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La desaparición de la antigua Biblioteca de Alejandría ha sido considerada como la mayor catástrofe acontecida en el mundo bibliotecario. Desgraciadamente, no ha sido la única. A lo largo de la historia, los libros han sido prohibidos, desaparecidos y destruidos por una u otra razón. Pensemos en el Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum, creado por la Iglesia Católica para catalogar a los libros perniciosos para la fe y que pudieran corromper a los fieles, cuya última edición data de 1948. Pensemos en la petición hecha por Descartes a sus lectores, la de quemar sus libros antiguos, y en la exigencia de Hume de suprimir aquellos textos que versaran sobre metafísica. Podríamos recordar la publicación, en 1910, del manifiesto del movimiento futurista en el que se pedía acabar con todas las bibliotecas.
En este sentido, resulta oportuno recordar la significativa fecha del 10 de mayo de 1933, cuando grupos de estudiantes nazis se lanzaron a destruir las obras conceptuadas “peligrosas” por el gobierno nazi. Era la consecuencia lógica del discurso del jefe de gobierno, Adolf Hitler, y de su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, autor de la orden de “purgar” las obras “no germánicas” de las bibliotecas del país. El fuego “purificador” de una gigantesca pira convirtió en cenizas unos veinte mil libros en la plaza de la Ópera de Berlín. “Estas llamas no sólo simbolizan el final de los viejos tiempos, sino el principio de una nueva era”, expresó Goebbels al respecto.
Una nueva era que no parece haber avanzado mucho en relación con este asunto. Al punto de que éste es el tema central de la Historia Universal de la destrucción de los libros (2004) de Fernando Báez: la biblioclastia. En este texto, el autor bibliotecólogo y ex asesor de la Unesco sobre daños al patrimonio cultural iraquí, sostiene que nada es azaroso en la cultura de la destrucción a la vez que expone y denuncia, de alguna manera, el programa de intimidación y confusión operado por ciertos estados, a través del saqueo y el desmantelamiento de las bibliotecas, para acabar con buena parte del patrimonio cultural de una sociedad y dejarla huérfana en términos histórico-culturales.
La tesis de Báez, tal como se lo comentara a Susana Reinoso al entrevistarlo para La Nación, es que “destruyen libros los que reconocen la importancia de los libros. Los biblioclastas saben que, sin la destrucción de los libros y documentos, la guerra está incompleta, porque no basta con la muerte física del adversario. También hay que desmoralizarlo. Sin destruir los libros no se termina de ganar la guerra. Y una táctica frecuente consiste en suprimir los principales elementos de identidad cultural, que suelen ser los que más valor proporcionan para asumir la resistencia o la defensa”.
Báez está pensando en los casos de Irak, Sarajevo y Bagdad. Casos abordados a lo largo de la entrevista mencionada que ilustran la relación-situación bélica y control-eliminación de los bienes simbólicos del enemigo. Por todo esto, resulta contradictorio que Báez “quien fuera director de la Biblioteca Nacional de Venezuela (BNV) entre abril y diciembre de 2008 aproximadamente, lapso caracterizado por la ideologización del Instituto Autónomo en términos gubernamentales” desconociera la aniquilación de 62 mil 262 libros, a pesar de que una buena parte de este bibliocausto ocurrió en pleno ejercicio de sus funciones como director general de la BNV (i). Estos libros fueron convertidos en pulpa de papel por iniciativa de agentes del Instituto Autónomo de Bibliotecas e Información del estado Miranda (IABIM). Ni el instituto envió los informes de gestión, ni el organismo a su cargo se los pidió.
El problema está en que el criterio de descarte de las obras fue irregular. No pertinente, excedente y mal estado fueron las razones más comunes y en muchas de las actas no se especifican los motivos de la “desincorporación”. Miles de autores fueron incluidos en la lista de descarte de material, elaborada por el IABIM entre 2007 y 2008, de las 36 bibliotecas mirandinas. Lo cierto es que el 15% de los libros del estado Miranda fue destruido. Un porcentaje que incluyó libros de religión, historia, literatura, política, material braille y textos infantiles.
¿No resulta paradójico que, por nombrar sólo un caso, los dos tomos tapas duras de las Obras completas de Rómulo Gallegos, editadas por Aguilar en 1959 cuyo peso es de 1.2 kilos, fueran vendidas a 0.42 bolívares (ii) ”menos de un bolívar” y que el director de la BN, especialista en patrimonio cultural, desconociera este hecho? ¿Será el azar el que determinó que una pieza emblemática de la memoria cultural venezolana terminara en un molino? A esta pregunta, Báez responderá que no.
Quiero apartar de mi mente la famosa frase escrita por Heinrich Heine en su tragedia Almansor. Quiero creer que en Venezuela hay muchos hombres parecidos a uno de los tantos personajes creado por la australiana Geraldine Brooks en su novela People of the Book (iii). Parecidos a ese señor que rehúsa a irse de una Sarajevo sitiada porque tiene una tarea más importante que salvar su vida: la de rescatar los libros de la biblioteca de la ciudad. Este hombre se entrega a su cruzada hasta que las llamas le impiden volver a entrar al edificio. El es un musulmán y entre los libros que ha salvado se encuentra uno judío que da origen a toda la historia. Acá no hay indiferencia alguna, sólo respeto por el pensamiento y las ideas de otros.
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(i) El escritor e intelectual Fernando Báez asumió el pasado 1 de abril la dirección de la Biblioteca Nacional de Venezuela (BNV) y la Red de Bibliotecas Públicas de Venezuela, comenzando un proceso que, según dijo, cuenta con carta blanca por parte del presidente Hugo Chávez para impulsar las acciones necesarias que conviertan a la institución en el eje de una lucha, desde el punto de vista de la memoria, “contra el imperialismo cultural de los Estados Unidos”. El rol social de los bibliotecarios, explicó, debe tender a una gestión de compromiso social revolucionario, con lo que significa el país y el proyecto extraordinario que está ejecutando Hugo Chávez. En Letralia.
(ii) Lo que paga una fábrica por los libros para desmenuzarlos y convertirlos en pulpa de papel es 0.35 bolívares por kilo.
(iii) Agradezco a Raquel Rivas Rojas por la referencia de Brooks.
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(*) Adlin de Jesús Prieto Rodríguez es docente de Literatura de la Universidad Simón Bolívar (Venezuela). Desde 2004 forma parte del comité editorial de la revista El Hablador.
Imagen: Fahrenheit 451, cinta basada en la novela homónima de Ray Bradbury, donde en un estado fascista los bomberos queman libros.
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