Fiestas
Thursday December 24th 2009, 11:44 am
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Hablablog

La Bitácora El Hablador se va a dar un descanso de 10 diez días por estas fiestas. Se volverá a postear el lunes 4 de enero de 2010. El orden se mantiene: ese lunes arrancamos con la columna de Rosas Ribeyro.
Sin más, les deseamos a nuestros lectores de parte de todo el equipo de la revista unas felices fiestas.
En la boca del miedo
Wednesday December 23rd 2009, 6:43 am
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Columnas

Lo mejor del año
Por: Martín Mauricio
Tal vez una de las tareas más relajantes de fin de año es el de hacer listas. Por ejemplo, cada fin de temporada nos ponemos a confeccionar un ranking de los mejores libros del año; y estos libros los podemos diversificar en los mejores poemarios del año o libro de cuentos, pueden ser novelas o hasta un rubro que indique “las mejores novelas cortas”; igual sucede con la música y otras actividades artísticas o culturales. Con el cine es diferente, al año se hace el acostumbrado top ten de las mejores películas en general, un listado donde entra de todo, es decir, lo que viene de Estados Unidos -que en su mayoría serían los denominados Blockbusters-, hasta aquellas películas independientes que pasan de refilón por los cines y una que otra ganadora de algún premio internacional relevante. Para el top ten hay que escoger lo mejor de lo que se estrenó comercialmente en el año, que hoy por hoy, sin tomar en cuenta el Festival de Lima, es lo único que podemos ver en 35 mm. He tratado, dentro de lo más equitativo posible, no solo poner las mejores películas que en mi opinión se han podido ver en la cartelera, sino aquellas que han aportado algo nuevo a los géneros más significativos y determinantes que componen nuestro universo fílmico.
El orden de las películas es lo que menos importa en este articulo, es verdad que la primera, Gran Torino, sea la que más me ha gustado, pero de aquí a algunos días o semanas o con una tercera o cuarta visión, puede que cambie de parecer. Este orden refleja puro placer personal, un placer tan ecléctico como mi estado de ánimo.
1. Gran Torino de Clint Eastwood
En los últimos años es casi una obligación poner una película de Clint Eastwood dentro de las listas anuales, y no es por la trascendencia del nombre o por algún snobismo contemporáneo, sino porque las películas del director de Río Místico destacan tan nítidamente, dentro de un sistema hollywoodense tan repetido y anodino, como exponentes diáfanos y en muchas maneras incómodos de una sociedad que se encuentra tambaleando entre una profunda decadencia moral y espiritual. A pesar de su espíritu y convicción republicana –tal vez el republicano más lúcido de Estados Unidos– los personajes de Clint Eastwood han podido cuestionar, dentro de su individualismo, a un país violento y multicultural. Gran Torino es la despedida perfecta de ese héroe que conocimos desde Harry El Sucio, ese ermitaño, racista y veterano de guerra llamado Walt Kowalski que es el eje central del conflicto entre el nuevo y el viejo mundo, el agnosticismo y la fe. Gran Torino es una película sobre la reconciliación, no solo del personaje que durante muchos años interpretó Eastwood, sino de esa discreta sensibilidad que ha podido por fin penetrar con notable simpleza y de igual manera tanto al público general como a la crítica especializada.
2. Enemigos públicos de Michael Mann
La fascinación de Michael Mann por sus personajes se puso de manifiesto desde Manhunter, feroz adaptación de las novelas de Hannibal Lecter, su atmosfera taciturna y violenta, a la vez de su marcado acento por la música incidental, hacían de sus películas, relatos fácilmente reconocibles. Con Enemigos Públicos, Mann ha avanzado más en la búsqueda de ese cine realista, de una exaltación visual que trascienda la época. La historia de John Dillinger es en manos del cineasta de Collateral el punto de quiebre de una narración que logra capturar los últimos días de un personaje exclusivamente cinematográfico. Alejándose de los estereotipos del antihéroe, Dillinger es más que todo un romántico, un ladrón venido a menos afectado por el modernismo de los años 30. Tan adepto al juego de los roles opuestos, de los adversarios, de las luchas mentales y físicas, Mann ha sabido otorgarle acá a la dupla Depp-Bale una melancolía diferente, la de los héroes clásicos que sienten la soledad como partes inseparables de sus personajes, y sobre todo, esta película presenta como protagonista principal al propio director, porque si podemos escoger alguna película donde más notemos la presencia de este singular realizador, va a ser en esta obra antológica de la alta definición, de una nueva estética que busca revivir una época, que con los efectos especiales, cada vez se encuentra más olvidada.
3. 12:08 Al Este de Bucarest de Corneliu Parumboiu
Más que una película política o celebratoria, la cinta de Corneliu Porumboiu es un relato nostálgico sobre una época que marcó el inicio de la Rumania contemporánea. La historia de la revolución que causó la caída y posterior alejamiento del inefable Ceaucescu es el pretexto para valorar la importancia de personas que estuvieron directa o indirectamente en aquella época y que fueron participes de la hazaña. Hazaña que realiza Parumboiu con una narración económica, de pocos encuadres y cámaras fijas.
12:08 es también el relato sobre cómo la historia cambia en el tiempo, donde los testigos de una gloria infinita pasan a ser cuestionados por aquellos que para ese momento histórico lo único que valía era estar en acción. Porumboiu muestra con inteligencia un país donde la era post-ceaucescu no es todo lo maravilloso como alguien la podía imaginar. La ironía, la desilusión política, la reflexión sobre el pasado es visto en los tres personajes principales, cuya celebración por la caída del dictador se convierte en una mirada desolada, que causa sonrisa, pero a su vez tristeza y aflicción.
4. La felicidad trae suerte de Mike Leigh
Tal vez lo más importante de esta película no sea que la felicidad nos trae suerte, sino la profunda angustia y amargura que Leigh retrata a las personas que rodean a su figura principal: Sally Hawkins. Es que ella, a medida que la conocemos, no fuerza su estado de ánimo. Poppy no es el producto de una novela de autoayuda o de un refugio religioso, es poseedora de una naturaleza tan fuerte que ofende a algunas personas que interactúan con ella. Mike Leigh, fascinado por la complejidad de sus personajes femeninos, construye a su protagonista para ponerla en situaciones más extremas, es por eso que la escena más representativa del filme es aquella de Poppy con Scott, ese instructor pedante y miserable, el cual nos hace dudar sobre la existencia de ese espíritu noble y alegre; y dudamos si el camino que Poppy ha escogido es el ideal también para nosotros. Por ello, el título de la película no resulta un slogan arbitrario: la felicidad de Poppy no es más que una acción natural ante la adversidad. Poppy encara la vida como viene, con ese incrédulo optimismo y es ahí donde radica la simpleza y la sabiduría de un filme que conmueve e ilumina.
