesto, sin desearlo tal vez, en un segundo plano el valor literario de las novelas de este escritor israelí. Sin embargo, creemos que no sería raro que, en un plazo corto, Oz obtenga el Premio Nobel de Literatura, pero también podría recibir el de la Paz. Su estatura moral se iguala a su calidad como escritor. Esto hace de Amos Oz un ser humano excepcional. Nos pareció relevante reproducir un resumen del discurso que pronunció al recibir el premio Goethe en Alemania. Léanlo, que creo que estos fragmentos de su discurso resumen el pensamiento que está en la base de todas sus novelas.

Amos Oz LA AGRESIÓN MADRE DE TODAS LAS GUERRAS

Amos Oz (*)


Hoy quiero hablarles a ustedes sobre Goethe y sobre el Diablo, sobre Lotte y sobre otra Lotte, sobre el árbol de la ciencia del bien y el mal, y por último también sobre un cierto placer oculto.

Cuando yo era un niño en Jerusalem, nuestro maestro nos adoctrinaba en una escuela judía ortodoxa sobre el Libro de Job. Hasta el día de hoy, todos los niños israelíes en edad escolar aprenden de memoria el Libro de Job. Nuestro maestro nos contaba cómo Satán ha recorrido todo el camino desde este Libro de Job hasta el Nuevo Testamento, y lo mismo que hasta el Fausto de Goethe y una larga serie de otras obras de la literatura. Y aunque también cada escritor había dicho algo nuevo sobre Satán, nuestro Diablo seguía siendo el mismo Satán de siempre, frío, divertido, sarcástico y escéptico. El destructor de la fe, del amor, de la esperanza. Estas tres cosas.

El Satán de Job –como el Mefisto de Fausto– se presenta como una apuesta. Su objetivo máximo no es ni un tesoro oculto, ni el corazón de una hermosa mujer, ni tan siquiera el ascenso a un rango superior en la jerarquía celeste. No; Satán inaugura un juego motivado en cierto modo didácticamente. Él quiere, con tesón, demostrar algo y refutar otra cosa. Con gran derroche de argumentos, el Satán de la Biblia y el de la Ilustración intentan demostrar a Dios y a sus ángeles cómo el hombre, puesto una vez más ante la elección, se decide siempre a favor del mal. El hombre, consciente y voluntariamente, elegiría siempre el mal contra el bien.

El hombre y el Diablo se entendieron tan bien entre si porque se asemejaban en muchos aspectos. En el Libro de Job, Satán, el perverso educador, comprende sagazmente, cómo la necesidad humana nutre y acrecienta la maldad. Desde la aparición del Libro de Job, Satán, el hombre y Dios vivieron hasta hace poco bajo el mismo techo. Los tres parecían conocer muy bien la diferencia entre el bien y el mal. Dios, el hombre y el Diablo sabían que el mal era malo y el bien bueno, Dios dominaba sobre el bien, Satán seducía y llevaba a todos a la tentación del mal. Dios y Satán jugaban en el mismo tablero. El hombre era su peón, así de sencillo era todo.

Por lo que a mí respecta, yo creo que toda persona es capaz, en su interior, de distinguir entre el bien y el mal. Aunque pretexte que no es capaz de hacerlo. Todos nosotros hemos comido del “árbol de la ciencia del bien y el mal”.

La misma distinción puede servir para designar la verdad de la mentira: tan inconmensurablemente difícil es definir y determinar la verdad como resulta comparativamente fácil descubrir la mentira. En algunos casos puede resultar difícil definir claramente el bien; pero el mal exhala un hedor inconfundible.

Pero la civilización moderna ha cambiado y modificado todo esto. Seres muy seguros de sí mismos, puramente racionales y totalmente científicos, piensan que tanto el bien como el mal no son tema de discusión. En su opinión, todos los impulsos humanos y sus acciones brotan de circunstancias que con harta frecuencia se hallan fuera del control personal de los individuos. Los demonios, según Freud, no existen. Nosotros estamos determinados por nuestro entorno social. Desde hace cien años intentan persuadirnos de que nos movemos exclusivamente por intereses económicos, y que somos simples productos de nuestras culturas étnicas, nada más que simples marionetas de nuestro subconsciente. Por primera vez en su larga historia, el bien y el mal están configurados por la idea que desde un primer momento las circunstancias son siempre responsables de las decisiones y las acciones, sobre todo del padecimiento humano. La sociedad es culpable. La niñez es culpable. Los políticos son culpables. Así comenzó el gran campeonato mundial en ser víctimas. Por primera vez desde el Libro de Job, el Diablo no tenía tarea que cumplir. No pudo practicar más su viejo juego con la cabeza y el corazón de las personas. Satán quedó despedido. Esto fue la época moderna.

