El búho insomne
Sunday January 03rd 2010, 11:40 pm
Filed under: Columnas

rosas final

Miscelánea tropical

                                                                                          

                                                        Por: José Rosas Ribeyro

 

Grisélidis

Tenía pensado dedicar este espacio a la vecina de Jorge Luis Borges en el Cementerio de los Reyes de Ginebra. Detrás de la tumba del autor de El Aleph, a pocos pasos de su lápida de piedra, leemos en una placa metálica: “Grisélidis Réal, escritora-pintora-prostituta (1929-2005)”. La autora de libros estremecedores como El negro es un color y El polvo imaginario se encuentra allí desde el 9 de marzo de 2009, aunque otro vecino suyo en el cementerio se remueva en su tumba de puro puritano. Es Jean Calvin, aquel reformador francés del cristianismo en el siglo XVI. Grisélidis no podía verlo ni en pintura, pero el destino los juntó en el mismo barrio de los muertos. A Borges, por el contrario, no creo que le moleste mayormente estar enterrado al lado de una mujer que, pese a sus orígenes de burguesía intelectual, fue puta para proletarios e inmigrantes durante casi treinta años de su vida, en Alemania y Suiza. Paralelamente,  escribió algunos libros muy importantes y combatió en defensa de los derechos de las prostitutas y por la legalización de su trabajo. Pero Grisélidis estará aquí recién la próxima vez porque entretanto…

Intermezzo

Porque entretanto, desde Ottawa, gracias a la amabilidad de Paolo de Lima, me llegó a París Intermezzo Tropical 6/7. Ya he dicho en otras ocasiones lo positivo que me parece el trabajo de los jóvenes intelectuales que realizan esta revista. Y he reconocido el coraje que tuvieron en publicar en el número 5 mi artículo “María Emilia Cornejo: el lado oculto de un mito”, en el que revelé las circunstancias en que se fabricaron los tres poemas más conocidos de esta compañera mía de San Marcos que fue convertida post mortem en abanderada de un feminismo al cual nunca adhirió en vida. En aquella ocasión los de Intermezzo tuvieron el rigor intelectual de pedirle a Hildebrando Pérez Grande que diera también su punto de vista, puesto que yo lo mencionaba en mi texto y mostraba de qué manera él estaba involucrado también en ese asunto. No voy a discutir aquí lo que escribió Pérez Grande ni voy a volver sobre la polémica que se desató a la lectura de mi artículo. Polémica en la que se me acusó de todo y de lo peor, con argumentos a veces absolutamente deshonestos. Y todo eso porque había decidido por fin poner en claro la realidad de las cosas y terminar con décadas de murmuraciones e insinuaciones. Quien quiera enterarse de los pormenores puede hacerlo a través de Internet, ya que todo está allí, en el espacio virtual del conocimiento. Era claro que con lo que dije quedaba cerrado para mí el asunto María Emilia Cornejo y sin embargo…

Tropical 6/7

Sin embargo, me veo obligado a volver a ocuparme de “la muchacha mala de la historia” porque en Intermezzo 6/7 Susana Reisz, integrante del comité asesor de la revista, utiliza un supuesto trabajo académico para atacarme sin recurrir a verdaderos argumentos intelectuales, sólo con hígado, suposiciones, diversiones y muy mala leche. En la misma entrega de la revista, César Ángeles, uno de los editores de la publicación, arremete también contra mí en una nota en la que comenta, se supone, “Un Vallejo propio y mío”, artículo que salió en el número 18/19 de Martín, una revista confidencial de la Universidad San Martín de Porres, y que se ha reproducido en el n° 17 de El Hablador para que pueda llegar a un mayor número de lectores. En ambos casos, Intermezzo no tuvo la cortesía ni el rigor intelectual de ponerme al tanto de los ataques y reservarme un espacio para responderlos si yo lo creía conveniente o necesario. ¿Será porque esta vez quienes atacan son miembros eminentes de la revista? En verdad, si así fuera, me parecería triste, porque, como ya lo dije antes, se trata de una publicación valiosa y ese tipo de actitudes está reñido con la ética del trabajo intelectual. Como si esto no fuera ya bastante, Intermezzo 6/7 incluye en la página 102 una foto tomada en México frente a la Casa del Lago, en la que se ve a diez personas, y a nadie parece habérsele ocurrido que los rostros que aparecen allí son de personas que existen (o que existieron, ya que algunas fallecieron prematuramente) y el mínimo respeto hacia ellas es mencionar sus nombres y apellidos. No hablemos del crédito de la imagen, eso ya sería demasiado pedir.

