Clásicos de la literatura amazónica
Monday February 28th 2011, 8:31 am
Filed under:
Estudios
Por Ricardo Vírhuez Villafane
La presente lista fue realizada en el año 1993 por Ricardo Vírhuez y Manuel Marticorena para el suplemento cultural del diario “La Región”, de Iquitos. Su propósito: reunir los libros más importantes para conocer la cultura y la literatura amazónica.
1. Apuntes de viaje en el oriente peruano. Libro de cuentos escrito por el ingeniero alemán Jorge Von Hassel y publicado en Lima en 1905. Con estilo realista, Von Hassel desnuda la triple comunión entre caucheros, curas y militares y el genocidio perpetrado contra los indígenas. Pero el autor, pese a la admiración que manifiesta por los nativos, escribe con cierta objetividad narrativa que vuelve a sus Apuntes una pieza importante para la moderna narrativa amazónica. El único ejemplar que conocemos se encuentra en la Biblioteca Nacional de Lima.
2. Leyendas y tradiciones de Loreto. Importante testimonio narrativo y ensayístico sobre la Amazonía publicado en 1918 por Jenaro Herrera. Si bien la crítica ha destacado su afectación academicista y su intento anacrónico de emular las tradiciones de Ricardo Palma, nos enfrentamos sin embargo a un esfuerzo cultista, erudito y bastante imaginativo que no ha vuelto a presentarse en las letras amazónicas.
3. Doce novelas de la selva. Publicada en 1934 por el marino limeño Fernando Romero, se llamaría más tarde Doce relatos de la selva. Impresiona de entrada el conocimiento interno de las costumbres amazónicas, que son narradas en clave aventurera e inquietan la emoción del lector. Sobresale, además, el examen lingüístico de las lenguas indígenas y del dialecto castellano amazónico, que sustentan desde adentro el valor narrativo de los relatos.
4. Obra poética. Aunque Jorge Runciman no haya reunido en libro su voluminosa producción poética, esto sí lo ha hecho el ensayista Manuel Marticorena, quien recopila en este libro los poemas publicados en diferentes diarios y revistas del poeta hasta 1942. Uno de los rasgos más saltantes de la obra poética de Runciman descansa en sus Cocolichadas, donde satiriza las costumbres del Iquitos de entonces y critica ácidamente a funcionarios, militares, curas y diversos corruptos. Poesía alegre, corrosiva y divertida, pero profunda y conscientemente elaborada.
5. Sachachorro. Libro de relatos y estampas costumbristas editado en 1942 por César A. Lequerica. Su estilo elegante y florido mantiene aún la influencia modernista que ha marcado casi toda la poesía loretana del siglo veinte.
6. Sangama. Extraordinaria novela publicada en 1942 por Arturo Hernández, rica en matices y compleja en situaciones. Estudiada, debatida y motivo de múltiples interpretaciones, esta novela es un clásico de la narrativa de aventuras que ha merecido el favor del público nacional y mundial, y también del ambiente cinematográfico.
7. La búsqueda del alba. Con este libro, publicado en 1957, Germán Lequerica ha alcanzado el más alto vuelo lírico de la poesía amazónica. Con una mezcla de romanticismo revolucionario y esplendor metafórico, sus versos cantan a la esperanza en un mundo nuevo y a la pasión del hombre por la justicia.
8. Cuentos amazónicos. Publicados inicialmente en diarios iquiteños entre 1924 y 1929, este valioso manojo de cuentos de Humberto del Águila fue publicado como libro en España en 1958. Con humor, soltura argumental y profundo amor a su pueblo, Humberto del Águila es un narrador nato que supo expresar la alegría, el calor y la compleja vida de los habitantes amazónicos.
Continuar leyendo…
Entre la soledad y el azar
Friday February 25th 2011, 12:25 am
Filed under:
Reseñas
Por Lenin Pantoja Torres
Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) publicó hace unos meses su última novela, Sunset Park (Anagrama, 2010), con la cual retoma los temas vinculados a las relaciones familiares y sobre todo la posición del hombre no solo como padre sino también como esposo. Así, Auster deja de lado los ya conocidos y truculentos temas vinculados con lo metaliterario y lo detectivesco para adentrarse en una historia íntima y personal, donde las diversas posiciones familiares gozan de una complejidad no solo psicológica sino también social. Por estas razones, la última novela del novelista neoyorkino merece una lectura que esclarezca sus defectos y virtudes para ver si es posible que influya, de alguna manera, en la tradición novelística contemporánea.
La novela cuenta la historia familiar de los Heller y todas las peripecias que padecen luego de que Miles, el hijo de dicho matrimonio, huye de su casa. Miles es hijo de Morris Heller y Mary-Lee Swann. Ella es una actriz que abandonó a su esposo y su hijo recién nacido para dedicarse a su trabajo, luego se volverá a casar dos veces más, lo cual no impidió una preocupación constante hacia Miles. Morris también volvió a casarse, con Willa, una viuda con un hijo, Bobby, y un trabajo académico en una universidad. En ese sentido, la historia gira en torno a un hecho: un día ambos hermanastros, Miles y Bobby viajaban en un auto, el cual se quedó sin combustible en plena carretera. Ambos jóvenes tuvieron que bajarse del auto para caminar sin dejar de discutir por el descuido de Bobby pues no abasteció bien el combustible del vehículo. En un momento de la discusión, Miles empuja a Bobby, el cual cae en la pista para ser arrollado por un vehículo que pasaba en ese preciso instante. Este es el punto que genera el desarrollo de la trama. Si tomamos en consideración este hecho, la novela posee un buen núcleo argumental ya que a partir de este evento aparecen y se desarrollan varios hilos argumentales: Miles huye y conoce a Pilar Sanchez, Bing Nathan convence a Miles de vivir con él y dos chicas más en una casa abandonada en Sunset Park, los problemas entre Morris y Willa aparecen, Mary-Lee vuelve a entrar en contacto con su pasado, es decir, con su ex marido Morris.
Sunset Park está estructurada en cuatro partes o capítulos con el nombre de los puntos de vista desde donde el narrador en tercera persona contará toda la historia (“MILES HELLER”, “BING NATHAN Y COMPAÑÍA”, “MORRIS HELLER” y “TODOS”). No estamos ante una novela polifónica ya que no hay una multiplicidad de voces, lo que hay es una multiplicidad de perspectivas en la narración, es decir, el narrador omnisciente narra tomando como protagonista a un personaje particular y lo acompaña a través de su desenvolvimiento en la trama. Un recurso que logra producir visiones distintas y a la vez homogéneas. Por otro lado, la tensión que se maneja en la novela no es la típica intriga austeriana producto de lo metaliterario y detectivesco, característica principal de las novelas del autor, sino una vinculada al encuentro familiar. El lector se pregunta: ¿qué pasará cuando Miles vuelva a ver a sus padres?, ¿los volverá a ver?, ¿Willa perdonará a Miles por haber empujado a Bobby?, ¿cómo reaccionará Mary-Lee cuando vuelva a ver a su hijo? Es una tensión distinta pero menos intensa que la que uno percibe en novelas como La habitación cerrada o Leviatán, lo cual resta a la novela a pesar de estar enmarcada en otra temática.
