Vagamente muchos peruanos
Monday March 29th 2010, 11:49 am
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Neyra Final

Romain Gary y la muerte en el Perú

 

Por: Alejandro Neyra

La admiración de los franceses por el Perú –imagen de lo exótico, de lo rico y de lo diverso- se remonta al propio siglo de la conquista, como en el caso de Montaigne; pero alcanza quizás su mayor apogeo con diversas obras –muchas de ellas teatrales- del siglo XVIII y XIX.  Ya en 1736, Voltaire escribe la tragedia Alzire y en 1759 publica Candido, pensando “El Dorado” desde su idílica mansión de la rue des Delices en Ginebra. Y en 1829, Merimée escribe La carrose du Saint Sacrement, obra que como vimos inspiró a Wilder a escribir The bridge of San Luis Rey. Sobre algunas de estas obras volveremos más adelante (aunque al lector impaciente que busque más sobre la influencia del Perú en las letras francesas recomendamos desde ya el libro de Estuardo Núñez Las letras de Francia y el Perú). En esta ocasión saltaremos hasta el siglo XX para analizar a un autor hoy poco recordado, pero brillante: Romain Gary.

Romain Gary es el nombre que esconde a Romain Kacew, nacido en Moscú, y que fue abogado, aviador y diplomático francés, además de único ganador del Goncourt por partida doble con dos novelas estupendas –la primera vez con Las raíces del cielo con su seudónimo Gary, y la segunda por La vida delante de sí, utilizando otro seudónimo, Emile Ajar (lo que le permitió este doble reconocimiento Goncourt, premio que se concede normalmente por una única vez en la vida).

Gary es un personaje de por sí atractivo. De orígenes humildes, se convierte en un culto diplomático y socialité, que no solo escribe cuentos y novelas con gran éxito, sino que además se casa con Jean Seberg, bellísima actriz norteamericana, en épocas en las que el glamour era ya un signo de los tiempos (en la imagen aparece ella, en el afiche publicitario de la película Los pájaros van a morir al Perú).

GARY

Un resumen biográfico de Gary se puede encontrar en cualquier otra parte… Más complicado es encontrar un ejemplar de Les oiseaux vont mourir au Pérou (Gloire à nos illustres pionniers), conjunto de relatos escrito en 1961, en el que aparecen los peruanos a quienes dedicamos este pequeño lugar en una esquina de la historia del Perú de ficción.

Los pájaros van a morir al Perú

“Los pájaros van a morir al Perú” es el cuento que da nombre al libro que Gary publica en 1961, y que encierra una historia universal antes que peruana, y que además se sitúa en un pequeño –y aparentemente desolado, café– ubicado en el litoral peruano, a diez kilómetros al norte de Lima. El dueño del café es un hombre de 47 años, Jacques Rainier, un soñador que ha recorrido el mundo luchando en diversas guerras, un mercenario cansado que encuentra en ese inhóspito paraje peruano un consuelo a su soledad. El hombre enfrenta cada día un paisaje en el que se mezclan el mar y la arena, y marcado por miles de aves que llegan a esa playa para morir sin que se sepa exactamente el porqué.

De ese enorme cementerio marino emergen algunas figuras que el hombre observa desde lejos. Una de ellas es una joven y atractiva mujer que se adentra en el mar y que es salvada in extremis por el anacoreta. El hombre la cuida y busca convencerla de que la vida no es tan cruel; la invita a quedarse con él, a compartir su soledad frente al mar peruano. Ella parece estar convencida. Ella, quien ha buscado suicidarse portando un vestido de gala y lleva sobre sí valiosas joyas, ha huido de un viejo millonario inglés –lo de excéntrico viene por descontado si ha decidido ir a Lima a celebrar las fiestas de carnaval. Por un instante todo parece acomodarse. Y sin embargo…

Ninguno de aquellos personajes que aparecen en el relato de Gary hasta ese momento es peruano, más allá de los pájaros que agonizan o yacen ya muertos sobre la playa. Pero hay, además del ermitaño y de la pareja excéntrica, otros tres seres humanos que están echados sobre la arena de esa perdida playa del norte de Lima. Uno lleva un disfraz de esqueleto; el segundo, está casi desnudo pero con el cuerpo pintado de colores rojo, azul y verde; el tercero, es un negro inmenso que lleva una peluca estilo Luis XV (que asumimos diversa a la Luis XIV o Luis XVI, por mencionar otros dos Borbones). El primero, echado sobre su estómago, tiene en la mano una botella. El viejo dueño de ese café perdido asume que se trata de figurantes que han recibido cincuenta soles de la municipalidad (¿Cuál? Diez kilómetros al norte de Lima, hace casi cincuenta años, no parece un lugar propicio para la fiesta) para salir en los desfiles carnavalescos. Es muy probable que ellos, aunque borrachos, hayan ayudado a escapar a la joven suicida del viejo millonario. O quizás ha sido todo una coincidencia y ella solo los haya seguido para terminar en esa playa llena de aves exánimes, desde donde ha querido también forzar el destino, ese que no se apiada de ninguno de los personajes de Gary.

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Porque para Romain Gary, Emile Ajar, Roman Kacew –póngale el nombre que prefiera- no existe la coincidencia. Porque cuando vemos al hombre pintado jugar con las sandalias de la chica y al esqueleto con su sostén; cuando vemos al negro orinar inmenso en frente de esa otra inmensidad del mar peruano; cuando vemos (Gary hace que realmente “veamos” todo eso, de allí su genio) a la joven suplicante y llorosa implorando ayuda sobre el hombro de Jacques Rainier –quien está dispuesto a buscar su revólver y acabar allí con aquella farsa de carnaval-; y finalmente cuando vemos que el millonario inglés aparece allí con un hombre vestido de torero diciendo que ha esperado varias horas cerca de la playa; cuando vemos todo eso entendemos que no hay coincidencias, que hay algo terrible que le ha sucedido a la muchacha, algo terrible detrás de todos esos personajes disfrazados para ocultar sus rostros pero también sus instintos y pasiones en una noche en que aquel mundo está definitivamente al revés.

En la risa y en los gestos de los tres figurantes que siguen en la playa intuimos que en realidad se trata de tres peruanos de ficción, contratados por el viejo excéntrico para humillar y ultrajar a su joven amante (¿Para darle una lección? ¿Por simple desviación sexual? ¿Para completar el anticlímax del carnaval?). En la lejanía, desde que son observados por Jacques Rainier, sabemos que están bromeando en español, no en francés o inglés –el idioma de la joven y del millonario. La forma en que cogen los objetos más íntimos de la mujer, la manera en que la han dejado sin haber siquiera tomado sus joyas sino algo mucho más preciado –en palabras de Gary– nos hacen imaginar a tres peruanos cargados aun de exotismo, pero lejos de esa imagen idílica que le daban los escritores de los siglos anteriores al XIX. Quizás sean estos los primeros peruanos de ficción que se parezcan a los peruanos de verdad.



La negación de la verdad
Friday March 26th 2010, 3:15 am
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Paul Auster

 

Por: Juan Francisco Ugarte

Invisible no es la mejor novela de Paul Auster. Pese a las elogiosas críticas que ha recibido, esta nueva entrega no logra posicionarse junto a otras como La trilogía de Nueva York (Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada), Leviatán o La música del azar. Pero nada de lo anterior la convierte en mala. De hecho, es lo mejor de Paul Auster en los últimos años. Quizá esto pueda despistar un poco.

El relato es básicamente un experimento narrativo en el cual se entremezclan distintas voces, puntos de vista, sujetos, y donde, por efecto de causalidad, resulta inevitable la “aparición” de lo no dicho, de aquello que se oculta, camufla, disfraza, y que, con cuyo aporte, implica contradictoriamente una visión precisa de los sentidos que va adquiriendo la novela conforme se avanza en la lectura. Invisible no es otra cosa que la conjugación, adecuadamente elaborada, de los procesos de desvanecimiento en los cuales se introducen conceptos tan austerianos como universales: la memoria, el azar y, sobre todo, la verdad. Es a partir de estas nociones que la novela erige una edificación metaliteraria donde no es posible tener demasiadas certezas. Paul Auster, purificándose un poco de sus anteriores obras, parece descubrir en este libro que un relato puede sostenerse perfectamente desde y por lo incierto, basándose más que nada en la legitimidad de las impresiones y los distintos puntos de vista que una historia (así como en la vida real) puede adoptar.   

