Vagamente muchos peruanos
Tuesday April 27th 2010, 12:47 am
Filed under: Columnas

Neyra Final

Fuga dos Andes de José Pedriali (Y un breve avistamiento de la narrativa brasileña como entremés) [1]

 

Por: Alejandro Neyra

 

No es sencillo encontrar vasos comunicantes entre la literatura brasileña y la literatura latinoamericana. Aun cuando su evolución y desarrollo pueden resultar muy similares, probablemente las diversas circunstancias históricas que el Brasil experimentó y las diferencias en cuanto a lengua, mestizaje y procesos de independencia y consolidación del Estado, hacen que ambas regiones -considerando la vastedad del territorio brasileño– se hayan dado la espalda en muchos aspectos durante los últimos dos siglos. La literatura, lamentablemente, no ha sido la excepción, así que en esta breve nota buscaremos encontrar justamente aquellas excepciones mediante un breve avistamiento de la narrativa, y una curiosa y particular obra que encontramos gracias a una reciente visita al país de moda y de Lula.

(Empezaremos con una curiosidad. Siendo el portugués y el español lenguas latinas similares existe tendencia a encontrar parecidos entre ellas que nos puede hacer patinar rápidamente con algunos “falsos amigos”, que es como los profesores de lengua comparada conocen a estas aparentes y equívocas similitudes. Al momento de hacer una búsqueda del Perú en las letras brasileñas hay que ser cuidadosos para no encontrarse con relatos de animales y obras de zoología: Peru en portugués significa pavo).[2]

En el desarrollo de la literatura brasileña hay diversas etapas, según el crítico José Mauricio Gomes de Almeida. La primera, desde la formación del Imperio hasta la creación de la República, en el siglo XIX, está marcada por los relatos fundacionales románticos e idealistas, entre los que destaca Guaraní de José de Alencar (1857), que puede ser considerada quizás la primera novela brasileña. Posteriormente, entre 1870 y 1920, influenciada por el realismo portugués y francés, la narrativa brasileña encuentra nuevas fuentes y temas, y resalta principalmente el nombre de Machado de Assis, escritor prolífico a través de cuya obra puede hacerse una disección histórica del nuevo Brasil del siglo XX.

machado

Ya en los años veinte De Andrade, Oswald y Mario –el creador del anti-héroe “Macunaíma” (1928) –traen nuevos aires de una vanguardia especialmente activa en San Pablo, y al mismo tiempo surgen nuevos autores realistas que pueden ser considerados hasta cierto punto opuestos aun cuando se nutren del regionalismo y del costumbrismo como Graciliano Ramos, y cómo no, el famoso y sicalíptico Jorge Amado, quizás el más reconocido y universal autor brasileño –antes del inefable Paulo Coelho.[3]

Estos autores surgen con la consolidación de la república brasileña en los años del “getulismo”.[4] A partir de los años cincuenta el realismo social y el regionalismo se sustituyen progresivamente por una visión más filosófica –y en cierto modo más universal– de la propia nacionalidad, y es cuando surgen otros grandes escritores como Adonias Filho y, principalmente, Guimaraes Rosa y Clarice Lispector, que consolidan y marcan la segunda mitad del siglo XX, cediendo espacio al surgimiento de nuevas generaciones entre las que destacan un narrador tardío y brillantísimo, quizás el más grande autor vivo en lengua portuguesa junto con los portugueses Saramago y Lobo Antunes: Rubem Fonseca.

En todo caso, en este proceso de construcción de una literatura brasileña se pueden notar algunas similitudes con la evolución de la novela latinoamericana, y como ha sucedido también con la narrativa castellana, la imaginación y la innovación –pero también, además, el gran movimiento editorial y productivo de la literatura portuguesa- se ha trasladado de Europa al continente americano. La literatura brasileña está más viva que nunca y se desarrolla saludablemente en uno de los países que se viene consolidando junto con la China y la India como una de las nuevas grandes potencias mundiales.

Fuga dos Andes y la mujer peruana de ficción

En medio de este recorrido resulta extraño encontrarse con novelas de autores brasileños que transcurran en lugares distintos de Brasil. No es extraño. Se trata de un fenómeno casi normal en la literatura, y por eso esta columna tiene claramente una dificultad intrínseca, que con suerte buscamos superar. En medio de diversas conversaciones y búsquedas en librerías cariocas, no pensamos jamás encontrarnos con una novela como La guerra del fin del mundo, por la cual muchos de nosotros conocemos parte de la historia del vecino oriental. Y, sin embargo, con esa suerte a la que antes aludíamos, al final nos encontramos con una novela brasileña que transcurre íntegramente en el Perú. No solo eso, el autor ha tenido la suerte de contactar al escritor, quien gentilmente accedió a contarnos algo del proceso creador de Fuga dos Andes. Nuestro agradecimiento a José Pedriali por eso.

Fuga dos Andes es una novela de acción, dicho esto como un elogio antes que como un intento de clasificación. Se trata de un libro en que la peripecia es también pretexto para acercar al autor a un mundo mágico y extraño: el Perú en 1983, en medio de la crisis económica y del terrorismo, en la época situada alrededor de los crímenes de Uchuraccay, a cuyas víctimas está además dedicado el libro. La historia trata acerca de un periodista brasileño que viene de vacaciones al Perú y se queda como reportero de nuestra guerra interna, por orden de su diario y de su propio corazón, pues el hombre conoce a una peruana misteriosa que resulta siendo una guerrillera arrepentida con quien se verá envuelto en diversos enredos y en una persecución por el sur peruano, en medio de dos fuegos, el de la Policía y el de Sendero Luminoso.

fuga_dos_andes-capa

José Pedriali, además de escritor, es periodista, y según él mismo confiesa, vino al Perú muchas veces en los años ochenta como corresponsal de O Estado de Sao Paulo. Esto queda claro en la narración, llena de referencias a lugares, circunstancias y hasta melodías –como “José Antonio” de Chabuca Granda o la guitarra de Raúl García Zárate– y comidas típicas peruanas -el narrador está obsesionado por el cebiche, pero cede a cualquier aventura culinaria (publicidad gratuita que Pedriali hace a la cocina de nuestro país). El ritmo casi cinematográfico de la novela se interrumpe a veces abruptamente por notas a pie y explicaciones que para un peruano resultan sobre-explicativas, pero que dejan ver el origen periodístico del autor y seguramente sirven de guía a lectores menos familiarizados con nuestro país, y que incluyen, también, algunas interesantes anotaciones sobre procesos que marcaron nuestro país y que sirven para tratar de explicar el origen del terrorismo; como, por ejemplo, la reforma agraria de Velasco y la vuelta a la democracia. Al mismo tiempo, existe una parte del relato que tiene que ver con la visión y cosmovisión andina, en la cual se reconocen también lecturas de Scorza y Arguedas que el propio Pedriali asume, y que constituyen probablemente los aspectos mejor logrados del relato.

