El búho insomne
Monday November 23rd 2009, 12:52 am
Filed under: Columnas

rosas final

Berlín: “Esa maldita pared…”

 

Por: José Rosas Ribeyro

 

 

El inicio                                                                                                                              

No soy aficionado a las conmemoraciones de esto y de aquello, pero vivo en Francia, un país que sufre de conmemoracionitis aguda. Quizás por eso, o por la importancia del hecho que se conmemora en este mes de noviembre, voy a entregarme yo también a la manía conmemorativa. Lo que sigue no es, sin embargo, una reflexión histórica ni un análisis político de lo ocurrido en Berlín hace veinte años. Es, sencillamente, el recuerdo de lo que me ocurrió a mí y a tres personas más que estuvieron una vez conmigo ante la “maldita pared” que dividía esa ciudad en dos partes desde 1961. Un muro que, ante la sorpresa general, fue derrumbado pacíficamente en 1989.

Para empezar trasladémonos a los primeros años de la década de los ochenta del siglo pasado. Hacía unos cinco o seis años que yo vivía en París, ciudad en la que había vuelto a encontrar a amigos y conocidos que dejé en Lima al salir desterrado por el general Velasco Alvarado en 1975. Uno de esos conocidos era Niko, un alocado nissei que de artesano pollero pasó a ser artesano de la escritura y se vinculó a los narradores, en algunos casos talentosos, agrupados en una revista de literatura que no tenía nombre. No sé qué fue lo que trajo a Niko a estas tierras, pero la cosa es que en la época que evoco vivía aquí, tenía un viejo Peugeot azul marino y buscaba, creo, una mujer para que le calentara la cama y la entrepierna. Tal vez haya sido esa búsqueda lo que lo llevó a conocer a Chabuca, a quien llamo así porque su verdadero nombre, así como el del resto de protagonistas de esta historia, ya no lo recuerdo. Ésta era una chica peruana que, según decía, había hecho estudios de germanística y que en París estaba vinculada a una organización supuestamente trotskista. La militancia de Chabuca debía ser un repelente para Niko, ya que él se proclamaba abiertamente estalinista, pero no era así porque el deseo estaba de por medio y el sexo, como se sabe, es el origen de todo, incluso de las traiciones, los crímenes y las más arriesgadas aventuras.

Como Chabuca se manifestaba esquiva ante el galanteo erótico de Niko, éste decidió pasar a una etapa superior en sus intentos de conquista proponiéndole hacer juntos un viaje a Berlín, lugar que ella deseaba conocer y donde podría practicar el idioma de Goethe en la realidad cotidiana de la vida. Ella no dijo no pero puso como condición ir acompañada de una amiga. Y Niko, para no encontrarse solo entre dos mujeres, recurrió a mí. ¿Por qué a mí? Tal vez porque yo ya había estado algunos meses en Alemania, en Heidelberg, y él sabía que esa estancia me había gustado mucho, pese a que me demostró que yo era una persona absolutamente incapaz de aprender el alemán. Además, yo hacía tiempo que soñaba con conocer Berlín.

El día de la partida Niko vino en el Peugeot a buscarme a casa. En cuanto me instalé en el auto me dijo frotándose las manos:

-Y ahora vamos por las chicas. Yo manejo y Chabuca irá siempre a mi lado. Aquí adelante -precisó luego mostrándome el asiento-, y tú atrás con la amiga.

-¿Quién es la otra? -pregunté, porque a Chabuca ya me la había cruzado alguna vez en un restaurante universitario-.

-No sé, no la conozco -me respondió dando muestras de que le importaba un comino quién fuera-.

Un rato más tarde estábamos delante de la puerta de la Dulcinea trotskista. Niko tocó el claxon como si estuviera en Lima y las chicas bajaron de inmediato.

-Les presento a Lucía -dijo Chabuca, y una chica veinteañera y pálida nos extendió una mano pequeña y fría-.

Resulta que Lucía acababa de llegar a París proveniente de un barrio clasemediero de Lima. Chabuca la había conocido hacía apenas dos días en el comedor de Mabillon y la embarcó en la aventura porque no encontró a nadie más a la mano.