La novela de Auster tiene como principal virtud dejarnos buenos personajes masculinos. La narración desde el punto de vista de cada personaje nos permite notar la comodidad, naturalidad y honestidad de lo contado. No es casual que dos de las partes de la novela lleven por nombre “MILES HELLER” y “MORRIS HELLER”, hijo y padre, respectivamente. En el tiempo actual de la novela, Miles tiene veintiocho años, es decir, estuvo fuera de casa durante siete años pues escapó a los veintiuno. En ese lapso su vida ha sido la metáfora de un auto castigo, la expiación de las culpas que siempre llevará consigo por sentirse responsable de la muerte de su hermanastro. Todo esto lo lleva a dejar Nueva York y radicar en distintos lugares hasta establecerse en Florida por el amor hacia Pilar Sanchez (sin tilde en la novela), una chica cubana de diecisiete años que conoció mientras ambos leían El gran Gatsby en un parque. Ahora, la novela se llama Sunset Park porque es allí donde huye Miles luego de que la hermana mayor de Pilar lo amenazara con denunciarlo por estar con una menor de edad. Será allí donde aparezca una marca austeriana: el azar. Miles regresa a Brooklyn (a Sunset Park, donde vivirá con unos amigos, entre ellos Bing Nathan, hasta que Pilar cumpla la mayoría de edad), su madre biológica debe interpretar un papel teatral en Nueva York, su padre vuela desde Inglaterra hasta Nueva York porque falleció la hija de un amigo: todos en un mismo lugar al mismo tiempo. Es en este momento cuando la novela entra en una constante tensión sobre todo por la intriga que se produce a partir de lo inesperado en cada futuro encuentro.
Por otro lado, cuando el narrador asume la posición de Morris Heller notamos una narración más sincera, es decir, más cercana a lo natural. Siendo Morris un hombre de más de sesenta años con la responsabilidad de llevar a buen pie Heller Books, la editorial que estableció gracias a su padre, no solo debe lidiar con la extraña actuación de su hijo sino también con Willa y los problemas maritales que tiene con ella. Morris es lo más logrado en la novela, algo que Auster logra gracias a las sólidas relaciones temporales entre los personajes. Alvin Heller fue el padre de Morris, una persona que esperó mucho de su hijo. De esta manera, el punto de encuentro entre las tres generaciones será cuando Morris lamente que su padre jamás haya podido conocer a Miles, un buen deportista, un buen lanzador de béisbol, algo que el señor Alvin siempre anheló en el pequeño Morris. Es inevitable advertir el guiño intertextual que realiza esta novela con los contenidos de La invención de la soledad, donde la reflexión central es la responsabilidad del padre que, en su momento, fue hijo.
En el caso de los demás personajes, todos tienen papeles importantes pero sus actuaciones solo sirven para producir la atmósfera propicia donde se pueda desarrollar la historia de Miles y Morris, dos hombres marcados por la soledad, aquella que Miles siente cuando se aleja del pasado y busca un futuro distinto, y la misma que Morris siente cuando debe elegir entre volver a Nueva York para acompañar a un amigo que acaba de perder a su hija o quedarse con Willa en Inglaterra, una soledad en las tenues fronteras de una decisión, una soledad en compañía. Además, el nivel de dramatismo lo percibimos, en mayor medida, en el sufrimiento de los varones. Sabemos lo que piensan cuando se enfrentan a la muerte y a la muerte en vida, es decir, una soledad camusiana. Este es otro elemento a considerar, la forma cómo Auster enfrente temas tan elevados como los referidos a través del azar. Sí, es el azar el que posibilita la reflexión sobre estos temas ya que luego de la coincidencia de todos en Nueva York, los sentimientos se exacerbarán a través de la espera del encuentro. Por otro lado, no hay que perder de vista las relaciones sociales y sentimentales que se producen por la convivencia en la casa abandonada en Sunset Park. En ella se genera un microcosmos donde cada integrante refleja sus miedos y traumas al grado de desbordar algunos límites y afectar a los demás. Hay un buen desarrollo de esto en el apartado final donde todos actúan, donde nadie se queda callado porque en esta novela así hablan los personajes, con sus movimientos y aptitudes.
El tiempo en la novela es difuso. Sabemos que la narración se posiciona en buena medida en un presente que es el año 2008, sin embargo, hay muchos saltos temporales en la historia, así la novela se alimenta de los hechos del pasado. En este sentido, los flashbacks son tenues, veamos: “¿Cuántas veces se habían peleado en el pasado? En innumerables ocasiones, más de las que puede recordar, pero no había nada fuera de lo común en eso, piensa ahora [Miles], pues los hermanos siempre se pelean, y aunque Bobby no fuera de su propia sangre, siempre había estado con él desde que tenía conciencia de las cosas. Cuando su padre se casó con la madre de Bobby y empezaron a vivir juntos los cuatro bajo el mismo techo él tenía dos años…” (pp. 24-25). Esto permite una mayor legibilidad en la narración pues todo se va dando paulatinamente, sin cortes temporales que detengan u obstruyan la lectura. Por otro lado, en el caso de los espacios, la novela tenía la posibilidad de ser más cruda en cuanto a la descripción de los escenarios. Las hay pero no llegan a generar una atmósfera propicia para la confrontación de emociones disímiles sobre todo en el caso de la convivencia en la casa abandonada en Sunset Park. La historia tenía a su favor este recurso pero no fue aprovechado en su totalidad, salvo al inicio de la novela donde percibimos dicha atmósfera a través del absurdo trabajo que posee Miles: sacar la basura; luego, dicha complejidad se atenúa.
Finalmente, Sunset Park es una novela sobre la familia, pero no desde una mirada simplista; todo lo contrario, en la novela de Auster destacan la complejidad psicológica y las relaciones empáticas entre padres e hijos, con el toque personal del autor. Los elementos que atenúan estas virtudes son mínimos. Entre ellas están los diálogos sobre los jugadores de béisbol y los largos comentarios de Alice Bergstrom sobre la película Los mejores años de nuestra vida. Pero si consideramos que el referente de la novela es la cultura norteamericana se comprende que dichos aspectos no sean tan agotadores para los lectores de una sociedad en la cual el béisbol goza de popularidad y la película aludida ganó muchos premios Oscar. Por todo esto, la novela se ubica en la misma línea de relatos como La invención de la soledad, donde la reflexión familiar es central, y se aleja de novelas como las consignadas en La trilogía de Nueva York y Leviatán. Así, Sunset Park es una buena novela, pero no una gran novela como las dos antes aludidas.
Paul Auster. Sunset Park. Barcelona, Anagrama, 2010. 279 pp.
Movimientos urbanos al ritmo del rock
Tuesday February 22nd 2011, 11:47 pm
Filed under:
Reseñas
Por Diana Gonzales Obando
Mentiras, verdades o verdades a medias se concentran en una publicación interesante además de divertida. Poesía en Rock (Altazor, 2010) puede leerse como un archivo documental de una de las etapas más productivas de la literatura nacional, como un cúmulo de historias contadas por los mismos protagonistas -Enrique Verástegui, Jorge Pimentel, Roger Santiváñez, Enrique Sánchez Hernani, Mariela Dreyfus, Domingo de Ramos, Eloy Jáuregui, entre otros-, que caminan por el barrio de los años setenta o como la percepción desde distintos ángulos de enunciación de un mismo recuerdo juvenil.
