El búho insomne
Monday January 31st 2011, 12:40 am
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Columnas
MIS PREMIOS (NOBEL)
Y UN HOMENAJE A LOS QUE NUNCA LO TUVIERON
Y A QUIENES NO LO TENDRÁN JAMÁS
Por José Rosas Ribeyro
Quienes hayan leído el título de este artículo se estarán preguntando ya si la megalomanía o la mitomanía me han llevado a la locura, y se dirán que me estoy atribuyendo premios que evidentemente no he ganado. Para desdicha de mis enemigos (que por ahí parece que tengo), no se trata de eso. El título no es sino un homenaje a uno de mis escritores preferidos: el austriaco (renegado) Thomas Bernhard, quien murió sin que a los académicos suecos se les hubiera ocurrido otorgarle el premio Nobel, lo cual es una prueba más de su continuo despiste. Pues bien, en 2009, póstumamente se publicó en Alemania Meine preise, lo cual quiere decir sencillamente Mis premios, libro en el que se reúnen los textos cargados de humor que Bernhard escribió sobre los diversos premios que recibió a lo largo de su vida, salvo -repito- el premio Nobel, tan codiciado por muchos, pero que a él, sinceramente, creo que no le interesaba demasiado.
Explicado el título, y liberado -espero- de toda sospecha de demencia, puedo decirles ahora, avispados lectores, que en este artículo quiero contar las formas en que conocí, sea personalmente o sólo de vista, a cuatro de los seis escritores latinoamericanos de los que se acordó la Academia del Nobel, vaya Dios a saber porqué ni cómo: Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa. No digo nada sobre Gabriela Mistral y Miguel Ángel Asturias por la sencilla razón de que nunca los vi en persona. Sin embargo, para que no haya malentendido alguno, debo precisar primero cual es mi punto de vista general sobre ese premio. Y de eso paso a ocuparme enseguida.
Mientras escribo estas líneas tengo a la mano la lista de los ganadores del prestigioso premio y realmente, si se la analiza con detenimiento y desde un punto de vista estrictamente literario, se percibe que los académicos han acumulado los desaciertos casi desde los inicios del galardón en los albores del siglo XX. Para empezar: ¿quién se acuerda hoy de Sully Prudhomme, Theodor Mommsen, Frédéric Mistral y José Echegaray, cuatro de los primeros elegidos por la Academia Sueca? ¿Quién lee hoy a esos autores? Nadie. Y cabe recordar que en esa época, o sea entre 1901 y 1904, todavía estaba en vida Leon Tolstoi, y lo estaría hasta 1910, sin que a los suecos esos que dan el premio se les ocurriera pensar en él y reconocer su inmensa obra literaria, una de las cumbres universales de la novela del siglo XIX. Esta estupidez garrafal no ha sido, sin embargo, la única, pues los académicos de Estocolmo no paran desde entonces de meter la pata. Le dieron el premio en 1945 a Gabriela Mistral y tres años después fallecía recién quien debería habérselo ganado, Vicente Huidobro, si lo que se quería era distinguir a Chile y a una de las mayores voces de la poesía en lengua castellana. Nunca se les ocurrió tampoco a los señores académicos premiar a Jorge Luis Borges, y hasta hoy Argentina, uno de los países latinoamericanos con mayor riqueza literaria, no tiene ni un solo autor nobelizado. En 1917 premiaron a dos daneses, Karl Adolph Gjellerup y Henrik Pontoppidan, de los que hoy ya nadie se acuerda, y se olvidaron para siempre del grandísimo Ezra Pound, uno de los fundadores de la poesía contemporánea, quien vivió hasta 1972. Tuvo el Nobel, en 1954, Winston Churchill, ex primer ministro británico, no se sabe bien porqué, si fue porque escribió sus memorias o por su célebre frase sobre la sangre, el sudor y las lágrimas. En el caso francés nunca accedieron a la “gloria” del Nobel Marcel Proust, fallecido en 1922, ni Julien Gracq, que vivió hasta el 2007, dos hitos fundamentales. Y sigue aquí, hasta ahora olvidado por los distraídos académicos, Yves Bonnefoy, que ya tiene casi 88 años. No puede ser -me digo- que no hayan tenido el Nobel, en el caso de Italia, ni Pier Paolo Pasolini, ni Cesare Pavese, ni Alberto Moravia ni Elsa Morante. Que no lo hayan tenido tampoco Virginia Wolf, fallecida en 1941, ni Susan Sontag, que dejó de existir en 2004, ni Philip Roth, que sigue vivo y creativo, tres figuras fundamentales en el universo literario anglosajón. Ni que, en cuanto a los portugueses, no lo haya ganado hasta ahora Antonio Lobo Antunes, grandísimo novelista, y que Vergílio Ferreira, otro escritor excepcional, ya no lo pueda ganar nunca pues falleció en 1996.
No voy a defender tampoco la causa (perdida de antemano) de otros autores que, para mí, se encuentran entre los más grandes de la literatura universal, como son Malcom Lowry, fallecido en 1957, autor de esa obra maestra absoluta que es Bajo el volcán, y Mijail Bulgakov, fallecido en 1940, autor de esa maravilla que es El maestro y Margarita. Se trata de escritores que, de una u otra forma, fueron “marginales” en el mundo de las letras, y es demasiado pedirles a los señores académicos que vayan a buscar a sus laureados en los márgenes.
Digo todo esto para fundamentar porqué no soy un admirador incondicional del premio Nobel y si bien reconozco, por un lado, que grandes autores ya famosos han sido laureados (casos de Romain Rolland en 1915, Knut Hamsum en 1920, W.B Yeats en 1923, Thomas Mann en 1929, Luigi Pirandelo en 1934, Herman Hesse, André Gide, T.S. Eliot, William Faulkner, sucesivamente entre 1946 y 1949, Albert Camus en 1957, Jean-Paul Sartre en 1964, Samuel Beckett en 1966, Elias Canetti en 1981, Günter Grass en 1999, por citar solo algunos) y, por otro, que el Nobel ha permitido dar mayor resonancia a grandes poetas que, como tales, son siempre los parientes pobres en el espectáculo mediático de la literatura (casos de Salvatore Quasimodo, Eugenio Montale, Odysseas Elytis, Joseph Brodsky, Wislawa Szymborska, entre otros), no puedo dejar de pensar, sin embargo, que en muchos -demasiados- casos, la Academia del Nobel se ha equivocado, ha olvidado o ignorado a ciertos escritores fundamentales y a menudo ha otorgado su premio en base a criterios absolutamente ajenos a lo literario. Razón por la cual, para mí, que un autor tenga el Nobel no es una motivación para leerlo. Constato también que la mayor parte de escritores que admiro no lo han tenido y no lo tendrán nunca. ¿Por qué hasta ahora no lo han recibido esos grandísimos españoles que son Juan Goytisolo y Juan Marsé? ¿Se imaginan a Jean Genet con el diploma del Nobel metido en el bolsillo? ¿Y a Juan Carlos Onetti con lo mismo pero debajo de la almohada? No, por supuesto que no, porque eso es imposible: ambos grandísimos escritores fueron demasiado “incorrectos” (como lo fueron Pound y Céline también) y tal vez por eso mismo figuran entre los más brillantes exponentes de la literatura del siglo XX. Y ahora, dicho esto, entremos de lleno en nuestro tema.

Don Pablo en San Marcos
Neftalí Ricardo Reyes Basoalto nació en 1904, se transformó en Pablo Neruda en 1920, después de haber publicado ya algunos poemas, y llegó a Lima en 1966, donde ofreció dos recitales: uno en la Teatro Municipal y otro en la Universidad de San Marcos, de la que yo era alumno. En Lima, además, y a pedido de Ciro Alegría, escritor hoy bastante olvidado, Neruda recibió la Orden del Sol, medalla dorada que seguro perdió entre la enorme cantidad de cachivaches que coleccionaba. En aquella ocasión, debí utilizar habilidades insospechadas en mí en esa época, para ingresar al anfiteatro y escuchar en vivo la voz gangosa de este poeta de 62 años que tenía aspecto de vendedor de seguros o de administrador de una agencia bancaria en provincias o incluso de patrón de una tienda de abarrotes. El auditorio estaba repleto, hacía calor, y Neruda recitaba con tono monótono algunos de sus poemas más conocidos. Yo estaba feliz de estar allí, sin adivinar que el autor de libros tan valiosos como Residencia en la tierra y de bodrios “poéticos” como una “Oda a Stalin” y la Incitación al nixonicidio ganaría cinco años más tarde el premio Nobel. Si cierro los ojos aún veo a Neruda, medianamente calvo, medianamente guatón, medianamente mediano. Y oigo su voz nasal diciendo: “Piedra en la piedra, el hombre donde estuvo?/ Aire en el aire, el hombre donde estuvo?/ Tiempo en el tiempo, el hombre donde estuvo?” , magníficos versos de un poema, “Alturas de Machu Picchu”, que sigo admirando en medio de ese libro lleno de versos elementales y de demagogia que es Canto general. ¿Debió ganar Neruda el premio Nobel? Por qué no, me digo finalmente, pero no puedo dejar de pensar que César Vallejo, al que nunca quiso, y Vicente Huidobro, que lo detestaba, fueron mejores poetas que él. Y que el gran Nicanor Parra, que ya tiene 96 años, nunca será premiado tampoco con el Nobel.
Mario y Gabriel: cuatísimos en Ingeniería
Un año después de que vi y escuché a Pablo Neruda en Lima, tuve la ocasión de ver y escuchar a las por entonces jóvenes estrellas de la novela latinoamericana: Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, en el auditorio de la Universidad de Ingeniería. La conversación entre ambos tuvo lugar en dos sesiones, el 6 y el 7 de septiembre de 1967. En la pareja que conformaron en esa ocasión el colombiano y el peruano -si la comparamos a Laurel y Hardy, otro dueto memorable-, el triste y serio era Vargas Llosa y el campechano y gracioso García Márquez. El contraste entre la personalidad de uno y otro es algo que me llamó mucho la atención aquella vez. El peruano ya había publicado algunas de sus novelas más importantes, como son La ciudad y los perros y La casa verde, y con ellas nos había deslumbrado. El colombiano, por su parte, ya tenía en su haber La hojarasca y El coronel no tiene quien le escriba, dos de sus pequeñas obras maestras, y acababa de publicar Cien años de soledad, novela que en aquel momento encantó a medio mundo, incluido yo, pero que hoy me parece que ha envejecido mucho, así como ha envejecido la idea misma del “realismo mágico”. El mentado diálogo entre ambos escritores bastante jóvenes y ya famosos, fue más bien casi una entrevista en la que Vargas Llosa planteaba preguntas muy serias y García Márquez respondía como podía y recurriendo a menudo al chiste. En el auditorio, los cientos de personas que lo abarrotaban, y entre ellas yo, reíamos de buena gana por el ingenio permanente del colombiano, sin darnos cuenta de que se estaba dando allí una muestra nítida de lo que sería la trayectoria literaria posterior de ambos escritores: uno, Vargas Llosa, con una reflexión sobre la literatura bastante aguda (como lo constatamos en los ensayos que conforman La verdad de las mentiras), y otro, García Márquez, más bien un escritor instintivo, con muy poca reflexión personal. Un ejemplo: ante una sesuda pregunta de Vargas Llosa, responde el colombiano: “Me resulta un poco difícil explicar todo esto porque en realidad yo funciono muy poco en la teoría. Es decir, no sé muy bien porqué pasan las cosas. Ahora, lo cierto es que el hecho de escribir obedece a una vocación apremiante, que el que tiene la vocación de escritor tiene que escribir, pues sólo así logra quitarse sus dolores de cabeza y la mala digestión.” Hay que decir que este diálogo o entrevista que yo escuché en directo en la Universidad de Ingeniería fue publicado después en forma de libro con el título: La novela en América Latina: diálogo.