-¿Qué vienes a hacer a París? -le pregunté a Lucía cuando ya estábamos instalados en el asiento trasero del viejo Peugeot-.

-Quiero estudiar Historia – respondió-.

Su respuesta, un momento después, me sorprendería mucho, porque cuando evocamos en la conversación Berlín y el muro ella no sabía siquiera de qué estábamos hablando. Lucía parecía una angelota con tetas prominentes caída del cielo, por distracción, en París y embarcada en esta aventura sin saber bien porqué lo hacía.

El viaje

No recuerdo cuánto tiempo nos llevó llegar hasta la frontera con Alemania, pero sí que rodamos casi sin detenernos hasta que nos encontramos en la entrada de la carretera que desembocaba en Berlín, tras cruzar una parte de la RDA. Después de pagar una suma, que tampoco recuerdo, nos entregaron una papeleta que nos autorizaba a proseguir viaje durante un número determinado de horas, sin derecho a detenernos, hasta llegar a Berlín Occidental. Información que en ese momento nosotros ignoramos pues estaba escrita en alemán y nuestra germanista no logró descifrarla. La carretera en cuestión parecía una pista peruana llena de baches, lo cual me sorprendió porque yo creía en ese entonces que la Alemania estalinista era la hija más bonita y engreída de la Unión Soviética. Al cabo de dos o tres horas de viaje, cuando caía ya la noche y se había desatado un brutal aguacero, el viejo Peugeot dio signos de cansancio y se quedó plantado al borde de la carretera. Niko, que además de dedicarse en Lima a los pollos a la brasa y la narración comprometida, sabía de mecánica y podía seguramente reparar la avería, pero era tal la cantidad de agua que caía del cielo que decidió dedicarse a ello una vez que escampara. Llovió durante horas, lo cual nos obligó a pasar la noche en el auto, cubiertos con mantas. En la parte delantera, Chabuca se acomodó lo más lejos posible de Niko y cada vez que éste quiso aprovechar la nocturnidad para meterle mano, ella le respondió con un sonoro ¡no jodas! que terminó por disuadirlo. Al cabo de un rato ambos dormían e incluso roncaban. Atrás, Lucía se acurrucó debajo de la manta que me cubría con el pretexto de que sentía frío. Como tener cerca sus senos abundantes y no tocarlos hubiera sido un pecado mortal, metí mi mano por debajo de su chompa y ella se dejó hacer. Las caricias prosiguieron luego, cada vez más calientes y profundas, bajo el cargado cielo alemán, y nos llevaron a Lucía y a mí a practicar la fornicación acrobática y casi silenciosa. Al amanecer Noki despertó y, al vernos dormir abrazados, pegó un grito:

-¡Despiértense ya, degenerados!

O algo por el estilo. Grito que arrancó del sueño también a Chabuca, quien, al despertar, se cercioró de inmediato si tenía el pantalón bien puesto y la bragueta cerrada.

Tras el diluvio había salido el sol. Niko podía entonces dedicar su talento de mecánico a reparar la avería. Bajó del auto, sacó herramientas del maletero y durante un largo rato estuvo metido debajo del decrépito Peugeot. Cuando emergió, con las manos y el rostro ennegrecidos, y tomó de nuevo el volante, el motor se puso a funcionar: podíamos proseguir el viaje. Lamentablemente, estábamos hambrientos. Por lo cual Niko propuso que saliéramos de la carretera en el siguiente pueblo y fuéramos a comer algo.

-Quizás esté prohibido hacerlo -dije yo, pero el narrador-mecánico me respondió, mirando a Chabuca, que esas eran calumnias que difundían los trotskistas, aliados objetivos del mundo capitalista-. 

Llegamos, pues, a un pueblo en el que la gente nos observaba con ojos asombrados, asustados, como si fuéramos marcianos. Sin embargo, cuando mostramos que teníamos marcos occidentales no dudaron un segundo en vendernos pan, leche, salchichas y jamón, productos que, pese a ser de pésima calidad, devoramos como si se tratara de manjares. Ya reanimados por los alimentos, seguimos hacia Berlín Occidental, nuestro destino.

