El búho insomne

Lima, mi vieja Lima… (la horrible)

 

Recordando a José María Arguedas

 y Emilio Adolfo Westphalen

 

Por José Rosas Ribeyro

 

Como cumpliendo un rito personal que me impuse, sin saberlo conscientemente, hace ya varias décadas, vuelvo a Lima cada cuatro o cinco años. Sin embargo, cuando vivía en México (tras dejar el Perú, obligado, en 1975), había jurado ante mí mismo que nunca más pondría mis pies en el país en que nací, porque ese país siniestro se permitía expulsar a sus ciudadanos por razones políticas e, incluso, privar a algunas personas de su nacionalidad por quítame esas pajas. ¿Qué ocurrió para que yo cambiara tan drástica decisión? Pues resulta que a unos seis años de residir en el extranjero, cuando mi casa ya estaba en París, alguien me propuso un pasaje en vuelo chárter a Lima, por un precio irrisorio. Fue entonces que traicioné el juramento que me había hecho en el país de Cantinflas y lo convertí en una cantinflada: aprovechando la oferta volví a Lima por quince días. Y desde aquella vez, sin querer queriendo, cumplo el rito viajero al que me refería al empezar este párrafo.

 

¿Linda Lima? 

He vuelto a Lima en momentos muy diferentes, a lo largo de los años ochenta y noventa del siglo pasado, y de la primera década del veintiuno. He visto la ciudad transformada en infierno, degradada a un punto inimaginable para mí, convertida en pesadilla. Y algo de eso evoco en el poema, “Simón el Estilita vuelve a Lima”, que incluí en el libro titulado, precisamente, Ciudad del infierno (Lluvia Editores, 1994). Esta vez, debo decirlo, he encontrado bastante mejorada a la capital del Perú, aunque la frasecita “Lima está linda”, que el ex alcalde ha puesto por todas partes y en las tarjetas que dan acceso al Metropolitano, sea no sólo una exageración casi risible sino una pachotada, un disparate ridículo. Por lo que he visto, es verdad que Lima está muy bonita en algunos sectores de distritos como Miraflores, San Isidro, Barranco y partecitas del Cercado. Por lo general, se trata de barrios en los que vive la clase media acomodada y la gente adinerada, o de lugares ligados al poder político o al prestigio institucional, o simplemente embellecidos para atraer a los turistas. En cambio, la mayor parte de la ciudad, allí donde vive y se las arregla la gente común y corriente “a pesar de los bajos salarios del Perú” (Belli, “Papá, mamá” en ¡Oh hada cibernética!), sigue siendo tal y conforme la adivinó César Moro en su tiempo: Lima la Horrible.

 

Dejándome llevar por mi manía ambulatoria, he vuelto a los lugares de mi infancia, he recorrido calles de Bajo el Puente, el Rímac, Lince, Barranco y gran parte del centro, y allí de lindura nada. Lima sigue pareciendo, en gran medida, una ciudad recientemente bombardeada, un espacio caótico y sucio donde la gente sobrevive como puede, dando muestras de una enorme energía y de una capacidad fuera de serie para no ver la terrible fealdad del entorno. Si bien pasear de día por los jardines que bordean los acantilados de la costa verde procura un verdadero placer, el cual de noche se acrecienta con la sobrecogedora presencia del mar detrás de las luces que dibujan las costas, pasear de día o de noche por muchos jirones céntricos, plagados de edificios inhabitados y gigantescos tugurios, por innumerables calles del Callao o de Lince e incluso por los sectores comerciales que se extienden, enormes, por arterias de la Marina, el Mercado Central o la Parada, es como realizar un viaje hacia el horror. La Lima colonial y de inicios de la República, la de las casonas de colores diversos y los balcones de madera, se encuentra por lo general invadida por el comercio, un mal gusto apabullante, y carteles de todo tipo que afean las fachadas e impiden apreciar la belleza de los patios interiores. La mayoría de esas casonas, además, se encuentran en estado ruinoso sin que a nadie se le ocurra hasta ahora un plan de rehabilitación que haga posible que Lima esté realmente linda en el centro histórico.

 

El transporte que sufrí 

Hablo de horror y uno de los horrores de Lima desde hace ya décadas es el transporte público y el tráfico vehicular. Nunca podrá estar linda Lima mientras no se reorganice totalmente la circulación y se ofrezca a los limeños un sistema racional, limpio, moderno, para trasladarse de un lado a otro. Y el centro histórico, por más rehabilitado que estuviera, nunca podría ser admirado en todo su valor si sigue invadido por un más que excesivo tránsito vehicular. El Metropolitano, por supuesto, va en ese sentido, más allá de las críticas que se le puedan hacer por tal o cual razón, se trata de algo casi insignificante dada la dimensión colosal del problema. Me dirán que antes la situación estaba peor. Y es verdad: han desaparecido muchas de las monstruosas carcochas asesinas que cruzaban la ciudad como las siete plagas de Egipto y ahora los choferes y boleteros de los micros y autobuses están un poco más limpios y han aprendido a decir “por favor” y “gracias”, pero esos son sólo detalles ante la necesidad imperiosa de organizar un sistema de transporte coherente, comprensible para todo el mundo y lo menos contaminante posible. No puede ser tampoco que sigan ocurriendo cosas como la que vi un día en que hacía la experiencia de viajar en un micro por la avenida Arequipa: el boletero se bajó del vehículo, avanzó unos metros hacia un árbol y a vista y paciencia de todo el mundo se puso a orinar. Luego volvió a subir y, sin siquiera lavarse las manos, siguió diciendo: “pasajes, pasajes”. Si hay un rubro por el que habrá que juzgar la capacidad reformadora de la nueva alcaldesa de Lima será el del transporte público. No hay razón para que en Lima no se pueda circular de manera decente como, por ejemplo, en Santiago y otras grandes capitales. Acabar con el caos no será fácil, pero la situación actual es insostenible, insoportable.

 

Los libros que leí

Llegué a Lima el pasado 4 de enero. De París salí leyendo La carte et le territoire, la última novela de uno de los mejores narradores franceses, Michel Houellebecq. Y cuando aterricé en el Callao llevaba ya avanzadas 183 páginas. No obstante, decidí dejar allí por el momento dicho libro y consagrar desde entonces a obras de autores peruanos todo el tiempo que dedicara en Lima a la lectura.

Empecé con Cantar de golondrino. Testimonio de vida de un campesino peruano, sindicalista, obrero, luchador social y revolucionario (Editorial San Marcos, 2007), que compré -creo- en la librería Contracultura de la avenida Larco de Miraflores, porque ese libro, firmado por Roland Forgues, relata la vida de Leoncio Bueno a través de su propio testimonio oral, y yo a Leoncio, amigo querido, admirado poeta, le tengo un gran cariño. Además, de cierta forma, le debo la deportación que me llevó a vivir a México y de allí pasar a París, lo cual, me doy cuenta ahora, ha sido positivo en mi vida. Y le debo eso a Leoncio Bueno porque él me puso en contacto con quienes lanzaron la revista Marka en tiempos de la dictadura militar del general Velasco, una publicación de “apoyo crítico” al régimen que mucho tenía de apoyo y poco de crítica. Sin embargo, por ese poco fue clausurada y yo, como responsable de una parte de ese poco en la sección cultura, fui deportado del país.

Desde que vivo fuera he visto escasas veces a Leoncio, tanto en Lima como en París, pero el afecto que le tengo no ha variado un ápice. Lamentablemente, el libro que le dedica Forgues presenta los defectos que suelen tener los libros de testimonio del investigador francés: descuido, facilismo, falta de rigor. Y eso desde el largo subtítulo de la obra, ya que Forgues “olvida” mencionar que Leoncio Bueno es también, y sobre todo, un poeta muy original. Su vida aventurera, su taller Túngar en el que los muchachos de la familia Sesentayocho organizábamos tremendos reventones que llamábamos callejones partys, su compromiso político, su condición proletaria, su vida de preso en cárceles del Perú, su irrupción en la poesía y su entrega a ella durante décadas y su sexualidad sin hipocresías, merecía un libro de mejor factura, más trabajado, más finamente elaborado. Pero, bueno, algo es algo.