El libro es, en su mayoría, las memorias de Adam Walker, un personaje que rememora su fugaz pero influyente vínculo con el enigmático Rudolf Born y su novia francesa Margot en el año 1967. A partir de este punto empieza a ramificarse una historia cuyo momento crítico y determinante ocurre cuando ambos, Born y Walker, se encuentran caminando por las calles de Nueva York y son sorprendidos por un asaltante. Born le advierte que se vaya, pero el muchacho (cuyo nombre, lo sabremos luego, es Cedric Williams) desobedece, entonces Walker, quien hasta ahora nos ha relatado los acontecimientos en primera persona, observa cómo Born saca de su chaqueta una navaja y lo apuñala. La novela se divide en cuatro partes y cada una de ellas funciona como un capítulo distinto de la supuesta obra de Walker. Sin embargo, ya en la segunda parte el lector advierte que el libro es en realidad un montaje elaborado por un antiguo amigo universitario de Walker, James Freeman, escritor famoso, quien funciona como el guía privilegiado para instruirnos acerca de aquellos personajes tan difusos y oscuros que Walker retrata en su manuscrito de memorias. Así, Invisible es la articulación de otra obra literaria de no ficción (la de Walker) que nos refiere una historia compuesta en tres partes (“Primavera”, “Verano” y “Otoño”) ocurrida en 1967 y cuyos protagonistas (Rudolf Born, Margot, Gwyn Walker, Cécile Juin) confluyen entre sí dentro de un marco donde, sobre todo para Walker, el suceso de la muerte de Cedric Williams adquiere un valor inesperado.     

En medio de toda esta espinosa construcción narrativa, en la cual no son extraños otros géneros  literarios como el diario íntimo o la autobiografía, se nos presenta, bajo la voz de Walker, una sorprendente relación incestuosa entre éste y su hermana, Gwyn. Directa, intensa y bien desarrollada, esta parte de la historia (realizada en segunda persona) posee una carga emotiva llena de fuerza y misterio, motivo por el cual el relato alcanza una mayor consistencia. Auster retrata el erotismo sin caer en ambigüedades ni metáforas; es concreto, preciso y crudo; es decir, no exagera. Las escenas se desarrollan con absoluto cuidado, correctamente fabricadas, y se modelan por intermedio del recurso de la persona narrativa. La utilización de esta segunda persona puede ser discutible y, acaso para algunos, innecesaria; pero Auster logra sacarla adelante mediante un buen manejo del lenguaje y una debida construcción de las acciones eróticas.

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Visto de otro lado, Invisible funciona debido a que la historia, dispersa en varios puntos, no es forzada en ningún momento. Los ejes a partir de los cuales rotan los personajes nunca son puestos totalmente en evidencia, sino que el lector los va intuyendo en el trascurso de la obra. El relato, así, puede ser visto como un complejo entramado, cuyos vacíos y fluctuaciones desempeñan un rol fundamental dentro de la estructura narrativa. Los resquicios por donde se filtran las diversas versiones acerca de un mismo hecho envuelven de intriga y misterio una historia que es ya de por sí intrigante y misteriosa. Auster es consciente de la labor de estos aspectos y por ello los intensifica progresivamente: introduce, de este modo, distintos giros en el destino de los protagonistas, los cuales obligan de manera irrevocable a reformular una perspectiva inicial respecto del mundo que se representa. Es, precisamente, esta reformulación la que, con ciertos artificios, permite una amplitud de posibilidades para el lector en relación al argumento, cuyo centro no es otra cosa que la indeterminación de la verdad.

De esta manera, la superposición de varios puntos de vista (el de Walker, el de Freeman, el de Cécile Juin, el de Gwyn Walker y, finalmente, el de Rudolf Burn) produce una gama de versiones paralelas acerca de sus propias identidades como sujetos. Según esto, cada personaje obtendría una dimensión distinta a la que posee en la realidad. Rudolf Born no sería el profesor universitario que todos creen, sino un agente secreto del gobierno francés, quien ha traicionado a su patria, asesinado al padre de Cécile Juin, y, además, convertido con los años en un implacable cínico. Sin embargo, a Auster no le interesa desentrañar la verdad de las cosas; sino más bien elaborar un conjunto de redes que unidas cumplen una función: relatar una historia que contiene a su vez otras historias, envueltas en varias interpretaciones y puntos de vista. De esta forma, la identidad carece de importancia, es, como lo señala el título, invisible para todos, incluso para los lectores. Y es aquí donde reside el juego de Auster.

Si la verdad es un concepto ambiguo, manipulable y que no constituye en ningún sentido una finalidad, puede decirse que lo que la vuelve tan insignificante dentro de la novela es la inclusión no explícita de la memoria. Todos los hechos que el texto nos presenta son una rememoración de una vida que ya no es; son los recuerdos de Walker cuando tenía veinte años, los recuerdos de Born y de Cécile Juin. Ninguna de las narraciones que se muestran en la novela compone lo que se puede llamar los “actos reales” dentro del mundo ficticio. Se juega a la incertidumbre, a lo difuso, a la ambigüedad. El único momento en el cual el lector se nutre de seguridad argumentativa es cuando la voz de Freeman toma posesión del relato; es decir, en dos puntos clave del libro: la conversación que tiene éste con la hermana de Walker, Gwyn, y el encuentro también de Freeman con Cécile Juin. No sin sorpresa, son las versiones de estos personajes las que nos obligan a reformular toda la historia, tornando los puntos de vista más confusos, más imprecisos. En Invisible casi no existen certezas. Los narradores utilizan recursos como los siguientes para despistar al lector: “No recuerdo en absoluto por qué me encontraba allí. Alguien debió invitarme, pero hace mucho que se me fue de la memoria quién pudo ser”, dice al inicio de su relato Adam Walker. La memoria convierte los recuerdos volubles y por tanto la historia se tiñe de vacilaciones. Nadie parece estar seguro de nada, las versiones se entrelazan y los acontecimientos que en ellas se describen están regidos por lo inexacto.

En consonancia con lo anterior, Invisible también presenta uno de los aspectos más llamativos y recurrentes de la obra de Paul Auster: el azar. Así como en la vida real, la ficción austeriana acoge el elemento de lo casual para fundamentar una estructura novelesca determinada. Por ello, en Invisible, los personajes, además de los acontecimientos inexactos, son sustentados en el texto mediante el ingrediente de lo azaroso. Más precisamente, es el azar, junto a la idea que maneja Auster de la memoria, otro de los elementos que recubre de mayor misterio e intriga, de inseguridad y desconocimiento, al texto.

Invisible no es la mejor novela de Paul Auster, pero está bien narrada y mantiene en vilo al lector. El error, en mi opinión, se encuentra en una estructura excesivamente metaliteraria, cuyos efectos van perdiendo fuerza debido a un uso maniático del recurso. Asimismo, los giros dentro de la historia pueden resultar en algunos casos artificiales e inverosímiles; sin embargo, Auster mitiga levemente estas dificultades, aunque sin desaparecerlas. En todo caso, luego de las publicaciones menores como Un hombre en la oscuridad, Viajes por el Scriptorium o Brooklyn Follies, una novela de la talla de Invisible puede motivar a los seguidores de Auster. Ahora sólo queda esperar.



Buscando confianza, encontrando una historia
Wednesday March 24th 2010, 1:27 pm
Filed under: Reseñas

renato cisneros

Por: Lenin Pantoja Torres

 

El escritor, periodista y, sobre todo, bloguero Renato Cisneros (Lima, 1976) ha publicado su novela Nunca confíes en mí producto de las periódicas entregas de su blog Busco Novia, en el cual fue desarrollando lo que podemos denominar una “novela virtual”. El texto trata sobre la historia de amor que viven Gabriel y Amanda tras encontrarse en la barra de un bar luego de varios años de no haberse visto. Una amistad del colegio que no se convirtió en otra cosa por la timidez de Gabriel y el desinterés de Amanda. Sin embargo, muchos años después, en ese bar, mientras Gabriel pide un whisky en las rocas, se inicia entre ambos una intensa historia de amor y desengaño durante algunos meses. A pesar de que Amanda está casada con Jaime, un exitoso hombre de negocios con quien tiene un hijo llamado Emilio, nada la detendrá en su descubrimiento de la verdadera pasión, una pasión que la llevará a transgredir los débiles estamentos que sostienen su matrimonio. Por otro lado, Gabriel solo desea concretar aquello que no pudo realizar durante la época escolar, pues Amanda siempre “lo veía fundamentalmente como un ‘amiguito’” (p.11).

 Estructuralmente, la novela no tiene una división explícita, no hay capítulos numerados o nombrados. Todo lo que sirve como organizador textual es el espacio pronunciado entre “grupos de párrafos” (o apartados) que tienen como vínculo el tratamiento de un tema o escena de la novela. Así, en un apartado se puede narrar cómo pasa Gabriel un fin de semana sin Amanda; y en otro, cómo Amanda pasa ese mismo fin de semana, en otro lugar. En este caso se justifica la elección de esta organización debido a que cada apartado está estrechamente vinculado con el siguiente; de esta forma, hubiera sido perjudicial colocar nombres o números a los capítulos, pues se aislaría o segmentaría indebidamente la narración.