Investigar

“¿Quién habla en el poema cuando escribe una mujer… y dos hombres la ‘construyen’?”, es el título del artículo con el que la investigadora feminista Susana Reisz, profesora en Estados Unidos, pretende responder a la demanda formulada por Paolo de Lima, este cronista y algunas personas más, de que se aborde por fin “el caso Cornejo” con seriedad y honestidad intelectual, sin cubrirse los ojos. Sé que es difícil para quien percibió “el acento inconfundible de una voz de mujer” y luego hizo público su descubrimiento sin pensárselo dos veces, aceptar que en esos textos no se encontraba sólo la voz solitaria de una mujer llamada María Emilia Cornejo, sino también el trabajo constructivo de “dos muchachos”, como nos llama ella a Elqui Burgos y a mí. Ya que hace tiempo corrían rumores en Lima sobre la autoría de esos poemas, rumores que conocían muy bien algunos de quienes participan en la encuesta sobre María Emilia Cornejo publicada en el número 4 de Intermezzo y muchas personas más de generaciones anteriores, creo yo que lo mínimo que se le puede pedir a una investigadora seria es justamente eso: in-ves-ti-gar, e interrogar, por ejemplo, a quienes desde un comienzo estaban al tanto del origen de los tres poemas más famosos de Cornejo. La tarea no debe de ser tan difícil ya que se trata de académicos muy conocidos y Susana Reisz seguro que tiene incluso sus números telefónicos en la agenda. ¿Cómo llevar a estas personas a decir la verdad después de tres décadas de compromiso con la ormeta? Pues es allí donde se pone en juego parte del talento, la sagacidad y el empeño del auténtico investigador. No obstante, para la señora Reisz eso es mucho trabajo y le basta preparar con diferentes salsas su ideología “feminista”. Decide entonces decir sencillamente que se trata de una “tomadura de pelo a lectoras incautas”, y como pretende ser una mujer buena y ya madura, se da el lujo incluso de “perdonar” a los dos muchachos palomillas que intervinieron en los poemas. Como si su perdón nos fuera necesario.

Poetisa

No voy a ponerme a discutir punto por punto un artículo que, como bien lo dice Paolo de Lima en “Sigamos hablando del “mito” María Emilia Cornejo”, que se publica también en el Intermezzo 6/7, “no prueba que no haya habido una intervención externa en los famosos tres poemas”. Y no puede hacerlo por la sencilla razón de que sí la hubo, como lo expliqué en mi primer artículo sobre el tema. No he perdido la razón y aún sé bien lo que hice y no hice cuando tenía veinte años. Voy más bien a fijarme en cosas curiosas que la señora Reisz va desperdigando a lo largo de su texto: son como falsas pistas para aportar más confusión a lo que ella quiere que sea confuso. Se pregunta por ejemplo: “¿Por qué Rosas Ribeyro alude al caso del poeta peruano que ‘había creado poco antes a una supuesta poetisa ecuatoriana’?” La respuesta me parece evidente: porque así fue, como bien me lo recordó Elqui Burgos poco antes de que hiciera yo la redacción final del artículo que dio inicio a la polémica. Poco antes, Elqui y yo habíamos leído, creo que en el suplemento Dominical de El Comercio, los poemas de una “poetisa ecuatoriana” que resultó que no existía. ¿Qué quiere Susana Reisz?, ¿que también lo oculte? Eso no lo invento yo, señora investigadora. Fue así. Y en verdad no se entiende qué aporta usted al escribir: “El detalle de la nacionalidad aludida merecería una reflexión…” Eso se llama, sencillamente, irse por las ramas. Como lo es también la disquisición sobre la utilización del término “poetisa”, el cual para mí no lleva ninguna carga negativa, es sólo un término que ha pasado de moda y que hoy se utiliza poco. No era el caso en la época: Susana Reisz “olvida” a menudo que estas cosas ocurrieron hace más de treinta años.