La novela, que cuenta con mapas y gráficos que permiten seguir la “fuga” de los protagonistas (que pueden encontrarse en el blog de la novela: http://fugadosandes.blogspot.com/)  a través de un territorio agreste en el cual no sabemos reconocer a buenos y malos, obsesionados todos por la muerte del prójimo, muchas veces sin importar razones, nos aproxima a la época más absurda y cruel de nuestra historia. La experiencia de Pedriali en el Perú se complementa con el informe de la Comisión de la Verdad, al cual el autor hace referencia no solo en algunas notas sino también en el último capítulo de la novela, cuando vuelve al Perú para rendir homenaje a Beatriz, el amor perdido, la guerrillera arrepentida que muere en el camino a Brasil –la real fuga– en medio de la floresta habitada por los machiguengas, en que el autor además evoca al personaje de El hablador de Mario Vargas Llosa, uno de tantos guiños a nuestra literatura.

Fuga dos Andes es una novela trepidante y emotiva, en la que se descubre un enorme cariño por ese país tristemente trágico que hoy a veces no recordamos: el Perú de hace poco más de veinticinco años, lleno de contradicciones y muertes insensatas como las de Uchuraccay y todas las demasiadas otras desapariciones que llenan las cuatrocientas páginas de Fuga. Un país en el que como (casi) siempre, y hasta hoy, las mujeres resultan las protagonistas principales. Beatriz, la protagonista de la obra, le dice al periodista brasileño, casi al conocerlo en medio del Convento de Santa Catalina en Arequipa: “Es apenas una advertencia. Usted es extranjero y nosotros, las peruanas, solemos ser fatales para los extranjeros”.

Beatriz es en realidad María Alejandra Peña Figueroa y también la camarada Rosa. Joven ayacuchana de ojos esmeralda, nariz pequeña y afilada, cuello largo y delicado, rostro ligeramente moreno, formas armoniosas, pelo lacio “a lo chanel”. Luego de leer la novela, uno queda enamorado también de la mujer idealista y hermosa –quizás exageradamente silenciosa tratándose de una peruana- que resulta a la vez inaccesible y confusa, sufrida alma de varias personalidades que conquista al periodista brasileño (y que en cierto modo existió como nos confesó el propio autor). Bien vista, la novela es un homenaje a la mujer peruana, protagonista de Fuga dos Andes y de nuestra propia historia. Como para que no queden dudas de que las peruanas de ficción son también -como las peruanas de carne y hueso- complicadas y previsiblemente encantadoras. Felizmente.


[1] Esta nota fue escrita gracias a que el autor fue invitado a participar en el VIII Curso para Diplomáticos Sudamericanos organizado por la Fundación Alexandre de Gusmão –dirigido por el Embajador Jeronimo Moscardo- y el Instituto de Investigaciones en Relaciones Internacionales del Ministerio de Relaciones Exteriores brasileño -dirigido por el Embajador Carlos Henrique Cardim. Parte importante y valiosísima del curso fue un acercamiento a la cultura y a la literatura brasileña, por lo que se ha tomado como referencia las notables exposiciones del poeta Affonso Romano de Sant’Anna y del profesor José Mauricio Gomes de Almeida. El autor desea expresar su gran agradecimiento a los Embajadores Moscardo y Cardim en nombre de sus respectivas instituciones por esta posibilidad extremadamente aleccionadora.

[2] Animal que de por sí tiene origen curioso, pues en francés es dinde –literalmente d’Inde o de la India– mientras que en inglés es turkey –de Turquía– igual que en otras lenguas germánicas a excepción de algunas en que se denomina kalkoen o de manera similar –aparentemente un antiguo gentilicio de Calcuta. En turco y árabe el pavo es hindi –nuevamente de India. Pobre pavo que es confuso hasta en su origen.

[3] Sin duda el escritor brasileño más famoso y miembro de la Academia Brasileña de Letras, aun cuando queda claro que sigue siendo resistido por la intelectualidad brasileña como pudimos comprobarlo en diversas conversaciones en torno a la literatura brasileña que sostuvimos en Brasil.

[4] Como se conoce al período de casi veinte años en que el Brasil se consolidó como Estado bajo la figura de un hombre querido y controvertido, “el Padre de los Pobres”, el dictador Getulio Vargas, quien se terminaría suicidando en 1954 (a propósito de lo cual Rubem Fonseca escribió la extraordinaria novela Agosto).



Respuesta de César Ángeles a José Rosas Ribeyro
Sunday April 25th 2010, 10:50 pm
Filed under: Publicaciones

Tras dar a conocer su respuesta al post “Miscelánea tropical”, que nuestro columnista José Rosas Ribeyro publicara en esta bitácora, César Ángeles se ha puesto en contacto con nosotros para expresar su punto de vista.

Aquí para ver su respuesta.



Las chicas bonitas cavan tumbas
Friday April 23rd 2010, 12:05 am
Filed under: Columnas

Alicia Robeson Final

A Caperucita se la comerá el lobo junto con su abuela

 

Por: Alicia Robeson

 

Divagaciones en torno a Paul Auster y Vila-Matas en la FIL de París.

Fue durante una conversación con Paul Auster que me di cuenta que no entendía el inglés.

En el transcurso de una sesión de dedicatorias, llegado mi turno, le lancé la frase que laboriosamente había preparado durante la espera: Sorry, you’ve got to be tired after signing so many books. Paul Auster sonrió y me contestó algo, algo que no supe si fue divertido, interesante, o emocionante.

Sin saber qué responder, sólo sonreí, “just in case”, y creo que nos despedimos como buenos amigos.

Si me hubiese aplicado más en mis lecciones de inglés, si la suspensión momentánea de mis facultades –causada por una timidez enfermiza– no me hubiese arrebatado el significado de sus palabras, esta crónica hubiese contado otra historia. La historia de un diálogo fascinante entre Paul y yo.

Lamentablemente para ustedes me veré obligada a improvisar otra historia, a reanudar retazos que flotan en un aire de sentimientos encontrados. Me gusta cuando dos sentimientos se encuentran, discuten y se enojan y luego se acarician y se perdonan –aunque no del todo– para que siempre exista la posibilidad de una nueva pelea.

Esta otra historia bien podría llevar el desesperado título de: 

“Díganme que la ficción no ha muerto”

Pero no, no cambiaré el título cuando comienzo apenas este relato. Seré convencional y me quedaré con el título que les presenté al principio, aunque yo prefiera el segundo.

Todo comenzó cuando K. y yo, como buenas fanáticas de Paul Auster, nos dirigimos a la Feria del Libro de París. Nos habíamos hecho un montón de ilusiones, imaginado los posibles escenarios. Así, estos eran:

Paul Auster invitándonos un café.

Paul Auster ofreciéndonos co-escribir un libro.

¡Paul Auster incluyéndonos como personajes de su próxima novela!

 

Al llegar a la Feria, la cruda realidad nos deparaba otro camino.