Con la excelente narración del accidentado encuentro entre Martín Adán y Allen Ginsberg en el Hotel Comercio se inicia este libro que descarta las leyendas tejidas sobre esta conversación que oscilaban desde las reverencias de Ginsberg al autor de La casa de cartón, hasta un presunto encuentro sexual. Y a continuación prosigue una propuesta aún más llamativa: consolidar la tradición poética peruana en solo tres generaciones que comienzan en la primera década del siglo XX, continúa en los cincuenta para concluir en la generación de los grupos Hora Zero, Estación reunida, La sagrada familia y Kloaka, sin encajonarlos en el reducido contexto generacional. Estos últimos son el centro de Poesía en rock.
Más que una recopilación poética o un estudio académico -que maneja la ecuación rock, poesía y revolución-, Poesía en rock es una trabajo arqueológico al que los autores dedicaron varios años para recolectar información de todo tipo: plaquetas, revistas, ensayos, etc.: “Lo primero que hicimos fue recopilar todo lo posible. Lo que pensábamos que era de una manera determinada, cambió hacia algo muy distinto mientras íbamos investigando y nos dimos cuenta de que había una realidad más o menos oculta a lo que todo el mundo conoce de estos poetas”, comenta el poeta José Carlos Yrigoyen, quien trabajó junto a Carlos Torres, novelista y gran conocedor de la historia del rock, autor de Un viaje personal por la primera escena del rock en el Perú.
Aunque inicialmente fue concebida para ser escrita en tercera persona, es en la primera persona -a modo de testimonio- donde se posa la verdadera riqueza de la forma de este libro: la tonalidad de las voces, términos urbanos de expertos narradores y la franqueza de una lengua popular/callejera que rompe con la imagen romántica del discurso de un poeta. Renunciar a esa oralidad testimonial -muy criolla, muy peruana, muy horazeriana- hubiese sido una gran pérdida.
“Básicamente ha sido una tarea narrativa, contar una historia en base a pedazos dispersos que son tanto las fuentes documentales en sí como las entrevistas, hemos reentrevistado por ambigüedades o porque había gente que prefiere dar una visión oficial pero no la verdad”, comenta Carlos Torres. Tal es el caso de Enrique Verástegui, vate clave de esta generación, pues afirma que “Monte de goce, mi segundo libro, lo escribo en San Isidro. A pesar de lo que consigno en el prólogo, no es cierto que lo escribí en drogas. Mis contemporáneos, en cambio, sí tomaban muchas drogas, a pesar de que en Hora Zero no se estilaba mucho eso” (p. 138). ¿Verástegi rompe o crea un mito? Si es verdad o, en todo caso, el resultado de una vida de la mano de la ficción, comprobarlo no será tarea fácil, aunque los autores de Poesía en rock sí se atrevan, como en este caso, a desmentir al propio Verástegui cuando refiere a una supuesta lejanía de la segunda etapa de Hora Zero: “Esto no es precisamente cierto. Verástegui no solo participó de manera decisiva en la redacción del manifiesto inaugural de la segunda etapa, “Contragolpe al viento”, sino que según casi todos los testimonios estuvo presente en la gran mayoría de recitales, ‘actos contundentes’ y asambleas del Movimiento en ese periodo” (p. 144).
Las notas al pie de página funcionan como el correlato de cada testimonio, la continuación, extensión, confirmación o negación del relato de cada emisor entrevistado prolongan la historia bombardeando con datos cada vez más rebuscados. Vale la pena destacar la información vertida sobre el “ultracaleta” Jorge Kun narrada por el poeta Manuel Aguirre. Otras notas resultan un tanto fuertes, como la crítica realizada a la obra poética de Oscar O’Hara: “O’Hara parece creer que escribir y publicar una enorme cantidad de poemas hace, por las buenas o las malas, una obra de arte; pero el descuido con el que estos textos han sido trabajados y lo superficial de su discurso, teñido de un humos rara vez eficiente (sobre todo en los primeros diez libros) no hacen sino que cada nueva entrega aumente cada vez más las deudas poéticas de su autor” (p. 163).
Por otro lado, es inevitable extrañar la voz de la poeta que inauguró la presencia fuerte de la mujer en la poesía peruana: Carmen Ollé. La autora de Noches de adrenalina, ícono y ejemplo de la poesía escrita por mujeres hasta la actualidad, se negó a participar.
Impíos e implacables, José Carlos Yrigoyen y Carlos Torres Rotondo han entregado un aporte fundamental para la historia de la literatura peruana que puede llenar algunos vacíos que no fueron documentados en su momento. Aunque sea una publicación que permite darle la oportunidad a todo tipo de lector (académico, iniciado o simplemente curioso) de jugar sus propias conclusiones, los testimonios deben ser leídos con la delicadeza que merece la fragilidad de la memoria y la dinamicidad de la oralidad. Una excelente excusa para preguntarnos por la existencia de la poesía peruana actual dentro de alguna periodización, recordar a los viejos poetas de imagen transgresora y reflexionar sobre su trascendencia.
Carlos Torres Rotondo y José Carlos Yrigoyen. Poesía en rock. Una historia oral. Perú 1966-1991. Lima, Altazor, 2011. 325 pp.
Segregación N°1
Saturday February 19th 2011, 11:17 pm
Filed under:
Columnas
Hans Christian Andersen convertido en pata
Por Francisco Izquierdo Quea
1.
Dicen que los pastores brasileños de la iglesia evangélica Pare de Sufrir no son brasileños sino charapas que hablan portuñol.
Hace dos años Lewis se casó en esa iglesia. Hace tres, Lewis conoció a Carmencita, se cortó el pelo, se dejó el bigote, comenzó a usar camisas y corbatas y nunca más volvió a tocar la guitarra. Lewis se casó en la iglesia Pare de Sufrir porque Carmencita y la familia de Carmencita son creyentes evangélicos y porque Carmencita y la familia de Carmencita decidieron que la boda fuese allí. Lewis invitó a algunos de sus familiares católicos. Solo fueron sus padres, su hermano y su abuela. Lewis invitó a sus amigos de universidad. Solo fueron dos. Lewis invitó a los otros cuatro integrantes de su antigua banda de hardcore, Negra y Asesina. Solo fueron tres: Rafael, Shanoon Hoon y el Hombre Siberiano.
El día de la boda, setentaicinco invitados correspondieron a Carmencita y solo nueve a Lewis. El día de la boda, un sábado de otoño por la tarde, Rafael, Shanoon Hoon y el Hombre Siberiano se vieron las caras luego de mucho tiempo. Se encontraron en un bar de Conquistadores, cinco horas antes de la ceremonia. Los tres portaban anteojos y trajes oscuros. Mantenían, así, su apariencia con las estrellas de rock que nunca jamás llegarían a ser.
