Segregación N°1

 

La escalera que sube

 

 

 

Por Francisco Izquierdo-Quea 

 

1.

Para febrero de 1975 Pedro aún vivía con sus abuelos.

Una noche, mientras todos dormían, Pedro subió al balcón del tercer piso y buscó con la mirada a Carolina y a sus palomas en la casa de al frente.

Como no las encontró, decidió esperar un poco.

Parte de ese día había estado plagado de sirenas y de mucho ruido. Sus abuelos y padres habían hablado de alguna revuelta en la ciudad, entre otras cosas que Pedro no entendió del todo. Sus hermanitas tampoco. Así, mientras él se la pasó leyendo cómics y esperando la noche para ver a Carolina desde el balcón, sus hermanitas se la pasaron jugando a la cocinita y con sus muñecas.

Pedro seguía parado en el balcón del tercer piso. Era una noche de verano y el niño anduvo caminando entre las sábanas de su abuela, entre el resto de la ropa tendida y, de rato en rato, columpiando su cabeza hacia la calle.

La calle, que estaba desierta y sin movimiento alguno, pronto se vio interrumpida por ruidos de vehículos acelerando. Entonces Pedro vio pasar dos autos negros y tres camiones sin capote.

Los camiones estaban copados de hombres y mujeres muertos, amontonados uno sobre otro.

 

2.

Una mañana de 1986, un grupo de sesenta estudiantes de San Marcos miembros de Sendero Luminoso bloquearon la puerta de la avenida Universitaria, sin posibilidad que alguien entre o salga de la universidad.

La situación se mantuvo por espacio de dos horas. En ese lapso, los jóvenes celebraban con arengas dicho bloqueo mientras el resto de estudiantes seguían en lo suyo: en clases o andando lejos de ahí. Solo algunos pocos se quedaron observando la situación a cierta distancia. Otros pocos, en menor número, se acercaron a querer salir o a reclamar el porqué del bloqueo. Todos ellos eran tildados de soplones y fueron retirados por el tumulto con agresividad.

A unos cien metros de eso, Javier y Martín decidieron esperar a que los de Sendero terminen con su protesta y abran la puerta. Así, permanecieron sentados en las gradas de la facultad de Letras.

Cuando se cumplieron las dos horas del bloqueo, cuatro portatropas del ejército tomaron la pista de Universitaria. Descendieron de los vehículos soldados con fusil en mano y sin decir palabra comenzaron a disparar desde la calle al interior de la universidad.

Los alumnos se dispersaron. Javier se tiró al suelo y llegó a cubrirse tras una columna. Martín alcanzó a descender las gradas y a camuflarse entre los arbustos. A los minutos el fuego se contuvo y quedó solo cierta humareda en el ambiente. Entonces Martín se descubrió, y mientras iba en busca de Javier un tiro le abrió la cabeza.

Los soldados dispararon un rato más. Luego, en silencio, subieron a los portatropas y se marcharon.

 

3.

Se llama Marcela. Todos los días, apenas despierta, se levanta y va a verse al espejo del baño.

Es sábado, y luego de la sesión del espejo, Marcela se acomoda en un sofá del living con una Cosmopolitan. Sabe que es una frivolidad pero le encanta sentir el contraste de ser una mujer inteligente, capaz y atractiva (desde que perdió la virginidad está segura de ser una mujer inteligente, capaz y atractiva) y frívola a la vez. Adelanta las páginas y decide resolver el ten questions you could ask. El tema: ¿Estás preparada para amarlo mucho tiempo?

Minutos después, los resultados le dan un tres sobre diez. Marcela llora un poco. Es inevitable. O quizá no. Marcela se pregunta entonces en qué falló. Llega a la conclusión de que Horacio es el culpable de todo. Va a la habitación y se mantiene de pie en el marco de la puerta, mientras observa al hombre que aún duerme sobre la cama. Marcela da una vuelta, enciende un cigarrillo. Decide esperar.

 

4.

Se apellidan Garrido Lecca. Son tres hermanos muy parecidos: bajos, con cabello corto, fornidos y algo gordos. Se llevan entre sí uno o dos años y, sin temor a exagerar, entre 1985 y 1992 se convirtieron en los dueños de la primera cuadra de la Calle Sol. Viven con su madre, sus mujeres y sus hijos en una casa enorme de cuatro pisos.

Fueron los dueños de la primera cuadra de la Calle Sol.

Cada vez que algún vecino hacía alguna fiesta los tres salían en pijama o en short, disparando al aire con sus pistolas automáticas, entraban a la fiesta, golpeaban a algunos asistentes y terminaban su incursión con la misma frase: Huevones conchasumares, a ver si ahora dejan dormir a nuestros hijos, mierda.

Siempre sucedió lo mismo. Solo ellos estaban permitidos de hacer ruido en toda la cuadra. Pero cuando en setiembre del 92 la policía atrapó a Abimael Guzmán y a toda la cúpula de Sendero, halló, entre las personas detenidas, a una prima de ellos: la bailarina Maritza Garrido Lecca.