Creo que no había concluido aún Cantar de golondrino cuando me encontré con Carlos Torres Rotondo y José Carlos Yrigoyen en el Haití de Miraflores. Ellos me llevaron algunos ejemplares de Poesía en rock. Una historia oral. Perú 1966-1991 (Altazor, 2010), apasionante libro con cuya realización colaboré aportando mi propio testimonio sobre los orígenes de ese “grupo sin grupo” que fue Estación Reunida a finales de los años sesenta. Desde que lo tuve entre las manos me puse a leerlo y no lo dejé sino una vez concluido. Es una obra llena de vida, pasión, humor, sangre, sudor, lágrimas y contradicciones, en la que vemos como va forjándose la segunda oleada de lo que yo y otros solemos llamar la “generación del 68”. Bello trabajo el de Torres e Yrigoyen, original tanto en su reflexión sobre la poesía peruana del siglo veinte, como en la  forma de utilizar las notas a pie de página. Y muy cuidada la edición de Altazor. Sin embargo, en esta primera aproximación oral, testimonial, a la importante relación del rock con la poesía en el Perú del 66 al 91, me parece evidente que faltan muchas cosas, numerosos hechos significativos y anécdotas chispeantes y que sobran algunas inexactitudes. Pese a eso, se trata de un libro que marca un hito en la bibliografía peruana y que se lee como si fuera una novela polifónica. Como apéndice al libro propiamente dicho, Torres e Yrigoyen incluyen una “Antología de la poesía peruana en rock” cuyo principal defecto es, a mi ver, no haber utilizado con todos los autores incluidos los mismos criterios de selección. De mí, por ejemplo, se pone un poema de la época de Estación Reunida, es decir de 1966-67 y nada más, aunque en trabajos posteriores míos, que yo les hubiera podido procurar, se percibe una clara influencia del rock. Los poemas de otros autores, en cambio, no corresponden necesariamente a una época precisa sino al hecho de que sean textos que roquean. Poesía en rock ha tenido comentarios muy positivos en la prensa. Alguien lo consideró entre los diez mejores libros publicados en el Perú en 2010 e incluso el no siempre abierto Abelardo Oquendo le dedicó el 6 de febrero las magras líneas de su columna “Inquisiciones” del diario La República. Allí precisa que se trata de un “libro insólito” ya que es “al mismo tiempo vívido, cuestionador y entretenido”. Y tiene razón en decirlo

En la línea testimonial dentro de la literatura de los dos primeros libros que menciono, se encuentra también el tercero que leí en Lima. Se trata de El ombligo en el adobe. Asedios a José Watanabe de Maribel De Paz (Mesa Redonda, 2010). Aquí también a través de entrevistas se va trazando el trayecto vital de ese excelente poeta y buen amigo que fue José Watanabe. La diferencia estriba, sin embargo, en que en este libro el papel de narrador lo asume la autora, aunque ella misma precisa en diversas ocasiones, que tal o cual aspecto se lo contó el propio Watanabe en los diferentes “asedios” a los que lo sometió a lo largo de varios años. En un país como el Perú, en el que -por desgracia- casi no se practica el género biográfico, el trabajo de Maribel De Paz es también un hito de fundación. Ya por eso es importante, pero lo es además porque permite percibir hasta qué punto en la obra del querido Wata estaba presente su biografía, su trayectoria vital, sus vivencias, sus compromisos, las experiencias de la infancia y adolescencia que habían forjado su carácter. Aunque se trata de un libro elaborado con mucho más cuidado que el de Forgues, no está exento desgraciadamente de errores. Algunos ejemplos: el bar Chino Chino no quedaba en la plaza San Martín ni se encontraba en un sótano, (p. 109): es evidente que la autora lo confunde con el mítico Negro Negro. Maribel De Paz dice que la revista Estación Reunida      -que yo dirigí-, tenía influencia maoísta y guevarista (p. 107), cuando en verdad era más bien enemiga del maoísmo en la Facultad de Letras de San Marcos y se situaba abiertamente en una línea castro-guevarista. Oscar Málaga y Ricardo Falla no fueron nunca de Hora Zero ni “parricidas” como se deja entender en el libro (p. 100). Igualmente, Maribel De Paz menciona “en las filas” de Estación Reunida a Patrick Rosas (p. 92), cuando en verdad esta persona nunca tuvo nada que ver con la revista ni publicó en sus páginas, como sí lo hicieron Elqui Burgos, Tulio Mora, José Watanabe y Oscar Málaga. Así como estos errores, hay mucha más información falsa y múltiples imprecisiones en El ombligo en el adobe, debido a que la autora no cruzó entre ellos los testimonios recogidos ni se dio el trabajo de verificar en las fuentes la información recibida. Creo, pese a todo, que se trata de una obra valiosa que, como Poesía en rock, puede ser mejorada y ampliada en próximas ediciones.

Pasé a la lectura de ficción con El furor de mis ardores (Casatomada, 2009), que es, si no me equivoco, la novela más reciente de Siu Kam Wen. Debo decir que la primera vez que me hablaron de un narrador peruano con ese nombre, pensé que se trataba de uno más de esos juegos literarios que se han hecho cada cierto tiempo en Lima. Recordemos algunos de ellos: la supuesta poeta ecuatoriana Márgara Sáenz, inventada al parecer por Antonio Cisneros; el poeta de origen japonés con cuyo nombre, Rafael Yamasato, firmó Hildebrando Pérez algunos poemas de su autoría; los heterónimos, Julio Masías y otros, con que Washington Delgado confundió a la crítica. Pues yo, con esa idea en la cabeza, creí durante cierto tiempo que Siu Kam Wen no existía en carne y hueso como tal. Y, sin embargo, sí existe. Y, más aún, según algunos comentaristas, sería uno de los narradores más importantes del Perú. Abordé, pues, la lectura de El furor de mis ardores lleno de entusiasmo, pensando que quizás me encontraría con un autor de la talla de Oswaldo Reynoso o Miguel Gutiérrez. Cual no sería mi decepción al darme con una banal novela de tema criminal, algo como ya leído mil veces, y, lo que es peor, narrada con una prosa poco original, nada personal y muy descuidada.

Siguiendo en mis búsquedas de literatura peruana, compré en la librería La Familia del Centro Cultural de la Católica, La segunda visita de William Burroughs (Fondo  Editorial de la UNMSM, 2006) de Carlos Calderón Fajardo. Había leído en alguna parte que ésta era una de las mejores obras del prolífico narrador nacido en Juliaca en 1946. Yo, por mi parte puedo decir, ahora que la he leído, que comparada con otras, La segunda visita… es más original, más arriesgada y le pide más esfuerzo al lector debido a la complejidad de su estructura y al argumento minimalista que presenta. Debo confesar que en muchos momentos llegó a cautivarme, pese a que Calderón Fajardo aquí también nos entrega un texto que no ha sido suficientemente corregido. ¿Cómo un escritor con su experiencia puede dejar pasar esto, por ejemplo: “Empezaba a sentir extrañas alucinaciones, la droga empezaba a hacer efecto. Empezó a sentirse enclaustrado…”? Y, lamentablemente, éste es sólo un ejemplo entre muchos otros posibles.  