Otro aspecto interesante es la alternancia de puntos de vista. El narrador en tercera persona nos presenta el desarrollo de una acción desde la visión de un personaje, luego vemos la misma acción bajo el punto de vista de otro personaje. Esta técnica no es constante pero cuando aparece intensifica el relato y aumenta la tensión novelesca. Precisamente, la tensión es un aspecto que se percibe a lo largo del texto. Esto a raíz del entrecruzamiento de las historias de los personajes. Por ejemplo, cuando aparece María Pía, una chica que le interesa a Martín, amigo de Gabriel. Sin embargo, será María Pía quien se enamore de Gabriel y no del amigo de éste. Como consecuencia, el amor y el deseo carnal de Gabriel oscilarán entre Amanda y María Pía, ocasionándole problemas con su amigo Martín. Son estas historias que se tejen relativamente al margen de los protagonistas las que intensifican el interés por el desenlace de la novela.

La legibilidad de la narración permite que podamos leer rápidamente todo el libro. El estilo de Cisneros no es ampuloso ni mucho menos alambicado. Con una prosa mesurada, con oraciones que no abusan de ser cortas ni largas, logra sumergir al lector en la historia y no en aspectos fríos y técnicos que impidan el flujo de la lectura. Incluso las descripciones son cuidadosas en no abusar del uso de adjetivos. Por ejemplo: “Cada vez que lo hacía la encontraba más guapa que la vez anterior. Su rostro era una suma de sutilezas. Y su risa, tan fácil, natural y divertida, era un viento fresco venido de otro mundo, un mundo sin lugar para la angustia”, dice el narrador sobre las furtivas miradas que le lanza Gabriel a María Pía al conocerla.

Uno de los aciertos de la novela de Cisneros es la construcción de la imagen de sus protagonistas. Sin embargo, es necesario referirnos antes al narrador de la novela y a Renato Cisneros, personaje que asume directamente la narración en determinado momento. El narrador en tercera persona tiene un registro lingüístico que se asemeja al de los personajes, esto es, hay una paridad en las voces.  “Llegaron a estar varias veces desnudos en diferentes camas, toqueteándose, paleteándose duro y parejo, desplegando un amplio repertorio de fricciones, escarceos y cabriolas, pero él jamás logró arrimarle el piano ni, mucho menos, baldearle el callejón” (p. 116), dice el narrador de la antigua relación que sostuvo Martín con Daniela Rabines. Esto es positivo porque el ambiente narrativo permite una cierta comprensión del narrador hacia los personajes; es decir, no hay esa lejanía propia del narrador en tercera persona. No obstante, resulta negativo porque el registro de Renato Cisneros, cuando asume la narración (desde la página 121 hasta la 125), es muy similar al del narrador principal. Antes de que aparezca Renato narrando, él mismo se presenta ante los lectores, justifica su intromisión pero no aclara su retiro. El lector tiene que deducir que la posta del relato ha vuelto al narrador principal.

Como aseveramos, el tratamiento de los personajes es bueno, y destaca la figura de Martín, el amigo inicial de Gabriel. Martín es una especie de “criollo pendejo”, el típico sujeto que molesta a todos y que siempre es el punto de atracción por esa labia tan aguda para las bromas y las ocurrencias. Sin embargo, y esto es lo importante, nunca cae en el estereotipo. Martín es un “criollo pendejo” pero también sufre o padece el desamor, se enoja con sus amigos e incluso da consejos con la agudeza propia de un hombre de mundo. Sus intervenciones en los diálogos provocan risa o un chascarrillo que nos recuerda la escasez de humor en la literatura peruana. No es un humor fino ni una ironía tierna como la de Bryce, tampoco es un humor que proyectan los exabruptos lingüísticos o las acciones escandalosas de los personajes de Bayly, sino es un humor producto de la ocurrencia espontánea, una risa coyuntural; dice Martín en un diálogo con Gabriel:

“[Martín:] – ¡Habla! ¿Un par de chelas?

[Gabriel:] – Prefiero un Gatorade.

-          ¿Un qué?

-          Un Gatorade.

-          Oe, tú estás bien boyo últimamente.

-          Es que estoy un poco mal del estómago.

-          Uy, ¿qué?, ¿estás embarazada? No empieces con las contracciones aquí, ah.

-          No jodas, no me provoca chupar.

-          ¿Qué va a ser? ¿Hombrecito o mujercita?

-          Ya carajo, qué necio eres. Vamos por un par de chelas.

-          Ese es mi broker” (p. 57).

Al descontextualizar este diálogo, la ocurrencia pierde fuerza, pero su efecto en la novela es importante así como su constante presencia a lo largo de la narración.

Son a través de los diálogos que conocemos el modus operandi de todos los personajes. El narrador presenta bien la historia y ubica adecuadamente a los personajes dentro de la trama, pero sabemos quién es quién de acuerdo a sus intervenciones. En efecto, los diálogos aparecen luego de la previa presentación de la historia, es ahí cuando son significativos. Sin embargo, si bien estos diálogos no poseen demasiada fuerza e intensidad, mantienen sí una atmósfera que se comprende muy bien con lo que viene sucediendo en el desarrollo de las acciones.

Así como Martín, los otros personajes son verosímiles en su construcción. Gabriel, un sujeto confundido entre el “querer hacer” y el “poder hacer”; Amanda, dubitativa sobre reconstruir su matrimonio u optar por el engaño; María Pía, sin decidirse a viajar a Nueva York o quedarse encaprichada con Gabriel. Es la duda el aspecto que marca a los personajes de Renato Cisneros. Todos se mueven con la confusión de sus decisiones en el hoy y la incertidumbre del mañana. Finalmente, la resolución de la historia es demasiado rápida; esto hace que la tensión manejada caiga abruptamente. La explicación sería que las historias humanas no siempre tienen resoluciones impresionantes; deducimos esto por la pretensión lúdica del libro, pues juega con la realidad y la ficción. Renato Cisneros (personaje), amigo de Gabriel y Amanda, ha escrito esta historia sorprendido por el extraño rumbo final de sus amigos. Incluso introduce unos correos electrónicos que dan cuenta de la molestia de ambas partes (en la vida real o fáctica) y su propia respuesta en forma de justificación. Este juego es positivo e incluso podría llevar a los lectores a revisar el blog Busco Novia, sin embargo, no debemos olvidar que Nunca confíes en mí es un libro que se sostiene por sí mismo.

Los escenarios carecen de descripciones detalladas. El narrador considera que es más importante lo que ocurre en los espacios; y no tanto “cómo son” representados estos escenarios. Además, acorde con su estilo, no se atreve a dibujarnos la atmósfera espacial en el cual se mueven los protagonistas. Únicamente se nombran ciertos espacios nocturnos de Miraflores, San Isidro y Barranco, como algunos night clubs, restaurantes u otros. Los personajes traman y maquinan sus modos de actuar en estos lugares y concretan lo planeado en un hostal “caleta” (como dice Gabriel) o en sus propios departamentos.

Finalmente, al margen del desvanecimiento final de la trama, Nunca confíes en mí (así le dice Renato a Gabriel cuando le da a entender que podría escribir sobre su vida amorosa con Amanda) no presenta una excelente historia, sino simplemente buena. Tiene el condimento esencial para atrapar e interesar al lector. Salvo algunos aspectos estructurales ya mencionados (y que se pueden trabajar mejor en futuras incursiones), hay que leer la novela de Cisneros por sus buenos diálogos y su concepción propia del humor, muy natural y nunca forzada.

Renato Cisneros. Nunca confíes en mí. Lima, Alfaguara, 2010, 184 pp.



Laurel & Machete
Monday March 22nd 2010, 2:22 am
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Yrigoyen

Mitos del fútbol. ¿Cuándo se jodió Uruguay?