El puñetazo de Mario
Pasan los años bajo los puentes y nos encontramos en 1976. Yo he salido del Perú el año anterior expulsado a México por la dictadura del general Velasco Alvarado. Trabajo en una dependencia cultural estatal, que dirige el buen poeta Eduardo Lizalde, haciendo difusión del cine mexicano en el medio obrero. Comparto la oficina con el crítico José Luis González de León, que había estudiado en París en el famoso IDHEC (Institut des Hautes Études Cinématographiques) y trabajado con Luis Buñuel en Los ambiciosos y como asistente de Alejandro Jodorowsky en El topo. Es un 12 de febrero, y yo llevo ya cinco meses en el país de Cantinflas, cuando González León llega al trabajo con una enorme sonrisa entre los labios y me muestra un periódico. “Toma, lee” -me dice-, o algo por el estilo, al tiempo que lanza el diario sobre mi escritorio. Y leo entonces que después de la proyección privada de un bodrio cinematográfico de René Cardona titulado Sobrevivientes de los Andes, García Márquez, que vivía entonces en México y tendría el premio Nobel seis años después, se acercó a su cuate Vargas Llosa para abrazarlo, y éste en vez de devolverle el abrazo le dio un puñetazo entre el ojo izquierdo y la nariz. El colombiano cayó al suelo con el rostro ensangrentado. Y así lo veía yo en la foto del diario: cayendo al suelo impulsado por el puño vengativo de quien tendría el premio Nobel treinta y cuatro años más tarde, mucho tiempo después de haber publicado -en 1971- García Márquez, historia de un deicidio, brillante tesis doctoral sobre la obra narrativa de quien fuera su amigo. Dicen los testigos, porque eso yo no pude oírlo al no estar en el lugar de los hechos, que Vargas Llosa gritó al soltar su puño con viril contundencia: “¡Cómo te atreves a abrazarme después de lo que le hiciste a Patricia en Barcelona!”. ¿Y qué le hizo García Márquez a Patricia (la mujer de Vargas Llosa) en Barcelona? Se han hecho muchas conjeturas sobre ello. Parece ser, finalmente, que el puñetazo fue para castigar un consejo que el colombiano le diera a Patricia cuando ésta, en lágrimas, le preguntó qué debía hacer al enterarse de que el novelista peruano vivía un apasionado romance con una azafata tan sueca como los académicos del Nobel. “¡Divórciate!”, cuentan las malas (o buenas) lenguas que fue el consejo del autor de La hojarasca, recomendación que el narrador de Conversación en La Catedral consideró como una traición a su persona. Otra versión, menos de fiar, dice sencillamente que García Márquez quiso aprovechar la ausencia de Vargas Llosa para tener una aventura sexual con Patricia. En ambos casos y en pocas palabras, sería nada más y nada menos que un lío entre machos que se disputan una hembra. A lo cual se opone una tercera versión del asunto que plantea que el puñetazo fue consecuencia de la discrepancia política entre ambos escritores: Vargas Llosa rompió definitivamente con Fidel Castro en 1971, cuando el dictador cubano encarceló y obligó a retractarse al poeta Heberto Padilla por haber emitido algunas críticas al régimen cubano en su excelente poemario Fuera de juego, mientras que, como es sabido, García Márquez siguió apoyando a la dictadura castrista como lo hace hasta ahora. No recuerdo cuál fue el comentario que hizo González de León, quien conocía bien a ambos escritores, pero no olvidaré nunca que su sonrisa se volvió carcajada cuando leí la noticia y mi cara de muchacho que va a cumplir 27 años se transformó en la imagen perfecta del asombro.
La visita a Octavio Paz y el miedo
Viví en México de finales de 1975 hasta 1977. Allí me vinculé con el grupo de jóvenes escritores que se hacían llamar “infrarrealistas”. Hice amistad sobre todo con Roberto Bolaño y Mario Santiago, que en esos tiempos ya lejanos eran los agitadores más subversivos del mundo literario mexicano, un mundo caracterizado por la complacencia y el servilismo de gran parte de los escritores ante la dictablanda del PRI y el dominio intelectual indiscutible de Octavio Paz. Tanto Roberto como Mario odiaban al autor de El laberinto de la soledad y hasta habían intentado sabotear alguna presentación suya en público. Yo no compartía esa detestación visceral porque no había sufrido en carne propia las consecuencias de la “dictadura” de Paz en las letras mexicanas, pero me unía a los “infras” la inconformidad, la rebeldía y la insumisión ante lo oleado y sacramentado, aunque nunca fuimos ciegos parricidas. Es más, puedo decir que cuando llegué a México admiraba a Paz, sobre todo como ensayista, pero al ir conociendo a algunos mediocres miembros de su corte, creció en mí también el rechazo a su persona.
Ya no recuerdo dónde fue que vi a Paz en persona por primera vez, pero sí me acuerdo, en cambio, de la circunstancia. Fue durante una conferencia que dio sobre el poema extenso, la cual ilustró con la lectura de una traducción de la Prosa del transiberiano y de la pequeña Jeanne de Francia. Debo confesar que, a pesar de todos mis prejuicios, quedé subyugado por la elocuencia y la inteligencia de Paz y por lo maravillosamente bien que sonaba en castellano el magnífico poema de Blaise Cendrars. Sin embargo, esto no fue razón suficiente para que yo me animara a conocerlo o a intimar con algún miembro de su séquito. Nunca me han gustado las dictaduras, sean éstas del tipo que sean, y es verdad que, queriéndolo o no, Paz ejercía un tipo particular de dictadura sobre las letras mexicanas. Esa es, pues, mi actitud en 1976 ante el escritor que, en 1990, se llevaría el premio Nobel a su casa.
Ocurre, sin embargo, que por esos días llegó a México Distrito Federal un poeta peruano joven que llevaba en su maleta sendas cartas de presentación ante Octavio Paz. No voy a detenerme en los detalles del encuentro con el joven vate viajero, sino precisar directamente que mientras los infrarrealistas querían entrar en contacto con el joven poeta peruano, éste lo único que quería era estar frente a frente con el autor de El mono gramático. Quería eso y, no obstante, se moría de miedo. Tenía miedo sobre todo de ir solo a su encuentro. Un miedo que se le hizo aún más potente y paralizante cuando Paz le concretizó una cita:
-¡Tienes que venir conmigo! -me dijo con voz suplicante el joven poeta peruano-.
-Yo no tengo ni la más mínima gana de verlo. Eso es asunto tuyo –respondí a través del teléfono-.
-No me puedes hacer eso…
-Además, yo no estoy invitado, y no voy a llegar así, de paracaídas.
-¡Por favor! Yo ni siquiera conozco esta ciudad gigantesca, terrible. ¡Hasta me puedo perder!
-Mira lo que vamos a hacer: te voy a buscar al hotel y te acompaño hasta su casa. Una vez que estés allí, delante de su puerta, me voy. ¿Qué te parece?
-¡Ya, ya, aunque sea así!
Al día siguiente, quien escribe estas líneas hizo lo prometido y se encontró delante de la puerta del edificio en que vivía Octavio Paz, al lado del atemorizado poeta peruano. Había un botón al lado derecho, sobre el cual apoyé un dedo. Una voz dijo entonces: “Buenas tardes. Bajo a buscarlo”. Era el mismísimo poeta mexicano, ya que reconocí la voz que había oído en aquella conferencia a la que me refería antes.
-Bueno, ahí viene. Ya me voy –le digo al poeta peruano, que ahora parece ganado por el terror-.
-¡No te vayas! -grita él- ¡por favor!
En un tablero luminoso veo que una cifra va pasando del cuatro al tres y del tres al dos. El ascensor que conduce directamente al apartamento de Paz ya está por llegar a la planta baja. “Bueno, me voy” -repito-, y ya voy a dar media vuelta y partir cuando el poeta peruano, fuera de sí, me atrapa por los hombros y grita: “¡Nooooo!”. Miro de nuevo entonces el tablero luminoso: dos, uno… La llegada de Paz es inminente. Pienso: “y nos va a encontrar así: uno abrazado al otro, qué ridículo”. En esa época (soy muy joven yo también) aún le tengo pánico al ridículo, por lo cual grito furioso: “¡suéltame, carajo!”, cuando ya veo alumbrarse el cero. El poeta viajero me suelta prácticamente en el momento en que la puerta del ascensor comienza a abrirse. “Hola, jóvenes”, o algo así, dice Octavio Paz y con un gesto de la mano nos invita a entrar con él en el aparato y subir hasta su apartamento.
A veces las cosas en el mundo pasan al revés de como se supone que deberían pasar. Y así fue exactamente lo que ocurrió en el bello apartamento del poeta y ensayista mexicano, decorado con bibelots de la India, cuadros de pintores contemporáneos, esculturas chinas y una infinidad de objetos de calidad y obras de arte. Octavio Paz nos preguntó qué queríamos beber y enseguida se ausentó un momento para traer bebidas. Momento que aprovechó el joven poeta peruano para preguntarme desesperado: “¡De todo esto, cuál es cenicero!”.
Supongo que fue Paz quien empezó la conversación pidiendo información sobre nosotros. Yo, siempre combatiendo mi horror al ridículo, traté de responder con fluidez a sus preguntas. El poeta visitante, en cambio, estaba paralizado y enmudecido por el miedo. A las preguntas respondía con monosílabos casi imposibles de oír. Y cuando la conversación tomó su curso, se hizo fluida, y abordamos temas ligados a la literatura peruana última de ese entonces y a las lecturas que hacíamos, el joven poeta admirador de Paz se quedó absolutamente en silencio. Habremos pasado alrededor de dos horas con el autor de Los hijos del limo. Dos horas en las que este hombre, que ganaría el premio Nobel en 1990, dio muestras de una afabilidad inimaginable para mí. Siempre nos habló en situación de igualdad, sin arrogancia alguna ni aires de superioridad. No se la pasó discurseando ni dándoselas de maestro, ni nos hizo avergonzarnos de nuestra juventud y nuestra inexperiencia. ¡Qué diferencia había entre él y los cortesanos que lo rodeaban!, descubrí en ese momento. Y confieso que nunca, hasta hoy, he podido entender cómo Paz soportaba o aceptaba la ridícula compañía de tantos seres mediocres y serviles que se pretendían literatos y sólo eran cortesanos. Debo decir, ya para terminar esta historia, que en casa de Paz pasé dos de las horas más ricas de mi vida, aunque yo allí no era el invitado sino una especie de pirata. El poeta visitante, en cambio, no aprovechó, creo, ese momento luminoso y durante toda la conversación en la que estuvo mudo debe de haber estado pensando en el dichoso y liberador momento de la partida.
García Márquez invitado fantasma en Biarritz
La vida transcurre sin que podamos hacer nada para detenerla o desacelerarla y así, sin realmente quererlo, llegué a Francia en 1977. Años más tarde, ya en los noventa, si no me equivoco, comencé a asistir como periodista al Festival de Cine y Cultura de América Latina que tiene lugar hasta ahora en la bella ciudad de Biarritz. El eje del evento siempre ha sido el cine, pero en paralelo con las proyecciones se organiza una sección dedicada a la literatura. En la época a la que me refiero ahora, ésta tenía cada año algunos invitados de honor, y en 1995, precisamente, llegaron a la muy conocida ciudad balnearia del suroeste de Francia dos colombianos: Gabriel García Márquez, al que le habían dado el premio Nobel en 1982, y un fotógrafo maravilloso además de persona admirable: Leo Matiz.
Nunca supe por qué el autor de Cien años de soledad aceptó la invitación del festival, ya que se negó a participar en la entrevista ante el público, la mesa redonda y otras actividades que se suelen organizar con el invitado de honor. Vargas Llosa, en su momento, lo hizo con suma cordialidad y paciencia, habló con el público, respondió a los lectores y autografió libros. García Márquez, no. Y pasó por el festival como un arrogante y antipático convidado de piedra al que prácticamente nadie pudo ver y menos aún escuchar. En medio de esa presencia/ausencia yo tuve la ocasión de verlo y de sufrirlo dos veces durante la semana del festival. La primera vez ocurrió cuando yo visitaba la magnífica exposición de Leo Matiz, un día antes de entrevistarlo para la radio en que trabajaba. Tranquilamente admiraba las imágenes en blanco y negro cuando uno de los vigilantes de la sala de exposiciones anuncia que debemos de inmediato interrumpir la visita. Miro mi reloj y constato que aún faltan dos horas para el cierre de las visitas. “¿Qué pasa?”, pregunto, y no recibo respuesta alguna. La gente va saliendo y yo como que hago resistencia: tengo que ver absolutamente toda la exposición porque voy a conversar con Leo Matiz al día siguiente y a mí no me gusta hablar de lo que no he visto. Je traine les pieds, como se dice en Francia, para salir de la exposición lo más tarde posible. Y tanto es así que cuando ya casi me veo obligado a salir, comprendo porqué expulsan de esa manera al público. Es porque el señor García Márquez viene a ver las fotos de Matiz y quiere estar en la sala rodeado solo por su pequeña comitiva de allegados. “Todos afuera porque llego yo”, es lo que se dice interiormente aquel petiso bigotudo ganador del premio Nobel, quien casi treinta años antes me había parecido tan gracioso y campechano al lado de un Vargas Llosa excesivamente gélido y serio.