Mi última lectura de narrativa en Lima fue Memorias de una dama (Alfaguara, 2009), de Santiago Roncagliolo. Esta novela viene sufriendo de la censura más escandalosa: ha sido retirada de la venta por el editor, Alfaguara, en todas partes del mundo, al parecer a pedido de una adinerada y poderosa familia dominicana que cree verse retratada en este libro de ficción. Hace unos meses leí una nota de Ricardo Sumalavia en la que decía que había podido procurársela y que, tras leerla, la consideraba la mejor novela de Roncagliolo. Dos razones de peso, pues, para que yo tratara de encontrarla y la leyera. La tarea, sin embargo, fue infructuosa tanto en España como en Francia. Y cuando el autor participó el año pasado en el festival francés Les Belles Latines, se vendían todas sus obras menos Memorias de una dama, que ha sido completamente descatalogada. En las entrevistas, Roncagliolo se niega a hablar de ella y aparenta considerarla como inexistente. Como en todas las librerías limeñas que visité brillaba por su ausencia, ya había yo abandonado su búsqueda cuando la encontré, por puro azar, en una librería dedicada sobre todo al turismo que encontré a mi paso, en Miraflores, cuando hacía tiempo para que me entregaran mi nuevo pasaporte peruano. La leí de corrido, sintiendo que la estructura vargasllosiana de la obra se combinaba bien con el lenguaje fresco, desinhibido, que caracteriza la prosa de Roncagliolo. ¿Es lo mejor suyo? Entre las novelas, sí, aunque no he leído El príncipe de los caimanes ni la última, Tan cerca de la vida. Sigo considerando, empero, que es en el volumen de cuentos Crecer es un oficio triste donde se plasma con mayor calidad literaria su gran habilidad para la escritura. Lo sorprendente de esta novela es que en ella se aborda la eventualidad de su censura y se hace referencia incluso a las posibles amenazas que generaría: “-¿Vos sabés con quién te estás metiendo, boludo?”, (p. 313), le dice uno de los personajes al narrador. Aunque no me gusta el papel de escritor mercenario que asume Roncagliolo sin ruborizarse, aprovecho este espacio para denunciar la más siniestra de las censuras: la de hacer desaparecer pura y simplemente un libro. Debo añadir, no obstante, que en el Perú contra la censura existe la informalidad, y que en el vasto mercado del jirón Amazonas, vi expuestos algunos ejemplares de la edición pirata. Leyendo Memorias de una dama volé, pues, hacia Santiago. Llevaba en una maleta más libros de narrativa peruana: dos de Augusto Higa, otro de Calderón Fajardo, y Siu Kam Wen, uno de Jorge Valenzuela, uno de Enrique Planas y otro de su tocayo Prochazka, los cuales iré leyendo en las próxima semanas. 

 

¿Y de poesía qué?

Alguien que conozca algo de mí podría encararme a estas alturas y decirme: “¿Oye, y tú no que eras poeta? ¿Y nada de poesía en tus lecturas?”. Debo confesar que en estos dos meses prácticamente no he leído poesía, salvo algunos poemas sueltos de los libros de José Pancorvo, Oswaldo Chanove, Jerónimo Pimentel, Carlos López Degregori, Karina Valcárcel, Víctor Coral, Domingo de Ramos y Josemari Recalde que compré, y de los de Eduardo Chirinos, Marcela Robles, John Martínez, Rubén Quiroz, Yesabeth Muriel, Martín Zúñiga, Pablo Guevara y Patricia del Valle, que me obsequiaron. Debo decir que entre los regalos recibidos valoro especialmente los dos volúmenes de la serie Los Otros, obras de muy reducido tiraje en las que Quiroz y dos cómplices vienen reuniendo a autores casi completamente olvidados debido a que en su momento abordaron la poesía desde el margen y fueron ahogados por las tendencias dominantes. Qué maravilla descubrir ahí a Mercedes Delgado y Peces de betún, y esa obra maestra que es Idiota del Apocalipsis de Guillermo Chirinos Cúneo. Recuerdo que alguna vez tuve en mis manos la edición original de este breve poemario y que en algunas ocasiones vi deambular por calles de Lima al poeta, con terno y corbata y sin zapatos.

Como para leer poesía necesito tranquilidad en la vida y reposo en el espíritu, lo cual no he tenido en Lima, como es lógico, estando allí sólo por dos meses, me guardo para las próximas semanas y meses la lectura de los diversos y variados poemarios que traje en mi maleta. Hubo, sin embargo, una excepción, un libro que compré ya no sé dónde, en cuanto llegué, y que leí de inmediato. Hay que decir que se trata de una obra de cuya existencia sé desde hace años y que siempre me intrigó porque es la única en verso de un autor que admiro: Oswaldo Reynoso. Ya habrán adivinado que me estoy refiriendo a Luzbel, editado originalmente en 1955 y agotado por completo, y que ahora reaparece en librerías gracias a una cuidada coedición de Estruendomudo y San Marcos. Reynoso tenía veinticuatro años cuando dio a conocer los pocos poemas temblorosos que constituyen Luzbel y, sin embargo, ya adivinamos allí al autor de Los inocentes, El escarabajo y el hombre, En busca de Aladino y El goce de la piel, cortos libros en prosa que son también poesía. (Mientras escribo esto una amiga traductora me informa que una editorial francesa ha aceptado la publicación de su versión en francés de dos de estos libros de Reynoso. La noticia me alegra sobremanera). Autor también, hay que decirlo, de esa obra maestra que es Los eunucos inmortales.

Durante mi estadía en Lima, algo que me impresionó bastante fue la maratón poética que tuvo lugar el sábado 15 de enero en la sala Alzedo. Hasta ahora no sé si se trataba de un homenaje a Lima por su aniversario o a José María Arguedas por el centenario de su nacimiento o, extrañamente, de ambas cosas a la vez, pero poco importa porque escuché durante horas a poetas que conocía y a otros completamente desconocidos para mí. Descubrí a Frido Martín, Rafael García Godos, Karina Valcárcel, Tilsa Otta, Luisa Fernanda Lindo y Raúl Heraud y me dio mucho gusto hacerlo. Me extrañó también que no hubiera prácticamente nadie de la generación del 68, pero lo que me pareció negativo es el aparente desinterés de unos por el trabajo de los otros: por lo general cada poeta leía lo suyo e inmediatamente después se iba, ignorando por completo a los que leerían después. En los años sesenta-setenta no era así -me digo ahora-, y todos, o casi todos, nos interesábamos en lo que hacían los demás nos gustara o no, fueran o no de nuestra propia generación o tendencia. No había la indiferencia y el individualismo exacerbado de hoy en día.

Un último aspecto que quiero destacar en lo que a poesía se refiere es la presencia en Lima de John Giorno. Fueron momentos fuertes, intensos, las dos presentaciones del poeta estadounidense en el Centro Cultural de España. Me gusta su manera despercudida, anti solemne con que aborda la poesía y el hecho de transformar la lectura de poemas en una performance. Pocos son los poetas en el Perú que saben hacer eso. Muchos leen muy mal sus propias obras y las desvalorizan. Que yo recuerde, quien siempre dijo muy bien su poesía es Jorge Pimentel: oír en su voz “Balada para un caballo”, por ejemplo, y otros poemas suyos es algo que no se olvida. Por otro lado, me llamó mucho la atención que la mayor parte de los poetas residentes en Lima brillaran por su ausencia.