 

Por: José Carlos Yrigoyen

 

El prestigio pasado siempre descansa en frases hechas. Las seguimos repitiendo muchas veces y en los momentos precisos para convencernos subconscientemente a nosotros mismos de una verdad que alguna vez abrazamos sin dudarlo. Y aunque el tiempo haya dado evidencias contundentes de que esa certeza ya es caduca y equivocada, apelamos a los sofismas y a lo meramente simbólico para seguir sosteniendo nuestros referentes a esta altura bien oxidados. Algo así pasa con esa añeja idea, más o menos general, de que Uruguay es todavía una selección de fútbol importante. Que puede llegar en este Mundial a instancias respetables; que la historia, que la garra celeste, que las dos Copas del Mundo (la última, no está de más recordarlo, cumple en junio sesenta años de ganada), que el cumplido solo si somos campeones proferido por el Negro Varela antes de la final del Maracaná, que Francescoli, que Rubén Paz, que el rubio Forlán haciéndole tres goles a Perú aquella noche del 6-0 –otro más para la blanquirroja- y demás imágenes como contraejemplos. Pero Uruguay vivió de sus ahorros durante varias décadas y hoy de lo que tuvo no quedan sino monedas; de ser el indiscutido tercer equipo de Sudamérica, detrás de Brasil y Argentina, hoy sufre por alcanzar la media tabla. Y muchas veces ni eso.

¿Cuándo comenzó esta crisis del fútbol oriental, cuando Uruguay dejó de serlo? Yo lanzo una fecha más o menos exacta: el año 1977, durante las eliminatorias para el Mundial de Argentina que se celebró el año siguiente. Hasta esa fecha el equipo celeste era de verdad un grande: sus divisas de gloria mundialista, olímpica y en campeonatos de clubes era verdaderamente incuestionable. Había dupleteado como campeón del mundo, tenía en sus vitrinas el oro olímpico y en la Libertadores solían levantar el trofeo con una asiduidad francamente brasileña. Es cierto que tuvieron tropiezos aislados: no pudieron asistir a la Copa del Mundo de Suecia, en 1958, al caer eliminados por Paraguay. En ese entonces las eliminatorias eran para machos: un partido de ida y otro de vuelta, sin esas veleidades antojadizas del gol de visitante ni nada que se le parezca. En Asunción los paraguas sorprendieron a un viejo equipo charrúa (compuesto por algunos héroes del Maracanazo) y lo golearon por 5-0. Los uruguayos vencieron 2-0 en la vuelta, pero les fue insuficiente y debieron resignarse a escuchar las finales de la Copa por radio. Pero en la historia del balompié nacional ese episodio había significado apenas un lunar maligno, pues regresaron a los cuatro siguientes mundiales, e incluso en uno de ellos, México 70, alcanzaron el cuarto puesto. El prestigio estaba intacto. Uruguay era una potencia regional y mundial y podía ganarle a cualquiera en su histórico Centenario, su fortín, donde tantas eliminatorias y Copas Américas se habían decidido a favor del local. Sin embargo, la decadencia futbolística del país ya se había insinuado tímidamente en 1973, durante los partidos eliminatorios para el Mundial de Alemania Federal. Colombia le ganó por primera vez en Montevideo con un gol del maestro Willington Ortiz y los charrúas apenas si clasificaron al Mundial por la diferencia de goles. Los dirigentes orientales no hicieron las correcciones necesarias y la selección comenzó poco a poco a pagar las consecuencias de su descuido.

Un par de meses antes del sorteo para los grupos de la Conmebol, Uruguay recibió a la Argentina de Menotti –Luque, Kempes, Passarella- en el Centenario para disputar un viejo torneo, la Copa Mar del Plata. El 3-0 demoledor inferido por los gauchos encendió todas las alarmas en Montevideo: la selección jugaba horrible, peor que nunca: a los jugadores seleccionados les pesaba la camiseta como si esta estuviera fabricada en mármol. Si no se podía ganar con fútbol, al menos se podía recurrir a la garra tradicional. Pero al parecer, ni siquiera eso había. La Asociación Uruguaya de Fútbol nombró entrenador de la selección a una vieja y aparentemente segura carta: Juan Eduardo Hohberg, cuarto lugar en las Copas del Mundo como jugador (Suiza 1954) y como técnico (México 70), además de campeón del fútbol peruano con el, por esa época, respetado Universitario de Deportes en 1974 y con el inolvidable Alianza Lima de los años 77-78. Lo primero que hizo Hohberg fue llamar a la base de futbolistas uruguayos en el extranjero, donde destacaba Darío Pereyra, enorme back que comenzaba a brillar en el Sao Paulo. Los elegidos por la liga local no eran nada desdeñables tampoco: ahí figuraba Fernando Morena, uno de los mejores delanteros uruguayos de los últimos cincuenta años, y que ya tenía un Mundial en su haber. Solo quedaba esperar cuales serían los dos países con los que Uruguay debía eliminarse. La suerte decidió que fueran Bolivia y Venezuela.

Los comentarios en la prensa deportiva del día siguiente al sorteo lo dicen todo. Los uruguayos ya se sentían adentro. Nunca habían obtenido de Venezuela nada que no fueran holgados triunfos, y si algo recordaban del equipo de Bolivia era que lo habían humillado incontables veces con goleadas escandalosas: la más famosa fue ese 8-0 en el Mundial de Brasil 50. Las agencias de turismo comenzaron a vender paquetes de viaje para Buenos Aires en junio del año próximo, y varios ya sacaban cuentas del negocio que iba a ser jugar un Mundial en un país con el que tenían –en todo aspecto- tan porosas fronteras. Hohberg declaraba haber compuesto un equipo sólido, donde destacaban varias figuras y jóvenes promesas, entre ellas el bigotudo arquero Rodolfo Rodríguez, aquel héroe del Mundialito del 81. El primer partido se jugaría en Venezuela, un grupo de muchachos empeñosos que habían jugado un solo encuentro de preparación contra las Antillas Holandesas y sufrieron como locos para ganar 2-1. Los muchachos estaban tan confundidos que lo más probable era que, cuando salieran a la cancha, preguntarían por el mejor pitcher de Uruguay para no perderlo de vista.

Uruguay comenzó ganando aquella tarde del dos de febrero de 1977 en el estadio Brígido Iriarte de Caracas. A los cinco minutos Washington Olivera rompió la defensa venezolana, frágil e ingenua, y puso el que parecía el primero de muchos tantos. Pero los llaneros resistieron diez, veinte, cuarenta, ochenta minutos con el marcador en contra, y faltando siete para acabar las acciones, un ignoto delantero llamado Vicente Flores le daba la paridad a la vinotinto. Faltando segundos para que el réferi Velásquez, de Colombia, tocara el pitido final, el mediocampista llanero Iriarte pateó un balón que fue a dar a la base del arco de Rodríguez. Hubiera sido la primera victoria venezolana sobre Uruguay. Pero todavía faltaban algunas décadas para eso.

Como sea, el resultado le cayó como una patada a la afición montevideana. Empatar con un equipo cuya mayor virtud futbolística se reducía a la buena voluntad era sencillamente intolerable. Si ahora con esta eliminatoria el empate contra un equipo débil es considerado como una piedra en el camino, en una eliminatoria breve de cuatro partidos es poco menos que una tragedia nacional. La misión era recuperar los puntos perdidos en el siguiente partido, que se jugaría en La Paz contra Bolivia. Los celestes nunca habían logrado ganar ahí, pero Hohberg calculaba que si se conseguía un empate podía encaminarse la eliminatoria en Montevideo, donde las estadísticas lo favorecían de manera abrumadora. Bolivia, entrenada por el joven Wilfredo Camacho, había logrado reunir a un grupo interesante de jugadores, entre los que brillaba el atacante Carlos Aragonés, ídolo del Bolívar, el incisivo Miguel Aguilar y el volante Ovidio Meza, un pequeño jugador que ponía las pelotas como con la mano. Esa Bolivia tenía gol, lo cual no es lo más común. Pero los uruguayos confiaban en su estirpe y no se fijaron en aquel detalle. El resultado del partido, 1-0 para Bolivia, situaba a los altiplánicos en el primer lugar del grupo. La excusa de la altura esta vez no sirvió para maquillar la derrota: los mismos cronistas uruguayos que llegaron esa tarde a La Paz para cubrir el encuentro reconocieron que en el minuto ochenta del partido los uruguayos corrían más rápido que los locales, pero su febril carrera se estrellaba sin variaciones contra los defensas de verde que sitiaban el arco de Conrado Jiménez. Dos partidos, cero victorias. Un punto de cuatro. Si Bolivia ganaba los siguientes dos encuentros consecutivos contra los venezolanos, chau Mundial. Algunos hacían cálculos: si esos venezolanos habían empatado con Uruguay, alguna resistencia le darían a los boliches.