5. Che, El Argentino de Steven Soderbergh
Steven Soderbergh ha sabido moverse, de manera exitosa, entre el cine del star system y el indie contemporáneo. Aunque en Lima se han estrenado la mayoría de sus películas del primer lado, el Soderbergh independiente, aquel que es valorado e invitado continuamente a festivales, no lo conocemos mucho si no fuera por el DVD. El caso del Che es particular, concebida como una película de más de cuatro horas y separada en dos partes, ha tenido muchos tropiezos, sobre todo en la taquilla, ya que por la imagen mundial del Che y de un ganador del Oscar como Benicio del Toro, se esperaba más. Sin embargo, la película, la primera parte, aquella que hemos podido ver, está concebida en la forma de un Biopic, pero muy alejado del costumbrismo esperado para estos casos. La figura del guerrillero argentino, que ha sido llevada al cine no muy favorablemente, es representada desde sus inicios en la revolución no para ser alabada o glorificada, sino como un elemento testimonial que recoge el misterio del mito de la revolución. Esa leyenda se construye en una fotografía precisa y una interpretación magnífica de Del Toro, que se aleja de la copia fácil que se realiza en estos casos, por el retrato mas generacional, acercando la figura épica del guerrillero argentino a un sitio más terrenal.
6. Arrástrame al Infierno de Sam Raimi y La Huérfana de Jaume Collet Serra
Como hablamos anteriormente la vuelta al cine de terror de Sam Raimi ha motivado un nuevo aliento a este género que últimamente ha devenido en producciones en masa infestadas de exagerado morbo e historias sin sentido, sin embargo este no es el caso de La Huérfana, grata sorpresa de este año. Tomando como base la película de Melvin Le Roy de 1956, La Mala Semilla, el catalán Collet-Serra ha construido una más que eficaz película de suspenso. La historia de una joven madre con graves problemas personales que decide adoptar una pequeña niña se aleja de los sustos y situaciones fáciles para convertirse en un agudo thriller psicológico sobre el comportamiento, el miedo a lo desconocido y la paranoia. Lo principal de La Huérfana es su clima perturbador, sus giros inesperados, su destreza por la maldad. Ambas películas son espléndidos ejemplos de un terror contemporáneo que cuentan historias de una constante tensión, y en el caso de la segunda película, una interpretación sorprendente de la niña Isabelle Fuhrman.
7. El Matrimonio de Lorna de Jean-Pierre y Luc Dardenne
Si bien la última película de los hermanos Dardenne no llega al nivel exquisito de registro dramático y personal de El Niño o Rosetta, el universo de estos hermanos belgas genera un filme que transporta la miseria humana a un punto de íntima reflexión sobre un mundo deshumanizado y egoísta. Ahora los Dardenne observan la vida de Lorna sin contemplaciones, sin caer en el ajusticiamiento. La cámara que tantas veces adoptaba una temática realista, pasa a ser un testigo presencial de cómo la chica albanesa decide contraer matrimonio con un heroinómano para conseguir la ciudadanía belga. Al igual que Rosetta, Lorna está decidida a todo, y su transformación es la lucha que ella tiene que enfrentar. El sentido minimalista acentúa el dramatismo de los personajes y a su vez, nos vuelve partícipes de una narración intensa y desgarradora.
8. ¿Qué pasó ayer? De Todd Phillips y Siempre hay tiempo para reír de Judd Apatow
Dentro de las nuevas corrientes que generan más expectativas en la industria hollywoodense, ha aparecido lo que últimamente los críticos llaman la Nueva Comedia Americana (NCA). Sin embargo, estas nuevas películas tienen un origen en común: la televisión. Desde Freaks and Geeks -del mismo Apatow- hasta Seinfeld, estos filmes han ido cambiando de un formato mas juvenil y alocado que proliferó en los ochenta, hasta una puesta más madura, no exenta de melancolía y diversión grotesca. ¿Qué pasó ayer? es un ejemplo de una comedia alocada, narrada de manera magistral en episodios y que refleja una técnica depurada en la construcción de elipsis y gags antológicos. La película de Todd Phillips es un ejemplo claro de comedia madura, pero con personajes que desean la libertad y que la puedan encontrar un fin de semana en Las Vegas. Pero si una es sobre la libertad, la última película de Apatow es sobre la reflexión: Siempre hay tiempo para reír se trata de una película cuya basa la encontramos principalmente en la palabra, en la construcción de las frases, en el rol que juega la comedia en la vida de sus mismos intérpretes, en este caso un excepcional Adam Sandler como el máximo referente del Stand Up. Ambos films plantean su historia sobre la base de la vida diaria, en anécdotas que se integran de manera natural y realista acerca de individuos excesivos y muy en el fondo, siempre nostálgicos.
9. A prueba de muerte de Quentin Tarantino
Director a prueba de todo, ferviente admirador del cine de Clase B y de las exploitation movies, Tarantino ha sabido recrear un espectáculo de violencia y sexualidad –con los elementos del spaghetti western, la música go-go y su profundo fetichismo. Este paradigma del post-modernismo se convierte en una obra célebre gracias a que Tarantino se despoja de toda argumentación elaborada para recrear una historia emocional, libre de cualquier exposición crítica. A prueba de muerte es más que un sentido homenaje a ese cine olvidado de Russ Meyer y a los cult-movies como Vanishing Point o Bullit. La película es también la presencia de personajes memorables como Stuntman Mike (Kurt Russell) y de ingeniosos diálogos que celebran el paroxismo como un estilo de vida, el de ese muchacho genio que es Tarantino.
10. Up de Pete Docter y Bob Peterson
¿Qué es lo que hay más allá de las películas de Pixar que se celebran con tanto placer? Si bien a partir de ese tono vintage de Los Increíbles se tomó más en serio estas producciones animadas, llegando a la celebración definitiva con Ratatouille y Wall-E. Así, en Up, encontramos un acercamiento más profundo y contemplativo a la animación pura y diáfana. Los primeros minutos sin diálogo y solo acompañados por la música de Michael Giacchino es lo más maravilloso del año en el cine. Después de ver esos primeros minutos, se hace difícil mantener una película que alcanza su punto más alto en la idealización de la pareja como la esencia fundamental de la felicidad.
Como comenté anteriormente, esta es una lista que puede cambiar con el tiempo, tal vez en unos días vuelva a ver esa épica personal que es El Luchador de Darren Aronofsky, o el encanto misterioso de Los fantasmas nunca olvidan de Kuyoshi Kurosawa, o salga más convencido de una sala luego de comprender –o tal vez eso no es necesario- Bastardos sin gloria. O por qué no darle otra oportunidad a la efectiva Sector 9 de Neil Blomkamp o a la emotiva Una visita inesperada de Thomas McCarthy. Hay más, varias, bastantes. ¿No creen ustedes?
Nuevo número de El Hablador

El Hablador 17: Literatura y política
¿De qué manera hacer una evaluación literaria del año que está por terminar? Más allá de rankings o encuestas que sólo apuntan a lo cuantitativo, una evaluación más consistente debe basarse en lo cualitativo. En ese sentido, la reciente edición (17) de la revista virtual El Hablador se encamina a hacer un balance en relación con lo político o la forma en que la política se ha encontrado con el espacio literario. Un encuentro que ha sido, más que nada, enriquecedor y estimulante para la creación y los creadores, y que ha sabido denunciar y criticar, a través de la alegoría y la metáfora, los males estructurales del país. Situación problemática para el poder, pero que éste pretende neutralizar a través de diversos procesos de canonización y monumentalización: piénsese, por ejemplo, en la visión de la historia literaria que destilan iniciativas como la Casa de la Literatura.
