Vallejo y el viudo de la viuda (Respuesta a César Ángeles)

rosas final

 Por: José Rosas Ribeyro

 

¡Cuídate de los que te aman!

César Vallejo

 

1

Me es incómodo responder a César Ángeles por su “Salutación angélica/ Polémica sobre Vallejo ante la crítica”, texto que es una respuesta a “Miscelánea tropical”, una crónica de mi columna El búho insomne, en esta Bitácora, en la que dediqué algunos párrafos a comentar al artículo del señor Ángeles titulado “César y Georgette Vallejo entre las dos orillas y al pie del orbe”, aparecido en Intermezzo Tropical 6/7 , el cual es, a su vez, una respuesta a “Un Vallejo propio y mío”, largo artículo que publiqué yo, primero en un homenaje a Vallejo en la revista Martín y luego en las páginas virtuales de la revista El Hablador. Y me es incómodo hacerlo porque no soy la persona indicada para ello, por la simple y sencilla razón de que César Ángeles tiene problemas, más que nada, con lo que el propio poeta escribió en sus cartas y que fue recopilado por Jesús Cabel en César Vallejo: correspondencia completa (Universidad Católica del Perú, 2002).  El profesor Ángeles prácticamente no dice nada sobre la primera mitad de mi texto, en la que Vallejo aparece ligado a mi adolescencia y al descubrimiento de la sexualidad, admirado por dos poetas de hoy (el uruguayo Eduardo Milán y la española Olvido García Valdés) y en la memoria de tres personas que lo conocieron personalmente: Désirée Lieven, André Coyné y Elena Garro. Nada sobre eso, porque casi lo único que le interesa al señor Ángeles -lo repito- es la correspondencia de Vallejo, donde el gran poeta aborda sin medias tintas los problemas económicos que tiene, los préstamos de dinero que le solicita a uno y otro de sus amigos y que no paga, la vida bohemia, los asuntos con mujeres (las varias veces mencionadas “zorrillas”) y las enfermedades de las que sufre y, en especial, la blenorragia o gonorrea, de la que no se cura porque no le dedica un tratamiento adecuado.

Y precisamente sobre esto, la blenorragia que Vallejo revela a sus amigos, César Ángeles llega incluso a escribir: “la gonorrea que le supone José Rosas”. Pero no, señor Ángeles, yo no supongo nada: es Vallejo quien lo escribe con su propia mano, aunque a usted eso le sea insoportable. De ello deduzco dos cosas: o no ha leído usted la correspondencia de Vallejo (lo cual no creo) o, si la ha leído, la mente de marxista-leninista puritano de usted no ha querido retener en la memoria que el gran poeta sufría de manera crónica de una enfermedad que usted considera poco digna en un revolucionario de “vida heroica”. Lo siento, señor Ángeles, pero de esa enfermedad que padeció -la blenorragia o gonorrea-, Vallejo le habla a sus amigos de manera reiterada y explícita.

Ya quisiera César Ángeles que el grandísimo poeta coincidiera más en sus cartas con la imagen de aguerrido militante comunista, que él se ha construido en la cabeza, ayudándose para ello, principalmente, de Georgette Philippart y sus “Apuntes biográficos”. Pero no es así, señor Ángeles, lo siento mucho: en sus cartas Vallejo habla sobre todo de dinero, mujeres, bares, enfermedades, deudas, “zorrillas” y muy poco de lo que usted quisiera: la militancia revolucionaria, el compromiso político. Lo siento mucho por usted, porque lo que es a mí que haya tenido gonorrea, sífilis, paperas, sarampión, orzuelo o lo que fuera, no le quita ni le pone nada a su condición de grandísimo poeta. Y es eso lo que a mí me importa: que un hombre como usted o yo o cualquiera de nuestros lectores haya sido también, y sobre todo, uno de los más grandes poetas de la lengua castellana.

