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Conversación con un filósofo francés en el Haití
Por: Carlos Calderón Fajardo
Lo conocí a través de un amigo común que me envió un correo desde Francia pidiéndome que lo recibiera en Lima. Es filósofo, y no sabe una palabra de español. En el correo mi amigo me indicaba el teléfono de un hotel de Miraflores. Lo llamé y cuando el filósofo se percató de que yo hablaba francés sentí que le volvía el alma al cuerpo. Su voz sonaba joven y amable. Nos citamos para vernos en el café Haití, Haití como el país, le dije al francés, pero no tiene nada que ver con Haití.
Llegué unos minutos más temprano al lugar de la cita; el Haití estaba a medias desierto a las cuatro de la tarde. Yo no tenía más referencia de él que un pequeño detalle, él me lo dijo, que tenía una barba negra con algunas pintas blancas. Cuando llegué nadie tenía una barba negra con pintas blancas. Entonces me puse a observar a todos los que llegaban al café que pudiesen calzar con la imagen que yo tenía sobre lo que era un filósofo francés, profesor universitario, traducido a varios idiomas, que además de filósofo escribía ficción narrativa. Apenas llegó cinco minutos tarde a la cita, es que se demoró porque tuvo que sortear una fila de autos por la avenida Diagonal por donde nadie pasa por el lomo de la cebra, ni siquiera un filósofo francés; lo vi de lejos sorteando autos con una pericia que era casi peruana, y algo me dijo que era él. Traía la barbita negra con pintas blancas en la cara, pero no se parecía a Derrida ni a Lacan sino a Savater. Era el hermano menor de Savater. Empezó a buscar el tipo de persona que yo le había indicado para identificarme, un tipo con cara de árabe, le dije por teléfono, pero como el Haití suele estar lleno de comerciantes árabes, sobre todo libaneses y palestinos, entonces antes de colgar me vi obligado a decirle: busque a alguien que se parece a Omar Shariff. No entiendo por qué dije tamaña estupidez. Entonces el hermano de Savater se puso a buscar a Omar Shariff, pero no sé si pensaba en Omar Shariff joven, el del Dr. Zhivago, o el Omar Shariff actual, el viejo Omar. Entonces yo le hice una seña desde mi mesa y él sonrió, diciéndome con los ojos que se sentía contento de haberme podido ubicar en medio de tantos árabes.
Nos sentamos en el medio del café y todos voltearon a mirar con gran sorpresa porque el filósofo francés hablaba en tono muy alto, de tal manera que el hermano de Savater y Omar Shariff, terminaron siendo un par de norafricanos francófonos en plena conversa. El filosofo, no voy a decir quién es porque la conversación que sostuvimos puede ser comprometedora para su prestigio.
Se podrán imaginar, mis queridos bloggers, que después de casi treinta años de no vivir en París tenía mucho que hablar con un filósofo francés. Y de qué no hablamos, de filosofía ciertamente, de literatura. Empecé a preguntar. ¿Le Clézio? Muy buena persona y un mal escritor, salvo uno de sus primeras novelas El proceso verbal, dijo el filósofo francés, es decir Le Clézio el que yo ya había leído en Francia en los años 70 no había mejorado en nada y como premio le habían dado el Premio Nobel. ¿Y Millet? Un reaccionario hasta más no poder. ¿Y Klosowsky? Ha escrito muy poco y ya pasó de moda. ¿Y Houellebecq? Autor de novelas sociológicas divertidas. ¿Y Camus? (al que yo alabé) lectura para escolares del lyceo, respondió con frialdad el filósofo. La cosa iba de mal en peor. Intenté sacar una carta de debajo de la manga: ¿Y Patrick Modiano? Bueno, qué podemos decir, muy bien puestito, demasiado bien escrito, todas sus novelas se parecen a las que escribía en la década del 70. Teníamos que ponernos de acuerdo en algo, ¡nom de dieu! Celine y Proust, sobre esos dos grandes no hubo discusión y tranzamos en que el escritor francés más interesante, que ambos admirábamos, era Georges Perec. Y Beckett, bien sure. Yo me sobrecogí, eran los escritores que había admirado en la década del 70 en Francia. Es decir en Francia no había habido nuevos narradores interesantes en los últimos cuarenta años. Entonces pasamos a hablar de intelectuales, filósofos o como quiera llamárseles. Ambos admirábamos a Roger Callois, y a Georges Bataille, otro admirado por mí desde el 70, pero cuando le dije al que ya era mi amigo francés que en Lima había una especie de culto por un cuarteto de intelectuales, tres franceses y uno para ser leído por franceses: Derrida, Lacan, Alan Badiou, y Zizec, mi amigo, el filósofo francés no dejó pájaro sin cabeza. Todos eran una banda de charlatanes, puro palabreo pero ni una sola idea original. Al que le dio más duro fue a Alain Badiou. A Derrida y a Lacan yo los conocía desde los 70, pero necesitaba que me hablase de Alan Badiou, a quien no conocía. ¿Badiou? El filosofó francés, que a esas alturas ya era casi un amigo íntimo, le dio hasta en el suelo al pobre Alan Badiou. Ya no pienso leer nunca más a Badiou. ¿Y qué es de la vida de Michel Maffesoli? Pregunté. Ya se jubiló, fue la respuesta. ¡Por la gran flauta! En algo teníamos que estar de acuerdo, y lo estuvimos: Michel Foucault. Respiré aliviado. Si criticaba a Foucault me paraba de la mesa y me iba del Haití para siempre. Por favor, deme un nombre mon cher ami del que agarrarme, me dije en mi interior. Y él dio el nombre: Pierre Bourdieu, ¡Merde! ¡Bourdieu! Pero su El oficio del sociólogo lo estudié cuando estaba en la universidad, a fines de los 60. Deme el nombre de un filósofo francés rogué desesperado. Ah sí, Walter Benjamin, respondió mi nuevo amigo. Pero Benjamín era alemán. Si, pero Benjamin escribió sobre París mejor que todos los franceses.