Se trataba de un amplio espacio infernal en cuya antesala desfilaban promotores de sitios web –mesiánicos en su mayoría– que prometían con tentadores eslóganes: “Vuélvase escritor”, “Publique su libro a costa de sus propios lectores”, “Encuentre su estilo en tres cómodas cuotas”.

Una bienvenida, entonces, que resultó bastante agresiva. K. y yo guardamos todavía una cándida visión de la literatura que ni siquiera siete años de estudios universitarios y un desagradable profesor de teoría literaria han logrado corromper.    

Todavía nos quedaba media hora antes de la intervención de Emmanuel Carrère (autor de una excelente biografía de Philip K. Dick), Paul Auster y Enrique Vila-Matas, llamada “Escritores en tierra desconocida”.

Por los pasillos se desplazaba un magma ruidoso de gente y, de vez en cuando, apresuradas cámaras de televisión y flashes fotográficos se amontonaban alrededor de alguna extraña criatura del MUNDO LITERARIO.

Al acercarse la hora de la conferencia, una multitud de jóvenes intelectuales se aglutinaron al lado del escenario. Vestidos como estrellas de rock, estilo Morrissey, todos usaban gafas de marco grueso (a lo Woody Allen, en el peor de los casos), y algunos sostenían entre sus labios alguna pipa sin tabaco, como si Sartre volviera de moda.

Aparece Auster con un desplante de gurú californiano y el público revienta en aplausos. Lo sigue Vila-Matas, algo más inconspicuo. Y por último, Carrère, el escritor local, que, por tal condición, es el hombre invisible.

PA

Comienza la conferencia y una periodista lanza una pregunta algo lapidaria que gatilla la discusión sobre el futuro de la ficción.

Auster es el primero en responder, en perfecto francés (para mi alivio). Relataba que, en sus comienzos, un crítico literario lo había acusado de no creer en los valores tradicionales de la ficción, afirmación que, por lo demás, él consideró como un cumplido.  

Y efectivamente, no se puede esperar menos de un pupilo de Joyce. Auster continuó, explicando que en su última novela, Invisible, se afana en el juego de borrar o de desfigurar los límites entre la realidad y la ficción. El resultado es esta sensación de incertidumbre frente a lo que consideramos como la “realidad”. Auster recordó, refiriéndose a sus compañeros de debate (la traducción es mía): “Somos todos muchachos de post guerra y tenemos, a pesar de ser escritores completamente diferentes, lazos comunes: el gusto por lo ambiguo, una cierta incertidumbre constante frente a la realidad”. Es esta incertidumbre la que produce un tipo de ficción que pone en duda la veracidad de lo que entendemos por realidad, esta nueva realidad, lejana a la del siglo XIX, aquella que tal vez Flaubert, Balzac o Dickens se afanaron en describir.

Vila-Matas continúa con esta idea, afirmando que no sólo la nueva realidad es ambigua, sino que también lo es la personalidad, la identidad. Esta idea se confirma en su último libro Dublinesca, en donde la figura del protagonista se compone de diferentes personalidades, algo así como lo que sucede en la película I’m not there, en la que el personaje de Bob Dylan es interpretado por diversos actores.

En algún momento la periodista se animó a recalcar, a modo de anécdota, que los dos amigos escritores también formaban parte del entretejido antojadizo de la ficción, ya que, tanto Auster como Vila-Matas son personajes perdidos en la ficción del otro. Auster nos dice que Vila-Matas aparece efectivamente en su última novela, a modo de homenaje subterráneo. Y asimismo, Auster es un personaje recurrente de las novelas de Vila-Matas. Vaya jueguito.

Pero algo que llamó mi atención fue el hecho de que, tanto Carrère como Auster, confesaran que con el tiempo ya no leían ficción, sino más bien libros históricos.

“Cada vez leo menos ficción y me he transformado en esos viejos que ya no leían ficción sino biografías y libros de historia”, decía Auster, aquellos viejos que, como Emmanuel Carrère afirmó, detestaba también en su juventud.

Algo de aquella conversación me desencantó. Algo me dejó con un gustillo a traición.

Comprendo perfectamente las posibilidades lúdicas de la “meta” literatura. Siempre es emocionante que el protagonista del libro que leemos esté escribiendo el mismo libro que finalmente se encuentra en nuestras manos. Siempre es conmovedor que el cuento que habla sobre premios de cuentos haya ganado realmente un premio de cuento. Es tremendamente excitante que los mismos escritores se transformen en personajes o, mejor aún, en personajes de los libros que escriben otros personajes.

¿Pero, acaso no es el gusto por la ficción el motor de toda lectura?

Con demasiada frecuencia me preguntan por qué estudié literatura. Yo les respondo que tal vez estaba inscrito en mis genes. Já. Y eso, creo, les parece una respuesta más que satisfactoria. Pero nunca he sabido dar una respuesta tan convincente cuando me preguntan por qué leo ficción. Comprenden moderadamente mi afición por la poesía, y lo consideran  una buena alternativa al valium, al sicoanálisis o a la religión. Pero, ¿ficción? ¿Para qué?

Estas mismas personas argumentan lo siguiente: “Cuando leo me gusta adquirir conocimiento, me gustan las novelas históricas y las biografías porque me enseñan algo sobre la vida real, me gusta Paulo Coelho porque me enseña a vivir”.

Me cuesta creerlo.

El máximo placer de la lectura, de toda lectura, por mucho que haya sido certificada por la realidad, es el sabor enviciador de la ficción. Esa deliciosa sensación que sentíamos de niños al escuchar una historia antes de dormir, aunque ya supiésemos que a Caperucita se la comerá el lobo junto con su abuela.

El que lee biografías para adquirir conocimiento sobre la “vida real” hubiese ahorrado mucho tiempo perdido en tediosas lecturas, consultando una buena cronología o una somera definición enciclopédica. 

No sé, algo de aquella conferencia me produjo sentimientos encontrados.

Tal vez necesitemos historias verdaderas. Tal vez sea absurdo, a estas alturas, cuando el mundo sufre de una sobredosis de virtualidad, tratar de inyectar nuevas dosis de lo mismo.

Tal vez escribir ficción consista en crear juegos que la trasciendan.

Y ahora pienso en la inutilidad y en la fragilidad de este pasatiempo llamado literatura. Díganme que la ficción no ha muerto –¡quisiera gritar!–, díganme que nunca morirá en manos de la realidad.

Seré sincera: no me gusta este final.  

Les contaré otro: Mi amiga K. y yo sí nos tomamos un café con Paul y tuvimos una grata conversación –por suerte, esta vez en francés–. Sin embargo, y por un capricho mío, esa historia nunca se las contaré.