El Hablador se sitúa, así, en el lado problemático y a la vez más rico entre literatura y política, nombre que tomamos para nuestra sección Biblioteca. Para ello partimos de las voces autorizadas de Mabel Moraña y Mark Thurner, quienes han elaborado sendas visiones sobre las formaciones y derroteros de las culturas políticas latinoamericanas, culturas que habían incorporado el campo intelectual de acuerdo con sus intentos de legitimación. En ese sentido, la publicación de diversos medios informativos, como El Germinal (analizado por Emilio Rosario), El Correo del Perú (Johnny Zevallos), Variedades (Christian Elguera) y La Sierra (José Agustín Haya), o la misma utilización de la Imprenta del Estado (Víctor Arrambide), contienen en sí lecturas y proyectos políticos sugerentes y de diversa urdimbre. Englobamos nuestra Biblioteca con el carácter de las fiestas andinas del siglo XVIII en Lima y las alegorías críticas de Roberto Bolaño a las formas más abyectas del poder en la dictadura de Pinochet.
Este 2009 se recordó a Julio Ramón Ribeyro por los 80 años de su nacimiento y 15 de su muerte. Por ello, hemos querido darle voz a escritores como Patricia de Souza, Enrique Vila-Matas, Rogelio Guedea, Alejandro Zambra, Carlos Calderón Fajardo y el novel Luis Zúñiga, quienes hablan del vínculo entrañable que mantienen con el recordado autor de La palabra del mudo. El debate continúa con un texto sobre los encuentros entre diplomacia y literatura (escrito por Alejandro Neyra), la visita del escritor chileno Pedro Lemebel a Buenos Aires (Nicolás Rodríguez Galvis), una rememoración acerca de la vida y obra de César Vallejo en París (José Rosas Ribeyro) y una crónica sobre la movida subte en el jirón Quilca del centro de Lima (Miguel Ildefonso).
La lista de “otros habladores” que figuran en esta edición la encabeza el poeta venezolano Rafael Cadenas, reciente ganador del Premio de Literatura en Lenguas Romances de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, entrevistado por José Rosas Ribeyro. Lo secundan Miguel Mota (Nicolás Rodríguez Galvis), estudioso de la obra del afamado escritor estadounidense Malcolm Lowry, ya que durante 2009 se celebró, en numerosos países, el “Año Lowry” por el centenario de su nacimiento; y el poeta peruano Jorge Pimentel (Juan Francisco Ugarte), del movimiento Hora Zero.
Variados estudios de significativo interés también aparecen en El Hablador 17, desde lo colonial hasta la vanguardia y la novela contemporánea. En el primer caso, tenemos un artículo sobre la obra de teatro La conquista del Perú, de fray Francisco del Castillo (Christian Bernal). La poesía hispanoamericana de vanguardia tiene a dos excepcionales representantes en Oliverio Girondo y Gerardo Diego (Luis Hernán Castañeda). Prosiguen un apunte biográfico sobre el norteamericano John Fante (Juan Arabia), los dilemas de la masculinidad en la novela Duque de José Diez Canseco (Pilar Alzamora), la propuesta “a-indigenista” en la novela La espera posible de Grecia Cáceres (Nelson Ramírez) y un apunte sobre la abyección en la novela Confesiones de Tamara Fiol de Miguel Gutiérrez (Omar Guerrero).
Las reseñas nunca están ausentes de los diecisiete números de la revista, y en esta ocasión contamos con un nutrido grupo de libros. Entre ellos, los estudios críticos Las provincias contraatacan, de Ulises Juan Zevallos Aguilar; En busca del orden perdido, de Juan Ossio; Contra el sueño de los justos, de Juan Carlos Ubilluz, Víctor Vich y Alexandra Hibbett; y La república de papel, compilación de Marcel Velásquez. También encontramos los libros de ficción El viaje que nunca termina, de Carlos Calderón Fajardo; Como los verdaderos héroes, de Percy Galindo; El rey siempre está por encima del pueblo, de Daniel Alarcón; Buda Blues, de Mario Mendoza; y Ayuda por teléfono y otros relatos, de Juan Carlos Bondy. Los poemarios considerados son Nocturama, de Diego Otero; y Cadáveres, de Alejandro Susti.
Finalmente, nuestra sección de creación incluye a creadores jóvenes y consagrados. En poesía, contamos con Ana Ávila, José Agustín Haya de la Torre, Luis Valladares, Nehemías Vega Mendieta, Alejandro Susti y Róger Santiváñez. En narrativa, participan los cuentos de Francisco Ángeles, Carlos Yushimito, Omar Guerrero, Alejandro Neyra, Miguel Ruiz Effio y Carlos Rojas Olivos.
Como vemos, un número amplio e interesante que, esperamos, sea del agrado de nuestros lectores y que signifique terminar una década con creces y comenzar la próxima con buen pie.
*Mañana: columna de Martín Mauricio
Personalidad escindida
Thursday December 17th 2009, 8:55 am
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Reseñas
![portada_selenco_rgb[1] portada_selenco_rgb[1]](/blog/wp-content/uploads/2009/12/portada_selenco_rgb11.JPG)
Por: Lenin Pantoja Torres
La novela de Selenco Vega (Lima, 1971), Segunda persona, fue premiada con el primer puesto en el concurso de novela corta organizado por la Cámara Peruana del Libro. Tomando en cuenta la presencia en poesía y también en narrativa, sobre todo en el contexto de los concursos literarios, el último libro de Vega reafirma el talento de un narrador que promete nuevas y mejores incursiones literarias. Precisamente, aquí nos muestra un buen manejo de la técnica, a pesar de no llegar a redondear una historia que impacte al lector. Mi incidencia, por tanto, radica en la buena disposición estructural de la novela, mas no en una historia interesante y bien construida que capture plenamente.
Segunda persona es una novela organizada en siete apartados o capítulos. Esta organización permite el desarrollo de la historia mayor basada en una estructura narrativa dividida en tres bloques interrelacionados por la figura de Ernesto, el personaje principal. El nombre de la novela alude a la voz narrativa explícita a lo largo de la novela. Justamente es esta voz, en segunda persona, la que se dirige a Ernesto como si ella fuera su consciencia, y también es este tono el que brinda a la narración una envoltura poética que nunca llega a saturar lo contado, lo cual es saludable. Una consciencia que revela toda la complejidad psicológica que rodea a este personaje envuelto en un entorno familiar y social muy particular. Ahora bien, los tres pequeños bloques narrativos son representados por la vida de Ernesto en su familia, su vida amorosa con su enamorada Alejandra y su vida laboral en la Biblioteca Central de la universidad donde trabaja.
