Un denso y extenso paisaje
Wednesday March 30th 2011, 3:40 am
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Reseñas
Por Diana Gonzales Obando
Paisaje habitado es la primera novela del escritor peruano Oscar Pita Grandi (Lima, 1970). El texto está dispuesto en cuatro partes donde la forma de la narración tiene mayor actitud que la historia, sin desmerecer esta última. Así, con amplias pausas en donde el tiempo de la historia se detiene para dar paso a un relato minuciosamente descriptivo –sobre todo en las primeras páginas que hasta puede resultar extenuante-, las reflexiones subjetivas de la primera persona del narrador, el Dottore, un viejo descendiente de italianos que vive en Ausonia (ciudad arquetípica habitada solo por los personajes de la novela pero ubicada en las afueras de Lima), ocupan largos pasajes de su vida que vienen y van en el tiempo.
Con un sueño se da inicio al encuentro entre el pasado, presente y futuro del personaje, tiempos que conviven en conflicto, entre el rescate de la memoria, el olvido y las premoniciones. El narrador se construye –y edifica el relato- con la libertad que dota una narración que hace uso de la primera persona, como un ejercicio de pensamiento y digresión filosófica sobre la moral, la muerte, el tiempo y la vida, que son a su vez los conflictos de un personaje construido desde la introspección del diálogo consigo mismo. De esta forma, conforme transcurre la historia, el relato se agiliza y aparecen nuevos datos al estilo policial que enriquecen el ritmo de la narración.
La novela posee el vuelo, la intensidad y la cadencia del film El secreto de sus ojos, un misterio oculto que no se revela hasta el final, hasta lograr la inaudita sorpresa de secretos que trascienden las fronteras de la geografía. Es una persecución de claves que emergen de un sueño, de unos gorriones suicidas, de unos grillos copuladores y de unos tantos otros personajes que se entrometen en los sueños y la vida del Dottore. Aquí un fragmento de la agónica angustia del personaje: “Es terrible sentir que uno oculta algo involuntariamente y no poder saber de qué se trata. Como si un vacío nos pesara en las entrañas. Los sueños ejercen un poder sensual sobre nosotros; incluso los más espeluznantes logran atraernos, sus episodios persisten luego del lado nuestro con angustias propias de un mundo sin leyes. Interfieren con lo porvenir y aún con lo ya hecho. Sus consecuencias no deberían caber entre nosotros. Deberían confinarse detrás de nuestros ojos solamente” (p. 365).
Los pocos personajes se apropian de este territorio imaginario que es Ausonia a partir de un español adaptado por ellos a su realidad, con la frecuente inclusión de términos italianos, cómicas escenas “a la italiana” como se pueden encontrar en la cinematografía -tal vez cayendo en el estereotipo- y la descripción de una arquitectura napolitana. Todas estas características logran la verosimilitud de un ambiente inmigrante, familiar y tradicional en las afueras de Lima. Se percibe la conexión con esta en la escena que se desarrolla en el bar Cordano, de dueños italianos, pues Ausonia –llamada así por el autor por el nombre primigenio del Imperio italiano- podría sostenerse por sí sola.
En el año 2007, cuando Federico Andahazi estuvo en Lima durante la presentación de su libro El Conquistador en la Feria Internacional, expuso una idea acerca de la relación entre la extensión de un libro y la demanda editorial. Decía que en los grandes mercados editoriales como el español –dejando a un lado, en este caso, la calidad de la prosa- las exigencias habían cambiado conforme la velocidad de la vida se iba acelerando, motivo por el que las grandes editoriales actualmente solo aceptaban cuentos y relatos cortos. Es decir, mientras menos tiempo tome la lectura el producto será mejor. Si este criterio mercantilista de “menos páginas más ganancia” se hubiese tomado en cuenta antes de la publicación de Paisaje habitado, esta novela no podría haber salido a la luz por su gran extensión (casi 400 páginas), a la que sumadas la densidad de la prosa que da inicio a la novela –pues las cien primeras páginas se podrían asumir como un denso ejercicio narrativo-, dan cuenta de una narración que no presenta el limitado encuentro del simple entretenimiento con su lector, criterio al que sí pueden ingresar algunos best sellers de la actualidad.
Oscar Pita Grandi. Paisaje habitado. Lima, Estruendomudo, 2010. 376 pp.
Segregación N°1
Sunday March 27th 2011, 9:12 pm
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Columnas
La escalera que sube
Por Francisco Izquierdo Quea
1.
Para febrero de 1975 Pedro aún vivía con sus abuelos.
Una noche, mientras todos dormían, Pedro subió al balcón del tercer piso y buscó con la mirada a Carolina y a sus palomas en la casa de al frente.
Como no las encontró, decidió esperar un poco.
Parte de ese día había estado plagado de sirenas y de mucho ruido. Sus abuelos y padres habían hablado de alguna revuelta en la ciudad, entre otras cosas que Pedro no entendió del todo. Sus hermanitas tampoco. Así, mientras él se la pasó leyendo cómics y esperando la noche para ver a Carolina desde el balcón, sus hermanitas se la pasaron jugando a la cocinita y con sus muñecas.
Pedro seguía parado en el balcón del tercer piso. Era una noche de verano y el niño anduvo caminando entre las sábanas de su abuela, entre el resto de la ropa tendida y, de rato en rato, columpiando su cabeza hacia la calle.
La calle, que estaba desierta y sin movimiento alguno, pronto se vio interrumpida por ruidos de vehículos acelerando. Entonces Pedro vio pasar dos autos negros y tres camiones sin capote.
Los camiones estaban copados de hombres y mujeres muertos, amontonados uno sobre otro.
2.
Una mañana de 1986, un grupo de sesenta estudiantes de San Marcos miembros de Sendero Luminoso bloquearon la puerta de la avenida Universitaria, sin posibilidad que alguien entre o salga de la universidad.
La situación se mantuvo por espacio de dos horas. En ese lapso, los jóvenes celebraban con arengas dicho bloqueo mientras el resto de estudiantes seguían en lo suyo: en clases o andando lejos de ahí. Solo algunos pocos se quedaron observando la situación a cierta distancia. Otros pocos, en menor número, se acercaron a querer salir o a reclamar el porqué del bloqueo. Todos ellos eran tildados de soplones y fueron retirados por el tumulto con agresividad.
A unos cien metros de eso, Javier y Martín decidieron esperar a que los de Sendero terminen con su protesta y abran la puerta. Así, permanecieron sentados en las gradas de la facultad de Letras.
Cuando se cumplieron las dos horas del bloqueo, cuatro portatropas del ejército tomaron la pista de Universitaria. Descendieron de los vehículos soldados con fusil en mano y sin decir palabra comenzaron a disparar desde la calle al interior de la universidad.
Los alumnos se dispersaron. Javier se tiró al suelo y llegó a cubrirse tras una columna. Martín alcanzó a descender las gradas y a camuflarse entre los arbustos. A los minutos el fuego se contuvo y quedó solo cierta humareda en el ambiente. Entonces Martín se descubrió, y mientras iba en busca de Javier un tiro le abrió la cabeza.
Los soldados dispararon un rato más. Luego, en silencio, subieron a los portatropas y se marcharon.
3.
Se llama Marcela. Todos los días, apenas despierta, se levanta y va a verse al espejo del baño.
Es sábado, y luego de la sesión del espejo, Marcela se acomoda en un sofá del living con una Cosmopolitan. Sabe que es una frivolidad pero le encanta sentir el contraste de ser una mujer inteligente, capaz y atractiva (desde que perdió la virginidad está segura de ser una mujer inteligente, capaz y atractiva) y frívola a la vez. Adelanta las páginas y decide resolver el ten questions you could ask. El tema: ¿Estás preparada para amarlo mucho tiempo?
Minutos después, los resultados le dan un tres sobre diez. Marcela llora un poco. Es inevitable. O quizá no. Marcela se pregunta entonces en qué falló. Llega a la conclusión de que Horacio es el culpable de todo. Va a la habitación y se mantiene de pie en el marco de la puerta, mientras observa al hombre que aún duerme sobre la cama. Marcela da una vuelta, enciende un cigarrillo. Decide esperar.
4.
Se apellidan Garrido Lecca. Son tres hermanos muy parecidos: bajos, con cabello corto, fornidos y algo gordos. Se llevan entre sí uno o dos años y, sin temor a exagerar, entre 1985 y 1992 se convirtieron en los dueños de la primera cuadra de la Calle Sol. Viven con su madre, sus mujeres y sus hijos en una casa enorme de cuatro pisos.
Fueron los dueños de la primera cuadra de la Calle Sol.
Cada vez que algún vecino hacía alguna fiesta los tres salían en pijama o en short, disparando al aire con sus pistolas automáticas, entraban a la fiesta, golpeaban a algunos asistentes y terminaban su incursión con la misma frase: Huevones conchasumares, a ver si ahora dejan dormir a nuestros hijos, mierda.
Siempre sucedió lo mismo. Solo ellos estaban permitidos de hacer ruido en toda la cuadra. Pero cuando en setiembre del 92 la policía atrapó a Abimael Guzmán y a toda la cúpula de Sendero, halló, entre las personas detenidas, a una prima de ellos: la bailarina Maritza Garrido Lecca.
Entonces la policía los investigó y a los pocos días los tres hermanos fueron encarcelados por vínculos colaterales con el narcotráfico.
Años después, salieron en libertad y nunca más volvieron a irrumpir en alguna fiesta ni a hacer disparos en la Calle Sol.
Desde 1997, todos los 28 de Julio el grueso de la familia Garrido Lecca (con excepción del ministro e inventor aprista) se reúne en la casa de la Calle Sol. Se emborrachan y al caer la noche salen fuera del caserón. Se agrupa, pues, la familia, en un número que oscila entre las cuarenta y cincuenta personas, entre ancianos, adultos y niños. Los acompañan además sus mascotas y empleadas domésticas. Entonces uno de ellos, un hombre viejo de bigotes que siempre va de terno oscuro y corbata, toma un asta con la bandera del Perú y se ubica delante todos. Así, inician un desfile lunático. Recorren ida y vuelta la cuadra cantando el himno nacional. Marchando. A paso firme.
5.
Milongo tiene once años y Carlitos ocho. Son hermanos, viven con sus padres en el apartamento 307 del edificio Las Camelias. Ambos juegan Nintendo todo el día y, salvo algunas peleas y pataletas, no provocan muchos problemas.
Cierta tarde, uno de los vecinos del primer piso, don Raúl, tocó el timbre del apartamento. La madre de los niños fue a abrir.
Empero, hubieron precedentes que acontecieron así:
Don Raúl y su mujer acababan de llegar luego de estar durante un mes en Estados Unidos visitando a su única hija. Ambos habitan el apartamento 103. Son una pareja creyente que vive de sus pensiones, que se dedica a hacer lo que les place, como ir a los toros, hacer pequeños almuerzos con amigos de la parroquia y ver películas.
De modo que ambos acababan de llegar, de acomodar sus cosas, de ventilar la casa cuando, al momento de abrir las mamparas del jardín, se encontraron con un montículo blanco pestilente.
Todo se inició el mismo día que partieron a Estados Unidos. Carlitos, que se encontraba en su habitación jugando con las pelucas de su mamá, sufrió de pronto uno de esos trastornos que les da a ciertos niños: se cagó en los pantalones.
Avergonzado, pues era consciente del hecho, y antes de que Milongo o alguien entre al cuarto, Carlitos solo atinó a desprenderse de su calzoncillo y arrojarlo por la ventana, cual platillo volador.
Entonces el asunto se puso algo serio, pues Carlitos se cagó todos los días del mes ahí, bien acomodado en su cuarto, y con los calzoncillos puestos.
Se cagó todos los días del mes y todos los días del mes arrojaba el calzoncillo por la ventana y calzoncillo tras calzoncillo se iba armando un cerro de calzoncillos en el jardín de don Raúl.
De este modo, el día de su vuelta de Estados Unidos don Raúl fue donde la mamá de Carlitos y de Milongo y le comentó lo sucedido. Le dijo, además, de que él estaba seguro que tal siniestro solo pudo ser ocasionado por sus hijos. La señora lo escuchó en silencio y guardó el respeto del caso, pero cuando metió a sus hijos en el embrollo le dijo que eso no era posible, que se trataba un acto vandálico, que qué madre creía él que ella era. Entonces don Raúl se quedó con la boca abierta, le pidió disculpas y luego se despidió.
Don Raúl bajó hasta su apartamento. Cuando entró, su mujer estaba hablando con Sanidad a fin de que envíen personal para limpiar el desastre. Don Raúl pasó de largo, caminó hasta el jardín y se quedó viendo el espectáculo, horrorizado, mientras mentalmente decía Dios mío, pero qué ha pasado, quién nos ha hecho esta maldición, Padre, ayúdanos.
Y fue en plena desazón que un calzoncillo con caca cayó sobre su cabeza, cubriéndole un ojo y parte de la cara.