Señora  

Ya no comentando mi artículo inicial sino mis respuestas a las intervenciones insultantes en el debate de Giovanna Pollarolo y Rocío Silva Santisteban, se queja Susana Reisz porque a ambas las trato de “señoras”. Según ella habría en ello, de mi parte, un “irónico ninguneo”. La señora Reisz vive en Estados Unidos mientras que yo resido en Francia hace treinta años. Seguro que ella no lee la prensa francesa y menos aún el diario galo de referencia llamado Le Monde. Si lo hiciera se daría cuenta de que, una vez más, le anda buscando cinco pies al gato y que da interpretaciones caprichosas a las palabras. Yo utilizo “señora” en dichos textos como lo hace de manera obligatoria cualquier periodista de Le Monde: delante del apellido de un hombre o de una mujer hay que poner “señora” o “señor”, como lo estoy haciendo aquí. O sea que nada de “ninguneo irónico”, señora Reisz: no se invente temas colaterales porque no tiene gran cosa que decir sobre lo esencial. Quiero agregar sobre esto que las poetas Pollarolo y Silva Santisteban (no utilizo aquí “señoras” porque he puesto “poetas”) fueron más que irónicas, fueron insultantes y “ninguneadoras” en relación a mi persona, en sus respectivas respuestas a mi artículo inicial. Pero eso no tiene ninguna importancia para la investigadora feminista: ellas son mujeres y tienen derecho a insultarme. Y, sobre todo, Giovanna Pollarolo porque, como ella misma lo dice, es “su amiga” personal. Lamentable.  

Redondo

Debo reconocer que Susana Reisz tiene dotes de ilusionista. Mete la mano en un sombrero imaginario y en lugar de un conejo blanco saca cosas que nunca he dicho. Cosas que me atribuye por arte de magia. Por ejemplo, ella dice que yo califico de “redondos” los tres poemas más conocidos de María Emilia Cornejo. Eso es completamente falso. Hasta ahora siempre me he cuidado de no expresar ninguna apreciación demasiado personal sobre la calidad de dichos textos. La razón es simple: algo, bastante, mucho, tengo que ver con su elaboración final y soy consciente de que no se puede ser juez y parte. Apreciaciones como “poema redondo” y cosas así pertenecen a algunos de los escritores y poetas que participaron en la encuesta realizada por Intermezzo, no a mí. Y creo que eso queda claro tanto en el artículo inicial como en la entrevista que me hiciera Francisco Izquierdo Quea. Tampoco he dicho que los tres poemas famosos son “los únicos que tienen belleza y valor”, como la señora Reisz me atribuye. Esa apreciación pertenece también a otros lectores, no a mí. Yo sólo me he permitido citarlos. No obstante, aquí, por primera vez, voy a incluir, ahora sí, una opinión sobre esos tres textos: me parecen sobrevalorados desde el punto de vista literario debido, creo, a que en su momento fueron “novedosos”. No me atribuyo, pues, grandes méritos, como afirma Susana Reisz, porque éstos no creo que sean tan grandes. Muchos mejores poemas ha escrito, por mencionar sólo a una persona, Blanca Varela, ella sí una inmensa poeta. Y en Noches de adrenalina de Carmen Ollé se incluyen textos mucho más rompedores que los tres aquellos y, por supuesto, que todos los demás de En la mitad del camino recorrido.

Originales

No voy a comentar nada del supuesto análisis que hace Susana Reisz de unos textos de María Emilia Cornejo que nada tienen que ver con los tres del debate. Una vez más se trata de una maniobra de diversión. Que para ello crea necesario verlos como si fueran de Sapho y provinieran fragmentarios y con vacíos desde tiempos muy lejanos, es casi chistoso. El asunto es simple y ya lo señalé alguna vez: no hay originales de esos tres poemas, nunca los hubo. Debe haberlos de otros textos incluidos en En la mitad del camino recorrido, pero de esos tres, si hay aún algo de la época, sólo pueden ser las hojas mecanografiadas, con mi máquina de escribir, que recibió Isaac Rupay. Cualquiera con dos dedos de frente puede imaginar que si hubiera manuscritos u “originales” de esos textos hace rato que las florastristanes los habrían hecho públicos. Toda la disquisición sobre “originales” u originales (con o sin comillas) no tiene ningún sentido: no-hay-originales. Lo único que puede haber ya lo mencioné antes.