 

Antología consultada

El tema de la poesía me lleva irremediablemente a referirme a la aún inexistente “antología consultada” de la poesía peruana, 1968-2008, que viene preparando en la Universidad de Lima un grupo de poetas y profesores conformado por Carlos López Degregori, Luis Fernando Chueca, José Güich y Alejandro Susti. Hace unos meses, cuando recibí por Internet información sobre este proyecto, ya me pareció tirado por los pelos. Hacer una antología con pretensiones “científicas” ya es de por sí, creo, un disparate. Y servirse para elaborarla de los siempre tan cuestionados métodos de las encuestas de opinión, parece más una broma que algo serio. Más aún cuando se los utiliza de cualquier manera, sin respetar siquiera las normas mínimas básicas que se exigen en este tipo de “investigación”. Sin embargo, el proyecto existe, ya se llevó a cabo la consulta y ahora sólo falta la publicación del libro que dé cuenta del resultado obtenido. De los cuatro responsables de la “antología consultada”, sólo conozco a dos: a López Degregori, sobre todo por su buena poesía, y a Luis Fernando Chueca, por algunos ensayos que me atrevo a calificar de serios aunque no necesariamente esté yo de acuerdo con lo que en ellos se plantea y por la codirección de Intermezzo tropical, una revista que juzgo interesante pese a ciertas deficiencias en cuanto a la ética del trabajo intelectual, de las cuales no hablaré aquí para no salirme del tema. Los cuatro cómplices de esta descabellada empresa consultaron, pues, con un grupo de gente que ellos eligieron de manera arbitraria y a cada uno de los integrantes les hicieron llegar una lista de nombres de poetas y una lista de libros. Los encuestados debían seleccionar sus preferidos en esas listas. Resulta, sin embargo, que la mayoría de los encuestados no conoce gran parte de los libros propuestos, no los han leído nunca. A veces ignoran incluso quiénes son muchos de los poetas arbitrariamente seleccionados por los cuatro de la Universidad de Lima. ¿Cómo juzgar entonces lo que no se ha leído? ¿Cómo destacar a quien no se conoce? He tenido ocasión de conversar con varios integrantes del grupo de los encuestados, algunos de los cuales formaban parte también de la lista de los seleccionados, y todos me han dicho que de los libros propuestos sólo habían leído en verdad una ínfima minoría. Como si esto no fuera suficiente para negar el carácter “científico” de la encuesta, dos de los integrantes del grupo organizador figuran en la lista de posibles autores a seleccionar y libros suyos en la de obras posiblemente representativas. Un principio de base en un estudio de opinión es que no se puede ser juez y parte, no obstante para realizar esta “antología consultada” ese principio tampoco ha sido respetado. Había, pues, razones demás para criticar vivamente este trabajo, lo cual hicieron, creo que con exagerada vehemencia, Tulio Mora y Jorge Pimentel. Desde un principio, por las razones que acabo de explicar, me solidaricé con ellos en su cuestionamiento de la antología, aunque siempre me pareció que el lenguaje utilizado en su texto era excesivamente guerrero y que los ataques personales perjudicaban la comprensión de los principios válidos que defendían.   

Ahora bien, lo paradójico de la polémica que se desató con la intervención de Mora y Pimentel es que, salvo honrosas excepciones, no sirvió para discutir con seriedad e inteligentemente si es válido o no pretender crear un canon utilizando tales métodos de “investigación”, si el resultado obtenido tiene pies y cabeza y otros temas afines, sino que fue el detonador de una explosión de insultos y descalificaciones realmente increíble. La polémica como que puso al descubierto capas de rencor y de odio que existen escondidas, no dichas, no asumidas, en el mundillo poético limeño. De todo ello lo peor fueron, creo, las intervenciones de Fernando Ampuero y Vladimir Herrera contra Tulio Mora. Ampuero imbuido en su acostumbrada arrogancia, con desprecio de clase y racismo, y Herrera, a quien el odio lo hizo abandonar la abstracción celestial de su poesía para caer irremediablemente en el fango y la ignominia. Para calificar con muy pocas palabras esta polémica digo que fue nauseabunda.

 

El cine que vi

Aparte de la lectura, mi alimento más necesario es el cine. Soy un cineasta frustrado que no puede vivir sin las salas oscuras y las imágenes en movimiento proyectadas sobre una pantalla. Qué frustración enorme es, pues, para alguien como yo, pasar días, semanas, meses teniendo para elegir las pocas películas, casi todas estadounidenses, que propone la pésima cartelera limeña. Es tal la situación que películas que no son obras maestras ni mucho menos, cobran más valor que el que realmente tienen. Es el caso del último filme de Clint Eastwood, Hereafter y de Black Swan de Darren Aronofsky, con los que me sentí como un sediento que en medio del desierto encuentra un hilito de agua y lo ve como si fuera un cargado riachuelo. Felizmente, en paralelo con esa cartelera vergonzosa, existe la programación de los diversos centros culturales extranjeros, cineclubes y museos. Así pude ver Velódromo, segunda película del también novelista chileno Alberto Fuguet. Aunque su ópera prima, Se arrienda, fue totalmente fallida, tenía curiosidad de ver hacia donde se había dirigido cinematográficamente tras un primer fracaso. Debo decir que no salí decepcionado. En Velódromo Fuguet busca un lenguaje más personal y se sale de los clichés que inundaron su primera película. Sin ser nada de otro mundo, este filme satisfizo por un momento mi hambre cinematográfica. Ya en otro orden de cosas, en el Centro Cultural de España (probablemente la mejor institución cultural extranjera presente en Lima) pude seguir el ciclo Luis García Berlanga y volver a ver pequeñas maravillas de humor negro y jocosa mala leche como Calabuch, Plácido y El verdugo, además de otras películas, no muy interesantes, de la reciente producción española. En el Museo de Arte del Paseo Colón mientras tanto, se proyectaban cada semana producciones del cine peruano. Si bien la intención es loable y permite que el público siga la trayectoria cinematográfica de su país pese a la poca cabida que tienen en las pantallas comerciales los filmes peruanos, el resultado muestra la extrema pobreza de estos. Lo que vi, La vigilia de Augusto Tamayo, me reafirma en la idea de que Octubre, Contracorriente y las películas de Claudia Llosa (que a mí particularmente no me gustan mucho, sobre todo La teta asustada) son excepciones que confirman que el cine peruano cojea gravemente.

Me dirán ustedes que para ver otro cine hay que desertar las salas comerciales, instalarse en su casa cómodamente y poner videos de lo que a uno se le antoje, porque todo se encuentra en Polvos azules. Es verdad, este gran mercado misceláneo es cinematográficamente hablando mil veces más rico que la cartelera comercial de cine y la única posibilidad en Lima de acceder a películas que en las salas brillan por su ausencia. Sucede, sin embargo, que para alguien como yo el cine debe verse en sala oscura, en una pantalla adecuada, sin teléfonos y celulares que suenen, sin conversaciones que interfieran con los diálogos del filme, es decir, en las condiciones en que llegué al séptimo arte cuando era niño y que, estoy seguro, son las mejores. Pero, bueno, en una ciudad como Lima eso es ahora una ilusión, una utopía, un rito que se perdió y que difícilmente podrá recuperarse. Las salas de cine ya no son para cinéfilos. Ir ahora al cine en Lima es como ir a una discoteca. En este caso sí que el pasado era mejor.

Asistí también a algunas proyecciones del Primer Festival de Cine Lésbico, pero de eso hablaré después. Ya verán porqué.

 

El teatro que vi

 

A veces, cuando no voy al cine, voy al teatro. De jovencito quise ser actor e incluso estudié en el Teatro de San Marcos con ese excelente profesor que era Hernando Cortés. Creo, sin embargo, que debido a mi enorme timidez y mi mala memoria no tenía futuro como actor, pero eso no ha mellado en mi amor por el teatro que sigue estando vivo. Ya sé que los meses de verano no son los mejores para ver teatro en Lima. Así y todo asistí a cuatro espectáculos. El primero, Sangre como flores. La pasión según García Lorca, obra de Eduardo Adrianzén puesta en escena por Alberto Ísola, es lo mejor de todo, según yo, tanto como pieza y dirección que como actuaciones. Además, en momentos en que un periodista de apellido Butters dice que si ve a dos homosexuales besándose delante de su casa les daría una pateadura, es casi de salud pública ver esta obra que relata la vida y pasión “escandalosas” de García Lorca y el abominable crimen que fue su muerte en manos de homófobos que se parecen al locutor de radio Capital.   