dibujo vallejo

Insisto, pues: quien debería responderle a César Ángeles es su tocayo César Vallejo, pero como el poeta murió en 1938 y mis capacidades de médium para comunicar con los espíritus son inexistentes, tendré que hacerlo yo. No me queda más remedio. Y lo hago plenamente consciente de que así como usted ha leído las cartas de Vallejo con anteojeras, me ha leído a mí (ávido devorador de libros y humilde comentarista) sin saber bien lo que estaba leyendo. Usted dice debatir “la línea de exégesis académica en la que usted (o sea yo) se inserta”. Nada más extraño que esta frase cuando mi “Vallejo propio y mío” es todo lo contrario de una “exégesis académica”: es un artículo subjetivo, antiacadémico, en el que expreso desde mi propia sensibilidad lo que ha sido para mí, como individuo, la experiencia de leer a Vallejo casi desde los años de mi infancia hasta ahora. Puedo aceptar que usted no comparta mi sensibilidad pero no que me atribuya algo que no he hecho. En esa misma óptica de académico que quiere academizarlo todo, me acusa usted de extraer “conclusiones absolutas”, cuando en verdad no extraigo conclusión alguna porque ese no es mi objetivo: yo cuento cómo he leído a Vallejo, cómo el poeta de Trilce me viene acompañando en la vida desde hace ya casi cincuenta años a través de su poesía, sus cartas, diversos testimonios, y la presencia -para mí desagradable, lo admito- de la señora Philippart. Eso es todo. El mundo de las “conclusiones absolutas” forma parte más bien de quienes, como usted, pretenden detentar el saber incuestionable de la supuesta “ciencia” marxista leninista.

Precisamente, sobre esto del marxismo, el socialismo y otras hierbas (y malas hierbas), quisiera detenerme unos instantes, aunque me lleve a salirme un poco del tema central de este debate: mi visión sobre Vallejo. No conozco cuáles son en concreto las contribuciones de usted, como luchador social autodenominado “radical”, a las batallas por ese mundo mejor al que, tanto usted como yo, aspiramos. Deben de ser muchas y muy heroicas para hablar con tanta seguridad y arrogancia en nombre de la causa y calificarme a mí de renegado al socialismo. Sepa una cosa: no tengo ninguna lección que aceptar de usted en materia de marxismo, socialismo y compromiso político. Tras muchos años de militancia clandestina, algún encarcelamiento y un destierro (que no hacen de mí un héroe, felizmente -y esto lo preciso de inmediato-), mi visión del socialismo, el comunismo, la izquierda, etcétera, no tienen el carácter religioso que usted expresa muy bien al utilizar el verbo renegar como lo haría cualquier inquisidor o ayatolá. Yo sí sé, señor Ángeles, que Stalin no fue un banal “político” sino un dictador, asesino, responsable de millones de muertes tanto en la Unión Soviética como en otros lugares del mundo, lo cual usted parece ignorar. Las “experiencias socialistas”, que usted menciona de pasada como modelos, dieron lugar a sangrantes dictaduras y hoy formarían parte del pasado si no fuera por los gobiernos de férreo control político que siguen existiendo en países autodenominados “socialistas” como China, Corea del Norte y Cuba, gobiernos que seguro usted admira (aunque yo quisiera esperar que no). Tampoco tiene usted por qué meterme, con airecitos de superioridad, en “cierto sector progre”, porque no pertenezco a nada que se le parezca aquí en París, donde vivo, ni pertenecí, cuando vivía en el Perú, a ningún “sector progre”, sino a organizaciones que se pretendían revolucionarias. Y usted, que es un académico, no tiene por qué imaginar, por conveniencia propia, que mis ánimos de hoy están “más apaciguados que en su (mi) incendiada juventud”. Aunque esto ya no tenga mucho que ver con el tema del debate -pero usted, señor académico, se fue primero por las ramas-, le puedo decir que soy absoluta y totalmente anticapitalista y que aspiro a un socialismo (y comunismo, porqué no) democrático y anti-autoritario, abierto y dialogante, es decir, a un socialismo sin mitos que enceguecen, sin utopías que son espejismos, sin el “ideal” del “hombre nuevo” (que es más bien propio del fascismo) y sin campos de concentración para los disidentes, los marginales, los diferentes. Usted, que se queja de que yo lo caricaturizo, debería dar el ejemplo no caricaturizándome a mí de una manera tan burda y tirada por los pelos. Uno de los delirios paranoicos de Stalin (un respetable político, al parecer, según usted) era ver anarquistas y trotskistas por todas partes, estos a veces eran reales y a veces no, pero en todos los casos el “gran capitán” no dudó en pasarlos por las armas. Siento decirlo, señor Ángeles, pero usted sufre del mismo tipo de mal: me acusa a mí de supuestas posiciones “anarcas” que no sé de dónde saca y llega a avalar incluso la idea de un supuesto “anarquismo de la experiencia surrealista”, ignorando intencionalmente que surrealistas como Aragon y Eluard fueron siempre miembros del Partido Comunista Francés, y que incluso Breton lo fue durante un tiempo. Vallejo se opone al surrealismo, señor Ángeles, en nombre del realismo socialista, estética oficial del mundo “comunista” durante el periodo estalinista. Y, sin embargo, nadie más alejado del realismo socialista que el propio Vallejo en su poesía, incluso cuando ésta tiene un evidente trasfondo político. El genial autor de Trilce no le cantó a Stalin en sus versos como sí lo hicieron Neruda, Guillén (el cubano, por cierto, no el otro), Aragon y tantos otros poetas contemporáneos de Vallejo que se nutrieron del marxismo estalinista preponderante en aquella época. Lo cual muestra, contra lo que usted cree, que el autor de Trilce era un hombre cargado de contradicciones.  