Si…

Lo más extraño de todo esto es que, tras once páginas en las que Susana Reisz pretende demostrar “científicamente”, de manera indiscutible, que María Emilia Cornejo es la autora integral de los tres poemas famosos, ella misma duda de sus argumentos. Y así, empieza un párrafo diciendo: “Si María Emilia Cornejo no escribió el poema tal como lo leemos hoy…” O sea que casi al terminar su largo artículo, semivacío en cuanto contenidos interesantes, llega por fin a lo que debería ser el comienzo: “Si María Emilia Cornejo no escribió el poema tal como lo leemos hoy…” ¿cómo debemos, pues, analizarlo ahora?, ¿se equivocaron o fueron demasiado lejos quienes percibieron en ellos “el acento inconfundible de una voz de mujer”? En su nota Paolo de Lima insiste con razón en la necesidad de abordar el análisis apoyándose en lo que escribió Carmen Ollé: “El estilo, como expresión, es el que impone la calidad y no el tema”. Para Susana Reisz en cambio “eso no tiene mucha importancia. Lo que cuenta es el gesto, la actitud…” Desgraciadamente, cuando no se somete la propia ideología a la crítica, cuando no se piensa contra sí mismo, como lo quería Sartre, lo que queda no es sino gesto, actitud feminista, y nada más.

Vallejo

Ahora paso a otro tema. “César y Georgette Vallejo entre las dos orillas y al pie del orbe”, titula César Ángeles su artículo “marxista”-leninista que aparece también en Intermezzo 6/7. Su “marxismo” es el de la época de Stalin, es una verdad revelada y eso qué importa, ya que a él parece bastarle. Recordemos, sin embargo, que el “marxismo” se había convertido en aquel entonces en una nueva religión, brutal y asesina, como tantas otras. Pero eso no lo vieron, ni lo ven aún, quienes tienen fe ciega. Y así, pues, con anteojeras “marxistas”, el señor Ángeles leyó mi artículo de Martín 18/19 republicado en el último número de El Hablador. El autor de la nota se permite decir entonces, entre otras cosas, quienes deben ser tomados en cuenta y quienes no al analizar la vida y la obra de César Vallejo. El criterio, que él no explicita, debe ser quizás el grado de “marxismo” de unos y otros o tal vez el grado de amistad o de enemistad que tenían con la hepática señora Philippart. André Coyné, entonces, es descartado sin más ni más, pese a que su tesis de doctorado es sobre Vallejo, y Juan Larrea, también, aunque este último haya sido uno de los amigos más íntimos del autor de Trilce y uno de sus exégetas más constantes, en una época en que aplaudir a Vallejo no era tan fácil como ahora. Igual ocurre con Alfonso Silva, Gonzalo More, Armando Bazán… Al parecer, la señora Georgette Philippart es la “chochera” del señor Ángeles. A quienes ella odia (o sea: media humanidad) él los odia también, y todo lo que ella dice parece ser para él palabra de evangelio. Yo menciono en mi artículo que esta dama cuenta, entre otras enormidades (¡y pretende que la tomen en serio!) que cuando Vallejo se sacaba el sombrero se le veía el aura de santo que tenía sobre el cráneo, pero esa evidente chifladura no le merece ni el más mínimo comentario. Todo es así con un solo objetivo: reafirmar la imagen que quiso dar del poeta la mujer con quien compartió unos pocos años de vida: un “agitador político antifascista”, un “revolucionario bolchevique” con una “vida heroica”. ¡Pobre de los pueblos que necesitan héroes!, decía otro marxista, uno sin comillas, llamado Bertolt Brecht. Y sobre todo si esos héroes son falsos. Vallejo es un poeta inmenso, no un héroe, señor Ángeles.