En una de las salas del Centro Cultural de la Universidad Católica, vi Lola, en el marco del festival Saliendo de la caja, en su décima edición. Esta comedia muy ágil, que le debe mucho al teatro del absurdo, es obra de la joven Melissa Ramos Mercado, recientemente egresada de la especialidad de artes escénicas de dicho centro de estudios, quien muestra tener talento para la escritura teatral y fabrica divertidos diálogos en situaciones tiradas de los pelos. Luego, en el Teatro El Olivar de San Isidro, asistí a una representación de Oleanna, un pequeño drama para dos actores firmado por el muy famoso David Mamet. La pieza, que trata sobre los abusos en las acusaciones de acoso sexual en las universidades estadounidenses, fue presentada en una banal y poco imaginativa puesta en escena de un director de telenovelas y sólo se salvó por la excelente actuación de Leonardo Torres Villar, quien, desgraciadamente, tenía enfrente a una novata y dubitativa Alejandra Saba que no estuvo a su altura en ningún momento.

Finalmente, ya poco antes de tomar mi avión para Santiago, acudí a la Alianza Francesa para ver Look Out. Mis expectativas eran grandes, ya que se trata de una obra de César Vallejo. Conozco muy poco los cuatro textos que se conservan de los que el autor de Trilce escribió para el teatro. En París, hace muchos años, vi una puesta en escena muy mala, y con actores aficionados, de La piedra cansada. Este drama incaico con lenguaje poético tal como lo vi aquella vez fue un absoluto mamarracho, por lo cual no puede en verdad juzgar cual era el valor real del texto vallejiano. ¿Qué será Look Out?, me preguntaba yo, pues, mientras leía en La República que la obra trataba de una huelga reprimida en Francia por la policía y que en la versión dirigida por Carlos La Rosa se habían adaptado los hechos al Perú. Más tarde, no habían transcurrido diez minutos desde que empezó la representación y ya estaba yo convencido de la pobreza absoluta del texto, una pobreza tal que ni siquiera permitía a los actores un desempeño correcto. No cabe duda de que ese grandísimo poeta que es Vallejo escribió esta obra para dar curso a su mal asimilado mal-marxismo, siguiendo los postulados del llamado realismo socialista. El resultado es pésimo, hay que decirlo sin rodeos ni falso respeto. Sí, incluso César Vallejo escribió obras malísimas. Look Out es una prueba de ello y una prueba también de que a menudo las buenas intenciones políticas no se concretizan en obras literarias de calidad.

 

Las exposiciones que vi

Dos de los momentos que más me exaltaron durante mi estadía en Lima fueron los que pasé en las exposiciones Poder verde II. El desborde amazónico, en el muy activo Centro Cultural de España, y La mirada interior. Retrato, género y ciudadanía, en la galería del ICPNA de San Miguel. La primera, una muestra colectiva de doce artistas organizada por el pintor Christian Bendayán, presentó obras que en estilos y soportes diferentes, con materiales y formatos diversos, que van del video a cascos del ejército, sillas y mototaxis, pasando por acrílico sobre tela o sobre llanchamas, o sea, un tejido que se fabrica con cortezas de árboles de la selva. Si hay algo en común en las obras presentadas es la voluntad de todos los artistas de trabajar sobre la temática de la amazonía y sus problemas, sin desligarse nunca del mundo exterior y asumiendo en cada una de sus obras su profundo e irreversible mestizaje cultural. Sorprendente y bastante agradable encontrar al grupo rockero The Kiss o a uno de los Rolling Stones, compartiendo el espacio de arte amazónico con representaciones de creencias tradicionales y denuncias de la catástrofe ecológica. Rico y saludable, una de las mejores muestras de lo que es hoy el Perú, un país en el que se mezclan todas las sangres, todas las culturas.

 

 

Otra muestra colectiva que me entusiasmó es La mirada interior, 55 artistas de sexo biológico femenino reunidas para conmemorar otros tantos años de la incorporación formal de la mujer en la vida ciudadana y reclamar que la mujer pueda por fin ocupar el lugar que es suyo por derecho, sin discriminaciones ni exclusiones.  55 obras que representan a la mujer de las diversas regiones del Perú, de la ciudad y del campo, en actividades y situaciones diferentes y a través de soportes, materiales y formatos de lo más variados. Es un “canto polifónico de texturas y colores” dice acertadamente César Augusto Ramos Aldana, el curador de la exposición. Yo quisiera añadir que ese canto nos revela lo mejor del Perú como país y que en ese país en constante construcción muchas mujeres aportan la fuerza de su creatividad y su mirada crítica de la sociedad. Desgraciadamente, no son siempre esas mujeres abiertas, imaginativas, las que conforman grupos autodenominados feministas como el llamado Flora Tristán.

 

Lesbianas y gays que encontré    

El 12 de febrero, no llevaba yo en Lima todavía un mes, cuando la policía apaleó, violentó y se ensañó con las lesbianas y los gays que participaban en la Plaza de Armas en una acción llamada Besos contra la homofobia. Yo no estuve allí pero vi las imágenes por televisión y me hirvió la sangre de indignación. ¿Por qué sólo los pretendidos heterosexuales tendrían derecho a andar por la calle de la mano o abrazados y no los homosexuales?, ¿por qué besarse sentados en una plaza o un parque o apoyados contra un muro es algo aceptado cuando se trata de dos seres de sexo biológico diferente y no cuando son ambos del mismo sexo? La respuesta es una sola: por homofobia. Hay quienes dicen “yo no tengo nada contra los gays y las lesbianas pero…” ¿Pero qué? Y hay otros que abiertamente condenan a los homosexuales al infierno y quisieran erradicarlos a como dé lugar de la sociedad en la que viven, encerrándolos en hospitales psiquiátricos o campos de concentración, como hizo Cuba en los años setenta en nombre de la revolución socialista y harían muchos en el Perú en nombre de la religión cristiana. En ambos casos se trata de homofobia. En el primero se da muestras de una supuesta “tolerancia”: no hay problema con los homosexuales siempre y cuando estos sean invisibles, se escondan, no dejen ver sus afectos, se autocontrolen y parezcan heterosexuales, es decir, gente “normal” en la vida pública. En el segundo caso las cosas están claras: es gente partidaria de sociedades autoritarias, rígidas, cerradas, en las que hasta la sexualidad está regida por una norma impuesta desde el poder, sea éste religioso o político. A ambas homofobias hay que combatirlas sin descanso, porque en ello van los valores auténticamente democráticos. Se comienza persiguiendo y apaleando a los gays, a las lesbianas, a los travestis, a los transexuales, a los gitanos, es decir, a los diferentes, a las minorías sexuales y culturales, y se termina siempre en la dictadura, en la tiranía de los fuertes y los mayoritarios.

 

Días antes de estos hechos, me había enterado a través de un cartelito pegado en un muro de la calle Shell, que entre el 18 y el 22 de enero tendría lugar en un local del Movimiento Homosexual de Lima en Jesús María, el Primer Festival de Cine Lésbico. Acompañado con mi pareja (de sexo femenino), asistí a varias proyecciones en un ambiente agradable y risueño, y nadie nos mostró rechazo alguno porque teníamos apariencia de ser heterosexuales. Al contrario, hubo palabras y gestos de simpatía. Vimos La tarea, un documental cubano bastante ligero realizado por la peruana Milagro Farfán, y uno francés, más bien hard y osado, de la francesa Emile Jouvet, conocida en Europa por ser una de las animadoras del movimiento “porno para mujeres”. También un largometraje estadounidense, The kids are all right, de Lisa Cholodenko, tan soft y pasado por agua bendita que hasta fue, creo, candidato a un premio Oscar.

