Farabeuf o la hipótesis inquietante: el supliciado eres tú
Monday January 28th 2008, 4:44 am
Filed under: Hablablog,Publicaciones

Salvador_ElizondoPor: Alejandro Vázquez Ortiz

A más de cuarenta años de la publicación de Farabeuf o la crónica de un instante, por el fallecido escritor, poeta, dramaturgo, traductor y ensayista mexicano Salvador Elizondo, sigue mostrándose tan esquiva e intrigante como en su primera edición (que vio la luz en 1966 adornada, por si fuera poco, con el galardón Xavier Villaurrutia, 1965).

Elizondo fue un escritor mexicano marginal, marginal en el sentido que nada tiene que ver con la tradición general o incluso con su generación particular. Hací­a experimentos estéticos descendientes directos de la estética europea vanguardista, mientras en México comenzaba a abandonarse el tí­pico tema campesino/rural (Rulfo, Rojas, etc.) y se poní­a de moda la literatura de la onda que hací­a descender el lenguaje literario a los grandes centros urbanos (José Agustín, Gustavo Sainz, etc.). Elizondo se mantiene lejos de todo esto, su lenguaje es tortuoso, difícil, truculento. De su compleja obra dijo él mismo en la última entrevista que dio antes de fallecer de cáncer el pasado marzo del año 2006, sabe que “no abarca al público general, sino a un público que más o menos está interiorizado en las formas de la literatura que yo utilizo”.

Por supuesto que la marginalidad no se limita a México. En España la única edición que he encontrado en las principales librerí­as ha sido la de la colección Letras Hispánicas de Ediciones Cátedra del año 2000. No es para extrañarse “aunque sí­ para lamentarse”, Farabeuf está compuesta por una serie de caracteres arcanos que a la par que la hacen una obra maestra de la literatura hispánica, la convierten en un libro sectario, esotérico (en el sentido etimológico de la palabra) que sólo pertenece a ciertos iniciados. El mexicano logra con toda maestrí­a atrapar un instante y catapultarlo hasta su inexistencia, es decir hasta el infinito.

Es una novela, como su subtítulo lo dice, sobre un instante. Un instante que vuelve sobre sí­ mismo, página tras página, capí­tulo tras capí­tulo, desvistiendo al tiempo de todo lo que tiene de misterioso hasta dejarlo en la desnudez pura frente a nosotros, pero no como objeto pornográfico o digno de morbo, sino como un objeto científico y, sin llegar a considerarlo un artí­culo utilitario, la quirúrgica cientí­fica reencuentra el placer mí­stico teorético. Farabeuf es un obseso de la reducción y su búsqueda última, es al fin, reducir el instante “el presente” hasta un punto que se transforme en tangible y real.

De esto no puede surgir sino una novela poderosamente aburrida. Aburrida en un sentido muy claro: una novela en donde la acción se ve suspendida y restringida al tiempo que se resiste a correr. Así­ es y así­ tiene que serlo, es parte del efecto que tenemos al ver un segundo estirado hacia el infinito. El tedio es relativo, el Dr. Farabeuf, Chevalier de la Légion d’Honneur autor de Aspects Medicaux de la Torture parece trasladar la operación quirúrgica de la tortura hacia el propio lector y la novela se hace tan eterna como una visita al dentista. Detiene el tiempo hasta el punto de comprender el instante último de la muerte a través del suplicio.

Todo gira en torno a objetos que parecen inconexos, pero guardan una unión indefectible y misteriosa: una fotografía aparecida en el China Daily News del 29 de enero de 1901, el Leng Tch’é (arte chino de tortura), instantes en la vida del Dr. Farabeuf y una mujer que aparecen como signficantes ciegos alrededor de toda la novela, y la obsesión malsana morbosa de captar con una cámara fotográfica el instante de la muerte.

La fotografí­a, la misma que inspiró a Bataille a considerar la cercaní­a entre la misticidad, la muerte y el amor, que representa -según el francés- a un Jesucristo chino en el éxtasis profundo de la muerte, muestra al magnicida del prí­ncipe Ao Han Wan en pleno suplicio, atado a dos postes con los ojos en blanco y la cara vuelta hacia el cielo, con la boca abierta y anhelante de la muerte con dos boquetes bajo los pezones que permiten distinguir claramente cada uno de los huesos de sus costillas y la sangre le baña todo el cuerpo hasta la entrepierna. Esta escalofriante imagen lleva a Farabeuf a interesarse por la tortura china, el Leng Tch’é y sus aspectos médicos, a la par que le abre a meditaciones profundas sobre el carácter de la muerte. “Sí­; y comprendí­ que el dolor, de tan intenso, se convierte de pronto en orgasmo”.

