Jorge Franco en la Feria del Libro
Tuesday July 27th 2010, 3:35 pm
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jfranco

Hoy se presenta en la Feria del Libro la última novela del escritor colombiano Jorge Franco, titulada Santa suerte, lo que significará uno de los eventos más importantes de la programación. El libro cuenta la historia de tres hermanas (Amanda, Jennifer y Leticia) condenadas a un destino lleno de frustración y dolor, en medio del cual se van articulando una serie de obsesiones y patologías, propias de los personajes de Franco.

Cabe destacar que la novela aún no ha sido publicada en Colombia, cuya presentación se realizará los primeros días de agosto.

La cita entonces será hoy a las 7 de la noche, en el auditorio José María Arguedas. Imposible faltar.



Vagamente muchos peruanos
Thursday July 22nd 2010, 1:57 am
Filed under: Columnas

Neyra Final

Vagamente dos presidentes

 

Por: Alejandro Neyra

 

Al inicio de Una novela rusa, apenas en la primera página, cuando el narrador está haciendo el amor en un tren en movimiento con su pareja, aparecen dos peruanos. No se trata de cualquier dúo de personajes exóticos. Se trata del señor y la señora Fujimori. Más aún, la señora Fujimori se une a la pareja que hace el amor y se presta a una escena de sexo acrobático frente a la vista -¿y paciencia?- de su esposo, quien de pronto advierte a aquel trío practicante de un sabroso menage à trois, que el tren se ha detenido.

Se trata de un sueño, por supuesto, que el propio narrador explica claramente al haber ojeado una noticia sobre el presidente del Perú en su Libération diario (el periódico de la izquierda francesa).

El autor de Una novela rusa es Emmanuel Carrére, escritor, guionista y director de cine francés de poco más de cincuenta años y del que poco se conoce en estas latitudes. De hecho, antes que novelas de Carrére, si algo le dice usted este nombre es probable que sea por la película El bigote (La Moustache, 2005), una excelente obra de suspenso acerca de la propia identidad. Allí, un hombre se afeita el bigote -que lo caracteriza durante casi toda su vida adulta- y comienza a vivir una serie de extraños sucesos en los que ve cuestionada su propia existencia.

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En Windows of the world un hombre espera su propia muerte y un narrador busca imaginar cómo sería esta peculiar situación. Un padre está junto con sus pequeños en el famoso restaurante Windows of the world, situado en las alturas –piso 107 para ser más exactos- de una de las torres gemelas el 11 de setiembre de 2001. En medio del caos que se vive en ese instante que marcó el verdadero inicio del siglo XXI, el autor hace una notable digresión sobre la vida en nuestros días a través de los pensamientos de aquel hombre divorciado que cuida a sus hijos en un lugar que parece ser verdaderamente la cima del mundo y que se desintegra –con ellos, claro– en cuestión de segundos. Windows se convierte así en un caleidoscopio moderno en el que poco a poco aparecen diversas ideas, imágenes, y personajes de la más variopinta especie. Allí, entre todos ellos, en medio de un listado de figuras cosmopolitas, aparece un recién elegido presidente peruano de origen indio, como una intuición fugaz pero reconocible pues el narrador también lo ha visto apenas en el diario: es Alejandro Toledo.

Frédéric Beigbeder tiene cuarenta y cinco años y es el autor de Windows of the world. Quizás es un poco más conocido por su éxito mediático (la novela que lo lanzó a la fama, 13,99 euros, una parodia sobre la publicidad y la sociedad de consumo también se convirtió en película) pertenece a la nueva generación de narradores galos, egocéntrico y narcisista como pocos, y referente de aquella clase que denominan “bobos” -“bourgeoise bohéme”  (un poco la antítesis de derecha del “gauche caviar” o simplemente caviar en nuestras tierras). Beigbeder  -una especie de Bayly con departamento con vista al Sena- se reconoce a sí mismo como un autor de novelas autobiográficas satíricas y ligeras.                             

Pero claro, la pregunta que nos interesa pasada esta presentación es: ¿Qué hacen dos presidentes peruanos en medio de novelas francesas contemporáneas? ¿Es el Perú -más aún, su curioso e irregular devenir político- objeto de preocupación por la intelectualidad europea como para aparecer así en dos obras contemporáneas (2007, la de Carrère y, 2003, la de Beigbeder)?