No hubo tal resistencia, en realidad. Bolivia, con goles de Aragonés, Aguilar y Meza, venció en casa y de visita a los venezolanos por 2-0 y 3-1, respectivamente. La hazaña estaba ya realizada: le habían usurpado a su torturador futbolístico habitual el primer lugar en el grupo mundialista y de este modo sacaban un boleto para el mundialito de Cali donde se definirían los dos puestos para el Mundial de Argentina. El desconcierto uruguayo era total: los habían humillado, cubierto de vergüenza, escarnecido: lo de la eliminación contra Paraguay tenía sus atenuantes, pero que Bolivia y Venezuela borraran a la celeste del mapa faltando media eliminatoria por jugarse era un escenario que solo cabía en la mente de un perverso. Pero si los uruguayos se sentían ridiculizados por su temprano adiós al Mundial, faltaba todavía el tiro de gracia. Cuando recibieron en el Centenario a los bolivianos, las graderías estaban casi desiertas, y los pocos asistentes fueron más a pasar el rato que a apoyar al equipo. Las cosas comenzaron a pintar mal cuando a la mitad del primer tiempo Miguel Aguilar ponía a Bolivia arriba en el marcador gracias a una jugada individual que los defensas locales no supieron conjurar. Algo de ese viejo fervor tan mentado invadió por un instante a los celestes y a los segundos Darío Pereyra haría el empate, y apenas comenzado el segundo tiempo, daría el momentáneo triunfo a los suyos. Momentáneo; pues a los sesenta minutos Aguilar decretaría el empate definitivo a dos tantos en el estadio nacional uruguayo, el primero de la larga historia del fútbol boliviano. La debacle estaba consumada. Uruguay vencería en el último partido de la serie por 2-0 a Venezuela, pero no hubo nadie en las tribunas que gritara los goles que Laddy Nittder Pizzani hizo aquella tarde. Los bolivianos, por su parte, cayeron en Cali ante Brasil y Perú por 8-0 y 5-0; luego definieron el último puesto para el Mundial con Hungría, que les encajó un 6-0 en Budapest y un 2-3 en La Paz. Quizá los charrúas deberían agradecer al equipo boliviano que, eliminándolos, los privara de más vergüenzas. La desazón por la eliminación fue muy fuerte en el hincha uruguayo. No se negaba a aceptar la realidad. Incluso corrió un rumor de que si alguno de los países clasificados al Mundial renunciaba a jugarlo, se le daría su lugar a Uruguay por los beneficios económicos. Pero, como es natural, ningún país clasificado se negó a ceder su privilegio.    

Luego de caer en este hoyo negro, la selección uruguaya nunca más fue lo mismo. Su presencia en los mundiales, casi perfecta hasta ese entonces, se fue haciendo cada vez más intermitente: una Copa de cada dos, a veces de cada tres. Sin duda ha aportado luego grandísimos jugadores, como Rubén Paz, Enzo Francescoli, Forlán o Sosa, pero como selección y como liga nacional se ha devaluado constante y ostensiblemente: basta mirar las cifras para corroborarlo. Por todo eso yo no le doy muchas chances a este equipo uruguayo, que aparte de Forlán es más de lo mismo, en el próximo Mundial. Si el mejor partido de tu selección en la última década fue un 3-3 contra Senegal luego de ir cayendo 3-0, está claro que no vas a la cita de Sudáfrica con muchos argumentos.



Una noche inconclusa con Blanca Varela
Thursday March 18th 2010, 11:43 pm
Filed under: Debate,Homenaje,Publicaciones

blancavarela copia

Por: Rómulo Torre Toro

Abancay era un infierno el último viernes. Como casi todos los viernes, aunque me pareció que éste muy particularmente. Era un infierno que fue asumido no bajo los mecanismos acostumbrados (una mala vida, un juez inapelable, un castigo eterno), sino por propia voluntad, por el inapreciable derecho a decidir. Entonces corrijo: Abancay era el infierno que yo quise. Y lo quise porque prometía, también contra la costumbre, la aproximación a la vida y a la obra de una poeta muy estimada, muy querida. Preciso: algo similar a lo que sucedía con los cruzados al ingresar a Jerusalén. De este modo tenemos la figura muy clara: llegar al homenaje a Blanca Varela, realizada en la Casa de la Literatura, el último viernes 12 de marzo, fue un sacrificio por la fe. Sacrificios que, por cierto, habitualmente realizamos.

Luego de caminar algunas cuadras para llegar, finalmente, a la vieja Estación de Desamparados, encontré ciertas caras conocidas. Una me llamó la atención. Un rostro femenino que participaba en el homenaje. Era, lógicamente, el de Blanca Varela. Como dije, llegué tarde para la primera mesa, pero alcancé a ver el cortometraje en el que participa la poeta. De todos modos, supe que habían estado Jesús Zavala y Benjamín Sandoval, amigos de San Marcos, junto a otros dos ponentes, disertando sobre algunos tópicos de la poesía de Varela. La cantidad de personas en la proyección de Esta pared no es medianera, me sorprendió: muy raras veces había visto a más de diez en el auditorio de la Casa de la Literatura. Raras veces, lo que realmente quiere decir nunca. Así que el cortometraje fue, digamos, un éxito. Uno bien merecido.

A continuación vino una mesa bastante irregular. Explico: una mesa en la que las diferencias entre los ponentes no pudieron ser más evidentes. Por un lado, estuvo Alberto Valdivia; y por el otro, Óscar Limache. El primero demostró una seriedad y una rigurosidad incuestionables. Su intervención, por lo menos, daba pie a la reflexión entre los asistentes. A grandes rasgos, mencionó que la poesía de Varela representa un ascenso en la conciencia del yo poético dentro de la realidad que se le presenta. Que este yo poético re-construye su realidad, la recompone. La segunda intervención fue, por el contrario, bastante pobre y carente de agudeza. Limache no dijo nada concreto acerca de nada. Hizo referencia a anécdotas conocidas, como el origen del título Ese puerto existe, explicó también qué sugería y qué interpretaciones podíamos darle. Luego leyó un par de poemas y continuó hablando sobre lo que significaban para sus alumnos secundarios. Algunos pueden creer que todo esto también es válido. Sin embargo, si lo que buscaba realizar el ponente Limache era un examen de las repercusiones en la vida cotidiana de una persona cualquiera, o un grupo de personas, que leen un poema de la autora homenajeada, falló. Pareció más una improvisación, un intento, tal vez desesperado, por cumplir con un compromiso.

Retomo en este punto lo que anoté más arriba. La fe nos mueve a sacrificios que de otro modo no realizaríamos. Nos impulsa a actuar de maneras que muchos considerarían inútil, digamos irracional. Pero lo hacemos porque esperamos de estos esfuerzos una recompensa plena, absoluta. Lamentablemente, el absoluto no existe. Y si existe, como la sospecha de Paz respecto al puerto de Varela, debe ser en la imaginación de los creyentes. Quizá por eso me molestó la segunda mesa a la que me acabo de referir. Entonces corrijo: todo puede ser válido, depende de cómo se entienda y cómo se vea.

Recapitulemos. Llegué tarde, alcancé a ver el cortometraje y escuché una mesa. Al terminar, se anunció un breve receso de diez minutos. Para mi buena suerte ya tenía a mi lado a una compañera. La soledad en un lugar lleno de personas puede verse como un síntoma de perturbación. Inmediatamente llegaron dos más. Los rumores aumentaban y la gran mayoría de los asistentes estiraba sus brazos y piernas y se ponía de pie mirando a todas partes. Entonces se anunció la siguiente mesa. En esos momentos algunos ya caminaban de un lado a otro tratando de establecer el contacto deseado con el ponente favorito o el conocido bien relacionado. Espero de todo corazón que lo hayan logrado.

Minutos más tarde se anunció el fin del intermedio. Un Camilo Fernández Cózman sonriente, cordial, hizo su aparición. Después de escuchar durante diez minutos su hoja de vida, empezó con la lectura del estudioEstructuras figurativas en la poesía de Blanca Varela“. Era la intervención más ambiciosa de todas. Fernández Cózman ensayó una periodización de la obra poética de Varela en tres períodos, lo que me hizo recordar un poco a la lógica dialéctica de tesis, antítesis y síntesis. Pero eso no viene al caso. Lo que sí importa es lo que dijo el ponente. A continuación, hizo un análisis de las figuras en dos poemas, “Fútbol” y “Canto villano”, y lo puso en relación a lo que llamamos comúnmente visión de mundo. Luego de un tiempo prudente, se quedó en silencio y entonces todos supimos que había terminado. Aplausos.

Entonces, entre los aplausos, yo me sumé al grupo de los que buscaban conversar con los participantes de las mesas. Busqué a Fernández Cózman y conversamos acerca de cosas que tampoco vienen al caso. Preciso: no pasó nada extraordinario, nada que en cualquier otro evento no pasa. Al terminar de hablar con el profesor sanmarquino, entré al auditorio, me senté y me di cuenta, absurdamente, de que no había realizado ciertos deberes impostergables para el día siguiente. Algo que puede ser para unos, urgente; y, para otros, tonto. Entonces ejerciendo el derecho de elección –y sintiéndome un poco como Limache– me encaminé a cumplir con mis otras (y tal vez tontas) responsabilidades.



Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura
Thursday March 18th 2010, 1:07 am
Filed under: Presentaciones,Publicaciones

vargas llosa manos

Por: Francisco Ángeles

La pantalla en medio de la pared blanca concentra todas las miradas, y en respuesta ofrece una imagen multiplicada, manchitas de colores que anuncian que a continuación llegará algo importante, algo que es necesario remarcar. Y luego las manchitas se van precisando y del corazón de las luces difuminadas emerge, grave, serio, elegante, un viejito con el pelo blanco y alisado que avanza hacia el centro de un escenario.

Ya va a empezar, dice alguien.

Todos cogemos una botella de cerveza y la llevamos a los labios. Siempre ha sido igual, siempre desde hace diez o tal vez quince años, desde esa época en que todavía estudiábamos literatura y todavía escribíamos y todavía pensábamos que alguna vez publicaríamos libros y tendríamos éxito y que la fama, el prestigio y el dinero nos alcanzarían como si así hubiese estado estampado en nuestros genes incluso antes de la concepción. Pero lo cierto es que nada de eso había llegado. Y ahora que los viejos proyectos estaban enterrados, olvidados sin resignación ni culpa ni dolor, ahora que el fracaso no solo era una realidad sino que no se sentía como tal, de esa época remota solo nos quedaban esas reuniones en casa de cualquiera de nosotros, una vez al año, el primer o segundo jueves de octubre. Año tras año, a partir de las diez de la noche, los siete u ocho de toda la vida llegábamos con botellas de vodka, quesos y cervezas, el anfitrión de turno encendía la pantalla con mucha ceremonia y, como si fuera un partido de fútbol, nos sentábamos a mirar la transmisión de la ceremonia de entrega del premio Nobel. En los inicios, lejanos como niebla lejanos como el sol, íbamos con un entusiasmo furioso, todos uniformados con una camiseta blanca que, en el centro del pecho, lucía el rostro inacabable el rostro triunfador del patriarca de las letras nacionales, sonriente, ganador, acaso un poco cachaciento. Pero además llevábamos gorritos en la cabeza, pitos en la boca, serpentina en los bolsillos y cuando el viejito de pelo blanco y alisado surgía en la pantalla, los siete u ocho de toda la vida, muy cojudos muy idiotas, nos poníamos a arengar a viva voz al que esa noche podría coronarse. Pero con los años esas reuniones devinieron en encuentros intercambiables en encuentros monótonos, reencuentros a la vez que despedidas transitorias, todas iguales, solo cambiaban nuestras caras más abajo o nuestro peso desparramado hacia los lados, y quizá también un desencanto mayor con las cosas, una molestia casi imperceptible, capaz de ocultarse en los pliegues de una oscuridad que no llegaba a ser amarga. Ya nadie lloraba ya nadie gemía ya nadie quedaba al borde de la desesperación como solía suceder diez años atrás cuando, en medio de una borrachera de rutina, el alcohol lo empujaba a atisbar por primera vez que acaso todo lo que imaginaba para su vida nunca llegaría a cumplirse.

Pero todo eso, como veníamos diciendo, ya había quedado atrás. Y ahí estábamos muy tranquilos, sentados en los sillones rojos de la sala, mirando la pantalla mientras se acercaba el momento que esperábamos, el único que nos interesaba, el momento en que el nombre del nuevo ganador de Literatura fuera pronunciado. Y siempre teníamos la esperanza de que por fin el nombre elegante y sonoro de Mario Vargas Llosa fuera el que surgiera nítido de la garganta escandinava del viejito de pelo blanco y alisado. Y entonces sería el momento de saltar y abrazarnos y de hacer barras tribuneras y después ya veríamos qué hacer. Como sea, eso nunca ocurría y nosotros repetíamos las conversaciones del año anterior, siempre iguales mientras el viejito pronunciaba sin gestos el nombre del ganador (pasaron Coetzee, Le Clezio, Naipaul y tantos otros que nunca habíamos leído o de los que llanamente nunca habíamos escuchado hablar) y, después de maldecir un rato, cada vez con menos ganas, cada vez con menos convicción, volvíamos otra vez a que en Estocolmo flameaba una bandera roja al compás de un viento que parecía tornado que parecía marea, o al puño violento estrellándose contra el cráneo imaginativo de García Márquez, o a la negativa de un treintañero Vargas Llosa a entregar a la revolución la plata que se llevó al bolsillo cuando le dieron el Rómulo Gallegos, anécdotas que todos conocíamos pero que siempre alguien volvía a contar, tal vez porque era lo único que nos quedaba de nuestro pasado en común y porque fuera de ello no teníamos nada más que decirnos.  

Y mientras estábamos en esas, el viejito de pelo blanco y alisado, el esmoquin impecable ajustado a su delgado cuerpo, se esmeraba en las palabras protocolares, y nosotros, detenidos en el tiempo y con el cansancio de la reiteración y de nuestros cuerpos que pasaban los treinta años, tomando cerveza y esperando una vez más la derrota, la derrota renovada y la promesa de volver a encontrarnos un año después, de volver a encontrarnos aunque en el fondo de nuestra alma en el fondo de nuestro corazón ya no nos interesaba si Vargas Llosa ganaba el premio o, más allá, ya no nos interesaba la literatura y tampoco nos interesábamos nosotros mismos, tanto tiempo había pasado. Pero necesitábamos, sí, algo a qué aferrarnos. Más precisamente, necesitábamos pensar que no nos habíamos equivocado al claudicar tanta vida tanta juventud dedicadas a llenar cartillas con alientos de ficción, sentir que de algo había servido, que seguíamos siendo hinchas del mayor escritor, del único, del sobrehumano, de ese tipo insano que escribía en los periódicos a los catorce, presentaba obras de teatro a los dieciséis, que a los treinta y dos, la misma edad que todos rondábamos, tenía no solo dos hijos y tres trabajos, sino tres novelas que en conjunto bordeaban las dos mil páginas, había ganado premios internacionales y tenía una obra muy superior a la de cualquier otro iluso que pretendiera sentarse ante el papel y hacer algo grande. Y que ya lo había hecho todo y clausurado la narrativa peruana por al menos unos doscientos años, y quienes a pesar de todo quisieran seguir intentándolo se verían obligados a imitarlo o a balbucear algo que pretendía vanamente demostrar que se podía hacer otra cosa, que era posible un post Vargas Llosa. Esperábamos, en fin, que el nombre de ese anormal, de ese enfermo, de esa conjunción de factores inusuales sonara como ganador, y entonces todas nuestras horas por ahora desperdiciadas, esas que de jóvenes habíamos pasado imitándolo, pensando inocentemente algún día ser como él, de alguna manera se verían reivindicadas, aunque ninguno de nosotros hubiera sido capaz de explicar la conexión entre uno y otro evento.

Me tinca que este año sí la hacemos, dice alguien.
Ojalá, compadre. Aunque todos los años dices lo mismo.
Y además sería un poco injusto, ¿no? Después de publicar esas últimas novelas, ya no sé si lo merece.
Ya discutimos eso el año pasado.
Ya discutimos todo el año pasado.
Y los anteriores.
Sí, está bien, pero no hay que perder de vista que Vargas Llosa sigue siendo igual de moderno. O sea, ni siquiera fuma el huevón. Diferencia con Ribeyro, que se quedó atrás en su literatura y en su imagen: en todas las fotos sale fumando. Parece anacrónico, antiguo, ya no va con los tiempos.
Puede ser, pero más moderno que los dos juntos es Fujimori. Aunque esté preso, ese es el más moderno…
No hables huevadas…
No son huevadas. El Chino tuvo impacto en la literatura de nuestra generación, aunque no haya escrito y seguramente tampoco leído un solo libro de literatura. ¿Dónde crees que quedó toda esa retórica antipolítica que usó en su campaña del 90, todo ese verso contra los partidos tradicionales? Todo eso caló, dejó huella…
Yo estoy contigo, dice otro. Salud…
Hablo en serio. El Chino llegó en el momento preciso para decir ya no hay ideología y, pendejo, lo transformó en esa huevada de los partidos tradicionales. Nadie quiso saber nunca más de política. Ni siquiera para escribir…
Chévere. Ahí se acabó el realismo y todos empezamos a escribir como Bellatin…
No, Bellatin todavía no escribía. En todo caso Bellatin empezó a escribir como Bellatin…
Esperen. A lo que yo iba es que cuando el Chino le gana las elecciones a Vargas Llosa se produce un cambio en todos los niveles, incluido el literario…
Puta madre, ahora vas a decir que fue una victoria metafórica, una victoria que en el fondo es literaria. ¿No estamos ya demasiado viejos para seguir buscando metáforas o símbolos por todos lados?
No sé si metafórica, pero lo cierto es que desde ahí ya nadie escribe realismo. Nadie que escriba en serio, al menos. Chau política, chau realismo. Ahí está la mano del Chino…
Yo lo veo como una cosa mundial, la caída del muro de Berlín un año antes. Y también eso de la Generación X, el descreimiento…
No, pues. ¿Quién sabía algo de la Generación X en el Perú en 1990? En cambio el Chino sí estaba, lo veíamos todo el tiempo. Debatió con Vargas Llosa y le quitó el Llosa y solo le decía candidato Mario Vargas para que suene a hijo de vecino. Conocía de estilística el huevón…
Y otra cosa es que el Chino implantó eso de que cualquiera puede ser presidente. Un chinito con su tractor, un NN, un nadie le puede ganar a Vargas Llosa, puede ser más importante que Vargas Llosa. Y de ahí todo se abrió, cualquiera puede ser ministro, congresista, alcalde. Susy Díaz, por ejemplo. Se supone que se democratizaba la huevada, igual que ahora con las editoriales independientes y los blogs. Cualquiera es crítico, cualquiera es escritor. Un visionario el Chino…
Ya, ya, mejor cállense… esto está por empezar…
No creo. Mejor me voy a comprar unos cigarros. ¿Quién me acompaña?