Entonces la policía los investigó y a los pocos días los tres hermanos fueron encarcelados por vínculos colaterales con el narcotráfico.

Años después, salieron en libertad y nunca más volvieron a irrumpir en alguna fiesta ni a hacer disparos en la Calle Sol.

Desde 1997, todos los 28 de Julio el grueso de la familia Garrido Lecca (con excepción del ministro e inventor aprista) se reúne en la casa de la Calle Sol. Se emborrachan y al caer la noche salen fuera del caserón. Se agrupa, pues, la familia, en un número que oscila entre las cuarenta y cincuenta personas, entre ancianos, adultos y niños. Los acompañan además sus mascotas y empleadas domésticas. Entonces uno de ellos, un hombre viejo de bigotes que siempre va de terno oscuro y corbata, toma un asta con la bandera del Perú y se ubica delante todos. Así, inician un desfile lunático. Recorren ida y vuelta la cuadra cantando el himno nacional. Marchando. A paso firme.

 

5.

Milongo tiene once años y Carlitos ocho. Son hermanos, viven con sus padres en el apartamento 307 del edificio Las Camelias. Ambos juegan Nintendo todo el día y, salvo algunas peleas y pataletas, no provocan muchos problemas.

Cierta tarde, uno de los vecinos del primer piso, don Raúl, tocó el timbre del apartamento. La madre de los niños fue a abrir.

Empero, hubieron precedentes que acontecieron así:

Don Raúl y su mujer acababan de llegar luego de estar durante un mes en Estados Unidos visitando a su única hija. Ambos habitan el apartamento 103. Son una pareja creyente que vive de sus pensiones, que se dedica a hacer lo que les place, como ir a los toros, hacer pequeños almuerzos con amigos de la parroquia y ver películas.

De modo que ambos acababan de llegar, de acomodar sus cosas, de ventilar la casa cuando, al momento de abrir las mamparas del jardín, se encontraron con un montículo blanco pestilente.

Todo se inició el mismo día que partieron a Estados Unidos. Carlitos, que se encontraba en su habitación jugando con las pelucas de su mamá, sufrió de pronto uno de esos trastornos que les da a ciertos niños: se cagó en los pantalones.

Avergonzado, pues era consciente del hecho, y antes de que Milongo o alguien entre al cuarto, Carlitos solo atinó a desprenderse de su calzoncillo y arrojarlo por la ventana, cual platillo volador.

Entonces el asunto se puso algo serio, pues Carlitos se cagó todos los días del mes ahí, bien acomodado en su cuarto, y con los calzoncillos puestos.

Se cagó todos los días del mes y todos los días del mes arrojaba el calzoncillo por la ventana y calzoncillo tras calzoncillo se iba armando un cerro de calzoncillos en el jardín de don Raúl.

De este modo, el día de su vuelta de Estados Unidos don Raúl fue donde la mamá de Carlitos y de Milongo y le comentó lo sucedido. Le dijo, además, de que él estaba seguro que tal siniestro solo pudo ser ocasionado por sus hijos. La señora lo escuchó en silencio y guardó el respeto del caso, pero cuando metió a sus hijos en el embrollo le dijo que eso no era posible, que se trataba un acto vandálico, que qué madre creía él que ella era. Entonces don Raúl se quedó con la boca abierta, le pidió disculpas y luego se despidió.

Don Raúl bajó hasta su apartamento. Cuando entró, su mujer estaba hablando con Sanidad a fin de que envíen personal para limpiar el desastre. Don Raúl pasó de largo, caminó hasta el jardín y se quedó viendo el espectáculo, horrorizado, mientras mentalmente decía Dios mío, pero qué ha pasado, quién nos ha hecho esta maldición, Padre, ayúdanos.

Y fue en plena desazón que un calzoncillo con caca cayó sobre su cabeza, cubriéndole un ojo y parte de la cara.

Luego del castigo de sus padres, Carlitos dejó de tirar objetos por la ventana de su cuarto.

 

6.

     –¿Te conté que Wendy peleó con Andrea?

     –…

     –Moni.

     –Qué pasa.

     –Te decía que si te conté que Wendy peleó con Andrea.

     –…

     –Moni.

     –Qué pasa, Pamela.

     –Moni, por qué no me haces caso.

     –Porque estoy viendo el partido. ¿Por qué no te vas a la computadora a poner fotos en tu facebook y a jugar con tus amigos pajeros en el messenger mientras termino de ver el partido?

     –Moni, eres un imbécil. ¡Te estoy hablando de mis mejores amigas!

     –Ya, ya. Wendy y la otra cojudaza. Qué pasó, ¿se pelearon? Ya se amistarán pues. Ahora vete por allá y no fastidies.

     –¡Te odio!