En primer lugar, quizás habría que decir que los dos autores franceses provienen de la burguesía y tienen formación en la famosa facultad de ciencias políticas de París (Sciences Po), lo que los hace parte de la élite cultural de su país, más allá de la notable rebeldía -como pose, sobre todo en el caso de Beigbeder. De cualquier forma, se trata de personas que conocen el mundo y encarnan al nuevo escritor francés globalizado, preocupado por primera vez en lo que pasa más allá de sus narices y de las fronteras de El Hexágono -sobrenombre que los franceses dan a su país. Ambos son cosmopolitas e ilustrados.

beigbeder

Y sin embargo, ¿por qué el Perú?, como dice el brillante ensayo de Luis Loayza del cual birlamos el nombre para esta columna:

“¿Por qué, me pregunto, justamente dos peruanos? ¿Qué significan, quiénes son esos fantasmas literarios?

En primer lugar ambos personajes existen porque son peruanos es decir, en Francia, exóticos. Todo escritor sabe que un nombre extraño y distante da cierto encanto misterioso a su párrafo. En la literatura europea el Perú es de estos nombres y ha sido utilizado muchas veces para sugerir las ideas de lejanía y riqueza.” (El sol de Lima)

Las cosas no han cambiado mucho desde el siglo XIX. Dos presidentes peruanos resultan sin duda hoy, en el siglo XXI, también símbolo del exotismo humano y político, sobre todo si se piensa que los personajes de los que se trata son un tipo de origen asiático y otro completamente autóctono. No son dos presidentes cualquiera: chino y cholo, dictador y democráta, fugado y electo (presumimos eso eran en el imaginario de los narradores); qué duda cabe, Alberto y Alejandro son dos símbolos de la pluralidad cultural y política en su más amplia expresión.  

Se trata pues de dos hombres que aparecieron en la prensa europea, sí, como seguramente muchos otros, pero que al mismo tiempo son peruanos, imagen aún del exotismo que los ilustrados franceses aún aprecian y quizás añoren (sumidos ellos mismos en problemas de origen étnico-religioso en medio de sus propias ciudades). Esta vez no pueden aparecer incas con plumas, ya que casi todos sabemos que la globalización nos ha hecho más parecidos a lo que éramos hace unos años atrás. O quizás sí (de hecho sí, pero eso se verá en posteriores columnas) aunque esos no pueden aparecer en las obras de escritores globalizados que saben que ya no solo hay lectores “hexagonales” sino mundiales, que quién sabe pueden conocer sus obras, ¡incluso en el Perú!

Las figuras de dos presidentes peruanos, pues, siguen encarnando un poco del exotismo propio de la imagen de aquel país de los incas del Candido, pero al mismo tiempo sirven para mostrar cómo las nuevas tecnologías ahora nos acercan y cómo en un mundo post 11 de setiembre todo se conoce y está -o parece estar, ese es el quid del problema- al alcance de la mano. En la literatura contemporánea, que es a la larga reflejo de nuestro sistema, ocurre un poco lo mismo. Quizás por eso muchos autores que buscan parecer globales a la larga caigan en la tentación efectista –pero siempre eficiente- de sorprendernos con algo inesperado… como tener a Fujimori y Toledo como personajes de novela. Esperemos este mal ejemplo no cunda y nos libremos de tener a los actuales candidatos en futuras novelas. Como dijo el gran pensador Juan Carlos Hurtado Miller: “Que Dios nos ayude”.



Dos días con Vila-Matas
Monday July 12th 2010, 1:20 am
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Vila-Matas 1 final

 

Día 1. “Toda mi literatura es la historia de una búsqueda constante”

  

Por: Christian Elguera

Luego de la estadía en Argentina y Colombia, la visita de Enrique Vila-Matas se inició públicamente en Perú el 6 de julio en el Centro Cultural de la España, con una rueda de prensa previa a la presentación de Dublinesca, que se llevaría a cabo al día siguiente. El autor manifestó que el viaje a Lima le había resultado muy alentador para su creación.

***

Las declaraciones del autor comenzaron destacando la diferencia entre una literatura para cine y una literatura como la suya, donde el elemento literario es muy profundo. En este punto Vila-Matas ha cumplido una labor de dinamitero haciendo estallar los límites genéricos, allí tenemos la diseminación de obras como El mal de Montano o Dietario voluble, donde aquel tópico de la acción se desvanece ante el viaje interior, la reflexión ensayística.