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El búho insomne
Monday March 15th 2010, 2:50 am
Filed under: Columnas

rosas final

Poetas falsos / poemas verdaderos

 

Por: José Rosas Ribeyro

 

Corrían los primeros años setenta del siglo pasado (¡qué viejo se siente uno cuando escribe “del siglo pasado”!) y en un suplemento dominical de la prensa limeña apareció un poema firmado por una poetisa ecuatoriana de la que nunca  había oído hablar. Mi amigo el poeta Elqui Burgos, la primera persona que conocí en el patio de letras de la ciudad universitaria de San Marcos, cree recordar que en verdad fueron dos poemas los que se publicaron de ella. Yo, en verdad, no me acuerdo bien de esos detalles y tengo dudas incluso de que el poema ése, que me gustó muchísimo, u otro más, hayan aparecido en algún suplemento. De lo que sí no me cabe duda es que “Otra vez Amarilis” fue incluido en una pequeña antología titulada Poemas del amor erótico que elaboraron Mirko Lauer y Abelardo Oquendo y publicaron en las ediciones Mosca Azul en 1972.

El poema en cuestión, el único que ha quedado grabado en mi memoria, lleva la firma de Márgara Sáenz, poetisa nacida en Guayaquil, Ecuador, al parecer en 1937, y fallecida a los 27 años. Debo decir que el texto me estremeció por su gran modernidad y su extremo desenfado. Sobre todo, además, porque llevaba la firma de una mujer y hasta ese momento yo, joven aprendiz de poeta, nunca había leído algo tan fuerte y crudo escrito por una representante del llamado -por error- “sexo débil”. Lo más osado que había leído eran, creo, los versos de Magda Portal que cita José Carlos Mariátegui en uno de sus Siete ensayos:

¡Ven, bésame!…
Qué importa que algo oscuro
Me esté royendo el alma
¿Con sus dientes?

Yo soy tuya y tú eres mío… ¡bésame!
No lloro hoy… Me ahoga la alegría,
Una extraña alegría
Que yo no sé de dónde viene.

Tú eres mío… ¿Tú eres mío?…
Una puerta de hielo
Hay entre tú y yo:
¡Tu pensamiento!

Eso que te golpea en el cerebro
Y cuyo martillar
Me escapa…

Ven, bésame… ¿Qué importa?…
Te llamó el corazón toda la noche,
Y ahora que estás tú, tu carne y tu alma,
¿Qué he de fijarme en lo que has hecho ayer?
¡Qué importa!

Ven, bésame… tus labios,
Tus ojos y tus manos…
Luego… nada…
¿Y tu alma? ¡Y tu alma! 

Debo decir, por un lado, que este poema de Magda Portal nunca me entusiasmó demasiado. Y, por otro, que cuando participé en largos días de caminata por los desiertos del sur del Perú, preparándome para las guerrillas que el ELN debía implantar tras la muerte del Che, escuché un diálogo, que me indignó muchísimo, entre nuestro instructor cubano, ex compañero de Guevara en Bolivia, y un eleno peruano. El motivo de la conversación y de la burla machista era, precisamente, este poema de Magda Portal. “Estaba caliente la poeta”, “necesitaba que le hicieran el favor”, “seguro que se la cogió el Amauta” y cosas así, decían entre carcajadas estos individuos que proclamaban la necesidad de crear un “hombre nuevo”. Ese mismo día empecé a pensar yo que mi preparación guerrillera, e incluso la idea misma de crear un foco guerrillero en el Perú, era una reverenda estupidez. Y no me equivoqué, pero ése es otro asunto.

Volvamos más bien a Márgara Sáenz y su extrema osadía poética. Me llamaba mucho la atención y me intrigaba en aquel entonces que de ella no se supiera nada, aparte del lugar y la fecha de nacimiento y el año de su muerte. Y como las sospechas de que había gato encerrado en este asunto eran compartidas con otros, empezaron muy pronto las especulaciones: ¿y si esta poeta no existiera?, ¿si fuera un invento de alguien?, pero… ¿de quien? A nadie se le ocurrió atribuirle el poema a Blanca Varela, la gran voz femenina de la poesía peruana, ni a Carmen Luz Bejarano, ni a ninguna otra de las muy pocas mujeres que en esa época escribían y publicaban poesía en el Perú. La intensidad del poema, su absoluta falta de lirismo y su lenguaje coloquial plenamente asumido nada tenían que ver con lo que ellas hacían. Las voces murmuradoras decidieron entonces que el secreto autor de “Otra vez Amarilis” debía ser Antonio Cisneros, y eso por razones estilísticas. Es verdad que algo hay en el texto de la supuesta ecuatoriana que lo vincula a ciertos poemas de Canto ceremonial contra un oso hormiguero y Como higuera en un campo de golf.

Pese a los rumores, que después incluirían en la autoría a Mirko Lauer y al propio Abelardo Oquendo (quien, que yo sepa, nunca ha publicado ni medio verso), la existencia de Márgara Sáenz fue considerada verdadera en Ecuador. Cuenta en algún lugar el profesor Miguel Ángel Huamán que unos cuantos ejemplares de Poemas del amor erótico llegaron a Guayaquil y que muy pronto algunas asociaciones “feministas” locales (o sea, las floras tristanes de allá) exigieron “la reivindicación histórica de la poeta injustamente postergada”. No sirvió de nada, dice el profesor Huamán, que desde el Perú se les comunicara la convicción de la inexistencia real de Márgara Sáenz, ya que para las enardecidas y enceguecidas  “feministas”, el sólo hecho de poner en duda la realidad de esa poeta era una demostración más del odio ancestral de los hombres hacia las mujeres. Nada pudo entonces la verdad ante la fuerza del mito en Ecuador, como nada podría tampoco la verdad en el Perú cuando, años después, algunas “feministas” locales se apoderaran de una compañera mía de San Marcos, que se suicidó dejando algunos apuntes con ciertas intenciones literarias, para transformarla en un paradigma de la “escritura femenina” y la abanderada de una causa feminista a la que ella nunca había adherido. (En Ecuador fue Márgara Sáenz, mujer y poeta inexistente y en el Perú, María Emilia Cornejo, mujer real y sufriente, poeta en ciernes, pero feminista inexistente.)

libro

Yo no sé si será verdad, pero el señor Huamán afirma que hoy en Guayaquil existe una plaza Márgara Sáenz en la que se puede apreciar un “hermoso monumento en mármol y acero” dedicado a la supuesta poeta autora de “Otra vez Amarilis”. Yo estuve en Ecuador hace como cuarenta años y visité Guayaquil, pero seguro que la plaza aún no existía. Hace como diez o más años volví a Ecuador a impartir un cursillo de periodismo cultural, pero sólo estuve en Quito, razón por lo cual nunca pude comprobar si la plaza en honor a la poeta inexistente existe de verdad o no.