Como en esa carretera infernal había que estar muy atento para sortear baches enormes, Niko le encargó a Chabuca, su copiloto, (“no por nada sabe alemán”, agregó con sonrisa burlona), que se dedicara a leer los carteles de información y guiarlo a buen puerto. Por desgracia, nuestra germanista limeña estaba aún medio dormida, y cuando Niko se encontró con que la carretera se dividía en dos, ella no supo decirle con premura y seguridad cuál tenía que escoger para llegar al lado occidental de Berlín, y él tomó cualquiera de las dos, al azar. Ni bien entramos en la ciudad, al ver su aspecto de urbe bombardeada, detenida en el pasado, triste y desangelada, nos dimos cuenta de que nos habíamos equivocado: estábamos en el lado oriental de la ciudad. Recordando entonces lo que había aprendido en el Perú, cuando milité en organizaciones ilegales de izquierda, dije que teníamos que deshacernos de inmediato de todo material que pudiera comprometernos.

-Hay que tirar a la basura los periódicos, las insignias de Solidarnosc, todas esas cosas, sino estamos fritos -dije, y acompañé mi palabra con actos, mientras Niko me miraba y sonreía como si pensara que mis precauciones fueran inútiles-

No obstante, él y las chicas se acercaron también a un tacho que había a un lado de la pista y tiraron algunas cosas. En principio, estábamos listos para afrontar lo que viniera.

Berlín y la “maldita pared”

-¿Y ahora qué hacemos? -preguntó Lucía con ingenuidad, aunque ya había terminado por comprender lo de la “maldita pared” que dividía a Berlín en partes antagónicas-.

-Pues ya que estamos aquí visitemos un poco -respondí yo dándomelas de despreocupado-.

Aparcamos el auto y durante unas horas paseamos a pie por el lado oriental de la ciudad. Recuerdo que en un momento transitamos frente al Berliner Ensemble.

-¡El teatro de Bertolt Brecht! -grité emocionado, y crucé la calle por cualquier sitio para acercarme a él, lo cual me mereció una incomprensible pero ruidosa reprensión de un policía-.

Más tarde, encontramos en una ancha avenida a tres negros altos, con aspecto de deportistas. Niko quiso acercarse a ellos y llamar su atención gritando: “¡Hola, camaradas cubanos!”, pero los tres atletas se alejaron corriendo como si los acechara el diablo. A eso de las seis de la tarde, ya cansado de dar vueltas sin rumbo, propuse que volviéramos al auto para dirigirnos después hacia el muro y pasar al otro lado.

La carcocha Peugeot hacía cola minutos más tarde, entre coches de lujo, negros, grises o verde olivo, muchos de ellos Mercedes Benz, ante el control de la puerta de Bradenburgo. Yo me daba cuenta de que éramos bichos raros en ese ambiente, pero ya que estábamos allí, esperaríamos nuestro turno. Cuando por fin nos encontramos delante de un alemán impecablemente uniformado y con cara de nazi de película de Hollywood, constatamos que  nuestra presencia lo hacía gesticular y gritar, pese a que ninguno de los cuatro, ni siquiera Chabuca, entendía nada de lo que decía. El alemán llamó de inmediato a otros uniformados y todos juntos nos hicieron salir del auto. La noche paranoica había empezado pero aún no lo sabíamos.

Empujándolo, llevaron el Peugeot hacia un lado y durante horas, en nuestra presencia, se dedicaron a revisarlo. Un fulano se metió debajo del auto y se quedó allí horas, otro utilizaba espejos de diferentes tamaños y formas para ver sus recovecos, mientras un colega suyo buscaba algo a cuatro patas entre los asientos y otro más abría el capó y metía la cabeza dentro. Nosotros, con frío y hambrientos de nuevo, esperábamos a la intemperie, al lado de la “maldita pared” y estrechamente vigilados, separados unos de otros. Cuando por fin terminaron de revisar el coche y no encontraron nada que les interesase, pasaron a ocuparse de nosotros, cada uno por separado pero simultáneamente. Sacaron todo lo que teníamos y lo fueron depositando encima de una mesa. Recuerdo que un uniformado cogió mi bolígrafo y pasó largo rato inspeccionándolo. Introdujo un alambrito en la carga de tinta y en todos los agujeros del lapicero y lo removió en varios sentidos. Y en eso estábamos cuando vi, horrorizado, que del bolso de Chabuca una mano enguantada sacaba un periódico en el que había un artículo muy crítico sobre el muro de Berlín. Y también dos muñecas, una rubia y una morena.