Lo que me gusta de usted, señor Ángeles, es que reconoce al menos mi “virulencia e ironía”, las cuales asumo plenamente. Virulencia contra los hacedores de mitos nefastos o sus difusores, como usted, e ironía porque el humor no hace daño en sí y contribuye al desarrollo de la inteligencia crítica. Lamentablemente, no puedo vous renvoyer l’ascenseur (“devolverle el ascensor”), como se dice en Francia cuando a un favor o a un halago se responde con favores y halagos similares. Porque, por un lado, usted está desprovisto de todo humor, lo cual no le ha impedido la osadía de ir a la búsqueda del humor en Vallejo. Y, por otro lado, porque su virulencia triste y amargada se expresa en términos de liquidación política e intelectual y con posturas de Gran Inquisidor. Esto lo lamento aún más porque usted forma parte del equipo de intelectuales y poetas que editan una revista interesante, como es Intermezzo Tropical. Una revista que me parece más abierta al diálogo, al intercambio de ideas y al respeto de sensibilidades políticas y estéticas diferentes que lo que usted demuestra en su respuesta a mis apreciaciones subjetivas (pero nunca mentirosas ni caprichosas) sobre César Vallejo. Usted hace gala de una virulencia similar a la de algunas viudas de escritores, que terminan siendo más papistas que el propio papa. Usted parece ser el viudo de la viuda, listo a defender con cualquier tipo de argumentos la visión, a mi modo de ver antojadiza, que sobre Vallejo construyó la señora Philippart.

El viudo de la viuda defiende, pues, a capa y espada el mito construido por la viuda del poeta. En verdad, más parece interesarle doña Georgette que el propio Vallejo. Y para defender a la viuda no vacila en hacerse el distraído ante algunos aspectos que señalo en “Un Vallejo propio y mío”, aspectos que intencionalmente “olvida” en su respuesta. Aquí le reitero algunos que creo que merecen respuestas serias de parte de un académico como usted:

¿Cree usted realmente que Vallejo tenía una aureola de santidad escondida debajo del sombrero, como lo pretende la señora Philippart en sus “Apuntes biográficos” sobre el poeta? He aquí la frase en cuestión: “Vallejo quitándose el sombrero me saluda y veo una gran luminosidad blanco-azul alrededor de su cabeza”.