Lo peor es que el abuso que acabo de contar no fue el único. Uno o dos días más tarde el festival tenía programado un espectáculo, ya no recuerdo bien si era de teatro o de danza, y poco importa. Yo estaba sentado detrás de unas butacas que hasta media hora o más de la hora indicada para el inicio de la representación, seguían desocupadas. En Francia los espectáculos suelen empezar siempre a la hora o, cuando más, con cinco minutos de retraso, razón por la cual el público ya se estaba impacientando. De repente, la iluminación de la sala se atenúa y entonces veo que García Márquez y su corte ocupan la fila de butacas que estaban libres, justo delante de aquella en la que me encuentro sentado yo. O sea que los cientos de personas que llenaban la sala tuvieron que soportar media hora o más de espera para satisfacer los caprichos de un escritor, García Márquez, que en Biarritz dio muestras permanentes de su egolatría y de un gran desprecio por el público. ¡A éste sí que el Nobel le hizo daño!
Paz por teléfono en París
A Octavio Paz, después de aquella vez en que estuve en su casa en Ciudad de México y que conversé con él sin tener que estar allí ni cruzar palabra, no volví a verlo nunca más en persona. En cambio, sí tuve con él una corta conversación telefónica. Fue en París, en los años noventa, no mucho tiempo después de que había ganado el premio Nobel. Si recuerdo bien, venía invitado a Francia para hacer una lectura pública, me parece que en el Teatro del Odeón. Ya estaba muy enfermo y, no obstante, llamé a su hotel para tratar de obtener una entrevista. Me contestó su esposa, la francesa, y de inmediato, a mi gran asombro, me pasó con él. Me presenté, le dije quien era y lo que quería y le recordé aquella tarde en que me honró con su acogida en su casa en México. Me respondió que se acordaba de ese momento e inmediatamente pasó a disculparse porque no iba a poder aceptar concederme la entrevista. “¿Sabe?” -me dijo-, “estoy muy enfermo y ya no me queda mucho tiempo de vida. Discúlpeme, por favor, pero el tiempo que me queda quiero utilizarlo en mí mismo, en lo que más me gusta, y ya no doy entrevistas.” Con la voz entrecortada por la emoción le dije: “sí, comprendo, y más bien discúlpeme usted por mi osadía”. Se despidió con una gentileza admirable y yo quedé anonadado. Incluso ahora que escribo estas líneas, casi veinte años después de aquella conversación telefónica, la emoción me embarga y se me nublan los ojos. Octavio Paz me dio también una lección de cómo afrontar la muerte sin mentiras, y eso se lo agradezco profundamente.
Vargas Llosa, un pez en el agua y yo en la pecera
-¿Ya has visto el nuevo libro de Vargas Llosa? -me pregunta alguien de cuyo nombre no quiero acordarme-.
-No -respondo-.
-Es autobiográfico. Se titula El pez en el agua.
-Ah.
-Y te menciona.
-¿A mí? Si no lo conozco y él no me conoce. No soy amigo ni enemigo suyo.
-Pero igual te menciona, en la página 313 -me dice este alguien con una extraña tonalidad en la voz-.
Aquí está sobre mi mesa de trabajo El pez en el agua (Seix Barral, primera edición, 1993). El ejemplar que tengo lo compré en Sevilla, en abril de ese mismo año. Sus páginas están ampliamente subrayadas por mí. Este libro de memorias me gusta, creo que es uno de los últimos de Vargas Llosa, aparte de los ensayos, que considero de gran calidad. Porque, según yo, su obra novelística desde los años ochenta hasta ahora, deja mucho que desear, y se sitúa muy por debajo de La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedra, Los cachorros, Pantaleón y las visitadoras y La tía Julia y el escribidor, libros de los cuales me atrevo a decir que algunos son obras maestras.
Como hice aquella vez, cuando me anunciaron mi existencia minúscula en El pez en al agua, hoy he vuelto a abrir el libro en la página 313. El párrafo en que aparece mi nombre dice: “Ribeyro, escritor muy decoroso, hasta entonces amigo mío, había sido nombrado diplomático ante la Unesco por la dictadura de Velasco y fue mantenido en el puesto por todos los gobiernos sucesivos, dictaduras o democracias, a los que sirvió con docilidad, imparcialidad y discreción. Poco después, José Rosas-Ribeyro, un ultraizquierdista peruano en Francia, lo describía, en un artículo de Cambio, trotando por París con otros funcionarios del gobierno aprista en busca de firmas para un manifiesto a favor de Alan García y de la estatización de la banca que firmaron un grupo de ‘intelectuales peruanos’ establecidos allí.”
Quien me anunció esta inusitada aparición de mi persona en las memorias de Vargas Llosa, parecía hacerlo con cierta envidia, sentimiento que, en relación a esto, no le encuentro razón alguna. Que el autor de El pez en el agua me califique allí, sin conocerme siquiera, de “ultraizquierdista” no es algo que me haya gustado, por la sencilla razón de que si bien soy de izquierda y considero necesaria una transformación radical de la sociedad y del funcionamiento económico del mundo, hace tiempo que ya no adhiero a mesianismos revolucionarios y, por el contrario, denuncio sin cesar las consecuencias nefastas acarreadas por las revoluciones pretendidamente socialistas. Por otro lado, tampoco me place que Vargas Llosa me haya utilizado en su combate personal contra Julio Ramón Ribeyro, al que, injustamente y con cierto menosprecio califica de “escritor muy decoroso”, juicio con el que no coincido. Es verdad que en el artículo que menciona el memorialista yo incluyo a Ribeyro entre quienes andan por París pidiendo firmas para apoyar las medidas demagógicas (que no izquierdistas ni socialistas, como lo afirma Vargas Llosa) del primer gobierno de Alan García. Lo incluyo entre otros, que también menciono, y sin lanzar con ello una guerra personal ni un anatema. Ribeyro es un excelente escritor (y no un “escritor muy decoroso”) y como tal siempre lo he respetado, aunque en el trato personal tuve con él fuertes discrepancias políticas que llevaron a quiebras pasajeras de nuestra amistad. Por lo tanto, de ninguna manera me satisface que Vargas Llosa me haya incluido en su biliosa arremetida contra él. Más allá de eso, y sin rencor ni por el uno ni el otro, creo que El pez en el agua forma parte de lo mejor de la obra del premio Nobel 2010.
Mario en París
Me he cruzado algunas veces con Vargas Llosa en París. La última vez que recuerdo fue en la cola para entrar al cine Racine (al que ahora le han cambiado el nombre), en la rue de l’École de Médecine. Yo salía de ver no sé qué filme y él estaba con su hija Morgana, esperando para entrar. Recuerdo que me llamó la atención en ese momento que quisiera ver la película que yo acababa de ver, de cuyo título mi maldita (mala) memoria me ha hecho olvidar. Sin embargo, no me he cruzado con Vargas Llosa en París, en el Barrio Latino, tantas veces como con Julio Cortázar, que sí era un auténtico parisino, que vagabundeaba por las calles, siempre solo, y pasaba horas husmeando en los mostradores de la sección de jazz de las tiendas de discos de segunda mano, en 33 rpm. Pero, bueno, eso lo evocaré tal vez en otra ocasión, pacientes lectores, porque ahora hablo de los Nobel latinoamericanos que alguna vez vi y el buen Julio se fue de este mundo sin que se lo hayan otorgado.
A Vargas Llosa donde más lo he visto en París, finalmente, no es en las calles (no creo que sea un hombre dado al vagabundeo), sino en ceremonias o actos oficiales. Por ejemplo, una vez en La Sorbona, donde lo habían hecho doctor honoris causa o algo por el estilo, y pronunció un discurso bastante gracioso en el que habló de un tío suyo. Otra vez, si mi (maldita) memoria no me traiciona, lo vi en la Casa de América Latina, donde presentó con muy bellas palabras a la gran poeta Blanca Varela. Y la última vez que lo vi fue muy poco antes de que le dieran el premio Nobel, en la inauguración de la exposición que le consagraron en la ya mencionada Maison de l’Amérique latine. Con el título de La libertad y la vida, esta muestra de la trayectoria vital y literaria de Vargas Llosa pudo visitarse en París entre el 14 de septiembre y el 6 de noviembre de 2010. Tengo entendido que antes estuvo en Lima y supongo que después de la capital francesa habrá sido instalada en otros lugares.
En la inauguración de la exposición había muchísima gente. La Casa de América Latina, excepcionalmente había abierto el acceso al jardín, hacía buen tiempo, por lo cual gran parte de los asistentes, después de recorrer las salas donde se mostraban fotos, libros, manuscritos, videos, cartas, etcétera, salían a departir al aire libre. Vargas Llosa, que llegó acompañado de Patricia, no hizo discurso alguno, pero sí recibió con amabilidad los saludos de medio mundo, se dejó fotografiar con quien quisiera, dedicó algunas palabras de cortesía a quienes le estrechaban la mano y después, en el jardín, se puso a charlas con algunos viejos amigos, entre los cuales Jorge Edwards (recientemente nombrado embajador de Chile en Francia), Fernando de Szyszlo y Carlos Fuentes. A este último, un poco antes, yo lo había visto llegar al jardín con paso lento y poco firme, muy envejecido, acompañado por una persona que lo llevaba del brazo. Ya no era el vigoroso escritor mexicano de antes, sino un anciano que se acerca a la muerte sin haber podido conquistar a los académicos del Nobel, como sí lo ha logrado, finalmente, Vargas Llosa, su eterno rival.
Esta es la última vez que he visto a Vargas Llosa en persona. No sé por qué, pero al visitar la exposición yo estaba seguro de que pronto se anunciaría que había ganado el premio de los suecos. “Ya no”, me decía la gente, “ya pasó su momento”. Descubrí así que comparto poderes adivinatorios con el pulpo Paul, que en paz descansa.
El poeta, el narrador y una carta
No es que me vaya por las ramas porque al hablar de Vargas Llosa me refiera a Javier Heraud. Sucede que en la exposición en la Casa de América Latina lo que más me impactó fue una carta manuscrita que el poeta asesinado en el río Madre de Dios en 1963 le dirige al por entonces joven narrador y periodista peruano residente en París. Esta carta no me parece haberla visto reproducida en ninguna parte, incluso no está -creo-, en el número que la revista Martín (N° 22, año X, Fondo editorial de la Universidad San Martín de Porres, Lima, agosto 2010) ha dedicado a Javier Heraud.
La carta de Heraud a Vargas Llosa está fechada en Miraflores, el 10 de noviembre de 1961. Ya desde el tuteo y el tono de confianza que se muestra en ella (“Tu hermano, a quien llamaban el poeta, te pide disculpas”) se nota la amistad, la camaradería, que unía en aquel entonces al poeta y el narrador. Señala Heraud que se sentía “mal, muy mal” y que allá, en el Perú, “todo sigue igual, tal vez peor”. Se queja el poeta, además, porque lo han expulsado de la Universidad Católica, le han rebajado el número de horas de clases que daba en un colegio y, sobre todo, porque en el partido (comunista) lo censuraron debido a una carta que mandó. “Como verás, estoy jodido. Si no me tiro un balazo es porque pienso que el quid de todo no radica en lo (que) me han hecho sino en lo que yo he hecho: dejar Europa sin escuchar tus consejos y venir aquí a pudrirme y mediocrizarme”, le escribe Heraud a su amigo. Y luego, tras un comentario sobre la actualidad política del Perú y un probable triunfo electoral del Apra, añade: “…lo único que queda es huir para siempre”, antes de citar unos versos de Vallejo y mandar saludos a la familia de Vargas Llosa y a los amigos de París.
Lo que me sorprende en esta carta que descubro en la exposición sobre Vargas Llosa, es el ánimo depresivo de Heraud, sus ganas de huir para siempre de un país en lo que todo va de mal en peor y donde quedarse significa caer en la mediocridad. Me sorprende también, y sobre todo, que Heraud se lamente por no haber seguido los consejos de Vargas Llosa de que se quede en Europa. A sólo 18 meses de su muerte tras un intento de formar un foco guerrillero en la selva peruana, el autor de El río aparece más como un joven desesperado y melancólico, presa de ideas suicidas, que como un abanderado de la causa revolucionaria en Latinoamérica.