Luego del castigo de sus padres, Carlitos dejó de tirar objetos por la ventana de su cuarto.
6.
–¿Te conté que Wendy peleó con Andrea?
–…
–Moni.
–Qué pasa.
–Te decía que si te conté que Wendy peleó con Andrea.
–…
–Moni.
–Qué pasa, Pamela.
–Moni, por qué no me haces caso.
–Porque estoy viendo el partido. ¿Por qué no te vas a la computadora a poner fotos en tu facebook y a jugar con tus amigos pajeros en el messenger mientras termino de ver el partido?
–Moni, eres un imbécil. ¡Te estoy hablando de mis mejores amigas!
–Ya, ya. Wendy y la otra cojudaza. Qué pasó, ¿se pelearon? Ya se amistarán pues. Ahora vete por allá y no fastidies.
–¡Te odio!
–Shhh. Mira lo que tengo acá: el catálogo otoño-invierno de Falabella. ¿Quieres ir luego a Falabella a que te compre algo?
–Sí.
–¿Adónde más quieres ir, mi amor?
–A la peluquería. Hace dos semanas que no voy a la peluquería, Moni.
–Ya, déjame ver el partido entonces y después vamos a hacer todo eso.
–Está bien.
7.
Algunos años antes de que abandonara la universidad y que, según las estadísticas, de los cuarenta ingresantes de su promoción solo él y unos cinco más sobrevivieran, Pepe llevó a su hermanito menor a San Marcos.
Pepe le dijo: Te voy a llevar el sábado a la universidad para que la conozcas, y también para que veas su estadio, mientras yo trote alrededor de la cancha tú puedes jugar fútbol por ahí porque siempre hay chicos peloteando. El hermanito asintió, para él esto no era extraño: antes, varias veces, había ido con Pepe al estadio Chipoco de Barranco y, en efecto, mientras Pepe corría él se la pasaba jugando fútbol con otros niños de su edad.
Entonces cayó el sábado y fueron a San Marcos. Entraron por la puerta de la avenida Venezuela. Las pintas y grafitis con lemas subversivos copaban casi toda la universidad. A pesar de que esto era algo nuevo para él, el hermanito menor no dijo nada. Ambos cruzaron el Muro de la Vergüenza, Derecho, Economía y cuando bordearon Letras las pintas de Sendero aparecieron con mayor realce: todas, absolutamente todas las paredes blancas de la facultad sostenían cientos de consignas hechas con pintura negra y roja.
Luego de esto llegaron hasta el estadio universitario. Ni bien entraron, Pepe se alistó y comenzó a correr alrededor de la cancha. El hermanito menor se quedó a un lado, buscando a otros chicos de su edad con los que pudiera jugar fútbol. No los encontró: todos eran grandes, de la edad de Pepe o mayores, y ninguno jugaba fútbol. Entonces dejó la pelota y su mochila a un lado y se dirigió al centro del campo. Era un día bonito, y el sol de la primavera caía con destellos leves sobre la ciudad. Cuando el hermanito menor llegó al círculo central miró el cielo por unos instantes. Luego cerró los ojos y escuchó las voces y trotes a su alrededor, en un eco particular con las cuatro tribunas del estadio de San Marcos. Con los setenta mil asientos vacíos de esas tribunas. Luego vino el sol en su rostro, brazos y piernas; el viento suave soplando sobre su cabello y el olor del gras.
Cerró los ojos y los mantuvo así por largo rato.
Un inicio prometedor
Friday March 25th 2011, 10:28 am
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Reseñas
Por Rómulo Torre Toro
En una de sus novelas, Javier Cercas hizo una distinción entre buenos escritores y grandes escritores. Y aunque sea difícil determinar dónde está el límite entre uno y otro, este puede ser uno de esos casos. Wells Tower (Vancouver, 1973) ha publicado Todo arrasado, todo quemado (2010), su primer libro de cuentos, con un éxito contundente en los Estados Unidos. Ha sido comparado con John Cheever y Raymond Carver y se ha calificado su aparición en el escenario literario norteamericano como uno de los más deslumbrantes de los últimos años. Esto no es gratuito. Los relatos son, efectivamente, tributarios de su tradición narrativa y es indudable que técnicamente están bien construidos. Pero aún parece muy pronto como para calificarlo de gran escritor. Explicaremos por qué.
Los nueve relatos que componen Todo arrasado, todo quemado poseen una estructura bastante similar. A excepción de “En la feria” que es el único cuento fragmentado del libro y con un ligero matiz policial, los demás relatos están estructurados linealmente, con una secuencia lógica de acciones y una trama que comparte un tema fundamental: la ruptura de los personajes con el mundo al que pertenecen. Las abundantes digresiones permiten conocer más de las relaciones que establecen los personajes entre sí y de la naturaleza de las mismas. Por ejemplo, en el cuento “El ojo tras la puerta” vemos cómo a través de un sueño, se fortalece la necesidad que tiene un viejo, que vive con su hija solterona, de no sentirse como tal. O en “La América salvaje” el narrador reconstruye rápidamente la historia de Jacey, una muchacha insegura, con un enano gordo que es el único que le hace caso. Los diálogos caracterizan a sus personajes, los cargan de personalidad. Una personalidad desafiante, complicada, y que los conduce a quebrar los vínculos con los demás. Este es un aspecto importante. Los relatos de Tower ahondan en las relaciones de familia o de grupo. Los personajes no se sienten nunca cómodos con los otros y buscan modificar su situación. Son empleados en/para empresarios sin visión de futuro, hijas buenas que se escapan con hombres que apenas conocen, vikingos que sienten lástima por las poblaciones a las que arrasan. Sujetos anómalos para la colectividad a la que pertenecen. Esta anomalía hace que los vínculos entre personajes y las acciones que emprenden juntos estén marcados por la tensión, por la constante sensación de que todo se va a quebrar abruptamente en cualquier momento. En ese sentido, parece que Tower le debe mucho a las historias de Carver, plagada de sujetos marginales que cuentan sus miserias y sus divorcios. Tower, aprovecha esta herencia y brinda una imagen distinta de la vida cotidiana en Norteamérica: no una vida feliz y apacible, dedicada al trabajo y al enriquecimiento, sino todo lo contrario: vidas que buscan algo, salir de lo rutinario. Paradójicamente, al salir de la rutina solo les espera la violencia, el desamor, la marginalidad. De ahí la necesidad de explicar el pasado de los personajes a través de digresiones y de utilizar diálogos que evidencien la actitud recia de los mismos. También por esto, el lenguaje es descarnado, directo.
Pero se puede objetar algo básico: ¿qué hay de nuevo en todo esto? Efectivamente, los cuentos de Tower están bien trabajados, las historias están perfectamente engranadas y revelan un manejo diestro de la tensión narrativa. Pero estas no son sus características exclusivas. Por el contrario, estas mismas se pueden rastrear en otros narradores como el ya mencionado Carver, el clásico Hemingway o el más reciente Willy Vlautin. Es decir: los cuentos de Todo arrasado, todo quemado no dan un vuelco a la tradición narrativa norteamericana, no la renuevan, solo la continúan, la convierte en un sello inconfundible de sí misma. Quizás la única excepción sea el cuento “En la feria”. En ella se nos cuenta la historia de un niño, Henry Lemons, que ha sido violando por un hombre de quien solo ve cómo brilla la hebilla del cinturón. Se desata entonces la búsqueda del responsable y, paralelamente, varias historias se despliegan: la historia amorosa del padre del niño Lemons, la historia de Jeff Park que ha abandonado a su madre después de golpear al padrastro, la historia del juez Horace Tate que no se siente a gusto en feria porque todo lo encuentra apacible y él es un amante de la velocidad, la historia de un jovencito criador de novillos, Chad. Historias paralelas que se van mezclando fragmentariamente y que, en apariencia, no aportan nada al caso de la violación, pero que nos descubren las miserias de sujetos sospechosos, oscuros. Finalmente, no se resuelve el delito, pero todas las posibilidades quedan abiertas: puede ser alguna o ninguna. Este es quizás el cuento distinto, el que arriesga en su estructura y en su argumento. Lamentablemente, es una excepción y no una constante.
De este modo, regresamos a la primera afirmación de Javier Cercas. El joven escritor norteamericano es francamente una promesa, pues demuestra un manejo muy hábil de las estrategias narrativas y una solvencia envidiable en la elaboración de historias atractivas y cuestionadoras, a la vez, del estilo de vida de su sociedad. Tal vez sea oportuno recordar aquí que Tower es sociólogo y que podría ser esa la razón por la que enfoca muy bien a sus sujetos inconformes. Puede que sea una explicación, puede que no. Sin embargo, sus relatos no arriesgan todo lo que podrían. Son cuentos bien medidos pero no despegan, no rompen los límites de lo racionalmente estructurado. Si bien busca darle la vuelta a temas como el de la familia, que es ya recurrente en la literatura norteamericana, su apuesta es todavía (y comprensiblemente) muy modesta. En ese sentido, este es un inicio prometedor y del que esperamos que marque, en algún momento, una nueva pauta en la narrativa breve.
Wells Tower. Todo arrasado, todo quemado. Seix Barral, 2010, 270 pp.
Invariable elección
Tuesday March 22nd 2011, 11:36 pm
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Reseñas
Por Lenin Pantoja Torres
El escritor brasilero Rubem Fonseca (Minas Gerais, 1925) ha publicado su última novela, El seminarista (Bogotá, 2010), y confirmado un fenómeno literario que cada vez es más constante en muchos escenarios editoriales: la aparición de libros de buena calidad que, sin embargo, no logran generar o aportar a lo previamente ofrecido por el mismo autor. Casos como este no discriminan nacionalidades, pues se ciñen estrictamente a una demanda editorial que cada vez inclina la balanza hacia aspectos comerciales antes que artísticos. Si alguna vez el compromiso de los editores era sacar a la luz obras que, dentro de las limitaciones histórico-literarias, renovaran o propusieras nuevas formas de hacer literatura, ahora la cuestión va hacia un criterio de oferta y demanda. No sostengo que este elemento nunca haya estado presente, sino que ahora es más notaria dicha inclinación. Con todo esto, hay escritores que constantemente nos dejan buenos libros, pero si revisamos la previa producción nos formularemos algunas preguntas como: ¿en qué medida esta “nueva” obra dice o hace algo por la producción individual de este escritor? o ¿de qué forma se aporta a lo ya ofrecido por otros escritores involucrados temporal y espacialmente con la tendencia del libro aparecido? Por otro lado está la idea de refrescar géneros literarios. En el caso de Fonseca, hay una oscilación entre ambos aspectos aunque la balanza se inclina hacia esta segunda opción.
El seminarista es una novela policial, pero es una novela que no se estructura con los elementos convencionales del género, es decir, no construye mecánicamente una historia a partir de la triada policía-asesino-muerto. Si recordamos un poco, notaremos que dicho género ha sufrido muchas variaciones estructurales. Desde Poe hasta las novelas negras de Dashiell Hammett y Raymond Chandler notamos el racional protagonismo del detective. Luego, con los aportes de elementos periodísticos y la aparición de la non-ficcion, apreciamos que el protagonismo del relato decae sobre el asesino, como ejemplo tenemos a Truman Capote y su A sangre fría. Y finalmente podemos aludir al giro que le dio al género las novelas del narcotráfico donde son los personajes civiles -¿las víctimas?-, involucrados en cuestiones delictivas, los que poseen la centralidad en el relato, basta recordar Rosario tijeras de Jorge Franco. No obstante, todo esto es laxo pues podemos encontrar la presencia de las tres variables mencionadas en cada una de las etapas descritas, ya que hay, sin duda, una lógica dialéctica. En este sentido, la novela de Fonseca puede ser afiliada a la segunda variable, sin embargo, hay algunos aspectos que pasan por el lente personal del escritor, aspectos que logran refrescar al género.
La historia trata sobre Zé, un asesino a sueldo, apodado El Especialista, que hacía trabajos para El Despachante, un misterioso sujeto que le daba datos sobre las futuras víctimas. Todo se complica cuando Zé decide dejar el oficio para buscar una vida común. Este intento será infructuoso pues su pasado lo perseguirá a donde vaya. Zé obtendrá una nueva identidad, se llamará José Joaquim Kibir, se enamorará de una alemana, pero pronto advertirá que es presa de un entramado de eventos que buscan eliminarlo para que calle cierta información que no debe poseer pues pone en peligro la integridad y los negocios de otras personas: los que quieren asesinarlo. Como todo relato policial hay mucha intriga, mucha tensión, ya que los acontecimientos van cambiando constantemente. Asimismo, el lenguaje que posee la novela ayuda a la presentación y el desarrollo de la trama pues agilizan los hechos al punto de tornarlos veloces y legibles, por ejemplo: “Janota se acarició la corbata con los dedos de su mano izquierda. Se prestaba a liquidarme allí, en medio de la calle. Aún tenía los dedos en la corbata cuando le disparé a la cabeza. Una mujer que pasaba gritó asustada; el silenciador de mi pistola es muy bueno, pero el puf llama la atención. Doblé la primera esquina, arrojé la gorra a la cesta de la basura, tomé un taxi y me fui al cine, función de las diez” (p. 18).
