Incitación de la voz
Wednesday April 14th 2010, 12:15 pm
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Reseñas
Por: Christian Elguera
El presente libro es el segundo título de la joven editorial Rayuela. El libro se convierte en una audición directa de la voz del autor: Lucas Ghersi. Así, el juicio no se constituye a partir de aleatorias hojas de vida, premios o los espaldarazos de las contraportadas. Imagino que esto ha llevado a evitar la rimbombancia de los paratextos, de tal manera que sean únicamente Ghersi y el lector, los implicados.
Como primera apreciación destaquemos que se realiza un seguro manejo de lo narrativo: versos de larga duración, de laya solemne, acordes con los temas míticos, históricos y metafísicos que se abordan: los nombres de Dios, el eterno retorno, la eternidad. Ya desde el primer poema, “Oda al Blake embriagado”, se observa el aliento cultista, así como el manejo de cadenas de metáforas que intensifican el ritmo:
Sueño con etéreos plumíferos fantasmas,
Aves del estínfalo, de acero, rapiña y caramelo,
Que son la cresta de esta nueva Bizancio,
Ovación inmortal del Puente Milvio. (11)
En poemas como “La serpiente” y “En las películas de Disney” encontramos una visión particular de la realidad, visión pesimista e irónica de la posible solución de la condena diaria, por lo cual los versos se vuelven llanos, ingenuos ante lo que sería una realidad igual de llana e imposible, y en cuya imposibilidad radica la fecundidad artística. Por esto se dirá en “La serpiente” que cuando llegue el momento de la redención: “Aquel día sería el fin”, o en “Dialogo número cinco”: “Pero en noches de silencio la felicidad me aburre” (38).
Hay una tensión fecunda del estilo a lo largo del poemario entre el lenguaje y el mundo representado. De esta manera, nos encontramos frente a la palabra culta, las evocaciones del pasado (tiempos bélicos, de grandes batallas) y la cotidianidad. Un ejemplo que esclarece este doble código es el poema “Dialogo número seis: contra las aspiradoras”, donde a dicho electrodoméstico se le advierte, con una de las mejores estrofas del libro:
Comprende que hasta que calles
Tu aullido latoso,
Imperante superposición de vibraciones inocuas,
Yo te maldigo,
Condenándote al octavo circulo
Del infierno dantesco. (46)
La voz del poeta se despliega entre la jactancia de lo erudito y un léxico aparentemente disonante con ésta: “superhéroe”, “Disney”, “ceviche”, “avioncitos de papel”, “diarrea”. Así, en “La gran rebelión”, en medio de un relato sobre la “rebelión de los dioses”, aparecerá la irónica interrupción de un niño: “«Puedo ir al baño»”, “«¡Me orino!»”. Moviéndose con agilidad entre ambos frentes, consideramos que Ghersi logra el asesinato de la razón normativa y cuadriculada: sacándole la lengua a la inmovilidad, aquella “lógica fría e impersonal”, que se rinde ante la senda poética. En este sentido, el presente poemario debe concebirse como un aprendizaje de la voz, en el cual cada poema es un paso más en la iniciación y en la lucha: “Lucas Ghersi contra la rutina. / La rutina contra Lucas Ghersi”.
La enumeración es asimismo uno de los recursos en los que más sobresale el autor. Por ejemplo, observamos en “Islam”: “Se alzó una paloma en vuelo, / Profeta alterno, / Brillante loco, / Halcón en duelo / De áureas alas” (30). Dicho acto se refuerza cuando advertimos una constante en los elementos enumerados. En “Estornudo fugaz” tenemos: “Leche, miel y mariposa”. En “Diálogo número cinco”: “Azufre, miel y mariposas”. En “Teonoma”: “Azufre, miel y musarañas”. En “Optimación”: “el mandril, la serpiente y el chocolate sulfuroso”. De dicha recurrencia se puede concluir que los elementos afables, como miel o mariposa, son escasos en comparación a las presencias salvajes de animales. La presencia más lograda es justamente la del mandril, en “Diálogo”: “«Soy solo un simio: tonto, feo y apestoso» –respondió mi / oponente” (29). Dichos nombres, como precisa el autor, son explayaciones de su voz, presentizaciones del alma, enemigos internos.
El libro no se halla exento de una serie de óbices. Si bien hemos destacado el aliento cultista que lo animiza, es necesario mencionar las ocasiones en que se fracasa en dicha empresa, tornando al poema en asunto frío, ejercicio retórico, tal como se observa en “La pregunta”, “Úroboros” “¡Jacobinos al banquillo!” o “Juntos calamos bayonetas”. En este último poema encontramos además otro de los problemas del autor: una rima perjudicial, innecesaria y que entorpece la fluidez: “Pensó y pensó en la diosa razón, / Pero al morder el polvo, la sangre y el sudor” (23).
Uno de los logros de Razón, descansa en paz en que incidimos es su carácter de libro integrado, la evolución que nos ofrece cada poema como parte de una historia mayor. La inicial mención a Blake marca el tiento de la voz, atmósfera solemne, conciencia mitológica de reyerta continua y búsqueda del instante. Mientras, por su parte, el último poema menciona una de las influencias que dábamos por segura: Borges, infalible remanso del juego de la erudición, que en el libro, como hemos señalado, resume los mejores y menos logrados poemas. Debe igualmente aplaudirse el intento de erigir una voz que nos hable dialógica, sinceramente. Intento, reiteramos, que no siempre conlleva resultados óptimos, pero en cuyos logros, –los más–, se encierra una conciencia poética pura, una conexión e invitación a su ritmo espiritual.