“Me molesta que la gente pueda pensar que soy ligero” Entrevista a Renato Cisneros
Wednesday April 21st 2010, 11:59 am
Filed under: Entrevistas

renato cisneros cara

 

Por: Jack Martínez

Conversación con Renato Cisneros, autor de la primera novela peruana que pasó del soporte virtual al impreso: Nunca confíes en mí (Alfaguara, 2010). Una historia marcada por reencuentros, conflictos amorosos y peripecias cotidianas.

¿Cómo es que un post terminó por convertirse en la publicación impresa de tu primera novela?

Nunca confíes en mí ha experimentado muchos cambios. Se inició con un post. Dos meses después de ir contando la historia en mi bitácora me di cuenta que se podría convertir en algo más grande. Al escribirla sentía que me estaba zambullendo en una novela que desbordaba mis expectativas. Más tarde, cuando me propusieron trasladarla al papel, me ilusioné con darle dignidad editorial a esta historia. Cuando comprobé que la trama de la novela me había gustado y le había gustado a la gente, me embarqué en la tarea de pulirla y darle el vigor literario que al principio, en Internet, no tenía.

¿De qué manera asumiste ese reto?

Naturalmente, desconfié al principio. La historia no había nacido para ser impresa. Pero justamente por eso fue tan importante el proceso de edición final. En la web, Nunca confíes en mí era un mamotreto de 340 páginas, y para su versión última la novela ha sido reducida a la mitad; esto le otorgó la vitalidad, la dinámica y el ritmo que no tenía en Internet.

Además, con la edición de la novela, alcanzas también a otro tipo de público…

Claro, ahora la novela le puede llegar a un lector de librería, a un lector que se vincula más con los libros que con los blogs.

¿Consideras ventajoso el hecho de haber interactuado con tus lectores (a través de los comentarios en el blog) mientras ibas desarrollando la historia en Internet?

Yo creo que más bien se trata de una desventaja. Porque es cierto, por un lado vas comprobando que lo que escribes está enganchando o no, pero corres el riesgo de volverte dependiente del público, de lo que ellos te van pidiendo.

¿Y eso te sucedió en algún momento?

En principio, yo no reconozco una influencia de parte del público, pero quizá la hubo. El reclamar la absoluta independencia del texto respecto a los lectores puede ser engañoso. Y quizá por eso es que no me gustaría repetir la experiencia, y no lo digo porque crea que ésta haya sido mala, al contrario, resultó novedosa; sin embargo, preferiría que mi próxima novela siga el proceso tradicional. Quiero sentarme a escribirla, leerla, corregirla, entregársela a uno o dos amigos de confianza, publicarla y lanzarla a las librerías para ver si sobrevive o no en los estantes.

¿Y este cambio de perspectiva está relacionado con el cierre de tu blog en El Comercio?

Cerré el blog porque después de tres años sentí que la temática sentimental me estaba malacostumbrando a escribir alrededor de un solo tema. Por otro lado, quería seguir escribiendo, pero ahora en un espacio más mío, más independiente. Con esa finalidad abrí mi propia página Web.

 

LA NOVELA

Nunca confíes en mí… es en algún sentido autobiográfica ya que se empezó a escribir cuando decidiste contar historias de peripecias amorosas que conocías muy de cerca. ¿Esta característica se mantendrá en las novelas siguientes, o explorarás otras tendencias?

Sucede que uno escribe sobre los temas que le interesan. No me considero un autor capaz de incursionar en el realismo mágico, por ejemplo. Me gustan más las historias que tienen que ver conmigo o historias con las que me hubiera gustado tener que ver. Mis novelas van a moverse siempre en ese ámbito.

En ese sentido, ¿crees que esta cercanía con la historia real te puede ayudar a obtener un grado mayor de verosimilitud?

Eso es lo que más me interesa. Siempre trato de alentar una idea: el éxito no consta en las ventas que puedan lograr autores como Magaly Medina o Jaime Bayly; para mí el verdadero éxito ocurre cuando el lector se introduce en la historia y le cree totalmente al personaje. El éxito se logra cuando el lector cierra el libro y siente que ha estado realmente acompañado.

En la actualidad, esta tarea de introducir al lector en una historia se complica aún más si se trata de un público joven o adolescente. En esa línea, ¿sientes que has contribuido con la creación de nuevos lectores través del blog Busco novia?

Algunos comentaristas que me siguen desde el inicio del blog me cuentan que a partir de la publicación de la novela han pisado por primera vez una librería. Y me parece bacán que mi libro haya sido el pretexto para que ellos se acerquen a la literatura. Quién sabe, seguramente luego volverán en busca de nuevas historias, nuevas publicaciones. Nunca confíes en mí puede ser para algunos el lazarillo que, en la oscuridad, los acerque al mundo de la literatura.

Sin embargo esto se puede prestar a cierta crítica. La que señala que la calidad del autor está definida por la calidad de sus lectores…

Aquí se alimenta mucho el culto de las minorías; la idea de que la literatura que llega a un público amplio no es buena. Sin embargo, creo que esas críticas están muchas veces alentadas por un cierto recelo, el de no poder tener contacto con una editorial seria, o de no gozar de la buena onda de los libreros o los lectores.

¿Y cuál sería tu posición crítica frente a Nunca confíes en mí?

Como escritor, vivo permanente insatisfecho con lo que hago. Por ejemplo, cada vez que escribía una columna en el diario, la veía publicada al día siguiente y pensaba que podía haber dado más. Lo mismo sucede cuando escucho los programas en los que participo y siento que mi intervención pudo ser mejor. La novela no fue la excepción. Le he encontrado unos vicios de fraseo, o cojeras a la historia, cosas que pude haber pulido más. Quizá sea muy autocrítico con esto pero la insatisfacción me hace pensar que en el fondo todo se convierte en un aprendizaje que me servirá de mucho para lo que venga. Probablemente esta constante insatisfacción tenga que ver con un elemento de mi personalidad, el de ser fatalista, el de no creerme nada. Es más, me cae muy mal la gente que piensa que por hacer buenas historias está en un sitio especial respecto al resto. Siempre he creído que no hay un mérito en intentar escribir bien. Por ejemplo, en mi caso, el hecho de dedicarme a las letras solo fue una consecuencia natural de haber crecido en el ámbito en el que crecí.

¿Y qué te han comentado respecto al blog o la novela, las personas que pertenecen a ese círculo letrado que te ha rodeado desde niño?

Cuando han dicho algo al respecto lo han hecho en buena onda. Algunos se han admirado porque no creían que esa experiencia en Internet funcionaría como funcionó. Al respecto, yo creo que uno tiene que ser un autor de su tiempo. Nunca busqué llegar a Internet, pero me sorprendí a mí mismo escribiendo allí, administrando una bitácora que tenía ciertos revestimientos literarios pero que era básicamente un diario personal. Ahora no podría sentir otra cosa que no sea orgullo frente al blog. Por otro lado, sé que hay gente que considera que escribir en Internet, hablar en la radio, o coquetear con los medios, te aleja de la seriedad literaria, de los circuitos académicos. Pero a mí me parece que se trata simplemente de explotar otros espacios en los que uno también puede hacer historias.

