
Por: Juan Francisco Ugarte
Lo que nos distingue de los animales es que bebemos sin sentir sed y hacemos el amor a toda hora.
Rubem Fonseca, “Libreta de nombres”
Todos saben que las noticias circulan mucho más rápido por Internet que de boca en boca. Sobre todo aquellas que involucran a personajes tan sorprendentes como enigmáticos. O por lo menos así considero yo a Rubem Fonseca (Minas Gerais, Brasil, 1925). Esta noticia (que conocí por intermedio del Facebook) consistía en su llegada al Perú, donde estaban programados un reconocimiento de Honoris Causa en San Marcos y una presentación en la Embajada de Brasil. Decidí en ese momento informarme de todo. Busqué detalles en muchas páginas, pero sólo encontré una pequeña referencia en la web de San Marcos acerca del homenaje que se realizaría el jueves 27 al mediodía en la Casona.
Al día siguiente averigüé lo que se necesitaba para asistir a la ceremonia. Supongo que nada, me dijo un profesor de San Marcos, a quien después encontraría intentando –frustradamente– tomarle unas fotos a Fonseca con una cámara digital y que, para evitar infidencias, lo llamaré Profesor 1. Así que ese jueves, luego de pedirles a algunos amigos que me acompañaran (y luego también que me cancelaran), cogí el único libro que tenía a la mano, El enfermo Molière, y salí para el Centro.
Eran las once de la mañana. No había desayunado.
*
La primera vez que leí a Rubem Fonseca fue cuando tenía dieciséis o diecisiete años. En ese momento el impacto fue parcial. Ahora creo, a manera de explicación, que para iniciarse en un escritor como él (y me refiero sobre todo a la cantidad de libros, temas y virtudes que contiene) es necesario hacerlo por su lado fuerte, es decir, su mejor lado. Y para mí El collar del perro (el libro que leí en ese entonces) no se encuentra ahí. El collar del perro es un libro que entretiene, pero nada más. No tiene grandes cuentos, ni personajes célebres, ni esa fuerza indomable que sí poseen muchas de sus otras obras. Por eso demoré en leerlo de nuevo. Transcurrieron casi tres años para volver a él y darme cuenta del inmenso escritor que es. Fonseca me abrió los ojos con tres de sus libros: La Cofradía de los Espadas, Historias de amor y el ya citado El enfermo Molière. Luego de unos meses seguí con Pequeñas criaturas, Y de este mundo prostituto y vano sólo quiero un cigarro entre mi mano y Agosto. Es evidente que no pude resistirme ante esas historias corrosivas acerca de asesinos y narcotraficantes, historias en las cuales aparece de forma descarnada tanto el amor como el odio, la violencia y el humor. Fonseca tiene algo que se te mete en la cabeza y que desbarata todo. No es coincidencia, entonces, que él entienda la literatura como un acto subversivo, de total trasgresión hacia las “buenas costumbres”. Tampoco es coincidencia que le hayan censurado por doce años uno de sus tantos libros, Feliz año nuevo, por ir en contra de la “moral común”. Un escritor que no acepta las reglas como él (ni siquiera las propias reglas de ser escritor, como la de tener contacto con la prensa) nunca se queda callado. Un escritor como él dice cosas parecidas a “para escribir no es necesario ser inteligente”. Un escritor como él tiene un libro llamado Historias de amor.
Algunos estarán de acuerdo y otros no, pero el mejor Fonseca lo encontramos en sus cuentos. En ese sentido creo que Historias de amor es uno de sus libros más logrados. Con tan sólo siete cuentos, Fonseca consigue lo mismo que otros con toda una obra entera: consistencia. Cada relato, por más corto que sea, justifica su grandeza como narrador. Quiero resaltar los que para mí son los dos puntos más altos del libro: “Ciudad de Dios” y “Carpe Diem”. Estoy convencido, sin embargo, que cualquier cuento de esta colección es digno de homenajear. Una de las mayores virtudes que se le puede atribuir, y que yo mismo experimenté en el proceso de lectura, es aquella sensación a vértigo tan indefinible pero que yo la etiqueto como típica de Fonseca. El hecho que un escritor tenga el poder de cautivarte al punto de sentir que estás involucrado totalmente con la historia y los personajes, e incluso creer que tu propia vida forma parte de ese mundo, creo que es un elogio mayor. Y esto lo consigue, a excepción de tantas otras características, mediante un estilo directo, seco y violento. Fonseca no necesita decir mucho para plasmar todo. Fonseca pertenece a esa raza de narradores que mientras más breve y lacónica sea su literatura –como si la concreción verbal fuera un requisito indispensable– más precisos y sobre todo brutales nos parecen. Fonseca no titubea al jalar el gatillo y disparar.