Tres historias basadas en la doble vida que lleva Ernesto. Una doble vida que se reflejará en la escisión de su personalidad a raíz de un hecho ocurrido en su niñez: Ernesto, a los siete años, se dirige con su padre en busca de su madre, quien se encuentra trabajando; de repente, se detiene un auto delante de ellos y cae de él un hombre, un travesti. Ernesto, luego de esto, queda impactado por lo violento del hecho, cuyos detalles no podían ser menos grotescos: la frente de este hombre tenía escrito con lápiz labial “Así mueren los rosquetes”. Ernesto también recuerda las duras palabras de su padre que, en un intento por calmarlo, dice “…que por último se trata solo de un travesti, Ernesto, de un maricón”. Este hecho y estas palabras van a influir en toda la vida posterior de Ernesto. Como dijimos, él es un joven que trabaja ordenando libros en la biblioteca de una universidad, tiene una novia que no puede evitar introducir su inglés (está estudiando en el Peruano Británico) en sus conversaciones y una familia marcada por el abandono del padre. Es esta parte de la historia la que da mayor fuerza a la novela, ya que es desde las contradicciones familiares de donde irradia todo el escondido comportamiento.
Precisamente, Ernesto es un personaje bien elaborado. Hay en él mucha naturalidad. No es un personaje extravagante o desmesurado. En todo caso, sus preocupaciones son canalizadas hacia su interioridad haciéndosele difícil expresar sus sentimientos. Además, el narrador en segunda persona ayuda mucho a complejizar las razones de cada movimiento de Ernesto. Así como él, su padre y su madre también son personajes que desbordan los límites de lo convencional. El primero, abandonó a su familia y luego regresó a casa cambiando drásticamente su comportamiento. La madre, por otro lado, esperó el regreso de su esposo asumiendo la culpa por el abandono de este. Ella llega a transgredir sus propios límites, pues se sumerge en el abismo que le abre el alcohol y las noches de fervor sexual que vive con cada amante que encuentra a su paso, todo esto hasta el regreso de su esposo. Sin duda, junto con Ernesto estos dos son los personajes mejor trabajados. Por otro lado, restamos importancia a las actuaciones de “niña callejera” que asume Vanesa (hermana de Ernesto), debido a que no gozan de mayor relevancia estilística. Cabe decir que en cada espacio donde se desarrolla la historia hay personajes, pero netamente situacionales.
Como dijimos, Ernesto vive una vida externa convencional pero esconde su homosexualidad a causa del sentimiento represivo que percibe a su alrededor. Este aspecto va a ser el detonante a lo largo de la novela. Podemos percibir este sentimiento de represión en la obsesiva fijación de Ernesto por su vecino pirómano: “Días antes, el pirómano de la casa vecina había dado muestras claras de inestabilidad y congoja. Se paseaba por su pieza con las manos echadas para atrás. Gesticulaba y su cabeza de batracio parecía cavilar más de la cuenta. Pero no fue hasta la cuarta noche que su crisis se desató con una furia encarnizada. Los verdugos apenas si lograron controlarlo y apagar a tiempo el fuego que, como un manojo de culebras luminosas, arrasaba todo a su paso. Fue la única vez que, para detenerlo, tuvieron que emplear, además de los látigos de rigor, una camisa de fuerza… Esa noche, también, decidiste no prolongar más tu deseo e ingresar, la mañana siguiente, en el cuarto de mamá” (p. 77). Después de pensar mucho, el pirómano decide quemar su casa, decide expandir sus sentimientos, exteriorizarlos a pesar de los látigos y la camisa de fuerza que se lo impiden. De la misma manera, Ernesto vence sus miedos y los obstáculos para entrar al cuarto de su madre, lugar donde se maquilla y viste como ella.
La atracción hacia su madre es un punto muy importante, ya que su homosexualidad se intensifica al percibir su parecido facial: “Finalizada tu tarea [maquillarse y vestirse como su madre], te dirigiste otra vez a la mesita-tocador. Allí, sentado frente al espejo ovalado, te pusiste a conversar con la imagen revivida de tu madre” (p. 82). Es interesante la conexión de Ernesto con su madre y el pirómano, sujetos que van a determinar su identidad física y psicológica, respectivamente. Son este tipo de influencias las que determinarán su personalidad, que luego se proyectará como una posibilidad concreta al final de la novela.
Por otro lado, los escenarios son pobres en descripciones. Es una de las deudas de la novela. Básicamente, el barrio y la casa de Ernesto no aportan casi nada en el desenvolvimiento de las acciones ni en las psicologías de los personajes. La biblioteca donde trabaja Ernesto, así como el pub gay y el restaurante por donde transita el protagonista en su momento cumplen papeles episódicos, mas no hay un trabajo estilístico de mayor ambición. Es decir, al privilegiar ciertos aspectos (como la narración en segunda persona) se ha dejado de lado otros. Respecto al manejo de los tiempos narrativos se percibe una idónea utilización de los constantes “flashbacks”. Cada vez que hay un salto al pasado, el presente ya no es el mismo. Ha cambiado gracias a la resemantización que le confiere un hecho anterior. Los ejemplos son múltiples, pues este es un rasgo que prefigura la imagen de la novela. Asimismo, hay un uso muy extraño, incluso lúdico, de la cifra “3” a nivel temporal: el abandono del padre de Ernesto dura 3 meses, casi 30 años aquel trabaja en un banco, Ernesto lleva 3 años de enamorado con Alejandra, ella le puso un plazo de 3 días para que pensara en su propuesta de vivir juntos y en 3 meses morirá el padre de Ernesto luego de que le detectaran cáncer.
Como hemos mencionado panorámicamente hay muchos elementos, de estilo sobre todo, rescatables en la novela. Este aspecto es una de sus virtudes. Digamos que la “caja” que se ha diseñado para coparla con la historia narrada ha sido llenada de manera precisa. No obstante, eso no implica que dicha historia sea excelente. En este caso se puede aplicar la separación, no siempre precisa, entre forma y fondo, debido a una historia que no termina por impactar o sorprender (o cualquier otro adjetivo que se quiera). Es una historia simple. Este rasgo no implica que sea una mala novela, sino que el tratamiento que se le da no implica un buen uso de todas las posibilidades argumentativas. Particularizando escenas, lo mejor de la novela es el cambio drástico en la vida de la madre de Ernesto luego del abandono de su esposo. Este es un hecho que influye en Ernesto pero no trasciende más allá. Incluso el final más que ser abierto es proyectivo. Es decir, no tenemos material para imaginar libremente lo que pueda pasar adelante, pero sí intuimos de manera veloz que luego de la fingida vida que asumen Vanesa y Ernesto frente a la agonía de su padre, aquel afrontará su verdadera identidad sexual.
Finalmente, como he señalado, los recursos técnicos no han sido suficientes para poder configurar una buena historia. La sencillez muchas veces es superior a la desmesura, pero este no es el caso. Salvo algunos momentos, en general la historia no termina por ser redonda. Dejando de lado un poco los elementos de la trama, debemos decir que la prosa de Selenco Vega ya nos ha deleitado con buenas creaciones. El hecho de no haber acertado argumentalmente en esta novela, desde mi punto de vista, no desmerece el buen manejo técnico de su narrativa. Uno de los aspectos más resaltantes es cómo se sirve del tono poético para acrecentar y complejizar lo que les sucede a sus personajes en situaciones distintas y disímiles. Nunca se llega a obstruir el relato. Por todos estos aspectos, concluimos diciendo que muchas veces la parte más difícil en la construcción de una novela resulta ser la elección de la trama. Una vez pensada la historia el narrador opta por la estructura en donde ella descansará. Y no al revés. Detalle que, por lo demás, no observamos en Segunda persona.