Entonces no te importan las críticas.

Digamos que me las tomo con soda. Pero eso no quiere decir que no importen. Me encanta escucharlas, siempre que sean coherentes. Pero hay cosas que no admito. Por ejemplo, me molesta que la gente pueda pensar que soy ligero. Me molesta porque siempre busco que los contenidos que desarrollo tengan cierta belleza, y que sean elaborados con seriedad.

¿Y en esa búsqueda, hay algún escritor en especial que crees que haya trazado el camino que debes seguir?

Yo diría más bien que hay escritores por los que guardo admiración. Y que he descubierto recientemente, hace cuatro o cinco años. Ellos están reseñados en las páginas iniciales de Nunca confíes en mí: Murakami, Fuguet, Paul Auster… Por otro lado, cuando era más chico y leía más poesía que ahora, sentía un grado mayor de afinidad con Pessoa; y en el Perú, creo que Eguren y Sologuren han sido mis pilares.

A todo esto, ¿dónde ha quedado la poesía?

Yo creo que a diferencia de la narrativa, la poesía no es una elección. Ella te toca o no te toca. Y como creador, la poesía es algo que me define. No sé si la narrativa lo haga. Es cierto, me gusta narrar, me gusta contar; sin embargo, si me lo preguntas, me siento un poeta. Y no es un membrete, es una condición.



Miscelánea
Monday April 19th 2010, 11:33 am
Filed under: Columnas

nicolás rodríguez

I could have been a contender

 

Por: Nicolás Rodríguez Galvis

“Si no esperas lo inesperado, no lo encontrarás”. Y vaya si esta frase cobra sentido cuando sabemos que el que la pronunció, Heráclito, murió ahogado en mierda de vaca. ¿Qué se puede agregar? Esto: Ahora mismo, en este preciso instante, mientras leen estas palabras, ustedes se están muriendo, un poco más, palabra, un segundo que pasa, palabra, pronto ya un minuto y otro minuto de vida que ya nunca volverá.

Pero esto, supongo, ustedes ya lo saben, entonces comenzamos bien, por la tangente. La cuestión es que leí un texto hace poco. Un texto de una directora de teatro que se llama Anne Bogart y que habla sobre el acto creativo. Su texto se llama Violencia y leyéndolo aprendí, entre muchas otras cosas, dos palabras japonesas: “irimi” y “ura”. Irimi, según Bogart, que estudió con avidez el aikido, significa en una traducción elemental, “participar”; pero también puede ser traducida como “escoger la muerte”. Ura, por el contrario, significa hacer un rodeo. Cuando se ejecutan adecuadamente ambas opciones son creativas. Pero para Bogart, la única manera de ganar es arriesgarlo todo y estar plenamente dispuesto a morir. Luego, suaviza la situación: “Si bien la idea resulta un poco extrema para la sensibilidad occidental, tiene mucho sentido en el terreno de la práctica creativa. Para lograr la violencia de la determinacion, uno tiene que escoger la muerte en un instante determinado al actuar plena e intuitivamente”. Y eso en el ring de la creación.

Es interesante leer profesiones de fe de este estilo cuando uno es asaltado con frecuencia por los placeres de la pereza. Es interesante mirar de frente a los ojos de un kamikaze, como es interesante asomarse a la infinidad de la página en blanco. Cogerle la mano a nuestros límites y ponerlos a prueba para llegar más allá de lo ordinario, a pesar de nuestras limitaciones, puede permitirnos, en el peor de los casos, entrever qué existe en nuestro fuero interno. Y acá, pretendo acercarme a lo complejo que puede llegar a ser el hecho de inclinarse frente a un rectángulo de madera y de concentrarse, tantas veces en vano, en un rectangulito de papel.

No hablo desde la experiencia, porque la mia es casi nula. Hablo desde la curiosidad. Y ustedes están leyendo y yo sólo puedo pensar en una frase del Fausto de Marlowe: “Si pudiera decirle al instante que pasa: detente”.

Escribí esa frase, como epígrafe solitario, en un viejo cuaderno de tapas de cuero. Lo volví a abrir hace poco y me di cuenta, de repente, que cada día me cuesta más trabajo releerme. Mi letra está llegando a un punto crítico donde todas las letras se confunden en una casi homogénea línea horizontal. Algunas “tes”, algunas “eles”, suelen verticalizar la monotonía pero la mayoría de las frases no se distingue en el horizonte. Por esto fue difícil releer lo que había escrito en mi cuadernito de hace ya varios años. Por esto y por muchas otras cosas, pero ahí encontré esa frase que se alzó entre todas en mi anacrónico presente.

En ese entonces, creo que lo que más me marcó de la frase fue la inevitabilidad del paso del tiempo, como si fuera una especie de Carpe Diem a no olvidar. Sin embargo, hoy pienso que ese “detente” no está destinado al tiempo; sino, por el contrario, a la experiencia, lo cual viene a ser mucho más estremecedor. Todos somos y seremos víctimas del tiempo pero no todos nos planteamos recordar, o incluso recrear, ese instante, esa mirada, que ya no es.

Por esa época, me recuerda mi cuaderno, también leí intermitentemente algunas hojas de Goethe, tal vez porque él también escribió un Fausto, tal vez por tener una inefable inclinación hacio lo Wertheriano, y me encontré con la siguiente idea: “En el momento en el que uno definitivamente se compromete, la Providencia también se mobiliza.” Podríamos cambiar ese “también se mobiliza”, para ser más escépticos, por un “tal vez se mobiliza”, pero la apuesta sigue siendo alta. Goethe dice entonces: “La osadía trae consigo el genio, el poder, la magia”. Eso también lo creí yo al pie de la letra una de las tantas veces que me enamoré de una mujer perfecta. Tantas veces que no dije nada y, por ella, lo dije todo. Todo, por supuesto, acabó en un rotundo rechazo. Bueno, no rotundo para todos, pero sí para mis expectativas (que además se salvaron de una golpiza inolvidable de parte del novio de ella, un jugador semiprofesional de rugby), pero se dio el paso y, en efecto, una especie de genio salpicado de torpeza, de poder y de magia quedaron plasmados en un par de hojas adolescentes ya extraviadas.

Pero el acto de creación literaria es solitario por excelencia, a diferencia de los flechazos esporádicos, y aunque la hoja en blanco no perdona, algo de negro queda realzado en el papel. El riesgo está en el chupar el esfero, en acariciar el teclado a consciencia y en intentar volver lo que tocamos, sentimos, pensamos e imaginamos en algo salvaje. Lo que es seguro no despierta emoción. Y como vuelve a decir Anne Bogart: “Permanecer en silencio disminuye el riesgo del fracaso pero al mismo tiempo impide la posibilidad de avanzar”.

