Literatura y redes sociales
Friday January 15th 2010, 11:19 am
Filed under: Hablablog,Presentaciones

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Los días 20, 21 y 22 de enero a las 6:00 p.m. los periodistas Augusto Rubio Acosta y Milton Rojas Chávez dictarán el seminario-taller LITERATURA Y REDES SOCIALES, en el Instituto Raúl Porras Barrenechea (Colina 398, Miraflores).

El seminario proporciona conocimientos prácticos para la gestión de espacios 2.0, mediante los cuales los interesados en la difusión de la literatura y afines pueden generar sus propias comunidades digitales e interactuar con ellas, con fines pedagógicos o de difusión de conocimientos.

Tendrá tres sesiones: Miércoles 20: Web 2.0 y Literatura, Blogs, Flickr, YouTube, Scribd; Jueves 21: Literatura, Facebook, Twitter, Pautas y tips en las redes sociales; y Viernes 22: Conversatorio “Literatura y redes sociales”.

El ingreso es libre.

Para más información escribir a: institutoraulporrasb@unmsm.edu.pe



En Blanco
Wednesday January 13th 2010, 2:01 am
Filed under: Reseñas

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Por: Valeria Rey de Castro

En la novela En blanco (Planeta, 2009), de Eduardo Lores, se narra la historia del empresario Alfredo Arango quien, a raíz de un accidente automovilístico,  pierde a su esposa, Cristina, y a la vez él pierde la memoria. Ávido por abandonar su estado de amnesia, contacta a la psicóloga Irene Salómon, quien lo conduce a un viaje de regresión en el que el protagonista busca reiniciar su vida. Paralelo al proceso de terapia, se inicia una relación sentimental entre el paciente y la terapeuta, en la que ambos intentan desentrañar el oscuro pasado de Alfredo -marcado por un acontecimiento de exclusión social durante su infancia en la ciudad- para así posibilitar la construcción de un futuro mejor y juntos.

A lo largo de la novela, el narrador nos va proporcionando información acerca de este enigmático personaje, y dicha información se encuentra concentrada en dos espacios antagónicos separados por sucesos dramáticos acontecidos durante la infancia de Alfredo Arango: en primer lugar, se encuentra Algor, una pequeña provincia cercana a la metrópoli, donde vivió acompañado de sus padres, ambos económicamente prósperos hasta el despido laboral del padre, lo que lo conduce rápidamente al suicido. La madre de Alfredo, Aurora, afectada por los hechos, pierde el control de la administración de su famosa peluquería, enloquece y termina viviendo en el manicomio del pueblo hasta el fin de sus días. Ante una situación tan traumática, aparece la hermana de Aurora, Clemencia, lista para tomar en adopción al pequeño Alfredo, quien pasa a mudarse a la ciudad junto con su tía y a asistir a la escuela más exclusiva de la zona.

Desde ese momento la novela se entrega al clásico contraste entre el espacio rural y el urbano: el campo como lugar de pureza y la ciudad como un territorio de corrupción y exacerbado interés económico. Para el protagonista, en un inicio, los jóvenes con los que estudia en la ciudad son muy distintos a los del campo: no juegan tan espontáneamente como él lo hacía y se encuentran limitados por una serie de normas estrictas que su propio entorno social les imprime. Por otro lado, dicha relación de espacios no se limita a ser antagónica; sino que más bien, poco a poco se visualiza cómo el espacio campestre se entrega al capitalismo urbano. Un ejemplo de ello, es lo que sucede con la peluquería de la madre de Alfredo que pasa a las manos de la tía Clemencia, convirtiéndose en una fuerte fuente de ingresos económicos para la familia. Sin embargo, a lo largo de la novela se reconoce el espacio rural como aquel lugar de constante retorno, territorio donde se esconde el pasado más feliz, familiar e íntimo y, también, donde se encuentra la posibilidad de redención del personaje principal. Se debe tener en cuenta que, durante su infancia, el protagonista quería ser agricultor; sin embargo, al conocer a su futura esposa en la ciudad, donde hacía tiempo vivía, termina convirtiéndose en uno de los empresarios más importantes del negocio de su suegro que, cabe destacar, no es conducido éticamente por sus empleados -incluido Alfredo-. Además, no se debe olvidar que la ciudad, como lugar económicamente próspero, siempre debe mantener tal imagen: las familias poderosas en crisis siempre son ayudadas por otras familias para que no disminuyan su perfil ante el círculo social que habitan. De la misma forma, los escándalos familiares son reprimidos al punto que los demás personajes sólo pueden hacerse de la vista gorda ante la falta de ética del resto, consagrándose, de esta manera, la imagen de la ciudad como espacio corrupto por la propia acción de sus habitantes.

La estructura narrativa a lo largo de la novela se encuentra regida por diversos flashbacks que ponen en conocimiento la historia del protagonista, sin permitirnos conocer hasta el final de la novela el verdadero motivo del choque automovilístico provocado por Alfredo Arango. En este caso, el flashback es un recurso necesario a la hora de desentrañar la personalidad e historia del personaje; sin embargo, no siempre se encuentra bien llevado. Es más, en ocasiones se confunden los propios recuerdos del protagonista con lo que el narrador nos relata. Esto no permite aclarar si es acaso el personaje principal el que está recuperando la memoria progresivamente o que, por otro lado, es solo el narrador que está informando a sus lectores, mientras que Alfredo Arango permanece en estado amnésico.

Asimismo, es importante tener en cuenta dos factores que se unifican para la reivindicación del protagonista en el proceso de recuperación de la memoria: la escritura y el regreso a la infancia, como el espacio donde el personaje principal finalmente se puede encontrar y retomar el camino de su vida. La escritura comienza funcionando como parte de la terapia: Irene le pide a Alfredo –poco antes de terminar su relación amorosa- que mientras recupera la memoria escriba sobre su infancia, recuerdos que van apareciendo conforme se reúne con amigos de su pasado y vuelve a vivir con la misma intensidad que cuando era un niño. Al concentrarse sobre lo que escribe, el protagonista toma conciencia de que no ha llevado la clase de vida que le hubiera gustado y desea intentar un nuevo comienzo. Es así como decide renunciar a su vida citadina (renuncia a su trabajo y se muda nuevamente al campo); además de re-unirse amorosamente con su psicóloga Irene.

