El laberinto de la escritura

Por Lisandro Gómez

Karaoke (Magreb, 2010), la última entrega de Leonardo Aguirre (Lima, 1977), es una propuesta fresca, arriesgada, por momentos amena, que se enfrasca en la resolución de la ambigua cuestión sobre el arte de la palabra, la literatura, y, por medio de una explícita exploración del lenguaje (que por momentos parece una parodia de las vanguardias anteriores a la década del cincuenta), se interroga por la identidad del creador —aunque la respuesta esté dada de antemano: el autor se ha disuelto en el flujo del mercado, detrás de las innumerables máscaras que se ve obligado a portar—. En una sociedad que no sabe definirse a sí misma como premoderna, moderna o posmoderna, los sistemas editoriales no albergan otra esperanza que marcar la pauta de las ventas y el rumbo de la moda, al igual que sus similares en los países del primer mundo. Karaoke indaga por la incómoda pregunta: ¿es —todavía— la literatura un arte? Lo hace, no como si fuera un tratado, a través de la representación de un universo que no puede comprenderse sin las redes sociales, sin la presión ejercida por las grandes editoriales y sin la lógica de la producción en masa y el éxito, como el único fin a perseguirse.

El libro narra la historia de la escritura creativa de Wilson Dormani (que es sólo su seudónimo), autor de tres libros curiosos (e imprescindibles) dentro del universo representado: Broncoespasmos, Seis B y el denominado “Conjunto Textual Unitario” (p. 51). No su vida, sino su obra: las etapas que atraviesa para su canonización (hasta llegar a la fundación del Museo Dormani (p. 87) y la abierta devoción ante sus inéditos (cf. en especial la tercera parte del libro)). Dormani se convierte en el símbolo de una concepción de la escritura literaria como arte de la palabra, que tiene en el cuidado del autor (y su poética) una de sus principales características. Sin embargo, también representa las paradojas que surgen entre esta concepción de sesgos románticos y la aviesa actividad del mercado. Dormani muere como un desconocido para convertirse en un “autor de culto”; al desaparecer de la tierra queda atrapado en la red de la producción en masa, como una mercancía o un objeto cualquiera. El libro nos ubica en una mesa redonda donde se intenta abordar todas las aristas de su escritura; cada parte asume un registro diferente, desde la entrevista al autor de culto hasta sus últimos borradores, que “dictó por teléfono” (p. 90). Se revisan sus cuentos inéditos y también sus reseñas (Cf. tercer y cuarto capítulo). Pero, por otro lado y en simultáneo, hasta donde permite intuir el libro, en esta mesa redonda se le ofrece además un homenaje escrito: un cover-versión de uno de sus cuentos, a cargo de un novel escritor. Todas estas actividades forman parte del ritual de consagración de su obra, de la canonización de su escritura, que la valida y autoriza como un modelo del correcto hacer literario. Llama la atención que se realice después de muerto, como una suerte de homenaje póstumo.

¿Karaoke es una novela, un libro de cuentos, una nouvelle o, como se menciona en algún momento, al referirse a otro virtual escrito, un “Conjunto Textual Unitario”? Esta premeditada falta de género es uno de los primeros atractivos del libro de Aguirre. Un libro compuesto por comentarios, citas y voces; un libro que es él mismo un comentario sobre un autor diferente, desconocido para el gran público hasta ese momento. Karaoke nos “informa” sobre Wilson Dormani, su poética, sus obsesiones y sus proyectos; así busca generar, y genera, la imagen del autor, convirtiéndose en un reflejo de la gran y pequeña industria editorial. El autor es una creación colectiva. Los amigos, escritores algunos, otros no, los periodistas, los expertos (léase críticos literarios) y los editores trabajan en conjunto para la producción del autor. El valor de la obra no se encuentra en ella misma, sino en la manera cómo ha sido recibida por este circuito y en la afinidad que se tiene con él. Toda esta maquinaria se representa (y se caricaturiza) en el libro, incluso a nivel formal, por medio del uso obsesivo del diálogo y de las paranomasias. Las palabras rebotan, sus sonidos y sentidos degeneran, se transforman y mutan en nuevas formas, como un teléfono malogrado en medio de una comunidad insana. La experimentación–parodia del lenguaje tiene como finalidad poner en evidencia la vulnerabilidad de la palabra y la absoluta ausencia de un sentido único o, incluso, trascendente: todo puede, y debe, cambiar con tal de aumentar las ventas.