Cuando leí Historias de amor quedé maravillado (y algo herido, además) no sólo por esa exactitud con las palabras, sino también por una sutil perversidad de los personajes. El engaño, la falsa moral, los placeres y el dramatismo de las historias nos llevan a identificarnos con el otro lado de las personas, con ese instinto oculto e inconsciente que, bajo la lupa de Fonseca, logramos captar y entender. En otras palabras, se subvierte el orden de las cosas en favor de aquellos seres menos comprendidos, aquellos que mienten, que matan y que sin embargo defendemos. Fonseca escribe y al mismo tiempo parece decirnos que es mejor estar del lado de los malos, o de los que moralmente creemos como malos.
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Hace frío. Llego a la puerta de entrada y pregunto por alguna ceremonia de Honoris Causa. Me responden que en el siguiente patio. Son las doce en punto. Veo por todas partes y alcanzo a contar máximo a cinco personas. Encuentro el salón, pero prefiero ir por la puerta trasera. Camino lento y sigo nervioso. Camino lento, cargo una mochila en la espalda con el libro de Fonseca y otras cosas, y pienso en por qué tan poca gente. Asomo mi cabeza hacia adentro y observo a tres viejos sentados en una de las primeras filas. Dije: “Mejor espero afuera a ver qué pasa”. Salí y me topé con dos fotógrafos que conversaban. ¿Aquí es lo de Fonseca?, pregunté. Ajá, me dijo uno de ellos. Me alejé un poco y apoyé mi cuerpo en una de las columnas del patio. En ese momento vi a otro profesor de San Marcos que, para el caso, será el Profesor 2. Entonces el Profesor 2 caminaba algo desesperado, mirando a todos lados y con un gesto de fastidio, o tal vez cansancio. El Profesor 2 es bajo y bastante gordo, tiene cejas gruesas y siempre pensé que se parecía a alguien de la tele. El Profesor 2 no me conoce, por eso cuando me dirigió una de sus miradas frenéticas no se detuvo en mí y siguió caminando. Me di cuenta que finalmente entraba al salón y se sentaba al lado de los tres viejos. Miré el reloj: eran las doce y cuarto. Empezaba a impacientarme.
¿Era posible que Rubem Fonseca llegue a Perú, a San Marcos, y no haya nadie para verlo? ¿Podía concebirse un Honoris Causa y que sólo estén tres viejos, un profesor y dos fotógrafos como testigos? No. Pero me estaba irritando en vano. Ya llegará la gente, decía. Me senté a una distancia prudente respecto de donde se suponía estaría Fonseca. Crucé los brazos y esperé. Lentamente, al igual que en las misas, el salón se fue llenando de personas, una por una, o en grupos (como el coro sanmarquino que llegó de un momento a otro). Pero luego de un par de minutos hicieron su aparición tres personas de terno. Entonces las tres personas de terno se acercaron a saludar a un chico que estaba sentado en las primeras filas. El chico tenía barba, una chompa roja y gris, usaba lentes y parecía ser alguien conocido. No estaba muy seguro, pero el chico hizo un gesto particular, o quizá una mirada particular, y entonces lo reconocí. Siempre consideré que el chico era un buen tipo, a pesar de los malos comentarios y de sus tres o cuatro libros publicados que pocos leen. El chico es un buen tipo, en realidad. Conversaba con una de las tres personas de terno y casi ni se hacía notar. Levanté entonces un poco la mirada y vi que tenía El enfermo Molière en una mano y en la otra una grabadora. De pronto, una señora que había permanecido todo el tiempo en una de las puertas laterales, cuidando la entrada de las personas, se asomó ligeramente y pareció decir algo así como “ya están viniendo”. Todos, de inmediato, se callaron. El salón adoptó un aire de solemnidad hasta ese momento inesperado. Volteé y para mi sorpresa había llegado tanta gente que sólo quedaban algunos espacios vacíos, uno de ellos a mi lado.