Es fácil decir esto, pero otro cuento es lanzarse de cabeza y hacerlo. En un cuento, justamente, maravilloso, “Leopoldo (sus trabajos)”, Augusto Monterroso explora este intemporal negocio de querer escribir y no hacerlo. Dice el guatemalteco: “Leopoldo era un escritor minucioso, implacable consigo mismo. A partir de los diescisiete años había concedido todo su tiempo a las letras (…) Leopoldo adolescía, sin embargo, de un defecto: no le gustaba escribir (…) A pesar de que su más firme ilusión consistía en llegar a ser un escritor famoso, fue postergando el momento de lograrlo con las excusas clásicas, a saber: primero hay que vivir, antes se necesita haber leído todo, Cervantes escribió el Quijote a una edad avanzada, sin experiencias no hay artista, y otras por el estilo.” Páginas y páginas más tarde, Leopoldo no avanza y toma nota de que necesitaba tomar algunas notas. Además, el escritor de vocación para todos sus amigos “desdeñaba tanto la gloria que, generalemente, ni siquiera terminaba sus obras. Había veces, incluso, en que ni se tomaba el trabajo de comenzarlas”.

Leopoldo, no hay que sorprenderse, es nuestro hermano y nuestro espejo. Es la encarnación de que las dudas están siempre, siempre listas para la emboscada.

A este respecto hay una escena de una película de Elia Kazan, On The Waterfront, que me hipnotizó desde el primer momento en que un amigo me la mostró. Marlon Brando es el hermano menor de Rod Steiger, son los hermanos Malloy, Terry y Charlie, respectivamente. El personaje de Brando, Terry, está lleno de dudas, el fracaso le muerde los tobillos, y su hermano, un egoista hijo de mala madre que nunca lo ayudó, acaba de apuntarle con una pistola como diciéndole ya no puedo más, y Brando ahí, justo ahí le dice: “Escúchame, pude haber tenido clase, I could have been a contender, pude  haber sido alguien, en vez de un vagabundo, que es lo que soy, debemos darnos cuenta, fuiste tú, Charlie.” Y Brando dice I could have been a contender con lágrimas saliéndole de la garganta, con todo el peso del mundo pesándole aún más que su portentosa y viril quijada, y ahí, todo se desploma. La película no acaba con esta escena pero se llega a un clímax donde Brando se vuelve el hombre más humano de todos y reconoce que no será nunca un gran contrincante, un excelente adversario, o cómo carajos sea que se traduzca la palabra contender, que es la clave.

Las dudas y la dureza de la vida ganan y nos damos cuenta que el fracaso se encuentra, sin falta, en cada esquina. En la literatura, me parece, el fracaso también está siempre al acecho. Y, claro está, no estoy hablando de ventas ni mucho menos, sino de la opción de confrontarnos a nuestra soledad y a la soledad de los que leen del otro lado de la hoja sin caer en la facilidad de los lugares comunes donde la perogrullada es reina.

Kafka, que siempre midió el peso de sus palabras, le escribe a Milena, mujer de la que se enamoró perdidamente, en una carta: “Es tan fácil escribir, sería una pena no hacerlo.” Y el señor K., como siempre, tiene razón, ya que uno no puede descartar una frase antes de escribirla. Es a través de la escritura donde se producen las facetas que atraparán la luz, o no. Pienso, sin embargo, que lo que se ve a través del espejo de la frase de Kafka puede llevarnos mucho más lejos, conducirnos a lo inesperado: es tan fácil leer, sería una pena no hacerlo.

No debe haber ninguna moraleja en todo esto. Será mejor así. Sólo el esbozo de que el riesgo puede dar, incluso a las más estrepitosas derrotas, ese aire de altiva dignidad.



Cuento de Rómulo Torre Toro*
Friday April 16th 2010, 6:52 pm
Filed under: Publicaciones

Un ejemplo de reconstrucción histórica

 

A simple vista, nada indicaba que fuera un hotel. Más bien parecía un edificio de departamentos. Tenía cinco pisos, las ventanas grandes, las paredes limpias. Parecía habitado por familias decentes. Estaba en una calle de un barrio de clase media. Una calle con jardines y árboles medianos. Una calle, a fin de cuentas, tranquila.

En ese hotel estaba Rosa Córdova. Estaba con un muchacho. No muy alto, flaco, el cabello revuelto, acabado de salir del colegio. Un muchacho que había sido alumno suyo. Un muchacho que había descubierto en su clase de Historia. Estaban tirados en la cama, desnudos, abrazados uno al lado del otro. Ella lo miraba de rato en rato, él dormía. Ella pensaba de rato en rato en muchas cosas, él dormía. Ella, divorciada, de rato en rato, veía el techo y resoplaba.

***

Alberto Loza era profesor en San Marcos. Enseñaba Economía Marxista I. También II y III. Muchos decían que era un verdadero genio. Se decían muchas cosas acerca de Loza. Lo que se sabía con certeza era que había estudiado en San Marcos y en la Universidad de San Diego. Y que había estado casado con una X. Todos podían reconocer a la mujer, pero no sabían quién era. No sabían qué hacía y menos qué había hecho. Eso la convertía en una X.

Lo que no era cierto, o lo que no estaba demostrado, era que Loza fuera un genio.  Era un tipo inteligente. Pero no se sabía si un genio. Decían que había encontrado ciertas falencias en la teoría de las mercancías de Marx. Decían que ese era el primer paso para establecer un nuevo paradigma en los estudios económicos. La verdad es que nadie supo si tal cosa llegó a ser cierta porque por ese tiempo le cayó la desgracia a Loza.

La desgracia en forma de mujer.

Loza conoció a Marita.

***

Parra estuvo en el colegio y nunca destacó en nada. Parra fue un alumno más bien mediocre. Pero las clases de historia le gustaban. Le gustaba encontrar las relaciones entre los hechos históricos y el contexto en el que sucedían, cómo éste determinaba y casi exigía los sucesos. Parra tuvo un profesor que lo deslumbró. Todavía era estudiante universitario pero lo deslumbró. Le enseñó que nada en la Historia, como en la vida, estaba originado por el azar. Parra se decía íntimamente que le gustaría ser como su profesor. Inteligente, serio, de fácil palabra. Parra descubrió, antes que nadie, que el universitario tenía algo con la otra profesora del mismo curso.

Entonces quiso ser como el profesor.

Parra, en aquel tiempo, estaba en tercero de media. La profesora enseñaba al último año. El profesor de Historia, sí, ese gran hombre tenía algo con ella. Parra recordaba que le enseñó que cada hecho histórico se explicaba por los anteriores, que todo estaba regido por la idea de progreso en las sociedades. Parra recordaba que esa explicación le causó furor. Se exaltó porque supo que lo que hacía ahora repercutiría más adelante. Que si decidía algo ahora, las consecuencias las cobraría dentro de cinco, diez, quince años, quién podía saberlo.