Como se puede observar, la novela nos termina conduciendo a un típico happy ending a través de una situación desafortunada y misteriosa y un personaje que, en ocasiones, –si nos dejamos llevar por los juicios de los demás personajes- puede parecernos abyecto, cruel y arribista. Sin embargo, aclarada la situación, el lector se siente aliviado ante el desciframiento del enigma que mantiene un cierto grado de tensión a lo largo de la novela; no obstante, a la vez, un final tan esperanzador y feliz resulta poco verosímil y no satisface por completo las expectativas del lector.



Relaciones textuales
Monday January 11th 2010, 1:18 am
Filed under: Columnas

Rafael Robles final

Este es un texto suicida….

(… una granada que me ato en la espalda y que activo en el momento exacto en que clickeo “enviar” en mi Hotmail).

 

Por: Rafael Robles

No me gusta lo que escriben los poetas jóvenes en el Perú. Me aburre demasiado y me decepciona que la gran mayoría de poemarios publicados parezcan escritos por chicos y chicas que en sus épocas escolares fueron los lornas del salón. Sé que no es cierto, porque conozco a varios y déjenme decirles cuán diferente es hablar con ellos en persona y luego leer sus alzados textos. ¿Dónde quedó el chongo, los chistes, el msn, el Facebook, el fútbol, la chela, los novios y novias, los cuernos, los errores, los huevos, el sexo bruto, el sexo bonito, el rock, la pornografía por internet, la espontaneidad, las clases universitarias….? ¿Adónde se les va la juventud cuando escriben, muchachos? ¿Por qué rayos usar esas palabritas que ni en sus sueños más locos les echarían mano?

Parece que los jóvenes que escriben poesía envejecen cuando lo hacen. Se vuelven aburridos, gratuitamente complicados y se olvidan que la poesía puede pesar menos de lo que parece (si no me creen, basta con recordar el viejo ejemplo de Jaques Prevert). Guau, me recuerdan a los viejos saurios que en sus pedestales se aburguesan. Claro, cada uno escribe como le place, es muy cierto, cada uno puede hacer con su página de word lo que le da la gana. Pero esta es una columna de opinión y yo quiero opinar que más frescos y audaces son aquellos chicos y chicas que encuentras por internet, con puñados de palabras, con el bobo provocándoles convulsiones en las manos -mucho antes de que se les meta en la cabeza aquella idea de que un POETA es un ser superior, diferente, sublime-, machacando las teclas sin pensarlo demasiado, sin temor a no parecer inteligentes, ni cultos, ni nada… Hablan de sus mundos, me divierten, me identifico con esa juventud rebelde aunque no sea un rebelde. Supongo que con los años cambiarán, pero eso no lo sabe nadie.   

(Hoy está lloviendo en Lima. Estamos en verano. Hablo de la lluvia)

Por eso es que los recitales (salvo gloriosas excepciones, a explicar más adelante) deben ser las reuniones más aburridas que conozco y estoy seguro de no ser el único que piensa igual. Por experiencia sé que no menos del 90% de los asistentes está pensando en otra cosa cuando los poetas jóvenes (aficionados a organizar este tipo de actividades) leen en voz alta y en plan de “estoy diciendo algo muy importante y trascendental”. Luego terminan y los mismos aplausos por compromiso. ¿Quién dijo que para escribir son importantes lucimientos personales de este tipo? ¿De verdad sirven de algo los recitales más que para reventarse cohetes entre amigos y elevar un poquito esos egos maltrechos?

¿Por qué no buscar nuevas alternativas?

Más allá de la poesía misma (entiendo que en gustos y colores…), sería interesante ver una renovación en la forma, aunque sea. En Argentina, por mencionar algo, los ejemplos de Mariano Blatt y el autodenominado Sebakis son destacables, ambos jóvenes y con la pinta de parar más en la calle que en bibliotecas. El primero hizo de su fotolog una efectiva plataforma para darse a conocer, mezclando fotografías con pequeños poemas, breves y contundentes como un rechazo sentimental por mensaje de texto. El segundo utilizó el Youtube para grabarse a sí mismo leyendo textos de su autoría, pero de una forma actoral, intensa y magnética, lo suficientemente llamativo como para conseguir más de lo que se gana en un recital de 14 personas en un bar limeño, sobre todo en cuanto a la atención y difusión.

Aquí, afortunadamente, se han hecho buenas cosas, pero no lo suficiente. Lapsusweb publicó una suerte de poesía virtual hace varios meses que, acompañado de “This is hardcore”, de Pulp, me resultó inolvidable. También recuerdo con cariño el recital que organizó Estruendomudo hace uno o dos veranos, con el nombre de Varieté Estruendomudo. La cosa, después de la lectura de poesía (relajada, en un bar miraflorino, que definitivamente atrajo a un público no necesariamente relacionado con la literatura), terminó en un divertido concierto y rompe-piñata incluida. Una fiesta, como debe ser. Una fiesta para todos. De eso se trata.

 



3 Poemas*
Friday January 08th 2010, 10:33 am
Filed under: Hablablog,Publicaciones

 

II

 

Respira soledad asolada

entre el sol y la tierra revuelta,

los huesos y el horrísono estruendo;

entre el puente que flota llevando

la nocturna chilla de las aves;

entre la muerte que se aposenta,

la oración y los mutos espasmos;

entre la vida y una bocina

que en vilo levantan mis entrañas;

entre una vida que me abraza,

fantasmas y ciegas prostitutas;

entre la vida que resplandece

sobre mi cadáver exquisito;

entre dos silencios que conversan

la muerte la vida  la vida la muerte

 

Respira soledad asolada

solamente

              mi mente sola

 

 

IV

 

Lo que no saben

es que cada uno

es la resurrección de otro 

                                      J. A. H.

 

Cada uno es la resurrección de otro

y tu cuerpo en su lecho horizontal

se va olvidando                  ojos                narices

y quizás otros              espasmos             miradas

tremendamente            distantes               lejanos

te habiten ahora,                    

                                         como si la tierra

que cae y te cubre silenciosa

que ahora te abraza y nos deja

para luego abrazarnos más fuerte

junto con el sol         en un instante

como alguien que dobla una carta

                                               como si la tierra

fuera también       orejas     y     cabellos

porque a veces         algunas pocas veces

toco con mis dedos de marfil

las teclas frías de un piano

y siento sus        

dedos                 yemas               uñas

cabellos             dientes             orejas   

y una piel que respira calientísima

todo de repente

 

El pianista

 

Con las manos extendidas,

ha olvidado que busca:

voz que resuena.