Vargas Llosa atrapado por el sueño
Desde hace años que el autor de Pantaleón y las visitadoras ya no soñaba con la visita de los Reyes Magos sino con la de los académicos del Nobel, portadores no de incienso y mirra sino de un codiciado regalo. Yo creo particularmente que ese sueño le ha hecho mucho daño a la obra de Vargas Llosa, porque desde que éste comenzó a creer que el sueño podía hacerse realidad un día, se puso a escribir con la firme intención de que así fuera. Quien había proclamado una vez, en un bello discurso, que “la literatura es fuego” pasó a pensar que “la literatura es Nobel”, y allí empezó el declive de su obra narrativa. Es sólo una hipótesis que vale lo que vale.
Miro la foto en la que Vargas Llosa se está disfrazando de pingüino, ayudado por su hija Morgana, para asistir a una ceremonia que de tan soñada cuando dormía ya debía de haberse convertido en pesadilla. Veo otras después en las que aparece de frac recibiendo el premio, y no puedo dejar de comparar esa escena con la de su amigo/enemigo García Márquez, veintiocho años antes, recibiendo el Nobel en guayabera. ¡Qué horror, parece que no hay escapatoria! O el ridículo disfraz europeo de pingüino o la folclórica guayabera caribeña, no menos ridícula en esa circunstancia. Creo que nomás por no enfrentar esta disyuntiva Sartre rechazó el premio y que a Julien Gracq no se lo dieron porque los suecos sabían de antemano que el grandísimo escritor francés no lo aceptaría solo para no tener que disfrazarse sea de pingüino, sea de folclórico. Pero, bueno, dejémonos de chistes y pasemos ahora a cosas más serias.
Y qué cosa más seria, cuando hablamos del premio Nobel, que el siempre muy esperado discurso de Estocolmo. Diré para empezar que el de Vargas Llosa lo leí en cuanto salió publicado en la prensa, con suma curiosidad, sin ningún prejuicio negativo y, más bien, con uno positivo, pues el que pronunció en Caracas el 4 de agosto de 1967, al recibir el premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, me había impresionado mucho. Recuerdo aquella bella evocación de Oquendo de Amat: “este compatriota mío había sido un hechicero consumado, un brujo de la palabra, un osado arquitecto de imágenes, un fulgurante explotador del sueño, un creador cabal y empecinado que tuvo la lucidez, la locura necesaria para asumir su vocación de escritor como hay que hacerlo: como una diaria y furiosa inmolación”. En ese texto, al que se le conoce con el título incandescente de “La literatura es fuego”, Vargas Llosa da unas pautas de lo que concibe como el origen del quehacer literario en general y del suyo en particular. “La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza. Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasarán. La literatura puede morir pero no será nunca conformista.” Sin embargo, cuarenta y tres años más tarde, el hombre que había pronunciado estas palabras estremecedoras se vuelve conformista ante la academia del Nobel y frente a las puertas hacia la “gloria” literaria que se le abren de par en par tras duro trabajo para lograrlo. La misión de la literatura, prosiguió Vargas Llosa aquella vez en Caracas, “es agitar, inquietar, alarmar, mantener a los hombres en una constante insatisfacción de sí mismos: su función es estimular sin tregua la voluntad de cambio y de mejora, aun cuando para ello daba emplear las armas más hirientes y nocivas.” Desgraciadamente, el hombre cuyo discurso leo en 2010, ya no presenta “una constante insatisfacción” de sí mismo sino una ya larga autocomplacencia en la publicación de novelas mediocres, de novelas “industriales”.
No quiero ser aguafiestas, pero el Discurso de Estocolmo de Vargas Llosa no me parece que sea “maravilloso”, como lo califica Fernando Iwasaki en pleno furor cortesano, y en cuanto terminé de leerlo me dejó más bien un amargo sabor en la boca. Por todas partes, sin embargo, aparecían notas ditirámbicas similares a la que publicó en un diario español el escritor peruano residente en Sevilla. En el Perú, incluso quienes habían criticado y atacado a Vargas Llosa por las más diversas razones, sobre todo ideológicas, parecían obnubilados por el premio Nobel otorgado a un peruano y enceguecidos por el nacionalismo se habían puesto a aplaudir sin medida, ya sin el más mínimo espíritu crítico. Dudé entonces de mis propias dudas sobre la calidad del discurso vargasllosiano y me dije que en ellas había tal vez de mi parte algo de mezquindad o de envidia. Decidí entonces leerlo por segunda vez. La amargura de mi boca se agudizó. Buscando si había alguien en este planeta que no pensara como dice que piensan Iwasaki y prácticamente todos los peruanos vivos, conecté por Internet con Puente aéreo, el interesante y a menudo polémico blog de Gustavo Faverón. Unos días o una semana antes había leído yo allí una crítica bastante severa a El sueño del celta, la novela que Vargas Llosa había publicado sin saber aún que por fin iba a entrar en la controvertida lista de los ganadores del Nobel. Debo confesar que a menudo no estoy de acuerdo con lo que escribe Faverón. Soy un lector asiduo de su blog, al que le reconozco el mérito de la crítica y la virtud de no temerle a la polémica, pero no soy para nada un incondicional de sus puntos de vista, según yo a menudo muy discutibles. Esta vez, sin embargo, me encontré en perfecto acuerdo con él cuando critica sin pelos en la lengua el discurso de Vargas Llosa en Estocolmo. El discurso “no sólo fue repetitivo y caótico: fue también bastante superficial y errático”, afirma Faverón y eso es exactamente lo que pienso yo también. Luego, al analizar el contenido del texto, vemos que Vargas Llosa repite más o menos con las mismas palabras lo que dijo en Caracas en 1967, aunque con menos fuego y lirismo, y sostiene una vez más que la ficción es un mundo alternativo a la realidad, pero esta vez se olvida de que es también, y sobre todo, un espacio crítico.
En otros aspectos, que algunos considerarán simples detalles, Vargas Llosa dice que cuando piensa en el Perú se enorgullece de que “con España llegara también África”, lo cual estaría muy bien si esos africanos a los que se refiere no hubieran sido esclavos vendidos por unos y comprados por otros, trasladados a América encadenados en los barcos y luego sometidos a trabajo forzado. Olvidando su defensa apasionada de la democracia y de la libertad (que le reconozco como un mérito), en Estocolmo Vargas Llosa no dijo ni una palabra sobre la esclavitud al referirse a los primeros africanos llegados a América, y, probablemente sin quererlo, terminó más bien dando una visión positiva de ella. Yo no creo sinceramente que a Vargas Llosa no le indigne la esclavitud (ni creo tampoco, como afirmó una profesora francesa en una mesa redonda en la Casa de América Latina, que quiera “la exterminación de los indígenas”, afirmación que a lo menos me parece una soberana tontería), pero por eso mismo me permito afirmar que su discurso de Estocolmo está muy mal escrito y peor corregido.
Un aspecto que no señala Faverón en su casi solitaria crítica al discurso de Estocolmo, es aquel que vino acompañado de lágrimas e hipos. Más patética me parece aún tanta sensiblería cuando se le ven las imágenes de la alocución. En un momento dado, Vargas Llosa cree oportuno agradecer a su mujer, aquella Patricia por la que un día en México, cual caballero a la antigua, le dio un puñetazo a García Márquez y puso punto final a su amistad con el escritor colombiano. Esta vez no hubo puñetazo sino “romanticismo” de telenovela, melcocha, machismo y defensa implícita de la familia patriarcal. Dice Vargas Llosa en pleno siglo XXI y sin sonrojarse: “Patricia (…) que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir (…) Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas…” Pobre mujer, me digo yo, sometida a este patriarca que porque escribe libros no puede ni hacerse la maleta, como confiesa aquí, ni utilizar un celular, como lo revela en una entrevista que leí ya no sé donde. En la visión de la familia que tiene Vargas Llosa, su mujer no es una compañera sentimental y sexual ni una cómplice en la aventura de la literatura, sino quien se encarga de todo lo que corresponde a la vida doméstica y la administración burocrática y financiera: es eficiente criada a tiempo completo, secretaria generosa, temible guardiana de la casa, prolífica paridora de hijos y eficaz responsable de que los calzoncillos, los calcetines, las camisas y los pantalones del hombre “que solo sirve para la literatura” estén debidamente limpios, planchados y ordenados que llevará a Estocolmo o a cualquier otro lugar. Sin vergüenza alguna, Vargas Llosa revela ser un inútil en la vida real, un hombre totalmente dependiente de su mujer en las cosas prácticas (como antes seguro lo fue de su madre) y un patriarca cuya mujer es solamente la encargada de todo lo subalterno de su vida cotidiana y de la labor reproductiva. En pocas palabras, Vargas Llosa se reconoce en el prototipo del hombre del siglo XIX y lo hace en público entre emocionados sollozos. Me digo que aunque sea ciego ante las conquistas logradas por la mujer, por lo menos, tiene la virtud de la sinceridad. Pero ¡pobre Patricia!, “la prima de naricita respingada”. Y pobre también la tía Julia, su primera mujer, que tanto lo ayudó en sus comienzos, completamente olvidada en Estocolmo.
Lo extraño en el autor de “Conversación en La Catedral” es que, desde hace tres décadas, anda a menudo por la vida como los cangrejos. Casi siempre para atrás y dando, de vez en cuando, un paso hacia delante. El defensor de la libertad de pensamiento y de crítica, se convierte en severo comisario, en moralista de pacotilla, casi sin darse cuenta. En un texto publicado en Letras Libres que Giancarlo Stagnaro cita en su excelente artículo “El Nobel 2010, entre lo público y lo privado” (El Hablador, n° 18), Vargas Llosa arremete contra Michel Foucault, cargado de prejuicios y con evidente mala leche. Y para atacar a uno de los más bullentes y brillantes pensadores del siglo XX recurre sin ningún escrúpulo a aspectos de la vida íntima, de la opción sexual, del filósofo francés. Escribe Vargas Llosa: “Su repulsa de la cultura occidental… lo indujo a creer que era más factible encontrar la emancipación moral y política apedreando policías, frecuentando los baños ‘gays’ de San Francisco o los clubes sadomasoquistas de París, que en las aulas escolares o las ánforas electorales”. Francamente una crítica así, con un fondo homofóbico tan evidente, me parece bastante repugnante. Y es lo contrario absoluto de su defensa del carácter subversivo, insumiso, inconforme y rebelde de la literatura.
Sin embargo, no siempre Vargas Llosa me indigna, no siempre lo que dice me produce rechazo. A veces adhiero con entusiasmo a algunas cosas que afirma con fuerza y convicción y una fuerte dosis de coraje. Por ejemplo, en el discurso de Estocolmo, cuando dice que detesta “toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto a la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia (…) Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.” No es que éstas sean ideas nuevas ni muy originales, pero en Latinoamérica son algo que no quiere oírse. No obstante, vale la pena que alguien tenga el coraje de expresarlas, sobre todo aprovechando la resonancia mediática que confiere ser designado por los suecos como el nuevo ganador del premio Nobel.
Mario Vargas Llosa, una vida de novela
Friday January 28th 2011, 6:25 am
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Estudios
Por Johnny Zevallos
UNO
Los primeros años
Jorge Mario Pedro Vargas Llosa nació en Arequipa (Perú) en la madrugada del 28 de marzo de 1936 en una casa ubicada en la calle Boulevard Parra 101 (1), cercana a la estación del ferrocarril. La denominada Ciudad Blanca, por el tono blanquecino del sillar, elemento constructivo de los inmuebles arequipeños, albergó al pequeño Mario hasta que este cumplió el primer año de vida en un predio perteneciente a sus abuelos maternos. Ernesto Vargas y Dora Llosa, padres del escritor, se habían separado dos meses antes de su nacimiento, como consecuencia del resentimiento social de Ernesto, pero en realidad se trató de un abandono, porque no contestó los telegramas ni las cartas que la familia Llosa le enviara informándole sobre el alumbramiento del menor. Aunque Mario no se enteraría de la existencia de su padre hasta haber cumplido los diez años de edad, la imagen del padre ausente se correspondería con una niñez colmada de atenciones y condescendencias de parte de sus primas y abuelos, establecidos en Cochabamba (Bolivia). El propio Vargas Llosa recuerda todavía esas vivencias transcurridas entre 1937 y 1945 en la urbe boliviana como los mejores años de su vida: “En aquella casa fui engreído y consentido hasta unos extremos que hicieron de mí un pequeño monstruo. El engreimiento se debía a que era el primer nieto de los abuelos y el primer sobrino de los tíos, y también a ser el hijo de la pobre Dorita, un niño sin papá”.