Pero el cine no es un aspecto desconocido para él, tenemos allí sus cortometrajes Todos los jóvenes tristes y Fin de verano (la cual se conserva en la Filmoteca Nacional de Cataluña), y la adaptación cinematográfica El viaje vertical. Sobre este tema adelantó que París no se acaba nunca se llevará prontamente a la pantalla grande.

Luego vinieron las respectivas preguntas sobre Dublinesca (Seix Barral, 2010). El autor sostuvo que el protagonista, el editor Samuel Riba, fue un gran hallazgo, y que lo considera uno de los mejores personajes de su obra. Relevó además su categoría ficcional ante posibles confusiones con la realidad. La posición del libro dentro de su producción podemos entenderla como la parte de un gran todo, de una novela o tratado sobre la identidad, que el autor destacó como el tema central de su obra.

La identidad se aborda de manera profunda, abismal. La búsqueda se afronta con la conciencia de estar dirigiéndose hacia lo aneblado; aquí la figura del sueño y el fantasma resultan trascendentales en Dublinesca. Una búsqueda asumida donde cada novela es la huida del ser y el intento por aprehenderlo. Al respecto el autor especificó: “Toda mi literatura es la historia de una búsqueda constante”. Pero no es esta búsqueda ingenua o segura, sino una llena de riesgo, donde no hay psicopompo y “lo oculto” signa la senda. Cada novela de Vila-Matas es una katabasis al alma, una perfomance del yo: shandy, hikikomori y ahora un fantasma.

Dublinesca a la vez que un texto de navegación del ser, es también un metatexto: el tema de la literatura se torna medular. En este sentido destacamos que la novela se presenta, para nosotros, como un ritual de purificación a partir del viaje a Dublín, el Bloomsday, y la alegoría de la procesión mortuoria. El intento de Riba es configurar un espacio distinto, opuesto al caos que lo rodea, tender un puente que lo reinserte a una vida auténtica. A semejanza de Rabelais o los surrealistas, unas de las formas de Vila-Matas para esta liberación es el humor.

Al respecto el autor dijo: “La literatura tiene que ofrecer un camino distinto de la versión oficial de la realidad (…). La literatura ofrece un vía diferente; por ejemplo, la de decir la verdad o de intentar decir la verdad, es imprescindible para la salvación de nuestro espíritu.” Esto define la concepción literaria de Vila-Matas, aquella donde la palabra es laberinto y cepo, pero también, y sobretodo, una oportunidad de trascendencia.

Sostuvo que Dublinesca propone un lector activo, pues busca ser “leída con morosidad y detenimiento”. A los lectores de Vila-Matas el encuentro con su última novela significará una extraña quintaesencia: por un lado hay temas identificables y de un estilo inconfundible; y por otro, se trata de un giro, de un cambio: otredad de estilo, huella del genio.

En la actualidad Vila-Matas resalta la importancia comunicativa. Esto, en parte, desmitifica la creencia de verlo como un autor exclusivo de sectores intelectuales. De esta manera nos habló del “esfuerzo por compaginar lo legible con lo complejo y lo difícil sin perder nunca las exigencias máximas de mi literatura”. Al reflexionar sobre esta postura sostuvo que durante años costó mucho que se le leyera debido a que iba en busca de un lector. Y es en este punto en que radica uno de los logros de su obra: haber logrado configurar un público propio.

 

Vila-Matas final

 

Día 2. Todo es una historia (a manera de crónica)

  

Por: Juan Francisco Ugarte

Son las siete de la noche y me encuentro en una cola que estoy seguro no me llevará a donde debo ir. Son las siete de la noche en el parque Washington, con un clima helado, crudo, y por demás espantoso, y no me queda otra cosa que imaginar. Entonces imagino lo que está ocurriendo allá adentro, en algún lugar de alguno de esos salones pequeños y cerrados del Centro Cultural de España. Imagino a Enrique Vila-Matas quedando en los últimos detalles para la presentación que está a media hora de empezar, conversando con uno y con otro, algo aturdido, seguramente, y también cansado; quizá tomándose un poco de vino para el frío y la garganta. Quizá simplemente esperando.