Bebieron muchos piscos sours, hablaron de sus vidas y en ningún momento se compadecieron de Lewis. Llegado el momento, subieron al auto de Shanoon Hoon y en el trayecto a la iglesia fumaron marihuana y casi atropellan a un peatón.
La ceremonia aconteció sin sobresaltos. El pastor echó bendiciones sobre los novios. Luego señaló a toda la audiencia y dijo: Hermanos, por la fuerza del Padre redentor les digo que es momento de que repartan sus riquezas. Así, descendieron del estrado cuatro chicas con blusas blancas, faldas azules y zapatos bajos, cada una con una alforja. La hora del diezmo había llegado.
Los asistentes entregaron solo billetes.
La familia de Lewis (y Lewis) también entregó billetes.
Al momento en que se inició el diezmo, Rafael llevaba veinte minutos dormido.
Al momento en que se inició el diezmo, el Hombre Siberiano se hallaba en Duendelandia hablando con Agustín Mantilla sobre el Comando Paramilitar Rodrigo Franco.
Al momento en que se inició el diezmo, Shanoon Hoon seguía preguntándose a qué hora se rezaría el Padrenuestro.
Cuando la chica de la alforja llegó a ellos, los tres se incorporaron y entre falsos, rizla, caramelos, cáscaras de maní y condones, le dieron dos soles ochenta en monedas.
2.
La noticia data del 22 de julio de 2006 y dice lo siguiente: “Entre vivas y aplausos, Lay Fun, el perro rottweiler que mató a un sujeto que presuntamente intentaba robar en una cochera del Centro de Lima, dejó ayer el Centro Antirrábico de Chacra Ríos para ser llevado a su nuevo hogar: la sede de la División de la Policía Canina del Rímac, más conocida como El Potao”.
3.
Dicen que a partir de sus entredichos eternos con las congresistas puneñas la guardia personal de la también congresista Martha Hildebrandt se ha incrementado y que en la actualidad está compuesta por cuarenta rottweiler hijos de Lay Fun, todos entrenados por la FOE de la Marina de Guerra del Perú.
4.
¿En el México DF de los años setenta se le admiraba a Enrique Verástegui solo por su poesía o por el parecido que tuvo con Pablo Milanés?
5.
6.
Dicen que meses antes de ser elegido como el alumno excelencia en la maestría de Derecho Civil de la Université Panthéon-Assas, meses antes de dar el discurso de egresados frente a las autoridades de la universidad y del gobierno francés, meses antes de dirigirse en ese acto al presidente Sarkozy con el apelativo de “majestad”, muchos meses antes de convertirse en parte de la derecha francesa y de ser panelista de TV2, muchos muchísimos meses antes de convertirse en columnista de Le Figaro, dicen que antes de todo eso, Chacaloncito conoció a Sophie.
Dicen que cuando Chacaloncito conoció a Sophie, Sophie quiso saber todo de él. Que mientras Sophie preguntaba y preguntaba Chacaloncito respondía y respondía. Que Chacaloncito le contó a Sophie miles de cosas de Perú y que Sophie escuchaba atenta y que pronto se obsesionó con Perú y que pronto se mostró insaciable con el tema Perú y que siempre quería saber más y más y más sobre Perú. Que frente a eso Chacaloncito no tuvo mejor idea que inaugurar sesiones de video y televisión en internet para Sophie.
Dicen que Chacaloncito tomaba a Sophie de la mano, la sentaba a su lado y permanecía con ella horas y horas frente a la computadora, explicándole quién era Magaly, quién era Ferrando, quién era Martha Hildebrandt, quién era Chuiman, quién era Lay Fun, quién era la Pepa Baldessari, quién era Cucho Peñaloza, quién e…
Dicen que estas sesiones de video y televisión siempre se vieron interrumpidas por un calateo imprevisto de Sophie, la misma que, excitadísima por el tema Perú, iba sobre Chacaloncito y entre besos y contrasuelazos y besos y ropa arrancada y besos y arañazos le repetía al oído la única frase que sabía en castellano: hazme tuya Chacaloncito hazme tuya Chacaloncito hazme tuya Chacaloncito hazme tuya Chacalonc…
7.
Dicen que con solo 45 minutos de viaje en el TGV 1454, con destino París-Berlín, Chacaloncito venía tomándose siete cervezas. Que cuando Chacaloncito estaba a punto de abrir la octava botella Sophie se volvió hacia él y le preguntó sobre Perú.
Dicen que Chacaloncito, que ya sabía de sobra con cuál pie cojeaba Sophie, le dijo que tenía una primicia, una bomba que había remecido su país, y era que el famoso rapero jamaiquino Sean Paul, conocedor del fenómeno cholificador y de la (in)existente lucha de clases en la sociedad peruana, se hallaba preparando un remix de “La culebrítica” para su próximo disco.
Dicen que Sophie sintió ahí, en el tren 1454 con destino París-Berlín, cómo sus pezones se endurecían por primera vez en veintidós años.
8.
Febrero de 2011. Robertina Cruz, más de dos décadas frente a un puesto de comida ambulante en la intersección de las avenidas Universitaria y Venezuela, cuenta con un nuevo producto para sus clientes. Cruz, conocida por muchas generaciones de estudiantes como “la Tía Poison”, vendedora de cebiche de enero a marzo y de hamburguesas e higadito frito el resto del año, ofrece ahora polos de distintos colores pero con un mismo diseño: el rostro de Vargas Llosa junto a la inscripción: GRACIAS POR SUDAR LA CAMISETA, MARIO. SAN MARCOS 1 – CATÓLICA 0.
9.
Dicen que el líder del Opus Dei peruano, el arzobispo Juan Luis Cipriani, es el candidato con mayores proyecciones para reemplazar a Benedicto XVI en El Vaticano. Dicen también que el arzobispo no supo qué responderle a su monaguillo cuando este le preguntó: ¿Padre, quién habló con la Policía para que boten a patadas a los gays y lesbianas que estuvieron besándose en la puerta de la Catedral?
10.
La noticia data del 13 de febrero de 2011 y dice lo siguiente: “El Movimiento Homosexual de Lima (MHOL) denunció hoy a la Policía por agredir y dispersar sin motivo a un grupo de homosexuales que ayer se besaban en un acto público en la Plaza de Armas de Lima. Todo comenzó cuando un grupo de unos quince homosexuales se besaban y abrazaban en la tarde de ayer, sentados en la escalinata de la Catedral de Lima, en un acto bautizado como: Besos contra la homofobia. Un grupo de policías se acercaron hacia ellos y sin mediar explicación comenzaron a empujar a los participantes en el acto para desalojarlos de allí, y continuaron luego hostigándolos con varas y escudos por la Plaza de Armas y sus inmediaciones, llegando a perseguirlos incluso en tiendas, cafeterías y una galería de arte”.
11.
Dicen que casi dos días después de la golpiza que la policía peruana propinara a los homosexuales que estuvieron besándose en las afueras de la Catedral de Lima, la alcaldesa Susana Villarán manifestó, en rueda de prensa, estar en contra de cualquier manifestación homofóbica durante su gestión. Dicen que a ningún periodista se le ocurrió preguntarle por qué en la hora y media que duró la golpiza la Municipalidad no hizo nada, a sabiendas que los hechos ocurrieron a pocos metros de su local.