Definitivamente, el universitario, el deslumbrante profesor de Historia, tenía algo con su colega, la guapa; esa colega que, decían, no reía siempre; por el contrario, todo le parecía tonto, aburrido, insulso. Sin embargo, el profesor la hacía reír a carcajadas. Parra recordaba que le había explicado que el proceso histórico se vinculaba directamente con la modificación de las relaciones entre las clases sociales. Que, además, este desarrollo determinaba si el Estado y la sociedad caminaban en una misma dirección o si se enfrentaban. Parra pensaba, en ese tiempo, que el profesor conseguiría que las relaciones sociales con su colega fueran en una misma dirección. Después de todo, los hombres tienen el poder de definir su historia.

Entonces, Parra decidió, ahora sí con seguridad, que quería ser como el profesor.

***

El calor en la habitación aumentaba. Rosa Córdova pensó que el hotel estaba mal ubicado: el sol daba de lleno en las ventanas de las habitaciones y se hacían irrespirables. Rosa Córdova veía al techo, resoplaba; pensaba. Dónde habría terminado lo uno y comenzado lo otro. Resoplaba. El chico que había sido alumno suyo dormía.

Lo conoció en la clase de Historia en quinto año. Lo descubrió entre el montón cuando hizo una pregunta sobre la Reforma Agraria. Había hecho esa pregunta durante cinco años, los cinco que llevaba trabajando en el mismo colegio, en el mismo curso, y nadie la había respondido. Una pregunta no tan complicada. Cuáles eran los factores que determinaron la Reforma Agraria en el Perú. Y nadie, en todos esos años, había respondido. Nadie, hasta aquel día en que conoció a Marco. Él levantó la mano y dijo que los factores eran las presiones ejercidas por la guerrilla del sesenta y cinco y las acciones violentas en los andes del Sur generadas por las comunidades indígenas. Por supuesto, la respuesta era parcial. Pero Rosa Córdova consideró que ya era algo.

Después, Marco no dejó de hablar en toda la clase. Y Rosa no dejó de prestarle atención. De alguna manera, se parecía a su, todavía, marido.

***

Marita era estudiante de Sociales en la Católica. Más precisamente, de Historia. Lo que más le gustaba a Alberto Loza, después de la economía. De hecho, en su tesis había analizado el discurso económico de inicios de la República. Un trabajo que él había estimado como un paradigma de reconstrucción histórica. Y fue Historia lo que entró a enseñar en un colegio secundario. Un colegio donde pasaron algunas cosas que, luego, supo que habían sido una serie de graves errores. En eso también servía la Historia: todo acto presente determina el futuro.

Lo curioso era que Marita estaba interesada en la historia económica del Perú de los últimos veinte años. Ese giro tan extraño de la economía nacional luego de la caída del muro, le había dicho a Loza. Y también era curioso que estuviera en San Marcos para investigar. Definitivamente, el destino había lanzado los dados.

Le habían recomendado visitar a Loza porque era un gran estudioso de la historia económica del Perú. Eso era aún más curioso porque Loza estaba mucho más dedicado, por esos años, a la reflexión teórica. Exactamente a la reflexión de la teoría económica marxista. Y llegó Marita preguntando por su tesis, paradigma de reconstrucción histórica, y preguntando por su autor. Entonces se encontraron, conversaron y Loza supo que algo iba a pasar. También supo que, esta vez, no sería un grave error histórico.

***

De un momento a otro, Parra cambió de peinado. Y de forma de caminar. Por ahí alguno de sus amigos de clase le dijo que caminaba igual que el profesor de Historia. Parra se sintió halagado. Y cuando le dijeron que hablaba igual que él, se sintió mejor. Marco Parra tenía muchas cosas en común con el profesor de Historia. Solo le faltaba eso de “reconstrucción histórica” y nada más. Solo faltaba saber qué significaba eso.

Parra se dedicó al estudio sistemático de la historia peruana y mundial en las clases de colegio. Fue por esa época en la que el profesor comentaba algunas cuestiones acerca de su tesis y sobre cómo era un verdadero ejemplo de reconstrucción histórica. También les explicó algo de teoría. Eso de la explicación racional de todo acontecimiento. Nada escapaba al método científico. El azar no existía.

Por esa misma época, Parra vio cómo su profesor de tercero de media se entendía con la de quinto. Vio cómo ella se reía con los comentarios, seguramente agudos y portadores de una erudición envidiable, del profesor. Vio cómo ella lo esperaba, sola, en la sala de ciencia histórica social. Vio cómo ella, transcurridos unos meses, pasaba su brazo por la cintura del profesor. Parra vio esto antes que cualquiera. Y lo vio porque los seguía. Al principio sin saberlo; luego, con obsesión.

Y con obsesión se dijo que, alguna vez, tendría una mujer como ésa.

***

El calor de la habitación aumentó. Las cortinas cerradas y el sol cayendo de plano al interior. Resultaba evidente que el hotel estaba mal ubicado. Alguna vez escuchó decir a su marido, a su ex marido, que los arquitectos tenían la gran responsabilidad de pensar en cada mínimo detalle. Hasta en el sol. En ese caso, su marido hubiera dicho que el arquitecto era un inepto.

Pero ahora tenía el problema del calor y del amante en la habitación. El amante que se había quedado dormido. Marco era muy joven. Había salido del colegio, apenas.

No tan apenas.

Rosa Córdova hizo cálculos. Sacó la cuenta de todo lo que pasó. Las clases en el colegio. Aburridas. Luego el ingreso de un sanmarquino. Miradas de reconocimiento, saludos corteses, intercambio de palabras. Interés. Rosa Córdova quiso saber más de aquel sanmarquino economista, o estudiante de Economía, que había llegado al colegio y que le hablaba apasionadamente de los inicios de la República. Las primeras salidas. Largas conversaciones sobre todo, porque con él se podía hablar de todo. Con seriedad y burla al mismo tiempo, síntoma de gran capacidad. Admiración. Una noche, después de unos tragos, un beso, y otro, y todos los demás hasta la mañana siguiente. Y así empezó la relación.

***

El grave error histórico de Alberto Loza sucedió en el colegio. El colegio donde enseñó Historia. Ahí conoció a su ex esposa. Tenía el cabello ondulado, igual que Marita. Las piernas largas, igual que Marita. Pero Marita tenía los pechos bronceados que a Loza tanto le gustaban. En fin, Marita tenía a su favor algo determinante: el mismo interés intelectual que Loza.

Así que Marita vino a solucionar el problema fundamental. El de la decisión, la toma de posición. Entonces las cosas solo se precipitaron. Alberto Loza, casado, sin hijos, economista por San Diego y por San Marcos, pero más por San Diego porque valía más, mayor prestigio y esas cosas, no era feliz. Se concentró en su nueva cátedra universitaria, la que le ofrecieron de regreso de Estados Unidos, en su trabajo teórico y dejó todo a un lado. Hasta que le cayó la desgracia, en cierta forma.