¿Cree usted realmente que distinguidos estudiosos de la obra de Vallejo, como Luis Monguió, André Coyné y James Higgins, brillantes académicos como usted, son “loros descerebrados”, como lo afirma la señora Philippart?

¿Cree usted que el comunista Gonzalo More, íntimo amigo de Vallejo, era un ser “totalmente amoral por no decir inmoral” y también “un reaccionario”, como dice la señora Philippart?

¿Cree usted que Juan Larrea, otro íntimo amigo de Vallejo, estudioso de su obra y fundador de Aula Vallejo (revista que apareció en Córdoba, Argentina entre 1961 y 1974), era un impostory “un oportunista”, como sostiene la señora Philippart?

¿Cree usted realmente que tiene algo que ver con el debate sobre la vida y la personalidad de Vallejo el hecho de que, en los años sesenta, tres décadas después de la muerte del poeta, la señora Phillipart haya apoyado con dinero la aventura guerrillera peruana, como usted lo señala en “César y Georgette Vallejo entre las dos orillas y al pie del orbe”?   

Quedan muchas interrogantes sin respuestas de su parte, señor Ángeles. Muchas interrogantes ante las cuales usted “se hace el loco”, como se dice en el lenguaje popular. Éstas cinco que menciono no son sino ejemplos embarazosos para usted.

aula vallejo

Pasemos, sin embargo, a otro aspecto. Me llama poderosamente la atención que un académico como usted, que se pretende serio, proponga como línea de estudio y de análisis histórico nada más ni nada menos que la mentira. La mentira, la tergiversación de los hechos, como método de investigación. Eso me recuerda, precisamente, esa época estalinista de la cual usted no quiere ni acordarse. Esa época en que en la historiografía soviética se eliminaron de los textos y de las fotografías a quienes se habían opuesto al “temible Koba”, el hombre que “hizo todo el mal que pudo, entregándose en cuerpo y alma a una empresa de muerte”, como bien escribe Martin Amis en su meditación sobre Stalin y su legado. Usted, señor Ángeles, ya en pleno siglo XXI, tiene la desfachatez de escribir que hay cosas que son “urgente de revelar, sobre todo en estos tiempos, donde una serie de prácticas tramposas y burocráticas han desdibujado opciones de auténtico cambio en el mundo actual, gobernado por el salvaje neoliberalismo.” Está claro: para usted acercarse a la verdad histórica no tiene interés alguno y, en este caso, acercarse a la vida de Vallejo tal como fue en verdad para usted no tendría sentido. Según usted, lo que hay que hacer es manipular los datos, borrar algunos, agrandar otros, con el objetivo de adaptarlos a los objetivos políticos suyos. En otras palabras: usted propone hacer con la vida de Vallejo, con lo que dice él en su correspondencia, las mismas “prácticas tramposas” que denuncia en otros. Además de que no me parece una manera muy marxista de encarar el análisis histórico, es una práctica reñida con toda ética de investigación académica. Ya veo que la fe ciega en política sigue haciendo estragos y que hay aún pretendidos marxistas que piensan, como usted, que el fin justifica los medios.

