El búho insomne

MIS PREMIOS (NOBEL) 

Y UN HOMENAJE A LOS QUE NUNCA LO TUVIERON 

Y A QUIENES NO LO TENDRÁN JAMÁS 

  

Por José Rosas Ribeyro 

Quienes hayan leído el título de este artículo se estarán preguntando ya si la megalomanía o la mitomanía me han llevado a la locura, y se dirán que me estoy atribuyendo premios que evidentemente no he ganado. Para desdicha de mis enemigos (que por ahí parece que tengo), no se trata de eso. El título no es sino un homenaje a uno de mis escritores preferidos: el austriaco (renegado) Thomas Bernhard, quien murió sin que a los académicos suecos se les hubiera ocurrido otorgarle el premio Nobel, lo cual es una prueba más de su continuo despiste. Pues bien, en 2009, póstumamente se publicó en Alemania Meine preise, lo cual quiere decir sencillamente Mis premios, libro en el que se reúnen los textos cargados de humor que Bernhard escribió sobre los diversos premios que recibió a lo largo de su vida, salvo -repito- el premio Nobel, tan codiciado por muchos, pero que a él, sinceramente, creo que no le interesaba demasiado. 

Explicado el título, y liberado -espero- de toda sospecha de demencia, puedo decirles ahora, avispados lectores, que en este artículo quiero contar las formas en que conocí, sea personalmente o sólo de vista, a cuatro de los seis escritores latinoamericanos de los que se acordó la Academia del Nobel, vaya Dios a saber porqué ni cómo: Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa. No digo nada sobre Gabriela Mistral y Miguel Ángel Asturias por la sencilla razón de que nunca los vi en persona. Sin embargo, para que no haya malentendido alguno, debo precisar primero cual es mi punto de vista general sobre ese premio. Y de eso paso a ocuparme enseguida. 

Mientras escribo estas líneas tengo a la mano la lista de los ganadores del prestigioso premio y realmente, si se la analiza con detenimiento y desde un punto de vista estrictamente literario, se percibe que los académicos han acumulado los desaciertos casi desde los inicios del galardón en los albores del siglo XX. Para empezar: ¿quién se acuerda hoy de Sully Prudhomme, Theodor Mommsen, Frédéric Mistral y José Echegaray, cuatro de los primeros elegidos por la Academia Sueca? ¿Quién lee hoy a esos autores? Nadie. Y cabe recordar que en esa época, o sea entre 1901 y 1904, todavía estaba en vida Leon Tolstoi, y lo estaría hasta 1910, sin que a los suecos esos que dan el premio se les ocurriera pensar en él y reconocer su inmensa obra literaria, una de las cumbres universales de la novela del siglo XIX. Esta estupidez garrafal no ha sido, sin embargo, la única, pues los académicos de Estocolmo no paran desde entonces de meter la pata. Le dieron el premio en 1945 a Gabriela Mistral y tres años después fallecía recién quien debería habérselo ganado, Vicente Huidobro, si lo que se quería era distinguir a Chile y a una de las mayores voces de la poesía en lengua castellana. Nunca se les ocurrió tampoco a los señores académicos premiar a Jorge Luis Borges, y hasta hoy Argentina, uno de los países latinoamericanos con mayor riqueza literaria, no tiene ni un solo autor nobelizado. En 1917 premiaron a dos daneses, Karl Adolph Gjellerup y Henrik Pontoppidan, de los que hoy ya nadie se acuerda, y se olvidaron para siempre del grandísimo Ezra Pound, uno de los fundadores de la poesía contemporánea, quien vivió hasta 1972. Tuvo el Nobel, en 1954, Winston Churchill, ex primer ministro británico, no se sabe bien porqué, si fue porque escribió sus memorias o por su célebre frase sobre la sangre, el sudor y las lágrimas. En el caso francés nunca accedieron a la “gloria” del Nobel Marcel Proust, fallecido en 1922, ni Julien Gracq, que vivió hasta el 2007, dos hitos fundamentales. Y sigue aquí, hasta ahora olvidado por los distraídos académicos, Yves Bonnefoy, que ya tiene casi 88 años. No puede ser -me digo- que no hayan tenido el Nobel, en el caso de Italia, ni Pier Paolo Pasolini, ni Cesare Pavese, ni Alberto Moravia ni Elsa Morante. Que no lo hayan tenido tampoco Virginia Wolf, fallecida en 1941, ni Susan Sontag, que dejó de existir en 2004, ni Philip Roth, que sigue vivo y creativo, tres figuras fundamentales en el universo literario anglosajón. Ni que, en cuanto a los portugueses, no lo haya ganado hasta ahora Antonio Lobo Antunes, grandísimo novelista, y que Vergílio Ferreira, otro escritor excepcional, ya no lo pueda ganar nunca pues falleció en 1996. 

No voy a defender tampoco la causa (perdida de antemano) de otros autores que, para mí, se encuentran entre los más grandes de la literatura universal, como son Malcom Lowry, fallecido en 1957, autor de esa obra maestra absoluta que es Bajo el volcán, y Mijail Bulgakov, fallecido en 1940, autor de esa maravilla que es El maestro y Margarita. Se trata de escritores que, de una u otra forma, fueron “marginales” en el mundo de las letras, y es demasiado pedirles a los señores académicos que vayan a buscar a sus laureados en los márgenes.  

Digo todo esto para fundamentar porqué no soy un admirador incondicional del premio Nobel y si bien reconozco, por un lado, que grandes autores ya famosos han sido laureados (casos de Romain Rolland en 1915, Knut Hamsum en 1920, W.B Yeats en 1923, Thomas Mann en 1929, Luigi Pirandelo en 1934, Herman Hesse, André Gide, T.S. Eliot, William Faulkner, sucesivamente entre 1946 y 1949, Albert Camus en 1957, Jean-Paul Sartre en 1964, Samuel Beckett en 1966, Elias Canetti en 1981, Günter Grass en 1999, por citar solo algunos) y, por otro, que el Nobel ha permitido dar mayor resonancia a grandes poetas que, como tales, son siempre los parientes pobres en el espectáculo mediático de la literatura (casos de Salvatore Quasimodo, Eugenio Montale, Odysseas Elytis, Joseph Brodsky, Wislawa Szymborska, entre otros), no puedo dejar de pensar, sin embargo, que en muchos -demasiados- casos, la Academia del Nobel se ha equivocado, ha olvidado o ignorado a ciertos escritores fundamentales y a menudo ha otorgado su premio en base a criterios absolutamente ajenos a lo literario. Razón por la cual, para mí, que un autor tenga el Nobel no es una motivación para leerlo. Constato también que la mayor parte de escritores que admiro no lo han tenido y no lo tendrán nunca. ¿Por qué hasta ahora no lo han recibido esos grandísimos españoles que son Juan Goytisolo y Juan Marsé? ¿Se imaginan a Jean Genet con el diploma del Nobel metido en el bolsillo? ¿Y a Juan Carlos Onetti con lo mismo pero debajo de la almohada? No, por supuesto que no, porque eso es imposible: ambos grandísimos escritores fueron demasiado “incorrectos” (como lo fueron Pound y Céline también) y tal vez por eso mismo figuran entre los más brillantes exponentes de la literatura del siglo XX. Y ahora, dicho esto, entremos de lleno en nuestro tema. 