Cartas

Al releer la nota de César Ángeles me doy cuenta de que, finalmente, lo que más le molesta no es mi artículo ni mi punto de vista evidentemente subjetivo sobre uno de los más grandes poetas contemporáneos de lengua castellana. Lo que más le molesta es lo que el propio César Vallejo escribió en sus cartas, las cuales podemos leer ahora gracias a la recopilación realizada por Jesús Cabel. Ese volumen habría que retirarlo de todas las bibliotecas, si seguimos el razonamiento sectario y religioso de uno de los editores de Intermezzo Tropical, porque en ese volumen el poeta dice (él, no yo) que pide dinero prestado, que no devuelve lo que le prestan, que lo que pidió para una cosa se lo gasta en otra, que practica sexo con prostitutas, que bebe con sus amigos hasta emborracharse, que tiene problemas con mujeres y, en particular, con las dos que vivieron con él, que tiene una enfermedad venérea que no se le cura porque no le procura un tratamiento adecuado, etcétera y etcétera. Dice, pues, lo que muchos otros hombres de ayer o de hoy podrían decir sobre su intimidad en cartas a sus amigos. Ni más ni menos. Vallejo era un ser imperfecto y contradictorio, como usted lector, o como yo. Y eso César Ángeles no puede soportarlo. Él lo considera un santo como tantos poetas y militantes comunistas consideraron a su vez a Stalin. (Dicho sea de paso, uno de los grandes méritos de Vallejo en relación a un Neruda, un Guillén o un Aragón, es que no le hizo odas al padrecito Stalin). Por supuesto, toda esa información que da Vallejo en su correspondencia está en total contradicción con el mito de la “vida heroica”, por lo cual es inaceptable para algunos como César Ángeles, dilecto miembro de la cofradía de Santa Georgette, responsable de la versión oficial sobre el inmenso poeta.

Miserabilista

Son tan oscuras las anteojeras del señor Ángeles que le impiden leer bien lo que escribo y entiende entonces todo lo contrario. Yo insisto sobre el lado bon vivant del poeta de Trilce, destaco que todo en él no era dolor, sufrimiento y combate político, y que para poder divertirse recurría a veces a maneras pícaras y no se privaba de satisfacer su “vayna sexual” acudiendo a las famosas maisons closes que existían en el París de la época. Esta práctica era corriente entre los intelectuales y artistas, y Vallejo no fue diferente. César Ángeles lee miserabilismo, representación patética y oscura, cuando lo que yo destaco es todo lo contrario: ganas de vivir, bohemia parisina, satisfacción del deseo sexual, etcétera. Y al lado de ello, por cierto, el compromiso político, el cual yo no pretendo negar ni por un instante. Un compromiso intelectual que lo llevó a escribir artículos y libros en defensa del comunismo y a asistir en España al Congreso de Escritores Antifascistas, donde, sin embargo, parece ser que no tuvo ninguna intervención pública.

Guerrillas

En una nota a pie de página César Ángeles escribe: “Max Silva Tuesta afirma en el prólogo de este volumen (Georgette Vallejo al fin de la batalla): ‘Tengo para mí que Georgette ayudaba materialmente a la izquierda alzada en armas en los años sesenta, y que en este afán César Calvo era el nexo’”. Esta nota puesta hacia el final de su artículo no es para nada anodina. Con ella el señor Ángeles pretende dar una prueba de la “honorabilidad” de la señora Philippart, de su auténtico compromiso revolucionario, lo cual la diferenciaría, pues, de los Coyné, Larrea, More y otros, y la convertiría así en un ser ajeno a toda crítica, situado en un nivel superior en relación con todas las otras personas que frecuentaron a Vallejo. Como ni Coyné ni Larrea ni More apoyaron a las guerrillas en el Perú, lo que dicen sobre el autor de Trilce tendría una credibilidad bastante menor. Ya sé que esto es risible y que no tiene ni pies ni cabeza en un artículo que se pretende serio y hasta académico, pero ¿qué otra explicación se le puede dar a esta cita en el contexto en que aparece? No veo ninguna otra.