Ya para terminar propiamente la respuesta a César Ángeles, quiero referirme a las únicas frases en que hace alusión a algo que no tiene que ver directamente con la correspondencia de Vallejo. Se trata de la parte final de “Un Vallejo propio y mío” en la que cito un fragmento de mi diario escrito el 18 de mayo de 2008 con “mi caligrafía infantil y desordenada”. Yo no sé qué conocimiento tiene el señor Ángeles de la escritura de lo íntimo, el diario o las memorias, por ejemplo, pero al parecer no tiene ninguno. Lo remito, para que se entere, a un académico francés especialista en la materia, Philippe Lejeune, autor de Le pacte autobiographique y de Signes de vie, entre otras obras. Un diario es, estimado académico, escritura eminentemente subjetiva que se asume como tal y no, como lo ve usted, un análisis, supuestamente objetivo de algo. Y resulta, señor Ángeles, que ese día que menciono más arriba salía yo muy triste de ver una exposición de esa gran artista conceptual que es Sophie Calle. Estaba yo triste por diversas razones y, entre otras, como consecuencia de lo que había visto sobre la ruptura amorosa, y porque era un día gris y en París los días grises son, para mí, tristes. Era además domingo al caer la noche y, como dice la canción: “¡qué triste que es París los domingos!”. Escribo pues: “Qué triste la calle Molière, el domingo (como hoy) al morir la tarde, qué triste tu tristeza que me llega a través del tiempo y se me incrusta en el pecho.” Y lo hago allí en la calle en que vivió Vallejo y teniendo muy presente los versos de “Piedra negra sobre piedra blanca”: “Me moriré en París con aguacero / un día del cual tengo ya el recuerdo” (…) “porque hoy, jueves, que proso / estos versos, los húmeros me he puesto / a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, / con todo  mi camino, a verme solo” (…) “son testigos / los días jueves y los huesos húmeros, / la soledad, la lluvia, los caminos…”  Lo que a usted le molesta de este testimonio, señor Ángeles, es que mi propia tristeza de aquel domingo de mayo en París se haya encontrado en diálogo íntimo con la tristeza de Vallejo en un jueves de otoño, también en París. No quiero decir con eso que Vallejo haya sido siempre, todos los días, un hombre triste, ni que yo lo sea de la mañana a la noche los 365 días del año. Si usted leyó el testimonio de Désirée Lieven que incluyo en “Un Vallejo propio y mío”, sabe muy bien que doy más bien la imagen de un hombre que sabía reír y que incluso en alguna fiesta seguro que bailaba. Una vez más usted falsea lo que digo y recurre a las “prácticas tramposas” que denuncia. Es una lástima, qué más puedo decirle. Es una lástima.

2

El pasado 15 de abril fui invitado a participar en una mesa redonda sobre Vallejo organizada por el servicio cultural de la embajada del Perú en Francia. Compartí la mesa, pues, con Nicole Réda-Euvremer, profesora de literatura en lengua española y traductora de la nueva edición de la poesía completa de Vallejo publicada en Francia (Poésie complète, Flammarion, 2009) y con Ina Salazar, profesora de literatura hispanoamericana en la universidad de París. Tengo entendido que si me invitaron fue, por un lado, porque había entrevistado a la traductora para Radio Francia Internacional y, por otro, porque tanto ella como el responsable de las actividades culturales de la embajada, el poeta Alonso Ruiz Rosas, habían leído mi artículo “Un Vallejo propio y mío”. En mi intervención dije algunas cosas que quisiera reproducir aquí porque, de cierta forma, ayudan a comprender mi postura ante la obra del gran poeta universal que es Vallejo: “Hoy, ante ustedes, me veo en la obligación de decir que yo no soy vallejólogo ni vallejista ni vallejiano. Tampoco soy vallejólatra ni vallejópata. No se han detectado en mí síntomas de vallejitis ni de vallejomanía y, menos aún, de vallejofagia y vallejofrenia. No, no soy un especialista en vallejismo y ni siquiera un aficionado a ello. Soy, en cambio, simple y sencillamente, una persona que leyó por primera vez a Vallejo cuando empezaba a salir de la infancia y que, desde entonces, tiene una relación personal, amistosa, dialogante, conflictiva, afectuosa, polémica, pasional con el autor de Los heraldos negros, Poemas humanos, España aparta de mí este cáliz y, sobre todo, sobre todo, digo y repito, de Trilce.”

Luego, ya para terminar mi intervención, recordé la manera como concluí mi artículo publicado en Martín y en El Hablador: “Cierro mi cuaderno y repito contigo, mi Vallejo propio y mío: ¡Cuídate del leal ciento por ciento! ¡Cuídate de los que te aman! ¡Cuídate del futuro!”. Ahora, para terminar este “Vallejo y el viudo de la viuda”, quiero volver a ello. Y digo, pues, que como no soy vallejista ni vallejólogo y menos aún vallejólatra, me permito la “irreverencia” de retomar algunos versos de Vallejo y parafrasearlos:

¡Cuídate de la hoz sin el martillo!