 

*Mateo Díaz Choza: Estudiante de literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Co-fundador de la revista Versiones. Combina sus actividades literarias con la ejecución musical.



El arte poética de Mario Bellatin
Wednesday January 06th 2010, 1:18 am
Filed under: Reseñas

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Por: José Carlos Banda

Biografía ilustrada de Mishima (Lima, 2009) es la última novela de un autor que no necesita mayor presentación. En las siguientes líneas me propongo la complicada tarea de presentar los elementos más importantes de esta novela corta, concentrándome en sus 53 páginas (y las fotografías posteriores), y dejando de lado en mayor medida la obra del autor. La novela usa la figura de Yukio Mishima, y a la obra y persona del propio Mario Bellatín solo como una superficialidad que encubre una reflexión sobre el acto de escribir. Lo autobiográfico y la reflexión sobre las demás novelas del autor son una apariencia tras la cual se oculta algo bastante mayor, una suerte de arte poética en la que el autor nos da sus impresiones sobre la literatura en general.

La novela posee como eje central una conferencia que ofrece un profesor experto en el escritor japonés Yukio Mishima (1925–1970). Lo particular es que el propio Mishima, ya muerto y sin cabeza, se encuentra junto a él. El narrador está sentado en el público, y desde ahí nos describe lo que Mishima ve en la exposición del profesor, que no es otra cosa que su propia biografía. La exposición es bastante particular, ya que el profesor utiliza un aparato que puede “mostrar una especie de película de la realidad”. Así es como nosotros, junto al narrador, vamos descubriendo lo que el personaje de Mishima va redescubriendo.

Pese a su corta extensión, la novela posee una gran cantidad de momentos dignos de resaltar. Entre ellos, es de particular interés cuando Mishima y Morita (un buen amigo suyo, quien le cortó la cabeza) compran un auto que no querían comprar a un vecino que no lo quería vender.

Otro momento notable, sobre el que es importante detenernos, es cuando Mishima viaja a Europa. Mishima siente vergüenza debido a la ausencia de su cabeza. Por ello culpa a un medicamento que su madre consumía cuando lo llevaba en el vientre. Presenta un reclamo ante el laboratorio que produjo ese fármaco y obtiene de forma gratuita un viaje a Europa para poder tratar su caso con un científico de renombre. Sin embargo, su reclamo falla a último momento. La secretaria del científico se da cuenta del ardid, del verdadero motivo por el cual Mishima no posee una cabeza. “Decapitado”, es lo que ella concluye. A partir de ahí, a Mishima solo le queda cubrir el vacío sobre su cuello. Tras algunos intentos, decide que lo mejor es usar el artificio del arte para ocultar esa falta. Mishima entonces se aleja de la gente y se esconde a las afueras de la ciudad. Empieza a frecuentar lugares donde su presencia (o ausencia) no puede ser advertida.

Es evidente la intención del autor de dejar bastante claro el artificio literario. La novela abandona los campos de la verosimilitud para detenerse en un lugar de juego y experimentación que solo es posible en un extremo ficcional. El autor, en un afán desestabilizador, pone a prueba las teorías de lo fantástico en la literatura. Con todo ello, el lector se sitúa en el mismo lugar del narrador en la historia; en otras palabras, en el lugar de un espectador más de esta conferencia. El lector no se introduce en el relato, pero gracias al magnifico artificio se mantiene siempre al tanto de lo que le ocurre a este hombre sin cabeza, quien ya está muerto, pero se encuentra experimentando su propio futuro.

En algunas ocasiones, este juego entre la realidad y la ficción a veces desemboca también en lo irónico, como en el caso de la cámara de fotos. La experimentación fotográfica de Mishima consistía en tomar fotos que nunca serían reveladas. Luego nos damos cuenta que esta práctica se dio en un lugar con un “sistema político particular”, donde estaba permitido fotografiar, pero no había posibilidad de revelar. Así se pasó dos años de su vida, tomando fotos que se volverían en espectros de esa ciudad.

De a pocos, en el propio texto, se descifra la reflexión del narrador. La figura de Yukio Mishima torna una relevancia distinta cuando nos topamos con tres de sus libros: Damas chinas, Salón de belleza y El jardín de la señora Murakami. A partir de este momento confirmamos lo que ya se venía sospechando, la figura de Mishima está creada de modo semejante a la de Mario Bellatín. Sin embargo, al concluir la novela el lector tiende a desacreditar la opción de una lectura autobiográfica. La reflexión del narrador es tan profunda que excede la mera biografía.

Por un lado, en la existencia acéfala de Mishima encontramos la recurrencia a la enfermedad, rasgo característico de Bellatín. Sin embargo, esta particularidad también se vuelve una reflexión sobre la figura del escritor, trascendiendo la autorreflexión del autor sobre su obra. La presencia de Mishima (o Bellatín) nos ofrece la idea del escritor como una presencia inestable e indeterminada en nuestros tiempos. Alguien que debería estar muerto, pero que está vivo, y quien además tiene la posibilidad de experimentar su propia existencia futura. Sin embargo, ese escritor vive avergonzado de sí mismo. La literatura, bajo la figura del escritor, oculta su falta mediante el artificio, pero esa falta se vuelve una presencia perturbadora para ella.