Otro momento importante en el Festival de Cine Lésbico fue la presentación de Visibles, Revista lésbica del Perú, de la que se encargan dos jóvenes, una periodista y la otra antropóloga, tan brillantes como simpáticas: Amanda Meza Ruiz y Raquel Pérez Andrade. Esta revista militante no está desprovista de humor y creatividad y, entre las diversas reivindicaciones femeninas que defiende, figura la del acceso de las mujeres de las clases populares al aborto, lo que ningún político asume por temor a las represalias de la iglesia.   

Luego, el 19 de febrero, respondiendo a una convocatoria del MHOL, acudí a la Plaza de Armas para asistir a un nuevo happening Besos contra la homofobia. Esta vez no hubo violencia ni insultos por parte de la policía porque las agresiones del día 12 habían hecho mucho ruido. Me llamó la atención encontrar allí a Javier Diez Canseco, candidato al parlamento por el movimiento de Humala, declarando a quien quisiera oírlo que apoyaba las movilizaciones del colectivo homosexual y que, de ser elegido, defendería con fuerza en el Congreso de la República la igualdad de derechos de gays y lesbianas. Un discurso, en suma, que no suele oírse entre los políticos peruanos. ¿Puro oportunismo pre electoral? Quién sabe. Ya veremos qué hace si el voto popular lo convierte de nuevo en congresista.

Lo más extraño de todo era, sin embargo, que alrededor de la Catedral se había formado un cerco protector de gente arrodillada que rezaba “Padres nuestros” y “Ave Marías” dando la espalda a los pecaminosos maricones que habían tomado la plaza, se besaban y reclamaban con vigor el respeto de sus derechos ciudadanos. Ver a esa gente, allí, de rodillas, protegiendo el templo de las fechorías del demonio era como para morirse de risa. Luego, al oírlos hablar y escuchar sus declaraciones a la prensa, más que risa daban miedo y provocaban la indignación de quienes, como yo, soportan mal que en nombre del amor se proclame el odio.

 

Prensa que leí, campaña que vi

Voy a terminar este recorrido de dos meses por Lima con una mirada rápida a la prensa que leí y a la campaña electoral que seguí casi de puro masoquista. Durante ese tiempo leí todos los días por lo menos un diario de estos: La República, El Comercio, Perú 21 y La Primera, y a menudo más de uno. ¿Y cuál crees que es el mejor?, me puede preguntar alguien con ganas de que cierre de una vez esta crónica que se está haciendo interminable. A  mi modo de ver las cosas, ninguno es bueno y la prensa peruana en general es lamentable. El diario de los Miró Quesada es como una momia que se mantiene en vida gracias a la agitación de una familia que se alimenta con sus propias luchas intestinas. En mi casa, cuando yo era chico, El Comercio era la única publicación que se compraba y se leía, y servía después para envolver la basura. Hoy tiene la respetabilidad hipócrita del viejo que ha envejecido mal y exhala aburrimiento en cada uno de sus páginas. La Primera, por su parte, sólo vale algo por César Lévano, ya que el veterano periodista que fue alguna vez comunista y hoy es humalista, por lo menos sabe pensar con coherencia y escribe con las manos y no con los pies, como desgraciadamente lo hace gran parte de sus desdichados redactores. Perú 21, hijo barato de El Comercio, ya no es lo que me parece que quiso ser: un espacio bastante abierto donde confluían ideas y plumas diversas y contradictorias, Álvarez Rodrich y Néstor Manrique, por ejemplo, liberales consecuentes e izquierdistas moderados. Ellos se fueron, los echaron más bien, y hoy Perú 21 es, como su padre protector, un producto insulso en el que los días lunes se puede apreciar la salsa un poco picante de Jaime Bayly.

Queda La República, el menos malo de los diarios peruanos, a mi parecer, ya que heredó la plantilla de columnistas despedidos de Perú 21 y se enriqueció con ellos. Seres pensantes, que reflexionan y tienen buena pluma, cuyos artículos se pueden leer con gusto aunque no estemos necesariamente de acuerdo con sus puntos de vista. Lo lamentable es que esas firmas tengan que convivir con páginas y páginas dedicadas a la peor farándula, a la televisión basura y, durante el tiempo que estuve en Lima, a las penas del alma de un maquillador y estrella de la tele al que han metido preso, con justa razón, porque atropelló a alguien estando borracho y además se dio a la fuga. Otro aspecto que rebaja a este diario es la pobreza de su información cultural: una sola página en la que, en el peor de los casos, no se hace sino reproducir un artículo sobre un evento que tiene lugar en el extranjero y, en el mejor, se incluye un reportaje sobre teatro, literatura o artes plásticas o una entrevista a un escritor, pintor o músico. Eso es todo. Por comparación diré que en un diario francés llamado Libération la sección cultural ocupa cotidianamente tres o cuatro páginas y a veces incluso más, como también es el caso, por el ejemplo, en El País, de España.

No obstante esa debilidad esencial, en páginas de La República he leído a Álvarez Rodrich, comentarista siempre brillante de la actualidad política y social del Perú, un hombre que no tiene pelos en la lengua y dice lo que otros -y sobre todo los políticos de todas las tendencias- se callan. El 31 de enero, por ejemplo, en medio de una campaña con pocas ideas y muchos insultos, este periodista que honra a la profesión declaró sin dudas ni vacilaciones que es partidario de tres medidas de suma importancia a las que yo adhiero también con similar convicción que la suya: la unión civil y una reglamentación que impida toda discriminación debida a la opción sexual, la despenalización del aborto y la legalización de las drogas. Estas temáticas fundamentales casi no se debaten en el Perú, y en la campaña electoral y en la prensa cotidiana no ocupan el lugar que merecen, silenciados unos y otros por el poder apabullante de la iglesia.  En La República también, el 20 de febrero, en relación a la movilización lanzada por gays y lesbianas en defensa de sus derechos, escribió Jorge Bruce lo siguiente: “Es inútil pretender con oraciones el deseo ajeno, pero más inútil aún es hacerlo con el propio. Ni los rezos ni los golpes sirven contra la fuerza del deseo: esa es una lección que las sociedades civilizadas han aprendido hace décadas. En cambio los estados totalitarios como El Vaticano, Libia o Cuba se aferran a su intolerancia mediante la violencia física y moral. La lucha de los gays por ser reconocidos ayuda a la causa de todas las demás discriminaciones que hacen de nuestro país un lugar atrasado e injusto…”  En este tema pienso también  más o menos lo mismo que el columnista de La República.

En muchos países del mundo –Argentina, México, España, para quedarnos en los de lengua castellana- los diarios ofrecen el fin de semana suplementos ricos en información, reflexión y cultura. No es el caso del Perú. El Dominical de El Comercio da pena, y como único elemento de interés presenta la visión de la actualidad literaria peruana de Ricardo González Vigil.  A mi modo de ver, lo único que se salva un poco de la mediocridad general es el Domingo de La República, que no es una mala revista.

¿Qué más queda? La veterana Caretas ya fue: se ha quedado como paralizada en el tiempo y da que hablar solo a través de los escandalitos que promueve para que nos demos cuenta de que aún existe. Y queda, pues, Hildebrandt en sus trece, la única publicación realmente crítica y de clara y franca oposición política. Debo confesar que, durante mi estadía limeña, la leí cada semana con verdadero interés. Algo en ella me molesta, sin embargo: una exagerada rabia anti chilena que de tan machacona parece ya caricatura.

