Relaciones textuales
Monday November 30th 2009, 5:26 am
Filed under: Columnas

Rafael Robles final

¿Para cojudos los poetas?

 

Por: Rafael Robles

 

¿Para qué escribes poesía? O peor aún, ¿para qué rayos publicas poesía en un país que no te leerá, que no te comprará, que no te devolverá absolutamente nada más allá de un cúmulo de expectativas frustradas y varias deudas por pagar?

La realidad es cruel y dura como una modelo siliconeada, señores: en el Perú, con P de poesía, boom de editoriales independientes, premios internacionales y todo, el triplete de ser joven, nacer aquí y sacar un libro con poemas puede ser considerado una subversión idiota, un disparo en la ingle de nuestra economía personal y, por qué no, uno de los actos menos comprendidos por el hombre.

Recapitulemos, escarbemos un poco dentro de las páginas antiguas de un diario que no escribo: en el 2005 le pagué a Estruendomudo la suma (millonaria para alguien de 22 años) de 1700 soles para ver 14 poemitas míos imprimirse, distribuirse y esperar inútilmente a que un lector-no-familiar-mío llegue a una librería tipo Crisol -repletas de novedades, bestsellers y novelitas para adolescentes sin pierde-, se enamore a primera vista y sin motivo alguno de la portada, de mi nombre o del título y se anime a gastar 15 soles en mí. Iluso.

“¿De qué te sirve publicar?”, me preguntaría mi hermano por ese tiempo. Práctico, directo y totalmente ajeno a eso que los poetas llaman “PO-E-SÍA” (sí, con mayúsculas y pronunciado lentito), él tampoco parecía entender el porqué me tiraba mis ahorros en un libro que inmediatamente pasaría al olvido familiar.

-Por vanidad-, le contesté yo, imitando a tantos otros.

-¿Es que acaso pagar por algo tan inútil te hace sentir bien?- me fulminó.

-…

Como buen hermano menor, tres años después publiqué un segundo libro y esta vez no pagué 1700 soles sino 2300, para lo que organizamos, editorial y yo, un tonazo a lo grande en mi casa (ya perdóname, abuela). La entrada fue 10 soles, derecho a un ejemplar.

No soy el único que pasó por esto.

Ejemplos:

-Para César Gutiérrez, diez años antes de su Bombardero, publicar el poemario La caída del equilibrista tampoco fue sencillo. “En ese entonces tenía plata y pagué 700 dólares por un poemario al que se le caen las hojas. Desde entonces voy de librería en librería comprando mis libros para que no se les sigan cayendo las hojas”, me cuenta.

-Michael Jiménez Melchor, autor de No vales una bala (Zignos, 2009), tuvo mejor suerte (un error en el contrato, para ser sinceros) y gastó solo 350 soles en un poemario que no pudo entrar a librerías ni recibir atención por parte de la prensa. Tampoco recuperó la plata. “Es difícil, la gente no está acostumbrada a comprar libros. Más que nada los di en intercambio con otros escritores, en obsequios y una que otra venta”, confiesa y luego añade que planea publicar un nuevo título en febrero. Con la suya, por supuesto.

-Alessandra Tenorio publicó Porta/ retrato en el 2005, con un costo que no bajó de los 1500 soles, dinero que, en su caso, pudo recuperarse en una serie de presentaciones en Lima y provincias.

-Otra que también puso de su bolsillo fue Josefina Jiménez. Mil cincuenta soles por su poemario Casa de muñecas, con fiesta preventa incluida. La autora, aunque solo haya recuperado 200 soles de lo invertido, asegura que en otras oportunidades se pierde más (mi caso, por mencionar uno).

Josefina dice: “El problema que tuve con la difusión fue editarlo sola. Si no tienes factura no entras a la mayoría de librerías. Sólo he dejado libros en el centro de Lima”.

He ahí otra dificultad, además del presupuesto, por el que atraviesa un poeta en el Perú cuando quiere ver publicada su obra: el poco interés que las librerías le dan a sus libros frente a títulos que de todas maneras resultan más atractivos para el público en general. Es bien sabido que, de no contar con una editorial independiente con los contactos acertados (las otras: Alfaguara, Norma, Planeta y Peisa, ni te miran cuando escribes poesía) lo más seguro es que termines ofreciendo libro a libro entre tus amigos, tíos y contactos del Facebook con cierto gusto por la literatura. En el mejor de los casos, siempre podrás hacerte un sitio en el amontonado estante de Contracultura dedicado a las letras peruanas.

¿Soluciones dijeron por ahí?

No la voy a pegar de creador de planes utópicos que incluyen cambios en la legislación y mayor apoyo del Estado. Me limitaré a enumerar las alternativas que tiene un poeta joven (viejo, muerto, qué más da) a la hora de publicar en el Perú sin perder dinero. Estas son:

1. Ganar un concurso (hay 3 ó 4 al año, a lo mucho).

2. Encontrar una editorial que considere tu libro lo suficientemente bueno y/o atractivo para auspiciarlo.

Dentro de la primera opción se han dado casos como el de Diego Lazarte, quien, según dice, de no ganar  el premio “Jorge Basadre Grohmann” la cosa hubiese sido mucho más complicada para sacar Clavícula de Salomón. “Desde algún punto de la escalera”, dice el ejemplar que me firmó hace ya 5 años, en un nebulosa y fortuita borrachera en Yacana Bar (donde también, meses antes, un siempre entusiasta Álvaro Lasso me confesaba su intención de formar una editorial; en la mesa de al lado, Ezio Neyra todavía no era el hombre detrás de Matalamanga y se tomaba un trago de lo más tranquilo).

Denisse Vega Farfán también forma parte de este grupo privilegiado. Ganadora del premio “Poesía Joven del Perú 2008” con Una morada tras los reinos, no pudo, sin embargo, escaparse de pagar el derecho de piso con su primer poemario, financiado a medias con la universidad donde estudia. 

En cuanto a la segunda opción, esa en la que las editoriales puedan solventar el libro, los de Cascahuesos Editores son claros en cuanto a la forma de publicar bajo su sello. Resulta que hay dos maneras de hacerlo: la primera, cuando el propio autor se contacta con ellos y está dispuesto a correr con los gastos y la segunda, cuando invitan a un escritor a pertenecer a su staff (a él sí le pagan la edición) ¿Cuánto cuesta publicar con ellos? Aproximadamente 2 mil soles por un poemario de 60 páginas. En cuanto a recuperar lo invertido por alguna de las partes, José Luis Córdova -editor de esta casa- dice que “sólo cuando el autor es de gran trayectoria podría hablarse de una supuesta rentabilidad; sin embargo, más allá de eso, creo que lo más importante para el autor es la satisfacción de publicar un libro. Imagínate, tener 500 libros y venderlos a 15 soles durante un año, ¿de qué rentabilidad hablaríamos?”.