     –Shhh. Mira lo que tengo acá: el catálogo otoño-invierno de Falabella. ¿Quieres ir luego a Falabella a que te compre algo?

     –Sí.

     –¿Adónde más quieres ir, mi amor?

     –A la peluquería. Hace dos semanas que no voy a la peluquería, Moni.

     –Ya, déjame ver el partido entonces y después vamos a hacer todo eso.

     –Está bien.

 

7.

Algunos años antes de que abandonara la universidad y que, según las estadísticas, de los cuarenta ingresantes de su promoción solo él y unos cinco más sobrevivieran, Pepe llevó a su hermanito menor a San Marcos.

Pepe le dijo: Te voy a llevar el sábado a la universidad para que la conozcas, y también para que veas su estadio, mientras yo trote alrededor de la cancha tú puedes jugar fútbol por ahí porque siempre hay chicos peloteando. El hermanito asintió, para él esto no era extraño: antes, varias veces, había ido con Pepe al estadio Chipoco de Barranco y, en efecto, mientras Pepe corría él se la pasaba jugando fútbol con otros niños de su edad.

Entonces cayó el sábado y fueron a San Marcos. Entraron por la puerta de la avenida Venezuela. Las pintas y grafitis con lemas subversivos copaban casi toda la universidad. A pesar de que esto era algo nuevo para él, el hermanito menor no dijo nada. Ambos cruzaron el Muro de la Vergüenza, Derecho, Economía y cuando bordearon Letras las pintas de Sendero aparecieron con mayor realce: todas, absolutamente todas las paredes blancas de la facultad sostenían cientos de consignas hechas con pintura negra y roja.

Luego de esto llegaron hasta el estadio universitario. Ni bien entraron, Pepe se alistó y comenzó a correr alrededor de la cancha. El hermanito menor se quedó a un lado, buscando a otros chicos de su edad con los que pudiera jugar fútbol. No los encontró: todos eran grandes, de la edad de Pepe o mayores, y ninguno jugaba fútbol. Entonces dejó la pelota y su mochila a un lado y se dirigió al centro del campo. Era un día bonito, y el sol de la primavera caía con destellos leves sobre la ciudad. Cuando el hermanito menor llegó al círculo central miró el cielo por unos instantes. Luego cerró los ojos y escuchó las voces y trotes a su alrededor, en un eco particular con las cuatro tribunas del estadio de San Marcos. Con los setenta mil asientos vacíos de esas tribunas. Luego vino el sol en su rostro, brazos y piernas; el viento suave soplando sobre su cabello y el olor del gras.

Cerró los ojos y los mantuvo así por largo rato.

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La Bitácora de El Hablador es una web de actualidad cultural y literaria que, desde el 2007, trabaja en base a una propuesta que busca la constante reflexión, discusión y debate entre los autores de los artículos y los lectores de los mismos. Este blog ha sido administrado, siempre desde una propuesta personal, por Francisco Ángeles y Juan Francisco Ugarte. Desde el 2011 hasta la actualidad, el administrador de la página es Lenin Pantoja Torres.
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13 Responses to Segregación N°1

  1. anónimo... says:

    cómo se llama esto que haces?, está bien

  2. cachimbo sanmarquino says:

    hey, izquierdo, cuándo vas a opinar sobre algún tema, tu cuento-crónica-fragmento está entretenido pero queremos que tomes parte sobre lo que sea

  3. Gabriel says:

    Buena, maestro. Parecen short cuts costumbristas. ¿O estamos frente a un fragmento de novela? En ambos casos, felicitaciones

  4. hincha del muni says:

    me gustó lo de Moni y lo de la frustrada pichanga en el estadio de sm

  5. Un lugar llamado Nothing Hill says:

    ¿Cuándo vas a escribir sobre la mafia de Estados Unidos y los vendepatria de la literatura peruana?

  6. Reservista del Comandante Ollanta says:

    Porque lleva el titulo de “La escalera que sube”?

  7. nathaniel sanchez te amo!! says:

    izquierdo, bien por lo que escribes, pero necesito tus opiniones, hermano, quiero saber que piensas de estas elecciones, de la cogida de huevos de ppk, de qué va a suceder en japón y su energia nuclear, de la fiesta que organizó en su casa la foca farfán junto a manco, de si peluchin es rosquetón en serio o se hace la cabrilla. todo esto es de un interes nacional, izquierdo.

    espero tus comentarios.

  8. Justin Bieber says:

    Qué comentarios más frívolos, este post merece una mejor lectura.

  9. qué churro es manco says:

    esas historias sanmarquinas me dieron la razón a los años para no haber estudiado en san marcos y sí en mi querida pucp:)

  10. anonimo says:

    me he cagado de la risa con la 5!

  11. LuchinG says:

    Buen post.

  12. Laudin says:

    prefiero el 4

  13. mexican girl power says:

    Prefiero el 3, y la Pamela se lo merece, por idiota!