Selenco Vega Jácome, Segunda persona, Mesa Redonda, 2009, 122 pp.
Laurel & Machete
Monday December 14th 2009, 1:36 am
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Columnas

Tres escenas para Guillermo Chirinos Cúneo
Por: José Carlos Yrigoyen
1
La primera escena, aquí, es la última. Comienza al mediodía del sábado 31 de setiembre de 1999: Ángel Guillermo Chirinos Cúneo, de cincuenta y tres años de edad, profesión ninguna, autor de un breve libro de poemas titulado Idiota del Apocalipsis y pintor en sus interminables ratos libres, asiste al departamento de su madre en la calle Arrieta, distrito de La Punta, para un almuerzo familiar. Asiste según su costumbre, impecablemente trajeado en un terno blanco, el mismo terno blanco con el que regresaba, totalmente inmundo, de sus postreras borracheras en el Centro de Lima, rodeado de jóvenes poetas que lo consideraban un marginalísimo escritor de culto y que le pagaban los tragos a pesar de que Ángel Guillermo tenía contraindicado el alcohol debido al coctel de pastillas que estaba obligado a ingerir para mantenerse sereno. Entonces, totalmente narcotizado, rodaba por las calles y los sucios jardines del Cercado, regresando a la casa materna convertido en un despojo, en tal estado de inconsciencia que cada uno de sus retornos se asemejaba a un milagro. Esto me lo contó, hace ya mucho tiempo, el poeta Bruno Mendizábal, testigo presencial de los hechos. Pero ese sábado 31 de setiembre Ángel Guillermo asistió al almuerzo familiar de la calle Arrieta. Su terno blanco lucía inmaculado, sin rastro alguno de aquellas madrugadas malsanas. Se comportó afectuoso con su omnímoda madre y su manso hermano José; comió con voracidad, y luego, ya saciado, se encerró en una de las habitaciones del departamento para hacer una siesta. Eso debió suceder como a las dos de la tarde. A las ocho de la noche José tocó la puerta y preguntó si todo estaba bien. No hubo respuesta en ese momento, ni tampoco la habría a las doce de la noche, cuando volvió a tocar, esta vez más fuerte y alzando la voz. Despertó al conserje del edificio para romper la cerradura, pero a pesar de las ganzúas y el esfuerzo, esta resultó inexpugnable. Finalmente, el conserje decidió entrar a la habitación pasando por la cornisa e introduciéndose por la ventana. Ahí estaba Ángel Guillermo, tendido sobre la cama, rígido, con los ojos vidriosos apuntando al techo y con un cigarro absolutamente consumido en la mano derecha. Según el cálculo de los médicos, debió morir a las dos horas de haberse recluido a hacer la digestión.
Todo esto me lo narró un ex alcalde de La Punta, ex militante del Partido Popular Cristiano, que administra hasta hoy un chiringuito en la misma calle donde Chirinos Cúneo creció y murió. Fui a buscar alguna huella del poeta, lo que quedara, en aquellos parajes extraños para mí. El ex alcalde, colaborador y diligente, me prometió que si volvía al día siguiente me ayudaría a contactarme con José Chirinos Cúneo, el hermano, quien vagaba sin rumbo fijo todas las tardes por el barrio. Esa misma noche fue el terremoto del 2007. El distrito de La Punta fue considerado bajo amenaza de tsunami y muchos de sus habitantes durmieron esa noche a la intemperie, aterrorizados y expectantes. Consideré este hecho una advertencia, una llamada a no seguir investigando sobre el asunto. Y así ha sido. No he vuelto a La Punta desde entonces.
2
La segunda escena no me pertenece. Esto le sucedió al narrador Santiago del Prado, también vecino de La Punta, a principios de la fea década de los noventa, cuando el autor de Camino de Ximena recién cursaba los primeros ciclos de Literatura en la Católica. Una mañana le tocaron la puerta. El joven Del Prado salió a ver de quién se trataba: era ese tipo cuarentón que se confundía con los “pastrulos” del barrio. Chirinos Cúneo tenía un libro entre las manos. Se lo ofreció a diez soles. Del Prado, en un gesto del que se arrepentiría hasta hoy, tomó el volumen, lo examinó con desdén y se lo devolvió con un seco no me interesa, bróder. No volvería a hablar con él nunca más, aunque sí recuerda haberlo visto merodeando por su cuadra en algunas ocasiones.
Años después Santiago descubriría el extraordinario poema Idiota del Apocalipsis mientras hojeaba el número de la revista Hueso Húmero dedicado al psicoanálisis o a la psiquiatría –ya no lo recuerdo bien. La impresión ante el poema fue tan fuerte que esa misma tarde salió, con la revista bajo el brazo, a buscar a Chirinos. No sabía bien dónde vivía, pero gracias a las indicaciones de policías y bodegueros llegó a la puerta del departamento de la calle Arrieta. Lo recibió la señora Aída Cúneo Navach, la imperativa madre del poeta, quien, ante las explicaciones de Del Prado, quien le mostraba la página de la revista donde estaba inscrito el poema de su hijo, se limitó a decir que de ese asunto no quería saber nada y a tirarle la puerta en las narices. La misma actitud tendría a lo largo de esta década con distintos admiradores de la obra de Ángel Guillermo, e incluso con editores jóvenes que le propusieron incluso pagarle los derechos de autor por publicar nuevamente Idiota del Apocalipsis. Su respuesta era siempre la misma: que no era cuestión de plata, que a ella no le faltaba, que su hija siempre le enviaba desde Estados Unidos. No es que quiera pintar a la señora como la mala de la historia: lejos de mí está esa pretensión. Ella fue quien en 1967, mientras Guillermo Chirinos Cúneo languidecía en una clínica psiquiátrica luego de abandonar sus estudios en San Marcos, se encargó de la publicación del único libro de su hijo, el cual costeó íntegramente. Ella misma, totalmente ajena al incipiente mundo editorial peruano, se dio el trabajo de hacer personalmente el contrato con una oscura imprenta chalaca e inscribió su nombre como editora en la plaqueta. Sería mezquino negar que le debemos mucho.
Santiago del Prado, hay que decirlo, no cejó en su empeño por indagar sobre Chirinos Cúneo luego de la airada negativa de doña Aída a suministrarle información. Preguntó entre los vecinos por el poeta, y una señora que vivía a la vuelta del edificio le permitió fotocopiar unos manuscritos que Ángel Guillermo le había regalado poco antes de morir. Luego Santiago me entregó una copia de esos poemas a mí. Tras descifrar la jeroglífica letra de Chirinos, publiqué algunos de ellos en la revista Intermezzo Tropical bajo el nombre de Cuaderno de California. Era, si no me equivoco, la primera publicación de textos inéditos desde la ya lejana Idiota del Apocalipsis, cuarenta años atrás, cuya edición, según consigna la leyenda, en su momento solo recibió una mención en la estafeta de una revista de turismo de La Punta.