Ghersi, Lucas. Razón, descansa en paz. Lima, Editorial Rayuela, 2009, pp. 56.
El búho insomne
Monday April 12th 2010, 12:28 am
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Columnas

Recuerdos desordenados sobre cine latinoamericano en la ciudad rosa
Por: José Rosas Ribeyro
Llegada en TGV
Cada año, desde principios de los noventa, al llegar la primavera voy a Toulouse, la llamada “ciudad rosa” del sur de Francia. Esta vez he vuelto a hacer el viaje (unas cinco horas desde París en el tren de alta velocidad) y he estado allá entre el 23 y el 28 de marzo. ¿Haciendo qué? Pues, como siempre, viendo cine, cine latinoamericano, porque en Toulouse tienen lugar los Rencontres Cinémas d’Amérique Latine, un evento que nunca ha querido llamarse festival pese a que es, sin duda alguna, la vitrina más amplia y exhaustiva en Francia de lo que Latinoamérica produce en materia cinematográfica.
Ciudad rosa
Toulouse es una ciudad bastante singular en el panorama urbano galo. Lo es, primero, por el color: si se la denomina “rosa” es porque predominan los edificios con fachadas de ladrillo, lo cual la hace diferente a la mayor parte de las ciudades francesas, cuyas construcciones son por lo general grises. Y es singular también porque en Toulouse, desde los años cuarenta del siglo pasado, hay una importantísima comunidad de origen español: al estar situada no muy lejos de la frontera con España fue elegida como lugar de residencia por miles de republicanos españoles exiliados, muchos de ellos anarquistas y otros comunistas, que querían combatir contra la dictadura franquista. Eso explica, por dar un solo ejemplo, que allí vivió exiliada Federica Montseny (Madrid, 1905-Toulouse, 1994), escritora y activista política, que fuera dirigente de la CNT (Confederación Sindical Anarcosindicalista) y ministra de Sanidad y Asistencia Social del gobierno de la República española, la primera mujer en ocupar un puesto ministerial en Europa occidental.

Militancia y castellano
Que me estoy yendo por las ramas, me dirán ustedes, pacientes lectores. Sí, ya lo sé, soy plenamente consciente de ello. Pero he tomado este camino sinuoso para dejar claro que la ciudad de Toulouse tiene un pasado militante muy potente y una presencia importante de la lengua española. Estas dos características explican, creo, en gran parte, que haya habido un movimiento muy activo de apoyo a la revolución cubana y que, en los años negros de las dictaduras en Sudamérica y, sobre todo, tras el golpe militar de Pinochet en el Chile de la Unidad Popular, surgieran grupos muy tenaces de solidaridad con la resistencia en dicho país, y en Argentina y Uruguay. En esas organizaciones militantes participaban algunos cinéfilos aguerridos, asiduos asistentes a las proyecciones de la Cinemateca de Toulouse, y ellos, haciendo confluir sus convicciones políticas con su pasión por el séptimo arte, dieron nacimiento en 1989 a los Encuentros con el cine latinoamericano. Para hacerlo posible crearon primero la ARCALT, asociación sin fines de lucro que hasta hoy organiza el evento. Y en esa asociación, como eje de ella, encontramos a Esther y Francis Saint-Dizier, una pareja sin la cual tal vez nunca hubieran existido los Rencontres Cinémas d’Amérique Latine
Entre cine/aburrimiento y cine/quitasueño
Yo, como decía al empezar esta crónica, voy a Toulouse cada año, sin falta, desde 1991 o 92, cuando empecé a trabajar para RFI (Radio Francia Internacional). Suelo quedarme allá entre tres y cinco días, durante los cuales veo cine y más cine. En un comienzo, debo decirlo, me aburría mucho al ver las producciones que se hacían en aquel momento, y llegué a pensar que tratar de ver el máximo de películas de un cine que, por lo general, no me gustaba, era una forma de masoquismo. Hay que decir que el cine en Latinoamérica, salvo felices excepciones, estaba en pañales: lo que se podía ver estaba a menudo muy mal realizado, los guiones eran elementales y solían vehicular mensajes políticos de una pesada evidencia. Por supuesto, todo no era malo ni mediocre, había algunas películas correctas que lograban sortear la disyuntiva entre, por un lado, un cine calcado -sin los recursos necesarios- del cine estadounidense y, por otro, un cine cuyo interés era más político que realmente cinematográfico. Había, pues, excepciones, y había también cine de calidad y, a veces, incluso de primera calidad. Pude ver, así, algunos de los estremecedores filmes de Arturo Ripstein que no había podido descubrir mientras viví en México, y pude, asimismo, grabar una larga entrevista de la que sólo difundí fragmentos por la radio (alguna vez tendré que publicarla completa). Descubrí también -y en este caso totalmente-, el cine de Leonardo Favio, a quien conocía únicamente en su faceta de cantautor. “Fuiste mía un verano”, “O quizás simplemente le regale una rosa”, “Ella… ella ya me olvidó” y otros temas más, formaban –y forman- parte de mi repertorio sentimental de canciones, pero Favio, para mí, hasta ese entonces, era sólo un cantautor que me emocionaba con sus temas, aunque yo sabía ya que había hecho cine. En Toulouse, en la vieja sala en que en esa época se hacían las proyecciones de la Cinemateca, sentado en una ruidosa y poco confortable butaca de madera, pude admirar las películas de mi admirado (pese a su peronismo) Leonardo Favio. Vi Crónica de un niño solo, Éste es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más, dos obras maestras del cine argentino y latinoamericano, y alguna otra película más, tal vez Nazareno Cruz y el lobo, que se me ha borrado por completo de la memoria. Yo me moría de ganas por entrevistar a Favio pero, por desgracia, Favio no vino, al parecer por razones de salud. Sí logré conversar largamente, en cambio, durante otra edición de los Encuentros, con Nelson Pereira do Santos, de quien pude ver, entre otras muchas películas suyas, sus dos primeros largometrajes, Rio, 40 graus y Rio, zona norte, dos joyitas. No recuerdo, sin embargo, si fue en Toulouse o en otro lugar que vi y admiré Como era gostoso o meu francês, probablemente el filme suyo que prefiero. Otro caso de un realizador del que descubrí en Toulouse gran parte de su cinematografía es Tomás Gutiérrez Alea. Yo había quedado deslumbrado, años antes, con Memorias del subdesarrollo, según yo una de las mejores películas de toda la historia del cine latinoamericano (lo cual confirmé el año pasado, también en Toulouse, cuando la vi de nuevo en sala), pero no conocía otras películas esenciales como La muerte de un burócrata y La última cena, que fueron programadas en una retrospectiva de los Encuentros dedicada al cineasta cubano. Estas dos películas y otras más son, a mi parecer, muy superiores a la sobrevalorada Fresa y chocolate y a ese bodrio titulado Guantanamera, que es más bien un producto del muy mediocre Juan Carlos Tabío.