Los integrantes de Mesa Redonda, por su lado, me dicen que financiar un poemario depende de qué tan rentable pueda ser la publicación. “Muchas veces se trabajan coediciones con el autor o con alguna entidad que financie los costos de impresión. El precio depende al final de lo que cotice la imprenta de acuerdo al volumen, pero puede estar entre 850 y 2000 dólares. El precio final depende de los materiales, del acabado, de la tirada y de la cantidad de páginas”, afirma.

Dicho todo este rollazo y contra lo que cualquiera podría pensar, actualmente en el Perú se publica más poesía que narrativa, porque sí, se escribe más  (toma menos tiempo, dicen, que hacer una novela o un libro de cuentos) y porque los editores gastan menos en su publicación por eso de que no tienen tantas páginas. La ecuación es simple: a menor inversión, menor riesgo de perder plata con un escritor peruano. 

Alessandra Tenorio dice: “Publicar poesía es cada vez más fácil pero encontrar quién financie o que una editorial apueste por financiar la publicación de un poeta joven es mucho más difícil. Hay instituciones privadas que sí financian una parte de la publicación, al igual que editoriales, pero no sé de ninguna que lo haga íntegramente. Hay que recordar también que las grandes editoriales (Alfaguara, Norma) no publican poesía de autores jóvenes. Creo que por todas esas razones a muchos poetas no les queda otro camino que pagar casi toda su edición”.

Fin

¿Para qué escribes poesía? O peor aún, ¿para qué rayos publicas poesía en un país que no lee y mucho menos poesía y mucho menos a un joven poeta? Sinceramente no tengo idea. Puede ser por idiota, por currículum, satisfacción personal, necesidad de comunicarse… En mi caso, ya sé que es por vanidad (y esta vez no estoy imitando a nadie cuando lo afirmo).  



Con Zizek en Nueva Orleans
Friday November 27th 2009, 4:01 am
Filed under: Hablablog,Presentaciones

ZIZEK

Por: Giancarlo Stagnaro

La semana pasada, Nueva Orleans recibió al filósofo esloveno Slovaj Zizek, que brindó la conferencia Usos y desusos de la violencia en la Universidad de Loyola. Considero que fue una valiosa oportunidad para conocer de cerca a quien es considerado uno de los pensadores más importantes de los últimos años.

Autor de libros como El sublime objeto de la ideología y Visión de paralaje, Zizek es recordado por combinar psicoanálisis y cultura popular contemporánea. En ese sentido, la experiencia cinematográfica es un aspecto fundamental de su teorización, en particular las películas de Alfred Hitchcock, operación mediante la cual explica categorías lacanianas como lo real, lo simbólico y lo imaginario, entre otras. De hecho, en 2006, formó parte de la película de Sophie Fiennes, The Pervert’s Guide to Cinema , en la cual el esloveno repasa una filmografía acerca del deseo, con la finalidad de interpretar ciertos procesos del arte perverso por excelencia, el cine, que “nos enseña cómo desear”.

Al igual que en la cinta, en la que analiza el espacio del deseo en Lynch, Hitchcock, Matrix o Tarkovski, Zizek se presentó en la Universidad de Loyola apelando a ese rasgo performático de sus intervenciones. Al entrar al auditorio, los estudiantes habían puesto a la venta una serie de polos con el rostro del filósofo a partir del afiche promocional del evento. No podían faltar otros recuerdos de ocasión y, por supuesto, sus libros.

Recibido en el auditorio por unos muchachos vestidos de negro y con una cinta roja atada a su brazo izquierdo, a la usanza de los militantes fascistas, Zizek recordó la importancia de la ideología en la vida cotidiana, en el lenguaje civil, ya que lo ideológico no sólo se vincula a un discurso político determinado, sino más bien con una serie de creencias que articulan la red simbólica (network), mediante “reglas y normas que rigen la relación con lo explícitamente real”.

Puso como ejemplo de esta compleja red de creencias y mandatos su experiencia en el ejército, en el caso de la anécdota del soldado yugoslavo que se niega a prestar juramento, citada en El sublime objeto de la ideología. Zizek explica que los soldados deben jurar lealtad a la patria o al ejército (que para el caso son lo mismo) mediante un acto de “libre albedrío”. El juramento sería el acto ideológico por excelencia o lo que, en todo caso, revela la ideología, el acuerdo tácito en actuar motivadamente aún en los actos que consideramos normales, “inmotivados”.

En cierto sentido, la ideología remite al comportamiento religioso, en cuyas transgresiones se encuentra precisamente el núcleo ideológico. “Nos volvemos adultos cuando cometemos adulterio”, sostiene el filósofo, y no es solo un juego del lenguaje. Precisamente, lo más llamativo del speech de Zizek fue su inagotable encadenamiento de ejemplos y perspectivas, sin omitir un constante narcisismo. Al igual que en sus libros, su elaboración recorrió desde el conflicto palestino-israelí ?cuya solución reside para él en aceptar la situación de facto, la ocupación israelí, a partir de la “sinceridad” con que Moshe Dayan, citado por Zizek, habla del despojo de los territorios árabes desde un punto de vista secular mas no religioso— hasta alusiones a Hugo Chávez, el escritor cubano Leonardo Padura, la novela El palacio de los sueños de Ismail Kadare, las cintas The Sound of Music (a la que calificó de “obscena”), El club de la pelea o El resplandor (que relacionó con la idea cristiana del prójimo), Hitler, Gandhi y la pornografía.

Este por momentos volátil coctel de referencias forma parte del arsenal con el cual Zizek pretende desmontar algunos lugares comunes de la izquierda “liberal”. Para ello distingue entre la violencia efectiva y la inefectiva. Verbigracia: dos tipos de padre (símbolo de la autoridad): el que castiga físicamente o el que castiga con la mirada. Para Zizek, la violencia “efectiva” proviene precisamente del padre que castiga sólo con mirar. “El orden no es igual al fascismo”.

Pero la violencia, como signo de la impotencia, también puede ser invisible y el reclamo de Zizek consistió precisamente en ubicar ese tipo de violencia, la llamada “violencia estructural”, presente con mayor razón porque forma parte del sistema de poder, incluso de aquel poder que niega a sabiendas la presencia de la ideología en su esquema. “Todo tipo de poder reproduce sueños y fantasías ideológicas”.

Y en el contexto de los 20 años de la caída del Muro de Berlín , Zizek ratificó que aún se siguen pagando las consecuencias mediante el abuso del “sueño comunista”: “Fue un fiasco que terminó en el estalinismo, un fracaso ético, político y económico”; pero ello no quiere decir que los sueños ideológicos no hayan acabado. Más bien, para Zizek hay que derrotar al “enemigo” que habita en los propios sueños. Esto nos lleva a criticar el lugar común que sostiene la distinción entre los proyectos y sus realizaciones singulares, que por lo general terminan negando las intenciones originales; pero para el autor de Mirando al sesgo no se trata de volver al origen edénico de nuestros males, sino de atravesar ese mundo de sueños y fantasmas que es lo ideológico por definición.

