Los anteojos de azufre

Un año para Arguedas

 

Por Mario Granda

 

El 18 de enero se cumplieron los 100 años del natalicio de José María Arguedas, fecha que ha servido para inaugurar un año que estará lleno de actividades folklóricas, plásticas, musicales y literarias en torno a uno de los escritores más reconocidos del país. Los gobiernos regionales de Ayacucho, Junín, Pasco, Huancavelica y Apurímac han declarado el año bajo su nombre y las celebraciones y muestras inauguradas en Lima se repetirán en varias de las capitales departamentales. La Comisión Nacional del Natalicio de Arguedas, bajo la tutela del Ministerio de Educación y a cargo de Juan Ossio, ahora Ministro de Cultura, publicará la obra antropológica y etnográfica de José María Arguedas, aún inédita, entre otros eventos por anunciar. No obstante, no todo es de carácter oficial. Diversas instituciones de danza, centros educativos nacionales y privados y grupos musicales también se han unido a las conmemoraciones. El mismo 18 la plaza San Martín fue escenario de conciertos de folklore y rock y en las calles del centro de Lima figuran stencils con el rostro del autor de Yawar Fiesta.

Sin embargo, hay algo en todo esto que, me parece, siempre es importante tener en cuenta. Nunca está mal hacer celebraciones y mucho menos para un escritor, pues cada vez que ocurre algo así tal vez no se trate solo de la persona en sí sino también del oficio. Pero mi pregunta es: ¿Qué nos proponemos al celebrar, al leer Arguedas? O, para ser más precisos, ¿a qué hemos llegado en la lectura de Arguedas? Pues si bien hay mucha celebración aún hay mucho por hacer respecto a lo que conocemos de él. Creo que, a pesar de todo, su obra aún permanece difusa, difícil de objetivar, como podríamos decir de otros escritores o hasta de artistas vinculados al folklore, el canto o la danza. ¿Es leído Arguedas? Mi experiencia personal me dice que no, a excepción de los cursos universitarios o seminarios especializados. Y tampoco se encuentra –aparentemente—en el proyecto de un escritor que –al menos en el ámbito público—se haya propuesto algo parecido.

Y tal vez por esto recuerdo las palabras del padre Gustavo Gutiérrez, quien estuvo en la mesa de conferencias que se organizó en el Congreso de la República el día inaugural. Arguedas, dice Gutiérrez, no es un escritor que haya buscado la universalidad desde su condición de intelectual y del escritor sino, por el contrario, desde su particularidad indígena. En este sentido, el enfoque de Arguedas se desmarca de la tradición letrada –digamos, su “oficialidad”— prácticamente desde la raíz, y tal vez por esto aún el encuentro entre uno y otro ámbito aún no se ha producido del todo. Sin embargo, esta particularidad indígena no viene sola. Una carga de sufrimiento cruza toda esta poética/ética/estética, y, además, irrumpe tanto en su obra como en su vida, y es por eso que es tan difícil distinguir entre una y otra. “¿De qué escribió Arguedas?”, se pregunta el padre Gutiérrez. De los despreciados, de los ninguneados, de los olvidados. De la Kurku, que es la mujer marginada y vilipendiada en Todas las sangres y que va al último porque se dejó violar. De aquello que, en El sueño del pongo, es esa cosa repudiada, como en el momento en el que el hacendado le pregunta al pongo si es “gente u otra cosa”. Y Arguedas escribe sobre esta “otra cosa”. Cosa que no tiene nombre y que está fuera de lo humano.

No obstante, la literatura de Arguedas no queda allí. El sufrimiento, paradójicamente, es también una vía para conocer. Diferente al dolor, que repliega a las personas, el sufrimiento permite reconocer que no solo estamos dominados por un temor a la muerte sino por una fuerza de deseo. El Esteban del El zorro de arriba y el zorro de abajo no espera la muerte: la desea. Él está yendo a la muerte, se da cuenta, pues este es el destino del hombre. Lo mismo ocurre en Arguedas. Para él la cultura y, con ello, el futuro, no están prescritos por la biología o por algún mandato social. Cultura, hombre, futuro, se pueden escoger, y no yacen como cartas echadas.

La obra de José María Arguedas envuelve la vida de su autor y esto hace que muchas veces no se sepa en cuál de ellas buscar. Pienso, sin embargo, que la respuesta no está tanto en “su infancia traumática” o “su condición de marginal”, como tantas veces se ha insistido. Por el contrario, creo que la respuesta se encuentra en averiguar por qué lo que amaba era odiado y, al mismo tiempo, cómo escribir sobre ello. ¿Escribir? Simbolizar, apartar, procesar. Preguntarse por la real importancia –y no tanto su peso académico— de Arguedas es tarea de quienes en este año se sentarán a discutir, hablar y comentar lo que aún, a cuarentaidós años de su muerte, está por conocer. 

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6 Responses to Los anteojos de azufre

  1. nobel's fan says:

    como dice el gran mario en la utopía, el mérito mayor de arguedas fue el de gestor cultural, recopilando y entendiendo el folclore. allí tiene influencia y seguidores. en literatura, ninguna generación de creadores se ha vinculado a él.

  2. nobel's fan says:

    ah, cuando dije gran mario, me refería a vargas llosa, por si aca

  3. Duro pero sensible says:

    No me interesa Arguedas. Por si no lo sabe el más grande poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen también está de centenario señor Granda.

  4. Un zorro says:

    arguedas es lo mejor que le ha pasado al perú, aunque el perú sea lo peor que le haya pasado a arguedas (a pesar de que él nunca lo haya creído así)

  5. Carlita says:

    Profesor Mario que lindo sale en esa foto :)

  6. Mi chica veneno says:

    Efectivamente, la literatura de Arguedas no tiene ningún seguidor. en parte porque su proyecto abarcaba much omás que lo estrictamente literario. O, en todo caso, era un proyecto moderno que buscaba estructurar el país como una totalidad intercultural y heterogénea.
    Lamentablemente se quedó en proyecto. No por culpa de Arguedas, sino por razones que no vienen al caso discutir.
    Y su literatura, por supuesto, sin seguidores. Es normal en un contexto posmoderno como el que atravesamos.