Evolución de los Encuentros
Son muchos los recuerdos de Toulouse, ciudad en la que he pasado más tiempo, de seguro, metido en salas oscuras que paseando por las calles o a orillas del río Garona o visitando monumentos como la basílica de Saint-Servin. En todos estos años, pasando de una sala a otra, he visto cambiar los Encuentros y he asistido también a la transformación radical de la producción cinematográfica latinoamericana. Por un lado, la Cinemateca de Toulouse, que acoge buena parte de la programación del evento, posee ahora un moderno y excelente local, con dos salas de proyecciones. Por otro, el equipo inicial que animaba el evento ha ido dejando lugar a cinéfilos más jóvenes, aunque las figuras tutelares, los Saint-Dizier, siguen enriqueciendo el festival con su presencia. Otros cambios: desde su inicio y durante algunos años, los Encuentros no tuvieron secciones competitivas, ahora las tiene tanto en largometrajes de ficción como en cine documental; el carácter “militante” de los comienzos se ha ido diluyendo y hoy, si bien se nota que detrás de él hay una conciencia política de izquierda, la militancia se manifiesta sobre todo en el fervor por el cine, en la cinefilia. Los Rencontres Cinémas d’Amérique Latine siguen rechazando, como siempre, todo ese aspecto glamour que, en mi humilde parecer, mucho daño le hace al cine como arte. En Toulouse no se acoge a los invitados en suntuosos palacios, ni se pone una alfombra roja para recibir los pasos de las “estrellas” a su llegada a una proyección de gala, primero porque no hay proyecciones de gala ni alfombra y, segundo, porque la prioridad no es el espectáculo que suele hacerse alrededor del cine en los grandes festivales (Cannes, Venecia, San Sebastián, por ejemplo) sino, simple y sencillamente, el cine en sí, o sea, presentar películas, discutir sobre ellas, conversar con los realizadores, con los productores y, de vez en cuando, con los actores. Cada año pueden verse alrededor de 200 películas de ficción y documentales, en secciones competitivas o en panoramas, en secciones temáticas y retrospectivas de cineastas. 200 películas que constituyen una excelente vitrina del cine latinoamericano de ayer y de hoy.
Lombardi, Agresti y sobre todo Ospina
Ya algo dije sobre la parte temática y retrospectiva de la programación de Toulouse, sólo voy a añadir que en estas secciones he podido ver las primeras películas del peruano Francisco Lombardi (imperfectas, cierto, pero las mejores de su producción, a mi gusto: Muerte al amanecer, Maruja en el infierno); prácticamente toda la obra de Alejandro Agresti, incluso sus producciones holandesas y sus dos mejores películas: El amor es una mujer gorda y Buenos Aires viceversa (siempre según yo, por cierto); y también la vasta y variada producción del colombiano Luis Ospina. Quiero detenerme unos instantes, precisamente, en la obra del amigo Ospina, uno de los cineastas latinoamericanos más talentosos, con sólo dos largometrajes de ficción en su haber y una vasta creación documental, aunque en su trabajo (como en el de otros cineastas) esta distinción se esté volviendo obsoleta. En Toulouse hemos visto no sólo sus dos películas de evidente ficción (excelente, creo, Pura sangre) sino sus documentales y “documentales”. Los de la primera época, al alimón con Carlos Mayolo, como Agarrando pueblo, y los que ha venido realizando después solo, a menudo sirviéndose únicamente de una pequeña cámara digital. Mencionaré sólo tres que alcanzan altos niveles de excelencia: Autorretrato póstumo de Lorenzo Jaramillo, La desazón suprema, retrato incesante de Fernando Vallejo (yo presidí el jurado que lo premió en Toulouse y defendí esta película) y Tigre de papel, un ingenioso e inteligente “documental” sobre la vida de Pedro Manrique Figueroa, un inexistente precursor del collage en Colombia.