 

Don Pablo en San Marcos  

Neftalí Ricardo Reyes Basoalto nació en 1904, se transformó en Pablo Neruda en 1920, después de haber publicado ya algunos poemas,  y llegó a Lima en 1966, donde ofreció dos recitales: uno en la Teatro Municipal y otro en la Universidad de San Marcos, de la que yo era alumno. En Lima, además, y a pedido de Ciro Alegría, escritor hoy bastante olvidado, Neruda recibió la Orden del Sol, medalla dorada que seguro perdió entre la enorme cantidad de cachivaches que coleccionaba. En aquella ocasión, debí utilizar habilidades insospechadas en mí en esa época, para ingresar al anfiteatro y escuchar en vivo la voz gangosa de este poeta de 62 años que tenía aspecto de vendedor de seguros o de administrador de una agencia bancaria en provincias o incluso de patrón de una tienda de abarrotes. El auditorio estaba repleto, hacía calor, y Neruda recitaba con tono monótono algunos de sus poemas más conocidos. Yo estaba feliz de estar allí, sin adivinar que el autor de libros tan valiosos como Residencia en la tierra y de bodrios “poéticos” como una “Oda a Stalin” y la Incitación al nixonicidio ganaría cinco años más tarde el premio Nobel. Si cierro los ojos aún veo a Neruda, medianamente calvo, medianamente guatón, medianamente mediano. Y oigo su voz nasal diciendo: “Piedra en la piedra, el hombre donde estuvo?/ Aire en el aire, el hombre donde estuvo?/ Tiempo en el tiempo, el hombre donde estuvo?” , magníficos versos de un poema, “Alturas de Machu Picchu”, que sigo admirando en medio de ese libro lleno de versos elementales y de demagogia que es Canto general. ¿Debió ganar Neruda el premio Nobel? Por qué no, me digo finalmente, pero no puedo dejar de pensar que César Vallejo, al que nunca quiso, y Vicente Huidobro, que lo detestaba, fueron mejores poetas que él. Y que el gran Nicanor Parra, que ya tiene 96 años, nunca será premiado tampoco con el Nobel. 

 

Mario y Gabriel: cuatísimos en Ingeniería   

Un año después de que vi y escuché a Pablo Neruda en Lima, tuve la ocasión de ver y escuchar a las por entonces jóvenes estrellas de la novela latinoamericana: Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, en el auditorio de la Universidad de Ingeniería.  La conversación entre ambos tuvo lugar en dos sesiones, el 6 y el 7 de septiembre de 1967. En la pareja que conformaron en esa ocasión el colombiano y el peruano -si la comparamos a Laurel y Hardy, otro dueto memorable-, el triste y serio era Vargas Llosa y el campechano y gracioso García Márquez. El contraste entre la personalidad de uno y otro es algo que me llamó mucho la atención aquella vez. El peruano ya había publicado algunas de sus novelas más importantes, como son La ciudad y los perros y La casa verde, y con ellas nos había deslumbrado. El colombiano, por su parte, ya tenía en su haber La hojarasca y El coronel no tiene quien le escriba, dos de sus pequeñas obras maestras, y acababa de publicar Cien años de soledad, novela que en aquel momento encantó a medio mundo, incluido yo, pero que hoy me parece que ha envejecido mucho, así como ha envejecido la idea misma del “realismo mágico”. El mentado diálogo entre ambos escritores bastante jóvenes y ya famosos, fue más bien casi una entrevista en la que Vargas Llosa planteaba preguntas muy serias y García Márquez respondía como podía y recurriendo a menudo al chiste. En el auditorio, los cientos de personas que lo abarrotaban, y entre ellas yo, reíamos de buena gana por el ingenio permanente del colombiano, sin darnos cuenta de que se estaba dando allí una muestra nítida de lo que sería la trayectoria literaria posterior de ambos escritores: uno, Vargas Llosa, con una reflexión sobre la literatura bastante aguda (como lo constatamos en los ensayos que conforman La verdad de las mentiras), y otro, García Márquez, más bien un escritor instintivo, con muy poca reflexión personal. Un ejemplo: ante una sesuda pregunta de Vargas Llosa, responde el colombiano: “Me resulta un poco difícil explicar todo esto porque en realidad yo funciono muy poco en la teoría. Es decir, no sé muy bien porqué pasan las cosas. Ahora, lo cierto es que el hecho de escribir obedece a una vocación apremiante, que el que tiene la vocación de escritor tiene que escribir, pues sólo así logra quitarse sus dolores de cabeza y la mala digestión.” Hay que decir que este diálogo o entrevista que yo escuché en directo en la Universidad de Ingeniería fue publicado después en forma de libro con el título: La novela en América Latina: diálogo.  

  

 

El puñetazo de Mario 

Pasan los años bajo los puentes y nos encontramos en 1976. Yo he salido del Perú el año anterior expulsado a México por la dictadura del general Velasco Alvarado. Trabajo en una dependencia cultural estatal, que dirige el buen poeta Eduardo Lizalde, haciendo difusión del cine mexicano en el medio obrero. Comparto la oficina con el crítico José Luis González de León, que había estudiado en París en el famoso IDHEC (Institut des Hautes Études Cinématographiques) y trabajado con Luis Buñuel en Los ambiciosos y como asistente de Alejandro Jodorowsky en El topo. Es un 12 de febrero, y yo llevo ya cinco meses en el país de Cantinflas, cuando González León llega al trabajo con una enorme sonrisa entre los labios y me muestra un periódico. “Toma, lee” -me dice-, o algo por el estilo, al tiempo que lanza el diario sobre mi escritorio. Y leo entonces que después de la proyección privada de un bodrio cinematográfico de René Cardona titulado Sobrevivientes de los Andes, García Márquez, que vivía entonces en México y tendría el premio Nobel seis años después, se acercó a su cuate Vargas Llosa para abrazarlo, y éste en vez de devolverle el abrazo le dio un puñetazo entre el ojo izquierdo y la nariz. El colombiano cayó al suelo con el rostro ensangrentado. Y así lo veía yo en la foto del diario: cayendo al suelo impulsado por el puño vengativo de quien tendría el premio Nobel treinta y cuatro años más tarde, mucho tiempo después de haber publicado -en 1971- García Márquez, historia de un deicidio, brillante tesis doctoral sobre la obra narrativa de quien fuera su amigo. Dicen los testigos, porque eso yo no pude oírlo al no estar en el lugar de los hechos, que Vargas Llosa gritó al soltar su puño con viril contundencia: “¡Cómo te atreves a abrazarme después de lo que le hiciste a Patricia en Barcelona!”. ¿Y qué le hizo García Márquez a Patricia (la mujer de Vargas Llosa) en Barcelona? Se han hecho muchas conjeturas sobre ello. Parece ser, finalmente, que el puñetazo fue para castigar un consejo que el colombiano le diera a Patricia cuando ésta, en lágrimas, le preguntó qué debía hacer al enterarse de que el novelista peruano vivía un apasionado romance con una azafata tan sueca como los académicos del Nobel. “¡Divórciate!”, cuentan las malas (o buenas) lenguas que fue el consejo del autor de La hojarasca, recomendación que el narrador de Conversación en La Catedral consideró como una traición a su persona. Otra versión, menos de fiar, dice sencillamente que García Márquez quiso aprovechar la ausencia de Vargas Llosa para tener una aventura sexual con Patricia. En ambos casos y en pocas palabras, sería nada más y nada menos que un lío entre machos que se disputan una hembra. A lo cual se opone una tercera versión del asunto que plantea que el puñetazo fue consecuencia de la discrepancia política entre ambos escritores: Vargas Llosa rompió definitivamente con Fidel Castro en 1971, cuando el dictador cubano encarceló y obligó a retractarse al poeta Heberto Padilla por haber emitido algunas críticas al régimen cubano en su excelente poemario Fuera de juego, mientras que, como es sabido, García Márquez siguió apoyando a la dictadura castrista como lo hace hasta ahora. No recuerdo cuál fue el comentario que hizo González de León, quien conocía bien a ambos escritores, pero no olvidaré nunca que su sonrisa se volvió carcajada cuando leí la noticia y mi cara de muchacho que va a cumplir 27 años se transformó en la imagen perfecta del asombro. 