La novela de Fonseca está narrada en primera persona, por esto la historia tiene forma testimonial pues todo ya ha ocurrido. El narrador cuenta los acontecimientos desde el final de la novela. Ahora, el relato gana en tensión ya que el narrador-personaje va dando datos con la incertidumbre de no saber lo que aparecerá después -aunque lo sepa todo-. Por otro lado, la estructura novelesca es lineal troncalmente hablando, es decir, si bien la historia es un enorme salto al pasado, los hechos van sucediendo uno después del otro. Asimismo, debemos aludir a los pequeños flashbach dentro del desarrollo de las acciones, los cuales intensifican lo que se narra inmediatamente después ya que explican o aclaran hechos aparentemente extraños.
Los personajes de Fonseca son misteriosos en el sentido del desconocimiento que poseemos de ellos. Cada vez que alguien aparece el lector no sabe cuál será la función que asuma dentro de la novela. Así, podemos mencionar tres espacios en conflicto, espacios contenidos por personajes específicos. Primero tenemos el que integran Zé, El Despachante y Kirsten; segundo, a Ziff, el que aparentemente busca liquidar a Zé; y tercero, a D.S., amigo de Zé desde sus años en el seminario, ya que ambos quisieron ser sacerdotes. Podemos nombrar un cuarto espacio, el de la policía, representado por el detective Vásquez, aunque su participación no es del todo trascendental a diferencia de los tres espacios ya mencionado. En estos sí hay un verdadero conflicto, pues D.S. apoya extraña e incondicionalmente a Zé, Ziff busca liquidar a Zé pero dejando en el camino datos que evidencian ideas extrañas sobre las razones de dicha búsqueda, y El Despachante, que reaparece con una mascarilla en la cara después de que Zé contará que lo tuvo que liquidar para escapar de su pasado, se confiesa padre de Kirsten y busca apoyar a Zé sin advertir que encontraría la muerte en esa empresa.
Sobre estos eventos, es lógica la presencia de elementos oscuros o ilógicos, es parte de los policiales; sin embargo, el hecho de que el narrador no los explique o dé alguna idea al respecto banaliza lo ocurrido. Es el caso de El Despachante. Zé dijo que lo liquidó con balazos en la cara, sin embargo, reaparece sano y salvo; también tenemos la escena final donde un Zé, muy furioso porque asesinaron a su novia Kirsten, busca y mata, recordándonos a las películas hollywoodenses donde un estereotipado héroe liquida, él solo, a un ejército o una banda de criminales, a todos los culpables de su desdicha. Este es el único momento donde apreciamos la actuación estereotipada de un personaje, no un personaje estereotipado. Y tomando en cuenta que es la escena que resuelve la trama, la considero un momento en que la novela se cae, es un recurso muy simple el que opta Fonseca para cerrar los hechos y culminar la historia. Asimismo, no hay que dejar de señalar que Zé es un personaje complejo durante toda la novela. Siempre oscilando entre dejar el oficio y amar intensamente frente al hecho de ser buscado por un pasado del cual no puede escapar porque lo eligió irremediablemente. Asimismo, su conocimiento del latín –lo aprendió en El Seminario- le permite dejar frases que modulan su existencia, es decir, estructura su modo de actuar a partir de los contenidos de dichas frases, por ejemplo: “Ya dije que mi antiguo trabajo exigía valor, prudencia y astucia. Pero olvidé decir que también contenía otro principio: dudar de todo, no confiar en nadie. La paranoia en pequeñas dosis es como el caldo de gallina, no le hace daño a nadie. Como dice el proverbio latino, Cavendo tutus, siendo cauteloso, estarás seguro” (p. 52).
Así como la trama durante toda la novela, salvo el final, los personajes se comportan con las características naturales de su condición, nunca llegan al estereotipo, sus movimientos y sus diálogos son muy naturales, nada impostados. Eso sí, hay una gran cantidad de nombres dentro de la historia, pero sus funciones dentro de la trama justifican sus presencias. Con esto podemos aseverar que todos cumplen un papel, desempeñan un oficio, aportan a complejizar la trama. Por otro lado, son muchos los temas que involucran a las actuaciones de los personajes, sin embargo, es uno el que organiza y provoca el desenvolvimiento de la trama: la elección, una elección irremediable, invariable. Zé eligió ser un métier, un asesino a sueldo, una labor de la cual no podrá escapar como lo advertirá el lector al final de la novela. A este tema se enlazan otros de carácter elevados como el amor concebido como una fuerza que puede destruir cualquier oficio precedente con tal de estar cerca de la persona amada. También tenemos a la vida/muerte aunque de una forma banalizada. Los personajes pierden la vida constantemente, asimismo Zé mantiene una nula relación con la vida terrenal. Son inexistentes las reflexiones sobre este tema.
En cuanto al espacio donde se mueven los personajes, no hay una función plena de la misma. Los hechos transcurren en la ciudad, se mencionan en algunos momentos a las favelas pero la historia nunca se ubica en dichos lugares. Como los personajes, hombres con mucho dinero, los escenarios son restaurantes, cafés, apartamentos, etc. caros. Solo en un momento se menciona un basural en donde fue dejado, malherido y torturado, Zé, víctima de sus secuestradores. Asimismo, si tomamos en cuenta la prosa ágil y nada recargada de Fonseca comprenderemos que no hay una preocupación por describir escenarios. Esto funciona en la novela, los hechos se desenvuelven con la mayor soltura y nunca se detienen porque se narre un escenario tétrico donde se cometa algún crimen, simplemente el crimen se concreta.
Finalmente, El seminarista está dentro de lo que Fonseca hace en sus novelas, relatos que parten de tendencias específicas pero que pasan por el rabillo ocular del escritor, un toque personal no solo en cuanto a forma sino también en cuanto a contenido, ya que suele colocar elementos que hacen original la visión que se maneje de dicha tendencia, en este caso el policial. En consecuencia, este texto no es una mera reproducción del policial clásico –como lo fue El enfermo Moliere, en su momento-, sino una versión y visión personal de Fonseca sobre el género. Por otro lado, el escritor brasilero no escapa de las cuestiones planteadas al inicio de esta reseña, por ejemplo: ¿qué sucede cuando parece que un escritor agota todo su arsenal creativo?, ¿las historias que aparezcan, lo hacen producto de una presión desvinculada de lo creativo? Todo esto me recuerda a una reflexión de Rufus, personaje de Fonseca en la novela Diario de un libertino, una frase que debe leerse y entenderse en el contexto del siglo XXI, jamás de manera literal: “Hay escritores que escriben para vivir, como Balzac, y otros que viven para escribir, como Flaubert” (Norma, 2006, p. 105).
Rubem Fonseca. El seminarista. Bogotá, Norma, 2010. 172 pp.
Nacionalismo radical y coherencia extrema
Friday March 18th 2011, 12:17 am
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Reseñas
Por Lenin Pantoja Torres
Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936), Premio Nobel de Literatura 2010, ha publicado su última novela, El sueño del celta (Alfaguara, 2010), y confirmado una tendencia novelística particular en los últimos años. Precisamente, esta novela consagra una de las principales características del novelista peruano cuando aborda temas de temática histórica: la detallada, pormenorizada, aguda y climatizada documentación pre-textual. Por este motivo, El sueño del celta se ubica dentro de un conjunto de novelas donde la historia cede a la ficción toda una gama de posibilidades en la construcción de mundos posibles totalmente autónomos. Así, esta novela se ubica, por sus virtudes y defectos, al lado de otros textos como Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo, Lituma en los Andes, La Fiesta del Chivo y, sobre todo, El paraíso en la otra esquina, por su homóloga estructura.
El sueño del celta narra la vida y obra de Roger Casement (1864-1916), viajero y diplomático británico, en torno a su papel controversial por su denuncia de las atrocidades contra los negros del Congo y los indígenas del Putumayo. Asimismo, narra el cambio moral y político de Casement frente a la posición colonial de Inglaterra sobre Irlanda. Un personaje comprometido, primero, con la causa civilizatoria liderada por Leopoldo II (rey de Bélgica) que pretendía llevar las “tres C” (cristianismo, civilización y comercio), en palabras de Casement, al Congo. Notaría, después, la verdadera intención del rey belga: apoderarse del caucho a costa de todo, incluso de la vida de los congoleses. El cambio llevará a Roger a comprometerse con la defensa y la denuncia de dichos abusos humanos; asimismo, a viajar a la Amazonía peruana por las polémicas noticias sobre abusos similares a los indígenas, expuestos a otra empresa depredadora del caucho: La Peruvian Amazon Company de Julio C. Arana. Finalmente, Casement va a percatarse del estado colonialista en que vive sumido su Irlanda natal, para terminar ahorcado por el gobierno inglés por traición a la patria (concibió el apoyo a los alemanes como la única forma de debilitar a Inglaterra y lograr, de esta forma, la independencia de Irlanda).
La novela está conformada por quince capítulos organizados en tres secciones (“El Congo”, “La Amazonía” e “Irlanda”) que describen el espacio donde se producen la mayoría de acciones. Por otro lado, la estructura interna se divide en dos coordenadas temporales distintas: Roger Casement preso en Pentonville Prison en el hoy, capítulos impares; y Roger Casement desde su niñez hasta su muerte a través de un extenso flashback, capítulos pares. Asimismo, la presencia de estos saltos al pasado van a acompañar el desarrollo de todos los capítulos produciendo, de esta manera, una repetición de muchas acciones, algo que vuelve predecible muchos de los acontecimientos. El objetivo es claro: producir intriga al mostrar los sucesos de manera segmentada, ya que solo leyendo el desarrollo completo de los hechos se obtendrá una visión total de la historia. Sin embargo, a veces se cae en una reiteración que puede molestar al lector. La intención de generar un impulso tensivo en el relato se ve aminorada por las extensas páginas donde los datos históricos obstruyen la fluidez de la trama. Pese a esto, el lenguaje goza de una buena construcción debido a una armonía entre las oraciones largas y cortas, así como en el uso de adjetivos y la minuciosidad con que se detallan muchos aspectos: “El regreso a la celda le resultó interminable. Durante el recorrido por el largo pasillo de pétreas paredes de ladrillos rojinegros tuvo la sensación de que en cualquier momento tropezaría y caería de bruces sobre esas piedras húmedas y no volvería a levantarse” (p.16). De esta forma, por muchos momentos, la lectura se hace ágil y rápida, lo cual es una virtud en la novela. Por el lado de la historia narrada, el personaje principal posee una vida interesante y atiborrada de experiencias, lo que produce a su vez un efecto de complejidad. Además tiene una buena profundización psicológica y moral de los protagonistas, alejándose por completo de un insustancial acopio de datos históricos. A lo anterior debemos sumar la presencia del narrador omnisciente (en tercera persona) que, muchas veces, monologa las intervenciones del protagonista. Existe, en este sentido, un compromiso y comprensión por lo que dice y hace Casement, nunca abiertas discrepancias que posibilitarían una concepción dialógica entre el narrador y el héroe.
La novela también incide en algunos puntos claves que van a marcar el desarrollo de la trama. Cuando se hace un repaso de la vida de Casement, el narrador se detiene en sus nueve años (muerte de su madre), doce (muerte de su padre) y veinte (primer viaje al Congo), los cuales condicionarán la psicología de Roger. Son ejes del relato los momentos decisivos: la conversación con el pastor Theodore Horte (gracias a quien se va a convencer de lo que sucede en el Congo), la lectura “simbólica” de la independencia de Irlanda por Patrick Pearse (la historia está llena de símbolos, le diría una amiga historiadora), la agria conversación con su amigo Herbert Ward (quien discrepaba de su nacionalismo radical), la azarosa reunión con el espía noruego Eivind Adler Christensen (quien lo traicionaría en su conspiración contra Inglaterra). Asimismo, uno de los momentos de excesiva tensión lo encontramos en las contundentes palabras de Plunkett, un joven nacionalista radical, para justificar el suicida alzamiento de Semana Santa en aras de la independencia: “-Permítame hablarle con franqueza, sir Roger –murmuró, por fin, con la seriedad de quien se sabe poseedor de una verdad irrefutable-. Hay algo que usted no ha entendido, me parece. No se trata de ganar. Claro que vamos a perder esa batalla. Se trata de durar. De resistir. Días, semanas. Y de morir de tal manera que nuestra muerte y nuestra sangre multipliquen el patriotismo de los irlandeses hasta volverlo una fuerza irresistible. Se trata de que por cada uno de los que muramos, nazcan cien revolucionarios. ¿No ocurrió así con el cristianismo?” (p. 420). Por otro lado, es protagónico el oscuro y desconocido contenido de los “diarios” de Roger, los cuales aportaran para su condena. Hay una pretensión de generar el dato escondido pero el lector ya sabe qué contienen esos diarios pues el narrador los fue mostrando a lo largo de la novela.