Dos raros: Carlos Reichenbach y Cristian Sánchez
Antes de entrar de lleno en lo que Toulouse nos ha dado a conocer en estos últimos años, no quiero dejar pasar otros descubrimientos impactantes que hice en los Encuentros. Se trata de dos cineastas raros, muy originales y, tal vez por eso mismo, muy minoritarios y semidesconocidos fuera de un pequeño círculo de admiradores de su trabajo creativo. Uno de ellos es brasileño y responde al nombre de Carlos Reichenbach (no confundir con el espantoso francés que lleva el mismo apellido pero acompañado con François como nombre de pila). Entre sus películas cabe destacar Amor, palabra prostituta, Ainxos do arrabale y Alma corsaria, que me atraparon en Toulouse y me dejaron estremecido. El otro “raro” es chileno y se llama Cristian Sánchez. Prácticamente todas sus películas las ha filmado en 16mm, casi sin recursos, de manera totalmente independiente. Es también un teórico del cine y un maestro, alguien que concibe el séptimo arte como eso: arte, y ha dejado completamente de lado el aspecto comercial que tanto -demasiado- preocupa a los realizadores de aquí, allá y acullá. Cuando leí su nombre en el título de una retrospectiva en Toulouse debo confesar que no sabía siquiera de su existencia (perdonen mi ignorancia). Vi, pues, sus películas sin prejuicios ni aprehensiones y debo decir que me llenaron de extrañeza El zapato chino, Los deseos concebidos y Cautiverio feliz, lo cual es ya un buen antídoto contra el aburrimiento que suele producirme el cine estándar latinoamericano (y no sólo latinoamericano).
Nuevo cine latinoamericano
Los cambios en cuanto a la producción propiamente dicha, a la creación, han sido también evidentes en los Encuentros de Toulouse. Si bien ya en 1989 y 1991, con Lola y Danzón, respectivamente, la mexicana María Novaro nos sacaba un tanto del adormecimiento, y así igualmente una que otra película más; es en verdad a partir de 1997, con Pizza, birra y faso que las cosas comienzan a cambiar. El argentino Pablo Trapero nos entrega Mundo grúa en 1999, una de sus mejores películas, y Sebastián Cordero, Ratas, ratones, rateros ese mismo año, con lo cual abre las puertas al nacimiento del cine ecuatoriano de hoy. Dos años más tarde, la argentina Lucrecia Martel llega a Toulouse con La ciénaga: quedo deslumbrado, es una obra maestra. Sostengo larga conversación con ella, me encantan tanto su inteligencia como su sensibilidad, y le dedico un programa Palabras cruzadas de RFI. Todo empieza a renovarse en el cine latinoamericano a gran velocidad. La tecnología digital permite realizar películas a muy bajo presupuesto y los muy jóvenes realizadores argentinos, primero, chilenos, después, y luego de los más diversos países de América Latina, llegan a Toulouse con sus creaciones, y yo con ello dejo de aburrirme. Bolivia de Caetano y La libertad de Lisandro Alonso son de 2001, como también Alegría de una vez del ecuatoriano Mateo Herrera. Luego, en 2002, vemos llegar a Toulouse a un realizador que lleva aún en el rostro las marcas de la infancia. Se llama Matías Bize, es chileno y trae en sus maletas Sábado, una película que no le ha costado prácticamente sino el precio del caset video digital en el que ha sido grabado. Es un filme en tiempo real, en blanco y negro, que no sólo tiene éxito sino que demuestra que los viejos pretextos para no hacer cine ya no son válidos: basta con una buena idea, un ojo singular, algunos colaboradores y mucho empeño.
Así, pues, desde los primeros años de este siglo, voy a Toulouse entusiasmado, sabiendo que de todas maneras descubriré propuestas interesantes cuando no apasionantes. Sebastián Lelio, gana el premio mayor con La sagrada familia en 2004 y de ese mismo año son Temporada de patos del mexicano Fernando Eimbecke, Días de Santiago del peruano Josué Méndez, La niña santa de Lucrecia Martel, Whisky, de los uruguayos Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella y La sombra del caminante del colombiano Ciro Guerra. El año anterior los argentinos Santiago Loza y Celina Murga nos habían propuesto Extraño y Ana y los otros, respectivamente, y en ambos casos habíamos visto surgir auténticos talentos cinematográficos. Pero ahí no queda todo, en estos últimos años hemos visto llegar a Toulouse realizadores de Paraguay (Paz Encina: Hamaca paraguaya), de Guatemala (Julián Hernández Cordón: Gasolina), de Costa Rica (Paz Fábrega: Agua fría de mar) y de algunos otros países que nunca antes figuraban en la programación de un festival francés. Y suelen hacerlo con películas no sólo honorables sino incluso excelentes. El ecuatoriano Mateo Herrera se alzó con el Gran Premio en 2009 con Impulso, bello filme en blanco y negro realizado utilizando la tecnología digital. El cineasta, un auténtico cinéfilo, me dijo luego en una entrevista: “El cine me ha dado todo. Soy muy feliz haciendo mis peliculitas artesanales. Es mi manera de vivir en este mundo”.
Cine de mujeres
Otra novedad en estos últimos diez años es la multiplicación de las mujeres cineastas, muchas de ellas talentosas. Son tantas, además de las ya mencionadas, que la lista completa sería larga y pesada y siempre olvidaríamos a alguien. Sólo incluyo, pues, algunos nombres de cineastas que, por una razón u otra, me han marcado a mí personalmente: Tania Hermida (Ecuador), Alicia Scherson (Chile), Lucía Puenzo, Verónica Chen, Julia Solomonoff, Anahí Berneri, Liliana Paolinelli (Argentina). Esta última ganó en Toulouse, en 2007, la 11 edición de Cine en construcción, evento competitivo que tanto en el festival de San Sebastián como en los Encuentros de Toulouse le otorga facilidades a una película para el proceso de postproducción. Dos otras mujeres me vienen a la memoria por la excelencia de su trabajo en el terreno documental. Ambas son mexicanas: Alejandra Islas (Muxes: auténticas, intrépidas y buscadoras de peligro) y Yulene Olaizola (Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo). Sobre esta última quiero contarles algo, estoicos lectores.