 

¿Y cómo termino? Volviendo a la literatura y el cine, grandes pasiones de mi vida, a través de dos publicaciones que no tienen parangón en el medio peruano: Godard! y Casa de citas. La primera la conocí en mi anterior estancia en Lima, durante el Festival de Lima de cine, donde pude encontrar a sus dos directores, Claudio Cordero y Sebastián Pimentel, a quienes entrevisté para Radio Francia Internacional porque desde ya su trabajo me pareció valioso. Ellos dos y los redactores y colaboradores de la revista se baten por un cine de calidad, un cine que es arte y no únicamente un producto comercial. Y lo hacen en un medio que, como lo decía antes, posee una muy pobre cartelera cinematográfica. De número en número, abordan también de lleno y sin complacencia la problemática del cine peruano. Y así, con la misma lucidez que los ha llevado a vapulear a Lombardi, Durant y Tamayo, quienes -según ellos-, han roto con el cine, destacan las virtudes de una cinta como Octubre, de Diego y Daniel Vega, a la que eligen -con justa razón, creo yo-, como la mejor película peruana del año.  Yo añadiría que también de muchos de los últimos años porque no veo qué otra puede igualarla en calidad. Queriendo ser optimistas en medio del desastre Cordero y Pimentel ven el balance del año 2010 como “esperanzador”. Dios los oiga, aunque por lo general ese señor no tiene oídos para nadie.

La otra revista de la que quería decir algo es Casa de citas. La descubrí el sábado aquel de la maratón de poesía, en el mercado de libros revistas y fanzines que se organizó en el Teatro Segura. Se trata de una publicación esencialmente femenina, en la medida que tanto la dirección (las “anfitrionas”) como la diagramación y el arte la asumen mujeres. No sé con cual de los dos “anfitrionas”, si con Luz Vargas o con Militza Angulo, estuve conversando durante un buen momento el 15 de enero. La impresión que me causó mi risueña interlocutora en esa ocasión y la que me dio luego la lectura de la revista, son excelentes. Además de eso, me parece una muy buena idea que los números sean temáticos: “Vanguardia”, “Sexo”, “Locura”, en los tres que tengo a la mano. Es una revista de literatura abierta, entusiasta, osada, despercudida, antisolemne, en la que se encuentran textos de escritores de ayer y de hoy, del Perú y de fuera, y de tendencias diferentes, como también ensayos serios que no han sido escritos para que los lean solo especialistas. ¡Bravo chicas!, les digo. Esa es la revista que me hubiera gustado hacer cuando vivía en el Perú y que alguna vez soñé con publicar aquí en París. Y así, entusiasmado, porque a pesar de los pesares en Lima y en el Perú hay fuerzas creativas en plena ebullición, me despido de ustedes hasta muy pronto. 

*Fotos en el texto por J. Rosas Ribeyro.

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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22 Responses to El búho insomne

  1. desde un lugar lejano says:

    grande JRR, como siempre, tus textos son lo mejor de esta blog, saludos

  2. asado says:

    en este país parece que nunca habrá la debida tolerancia con los grupos “distintos”, siempre unos se consideran más correctos que otros, todo es relativo, el respeto debería ser constante. por qué no se manifiestan al respecto las feministas oficiales?

  3. manco y la foquita says:

    que tal sabanón te mandaste, ¿y te gustó el metropolitano o no?

  4. Manuela Ramos PRESENTE says:

    Señor Rosas, lo seguimos esperando…..

  5. Toñizonte says:

    Jose estuviste en Lima y no me pasaste la voz!! ¿Estás enamorado? ¿Acalorado?

  6. Gato says:

    Buena crónica. Tendemos a acostumbramos a esta Lima y no ver su horror. No creo que haya exageración en esto.

    Sobre los recitales de poesía, ¿será que ahora solo nos conocemos por la computadora? Pero igual es interesante la observación. Si los poetas no se escuchan (y, al final, no escuchan poesía), ¿cómo llegarán a la eufonía y al ritmo?

    Pero discrepo con la opinión sobre Casa de Citas.

  7. Anonymous says:

    Gato, dime porqué discrepas sobre “Casa de citas”. ¿No te parece una revista interesante?

  8. fan de ccf says:

    Dice usted don José que le extraña que un escritor tan experimentado como CCF cometa reiteraciones muy gruesas en su novela “La segunda visita de William Burroughs”. Yo que he leido la novela, la acabo de volver a revisar, y lo que usted señala es, creo, buscado concientemente y no un descuido del autor. CCF hace uso, y con frecuencia en esta novela, del recurso de la “reiteraciòn”, especialmente de verbos.Y hay, además, que tener en cuenta que en una novela de lo que se trata no es de “escribir bien” sino de crear una propuesta verbal artistica, no necesariamente acorde con las reglas de la gramática y el estilo convencionales. Este tipo de criticas a la manera de Marco Aurelio Denegri no en nada enriquecen la comprensión de una obra.

  9. peris says:

    Cómo se le sale la falta de objetividad al setentero de Rosas Ribeyro! Suavecito con Mora, quien solo tiene “exagerada vehemencia” y un “lenguaje excesivamente guerrero”, mientras que Vladimir Herrera “cae irremediablemente en el fango y la ignominia”. Jajaja. Vaya miopía. Por qué no Rosas Ribeyro se pronuncia sobre los argumentos de fondo de Vladimir Herrera? No tiene acaso “principios válidos” que defender? Pero, claro, sobre eso no habla Rosas Ribeyro. Ahí sí no extraña que “me parece evidente que faltan muchas cosas, numerosos hechos significativos y anécdotas chispeantes” por escribir. Vaya objetividad de este señor, real encubridor de Mora.

  10. Temí por ti cuando terminé de leer tu comentario acerca del suicidio. Pero veo que gozas de buena salud.Ahora temo por tu tremenda equivocación cuando dices que odio a los idiotas de HZ.Y defiendes descaradamente a Tulio. Tú, a quien he escuchado decir las peores cosas de él. El temor es que te hayas vuelto como el huancaíno y ya no se te pueda volver ha hablar como antes.
    También temo que las chicas de Manuela Ramos hagan el cebiche perfecto contigo y tus poemas.

  11. jugador número 12 de alianza says:

    que buena!!! o sea rosas maletea a las tías de flora tristán y a mi compare carlos “jorge luis pinto” calderon fajardo y con horazero y tulio mora todo suave nomás, no te pases tío!!!!!!!!!

  12. J. Rosas Ribeyro says:

    Algunas respuestas:
    A Fan de CCF: Nada más lejos de mi que la “crítica” del señor Denegri, para quien un buen libro es aquel que respeta al dedillo las normas gramaticales y la ortografía. Ese señor es de los que habrían condenado a Vallejo. Lo que digo, en cambio, es que Carlos Calderón Fajardo, que tiene un mundo interior rico y grandes posibilidades como novelista y de quien ha leído hace poco uno de sus mejores novelas, desgraciadamente descuida la versión final de sus obras porque no corrige lo suficiente. La muestra que cito es sólo un botón, y hay que ser realmente muy “fan” para creer, como tú, que se trata en este caso de algo hecho adrede.
    A Peris: Yo no encubro a nadie, estimado amigo, ni a Tulio Mora ni a nadie. Sobre esa polémica digo que los argumentos de base que desarrollan Mora y Pimentel me parecen válidos y añado lo que yo en particularmente pienso sobre la “antología consultada” y sobre la polémica. He criticado desde un principio los términos utilizados por Tulio al intervenir en ella y he dicho que en general me pareció nauseabunda. No niego que soy subjetivo, mis crónicas lo son y no pretenden no serlo y dentro de esa subjetividad mía lo de Ampuero y Herrera sobrepasa lo imaginable en cuanto a insultos y bajezas. Lo digo con tristeza en el caso de Vladimir porque alguna vez fue mi amigo.
    A Vladimir Herrera: Si temiste por mí cuando leiste mi artículo sobre el derecho de morir dignamente quiere decir que lo leíste muy mal. Ya escribí lo que pienso y siento ante la andanada de insultos del más bajo calibre que le disparaste a Tulio Mora. E incluso en este comentario no puedes evitar poner “idiotas” delante de Hora Zero, un movimiento al que nunca pertenecí por no estar de acuerdo con sus principios ni sus manifiestos pero al que respeto y le reconozco su valor. He dicho y repetido que la manera como Tulio abordó la polémica no me parece conveniente, y de la misma manera le he dicho las cosas en las que discrepo con él en los más diversos aspectos. No me he vuelto como nadie, soy como soy y quien quiera hablarme puede siempre hacerlo siempre y cuando esté dispuesto a escuchar cosas que no necesariamente sean de su gusto o parecer. Finalmente, no veo qué tienen que ver en esto las “chicas” de Manuela Ramos.
    A Jugador Número 12: No maleteo a nadie ni soy suave con nadie. Sólo digo lo que pienso y siento, sin insultar a nadie, sabiendo incluso que pueden haber otros puntos de vista discrepantes. Y a quien no le guste, pues ¡que pena!