Fue determinante para Mario haber tenido contacto con sus familiares maternos, pues con ellos descubrió la fantasía de la lectura y el apasionante mundo de los primeros relatos de ficción: las historias de Genoveva de Brabante y de Guillermo Tell, del rey Arturo y de Cagliostro, Robin Hood, Sandokán y el Capitán Nemo. Para enfrentar los excesivos cuidados de los fraternales abuelos, Dora decide matricular al pequeño en el colegio La Salle de Cochabamba cuando el niño apenas contaba cinco años. La experiencia en La Salle fue singular porque descubrió sus primeras amistades fuera de la familia Llosa y la magia de aprender a leer, en manos del hermano Justiniano. De pronto, una noticia llegada desde Lima llenaría de emoción y orgullo a toda familia: José Luis Rivera Bustamante y Rivero, tío político de Mario, había sido designado presidente de la República del Perú, pero la sorpresa aumentaría aún más cuando al abuelo Pedro Llosa se le adjudicara el cargo de prefecto de Piura. Entonces la familia en pleno debía retornar al Perú, pero esta vez a la calurosa Piura, y el encuentro con sus primeras amistades peruanas en el Colegio Salesiano fue más que aleccionadora, sobre todo con el futuro economista Javier Silva Ruete.
El descubrimiento del padre
Mario Vargas Llosa confiesa aún con asombro, y sin ocultar cierto estremecimiento, aquella noticia que le tenía deparada su madre acerca del encuentro que sostendrían ambos con Ernesto Vargas, padre del novelista: el hombre a quien creía muerto, vivía, y estaba allí frente a sus ojos. Desde ese instante —recuerda el escritor— su vida cambió para siempre. El padre decidió que sus vidas debían transcurrir en Lima, lejos de los Llosa, de los gratos recuerdos de Piura y de aquellos amigos incondicionales que había forjado en la ciudad norteña. Se instalaron en una pequeña casa en Magdalena, una tenebrosa vivienda, ubicada en la avenida Salaverry, donde los gritos y regaños hacia sí eran constantes, porque su padre nunca toleró los cariños mostrados por la familia materna, porque podrían convertirlo en un “maricón”. Ahora estaría en manos de don Ernesto, y no de los Llosa, el destino del pequeño Mario, incluyendo su formación educativa, dirigida a amoldar esos “amaneramientos” maternos. Nuevamente los mundos de ficción hallados en las novelas de Julio Verne, Víctor Hugo o Alejandro Dumas serían las escapatorias perfectas para huir, embarcado en travesías mágicas o bajo los mosquetes de Aramis y D’Artagnan, de la vigilante tutela paterna, sobre todo ahora que sus padres se habían, aparentemente, reconciliado. Sin embargo, como era previsible, los problemas familiares aumentaron y el padre no tuvo mejor idea que enderezar al joven Vargas Llosa matriculándolo en el Colegio Militar Leoncio Prado. Ya para esos años su padre había decidido vender la casa de La Perla y alquilar un departamento en Miraflores, contiguo a la casa de los abuelos Llosa.
El Leoncio Prado fue un verdadero infierno. Ese mundo siniestro, en que los recién ingresados, los “perros”, eran tratados como lo más bajo que existía en ese pequeño universo militar, se convertiría en una obsesionante mirada del Perú. No había mejor retrato de una sociedad escindida, donde se producían ritos de iniciación que disponían la mayor facilidad para que “resentimientos, envidias, odios y prejuicios que llevábamos dentro pudieran volcarse”. Indudablemente el trato cruel e inhumano a que eran sometidos los “perros” se correspondía con las actitudes rebeldes de estos, y que se mostraban a través de escapadas del colegio y las incomodidades expresadas por los alumnos frente al castigo. Pero también le mostró los rituales de la “masculinidad”, asumir la virilidad como parte de un sistema impuesto por la misma sociedad resquebrajada que humillaba tanto a hombres como a mujeres, porque ser maricón no estaba permitido. El colegio militar fue también el descubrimiento del sexo y de las primeras aventuras sexuales en el jirón Huatica, adonde se dirigían algunos cadetes que esperaban los fines de semana y, claro está, las fugas para “cobrarse” el encierro existente en todo internado castrense. Vargas Llosa describirá con maestría y una meticulosa arquitectura narrativa estos acontecimientos, experimentados en el Leoncio Prado, en su colosal novela La ciudad y los perros (1963), vivencias que, lejos de torturarlo, le sirvieron para escribir uno de los textos fundamentales de la narrativa hispanoamericana.
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Versos a la intemperie
Wednesday January 26th 2011, 12:34 am
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Reseñas
Por Lenin Pantoja Torres
El narrador y poeta Miguel Ildefonso (Lima, 1970) publicó el libro de poesía Dantes (Lustra Editores, 2010) que refleja la culminación de un proyecto poético iniciado desde sus primeros años de escritura. Este último libro no solo se presenta como el cierre de un periodo, sino pretende ser la síntesis de todo lo escrito con anterioridad. De esta forma, Dantes puede ser leído como el epílogo de toda su producción poética, aunque por esto no deja de ser un libro autónomo. Por lo mismo, seguiremos un criterio textual cuando describamos las virtudes y defectos del poemario, sin incidir desmedidamente en la producción total del poeta.
Dantes es un libro voluminoso tratándose de poesía. Así, la escritura del texto no está pensada en un mero lector, sino en un lector rival. La lectura de Dantes es un reto para dicho rival potencial. El texto está estructurado en seis partes, organizadas y diferenciadas por títulos que dan la impresión de independencia textual dentro del libro mayor. Así, es posible leer cada segmento como un poemario individual. Esto no cancela la fuerte y estrecha relación existente entre cada una de las partes con el todo. Por esto, tenemos que los, digamos, capítulos están enlazados por la temática, pero difieren en la mirada o perspectiva del yo poético.
La organización textual mayor está emparentada con la que se maneja al interior de cada apartado o capítulo. Esto a raíz de que dentro de estos el rasgo característico es la fragmentación y la des-ubicación de muchos de los contenidos vertidos. Así, podemos aprehender los contenidos tratados luego de enlazar ideas aparentemente inconexas. Este estilo en la organización textual es un rasgo que caracteriza la producción literaria de Ildefonso y que propone nuevos retos críticos a los estudios literarios. Incluso podría llegar ha ser un motivo que encienda el debate en torno a una discusión de géneros. Ahora, lo importante es que Ildefonso no llega a olvidar que está haciendo poesía, algo que no sucede cuando hace narrativa pues suele exagerar con la prosa poética.
Este libro se organiza conceptualmente a partir de una propuesta global, es decir, desde un arte poética que vendría a ser la peregrinación del poeta (Dante es el protagonista de la Divina Comedia) por los sinuosos y nada esperanzadores caminos de la urbe, una urbe pensada y sentida a lo largo del libro como el infierno, el purgatorio y el paraíso por donde debe transitar el poeta antes de superar cada periodo. Así, Dantes vendría a ser el mismo yo poético que divaga entre dos planos: el real y el textual. El primero, como el camino de la vida; y el segundo, como la construcción e interpretación particular de esa vida. Sobre este punto, debemos mencionar que el poeta es un observador y la poesía, una forma que permite fijar y trascender lo percibido: “este canal que es la palabra es también lo sagrado y lo mundano / y mi contemplación hacia las piedras mundo derruido en abismos / por donde va el poeta inocente y oscuro: anotando” (p. 82).
La relación del poeta con la urbe es problemática ya que la llega a abandonar para irse al campo. En este momento tenemos resonancias clásicas, pues se puede leer este pasaje como “el alejamiento del mundanal ruido”, tópico renacentista. Esta es una virtud en la poesía de Ildefonso: no llega a perturbar las ideas básicas cuando inserta alusiones clásicas dentro de una poesía de corte urbano-marginal. Ahora bien, el poeta se aleja de la urbe pero se siente un outsider en un espacio ajeno al suyo, se siente un turista descentrado o un sujeto ubicado en un no-lugar: “Un pueblo lejano o la cabeza de un carnero –un cráneo blanco como la nieve alta- ha quedado tras el cerco de púas mirando los rieles por donde pasamos como simples turistas”. Los poetas son simples turistas en un espacio físico que no conocen y que no terminar de entender. Así, el poeta se siente un sujeto transitorio por un lugar que no es el suyo. Ahora, se puede leer este momento como un premeditado fracaso de Dantes hacia una posible llegada al paraíso ya que su lugar es la urbe, caracterizada por el tiempo amargo y poseedor de una violencia que fluye (como diría el poeta Carlos Oliva). La culminación de su peregrinaje en los Estados Unidos reconfirma, una vez más, que el hábitat del poeta es la ciudad, ya sea peruana o extranjera.
Un elemento muy presente en este libro es la oscilación de los versos entre la configuración de tramas y de imágenes. Hay una indudable tensión entre ambos aspectos. Muchas veces la prosa poética posibilita esto. En todo caso, el resultado revela un trabajo cuidadoso en cuanto a los cuadros con historias implícitas:
“Una mujer alzó la tapa del balde blanco de metal
y la colocó en la banca.
Cogió el cucharón, lo hundió en la chicha morada haciendo círculos lentos,
un remolino nocturno en el mar (otro mar)
y la ballena de hielo
sin ningún drama ni épica se partió en dos, en cuatro.
La mujer alzó el cucharón de metal acero inoxidable
y vertió la chicha helada en el vaso de cristal.
Aquel vaso me lo extendió diciendo “ahí tiene”.
Yo lo recibí y para beberlo cerré los ojos. Mi sed había desaparecido.
El vaso había desaparecido en el instante mismo de haber desaparecido mi sed.
La canción de Chacalón había desaparecido.
La mujer, el balde, habían desaparecido.
Solo quedó el poema” (p. 95).
La carga visual es indudable así como la presencia de una historia sencilla, una historia que revela y confirma algunos aspectos ya mencionados. Es el caso del poder fijador y trascendente del poema. Podemos apreciar en el último verso que finalmente todo ha quedado atrapado en la escritura poética, se ha vencido a la fugacidad del tiempo que es la destructora de lo que pensamos imperecedero.
El lector puede preguntarse cuál es la razón del constante viaje del yo poético, qué es lo que busca, hacia dónde va, en fin, muchas cuestiones en torno a un solo aspecto: el peregrinaje del poeta. Los pasos que este realiza son, simultáneamente, dos: por un lado, una cierta redención; y por otro, remediar el spleen limeño. La redención del poeta no solo viene de las cosas que ha hecho, sino también de las cosas que suceden en la ciudad. No hay una clara y precisa mirada crítica del poeta respecto a la sociedad, pero sí hay ciertos comentarios que dan lugar a personajes marginales, poseedores de un atractivo particular. Hay una belleza oculta en todos estos personajes, incluso una envidia soterrada por el sufrimiento. La angustia y sobre todo el dolor ejemplifican esto cuando el yo se siente con derecho a increpar al que no lo siente o no lo conoce: “Qué sabes del dolor / qué sabes de estar en una calle / si el dolor es no saber nada / si estar en una calle / es solo estar en una parte de tu dolor” (p. 41). Cuando nos dicen que el dolor es una parte de la calle advertimos que la urbe guarda muchas cosas, entre ellas al dolor. Así, la urbe es un macrocosmos de sentimientos trastocados, los cuales posibilitan la sombría atmósfera por donde deberá transitar el poeta.
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Miguel Ildefonso. Dantes, Lustra Editores, 2010. 195 pp.
Segregación N° 1
Sunday January 23rd 2011, 6:23 pm
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Columnas
PASAN LOS DÍAS
Por Francisco Izquierdo Quea
Fueron cuarenta, uno tras uno. Llegué a Perú y me fui. Al final, solo la imagen de siempre: Lima partida entre el cielo y el mar.