Con Olaizola, Shakespeare y Víctor Hugo
En 2009 llego a Toulouse un martes por la tarde. Para el día siguiente por la mañana tengo que enviar un reportaje a RFI, la radio que me envía a cubrir el evento, como mínimo unos minutos de entrevista con algún realizador. Con esta preocupación en la cabeza entro a la Cinemateca. Sé que voy a tener que hacer lo que más detesto en el periodismo: entrevistar a alguien sin haber podido enterarme antes, por mí mismo, de qué trata su trabajo y juzgar si, en mi criterio, vale o no la pena. De inmediato me encuentro con Luis Ospina. Nos saludamos cálidamente y en cuanto nos ponemos a hablar le confieso que busco desesperadamente a un “cliente” para el programa del miércoles. “Entrevístala a ella”, me dice Ospina, señalando a una chica que se encuentra allí cerca, “es la realizadora de Intimidades de Shakespeare y Victor Hugo, un documental muy bueno”. El título que menciona me extraña, me hace sonreír, y el nombre de la realizadora, Yulene Olaizola, no me dice nada. A esa muchacha agradable, simpática, le informo sobre la situación en que me encuentro y tímidamente le pido disculpas anticipadas por no saber nada sobre su película. Luego, al cabo de un rato de conversación, me doy cuenta de que estoy fascinado tanto por la increíble historia que me cuenta, que es la de su película, como por la manera en que lo hace. En cuanto terminamos de hablar, mete la mano en su bolso y me entrega un DVD con el filme. Y ya más tarde, cuando trato de verlo en la computadora portátil, encerrado en mi habitación del hotel, constato que el disco no funciona. Por esta razón recién un año después he podido por fin ver, en Toulouse, este filme extraordinario. Todo mi agradecimiento a Luis Ospina.
El caso del Perú
¿Qué pasa con el Perú?, me digo cada vez que asisto a los Encuentros. Casi nunca hay películas peruanas seleccionadas ni en las secciones competitivas ni en el panorama. Y cuando hay una (como esta vez, Paraíso, de Héctor Gálvez, en la sección Descubrimiento), la pregunta que suelo hacerme es: ¿pero por qué ha sido escogida si no lo merece? En momentos en que diversos realizadores de diferentes nacionalidades dan muestras de excelentes dotes para dirigir a actores no profesionales, entre ellos niños y adolescentes, esta película peruana nos pone ante un grupo de jóvenes de una zona urbana popular que repite sin convicción, de paporreta, unos diálogos que se supone que se basan en su propia manera de hablar. Este no es el único gran defecto de la película pero tal vez sí el principal, ya que nada en ella es por eso mismo verosímil. Me parece una evidencia que en el Perú el cine no logra cuajar y las razones de ello habrá que analizarlas en profundidad un día de estos. El problema es antiguo: aparte de Armando Robles Godoy, que sí intentó hacer un cine personal y en parte lo logró, no hay gran cosa: una o dos películas con cierto encanto realizadas por Luis Figueroa, los dos o tres filmes de Lombardi que mencionaba más arriba y poco más: las dos películas más o menos logradas de Josué Méndez, Días de Santiago y Dioses, y las dos de Claudia Llosa, Madeinusa y La teta asustada, que son meritorias en el contexto nacional pero que, en lo estrictamente cinematográfico, no merecen las celebraciones con bombos y platillos alcanzadas a nivel internacional. Hace unas semanas, conversando en París con un profesor peruano en una universidad estadounidense, llegamos a la conclusión de que el subdesarrollo cinematográfico peruano se debía, por un lado, a la predominancia de una cultura audiovisual estricta y estrechamente estadounidense, y, por otro, a la incapacidad para adecuar los proyectos de películas a las posibilidades reales, económicas, técnicas, actorales, de su realización. En esto el Perú tiene un retrazo evidente, ya que numerosos cineastas argentinos, chilenos, mexicanos, ecuatorianos, uruguayos, etcétera, sí lo han comprendido bien, sean éstos jóvenes, como es en la mayoría de los casos, o ya veteranos, como, por ejemplo, el chileno Gregory Cohen, quien para realizar El baño recurrió a una cámara de vigilancia instalada en un rincón del baño de una casa por la que transcurre la historia reciente de Chile. Y el resultado es destacable, como lo pude comprobar hace unos años en Toulouse.
Cine lésbico, gay, bi y trans
Los Encuentros de Toulouse siguen renovándose y adaptándose al tiempo presente, ahora con un responsable de programación, Erick González, joven y de origen chileno. Siguiendo su iniciativa se ha creado la sección Otra mirada, en la cual encuentran espacio creaciones como Historias extraordinarias, del argentino Mariano Llinás, película ovni, de más de cuatro horas, “destinada a hacer historia en el cine argentino y a brindar una verdadera lección de inteligencia, imaginación, valentía y generosidad”, como escribe Gustavo Noriega en El Amante. Allí mismo pudimos ver Rabioso sol, rabioso cielo, un filme de más de tres horas realizado por el mexicano Julián Hernández, abanderado del cine homosexual en Latinoamérica. Y, precisamente, en esta edición 22 de los Encuentros de Toulouse el tema de una de las secciones fue La diversidad sexual en el cine latinoamericano (lésbico, gay, bi y trans): diez películas entre las cuales algunas bastante conocidas y reconocidas, como Tan de repente de Diego Lerman, Madame Satá de Karim Ainouz y Un lugar sin límites de Arturo Ripstein, y otras que remiten a una cinematografía marginal y absolutamente independiente, como es Vil romance del argentino José Campusano. Dentro de esta misma problemática debo inscribir las otras dos películas de Julián Hernández: Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor, que ya había visto yo en una edición anterior de los Encuentros de Toulouse, y El cielo dividido. “La explícita, pero a la vez romántica, representación homosexual que emprende Hernández en sus tres largometrajes, se enfrenta no sólo a los visos de escándalo por su carácter gráfico, sino al casi total vacío de referentes de una representación parecida en el cine latinoamericano”, escribe Pedro Adrián Zuloaga en “El cine de Julián Hernández: La busca de la otra mitad”, artículo publicado en el número 18 de Cinémas d’Amérique Latine, revista que coeditan con periodicidad anual los Encuentros de Toulouse y Presses Universitaires du Mirail.