La configuración de la forma y las imágenes son el producto de la combinación de perspectivas. No existe el autor ni la obra, sino los comentarios que justifican su existencia. El uso de un lenguaje lúdico y veloz marca el ritmo de composición del libro, llegando, por momentos, a convertirse en una feroz crítica de los circuitos productores de literatura contemporáneos. No existe individualidad. Sólo un grupo que se sienta, bebe café y discute sobre la existencia de tal o cual escritor, de su escaso o nulo valor literario, de sus posibilidades dentro del mercado editorial. El libro de Aguirre es literalmente un karaoke, ya que el artista ha desaparecido de la escena, él no interpreta sus canciones. Son otras voces las que definen y señalan el valor de su obra. Lo que él tenga que decir sólo es válido si acaso está muerto y su propio comentario se ha convertido en un documento inédito que le permita a la industria la venta de más libros. Un risueño conjunto de comentaristas, preocupados más en los beneficios que obtienen y en los favores que se le deben, gobierna los circuitos literarios. Karaoke se preocupa por mostrar cómo, en nuestro tiempo, es imposible pensar la literatura lejos de las coordenadas del comercio de libros. Y cómo el arte contemporáneo, el arte de la palabra, se encuentra atrapado en un callejón sin salida. El título y la concepción del libro se compaginan, en este sentido, con la exploración lingüística y formal que emprende. Esto no significa en absoluto que esta se realice de manera exitosa, por el contrario, muchas veces se revela sólo como el intento, casi histérico, por revelar la fragilidad de cualquier oposición al mercado. Salvo estas directrices, la escritura de Karaoke aparece como un ejercicio gratuito, no se buscan nuevos sentidos artísticos, los únicos sentidos que valen son los que busca crear la industria. El texto en su conjunto, por ese motivo, adquiere la consistencia de una parodia, casi un pastiche. Sin metafísica, sin trascendencia, bordeando el nihilismo y, por instantes, el cinismo la escritura se revela vacía, sólo válida en el juego mismo, en el movimiento de las palabras.

Uno de los principales problemas que atraviesa el libro es precisamente la difícil conciliación que se establece entre la experimentación–juego–parodia del lenguaje y la reflexión en torno a la literatura contemporánea. Al final, prima esta última (cf. el capítulo quinto), en una suerte de collage verbal que reúne citas y expresiones de diversa índole en torno a la industria literaria y la identidad del escritor contemporáneo. Esta sección, formulada de esa manera, se asemeja más a un novedoso ejercicio de crítica literaria que a una composición con fines artísticos propiamente. El componente ideológico se superpone al estético. Este predominio se deja notar también en la manufactura de los diálogos, los cuales, por lo general, definen intenciones, deseos, y sólo esbozan, de manera muy tenue, personalidades. La casi total ausencia de un narrador colabora en este sentido. La propuesta del libro radica precisamente ahí: desde la aclaración que se presenta en la página de créditos, sabemos que la obra se asume como un ejercicio ficcional y que “cada cita […] es una transcripción casi exacta del original (el casi alude a nimias variaciones por cuestiones de ritmo)” (p. 6). No extraña que, en el último capítulo, aparezcan sugerentes y, a veces, explicitas referencias a diversos narradores contemporáneos, e incluso clásicos de la tradición occidental —“Escarabajo” (¿acaso Oswaldo Reynoso?), Bellatín, Miller, Cervantes, son algunos ejemplos respectivamente—. Además, la obra establece un vínculo directo con su contexto de producción, Lima, la ciudad capital, aunque de manera esporádica. Cita y ritmo parecen ser dos elementos primordiales para la compresión de la poética de Karaoke.