¡Cuídate del martillo sin la hoz!

Cuídate de la hoz y del martillo

¡Cuídate del leal ciento por ciento!

Cuídate de los que levantan banderas en tu nombre

Cuídate, Vallejo, de quienes te idolatran

Cuídate de quienes te rinden homenaje

Cuídate de los que te niegan

Y cuídate más aún de los que te afirman

Cuídate de los héroes

Y cuídate de quienes te han convertido en héroe

Cuídate de los que hablan en tu nombre

Y cuídate de quienes se reúnen en tu nombre

Cuídate de las entidades oficiales

Cuídate del Perú

Cuídate del destino de tu cadáver

Cuídate de quienes te traducen

¡Cuídate de los que te aman!

Cuídate de quienes creen entenderte

Cuídate de quienes te leen

Y cuídate más aún de los que te ignoran 

Cuídate, Vallejo, de ti mismo

Cuídate de mí

Y sobre todo

Ahora

En este momento

¡Cuídate de César Ángeles!

 

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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8 Responses to Vallejo y el viudo de la viuda (Respuesta a César Ángeles)

  1. Hugo (del TEC) says:

    Un saludo desde Chiapas a Don José, gran poeta y periodista, un hombre entero que nunca se calla. El infrarrealismo no ha muerto.

  2. Jefe de prácticas de Camilo (Base 98) says:

    No puedo creer que alguien de la categoría y el nivel intelectual de José Rosas pierda el tiempo en responderle a un personaje que antes de este lío, salvo la gente de su barrio, nadie conocía. ¿Esta respuesta es parte del Búho Insomne o podemos esperar con calma su columna en los próximos días? Ojalá sea cierto lo segundo, sería una lástima que desperdicie su columna mensual en asuntos de este tipo.

  3. Mero Loco says:

    Un saludo a todos mis patas cebicheros.

    Otro muy especial a mi hermano José “Don Bieto” Rosas Ribeyro. Excelente leerte otra vez compadre. Como muchos en Perú te apoyo en todo, sigue metiendo sable a diestra y siniestra nomás que acá la batería de Ate Vitarte está contigo.

    Cae cuando quieras por mi local. Yo converso con Tulio y el negro Verástegui para cerrar con unos choritos a la chalaca y unas chelas. Un abrazo.

  4. María Emilia DIGNIDAD says:

    ¡Pero cómo se atreve a atacar al respetable profesor y crítico César Ángeles, defensor de César Vallejo, y más aún a su esposa y uno de los pilares del femenismo peruano, Georgette Philippart!
    Usted no cambia, señor Rosas. Frente a eso nosotras no nos quedaremos de brazos cruzados.

  5. Ney Guerrero says:

    Qué tal revolcada, bien ahí Pepe !!

  6. Anonymous says:

    Respuestas:
    A Hugo: gracias por tus palabras. Ya quisiera ser “un hombre íntegro que nunca se calla”.
    A Jefe de prácticas: el señor Angeles es un académico peruano que vale lo que vale y, como todo el mundo, merece respeto. Esta respuesta al viud de la viuda no forma parte de mi columna.
    A Mero Loco: gracias, ya volveré a Lima antes de fin de año.
    A María Emilia Dignidad: la señora Philippart, felizmente, no representa para nada a todas las mujeres. Ya hablaré próximamente de otras que sí, admiro.

  7. Hora Zero Forever says:

    Señor Rosas, estamos esperando se pronuncie sobre la antología de Hora Zero, responda señor Rosas.

  8. Superboy Llontop says:

    Qué tanta vaina con estas broncas si todo el mundo sabe que Vallejo chupó, hizo perro muerto y se juergueó de lo lindo con las putas y sus amigos en París. Ya pues Pepe, deja de lado la mecha y vuelve por la senda literaria y de la crónica que esto está de más.

    Superboy