Como hemos señalado, la construcción de los personajes posee una complejidad psicológica que intensifica cada una de sus palabras, así como muchos de sus movimientos. Desde el inicio uno puede notar que el trabajo documental de Vargas Llosa no solo se centró en conocer todos los acontecimientos en torno a Casement y los demás personajes, sino también en cómo eran, cómo se comportaban, qué manías tenían, etc. No sostenemos que el logro haya sido emular la realidad, sino más bien construir una nueva. Casement es un personaje dinámico quien varía su condición psicológica, ética y política a lo largo de la novela. En él se va a evidenciar, en primera instancia, una creencia ingenua en el proyecto civilizatorio (que generaba risas entre sus compañeros de viajes). Esta cierta ingenuidad va a evolucionar hasta convertirse en un nacionalismo radical, cuya única solución será el levantamiento de las armas. De esta manera, el protagonista no es un intelectual de escritorio, pues luchará en todos los campos posibles llevando su pensamiento a un grado extremo de coherencia. Es esto lo que, finalmente, el narrador resalta: la coherencia extrema de un personaje que se jugó todas sus posibilidades por una causa que tranquilamente pudo desistir: gozaba de la simpatía de la corona inglesa por su trabajo diplomático. Sin embargo, una de los riesgos que afronta la novela es que Casement absorba toda la atención del lector, produciendo una banalización de los otros actores, lo que ocurre en muchos pasajes.
Todos los demás personajes no solo aparecen para acompañar y permitir el desenvolvimiento del protagonista sino que poseen una profundidad que los hace particularmente interesantes. El sheriff de Pentoville Prison se mostrará duro y reacio a la situación de Roger, aunque luego dará un brusco giro en su personalidad y se abrirá al encarcelado contándole su eterno sufrimiento por la muerte de su hijo en la batalla de Loos. Asimismo, las crueldades de los personajes, digamos, villanos no llegan a estereotiparlos. Ellos poseen una atmósfera negativa por sus acciones pero no dejan de ostentar rasgos humanos muy marcados. Por ejemplo, el verdugo Mr. Ellis, a pesar de estar acostumbrado a enviar al otro mundo a muchos hombres, no deja de irradiar cierta ingenuidad, lo que lo lleva a proferir palabras imprudentes en momentos tan tensos y dolorosos como los precedentes al ahorcamiento de Roger. En cuanto a los personajes que no intervienen con su voz, es decir, los negros del Congo y los indígenas del Putumayo, no hay intensión de hacerlos hablar. El narrador muestra sus presencias a través de escasos interrogatorios (filtrados siempre por un traductor) y sobre todo acciones violentas en los que ellos resultan las víctimas. También los percibimos en su total inseguridad y temor ante lo moderno, así como en las descripciones realizadas por Casement o el propio narrador: “… caciques semidesnudos, tatuados y emplumados, a veces con espinas en caras y brazos, a veces con embudos de carrizos en sus falos…” (p. 39). No existen momentos en los que se note una intención de hacer hablar a estos personajes, el desconocimiento de su idiosincrasia está explicitado en la omisión de sus palabras. De esta manera, no hay una impostación de su voz que resultaría perjudicial para la configuración del mundo representado.
Los escenarios en la novela gozan de una gravitante importancia. Ellos son finalmente los que condicionan todo lo que les sucede a los personajes. De esta manera, primero notamos un influjo físico, y luego una repercusión psicológica. Cuando se narra lo que produce la malaria tenemos un gran ejemplo: “Tendría diarreas, hemorragias y la debilidad lo obligaría a guardar cama días y semanas, atontado y con escalofríos” (p. 36). La geografía es un personaje más, pues actúa generando embates a los personajes que no logran aclimatarse. Tenemos grandes ejemplos cuando los miembros de la Comisión enviada al Putumayo, desde Inglaterra, para evaluar la certeza de las múltiples denuncias sobre la Casa Arana, padecen los males del clima selvático. El único que posee una actitud estoica es Roger (su experiencia en el Congo lo había preparado para tales dificultades). Asimismo, las múltiples descripciones de los espacios también son gravitantes para dibujar las coordenadas geográficas por donde se moverán los sujetos: “Parecía increíble que en una ciudad tan pequeña y tan poco atractiva, una inmensa barriada enfangada con rústicas construcciones de madera y adobe, cubiertas de hojas de palma, y unos cuantos edificios de material noble con techo de calamina y amplias mansiones de fachadas iluminadas con azulejos importados de Portugal, proliferaran de tal modo los bares, tabernas, prostíbulos y casas de juego, y las prostitutas de todas las razas y colores se exhibieran con tanta impudicia en las altas veredas desde las primera horas del día” (pp. 141-142). Una de las consecuencias de la buena documentación es la fina construcción de escenarios. La forma como son pintadas parece reproducir, incluso, el olor del terreno.
Por el contenido monumental (muy extenso) de la novela notamos una gran cantidad de temas tocados, tratados y enfrentados. El gran tema de la novela no es la opresión a esas almas cándidas (negros e indígenas), ni la lucha política de Irlanda por independizarse. Estos son temas fundamentales pero que se constituyen como consecuencias del tema medular: la coherencia moral, intelectual, política, sexual y humana de Roger Casement. Un personaje que lidera una doble lucha: con su época, a través de su nacionalismo radical; y con su interioridad, a través de su paulatino convencimiento de su identidad sexual (es un homosexual que solo conoció el placer, mas no el amor). Así, la novela adopta la opción de centrarse en un tema que se produce como consecuencia de las múltiples personalidades que puede tomar el personaje. Esto puede resultar paradójico tomando en cuenta la coherencia referida, pero precisamente esas múltiples aristas se presentan a través de un sujeto que cree ciega y tercamente en un ideal. De esta forma, la coherencia es doble: con su época (muere murmurando “Irlanda”) y con su vida (nunca se arrepiente de aquellas prácticas homosexuales). Sin embargo, la coherencia de Casement no es un elemento que lo sume en las constantes dudas a lo largo de la novela, sino que es una certeza desde un inicio (la novela comienza con el protagonista encarcelado). Roger lucha contra su sociedad no contra sí mismo. No obstante, lo que se muestra como una batalla interior de menor importancia (su homosexualismo) será la responsable de asegurar su condena (por el impacto mediático que generaron sus diarios). De esta forma, lo insignificante se vuelve fundamental para el desenlace.
La novela toca otros temas como la paradójica seguridad de saber quién es el bárbaro y quién el civilizado. También está presente la política que desconoce y destruye amistades (Joseph Conrad y Edmund Morel, amigos de Roger, nunca firman la petición de conmutar su pena). Otro punto fundamental es el precio que se tiene que pagar cuando se instaura la modernidad en espacios ajenos o contradictorios a su naturaleza: La Casa Arana en la Amazonía trajo el progreso pero a un alto costo humano. En este sentido, lo interesante de la novela es que totaliza un sinnúmero de eventos a través de la vida de Casement, aunque banalice otros aspectos de la trama. Finalmente, los mejores momentos de El sueño del celta son aquellos en que se muestra el ya señalado protagonismo de la psicología, es decir, en los intensos diálogos (sobre todo en Pentonville Prison). También debemos llamar la atención acerca de la segunda sección de la novela, pues “La Amazonía” posee las páginas más entretenidas, donde se nota una mayor comodidad del en lo relatado. En ellas el narrador se coloca en el proceso de la historia, dejando, en menor medida que en las otras partes, la gran cantidad de datos históricos. Precisamente, esta documentación resulta, al final, un arma de doble filo: por un lado, ayuda a generar las respectivas complejidades de los protagonistas, los espacios bien delineados y las acciones tensivas; pero, por el otro, produce momentos en los que la repetición de ciertos datos y situaciones genera un cansancio y una interrupción en la fluidez de la trama, únicamente superada por el lenguaje manejado. De este modo, El sueño del celta es una novela que, por momentos, cansa al lector y, por otros, lo atrapa. Precisamente, esta irregularidad es una marca presente en algunas de las últimas novelas de Vargas Llosa. Con todo, este libro afilia al escritor con una tradición novelística de la segunda mitad del siglo XX, donde él es un referente.
De: http://www.elhablador.com/especial18_pantoja.html
Entrevista a John Beverley
Wednesday March 16th 2011, 11:53 am
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Entrevistas
“Los estudios culturales y los estudios subalternos son una crítica, desde otra perspectiva, de la normatividad literaria”
Por Christian Elguera Olórtegui
Iniciados en la India, tras su independencia del Imperio británico, los estudios subalternos constituyeron un referente importante en la década de 1960 en las universidades estadounidenses e inglesas para entender la realidad de los países tercermundistas y los estados poscoloniales. Asimismo, los debates contemporáneos en torno a las transformaciones políticas, el nacionalismo y la inmigración han implicado nuevos enfoques sobre la compleja realidad latinoamericana para definir quiénes son los subalternos y las perspectivas de nación forjadas tempranamente en el siglo XIX y consolidadas en el XX. En ese sentido, los discursos literarios y los testimonios también han podido ser redefinidos desde una mirada transdisciplinaria, que abarque los estudios subalternos, la cultura popular, la cultura de masas, como nuevos referentes en la teoría literaria actual. Se trata de nuevas aproximaciones, nuevas ideologías para acercar la mirada del otro al discurso académico e impedir la fragmentación de los estados como posibilidad inevitable. Por ello, decidimos entrevistar al destacado intelectual y crítico literario John Beverley, uno de los iniciadores de los estudios culturales y subalternos en los Estados Unidos. Su visita a Lima se dio a fines de abril de este año [2010], ofreciendo conferencias sobre estudios culturales y estudios subalternos en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Pontificia Universidad Católica del Perú y el Cetro de estudios literarios Antonio Cornejo Polar.
John Beverley es doctor en literatura por la Universidad de California (San Diego, Estados Unidos), crítico literario y profesor principal de la Universidad de Pittsburgh. Actualmente ejerce las cátedras de español, de literatura latinoamericana y de estudios culturales, además de ser profesor adjunto en los departamentos de inglés y comunicaciones en la misma universidad. Ha sido cofundador del grupo de estudios culturales latinoamericanos y miembro fundador del Programa para Graduados en Estudios Culturales de la Universidad de Pittsburgh. Asimismo, es profesor visitante en las universidades de Stanford, de California, Andina Simón Bolívar, de Minnesota y de Washington. Entre sus publicaciones destacan: From Cuba (2002), La voz del otro. Subalternidad, testimonio y verdad narrativa (2002), Subalternidad y representación, argumentos y teoría cultural (1999), Una modernidad absoluta. Estudios sobre el barroco (1998) y Against Literature (1993), entre otros títulos.
¿Para usted cuáles fueron los factores que condujeron a lo que García Canclini llamó «el malestar de los estudios culturales»?
Para estar claro debería decir, ante todo, que todavía es importante hacer la lucha por los estudios culturales. Todavía los estudios culturales, especialmente en el espacio de la academia latinoamericana, pero también norteamericana, representan un espacio combativo, un espacio insurgente, que si bien ha sido domesticado, institucionalizado, aún está presente. Surge en Estados Unidos y en Inglaterra la idea de estudios culturales casi directamente como una extensión de lo que se ha venido a llamar la generación de los Sesenta. Se trata de una generación que hizo su formación profesional universitaria en los sesenta o inicios de los setenta, y por una razón u otra –fue mi caso– pasaron de la militancia política a carreras universitarias. Hay un proyecto radical, del movimiento de los derechos civiles, de la lucha contra la guerra de Vietnam, del surgimiento del feminismo radical, de una especie de redescubrimiento del marxismo, pero de una forma bastante nueva, más flexible que el marxismo soviético. Pero la otra dimensión de la generación de los Sesenta en Estado Unidos e Inglaterra es que fuimos una generación formada culturalmente por la cultura de masas. Somos quizá la primera generación humana formada por la televisión. La televisión llega a Estados Unidos más o menos a comienzos de los 50, y todos pasamos mucho tiempo mirándola –yo todavía lo hago– o escuchando música popular. Puede ser que nuestra ideología particular del arte o de la cultura sea más vanguardista, pero en realidad, aún si no lo admitimos, somos, en cierto sentido, producto de una cultura de masas.
La visión dominante de la cultura de masas era la de la Escuela de Frankfurt, que leímos con mucho interés, pero a la vez con cierta distancia. Como ustedes saben, su visión es esencialmente de que la cultura de masas es una especie de lavado de cerebro capitalista para domesticar la clase obrera de una forma consumista, especialmente en el campo de la música y el cine. Pero para nosotros la música y el cine en los sesenta eran dimensiones importantes, rebeldes. Entonces ese era uno de los impulsos: de ver la cultura popular, aún en formas comerciales, como un espacio de gestión –agency– progresista. Eso coincidía con una crítica de los límites del modelo humanista de lo literario, un modelo normativo. La normatividad de la literatura es una normatividad inclusiva, pero exclusiva también: hay una parte de la población que no participa, especialmente de las literaturas cultas. Entonces en los estudios culturales hay un impulso, si se quiere, desnivelizador, democratizador.