Junto a la mesa de honor se podían observar dos puertas que, en el transcurso de todo este tiempo, se habían mantenido cerradas. Las personas que iban llegando ingresaban por una de los accesos laterales del salón, mientras que algunos, como yo, lo hacíamos por la puerta de atrás, más angosta y pequeña, casi imperceptible. Pero ya nadie entraba; todos, por el contrario, parecían estar esperando algo increíble, sorprendente, inaplazable. No sé si era yo, o si efectivamente ocurría, pero todos estábamos magnetizados antes de tiempo, en silencio, quietos y mirando al frente, con una ansiedad que revelaba la aparición de alguien digno de culto. Entonces se abrieron las puertas y lo vimos. Ahí aparecía, lentamente, serio, delgado y con cierta formalidad, Rubem Fonseca, ahí entraba, con pasos rígidos y seguros y una mirada fuerte, la persona que había escrito cuentos como “Ciudad de Dios”, “Betsy”, “Libreta de nombres”, “Las nueve y media”, “El bordado”, “Carpe Diem”, etcétera. Ahí estaba sentado, no en la mesa de honor, sino al costado, en una silla reservada para él.
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Como ya he dicho, Fonseca antes que novelista es un excelente cuentista. En él, la concisión es una virtud que, por lo demás, ejerce de manera magistral en sus relatos, sobre todo aquellos más cortos. No en vano considero a Pequeñas criaturas, libro de treinta cuentos esencialmente breves, al lado de Historias de amor, sus mejores libros (siempre como cuentista, claro).
Sin embargo, y a manera de digresión, creo que dentro de las novelas que ha escrito (y que he leído) la que más sobresale es sin duda Y de este mundo… Muchos hablan de Agosto, su novela acaso más elogiada y famosa, pero tengo claro que Alberto Mattos no es Mandrake. Yo leí primero Agosto y después Y de este mundo… y estoy convencido que en caso contrario el resultado hubiese sido el mismo, es decir: la novela en donde aparece Mandrake es superior, quizá bastante superior, a Agosto. En realidad, Mandrake está muy por encima del comisario Mattos; por algo es un personaje tan recordado (sin agregar sus reiteradas apariciones en otros libros de Fonseca). Y de este mundo… es una novela dura y directa, abierta y sin demasiados adornos, pero sobre todo excesivamente rápida. Tanto, y tan adictiva como el tabaco. Uno de los efectos que produce es el de volver a ella como quien vuelve a su cajetilla de cigarros: sin pensarlo, automáticamente. Y como es usual en Fonseca, el relato posee los ingredientes perfectos del engaño y la traición, aplicados no obstante de manera clara y precisa.
Pero quiero volver a Pequeñas criaturas. Si antes dije que Historias de amor sobresalía por la excelente individualidad de sus cuentos, en este libro lo que destaca es el conjunto. Con treinta relatos, la mayoría breves, Fonseca alcanza la maestría absoluta debido a un dominio narrativo, estilístico, sintético y psicológico de sus personajes. Cada historia, cuyos protagonistas están tan bien delineados, posee una fuerza única e inigualable. Algo que quiero resaltar son los discursos que se le atribuyen a cada narrador. Discursos totalmente verosímiles (por más absurda que pueda parecer la historia) e impactantes. Además de esto, la ironía juega un rol muy importante. Una ironía quizá algo oculta en muchos casos, pero siempre latente en las voces complejas y, al mismo tiempo, sorprendentes de los personajes. Por eso, “El bordado”, “Miss Julie”, “El chico maravilla”, “Sería el hombre más feliz del mundo si pudiera pasar una noche contigo”, “Libreta de nombres” son cuentos a tener siempre en consideración.