Vila-Matas ha llegado al Perú para hablar de Dublinesca, su última novela, publicada esta vez por Seix Barral, pero también para contarnos un poco de todo. Porque Vila-Matas (lo sabré en unos minutos) tiene mucho que relatar. Sobre Bolaño y las últimas frases que intercambiaron en España, un tiempo antes de su muerte; sobre Pitol y Varsovia y el hijo de Lenin; sobre la buhardilla que le alquilaba Marguerite Duras y París no se acaba nunca; sobre Paul Auster; sobre Rodrigo Fresán; e igualmente sobre Ribeyro, Vargas Llosa y hasta sobre Enrique Prochazka, a su juicio uno de los autores peruanos más interesantes y enigmáticos. Vila-Matas más parece hablar sobre el resto que de sí mismo, pero es precisamente al referirse a los otros que se muestra en su generalidad, de esta manera nos narra su escritura, y se relata. Como en su obra, la idea del escritor se encuentra tan fuertemente interiorizada que todo en él, absolutamente todo, es literatura. No es que no exista nada más allá, sino que no es necesario ni siquiera indagar: el mundo entero está dentro, todas las cosas parten de aquí.

Pero esto aún no ha sucedido. Vila-Matas todavía no aparece y yo sigo esperando que algo increíble ocurra para ingresar. La cola es inmensa y al parecer el auditorio ya está repleto. “No creo que entre nadie más”, me dice por celular un amigo que está bien sentado, a pocas butacas de la mesa en la que en unos minutos se encontrará Vila-Matas. Todos entonces comenzamos a pensar que aquel proyector que han colocado al lado de la puerta principal es para nosotros.

Pasan quince minutos y nada. Mientras tanto, me he percatado de algunas personas, de varios muchos escritores, jóvenes, no tan jóvenes y viejos, de poetas, editores, también de los infaltables groupies y de aquellos muchachos y muchachas (los más) que no saben muy bien qué es lo que están haciendo aquí. La gente de pronto se pone algo inquieta y es en este instante en el que observo que Vila-Matas desciende por las escaleras del fondo junto a Sergio Vilela y otras personas que no logro reconocer. Vila-Matas siempre serio, siempre inexpresivo, con el rostro firme y la expresión dura, fija, casi imperturbable, acaba de sentarse en la mesa principal al lado de Gabriel Ruiz-Ortega, quien es el encargado de la presentación y la entrevista.

Ambos se ponen cómodos. Prueban los micros y empiezan.

 

Lo que pasa cuando no pasa nada

Enrique Vila-Matas es un tipo que a pesar de todo siempre intentará estar del otro lado. No ser el centro. No estar en el centro. Raro y contradictorio en un escritor que tiene más de veinte libros publicados, bastante visibilidad pública, tantas giras y premios y etcétera. Como muchos otros, sentirá predilección por aquellos escritores que vivieron y viven un poco al margen del mundo. Pero esto no es gratuito. Vila-Matas nunca se cansa de repetir (con o sin razón) que el cánon literario español, “las mafias”, como ha señalado en una entrevista, no le permitió realizarse como escritor. Si en algún lugar las puertas se le abrieron fue precisamente en Latinoamérica. Para Vila-Matas, España no fue jamás su centro literario, no tanto como Argentina o México, por ejemplo. Sus vínculos artísticos se efectuarán, en la mayoría de casos, con personajes de estos países: Sergio Pitol, a quien por lo demás considera su maestro “tanto en vida como en obra”, Roberto Bolaño, Juan Villoro, Rodrigo Fresán, entre otros. “América Latina tiene una vitalidad muy fuerte, que me gusta mucho, además le debo el hecho de que me descubriera como escritor”, señala el autor a propósito de su visita a Lima. De una forma u otra, Vila-Matas se ha sentido al margen desde sus inicios, fuera del eje, de su eje, y es a partir de este extrañamiento que construye toda su obra. Por ello no sorprende que su escritura tenga algo (o mucho) de autismo y autoexilio, de reclusión en lo propio, de un hablar para sí. Sin alcanzar a ser una literatura demasiado compleja ni meramente intelectual, la suya es un intento inagotable por romper con lo rígido y estricto, llegando incluso a reformular las mismas entidades narrativas.