Los estudios culturales querían tomar en serio el carácter dúctil de la cultura popular, la cultura como ideología, y no como en la literatura, solamente las formas. Se tenía la idea de llevar al centro del pensamiento académico cierto poder de gestión popular, en alianza con lo que podríamos llamar, para abreviar, la “teoría”. El impulso democratizador de los estudios culturales, me parece, es también un impulso transdisciplinario, más que interdisciplinario. “Inter” quiere decir que las disciplinas pueden quedar como son pero pueden dialogar, “trans” implica una nueva manera de pensar las cosas, combinar las disciplinas, pero no es simplemente una conversación.
Encontramos en los ochentas, cuando se comenzó a institucionalizar el proyecto, que sorprendentemente las administraciones universitarias estaban a veces más abiertas a esta idea que nuestros colegas de literatura. De repente era porque, y aquí ya me voy aproximando a la pregunta, había algo en los estudios culturales que era sintónico, en cierto sentido, con el momento neoliberal de los ochenta y los noventa. No es que nosotros fuéramos de derecha, todo lo opuesto, todos éramos de izquierda y pensábamos que estábamos haciendo un proyecto izquierdista, político. Pero como el impulso de los estudios culturales era criticar las jerarquías de autoridad cultural tradicionales (las humanidades, la ciudad letrada), objetivamente coincidimos con esa idea matriz del neoliberalismo de que no debe haber jerarquías previas al acto de decisión racional. Una persona llega guiada, en principio, por su propio sentido de interés hacia una decisión. Es decir, el neoliberalismo a diferencia del conservadurismo tradicional y del neoconservadurismo no implica la necesidad de una jerarquía de valores. Entonces las humanidades no tienen realmente función. Las humanidades solo tienen una función si se supone que es necesario que una persona tenga una posición humanista, que parte de ciertos valores, de cierta formación cultural que sólo puede impartir el sistema de educación formal, secular a través entre otras cosas del estudio de la literatura. A la vez, la historia de la literatura estaba vinculada con la historia de la nación. El neoliberalismo, en principio, es una doctrina simplemente de la libertad de elección. Entonces eso fue lo que nos comenzó a preocupar un poco, esta coincidencia entre los estudios culturales y esta lógica neoliberal y globalizadora de desterritorialización, porque también nosotros hacíamos un trabajo de desterritorialización, aunque desde la izquierda, pensábamos.
El sentido de una limitación crítica del proyecto de los estudios culturales es lo que nos empuja entonces hacia los estudios subalternos. Mientras por otro lado, otros colegas, como García Canclini van en otra dirección, que es la dirección de pensar cómo el campo de los estudios culturales conectaría con las nuevas lógicas de las políticas globales económicas creadas por la globalización; cómo se podía no sólo estudiar, sino también aconsejar a los procesos de producción cultural que implicaban instancias del estado nacional, las ONGs, las corporaciones privadas, que tienen que ver con la producción de la cultura, productores directos de música, teatro, baile… Se pasa de esta forma de los estudios culturales propiamente dicho a las políticas culturales, es decir, a la pregunta de la producción y el consumo cultural.
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El búho insomne
Monday March 14th 2011, 10:54 am
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Columnas
Lima, mi vieja Lima… (la horrible)
Recordando a José María Arguedas
y Emilio Adolfo Westphalen
Por José Rosas Ribeyro
Como cumpliendo un rito personal que me impuse, sin saberlo conscientemente, hace ya varias décadas, vuelvo a Lima cada cuatro o cinco años. Sin embargo, cuando vivía en México (tras dejar el Perú, obligado, en 1975), había jurado ante mí mismo que nunca más pondría mis pies en el país en que nací, porque ese país siniestro se permitía expulsar a sus ciudadanos por razones políticas e, incluso, privar a algunas personas de su nacionalidad por quítame esas pajas. ¿Qué ocurrió para que yo cambiara tan drástica decisión? Pues resulta que a unos seis años de residir en el extranjero, cuando mi casa ya estaba en París, alguien me propuso un pasaje en vuelo chárter a Lima, por un precio irrisorio. Fue entonces que traicioné el juramento que me había hecho en el país de Cantinflas y lo convertí en una cantinflada: aprovechando la oferta volví a Lima por quince días. Y desde aquella vez, sin querer queriendo, cumplo el rito viajero al que me refería al empezar este párrafo.
¿Linda Lima?
He vuelto a Lima en momentos muy diferentes, a lo largo de los años ochenta y noventa del siglo pasado, y de la primera década del veintiuno. He visto la ciudad transformada en infierno, degradada a un punto inimaginable para mí, convertida en pesadilla. Y algo de eso evoco en el poema, “Simón el Estilita vuelve a Lima”, que incluí en el libro titulado, precisamente, Ciudad del infierno (Lluvia Editores, 1994). Esta vez, debo decirlo, he encontrado bastante mejorada a la capital del Perú, aunque la frasecita “Lima está linda”, que el ex alcalde ha puesto por todas partes y en las tarjetas que dan acceso al Metropolitano, sea no sólo una exageración casi risible sino una pachotada, un disparate ridículo. Por lo que he visto, es verdad que Lima está muy bonita en algunos sectores de distritos como Miraflores, San Isidro, Barranco y partecitas del Cercado. Por lo general, se trata de barrios en los que vive la clase media acomodada y la gente adinerada, o de lugares ligados al poder político o al prestigio institucional, o simplemente embellecidos para atraer a los turistas. En cambio, la mayor parte de la ciudad, allí donde vive y se las arregla la gente común y corriente “a pesar de los bajos salarios del Perú” (Belli, “Papá, mamá” en ¡Oh hada cibernética!), sigue siendo tal y conforme la adivinó César Moro en su tiempo: Lima la Horrible.

Dejándome llevar por mi manía ambulatoria, he vuelto a los lugares de mi infancia, he recorrido calles de Bajo el Puente, el Rímac, Lince, Barranco y gran parte del centro, y allí de lindura nada. Lima sigue pareciendo, en gran medida, una ciudad recientemente bombardeada, un espacio caótico y sucio donde la gente sobrevive como puede, dando muestras de una enorme energía y de una capacidad fuera de serie para no ver la terrible fealdad del entorno. Si bien pasear de día por los jardines que bordean los acantilados de la costa verde procura un verdadero placer, el cual de noche se acrecienta con la sobrecogedora presencia del mar detrás de las luces que dibujan las costas, pasear de día o de noche por muchos jirones céntricos, plagados de edificios inhabitados y gigantescos tugurios, por innumerables calles del Callao o de Lince e incluso por los sectores comerciales que se extienden, enormes, por arterias de la Marina, el Mercado Central o la Parada, es como realizar un viaje hacia el horror. La Lima colonial y de inicios de la República, la de las casonas de colores diversos y los balcones de madera, se encuentra por lo general invadida por el comercio, un mal gusto apabullante, y carteles de todo tipo que afean las fachadas e impiden apreciar la belleza de los patios interiores. La mayoría de esas casonas, además, se encuentran en estado ruinoso sin que a nadie se le ocurra hasta ahora un plan de rehabilitación que haga posible que Lima esté realmente linda en el centro histórico.
El transporte que sufrí
Hablo de horror y uno de los horrores de Lima desde hace ya décadas es el transporte público y el tráfico vehicular. Nunca podrá estar linda Lima mientras no se reorganice totalmente la circulación y se ofrezca a los limeños un sistema racional, limpio, moderno, para trasladarse de un lado a otro. Y el centro histórico, por más rehabilitado que estuviera, nunca podría ser admirado en todo su valor si sigue invadido por un más que excesivo tránsito vehicular. El Metropolitano, por supuesto, va en ese sentido, más allá de las críticas que se le puedan hacer por tal o cual razón, se trata de algo casi insignificante dada la dimensión colosal del problema. Me dirán que antes la situación estaba peor. Y es verdad: han desaparecido muchas de las monstruosas carcochas asesinas que cruzaban la ciudad como las siete plagas de Egipto y ahora los choferes y boleteros de los micros y autobuses están un poco más limpios y han aprendido a decir “por favor” y “gracias”, pero esos son sólo detalles ante la necesidad imperiosa de organizar un sistema de transporte coherente, comprensible para todo el mundo y lo menos contaminante posible. No puede ser tampoco que sigan ocurriendo cosas como la que vi un día en que hacía la experiencia de viajar en un micro por la avenida Arequipa: el boletero se bajó del vehículo, avanzó unos metros hacia un árbol y a vista y paciencia de todo el mundo se puso a orinar. Luego volvió a subir y, sin siquiera lavarse las manos, siguió diciendo: “pasajes, pasajes”. Si hay un rubro por el que habrá que juzgar la capacidad reformadora de la nueva alcaldesa de Lima será el del transporte público. No hay razón para que en Lima no se pueda circular de manera decente como, por ejemplo, en Santiago y otras grandes capitales. Acabar con el caos no será fácil, pero la situación actual es insostenible, insoportable.
Los libros que leí
Llegué a Lima el pasado 4 de enero. De París salí leyendo La carte et le territoire, la última novela de uno de los mejores narradores franceses, Michel Houellebecq. Y cuando aterricé en el Callao llevaba ya avanzadas 183 páginas. No obstante, decidí dejar allí por el momento dicho libro y consagrar desde entonces a obras de autores peruanos todo el tiempo que dedicara en Lima a la lectura.
Empecé con Cantar de golondrino. Testimonio de vida de un campesino peruano, sindicalista, obrero, luchador social y revolucionario (Editorial San Marcos, 2007), que compré -creo- en la librería Contracultura de la avenida Larco de Miraflores, porque ese libro, firmado por Roland Forgues, relata la vida de Leoncio Bueno a través de su propio testimonio oral, y yo a Leoncio, amigo querido, admirado poeta, le tengo un gran cariño. Además, de cierta forma, le debo la deportación que me llevó a vivir a México y de allí pasar a París, lo cual, me doy cuenta ahora, ha sido positivo en mi vida. Y le debo eso a Leoncio Bueno porque él me puso en contacto con quienes lanzaron la revista Marka en tiempos de la dictadura militar del general Velasco, una publicación de “apoyo crítico” al régimen que mucho tenía de apoyo y poco de crítica. Sin embargo, por ese poco fue clausurada y yo, como responsable de una parte de ese poco en la sección cultura, fui deportado del país.
Desde que vivo fuera he visto escasas veces a Leoncio, tanto en Lima como en París, pero el afecto que le tengo no ha variado un ápice. Lamentablemente, el libro que le dedica Forgues presenta los defectos que suelen tener los libros de testimonio del investigador francés: descuido, facilismo, falta de rigor. Y eso desde el largo subtítulo de la obra, ya que Forgues “olvida” mencionar que Leoncio Bueno es también, y sobre todo, un poeta muy original. Su vida aventurera, su taller Túngar en el que los muchachos de la familia Sesentayocho organizábamos tremendos reventones que llamábamos callejones partys, su compromiso político, su condición proletaria, su vida de preso en cárceles del Perú, su irrupción en la poesía y su entrega a ella durante décadas y su sexualidad sin hipocresías, merecía un libro de mejor factura, más trabajado, más finamente elaborado. Pero, bueno, algo es algo.