-¡Nos jodimos! -pensé-.

Y estábamos jodidos.

Escoltados por dos agentes cada uno y en cuatro autos, fuimos conducidos al local de la Stasi. En la entrada había carteles y fotos de los “países hermanos” de la RDA y en uno o dos de ellos se veían imágenes de Cuba. Niko, burlando en un instante la estrecha vigilancia de los guardias trató de acercarse a este cartel caribeño mientras gritaba: “¡Viva la Cuba Socialista!”, pero los uniformados a empellones lo volvieron a poner en su sitio. Nos encerraron después en celdas de seguridad iluminadas con neones día y noche, siempre separados y con un vigilante permanente. Cada cierto tiempo, nos sacaban de la celda y nos interrogaban con un traductor al lado, cruzando la información que obtenían de uno y otro. La investigación empezó por un análisis de clase, el cual determinó que Niko era quien se encontraba más cerca del proletariado y yo quien se situaba más lejos, ya que mi padre era gerente de compras de una compañía minera estadounidense, de lo cual se enteraron los de la Stasi porque se los contó el narrador estalinista para dar muestras de colaboración con sus camaradas alemanes. Los interrogatorios, a cualquier hora del día o de la noche, los realizaban a veces reuniéndonos de a dos, confrontándonos a unos con otros, pero nunca todos juntos. Cuando me tocó con Niko, vi que éste me dedicaba incomprensibles sonrisas de optimismo comunista. Cuando me tocó con Lucía me percaté de que la joven pálida y tetona no terminaba de darse cuenta bien de lo que pasaba, estaba como caída de un palto. Y cuando me tocó con Chabuca constaté que ella con sus muñecas había montado un tinglado que ponía a los de la Stasi de vuelta y media.

-Tienen hambre y sed las pobrecitas. ¿No pueden darles leche y aunque sea un mendrugo de pan? -decía, mientras acariciaba a la rubia y la morena como si fueran realmente sus hijas-.

Nunca hubo maltrato físico propiamente dicho por parte de la Stasi. La tortura era psicológica: siempre teníamos un guardia pegado al lado y nunca, nunca, apagaron la luz de la celda durante las tres noches que pasamos encerrados. Tres noches durante las cuales nos despertaron en dos ocasiones cada vez para interrogarnos. Al cuarto día los guardianes nos condujeron a todos a una sala donde se encontraban ya unos oficiales y nuestros traductores. Allí supimos que la Stasi sabía todo de nosotros desde que tomamos el corredor que conducía a Berlín. Habían cronometrado el tiempo que estuvimos aparcados al lado de la carretera, sabían exactamente en qué pueblo habíamos salido, a quién nos habíamos dirigido y qué habíamos comprado. Nos habían seguido también los pasos en nuestra inesperada visita de Berlín oriental. Lo sabían todo y tenían un listado de los “delitos” cometidos por nosotros de manera inconsciente. Sin embargo, el más grave de todos era el imputado personalmente a Chabuca: “introducción clandestina de propaganda occidental”, por el cual se la condenaba a pagar una multa, que debíamos asumir solidariamente.

Para discutir sobre la multa nos dejaron solos a Niko, Lucía y yo, sin Chabuca.

-Violó todas las normas de seguridad, no tiró los periódicos occidentales, pese a que lo había advertido yo, es una irresponsable -dije-. Yo no pago ninguna multa por ella, que se joda. Además, se las pasó haciéndose la cojuda con sus muñecas.

-Trotskista tenía que ser -dijo Niko-, si no fuera por ella no nos pasa nada. Yo tampoco pago.