Tal vez esa falta sean las imágenes posteriores al texto, que se muestran como un soporte gráfico para la historia, aunque siempre dependientes del texto. Estas imágenes abren nuevas posibilidades de lectura, reflejan la experimentación del autor, y también evidencian el artificio característico de la literatura para ocultar lo que no posee. La literatura pierde su vigencia en tiempos donde lo que prima es la imagen visual. Pero siempre recurre a estrategias innovadoras para ocultar esta deficiencia. El problema está en que estas deficiencias pueden hallar retiro, mas no solucionarse.

Así es como en Biografía ilustrada de Mishima se mezclan biografía y literatura en un juego donde el producto final no es ni la mera autobiografía ni la total ficcionalidad, sino una profunda reflexión sobre la vigencia de la labor literaria.

La literatura como un objeto ya muerto, decapitado, que sin embargo sigue con su vida para reflexionar sobre su muerte. Pero esta existencia supone un nuevo tipo de vida. Lo literario ahora se sitúa en un nuevo lugar, cumple funciones distintas. Entonces, esta reflexión sobre la muerte es una reflexión también sobre el propio acto de escribir que se encuentra en total plenitud y vigencia.

Este divagar, sin dejar de lado una crítica (o autocrítica), también evidencia un futuro alentador. La literatura escribe desde la muerte, sin cabeza, y esa escritura es una búsqueda por encontrar lo que pueda llenar ese vacío, esa falta de cabeza. La existencia de la literatura se remite entonces a una eterna queja, un lamento perpetuo. Pero ese mismo lamento, desde una nueva perspectiva, puede ser el acto capaz de llenar el vacío que tanto perturba.



El búho insomne
Sunday January 03rd 2010, 11:40 pm
Filed under: Columnas

rosas final

Miscelánea tropical

                                                                                          

                                                        Por: José Rosas Ribeyro

 

Grisélidis

Tenía pensado dedicar este espacio a la vecina de Jorge Luis Borges en el Cementerio de los Reyes de Ginebra. Detrás de la tumba del autor de El Aleph, a pocos pasos de su lápida de piedra, leemos en una placa metálica: “Grisélidis Réal, escritora-pintora-prostituta (1929-2005)”. La autora de libros estremecedores como El negro es un color y El polvo imaginario se encuentra allí desde el 9 de marzo de 2009, aunque otro vecino suyo en el cementerio se remueva en su tumba de puro puritano. Es Jean Calvin, aquel reformador francés del cristianismo en el siglo XVI. Grisélidis no podía verlo ni en pintura, pero el destino los juntó en el mismo barrio de los muertos. A Borges, por el contrario, no creo que le moleste mayormente estar enterrado al lado de una mujer que, pese a sus orígenes de burguesía intelectual, fue puta para proletarios e inmigrantes durante casi treinta años de su vida, en Alemania y Suiza. Paralelamente,  escribió algunos libros muy importantes y combatió en defensa de los derechos de las prostitutas y por la legalización de su trabajo. Pero Grisélidis estará aquí recién la próxima vez porque entretanto…

Intermezzo

Porque entretanto, desde Ottawa, gracias a la amabilidad de Paolo de Lima, me llegó a París Intermezzo Tropical 6/7. Ya he dicho en otras ocasiones lo positivo que me parece el trabajo de los jóvenes intelectuales que realizan esta revista. Y he reconocido el coraje que tuvieron en publicar en el número 5 mi artículo “María Emilia Cornejo: el lado oculto de un mito”, en el que revelé las circunstancias en que se fabricaron los tres poemas más conocidos de esta compañera mía de San Marcos que fue convertida post mortem en abanderada de un feminismo al cual nunca adhirió en vida. En aquella ocasión los de Intermezzo tuvieron el rigor intelectual de pedirle a Hildebrando Pérez Grande que diera también su punto de vista, puesto que yo lo mencionaba en mi texto y mostraba de qué manera él estaba involucrado también en ese asunto. No voy a discutir aquí lo que escribió Pérez Grande ni voy a volver sobre la polémica que se desató a la lectura de mi artículo. Polémica en la que se me acusó de todo y de lo peor, con argumentos a veces absolutamente deshonestos. Y todo eso porque había decidido por fin poner en claro la realidad de las cosas y terminar con décadas de murmuraciones e insinuaciones. Quien quiera enterarse de los pormenores puede hacerlo a través de Internet, ya que todo está allí, en el espacio virtual del conocimiento. Era claro que con lo que dije quedaba cerrado para mí el asunto María Emilia Cornejo y sin embargo…

Tropical 6/7

Sin embargo, me veo obligado a volver a ocuparme de “la muchacha mala de la historia” porque en Intermezzo 6/7 Susana Reisz, integrante del comité asesor de la revista, utiliza un supuesto trabajo académico para atacarme sin recurrir a verdaderos argumentos intelectuales, sólo con hígado, suposiciones, diversiones y muy mala leche. En la misma entrega de la revista, César Ángeles, uno de los editores de la publicación, arremete también contra mí en una nota en la que comenta, se supone, “Un Vallejo propio y mío”, artículo que salió en el número 18/19 de Martín, una revista confidencial de la Universidad San Martín de Porres, y que se ha reproducido en el n° 17 de El Hablador para que pueda llegar a un mayor número de lectores. En ambos casos, Intermezzo no tuvo la cortesía ni el rigor intelectual de ponerme al tanto de los ataques y reservarme un espacio para responderlos si yo lo creía conveniente o necesario. ¿Será porque esta vez quienes atacan son miembros eminentes de la revista? En verdad, si así fuera, me parecería triste, porque, como ya lo dije antes, se trata de una publicación valiosa y ese tipo de actitudes está reñido con la ética del trabajo intelectual. Como si esto no fuera ya bastante, Intermezzo 6/7 incluye en la página 102 una foto tomada en México frente a la Casa del Lago, en la que se ve a diez personas, y a nadie parece habérsele ocurrido que los rostros que aparecen allí son de personas que existen (o que existieron, ya que algunas fallecieron prematuramente) y el mínimo respeto hacia ellas es mencionar sus nombres y apellidos. No hablemos del crédito de la imagen, eso ya sería demasiado pedir.