A pesar de esto, Elizondo nos hace comprender que no se trata de una realización secreta y morbosa, sino un snaf teorético, un momento, pura y dramáticamente cientí­fico. Las descripciones médicas son cuenta de ello. Su violencia es lenta, maquí­nica, racional, aún más que las orquestales orgí­as del Marqués de Sade, el teatro mágico al que nos convoca Farabeuf y Elizondo es la de la lenta y calculadora, casi soporí­fera violencia de la cirugí­a. Pero no una cirugí­a cualquiera, sino una trascendentalizada a través de rasgos transgresores y de rituales significativos que la convierten, de una mera operación cientí­fica, en una celebración religiosa. Algo así­ como ver a Pitágoras inmolando buey tras buey en honor del teorema del triángulo rectángulo.

Pero la operación no se limita a los cuerpos. Como un buen anatomista, Elizondo no se contenta con explorar los músculos, los pliegues, los huesos necesarios y útiles para el ejercicio de la tortura, sino también disecciona los puntos de tensién, de escisión y vectores lógicos que componen el tiempo.

Toda la novela refleja esa fractalidad infinita de la memoria y el tiempo, cuyos significantes rizomórficos puede apenas parecer diferentes a un suspiro ante un recuerdo, débil, vago y solipsista, previo al momento de la muerte. Puesto que la novela, claro está, es un recuerdo. Y este recuerdo sobre el que trata la crónica (otro recuerdo), no es sino una experiencia arrobadora de la muerte, de rozar por medio de la posesión de la fotografía la imposibilidad de capturar la muerte y mantenerla hasta el punto de convertirse en excitación sexual.

Porque la fatalidad del tiempo que recorre Farabeuf es la misma que la muerte inevitables, es su contrario, su captura, su aislamiento, y a través de la magia de la fotografí­a, del recuerdo y la memoria -aunque fragmentada, lo suficientemente eficaz para levantar sospecha y dolor-, se puede llegar a cronologizar, a sustentar y suspender ese instante en que la realidad se difumina sobre la nada del tiempo, imaginando el infinito.

En cualquier caso, sea o no aprensible, Elizondo deja claro que la literatura, con todo lo que tiene de bidimensional y lineal, es capaz de rarificar al tiempo hasta estancarlo en un tedio único, tortuoso y magistral, como el instante mismo.

Nota de los editores. Video promocional de documental sobre Elizondo realizado por la UNAM:

http://www.youtube.com/watch?v=06V4hBzsXps



El Conde de San Germán o una novela para pocos
Monday January 21st 2008, 5:14 pm
Filed under: Publicaciones,Reseñas
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Por: Marlon Aquino Ramírez

El Conde de San Germán es la trascripción magnetofónica de la entrevista realizada por un anónimo reportero de la revista Sumas a Leonardo Aguirre, reciente ganador de un importante premio de novela. El artilugio de la trascripción le permite al autor (en este caso, el Leonardo Aguirre de carne y hueso) penetrar en la intimidad de su protagonista-álter ego, quien, dejando de lado la “hipocresía civilizada” se despacha a sus anchas contra escritores, crí­ticos, blorreguitos y otros integrantes del mundillo literario limeño. El Leonardo Aguirre de la ficción descarga su látigo flamígero contra quienes considera vanidosos, adulones, resentidos, mediocres, arribistas, etcétera, categorí­as morales en muchas de las cuales él mismo se considera incluido.

Esta novela puede ser atractiva para dos tipos de lectores. En primer lugar para aquellos que gozan devorando chismes y “maleteos”, pues El Conde… los tiene de sobra. Este tipo de lectores son los que se divirtieron a sus anchas leyendo No se lo digas a nadie, de Bayly, o Maldita ternura, de Beto Ortiz, novelas en las que, con nombres cambiados, aparecí­an famosos personajes de la farándula limeña. Sin embargo, en la novela de Aguirre ya no hay que descubrir quién es Diego Bertie, Melcochita o Magaly Medina, no, aquí hay que averiguar quién es “Sandrito Roncaló”, autor de las novelas Aseptil rojo y Pundonor; o “Galindo”, autor de Monta cabros, Todas las mujeres son golfas y La oscura sociedad de los camiones. El mundo literario limeño es igualado a la farándula.