-¡Pobrecita! -dijo Lucía-, yo sí pagaría por ella pero no me alcanza la plata.  

Al concluir nuestra reunión volvimos a la sala. Y enseguida, a través de los traductores, declaramos que no pagaríamos solidariamente la multa. Los uniformados se retiraron y al cabo de un rato volvieron para comunicarnos la decisión final: a Chabuca la expulsaban del país y le prohibían el ingreso para siempre y a Niko y a mí nos expulsaban también y nos prohibían regresar, a él durante cinco años y a mí durante diez, no por nada él era proletario y yo burgués. A Lucía, en cambio, la declararon inocente, y no sólo eso: ¡le propusieron una beca para que estudiara historia en la patria de Marx y Engels y ya no en el pervertido mundo occidental!

Berlín, la libertad y otros muros

Durante las horas en que estuvimos detenidos en el muro habíamos podido ver mujeres con niños pequeños que esperaban horas para poder pasar. Los guardias con esmerado sadismo les revisaban todo mil veces y el cuerpo de pies a cabeza. Se oían llantos infantiles, quejidos de bebés hambrientos, lamentos de gente harta de tanta humillación. Se veían rostros cansados, cuerpos adoloridos, manos suplicantes. Y ahora nosotros, al cuarto día de detención, íbamos a pasar finalmente al otro lado. Yo no sé qué sintieron los demás, pero para mí fue algo muy extraño. Por un lado, sentí casi con vergüenza (ya que yo era -soy- de izquierda) que lo que decía la derecha sobre la cortina de hierro y el mundo libre, mucho tenía de verdad: al estar en el lado occidental de Berlín recién pude respirar la libertad a todo pulmón. Y por otro lado, sentía cierto placer también por saber que no me había equivocado al romper, desde la izquierda, con el llamado “socialismo real” en 1968, tras la invasión a Checoslovaquia por los tanques del Pacto de Varsovia y la aprobación de ello por Fidel Castro y el Partido Comunista de Cuba. El mal llamado “mundo socialista” lo habíamos vivido yo y mis compañeros en carne propia: no era sino totalitarismo y paranoia, autoritarismo y paranoia. Ser de izquierda para mí es, desde entonces, oponerse radicalmente tanto a un tipo de sociedad que expolia la libertad y oprime a los hombres en nombre de la justicia y el socialismo, como a otro que lo hace en nombre del lucro y de la usura.

En una cervecería, situada cerca del muro en el lado occidental, conocimos a unos profesores que nos invitaron a participar en una fiesta en su casa. Fueron dos o tres días de festejos que terminaron de acentuar la diferencia enorme que sentía entre la vida en un lado y otro de la “maldita pared” que había que derrumbar “cualquier día”, como dice la canción. Hoy que escribo esto, sin embargo, a veinte años del derribo del muro de Berlín, no puedo regocijarme demasiado. Primero porque las esperanzas de los alemanes del Este se derrumbaron también con el muro, pues lo que Occidente les venía ofreciendo desde hacía décadas era en gran parte mentira: el capitalismo no es la panacea universal sino un sistema profundamente injusto e inhumano. Y segundo, porque después se han construido otros muros que son una vergüenza para la especie humana: entre México y Estados Unidos y entre Israel y Palestina, por ejemplo. Muros de los que hoy se habla menos porque a diferencia del de Berlín no tienen la carga simbólica de representar la guerra fría y la amenaza permanente del conflicto nuclear. Quedan, pues, por derrumbar también esas malditas paredes de hoy, paredes que siguen oprimiendo y matando a los hombres que aspiran a la libertad.

El regreso  

-¿Y el regreso? ¿Cómo fue el regreso a París?

Eso me lo han preguntado prácticamente todas las personas a las que les he narrado en una conversación esta historia. Mi respuesta es siempre la misma y lo será también aquí:

-La Stasi nos siguió durante todo el camino de regreso, hasta la frontera con Alemania Occidental.

-Ya, pero entre ustedes ¿cómo fue?