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Lo único que escucho son los flashes de los fotógrafos. Siento un leve nerviosismo que me viene de abajo, desde el estómago, como un golpe enérgico y punzante. Creo que alguien, en el atrio de honor, lo está presentando, pero no oigo nada. Felizmente me he sentado al lado izquierdo, al mismo lado donde más adelante, a unos dos o tres metros, se encuentra con sus manos cruzadas Rubem Fonseca. No hago otra cosa que no sea verlo, de perfil, observando a quien dice: “Y ahora, luego de la presentación, oiremos a nuestro coro entonar el himno nacional”. Todos se levantan. Me doy cuenta que voltea hacia nosotros, como buscando algo, y en ese momento escucho, por fin, que el coro empieza a cantar. Miro, luego de reaccionar de mi hipnotismo, a la gente del salón. Sobresalen, además del Rector, Marco Martos, Barriga, Peña y Marrou, el muchacho escritor, las tres personas de terno, el Profesor 2 (ahora más tranquilo), un tipo alto, colorado y gordo y una chica que lo acompaña. Fonseca, mientras tanto, está de pie, mirando el techo con un gesto serio, demasiado formal, pienso. Termina el coro y Marco Martos se coloca en el atrio y empieza su discurso. Tampoco oigo nada, salvo cosas como: “Hace tiempo leí un cuento titulado ‘Carnaval’” o “Agosto es una novela acerca de un comisario llamado Alberto Mattos”. Marco Martos habla bastante. Me pregunto si Fonseca entiende lo que dice. Pero entonces enmudece y la gente aplaude.
Es el turno de Rubem Fonseca.
Rubem Fonseca se levanta, camina un poco, se coloca justo en medio (dando la espalda a la mesa) y dice con voz fuerte algo que sorprende a todos: “Yo soy un peripatético. Hablo mejor cuando estoy caminando”. He oído (y leído) luego de este reconocimiento en San Marcos y de su presentación en la Embajada de Brasil, que Fonseca habla un portuñol complicado, difícil de entender; algunos me han dicho que se necesita prestarle demasiada atención, agudizar el oído, para lograr captar sus palabras. No sé si fue mi emoción, o qué, pero yo lo entendí muy bien. Es más, salí pensando que Fonseca hablaba casi a la perfección el español.
Fonseca empezó su discurso diciendo que estaba demasiado emocionado por la distinción que le otorgaba San Marcos, además se refirió brevemente a las relaciones culturales entre Brasil y Perú. Sin embargo, luego de un par de bromas, señaló que hablaría de cómo se convirtió en escritor. Dijo: “El filósofo Bertrand Russell decía que las dos grandes virtudes del ser humano eran la inteligencia y la bondad, entonces, ¿para ser escritor es necesario ser inteligente y bueno?”. Fonseca miró a la audiencia, bajó el micrófono, se volteó hacia la mesa de honor, me parece que le dijo algo al Rector, no estoy seguro, y continuó: “He conocido a muchos escritores y muy pocos eran inteligentes”. Negó también que sea necesario ser bueno, construir historias edificantes, llenar de cosas nobles las mentes de los lectores, para poder ser escritor. No había mucho por hacer o pensar. Fonseca confirmaba mis sospechas: era un transgresor.
Entonces uno puede ser escritor siendo tonto y malo. La gente se reía. Fonseca también. Y cuando lo hacía se podía percibir en su rostro un aire sorprendente de humildad e irreverencia. Fonseca caminaba de un lado a otro, tenía unas cuantas hojas en sus manos que, de rato en rato, leía, y hablaba con un tono de consejero, pero principalmente de amigo. Fonseca dijo, entre muchas otras cosas, que para ser escritor se necesitan cinco requisitos: leer bastante, demasiado, acaso un libro por día (como él); mucha motivación; paciencia; imaginación; y sobre todo coraje (para decir lo que no puede ser dicho y que nadie quiere oír). Aparte de esto, Fonseca señaló que un escritor debe saber interpretar la realidad, es decir, encontrarle sus significados.
Baja el micrófono de nuevo. Todos se levantan y aplauden.
