Los anteojos de azufre

Polvo y poesía

 

Por Mario Granda

 

       Y ellos me decían con ese tono español tan peculiar, esa musiquilla ríspida que no los abandonó nunca, como si encircularan las zetas y las ces y como si dejaran a las eses más huérfanas y libidinosas que nunca, Auxilio, me decían, deja ya de trasegar por el piso, Auxilio, deja esos papeles tranquilos, mujer, que el polvo siempre se ha avenido con la literatura. Y yo me los quedaba mirando y pensaba cuánta razón tienen, el polvo siempre, y la literatura siempre, y como yo entonces era una buscadora de matices me imaginaba unas situaciones portentosas y tristes, me imaginaba los libros quietos en las estanterías y me imaginaba el polvo del mundo que iba entrando en las bibliotecas, lentamente, perseverantemente, imparable, y entonces comprendía que los libros eran presa fácil del polvo (lo comprendía pero me negaba a aceptarlo), veía torbellinos de polvo, nubes de polvo que se materializaban en una pampa que existía en el fondo de mi memoria, y las nubes avanzaban hasta llegar al DF, las nubes de mi pampa particular que era la pampa de todos aunque muchos se negaban a verla, y entonces todo quedaba cubierto por la polvareda, los libros que había leído y los libros que pensaba leer, y ahí no había nada que hacer, por más que usara la escoba y el trapo el polvo no se iba a marchar jamás, porque ese polvo era parte consustancial de los libros y allí, a su manera, vivían o remedaban algo parecido a la vida.

Este fragmento de la novela Amuleto, de Roberto Bolaño, me recuerda el cuento El polvo del saber, de Julio Ramón Ribeyro, donde también se habla de libros y polvo. Pero a diferencia del fragmento citado, donde ambos elementos confluyen, en Ribeyro se excluyen. La historia cuenta la vida de un joven estudiante que siempre admiró la biblioteca de un abuelo que, con el tiempo, se pierde en manos de familiares que descuidan el tesoro. Finalmente, y después de tanto guardarse, los libros terminan molidos, y el estudiante solo logra rescatar, con pena, un libro que, más que un libro, termina siendo un recuerdo nostálgico de la biblioteca perdida. Como ya podemos intuir, Ribeyro no está hablando exactamente de los libros y el polvo (y tal vez tampoco del saber) sino de esa gran cantidad de bienes perdidos que existen (o existieron) si nos ponemos a pensar en los bienes perdidos que ya se nos perdieron.

Libros y arena

 

Pero el polvo no termina allí. Borges tiene su libro El libro de arena y varios poemas dedicados a este elemento universal. Allí el poema Ni siquiera soy polvo, en el que Alonso Quijano confiesa que

                  Soy un sueño
             que entreteje en el sueño y la vigilia
                          mi hermano y padre, el capitán Cervantes,
         que militó en los mares de Lepanto
              y supo unos latines y algo de árabe…
 

  

Por demás decir que las aventuras del Quijote despiertan mucho polvo y que su libro, dice la leyenda, fue escrito en árabe, el idioma de la arena. Es el polvo el que hace ver al Quijote un ejército de diversas e innumerables gentes y no un rebaño de ovejas y carneros, como dice Sancho.

Polvo, roca o tierra, los libros tienen una extraña pero íntima relación con los elementos más toscos y agrestes, y tal vez el libro que llevamos a la playa para leer no se sienta muy lejano al mar, la arena, la arena mojada –aunque siempre, ante el inminente peligro de los elementos, siempre tratemos de cuidarlo—. Vallejo nos habla también de esta relación en Yuntas:

          Completamente. Además, ¡mundo!

  Completamente. Además, ¡polvo!

 

La trágica historia de la Biblioteca de Alejandría –en el trágico pensamiento occidental, porque para él todo es trágico— resume, a su modo, esta aversión entre libros y elementos. Su quema en manos del feroz Saladino (historia que está bien arreglada, pues quemas hubo muchas y no solo de árabes sino de los propios romanos) es hasta ahora el símbolo de la lucha a fuego entre cristianos y árabes.

Pero volviendo al polvo y a Bolaño, ese polvo también está en casa. Tal vez ya no con esos aires épicos o solemnes del pasado, pero sí con ese estante que hace tiempo no se limpia o ese aire que entra por la ventana. Y vale la reflexión que aparece en Amuleto (en la voz de Auxilio Lacouture, su heroína) quien nos dice que polvo y libros son consubstanciales y, por ende, amigos y parientes. 

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4 Responses to Los anteojos de azufre

  1. el educado says:

    una pregunta, señor Granda, ahora que hay una efervescencia por la existencia de los medios electrónicos y la presencia de los libros y textos literarios en ellos, cree usted que las bibliotecas, libreros, estantes, etc. se llenarán cada vez más de polvo?, lo cual implicaría la desaparición de dicho soporte, o más cree en la convivencia?
    Gracias.

  2. facebookera says:

    “me gusta”

  3. Duro pero sensible says:

    Del post creo que más son citas que texto suyo, señor Granda. ¿Qué pasó?

  4. El Nene y Caradura says:

    lo mejor de todo es borges