-Es un secreto o tal vez lo he olvidado. La memoria siempre selecciona sus recuerdos.


23 Comments so far
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Alemania occidental nunca fue un pais capitalista antes ni despues del la Caida, lo unico que provocó la caida del Muro fue los animos de de reunificar los lazos familiares entre ambas alemanias y sus ciudadanos, despues de la caida el este quedo aun más miserable de lo que era hasta el dia de hoy hay una falta de integración laboral económica.

Comment by Lector del Comercio 11.23.09 @ 6:06 am

Siempre han sido la construccion de muros el reflejo de los miedos en nuestras mentes a perder autoridad sobre el plano que pisamos, lo vemos en nuestras propias casas, encerrados en nuestros cuartos protegidos del exterior, y a la defensiva siempre, somos parte de la naturaleza animal asi reaccionamos para obtener territorios, la diferencia es que nosotros actuamos deliberadamente, capitalistas, comunistas, socialistas, judios, ateos etc. siempre hacemos vidas miserables confrontándonos. Buen post.

Comment by Jefe de prácticas de la Cato 11.23.09 @ 10:12 am

Buena compare, te pasaste con la crónica. Más allá de lo cague de risa dices cosas graves y relevantes respecto a un símbolo/objeto histórico que marcó los detinos de un país. Así se hace literatura y periodismo. El mejor post en esta nueva etapa del blog, de lejos.

Comment by León Peleador sin Ley 11.23.09 @ 1:14 pm

Lo malo son los regimenes autoritarios, no el socialismo, es más el socialismo creo que es la mejor opción, aqui en Chile los neoliberales arruinarón la economía cometierón genocidios contra los estudiantes, indígenas y de ciudadanos en general y una historia similar cuentan TODOS los países de América Latina.

Comment by Zamorano 11.23.09 @ 1:41 pm

Tiene mucha razón Rosas cuando señala que aún existen otros muros por derrumbar y que, sin embargo, no son muy tomados en cuenta. Todo el mundo ahora se refiere de forma nostálgica a la caída del muro pero eso ocurrió hace 20 años y en el presente hay peores cosas que se deben solucionar. Nos encanta vivir de los recuerdos y poco hacemos por mejorar el aquí y el ahora.
Ojo con eso, señores.

Comment by El punto sobre la I 11.23.09 @ 1:46 pm

Cayó el Muro de Berlín y ganó el capitalismo destructror de la vida y los pueblos .. una verguenza

Comment by Marcos 11.23.09 @ 2:43 pm

El capitalismo es la ley que rige el mundo, señores. Tómenla o sufrirán las consecuencias.

Comment by Metatron 11.23.09 @ 3:59 pm

Wow qué grandioso se cayó el comunismo¡¡, y qué, de todos modos ganó la otra tirania, si, la gente ahi es feliz ahora pero de que sirve si por culpa de este sistema la gente muere de hambre en el tercer mundo, el tercer mundo no puede avanzar por culpa de esos cerdos capitalistas, liberaron a unos cuantos pero esos pocos ahora dejan morir a muchos en paises pobres de forma directa o indirecta.

Comment by Carlos Raffo 11.23.09 @ 6:36 pm

Imaginar que fue un solo muro el que cayó hace casi dos décadas. Sin embargo, es el referente para repensar nuestras propias acciones. ¡Cuántas veces nosotros mismos creamos fronteras con nuestros semejantes! ¿Acaso no nos dividimos entre nosotros mismos con algún pretexto?

Comment by Jefe de prácticas de la Cato 11.23.09 @ 8:02 pm

Por fa Metatron, cómo se te ocurre decir que el capitalismo es bueno, si para que ese sistema funcione debe de ver tanto países ricos como pobres, y lo vez ahora o por que crees que este sitema global no deja al tercer mundo progresar, y en el socialismo pasa algo diferente hay tanto ricos como pobres en un mismo país, cosa que es mierda también, por que como sea alguien tiene que sufrir, tanto con comunistas como con capitalistas y cualquier sistema existente o a exsistir.
Saludos para José Rosas, gran crónica.