Por otro lado, su afán contracorriente le hace decir cosas como: “Cuando me dijeron que con Bartleby y compañía pasaría a la historia decidí que el siguiente libro debía ser totalmente distinto, justamente para no pasar a la historia. Cada obra que escribo lo hago con la intención de no pasar a la historia”. Y sin embargo con cada libro parece confirmar su vigencia en la literatura y el mundo, cada novela resulta al final un modo de insertarse en el centro, aquel en el que no se siente muy cómodo y desde donde le gusta pensar que es posible todavía la invisibilidad literaria. Quizá para Vila-Matas el centro sea otra forma de hablar del margen, de estar siempre a un lado, otra posibilidad de escapar a la historia y convertirse ya no en el protagonista, sino en un simple extra.

O transformar a ese personaje secundario en principal. Acaso no sucede lo mismo con Samuel Riba, el protagonista de Dublinesca. Pocas veces hemos visto que un editor sea la figura preponderante de una novela; y pocas veces este editor se asemeja tanto a un escritor que es muy probable que en el fondo lo sea: aquel autor genial que siempre buscó y que no encontró jamás.

Pero dejando esto un poco de lado, vuelvo a la mesa en la que están Vila-Matas y Ruiz-Ortega. Estoy quieto mirando aquel proyector. Hay bastante gente que se ha quedado fuera, algunos, por cansancio, comodidad y frío están sentados en el jardín, otros como yo nos hemos quedado de pie, no sé muy bien por qué. La bulla de la calle resulta fastidiosa, pero de todos modos se escucha. La conversación dura aproximadamente hora y media y gira en torno a diversos temas. Como ya dije, Vila-Matas parece estar ansioso por contar anécdotas y al menos la primera hora transcurre en esto: la más interesante podría ser aquella en la que relata las últimas palabras que se intercambia con Bolaño en España. O más que palabras, una risa. Vila-Matas cuenta que tras salir de un lugar con Bolaño y una amiga de Bolaño, éste le dijo si quería que lo llevaran en el auto y le preguntó hacia donde iba, ante lo cual Vila-Matas respondió que no sabía, no sé a donde voy, dijo y Bolaño no paró de reírse durante un buen rato. “Creo que le gustó que no supiera a donde tenía que ir, y eso fue lo último, una risa, era imposible para alguno de los dos adivinar que aquel sería nuestro último encuentro”, dice ahora Vila-Matas.

Tras las anécdotas literarias que a todo el mundo le encanta escuchar, Ruiz-Ortega se centra en lo que es la novela. Y esta es, por cierto, la parte menos atractiva de la conversación. Pocos son los que han leído Dublinesca y como que la gente empieza a aburrirse. Luego de un rato, se da por concluida las preguntas e inicia la intervención del público.

Vila-Matas, con el semblante igual de serio, igual de inexpresivo, contesta a todo lo que se le pregunta con un ingenio tan propio y original. Además de todas aquellas virtudes que posee su obra, añadiría ese modo tan sutil y “literario”, pongamos el término, de decir las cosas, esa ingeniosa forma de ver el mundo a través de los libros, a través de las historias. Vila-Matas vive y respira literatura, vive y exuda relatos, fábulas, invenciones, cada acto es para él un acto literario, todo puede convertirse en una historia. Todo es una historia, al final.

En uno de los textos de Dietario voluble, Vila-Matas se refiere a una frase de Georges Perec, “lo que pasa cuando no pasa nada”, y señala que él intenta hacer lo mismo; es decir, sentarse en el café donde Perec solía observar aquellas increíbles cosas que no se ven, que en apariencia no importan y que nadie parece notar; y justamente eso sucede: nada. Luego se refiere a Catherine Deneuve, a la sorpresiva aparición de Catherine Deneuve en aquel café. Vila-Matas al verla pasar se queda mudo, pasmado, y por un momento, se pregunta, si Deneuve no ha sido, o lo es continuamente, “lo que pasa cuando no pasa nada”. Sin embargo, esta noche, mientras observo aquel proyector espantoso que no deja de sacudirse con el viento, y presto atención no tanto a lo que dice, sino a su rostro, al modo en que plantea las cosas, pero sobre todo al escritor, aquel sujeto que no está conforme, que detesta los moldes y que siempre  busca algo, para quien, como señaló en la rueda de prensa, toda su “literatura es la historia de una búsqueda”, me he dicho seriamente si no es él mismo, en este momento, en este lugar, “lo que pasa cuando no pasa nada”, ese suceso extraordinario que significa su visita a un país, a un espacio literario, en el cual nunca ocurre nada (la nuestra), salvo el paso del tiempo y las personas y los libros y nada más.

 

Fotos: Ingrid Pumayalla.




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