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Por: Giancarlo Stagnaro
Al momento de escribir estas líneas, no se pueden evitar la tristeza y la ausencia. Conocemos a Enrique Congrains Martin, al autor de clásicos imborrables como Lima, hora cero y No una sino muchas muertes, hace muy poco, en 2007, cuando protagonizó uno de los regresos más inesperados y gratos que la literatura peruana haya conocido.
Tras dos entrevistas y varias presentaciones de libros en la librería El Virrey, el auditorio de Petroperú y la Biblioteca Nacional, una amistad se había sellado. Una amistad basada en la admiración y el talante de este hombre singular.
En aquella ocasión, decíamos que había regresado un “ave fénix” y no nos equivocábamos: en un medio literario ingrato con sus autores, que vive más de efímeros picos de popularidad mediática que de propuestas a largo plazo, el hecho de que resonara el nombre de Congrains, tras cerca de medio siglo de silencio literario, le parecía una distorsión temporal a algunos. Pero, nada más lejano que revalorar a un impulsor de la literatura peruana, que iba de mesa en mesa, a pie, casi subrepticiamente, vendiendo libros, y acumulando un conocimiento auténtico y enciclopédico del cual muy pocos se pueden ufanar.
Era un conocimiento de vida. Quizás dichos alcances lo convirtieron en un permanente rebelde, incapaz de aceptar los dictámenes de una sociedad que no notaba en sus relatos los cambios a los que se iba a someter prontamente. Si podemos rastrear algún mérito literario en la narrativa de Enrique Congrains Martin, éste pasa por hacer visible en la literatura las consecuencias de la migración del campo a la ciudad y las distorciones urbanas en la afectividad: basta, para ello, leer el relato “El niño de junto al cielo”. “Creo que más fuerte era la realidad de Lima en esos años, porque veo esa mirada neorrealista, hasta naturalista, para revelar la miseria moral de la gente”, dijo en una de las últimas entrevistas que se le conocen.
Y quizá ese era el paradigma secreto de Congrains, esa rebelión innata contra la miseria moral, hacia lo cual vierte sus más recientes esfuerzos, principalmente, El narrador de historias y 999 palabras para el planeta Tierra, que nos falta aquilatar en su verdadera dimensión. Son dos historias “no canónicas”, pero que revelan la arriesgada apuesta del último Congrains, el mismo y el otro, tras 50 años: “Me he propuesto hacer literatura no peruana, muy conscientemente”.
Si hace 50 años el nombre de Congrains entró como una tromba en el espectro literario nacional, formando parte de una generación imperecedera para nuestro campo literario, hoy nos somete a un nuevo reto: inscribir al escritor en su verdadera dimensión y aceptar el mensaje que nos quiso decir todo este tiempo, con su vida y obra.
*Este artículo fue publicado en el diario El Peruano el día 8 de julio de 2009.