Comment by Fiona 11.23.09 @ 8:08 pm

Es precisamente de “el muro” de Pink Floyd, concretamente creo que es “Another brick on the wall” (otro ladrillo en el muro). Pink Floyd hizo un famosísimo concierto tras la caída de el Muro, en Berlín, debe de estar por Youtube, chequeen.

Comment by Bauhaus 11.23.09 @ 8:47 pm

Agradezco a todos aquellos que han leído mi crónica con interés y, sobre todo, a Fiona por escribir generosamente “gran crónica” y a León Peleador sin Ley por decir que es el mejor post publicado. Mi intención era sencillamente mostrar una consecuencia concreta del totalitarismo cuando se esconde tras la máscara del socialismo, basándome en una experiencia real mía y metiéndole un poco de humor, que nunca hace daño e impide que nos tomemos demasiado en serio. Por lo demás, a aquellos a los que parece dolerles que se haya derrumbado el mundo qué les puedo decir. Que seguro apoyan también al castrismo en Cuba y se siguen dejando seducir por los miserables cantos de sirena de quienes han confundido la idea socialista con la práctica totalitaria o autoritaria. Un último aspecto: eso de los seudónimos no me gusta nada. Fiona y León Peledador ¿podrían desenmascararse? Si no quieren hacerlo aquí les dejo mi mail personal: rosas.ribeyro@orange.fr Hasta pronto

Comment by J Rosas Ribeyro 11.24.09 @ 5:06 am

Rosas soy tu hincha desde que te mandaste el desahueving con el tema MEC. Te pasaste con esta crónica compare, sigue adelante.

Comment by Sobredosis 11.24.09 @ 12:12 pm

OE COMPARE, CUENTA PES QUIEN ES EL HEMBRAGUE QUE TE COMISTE EN EL PEUGEOT. LA VIEJA DE UNA AMIGA TIENE UNA HISTORIA PARECIDA, SUELTA LOS DETALLES PARA VER SI ES LA MISMA TIA.

Comment by SHERLOCK 11.24.09 @ 1:08 pm

Acabamos de leer el texto y debemos decir que estamos indignadas. Ahora resulta que el señor Rosas no es sólo extirpador de mitos sino también un excelente acróbata. “Como tener cerca sus senos abundantes y no tocarlos hubiera sido un pecado mortal, metí mi mano por debajo de su chompa y ella se dejó hacer” ¿cómo es posible algo como esto?, qué forma tan vulgar de expresarse, señor Rosas. Seguiremos atentas.

Comment by Flora Tristán 11.24.09 @ 1:27 pm

Estas señoras que escriben en plural y firman en singular haciéndose pasar por Flora Tristán tienen los mismos reflejos que tenían los hombres y las mujeres de la Stasi: son paranoicas y buscan el delito (sobre todo sexual) en la más mínima frase. Nada tienen que ver, por tanto, con la grandísima Flora, mujer singular, que luchó por la liberación y no por el oscurantismo ni el orden moral. La frase que citan estas moralistas del Movimiento Santa Rosa (que no de Flora)da cuenta de un agradable encuentro sexual entre dos jóvenes que se acurrucaron en el asiento de atrás de un automóvil y se dejaron tentar sanamente por la sensualidad de los cuerpos. ¿Dónde está la vulgaridad? ¿En el coito? Pues, les cuento que hubo otros en los días siguientes, pero eso ya no lo conté en la parte subtitulada “El regreso” porque no tenía sentido. Gocen señoras y dejen gozar a los demás, dejen la Stasi mental en que están encerradas, lean un poco, vean películas, y dejen de espiar como viejas chismosas que dicen y repiten: “estaremos atentas”.

Comment by J Rosas Ribeyro 11.24.09 @ 8:01 pm

jajaja bien dicho! cucufatas fuera de internet, por favor.

Comment by mallarmé 11.25.09 @ 12:08 am

Ta qué faltosas estas tías. Se trata de una crónica señoras de Flora Tristán, no se hagan las estrechas.