 

La visita a Octavio Paz y el miedo 

Viví en México de finales de 1975 hasta 1977.  Allí me vinculé con el grupo de jóvenes escritores que se hacían llamar “infrarrealistas”. Hice amistad sobre todo con Roberto Bolaño y Mario Santiago, que en esos tiempos ya lejanos eran los agitadores más subversivos del mundo literario mexicano, un mundo caracterizado por la complacencia y el servilismo de gran parte de los escritores ante la dictablanda del PRI y el dominio intelectual indiscutible de Octavio Paz. Tanto Roberto como Mario odiaban al autor de El laberinto de la soledad y hasta habían intentado sabotear alguna presentación suya en público. Yo no compartía esa detestación visceral porque no había sufrido en carne propia las consecuencias de la “dictadura” de Paz en las letras mexicanas, pero me unía a los “infras” la inconformidad, la rebeldía y la insumisión ante lo oleado y sacramentado, aunque nunca fuimos ciegos parricidas. Es más, puedo decir que cuando llegué a México admiraba a Paz, sobre todo como ensayista, pero al ir conociendo a algunos mediocres miembros de su corte, creció en mí también el rechazo a su persona. 

Ya no recuerdo dónde fue que vi a Paz en persona por primera vez, pero sí me acuerdo, en cambio, de la circunstancia. Fue durante una conferencia que dio sobre el poema extenso, la cual ilustró con la lectura de una traducción de la Prosa del transiberiano y de la pequeña Jeanne de Francia. Debo confesar que, a pesar de todos mis prejuicios, quedé subyugado por la elocuencia y la inteligencia de Paz y por lo maravillosamente bien que sonaba en castellano el magnífico poema de Blaise Cendrars. Sin embargo, esto no fue razón suficiente para que yo me animara a conocerlo o a intimar con algún miembro de su séquito. Nunca me han gustado las dictaduras, sean éstas del tipo que sean, y es verdad que, queriéndolo o no, Paz ejercía un tipo particular de dictadura sobre las letras mexicanas. Esa es, pues, mi actitud en 1976 ante el escritor que, en 1990, se llevaría el premio Nobel a su casa. 

Ocurre, sin embargo, que por esos días llegó a México Distrito Federal un poeta peruano joven que llevaba en su maleta sendas cartas de presentación ante Octavio Paz. No voy a detenerme en los detalles del encuentro con el joven vate viajero, sino precisar directamente que mientras los infrarrealistas querían entrar en contacto con el joven poeta peruano, éste lo único que quería era estar frente a frente con el autor de El mono gramático. Quería eso y, no obstante, se moría de miedo. Tenía miedo sobre todo de ir solo a su encuentro. Un miedo que se le hizo aún más potente y paralizante cuando Paz le concretizó una cita: 

          -¡Tienes que venir conmigo! -me dijo con voz suplicante el joven poeta peruano-. 

          -Yo no tengo ni la más mínima gana de verlo. Eso es asunto tuyo –respondí a través del teléfono-. 

          -No me puedes hacer eso… 

          -Además, yo no estoy invitado, y no voy a llegar así, de paracaídas. 

          -¡Por favor! Yo ni siquiera conozco esta ciudad gigantesca, terrible. ¡Hasta me puedo perder! 

          -Mira lo que vamos a hacer: te voy a buscar al hotel y te acompaño hasta su casa. Una vez que estés allí, delante de su puerta, me voy. ¿Qué te parece? 

          -¡Ya, ya, aunque sea así! 

Al día siguiente, quien escribe estas líneas hizo lo  prometido y se encontró delante de la puerta del edificio en que vivía Octavio Paz, al lado del atemorizado poeta peruano. Había un botón al lado derecho, sobre el cual apoyé un dedo. Una voz dijo entonces: “Buenas tardes. Bajo a buscarlo”. Era el mismísimo poeta mexicano, ya que reconocí la voz que había oído en aquella conferencia a la que me refería antes. 

          -Bueno, ahí viene. Ya me voy –le digo al poeta peruano, que ahora parece ganado por el terror-. 

          -¡No te vayas! -grita él- ¡por favor! 

En un tablero luminoso veo que una cifra va pasando del cuatro al tres y del tres al dos. El ascensor que conduce directamente al apartamento de Paz ya está por llegar a la planta baja. “Bueno, me voy” -repito-, y ya voy a dar media vuelta y partir cuando el poeta peruano, fuera de sí, me atrapa por los hombros y grita: “¡Nooooo!”. Miro de nuevo entonces el tablero luminoso: dos, uno… La llegada de Paz es inminente. Pienso: “y nos va a encontrar así: uno abrazado al otro, qué ridículo”. En esa época (soy muy joven yo también) aún le tengo pánico al ridículo, por lo cual grito furioso: “¡suéltame, carajo!”, cuando ya veo alumbrarse el cero. El poeta viajero me suelta prácticamente en el momento en que la puerta del ascensor comienza a abrirse. “Hola, jóvenes”, o algo así, dice Octavio Paz y con un gesto de la mano nos invita a entrar con él en el aparato y subir hasta su apartamento.   

A veces las cosas en el mundo pasan al revés de como se supone que deberían pasar. Y así fue exactamente lo que ocurrió en el bello apartamento del poeta y ensayista mexicano, decorado con bibelots de la India, cuadros de pintores contemporáneos, esculturas chinas y una infinidad de objetos de calidad y obras de arte. Octavio Paz nos preguntó qué queríamos beber y enseguida se ausentó un momento para traer bebidas. Momento que aprovechó el joven poeta peruano para preguntarme desesperado: “¡De todo esto, cuál es cenicero!”. 

Supongo que fue Paz quien empezó la conversación pidiendo información sobre nosotros. Yo, siempre combatiendo mi horror al ridículo, traté de responder con fluidez a sus preguntas. El poeta visitante, en cambio, estaba paralizado y enmudecido por el miedo. A las preguntas respondía con monosílabos casi imposibles de oír. Y cuando la conversación tomó su curso, se hizo fluida, y abordamos temas ligados a la literatura peruana última de ese entonces y a las lecturas que hacíamos, el joven poeta admirador de Paz se quedó absolutamente en silencio. Habremos pasado alrededor de dos horas con el autor de Los hijos del limo. Dos horas en las que este hombre, que ganaría el premio Nobel en 1990, dio muestras de una afabilidad inimaginable para mí. Siempre nos habló en situación de igualdad, sin arrogancia alguna ni aires de superioridad. No se la pasó discurseando ni dándoselas de maestro, ni nos hizo avergonzarnos de nuestra juventud y nuestra inexperiencia. ¡Qué diferencia había entre él y los cortesanos que lo rodeaban!, descubrí en ese momento. Y confieso que nunca, hasta hoy, he podido entender cómo Paz soportaba o aceptaba la ridícula compañía de tantos seres mediocres y serviles que se pretendían literatos y sólo eran cortesanos. Debo decir, ya para terminar esta historia, que en casa de Paz pasé dos de las horas más ricas de mi vida, aunque yo allí no era el invitado sino una especie de pirata. El poeta visitante, en cambio, no aprovechó, creo, ese momento luminoso y durante toda la conversación en la que estuvo mudo debe de haber estado pensando en el dichoso y liberador momento de la partida.   