Con harta frecuencia esta maldad se disfrazó de revolución universal o de idealismo. El totalitarismo se convirtió en la redención secular para algunos, al precio de millones de vidas humanas.

En este punto, quisiera detenerme un instante con ustedes y llorar por Johann Wolfgang von Goethe y por Weimar. Porque el Weimar de Goethe ha desaparecido para siempre. Y también ha desaparecido para siempre el Weimar de Thomas Mann. Weimar yace hoy cerca de Buchenwald. Lo que nos ha privado para siempre del Weimar de Goethe no ha sido el roer del tiempo, sino lo extremo, la maldad total del ser humano.

En su novela Lotte en Weimar, Thomas Mann hizo que Charlotte Kestner, que antes se llamaba Lotte Buff, visitara al anciano y famoso anciano Goethe en Weimar. Lotte en Weimar es un estudio sobre el lento desaparecer del recuerdo. Aún cuando Goethe todavía vivía, su era tocaba ya a su fin y se convertía en una leyenda. Pero Goethe y su antiguo amor Lotte pudieron aún pasear juntos por las boscosas colinas de Weimar. Y llegaron hasta un hermoso roble que sería conocido con el nombre de “Roble de Goethe”. El roble fue destruido por el bombardeo de la aviación aliada a fines de la Segunda Guerra Mundial. Y Weimar se convirtió en la ciudad vecina, en el lugar de trasbordo al campo de exterminio de Buchenwald.

Los nazis alemanes mataron no sólo a sus victimas, sino también a la inocencia, que envejecía lentamente, la de Weimar, la de Goethe y la de Lotte. El subtítulo de Lotte en Weimer podría ser también: “Los amantes retornan”. Pero los amantes no pueden regresar más. Nunca más.

El Fausto de Goethe nos trae siempre a la memoria que el Diablo es una persona, y no, por cierto, alguien que supera la persona individual; que el Diablo pone a prueba a todo individuo, una prueba que cada uno de nosotros puede o no puede superar. Que el Diablo es un tentador y un seductor. Que la agresión puede asentarse en cada uno de nosotros.

La bondad y la maldad individuales no son propiedad de cualquier religión. Ni siquiera son términos necesariamente religiosos. La elección de causar dolor o evitarlo, de mirar al otro cara a cara, ante esta elección se halla cada uno de nosotros varias veces al día.

Ponerse en el lugar de los otros es, en mi opinión, un contraveneno muy eficaz para combatir el fanatismo y el odio. Yo creo que los libros que nos impelen a imaginarnos a las demás personas son un antídoto muy eficaz contra las artimañas del Diablo, también de nuestro Diablo interior, el Mefisto que todos llevamos en el corazón.

Cuando yo era joven tomé la decisión de no poner un pie en territorio alemán y boicotear los libros alemanes. Pero me dije: si boicoteo los libros me volveré un poco como ellos. Günter Grass y Heinrich Böll, Ingeborg Bachmann y Uwe Jonson, y sobre todo, mi muy querido amigo Sigfried Lenz, me abrieron las puertas de Alemania. Ellos y algunos otros amigos personales alemanes me ayudaron a superar mis tabúes y me abrieron los ojos, y al cabo, también el corazón. Ellos me acercaron de nuevo a la fuerza regeneradora de la literatura. Por muy diversos motivos, a ellos les debo el hecho de que hoy pueda estar presente entre ustedes.

Ponerse en lugar de los otros constituye no sólo un medio de carácter estético: en mi opinión es también un imperativo moral. Y si ustedes me prometen que no van a delatar mi pequeño secreto profesional, les diré que ponerse en lugar de los otros es también un placer humano muy profundo y sutil.

(*) Discurso de gratitud con motivo de la concesión del premio Goethe en el año 2005.




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