Tal es el método de Zizek: cual arqueólogo, su misión es recorrer nuestros deseos y exponerlos abiertamente, a fin de derrocar “su contenido fantasmático”. Es un proceso bastante relacionado con la catarsis psicoanalítica, con el hecho de saber lidiar con el núcleo traumático que nos convierte en sujetos deseantes y, por qué no, de deseo.

Seguirle el hilo a Zizek durante más de dos horas y media puede ser algo pesado, sobre todo por la reiteración de algunos tópicos ya conocidos de sus libros y por la manera en que enhebra ejemplos y conceptos. No obstante, énfasis y amaneramiento forman parte de quien es considerado, no sabemos por qué, “el Elvis de la filosofía”. Pero más allá de todo el despliegue performático (o los dichosos polos), Zizek formuló un llamado a comprender el malestar de la cultura contemporánea. Un malestar que, a diferencia de las razones políticas o mediáticas, requiere ser interpretado sin apresuramientos de ningún tipo. En una de sus últimas intervenciones, Zizek sostuvo que el legado de Mahatma Gandhi debe ser reivindicado hoy: dejar de decir o hacer cosas que se mantienen dentro del orden de lo mismo. Para ello, la acción con cierta dosis de “violencia efectiva” puede abrir otra serie de posibilidades.

 

* Mañana: columna de Rafael Robles



En busca del rock perdido
Wednesday November 25th 2009, 2:57 am
Filed under: Reseñas

DemolerPor: José Carlos Banda

Si una novela puede obtener su correlato en un filme de ficción, Demoler busca ser el correlato de un filme documental. Bajo la advertencia de una mirada netamente subjetiva, el autor busca hacer un recuento de ese periodo olvidado en el que el Perú se convirtió en una potencia del rock. De antemano debemos advertirle al lector que tras terminar de leer este libro es probable que reclame con impaciencia la salida al mercado de su banda sonora.

Antes de partir, el autor se encarga de prepararnos para comprender mejor este viaje. Lo primer que hace es situarse a sí mismo como un ex miembro de la escena subte que se formó alrededor de la “jato hardcore”, en el Barranco de fines de los 80. De este modo, podemos entender a Torres Rotondo como un ex militante que guiado por la pasión (porque para hacer esto hay que tener bastante pasión) anda en busca de los precursores de este movimiento. El siguiente paso es aproximarnos a una serie de factores sociales y políticos que desembocaron en el surgimiento de lo que hoy conocemos como el rock. Finalmente el autor traza los lazos entre este fenómeno anglosajón y Latinoamérica, para así poder concentrarse en nuestro país.

Lo que sigue no es solo una mera acumulación de datos biográficos sobre, tal vez, todas las bandas nacionales del periodo que supieron dejar algún tipo de rastro. En vez de ello, estamos ante el esbozo de interpretación de una mega historia, elaborado a partir de varios casos específicos donde se repite un elemento común.

Cada uno de los capítulos, que van a estar dedicados a una banda en particular, van a ser elaborados a partir de retazos de información, combinados con recuerdos de los propios actores que en muchos casos van a gozar de todo menos de objetividad. Entonces, de la dificultad para reconstruir esta historia inferimos una característica decisiva para la primera escena del rock nacional: la falta de profesionalismo, el no tomarse las cosas en serio, un mal del que padecemos frecuentemente. He ahí también la importancia de la labor de Torres Rotondo para no simplemente recopilar datos o testimonios, sino también hacer una interpretación de los mismos. Si hay algo que reclamarle a los rockeros peruanos de la época es que se contentaron con tomar la música como un pasatiempo, y precisamente esa falta de profesionalismo, junto a algunas otras adversidades más (la dictadura de Velasco expulsando del país a Santana es algo que vuelve constantemente sobre nosotros) fueron el factor desencadenante para que estos años de buena música terminaran en el olvido.

Resumir la totalidad de bandas abarcadas sería un trabajo obsoleto. Solo debo aclarar que aquí hay de todo. Desde los conocidos Shains y los glorificados Saicos, hasta los bastante olvidados Mads o los charapas Teddys. Este libro busca abarcar tres corrientes. La primera es el rock y la nueva ola (aclaremos de una vez que ambos estilos provienen de una misma estirpe y por ello no es extraño que, tal como ocurría en la realidad, se hable a la vez de Jimmy Santy y de Pablo Luna, el vocalista de los Yorks, que fue algo así como la versión nacional de Iggy Pop). Las demás son la psicodelia y el hard rock, y la fusión y la cumbia.

A lo largo de estas páginas la pasión del autor nos contagia a sumergirnos en este tiempo donde los rockeros peruanos se codeaban con bandas tan grandes como los Rolling Stones. Si esto les suena poco verosímil, ahí está la anécdota en que Mick Jagger y Keith Richards vieron tocar a los “Mads” en el mítico Galaxy y los invitaron a Inglaterra para que sean sus teloneros en algunos conciertos. Incluso estuvieron a punto de tocar con Hendrix y con The Who en el Festival de Wight. Para el público local esta clase de historias son bastante conocidas, sino habría que recordar los grandes momentos de gloria del “cholo” Sotil en el Barcelona.

Por otro lado, si bien el trabajo de Torres Rotondo no es pionero en lo que se refiere al rock en el Perú, es un trabajo monumental para esclarecer todo un panorama sobre el periodo. Además, Demoler surge en un momento en que los peruanos estamos redescubriendo el Perú. En un momento en que a través de cosas tan dispares como nuestra comida, el “loco” Vargas, Machu Picchu, o Sofia Mulanovich, el Perú se ha puesto de moda (y no solo para los peruanos), Demoler está próximo a convertirse en otro eslogan para Promperú. No nos debería llamar la atención, entonces, que este periodo glorioso del rock nacional haya permanecido oculto tanto tiempo y que precisamente ahora haya salido a la luz.

Es cierto que para una élite subte algunas de las bandas mencionadas en este libro han sido música de todos los días. Pero las pocas y bastante malas (en la mayoría de casos) grabaciones que ellos poseen han contribuido a crear un mito ficticio sobre el cual se habla mucho y se conoce poco. Ahí recae la importancia de un libro como Demoler. Ahora, gracias a esta nueva perspectiva que busca abarcar toda la escena, podemos obtener una idea clara de lo que fue esta prehistórica movida, de la que ni sus propios miembros tuvieron una clara noción.