Alguien se dirige al atrio y dice: “Por favor, sírvanse pasar al patio para el brindis de honor”. No sé cuántos minutos pasaron de ahí en adelante. Lo que sí recuerdo es que de la nada el salón estaba casi vacío, a excepción del tipo alto, colorado y gordo, la chica que lo acompañaba, el muchacho escritor, las tres personas de terno, el Profesor 1, que apareció de un momento a otro con una cámara digital en la mano, y yo. Entonces me acerco un poco a donde está Fonseca, asediado por los fotógrafos y demás periodistas, y saco de mi mochila el libro de El enfermo Molière. Volteo y veo que el Profesor 1 intenta tomar algunas fotos, algo alejado, de Fonseca; sin embargo, al parecer por falta de práctica, sólo logra un encuadre del suelo, debido a una mala maniobra de coordinación. Un fotógrafo se le acerca y le retira la cámara. El Profesor 1 no dice nada. Se queda de pie, esperando, hasta que el fotógrafo, luego de unas tres o cuatro fotos, le devuelve la cámara y sonríe. Intento no distraerme en nada. Sé que debo actuar rápido y con agilidad. Me coloco casi al frente de Fonseca y ahora sí puedo observarlo bien. Está parado, al lado de algunas personas, tomándose fotos, sonriendo (en serio, y sin fingir). Una señora le pide una foto más y Fonseca dice algo, la agarra de la mano y la abraza fuerte, muy fuerte. Los pocos que estamos ahí (ya dije que la mayoría está afuera, bebiendo vino, conversando) nos reímos. “¿Y toda esa gente que decía que era parco, huraño y cascarrabias? Fonseca sonríe y demasiado, Fonseca acepta todas las fotos que le piden, abraza a todas las mujeres que se le acercan, ¿dónde está entonces ese Fonseca arisco y seco?”, pienso.
Fonseca no dejaba de tomarse fotos. Incluso un periodista le pidió algo insólito: “Maestro, ¿podrá usted acaso salir al patio y dar una vuelta a la pileta para nosotros grabarlo?”. Insólito, también, Fonseca dice: “Ya”. Pero no fue un “ya” de cansancio, ni siquiera de compromiso, fue un “ya” honesto, entusiasta, desde el corazón, un “ya” dispuesto a cualquier cosa que un periodista, fotógrafo, amigo, lector, fan o groupie le pidiera. Entonces salí también al patio y vi cómo lo grababan, cómo daba la vuelta, lentamente, a la pileta, mirando al cielo. A mi costado estaba el chico escritor con su libro de El enfermo Molière y las tres personas de terno. Conversaban. Alguien se le acercó al chico de barba que es escritor y le dijo: “Mira esta foto”. El chico escritor le respondió: “Perfecta. Va”. Luego me di cuenta que dentro de las tres personas de terno, había uno que sobresalía, uno alto y flaco, que hablaba y sonreía demasiado. Se trataba del representante de la Editorial Norma. Miré a mi alrededor y me di cuenta también de la presencia del tipo alto, colorado y gordo y la chica que lo acompañaba. Estaban muy cerca de mí. Ella tenía una cámara y no paraba de tomar fotos. Ella se cogió la cara con ambas manos y le dijo al tipo colorado: “¡Ah! Qué nervios”. Fonseca, en ese instante, regresó y decidí entonces acercarme. Pensé: “Ahora o nunca”.
–Disculpe, ¿me puede firmar?
Fonseca me mira, coge el libro abierto y pregunta:
–¿Cómo te llamas?
–Juan.
–¿Y cómo se escribe?
–Jota-U-A-Ene.
–Jaja. Ah, Juan, ya, está bien, pensé que era otra cosa.
–¿Qué cosa?
–Jaja. Nada. Aquí tienes.
Me aparto un poco y veo que otros se acercan también. Pienso en irme, pero prefiero esperar a ver qué más pasa. Eso no podía acabar así.
Varias de las personas que están al otro lado del patio empiezan a acercarse. Yo también. Me coloco al costado de una columna y lo miro. Fonseca está conversando con una mujer rubia y simpática. Fonseca la agarra con las dos manos, en un arranque de entusiasmo, y la besa en ambas mejillas dos veces. Ella ríe. En ese preciso instante alguien se le aproxima, junto con el chico escritor y el representante de Norma, y le dice: “Aquí está la persona que lo va a presentar en la noche”. El chico escritor y Fonseca se saludan. Trato de colarme, sin que lo noten, en la conversación. Me doy cuenta que Fonseca está realmente contento. Por eso habla y habla, les cuenta la anécdota acerca de ese libro que le censuraron, hace años. “¿Cuál?”, pregunta el representante de Norma.
–Feliz año nuevo –intervengo sin querer.
–Ese mismo –responde Fonseca, mirando al chico de barba que es escritor.
–Algo así escuché –dice éste.
–¿Pueden creer que me lo censuraron doce años?
–¿Y por qué? –pregunta no muy interesado el de Norma.
–Porque atentaba contra la moral y las buenas costumbres –responde Fonseca.
–Ah –dicen los dos.
