Un petit hommage aux Fleurs du mal (1857)
Friday November 09th 2007, 8:46 pm
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Charles

Mario Granda

Un poema de Rubén Darío y otro del poeta peruano Martín Rodríguez-Gaona nos recuerdan otros dos poemas de Las flores del mal de Charles Baudelaire. De esta forma también queremos hacerle un pequeño homenaje al poeta, pues este año se cumplen 150 años de la publicación del famoso libro.

En el conocido poema “Sonatina” reconocemos varias de las mejores expresiones modernistas del poeta nicaragüense, desde el exotismo de sus temas hasta el vigor del ritmo y de la rima externas e internas. Pero también está presente el spleen, el tedio, el ineludible encuentro con la cosa de lo real y la nada, tal como lo reconoció el poeta parisiense en su época: la princesa lo tiene todo, pero yace aburrida en su silla de oro, aparte de todo el fasto. Precisamente, uno de los poemas que Baudelaire titula “Spleen” (para ser precisos, el tercero, número 88, pues hay tres más) trata, obviamente, el mismo tema, pero también tiene un personaje parecido. En este caso, sin embargo, se trata de la comparación del yo poético con un rey quien “despreciando el halago de sus educadores se aburre con sus perros y animales domésticos”.

El otro poema es “Efectos personales”, del libro de mismo título (Efectos personales, Ediciones de los Lunes, 1992) del poeta peruano Martín Rodríguez-Gaona. Aquí el tema y el ritmo son otros. “Efectos personales” es un largo poema donde se relata el paseo de un hombre que sube y baja de varios autobuses recorriendo la ciudad y acompañado de su novia, utilizando un lenguaje alegre, ligero, gracioso, y pensando en su trabajo y en la filosofía (“A pesar de la subversión, ya todo está/ en Habermas”). El poema de Baudelaire es “A una transeúnte”, donde el poeta ve pasar a una mujer y es “aniquilado” por ella con su mirada. “¿Salvo en la eternidad, no he de verte jamás?”, se pregunta. El contacto entre el hombre y la mujer es único y verdadero, pero también es el último. El mundo moderno es el mundo de la velocidad, del desfallecimiento, donde los que presencian –o gozan— la belleza también deben conformarse con su fugitivo paso.

Transcribimos los poemas de Baudelaire, cada uno con su correspondiente “heredero”, y luego colocamos los mismos poemas en francés.

Spleen

Yo soy como el rey de un país lluvioso,
Rico, pero impotente, joven y no obstante antiquísimo,
Que, de sus preceptores despreciando las reverencias,
Se hastía con sus perros como con otras bestias.
Nada puede distraerle, ni caza, ni halcón,
Ni su pueblo muriendo ante su balcón.
Del bufón favorito la grotesca balada
No distrae más la frente de este cruel enfermo;
Su lecho flordelisado se transforma en tumba,
Y las azafatas, para las que todo príncipe es bello,
No saben más encontrar el impúdico tocado
Para arrancar una sonrisa a este joven esqueleto.
El sabio que le hace el oro jamás ha podido
De su ser extirpar el elemento corrompido,
Y en esos baños de sangre que de los romanos proceden,
Y de los que de sus lejanos días los poderosos se recuerdan,
No ha sabido recalentar este cadáver alelado
Por el que corre, en lugar de sangre, el agua verde del Leteo.

Las flores del mal, Charles Baudelaire

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de Mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

Sonatina, Rubén Darío

A una transeúnte

La calle atronadora aullaba en torno mío.
Alta, esbelta, enlutada, con un dolor de reina
Una dama pasó, que con gesto fastuoso
Recogía, oscilantes, las vueltas de sus velos,

Agilísima y noble, con dos piernas marmóreas.
De súbito bebí, con crispación de loco.
Y en su mirada lívida, centro de mil tomados,
El placer que aniquila, la miel paralizante.

Un relámpago. Noche. Fugitiva belleza
Cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer.
¿Salvo en la eternidad, no he de verte jamás?

¡En todo caso lejos, ya tarde, tal vez nunca!
Que no sé a dónde huiste, ni sospechas mi ruta,
¡Tú a quien hubiese amado. Oh tú, que lo supiste!

Las flores del mal, Charles Baudelaire

Efectos personales

En un mundo en el que la belleza es fugaz
Del micro bajaste corriendo.
(…)

Todos los que pasan, sonriendo, a tu derecha
en treinta segundos
te habrán robado
la blusa, la falda, las medias
y lo que esconden por dentro
estará por fuera.

Esos que a veces siguen de frente, nunca saludan
ni llaman por teléfono-

Aquéllos
que trabajan tranquilos y se acuestan temprano, todos
matamos a mamá por ti.

Efectos personales, Martín Rodríguez-Gaona

Spleen (88)

Je suis comme le roi d’un pays pluvieux,
Riche, mais impuissant, jeune et pourtant très-vieux,
Qui de ses précepteurs méprisant les courbettes,
S’ennuie avec ses chiens comme avec d’autres bêtes.
Rien ne peut l’égayer, ni gibier, ni faucon,
Ni son peuple mourant en face du balcon.
Du bouffon favori la grotesque ballade
Ne distrait plus le front de ce cruel malade;
Son lit fleurdelisé se transforme en tombeau,
Et les dames d’atour, pour qui tout prince est beau,
Ne savent plus trouver d’impudique toilette
Pour tirer un souris de ce jeune squelette.
Le savant qui lui fait de l’or n’a jamais pu
De son être extirper l’élément corrompu,
Et dans ces bains de sang qui des Romains nous viennent,
Et dont sur leurs vieux jours les puissants se souviennent,
Il n’a pas réchauffé ce cadavre hébété
Où coule au lieu de sang l’eau verte du Léthé.

Spleen, Charles Baudelaire

A une passante (111)

La rue assourdissante autour de moi hurlait.
Longue, mince, en grand deuil, douleur majestueuse,
Une femme passa, d’une main fastueuse
Soulevant, balançant le feston et l’ourlet;

Agile et noble, avec sa jambe de statue.
Moi, je buvais, crispé comme un extravagant,
Dans son Å“il, ciel livide où germe l’ouragan,
La douceur qui fascine et le plaisir qui tue.

Un éclair… Puis la nuit ! – Fugitive beauté
Dont le regard m’a fait soudainement renaître,
Ne te verrai-je plus que dans l’éternité?

Ailleurs, bien loin d’ici ! Trop tard ! Jamais peut-être!
Car j’ignore où tu fuis, tu ne sais où je vais,
Ô toi que j’eusse aimée, ô toi qui le savais!

A une passante, Charles Baudelaire

 

 




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