Antes de terminar me gustaría sugerir un método de lectura para este libro que resulta quizá bastante descabellado. Propongo que leamos Demoler como un libro de cuentos, en vez de como una narración documental. No solo las estrategias narrativas del autor, sino también la propia temática, nos impulsan a ver cada capitulo como una apasionante historia donde lo que subyace es el fracaso. Cada banda posee una historia que para un peruano desinformado en la materia es increíblemente inverosímil o ficticia (no muchos conocen la gloria de Los Saicos, las peripecias de Los Mads por Europa, la gira internacional de Traffic Sound, el apogeo de las bandas locales tanto en radio como en televisión, la existencia de una verdadera comunidad hippie en Barranco, “El show de los York´s” transmitido por canal 13, etc.). Pese a las distancias entre cada uno de estos, digamos “cuentos”, tenemos la idea general del rotundo fracaso, que a su vez trajo consigo el inminente olvido total.

Esta clase de lectura puede complementar la autodenominación del autor sobre su propio trabajo como una “investigación literaria”, ya que Demoler, de manera objetiva, tiene más de investigación que de literaria. Este problema se remite a la larga discusión sobre cómo entender lo literario, sobre la cual no quiero explayarme. Solo pretendo sugerir que en este caso corremos el riesgo de que lo literario suponga más una acumulación de referencias, que algún tipo de estilización del lenguaje (que se debe reconocer que sí existe en el libro).

Concluyamos diciendo que para quienes están al tanto de lo que ocurrió en esta época de gloria, Demoler es una herramienta clave para obtener una visión panorámica y ordenada. Para quienes no conocen ni a los Shains, ni a los Saicos, ni a los Yorks, el libro puede cambiarles totalmente su manera de ver el rock nacional. Y para aquellos que no les interesa la música, Demoler es un interesante trabajo de investigación histórica, social y, por qué no, literaria, que vale la pena tomar en cuenta.



El búho insomne
Monday November 23rd 2009, 12:52 am
Filed under: Columnas

rosas final

Berlín: “Esa maldita pared…”

 

Por: José Rosas Ribeyro

 

 

El inicio                                                                                                                              

No soy aficionado a las conmemoraciones de esto y de aquello, pero vivo en Francia, un país que sufre de conmemoracionitis aguda. Quizás por eso, o por la importancia del hecho que se conmemora en este mes de noviembre, voy a entregarme yo también a la manía conmemorativa. Lo que sigue no es, sin embargo, una reflexión histórica ni un análisis político de lo ocurrido en Berlín hace veinte años. Es, sencillamente, el recuerdo de lo que me ocurrió a mí y a tres personas más que estuvieron una vez conmigo ante la “maldita pared” que dividía esa ciudad en dos partes desde 1961. Un muro que, ante la sorpresa general, fue derrumbado pacíficamente en 1989.

Para empezar trasladémonos a los primeros años de la década de los ochenta del siglo pasado. Hacía unos cinco o seis años que yo vivía en París, ciudad en la que había vuelto a encontrar a amigos y conocidos que dejé en Lima al salir desterrado por el general Velasco Alvarado en 1975. Uno de esos conocidos era Niko, un alocado nissei que de artesano pollero pasó a ser artesano de la escritura y se vinculó a los narradores, en algunos casos talentosos, agrupados en una revista de literatura que no tenía nombre. No sé qué fue lo que trajo a Niko a estas tierras, pero la cosa es que en la época que evoco vivía aquí, tenía un viejo Peugeot azul marino y buscaba, creo, una mujer para que le calentara la cama y la entrepierna. Tal vez haya sido esa búsqueda lo que lo llevó a conocer a Chabuca, a quien llamo así porque su verdadero nombre, así como el del resto de protagonistas de esta historia, ya no lo recuerdo. Ésta era una chica peruana que, según decía, había hecho estudios de germanística y que en París estaba vinculada a una organización supuestamente trotskista. La militancia de Chabuca debía ser un repelente para Niko, ya que él se proclamaba abiertamente estalinista, pero no era así porque el deseo estaba de por medio y el sexo, como se sabe, es el origen de todo, incluso de las traiciones, los crímenes y las más arriesgadas aventuras.

Como Chabuca se manifestaba esquiva ante el galanteo erótico de Niko, éste decidió pasar a una etapa superior en sus intentos de conquista proponiéndole hacer juntos un viaje a Berlín, lugar que ella deseaba conocer y donde podría practicar el idioma de Goethe en la realidad cotidiana de la vida. Ella no dijo no pero puso como condición ir acompañada de una amiga. Y Niko, para no encontrarse solo entre dos mujeres, recurrió a mí. ¿Por qué a mí? Tal vez porque yo ya había estado algunos meses en Alemania, en Heidelberg, y él sabía que esa estancia me había gustado mucho, pese a que me demostró que yo era una persona absolutamente incapaz de aprender el alemán. Además, yo hacía tiempo que soñaba con conocer Berlín.

El día de la partida Niko vino en el Peugeot a buscarme a casa. En cuanto me instalé en el auto me dijo frotándose las manos:

-Y ahora vamos por las chicas. Yo manejo y Chabuca irá siempre a mi lado. Aquí adelante -precisó luego mostrándome el asiento-, y tú atrás con la amiga.

-¿Quién es la otra? -pregunté, porque a Chabuca ya me la había cruzado alguna vez en un restaurante universitario-.

-No sé, no la conozco -me respondió dando muestras de que le importaba un comino quién fuera-.

Un rato más tarde estábamos delante de la puerta de la Dulcinea trotskista. Niko tocó el claxon como si estuviera en Lima y las chicas bajaron de inmediato.

-Les presento a Lucía -dijo Chabuca, y una chica veinteañera y pálida nos extendió una mano pequeña y fría-.

Resulta que Lucía acababa de llegar a París proveniente de un barrio clasemediero de Lima. Chabuca la había conocido hacía apenas dos días en el comedor de Mabillon y la embarcó en la aventura porque no encontró a nadie más a la mano.

-¿Qué vienes a hacer a París? -le pregunté a Lucía cuando ya estábamos instalados en el asiento trasero del viejo Peugeot-.

-Quiero estudiar Historia – respondió-.

Su respuesta, un momento después, me sorprendería mucho, porque cuando evocamos en la conversación Berlín y el muro ella no sabía siquiera de qué estábamos hablando. Lucía parecía una angelota con tetas prominentes caída del cielo, por distracción, en París y embarcada en esta aventura sin saber bien porqué lo hacía.