 

 

García Márquez invitado fantasma en Biarritz 

La vida transcurre sin que podamos hacer nada para detenerla o desacelerarla y así, sin realmente quererlo, llegué a Francia en 1977. Años más tarde, ya en los noventa, si no me equivoco, comencé a asistir como periodista al Festival de Cine y Cultura de América Latina que tiene lugar hasta ahora en la bella ciudad de Biarritz. El eje del evento siempre ha sido el cine, pero en paralelo con las proyecciones se organiza una sección dedicada a la literatura. En la época a la que me refiero ahora, ésta tenía cada año algunos invitados de honor, y en 1995, precisamente, llegaron a la muy conocida ciudad balnearia del suroeste de Francia dos colombianos: Gabriel García Márquez, al que le habían dado el premio Nobel en 1982, y un fotógrafo maravilloso además de persona admirable: Leo Matiz.   

Nunca supe por qué el autor de Cien años de soledad aceptó la invitación del festival, ya que se negó a participar en la entrevista ante el público, la mesa redonda y otras actividades que se suelen organizar con el invitado de honor. Vargas Llosa, en su momento, lo hizo con suma cordialidad y paciencia, habló con el público, respondió a los lectores y autografió libros. García Márquez, no. Y pasó por el festival como un arrogante y antipático convidado de piedra al que prácticamente nadie pudo ver y menos aún escuchar. En medio de esa presencia/ausencia yo tuve la ocasión de verlo y de sufrirlo dos veces durante la semana del festival. La primera vez ocurrió cuando yo visitaba la magnífica exposición de Leo Matiz, un día antes de entrevistarlo para la radio en que trabajaba. Tranquilamente admiraba las imágenes en blanco y negro cuando uno de los vigilantes de la sala de exposiciones anuncia que debemos de inmediato interrumpir la visita. Miro mi reloj y constato que aún faltan dos horas para el cierre de las visitas. “¿Qué pasa?”, pregunto, y no recibo respuesta alguna. La gente va saliendo y yo como que hago resistencia: tengo que ver absolutamente toda la exposición porque voy a conversar con Leo Matiz al día siguiente y a mí no me gusta hablar de lo que no he visto. Je traine les pieds, como se dice en Francia, para salir de la exposición lo más tarde posible. Y tanto es así que cuando ya casi me veo obligado a salir, comprendo porqué expulsan de esa manera al público. Es porque el señor García Márquez viene a ver las fotos de Matiz y quiere estar en la sala rodeado solo por su pequeña comitiva de allegados. “Todos afuera porque llego yo”, es lo que se dice interiormente aquel petiso bigotudo ganador del premio Nobel, quien casi treinta años antes me había parecido tan gracioso y campechano al lado de un Vargas Llosa excesivamente gélido y serio. 

Lo peor es que el abuso que acabo de contar no fue el único. Uno o dos días más tarde el festival tenía programado un espectáculo, ya no recuerdo bien si era de teatro o de danza, y poco importa. Yo estaba sentado detrás de unas butacas que hasta media hora o más de la hora indicada para el inicio de la representación, seguían desocupadas. En Francia los espectáculos suelen empezar siempre a la hora o, cuando más, con cinco minutos de retraso, razón por la cual el público ya se estaba impacientando. De repente, la iluminación de la sala se atenúa y entonces veo que García Márquez y su corte ocupan la fila de butacas que estaban libres, justo delante de aquella en la que me encuentro sentado yo. O sea que los cientos de personas que llenaban la sala tuvieron que soportar media hora o más de espera para satisfacer los caprichos de un escritor, García Márquez, que en Biarritz dio muestras permanentes de su egolatría y de un gran desprecio por el público. ¡A éste sí que el Nobel le hizo daño!       

  

Paz por teléfono en París 

A Octavio Paz, después de aquella vez en que estuve en su casa en Ciudad de México y que conversé con él sin tener que estar allí ni cruzar palabra, no volví a verlo nunca más en persona. En cambio, sí tuve con él una corta conversación telefónica. Fue en París, en los años noventa, no mucho tiempo después de que había ganado el premio Nobel. Si recuerdo bien, venía invitado a Francia para hacer una lectura pública, me parece que en el Teatro del Odeón. Ya estaba muy enfermo y, no obstante, llamé a su hotel para tratar de obtener una entrevista. Me contestó su esposa, la francesa, y de inmediato, a mi gran asombro, me pasó con él. Me presenté, le dije quien era y lo que quería y le recordé aquella tarde en que me honró con su acogida en su casa en México. Me respondió que se acordaba de ese momento e inmediatamente pasó a disculparse porque no iba a poder aceptar concederme la entrevista. “¿Sabe?” -me dijo-, “estoy muy enfermo y ya no me queda mucho tiempo de vida. Discúlpeme, por favor, pero el tiempo que me queda quiero utilizarlo en mí mismo, en lo que más me gusta, y ya no doy entrevistas.” Con la voz entrecortada por la emoción le dije: “sí, comprendo, y más bien discúlpeme usted por mi osadía”. Se despidió con una gentileza admirable y yo quedé anonadado. Incluso ahora que escribo estas líneas, casi veinte años después de aquella conversación telefónica, la emoción me embarga y se me nublan los ojos. Octavio Paz me dio también una lección de cómo afrontar la muerte sin mentiras, y eso se lo agradezco profundamente. 

 

Vargas Llosa, un pez en el agua y yo en la pecera   

          -¿Ya has visto el nuevo libro de Vargas Llosa? -me pregunta alguien de cuyo nombre no quiero acordarme-. 

          -No -respondo-. 

          -Es autobiográfico. Se titula El pez en el agua. 

          -Ah. 

          -Y te menciona. 

          -¿A mí? Si no lo conozco y él no me conoce. No soy amigo ni enemigo suyo. 

          -Pero igual te menciona, en la página 313 -me dice este alguien con una extraña tonalidad en la voz-. 

Aquí está sobre mi mesa de trabajo El pez en el agua (Seix Barral, primera edición, 1993). El ejemplar que tengo lo compré en Sevilla, en abril de ese mismo año. Sus páginas están ampliamente subrayadas por mí. Este libro de memorias me gusta, creo que es uno de los últimos de Vargas Llosa, aparte de los ensayos, que considero de gran calidad. Porque, según yo, su obra novelística desde los años ochenta hasta ahora, deja mucho que desear, y se sitúa muy por debajo de La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedra, Los cachorros, Pantaleón y las visitadoras y La tía Julia y el escribidor, libros de los cuales me atrevo a decir que algunos son obras maestras. 

Como hice aquella vez, cuando me anunciaron mi existencia minúscula en El pez en al agua, hoy he vuelto a abrir el libro en la página 313. El párrafo en que aparece mi nombre dice: “Ribeyro, escritor muy decoroso, hasta entonces amigo mío, había sido nombrado diplomático ante la Unesco por la dictadura de Velasco y fue mantenido en el puesto por todos los gobiernos sucesivos, dictaduras o democracias, a los que sirvió con docilidad, imparcialidad y discreción. Poco después, José Rosas-Ribeyro, un ultraizquierdista peruano en Francia, lo describía, en un artículo de Cambio, trotando por París con otros funcionarios del gobierno aprista en busca de firmas para un manifiesto a favor de Alan García y de la estatización de la banca que firmaron un grupo de ‘intelectuales peruanos’ establecidos allí.” 