Creo que no había concluido aún Cantar de golondrino cuando me encontré con Carlos Torres Rotondo y José Carlos Yrigoyen en el Haití de Miraflores. Ellos me llevaron algunos ejemplares de Poesía en rock. Una historia oral. Perú 1966-1991 (Altazor, 2010), apasionante libro con cuya realización colaboré aportando mi propio testimonio sobre los orígenes de ese “grupo sin grupo” que fue Estación Reunida a finales de los años sesenta. Desde que lo tuve entre las manos me puse a leerlo y no lo dejé sino una vez concluido. Es una obra llena de vida, pasión, humor, sangre, sudor, lágrimas y contradicciones, en la que vemos como va forjándose la segunda oleada de lo que yo y otros solemos llamar la “generación del 68”. Bello trabajo el de Torres e Yrigoyen, original tanto en su reflexión sobre la poesía peruana del siglo veinte, como en la forma de utilizar las notas a pie de página. Y muy cuidada la edición de Altazor. Sin embargo, en esta primera aproximación oral, testimonial, a la importante relación del rock con la poesía en el Perú del 66 al 91, me parece evidente que faltan muchas cosas, numerosos hechos significativos y anécdotas chispeantes y que sobran algunas inexactitudes. Pese a eso, se trata de un libro que marca un hito en la bibliografía peruana y que se lee como si fuera una novela polifónica. Como apéndice al libro propiamente dicho, Torres e Yrigoyen incluyen una “Antología de la poesía peruana en rock” cuyo principal defecto es, a mi ver, no haber utilizado con todos los autores incluidos los mismos criterios de selección. De mí, por ejemplo, se pone un poema de la época de Estación Reunida, es decir de 1966-67 y nada más, aunque en trabajos posteriores míos, que yo les hubiera podido procurar, se percibe una clara influencia del rock. Los poemas de otros autores, en cambio, no corresponden necesariamente a una época precisa sino al hecho de que sean textos que roquean. Poesía en rock ha tenido comentarios muy positivos en la prensa. Alguien lo consideró entre los diez mejores libros publicados en el Perú en 2010 e incluso el no siempre abierto Abelardo Oquendo le dedicó el 6 de febrero las magras líneas de su columna “Inquisiciones” del diario La República. Allí precisa que se trata de un “libro insólito” ya que es “al mismo tiempo vívido, cuestionador y entretenido”. Y tiene razón en decirlo
En la línea testimonial dentro de la literatura de los dos primeros libros que menciono, se encuentra también el tercero que leí en Lima. Se trata de El ombligo en el adobe. Asedios a José Watanabe de Maribel De Paz (Mesa Redonda, 2010). Aquí también a través de entrevistas se va trazando el trayecto vital de ese excelente poeta y buen amigo que fue José Watanabe. La diferencia estriba, sin embargo, en que en este libro el papel de narrador lo asume la autora, aunque ella misma precisa en diversas ocasiones, que tal o cual aspecto se lo contó el propio Watanabe en los diferentes “asedios” a los que lo sometió a lo largo de varios años. En un país como el Perú, en el que -por desgracia- casi no se practica el género biográfico, el trabajo de Maribel De Paz es también un hito de fundación. Ya por eso es importante, pero lo es además porque permite percibir hasta qué punto en la obra del querido Wata estaba presente su biografía, su trayectoria vital, sus vivencias, sus compromisos, las experiencias de la infancia y adolescencia que habían forjado su carácter. Aunque se trata de un libro elaborado con mucho más cuidado que el de Forgues, no está exento desgraciadamente de errores. Algunos ejemplos: el bar Chino Chino no quedaba en la plaza San Martín ni se encontraba en un sótano, (p. 109): es evidente que la autora lo confunde con el mítico Negro Negro. Maribel De Paz dice que la revista Estación Reunida -que yo dirigí-, tenía influencia maoísta y guevarista (p. 107), cuando en verdad era más bien enemiga del maoísmo en la Facultad de Letras de San Marcos y se situaba abiertamente en una línea castro-guevarista. Oscar Málaga y Ricardo Falla no fueron nunca de Hora Zero ni “parricidas” como se deja entender en el libro (p. 100). Igualmente, Maribel De Paz menciona “en las filas” de Estación Reunida a Patrick Rosas (p. 92), cuando en verdad esta persona nunca tuvo nada que ver con la revista ni publicó en sus páginas, como sí lo hicieron Elqui Burgos, Tulio Mora, José Watanabe y Oscar Málaga. Así como estos errores, hay mucha más información falsa y múltiples imprecisiones en El ombligo en el adobe, debido a que la autora no cruzó entre ellos los testimonios recogidos ni se dio el trabajo de verificar en las fuentes la información recibida. Creo, pese a todo, que se trata de una obra valiosa que, como Poesía en rock, puede ser mejorada y ampliada en próximas ediciones.
Pasé a la lectura de ficción con El furor de mis ardores (Casatomada, 2009), que es, si no me equivoco, la novela más reciente de Siu Kam Wen. Debo decir que la primera vez que me hablaron de un narrador peruano con ese nombre, pensé que se trataba de uno más de esos juegos literarios que se han hecho cada cierto tiempo en Lima. Recordemos algunos de ellos: la supuesta poeta ecuatoriana Márgara Sáenz, inventada al parecer por Antonio Cisneros; el poeta de origen japonés con cuyo nombre, Rafael Yamasato, firmó Hildebrando Pérez algunos poemas de su autoría; los heterónimos, Julio Masías y otros, con que Washington Delgado confundió a la crítica. Pues yo, con esa idea en la cabeza, creí durante cierto tiempo que Siu Kam Wen no existía en carne y hueso como tal. Y, sin embargo, sí existe. Y, más aún, según algunos comentaristas, sería uno de los narradores más importantes del Perú. Abordé, pues, la lectura de El furor de mis ardores lleno de entusiasmo, pensando que quizás me encontraría con un autor de la talla de Oswaldo Reynoso o Miguel Gutiérrez. Cual no sería mi decepción al darme con una banal novela de tema criminal, algo como ya leído mil veces, y, lo que es peor, narrada con una prosa poco original, nada personal y muy descuidada.
Siguiendo en mis búsquedas de literatura peruana, compré en la librería La Familia del Centro Cultural de la Católica, La segunda visita de William Burroughs (Fondo Editorial de la UNMSM, 2006) de Carlos Calderón Fajardo. Había leído en alguna parte que ésta era una de las mejores obras del prolífico narrador nacido en Juliaca en 1946. Yo, por mi parte puedo decir, ahora que la he leído, que comparada con otras, La segunda visita… es más original, más arriesgada y le pide más esfuerzo al lector debido a la complejidad de su estructura y al argumento minimalista que presenta. Debo confesar que en muchos momentos llegó a cautivarme, pese a que Calderón Fajardo aquí también nos entrega un texto que no ha sido suficientemente corregido. ¿Cómo un escritor con su experiencia puede dejar pasar esto, por ejemplo: “Empezaba a sentir extrañas alucinaciones, la droga empezaba a hacer efecto. Empezó a sentirse enclaustrado…”? Y, lamentablemente, éste es sólo un ejemplo entre muchos otros posibles.
Mi última lectura de narrativa en Lima fue Memorias de una dama (Alfaguara, 2009), de Santiago Roncagliolo. Esta novela viene sufriendo de la censura más escandalosa: ha sido retirada de la venta por el editor, Alfaguara, en todas partes del mundo, al parecer a pedido de una adinerada y poderosa familia dominicana que cree verse retratada en este libro de ficción. Hace unos meses leí una nota de Ricardo Sumalavia en la que decía que había podido procurársela y que, tras leerla, la consideraba la mejor novela de Roncagliolo. Dos razones de peso, pues, para que yo tratara de encontrarla y la leyera. La tarea, sin embargo, fue infructuosa tanto en España como en Francia. Y cuando el autor participó el año pasado en el festival francés Les Belles Latines, se vendían todas sus obras menos Memorias de una dama, que ha sido completamente descatalogada. En las entrevistas, Roncagliolo se niega a hablar de ella y aparenta considerarla como inexistente. Como en todas las librerías limeñas que visité brillaba por su ausencia, ya había yo abandonado su búsqueda cuando la encontré, por puro azar, en una librería dedicada sobre todo al turismo que encontré a mi paso, en Miraflores, cuando hacía tiempo para que me entregaran mi nuevo pasaporte peruano. La leí de corrido, sintiendo que la estructura vargasllosiana de la obra se combinaba bien con el lenguaje fresco, desinhibido, que caracteriza la prosa de Roncagliolo. ¿Es lo mejor suyo? Entre las novelas, sí, aunque no he leído El príncipe de los caimanes ni la última, Tan cerca de la vida. Sigo considerando, empero, que es en el volumen de cuentos Crecer es un oficio triste donde se plasma con mayor calidad literaria su gran habilidad para la escritura. Lo sorprendente de esta novela es que en ella se aborda la eventualidad de su censura y se hace referencia incluso a las posibles amenazas que generaría: “-¿Vos sabés con quién te estás metiendo, boludo?”, (p. 313), le dice uno de los personajes al narrador. Aunque no me gusta el papel de escritor mercenario que asume Roncagliolo sin ruborizarse, aprovecho este espacio para denunciar la más siniestra de las censuras: la de hacer desaparecer pura y simplemente un libro. Debo añadir, no obstante, que en el Perú contra la censura existe la informalidad, y que en el vasto mercado del jirón Amazonas, vi expuestos algunos ejemplares de la edición pirata. Leyendo Memorias de una dama volé, pues, hacia Santiago. Llevaba en una maleta más libros de narrativa peruana: dos de Augusto Higa, otro de Calderón Fajardo, y Siu Kam Wen, uno de Jorge Valenzuela, uno de Enrique Planas y otro de su tocayo Prochazka, los cuales iré leyendo en las próxima semanas.

¿Y de poesía qué?
Alguien que conozca algo de mí podría encararme a estas alturas y decirme: “¿Oye, y tú no que eras poeta? ¿Y nada de poesía en tus lecturas?”. Debo confesar que en estos dos meses prácticamente no he leído poesía, salvo algunos poemas sueltos de los libros de José Pancorvo, Oswaldo Chanove, Jerónimo Pimentel, Carlos López Degregori, Karina Valcárcel, Víctor Coral, Domingo de Ramos y Josemari Recalde que compré, y de los de Eduardo Chirinos, Marcela Robles, John Martínez, Rubén Quiroz, Yesabeth Muriel, Martín Zúñiga, Pablo Guevara y Patricia del Valle, que me obsequiaron. Debo decir que entre los regalos recibidos valoro especialmente los dos volúmenes de la serie Los Otros, obras de muy reducido tiraje en las que Quiroz y dos cómplices vienen reuniendo a autores casi completamente olvidados debido a que en su momento abordaron la poesía desde el margen y fueron ahogados por las tendencias dominantes. Qué maravilla descubrir ahí a Mercedes Delgado y Peces de betún, y esa obra maestra que es Idiota del Apocalipsis de Guillermo Chirinos Cúneo. Recuerdo que alguna vez tuve en mis manos la edición original de este breve poemario y que en algunas ocasiones vi deambular por calles de Lima al poeta, con terno y corbata y sin zapatos.
Como para leer poesía necesito tranquilidad en la vida y reposo en el espíritu, lo cual no he tenido en Lima, como es lógico, estando allí sólo por dos meses, me guardo para las próximas semanas y meses la lectura de los diversos y variados poemarios que traje en mi maleta. Hubo, sin embargo, una excepción, un libro que compré ya no sé dónde, en cuanto llegué, y que leí de inmediato. Hay que decir que se trata de una obra de cuya existencia sé desde hace años y que siempre me intrigó porque es la única en verso de un autor que admiro: Oswaldo Reynoso. Ya habrán adivinado que me estoy refiriendo a Luzbel, editado originalmente en 1955 y agotado por completo, y que ahora reaparece en librerías gracias a una cuidada coedición de Estruendomudo y San Marcos. Reynoso tenía veinticuatro años cuando dio a conocer los pocos poemas temblorosos que constituyen Luzbel y, sin embargo, ya adivinamos allí al autor de Los inocentes, El escarabajo y el hombre, En busca de Aladino y El goce de la piel, cortos libros en prosa que son también poesía. (Mientras escribo esto una amiga traductora me informa que una editorial francesa ha aceptado la publicación de su versión en francés de dos de estos libros de Reynoso. La noticia me alegra sobremanera). Autor también, hay que decirlo, de esa obra maestra que es Los eunucos inmortales.
Durante mi estadía en Lima, algo que me impresionó bastante fue la maratón poética que tuvo lugar el sábado 15 de enero en la sala Alzedo. Hasta ahora no sé si se trataba de un homenaje a Lima por su aniversario o a José María Arguedas por el centenario de su nacimiento o, extrañamente, de ambas cosas a la vez, pero poco importa porque escuché durante horas a poetas que conocía y a otros completamente desconocidos para mí. Descubrí a Frido Martín, Rafael García Godos, Karina Valcárcel, Tilsa Otta, Luisa Fernanda Lindo y Raúl Heraud y me dio mucho gusto hacerlo. Me extrañó también que no hubiera prácticamente nadie de la generación del 68, pero lo que me pareció negativo es el aparente desinterés de unos por el trabajo de los otros: por lo general cada poeta leía lo suyo e inmediatamente después se iba, ignorando por completo a los que leerían después. En los años sesenta-setenta no era así -me digo ahora-, y todos, o casi todos, nos interesábamos en lo que hacían los demás nos gustara o no, fueran o no de nuestra propia generación o tendencia. No había la indiferencia y el individualismo exacerbado de hoy en día.
Un último aspecto que quiero destacar en lo que a poesía se refiere es la presencia en Lima de John Giorno. Fueron momentos fuertes, intensos, las dos presentaciones del poeta estadounidense en el Centro Cultural de España. Me gusta su manera despercudida, anti solemne con que aborda la poesía y el hecho de transformar la lectura de poemas en una performance. Pocos son los poetas en el Perú que saben hacer eso. Muchos leen muy mal sus propias obras y las desvalorizan. Que yo recuerde, quien siempre dijo muy bien su poesía es Jorge Pimentel: oír en su voz “Balada para un caballo”, por ejemplo, y otros poemas suyos es algo que no se olvida. Por otro lado, me llamó mucho la atención que la mayor parte de los poetas residentes en Lima brillaran por su ausencia.