Uno. El avión serpentea sobre el agua y gira en U, ingresando al aeropuerto. De vuelta en Lima. Ley antitabaco, gente leyendo periódicos y haciendo rutas entusiastas en el Metropolitano. Bastan dos tardes para apreciar el movimiento de personas gastando muchísimo dinero para seguir al pie de la letra el libro con lugares que Gastón Acurio recomienda para comer. Hay un optimismo general por el Nobel a Vargas Llosa y porque un par de películas peruanas han ganado premios. Visconti dice: Pero hace años Lombardi también ganó esos premios. Yo digo: ¿Y cuál es la diferencia ahora? Visconti dice: Que ahora somos un país con talento.
Tres. Frente a la computadora, revisión de mails, solo tres por resaltar:
1) Marion, historia sobre las peleas en su trabajo, felicidad absoluta comiendo en el restaurancito de la rue Mouffetard, encuentro con las italianas y fiesta de disfraces donde aparecieron los galifardos que cada fin de semana le piden su número de celular.
2) Niño Tortuga, estudia día y noche para su examen de abogado, en París hace frío, no hay muchos turistas, en el último Salón de la Moda han salido ternos para hombre con falda.
3) Bernard, repaso de una serie de detalles sobre una fiesta en Crimée, mi tema de doctorado parece interesarle pero no lo entiende bien, los Fouck Brothers en Ménimoltant.
En las webs de fútbol: la U da pelea por el título. En la web de El Comercio noticias sobre Al fondo hay sitio y las peripecias del torero Fernando Roca Rey en el programa de bailarines de Gisela. Facebook: una lista de simpatizantes de la alcaldesa Susana Villarán cree que esta será una especie de Enrique Tierno Galván versión Lima-moderna-progre-y-libre. La consigna frente a los derrotados del PPC es interesante: si eres de izquierda, consumes buenos libros, películas y discos, o sea, piensas; si eres de derecha, además de anacrónico eres una bestia. Un detalle espirisocial: July se ha unido al grupo: Yo también creo que Dios MOSTRARÁ SU GLORIA a través de los adolescentes.
Seis. El mismo bar de siempre. Mesas con tipos animosos y chicas avezadas. Yo estoy en una de esas mesas. Hay platos con comida, botellas de cerveza, risas, gritos y todos fuman cigarrillos de distintas marcas. La situación va de un lado para otro, hasta que Visconti me toma del hombro y me suelta una de sus tantas revelaciones de esa noche: que luego de ver Star Wars completa está seguro de que Darth Vader tiene razón y que solo el odio nos mantendrá vivos. Respondo que no tengo idea de lo que habla, y volteo a ver quién me llama. Es Ana. Me pongo de pie, un abrazo, un tanto tiempo, y dos jajaja jijiji. Ana es pequeña y tiene los ojos negros. Iniciamos una charla breve en la que ella hace un relato de sus proyectos y de su regreso a clases. Tengo que terminar la carrera de una vez por todas, dice riendo. Muevo la cabeza y fumo un poco. Es malo fumar pero estoy convencido de que fumando la paso mejor que aquellos que no lo hacen. Ana continúa con lo de la universidad, chismes de gente que no conozco pero que al parecer conocí en algún momento, que alguien se mató, que alguien es madre por segunda vez, que la universidad de porquería, que un profesor la botó de un curso porque en su momento no quiso casarse con él, ¿puedes creerlo? Fumo. No todo es perfecto, alego. Ana dice entre dientes algo que no logro entender y retrocede en semivueltas, haciendo muecas y chau con la mano. Eso, chau.
Ocho. ¿Desde cuándo el Facebook condiciona a la gente? De pie en el Malecón Grau, mirando el puerto de pescadores y los autos correr rumbo a La Herradura. Llamada de Fresita. ¿Dónde estás? En Chorrillos. ¿Ah? Sí, en Chorrillos. ¿Todo bien en estos días, te ha gustado Lima? El Metropolitano me gustó, fuera de eso, todo parece ser lo mismo, salvo que hay más plata. Fresita dice ah y pregunta: ¿A qué restaurante has ido? No recuerdo los nombres, Fresita, pero he estado en cuatro que Gastón Acurio recomienda en su guía del Banco Continental. ¿Te gustaron? Francamente no. (Pausa). Fresita lanza otro ah y luego dice que en Facebook un grupo de sujetos ha propuesto a Gastón Acurio como candidato a la presidencia, imagínate, ¿tú crees que Gastón acepte?, ¿aló? La guía de Gastón no sirve para nada, Fresita. ¿Por qué tendríamos que descubrir y aceptar que los supuestos mejores anticuchos de Lima están en Miraflores y que te los sirven en un plato porción-bebito?
Doce. Frente al televisor. Publicidad de Telefónica o de una marca de cerveza. Aparecen hombres y mujeres corriendo en la calle y abrazándose. La sugerencia: que Perú será campeón del mundo en vóley.
Quince. Charla con Bautista. Llega agitado y con los audífonos puestos. Luce un polo que tiene la inscripción ROXETTE EN EL ROOSEVELT ABRIL 95. Trabaja en lo mismo. Al margen de resignaciones, se siente conforme. La novedad: sale con una pintora de Corriente Alterna. Los cuadros de la chica, afirma él, buscan enaltecer a la mujer por sobre todas las cosas.
––Es la típica huevona que habla como bebita para dárselas de…
––¿Interesante?
––Digamos que tierna.
––¿Tierna?
––O sea pregunta babosadas tipo: “Bautista, ¿qué significa ‘claustrofobia’?”.
––Okey.
––Mira, yo como si las huevas, ah. Antes de conocerme ella estaba con un patita, un X, un tal, no sé, Javicho Degregori.
––…
––Un nombre de esos, tipo videoartista o alcalde de La Molina. ¿Entiendes?
––Ajá.
––La cosa es que la huevona es agradable, al menos cuando está sobria. Pero del saque la gente que se mete al feminismo está cagada.
––¿Al comunismo?
––Al feminismo. Al comunismo también, pero ya no existe.
––O sea que es feminista.
––Sí.
––Supongo que fuera de esos detalles te sientes bien.
––Estoy bien. Además he reducido el consumo de cigarrillos ––dice.
––¿A cuánto? ––pregunto.
––Cinco por día. Máximo seis.
––Yo si en algún momento lo hago, va a ser de golpe. Pum, dejo de fumar y ya.
––Lo pensé, pero también pensé que para mí sería imposible. Así que mejor reducir la carga diaria. Lo importante es que ya no estoy tan deprimido. Me he dado cuenta de que la razón que me impulsa a fumar casi sistemáticamente es estar frente a la computadora. Así que ahora estoy variando un poco la rutina.
Llevamos media hora o cuarenta minutos hablando. Él, una colilla sobre el cenicero; yo, cuatro.
Dieciocho. Perú ha perdido todo en el mundial de vóley, con excepción de los partidos frente a Argelia y Costa Rica. La prensa busca responsables. La publicidad de Perú campeón del mundo sigue transmitiéndose en televisión.
Veintidós. Llamada desde París por parte de un Niño Tortuga ebrio y sensible. Eres mi pata, nos hemos peleado muchas veces, pero eres mi pata, te admiro por regresar a Perú aunque sea de vacaciones, yo nunca voy a regresar a Perú, si regreso sería para ser presidente de la Corte Suprema y para enseñar derecho privado en San Marcos, pero ese es un supuesto, por el momento no tengo nada que hacer en ese país lleno de gente de mierd…, ¿que qué quiero que me traigas?, tráeme un kolynos, ¿es posible?, sí, hace frío y está nevando todos los días, ahorita son las tres de la mañana, oe sabes qué es lo que realmente quiero: chicharrones con tamal, ya me llegó al pincho comer poulet rôti, ¿sabes desde cuándo estoy con el poulet rôti?, desde que llegué a París, compadre, más de tres años, más de tres añ…, sí, hermano, todo listo para mi examen, voy a ser abogado, ya me vas a ver con mi toga, la voy a romper acá, ya me vas a ver.
Veinticinco. Moyobamba.
Treintaiuno. Lima.
Treintaitrés. Revisión de mails. Nada importante, salvo noticias de un debate que parece haberse instaurado: los que antes pedían el Nobel para Vargas Llosa ahora lo critican. Casi todos ellos periodistas que quieren ser escritores o, en el peor de los casos, líderes de opinión. Algo sucede. Automáticamente voy a la cocina y en la licuadora meto todo lo necesario para hacer pisco sour. Bebo media licuadora de pisco sour mirando a Clementina tomando sol en el patio. ¿Será aburrida la vida de una tortuga? Clementina no es tan lenta, cruza el patio varias veces al día y se esconde en el jardincito: supongo que aparte de la comida que se le da come hojitas y bichos y tod… Suena el timbre, es Fresita. Hablamos un rato en el living, ¿qué has bebido?, cuenta cosas de sus gatos, de sus dietas, ríe, ¿por qué me miras así?, ¿qué has bebido? Jeje, ay, Fresita, eres tan linda y buena, no sé por qué nunca ha pasado nada entre nosotros, ¿y si te propongo matrimonio, Fresita? ¿Qué has estado tomando, ah? Así podríamos llenar una casa de hijitos, Fresita, y luego comprar un palco en el Monumental para ir los domingos, o sea yo y los hijos hombres, porque las mujeres nunca deben ir al estadio, Fresita, porque dan mala suerte y porque los domingos las mujeres se quedan en casa tejiendo chompitas y preparando postres. Fresita para de reír, evade mi comentario con su inconfundible fresitamanera de evadir mis comentarios y pregunta: ¿Qué quieres hacer hoy? Me encojo de hombros. No sé, Fresita, salgamos por ahí. Nos ponemos de pie, casi al instante salimos y al llegar a la avenida nos topamos con los edificios y la gente. Detengo un Covida y subimos. Nos sentamos cerca a la puerta delantera.
––¿Adónde vamos? ––pregunta Fresita.
––A las Galerías Brasil ––digo––, quiero comprar un polo como el de Bautista.
––¿Quién es Bautista?
––Luego iremos a Breña, a la casa de mi abuela.
––¿Pero tu abuela no murió?
––¿Cómo sabes eso?
––Tú me lo contaste.
––…
––…
––¿Desde cuándo nos conocemos, Fresita?
––Desde que entraste al periódico, 2000 o 2001, creo ––sonríe.
––Ah.
––Sí.
––Bueno, la cuestión es que la casa de mi abuela sigue ahí, y hay fotos y muñecas y elepés. Así que vamos nomás.
Fresita dice está bien y yo me acomodo sobre el respaldar. Veo que en uno de los extremos del micro reluce una calcomanía con el lema: “Sé amable, no rompas los asientos, SONRÍE”.
Treintaisiete. El retorno es inminente. Intento ordenar el caos de mi vieja habitación. Hace siete años que no vivo acá, me digo. Dos opciones: regalar o tirar a la basura. Libros que ya leí y que no sirven para nada. Ropa que nunca usaré. Revistas, discos, casetes, películas, periódicos de fútbol. Lo que queda intacto: las paredes y todo lo que está sobre ellas.
Treintaiocho. Solo dos personas pueden darme la respuesta que necesito: ¿Qué hace Kina Malpartida en el box y no modelando? El doctor Maestre, a mi lado, responde: ¿Quién es Kina Malpartida? Frieda Holler, por su parte, me dice: Eres guapo, te pareces a Claudio, el cantante de Lucybell. Cambio de estrategia: ¿A qué se debe el orgullo de los peruanos?, ¿es que todo empezó con Inca Kola, la campaña Cómprale al Perú, Claudio Pizarro y sus goles en Alemania, el pisco, Libido ganando un premio MTV, el surf, Gastón Acurio y la cocina, Machu Picchu, Kina, La teta asustada, y ahora Vargas Llosa? ¿Acaso todo se reduce a un simple reconocimiento? El doctor Maestre responde: ¿Quién es Gastón Acurio? Frieda Holler dice: El papel higiénico nunca debe reemplazar a la servilleta.