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La tercera escena es estática. Es una foto publicada en la Revista Sí, en 1987, dentro de una nota publicada por Marco Martos. En ella encontramos a Guillermo Chirinos Cúneo subiendo una escalera caracol en el patio trasero de la casa donde vivía durante aquellos años, mirando fijamente a la cámara, como queriendo de esa manera dejar salir los demonios que lo perseguían y atormentaban sin tregua desde hacía tantas décadas. La toma lo inmortaliza subiendo en dirección a esa terraza donde seguramente ocurrió aquel hermoso poema llamado “Cenicienta”, el otro gran hit de su libro: Tú fuiste la sirvienta de mi casa. / Tenías un cuarto de terrazas y escaleras. / Y tus pechos derrumbados por mis ojos, / cayeron a mis ojos, derrumbados: / Una cascada desflorada: Ano y sangre, Cenicienta. / Mis colmillos de perro echando baba, / mis globos de rey marciano en su castillo, / mis pelos de lobo helado en brujos cráteres lunáticos, / derrumbaban, / calor de espuma, vapores, / derrumbaban, / sobre la ola de tu vientre blanco, / estallando en bocas de geranio, / derrumbado, bordoneado de espumas negras y de vahos. En esa misma nota Chirinos declaró que tenía muchos libros inéditos, pero que no contaba con el dinero para publicarlos; hablaba también de sus cuadros, de sus insolubles problemas cotidianos. Es un artículo muy bueno, pero yo me quedo con esa foto. Porque es una suerte de advertencia para quienes se atrevan a entrar al mundo de sus poemas, la inmensa mayoría hasta hoy inéditos; y a su vez es un guiño, una burla inaudible para aquellos pedestres que a la hora de hablar de él lo mencionan apiadados, como si para un poeta la locura, ese géiser de colores en medio de nuestra permanente oscuridad, significara una mala cosa.
Fuguet: Apuntes autistas, Caicedo e Iquitos
Por: Juan Francisco Ugarte
Esto no es una entrevista, tampoco una conversación. Se trata más bien de frases sueltas lanzadas por instinto, directas, agudas, firmes.
El dato era que Alberto Fuguet, escritor chileno, cinéfilo, conocido entre otras cosas por la antología Mc Ondo, odiado por muchos (aunque, últimamente, más amado y elogiado que antes), presentaría su último libro de no ficción titulado Missing en la Feria Ricardo Palma.
La historia se remonta hasta hace un par de meses atrás cuando conseguí Apuntes autistas, colección de artículos sobre cine, literatura y viajes. La historia tiene algo de azar y buena suerte, o quizá todo lo contrario. La historia empieza con la primera página o, más precisamente, con el epígrafe de esa primera página. Fuguet había escogido cuatro epígrafes, pero con sólo uno me conecté. Era un fragmento del discurso que diera Orhan Pamuk cuando recibió el Premio Nobel. Pamuk dice cosas como: “Escribo porque tengo miedo de ser olvidado. Escribo porque me gusta la gloria y el interés que escribir conlleva. Escribo para estar solo. Quizá escribo porque espero entender por qué estoy tan, tan molesto con todos”. Y termina con: “Escribo porque nunca he conseguido ser feliz. Escribo para ser feliz”. Todo epígrafe es siempre una declaración en clave de algo. En este caso, la declaración tenía nombre propio. Creo que, cuando de epígrafes se trata, eso es lo más importante: enganchar al lector con alguien, algo o un cuando o un donde. Engancharse, ligar, conectarse con un/el mundo.
En otras palabras: los temas de Fuguet. Las obsesiones de Fuguet.
Y, obviamente, Apuntes autistas tiene mucho de esto.
Pero ahora me referiré tan sólo a un artículo: “Perdido (Missing)”. Carlos Fuguet, tío de Alberto Fuguet, hermano de su padre, hijo rebelde, inteligente, el más descarriado de todos, de un momento a otro desaparece, se olvida, se pierde, y no para algunos, sino para todos. Entonces aquí empieza la obsesión: la idea de escape, de fuga, de estar en el mundo y al mismo tiempo no estar, de pasar de ser alguien, un conocido con nombre, apellido, pasado, a no ser nadie, a estar precisamente perdido, missing. No contaré la historia. Me remitiré a lo siguiente: Alberto Fuguet nunca deja de lado a su tío, es un fantasma que reaparece constantemente en forma de literatura, en forma de cine, en forma de música, de recuerdos. Un día el hijo menos comprendido de la familia decide irse y no volver jamás y, lo que es peor, nadie intenta buscarlo. Y lo que es aún más incomprensible: todos empiezan a tejer hipótesis de su paradero (sea éste cualquier lugar, incluso la muerte).
Pasa el tiempo, Fuguet arregla sus propios problemas familiares y junto a su padre resuelven, en medio de una discusión donde observamos a un Fuguet desesperado, contratar a un detective privado y encontrarlo. O sea, intentar encontrar a alguien que no quiere ser encontrado, alguien que corta sus relaciones más cercanas, que sabotea su propia historia.
Hasta ahí este artículo que nació, por cierto, a partir de un pedido de la gente de Etiqueta Negra para una edición familiar.
De lejos, “Perdido” es el mejor texto de Apuntes autistas. No sólo por una especie de complicidad entre autor y lector, sino sobre todo porque encontramos a un Fuguet en búsqueda de sí mismo. Porque eso resulta innegable: Alberto Fuguet pretende, más que conocer la vida de su tío, saber sobre su propia vida, entenderse. Por ello, al terminar de leer el artículo recuerdo sentir que algo quedaba inconcluso. Y no me refiero a la historia: existía algo más oculto detrás de todo eso. Se trataba de la culminación de un proceso, del cierre de un largo camino, de poner punto final a un inconsciente. Fuguet debía acabar y comprender, o comprender primero para poder acabar. Y es precisamente aquí donde surge un libro como Missing.
*
Alberto Fuguet se presentaba el día inaugural de la Feria Ricardo Palma, eso de las 7 de la noche. Lo presentaba, no sé por qué, Renato Cisneros. Ese día, temprano, yo cargué mi libro de Apuntes autistas y salí de casa con la idea de llegar puntal a la presentación. Pero eso no ocurrió. El programa terminaba a las 8:15 y yo llegué a las 8:40. Llego y empiezo a buscar a un tipo medio alto, con lentes y ropa oscura, un tipo con pinta de saber que todos lo están viendo, que es el centro, la mayor atracción de esa Feria desterrada. Busco y no veo a nadie parecido a él. Busco y, sin querer, me topo con una fila de diez a doce personas. Avanzo lentamente y entonces ahí está: sentado, conversando con alguien, mirando a todas partes, sin perder de vista a todas las personas que pasan por el lugar y, evidentemente, firmando. Me coloco al final y espero. Pasan los minutos y la cola no se mueve. Observo bien: me doy cuenta que Fuguet no sólo firma, sino que habla, conversa demasiado. “Así son los escritores, tienen que hablar”, me comenta una chica que está delante.