Quien me anunció esta inusitada aparición de mi persona en las memorias de Vargas Llosa, parecía hacerlo con cierta envidia, sentimiento que, en relación a esto, no le encuentro razón alguna. Que el autor de El pez en el agua me califique allí, sin conocerme siquiera, de “ultraizquierdista” no es algo que me haya gustado, por la sencilla razón de que si bien soy de izquierda y considero necesaria una transformación radical de la sociedad y del funcionamiento económico del mundo, hace tiempo que ya no adhiero a mesianismos revolucionarios y, por el contrario, denuncio sin cesar las consecuencias nefastas acarreadas por las revoluciones pretendidamente socialistas. Por otro lado, tampoco me place que Vargas Llosa me haya utilizado en su combate personal contra Julio Ramón Ribeyro, al que, injustamente y con cierto menosprecio califica de “escritor muy decoroso”, juicio con el que no coincido. Es verdad que en el artículo que menciona el memorialista yo incluyo a Ribeyro entre quienes andan por París pidiendo firmas para apoyar las medidas demagógicas (que no izquierdistas ni socialistas, como lo afirma Vargas Llosa) del primer gobierno de Alan García. Lo incluyo entre otros, que también menciono, y sin lanzar con ello una guerra personal ni un anatema. Ribeyro es un excelente escritor (y no un “escritor muy decoroso”) y como tal siempre lo he respetado, aunque en el trato personal tuve con él fuertes discrepancias políticas que llevaron a quiebras pasajeras de nuestra amistad. Por lo tanto, de ninguna manera me satisface que Vargas Llosa me haya incluido en su biliosa arremetida contra él. Más allá de eso, y sin rencor ni por el uno ni el otro, creo que El pez en el agua forma parte de lo mejor de la obra del premio Nobel 2010.  

  

Mario en París   

Me he cruzado algunas veces con Vargas Llosa en París. La última vez que recuerdo fue en la cola para entrar al cine Racine (al que ahora le han cambiado el nombre), en la rue de l’École de Médecine. Yo salía de ver no sé qué filme y él estaba con  su hija Morgana, esperando para entrar. Recuerdo que me llamó la atención en ese momento que quisiera ver la película que yo acababa de ver, de cuyo título mi maldita (mala) memoria me ha hecho olvidar. Sin embargo, no me he cruzado con Vargas Llosa en París, en el Barrio Latino, tantas veces como con Julio Cortázar, que sí era un auténtico parisino, que vagabundeaba por las calles, siempre solo, y pasaba horas husmeando en los mostradores de la sección de jazz de las tiendas de discos de segunda mano, en 33 rpm. Pero, bueno, eso lo evocaré tal vez en otra ocasión, pacientes lectores, porque ahora hablo de los Nobel latinoamericanos que alguna vez vi y el buen Julio se fue de este mundo sin que se lo hayan otorgado. 

A Vargas Llosa donde más lo he visto en París, finalmente, no es en las calles (no creo que sea un hombre dado al vagabundeo), sino en ceremonias o actos oficiales. Por ejemplo, una vez en La Sorbona, donde lo habían hecho doctor honoris causa o algo por el estilo, y pronunció un discurso bastante gracioso en el que habló de un tío suyo. Otra vez, si mi (maldita) memoria no me traiciona, lo vi en la Casa de América Latina, donde presentó con muy bellas palabras a la gran poeta Blanca Varela. Y la última vez que lo vi fue muy poco antes de que le dieran el premio Nobel, en la inauguración de la exposición que le consagraron en la ya mencionada Maison de l’Amérique latine. Con el título de La libertad y la vida, esta muestra de la trayectoria vital y literaria de Vargas Llosa pudo visitarse en París entre el 14 de septiembre y el 6 de noviembre de 2010. Tengo entendido que antes estuvo en Lima y supongo que después de la capital francesa habrá sido instalada en otros lugares. 

En la inauguración de la exposición había muchísima gente. La Casa de América Latina, excepcionalmente había abierto el acceso al jardín, hacía buen tiempo, por lo cual gran parte de los asistentes, después de recorrer las salas donde se mostraban fotos, libros, manuscritos, videos, cartas, etcétera, salían a departir al aire libre. Vargas Llosa, que llegó acompañado de Patricia, no hizo discurso alguno, pero sí recibió con amabilidad los saludos de medio mundo, se dejó fotografiar con quien quisiera, dedicó algunas palabras de cortesía a quienes le estrechaban la mano y después, en el jardín, se puso a charlas con algunos viejos amigos, entre los cuales Jorge Edwards (recientemente nombrado embajador de Chile en Francia), Fernando de Szyszlo y Carlos Fuentes. A este último, un poco antes, yo lo había visto llegar al jardín con paso lento y poco firme, muy envejecido, acompañado por una persona que lo llevaba del brazo. Ya no era el vigoroso escritor mexicano de antes, sino un anciano que se acerca a la muerte sin haber podido conquistar a los académicos del Nobel, como sí lo ha logrado, finalmente, Vargas Llosa, su eterno rival. 

Esta es la última vez que he visto a Vargas Llosa en persona. No sé por qué, pero al visitar la exposición yo estaba seguro de que pronto se anunciaría que había ganado el premio de los suecos. “Ya no”, me decía la gente, “ya pasó su momento”. Descubrí así que comparto poderes adivinatorios con el pulpo Paul, que en paz descansa. 

  

El poeta, el narrador y una carta 

No es que me vaya por las ramas porque al hablar de Vargas Llosa me refiera a Javier Heraud. Sucede que en la exposición en la Casa de América Latina lo que más me impactó fue una carta manuscrita que el poeta asesinado en el río Madre de Dios en 1963 le dirige al por entonces joven narrador y periodista peruano residente en París. Esta carta no me parece haberla visto reproducida en ninguna parte, incluso no está -creo-, en el número que la revista Martín (N° 22, año X, Fondo editorial de la Universidad San Martín de Porres, Lima, agosto 2010) ha dedicado a Javier Heraud. 

La carta de Heraud a Vargas Llosa está fechada en Miraflores, el 10 de noviembre de 1961. Ya desde el tuteo y el tono de confianza que se muestra en ella (“Tu hermano, a quien llamaban el poeta, te pide disculpas”) se nota la amistad, la camaradería, que unía en aquel entonces al poeta y el narrador. Señala Heraud que se sentía “mal, muy mal” y que allá, en el Perú, “todo sigue igual, tal vez peor”. Se queja el poeta, además, porque lo han expulsado de la Universidad Católica, le han rebajado el número de horas de clases que daba en un colegio y, sobre todo, porque en el partido (comunista) lo censuraron debido a una carta que mandó. “Como verás, estoy jodido. Si no me tiro un balazo es porque pienso que el quid de todo no radica en lo (que) me han hecho sino en lo que yo he hecho: dejar Europa sin escuchar tus consejos y venir aquí a pudrirme y mediocrizarme”, le escribe Heraud a su amigo. Y luego, tras un comentario sobre la actualidad política del Perú y un probable triunfo electoral del Apra, añade: “…lo único que queda es huir para siempre”, antes de citar unos versos de Vallejo y mandar saludos a la familia de Vargas Llosa y a los amigos de París. 

Lo que me sorprende en esta carta que descubro en la exposición sobre Vargas Llosa, es el ánimo depresivo de Heraud, sus ganas de huir para siempre de un país en lo que todo va de mal en peor y donde quedarse significa caer en la mediocridad. Me sorprende también, y sobre todo, que Heraud se lamente por no haber seguido los consejos de Vargas Llosa de que se quede en Europa. A sólo 18 meses de su muerte tras un intento de formar un foco guerrillero en la selva peruana, el autor de El río aparece más como un joven desesperado y melancólico, presa de ideas suicidas, que como un abanderado de la causa revolucionaria en Latinoamérica. 