Investigar

“¿Quién habla en el poema cuando escribe una mujer… y dos hombres la ‘construyen’?”, es el título del artículo con el que la investigadora feminista Susana Reisz, profesora en Estados Unidos, pretende responder a la demanda formulada por Paolo de Lima, este cronista y algunas personas más, de que se aborde por fin “el caso Cornejo” con seriedad y honestidad intelectual, sin cubrirse los ojos. Sé que es difícil para quien percibió “el acento inconfundible de una voz de mujer” y luego hizo público su descubrimiento sin pensárselo dos veces, aceptar que en esos textos no se encontraba sólo la voz solitaria de una mujer llamada María Emilia Cornejo, sino también el trabajo constructivo de “dos muchachos”, como nos llama ella a Elqui Burgos y a mí. Ya que hace tiempo corrían rumores en Lima sobre la autoría de esos poemas, rumores que conocían muy bien algunos de quienes participan en la encuesta sobre María Emilia Cornejo publicada en el número 4 de Intermezzo y muchas personas más de generaciones anteriores, creo yo que lo mínimo que se le puede pedir a una investigadora seria es justamente eso: in-ves-ti-gar, e interrogar, por ejemplo, a quienes desde un comienzo estaban al tanto del origen de los tres poemas más famosos de Cornejo. La tarea no debe de ser tan difícil ya que se trata de académicos muy conocidos y Susana Reisz seguro que tiene incluso sus números telefónicos en la agenda. ¿Cómo llevar a estas personas a decir la verdad después de tres décadas de compromiso con la ormeta? Pues es allí donde se pone en juego parte del talento, la sagacidad y el empeño del auténtico investigador. No obstante, para la señora Reisz eso es mucho trabajo y le basta preparar con diferentes salsas su ideología “feminista”. Decide entonces decir sencillamente que se trata de una “tomadura de pelo a lectoras incautas”, y como pretende ser una mujer buena y ya madura, se da el lujo incluso de “perdonar” a los dos muchachos palomillas que intervinieron en los poemas. Como si su perdón nos fuera necesario.

Poetisa

No voy a ponerme a discutir punto por punto un artículo que, como bien lo dice Paolo de Lima en “Sigamos hablando del “mito” María Emilia Cornejo”, que se publica también en el Intermezzo 6/7, “no prueba que no haya habido una intervención externa en los famosos tres poemas”. Y no puede hacerlo por la sencilla razón de que sí la hubo, como lo expliqué en mi primer artículo sobre el tema. No he perdido la razón y aún sé bien lo que hice y no hice cuando tenía veinte años. Voy más bien a fijarme en cosas curiosas que la señora Reisz va desperdigando a lo largo de su texto: son como falsas pistas para aportar más confusión a lo que ella quiere que sea confuso. Se pregunta por ejemplo: “¿Por qué Rosas Ribeyro alude al caso del poeta peruano que ‘había creado poco antes a una supuesta poetisa ecuatoriana’?” La respuesta me parece evidente: porque así fue, como bien me lo recordó Elqui Burgos poco antes de que hiciera yo la redacción final del artículo que dio inicio a la polémica. Poco antes, Elqui y yo habíamos leído, creo que en el suplemento Dominical de El Comercio, los poemas de una “poetisa ecuatoriana” que resultó que no existía. ¿Qué quiere Susana Reisz?, ¿que también lo oculte? Eso no lo invento yo, señora investigadora. Fue así. Y en verdad no se entiende qué aporta usted al escribir: “El detalle de la nacionalidad aludida merecería una reflexión…” Eso se llama, sencillamente, irse por las ramas. Como lo es también la disquisición sobre la utilización del término “poetisa”, el cual para mí no lleva ninguna carga negativa, es sólo un término que ha pasado de moda y que hoy se utiliza poco. No era el caso en la época: Susana Reisz “olvida” a menudo que estas cosas ocurrieron hace más de treinta años.

Señora  

Ya no comentando mi artículo inicial sino mis respuestas a las intervenciones insultantes en el debate de Giovanna Pollarolo y Rocío Silva Santisteban, se queja Susana Reisz porque a ambas las trato de “señoras”. Según ella habría en ello, de mi parte, un “irónico ninguneo”. La señora Reisz vive en Estados Unidos mientras que yo resido en Francia hace treinta años. Seguro que ella no lee la prensa francesa y menos aún el diario galo de referencia llamado Le Monde. Si lo hiciera se daría cuenta de que, una vez más, le anda buscando cinco pies al gato y que da interpretaciones caprichosas a las palabras. Yo utilizo “señora” en dichos textos como lo hace de manera obligatoria cualquier periodista de Le Monde: delante del apellido de un hombre o de una mujer hay que poner “señora” o “señor”, como lo estoy haciendo aquí. O sea que nada de “ninguneo irónico”, señora Reisz: no se invente temas colaterales porque no tiene gran cosa que decir sobre lo esencial. Quiero agregar sobre esto que las poetas Pollarolo y Silva Santisteban (no utilizo aquí “señoras” porque he puesto “poetas”) fueron más que irónicas, fueron insultantes y “ninguneadoras” en relación a mi persona, en sus respectivas respuestas a mi artículo inicial. Pero eso no tiene ninguna importancia para la investigadora feminista: ellas son mujeres y tienen derecho a insultarme. Y, sobre todo, Giovanna Pollarolo porque, como ella misma lo dice, es “su amiga” personal. Lamentable.  