Zorrillas

César Ángeles dice explícitamente que el testimonio de Max Silva Tuesta es más válido que cualquier otro, pues este señor fue “amigo dilecto de Georgette”, lo cual corrobora lo que decíamos antes. Y, por supuesto, dicho testimonio cuenta más que las propias cartas que Vallejo le escribió a Juan Larrea, ya que éste no contó nunca con la simpatía de la señora Philippart. Le guste o no al señor Ángeles y le haya gustado o no a las mujeres que compartieron la vida parisina del poeta, las cartas que menciono las escribió César Vallejo de propia mano y en plena libertad, y no Juan Larrea. Y, según podemos leer en esas cartas, el autor de España aparta de mí este cáliz, trata de “zorrillas” tanto a Henriette y Georgette, las mujeres con las que convivió, como a otras mujeres con las que tiene trato sexual. Agrega el señor Ángeles que esto me produce escándalo “o cuando menos desazón con puchero” (?), cuando lo que en verdad me produjo es sorpresa, porque es un lado misógino de Vallejo que descubrí recién al leer sus cartas, el cual menciono sin juzgarlo. El escandalizado es más bien César Ángeles, quien quisiera una vez más que esos textos no existieran, que mejor sería para la falsa imagen del poeta que él quiere transmitir que, en todo caso, no se hubieran dado a conocer. Para tratar de negar la evidencia ¿qué hace el señor Ángeles? Pues miente. Miente a sabiendas de que lo está haciendo. Dice que el poeta trataba de “zorrillos” a todos sus amigos cuando sabe muy bien que en las cartas sólo utiliza ese término en el caso de Juan Larrea y otros amigos sin nombre con los que participa en la vida bohemia de París. César Vallejo no llama “zorrillos” a Pablo Abril de Vivero ni a Alfonso Silva ni a Gerardo Diego, por ejemplo, amigos que frecuenta en Europa, ni tampoco a los amigos del Perú. Y la razón, a mi parecer, es sencilla: para él son “zorrillos” aquellos que lo acompañan en la satisfacción de la “vayna sexual”, aquellos con los que frecuenta a mujeres en bares y en maisons closes, aquellos que lo acompañan en su propio trato con “zorrillas”.

Verdad

Aunque no ejerzo de historiador, en Francia he hecho un doctorado en Historia, lo cual quiere decir que, de alguna manera u otra, me inscribo en el legado de ese gran historiador francés y combatiente de la Resistencia contra los nazis que fue Marc Bloch. ¿Y qué exigencia medular le ponía el autor de La sociedad feudal al ejercicio de la Historia? Pues la búsqueda constante, sin descanso, de la verdad. No olvidemos que escribió alguna vez que la mentira es “la peor lepra del alma”. Yo, en lo que escribo, aunque tenga una importante dosis de subjetividad, trato de no olvidar esta enseñanza. Lo he hecho al revelar los entretelones del “mito María Emilia Cornejo”, aunque eso me valga desde entonces ataques violentos y a menudo insultantes, y lo he vuelto a hacer al destacar algunos aspectos de la vida de César Vallejo que contradicen la visión antojadiza que ha querido dar la señora Philippart en sus apuntes biográficos del poeta, aunque eso dé lugar a la reacción indignada de algunos comentaristas. Lo que he dicho sobre cómo se construyeron los tres poemas famosos de la señora Cornejo es verdad, lo digo y lo reafirmo sin ninguna duda porque yo participé en ello. Lo que destaco de las cartas del poeta de Trilce es verdad por la simple y sencilla razón de que yo no invento nada: fue César Vallejo, el grandísimo poeta, quien lo escribió así, aunque eso no le gustara en su tiempo a la señora Philippart y ahora escandalice al señor Ángeles.