Hace unos días en París le contaba a Elqui Burgos que iba a escribir una crónica sobre el impúdico poema “femenino” que tanto nos gustó en los setenta y él recordó que cuando vivía en México conversó con un académico ecuatoriano, profesor en Estados Unidos, el cual andaba como loco buscando información sobre Márgara Sáenz. Las dudas en cuanto a su existencia real que le comunicó mi amigo Elqui al parecer no hicieron mella en su fe y continuó en su afán, lo cual demuestra que un poeta falso puede seguir existiendo a pesar de su inexistencia siempre y cuando algún poema suyo sea verdadero. Y “Otra vez Amarilis” lo es pese a tratarse de una broma literaria.

Ahora, pues, ha llegado el momento de que todos los que me leen en esta crónica puedan descubrir el poema en cuestión, si es que hasta ahora no lo conocían:

El tiempo ha pasado y vuelves a mi memoria.
Tu auto trepando hacia la sierra, la Cream-Rica
¿recuerdas?, volteando a la derecha, todos esos moteles.
Entonces éramos nosotros; no tú, no yo. Me quiérote,
te gózame, me amándonos, decíamos.

¿A quién llevas ahora? contigo entre las piernas
¿quién pega de alaridos y triza los espejos
donde nos repetíamos bestiales y dulcísimos?
¿Qué otro vientre recibe tu miel mía, peruano? Di
qué frívola puta, qué sórdida hipócrita limeña,
qué casada cuidadosa del cornudo.

Hijo de perra, ¿lo haces? Pero allí no, nunca, con
nadie vuelvas a la habitación 35. Que se te
muera para siempre, que se te pudra si regresas.
Una vez dije allí no ¿recuerdas?, dije después
donde quieras. Tú me observabas igual que un
entomólogo, eras un médico lascivo examinando
a una muchacha muerta de amor: no hables, eres
una muñeca, un cuerpo sin voluntad, y me
tocabas probándome y fui un durazno de esos
que se abren con la mano.

Un durazno, dijiste a mis espaldas, a la luz de la tarde,
separando con suavidad mis carnes, descubriendo
lo que ni yo conozco, mi zona más oscura, la que
guarda esa caricia atroz, obscena y tuya que no
olvido.

Júralo: no has de volver a esa cama con nadie. Me has
negado tu cuerpo, el que gustaba mirar impúdico y
erecto viniendo a mí, el tuyo que era el mío.
Concédeme esto entonces: anda a otro sitio a hacer tus
porquerías.

O vuelve a la habitación 35. El tiempo ha pasado, ya
no hay sino recuerdos y Amarilis qué puede sino
juntar palabras. Ahora somos tú y yo, no existe más
nosotros. Uno y uno, dos solos: yo y esa mierda que
tú soy y yo añoras, desgraciado.
 

Tras la versión que atribuía este excelente poema a Antonio Cisneros parece haberse impuesto en el Perú otra que hace de Mirko Lauer el autor principal de esta “broma literaria”. Cisneros y Oquendo no habrían sino aportado “una manito”, unas “pinceladas finales”. Si es así, el primer poema femenino erótico, osado y sin inhibiciones, escrito en el Perú sería sobre todo obra de un hombre. Y qué hombre: Mirko Lauer, el mismo que cuando en la revista Estación reunida di a conocer un texto con referencias sexuales evidentes, publicó en un periódico una nota crítica mojigata en la que me invitaba prácticamente a consultar con un psiquiatra. Pero no seamos rencorosos: debo reconocer que si es verdad lo que ahora se dice, “Otra vez Amarilis” es el mejor poema escrito por Mirko Lauer a lo largo de su larga y múltiple carrera intelectual. En Ecuador, en cambio, quienes se rindieron finalmente a la evidencia de que Márgara Sáenz nunca había existido, no quisieron admitir empero que el autor secreto o la autora secreta no fuese de dicho país. El poeta Huilo Ruales expresó su convicción de que detrás de la falsa poetisa se escondía Jorge Enrique Adoum. Otro poeta, Leopoldo Tobar, afirmó que la autora no podía ser sino la poeta quiteña Lilia Lemos, y hubo incluso quienes sostuvieron que lo desfachatado del lenguaje demostraba que el autor era un homosexual que había preferido expresar su despecho erótico desde el anonimato del pseudónimo. Ya más tarde, según información que tengo de segunda mano, “Otra vez Amarilis” parece haber sido incluido en una celebrada Antología de la lírica amorosa publicada en España por las ediciones Vincens Vives, sin que se haya puesto ni siquiera en duda la autoría de la imaginaria Márgara Sáenz.  

max aub

¿Es acaso original esta “broma literaria” peruana? Tengo la impresión ahora de que en un primer momento me pareció que sí, pero que pronto no pude dejar de ponerla en relación con lo que había leído en la magnífica Antología traducida de Max Aub. En aquella época el escritor español/mexicano nacido en París en 1903 de padre alemán y madre francesa, contaba con nuestra admiración debido sobre todo a dos libros suyos: el que acabo de mencionar y Crímenes ejemplares, una obra maestra del humor negro. Aub fue un genio en materia de “bromas literarias”. Creó la biografía imaginaria del pintor Jusep Torres Campalans en la “novela” del mismo nombre. Inventó de A a Z la vida de este personaje, redactó notas críticas sobre su trabajo pictórico y, como si esto no fuera ya bastante, hasta pintó los cuadros que este artista inexistente tendría que haber pintado, cuadros que fueron exhibidos en una exposición en París y que la verdadera crítica acogió positivamente.

Además de Jusep Torres Campalans, la otra obra maestra de la falsificación literaria publicada por Max Aub es, pues, la Antología traducida, que mencionaba antes, editada por primera vez en México, en 1963, y luego, aumentada, en Barcelona, en 1972. En la “Nota preliminar” de esta singular recopilación poética escribió el autor: “no hay duda de que entre miles llamados (poetas) menores existen algunos que escribieron un poema, tal vez dos o tres, tan buenos como los mejores.” Y para demostrarlo, a lo largo de muchos años, Max Aub escribió algunos buenos poemas de decenas de “poetas menores”, de diversas épocas y diferentes nacionalidades y lenguas, que fue inventando, y los fue incluyendo en su Antología traducida, en la cual, finalmente, sólo se encuentra a un poeta realmente existente: él mismo. La edición que tengo de este libro es de 2004, publicada en España por la Colección Visor de Poesía. Se incluyen en ella a setenta poetas inventados, colocados en orden cronológico por fechas de nacimiento. El más antiguo es un anónimo egipcio de la época del faraón Amenofis IV y el más reciente un tal Michael McGuleen, poeta estadounidense nacido en San Francisco en 1941 y fallecido en Miconos, Grecia, en 1964. En cuatro ocasiones Max Aub asume un yo poético femenino al inventar a Hagesícora (poetisa espartana del siglo VII antes de Cristo), Asmida (cretense del siglo VI antes de Cristo), Azzobal (árabe, ¿902-980?) y Rosa Maaktara (egipcia, 1803-1842). Cuatro voces femeninas de las cuales por lo menos dos debieron inspirar al autor de “Otra vez Amarilis” al emprender su propia falsificación.

Según Max Aub, esto es lo que escribe Hagesícora y que él incluye en la antología:

 

¡Ay hombres miserables

cuyo sexo pende al exterior

como demostración

de que sólo a medias es vuestro,

como asa de un botijo

que nada tiene

que ver con su contenido!

 

¡Aprended, mozos, de nosotras,

todo interior, todo recato,

nuestras, adentro, del todo!

¡Oh seres intercambiables!

 

Este otro poema antologado es de Azzobal:

 

Me echáis en cara mis amantes jóvenes,

no comprendéis, oh ignorantes,

que sigo siendo fiel a Abén Crispín,

a aquél su espléndido vigor;

que cuando me posee un ágil árabe

es el mejor recuerdo que yo puedo

dedicar a su imperecedera gloria.

Los años sólo pasan para ti,

viejo antes de nacer, Abén Tofail.

Para concluir quiero precisar que sostengo que Mirko Lauer, Antonio Cisneros o quien haya sido el autor del poema atribuido a Márgara Sáenz, se inspiró de manera directa en estos poemas que Max Aub escribió desde un punto de vista femenino. Y que la idea misma de la “broma literaria” proviene de esta Antología traducida. La diferencia estriba en que el inmenso talento del señor Aub, conjugado con el espíritu lúdico con que solía abordar la literatura, lo llevó a inventar no a un poeta sino a decenas y una cuantiosa cantidad de versos. Sostengo también que la identidad sexual no es algo fijo e inmutable y que, por lo tanto, bien se puede en la literatura asumir una postura femenina siendo hombre y ser absolutamente verosímil. “Otra vez Amarilis” es un excelente poema femenino aunque haya sido escrito por un ser masculino y Márgara Sáenz existe como personaje femenino de ficción gracias, precisamente, a este poema.




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