Redondo

Debo reconocer que Susana Reisz tiene dotes de ilusionista. Mete la mano en un sombrero imaginario y en lugar de un conejo blanco saca cosas que nunca he dicho. Cosas que me atribuye por arte de magia. Por ejemplo, ella dice que yo califico de “redondos” los tres poemas más conocidos de María Emilia Cornejo. Eso es completamente falso. Hasta ahora siempre me he cuidado de no expresar ninguna apreciación demasiado personal sobre la calidad de dichos textos. La razón es simple: algo, bastante, mucho, tengo que ver con su elaboración final y soy consciente de que no se puede ser juez y parte. Apreciaciones como “poema redondo” y cosas así pertenecen a algunos de los escritores y poetas que participaron en la encuesta realizada por Intermezzo, no a mí. Y creo que eso queda claro tanto en el artículo inicial como en la entrevista que me hiciera Francisco Izquierdo Quea. Tampoco he dicho que los tres poemas famosos son “los únicos que tienen belleza y valor”, como la señora Reisz me atribuye. Esa apreciación pertenece también a otros lectores, no a mí. Yo sólo me he permitido citarlos. No obstante, aquí, por primera vez, voy a incluir, ahora sí, una opinión sobre esos tres textos: me parecen sobrevalorados desde el punto de vista literario debido, creo, a que en su momento fueron “novedosos”. No me atribuyo, pues, grandes méritos, como afirma Susana Reisz, porque éstos no creo que sean tan grandes. Muchos mejores poemas ha escrito, por mencionar sólo a una persona, Blanca Varela, ella sí una inmensa poeta. Y en Noches de adrenalina de Carmen Ollé se incluyen textos mucho más rompedores que los tres aquellos y, por supuesto, que todos los demás de En la mitad del camino recorrido.

Originales

No voy a comentar nada del supuesto análisis que hace Susana Reisz de unos textos de María Emilia Cornejo que nada tienen que ver con los tres del debate. Una vez más se trata de una maniobra de diversión. Que para ello crea necesario verlos como si fueran de Sapho y provinieran fragmentarios y con vacíos desde tiempos muy lejanos, es casi chistoso. El asunto es simple y ya lo señalé alguna vez: no hay originales de esos tres poemas, nunca los hubo. Debe haberlos de otros textos incluidos en En la mitad del camino recorrido, pero de esos tres, si hay aún algo de la época, sólo pueden ser las hojas mecanografiadas, con mi máquina de escribir, que recibió Isaac Rupay. Cualquiera con dos dedos de frente puede imaginar que si hubiera manuscritos u “originales” de esos textos hace rato que las florastristanes los habrían hecho públicos. Toda la disquisición sobre “originales” u originales (con o sin comillas) no tiene ningún sentido: no-hay-originales. Lo único que puede haber ya lo mencioné antes.

Si…

Lo más extraño de todo esto es que, tras once páginas en las que Susana Reisz pretende demostrar “científicamente”, de manera indiscutible, que María Emilia Cornejo es la autora integral de los tres poemas famosos, ella misma duda de sus argumentos. Y así, empieza un párrafo diciendo: “Si María Emilia Cornejo no escribió el poema tal como lo leemos hoy…” O sea que casi al terminar su largo artículo, semivacío en cuanto contenidos interesantes, llega por fin a lo que debería ser el comienzo: “Si María Emilia Cornejo no escribió el poema tal como lo leemos hoy…” ¿cómo debemos, pues, analizarlo ahora?, ¿se equivocaron o fueron demasiado lejos quienes percibieron en ellos “el acento inconfundible de una voz de mujer”? En su nota Paolo de Lima insiste con razón en la necesidad de abordar el análisis apoyándose en lo que escribió Carmen Ollé: “El estilo, como expresión, es el que impone la calidad y no el tema”. Para Susana Reisz en cambio “eso no tiene mucha importancia. Lo que cuenta es el gesto, la actitud…” Desgraciadamente, cuando no se somete la propia ideología a la crítica, cuando no se piensa contra sí mismo, como lo quería Sartre, lo que queda no es sino gesto, actitud feminista, y nada más.

Vallejo

Ahora paso a otro tema. “César y Georgette Vallejo entre las dos orillas y al pie del orbe”, titula César Ángeles su artículo “marxista”-leninista que aparece también en Intermezzo 6/7. Su “marxismo” es el de la época de Stalin, es una verdad revelada y eso qué importa, ya que a él parece bastarle. Recordemos, sin embargo, que el “marxismo” se había convertido en aquel entonces en una nueva religión, brutal y asesina, como tantas otras. Pero eso no lo vieron, ni lo ven aún, quienes tienen fe ciega. Y así, pues, con anteojeras “marxistas”, el señor Ángeles leyó mi artículo de Martín 18/19 republicado en el último número de El Hablador. El autor de la nota se permite decir entonces, entre otras cosas, quienes deben ser tomados en cuenta y quienes no al analizar la vida y la obra de César Vallejo. El criterio, que él no explicita, debe ser quizás el grado de “marxismo” de unos y otros o tal vez el grado de amistad o de enemistad que tenían con la hepática señora Philippart. André Coyné, entonces, es descartado sin más ni más, pese a que su tesis de doctorado es sobre Vallejo, y Juan Larrea, también, aunque este último haya sido uno de los amigos más íntimos del autor de Trilce y uno de sus exégetas más constantes, en una época en que aplaudir a Vallejo no era tan fácil como ahora. Igual ocurre con Alfonso Silva, Gonzalo More, Armando Bazán… Al parecer, la señora Georgette Philippart es la “chochera” del señor Ángeles. A quienes ella odia (o sea: media humanidad) él los odia también, y todo lo que ella dice parece ser para él palabra de evangelio. Yo menciono en mi artículo que esta dama cuenta, entre otras enormidades (¡y pretende que la tomen en serio!) que cuando Vallejo se sacaba el sombrero se le veía el aura de santo que tenía sobre el cráneo, pero esa evidente chifladura no le merece ni el más mínimo comentario. Todo es así con un solo objetivo: reafirmar la imagen que quiso dar del poeta la mujer con quien compartió unos pocos años de vida: un “agitador político antifascista”, un “revolucionario bolchevique” con una “vida heroica”. ¡Pobre de los pueblos que necesitan héroes!, decía otro marxista, uno sin comillas, llamado Bertolt Brecht. Y sobre todo si esos héroes son falsos. Vallejo es un poeta inmenso, no un héroe, señor Ángeles.