12.
13.
Cuando Marion le preguntó a Rafael si le gustaban las películas de Jarmusch, Rafael le dijo que si la que hablaba era la Marion de verdad o acaso Hans Christian Andersen convertido en pata.
Mientras Rafael termina la botella y fuma, Marion mira en el espejo su cabello marrón marrón y sus ojos verdes verdes.
14.
Dicen que Herman Schwarz conoció a Humareda en 1977 y que comenzó a retratarlo a partir de 1982.
Dicen que Schwarz fotografió a Humareda con una cámara Pentax, usando películas TRIX.
Dicen que todas las fotos de Schwarz han sido tomadas sin flash.
15.
Dicen que Schwarz conoció a Humareda cuando el pintor puneño apareció en una clase en Bellas Artes. Dicen que ese día, para el asombro de un aula repleta de alumnos y curiosos, Humareda improvisó algunos pasos de tango.
16.
El fragmento de la carta de Humareda a su madre data del 1 de noviembre de 1966 y dice lo siguiente: “Mi situación en París se está tornando angustiosa al extremo. La plata se está acabando. Ninguna persona compra aquí cuadros. He hecho un Quijote que nadie quiere. No sé francés. Los amigos peruanos solo invitan un té. El dueño del hotel no tendría ningún miramiento en echarme a la calle. Además, el invierno comienza y mi salud es delicada”.
17.
Dicen que Humareda vivió muchos años en la habitación 283 del Lima Hotel, en La Parada.
18.
Dicen que cuando Szyszlo fue con sus cuadros a Bellas Artes los profesores de Bellas Artes le dijeron que como pintor solo servía para pelar papas.
Dicen que Szyszlo se sintió frustrado. “Tantos años en París para esto. Y todo porque no sé dibujar manos ni retratos”, pensó el pintor peruano.
Dicen que en plena desazón, Szyszlo cogió el celular y llamó a Humareda en busca de consejo.
Dicen que Humareda respondió el teléfono con un: Qué pasa.
Dicen que Szyszlo dijo: Maestro, estoy triste, en Bellas Artes me han dicho que solo sirvo para pelar papas.
Dicen que Humareda respondió: Justo ahora estoy preparando un lomo saltado. A ver, vente por acá para que me ayudes.
Dicen que el lomo saltado que Humareda y Szyszlo se comieron estuvo de la pitrimitri.
En la boca del miedo
Friday February 18th 2011, 12:00 am
Filed under:
Columnas
EL DISCURSO DEL OSCAR
Por Martín Mauricio
Hace un mes hablamos sobre la pobre oferta de nuestra cartelera comercial. A pesar del aumento, tanto en cantidad como en calidad, de las salas de cine, las películas a las que podíamos acceder estaban en franca decadencia, tanto en el nivel artístico como por su escaza originalidad.
Quienes se encuentran inmersos en la industria saben que quien marca la agenda cinematográfica es Estados Unidos, y es en su época de verano (Junio-Julio-Agosto) cuando empieza la temporada de los denominados Blockbuster. Thor, la nueva apuesta de Marvel, abre la fecha el 6 de Mayo, y Capitán América y la última de Harry Potter la cierra a fines de julio. Entonces ya estamos preparados para la invasión de decenas de copias en un cine de ocho salas. Son las leyes de un mercado liberal, que las aceptamos tal como lo hacemos con las demás políticas económicas. Por eso aplaudimos la aparición de nuevas distribuidoras que apuestan por un cine más independiente, menos comercial y sin tanto marco publicitario. Películas interesantes que son olvidadas por las majors, pero que de alguna manera llegan o intentan ser rentables en nuestro país. ¿Y cuándo podemos ver esas películas?, bueno, tenemos todo el año, pero como sabemos, los primeros meses son los indicados para acceder a ese cine que muchas veces solo podemos seguir por internet o en un stand de polvos azules. Pero, ¿cuál es la verdadera razón de esta sobre exposición de grandes y reclamadas películas en esta fecha?, bueno la respuesta es: el Oscar. Sí, el despreciado por muchos y amado por varios, galardón más importante del cine. ¿Y Cannes, Berlín, Sundance, etc, dónde quedan?, todos excelentes, mejores dirían muchos, pero la mediatez y globalización – que en esta época es tan importante – que tiene la estatuilla de la Academia no la tiene nadie. El Oscar marca la pauta de los premios, es el cierre de temporada, y todos a quienes les gusta el cine lo vemos, aunque sea de refilón estamos pendientes de sus nominaciones y ganadores.
Este es ya el segundo año que la Academia nomina 10 películas, el año pasado no pudimos ver todas, pero ahora es diferente, aunque el día de la ceremonia no podamos tener un cartón lleno, sí están anunciadas las nominadas para su distribución comercial. Y acá nos detenemos un poco para darle una breve mirada a las favoritas, las que hemos visto hasta ahora o comentar como vienen precedidas para la noche del último domingo de febrero.

- El origen
Primero nos detendremos a comentar las que hemos visto. El Origen de Christopher Nolan es una sorpresa no por la calidad de la película, sino porque el Oscar no se fija mucho en filmes cuyo estreno se realizó varios meses atrás. No por eso vamos a pasar por alto la que es una cinta provocativa, cerebral, construida al mínimo detalle por un director que se mete en la cabeza del espectador y empieza a guiarlo por sus tramas y a jugar mentalmente con él. Nolan es ambicioso, siempre lo ha sido, y el problema de la película parte de esas ganas de abarcar todo, de transitar por diferentes géneros, del exceso de la acción y las balas cuando su potencial dramatismo radica en la idea de los secretos del subconsciente. Ya hablamos de Toy Story 3 y si no es una obra maestra, roza la perfección. En algún momento Pixar va a ganar el Oscar no en la categoría de mejor film animado sino en la de mejor película, lo que vamos a lamentar es que no va a ser con la historia de Andy.
Red Social es la favorita de todos, tiene un guión que encaja a la perfección en la idea del hombre moderno del siglo XXI, una historia que se basa en un hecho real, en la ambición, en los triunfos y en las derrotas, y todo eso encapsulado en chiquillos de veinte años que se hacen viejos a los treinta. La idea fundamental de Red Social no es la creación de una empresa multimillonaria, ni el espíritu de jóvenes triunfadores, la película es un tratado de lo post-moderno, David Fincher ausculta al individuo como un ser marginal, pesimista, gris, una persona que no llega a ser ni exitoso ni fracasado, es decir, alguien marcado por la ambigüedad.