Pero debo decir que esto de atraer este tipo de chismosos (los literarios) no es una buena estrategia de ventas, pues estos son escasos. Son solamente aquellos que se pasean por los blogs dejando comentarios anónimos o con graciosos seudónimos (la vieja práctica escolar de “meter vicio” sin que vea el profe). Y es que, en verdad, para alguien que no ha seguido las peleí­llas, chismecillos y bronquitas (todo así­, en diminutivo) de los jóvenes escritores limeños, El Conde… es casi ininteligible. Más aún si, para colmo de males, no logra entender la endemoniada jerga del protagonista.

Otro tipo de lectores serí­an aquellos para quienes lo extraliterario importa poco. Pues bien, este “lector ideal” debe mostrar competencia en algunos aspectos. Por ejemplo, debe ser capaz de descifrar la jerga que constituye el 70% del discurso narrativo. Desde la primera lí­nea debe activarse esta capacidad comprensiva: “Un faber-castell: trátame de tuco, ¿yamaha?”.  Considero que este es un componente lúdico que hace atractiva la lectura, además de fomentar la participación del lector, aun cuando, por momentos esta jerga, que muchas veces es jerga de jerga, entorpezca la lectura por su calculado barroquismo. “Así  que los cuentos por encargo… yamaha… la pregunta es: ¿qué diávolo importa? Si te pagan o no te pagan. Si te enyucan el tema o tú mismo… clairol. Si escribiste con la depre, si escribiste después de un talco, si escribiste chichobello, drogba, pepeado, lo que quieras (…) ¿Comprendes, Méndez? Y la materia prima… eso tampico… importa un shopping” (118).

Los aciertos de El Conde… los encontramos en el hábil montaje de su estructura y en su ácido humor. Lo primero, porque durante la entrevista del anónimo reportero de la revista Sumas a Aguirre, aquél va leyendo los cuentos de éste y el paso de un nivel de realidad a otro (de la grabación magnetofónica a la trascripción del cuento) se da con una astucia semejante a la de los diálogos telescópicos de La casa verde. Por cierto, esta no es la única referencia vargasllosiana que identifico en el texto, pues las escenas cargadas de ácido humor, de las que hablaba lí­neas arriba, guardan un gran parentesco con los hilarantes delirios radioteatrales del Pedro Camacho de La tí­a Julia y el escribidor. Valga como ejemplo la divertida escena de El Conde… en la que Leonardo Aguirre, al presentar su novela La conjura de los subterráneos en el cine Tiffanny’s, aparece amarrado a una cruz de neón con el siguiente cartel: “Aquí yace el Rey de los Plumíferos”. Surrealista escena en la que, después de que los doce presentadores del libro engullen las reseñas publicadas por Aguirre, Elio Negri levanta los ojos hacia el crucificado y le dice: “Señor, acuérdate de mí­ cuando ganes el premio Cervantes”, a lo cual aquel responde: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el parnaso”. 

Esta es entonces una divertida novela dirigida a un modesto número de lectores. Novela ingeniosa que, probablemente, perderá interés cuando los protagonistas de la escena literaria limeña sean otros. En resumen, una novela sin ambiciones de trascendencia, ideal para pasar un buen rato.

Ficha técnica: Leonardo Aguirre. El Conde de San Germán. Lima: Hormiga Editores, 2007. 158 páginas.



Entrevista a Jeremías Gamboa
Tuesday January 08th 2008, 3:41 pm
Filed under: Entrevistas

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Francisco Ángeles

Uno de los mejores libros del año pasado fue Punto de fuga, notable debut del periodista y escritor Jeremías Gamboa (Lima, 1975). Con un lenguaje limpio y bien trabajado, Gamboa ha conseguido un grupo de relatos intensos animados por personajes desequilibrados y en permanente movimiento. Conversamos con él acerca de su primer libro.

Estaba chequeando las entrevistas que has dado por este libro. Creo que he leído cinco o seis. ¿Te acuerdas cuántas fueron?
Sí, cinco o seis…

¿Qué tal la experiencia de hablar de tu propio libro?
A mí me gustaron esas entrevistas. Me pareció interesante porque además yo soy periodista, y me gustó estar del otro lado y hacer un esfuerzo por tener un discurso para los medios. Y además este libro habla de periodistas, y los periodistas tuvieron un interés marcado por ese tema. Pedro Escribano, por ejemplo, estaba muy interesado en el tema periodístico del libro…