  

 

Vargas Llosa atrapado por el sueño 

Desde hace años que el autor de Pantaleón y las visitadoras ya no soñaba con la visita de los Reyes Magos sino con la de los académicos del Nobel, portadores no de incienso y mirra sino de un codiciado regalo. Yo creo particularmente que ese sueño le ha hecho mucho daño a la obra de Vargas Llosa, porque desde que éste comenzó a creer que el sueño podía hacerse realidad un día, se puso a escribir con la firme intención de que así fuera. Quien había proclamado una vez, en un bello discurso, que “la literatura es fuego” pasó a pensar que “la literatura es Nobel”, y allí empezó el declive de su obra narrativa. Es sólo una hipótesis que vale lo que vale. 

Miro la foto en la que Vargas Llosa se está disfrazando de pingüino, ayudado por su hija Morgana, para asistir a una ceremonia que de tan soñada cuando dormía  ya debía de haberse convertido en pesadilla. Veo otras después en las que aparece de frac recibiendo el premio, y no puedo dejar de comparar esa escena con la de su amigo/enemigo García Márquez, veintiocho años antes, recibiendo el Nobel en guayabera. ¡Qué horror, parece que no hay escapatoria! O el ridículo disfraz europeo de pingüino o la folclórica guayabera caribeña, no menos ridícula en esa circunstancia. Creo que nomás por no enfrentar esta disyuntiva Sartre rechazó el premio y que a Julien Gracq no se lo dieron porque los suecos sabían  de antemano que el grandísimo escritor francés no lo aceptaría solo para no tener que disfrazarse sea de pingüino, sea de folclórico. Pero, bueno, dejémonos de chistes y pasemos ahora a cosas más serias. 

Y qué cosa más seria, cuando hablamos del premio Nobel, que el siempre muy esperado discurso de Estocolmo. Diré para empezar que el de Vargas Llosa lo leí en cuanto salió publicado en la prensa, con suma curiosidad, sin ningún prejuicio negativo y, más bien, con uno positivo, pues el que pronunció en Caracas el 4 de agosto de 1967, al recibir el premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, me había impresionado mucho. Recuerdo aquella bella evocación de Oquendo de Amat: este compatriota mío había sido un hechicero consumado, un brujo de la palabra, un osado arquitecto de imágenes, un fulgurante explotador del sueño, un creador cabal y empecinado que tuvo la lucidez, la locura necesaria para asumir su vocación de escritor como hay que hacerlo: como una diaria y furiosa inmolación”. En ese texto, al que se le conoce con el título incandescente de “La literatura es fuego”, Vargas Llosa da unas pautas de lo que concibe como el origen del quehacer literario en general y del suyo en particular. La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza. Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasarán. La literatura puede morir pero no será nunca conformista.” Sin embargo, cuarenta y tres años más tarde, el hombre que había pronunciado estas palabras estremecedoras se vuelve conformista ante la academia del Nobel y frente a las puertas hacia la “gloria” literaria que se le abren de par en par tras duro trabajo para lograrlo. La misión de la literatura, prosiguió Vargas Llosa aquella vez en Caracas, “es agitar, inquietar, alarmar, mantener a los hombres en una constante insatisfacción de sí mismos: su función es estimular sin tregua la voluntad de cambio y de mejora, aun cuando para ello daba emplear las armas más hirientes y nocivas.” Desgraciadamente, el hombre cuyo discurso leo en 2010, ya no presenta “una constante insatisfacción” de sí mismo sino una ya larga autocomplacencia en la publicación de novelas mediocres, de novelas “industriales”. 

No quiero ser aguafiestas, pero el Discurso de Estocolmo de Vargas Llosa no me parece que sea “maravilloso”, como lo califica Fernando Iwasaki en pleno furor cortesano, y en cuanto terminé de leerlo me dejó más bien un amargo sabor en la boca. Por todas partes, sin embargo, aparecían notas ditirámbicas similares a la que publicó en un diario español el escritor peruano residente en Sevilla. En el Perú, incluso quienes habían criticado y atacado a Vargas Llosa por las más diversas razones, sobre todo ideológicas, parecían obnubilados por el premio Nobel otorgado a un peruano y enceguecidos por el nacionalismo se habían puesto a aplaudir sin medida, ya sin el más mínimo espíritu crítico. Dudé entonces de mis propias dudas sobre la calidad del discurso vargasllosiano y me dije que en ellas había tal vez de mi parte algo de mezquindad o de envidia. Decidí entonces leerlo por segunda vez. La amargura de mi boca se agudizó. Buscando si había alguien en este planeta que no pensara como dice que piensan Iwasaki y prácticamente todos los peruanos vivos, conecté por Internet con Puente aéreo, el interesante y a menudo polémico blog de Gustavo Faverón. Unos días o una semana antes había leído yo allí una crítica bastante severa a El sueño del celta, la novela que Vargas Llosa había publicado sin saber aún que por fin iba a entrar en la controvertida lista de los ganadores del Nobel. Debo confesar que a menudo no estoy de acuerdo con lo que escribe Faverón. Soy un lector asiduo de su blog, al que le reconozco el mérito de la crítica y la virtud de no temerle a la polémica, pero no soy para nada un incondicional de sus puntos de vista, según yo a menudo muy discutibles. Esta vez, sin embargo, me encontré en perfecto acuerdo con él cuando critica sin pelos en la lengua el discurso de Vargas Llosa en Estocolmo. El discurso “no sólo fue repetitivo y caótico: fue también bastante superficial y errático”, afirma Faverón y eso es exactamente lo que pienso yo también. Luego, al analizar el contenido del texto, vemos que Vargas Llosa repite más o menos con las mismas palabras lo que dijo en Caracas en 1967, aunque con menos fuego y lirismo, y sostiene una vez más que la ficción es un mundo alternativo a la realidad, pero esta vez se olvida de que es también, y sobre todo, un espacio crítico. 

En otros aspectos, que algunos considerarán simples detalles, Vargas Llosa dice que cuando piensa en el Perú se enorgullece de que “con España llegara también África”, lo cual estaría muy bien si esos africanos a los que se refiere no hubieran sido esclavos vendidos por unos y comprados por otros, trasladados a América encadenados en los barcos y luego sometidos a trabajo forzado. Olvidando su defensa apasionada de la democracia y de la libertad (que le reconozco como un mérito), en Estocolmo Vargas Llosa no dijo ni una palabra sobre la esclavitud al referirse a los primeros africanos llegados a América, y, probablemente sin quererlo, terminó más bien dando una visión positiva de ella. Yo no creo sinceramente que a Vargas Llosa no le indigne la esclavitud (ni creo tampoco, como afirmó una profesora francesa en una mesa redonda en la Casa de América Latina, que quiera “la exterminación de los indígenas”, afirmación que a lo menos me parece una soberana tontería), pero por eso mismo me permito afirmar que su discurso de Estocolmo está muy mal escrito y peor corregido. 