Cuarenta. El fin. Llamada del chino Masahide. ¿Te vas hoy? Sí, me voy hoy. Disculpa por no haber ido el otro día, ¿nos encontramos en el aeropuerto? Ya, en el aeropuerto. Once de la mañana, luego del registro, junto al chino en el fastfood del segundo piso. Masahide: He estado ocupado en muchas cosas. Yo: No te preocupes. Masahide: ¿Cómo has visto Lima? Yo: Está bien, ¿no? Bebemos el café sin hacer ruido y le digo luego que me acompañe a fumar. Salimos. El chino Masahide ha engordado posiblemente treinta kilos desde la última vez que lo vi, año y medio atrás. No le hago mención de esto sino que le ofrezco un cigarrillo. Gracias pero no, ya paré con el pucho. Afirmo en silencio y hago fuego. El chino permanece a un lado, mientras los taxis llegan y desaparecen y vuelven a llegar a la entrada del aeropuerto. A la primera bocanada le pregunto: ¿Qué has estado haciendo, chino? El chino Masahide suspira con pesadez. Habla de cierto grupo de noise que tuvo a inicios de año. Que tras dos o tres meses las diferencias aparecieron. Que los otros integrantes gritaban mucho, que no le dejaban tocar la guitarra, que el chino se hartó y dijo que la música le era un don negado y que volvía a la poesía. Que una tarde conoció a un grupo de poetas trasgresores cuyo plan de enfocar la poesía nunca había sido impuesto en la literatura peruana. Que se embarcó con ellos en el proyecto. Que viajaron por todo el país dando recitales y performances. Yo: ¿Y aprendiste algo nuevo? Masahide: De poesía no, pero conocí mucho el Perú.
Le doy la mano y un abrazo. Tengo que entrar ya, mi avión sale ahorita. El chino dice: Cuídate, estudia mucho. Eso haré, le digo. Me acomodo la mochila y cuando estoy a punto de cruzar la puerta automática, Masahide dice: Voy a dejar todo y me voy a Japón, compadre. Me detengo y lo miró ahí, a tres metros de distancia. ¿Y qué se supone que vas a hacer en Japón, chino? Enseñar español o cocinar, algo así, responde. Tú no sabes cocinar, Masahide. ¿Qué vas decir, que eres un ex luchador de sumo que ahora prepara sushi? El chino ríe. Entonces enseñaré español, hay buena plata ahí. Yo: Chino, ¿estás bien? Masahide: En realidad depende de qué quieres decir con estar bien, pero si quieres saber si aprendí el significado del enigma de la vida, la respuesta es sí.
Silencio: uno,
dos, tres, cuatro,
cinco, seis,
siete segundos.
Me voy, chino, escríbeme. Atravieso la puerta. Atrás, oigo a Masahide gritar: ¡Huevón, por enseñar español los japoneses te pagan como si fueras Zico!
Poco rato después, el boing 787 despega y Lima desaparece.
Encuentro con un Nobel
Friday January 21st 2011, 6:11 am
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Crónicas

por Aliza Yanes
A Mario Vargas Llosa lo vi una vez, hace aproximadamente diez años, en el cine de Larcomar. Estaba con Patricia en la misma sala que yo viendo una película norteamericana más bien intrascendente, no recuerdo cuál fue, me parece que una comedia. No sé si habrá sido por tímida o boba, pero no me atreví a saludarlo porque según yo no se me ocurrió nada interesante que decir. Esta vez cuando leí en mi correo que estaba confirmada su presencia en la inauguración del congreso internacional “Las cartografías del poder en la obra de Mario Vargas Llosa”, en la Casa de la Literatura Peruana, inmediatamente pensé en llevar un libro para que lo firme y en contarle que lo anunciaron Nobel el día de mi cumpleaños. No pasó mucho tiempo para que mis pensamientos se ordenaran. Acercársele sería imposible, seguramente sólo haría un acto de presencia durante breves minutos. Es que aquel Vargas Llosa al que vi en el cine ya no es el mismo, ahora es el primer premio Nobel del Perú, el centro de atención por antonomasia quién sabe durante cuánto tiempo. Quizás nunca deje de serlo.
Ese día –miércoles 15 de diciembre– me levanté temprano. La inauguración estaba programada para el mediodía, pero el entusiasmo y la expectación en torno al flamante Nobel me llevaron a tomar mis precauciones y calculé que para tener un buen lugar era imprescindible llegar dos horas antes. Gracias al nuevo transporte que se ha adjudicado haber traído la modernidad llegué incluso unos minutos antes de las diez y me encontré con la Casa cerrada y con solo tres personas afuera: dos hombres apoyados contra la pared, uno en terno con dos periódicos en la mano, el otro absolutamente inexpresivo con la mirada perdida y una mujer que se paseaba en un continuo ir y venir frente a la puerta. “¿Es la cola para lo de Vargas Llosa?”, les pregunté. “Estamos esperando”, me respondió secamente la mujer. Como ninguno daba indicios de tener ganas de entablar una de esas triviales pero entretenidas conversaciones con un desconocido que ayudan a matar el tiempo, me resigné a esperar en silencio a que llegara mi amiga R y me coloqué contra la pared detrás del hombre de la mirada perdida con el propósito de esperar ordenadamente y no estar todos amontonados en la entrada. Apenas me acomodé en mi lugar ingresó por el garaje la camioneta de un canal de cable y empezaron a llegar los fotógrafos de la prensa escrita. El siguiente en aparecer fue un hombre bajo, de lentes con un grueso borde negro, con un maletín en la mano y camisa a cuadros. Nos miró a los cuatro, dudó un momento en dónde ubicarse, caminó frente a la puerta y finalmente se paró detrás de mí contra la pared continuando con la idea de la fila ordenada. El hombre bajo tenía un cuadernillo con el resumen de todas las novelas de Vargas Llosa y leía en ese momento el de La fiesta del chivo. Vinieron tres o cuatro personas más y llegó R. Mientras saludábamos a nuestros amigos de la universidad que trabajan en la Casa y a una compañera practicante de periodismo la fila había crecido varios metros, había aumentado el movimiento y el ambiente de expectativa comenzaba a percibirse. La espera continuaba, con R nos entreteníamos en observar a los personajes de la mañana: una joven con un vestido particularmente estrafalario, un viejito con aspecto de explorador y el doble de Gonzalo Vargas Llosa.
Pocos minutos después de las once nos indicaron tener los tickets en la mano para poder ingresar. La mujer que se paseaba frente a la puerta cuando llegué se había colocado en la fila antes que yo. Comenzamos a entrar y supe que en ese momento el orden dejaría de existir, así que me preocupé en bajar las escaleras lo más rápido posible, alcanzando apenas a divisar que a la mano derecha de la entrada se había ambientado con mesas y sillas el mítico bar de La Catedral. La gente corría y me obligaban a hacerlo a mí también, algunos entraron por la primera puerta del auditorio pero cuando quise entrar me dijeron que tenía que ingresar por la siguiente y di mi sitio por perdido. Solo permitían que se utilizaran los asientos a partir de la quinta fila porque los de adelante estaban reservados para los invitados, así que mientras reubicaban a los que se habían sentado donde no debían R y yo nos sentamos en la quinta fila de la mano izquierda. El hombre de los dos periódicos que estaba desde temprano se sentó en la cuarta fila frente a nosotras y fue el único que no quiso reubicarse por nada del mundo. Casualmente a mi derecha se sentó V, una compañera de un centro de estudios literarios que no veía hacía años y se nos encargó guardarle sitio a M, el profesor y amigo de aquellos cursos que tanto disfrutamos, de modo que la coincidencia nos volvió a reunir en un evento tan significativo.
Faltaban cuarenta minutos para el mediodía, la prensa ya estaba colocada en el fondo del auditorio, el público estaba ansioso y los asientos de adelante se iban ocupando poco a poco. Durante la espera V me enseñó la primera edición de Los cachorros, de la editorial Lumen con fotos en blanco y negro de Xavier Miserachs y tapa dura, que había llevado por si acaso pudiera arrancarle una firmita al homenajeado. Me percaté de que absolutamente todos habían llevado un libro, albergando la esperanza de poder obtener la firma del escritor peruano más célebre de la historia.
Faltaban quince minutos y la expectativa estaba al máximo. Había un murmullo de voces continuo, todos los asientos estaban ocupados por personas con el cuerpo hacia adelante que miraban en todas direcciones. De pronto un ruido de voces creció y supimos que Vargas Llosa había llegado. R me decía a cada rato “Ahí viene, ahí viene, ahí viene, ah no, no, no”, yo no sabía bien a qué puerta enfocar con la cámara que tenía en la mano porque él se estaba paseando dentro de las instalaciones de la Casa, viendo primero la recreación de La Catedral y luego la muestra fotográfica en cera. En eso se anunció por el micrófono la entrada del escritor al auditorio y apenas se hubo asomado comenzó la estrepitosa bienvenida: todo el público se puso de pie aplaudiendo fortísimo acompañando sus palmas de continuos y potentes “¡Bravo! ¡Bravo!”. Era el reconocimiento oficial de la comunidad académica y de sus lectores. Los aplausos duraron un largo rato, Vargas Llosa se había sentado pero la gente continuaba de pie demostrándole su orgullo y admiración. Se le veía tranquilo, agradecido y hasta cierto punto un poco abrumado. Los aplausos cesaron pero hubo gente que continuó de pie para tomarle fotos. No faltaron voces fastidiadas que pedían que se sentaran. Los organizadores leyeron unas breves palabras introductorias en las que le daban la bienvenida al primer Nobel peruano y explicaban la misión y logros de la Casa como un centro promotor de cultura y lectura. Como presentes le obsequiaron una placa de reconocimiento y un libro de visitas firmado por cientos de concurrentes a las instalaciones, quienes le dejaron por escrito sus pensamientos acerca de él y su obra.
El momento esperado había llegado: Vargas Llosa tomó la palabra. Comenzó agradeciendo a la institución por los presentes, por la organización del congreso sobre su obra y por difundir “el Perú de los soñadores”, aquel que ha sido construido mediante la palabra y la creatividad de muchos escritores. Enfatizó en lo mencionado en el discurso del Nobel, en que la razón de ser de la literatura es enriquecer nuestras vidas limitadas a una sola experiencia con sueños y deseos que quisiéramos vivir, y agregó que un país es también los sueños de sus habitantes. En ese momento se interrumpió a sí mismo porque empezó a aplaudir a su gran amigo Fernando de Szyszlo, quien recién ingresaba al auditorio, y aprovechó para agradecerle por todo el ajetreo con la prensa al que se había visto obligado desde que recibiera el premio. Yo no dejaba de grabar cada movimiento. Vargas Llosa continuó diciendo que la Casa desagravia a aquellos escritores que no tuvieron reconocimientos en vida, y puso como ejemplo a César Vallejo, a quien calificó como uno de los grandes poetas en nuestra lengua, a César Moro, de quien resaltó la “extraordinaria integridad moral” que asumió como escritor y lo consideró como uno de los grandes creadores de nuestro país, y a José María Arguedas a propósito de la celebración del centenario de su nacimiento, y dijo que la mejor manera de homenajearlo era difundiendo su obra. Concluyó mencionando que el premio Nobel es para todos los peruanos y que la buena literatura forma ciudadanos con espíritu crítico.
Y a continuación pasó lo que había imaginado, pues terminó de hablar –fueron catorce minutos para el recuerdo–, se paró y retiró del auditorio, y con él todos los asistentes salieron corriendo para intentar alcanzarlo ilusamente. Incluso la señora que estaba al costado de R corrió con su libro en la mano dejando su cartera tirada en el piso. V, M, R y yo sabíamos que eso había sido todo, solo quedaba conseguir probar alguno de los bocaditos que los mozos empezaban a traer en bandejas. Es que sí, un premio puede alborotarlo todo. Pensé un momento en lo cerca que lo había tenido algunos años atrás en un cine miraflorino sin cámaras ni fanáticos de por medio. Poder hablar con Vargas Llosa continúa siendo un asunto pendiente, ahora es uno mucho más difícil.
La resurrección de los muertos
Wednesday January 19th 2011, 6:26 am
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Reseñas
Por Diana Gonzales Obando
Javier Arévalo (Lima, 1965) es un escritor y periodista que destaca por las publicaciones que retratan el mundo infantil como el thriller El misterio del pollo en la batea. Su más reciente entrega ha sido titulada Los niños góticos y junto a ella se encuentran anteriores publicaciones como Una trampa para el comandante (1989), Una línea hacia tu corazón (2006), Nocturno de ron y gatos (1994), Instrucciones para atrapar a un ángel (1995), Vértigo bajo la luna llena (1997) y Gracias, Señor, por tu venganza (2007).
La novela Los niños góticos es el producto final de un trabajo de investigación del autor de más de una década. Javier Arévalo construye un narrador que logra evocar con un lenguaje contemporáneo historias, anécdotas, convulsiones y vivencias de la Lima antigua de los años veinte. Mientras el cine mudo y sin color estaba en apogeo, la fotografía era primitiva pero revolucionaria, la máquina era el eje inspirador de la literatura y un presidente Leguía promovía la modernización del país, una “Patria Nueva”, un grupo de jóvenes talentosos se reunían en el Palais Concert del Jirón de la Unión para planear cómo cambiar el sistema.