Cartas

Al releer la nota de César Ángeles me doy cuenta de que, finalmente, lo que más le molesta no es mi artículo ni mi punto de vista evidentemente subjetivo sobre uno de los más grandes poetas contemporáneos de lengua castellana. Lo que más le molesta es lo que el propio César Vallejo escribió en sus cartas, las cuales podemos leer ahora gracias a la recopilación realizada por Jesús Cabel. Ese volumen habría que retirarlo de todas las bibliotecas, si seguimos el razonamiento sectario y religioso de uno de los editores de Intermezzo Tropical, porque en ese volumen el poeta dice (él, no yo) que pide dinero prestado, que no devuelve lo que le prestan, que lo que pidió para una cosa se lo gasta en otra, que practica sexo con prostitutas, que bebe con sus amigos hasta emborracharse, que tiene problemas con mujeres y, en particular, con las dos que vivieron con él, que tiene una enfermedad venérea que no se le cura porque no le procura un tratamiento adecuado, etcétera y etcétera. Dice, pues, lo que muchos otros hombres de ayer o de hoy podrían decir sobre su intimidad en cartas a sus amigos. Ni más ni menos. Vallejo era un ser imperfecto y contradictorio, como usted lector, o como yo. Y eso César Ángeles no puede soportarlo. Él lo considera un santo como tantos poetas y militantes comunistas consideraron a su vez a Stalin. (Dicho sea de paso, uno de los grandes méritos de Vallejo en relación a un Neruda, un Guillén o un Aragón, es que no le hizo odas al padrecito Stalin). Por supuesto, toda esa información que da Vallejo en su correspondencia está en total contradicción con el mito de la “vida heroica”, por lo cual es inaceptable para algunos como César Ángeles, dilecto miembro de la cofradía de Santa Georgette, responsable de la versión oficial sobre el inmenso poeta.

Miserabilista

Son tan oscuras las anteojeras del señor Ángeles que le impiden leer bien lo que escribo y entiende entonces todo lo contrario. Yo insisto sobre el lado bon vivant del poeta de Trilce, destaco que todo en él no era dolor, sufrimiento y combate político, y que para poder divertirse recurría a veces a maneras pícaras y no se privaba de satisfacer su “vayna sexual” acudiendo a las famosas maisons closes que existían en el París de la época. Esta práctica era corriente entre los intelectuales y artistas, y Vallejo no fue diferente. César Ángeles lee miserabilismo, representación patética y oscura, cuando lo que yo destaco es todo lo contrario: ganas de vivir, bohemia parisina, satisfacción del deseo sexual, etcétera. Y al lado de ello, por cierto, el compromiso político, el cual yo no pretendo negar ni por un instante. Un compromiso intelectual que lo llevó a escribir artículos y libros en defensa del comunismo y a asistir en España al Congreso de Escritores Antifascistas, donde, sin embargo, parece ser que no tuvo ninguna intervención pública.

Guerrillas

En una nota a pie de página César Ángeles escribe: “Max Silva Tuesta afirma en el prólogo de este volumen (Georgette Vallejo al fin de la batalla): ‘Tengo para mí que Georgette ayudaba materialmente a la izquierda alzada en armas en los años sesenta, y que en este afán César Calvo era el nexo’”. Esta nota puesta hacia el final de su artículo no es para nada anodina. Con ella el señor Ángeles pretende dar una prueba de la “honorabilidad” de la señora Philippart, de su auténtico compromiso revolucionario, lo cual la diferenciaría, pues, de los Coyné, Larrea, More y otros, y la convertiría así en un ser ajeno a toda crítica, situado en un nivel superior en relación con todas las otras personas que frecuentaron a Vallejo. Como ni Coyné ni Larrea ni More apoyaron a las guerrillas en el Perú, lo que dicen sobre el autor de Trilce tendría una credibilidad bastante menor. Ya sé que esto es risible y que no tiene ni pies ni cabeza en un artículo que se pretende serio y hasta académico, pero ¿qué otra explicación se le puede dar a esta cita en el contexto en que aparece? No veo ninguna otra.

Zorrillas

César Ángeles dice explícitamente que el testimonio de Max Silva Tuesta es más válido que cualquier otro, pues este señor fue “amigo dilecto de Georgette”, lo cual corrobora lo que decíamos antes. Y, por supuesto, dicho testimonio cuenta más que las propias cartas que Vallejo le escribió a Juan Larrea, ya que éste no contó nunca con la simpatía de la señora Philippart. Le guste o no al señor Ángeles y le haya gustado o no a las mujeres que compartieron la vida parisina del poeta, las cartas que menciono las escribió César Vallejo de propia mano y en plena libertad, y no Juan Larrea. Y, según podemos leer en esas cartas, el autor de España aparta de mí este cáliz, trata de “zorrillas” tanto a Henriette y Georgette, las mujeres con las que convivió, como a otras mujeres con las que tiene trato sexual. Agrega el señor Ángeles que esto me produce escándalo “o cuando menos desazón con puchero” (?), cuando lo que en verdad me produjo es sorpresa, porque es un lado misógino de Vallejo que descubrí recién al leer sus cartas, el cual menciono sin juzgarlo. El escandalizado es más bien César Ángeles, quien quisiera una vez más que esos textos no existieran, que mejor sería para la falsa imagen del poeta que él quiere transmitir que, en todo caso, no se hubieran dado a conocer. Para tratar de negar la evidencia ¿qué hace el señor Ángeles? Pues miente. Miente a sabiendas de que lo está haciendo. Dice que el poeta trataba de “zorrillos” a todos sus amigos cuando sabe muy bien que en las cartas sólo utiliza ese término en el caso de Juan Larrea y otros amigos sin nombre con los que participa en la vida bohemia de París. César Vallejo no llama “zorrillos” a Pablo Abril de Vivero ni a Alfonso Silva ni a Gerardo Diego, por ejemplo, amigos que frecuenta en Europa, ni tampoco a los amigos del Perú. Y la razón, a mi parecer, es sencilla: para él son “zorrillos” aquellos que lo acompañan en la satisfacción de la “vayna sexual”, aquellos con los que frecuenta a mujeres en bares y en maisons closes, aquellos que lo acompañan en su propio trato con “zorrillas”.