Un aspecto que no señala Faverón en su casi solitaria crítica al discurso de Estocolmo, es aquel que vino acompañado de lágrimas e hipos. Más patética me parece aún tanta sensiblería cuando se le ven las imágenes de la alocución. En un momento dado, Vargas Llosa cree oportuno agradecer a su mujer, aquella Patricia por la que un día en México, cual caballero a la antigua, le dio un puñetazo a García Márquez y puso punto final a su amistad con el escritor colombiano. Esta vez no hubo puñetazo sino “romanticismo” de telenovela, melcocha, machismo y defensa implícita de la familia patriarcal. Dice Vargas Llosa en pleno siglo XXI y sin sonrojarse: “Patricia (…) que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir (…) Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas…” Pobre mujer, me digo yo, sometida a este patriarca que porque escribe libros no puede ni hacerse la maleta, como confiesa aquí, ni utilizar un celular, como lo revela en una entrevista que leí ya no sé donde. En la visión de la familia que tiene Vargas Llosa, su mujer no es una compañera sentimental y sexual ni una cómplice en la aventura de la literatura, sino quien se encarga de todo lo que corresponde a la vida doméstica y la administración burocrática y financiera: es eficiente criada a tiempo completo, secretaria generosa, temible guardiana de la casa, prolífica paridora de hijos y eficaz responsable de que los calzoncillos, los calcetines, las camisas y los pantalones del hombre “que solo sirve para la literatura” estén debidamente limpios, planchados y ordenados que llevará a Estocolmo o a cualquier otro lugar. Sin vergüenza alguna, Vargas Llosa revela ser un inútil en la vida real, un hombre totalmente dependiente de su mujer en las cosas prácticas (como antes seguro lo fue de su madre) y un patriarca cuya mujer es solamente la encargada de todo lo subalterno de su vida cotidiana y de la labor reproductiva. En pocas palabras, Vargas Llosa se reconoce en el prototipo del hombre del siglo XIX y lo hace en público entre emocionados sollozos. Me digo que aunque sea ciego ante las conquistas logradas por la mujer, por lo menos, tiene la virtud de la sinceridad. Pero ¡pobre Patricia!, “la prima de naricita respingada”. Y pobre también la tía Julia, su primera mujer, que tanto lo ayudó en sus comienzos, completamente olvidada en Estocolmo. 

Lo extraño en el autor de “Conversación en La Catedral” es que, desde hace tres décadas, anda a menudo por la vida como los cangrejos. Casi siempre para atrás y dando, de vez en cuando, un paso hacia delante. El defensor de la libertad de pensamiento y de crítica, se convierte en severo comisario, en moralista de pacotilla, casi sin darse cuenta. En un texto publicado en Letras Libres que Giancarlo Stagnaro cita en su excelente artículo El Nobel 2010, entre lo público y lo privado” (El Hablador, n° 18), Vargas Llosa arremete contra Michel Foucault, cargado de prejuicios y con evidente mala leche. Y para atacar a uno de los más bullentes y brillantes pensadores del siglo XX recurre sin ningún escrúpulo a aspectos de la vida íntima, de la opción sexual, del filósofo francés. Escribe Vargas Llosa: “Su repulsa de la cultura occidental… lo indujo a creer que era más factible encontrar la emancipación moral y política apedreando policías, frecuentando los baños ‘gays’ de San Francisco o los clubes sadomasoquistas de París, que en las aulas escolares o las ánforas electorales”. Francamente una crítica así, con un fondo homofóbico tan evidente, me parece bastante repugnante. Y es lo contrario absoluto de su defensa del carácter subversivo, insumiso, inconforme y rebelde de la literatura. 

Sin embargo, no siempre Vargas Llosa me indigna, no siempre lo que dice me produce rechazo. A veces adhiero con entusiasmo a algunas cosas que afirma con fuerza y convicción y una fuerte dosis de coraje. Por ejemplo, en el discurso de Estocolmo, cuando dice que detesta “toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto a la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia (…) Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.” No es que éstas sean ideas nuevas ni muy originales, pero en Latinoamérica son algo que no quiere oírse. No obstante, vale la pena que alguien tenga el coraje de expresarlas, sobre todo aprovechando la resonancia mediática que confiere ser designado por los suecos como el nuevo ganador del premio Nobel.

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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13 Responses to El búho insomne

  1. y dale U says:

    grande Pepe Rosas, gran texto, bien escrito y bien documentado. y con la infaltable perspicacia y osadía que te caracteriza

  2. el inconforme says:

    Insisto: mucho MVLL, ya es hora de que digan algo respecto a Arguedas, si no es ahora cuándo?, para el bicentenario del natalicio?

  3. MCondiano says:

    señor, Rosas, estoy de acuerdo con usted, al gabo le chocó el nobel, la humildad no se debe perder, aunque discrepo de su crítica al discurso del gran MVLL, yo también lloré de la emoción cuando habló de Patricia, y no me vengan con que ahora es un macho latinoamerica ni nada, ta templado de su esposa y punto…

  4. buscando poetas perdidos says:

    Estimado José Rosas Ribeyro, le pido que nos diga quién es ese poeta peruano que estaba mudo frente al maestro Octavio Paz, ya no estamos para ir protegiendo las identidades de los demás, dígalo nomás, o aunque sea una pista o algo

  5. perdido en Lima says:

    cuando leía esta columna recordaba lo que dijo una vez Marco Aurelio Denegri, algo así como que no debe sorprendernos que Roncagliolo gane el Nobel (jajajaja). En fin, gran texto, de los mejor de los últimos post. Sigan así, habladores, que no se pierda la calidad ni la seriedad.

  6. El teórico says:

    si hacemos un análisis comparativo entre el discurso del Rómulo Gallegos y el del Nobel, nos percatamos de que el primero es más coherente y más compacto, el último trata de ser excesivamente universal, repetitivo e incluso monótono. hay muchas cosas que lo aligeran, que le restan seriedad, que lo vuelven predecible, en fin, de acuerdo con usted en que la producción (no solo novel+istica) de MVLL ha decaído en los últimos años.

  7. NN says:

    señor Rosas ribeyro no tiene nada que decir del último roche que protagonizaron los hoazeristas sobre la antología poética consultada, usted debe opinar al respecto, esta es una buena vitrina, por favor, hágalo

  8. jugador número 12 de alianza says:

    claro pepe, tus patas de hora zero tulio mora y jorge pimentel se han agarrado a combos con la gente de peso de la u de lima, habla compare no arrugues, tienes que pronunciarte

  9. DESDE KILKA says:

    ESE POETA VIAJERO QUE FUE A VER A PAZ ES VERASTEGUI CUANDO GANO LA GUGENHEIN!!!!

  10. Giancarlo Stagnaro says:

    Estimado José, además de agradecer la mención en tu texto, quería comentarte que me ha parecido sumamente revelador tu testimonio de parte sobre los Nobel latinoamericanos. Y es que a la distancia temporal uno puede notar ciertas constantes. Por ejemplo, la primera impresión es que, durante los años sesenta y setenta, la literatura era vivida por sus actores (Neruda, Vargas Llosa, García Márquez) hasta cierto punto de manera pasional, muy intensa. Y esto, me imagino, tenía que ver con cierto grado de compromiso vanguardista (político, artístico…) con la obra literaria, quizas en relación con el tiempo y el estado de ánimo en que se vivía. Por otro lado, y desde los 90 en adelante, dichos actores están experimentando otra etapa, que en mi opinión viene a ser el de la memoria. El pez en el agua es una muestra fehaciente de este giro en la narrativa latinoamericana contemporánea, que bucea más en los recuerdos y vivencias que en la creación de mundos alternos propiamente dicha. Por otro lado, el gesto de la memoria también implica un ajuste de cuentas. Mi pregunta es: ¿por qué Vargas Llosa sale con todo a criticar (crítica entre comillas) a Foucault, a 26 años de la muerte del filósofo? ¿Por qué ahora, en 2010, cuando estamos hablando de libros electrónicos, plataformas digitales y horizontalidad? En mi opinión (totalmente debatible), la perspectiva de Vargas Llosa parte de la formación humanista clásica con la que su generación se educó, y eso seguramente lo veremos en su próximo libro. ¿El “malestar de la cultura” que aqueja a Vargas Llosa no es el hecho de que en nuestros días la cultura ya no pertenece a un segmento ilustrado de la sociedad, sino que esta puede ser democratizada sin la mediación de estas figuras célebres que asociamos con “lo culto”? ¿Y acaso esta pérdida del aura de lo culto no forma también parte del avance implacable de la lógica del mercado, del cual Vargas Llosa es uno de sus más conspicuos defensores a nivel latinoamericano?