Antología consultada
El tema de la poesía me lleva irremediablemente a referirme a la aún inexistente “antología consultada” de la poesía peruana, 1968-2008, que viene preparando en la Universidad de Lima un grupo de poetas y profesores conformado por Carlos López Degregori, Luis Fernando Chueca, José Güich y Alejandro Susti. Hace unos meses, cuando recibí por Internet información sobre este proyecto, ya me pareció tirado por los pelos. Hacer una antología con pretensiones “científicas” ya es de por sí, creo, un disparate. Y servirse para elaborarla de los siempre tan cuestionados métodos de las encuestas de opinión, parece más una broma que algo serio. Más aún cuando se los utiliza de cualquier manera, sin respetar siquiera las normas mínimas básicas que se exigen en este tipo de “investigación”. Sin embargo, el proyecto existe, ya se llevó a cabo la consulta y ahora sólo falta la publicación del libro que dé cuenta del resultado obtenido. De los cuatro responsables de la “antología consultada”, sólo conozco a dos: a López Degregori, sobre todo por su buena poesía, y a Luis Fernando Chueca, por algunos ensayos que me atrevo a calificar de serios aunque no necesariamente esté yo de acuerdo con lo que en ellos se plantea y por la codirección de Intermezzo tropical, una revista que juzgo interesante pese a ciertas deficiencias en cuanto a la ética del trabajo intelectual, de las cuales no hablaré aquí para no salirme del tema. Los cuatro cómplices de esta descabellada empresa consultaron, pues, con un grupo de gente que ellos eligieron de manera arbitraria y a cada uno de los integrantes les hicieron llegar una lista de nombres de poetas y una lista de libros. Los encuestados debían seleccionar sus preferidos en esas listas. Resulta, sin embargo, que la mayoría de los encuestados no conoce gran parte de los libros propuestos, no los han leído nunca. A veces ignoran incluso quiénes son muchos de los poetas arbitrariamente seleccionados por los cuatro de la Universidad de Lima. ¿Cómo juzgar entonces lo que no se ha leído? ¿Cómo destacar a quien no se conoce? He tenido ocasión de conversar con varios integrantes del grupo de los encuestados, algunos de los cuales formaban parte también de la lista de los seleccionados, y todos me han dicho que de los libros propuestos sólo habían leído en verdad una ínfima minoría. Como si esto no fuera suficiente para negar el carácter “científico” de la encuesta, dos de los integrantes del grupo organizador figuran en la lista de posibles autores a seleccionar y libros suyos en la de obras posiblemente representativas. Un principio de base en un estudio de opinión es que no se puede ser juez y parte, no obstante para realizar esta “antología consultada” ese principio tampoco ha sido respetado. Había, pues, razones demás para criticar vivamente este trabajo, lo cual hicieron, creo que con exagerada vehemencia, Tulio Mora y Jorge Pimentel. Desde un principio, por las razones que acabo de explicar, me solidaricé con ellos en su cuestionamiento de la antología, aunque siempre me pareció que el lenguaje utilizado en su texto era excesivamente guerrero y que los ataques personales perjudicaban la comprensión de los principios válidos que defendían.
Ahora bien, lo paradójico de la polémica que se desató con la intervención de Mora y Pimentel es que, salvo honrosas excepciones, no sirvió para discutir con seriedad e inteligentemente si es válido o no pretender crear un canon utilizando tales métodos de “investigación”, si el resultado obtenido tiene pies y cabeza y otros temas afines, sino que fue el detonador de una explosión de insultos y descalificaciones realmente increíble. La polémica como que puso al descubierto capas de rencor y de odio que existen escondidas, no dichas, no asumidas, en el mundillo poético limeño. De todo ello lo peor fueron, creo, las intervenciones de Fernando Ampuero y Vladimir Herrera contra Tulio Mora. Ampuero imbuido en su acostumbrada arrogancia, con desprecio de clase y racismo, y Herrera, a quien el odio lo hizo abandonar la abstracción celestial de su poesía para caer irremediablemente en el fango y la ignominia. Para calificar con muy pocas palabras esta polémica digo que fue nauseabunda.
El cine que vi
Aparte de la lectura, mi alimento más necesario es el cine. Soy un cineasta frustrado que no puede vivir sin las salas oscuras y las imágenes en movimiento proyectadas sobre una pantalla. Qué frustración enorme es, pues, para alguien como yo, pasar días, semanas, meses teniendo para elegir las pocas películas, casi todas estadounidenses, que propone la pésima cartelera limeña. Es tal la situación que películas que no son obras maestras ni mucho menos, cobran más valor que el que realmente tienen. Es el caso del último filme de Clint Eastwood, Hereafter y de Black Swan de Darren Aronofsky, con los que me sentí como un sediento que en medio del desierto encuentra un hilito de agua y lo ve como si fuera un cargado riachuelo. Felizmente, en paralelo con esa cartelera vergonzosa, existe la programación de los diversos centros culturales extranjeros, cineclubes y museos. Así pude ver Velódromo, segunda película del también novelista chileno Alberto Fuguet. Aunque su ópera prima, Se arrienda, fue totalmente fallida, tenía curiosidad de ver hacia donde se había dirigido cinematográficamente tras un primer fracaso. Debo decir que no salí decepcionado. En Velódromo Fuguet busca un lenguaje más personal y se sale de los clichés que inundaron su primera película. Sin ser nada de otro mundo, este filme satisfizo por un momento mi hambre cinematográfica. Ya en otro orden de cosas, en el Centro Cultural de España (probablemente la mejor institución cultural extranjera presente en Lima) pude seguir el ciclo Luis García Berlanga y volver a ver pequeñas maravillas de humor negro y jocosa mala leche como Calabuch, Plácido y El verdugo, además de otras películas, no muy interesantes, de la reciente producción española. En el Museo de Arte del Paseo Colón mientras tanto, se proyectaban cada semana producciones del cine peruano. Si bien la intención es loable y permite que el público siga la trayectoria cinematográfica de su país pese a la poca cabida que tienen en las pantallas comerciales los filmes peruanos, el resultado muestra la extrema pobreza de estos. Lo que vi, La vigilia de Augusto Tamayo, me reafirma en la idea de que Octubre, Contracorriente y las películas de Claudia Llosa (que a mí particularmente no me gustan mucho, sobre todo La teta asustada) son excepciones que confirman que el cine peruano cojea gravemente.
Me dirán ustedes que para ver otro cine hay que desertar las salas comerciales, instalarse en su casa cómodamente y poner videos de lo que a uno se le antoje, porque todo se encuentra en Polvos azules. Es verdad, este gran mercado misceláneo es cinematográficamente hablando mil veces más rico que la cartelera comercial de cine y la única posibilidad en Lima de acceder a películas que en las salas brillan por su ausencia. Sucede, sin embargo, que para alguien como yo el cine debe verse en sala oscura, en una pantalla adecuada, sin teléfonos y celulares que suenen, sin conversaciones que interfieran con los diálogos del filme, es decir, en las condiciones en que llegué al séptimo arte cuando era niño y que, estoy seguro, son las mejores. Pero, bueno, en una ciudad como Lima eso es ahora una ilusión, una utopía, un rito que se perdió y que difícilmente podrá recuperarse. Las salas de cine ya no son para cinéfilos. Ir ahora al cine en Lima es como ir a una discoteca. En este caso sí que el pasado era mejor.
Asistí también a algunas proyecciones del Primer Festival de Cine Lésbico, pero de eso hablaré después. Ya verán porqué.
El teatro que vi

A veces, cuando no voy al cine, voy al teatro. De jovencito quise ser actor e incluso estudié en el Teatro de San Marcos con ese excelente profesor que era Hernando Cortés. Creo, sin embargo, que debido a mi enorme timidez y mi mala memoria no tenía futuro como actor, pero eso no ha mellado en mi amor por el teatro que sigue estando vivo. Ya sé que los meses de verano no son los mejores para ver teatro en Lima. Así y todo asistí a cuatro espectáculos. El primero, Sangre como flores. La pasión según García Lorca, obra de Eduardo Adrianzén puesta en escena por Alberto Ísola, es lo mejor de todo, según yo, tanto como pieza y dirección que como actuaciones. Además, en momentos en que un periodista de apellido Butters dice que si ve a dos homosexuales besándose delante de su casa les daría una pateadura, es casi de salud pública ver esta obra que relata la vida y pasión “escandalosas” de García Lorca y el abominable crimen que fue su muerte en manos de homófobos que se parecen al locutor de radio Capital.
En una de las salas del Centro Cultural de la Universidad Católica, vi Lola, en el marco del festival Saliendo de la caja, en su décima edición. Esta comedia muy ágil, que le debe mucho al teatro del absurdo, es obra de la joven Melissa Ramos Mercado, recientemente egresada de la especialidad de artes escénicas de dicho centro de estudios, quien muestra tener talento para la escritura teatral y fabrica divertidos diálogos en situaciones tiradas de los pelos. Luego, en el Teatro El Olivar de San Isidro, asistí a una representación de Oleanna, un pequeño drama para dos actores firmado por el muy famoso David Mamet. La pieza, que trata sobre los abusos en las acusaciones de acoso sexual en las universidades estadounidenses, fue presentada en una banal y poco imaginativa puesta en escena de un director de telenovelas y sólo se salvó por la excelente actuación de Leonardo Torres Villar, quien, desgraciadamente, tenía enfrente a una novata y dubitativa Alejandra Saba que no estuvo a su altura en ningún momento.
Finalmente, ya poco antes de tomar mi avión para Santiago, acudí a la Alianza Francesa para ver Look Out. Mis expectativas eran grandes, ya que se trata de una obra de César Vallejo. Conozco muy poco los cuatro textos que se conservan de los que el autor de Trilce escribió para el teatro. En París, hace muchos años, vi una puesta en escena muy mala, y con actores aficionados, de La piedra cansada. Este drama incaico con lenguaje poético tal como lo vi aquella vez fue un absoluto mamarracho, por lo cual no puede en verdad juzgar cual era el valor real del texto vallejiano. ¿Qué será Look Out?, me preguntaba yo, pues, mientras leía en La República que la obra trataba de una huelga reprimida en Francia por la policía y que en la versión dirigida por Carlos La Rosa se habían adaptado los hechos al Perú. Más tarde, no habían transcurrido diez minutos desde que empezó la representación y ya estaba yo convencido de la pobreza absoluta del texto, una pobreza tal que ni siquiera permitía a los actores un desempeño correcto. No cabe duda de que ese grandísimo poeta que es Vallejo escribió esta obra para dar curso a su mal asimilado mal-marxismo, siguiendo los postulados del llamado realismo socialista. El resultado es pésimo, hay que decirlo sin rodeos ni falso respeto. Sí, incluso César Vallejo escribió obras malísimas. Look Out es una prueba de ello y una prueba también de que a menudo las buenas intenciones políticas no se concretizan en obras literarias de calidad.
Las exposiciones que vi
Dos de los momentos que más me exaltaron durante mi estadía en Lima fueron los que pasé en las exposiciones Poder verde II. El desborde amazónico, en el muy activo Centro Cultural de España, y La mirada interior. Retrato, género y ciudadanía, en la galería del ICPNA de San Miguel. La primera, una muestra colectiva de doce artistas organizada por el pintor Christian Bendayán, presentó obras que en estilos y soportes diferentes, con materiales y formatos diversos, que van del video a cascos del ejército, sillas y mototaxis, pasando por acrílico sobre tela o sobre llanchamas, o sea, un tejido que se fabrica con cortezas de árboles de la selva. Si hay algo en común en las obras presentadas es la voluntad de todos los artistas de trabajar sobre la temática de la amazonía y sus problemas, sin desligarse nunca del mundo exterior y asumiendo en cada una de sus obras su profundo e irreversible mestizaje cultural. Sorprendente y bastante agradable encontrar al grupo rockero The Kiss o a uno de los Rolling Stones, compartiendo el espacio de arte amazónico con representaciones de creencias tradicionales y denuncias de la catástrofe ecológica. Rico y saludable, una de las mejores muestras de lo que es hoy el Perú, un país en el que se mezclan todas las sangres, todas las culturas.
Otra muestra colectiva que me entusiasmó es La mirada interior, 55 artistas de sexo biológico femenino reunidas para conmemorar otros tantos años de la incorporación formal de la mujer en la vida ciudadana y reclamar que la mujer pueda por fin ocupar el lugar que es suyo por derecho, sin discriminaciones ni exclusiones. 55 obras que representan a la mujer de las diversas regiones del Perú, de la ciudad y del campo, en actividades y situaciones diferentes y a través de soportes, materiales y formatos de lo más variados. Es un “canto polifónico de texturas y colores” dice acertadamente César Augusto Ramos Aldana, el curador de la exposición. Yo quisiera añadir que ese canto nos revela lo mejor del Perú como país y que en ese país en constante construcción muchas mujeres aportan la fuerza de su creatividad y su mirada crítica de la sociedad. Desgraciadamente, no son siempre esas mujeres abiertas, imaginativas, las que conforman grupos autodenominados feministas como el llamado Flora Tristán.