Algo no estaba funcionando en esta tertulia. Más bien diría que era algo terrible lo que estaba funcionando. Tuve la sensación de que la historia se había detenido en algún momento, que París, la Ciudad Luz, se había apagado a finales de los 70. Empecé a sospechar que lo peor todavía no había sido dicho, que el filósofo francés se había guardado lo más terrible para el final. Y así fue.
Pedí otro café cortado. El filósofo francés pidió otra botella de agua. Afuera llovía sin lluvia, la humedad era de 99 por ciento, los vitrales del Haití estaban completamente mojados. Era ya de noche, y el Haití estaba ahora repleto de las personas que siempre sospecharon que yo tenía algo que ver con Omar Shariff, y que después de cuarenta años por fin tenían la prueba, yo era el árabe y estaba hablando en francés con otro árabe.
Cuéntame sobre la vida literaria en Francia, cómo está la cosa en París. Al filósofo francés se le nubló el rostro. En Francia sólo se lee novelas, sólo leen novelas en un país que se ha quedado sin novelistas. Bueno, dije yo, en París siempre se han leído muchas novelas, en la rentreé de los 70 se publicaban 300 novelas que salían todas en octubre. Ahora salen 700, respondió el filósofo francés. La gente lee la publicidad en los periódicos y va a las librerías y compra la novela que vio publicitada en el periódico; va a su casa y la coloca en el estante para leerla cuando tenga tiempo, pero nunca tiene tiempo, así que se compran sólo novelas que nadie lee. Ahora en Francia el número de escritores es mayor que el número de lectores. ¿Y los cuentos, nadie lee cuentos? Nadie los compra, nadie los lee, nadie los publica, nadie los escribe. ¿Pero hay actividades culturales, presentaciones de libros? Un gran éxito es cuando van 30 personas. A veces van 10. Cuando van más de 30 todos los demás son para figuretear porque hay prensa, televisión, pero en realidad no les importa el libro que se está presentando. Yo sentía que ya no podía más, ese filósofo francés había venido hasta el Perú a demoler aquel París que había amado tanto en mis años juveniles de aprendiz de escritor. Eso significaba que debería desaparecer del mundo englutie igual como París. Pero faltaba todavía.
¿Y la literatura latinoamericana, la lee la gente? Mire se publicaron Los detectives salvajes en francés y se vendieron 2000 ejemplares. La gente no entendió el tema de la novela, en Francia no se puede escribir una novela sobre grupos de poetas, eso no existe hace mucho tiempo. Hace años que los grupos literarios y la vida exagerada de los poetas es algo abominable en Francia. Pero yo le he preguntado sobre la literatura latinoamericana, Vila-Matas no vende más de mil ejemplares. ¿Y la poesía? Nadie lee poesía, ni siquiera a un gran poeta como Ives Bonnefoy. Los poetas publican tirajes de cincuenta ejemplares que se los regalan a sus amigos. La poesía ha muerto en Francia. ¡No puede ser! ¡Baudelaire, Mallarmé, Apollinaire, Saint John Perse, Michaux! Así es, se leen en los colegios pero ya nadie lee poesía en Francia, la poesía ha desaparecido, ha muerto. Se me nublaron los ojos. El filósofo francés se dio cuenta que yo estaba a punto de llorar, se había convertido en el doctor Van Helsing y había clavado en mi pecho, mi cuerpo se iba convirtiendo en cenizas, olía a ajo en todo el Haití. El filósofo francés presintió que yo deseaba escapar, que quería huir. Y me dijo:
Bueno, Ricardo, ha sido un gusto haberlo conocido, haber conversado con usted. ¿Ricardo? Yo no me llamo Ricardo. El filósofo francés había venido desde Francia a conversar con alguien que estaba en Francia.
¿Usted sabe cuál es mi apellido? Cómo no voy a saberlo. Usted es Ricardo Sumalavia. Un colega me dijo que tenía un amigo peruano en Lima, que se llamaba Ricardo Sumalavia y yo creí que era usted. Usted tenía mi teléfono, el número de mi cuarto. Usted tiene que ser Ricardo Sumalavia.