Me quedo mirándolos, a los tres. De pronto aparece un silencio inexplicable. Ni el chico escritor ni el representante de Norma se atreven a decir algo, lo que sea. Observo el rostro de Fonseca, un poco inquieto y confundido. Pienso en meterme, hablar sobre cualquier cosa, preguntarle por ejemplo acerca de Soraia Goncalves, la protagonista de “Ciudad de Dios”, o de Miss Julie, o de Mandrake, o de Ella y otras mujeres. Pero me quedo callado. El chico escritor le pregunta algo que no logro escuchar y Fonseca vuelve a hablar. Al otro lado observo al tipo colorado y a la chica que lo acompaña, pero lo que en realidad observo es la cámara digital que ella tiene entre sus manos. Digo en voz baja: “Eso, una foto”. Me acerco a ellos y con tono amable le pregunto a la chica:
–¿Ya te has tomado foto con él?
–No, ¿se podrá?
–Mejor aprovecha ahorita, varios lo han hecho. No sé si en la Embajada será igual. Creo que ahí habrá más gente.
Se queda pensando un rato. Finalmente dice:
–Sí, tienes razón.
Le comenta algo que no entiendo al tipo colorado y sin perder tiempo éste se abre paso entre la gente, con la cámara digital y le dice a Fonseca: “Maestro, yo estudié en San Marcos y soy un gran admirador suyo, ¿me permite una foto?”. Fonseca afirma. Entonces la chica que lo acompaña le pide la cámara, los encuadra a los dos y aprieta el botón. Luego ella le hace una señal y se acerca a Fonseca. El tipo colorado toma la foto. Pero en ese momento ocurre algo que, si bien podía darse, lo creía para ese entonces imposible: la chica que lo acompaña me mira y dice: “Tómate una foto, pues”. Siento de nuevo los nervios, la emoción, el golpe punzante en el estómago, y digo: “Ya”. Me acerco y de inmediato, como si se me fuera a escapar, lo abrazo de costado. Fonseca, con humor, dice: “Ustedes son hermanos, ¿no?”. La chica responde: “No, para nada”. Pero al mismo tiempo, y por mi nerviosismo, le digo: “No, somos primos”. Fonseca ríe. Ella encuadra y toma la foto.
–Gracias, es un honor, ¿sabe? –le comento.
–Igualmente –y se va o, mejor dicho, se lo llevan.
En realidad todos empiezan a irse. Me acerco al tipo colorado y a la chica que lo acompaña y les digo: “Gracias, este es mi correo para que me envíes la foto”. Le entrego el papel y se van.
Me siento en una de las bancas del patio. Por la otra salida se están yendo el chico de barba que es escritor y el sujeto de Norma, atrás las otras personas de terno y el resto de gente. Abro El enfermo Molière y leo, o intento leer: “Para Juan, con un abrazo afectuoso, Rubem Fonseca, Agosto 2009”. La letra es bastante ilegible, pero eso importa poco. Me acuerdo de la sonrisa de Fonseca e instintivamente sonrío también. Me levanto y empiezo a caminar.
Muy buena la crónica, no estuve en la Casona porque trabajo pero sí llegué a la emabajda en donde Fonseca se mostró tal y cual lo dice Ugarte, irreverente, con frases brillantes y poniéndose de pie a hablarle a la gente.
Larga vida a Fonseca.
Solo he leído un libro de él, pero al terminar de leer este post me dan ganas de curiosear más sobre él. Muy bueno…Felicitaciones!!!
Comment by Vero 09.05.09 @ 5:11 pmHola, quería hacerles una invitación especial a la que espero se animen a participar sobre un tema en mi bitácora que tiene que ver con su cultura en la literatura, que está dirigido especialmente a personas cultivadas en las letras como ustedes, está creado con la intención de conocer sus pensamientos y argumentos sobre la literatura nacional. Con el ánimo de comprender y escuchar y no de generar polémica ni agresiones. Ya por adelantado agradezco su participación. Un abrazo.
Mario Salazar Lafosse
El URL es el siguiente sino solo entre a mi bitácora
http://elfindelaliteratura.blogspot.com/2009/09/la-tolerancia-de-la-literatura-nacional.html
“El intercambio de palabras con respeto y respaldo en ellas siempre genera sabiduría y descubrimiento” MSL.
Comment by Mario Salazar Lafosse 09.05.09 @ 6:55 pm