El viaje

No recuerdo cuánto tiempo nos llevó llegar hasta la frontera con Alemania, pero sí que rodamos casi sin detenernos hasta que nos encontramos en la entrada de la carretera que desembocaba en Berlín, tras cruzar una parte de la RDA. Después de pagar una suma, que tampoco recuerdo, nos entregaron una papeleta que nos autorizaba a proseguir viaje durante un número determinado de horas, sin derecho a detenernos, hasta llegar a Berlín Occidental. Información que en ese momento nosotros ignoramos pues estaba escrita en alemán y nuestra germanista no logró descifrarla. La carretera en cuestión parecía una pista peruana llena de baches, lo cual me sorprendió porque yo creía en ese entonces que la Alemania estalinista era la hija más bonita y engreída de la Unión Soviética. Al cabo de dos o tres horas de viaje, cuando caía ya la noche y se había desatado un brutal aguacero, el viejo Peugeot dio signos de cansancio y se quedó plantado al borde de la carretera. Niko, que además de dedicarse en Lima a los pollos a la brasa y la narración comprometida, sabía de mecánica y podía seguramente reparar la avería, pero era tal la cantidad de agua que caía del cielo que decidió dedicarse a ello una vez que escampara. Llovió durante horas, lo cual nos obligó a pasar la noche en el auto, cubiertos con mantas. En la parte delantera, Chabuca se acomodó lo más lejos posible de Niko y cada vez que éste quiso aprovechar la nocturnidad para meterle mano, ella le respondió con un sonoro ¡no jodas! que terminó por disuadirlo. Al cabo de un rato ambos dormían e incluso roncaban. Atrás, Lucía se acurrucó debajo de la manta que me cubría con el pretexto de que sentía frío. Como tener cerca sus senos abundantes y no tocarlos hubiera sido un pecado mortal, metí mi mano por debajo de su chompa y ella se dejó hacer. Las caricias prosiguieron luego, cada vez más calientes y profundas, bajo el cargado cielo alemán, y nos llevaron a Lucía y a mí a practicar la fornicación acrobática y casi silenciosa. Al amanecer Noki despertó y, al vernos dormir abrazados, pegó un grito:

-¡Despiértense ya, degenerados!

O algo por el estilo. Grito que arrancó del sueño también a Chabuca, quien, al despertar, se cercioró de inmediato si tenía el pantalón bien puesto y la bragueta cerrada.

Tras el diluvio había salido el sol. Niko podía entonces dedicar su talento de mecánico a reparar la avería. Bajó del auto, sacó herramientas del maletero y durante un largo rato estuvo metido debajo del decrépito Peugeot. Cuando emergió, con las manos y el rostro ennegrecidos, y tomó de nuevo el volante, el motor se puso a funcionar: podíamos proseguir el viaje. Lamentablemente, estábamos hambrientos. Por lo cual Niko propuso que saliéramos de la carretera en el siguiente pueblo y fuéramos a comer algo.

-Quizás esté prohibido hacerlo -dije yo, pero el narrador-mecánico me respondió, mirando a Chabuca, que esas eran calumnias que difundían los trotskistas, aliados objetivos del mundo capitalista-. 

Llegamos, pues, a un pueblo en el que la gente nos observaba con ojos asombrados, asustados, como si fuéramos marcianos. Sin embargo, cuando mostramos que teníamos marcos occidentales no dudaron un segundo en vendernos pan, leche, salchichas y jamón, productos que, pese a ser de pésima calidad, devoramos como si se tratara de manjares. Ya reanimados por los alimentos, seguimos hacia Berlín Occidental, nuestro destino.

Como en esa carretera infernal había que estar muy atento para sortear baches enormes, Niko le encargó a Chabuca, su copiloto, (“no por nada sabe alemán”, agregó con sonrisa burlona), que se dedicara a leer los carteles de información y guiarlo a buen puerto. Por desgracia, nuestra germanista limeña estaba aún medio dormida, y cuando Niko se encontró con que la carretera se dividía en dos, ella no supo decirle con premura y seguridad cuál tenía que escoger para llegar al lado occidental de Berlín, y él tomó cualquiera de las dos, al azar. Ni bien entramos en la ciudad, al ver su aspecto de urbe bombardeada, detenida en el pasado, triste y desangelada, nos dimos cuenta de que nos habíamos equivocado: estábamos en el lado oriental de la ciudad. Recordando entonces lo que había aprendido en el Perú, cuando milité en organizaciones ilegales de izquierda, dije que teníamos que deshacernos de inmediato de todo material que pudiera comprometernos.

-Hay que tirar a la basura los periódicos, las insignias de Solidarnosc, todas esas cosas, sino estamos fritos -dije, y acompañé mi palabra con actos, mientras Niko me miraba y sonreía como si pensara que mis precauciones fueran inútiles-

No obstante, él y las chicas se acercaron también a un tacho que había a un lado de la pista y tiraron algunas cosas. En principio, estábamos listos para afrontar lo que viniera.

Berlín y la “maldita pared”

-¿Y ahora qué hacemos? -preguntó Lucía con ingenuidad, aunque ya había terminado por comprender lo de la “maldita pared” que dividía a Berlín en partes antagónicas-.

-Pues ya que estamos aquí visitemos un poco -respondí yo dándomelas de despreocupado-.

Aparcamos el auto y durante unas horas paseamos a pie por el lado oriental de la ciudad. Recuerdo que en un momento transitamos frente al Berliner Ensemble.

-¡El teatro de Bertolt Brecht! -grité emocionado, y crucé la calle por cualquier sitio para acercarme a él, lo cual me mereció una incomprensible pero ruidosa reprensión de un policía-.

Más tarde, encontramos en una ancha avenida a tres negros altos, con aspecto de deportistas. Niko quiso acercarse a ellos y llamar su atención gritando: “¡Hola, camaradas cubanos!”, pero los tres atletas se alejaron corriendo como si los acechara el diablo. A eso de las seis de la tarde, ya cansado de dar vueltas sin rumbo, propuse que volviéramos al auto para dirigirnos después hacia el muro y pasar al otro lado.

La carcocha Peugeot hacía cola minutos más tarde, entre coches de lujo, negros, grises o verde olivo, muchos de ellos Mercedes Benz, ante el control de la puerta de Bradenburgo. Yo me daba cuenta de que éramos bichos raros en ese ambiente, pero ya que estábamos allí, esperaríamos nuestro turno. Cuando por fin nos encontramos delante de un alemán impecablemente uniformado y con cara de nazi de película de Hollywood, constatamos que  nuestra presencia lo hacía gesticular y gritar, pese a que ninguno de los cuatro, ni siquiera Chabuca, entendía nada de lo que decía. El alemán llamó de inmediato a otros uniformados y todos juntos nos hicieron salir del auto. La noche paranoica había empezado pero aún no lo sabíamos.