En esa entrevista con Escribano creo que hubo una pequeña discusión al respecto. Tú atacabas un poco al periodismo y él, claro, lo defendía, ya que es su chamba, lo que hace…
Lo que pasa es que yo tuve una relación conflictiva con el periodismo, porque no encontraba tiempo para escribir ficción. En algún momento desarrollé una cólera por eso, pero si hubiera sido oficinista en un banco, le hubiese agarrado cólera también a ese trabajo. Pero lo periodístico me ha sido útil, para mí es una afirmación, es una relación muy trajinada con la escritura. Yo escribía crónicas muy relajado en Somos, y cuando me iba a mi casa a escribir ficción me ponía más duro, como que era algo más elevado. Después decidí que tenía que divertirme, vacilarme, arriesgar y escribir con la misma concha con la que escribía crónicas. Y cuando escribí este libro me di cuenta de que el conflicto entre el periodista y el contador de historias de “Un responso por el cine Colón” era el conflicto que yo tenía. Ese cuento es el arte poética del libro. El narrador le envidia a Castrejón su capacidad para inventar historias delirantes cada noche, y Castrejón es el escritor en ciernes. Hay una reconciliación entre los dos personajes, que es mi reconciliación, la reconciliación de esos dos lados. Es bien Paulo Coelho, pero así es, qué voy a hacer (risas).

Sé que esto no es en absoluto importante, pero queda la impresión de que ese cuento es muy autobiográfico…
Hay puntos de partida autobiográficos, siempre experiencias personales. Un cuento que aparentemente no lo tiene es “Evening interior”, en la que observo una mujer, una mujer que no me va a ver porque soy un tipo gris. Escribí muchos cuentos de ese tipo, pero sólo ése sobrevivió, y sobrevivió porque es como un comprimido de “María José”, donde el personaje principal está enamorado de María José, que es un personaje inasible…

Lo peor de todo es que es su amigo, lo que es más dramático. Si quieres algo con ella y no te da bola, mejor que no te salude…
Es lo del amigo gay, ¿no?

El amigo gay sería más el que anda con varias pero no se agarra ninguna. En este caso es la de mejor amigo, que es peor. El narrador anda con María José, que nunca le va a hacer caso como pareja, pero siempre está ahí, por alguna extraña razón siempre está ahí. Esta incapacidad de acercarse a la chica también la veo en “Tierra Prometida”, cuando los dos amigos están en el Bohemia, antes de la juerga, y el amigo del narrador ve a unas chicas de la universidad, pero no lo saludan…
En ese cuento, ellos miran todo desde un no lugar, no tienen ninguna capacidad para abordarlas…

Y eso los motiva ir a un lugar donde van a ser mejor recibidos. Cuando llegan al Pitcher’s el narrador piensa “aquí somos guapos”…
Claro, acá soy atractivo (risas).

Claro, el pata pienso aquí somos, aquí la hacemos linda…  Supongo que es normal, ¿no? Te vas moviendo por la ciudad y sientes que tu imagen va mejorando mientras más tela son los lugares a los que vas. Pero lo interesante es que el pata igual fracasa, no le liga ni una. Me refiero al amigo, que es más fracasado que el narrador…
En algún sentido, sí…

Con la diferencia que en el Pitcher’s tiene su tabla de salvación. Cuando no le dan pelota, dice “esta chola de mierda qué se cree”. Transfiere la culpa a otra persona…
Eso tiene que ver con un aspecto del que me habló Ezio Neyra. Una de las cosas es que ahí en el libro nadie se toca, no hay ni un besito. Hay una incapacidad de las personas para tocarse. A qué responde, no sé, quizá porque para mí la escritura en esa época estaba relacionada a una sensación de impotencia, nada salía como yo esperaba. Escribía mucho, pero no salían los cuentos. Quizá por eso hay mucha impotencia en los personajes, una incapacidad de tocar lo que está alrededor de ellos, son incapaces de sentirse parte de un espacio. Por ahí hay un par de momentos en que se tocan, el padre al hijo en “Nuestro nombre”, y la hermana toca al hermano en “La conquista del mundo”. Pero no hay aspectos cercanos al sexo, al punto que lo más cercano es la revolución de los pajeros del cine porno. Y todos están lejos unos de otros, tampoco se tocan…

En “Tierra Prometida” hay unos paleteos entre el narrador y la chica bien despachada, la prima de la otra…
Sí, pero son unos previos, nada más…

Ese caso me parece interesante. Esta chica lo admira, ha leído sus artículos. El pata tiene todas las de ganar: ella es misia, él está en un BMW…
Sí, tiene todas las de ganar, pero no lo hace, decide no comportarse como un patán. A ese cuento algunas personas, por las que tengo mucho respeto, le pusieron reparos desde un punto de vista que no sé si llamarlo ideológico… porque ellos son los patanes del libro, los oscuros de libro, por lo que el cuento sería descalificado…