Darren Aronofsky es un cineasta de excesos, con sus dos primeros largo, Pi y Réquiem por un Sueño descubrimos su interés por profundizar en las entrañas del ser humano. Generador de un universo propio por su gran pulso visual y en muchos casos, interés en el existencialismo (La Fuente de la Vida), fue considerado un cineasta de culto con sus dos primeros filmes, pero su cine se fue desgastando hasta sorprendernos con El Luchador un relato melancólico sobre el ocaso de una estrella. Ahora en El Cisne Negro, vemos un realizador maduro, con más fluidez para la narración, aunque mantiene ese tono redundante de la imagen (una y otra vez cae en la figura de la conversión de su protagonista “literalmente” en un cisne). Nina es la bailarina ideal para interpretar al cisne blanco del Ballet del “Lago de los Cisnes”, pero su director le pide que además pueda sacar adelante el rol del “Cisne Negro”. Ese proceso de transformación es el que Aronofsky quiere transmitir con una cámara por momentos nerviosa, por momentos claustrofóbica. La paranoia, el desequilibrio mental, la obsesión, hacen de esta película una obra que tiene tanto de drama como de locura. Y en el centro de este delirio con tintes oníricos y de pesadilla, de sensualidad y terror, emerge la figura de Natalie Portman que es una de las pocas actrices – o quizás la única – que de un plano a otro puede transmitir tanto ternura como seducción.
Dentro de los cineastas que aparecieron en los ochenta, los hermanos Ethan y Joel Coen llegaron a convertirse en el paradigma de lo que se denominaba cine postmoderno. Desde un inicio los hermanos nacidos en Minnesota mostraron, de una manera más exhaustiva y simultánea, los diversos géneros que iban desde el cine negro (Sangre Fácil), la comedia de situaciones (Educando Arizona), los filmes de gánster (De Paseo a la Muerte), el Policial (Fargo) o el film noir (El Hombre Que Nunca Estuvo), pero como dijimos es en su “actitud” donde encontramos los elementos recurrentes en todas sus películas: el juego del humor sarcástico, la manipulación excesiva a sus personajes, la mala suerte como base del relato, un cinismo intelectual que provoca el rechazo de muchos críticos y, por supuesto, una mirada fatal, oscura y pesimista de la sociedad americana. Dentro de su cine siempre ha estado la destrucción del sueño americano gracias a dos elementos fundamentales: la ambición desmedida y una variedad de personajes patéticos o esclavos de la monotonía. A partir de eso lograban siempre una precisión asombrosa en tiempo y espacio para contar una historia sin dejar de lado ninguna arista que parezca un artificio de último instante. Sin embargo la receta comenzó a gastarse y se puso de manifiesto en películas como El Quinteto de la Muerte y Crueldad Intolerable. Intentos arrogantes y fallidos de estilos añejos, dejando en evidencia una alarmante falta de ideas. Es su incursión en el Western la que nos dio una de sus mejores películas (Sin Lugar para los Débiles) y el regreso a este tema lo que confirma su capacidad y respeto por el más americano de los géneros. Temple de Acero es un remake y también una adaptación de una novela que los Coen ponen en pantalla con un estilo por momentos conmovedor, con algo de humor y aventura. Esta historia de venganzas y traiciones -que en algún momento podría haber provocado en los hermanos un humor negro pesado y reiterativo-, acá se manifiesta por una dedicación y afecto a sus protagonistas, al paisaje, a la historia de los EE.UU y a quienes la formaron. Temple de Acero tal vez no sea la gran película de los Coen, pero es un western que recoge la nostalgia de los héroes en el ocaso, de los personajes anónimos que forjaron un país recio y violento. Vimos también hace algún tiempo The Kids Are all Right, la película indie de la competencia junto con Winter’s Bone. La primera pese a abarcar un historia controversial – una pareja de lesbianas con dificultades cuando sus hijos quieren conocer al padre donante – tiene un clima hasta cierto punto conservador, pero sin dejar de lado las observaciones incómodas sobre la elección sexual de sus protagonistas. Lo que más sobresale de esta película es su inteligencia para abordar los temas, sus diálogos atrevidos, las situaciones que se generan y que van entre la comedia y el drama, y por supuesto dos actrices sublimes como Annette Bening y Julianne Moore.
El resto de películas todavía no las hemos visto, su estreno está programado para estas dos semanas que vienen. No podemos hablar mucho, pero sabemos de la capacidad de David O. Russell, director de Flirting with Disaster y Three Kings. Su última película El Luchador viene precedida de buenos comentarios, pero sobre todo de unas grandes actuaciones con un actor que ya merece más y mejor atención como Mark Wahlberg, además de la consolidación y seguro ganador como es Christian Bale. Danny Boyle vuelve otra vez, ya a estas alturas es un engreído de la Academia, su Quisiera ser Millonario encantó a muchos, aunque su puesta en escena marcada por la edición constante y una luminosa fotografía moleste a algunos. 127 Horas es su última apuesta, y como le gusta mucho al público en general, está basada en un hecho real: la historia del joven aventurero Aaron Ralston y su accidente en las montañas de Utah al encontrarse atrapado entre una inmensa pared de roca. Lo que más se menciona de este filme es la interpretación de James Franco, quién desde su debut mediático en la serie “Freaks and Geeks” ha sabido escoger papeles que no solamente exploten su lado físico sino también dramático.
Por último la que puede ser la gran sorpresa de la noche: El Discurso del Rey, una película que al parecer gusta a todos y que la mayoría de los críticos la ven como un filme conciliador, simpático y entretenido, casi los mismos argumentos de Shakespeare Enamorado que le ganó a dos pesos pesados como fueron Salvando al Soldado Ryan y La Delgada Línea Roja. Lo que sí es casi seguro – porque ha ganado todos los premios de la temporada- es el triunfo de Colin Firth, un actor que siempre se ha desempeñado bien en todos los papeles que ha realizado, por más secundario o ligero que parezca.
Un interés que no despierta
Wednesday February 16th 2011, 6:09 am
Filed under:
Reseñas
Por Rómulo Torre Toro
Sucede muy a menudo que al leer una novela con gran expectativa, el lector se lleva una decepción. Y entonces recién suele pensar en que las razones de su entusiasmo inicial –notas bibliográficas y alguna reseña – no eran tan sólidas. Algo de eso sucede con la última novela de Enrique Planas (Lima, 1970), quien parecía entregarnos un texto distinto a sus anteriores publicaciones, un tanto flojas, como Orquídeas del Paraíso (1996) y Puesta en escena (2002). Sin embargo, Otros lugares de interés (2010) no se salva de ciertos errores que la convierten en una novela de ritmo moroso, con una historia demasiado medida, correctamente escrita, pero a la que le falta ese punto necesario de explosión para conmocionar al lector.