  11. Manuela Ramos PRESENTE says:

    Señor Rosas Ribeyro, lo seguimos esperando…

  12. Unidos por el Infrarrealismo says:

    Gran texto, don José, todo muy preciso y con su buen estilo. ¿Cuándo viene por el DF?

  13. Ever Félix Hizo says:

    Créeme,búho insomne,tu inconformidad me es amiga,tu voz me es conocida,tu reclamo de equidad es un pariente que a ratos me visita indignado,inquietud gemela.Es cierto,el año de 1901 marcaba la presentación en sociedad de los premios Nobel,no obstante,ni bien nacido se hizo la popó en sus pañales.La neonata Academia Sueca optaría,cual infante,por el dulce y el chocolate,por la sonaja ruidosa y altisonante,por el dibujo parnasiano de moda,por Sully-Proudhomme, ignorando así por siempre la verdura nutritiva,la poesía sustanciosa,melodía en algunos casos filosófica y en otros religiosa,pero en todos los casos francesa de Geraldy, Eluard, Claudel y el gran Valery todos ellos llamados Paul.Quizás la academia pretendía estrenarse vestida a la moda parisina y dar homenaje,con Sully-Proudhomme,a Leconte de Lisle o Gautier,pero bien no le fue.En el año 1902 se dio una premiación enigmática pues se premió a un historiador,filólogo y jurista alemán;sí,historiador,filólogo y jurista;no novelista,no ensayista,no dramaturgo ni menos poeta.Con todo así,cabe interrogarse:¿Es acaso Theodor Mommsen el más grande historiador habido entre 1901 y 1910 como para haber sido la única excepción en un premio de corte literario?De todas formas,en ese mismo año Emile Zola fenecía.En el 1903 se premiaría a Bjornson,en 1920 a Hamsun,en 1928 a Sigrid Undset,todos ellos noruegos,pero¿por qué hacerse de la vista tristemente gorda con el gran Henryk Ibsen,también noruego?La premiación de Fréderic Mistral–el buen poeta provenzal admirado por Lucila Godoy Alcayaga,del cual ella tomaría parte del nombre para venirse luego a llamar Gabriela Mistral- recuerda de nuevo a Sully-Proudhomme.Si en esos días lo más admirado de Francia era su poesía,pudieron haber tenido un ojo más fino o haber proveído los dardos de la posteridad.El autor de Mireya compartía el premio con José Echegaray,un ingeniero,matemático pero también dramaturgo español.Estas dos últimas palabras que le describen–dramaturgo y español-interesan mucho.Primero, en tanto dramaturgo, el teatro excesivamente recargado y burgués de Echegaray, escaso de valor literario y duramente criticado por Clarín,Emilia Pardo Bazán y autores de la Generación del 98,entre otros,emocionó con El gran galeoto,pero dejo poco o nada para el mañana.Si de lo que se trataba era de reconocer al teatro,nuestro ya mencionado –y sumamente admirado por Echegaray-Henryk Ibsen era una mejor opción. Ciertamente acertaron con Bernard Shaw,con Eugene O’neill y Pirandello.No obstante,el mismo año en que Echegaray recibía el nobel de Literatura,moría Anton Pavlovich Chejov y dos años después lo hacía Ibsen;en 1956 moriría Bertolt Brecht,todos ellos,pese a ser auténticas cimeras del teatro del siglo XX,nunca fueron premiados. Luego,en tanto español, uno se interroga:¿por qué Echegaray y no Unamuno,Azorín,Antonio Machado,Pío Baroja,Ramón María del Valle Inclán o el gran novelista Benito Pérez Galdós?A juzgar por los cinco y medio latinoamericanos y los cinco y medio españoles galardonados -el medio de ambas partes lo constituye,claro está,Vargas Llosa-el Nobel ha sido mezquino con las letras hispanas,pese a la calidad en obras y autores que ella ostenta.En 1907 se premió al fabuloso Rudyard Kipling y en 1909 a la gran escritora sueca,Selma Lagerlof,muy conocidos por obras de corte infantil y de aventuras;y si esta tendencia literaria es premiable (y claro que lo es),¿por qué ignorar al gran Mark Twain?Con el nobel de literatura también se premia a los filósofos.En cuanto a ello,no erramos al afirmar que a lo largo del siglo XX y hasta nuestros días muchas personas pudieron haberse declarado o se declaran bergsonianos,russellianos,sartrianos,influidos por tres nobeles de literatura,o reconocen abiertamente la influencia de Popper,Lacan,Kuhn,Marcuse,LeviStrauss,Horkheimer, Adorno,Wittgenstein,Ortega y Gasset, Heidegger,Foucault,Althusser, Lyotard,Bunge, Lukács,Habermas,etc.,pero¿¡quién ha visto jamás un euckeniano,un solo y simple euckeniano!?Poco importa ello, igual la academia sueca le concedió el nobel al filósofo alemán Rudolph Eucken en 1910,año de la muerte de Mark Twain y Lev Tolstoi.Sinclair Lewis (1930),Pearl S. Buck(1938),Saúl Bellow(1976) e Isaac Bashevis Singer(1978)son excelentes representantes de las letras norteamericanas, pero¿dónde quedaron Truman Capote,Tenesse Williams,John Doss Passos,Jack London,Scot Fitzgerald,Arthur Miller o Ezra Pound?De los 110 premiados con el nobel de literatura, si exceptuamos los desaciertos, sus lugares vacíos no darían espacio a tantos escritores ignorados injustamente, pero cabe la posibilidad de proceder tal y como en 1904,1917,1966 y 1974,premiando a dos por año,y hubiesen cabido perfectamente todas esas grandes figuras. Curiosamente,teniendo una herramienta para enmendarse,la academia jamás la usa.Dicha herramienta es el premio nobel póstumo,tal y como en 1931 con Erick Axel Karlfeldt.En 1939 fue premiado el finlandés Frans Emil Sillanpaa,pero ¿qué de Milka Waltari?¿Qué de Rainer María Rilke,Jean Giraudoux,Robert Musil,Gilbert Chesterton,André Malraux,Nikos Kazantzakis,Aldous Huxley, Milan Kundera,Louis Aragón,Robbe-Grillet o Marguerite Yourcenar y su tocaya Duras? Y¿qué de Proust y qué de Joyce?En fin,el nobel lleva más de un siglo de ser un tema pedregoso y discutible.Así pues,no acierta Vargas Llosa afirmando en sus entrevistas la equidad e imparcialidad del Nobel,más aún,al calificarle de premio sometido estrictamente al ámbito literario,cuando es de notarse los concomitantes políticos o culturales que le han influido a la hora de dar su veredicto.Con mayor lucidez sí se supo expresar el también nobel portugués José Saramago al decir:”Es mentira que el Nobel sirva para fomentar la literatura del país al que pertenece el galardonado.Para lo único que vale es para engrosar la cuenta corriente del autor.”