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Foto

Esta foto se ha vuelto archifamosa al haber sido reproducida en muy diversas publicaciones. Fue tomada en 1976 -no recuerdo el mes- frente a la Casa del Lago, el espacio de actividades culturales que tiene la Universidad Autónoma de México en el bosque de Chapultepec. Nunca nadie ha mencionado la autoría de ella y yo nunca he intervenido hasta ahora para decir en qué circunstancias fue tomada. Y no lo he hecho porque por lo general, aunque a menudo con errores e imprecisiones (como puede apreciarse en la reproducción que incluimos más arriba), se ha tenido la corrección de mencionar quiénes son las diez personas que aparecen en ella. No es el caso en Intermezzo Tropical 6/7 y lo lamento profundamente. Diez seres sin nombre ni apellido ocupan toda la página 102 de la revista al parecer para ilustrar una nota titulada “Nunca fui a Blanes” firmada por Diego Trelles. Esta manera de proceder no sólo me parece inelegante sino reñida con la ética. ¿Es necesario recordar acaso que toda persona tiene derecho sobre su imagen y que lo mínimo que se puede -y se debe- hacer para respetar dicho derecho es mencionar el nombre y apellido de quienes figuran en la foto? Parece ser que sí es necesario recordarlo, puesto que la redacción de Intermezzo no lo ha hecho. La foto en cuestión fue tomada con mi cámara puesta en posición de disparo automático, después de una de las presentaciones de poesía latinoamericana que hacían Mario Santiago y Roberto Bolaño en la Casa del Lago. Con el tiempo esta foto se ha convertido en cierta forma en una de las imágenes “oficiales” del Movimiento Infrarrealista, ya que además de los dos escritores que acabo de mencionar, figuramos en ella otros vinculados también al infrarrealismo. Empecemos por la fila de arriba, de izquierda a derecha: vemos a Mario Santiago (que todavía no había añadido Papasquiaro a su nombre literario); yo, José Rosas Ribeyro, que había llegado a México unos meses antes, deportado del Perú por la dictadura del general Velasco Alvarado y me había integrado de manera casi natural en la contestación infrarrealista; Roberto Bolaño, que en ese entonces era aún un poeta prácticamente inédito y poco tiempo después daría a conocer Reinventar el amor, y José Vicente Anaya, quien había participado en las primeras reuniones del movimiento y redactado una versión del manifiesto inicial, que al no ser aceptada llevó a su alejamiento del grupo. Siempre de izquierda a derecha y de arriba a abajo, aunque de manera más desordenada, aparecen después, la escultora peruana Marga Caballero, que vivía conmigo desde Lima; más abajo, Dina García, con quien yo tenía en aquel entonces una apasionada relación sentimental (ya tendré la ocasión alguna vez de abordar la extraña y deslumbrante personalidad de Dina, quien en ese entonces estudiaba en la Escuela de Bellas Artes, en ciudad de México) y, al lado de ella, la poeta Guadalupe Ochoa. En el borde inferior de la foto vemos a Rubén Medina, quien dio con nosotros los primeros pasos del infrarrealimo y después desapareció para volver a dar noticias suyas ya como profesor universitario en Estados Unidos. Levantando una mano aparece Ramón Méndez, poeta, hermano de Cuauthémoc Méndez, amigo querido, poeta también, sindicalista y militante político, quien falleció prematuramente, al igual que Mario y Roberto. El último personaje de la foto es José Peguero, poeta y videasta, una de las personas que mantiene vivo en México el legado infrarrealista. Peguero y Ochoa, que son pareja desde aquella época, estuvieron hace poco en el Perú para celebrar la edición de Los broches mayores del sonido, la muy completa antología que Tulio Mora ha consagrado a Hora Zero y el Infrarrealismo. Era necesario decir quien es quien en esta foto. Y ojalá que no se vuelvan a repetir errores, como éste que destaco, en las próximas ediciones de una revista valiosa como es Intermezzo Tropical.  

 

 




Lo chévere de internet es que cuando empiezan estos líos, uno hace click en otro lado y se acabó el problema.

Comment by LuchinG 01.04.10 @ 12:39 pm

Señor Rosas Ribeyro, me gustaría haga en algún momento un post sobre la fotografía de los infrarrealistas. Creo que pocos podemos conocer la historia de los integrantes de esa placa y quien mejor que usted para relatarla. Saludos.

Comment by Tatiana López 01.04.10 @ 7:31 pm

Ya pues Rosas he esperado más de un mes para leer algo paja como tu crónica del muro y me sales con esta mechadera. Ya pues, vuelve a lo tuyo, a la literatura y mándate de una vez con la historia de Griselidis. Te sigo leyendo.