Despedida
Este año fui a Toulouse de manera independiente, no enviado por la radio en la que dejaré de trabajar dentro de pocos días. ¡Qué libertad más grande no tener que enviar de manera obligatoria un reportaje diario! Vi las películas a mi gusto, dejándome llevar sea por una selección racional, sea por el instinto, sea por razones simplemente temáticas. Fueron veintidós filmes en cuatro días y medio, una borrachera fílmica vivida con un frenesí y una pasión inconmensurables. Entre las producciones recientes que más me cautivaron quiero mencionar dos antes de cerrar esta crónica que ya se hizo inmensamente larga: Viajo porque preciso, volto porque te amo, un filme brasileño medio documental y medio ficción de Karim Ainouz y Marcelo Gomes, que ganó el Gran Premio del Jurado (con mi voto mental de su lado) y La tigra, Chaco de Federico Godfrid y Juan Sasiaín, una sencilla y sensible película sobre el retorno al lugar de la infancia, a la que yo le habría dado el premio Descubrimento a la ópera prima, pero el jurado, esta vez, no estuvo de acuerdo conmigo y prefirió otorgárselo a El vuelco del cangrejo, del colombiano Oscar Ruiz Navia.
¿Volveré a Toulouse el próximo año al llegar la primavera? No lo sé, porque no sé por dónde me llevará la vida en los meses que se sucederán de ahora en adelante. Hoy por hoy, al evocar casi dos décadas mías de asistencia a los Encuentros, ganas no me faltan de seguir acudiendo a la ciudad rosa ávido de cine, con hambre de alimento fílmico para mi devoradora pasión cinéfila. A mí el cine me ha salvado la vida, me ha acompañado en los momentos altos y en los bajos de mi existencia. Sin el cine no sería lo que soy, bueno o malo, negativo o positivo, sería diferente, no sería yo. Y en Toulouse, quiero precisarlo antes de concluir, no sólo me he alimentado de cine sino que, en algunas ocasiones, he nutrido también mi pasión por la literatura. Y eso ha sido posible a través de encuentros magníficos con el novelista Fernando Vallejo (también pude ver sus películas como realizador) y con los poetas Eduardo Milán y Olvido García Valdez. Por todo ello me sigue gustando estar vivo y me sigue tentando volver a la ciudad rosa el próximo año.
El hombre que mira el mar
Wednesday April 07th 2010, 1:39 am
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Columnas

Libertad para escribir o para vender lo que se escribe. Jodido dilema.
Por: Carlos Calderón Fajardo
El mundo del libro, escritor-editor-lector, es otro, ha cambiado. El que escribe literatura produce al mismo tiempo una mercancía que se vende en el mercado. Y esa es una verdad enorme como una catedral. Es decir, literatura y mercado se han convertido en una relación decisiva. ¿Por qué?
a) Porque un libro para que pueda ser leído debe ser conocido por los lectores. Esto hace inevitable la participación de los medios en la literatura. Si el lector no está enterado de la existencia de un escritor de nada le servirá a éste haber escrito una obra maestra. Pero además para que el lector nos lea tiene que comprar el libro. Es decir, si el libro no está en librerías, tampoco de nada sirve haber escrito un buen libro y haber tenido una buena receptividad en los medios, en la crítica.
b) Porque los editores difícilmente van a publicar un libro si saben que no van a recuperar su inversión. Y los editores saben que para vender un libro el lector tiene que conocer al autor, si no lo conoce difícilmente comprará el libro de un desconocido, y, lo que es peor, si no lo encuentra en librerías no lo leerá nunca. ¿Ha buscado libros peruanos en ellas? Es interesante darse un paseo por las pocas librerías peruanas indagando por libros peruanos. Haga el descubrimiento por usted mismo.
c) Porque se ha producido aumento de libros ofertados en el mercado. Hoy escriben muchos escritores para pocos lectores. La competencia entre escritores y editoriales por un mercado limitado obliga a comportamientos de editores y escritores que antes eran impensables. Hay una nueva palabra que todos dicen, pero que nadie acepta: “marketearse”. El marketing es una habilidad que debe ir aparejada al oficio de escribir, que cada día importa menos, porque el arte de escribir reside ahora, al parecer, en el oficio de cómo escribir libros rentables. Ya no debe pensarse si se está creando una obra original, incluso significativamente en términos sociales, el único pensamiento que parece ocupar al escritor es si lo que está escribiendo es un buen producto para ser vendido. La libertad del artista se sacrifica por las exigencias del mercado; es decir, por la libertad comercial en el mercado. Claro que habrán los que se niegan a estas verdades y es posible que tengan razón, pero no pueden cerrar los ojos a la realidad.
d) Porque los que escriben por amor a la literatura, aquellos que todavía creen que se trata de un escenario de realización de su libertad, y de la expresión de una colectividad y su subjetividad, de una época y sus verdaderos voceros, son ahora desplazados por los escritores mediáticos.
e) Porque en el Perú lo mediático lo funda la televisión. Si la televisión es mediocre y produce una televisión basura, los autores mediáticos tenderán a escribir libros basura para complacer a sus lectores, que son sus espectadores en televisión.