Empujándolo, llevaron el Peugeot hacia un lado y durante horas, en nuestra presencia, se dedicaron a revisarlo. Un fulano se metió debajo del auto y se quedó allí horas, otro utilizaba espejos de diferentes tamaños y formas para ver sus recovecos, mientras un colega suyo buscaba algo a cuatro patas entre los asientos y otro más abría el capó y metía la cabeza dentro. Nosotros, con frío y hambrientos de nuevo, esperábamos a la intemperie, al lado de la “maldita pared” y estrechamente vigilados, separados unos de otros. Cuando por fin terminaron de revisar el coche y no encontraron nada que les interesase, pasaron a ocuparse de nosotros, cada uno por separado pero simultáneamente. Sacaron todo lo que teníamos y lo fueron depositando encima de una mesa. Recuerdo que un uniformado cogió mi bolígrafo y pasó largo rato inspeccionándolo. Introdujo un alambrito en la carga de tinta y en todos los agujeros del lapicero y lo removió en varios sentidos. Y en eso estábamos cuando vi, horrorizado, que del bolso de Chabuca una mano enguantada sacaba un periódico en el que había un artículo muy crítico sobre el muro de Berlín. Y también dos muñecas, una rubia y una morena.

-¡Nos jodimos! -pensé-.

Y estábamos jodidos.

Escoltados por dos agentes cada uno y en cuatro autos, fuimos conducidos al local de la Stasi. En la entrada había carteles y fotos de los “países hermanos” de la RDA y en uno o dos de ellos se veían imágenes de Cuba. Niko, burlando en un instante la estrecha vigilancia de los guardias trató de acercarse a este cartel caribeño mientras gritaba: “¡Viva la Cuba Socialista!”, pero los uniformados a empellones lo volvieron a poner en su sitio. Nos encerraron después en celdas de seguridad iluminadas con neones día y noche, siempre separados y con un vigilante permanente. Cada cierto tiempo, nos sacaban de la celda y nos interrogaban con un traductor al lado, cruzando la información que obtenían de uno y otro. La investigación empezó por un análisis de clase, el cual determinó que Niko era quien se encontraba más cerca del proletariado y yo quien se situaba más lejos, ya que mi padre era gerente de compras de una compañía minera estadounidense, de lo cual se enteraron los de la Stasi porque se los contó el narrador estalinista para dar muestras de colaboración con sus camaradas alemanes. Los interrogatorios, a cualquier hora del día o de la noche, los realizaban a veces reuniéndonos de a dos, confrontándonos a unos con otros, pero nunca todos juntos. Cuando me tocó con Niko, vi que éste me dedicaba incomprensibles sonrisas de optimismo comunista. Cuando me tocó con Lucía me percaté de que la joven pálida y tetona no terminaba de darse cuenta bien de lo que pasaba, estaba como caída de un palto. Y cuando me tocó con Chabuca constaté que ella con sus muñecas había montado un tinglado que ponía a los de la Stasi de vuelta y media.

-Tienen hambre y sed las pobrecitas. ¿No pueden darles leche y aunque sea un mendrugo de pan? -decía, mientras acariciaba a la rubia y la morena como si fueran realmente sus hijas-.

Nunca hubo maltrato físico propiamente dicho por parte de la Stasi. La tortura era psicológica: siempre teníamos un guardia pegado al lado y nunca, nunca, apagaron la luz de la celda durante las tres noches que pasamos encerrados. Tres noches durante las cuales nos despertaron en dos ocasiones cada vez para interrogarnos. Al cuarto día los guardianes nos condujeron a todos a una sala donde se encontraban ya unos oficiales y nuestros traductores. Allí supimos que la Stasi sabía todo de nosotros desde que tomamos el corredor que conducía a Berlín. Habían cronometrado el tiempo que estuvimos aparcados al lado de la carretera, sabían exactamente en qué pueblo habíamos salido, a quién nos habíamos dirigido y qué habíamos comprado. Nos habían seguido también los pasos en nuestra inesperada visita de Berlín oriental. Lo sabían todo y tenían un listado de los “delitos” cometidos por nosotros de manera inconsciente. Sin embargo, el más grave de todos era el imputado personalmente a Chabuca: “introducción clandestina de propaganda occidental”, por el cual se la condenaba a pagar una multa, que debíamos asumir solidariamente.

Para discutir sobre la multa nos dejaron solos a Niko, Lucía y yo, sin Chabuca.

-Violó todas las normas de seguridad, no tiró los periódicos occidentales, pese a que lo había advertido yo, es una irresponsable -dije-. Yo no pago ninguna multa por ella, que se joda. Además, se las pasó haciéndose la cojuda con sus muñecas.

-Trotskista tenía que ser -dijo Niko-, si no fuera por ella no nos pasa nada. Yo tampoco pago.

-¡Pobrecita! -dijo Lucía-, yo sí pagaría por ella pero no me alcanza la plata.  

Al concluir nuestra reunión volvimos a la sala. Y enseguida, a través de los traductores, declaramos que no pagaríamos solidariamente la multa. Los uniformados se retiraron y al cabo de un rato volvieron para comunicarnos la decisión final: a Chabuca la expulsaban del país y le prohibían el ingreso para siempre y a Niko y a mí nos expulsaban también y nos prohibían regresar, a él durante cinco años y a mí durante diez, no por nada él era proletario y yo burgués. A Lucía, en cambio, la declararon inocente, y no sólo eso: ¡le propusieron una beca para que estudiara historia en la patria de Marx y Engels y ya no en el pervertido mundo occidental!

Berlín, la libertad y otros muros

Durante las horas en que estuvimos detenidos en el muro habíamos podido ver mujeres con niños pequeños que esperaban horas para poder pasar. Los guardias con esmerado sadismo les revisaban todo mil veces y el cuerpo de pies a cabeza. Se oían llantos infantiles, quejidos de bebés hambrientos, lamentos de gente harta de tanta humillación. Se veían rostros cansados, cuerpos adoloridos, manos suplicantes. Y ahora nosotros, al cuarto día de detención, íbamos a pasar finalmente al otro lado. Yo no sé qué sintieron los demás, pero para mí fue algo muy extraño. Por un lado, sentí casi con vergüenza (ya que yo era -soy- de izquierda) que lo que decía la derecha sobre la cortina de hierro y el mundo libre, mucho tenía de verdad: al estar en el lado occidental de Berlín recién pude respirar la libertad a todo pulmón. Y por otro lado, sentía cierto placer también por saber que no me había equivocado al romper, desde la izquierda, con el llamado “socialismo real” en 1968, tras la invasión a Checoslovaquia por los tanques del Pacto de Varsovia y la aprobación de ello por Fidel Castro y el Partido Comunista de Cuba. El mal llamado “mundo socialista” lo habíamos vivido yo y mis compañeros en carne propia: no era sino totalitarismo y paranoia, autoritarismo y paranoia. Ser de izquierda para mí es, desde entonces, oponerse radicalmente tanto a un tipo de sociedad que expolia la libertad y oprime a los hombres en nombre de la justicia y el socialismo, como a otro que lo hace en nombre del lucro y de la usura.