Verdad

Aunque no ejerzo de historiador, en Francia he hecho un doctorado en Historia, lo cual quiere decir que, de alguna manera u otra, me inscribo en el legado de ese gran historiador francés y combatiente de la Resistencia contra los nazis que fue Marc Bloch. ¿Y qué exigencia medular le ponía el autor de La sociedad feudal al ejercicio de la Historia? Pues la búsqueda constante, sin descanso, de la verdad. No olvidemos que escribió alguna vez que la mentira es “la peor lepra del alma”. Yo, en lo que escribo, aunque tenga una importante dosis de subjetividad, trato de no olvidar esta enseñanza. Lo he hecho al revelar los entretelones del “mito María Emilia Cornejo”, aunque eso me valga desde entonces ataques violentos y a menudo insultantes, y lo he vuelto a hacer al destacar algunos aspectos de la vida de César Vallejo que contradicen la visión antojadiza que ha querido dar la señora Philippart en sus apuntes biográficos del poeta, aunque eso dé lugar a la reacción indignada de algunos comentaristas. Lo que he dicho sobre cómo se construyeron los tres poemas famosos de la señora Cornejo es verdad, lo digo y lo reafirmo sin ninguna duda porque yo participé en ello. Lo que destaco de las cartas del poeta de Trilce es verdad por la simple y sencilla razón de que yo no invento nada: fue César Vallejo, el grandísimo poeta, quien lo escribió así, aunque eso no le gustara en su tiempo a la señora Philippart y ahora escandalice al señor Ángeles.

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Foto

Esta foto se ha vuelto archifamosa al haber sido reproducida en muy diversas publicaciones. Fue tomada en 1976 -no recuerdo el mes- frente a la Casa del Lago, el espacio de actividades culturales que tiene la Universidad Autónoma de México en el bosque de Chapultepec. Nunca nadie ha mencionado la autoría de ella y yo nunca he intervenido hasta ahora para decir en qué circunstancias fue tomada. Y no lo he hecho porque por lo general, aunque a menudo con errores e imprecisiones (como puede apreciarse en la reproducción que incluimos más arriba), se ha tenido la corrección de mencionar quiénes son las diez personas que aparecen en ella. No es el caso en Intermezzo Tropical 6/7 y lo lamento profundamente. Diez seres sin nombre ni apellido ocupan toda la página 102 de la revista al parecer para ilustrar una nota titulada “Nunca fui a Blanes” firmada por Diego Trelles. Esta manera de proceder no sólo me parece inelegante sino reñida con la ética. ¿Es necesario recordar acaso que toda persona tiene derecho sobre su imagen y que lo mínimo que se puede -y se debe- hacer para respetar dicho derecho es mencionar el nombre y apellido de quienes figuran en la foto? Parece ser que sí es necesario recordarlo, puesto que la redacción de Intermezzo no lo ha hecho. La foto en cuestión fue tomada con mi cámara puesta en posición de disparo automático, después de una de las presentaciones de poesía latinoamericana que hacían Mario Santiago y Roberto Bolaño en la Casa del Lago. Con el tiempo esta foto se ha convertido en cierta forma en una de las imágenes “oficiales” del Movimiento Infrarrealista, ya que además de los dos escritores que acabo de mencionar, figuramos en ella otros vinculados también al infrarrealismo. Empecemos por la fila de arriba, de izquierda a derecha: vemos a Mario Santiago (que todavía no había añadido Papasquiaro a su nombre literario); yo, José Rosas Ribeyro, que había llegado a México unos meses antes, deportado del Perú por la dictadura del general Velasco Alvarado y me había integrado de manera casi natural en la contestación infrarrealista; Roberto Bolaño, que en ese entonces era aún un poeta prácticamente inédito y poco tiempo después daría a conocer Reinventar el amor, y José Vicente Anaya, quien había participado en las primeras reuniones del movimiento y redactado una versión del manifiesto inicial, que al no ser aceptada llevó a su alejamiento del grupo. Siempre de izquierda a derecha y de arriba a abajo, aunque de manera más desordenada, aparecen después, la escultora peruana Marga Caballero, que vivía conmigo desde Lima; más abajo, Dina García, con quien yo tenía en aquel entonces una apasionada relación sentimental (ya tendré la ocasión alguna vez de abordar la extraña y deslumbrante personalidad de Dina, quien en ese entonces estudiaba en la Escuela de Bellas Artes, en ciudad de México) y, al lado de ella, la poeta Guadalupe Ochoa. En el borde inferior de la foto vemos a Rubén Medina, quien dio con nosotros los primeros pasos del infrarrealimo y después desapareció para volver a dar noticias suyas ya como profesor universitario en Estados Unidos. Levantando una mano aparece Ramón Méndez, poeta, hermano de Cuauthémoc Méndez, amigo querido, poeta también, sindicalista y militante político, quien falleció prematuramente, al igual que Mario y Roberto. El último personaje de la foto es José Peguero, poeta y videasta, una de las personas que mantiene vivo en México el legado infrarrealista. Peguero y Ochoa, que son pareja desde aquella época, estuvieron hace poco en el Perú para celebrar la edición de Los broches mayores del sonido, la muy completa antología que Tulio Mora ha consagrado a Hora Zero y el Infrarrealismo. Era necesario decir quien es quien en esta foto. Y ojalá que no se vuelvan a repetir errores, como éste que destaco, en las próximas ediciones de una revista valiosa como es Intermezzo Tropical.  

 

 



Reinicio
Sunday January 03rd 2010, 11:36 pm
Filed under: Hablablog

Calderón Corte FinalLa Bitácora de El Hablador vuelve a abrirse con la misma dinámica, pero con una baja lamentable. Carlos Calderón Fajardo, columnista de este blog y amigo, ha decidido por compromisos de trabajo no seguir escribiendo. Se trata de una decisión personal y por lo mismo se entiende. Más bien, agradezco su colaboración y entusiasmo por participar en el proyecto. Aquí siempre será bienvenido.

Respecto a lo que se viene en el blog, ahora se implementará una nueva sección que irá los viernes: creación literaria. Se colgarán poemas o cuentos cortos que los lectores podrán comentar y evaluar. Siempre con la intención de originar discusión y debate.

Así, empezamos con la columna pendiente de Rosas Ribeyro.




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