Pero…
Las posibilidades de una buena literatura será siempre posible, porque existen editoriales alternativas, editoriales-empresa que les interesa la calidad de sus catálogos, porque existen también periodistas en muchos medios que promueven la buena literatura, a los escritores no mediáticos, porque existen escritores leales a sus fantasmas y que creen que sólo vale la pena escribir si se escribe buena literatura.
Pero…
Estos escritores y editoriales tienen que pensar que un libro sino se vende, será muy difícil que puedan sobrevivir. Los editores tienen que recuperar el dinero que invierten y si quieren sobrevivir deben repensar sus estrategias en el mercado: circuitos alternativos, formas de publicidad y maneras de actuación de los escritores.
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El escritor cubano Leonardo Padura, autor del inolvidable libro Adiós a Hemingway, escribió un articulo con la siguiente pregunta: “Literatura cubana: ¿de espaldas o de frente al mercado?” (revista Temas, La Habana, Cuba, 2008). Dice Padura algo sorprendente sobre la aparición del mercado del libro como un fenómeno de crecimiento notable de la libertad y de las posibilidades del escritor cubano dentro de su país: “Al producirse interés de parte de editores, agentes y, finalmente, críticos y lectores no cubanos por la literatura que salía de la Isla, se generó la aspiración de toda una generación emergente de escritores cubanos de iniciar o potenciar una vida editorial más allá de las fronteras cubanas, prescindiendo incluso de la posible circulación del libro en Cuba.” Hay que señalar que la revista Temas es una publicación autorizada en Cuba, digamos que es oficial, y Padura un escritor que pública afuera, pero que tiene cierta importancia en los debates sobre literatura y libertad al interior de su país. Esto hace más interesante lo que Padura dice.
Qué más dice Padura: “En cualquier caso, el mercado del libro satánico y despiadado, como todos los mercados, cumple en Cuba una función reguladora de la literatura, ante la cual no se puede cerrar los ojos.”
Pero habría que preguntarse si es la mejor literatura cubana la que accede al mercado internacional y no los libros más vendedores, porque como dijimos se trata de un fenómeno que es mundial: el libro debe ser vendido para que cumpla su misión. Y habría que preguntarle qué porcentaje de la población cubana tiene posibilidades económicas para comprar libros importados. Esa misma pregunta, sin embargo, se podría aplicar al Perú. ¿Cuántos pueden comprar libros importados? ¿Cuántos leen libros piratas? ¿Por qué existe el libro pirata? ¿Quiénes leen libros piratas? ¿Por qué en ciudades importantes del Perú hay librerías que solo venden libros piratas y hasta dan factura?
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¿Y qué está pasando en España? ¿Qué cosa hay de nuevo entre el escribir libros y el venderlos? Al disminuir el interés por el libro y aumentar el número de autores empieza a surgir comportamientos nuevos, inéditos, sorprendentes en los escritores jóvenes de buena literatura. En contra del estereotipo del escritor romántico torturado, esquivo, invisible, llamado purista, los nuevos escritores participan activamente en las estrategias de venta de sus libros. Las obras entran en el mercado en busca de lectores principalmente vía blogs, Twitter y Facebook. Mejor dicho, a partir de la saturación y el reto de los autores mediáticos y las superventas de libros del tipo bestsellers, el autor joven de calidad empieza a gestar su reputación. De esta manera, el escritor se convierte en el jefe del departamento de marketing de sus propios libros.
Estos escritores forman una nueva generación. Encabezados por Fernández Porta (spoken Word) cuyo lema de batalla dice, precisamente: “El autor es el jefe del departamento de ‘marketing’ de si mismo”. La lista de estos autores preocupados por autopromocionarse a través de todo tipo de medios es significativa: Jorge Carrión, con sus tráileres sobre Los muertos, su primera novela, cuatro videos sofisticados realizados por Sergio Espín; Vicente Luis Mora y sus narrativas cross-media; el punkjournalim.com de Roberto Juan Cantavela; las sesiones de Dj de Kiko Amat; las entradas en google de la egosurfer; los booktrailer de Agustín Fernández Mallo; las zonas de descargas en web de Javier Calvo; la novela 2.0 de Enrique Rubio; el disfraz de zombi de Manuel Loureiro; la camiseta “Soy un cornudo” de Valeriano Campanillas. Cuando uno cree que ha escrito un buen libro y se convence de que sin la lucha en el mercado no se consigue nada, entonces todo vale. En El País, Eloy Fernández Porta, autor de Homo Sampler (Anagrama), declara: “Un escritor además de bueno, puede ser modesto, pero esa es una cualidad personal y no textual”. Por otro lado, Jorge Carrión, que publica en Mondadori su novela Los muertos, dice: “Del autor de Australia llega a nuestras pantallas un thriller, una máquina textual.” No es el anuncio de una película, sino un tráiler sobre la novela. ¿Acerca de qué escribe Jorge Carrión? En El País, en marzo último, Jordi Costa señala: “Primera y prodigiosa novela de Jorge Carrión (1976). Bajo el influjo de la sofisticada narrativa de las teleseries de última generación, Carrión construye un laberinto en los callejones de una megalópolis que gestiona de manera turbia la relación con el Otro. Pero al mismo tiempo se le presenta como un ídolo pop.”