Comment by Phillip Kuaker 01.04.10 @ 8:02 pm

Así se habla, hay que bajarse a tabazos a todos esos fascistas.

Comment by Arturo 01.04.10 @ 8:22 pm

Tengo que admitir que hasta el día de hoy había visto esa foto y sólo me había interesado Bolaño y Mario Santiago. Jamás pensé que el de al lado era Rosas Ribeyro.

Comment by Sergio P. 01.05.10 @ 9:24 am

El tema del mito de MEC ya está muy manoseado. Ya sabemos que ella no fue poeta, ya sabemos que todo fue pura mentira, ya sabemos que las feministas se cogieron de eso para realizar un discurso. Por qué entonces no salen ahora, enojadas y con la pierna en alto, aquellas que tanto defienden a MEC?

Comment by Caín 01.05.10 @ 10:10 am

Rosas, te doy la razón acerca de Vallejo. Al rededor de él, gracias a la imagen que Georgette y algunos más le han dado, se ha originado una canonización. Vallejo es el más grande poeta de toda la lengua castellana, nada más. No hay que atribuirle un aureóla o darle visos de heroicidad. Vallejo es poeta, no Superman.

Respecto a MEC, bueno, Rosas, ya olvídate: las feministas cuando se intenta discutir con argumentos nunca responden.

Buena la foto.

Comment by Sevillano del Sur 01.05.10 @ 10:51 am

María Emilia Cornejo es una de las mejores poetas mujeres que tiene el Perú. Nadie, bajo el débil argumento de “porque yo lo digo, porque yo lo hice”, va a poder desbaratar eso: su gran poesía. Pruebas, señor Rosas Ribeyro, pruebas.
Es muy fácil decir que no existen originales porque simplemente Cornejo nunca dejó los poemas, así, como los conocemos ahora.
Han pasado más de treinta años.
Por qué entonces usted no impidió que la “mentira” se vuelva “verdad” para todos. Por qué no salió apenas se publicó la antología de Escobar en donde María Emilia salía con esos poemas.
Es fácil hablar ahora, señor Rosas Ribeyro.

Comment by Flora Tristán 01.05.10 @ 11:17 am

Oye Pepé parece que crees que vas a pasar a la historia por este affaire de la Maria Emilia Cornejo, se te ha convertido en obsesión. Ya me tienes asado con el tema, cambia de rollo, compadre. Aprende de Elqui que no dice nada. Un día una feminista, de esas bravas, te va a dar duro. Son bravas tirando mecha. Franco que sí parisino. Ta van a buscar en la Ciudad Luz y te van dar de alma.

Comment by Sergio del Callao 01.05.10 @ 11:41 am

Estamos contigo en todo, Josecito. Por otro lado ¿cuándo vienes por Lima para tomarnos un lonchecito en la Tiendecita Blanca? Besos de tus tías, darling.

Comment by Las Viejas de La Molina 01.05.10 @ 11:45 am

El más importante movimiento de la historia de la poesía peruana Hora Zero (en la excelente entrevista que le hacen en el Hablador Jorge Pimentel dice que sin Hora Zero la poesía peruana se queda coja, solo con Vallejo) ha sacado hace poco un tomo con toda su producción. ¿Señor Rosas cuándo se va a pronunciar al respecto? Responda por favor, usted que ha sido parte de la generación del 70, que está incluido en el tomo en mención y que ha sido desterrado por Velasco. Responda sin miedo señor Rosas. ¿Va a hablar o no de Hora Zero?

Comment by Hora Zero Forever 01.05.10 @ 11:53 am

Rosas tampoco te vas a pasar la vida respondiendo a la gente que te contradice pues, ignora a todos esos y sigue escribiendo tus articulos, cronicas y posts. Saludos desde Cusco.

Comment by Ccahuantico 01.06.10 @ 10:04 am

El que más sabe sobre Bolaño y los infrarrealistas es el gran poeta peruano Vladimir Herrera, los demás, sólo dicen chismes que oyeron por ahí. Pregúntenle a Vladimir.

Comment by Ilem 01.11.10 @ 10:21 am





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