  13. Como según tú ya no somos amigos puedo decirte lo siguiente: un manifiesto es un documento literario aunque contenga según tú “insultos”. No lo has tomado así. Tampoco tienes idea de la andanada de insultos, estos sí, poco literarios con que Tulio había inundado el facebook en contra mía. Pero la cuestión de fondo es otra: yo sostengo que todo lo que ha hecho Tulio en HZ es un gran acto de impostura. Pero ahora me doy cuenta que él con Málaga, Elqui y tú pertenecían a Estación Reunida grupo hermoso que contribuiste a dinamitar porque estabas más interesado en tu trotskismo y menos en tu poesía. Sino respóndeme a esta pregunta ¿Qué pasó con Estación Reunida?. Y no me digas que no estás practicando el “entrismo” en la nueva HZ. Por que se te nota. Estaría bueno si también la dinamitas junto a T.M. Lo de Manuela Ramos está en razón del batiburrillo que armaste con la boutade acerca de María Emilia Cornejo implicando malamente a Elqui que es un santo. Como conozco tu ingenio te he defendido hasta este momento. Ahora como Pilates me lavo las manos después de mear.

  14. J. Rosas Ribeyro says:

    Cuando digo: “alguna vez fue mi amigo” refiriéndome a ti lo hago porque sé que en cuanto alguien se niega a participar en el cargamontón de odio que se da a veces contra Tulio y Hora Zero, tú lo descalificas de inmediato como amigo. Es lo que ocurrió, por dar un ejemplo, con Paul Guillén: en cuanto apareció vinculado con HZ le dirigiste una carta llena de insultos y mala leche en la que le anunciabas que dejabas de ser amigo suyo. Para ser lógico lo mismo debería ocurrir en mi caso porque no comparto el odio, la animadversión, que le tienes tú a HZ. Yo sé cuales son las actitudes, el lenguaje, de Tulio en sus polémicas y nunca las he justificado tampoco, a tal punto que me ha calificado él también de “ex amigo”. No creo en fidelidades y nunca se me ha ocurrido pensar que la literatura o la reflexión se hacen para que a uno lo quieran más sus amigos, como dice un colombiano adorador de los Castro caribeños. Yo puedo discrepar y conservar la amistad, la cual para mí no es sinónimo, repito, de fidelidad, de posición acrítica, sino de todo lo contrario. Ustedes, Tulio y tú, al parecer no pueden. Sí, Tulio antes de ser HZ fue de quienes publicaron sus primeros poemas en Estación Reunida, ese grupo sin grupo que duró lo que tenía que durar y que desapareció mucho antes de que tuviera algo que ver con el trotskismo. Finalmente, Vladimir, lo que he dicho sobre M.E. Cornejo no es una “boutade”, como te permites afirmar, sino simple y sencillamente la verdad. Una verdad que duele a algunas feministas que se apoderaron de ella para hacerla abanderada de una causa que le era ajena, una verdad que Elqui Burgos ha corroborado diciendo sencillamente: “todo lo que José ha contado es cierto”. No sabía que estabas haciendo entrismo en el movimiento que no honra a Flora Tristán. Y, bueno, si te lavas las manos despues de mear espero que por lo menos la meada no te duela.

  15. Ilme José says:

    jajajaja… primer nock uot.

  16. Me estás haciendo descender de las alturas de mi poesía celestial a los abismos de la razón implacable, pero partiéndome de risa. Sigues encubriendo a quien ha insultado a toda la comunidad intelectual del Perú. Que hace lo mismo que tú haces en voz baja y en París. Supongo que es el estilo de Estación Reunida en la diáspora. El fondo de mi carta a Paul guillén es una protesta moral a una persona joven por el hecho de serlo. Tú, que ya no eres tan joven debías haberlo entendido así. Lo que no te ha gustado es que a Mora le haya dicho que es el Posada Carriles de la literatura peruana, cuando hablas de un colombiano que adora a los Castro caribeños. O sea que la cosa es ideológica. Está claro que no eres fiel a nadie ni a nada. En cambio yo nunca he dejado de tener simpatías por García Márquez y los cubanos de la isla. Y saltó el chupo. Defiendes la mermelada de todos los anticomunistas de sombrilla. Pero no vayamos por ahí porque terminarás por creer que Andreu Nín era hermano de Anaís Nin y que Ramón Mercader era pariente lejano de María Mercader la Mujer de Vittorio de Sica. Por último prefiero decir boutade en lo que atañe a María Emilia Cornejo que fiarme de tus verdades sobre todo cuando se refieren a quien ya no está entre nosotros. Ahí sí la cagaste Burt Lancaster. Y a los que creen que me has noqueado invítales a mi carta abierta a JRR en mi Laguna Brechtiana para que bebamos chicha de Huaro y meemos todos juntos hasta el infinito y sin dolor.

  17. Y una más:¿Recuerdas que antes decías que Cien Años de Soledad sólo era una novela agraria más?.Ahora lo entiendo todo.

  18. J. Rosas Ribeyro says:

    Así es, Vladimir Herrera: hubo que arañar un poquito y te salieron toneladas de arrogancia y un gusto inmoderado por el insulto. Tus chistes, además, son malos y no hacen reír a nadie más que a ti. Me entero de que eres castrista hasta ahora y garcíamarquista por añadidura: que te aprovechen tus amores. ¡Pucha, qué miedo! ¡Me amenazas con calumniarme en tu Laguna Brechtiana!
    Ya con eso terminarás por convertir la Laguna en Letrina. Estás en buen camino. Ah, y para terminar esto: yo no encubro a nadie y menos a Tulio Mora, ya que, considerándolo mi amigo y todo, dije (y seguiré diciendo) que la manera como aborda sus polémicas me parece negativa y que hoy en día Hora Zero merece y necesita un análisis crítico y autocrítico. Con insultos no se llega a nada, sino al nivel de inmundicia en el que se mueven los políticos peruanos.

  19. Fan de "Peluchin" Irigoyen says:

    Don Jorge Luis Pinto haga algo !!!!!!!!!

  20. mi amante niña says:

    vladimir herrera a tabazo limpio demuestra que conoce su chamullo y que no se deja atarantar así nomás. bien tío, abajo con los letratenientes!!

  21. luque says:

    Dice Rosas R: «la manera como [Tulio Mora] aborda sus polémicas me parece negativa». ¿Es todo? ¿Negativa y punto? ¿? Eso es lo que se llama querer tapar el sol con un dedo. Pésima su insistencia en disculpar a Mora y hacerlo parecer como racional, a pesar de ser “negativo”. Hay gato encerrado ahi.

  22. Ilem José says:

    Lo que pasa con mi compadre es que anda picón porque tampoco salió en la antología de la cuatrinka. Por eso anda de la manito con Mulio Mora (Mora Zero, como dijo otro innombrable, ya que ahora está de moda decir esta palabreja). Ahí la pica…