Yo no soy Ricardo Sumalavia.
Qui etes vous, alors? Quién es usted, mon dieu.
Soy un fantasma. Usted ha hablado tres horas con un escritor fantasma.
Vous etes fou. Yo no puedo haber hablado en el Perú con alguien que está en Francia.
Esas cosas pasan en el Perú, mon cher ami.
El filósofo francés se paró asustado y salió corriendo del Haití.
Cuando se me acercó el mozo las lágrimas corrían por mis mejillas.
¿Qué le pasa, doctor, le han dado una mala noticia? Me preguntó.
Paris ha muerto, ¿se ha enterado usted? El mozo sonrió.
Mira Omar Carlos, eso suele suceder cuando uno mira para atrás. Si diriges tu atención hacia el entorno, encontrarás la gran literatura del futuro, excitada y acezante allí mismo, a tu costado. La ciudad luz de los nuevos tiempos está aquí, en tu pantalla. Besitos zorrunos
Comment by la zorra de abajo 11.09.09 @ 8:59 amYo estoy en total acuerdo con lo que dice ese filósofo francés. Hace menos de un año estuve por París y tuve la misma sensación: la vida cultural no existe. No hay esa “bohemia” que se podría pensar. Bien por Calderón Fajardo, gran escritor, que intenta mostrar por estos lares lo que en realidad sucede en la “ciudad de la literatura”.
Comment by Hombre lobo en París 11.09.09 @ 9:37 am¡Buena, te luciste Jorge Luis Pinto!
Comment by Phillip Kuaker 11.09.09 @ 11:42 amUna visión medio nihilista y drástica de la coyuntura intelectual contemporánea de París pero también válida y coherente.
Gran texto, don Carlos. Mis respetos.
Una vez más compruebo que las broncas, mentadas de madre, rasgados de vestiduras, anatemizaciones, puñetazos y egos inflados están totalmente fuera de proporción.
Comment by LuchinG 11.09.09 @ 12:31 pmYo me quedo persiguiendo a Horacio que persigue a La Maga por la rue de Cherché Midí, con un nudito de gozo en el estómago. Paris es un personaje literario y esos no mueren.
Buen cuento Carlos.
Luching, explícate, de qué michi hablas??
Comment by Corazón CCF Corazón para ganar 11.09.09 @ 2:23 pmExcelente post de CCF. No estoy seguro si es un cuento o una crónica o qué cosa, pero he disfrutado mucho su lectura. Eso sí, estas columnas nunca tendrán pierde.
Saludos habladores.
No hay nada que hacer que mi tío CCF ha vuelto recargado. No le había leído un texto tan fresco antes. No había leído una columna completa de él antes, la firme. Pero esta sí. Es más, si le quitaba el diálogo final, me animo a afirmar que esta columna sería perfecta.
Un abrazo maese CCF,
Lo sige, desde el Bronx,
R,
Estimado Carlos, sírvase pasar por las instalaciones del club para recoger su carné de socio honorario. Un escritor de sus características, que hable francés, inglés y etrusco, merece estar con nosotros.
Comment by Presidente del Regatas 11.09.09 @ 5:04 pmCarlos, ¿el HAITÍ? yo pensé que ibas a otros lugares, digamos, más del pueblo. Pero el Haití es demasiado.
No creí nunca decir esto, pero hasta nuevo aviso le quitamos nuestro apoyo.
Calderon Fajardo, un antes y un despues en la literatura peruana.
Comment by Finalista en Winning Eleven 11.09.09 @ 6:20 pmMe refiero a que por el ánimo que se ve en las broncas uno diría que está en juego el destino de la galaxia, pero en realidad la gente interesada en literatura es muy poquita.
Y a los que están diciendo que el Haití es un sitio para pitucos: pues no sé a cuanto estará el café con leche allí, pero los S/.4.50 que me quisieron cobrar la última vez en el Queirolo me parecen un robo. Y el ambiente es igual de feo.
Comment by LuchinG 11.09.09 @ 6:56 pmHiphopero, no estoy de acuerdo contigo cuando dices que sin el diálogo final el post sería perfecto. Justo en ese detalle está lo bacán. Si lees bien, CCF, no se dirige a los “lectores”, sino a los “blogers”, y este post, no es un articulo, sino un híbrido: mezcla de cuento, ensayo, y crónica ficcional. No es un cuento porque el filósofo es demasiado real, lo que hace que parezca un crónica, pero el remate es de cuento fantástico. Ahí está el detalle. Es un híbrido genial, escrito para un blog.
Comment by Perico 11.09.09 @ 9:46 pmNo conozco al filósofo francés, prefiro pensar que es una historia creada para aprender sobre costumbres literarias francesas. Si conozco a Omar, Dios! en Dr. Zhivago…no, no eres él, puede que si el Omar actual, tienes razón…
Comment by María Esther 12.12.09 @ 6:24 pm



