“La pata de mono” y Enrique Congrains
Thursday March 27th 2008, 3:39 pm
Filed under: Debate, Presentaciones, Publicaciones

Por: Giancarlo Stagnaro

Gracias a una gentileza de José Donayre Hoefken, responsable de ediciones Copé (Petroperú), damos a conocer estos videos alrededor de la presentación de la novela El narrador de historias, de Enrique Congrains Martin. La novela, como se sabe, relata la historia del narrador oral Cayetano Cámpanis, que se presenta en una convulsionada ciudad de Mendoza para dar su versión del cuento de horror “La pata de mono”, de W. W. Jacobs.

El primer video describe la presentación de Congrains en Crisol, el lunes 14 de enero. Los tres siguientes constituyen la presentación final de la “semana Congrains”, en la Casona de San Marcos, el viernes 18, donde el autor peruano, fiel a su estilo, narra el cuento de Jacobs.

Presentación en Crisol:

http://www.youtube.com/watch?v=euxCF1LDKkk

Congrains en la Casona (primera parte):

http://www.youtube.com/watch?v=M4_UzPFOLNQ

Segunda parte:

http://www.youtube.com/watch?v=WlAdiCtoiwk

Tercera y final:

http://www.youtube.com/watch?v=Ke1ydDMyJxA



Puto el que lee esto
Wednesday March 19th 2008, 7:40 pm
Filed under: Publicaciones

 

portada.jpg

 

Por: Marlon Aquino Ramí­rez

Cuando viví­a en Argentina, una de mis mayores satisfacciones era comprar la revista Ñ  de El Clarín. La habí­a leí­do antes, por internet, pero será inolvidable para mí­ la primera vez que me acerqué al quiosco y, tras entregar un peso (o peso y medio, no recuerdo bien), el amable vendedor me alcanzó la versión impresa de dicha publicación cultural. Me parecí­a increí­ble que por tan módica cifra (un peso argentino equivale a un sol peruano) pudiera tener acceso a tan valioso material. Al recorrer sobreexcitado sus páginas, por momentos recordaba al antiguo, bastante antiguo, “Dominical” de El Comercio que, además de tener muchas más páginas que el raquí­tico “Dominical” de estos tiempos, presentaba artí­culos extensos y profundos. Sin embargo, pienso que ni ese viejo suplemento nuestro puede compararse con el argentino. Esto se explica claramente: ley de la oferta y la demanda. Los argentinos están más interesados en la cultura que los peruanos, por ello demandan y compran cultura; por ello hay una oferta de calidad.

Este comentario viene a raí­z de un texto de Roberto Fontanarrosa que encontré ayer entre mis cajas – archivo y que quería compartir con ustedes. Estaba dentro de una de esas revistas Ñ que compré en mi travesí­a argentina. Transcribo sólo una parte del mismo. Si quieres ser escritor, tienes que leerlo completo.

PUTO EL QUE LEE ESTO

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora. La leí­ en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí­ como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.

Ojalá se me hubiese ocurrido a mí­ un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí­ tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.

No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la lí­nea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf… el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decí­a claramente, con esa forma tan clara que tení­a para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.” Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo. El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así­ de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librerí­a, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allá­ tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.

“Es un golpe bajo”, dirá algún crí­tico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. Sí, señor “les contesto”, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas.

Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querí­an la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerí­as. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: “Me voy con rumbo a la quinta del ñato y me llevo conmigo todo lo que escribí­a, no los molesto más con mi producción”, no. Ahí­ están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corí­n Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todaví­a en las mesas de saldos.

Roberto Fontanarrosa




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