Comment by Pocho Alarcón 11.25.09 @ 9:31 am

Ugarte una apreciación nomás, así de lector. tus columnistas están bien y en sus textos han demostrado que la conocen. El mejor post, como dice León peleador, es este de mi tío Rosas definitivamente.
Vamos a ver si mi compare Rafael Robles demuestra que no es flor de un día.
Saludos.

Comment by 2 más y nos vamos 11.25.09 @ 9:47 am

Acabo de entrar a esta página. Y lo primero que he leído es la crónica de José Rosas, pero también inevitablemente los comment. Y voy a ir por partes. Al parecer utilizando una crónica medio chistosa, Rosas crítica al socialismo practicado en la RDA. El mismo es comentarista de su propia crónica y explica: ” lo unico que pretendí es “desenmascarar a los totalitarismos disfrazados de socialismo” Que se recuerde Rosas era un furibundo de izquierda en los 70, y radical en la bullanga, ahora después de 30 años en Radio France al parecer se ha vuelto conservador. Porque después, en otro comentario, ataca a las feministas. Don José se ha vuelto un conservador y un reaccionario recalcitrante que ataca a los socialismos ya muertos cuando debió atacarlos cuando estaban vivos y él era de izquierda, y se mete con la feministas pretextando que ha sido atacado por floras conservadoras, cuando esefue sólo un anónimo. Pero lo que más me llama la atención es la defensa del artículo de Rosas por gente al parecer de izquierda popular y progresista, al menos e deduce por el lenguaje que usan. No entiendo nada. Si dicen que es el mejor articulista del blog cómo serán los demás,porque está crónica es bajetona. Ojalá que no me censuren el comment.

Comment by Pluto 11.26.09 @ 11:01 am

Mi estimado Pluto. Aquí, como no es la Alemania que describo en mi crónica, no se te censura. Me da gusto que me hayas leído y lástima porque no has comprendido gran cosa y te lanzas a atacarme. Lo que cuento ocurrió más o menos como lo cuento. Si eso a ti te parece socialismo y no totalitarismo paranoico, allá tú. No sé de donde sacas que me he vuelto conservador y reaccionario, lo dices por las puras y, otra vez, allá tú. A mí no me cabe la menor duda de que mi pensamiento y mi práctica es de izquierda y, es más, de una izquierda radical pero antiautoritaria. Mis “ataques” al estalinismo, señor Pluto, no datan de ayer ni de hace una semana, sino de hace mucho tiempo, de la época en que vivía en el Perú. Es mejor saber de qué se habla antes de abrir la boca, se lo aconsejo de todo corazón. Finalmente: yo no he atacado a ninguna feminista antes de que ellas me ataquen a mí. En mi crónica no hay ni una palabra sobre ellas. No veo por qué es “reaccionario” decirles a unas señoras que se las dan de cucufatas que la fornicación que menciono en la crónica no es sino un acto humano que no se presta a la indignación de unas Floras que deberían más bien llamarse Rosas, no por mí sino por la santa que se torturaba para no desear. Lea de nuevo todo, Pluto, y quizás comprenderá algo.

Comment by J Rosas Ribeyro 11.26.09 @ 7:46 pm

“Cada vez que alguien alude alude a la RDA, y lo que la Alemania oriental supo ganar con su propio esfuerzo siempre se le replica diciendo que la RDA fue una dictadura stalinista. La conciencia de sí mismos que los ciudadanos de la RDA lograron desarrollar en condiciones precarias no cuenta para nada. Se pretende crear la impresión de que en Leipzig, Dresde, Rostock y Berlín-Este no ha sido el pueblo de la RDA el que trabajó por si mismo pra si mismo, lo único que se dice que los alemanes vivieron al servicio para una dictadura. Lo dicen los alemanes occidentales ahora que se han dedicado al saqueo de lo fue la Alemania oriental”
Günter Grass “Breve discurso de un sin patria”.

Comment by Günter Grass 11.28.09 @ 2:34 pm

Hola José, vaya sorpresa después de mil años! Veo que sigues con el buen humor de siempre. Ojalá te vea pronto en París, voy al concierto de Depeche Mode allá en enero…

Comment by Violette Gide 12.14.09 @ 8:37 pm



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