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Cronopio por siempre
Thursday February 19th 2009, 3:11 pm
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Julio Cortázar. Foto: Clarín.

Por: Giancarlo Stagnaro

Existe en la obra de Julio Cortázar (1914-1984) algo que podrí­amos llamar un disgusto permanente con la realidad, tal como está dada. “Desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas”, sostení­a el escritor argentino.

Uno de sus cuentos más famosos, publicado en Final de juego (1956), trata sobre las inverosí­miles acciones de un hombre por ponerse un suéter, situación que nos recuerda los disfuerzos infantiles por calzarse la ropa de vestir.

Lo infantil es, pues, sinónimo de “cortazariano”, pero en el sentido lúdico del término. Cortázar siempre tuvo algo de niño, incluso cuando coqueteaba con las revoluciones cubana y nicaraguense. Como esa famosa foto en la que, como buen amante del jazz, se afana por tocar la trompeta (dicen quienes lo conocieron que lo hacía muy bien).

Mañana (*), se recordarán los 25 años de la muerte de Cortázar, el incomparable autor de Rayuela e Historias de cronopios y famas y uno de los mayores autores latinoamericanos, aunque, valgan verdades, su lectura ya no genera el entusiasmo de décadas anteriores. Con el huracán Bolaño, que se llevó de encuentro buena parte del canon latinoamericano, Cortázar nos parece algo lejano, efectivo sí­, pero distante.

Sin embargo, recordamos con emoción la lectura de relatos imprescindibles como “El perseguidor”, “Las babas del diablo” o “Todos los fuegos el fuego”, textos que llevan en ristre el calor literario: aquel que tiene mucho que ver con la inadaptación del escritor en relación con la realidad y sus designios.

Ardores secretos

En su ensayo “La trompeta de Deyanira”, Mario Vargas Llosa recuerda con afecto la figura e imagen de Julio Cortázar en Parí­s, el Parí­s de clochards y conciertos sinfónicos inverosí­miles, de clubes de jazz y ardores secretos, como los que retrata en su mayor novela.

Sin embargo, toda esta imagen del escritor cosmopolita y netamente literario se trastocó luego de que Cortázar se viera tocado por las preocupaciones de su tiempo. De ello extrajo varios temas para sus últimos libros, como El último round o Nicaragua, tan violentamente dulce.

La muerte le arrebató a Cortázar a su última compañera, Carol Dunlop. Del hecho no le fue posible recuperarse, a pesar del gí­glico, el box o el lunfardo. El 12 de febrero de 1984 fallece en Parí­s y es enterrado en el cementerio de Montparnasse, en la misma tumba donde yace Dunlop. Lugar de la peregrinación obligada por aquel que visita Parí­s y sus misterios, no es casual ver cronopios, famas, esperanzas y rayuelas dibujadas a un lado de la lápida, además de vino y otros regalos. Como si Julio nos dijera que el juego aún no tiene final.

Inéditos inesperados

En enero, se presentó un volumen de lujo con textos inéditos del escritor, microrrelatos al estilo de Historia de cronopios y famas: “Almuerzos”, “Never stop the press” y “Vialidad”. El volumen fue coordinado por Aurora Bernárdez, heredera universal y albacea de su obra.

Se trata de una tirada de apenas 100 ejemplares realizados artesanalmente, numerados y firmados por la ilustradora, el calígrafo y el editor. Los textos están presentados en tres carpetas con cubiertas en papel estampado a mano incluidas, a su vez, en un estuche entelado.

Por abril se publicará un volumen de casi 400 páginas con muchí­simo material desconocido de Cortázar, desde fragmentos de Rayuela y otras novelas hasta cuentos cortos, textos sueltos y apuntes, que Aurora Bernárdez compiló luego de una meditada edición de ese material. El libro se titula Papeles inesperados. Sólo queda esperar.

(*) Publicado originalmente en el diario El Peruano el 11 de febrero de 2009.




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