La historia es más o menos sencilla. Vero y Daniel son una pareja de esposos que acaban de perder un hijo antes del parto. El hecho quiebra el matrimonio y, para intentar arreglarlo, aprovechan que Daniel tiene que viajar por trabajo a París y se van ambos. En París todo se agrava. Vero en sus recorridos por la ciudad encuentra una exposición sobre la vida y obra del artista plástico Hans Bellmer. En ella contempla su pieza cumbre, La muñeca, queda impresionada y compra un libro sobre el artista donde se cuenta, entre otras cosas, la relación que mantuvo con Unica Zürn. Este será el verdadero inicio de la novela, es decir, cuando recién sucede algo. Porque Vero irá transformándose, irá convirtiéndose en alguien distinta a la muchacha tímida que es y buscará encontrar su propia personalidad. Para ello, adopta la de Unica Zürn. Conoce a Blanca, un peruano que la introduce en el submundo parisino y con quien experimenta su recién descubierta libertad. El sexo, las drogas y la miseria serán las marcas de su nueva vida. Finalmente, decide abandonar a Daniel y hace su último descubrimiento: ella, Vero, tiene que reiniciar su vida desde cero y completamente sola. Nada queda del pasado, ni su hijo, y nada la espera más adelante. La novela tiene un final abierto que busca ser metafórico o sugestivo: Vero todo lo debe hacer de nuevo. Es una especie de tábula rasa donde todo vestigio del pasado se elimina y en donde el momento presente es el inicio real de su existencia. Ella ya no es ella, sino una persona totalmente diferente que se irá definiendo poco a poco en un proceso que la novela solo plantea en su origen.
Este tipo de historias –que podemos llamar de re-conocimiento o aprendizaje– deben estar acompañadas de unas estrategias narrativas que las agilicen. De lo contrario, corren el riesgo de estancarse y dar muchas vueltas en el mismo lugar y avanzar muy poco. Lamentablemente esto es lo que sucede con la novela. Es fundamentalmente descriptiva, se centra en los estados de ánimo de su personaje y en su manera distorsionada de percibir su vida y su relación con los demás. Los recuerdos, ilusiones, alteraciones y pensamientos de Vero estructuran el relato y lo transforman en un aletargado texto psicológico. El lenguaje contribuye con lo suyo: delicado, plagado de metáforas e innecesariamente adjetivado. Las oraciones son de estructura sencilla. Así, tenemos frases como “Por la ventanilla intenta ver el final de ese viaje sin horizonte definido” (p. 13). El relato carece además de aquello que podría ser el contrapeso ideal para su morosidad: diálogos. Los personajes no hablan, se encuentran sujetos a las exigencias de un narrador omnisciente quien es la única voz autorizada dentro del texto. Estas características anulan por completo la tensión natural de cualquier novela. No se puede esperar algo sorprendente porque simplemente las acciones se pierden entre nebulosas de ansiedad, miedo y otras sensaciones que obstaculizan la formación de secuencias que narren (en el sentido latino de la palabra) algo.
Sin embargo, esto no debemos atribuirlo al tipo de novela que construye Planas. No es un defecto inherente a las novelas de aprendizaje. Pienso, por ejemplo, en la novela Como los verdaderos héroes de Percy Galindo, donde la historia se caracteriza por la sucesión rápida de acciones y diálogos, por el suspenso, la fluidez del lenguaje y un foco narrativo siempre cambiante. Ambas novelas son relatos que exhiben el proceso de descubrimiento que los personajes efectúan de sí mismos, pero los resultados son distintos. Galindo reúne varios tipos de relatos en su novela; Planas parece perderse en la atmósfera de uno. Ahondar en la intimidad psicológica de un personaje no significa limitarse en su manera de abordarla. He ahí el gran defecto de la novela: en su intento por entender el proceso de cambio radical que puede atravesar un ser humano, resulta monótona y, por lo mismo, tediosa. Es más, el intento por registrar el proceso de cambio es incompleto e insustancial. Vero experimenta una liberación afectiva, más allá de toda norma moral, que se traduce en una sexualidad y erotismo transgresores. El punto de partida es su intento por ser otra persona, por romper consigo misma: Unica Zürn se erige como el modelo a seguir. La violencia que supone un proceso de transformación como este debería ser registrada con un lenguaje directo y descarnado. Esto quiere decir con un lenguaje que se ajuste a las exigencias de la historia narrada. Pero, dado que el lenguaje posee un ritmo lento y una naturaleza más bien diáfana, las situaciones de ruptura de Vero quedan mermadas de forma severa. No parecen momentos dramáticos en su vida, sino meros deslices que no representan nada en su devenir.
Debemos señalar que estamos frente a una novela que trabaja el tópico de la libertad, una libertad que es el resultado de un “doloroso” proceso de cambio espiritual. Dicho proceso empieza siendo físico, porque el cuerpo experimenta lo que antes le estaba vedado, y acaba en un estado de exaltación psicológica. Es solo en este segundo momento cuando la liberación se hace efectiva. Pero es curioso porque dicha libertad que se proyecta en el texto parece estar exenta de cualquier responsabilidad. Los demás acaban heridos, como es el caso de Daniel, o desaparecen definitivamente, como es el caso del hijo muerto antes de nacer. Es una libertad solipsista que se cumple en la medida que nadie interfiera en ella. En ese sentido, la novela podría ser entendida como una frustración: todo intento por liberarse es inútil porque siempre hay lazos infranqueables con los demás, lazos que aseguran el equilibrio social. Vista así, la novela tiene un sentido más interesante, aunque estilísticamente no esté lograda del todo. Vero es el típico personaje que, buscando ser ella misma, cae en la trampa de necesitar de los demás para mantener su independencia. Es un juego interesante, aunque, como ya señalamos, la novela tenga una gran deuda en su ejecución.
En una entrevista que brindó a La República, Enrique Planas sostuvo: “Nunca me han gustado las grandes épicas, las novelas épicas, las historias de grandes temas y grandes desplazamientos, con muchos extras, no me interesan. A mí me interesan los pequeños mundos, la psicología de personajes solitarios, el estado precario del individuo, para decírtelo de una manera muy solemne, a mí para nada me gusta la literatura solemne”. Resulta paradójico que, buscando lo no solemne en la intimidad de sus personajes, el resultado sea exactamente el contrario. La solemnidad de la novela está en el modo de narrar, en el tratamiento que se da a los temas que aborda. En ese sentido, parece un poco absurdo sostener que hay temas solemnes y otros que no. Las rupturas en literatura se producen por el empleo de estrategias narrativas y lenguajes que se ajusten a la historia y, por supuesto, también están ligadas a la época en la que se producen los textos. Y en este caso las deficiencias estuvieron por este lado: una novela que no logra articular sus elementos estructurales y que no provoca, que no escandaliza a quien se sumerge en la mente de una mujer.
Enrique Planas. Otros lugares de interés. Lima, Alfaguara, 2010. 202 pp.
Doble click 2
Monday February 14th 2011, 9:44 am
Filed under:
Columnas
Reseñas El Bocón
Sobre cómo un diario deportivo puede servir de modelo a la crítica literaria periodística
Por Francisco Ángeles
1
En la columna anterior decíamos que el Facebook ha desbordado la capacidad de respuesta de los bloggers, quienes por el momento no han encontrado un anzuelo preciso (un anzuelo que sea también un flotador) en una época en que tres minutos frente a una misma página es demasiado tiempo. El problema es que el cambio de paradigma en la manera de leer y estar informado (la multiplicación desbordada de las fuentes) ha traído como consecuencia que el formato habitual para comentar libros (la reseña) de pronto luce envejecido y, por tanto, poco útil.