Nos preguntamos si con la muerte de Salinger no solo murió el cuerpo de Salinger, sino también un tipo de escritor que terminó un ciclo y, luego de su desaparición, abrió otro. Me imagino que se crearán sectas secretas de lectores de libros antiguos, que pasarán de mano a mano, como objetos preciados, y que leerán como locos nostálgicos, alucinados visionarios perdidos en las flores del pasado, que no sabrán usar computadoras ni bajar libros virtuales, aquellos que todo el grueso de los lectores consumirá como zombis voraces. Pero, ¿el Internet se tirará abajo al mercado? Todo es posible en este mundo que se convierte día a día en un capitulo de La dimensión desconocida. Los viejos deben acordarse de esa serie televisiva de ciencia ficción.
Los refuerzos

Por: Juan Francisco Ugarte
Cuando el blog se relanzó en noviembre del año pasado dijimos que la participación de los columnistas sería en principio por cinco meses. Luego de ese tiempo, cada uno decidiría si seguir colaborando o no. Cumplido el lapso, y tras la pregunta de rigor, los que aceptaron continuar, sin ninguna vacilación, fueron: José Rosas Ribeyro, José Carlos Yrigoyen y Martín Mauricio. Además, desde marzo se incorporó un nuevo integrante al grupo, Alejandro Neyra, quien ya ha publicado en dos oportunidades y cuya columna se titula “Vagamente muchos peruanos”.
Por cuestiones personales, en diciembre Carlos Calderón Fajardo decidió dejar de escribir para el blog. Sin embargo, nunca se dejó de lado la posibilidad de algún retorno en el futuro y ahora, después de un breve descanso, ha optado por volver con la misma voluntad y entusiasmo de siempre. Su columna mantiene el título de “El hombre que mira el mar”.
Entonces aquí viene lo nuevo.
Al conjunto anterior de participantes, se suman tres más. Éstos son:
Elsie Ralston: Nació en Perú. Estudió en el colegio Los Reyes Rojos, luego Humanidades y Filosofía en la Antonio Ruíz de Montoya, después, brevemente, Artes, y para terminar Derecho y Ciencia Política (no tan brevemente). Su vida profesional transcurrió hasta el momento en proyectos sociales de impacto masivo, especializándose en Responsabilidad Social y gestión de iniciativas para desarrollo y erradicación de la pobreza, así como el liderazgo de proyectos de atención a emergencias sociales. Escribe poesía desde sus últimos años escolares, hace más de una década. Algún tiempo atrás empezó a escribir prosa también. Le gusta dibujar y comparte sus procesos creativos en páginas web y redes sociales. Le es vital el acceso a internet porque hace poco se dio cuenta que no es aquel espacio intangible que creía, sino todo contrario, una realidad tangible que la acerca al mundo. Resiente de que algunas personan no lo entiendan. Su columna se llamará “PL”.
Nicolás Rodríguez Galvis. Quien dice de sí mismo: “Nací un 12 de enero, el mismo día que Jack London y Haruki Murakami, dos autores que no me gustan pero que han marcado a dos amigas que quiero mucho. Nací en 1984, año fantástico, en Bogotá, ciudad en la que crecí y viví y en la que no vivo desde hace ya algunos años. Me acuerdo del último día del año dos mil como si fuera ayer, me acuerdo de muchas cosas, creo que tengo buena memoria y eso me parece importante. Me gusta viajar en tren, me gusta subrayar bastante mis libros, me gusta ir al cine solo, me gustan los columpios, los amigos y los abrazos. Vivo en París sin saber muy bien porqué y eso me agrada. Me gusta la frase ‘soy más feliz leyendo que escribiendo’. No me gusta escribir minibiografías, pero ésta no está mal.” Su columna llevará el título de “Miscelánea”.
Alicia Robeson. “Nací en Alabama, pero a los dos años de edad decidí que no era un lugar para mí (o tal vez me expulsaron porque estaba creando un gang latino en la guardería de bebés) y me fui a Chile, Valparaíso (período sobre el cual no hay mucho que decir, excepto que me creía poeta y que era una alumna mediocre), a los 20 años decidí nuevamente que no era un lugar para mí y me vine a París, estudié Literatura en la Sorbonne Nouvelle (Magíster), aunque yo hubiese preferido armar mi grupo de rock; pero, en todo caso, pensé que era más excitante hacer un curso de bibliotecaria y ahora lo soy en el IHEAL (Institute Des Hautes Etudes D’Amérique Latine). Escribo cuentos que rara vez termino. En 1996 gané una beca de poesía juvenil para un taller en la Casa de Pablo Neruda (La Sebastiana), lo cual no cuenta porque los poemas que envié eran mitad plagios de otros poemas y mitad letras de canciones que traduje del inglés.” Su columna se llamará “Las chicas bonitas cavan tumbas”.
La dinámica de los nuevos columnistas se rige bajo los mismos conceptos que los anunciados en noviembre del año pasado. Por eso, está de más decir que la bitácora no se hace responsable de las opiniones vertidas por alguno de ellos.
De otro lado, una de las grandes faltas en esta primera etapa del blog fueron las entrevistas; debido a lo cual, desde abril, Jack Martínez se hará cargo (ahora sí) de esta sección una o dos veces por mes. Promete, según sus propias palabras, varias sorpresas.
Así, esto es lo que será el blog en adelante: columnas (lunes y jueves), reseñas (miércoles), entrevistas, creación literaria o alguna colaboración externa (viernes). Se intentará en lo posible, como ha sido hasta ahora, no modificar el orden de los posts.