En una cervecería, situada cerca del muro en el lado occidental, conocimos a unos profesores que nos invitaron a participar en una fiesta en su casa. Fueron dos o tres días de festejos que terminaron de acentuar la diferencia enorme que sentía entre la vida en un lado y otro de la “maldita pared” que había que derrumbar “cualquier día”, como dice la canción. Hoy que escribo esto, sin embargo, a veinte años del derribo del muro de Berlín, no puedo regocijarme demasiado. Primero porque las esperanzas de los alemanes del Este se derrumbaron también con el muro, pues lo que Occidente les venía ofreciendo desde hacía décadas era en gran parte mentira: el capitalismo no es la panacea universal sino un sistema profundamente injusto e inhumano. Y segundo, porque después se han construido otros muros que son una vergüenza para la especie humana: entre México y Estados Unidos y entre Israel y Palestina, por ejemplo. Muros de los que hoy se habla menos porque a diferencia del de Berlín no tienen la carga simbólica de representar la guerra fría y la amenaza permanente del conflicto nuclear. Quedan, pues, por derrumbar también esas malditas paredes de hoy, paredes que siguen oprimiendo y matando a los hombres que aspiran a la libertad.

El regreso  

-¿Y el regreso? ¿Cómo fue el regreso a París?

Eso me lo han preguntado prácticamente todas las personas a las que les he narrado en una conversación esta historia. Mi respuesta es siempre la misma y lo será también aquí:

-La Stasi nos siguió durante todo el camino de regreso, hasta la frontera con Alemania Occidental.

-Ya, pero entre ustedes ¿cómo fue?

-Es un secreto o tal vez lo he olvidado. La memoria siempre selecciona sus recuerdos.



Museo Borges
Friday November 20th 2009, 1:38 pm
Filed under: Hablablog,Homenaje

jorge-luis-borges-2-a

Por: Juan Francisco Ugarte

El pasado sábado se realizó en Buenos Aires “La noche de los museos”. En su sexta edición, el evento incluyó exposiciones, danzas, visitas guiadas (otras no tanto), performances y música en vivo alrededor de más de 150 museos de la ciudad. Todo esto desde las 8 de la noche hasta las 2 de la madrugada. Es decir, una fiesta total. El público, además, contó con un pase libre que les permitió circular por muchas zonas a través de varios colectivos.

Evidentemente, la noche fue un éxito. Y entre lo más sobresaliente, o acaso lo más esperado, estuvo el Museo Borges, cuya directora es, como todos suponen desde ya, la célebre María Kodama. Este museo contiene toda la obra del escritor argentino, además de manuscritos, primeras ediciones de sus libros, material iconográfico, cuadros, objetos personales y los premios que recibió en vida. A todo esto cabe agregar el dato, sin duda imprescindible, de que dicho centro cultural se encuentra al lado de la casa en la que vivió Borges y donde escribió también algunos de sus relatos más conocidos.

Este museo constituye el primer proyecto que se realiza en torno a la memoria de Borges. Proyecto, por cierto, bastante serio y justo para quien es uno de los mejores escritores del siglo pasado.

Desde acá, saludamos el inmenso esfuerzo que requiere una iniciativa como ésta para, sobre todo, acercar la cultura hacia el público. Pero, en este punto, resulta inevitable pensar en nosotros. Porque, por ejemplo, ¿dónde se encuentra ese museo dedicado al mejor poeta que ha tenido y tendrá el Perú, y cuyo nombre no necesito decir?, ¿dónde, siquiera, un premio digno y decente en homenaje a su obra? Ahora tenemos la famosa Casa de la Literatura, pero pregunto: ¿acaso con eso es suficiente?, ¿podemos contentarnos con un montón de salones donde lo primero que se percibe es la ausencia antes que la vida y obra de los escritores, donde el olor a muerto nos invade y lo único que deseamos es huir lo más pronto del lugar, donde intentamos entender desde un inicio por qué la llaman “Casa” y no “Museo”, como algunos han señalado antes en esta bitácora? Y, por último, ¿dónde están nuestros eventos culturales masivos, nuestras “noches de museos”?

Las preguntas quedarán, hasta quién sabe cuándo, sin respuesta.

 

* Mañana: columna de José Rosas Ribeyro



Subjetivismo extremo o novela lírica
Wednesday November 18th 2009, 5:27 am
Filed under: Reseñas

ildefonsoPor: Lenin Pantoja Torres

El último viaje de Camilo (Norma, 2009) del poeta y narrador Miguel Ildefonso (Lima, 1970) construye un complejo mundo representado donde las fronteras entre narrativa y poesía se difuminan de manera peligrosa. Precisamente esta es la mayor deuda de esta interesante novela (por la propuesta formal). La obra de Ildefonso está organizada en capítulos o apartados, cada uno con el nombre del personaje que toma la posta en la narración o que tiene un papel protagónico en la misma. De este modo, tenemos cinco nombres que encabezan los capítulos (“Paul”, “Camilo”, “Laura”, “Fico” y “Silvio”) y que van invirtiéndose a lo largo de la historia total. El mundo representado se organiza a través de tres macrocosmos narrativos interrelacionados. También existen historias paralelas que enriquecen los tres ejes estructurales señalados.

La trama de la novela se construye cuando Paul conoce la vida de Camilo a través de sus conversaciones con Gabriela. Todos son estudiantes de maestría en El Paso. Es así como se inicia la historia de Paul en busca de la concreción de una novela construida a partir de los manuscritos y los correos electrónicos de Camilo, este es el primer eje. El segundo es la vida de un extraño personaje tras los pasos de la no menos extraña Laura. La historia se alterna con la vida paralela del pintor Víctor Humareda y la inefable Marilyn (Monroe). Aquí observamos una escisión del yo poético: finalmente el protagonista es el mismo Humareda. El modo de la narración, extremadamente poético y con una retórica recargada que obstaculiza el flujo de la lectura, posibilita dicha escisión propia de la lírica. Y, por último, el tercer eje es la historia construida por Camilo (quien dejó una novela trunca llamada El vuelo mágico) donde un personaje añora viejos momentos con su amor infantil encarnado en la figura de Silvia. Debemos tener en cuenta que así como el tercer eje, el segundo también es producto de la novela trunca de Camilo. Es Paul quien muestra, en su búsqueda, estos contenidos que se presentan en un orden fragmentario (casi caótico) en la novela.

De todas las formas como se pretenda sistematizar la trama siempre resulta complicada la organización, ya que no hay una linealidad narrativa. Por otro lado, los mejores momentos de la novela son las narraciones tangenciales, como la historia narrada por Fico y la de Silvio; pero sobre todo el primer macrocosmos narrativo (la búsqueda de Paul). El “viaje” de éste adquiere connotaciones detectivescas reflejadas en la inclusión de manuscritos oscuros y siniestros dejados por un sujeto psicológicamente complejo como se nos presenta a Camilo. No obstante, la inclusión del segundo macrocosmos implica el detenimiento del buen ritmo narrativo, pues esta historia excesivamente lírica no permite el buen desenvolvimiento de la historia. No pensamos que este recurso sea perjudicial para la prosa, tenemos grandes ejemplos de novelas con pasajes líricos muy buenos, por ejemplo Oswaldo Reynoso o el mismo Arguedas. En el caso de El último viaje de Camilo la prosa poética se torna completamente en poesía.