Si la existencia de un Dios, que haga posible lo imposible, lograse juntar a los más grandes intelectuales y los escritores más geniales de la historia del país, por una vez más, solo sería en la ficción. Siguiendo este deseo, Javier Arévalo ha logrado desmitificar y congregar la naturaleza más humana, las ansias más perversas y los deseos más calculadores de talentosos hombres como César, Josemari, José Carlos, Luis Alberto y, por supuesto, al niño gótico símbolo de la vanguardia literaria peruana y personificación del ego y la petulancia –según la novela-, Abraham. Todos, finalmente, víctimas de un complot.
Es inevitable preguntarse o aseverar que esta novela es la historia ficcional de Vallejo, Eguren, Mariátegui, Sánchez y Valdelomar, aunque siempre es mejor –para evitar futuras demandas de datos exactos y de una clara documentación de la realidad- dejar hacer a la literatura su trabajo.
La oscuridad cubre la narración como un eclipse, a contraluz, en el fervor infantil de dos niños extravagantes como Ignacio y María del Pilar, hijos de un crimen y del dueño de una funeraria. El primero, un fotógrafo de niños muertos –al mismo estilo del film “Los otros” del chileno Amenábar-; y la segunda, una costurera quien se volvería artista del bordado de vestidos para niños también muertos. Ellos funcionan como el capital central de la novela o como la excusa para llegar hasta los principales hacedores de la intelectualidad de Lima de la segunda década del siglo XX. Ambos son la metáfora del amor cómplice y leal. María del Pilar, llamada por un chaplinesco Josemari “la niña de la lámpara azul” (Sí, la misma niña de Eguren), concentra en sus catorce años el deseo de un poeta veinticuatro años mayor que ella; y en sus trajes, el patibulario encuentro diario con la muerte que es exhumada para exhibirla.
Los niños góticos es la abundancia de personajes estrambóticos como Norka, una bailarina rusa que es apresada por danzar desnuda en un cementerio; Rosaura, robusta mujer que gusta de mujeres; Catita, prostituta iniciada que anhela convertirse en la dueña de un prostíbulo, y lo consigue. Mujeres y hombres que logran encontrarse seducidos por la palabra, el mundillo de los libros y la adicción a la política, adornan la trama que provoca mantener la mirada fija sobre cada palabra.
El lenguaje que trabaja Arévalo es certero, hinca sobre la sensibilidad como una aguja oxidada e indeseable, que deja dentro de la sorpresa, un sabroso mal sabor. Son los juegos de palabras que componen un relato que se esgrime entre lo poético, lo grotesco y lo sutil, con el peso de ser una narración que se hace ligera por estar dividida en cuarenta y cuatro pequeños capítulos, cada uno con una historia personal, con el suspenso y el misterio de los clásicos policiales.
La escena mejor lograda que emerge de lo cinematográfico como un lente que se va alejando y componiendo el espacio donde se encuentran los personajes, es la que me permito transcribir a continuación por lograr una elegancia y exquisitez gráfica en la imagen: “Una risotada explotó en la garganta de Abraham y retumbó en los vidrios de las copas, tan estentórea, escandalosa, hilarante, contagiosa fue que José Carlos comenzó a reír a mandíbula batiente con dolor de estómago. Le siguió segundos después la risa chillona de Rosaura, y enseguida la hiposa de Luis Alberto; un mozo que venía a dejarles agua se fue con una mano en la boca; una señora, que paraba la oreja para oír a los periodistas, dos ancianos retirados que charlaban de lo suyo y de lo ajeno, una señorita que tomaba ice cream soda mezclaron sus carcajadas con la música que venía del fondo, un cello, dos violines y una flauta que se callaron cuando los integrantes de la banda soltaron los instrumentos impedidos de ejecutarlos por la risa del Conde, que se les había inoculado por las venas o por el alma” (página 343-344).
“(Son) escritores de vanguardia enfrentados a una colectividad que los admira, pero en realidad las sociedades latinoamericanas -en especial la peruana- lo que buscan es liquidar a sus creadores. Su presencia perturba en la sociedad que quisiera que nada se moviera”, declaró Javier Arévalo en una entrevista con Jaime Cabreara Junco. Precisamente, los personajes se enfrentan a los grandes poderes políticos y religiosos que gobiernan al Estado. Usan la palabra para combatir los abusos y las injusticias en una sociedad corrupta y cínica como la nuestra. Ellos encontraron en el oficio de periodista la mejor arma para hacerse presentes y agregar, cada uno desde su mayúscula iniciativa, su revolución.
Cada vertiente de la literatura peruana, desde su contexto, mantiene su vigencia en la memoria, en la lectura y relectura de sus páginas. Novedades como Los niños góticos de Javier Arévalo, Segunda Persona de Selenco Vega, Simulacro de Luisa Fernanda Lindo, por nombrar algunos títulos, refrescan esta tradición y alimentan una nueva forjada por editoriales independientes que se está formando en el mercado editorial peruano desde hace algunos años, imagen y resultado de la buena calidad literaria de un país de poetas y narradores como es el nuestro.
Javier Arévalo. Los niños góticos, Estruendomudo, 2010. 379 pp.
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Monday January 17th 2011, 6:00 am
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Columnas
SOBRE LA MUERTE DE LOS BLOGS (EN UN BLOG)
Por Francisco Ángeles
1
En la época de oro de los blogs literarios peruanos (hace pocos años que parecen muchos) daba la impresión de que nuestro medio literario nacional era un espacio donde las cosas (buenas y malas, productivas e improductivas) no paraban de ocurrir: se escribía, se publicaba, se debatía, se elogiaba, se insultaba, se señalaba con el índice, se daba tribuna, se pasaba por alto. El descubrimiento de las posibilidades de difusión virtual facilitó las cosas para todos quienes, escondidos tras sus pantallas apagadas, esperaban el espacio que les era esquivo en los medios tradicionales. Y el espacio llegó en forma de blogs, y de esa manera se volvió fácil bajar al ruedo y decir unas cuantas cosas, las que teníamos guardadas y queríamos compartir quién sabe desde cuándo. Ý todo funcionó muy bien: conozco a más de uno (en realidad a más de tres, más de cinco, más de diez) cuyo hobby predilecto era visitar los blogs literarios, entrar varias veces al día, comentar, crear seudónimos, mandar mails para hablar (con indignación, con interés, con rencor, con alegría) de los posts más recientes, los links, las broncas, las nuevas chapas. Los blogs literarios peruanos de la década pasada crearon un paraíso perdido, un espejismo que parecía real si se le observaba de la mano con la aparición de nuevas editoriales, narradores jóvenes, premios internacionales para escritores peruanos, todo lo cual parecía probar que nuestro medio literario era real, que existía un sistema fuerte, una industria en pleno proceso de desarrollo, gente interesada, críticos inteligentes, amplios grupos de lectores, el medio literario como un campo de batalla donde se podía meter los codos y conseguir sacar la cabeza sobre la de los demás. Pero fueron pasando los años, menos de los que parecen, y de pronto algo se rompió. Y fueron los más asiduos, naturalmente, quienes dieron la voz de alerta, quienes con frases sencillas lanzaron los primeros anuncios de la próxima e inminente desaparición: ya no pasa nada, ya dejé de entrar a tal blog o a tal otro, ya no hay nada que leer. Ya fueron los blogs. Ya fueron.
2
¿Qué pasó? ¿Flor de un día? ¿Juguete nuevo que se desgastó? ¿Estamos en una etapa de transición o se volvió al estancamiento de antes? Podríamos suponer que los blogs permitieron que todos los que tenían algo que decir de pronto lo dijeron en catarata, pero que una vez que eso ocurrió quedó un silencio rotundo en nuestra sala virtual. No suena del todo descabellado. Aunque la mayoría se inclina a pensar que la virtual muerte de los blogs (al menos tal como los conocíamos en sus buenas épocas) tiene su origen en las llamadas redes sociales, y de manera especial en el avance incontenible de Facebook. Aunque no creo que dicha popularización explique al 100% la caída de los blogs, sí es verdad que sentenció un final que por ahora parece difícil de revertir. El problema es que del texto impreso al blog, y sobre todo del blog al Facebook, no hemos cambiado simplemente de soporte, sino que también se ha transformado la manera de estar informado, de enterarnos, de participar. Y además, se ha alterado la velocidad, se ha recortado el tiempo que estamos dispuestos a dedicarle a una noticia o a una opinión.
Un poco de historia: los blogs funcionaron muy bien, en primer lugar, porque desterraron la necesidad de ser aceptado por un medio impreso (en rigor, la necesidad de ser aceptado por cualquiera que no sea nosotros mismos) para compartir lo que escribíamos con cualquier potencial lector. Esta facilidad de publicación no solo tuvo como consecuencia una grata multiplicación de contenidos, sino que estos nuevos espacios formaron una red, con afinidades y desencuentros, al interior de la cual era moneda diaria comentar, citar, apoyar u oponerse a otros bloggers. Existía una especie de canon bloguero que marcaba el paso de la maratón. A algunos les parecía bien que hubiera blogs más “importantes” que otros (más leídos, más comentados, más citados). A otros no tanto. Pero creo que esa mecánica a la larga era beneficiosa. No se trataba solo de medios aislados, sino que era posible detenerse a debatir e incluso a aprender. Hoy, en cambio, cada uno anda perdido en sus propias elucubraciones. La prueba está en que antes si te juntabas con gente más o menos interesada en lo literario te dabas cuenta de que todos entraban a las mismas páginas. Pero no había unanimidad porque cada uno miraba de una manera distinta: unos estaban a favor y otros en contra, y por eso siempre había algo que decir. Hoy te reúnes con la misma gente y ves que cada uno lee cosas distintas. Y esta aparente pluralidad es en realidad dispersión, ya que todo es más superficial, inmediato, solitario y por tanto, a la larga, improductivo.
Con una dispersión imposible de controlar, lo único que llega a ser más o menos conocido, paradójicamente, es lo publicado en los medios impresos y tradicionales, nacionales o extranjeros. El Facebook, más que un productor, pasó a ser un rebotador efectivo. En este nuevo formato no parece haber espacio para iniciar largas discusiones o para quedarse enganchado con los comentarios de un post. Por lo tanto, nos quedamos con las manos vacías: los medios tradicionales, eliminando sus secciones culturales o recortándolas hasta límites ridículos, fueron dejando de lado un espacio que de a pocos iba siendo reemplazado por los blogs. Hasta ahí todo bien. Pero cuando los blogs también empezaron a cerrarse o a sobrevivir de una manera cada vez menos articulada, no apareció reemplazo alguno.
3
Otro aspecto que se debe resaltar es que los blogs requerían cierto compromiso de parte de sus administradores (postear al menos cada tanto, tratar de redondear una idea, proponer, informar, despertar polémica). Pero también, y sobre todo, implicaba un compromiso de parte de los lectores (entrar a los blogs de uno en uno a ver qué pasaba), compromiso que ahora, sobreexcitados por la avalancha de información, muy pocos parecen dispuestos a asumir. Por tanto, la caída de los blogs es básicamente el resultado de no haber sabido adaptarse a la nueva manera de estar conectados. Ha sido asumir que haciendo lo mismo, en esta época, se podía conseguir la misma atención que, por ejemplo, hace tres años.
Con los blogs era más fácil: se posteaba como si fuera un artículo de periódico o de revista; a veces como si fuera radio o televisión (podcasts, videoblogs). No había nada nuevo que inventar. Eran los mismos formatos, solo que a través de otros medios. Pero ahora la mecánica es muy diferente (cientos de personas en tu página de Facebook, hablando al mismo tiempo de mil cosas) y sin mucho tiempo para dedicarle a ninguna. En este nuevo escenario, ¿cómo recuperar el debate, las discusiones, los viejos circuitos? ¿Cómo podrían los asuntos literarios volver a instalarse en la rutina diaria de los interesados en sus paseos virtuales?
Habría que inventar nuevas formas que vayan de la mano de estas tecnologías que por ahora han desbordado la capacidad de respuesta. La solución obviamente no la voy a dar yo. Pero sí se puede proponer algunas alternativas, que bien discutidas, podrían llegar a algo. Unas probables salidas en la próxima oportunidad.