El personaje de Carolina es, junto a la imagen del difunto narrador Wilson Dormani, uno de los elementos que permite darle unidad argumentativa al libro y persistencia a la imagen de la mesa redonda. Carolina, la moderadora, es la interlocutora de cada uno de los personajes. Caracterizada por su inoperancia respecto a los valores de la diplomacia, tiene el mérito de haber descubierto a Dormani y de mantener vivo su legado. De alguna manera, ha dedicado parte de su existencia a la consagración de su obra, dentro del circuito literario local. El área de representación de la novela, en este sentido, se encuentra especializada de antemano. La historia tácita de Carolina y sus esfuerzos por conseguir un lugar para Dormani dentro del canon literario marca el ámbito y el espacio del universo representado. Nos encontramos ante una obra que posee un código particular, muchas de sus claves y sugerencias están definidas previamente; el lector que inventa el libro debe poseer los instrumentos necesarios para decodificar dichas marcas textuales. La experiencia de lectura que se propone está filtrada por estos requisitos. Aunque se trata de una lectura sencilla, que carece de densidad y que apuesta por lo lúdico (algunas veces esta insistencia se torna sosa), sólo habrá plena satisfacción al resolver las referencias que porta. El público que diseña el libro no sólo consume literatura: también la produce. Karaoke está escrito dentro y para el circuito literario. Está más cerca de la invectiva y la burla que al universo autónomo, prerrogativa mayor de las generaciones anteriores. Su intención primera parece ser, hasta donde percibo, convertirse en una alegoría de la situación actual de la industria literaria. No sólo eso, posee también elementos que conllevan una reflexión sobre los nuevos referentes de la creación (cine, música, series de televisión, comic, etc.) del precario predominio del libro en nuestra sociedad (como libro de consumo ante todo, que rivaliza con otros medios por mantenerse vigente, editorialmente hablando) y de la lógica interesada de la crítica literaria, local por lo menos.  

La discusión sobre los problemas de la industria editorial termina por agotar las posibilidades creativas de Karaoke y condena al libro a un entrampamiento solipsista (¿de escritores para escritores?, ¿de críticos para críticos?). Un libro ambicioso, cuyas pretensiones lo acercan más a la praxis crítica que a la estética. Aun así, Karaoke es un libro entretenido y su lectura es agradable, por lo menos al lector informado. La experiencia con el lenguaje resulta, a veces, divertida, cuando no ingeniosa. Además, la composición del libro le brinda una unidad temática y formal, sin duda envidiable en una época donde los requisitos para escribir bien se reduce a “los libros con destreza, ritmo trepidante y sin mayores complicaciones” (p. 105). Salvo el afán alegórico que, por lo general, resulta impertinente, ya que vulnera la escritura del libro, creo que es importante reconocer el proyecto de su mundo representado como un diagnostico actual del circuito editorial y crítico contemporáneo. Un diagnóstico que ha evadido la forma ensayística y se ha consumado en la ficción literaria. Una muestra más de que la mezcla y la disolución de los géneros literarios es, tal vez, la marca histórica que nos caracteriza. 

Leonardo Aguirre. Karaoke. Lima, Magreb, 2010. 125 pp.

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8 Responses to El laberinto de la escritura

  1. Lo que no dijo Varguitas says:

    Jaja, buena Leo, siempre te veo corriendo cuando acaba un partido de la U rumbo a chapar tu taxi, ya pe compare, para bronca de vez en cuando

  2. Henderson says:

    Buena reseña pero el libro tela, lo leí luego del comentario de Gonzales Perejil y me pareció lo más bajo que ha hecho Aguirre hasta ahora. Ojalá le funciona para la próxima. Saludos.

  3. Patriu says:

    Cuando leo reseñas como esta me preocupo, pues pareciera que están hablando de un libro totalmente distinto. En Karaoke solo vi màs de lo mismo (más de lo mismo que ha venido haciendo aguirre, digo), con absurdos personajes denominados en clave, con diálogos fragmentarios y sin sentido, sin una historia que contar.

  4. Ojos que sí ven says:

    Lo vi, lo vi a Lisandro Meza, Machito Gómez, ¿cómo es? ah, Lisandro Gómez bajándose chela tras chela con Leonardo Aguirre frente a la PUC. Aguirre pagó y dejó doble propina: para el mozaico y para Lisandro. De su billetera sacó también una reseña, la misma que hemos leído acá arriba.

  5. Mesurado 98 says:

    esta reseña está bien, señala las falencias de Aguirre, que hasta donde sé anda en la onda metaliteraria.

  6. Y tu mamá también says:

    La reseña invita a leer el texto. Lo revisaré.

  7. La traición de los intelectuales says:

    Aguirre es sólo un provocador. Ha escrito cuatro libros con el objeto de provocar ruido y sólo ha conseguido quedar como un comentarista a pie de página de los dislates literarios de otros. Leonardo Aguirre es, hasta ahora. un escribidor de falsas novelas que las aplauden sus amigos, escritores falsos, que se alimentan igual que L. Aguirre de la pobredumbre litetaria peruana.

  8. swing says:

    al margen del book de aguirre, creo que la reseña del sr. gomez está bastante bien fundamentada. bien analítica, bien minuciosa. que aprenda javier ágreda!