Saco el libro y sigo esperando. Luego de varios minutos (creo que fueron cerca de veinte) toca mi turno, me aproximo a la pequeña mesa, Fuguet me mira y dice: “¿Ya nos conocemos?”. “No, me parece que no”, respondo. “Ok, a veces pasa”, me dice. Entonces Fuguet empieza a hablar. Pregunta cosas como qué libros he leído de él. “Sobredosis, Cortos, Tinta Roja, Apuntes, Caicedo”, digo.
- ¿Caicedo?, ¿y te gustó el libro?, pregunta.
– Sí, aunque no del todo.
– Y Caicedo, ¿te gusta Caicedo?
– Su vida es un mito, su obra no es muy buena.
– Claro, su vida. Pero para leer a Caicedo uno tiene que estar como que medio mal, ¿no crees?
– Yo no estoy mal.
– Qué raro. Todos lo que leen a Caicedo tienen algo.
– ¿Tú tienes algo?
– Todos tenemos algo.
– No, yo no.
- Ok.
– Una pregunta: ¿luego de firmar tienes tiempo para un par de preguntas?
- Sí, me esperas y conversamos.
Fuguet firma el libro.
Fuguet sigue hablando con el resto de gente. Se ríe. Intenta ser cool con todos.
Cuando acaba la cola y la mayoría de personas desaparecen del lugar, le hago una seña, él observa y me dice que mejor conversemos mientras vemos libros. Y eso hacemos. Entonces le pregunto sobre Missing, sobre las cosas que lo motivaron a escribir el libro. Fuguet deja de ver el stand dedicado a Vargas Llosa y voltea: “¿No estuviste en la presentación?”, pregunta. “No, llegué tarde”. “Ok, Missing surge a partir de la idea de que todos tienen una historia familiar qué contar, todos tienen un tío, un padre, un hermano, todos tienen algún problema en su familia”. Se queda en silencio. Me acuerdo de lo que había pensado al leer el artículo de Etiqueta Negra, o sea, en no escribir sobre los otros, sino sobre uno. Le pregunto:
– Pero, ¿al escribir esta historia no estás escribiendo sobre ti, más que sobre la vida de tu tío?
– Sobre mí y sobre ti también, sobre todos, es una manera de conectar con el público, algo general que a casi todos les sucede.
– En todo caso, es una forma de búsqueda, de solucionar tus conflictos.
- Algo así.
– ¿Y el conflicto con tu familia, con tu padre, recuerdo haber leído que peleaste con él luego de tomar la decisión de escribir la historia?
– Sí, pero al final el más perjudicado era yo, y eso no me servía de nada. Necesitaba estar tranquilo con el resto y conmigo mismo para poder escribir el libro. Al principio sí nos peleamos, pero luego lo hablamos y todo se arregló.
– Entonces ahora sientes que un ciclo se ha cerrado.
- Más que eso, lo que me importa es la historia, que los demás se identifiquen con ella, que les sirva.
– Y la manera de lograr esto es mediante recursos similares: los personajes de tus libros se parecen mucho, tienes ahí por ejemplo a Caicedo, otro desaparecido, olvidado. Son formas distintas de no estar, nada más.
– Cierto, creo que es un tema muy importante, fundamental.
Fuguet vuelve a quedarse en silencio. Recuerdo entonces su película Desaparecido o, mejor dicho, la promesa de esa película. Se lo pregunto.
- ¿Y eso es en lo que estás ahora? Me refiero al proyecto de Desaparecido.
– Estuve en Iquitos. Es una ciudad muy bonita, pero me di cuenta de ciertas cosas.
- ¿Cuáles?
– De que para escribir una historia como esa en un lugar que no es el tuyo, tienes primero que no ser un extranjero, quitarte esa imagen tanto para ti como para el resto.
- O sea, formar parte de…
- Sí, pero no es algo sencillo. Se necesita tiempo.
– Y con respecto a tus libros, ¿vas a seguir escribiendo historias no ficcionales? En los últimos años has escrito Apuntes autistas, el texto de Caicedo, y ahora Missing.
– Precisamente ando metido en un libro de cuentos. No quiero adelantar mucho. La gente piensa que ya dejé la ficción. Me interesa mucho lo que son los diarios, los testimonios, pero seguiré escribiendo libros ficcionales. Eso no se deja.
Le hago un par de preguntas más que están relacionadas a algunos autores peruanos. Me dice que admira mucho a Ribeyro, aparte de Vargas Llosa, que sobre todo le encanta La tentación del fracaso, sus diarios, y recalca, levantando algo la voz, que el título es excelente. “Y seguimos con los mismos temas”, le digo. “Así es”, responde, “no puedo hacer nada”.
En esto, se acerca una persona, Fuguet nos presenta y dice: “Él es de Iquitos, también escribe, hemos realizado un proyecto juntos, no sé si sabes”. Le respondo que sí, que lo conozco, o algo así. El escritor de Iquitos le hace una especie de seña y trato de no demorar demasiado. Me despido. Fuguet y el escritor de Iquitos hacen lo mismo.
Me voy.
*
No he leído aún Missing. Pero al ojearlo rápidamente me he topado con siete epígrafes, no todos tan interesantes como el de Pamuk. Cuatro en español y tres en inglés (uno, el primero, es de Hemingway y funciona como entrada al libro). En el segundo Marcela Paz dice: “Porque mi familia es de esa gente que busca las cosas perdidas, pero jamás la fruta ni la plata ni los parientes… Ellos creen que uno se pierde adrede y quieren obligarlo a encontrarse”. Creo que si algo pretende decir Fuguet es justamente esto: nadie se pierde para ser buscado, mucho menos para tratar que lo encuentren, quien en verdad quiere perderse simplemente lo hace, se va, escapa, corta los vínculos. Es decir, ningún desaparecido aparece de forma sencilla. Pero Fuguet, en contra de esto, sí ha buscado. Fuguet ha llevado hasta las últimas su obsesión. Y ahí tenemos la historia.
* Mañana: columna de José Carlos Yrigoyen.
LA FERIA DEL LIBRO RICARDO PALMA: UNA TRADICIÓN QUE SE RESISTE A DESAPARECER.

Por: Lenin Pantoja Torres
Desde hace unos días se inició la Feria del Libro Ricardo Palma. Una tradición que congregaba a vecinos cercanos y lejanos al Parque Kennedy. Precisamente esa es la desconcertante sorpresa: la feria de Miraflores ahora está en San Borja. Pues gracias a las intransigentes aptitudes de un alcalde, se tuvo que buscar una irremediable -porque la tradición se resiste a desaparecer- solución. Aunque el nuevo espacio (el Vértice del Museo de la Nación) no sea hostil, sí se ha perdido una serie de aspectos que han marcado el desarrollo de anteriores ediciones. Por ejemplo, el pequeño espacio que proponía el Parque Kennedy implicaba que la visita sea un acto vecinal y no un acto, digamos, oficial. Lo reducido del espacio desplegaba una sensación calorífica propia de los lugares familiares porque, precisamente, darse una vuelta entre los libros en un ambiente abierto y caluroso era un acto familiar.