Lesbianas y gays que encontré
El 12 de febrero, no llevaba yo en Lima todavía un mes, cuando la policía apaleó, violentó y se ensañó con las lesbianas y los gays que participaban en la Plaza de Armas en una acción llamada Besos contra la homofobia. Yo no estuve allí pero vi las imágenes por televisión y me hirvió la sangre de indignación. ¿Por qué sólo los pretendidos heterosexuales tendrían derecho a andar por la calle de la mano o abrazados y no los homosexuales?, ¿por qué besarse sentados en una plaza o un parque o apoyados contra un muro es algo aceptado cuando se trata de dos seres de sexo biológico diferente y no cuando son ambos del mismo sexo? La respuesta es una sola: por homofobia. Hay quienes dicen “yo no tengo nada contra los gays y las lesbianas pero…” ¿Pero qué? Y hay otros que abiertamente condenan a los homosexuales al infierno y quisieran erradicarlos a como dé lugar de la sociedad en la que viven, encerrándolos en hospitales psiquiátricos o campos de concentración, como hizo Cuba en los años setenta en nombre de la revolución socialista y harían muchos en el Perú en nombre de la religión cristiana. En ambos casos se trata de homofobia. En el primero se da muestras de una supuesta “tolerancia”: no hay problema con los homosexuales siempre y cuando estos sean invisibles, se escondan, no dejen ver sus afectos, se autocontrolen y parezcan heterosexuales, es decir, gente “normal” en la vida pública. En el segundo caso las cosas están claras: es gente partidaria de sociedades autoritarias, rígidas, cerradas, en las que hasta la sexualidad está regida por una norma impuesta desde el poder, sea éste religioso o político. A ambas homofobias hay que combatirlas sin descanso, porque en ello van los valores auténticamente democráticos. Se comienza persiguiendo y apaleando a los gays, a las lesbianas, a los travestis, a los transexuales, a los gitanos, es decir, a los diferentes, a las minorías sexuales y culturales, y se termina siempre en la dictadura, en la tiranía de los fuertes y los mayoritarios.

Días antes de estos hechos, me había enterado a través de un cartelito pegado en un muro de la calle Shell, que entre el 18 y el 22 de enero tendría lugar en un local del Movimiento Homosexual de Lima en Jesús María, el Primer Festival de Cine Lésbico. Acompañado con mi pareja (de sexo femenino), asistí a varias proyecciones en un ambiente agradable y risueño, y nadie nos mostró rechazo alguno porque teníamos apariencia de ser heterosexuales. Al contrario, hubo palabras y gestos de simpatía. Vimos La tarea, un documental cubano bastante ligero realizado por la peruana Milagro Farfán, y uno francés, más bien hard y osado, de la francesa Emile Jouvet, conocida en Europa por ser una de las animadoras del movimiento “porno para mujeres”. También un largometraje estadounidense, The kids are all right, de Lisa Cholodenko, tan soft y pasado por agua bendita que hasta fue, creo, candidato a un premio Oscar.
Otro momento importante en el Festival de Cine Lésbico fue la presentación de Visibles, Revista lésbica del Perú, de la que se encargan dos jóvenes, una periodista y la otra antropóloga, tan brillantes como simpáticas: Amanda Meza Ruiz y Raquel Pérez Andrade. Esta revista militante no está desprovista de humor y creatividad y, entre las diversas reivindicaciones femeninas que defiende, figura la del acceso de las mujeres de las clases populares al aborto, lo que ningún político asume por temor a las represalias de la iglesia.
Luego, el 19 de febrero, respondiendo a una convocatoria del MHOL, acudí a la Plaza de Armas para asistir a un nuevo happening Besos contra la homofobia. Esta vez no hubo violencia ni insultos por parte de la policía porque las agresiones del día 12 habían hecho mucho ruido. Me llamó la atención encontrar allí a Javier Diez Canseco, candidato al parlamento por el movimiento de Humala, declarando a quien quisiera oírlo que apoyaba las movilizaciones del colectivo homosexual y que, de ser elegido, defendería con fuerza en el Congreso de la República la igualdad de derechos de gays y lesbianas. Un discurso, en suma, que no suele oírse entre los políticos peruanos. ¿Puro oportunismo pre electoral? Quién sabe. Ya veremos qué hace si el voto popular lo convierte de nuevo en congresista.
Lo más extraño de todo era, sin embargo, que alrededor de la Catedral se había formado un cerco protector de gente arrodillada que rezaba “Padres nuestros” y “Ave Marías” dando la espalda a los pecaminosos maricones que habían tomado la plaza, se besaban y reclamaban con vigor el respeto de sus derechos ciudadanos. Ver a esa gente, allí, de rodillas, protegiendo el templo de las fechorías del demonio era como para morirse de risa. Luego, al oírlos hablar y escuchar sus declaraciones a la prensa, más que risa daban miedo y provocaban la indignación de quienes, como yo, soportan mal que en nombre del amor se proclame el odio.

Prensa que leí, campaña que vi
Voy a terminar este recorrido de dos meses por Lima con una mirada rápida a la prensa que leí y a la campaña electoral que seguí casi de puro masoquista. Durante ese tiempo leí todos los días por lo menos un diario de estos: La República, El Comercio, Perú 21 y La Primera, y a menudo más de uno. ¿Y cuál crees que es el mejor?, me puede preguntar alguien con ganas de que cierre de una vez esta crónica que se está haciendo interminable. A mi modo de ver las cosas, ninguno es bueno y la prensa peruana en general es lamentable. El diario de los Miró Quesada es como una momia que se mantiene en vida gracias a la agitación de una familia que se alimenta con sus propias luchas intestinas. En mi casa, cuando yo era chico, El Comercio era la única publicación que se compraba y se leía, y servía después para envolver la basura. Hoy tiene la respetabilidad hipócrita del viejo que ha envejecido mal y exhala aburrimiento en cada uno de sus páginas. La Primera, por su parte, sólo vale algo por César Lévano, ya que el veterano periodista que fue alguna vez comunista y hoy es humalista, por lo menos sabe pensar con coherencia y escribe con las manos y no con los pies, como desgraciadamente lo hace gran parte de sus desdichados redactores. Perú 21, hijo barato de El Comercio, ya no es lo que me parece que quiso ser: un espacio bastante abierto donde confluían ideas y plumas diversas y contradictorias, Álvarez Rodrich y Néstor Manrique, por ejemplo, liberales consecuentes e izquierdistas moderados. Ellos se fueron, los echaron más bien, y hoy Perú 21 es, como su padre protector, un producto insulso en el que los días lunes se puede apreciar la salsa un poco picante de Jaime Bayly.
Queda La República, el menos malo de los diarios peruanos, a mi parecer, ya que heredó la plantilla de columnistas despedidos de Perú 21 y se enriqueció con ellos. Seres pensantes, que reflexionan y tienen buena pluma, cuyos artículos se pueden leer con gusto aunque no estemos necesariamente de acuerdo con sus puntos de vista. Lo lamentable es que esas firmas tengan que convivir con páginas y páginas dedicadas a la peor farándula, a la televisión basura y, durante el tiempo que estuve en Lima, a las penas del alma de un maquillador y estrella de la tele al que han metido preso, con justa razón, porque atropelló a alguien estando borracho y además se dio a la fuga. Otro aspecto que rebaja a este diario es la pobreza de su información cultural: una sola página en la que, en el peor de los casos, no se hace sino reproducir un artículo sobre un evento que tiene lugar en el extranjero y, en el mejor, se incluye un reportaje sobre teatro, literatura o artes plásticas o una entrevista a un escritor, pintor o músico. Eso es todo. Por comparación diré que en un diario francés llamado Libération la sección cultural ocupa cotidianamente tres o cuatro páginas y a veces incluso más, como también es el caso, por el ejemplo, en El País, de España.
No obstante esa debilidad esencial, en páginas de La República he leído a Álvarez Rodrich, comentarista siempre brillante de la actualidad política y social del Perú, un hombre que no tiene pelos en la lengua y dice lo que otros -y sobre todo los políticos de todas las tendencias- se callan. El 31 de enero, por ejemplo, en medio de una campaña con pocas ideas y muchos insultos, este periodista que honra a la profesión declaró sin dudas ni vacilaciones que es partidario de tres medidas de suma importancia a las que yo adhiero también con similar convicción que la suya: la unión civil y una reglamentación que impida toda discriminación debida a la opción sexual, la despenalización del aborto y la legalización de las drogas. Estas temáticas fundamentales casi no se debaten en el Perú, y en la campaña electoral y en la prensa cotidiana no ocupan el lugar que merecen, silenciados unos y otros por el poder apabullante de la iglesia. En La República también, el 20 de febrero, en relación a la movilización lanzada por gays y lesbianas en defensa de sus derechos, escribió Jorge Bruce lo siguiente: “Es inútil pretender con oraciones el deseo ajeno, pero más inútil aún es hacerlo con el propio. Ni los rezos ni los golpes sirven contra la fuerza del deseo: esa es una lección que las sociedades civilizadas han aprendido hace décadas. En cambio los estados totalitarios como El Vaticano, Libia o Cuba se aferran a su intolerancia mediante la violencia física y moral. La lucha de los gays por ser reconocidos ayuda a la causa de todas las demás discriminaciones que hacen de nuestro país un lugar atrasado e injusto…” En este tema pienso también más o menos lo mismo que el columnista de La República.
En muchos países del mundo –Argentina, México, España, para quedarnos en los de lengua castellana- los diarios ofrecen el fin de semana suplementos ricos en información, reflexión y cultura. No es el caso del Perú. El Dominical de El Comercio da pena, y como único elemento de interés presenta la visión de la actualidad literaria peruana de Ricardo González Vigil. A mi modo de ver, lo único que se salva un poco de la mediocridad general es el Domingo de La República, que no es una mala revista.
¿Qué más queda? La veterana Caretas ya fue: se ha quedado como paralizada en el tiempo y da que hablar solo a través de los escandalitos que promueve para que nos demos cuenta de que aún existe. Y queda, pues, Hildebrandt en sus trece, la única publicación realmente crítica y de clara y franca oposición política. Debo confesar que, durante mi estadía limeña, la leí cada semana con verdadero interés. Algo en ella me molesta, sin embargo: una exagerada rabia anti chilena que de tan machacona parece ya caricatura.

¿Y cómo termino? Volviendo a la literatura y el cine, grandes pasiones de mi vida, a través de dos publicaciones que no tienen parangón en el medio peruano: Godard! y Casa de citas. La primera la conocí en mi anterior estancia en Lima, durante el Festival de Lima de cine, donde pude encontrar a sus dos directores, Claudio Cordero y Sebastián Pimentel, a quienes entrevisté para Radio Francia Internacional porque desde ya su trabajo me pareció valioso. Ellos dos y los redactores y colaboradores de la revista se baten por un cine de calidad, un cine que es arte y no únicamente un producto comercial. Y lo hacen en un medio que, como lo decía antes, posee una muy pobre cartelera cinematográfica. De número en número, abordan también de lleno y sin complacencia la problemática del cine peruano. Y así, con la misma lucidez que los ha llevado a vapulear a Lombardi, Durant y Tamayo, quienes -según ellos-, han roto con el cine, destacan las virtudes de una cinta como Octubre, de Diego y Daniel Vega, a la que eligen -con justa razón, creo yo-, como la mejor película peruana del año. Yo añadiría que también de muchos de los últimos años porque no veo qué otra puede igualarla en calidad. Queriendo ser optimistas en medio del desastre Cordero y Pimentel ven el balance del año 2010 como “esperanzador”. Dios los oiga, aunque por lo general ese señor no tiene oídos para nadie.
La otra revista de la que quería decir algo es Casa de citas. La descubrí el sábado aquel de la maratón de poesía, en el mercado de libros revistas y fanzines que se organizó en el Teatro Segura. Se trata de una publicación esencialmente femenina, en la medida que tanto la dirección (las “anfitrionas”) como la diagramación y el arte la asumen mujeres. No sé con cual de los dos “anfitrionas”, si con Luz Vargas o con Militza Angulo, estuve conversando durante un buen momento el 15 de enero. La impresión que me causó mi risueña interlocutora en esa ocasión y la que me dio luego la lectura de la revista, son excelentes. Además de eso, me parece una muy buena idea que los números sean temáticos: “Vanguardia”, “Sexo”, “Locura”, en los tres que tengo a la mano. Es una revista de literatura abierta, entusiasta, osada, despercudida, antisolemne, en la que se encuentran textos de escritores de ayer y de hoy, del Perú y de fuera, y de tendencias diferentes, como también ensayos serios que no han sido escritos para que los lean solo especialistas. ¡Bravo chicas!, les digo. Esa es la revista que me hubiera gustado hacer cuando vivía en el Perú y que alguna vez soñé con publicar aquí en París. Y así, entusiasmado, porque a pesar de los pesares en Lima y en el Perú hay fuerzas creativas en plena ebullición, me despido de ustedes hasta muy pronto.
*Fotos en el texto por J. Rosas Ribeyro.