El manejo de diversos tonos en la narración demuestra la existencia de hasta dos estilos en la novela. Lo cual habla bien de la destreza técnica del autor. Si bien es cierto que hay oraciones extremadamente largas, también existen proporcionales. En todo caso, esto va a marcar los estilos narrativos y descriptivos dentro del texto. En el apartado cinco (“Fico”), dice el narrador: “No me atreví a contarle de los ruidos que escuchaba, solamente se me ocurrió decirle que estaba escribiendo sobre fantasmas. En realidad mi novela trata de un viejo proyecto que tenía en mente. Es la historia familiar que abarca algunos antepasados” (p. 37), buen ejemplo de un estilo no recargado. Veamos qué dice el narrador en el apartado veintinueve (“Laura”): “Por ti sola ya no entrarías más al Hotel donde otro Sol se levanta ahora hacia ese pasado que nunca nos perteneció, aun cuando sigo calando tu belleza en mis manos manchadas de pintura, oyendo los sonidos verticales de tus pasos que laceran mis dedos, con las briznas en el manganeso cavernoso delicuescente de tu hendija, mientras veo un templo sin dioses, guerras hechas lirones largos, efímeros, pringosos en el tragacanto, atrás de la furia de los temporales reprimidos, hacia el paródico estallido que dilapida la vista de las naves españolas que llegan a nuestras costas” (159-160), un estilo marcado por la poesía y los abundantes recursos retóricos. Sin embargo, debemos tener en cuenta que la fuerza de ambos fragmentos es intensa en su contexto textual específico. Hemos descontextualizamos para comparar ambos estilos.   

Respecto a los personajes masculinos que asumen la narración, debemos decir que todos están marcados por la presencia y el papel de la mujer. Paul tiene un objetivo específico; sin embargo, desde el inicio vemos su debilidad carnal ante Gabriela, pues le pesa tener que terminar una relación que se desgastó. Finalmente lo veremos desolado por una mujer de diecinueve años, lamentando el hecho de no poder ubicarla debido a la búsqueda de los rastros de Camilo. Precisamente, este personaje quedó marcado por su relación con Claudia, una estudiante italiana de intercambio en El Paso. También vemos que el protagonista de la novela de Camilo sufre por una tal Silvia; no obstante, el punto álgido va a ser la figura de Laura. Es ella quien lleva a la perdición al “poeta” en las líneas más recargadas de la novela, incluso esto se va a reflejar paralelamente en la relación entre Víctor Humareda y la inefable Marilyn. La perdición del poeta Camilo por Laura es una alusión a la vida del poeta Dante. Son recurrentes este tipo de alusiones y también el uso de nombres literarios clásicos de algunos de los personajes, sobre todo femeninos: Laura y Silvia, por ejemplo.

Los ambientes narrativos son diversos, podemos clasificarlos en tres tipos. Primero, los generales, representados por las ciudades presentes: El Paso, Nueva York, Lima y Santiago. Segundo, los particulares, es decir, los escenarios citadinos marginales como la calle Apolo, el Hotel Lima y los bares en las calles limeñas. El tercer tipo está marcado por el tono poético. El uso del monólogo interior caracteriza este ambiente narrativo. Nos enfrentamos ante un conglomerado de ideas aparentemente inconexas, pero con una lógica poética propia. Podemos leer estos pasajes como si fuera poesía o prosa poética. En este tipo de ambiente pareciera que tanto narrador como espacio narrativo no terminan de conciliar y estabilizar sus posiciones. El narrador se pierde en sus divagaciones poéticas. Tenemos aquí al apartado “Laura” como su espacio discursivo predominante. Si bien es cierto que este tono poético obstaculiza el desenvolvimiento de las acciones, no es menos cierto que la poesía que se muestra evidencia un acercamiento interesante a la imagen del “poeta maldito”, marcado por su marginalidad vital y psicológica. La sintetización o conciliación corporal del “narrador poeta” con la figura del pintor Víctor Humareda reafirma su elección voluntaria por ese tipo de vida “fracasada”.

Finalmente, la trayectoria narrativa de Miguel Ildefonso ha incidido siempre en aspectos particulares, temáticos y formales. De esta manera, El último viaje de Camilo se configura como una especie de síntesis de un ciclo de relatos marcados por tópicos y estructuras comunes. En este sentido, no debe sorprendernos que la novela parta del tema de la migración (los protagonistas inicialmente están en El Paso) o que se muestren las peripecias de estos sujetos marcados por la des-ubicación geográfica o social. Por ello son recurrentes las alusiones a poetas peruanos como Luis Hernández, Juan Ojeda y Carlos Oliva, entre otros personajes de la literatura. Destaca, también, la intención de destronar la imagen tradicional de Borges presentándolo como un consumidor de cerveza, “porros” y asiduo visitador de burdeles. Si El último viaje de Camilo cierra un ciclo temático en la narrativa de Ildefonso, esperemos que el talento experimental de sus futuras incursiones narrativas delimiten mejor las fronteras entre poesía y narrativa, o en todo caso que el enriquecimiento de géneros no vaya en desmedro de la historia narrada.



Marruecos en Perú
Tuesday November 17th 2009, 10:47 pm
Filed under: Presentaciones

Puerta marroquí 2

El Centro Cultural Inca Garcilaso de la Cancillería realizará un ciclo de conversatorios dedicados a la cultura y literatura del Reino de Marruecos. Estas se realizarán los días 18 y 25 de noviembre a las 7 pm. y tendrán lugar en el Jr. Ucayali 391, Lima.

El 18 de noviembre, la Embajadora del Reino de Marruecos Oumama Aouad presentará la charla “El legado árabe-andalusí en el Perú”, en la que se hará una exposición sobre la historia de la llegada y la presencia de la cultura árabe en nuestro país, sobre todo en relación a la arquitectura, la gastronomía y el idioma. El 25 de noviembre, la Dra. Fatiha Benlabbah, Directora Adjunta del Instituto de Estudios Hispano-Lusos de la Universidad Mohammed V-Agdal de Rabat, estará a cargo de “Poesía de Marruecos: una velada literaria”, en la que se conocerá el arte de “trovar” versos, costumbre árabe que proviene de los tiempos más remotos. 

El conversatorio estará acompañado por la exposición “El arte de la caligrafía en el mundo musulmán”, que se inaugurará el mismo 18 de noviembre a las 7pm. En ella se podrá apreciar los distintos estilos y tipos de este tradicional arte decorativo utilizado por los pueblos que utilizan el alfabeto árabe.

El ingreso es libre.

Sobre esto: Centro Cultural Inca Garcilaso




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