La edición 30 de esta feria ha intentado conservar artificialmente lo perdido. Nos percatamos de ese intento al solo ingresar al recinto. Una banca entre una especie de matorrales que trata de dar una sensación de frescura y respiro conforma una suerte de bienvenida. También algunas bancas acomodadas en lugares específicos intentan imitar las áreas verdes perdidas. Ingeniosamente las calles que forman las posiciones geométricas de los diversos stands han sido organizados con nombres alusivos a la vida y obra de la figura homenajeada en esta oportunidad: Julio Ramón Ribeyro. Uno tiene la sensación de navegar entre un espacio ficcional mientras va esquivando a los transeúntes que buscan desesperadamente el libro correcto. El viaje desemboca si no en otra calle ficcional, sí en un espacio marcado por la figura de nuestro narrador. Por ejemplo, tenemos el auditorio “Julio Ramón Ribeyro”; y las dos salas: “La palabra del mudo” y “Los geniecillos dominicales”.
Pero como todos sabemos, el principal atractivo de esta feria son los libros. Revisemos algunas novedades. Y cuando nos referimos a novedades aludimos a aquellos títulos que esperamos encontrar y, por supuesto, a un precio cómodo. Es inocultable la tristeza por la ausencia del último libro de Rodrigo Fresán, El fondo del cielo, publicado por Mondadori. Ausencia predecible por la prontitud de la publicación. Pero sigamos con una presencia concreta, me refiero a Missing. Una investigación (Alfaguara) de Alberto Fuguet. Parece que al narrador chileno le obsesionan las historias de familiares “distintos” aunque esto se transforme en rencillas hogareñas y no precisamente en el mundo ficcional. En todo caso, creo que esta publicación es de las más importantes en esta feria. Pero para cerrar Chile, en medio de un clima marcado por espías mujeriegos y diplomáticos ariscos, no podemos dejar de mencionar el libro de Pablo Simonetti La barrera del pudor (Norma). Esto a propósito de los problemas que tuvo en la Embajada de Chile al presentar su libro días antes.
Dejemos a los políticos y a los espías, y sigamos con la literatura. Entre los poemarios tenemos al antitético título, tomado de un verso de Blanca Varela, Silenciosa algarabía de Paolo de Lima. Libro marcado por una, también antitética, opinión de este poeta. Dice que salir de un espacio físico enriquece al escritor, pero que él siente que “se escribe” más que “escribir sobre” (Fuente Andina). En todo caso, ahí tenemos los diez poemas que conforman su último libro. No podemos, por otro lado, dejar de mencionar el libro de Tulio Mora: Hora Zero. Los broches mayores del sonido que más que tener una autoría tiene una inmensa carga espiritual colectiva. Entre estos espíritus inefables está, sin duda, Enrique Verástegui del que podemos encontrar su libro Teorema del anarquista ilustrado.
Respecto a la narrativa, ha sonado mucho la noticia del libro ganador del Premio Cámara Peruana del Libro Novela Corta 2009, es decir, Segunda persona de Selenco Vega. Una novela que se iba configurando como una historia polifónica de setecientas páginas y que terminó transformándose en una sola aventura de ciento veintidós páginas o algo por ahí. Luego, se reeditó la novela Rosa Cuchillo de Óscar Colchado Lucio. Festejo la reedición de la mejor novela sobre la violencia política que se ha escrito hasta ahora. Creo que entre los textos nacionales esta presencia es de las más resaltantes. Pero estos textos no se quedan en narrativa y poesía, también tenemos la compilación de estudios en torno al siglo XIX con La república de papel de Marcel Velázquez Castro y, por otro lado, ¡Usted fue aprista! Bases para una historia crítica del APRA de Nelson Manrique.
Y como el homenajeado es nuestro narrador Julio Ramón Ribeyro, no podían faltar publicaciones alusivas a su figura. Tenemos, por ejemplo, Las respuestas del mudo con la selección, prólogo y notas de Jorge Coaguila. Texto que reúne entrevistas al autor de Los geniecillos dominicales. También tenemos a Julio Ramón Ribeyro: penúltimo dossier con la selección y prólogo de Néstor Tenorio Requejo y Jorge Coaguila. Sumado a lo anterior, y como es lógico, la fama de la narrativa de Ribeyro ha traspasado nuestras fronteras. Por esta razón, se ha presentado el texto Para entender: Julio Ramón Ribeyro (Nostra Ediciones) de la mexicana Vivian Abenshushan.
Sin duda, se me escapan muchos títulos importantes como Cervantes en el Perú de Carlos Eduardo Zavaleta o Gato encerrado de Fernando Ampuero. Son muchos libros para pocas líneas. Pero las ventas han arrancado con muchas novedades e interesantes datos. Hasta hace el libro más vendido era Todas las aventuras del cuy de Juan Asevedo. Un libro que conmemora los treinta años de creación de su tan entrañable personaje. Esta edición, que incluye la totalidad de las historietas (aunque no de las tiras diarias), ya ha sobrepasado los 250 ejemplares vendidos. El texto se puede encontrar en la Librería Contracultura con un descuento de casi el 50%.
También hay otros títulos a tomar en cuenta por la demanda que han generado. Como era de esperarse, La palabra del mudo (tomo I y II) del homenajeado Ribeyro ha pasado los 120 ejemplares en la Editorial Planeta del Perú, y también goza del mismo protagonismo en Crisol. En Santillana, como no podía faltar, los lobos y los vampiros de La saga de Crepúsculo de Stephanie Meier viene derrotando a Anti-agenda de Renato Cisneros y Caín de Saramago que son las que le siguen los pasos. Estos también están presentes en otros stands como textos más vendidos. Todo sigue un cause variado, como es lógico. Lo importante es que aparentemente los títulos pueden llegar a colmar los requerimientos de un público variado y no necesariamente literario.
Creo que hay para todos los gustos ya que las librerías han mantenido los títulos que nos suelen ofrecer en estas ferias. Y como toda feria es atractiva por sus precios, esto ha sido un punto gratificante. Nos han informado que hay rebajas desde el 60%. He podido comprobar que, por ejemplo, Santillana ofrece descuentos de hasta el 50% en sus títulos, Alfaguara hace algo similar al vender dos libros al precio de uno. Muy animado por las ofertas quise comprar solo uno y el librero me pidió que me uniera a una persona más para comprar ambos títulos, “como dice la oferta”, comentó. Otros stands de pequeñas casas editoras, como La Familia, tienen descuentos variados. Desde el 30%, pasando por 20% e incluso 10%. Hay pocas librerías de viejos, pero hay. Esto quiere decir que no hay excusa posible para dejar de adquirir un libro, irse a casa y leerlo inmediatamente. Y como ya saben la feria finaliza hoy, así que apresúrense a alcanzar ese libro tan ansiado que, a veces, nos quita el sueño.