Es curioso que se cuestione la calidad moral de estos dos. Porque, ¿qué hacen? No hacen nada, ¿no?
Claro, son dos chiquillos, gente de veinte o veintiún años, hacen lo que hemos hecho todos, salir de noche a buscar algo que nos afirme. A ellos esa afirmación les es esquiva durante toda la noche, y en la última escena encuentran que no son nada… no encontraron en esa tierra prometida lo que buscaban, en esa tierra prometida que no existe…

Ni siquiera son esos típicos personajes malditones. Por lo menos el amigo, que supuestamente es el bravo, el que tiene el carro, el que sabe dónde ir…
Claro, el que pone las chicas…

Sí, y en el fondo, con su billete y su BMW, es un pata muy marginal. Marginal porque no encuentra su espacio. Va del Bohemia al Sargento, después al Pitcher’s de Los Olivos, y termina en un night club de mala muerte en Comas.  Eso es más dramático, ¿no? Me hizo recordar a Ribeyro, sobre todo a “De color modesto”, el marginal de temperamento. Es el mismo recorrido, te levantas a la que puedes, a la que no puede decirte que no, y termina agarrándose a la empleada…
No tenía presente “De color modesto”, pero sí “Día domingo”, en el que una chica pituca se va a la playa con una chica pobre. Para ella es un paseo normal, pero para la pituca es una cosa más lésbica. Eso sí lo pensé. Pero más que Ribeyro tenía presente Los cachorros, el ritmo y el vértigo que quería darle. Algunos amigos me dijeron que en ese cuento está la amenaza permanente de un crimen o un suicidio…

Claro, en todo el cuento parece que algo les va a pasar. Y lo peor es que no les pasa nada. O sea, si vas hasta allá al menos que te maten. O mínimo que te peguen, ¿no? Pero si no pasa nada es una historia que no puedes contar, es una historia no narrable, una historia sin gloria… y la gloria al menos podría ser que te peguen…
Lo que hay en ese cuento es una marginación de autopercepción, los personajes no se encuentran. De ese cuento lo primero que escribí fue la frase final, cuando se dan cuenta de que no quieren despertar, porque eso implicaría reconocer que no están en ningún lugar.

Cambiemos un poco de tema. Hace unos años te fuiste a Estados Unidos a hacer una maestría…
Una maestría y un doctorado. Pero sólo hice la maestría…

¿Por qué regresaste?
No me sentía cómodo. Estudie Ciencias de la Comunicación, y pensaba que me faltaba más formación en literatura. Estuvo bien, fue una buena experiencia, pero se lee la literatura desde otro lado. Por ejemplo, sobre el cuento “El edificio de la calle Los Pinos” me dijeron que el edificio era una metáfora de la soledad. Y con unos profesores tuve una conversación que me pareció muy estimulante, en la que me decían que ese edificio deshabitado podía ser una imagen potente de lo procesos de modernización truncos en las ciudades latinoamericanas. De ahí se desprende un aparato crítico interesante, pero que no se acerca a la manera cómo uno escribe. Entonces era ponerse demasiado del otro lado.

 ¿Te pareció que eso te limitaba al momento de escribir? ¿Escribías desde la posición de un lector de ese tipo?
En mí particularmente sí, en otras personas puede ser distinto. Hay gente como Peter Elmore que ha hecho una obra crítica importante y una obra de ficción. Pero yo tengo poca capacidad para discernir esos dos lados, y preferí no seguir. También regresé por la típica tontería de que extrañas el ceviche y el país en general. Y sobre todo Lima. Me interesa Lima, conocer lugares distintos, rastrear, y eso evidentemente en un campus norteamericano no puedes hacerlo…

Lima de hecho es el gran tema del libro, ¿no?
Sin duda. Y el libro narra desplazamientos, porque me gusta usar espacios reales. Como lector me interesan los escritores que utilizan espacios reales, los espacios imaginarios me gustan menos. Me interesa Roth, Bolaño, que hablan sobre las ciudades en las que viven, es lo más deslumbrante que uno puede leer. Cosas que pueden pasar a tu lado. Y este libro habla de movilizaciones. En “De color modesto” que mencionabas, el protagonista es de tal condición y la sirvienta de tal otra. Yo he narrado la movilización de los personajes, las ficciones de los que saltan de un espacio social a otro, y el resultado es que todo es trunco, problemático, no controlado…

Y es problemático en los dos casos, cuando asciendes, pero también cuando desciendes…
Sí. Luis Hernán Castañeda me decía que “Tierra prometida” y “La conquista del mundo” son como un aspa, en  las dos hay movilización, una para arriba y la otra para abajo. La bonanza económica ha hecho que haya desplazamientos en los estratos socioeconómicos, los sectores se empiezan a mover. Son como placas tectónicas y por eso los personajes están afectados, desequilibrados.




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