Algo de esto intuí hace casi seis años, en un artículo publicado en 2005 en El Hablador, donde adelantaba una probable crisis de las reseñas y me preguntaba si más que discutir sobre si las reseñas se escribían bien o mal, sería bueno plantearse seriamente si debíamos seguir con ellas o buscar nuevos formatos para el comentario especializado de libros recientes. Hoy la pregunta, creo, adquiere más validez que nunca. Anotemos, en primer lugar, que las reseñas no dejarán, al menos por ahora, de ser adecuadas a los espacios académicos. Pero no me queda tan claro que mantengan su utilidad en espacios periodísticos y virtuales, donde el mecanismo de lectura habitual de los cibernautas es leer con varias pantallas simultáneas, y con una prisa autoimpuesta que suele llevarlos directamente al párrafo final, el único que parece interesante porque ahí debería decir, según las convenciones, si el libro es “bueno” o “malo”. Esta manera de leer a grandes saltos se justifica porque, en líneas generales, no se ha cambiado la manera de escribir reseñas, y por tanto se sigue el procedimiento usual de empezar diciendo quién es el autor, luego “contar” el argumento, y después señalar un par de virtudes y/o defectos antes de pasar a la conclusión. Es decir, reseñas escritas como si estuviéramos en la era pre-virtual, como si no hubiera forma de encontrar el argumento o la biografía del autor en otros sitios virtuales. Como si uno esperara no una opinión, no la mirada particular de un sujeto, sino una entrada medio enciclopédica que, solo en el final, diga a través del libro algo también sobre el crítico.
Sin embargo, este defecto de pretendida objetividad y de extremo formulismo es solo un aspecto de otro más importante y menos visible: se escribe reseñas con la pretensión de algo definitivo, buscando un texto que sobreviva sin apoyo externo. Es decir, se busca una reseña soberbia (en el mal sentido de la palabra), una reseña que cree que tiene que decirlo todo porque asume que sobrevivirá cuando ya no exista ningún otro texto sobre el libro que la motiva, una reseña egoísta que no busca el diálogo ni pretende insertarse en una discusión, sino que se construye como palabra definitiva. Una reseña que quiere ser sentencia, una reseña que, quizá sin que su autor sea plenamente consciente de ello, pretende anular a las demás, y que por eso se asume obligada a incluir los datos del autor y de la misma obra, aunque no quede claro para qué hacerlo cuando lo más probable es que el lector de la reseña ya conozca esos datos de antemano.
Ese es el tipo de reseña que creo que habría que desterrar o, al menos, hacer convivir con uno distinto. Para ello, sería útil empezar reconociendo que con los cambios tecnológicos se abren paso cada vez más las construcciones colectivas, los hallazgos grupales e incluso anónimos. Creo que gracias a las redes sociales, donde todos por fin nos volvimos productores y ya no simples receptores, no se espera que alguien presente necesariamente un argumento sin fisuras, sino que sea capaz de abrir una ruta interesante de discusión. Y como consecuencia, lo incompleto, lo embrionario, lo parcial e incluso lo contradictorio deberían dejar de ser observados como defectos descalificadores. Por ejemplo, una respuesta débil podría ser percibida valiosa por la pregunta implícita que puede llevar contenida, por la posibilidad de despertar respuesta y llegar a una forma elaborada sobre la que uno tiene el no escaso mérito de ser vago iniciador.
2
En este esquema de creaciones colectivas, hay un par de ideas que me gustan y son las que quisiera mencionar aquí, con el deseo (no tan) oculto de que alguien se anime a realizarlas en un futuro cercano. Una forma muy elemental, que puede servir como punto de partida, es el foro. Un foro es lo más parecido a Facebook que había antes de Facebook: se escribe corto, como quien conversa, y con la licencia de pasar directamente a la conclusión sin ser acusado de poco profesional. Pero queda claro que sería absurdo pretender reemplazar las reseñas por comentarios de una o pocas líneas escritos por usuarios con ID y password, y asumir que no vamos a perder nada en el camino. Por tanto, habría que buscar una solución intermedia. La idea que más me seduce, desde hace años, es un tipo de texto crítico que voy a llamar “reseña El Bocón”. Veamos de qué estamos hablando: en los noventa, la época de oro no del fútbol peruano (donde fue la peor) sino la época de oro de la pasión tribunera y de los clásicos llenos y de barras que crecían y eran miradas con igual asombro, temor y fascinación, en esa época el diario deportivo El Bocón utilizó un modelo que podría servir como una estructura perfecta para comentar un libro, y que diecisiete años después no ha sido todavía aprovechado. En esos clásicos noventeros en los que Nunes dejó K.O. a Kopriva, en los que Dolmo Flores se arrodilló frente a la Trinchera a celebrar un gol en Matute, en los que Rossi sacó a Cuto cargado después de su expulsión, en esos clásicos, la gente de El Bocón enviaba a dos de sus periodistas a las tribunas populares, uno a la Trinchera y el otro a la del frente, y el artículo que reseñaba el partido era una especie de conversación, o mezcla de testimonios intercalados, que registraban cómo ambos periodistas observaron el encuentro. Este movimiento, absolutamente nuevo para la prensa deportiva peruana, dejó de lado la mirada única sobre un choque futbolístico, y excluyó para siempre la ilusión de que existía una única forma de narrar el partido. El Bocón entendió que el relato de la historia (la épica historia futbolera que significa un clásico) era finalmente una mezcla de subjetividades, normalmente contrapuestas, y que la lectura final surgía de la tensión entre esos testimonios enfrentados. El Bocón entendió que la realidad (de un partido) era un espacio a interpretar, y que cada “crítico” escribía desde su propia posición de “lector”, desde su propia “tribuna” y desde sus propios juicios de valor.
(Habría que decir entre paréntesis que un crítico aliancista sería quien pondera las virtudes de la huachita, el taquito, y suele quedar deslumbrado por malabarismos formales inútiles, mientras que un crítico crema sería quien es consciente de que el texto es un pecho caliente y que detrás de una aparente simplicidad o de una jugada heterodoxa se esconde la verdadera sabiduría del juego).
Es cierto que ha habido intentos semejantes fuera del ámbito de la crítica literaria. Por ejemplo, el siempre atractivo “a favor” y “en contra” sobre un tema cualquiera, idea más radical pero que para mi gusto es ya demasiado evidente en su intención de confrontación, lo que puede desviar las opiniones hacia el entusiasmo o el odio impostados o al menos exagerados. Habría, por tanto, que conversar sobre libros a través del intercambio de e-mails, dejar que las opiniones del otro ayuden a despertar ideas propias no lo suficientemente formadas para reclamar atención, y que de ese intercambio surja una opinión con más de un horizonte. En vista de que el avance de las redes sociales están convirtiendo al e-mail (o al menos a un tipo de e-mail, el más personal y privado, el menos profesional y público) en un espacio análogo al de las cartas antiguas, esas que se enviaban en sobre y por correo postal hace no demasiados años, es tiempo de entrar a esa lógica y buscar un tipo de reseña donde el diálogo no sea un valor potencial del texto desplazado hacia el futuro, sino la condición estructural de su producción.
He intentado hacer reseñas El Bocón, pero hasta ahora no he encontrado el jugador adicional que se necesita para llevarlas a cabo. Si hay un libro interesante y alguien dispuesto, en breve podríamos empezar.