La visita de Marita preguntando por él liquidó el compromiso que tenía. Rosita entendería. Y si no lo hacía, no había mucho por resolver. La historia explicaría, luego, todo el asunto. La historia lo absolvería. 

***

Cuando llegó a quinto de media, Parra seguía siendo el mismo alumno que no destacaba en nada. Pero había aprendido algunas cosas de historia y se parecía al que había sido su profesor y que ahora era el marido de la actual responsable del curso.

La actual responsable del curso, la profesora Córdova, hizo una pregunta sobre la Reforma Agraria. El asunto era sencillo. Y desde entonces no dejó de hablar en clase. Parra se hizo amigo de la profesora. En algún momento ella le dijo que era un gran chico, muy inteligente. Parra creyó descifrar en eso un asomo de coquetería. Qué más, sino coquetería, sino una sugerente invitación. Casada con un gran hombre, era natural que se fijara en otro igual.

***

Marco, entre sueños, cruzó una de sus piernas por sobre las piernas de Rosa Córdova. El calor se hizo infernal. Rosa Córdova quiso zafarse, pero sin despertarlo. Era tan joven. Aunque ya no tanto.

Siguió haciendo cálculos. Después vino el matrimonio. Y el viaje de él a la universidad de San Diego. Dos años. Recibió a la promoción de Marco en su clase de Historia. Él volvió. Le propusieron enseñar en San Marcos y aceptó. Pasó un tiempo más y todo dejó de ser lo que era. Aunque él dijo después que nunca fue lo que ella decía, Rosa Córdova fue feliz durante el matrimonio. Le pareció un tiempo hermoso.

Los arquitectos habían diseñado mal ese lugar. Calculó que todo había comenzado con la aparición de la chiquilla aquella, la historiadora. Y él entonces dejó todo, su trabajo, sus clases y se volvió un poco loco, un poco idiota. Porque los hombres se vuelven idiotas por una mujer más joven. Sólo importaba eso: que fuera más joven que ellos y que sus esposas.

Entonces, ella reencontró a Marco. Fue después de tanto tiempo y de forma tan casual que parecía imposible. Lo reencontró y le pareció muy parecido a su ex marido. Las cosas a veces se repiten sin explicación. Conversaron, le interesó y empezaron a salir. Ahora lo tenía con una pierna encima de las suyas, en la habitación más calurosa del mundo. En el hotel peor ubicado del mundo. Definitivamente, Alberto hubiera podido explicar esta situación absurda.

***

Absolución. Él había querido a su mujer, pero así suele pasar, de un momento a otro todo se acaba. Marita era la nueva etapa, tal vez la última. Finalmente, él sabía que cada cosa que uno hace prefigura lo siguiente.

Alberto Loza pensó que, visto así, nada justificaba la aparición de Marita. Aunque tal vez sí. Pensándolo bien, reflexionaba Loza, era lógicamente posible. Su trabajo historiográfico y su por entonces obsesionada labor determinaron los grandes sucesos.

Volvió a pensar: visto así, nada explicaba que lo mencionaran aún como un gran estudioso de la historia económica del Perú. Todos sabían sin excepción que estaba dedicado al estudio del marxismo. Y que enseñaba economía marxista. Todos esperaban su palabra al respecto. Alberto Loza, sacudió la cabeza. Había muchas cosas que quedaban sin explicar. Pero pensó que, si reflexionaba sobre todo, nunca llegaría a ninguna conclusión. Era mejor dejar las cosas como estaban y que todo continúe. La Historia hacía su camino así.

***

La última ley de la ciencia histórica, la que su profesor nunca le enseñó, era que para las mujeres la historia no siempre es un ascenso ininterrumpido. Parra la descubrió cuando reencontró a Rosa Córdova. Cuando conversaron, cuando salieron por primera vez, cuando ella le mencionó, entre otras cosas, que se parecía a su marido, a su ex marido, Parra entendió que en las mujeres la historia es circular. Por lo menos en algunas mujeres.

Así Parra hizo su primer descubrimiento académico. Y logró lo que tanto quiso: una mujer como ésa.

***

Un par de años más tarde, Alberto Loza, Magíster en Historia Económica por la Universidad de San Diego, publicó su primer libro de teoría. No era sobre las tesis de las mercancías de Marx como muchos esperaban. Ni siquiera era de economía. En el libro, Loza defendía la idea de que el azar es uno de los factores que construyen la historia de la humanidad.

* Rómulo Torre Toro (Lima, 1987): Estudiante de Literatura en la Universidad de San Marcos. Ha editado la revista Versiones. Ésta es su segunda colaboración para el blog.



Foto inédita de Rimbaud
Thursday April 15th 2010, 12:24 pm
Filed under: Hablablog,Publicaciones

rimbaud

 Por: Juan Francisco Ugarte

Rimbaud no siempre fue adolescente, aunque nadie parezca recordarlo. Quizá porque luego se perdió. Quizá porque al abandonarlo todo y desaparecer no hizo otra cosa que marcar el inicio de un mito. Quizá porque el Rimbaud adolescente, el único Rimbaud que conocíamos, es ya de por sí el mito, aquel que habla acerca de un genio que a los veinte años decide marcharse para siempre de Francia y no escribir más.

Entonces Rimbaud dejó la literatura y se convirtió, con los años, en traficante de armas en Adén. Pero antes había estado también en varias partes del mundo, había sido soldado del ejército holandés, obrero en Chipre, y finalmente, mercader en África, lugar en el cual residió hasta meses antes de su muerte, en 1891, cuando un fuerte dolor en la rodilla derecha se le complicó. Volvió entonces a Francia y, tras la amputación de su pierna, murió en un hospital de Marsella. Tenía 37 años.

rimbaud cerca 2

Del tiempo en el que fue traficante de armas en África no se conoce mucho, menos aún se poseen imágenes. Pero después de ciento veinte años de su muerte, Rimbaud vuelve a aparecer. Todo se inició cuando dos libreros parisinos, Alban Causse y Jacques Desse, encontraron por azar un lote de libros, fotografías y documentos antiguos, en los cuales se escondía la imagen que se observa arriba. No estaban muy seguros del hallazgo, pero algo había en aquella foto que la hacía importante. Acudieron a Jean-Jacques Lefrére, especialista y biógrafo de Rimbaud, quien luego de una larga investigación concluyó y confirmó lo que se esperaba: la figura de Rimbaud, el rostro de Rimbaud, la imagen de alguien que, lejos de la expresión adolescente a la cual nos hemos acostumbrado, presenta un gesto serio, duro, firme, de aparentemente, según esta información, 26 años.

La fotografía fue tomada en la terraza del Hôtel de l’Univers, en Adén, y muestra a un grupo de europeos. Rimbaud es el segundo de la derecha, al lado de la mujer de perfil.

Tras la reciente publicación, la imagen será expuesta desde hoy en el Grand Palais, dentro del Salón del Libro Antiguo.

Artículos relacionados en:

Le Figaro / ABC / AFP 




Free counter and web stats